Suprema humillación

Domingo 10 Marzo

(Jesucristo) se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres… se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo.

Filipenses 2:7-9

Suprema humillación

Jesucristo es el ejemplo perfecto de humildad. Su humillación, cada vez más profunda, nos es mostrada de modo muy sobrecogedor en ese texto de Filipenses 2:5-8:

– Siendo Dios “se despojó a sí mismo”, se hizo hombre. Era el Hijo unigénito junto al Padre, el Creador, y se hizo hombre entre los hombres para poder ser nuestro Salvador, sin dejar nunca de ser Dios.

– Como hombre “se humilló a sí mismo”, tomando el último lugar: se hizo siervo. Hubiese podido ser un rey colmado de honores y riquezas. Pero eligió la humildad y la pobreza.

– Jesús se hizo “obediente hasta la muerte”. Como siervo obedeció perfectamente, y esto hasta la muerte. Fue la voluntad de su Padre que diera su vida. La muerte de Jesús mostró su amor, y también su obediencia perfecta.

– Obedeció hasta la “muerte de cruz”. Esta era una muerte denigrante reservada solo para los malhechores. Traía la maldición sobre quien era sometido a este suplicio (Gálatas 3:13), el “tropiezo” (Gálatas 5:11). “Jesús… sufrió la cruz, menospreciando el oprobio” (Hebreos 12:2), aunque él era el “glorioso Señor” (Santiago 2:1).

La humillación total del Señor Jesús corresponde al lugar de honor supremo al cual Dios lo exaltó. Pronto, en el nombre del Señor Jesús, toda rodilla se doblará, y cada uno tendrá que reconocerlo como Señor (Filipenses 2:9-11). Desde ahora los creyentes reconocemos su gloria y le adoramos, conmovidos por su sumisión voluntaria y su inmenso amor.

Ezequiel 5 – Hechos 16:11-40 – Salmo 31:21-24 – Proverbios 11:9-10

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El Sacramento de la Vida

Tozer, A. W.

El Sacramento de la Vida

Si pues, coméis, o bebéis,

o hacéis otra cosa, hacedlo todo a la

gloria de Dios. 1 Corintios 10:31

Uno de los impedimentos más grandes que el cristiano encuentra en su búsqueda de paz interior, es su hábito de dividir la vida en dos áreas, la sagrada y la secular. Como estas dos áreas se conciben como para mantenerlas separadas, y ser incompatibles moral y espiritualmente, nos vemos obligados por las necesidades de la vida a entrecruzarlas continuamente. Y por eso vivimos desequilibrados y divididos en vez de hacerlo unidamente.

Nuestras dificultades comienzan, para nosotros los que seguimos a Cristo, en el hecho de que vivimos en dos mundos. Como hijos de Adán vivimos en la tierra sujetos a las limitaciones de la carne, y las enfermedades y flaquezas que son la herencia del pecado. Para vivir entre los hombres se nos exige años de arduo trabajo y atención a las cosas de este mundo. En agudo contraste con esto tenemos la vida en el Espíritu. Con ella disfrutamos otra y muy alta clase de vida. Somos hijos de Dios. Poseemos naturaleza celestial y disfrutamos de comunión íntima con Cristo.

Esto tiende a dividir nuestra vida en dos departamentos. Casi sin quererlo reconocemos dos clases de acciones. Unas las hacemos con una especie de satisfacción, y con la seguridad de que con ellas estamos agradando a Dios. Son ellas la oración, la lectura de la Biblia, el canto de himnos, la asistencia a la iglesia y muchos otros actos relacionados con la fe. Estos se pueden reconocer porque no tienen ninguna relación directa con el mundo, y no tendrían razón de ser si la fe no nos mostrara otro mundo, “una casa no hecha de manos, eterna en los cielos.”

En contraste con estos actos sagrados están los actos seculares. Ellos incluyen todos los actos ordinarios de la vida, los cuales compartimos con los hijos e hijas de Adán: comer, dormir, trabajar, y en general todos los prosaicos menesteres de la diaria existencia. Muchas veces nos sentimos contrariados al hacerlos, y hasta le pedimos disculpas a Dios por tal pérdida de tiempo y de fuerza. Como resultado de esta actitud casi siempre estamos intranquilos. Vamos a nuestras tareas cotidianas con un sentido de frustración, y nos decimos pensativamente que hay un mejor día por venir, cuando seremos librados de esta envoltura material y ya no tendremos nada que ver con los asuntos de la tierra.

Esta es la vieja antítesis sagrada-secular. La mayoría de los cristianos caen en esta trampa. No pueden hallar un ajuste adecuado entre los requerimientos de ambos mundos. Hacen equilibrios sobre la cuerda floja entre dos reinos, y no hallan paz en ninguno de los dos. Pierden las fuerzas, se hallan confundidos, y no encuentran felicidad.

Yo creo que todo este problema es absolutamente innecesario. Verdad es que estamos entre las astas de un dilema, pero ese dilema no es real. Es el resultado de una incomprensión. La antítesis sagrada-secular no tiene fundamento en el Nuevo Testamento. Sin duda ninguna, una mejor comprensión de las verdades cristianas nos librará de ese fantasma.

El Señor Jesucristo mismo es nuestro perfecto ejemplo. El nunca dividió la vida en dos partes. El vivió toda su vida, desde la cuna hasta la cruz, en la Presencia de su Padre sin esfuerzo alguno. Dios aceptó la ofrenda total de su vida, y no hizo distinción entre un acto y otro. La síntesis de la vida de Jesús podría hacerse con sus mismas palabras,”Yo hago siempre las cosas que le agradan” (8:29” Juan 8:29). Su paso entre los hombres fue siempre tranquilo y reposado. Todo lo que sufrió se debió a su decisión de llevar sobre sí la carga de pecado del mundo, nunca fue resultado de moral incertidumbre o desajuste espiritual.

La exhortación de Pablo de “haced todo para la gloria de Dios” es algo más que un piadoso idealismo. Es parte integral de la revelación sagrada y debe ser aceptada como todo el resto de la verdad revelada. Ella nos abre la oportunidad de hacer que cada acto de nuestra vida sirva para la gloria de Dios. A fin de que no tengamos miedo de incluir todo en la declaración, el apóstol menciona específicamente el comer y el beber. Este humilde privilegio lo compartimos con las bestias que perecen. Si estos bajos y prosaicos menesteres pueden ser hechos para la gloria de Dios, ¿qué no podemos decir de los demás?

Ese odoi al cuerpo y el aspecto físico de la vida, que era característico de los monjes y preeminente en los escritos de algunos místicos cristianos, no tienen ningún apoyo en la Palabra de Dios. En la Biblia se hace referencia a la modestia, sí, pero de ninguna manera se alienta la mojigatería y los remilgos. El Nuevo Testamento asume claramente la posición de que nuestro Señor, en su encarnación, tomó perfectamente la naturaleza humana en su totalidad, y no se preocupa de evitar las implicaciones de este hecho. El vivió dentro de ese cuerpo humano, y nunca realizó un acto que no fuera sagrado. La presencia de Jesús en carne humana anula para siempre la perversa idea de que en el cuerpo humano hay algo ofensivo para la Deidad. Dios ha creado nuestros cuerpos, y no lo ofendemos a El por poner la responsabilidad de su creación en quien corresponde. El no se avergüenza de la obra de sus manos.

La perversión de nuestros instintos y el mal uso que hagamos de nuestro cuerpo, eso sí hace que nos avergoncemos de él. Los actos corporales hechos contra la naturaleza, nunca podrán honrar a Dios. En cualquier momen to que la voluntad humana introduce el pecado, entonces perdemos la inocencia conque fuimos dotados en el principio. Habremos desvirtuado y distorsionado las facultades perfectas que Dios nos dio, y lo que hacemos es solo para vergüenza y condenación.

Pero supongamos que no hay ni perversión ni abuso. Pensemos en un cristiano que se ha arrepentido y ha nacido de nuevo. Está viviendo conforme a la voluntad de Dios, así como la entiende en la Palabra escrita. Podemos decir que cada acto de su vida es, o puede ser, tan sagrado como la Santa Cena, o el bautismo, o la oración. Al decir esto, no queremos poner todos los actos de la vida al nivel de la muerte, sino elevar todos esos mismos actos a las alturas del Reino, y transformar toda la vida humana en un sacramento.

Si un sacramento es la expresión externa de una gracia interior, no podemos vacilar en aceptar la tesis expresada arriba. Por un solo acto de consagración de nuestra vida entera a Dios, podemos hacer que cada acto de esa vida sea algo sagrado. Ya no hace falta que estemos avergonzados de nuestro cuerpo —ese siervo material que nos conduce por la existencia— como Jesús no se avergonzó del asnillo sobre el cual entró montado a Jerusalén. “El Señor lo ha menester,” dijeron los mensajeros acerca del asno. Lo mismo podemos decir de nuestro cuerpo. Si Cristo mora en nosotros, bien podemos conducirlo, como lo hizo el pollino de antaño, y dar ocasión a las multitudes para que digan, “Hosana en las alturas.”

El hecho que veamos esta verdad no es suficiente. Si queremos escapar de ese dilema de lo sagrado-secular, debemos sentir esta verdad correr en nuestras venas y condicionar todos nuestros pensamientos. Debemos acostumbrarnos a vivir para la gloria de Dios. Meditando en esta verdad, hablando a menudo con Dios en nuestras oraciones, acordándonos de ella cuando estamos entre la gente, se apoderará de nosotros la potente sensación de que estamos viviendo para la gloria de Dios. La penosa sensación de dualidad desaparecerá, y dará su lugar a una placentera sensación de reposo debido a la esencial unidad de nuestra vida. La convicción de que somos totalmente de Dios, que él lo ha recibido todo y no ha rechazado nada, unificará nuestra vida interior, y hará que para nosotros todo sea sagrado.

Pero esto no es todo. Los hábitos adquiridos de largo tiempo no se abandonan así nomás. Se necesita mucha inteligencia, y mucha reverente oración para despojarse de la psicología sagrado-secular. Por ejemplo, le costará trabajo comprender al cristiano común que todos los actos de su vida diaria pueden convertirse en actos de adoración a Dios. La vieja antítesis volverá una y otra vez sobre su cabeza para robarle la paz mental. Tampoco la serpiente antigua, el diablo, nos dejará tranquilos. Nos atacará cuando viajamos en auto, o estamos en el taller, o en la oficina, para decirnos que no estamos consagrando a Dios lo mejor de nuestra vida. Y si nos descuidamos este astuto diablo nos creará confusión y desaliento.

La única manera de tener éxito es ejerciendo una fe dinámica. Debemos ofrecer todos nuestros actos a Dios, y creer que él los acepta. Después, hacer firme la decisión, y mantener clara la idea de que todos los actos del día y de la noche están incluídos en la dedicación. No cesemos de decirle a Dios, cada vez que oramos, que deseamos que todos los actos de nuestra vida sean para su gloria y honra. Y añadir, a cada hora del día muchos pensamientos como estos mientras estamos ocupados en el trabajo de vivir. Practiquemos el arte fino de hacer de cada acto de nuestra vida un acto sacerdotal. Creamos que Dios está aun en los más simples actos de nuestra vida, y aprendamos a verle a El en ellos.

Otro error concomitante con la antítesis sagradosecular es cuando hacemos diferencias entre lugar y lugar. Nada hay en el Nuevo Testamento que enseñe acerca de lugares santos o no santos. Este error está tan generalizado que uno se siente muy solo cuando empieza a combatirlo. Ha teñido de tal manera el pensamiento de la gente, y coloreado de tal modo sus ojos, que resulta casi imposible hacerles entender lo contrario. Aunque el Nuevo Testamento enseña precisamente lo contrario, los cristianos han hablado y cantado a lo largo de los siglos acerca de lugares santos y edificios santos. Según lo que yo sé, únicamente los cuáqueros se han dado cuenta de este error, y han tenido el coraje de denunciarlo.

He aquí los hechos, según yo los veo. El pueblo de Israel había vivido en Egipto por cuatrocientos años en medio de la más crasa idolatría. Por la mano de Moisés Dios los sacó de allí y los puso en camino de la tierra prometida. Esa gente no tenía la más remota idea de lo que era santidad. Para corregir este estado de cosas, Dios comienza desde abajo. Se presentó a ellos en forma de columna de humo de día y columna de fuego de noche, y más tarde, cuando ya el tabernáculo estuvo concluído, se manifestó en forma de luz brillante, la shekinah, en medio del lugar santísimo. Dios se valió de numerosos medios para enseñar a Israel lo que es santo, y lo que no lo es. Les dio días santos, vasos santos, vestidos santos. Les dio lavamientos, sacrificios y ofrendas de muchas clases. Por todos estos medios Israel aprendió que Dios es santo. Esto era lo que él quería enseñarles. No la santidad de cosas y de lugares, sino la santidad de Jehová era lo que él quería que aprendieran.

Entonces vino el gran día de la aparición de Cristo. Inmediatamente él comenzó a decir, “Oísteis que fue dicho a los antiguos, mas yo os digo.” La enseñanza del Antiguo Testamento había pasado. Cuando Cristo murió en la cruz, el velo del templo se rasgó en dos, de alto a abajo. El verdadero lugar santísimo, el cielo, quedaba abierto para todos los que quisieran entrar por fe. Entonces recordaron las palabras del Señor, “La hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Juan 4:21–23).

Poco después el apóstol Pablo levantó el grito de libertad, y dijo que todas las cosas son santas, todos los días son santos, todas las comidas santas y todos los creyentes santos, y cada acto de la vida aceptable a Dios. La santidad de tiempos y lugares, una media luz necesaria para los tiempos primitivos pasó de largo, y comenzó a brillar la plena luz de la adoración en el espíritu.

La iglesia mantuvo bastante tiempo la bendición de la adoración espiritual, hasta que con el paso de los años se fue perdiendo. Fue entonces cuando el legalismo, tan propio de los corazones no regenerados, introdujo de nuevo las distinciones de antaño. Reaparecieron los días santos, los lugares santos y los objetos santos. Los dos primeros sacramentos (y únicos) el bautismo y la santa cena, fueron aumentados a tres, a cuatro, a cinco, a seis y a siete. Con el triunfo del romanismo fue el acabóse. Todo se volvió santo, menos el verdadero santo.

Con toda caridad, y sin deseo de herir los sentimientos de nadie, tengo que decir que la iglesia católica romana representa hoy en día la herejía sagrado-secular llevada a su máxima perfección. El efecto mortal de esta herejía es hacer una división completa entre religión y vida. Sus maestros intentan disimular esta trampa por medio de muchas notas y explicaciones, pero la lógica irrebatible está ahí. En la vida práctica del católico, la diferencia entre la vida diaria y la religión es evidente.

Los reformadores, los puritanos y los místicos han luchado para librarnos de esta servidumbre. Pero hoy en día en muchos círculos conservadores existe la tendencia de volver a ella. Se dice que un caballo, cuando es librado de un edificio en llamas, puede tener la absurda obstinación de volver a él para quemarse. Debido a una obstinación parecida, algunos cristianos conservadores están regresando otra vez a la esclavitud espiritual. Se están celebrando, con demasiada insistencia “semana santa,” “viernes santo,” “pentecostés,” “navidad” y etc. La verdad es que no sabemos cuando nos vamos a poner bien del todo.

Con el fin de que me entiendan bien, y no me juzguen mal, quiero explicar las implicaciones prácticas de la doctrina que estoy enseñando, es decir, la cualidad sacramental de la vida diaria. Sin dejar de lado su significación positiva, quiero señalar algunas cosas que ella no es.

Por ejemplo, no quiero decir que todo lo que hacemos es de igual importancia. Un hecho en la vida de un buen hombre puede diferir de otro hecho en la vida de ese hombre. Cuando Pablo cosía lonas, hacía un acto agradable a Dios y aceptado por él, pero era bien diferente de cuando escribía la carta a los Romanos. Pero ambas tareas fueron aceptadas por Dios como actos de adoración por sí mismas. Por cierto que es más importante guiar un alma a Cristo que cultivar un jardín, pero cultivar un jardín puede ser un acto tan santo como ganar un alma.

Tampoco quiero decir que un hombre es tan útil como otro. El conserje analfabeto de una iglesia no es de comparar con Billy Graham, pero ambos están haciendo un trabajo que Dios acepta con placer.

El “laico” no debe pensar que su humilde tarea es inferior al ministerio del pastor. Que cada hombre se quede en la vocación en que fue llamado, y haga su trabajo como el más puro acto de adoración a Dios. No es lo que un hombre hace lo que determina si su trabajo es sagrado o secular, sino el por qué lo hace. El motivo es todo. Dejen a un hombre que santifique al Señor Dios en su corazón, y despreocúpense de lo que hace, ya no podrá hacer ningún trabajo común. Todo lo que él haga será aceptable a Dios por medio del Señor Jesucristo. Para ese hombre la vida misma será un sacramento, y el mundo entero un santuario. Toda su vida será un ministerio sacerdotal. No importa cuan simples sean las tareas que desempeñe, siempre oirá a los serafines cantando, “Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.”

Señor, yo confiaré en Tí completamente, y seré completamente tuyo. Te exaltaré a Tí por encima de todo. Quiero sentir que, aparte de Tí, no poseo nada. Quiero sentir que me encuentro continuamente bajo la sombra de tu presencia, y que escucho tu voz y que Tú eres el que me habla. Deseo vivir tranquilo, seguro de la sinceridad de mi corazón. Quiero vivir tan lleno del Espíritu que todos mis pensamientos sean como incienso de olor suave para Tí, y que cada acto de mi vida sea un acto de adoración. Por eso oro con las palabras de tu gran siervo de la antigüedad, “Te ruego que purifiques mi corazón con el don inefable de tu gracia, que pueda amarte y ensalzarte como Tú eres digno.” Tengo la seguridad de que me concederás todo esto, porque te lo pido por los méritos de tu Hijo Jesucristo. Amén.

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 119–130). Camp Hill, PA: Christian Publications.

La emoción de la gracia

Marzo 9

La emoción de la gracia

Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. (Juan 1:16)

¿Es la experiencia de la gracia de Dios en su vida algo emocionante? ¡Lo es para mí! Es conmovedor el solo pensar en el hecho de que Dios, por su propio plan soberano, decidió tener misericordia conmigo.

Él derramó su gracia sobre mí. Él perdonó todos mis pecados. Me dio la presencia interior del Espíritu Santo. Me dio el entendimiento de su Palabra. Me llamó al ministerio espiritual. Todos los días me da abundante comunión con los santos, y me gozo en ser parte de su pueblo redimido. Él me permite ver el mundo como la obra de sus manos. Soy su hijo, y Él me ama de una forma personal.

No hay nada mejor que recibir gracia sobre gracia. Pido a Dios que esa sea la experiencia de usted.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

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Nomofobia

Sábado 9 Marzo

Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado.

Salmo 37:25

En Dios solamente está acallada mi alma; de él viene mi salvación.

Salmo 62:1

Nomofobia

¿Es usted «nomófobo», es decir, padece esta adicción del siglo 21 que consiste en depender excesivamente del teléfono móvil? El miedo a estar solo en medio de un mundo indiferente, y a veces hostil, lleva a las personas a no poder separarse de su teléfono por temor a tener un ataque de ansiedad. A veces nos sentimos muy solos, incluso en medio de una multitud. La soledad es un drama para muchas personas que quisieran poder confiar en alguien.

En tiempos de Josué, Dios dijo a quienes confiaban en Él: “No te dejaré, ni te desampararé” (Josué 1:5); y cuando Jesús vino a la tierra, se acercó a las personas necesitadas y solas. En el momento de volver a su Padre, hizo una maravillosa promesa a sus discípulos: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). Desde hace aproximadamente dos mil años, una multitud de creyentes se beneficia de esta promesa. ¿Es usted uno de ellos? ¿Ha puesto su confianza en Jesucristo?

Él tuvo que estar solo, clavado en una cruz: Dios lo abandonó durante tres horas terribles en las cuales expió nuestros pecados. Y desde entonces, todo aquel que le confiesa sus pecados y cree que Jesús pagó el precio en su lugar, es hecho un hijo de Dios. Y Dios afirma que nada “nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:39).

¡Qué felicidad saber que Dios me escucha siempre, incluso cuando mi oración es solo un pedido de socorro! ¡Qué alegría saber que él responde!

Ezequiel 4 – Hechos 15:36-16:10 – Salmo 31:14-20 – Proverbios 11:7-8

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

 

Mansedumbre y Reposo

Tozer, A. W.

Mansedumbre y Reposo

Bienaventurados los mansos, porque ellos

recibirán la tierra por heredad. Mateo 5:5

Para describir la condición actual de la humanidad uno podría valerse muy bien de las bienaventuranzas, pero tomándolas al revés. Porque las cualidades que distinguen al hombre de hoy son precisamente lo opuesto a las virtudes que ponderan las mismas.

No encontramos nada en la humanidad que se aproxime a las virtudes de que habló el Señor Jesús en el célebre Sermón de la Montaña. En lugar de la pobreza de espíritu hallamos el más vicioso de los orgullos; en lugar de los que lloran hallamos a los eternos buscadores del placer; en vez de mansedumbre, arrogancia; en vez de hambre y sed de justicia, oímos a la gente decir, “Soy rico, mis caudales aumentan, y no tengo necesidad de nada”; en vez de misericordia, vemos crueldad; en vez de pureza de corazón, corrupción general; en vez de pacificadores, resentidos y peleadores; en vez de perdón cuando se los maltrata, hallamos desquite y venganza con qualquier arma al alcance.

Esta es la clase de moral que predomina en la sociedad civilizada. La atmósfera está cargada de ella; la respiramos en el aire y la bebemos en la leche de nuestras madres. La cultura y la educación refinan esas cosas solo ligeramente; en el fondo las dejan sin tocar. Se ha creado todo un mundo de literatura para justificar esta clase de vida como la única normal. Esto debiera asombrarnos, y mucho más al pensar que ese orden de cosas es lo que hace nuestra vida amarga y dolorosa. Todas nuestras penurias y la mayoría de nuestras enfermedades provienen directamente de nuestros pecados. Orgullo, arrogancia, resentimiento, malicia, maledicencia y codicia, causan más dolor al ser humano que todas las enfermedades que atacan su carne mortal.

En un mundo como este las palabras de Jesús suenan en una manera maravillosa y extraña, como una visitación de lo alto. Bueno es que El haya hablado, porque ningún otro podría haber hablado como El y bueno es que nosotros pongamos atención a lo que El dijo. Sus palabras son la esencia de la verdad. El no nos está ofreciendo una opinion; nunca expuso opiniones; jamás habló sin estar seguro de lo que decía. El sabía lo que decía, y lo sabe ahora. Sus palabras no son como las de Salomón, producto de la observación aguda. El habló con la plenitud de su naturaleza divina, y sus palabras son absoluta verdad. El es el único que puede decir “bienaventurado” con completa autoridad. Porque El es el solo Bendito, que bajó de las alturas para conferir bendiciones a la humanidad. Y sus palabras están sostenidas por los hechos poderosos que realizó, más que ningún otro sobre la tierra. Es sabio para nosotros escucharlas.

Como solía hacerlo a menudo, el Señor usaba la palabra “manso” en su sentido jovial, y no fue sino hasta tiempo más tarde que explicó lo que quería decir. En el mismo libro de Mateo nos dice algo más referente a esa palabra y cómo aplicarla a nuestra vida. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados, que os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”

Tenemos aquí dos cosas que contrastan la una con la otra, la carga y el descanso. La carga no se refiere solamente a sus oyentes de ese momento, sino que es la carga general que soporta todo ser humano. Esta carga no consiste de opresión política, o pobreza, o trabajo pesado. Es algo más profundo que eso. La siente el rico tan bien como el pobre, porque no es algo de lo que nos pueda librar la riqueza o la desidia.

La carga que lleva la humanidad es pesada y abrumadora. La palabra que usó Jesús significa una carga sumamente agobiadora, que se pone sobre una persona hasta quebrarle las fuerzas. Descanso es simplemente liberación de esa carga. No es algo que nosotros hacemos; es algo que viene a nosotros cuando dejamos de hacer. Su propia mansedumbre, ese es el descanso.

Examinemos lo que es nuestra carga. Es algo interior. Ataca el corazón, y la mente, cubre todo el cuerpo partiendo desde adentro. Primero, está la carga del orgullo. El trabajo de amarse a sí mismo es algo muy pesado. Pensemos en cuanto nos duele y como sufrimos cuando oimos a alguien decir algo despectivo de nosotros. Cuando hacemos un ídolo de nuestro “yo,” nunca faltan los que se deleitan en profanar nuestro idolillo. ¿Cómo podemos, entonces, pretender gozar de paz interior? El esfuerzo que hacemos para proteger nuestro yo de todo ataque y desdoro nunca puede producirnos el anhelado descanso. Y conforme pasan los años esta carga se hace más intolerable. Sin embargo, los hombres siguen llevando a cuestas este oneroso peso, tratando de defenderse de todo lo que se dice, quejándose de toda crítica, sufriendo las actitudes despreciativas, sufriendo insomnio si otro es preferido antes que nosotros.

No es necesario llevar tal carga. Jesús nos invita al descanso, y la mansedumbre es su método. El hombre manso no se afana por las cosas del mundo, porque hace tiempo ha decidido que ellas no merecen el esfuerzo de conseguirlas. Y desarrolla dentro de sí un bondadoso sentido del humor, que le lleva a decir, “¡Ah …! ¿con que te han pasado por alto? ¿Con que han preferido a otro antes que a tí? ¿Has oído que dicen de tí que no vales mucho? ¡Válgame Dios! ¿Es que te inco modas porque otros dicen de tí las mismas cosas que tú dices de tí mismo? ¡Vaya! Si ayer mismo le decías a Dios que no eres nada, que eres un simple gusano. ¿En qué quedamos? Vamos, hombre, deja de preocuparte por eso y aprende a ser un poco más consecuente contigo mismo.”

El hombre manso no es una mosca muerta afligido por completo de inferioridad. Por el contrario, puede ser tan osado en su vida moral como un león y tan fuerte como Sansón. Lo que ocurre es que no se anda preocupando tontamente por sí mismo. El reconoce que es débil e indefenso, tal como Dios se lo ha declarado, pero al mismo tiempo sabe, paradójicamente, que ante los ojos de Dios él vale más que los ángeles. En sí mismo, es nada; pero en Dios, es todo. Ese es su lema. El sabe bien que el mundo nunca lo verá a él como Dios lo ve, y por eso ha dejado de preocuparse. Se queda perfectamente contento al permitir a Dios que El establezca sus propios valores. Espera con calma el día en que Dios le ponga su justo precio, y todas las cosas valgan por lo que realmente son. Entonces los justos resplandecerán en el Reino del Padre celestial.

Mientras tanto, descansa tranquilo teniendo paz de corazón. Mientras camina en mansedumbre, está feliz, dejando que Dios defienda su causa. Ha terminado la lucha de defenderse a sí mismo. Ha hallado la paz que trae la mansedumbre.

También se ha liberado de la pesada carga de la simulación. Por simulación no queremos decir hipocresía, sino ese humano deseo de mostrar siempre lo mejor que tenemos, ocultando cuidadosamente nuestros defectos. Porque el pecado nos ha jugado muchas malas pasadas; y una de ellas es la de infundirnos un falso sentido de vergüenza. Raro es el hombre, o la mujer, que saben presentarse llanamente, sin querer aparentar lo que no son. El temor de ser considerados inferiores corroe su corazón como polilla. El hombre de cultura teme hallar algún día un hombre más culto que él. El que tiene algún dinero sufre la humiliación de ver a uno que tiene más que él. El hombre instruído padece el temor de enfrentarse con otro mejor instruído. La que se llama “sociedad” no es otra cosa que esto, y no tiene mejores motivaciones que estas. Las clases pobres son un poquito mejor.

Que nadie se sonría por esto. Estas cargas son reales, y están matando poco a poco a sus víctimas, presas de este modo de vida. Y la psicología creada por años de practicar estas cosas hace a la verdadera mansedumbre tan irreal como un sueño y tan lejana como una estrella. A todas las víctimas atormentadas por estos males Jesús les dice, “Debéis convertiros y ser como niños.” Porque los niños no hacen comparaciones; se gozan con lo que tienen, sin relacionarlo con lo que tienen otros. Solo cuando crecen y se hacen adultos es que el pecado se desarrolla en sus corazones y comienzan a sentir los celos y la envidia. Entonces se vuelven incapaces de gozar lo que ellos tienen si alguien tiene más que ellos. A partir de ese momento se les envenena la existencia, y nunca se ven libres hasta que viene Jesús y les quita la carga.

Otra fuente de cargas es la artificialidad. Yo sé que hay muchísima gente que vive bajo el perpetuo temor de que alguno de sus amigos pueden echar una mirada en su interior y comprobar cuan vacía está su alma. Por eso nunca aflojan su tiesura. Gente brillante vive tensa y alerta, en temor de ser pillados diciendo alguna cosa vulgar o estúpida. Gente que viaja mucho vive con el miedo de hallar algún día algún Marco Polo que ha viajado por donde ellos nunca han ido.

Esta condición antinatural es parte de la triste herencia de pecado que todos tenemos, pero que agravamos cada día por nuestra manera de vivir. La publicidad comercial se basa en este hábito de simulación. Se ofrecen cursos de aprendizaje para brillar en una fiesta o reunión. Se venden libros, y se mercan cosméticos, apelando siempre a este deseo insano de querer aparentar lo que no se es. La artificialidad es una cosa que desaparece en el momento que nos arrodillamos ante Cristo y le pedimos mansedumbre. Entonces ya no nos importa lo que la gente piensa de nosotros, sino solo agradar a Dios. Entonces somos lo que realmente somos, y lo que parecemos ser, nos importa un pepino.

El corazón de la gente se quiebra bajo esta carga de orgullo y simulación. Y no hay ningún alivio para esa carga, a menos que se la encuentre en la mansedumbre de Jesús. El sentido común y la sensatez pueden ocasionalmente ofrecer algún alivio, pero este vicio es tan fuerte que al echárselo de un lado reaparece en otro. Jesús dice a hombres y mujeres en todas partes, “Venid a Mí los que estáis trabajados y cargados, que yo os dare descanso.” El descanso que El ofrece es el descanso de la mansedumbre, el bendito descanso que nos viene al aceptarnos tal como nosotros somos, sin ninguna clase de simulación. Se necesita algún coraje al principio, pero pronto viene la gratia necesaria al comprender que estamos compartiendo el yugo con el fuerte y poderoso Hijo de Dios. El lo llamó “mi yugo,” y él lo toma de un lado cuando nosotros lo tomamos del otro.

Señor, hazme como un niño. Ayúdame a dejar de competir con otros por puesto y figuración. Deseo ser simple y sin artificios como es un niño. Líbrame de la simulación. Perdóname por pensar demasiado en mí mismo. Ayúdame a olvidarme de mí mismo y hallar mi verdadera paz en el hecho de pertenecerte a Tí. Contéstame esta oración que humildemente dirijo a Tí. Pon sobre mí tu yugo fácil de llevar, y haz que halle descanso al olvidarme de mí y de mis problemas, amén.

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 111–118). Camp Hill, PA: Christian Publications.

Una esperanza viva

Marzo 8

Una esperanza viva

Su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva. (1 Pedro 1:3)

Cuando Dios lo salvó y lo transformó a usted, le dio “una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible” (1 P. 1:4). Como resultado, los cristianos pueden vivir con la esperanza de esa herencia eterna.

¿Por qué es importante esa esperanza? Los incrédulos no confían en Él, de modo que no pueden esperar en Él. Pero como creyente usted ha visto que Dios ha sido fiel en el pasado y en el presente, y que le da la esperanza de que será fiel en el futuro. Y eso le da gloria.

Digámoslo de una manera sencilla: Dios es glorificado cuando usted confía en Él. Dios es glorificado cuando usted cree en Él. Y Él es glorificado cuando usted espera en su promesa futura. El Dios que le ha dado tan gran salvación es digno de su esperanza.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

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Dios resiste a los soberbios

Viernes 8 Marzo

Dios hizo al hombre recto, pero ellos buscaron muchas perversiones.

Eclesiastés 7:29

Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.

1 Pedro 5:5

Dios, el Dios infinito y absoluto, creó al hombre a su imagen y lo puso en el huerto del Edén. Le confió la administración de la tierra, pero con una prohibición: no debía comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Respetando esta prohibición, el hombre debía mostrar su confianza en el Creador. Ese Dios bueno y sabio sabía que si Adán llegaba a conocer el bien y el mal, el resultado sería su desgracia.

Al mismo tiempo, Dios hacía un examen de obediencia a Adán. Al ser fiel en lo poco, Adán hubiera mostrado que lo sería también en las grandes cosas. Y era algo muy grande administrar la tierra para Dios, su legítimo dueño. Pero, Adán y Eva fueron infieles, se dejaron seducir por el diablo, quien les dijo: “Seréis como Dios” (Génesis 3:5). Sensible a la propuesta de Satanás, el hombre cayó en la trampa del tentador: el orgullo.

Esta fibra de orgullo y vanidad vibra aún muchas veces en nosotros, empujándonos a querer prevalecer y a envanecernos. Esta pretensión interior es la causa de muchos de nuestros sufrimientos y conflictos. Más grave aún, es la causa de nuestro alejamiento de Dios. Este orgullo, tan profundamente arraigado y encubierto en nuestro corazón, nos hace hipócritas y constituye una verdadera afrenta al amor infinito de Dios.

Aún hoy Dios ofrece la salvación a todos los que reconocen la gravedad de su pecado. Esta es su oferta hecha hace mucho tiempo: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros” (Ezequiel 36:26). Él continúa extendiendo su mano hacia nosotros.

Ezequiel 3 – Hechos 15:1-35 – Salmo 31:9-13 – Proverbios 11:5-6

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Restauración de Relaciones entre Dios y la Criatura

Tozer, A. W.

Restauración de Relaciones entre Dios y la Criatura

Ensálzate sobre los cielos,

oh Dios; sobre toda la tierra

tu gloria. Salmo 57:5

Es casi una perogrullada decir que el orden en la naturaleza depende de la correcta relación de todas las cosas. Para lograr la armonía es indispensable que cada cosa esté en perfecta relación con respecto a otra cosa. En la vida humana, ocurre lo mismo.

He dicho en capítulos anteriores que la causa de todas nuestras miserias es nuestra radical dislocación moral que trajo enemistad con Dios y con cada uno de nuestros semejantes. Cualquiera haya sido la caída en el pecado, sus efectos han producido un trastorno en las relaciones del hombre con su Creador. El hombre adoptó una actitud equivocada con respecto a Dios, y con eso deshizo los medios de comunicación con su Creador, en la cual, sin que él se diera cuenta, descansaba su felicidad. La salvación es, esencialmente, la restauración de esas relaciones, es decir, el retorno a la relación normal del uno con el otro.

Una vida espiritual satisfactoria debe comenzar con un cambio completo en las relaciones entre Dios y el pecador. No meramente un cambio judicial, sino un cambio conciente y experimental que afecte toda la naturaleza del individuo. La propitiación por la sangre de Jesús hace posible ese cambio judicial, y la obra del Espíritu lo hace emocionalmente satisfactorio. La historia del hijo pródigo ilustra perfectamente esta última fase. El hijo más joven se había metido en una cantidad de problemas a causa de haber olvidado los privilegios que tenía como hijo de su padre. Su restauración no fue más que el reestablecimiento de esas relaciones, las cuales existían desde su nacimiento, pero que habían sido temporalmente interrumpidas por el pecado. La parábola pasa por alto el aspecto legal de la redención, para detenerse hermosamente en el aspecto experimental.

Para determinar las relaciones tenemos que comenzar en algún lugar. Debe haber un punto fijo desde el cual todo ha de comenzar a medirse, donde no intervenga la ley de la relatividad, y donde podamos decir “ES,” sin ninguna clase de concesiones. Tal punto fijo es Dios. Cuando Dios quiso dar a conocer su nombre a la humanidad no encontró otro mejor que “YO SOY.” Cuando él habla en primera persona dice, YO SOY; cuando nosotros nos referimos a él decimos EL ES; cuando nos dirijimos a él le decimos TU ERES. Todo lo demás parte de esta base. Dios dice, “Yo Soy el que Soy” o sea “jamás cambio.”

Así como el marino fija su posición en el mar por la altura del sol, nosotros podemos saber cuál es nuestra posición moral mirando a Dios. Debemos comenzar con Dios. Nosotros estamos bien solo cuando estamos en una correcta relación con Dios, y mal cuando estamos en cualquier otra.

Muchas de nuestras dificultades en la vida cristiana se deben a que no queremos tomar a Dios tal como él es, y ajustar nuestras vidas conforme a eso. Insistimos en modificar a Dios y en adaptarlo a nuestra imagen. La carne se resiste contra la inexorable sentencia de Dios, y como Agag, gime por un poco de misericordia, algo más de indulgencia para sus deseos y apetitos. Pero esto de nada sirve. Podemos comenzar bien solo cuando aceptamos a Dios tal como Dios es, y le amamos porque así es. Y cuando le vamos conociendo mejor hallamos una indecible fuente de gozo al darnos cuenta que no puede ser de otra manera. Algunos de los más sublimes momentos de nuestra vida han sido los que hemos pasado en reverente admiración de la Deidad. En estos solemnes momentos no hemos querido ni siquiera pensar en qué pasaría si Dios fuera de distinta manera.

Comencemos, pues, con Dios. Detrás de todo, por encima de todo, y antes de todo, está Dios. Primero, en orden de secuencia; por encima, en orden de rango y condición; antes que todo, en dignidad y honor. Siendo el único que existe por sí mismo, él ha dado origen y existencia a todo, y todas las cosas existen por él y para él. “Señor, digno eres de recibir gloria, y honra, y virtud, porque tú criaste todas las cosas, y por tu voluntad tienen ser y fueron criadas” (Apocalipsis 4:11).

Toda alma pertenece a Dios y existe para complacerle a él. Siendo Dios quien es, y siendo nosotros quienes somos, la única relación que debe existir es de completo señorío por parte de él y de completa sumisión por parte de nosotros. Nosotros le debemos a él todo el honor de que somos capaces de darle. Darle algo menos es causa de nuestra desdicha.

La búsqueda de Dios debe incluir el afán de darle a él todo lo que somos. Y esto no solo judicialmente, sino real y positivamente. No me estoy refiriendo aquí al acto de justificación por la fe mediante Cristo. Estoy hablando de una voluntaria exaltación de Dios a su legítimo estrado sobre nosotros, y el deseo de someter nuestro ser entero al culto y adoración que corresponde a la criatura dar al creador.

No bien hacemos la decisión de exaltar a Dios por encima de todo, nos apartamos de la procesión del mundo. Nos damos cuenta que estamos en desacuerdo con el mundo, y ese desacuerdo se hará más evidente a medida que avancemos en el camino de la santidad. Veremos las cosas desde un nuevo punto de vista; una nueva psicología se formará dentro de nosotros; un nuevo poder vendrá a nuestras vidas.

Nuestro rompimiento con el mundo será el resultado directo de nuestra nueva relación con Dios. Porque el mundo de los hombres caídos no da honra a Dios. Millones hay sí, que se llaman a si mismos cristianos, y pagan algún respeto a su Nombre, pero una simple prueba demostrará cuan poco El es honrado entre ellos. Pregunte a cualquier cristiano nominal quién es el que predomina en su vida. Pídale que haga una elección entre Dios y el dinero, entre Dios y los hombres, entre Dios y sus ambiciones personales, entre Dios y el yo humano, entre Dios y el amor humano, y Dios siempre tomará el segundo lugar. Todas esas otras cosas serán exaltadas por encima. No importa lo que el hombre diga, la prueba de su elección se verifica día tras día.

“Seas tú exaltado,” es el lenguaje de la vida espiritual victoriosa. Es la llavecita que abre la puerta de los tesoros de la gracia. Es el punto central de la vida de Dios en el alma. Dejad que el que busca a Dios pueda decir continuamente con la vida y con los labios, “Seas tú exaltado,” y habrá dado con la solución de mil de sus problemas. Su vida cristiana dejará de ser la cosa complicada que era antes, y vendrá a ser la misma esencia de la simplicidad. Por el ejercicio de su voluntad habrá marcado el curso que desea seguir, y lo seguirá como si fuera guiado por un piloto automático. Si por algún momento un viento contrario llegara a apartarlo de la ruta, no tardará en volver al buen rumbo por una inclinación secreta de su alma. Los impulsos internos del Espíritu luchan a su favor y “las estrellas en sus cursos” pelean por él. En su alma está resuelto el problema de su vida, y todos los demás se resuelven por el mismo camino.

Que nadie piense que la entrega absoluta de la voluntad a Dios rebaja la personalidad humana. El hombre no se degrada por esto, sino al contrario, se eleva a su verdadera y primitiva dignidad de ser hecho a la imagen de Dios. Su desgracia yace en el hecho de su descomposición moral, en haber usurpado, en forma antinatural, el lugar que le corresponde a Dios. Su honor será demostrado por devolver el trono usurpado. Al exaltar a Dios por sobre todas las cosas, el hombre vuelve a hallar su propio perdido pedestal.

Todo aquel que se resiste a entregar su voluntad a otro, debe recordar las palabras de Jesús, “Todo aquel que hace pecado, es siervo de pecado” (Juan 8:34). Tenemos necesidad de ser siervos de alguien, o del pecado, o de Dios. El pecador se vanagloria de su independencia, sin darse cuenta que es un esclavo de los pecados que dominan sus miembros. El hombre que se entrega a Cristo cambia un amor cruel y despiadado por uno suave y gentil, un Maestro cuyo yugo es fácil y ligera su carga.

Habiendo sido hechos a la imagen de Dios, no debe sernos difícil reconocerle y aceptarle como nuestro dueño. Dios fue nuestra primera habitación, y nuestros corazones no podrán menos que sentirse en casa al retornar a nuestro antiguo recinto.

Espero que se entenderá fácilmente que es lógico que Dios reclame la preeminencia. Ese lugar es suyo por derecho propio en el cielo y en la tierra. Cada vez que nosotros ocupamos el sitio que a El le corresponde, toda la vida se desconcierta. Nada puede ponerse en orden mientras no hagamos, de puro corazón, la firme decisión de exaltar a Dios por sobre todas las cosas.

“Al que me honra, yo lo honraré” dijo Dios a un antiguo sacerdote en Israel. Y esa antigua ley espiritual ha permanecido inmutable, no importa el paso del tiempo o el cambio de las dispensaciones. Toda la Biblia y toda la historia proclaman la perpetuidad de esa ley. “Si alguno me sirve, mi padre le honrará,” dijo el Señor Jesús, enlazando lo viejo con lo nuevo y revelando la unidad esencial de sus tratos con los hombres.

Muchas veces la mejor manera de entender una cosa es mirando su opuesto. Eli y sus hijos fueron colocados en el sacerdocio con la estipulación de que honrarían a Dios en su ministerio y en su vida. Ellos fallaron en hacerlo y Dios les envió a Samuel a anunciarles las consecuencias. Sin que Eli se diera cuenta esta ley de reciprocidad había estado siempre en vigor, y ahora había venido el tiempo para el castigo. Ofni y Finees, los sacerdotes depravados, cayeron en la batalla, la mujer de Ofni murió al dar a luz, el arca de Dios fue capturada por los filisteos, y el anciano Eli cayó hacia atrás y se quebró el cuello. Así cayó la tragedia sobre la casa de Eli por haber faltado en darle el honor a Dios.

En contraste con este cuadro tomemos cualquier otro personaje bíblico que procuró honrar a Dios en su vida terrenal. Veremos que Dios pasó por alto sus flaquezas, y derramó sobre ellos gracia y bendición. Ya se trate de Abraham, Jacob, David, Daniel, Elías o cualquier otro, el honor sigue al honor como la cosecha sigue a la siembra. El hombre de Dios se propone exaltar a Dios sobre todo; Dios acepta su intención como un hecho, y actúa de acuerdo con eso. No es la perfección, sino la santa intención lo que hace la diferencia.

El cumplimiento de esta ley se pudo ver en el Señor Jesucristo con toda perfección. Hallado en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, y dio la gloria a su Padre en los cielos. Nunca buscó su propia gloria, sino la de Dios que lo había enviado. Dijo en cierta ocasión, “Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria es nada: mi Padre es el que me glorifica.” Los fariseos se habían apartado tanto de esta ley que no podían comprender a una persona que buscaba solo la gloria de Dios. “Yo honro a mi Padre, y vosotros me habéis deshonrado” (Juan 8:49).

Otro de los dichos de Jesús, y uno de los más perturbadores, fue puesto en forma de pregunta: “¿Cómo podéis vosotros creer, pues tomáis la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que solo de Dios viene?” Si entiendo bien lo que Jesús quiso decir, fue que el deseo de recibir honores que domina a los hombres les impide creer lo que dice Dios. ¿Será este pecado la raíz de toda incredulidad? ¿Podría ser que esas “dificultades intelectuales” que alegan algunos, sean solo una cortina de humo para disimular la causa real de su incredulidad? ¿Será este codicioso deseo de recibir honor de los hombres lo que hizo a los hombres fariseos, y a los fariseos deicidas? ¿Es este el secreto que está detrás de toda autojustificación y hueca religiosidad? Yo creo que sí. Todo el curso de la vida se altera cuando fallamos en poner a Dios en el primer lugar. Nos exaltamos a nosotros mismos, en lugar de a Dios, y el resultado es maldición.

Si tenemos deseo de conocer a Dios, tengamos en cuenta que Dios también lo tiene, y su deseo es hacia los hijos de los hombres que hacen de una vez para siempre, la decisión de exaltarle por sobre todas las cosas. Hombres como esos son preciosos a Dios, más que todos los tesoros de la tierra y el mar. Dios encuentra en ellos un escenario donde mostrar su preeminente bondad en Cristo Jesús para todos los hombres. Con ellos puede andar Dios sin ocultación alguna; delante de ellos puede actuar como realmente es.

Al expresarme así lo hago con cierto temor. Quizá pueda convencer la mente de alguno sin conquistar Dios su corazón. Porque esto de poner a Dios por sobre todo no es cosa fácil de hacer. La mente puede aprobarlo, mientras la voluntad se niega a hacerlo. Mientras la imaginación corre a encontrar a Dios, la voluntad puede rezagarse, y el hombre no darse cuenta de cuan dividido está su corazón. El hombre completo debe hacer la decisión, antes que el corazón pueda sentir una real satisfacción. Dios nos desea a nosotros enteros, y no descansará hasta conseguirnos enteros.

Oremos sobre esto en detalle, arrojándonos a los pies de Dios, dispuestos a entregarnos a El por completo. Nadie que ore así sinceramente, tendrá que esperar mucho tiempo antes de sentir que Dios lo ha aceptado. Dios desea descorrer el velo de su gloria delante de los ojos de sus siervos, y pondrá todos sus tesoros a disposición de cada uno, porque El sabe que su honor está seguro en las manos del hombre enteramente consagrado.

¡Oh, Dios, exáltate sobre todas mis posesiones! Ninguno de los tesoros de la tierra será agradable para mí, si Tú te glorificas en mi vida. Te ensalzaré a tí más que a mis amistades. He determinado que Tú estés sobre todo, aunque eso me cueste quedar desterrado y solo en medio de la tierra. Exáltate sobre todas mis comodidades. Aunque eso significa la pérdida de mi comodidad y el tener que llevar la cruz, yo guardaré mi voto hecho en este día. Exdltate sobre mi reputación. Hazme ambicioso solo de agradarte a Tí, aunque eso signifique que me hunda en la oscuridad y mi nombre sea olvidado como un sueño. Levántate, Señor, a tu lugar de honor sobre todas mis ambiciones, mis gustos y mis disgustos, sobre mi familia, sobre mi salud, y aun sobre mi vida misma. Permíteme menguar, para que Tú puedas crecer, déjame hundir para que tú puedas surgir. Cabalga sobre mí, como lo hiciste al entrar a Jerusalén, montado en un pollino, hijo de asna, y permíteme escuchar las voces de las muchedumbres, “¡Hosana en las alturas!”

Tozer, A. W. (1977). La Búsqueda de Dios: Un Clásico Libro Devocional. (D. Bruchez, Trad.) (pp. 99–109). Camp Hill, PA: Christian Publications.

¿Qué ama usted en realidad?

Marzo 7

¿Qué ama usted en realidad?

Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. (Lucas 14:26-27)

Aparte de Dios, nadie pudo haber sido más amado para Abraham que su hijo Isaac. Pero esa era la prueba: “Averiguar si amaba a Isaac más que a Dios”. Si amamos a Dios sobre todas las cosas, le daremos gracias por lo que está logrando a través de nuestras pruebas y de nuestros sufrimientos. Pero si nos amamos a nosotros mismos más de lo que amamos a Dios, pondremos en tela de juicio la sabiduría de Dios y nos enojaremos y amargaremos. Si hay algo para nosotros más amado que Dios, entonces Él tiene que quitar eso para que crezcamos espiritualmente.

En el versículo de hoy, Jesús no dijo que debemos odiar a todo el mundo. Más bien quiso decir que si no se ama a Dios hasta el punto de que se esté dispuesto, si fuera necesario, a separarse del padre, de la madre, del cónyuge, de los hijos, del hermano, de la hermana, o incluso de la propia vida, entonces no se le ama sobre todas las cosas. Usted debe decidir hacer la voluntad de Dios ante todo, sin que importe cuánto pueda amar a los demás.

Del libro La Verdad para Hoy de John MacArthur DERECHOS DE AUTOR © 2001 Utilizado con permiso de Editorial Portavoz, http://www.portavoz.com

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Responsables de nuestra elección

Jueves 7 Marzo

Te encarezco… que prediques la palabra; que instes… porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina.

2 Timoteo 4:1-3

Responsables de nuestra elección

–Usted me cansa con su evangelio. No me hable más de eso.

–No le hablaré más de ello, solo tengo que decirle que no es mi evangelio, sino el “evangelio de Dios… acerca de su Hijo…” (Romanos 1:1-3). “Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos” (Hebreos 12:25).

–De todos modos, si Dios me manda al infierno, no estaré solo allí.

–No hable así. No es Dios quien lo envía a un lugar de tormentos. Al rechazar la salvación que él le ofrece gratuitamente, y para la cual fue necesario el sacrificio de su Hijo, es usted quien permanece en el camino que lleva a la perdición, acéptelo o no. Es cierto que allá no estará solo, pero ¿es ese su consuelo? En 1940 éramos un millón de prisioneros, pero eso no aliviaba mi situación. El enfermo que ingresa al hospital, ¿acaso siente alivio pensando que allí hay centenares de enfermos sufriendo?

Dios quiere salvar a todos los hombres, y Cristo murió por todos. Él manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan. Pero no obliga a nadie. Él pone delante de usted el camino de la vida y el de la muerte. Usted debe escoger.

“Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos… ¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron” (Hebreos 2:1-3).

Ezequiel 2 – Hechos 14 – Salmo 31:1-8 – Proverbios 11:3-4

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