Pastorea mis ovejas | Irv Busenitz

Pastorea mis ovejas: Cómo liderar bíblicamente
Irv Busenitz
Y volvió a decirle por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Pedro le dijo: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Pastorea mis ovejas». Juan 21:16

Las Escrituras llaman a todos a liderar de un modo u otro. La humanidad fue creada para dominar, someter y hacerse cargo de la creación de Dios (Gn. 1). Los padres deben guiar a sus hijos (Dt. 6), los maridos a sus esposas (1 P. 3), las mujeres mayores deben aconsejar y guiar a las más jóvenes (Ti. 2) y los pastores a sus iglesias (1 Ti. 3; Ti. 1). Tanto si eres un estudiante de seminario como una ama de casa, a todos se nos exhorta a liderar bíblicamente, a cumplir con la responsabilidad de liderazgo ordenada por Dios.

En la sociedad secular, los líderes altamente reconocidos son generalmente celosos, apasionados y ambiciosos. Son visionarios con la capacidad de inspirar y motivar a los demás. Tienen objetivos claros y bien definidos, y saben cómo hacerlos realidad. Todas estas cualidades son útiles, pero estas descripciones dejan de lado el componente más crucial del liderazgo bíblico: el servicio. Pablo exhorta a los tesalonicenses a que reconozcan «a los que con diligencia trabajan entre vosotros, y os dirigen en el Señor y os instruyen, y que los tengáis en muy alta estima con amor, por causa de su trabajo» (1 Tes. 5:12–13). En otro lugar, Pablo añade que los corintios debían estar sujetos a quienes «se han dedicado al servicio de los santos» (1 Co. 16:15–16).

En los Evangelios, Jesús subraya constantemente esta cuestión: el liderazgo es humildad manifestada a través del servicio.

En tres ocasiones diferentes, Él repite que «Si alguno quiere ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos» (Mr. 9, 10; Lc. 22). Los buenos líderes deben convertirse primero en buenos servidores. A eso se refiere Jesús cuando le dice a Pedro: «Pastorea mis ovejas».

En esta escena, Jesús da tres calificaciones para el liderazgo:

Ama a Dios
Jesús no está hablando de amor por los demás en este pasaje. El amor por la gente en general es innegablemente importante para el liderazgo ministerial, pero ese no es su enfoque aquí. En su conversación con Pedro, Jesús le pregunta tres veces: «¿Me amas?». El motivo y fundamento del liderazgo bíblico es el amor a Dios. Debe ser lo primero y más importante en la vida de un líder. «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Mt. 22:37). Todo fluye del amor a Dios. Es la fuerza motriz del servicio a Dios y a su reino. Las relaciones con las personas pueden traer pruebas, luchas y expectativas insatisfechas, pero el amor a Dios amortigua el aguijón de las decepciones.

Sé un ejemplo
Si el amor a Dios es el corazón y el alma del liderazgo bíblico, entonces el ejemplo es el conducto. Cada vez que Jesús le pregunta a Pedro: «¿Me amas?», inmediatamente exhorta a Pedro a demostrarlo. «Si me amas, pastorea mis ovejas». Pedro tendría que ganarse el derecho a ser seguido siendo un ejemplo. Y, sorprendentemente, ¡eso es lo que hace!

Tomó la iniciativa de reunir a los creyentes y elegir a un sustituto de Judas (Hch. 1)
Reiteró el evangelio con valentía ante la persecución y llamó a los demás a obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch. 2–5)
Abandonó su zona de confort para evangelizar interculturalmente (Hch. 10), plenamente consciente de que las críticas le seguirían inevitablemente (Hch. 11).
Defendió la santidad de Dios (Hch. 5, 15)
Aceptó la corrección cuando fue confrontado por Pablo (Gá. 2; 2 P. 3:15–16)
La santidad es un socio poderoso y crucial en la proclamación del Evangelio. Pedro fue un modelo de liderazgo servicial. Demostró su amor a Cristo obedeciendo sus mandamientos (Jn. 14:15). Su vida no sólo proclamó el Evangelio, sino que también lo ejemplificó. Así como fue con Pedro, es con nosotros.

La santidad es un socio poderoso y crucial en la proclamación del Evangelio.

Una vida de santidad hace que el Evangelio sea visible, no sólo audible. Un viejo dicho puritano lo expresa de esta manera: «Tu predicación puede poner clavos en las tablas de los corazones de los hombres, pero es tu vida la que los clavará profundamente».

Muere a tí mismo
La mentalidad de un líder servidor debe ser morir al yo. Jesús continúa su conversación con Pedro diciendo: «En verdad, en verdad te digo que cuando eras más joven te ceñías tú mismo y caminabas por donde querías; pero cuando envejezcas, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará por donde no quieras». Esto dijo dando a entender con qué muerte glorificaría a Dios. Y habiendo dicho esto, le dijo: Sígueme» (Juan 21:18-19). Comenzando con «en verdad, en verdad», Jesús anuncia enfáticamente la nueva trayectoria ministerial de Pedro: peligros inesperados, responsabilidades de largo alcance y un martirio seguro. Pedro tendría que sacrificarse por el plan de Dios.

El verdadero liderazgo en el ministerio requiere morir al yo, haciendo lo que Dios ha mandado.

El mandato es un imperativo presente. «Continúa siguiéndome». En otras palabras, «si de verdad me amas, debes continuar siguiéndome». Cuando Jesús comenzó su ministerio, llamó a Pedro a seguirle, para ser «pescador de hombres» (Mr. 1:17). Aquí, Jesús amplía ese llamado: un llamdo al sacrificio, a la abnegación y a la fidelidad y lealtad sin reservas. Hace aproximadamente un siglo, el presidente estadounidense Woodrow Wilson señaló acertadamente: «La lealtad no significa nada a menos que tenga en su corazón el principio absoluto del sacrificio personal». Eso es lo que Jesús pide a todo el que quiera seguirle, que diga humildemente sí a la soberana providencia de Dios.

El liderazgo bíblico se basa en una actitud de servicio motivada por el amor a Dios, vivida a través del ejemplo humilde y saturada de una mentalidad de autosacrificio. La pregunta a la que nos llama este texto es: «¿Qué clase de líder serás tú?».

[Nota del editor: This post was originally published in January 2018 and has been updated.]
Irv Busenitz
Dr. Irv Busenitz is Professor Emeritus of Bible Exposition & Old Testament. He was a founding member of The Master’s Seminary administration and faculty who served TMS from 1986-2018.

Si vuelves, será un milagro de Dios

Sábado 15 Julio
Cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros.
Mateo 10:19-20
Si vuelves, será un milagro de Dios
Mensajes de cristianos perseguidos
Después de varios juicios, un día fui citado a la oficina del secretario del condado, un hombre malvado. Mi mujer me dijo:

– ¡Será un milagro de Dios si vuelves sano y salvo! El secretario me hizo esperar una hora en el pasillo y luego me mandó seguir. Oré una vez más: Señor, entra primero. ¡Tengo miedo de ir sin ti! El funcionario me dijo:

– Podría haberte enviado ya a la cárcel por lo que has hecho, pero quería verte primero. Fuiste a Cluj, y predicaste sin autorización.

Yo sabía a qué se refería. En efecto, había predicado a los estudiantes de la universidad de Cluj. Los había animado a permanecer fieles, a ser valientes, porque los habían amenazado con expulsarlos de la universidad si seguían creyendo en Dios.

Le respondí a mi interlocutor que era mi deber predicar la Palabra de Dios, por lo que empezó a amenazarme. Extrañamente, cuanto más me amenazaba, la paz de Dios me llenaba más. Estaba sentado y tranquilo, regocijándome por la oportunidad de recibir amenazas debido a mi fe en Jesucristo. De repente, mi interlocutor notó que no podía asustarme:

– ¿No tienes miedo?, preguntó. Después de haber animado a los estudiantes a ser valientes, ¿qué podía decir? Entonces añadió:

– ¿Tienes algo más que decir? Le respondí que Dios también lo amaba. De repente lo vi hacerse muy pequeño detrás de su escritorio, y me pidió que orara por su alma.

Nicolae Gheorgbita (Rumanía)
Miqueas 5-6 – Lucas 5:1-16 – Salmo 84:1-4 – Proverbios 19:15-16

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ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Dios hace que todo suceda | R.C.Sproul

Dios hace que todo suceda

R.C.Sproul

Uno de los conceptos dominantes en la cultura occidental durante los últimos doscientos años, como vimos en los capítulos anteriores, es que vivimos en un universo cerrado y mecanicista. Según la teoría, todo funciona conforme a leyes naturales fijas, y que no hay posibilidad de intrusión desde el exterior. Por lo tanto, el universo es como una máquina que funciona por sus propios mecanismos internos.
Sin embargo, incluso aquellos que introdujeron este concepto ya a comienzos del siglo XVII todavía planteaban la idea de que Dios construyó la máquina en un principio. Como pensadores y científicos inteligentes que eran, no podían deshacerse de la necesidad de un Creador. Ellos reconocían que no habría mundo para que ellos observaran si no hubiese una causa última de todas las cosas. Aun cuando se cuestionaba y desafiaba la idea de un Gobernador involucrado y providencial de los asuntos diarios, todavía se asumía tácitamente que tenía que haber un Creador por encima del orden creado.
En el concepto clásico, la providencia de Dios estaba muy estrechamente ligada a su rol como creador del universo. Nadie creía que Dios simplemente creó el universo y luego le volvió la espalda y perdió contacto con él, o que él volvió a sentarse en su trono del cielo y meramente observó el universo trabajar por su propio mecanismo interno, rehusando involucrarse personalmente en sus asuntos. La noción cristiana clásica más bien era que Dios es tanto la causa primaria del universo como también la causa primaria de todo lo que acontece en el universo.
Uno de los principios fundacionales de la teología cristiana es que nada en este mundo posee poder causal intrínseco. Nada tiene poder alguno salvo el poder que se le confiere —se le presta, por así decirlo— o se ejecuta a través de ello, que en última instancia es el poder de Dios. Es por eso que los teólogos y filósofos históricamente han hecho una distinción crucial entre causalidad primaria y causalidad secundaria.
Dios es la fuente de la causalidad primaria. En otras palabras, él es la causa primera. Él es el Autor de todo lo que hay, y sigue siendo la causa primaria de los acontecimientos humanos y de los sucesos naturales. Sin embargo, su causalidad primaria no excluye las causas secundarias. Sí, cuando cae la lluvia, el pasto se moja, no porque Dios moje directa e inmediatamente el pasto, sino porque la lluvia aplica humedad al pasto. Pero la lluvia no podría caer si no fuera por el poder causal de Dios que está por encima de cada actividad causal secundaria. El hombre moderno, sin embargo, se apresura a decir: “El pasto está mojado porque llovió”, y no sigue buscando una causa superior y última. La gente del siglo XXI al parecer piensa que podemos arreglárnoslas perfectamente con las causas secundarias sin pensar en la causa primaria.
El concepto básico aquí es que lo que Dios crea, él lo sustenta. Por lo tanto, una de las subdivisiones importantes de la doctrina de la providencia es el concepto de sustento divino. En palabras simples, esta es la clásica idea cristiana de que Dios no es el gran Relojero que fabrica el reloj, le da cuerda, y luego sale de escena. En lugar de eso, él preserva y sostiene aquello que crea.
Esto efectivamente lo vemos al comienzo mismo de la Biblia. Génesis 1:1 dice: “Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra”. La palabra hebrea traducida como “creó” es una forma del verbo bārā, que significa “crear”, “hacer”. Esta palabra entraña la idea de sostener. Me gusta ilustrar esta idea aludiendo a la diferencia en música entre una nota en staccato y una nota sostenida. Una nota en staccato es breve y cortante: “La la la la la”. Una nota sostenida se mantiene: “Laaaa”. Asimismo, la palabra bārā nos dice que Dios no simplemente trajo el mundo a existencia en un momento. El término indica que él continúa creándolo, por así decirlo. Él lo sostiene, lo cuida, y lo sustenta.
EL AUTOR DEL SER
Uno de los conceptos teológicos de la más profunda importancia es que Dios es el Autor del ser. Nosotros no podríamos existir sin un ser supremo, porque no tenemos el poder de ser por nosotros mismos. Si algún ateo pensara seria y lógicamente acerca del concepto de ser durante cinco minutos, ese sería el fin del ateísmo. Es un hecho ineludible que nadie en este mundo tiene el poder de ser dentro de sí mismo, y no obstante aquí estamos. Por lo tanto, en algún lugar debe haber alguien que sí tiene el poder de ser en sí mismo. Si tal ser no existe, científicamente sería del todo imposible que algo existiera. Si no hay un ser supremo, no podría haber ningún ser de ninguna especie. Si hay algo, debe haber algo que tenga el poder de ser; de lo contrario, nada sería. Es así de simple.
Cuando el apóstol Pablo se dirigió a los filósofos en el Areópago de Atenas, mencionó que había visto muchos altares en la ciudad, incluido uno “al dios no conocido” (Hechos 17:23a). Entonces él usó ese hecho como una entrada para hablarles la verdad bíblica: “Pues al Dios que ustedes adoran sin conocerlo, es el Dios que yo les anuncio. El Dios que hizo el mundo y todo lo que en él hay… da vida y aliento a todos y a todo… porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” (vv. 23b–28a). Pablo dijo que todo lo que Dios crea es completamente dependiente del poder de Dios, no solo para su origen sino para la continuidad de su existencia.
A veces me impaciento con algunas de las licencias poéticas que se toman los autores de himnos. Un himno famoso incluye este verso: “¡Maravilloso amor! ¿Cómo puede ser que tú, mi Dios, murieras por mí?”. Es cierto, Dios murió en la cruz, por decirlo de alguna manera. El Dios-hombre, aquel que era Dios encarnado, murió por su pueblo. Pero la naturaleza divina no pereció en el Calvario. ¿Qué le sucedería al universo si Dios muriera? Si Dios dejara de existir, el universo perecería con él, porque Dios no solo lo ha creado todo, sino que lo sustenta todo. Nosotros dependemos de él, no solo para nuestro origen, sino también para nuestra continua existencia. Puesto que no tenemos el poder de ser en nosotros mismos, no duraríamos ni un segundo sin su poder sustentador. Eso es parte de la providencia de Dios.
Esta idea de que Dios sustenta el mundo —el mundo que él hizo y observa en los mínimos detalles— nos lleva al corazón del concepto de providencia, que es la enseñanza de que Dios gobierna su creación. Esta enseñanza tiene muchos aspectos, pero quiero enfocarme en tres de ellos en lo que resta de este capítulo: las verdades de que el gobierno de Dios sobre todas las cosas es permanente, soberano, y absoluto.
UN GOBIERNO PERMANENTE
Cada cierta cantidad de años, tenemos un cambio de gobierno en nuestro país cuando una nueva administración presidencial toma el mando. La Constitución limita el número de años que un presidente puede servir como jefe ejecutivo de la nación. Por lo tanto, según estándares humanos, los gobiernos van y vienen. Cada vez que un presidente entra en ejercicio, los medios informativos hablan del “periodo de luna de miel”, el tiempo cuando se mira al nuevo líder con favor, se lo recibe cálidamente, y todo lo demás. Pero a medida que cada vez más personas se molestan o decepcionan de sus políticas, su popularidad decae. Pronto escuchamos a algunos críticos opinando que necesitamos sacar al “vago” de su cargo. En otros países, tal disconformidad ocasionalmente ha conducido a la revolución armada, lo que ha acabado en el violento derrocamiento de presidentes o primeros ministros. Sea como fuere, ningún gobernador terrenal retiene el poder para siempre.
Dios, sin embargo, está sentado como el Gobernador supremo del cielo y la tierra. También él debe tolerar a personas desencantadas con su gobierno, que objetan sus políticas, y resisten su autoridad. Pero aunque la existencia misma de Dios puede ser negada, su autoridad puede ser resistida, y sus leyes desobedecidas, su gobierno providencial jamás puede ser derrocado.
El Salmo 2 nos da una vívida imagen del reino seguro de Dios. El salmista escribe: ¿Por qué se sublevan las naciones, y en vano conspiran los pueblos? Los reyes de la tierra se rebelan; los gobernantes se confabulan contra el Señor y contra su ungido. Y dicen: ‘¡Hagamos pedazos sus cadenas! ¡Librémonos de su yugo!’ ” (vv. 1–3, NVI). La imagen aquí es la de una cumbre de los poderosos gobernadores de este mundo. Ellos se reúnen para formar una coalición, una especie de eje militar, para planificar el derrocamiento de la autoridad divina. Es como si estuvieran planeando disparar sus misiles nucleares hacia el trono de Dios con el fin de volarlo del cielo. El objetivo de ellos es ser libre de la autoridad divina, arrojar las “cadenas” y el “yugo” con los que Dios los sujeta. Pero la conspiración no solo es contra “el Señor”, sino que también es contra “su ungido”. Aquí la palabra hebrea es māšîah, de donde proviene nuestra palabra castellana “Mesías”. Dios el Padre ha exaltado a su Hijo como cabeza de todas las cosas, con el derecho a gobernar a los gobernadores de este mundo. Aquellos que han sido investidos de autoridad terrenal se han reunido en un consejo para planificar cómo liberar al universo de la autoridad de Dios y de su Hijo.
¿Cuál es la reacción de Dios a esta conspiración terrenal? El salmista dice: “El rey de los cielos se ríe; el Señor se burla de ellos” (v. 4). Los reyes de la tierra se ponen en contra de Dios. Se conciertan con pactos y tratados solemnes, y se animan unos a otros a no vacilar sobre su decisión de destronar al Rey del universo. Pero cuando Dios mira todos estos poderes congregados, no tiembla de temor. Él se ríe, pero no con risa de diversión. El salmista describe la risa de Dios como risa de burla. Es la risa que expresa un poderoso rey cuando menosprecia a sus enemigos.
Pero Dios no meramente se ríe: “En su enojo los reprende, en su furor los intimida y dice: ‘He establecido a mi rey sobre Sión, mi santo monte’ ” (vv. 5–6, NVI). Dios reprenderá a las naciones rebeldes y afirmará al Rey que ha puesto en Sión.
Con frecuencia me asombra la diferencia entre el acento que encuentro en las páginas de las sagradas Escrituras y el que leo en las páginas de las revistas religiosas y escucho que se predica en los púlpitos de nuestras iglesias. Tenemos una imagen de Dios lleno de benevolencia. Lo vemos como un botones celestial al que podemos llamar cuando necesitamos servicio a la habitación, o como un Santa Claus cósmico que está presto a derramar regalos sobre nosotros. Él se complace en hacer cualquier cosa que le pidamos. Mientras tanto, él nos ruega amablemente que cambiemos nuestros caminos y vengamos a su Hijo, Jesús. Generalmente no escuchamos acerca de un Dios que ordena obediencia, que reafirma su autoridad sobre el universo e insiste en que nos inclinemos ante su Mesías ungido. No obstante, en la Escritura nunca vemos a Dios invitando a las personas a venir a Jesús. Él nos ordena que nos arrepintamos, y nos inculpa de traición a un nivel cósmico si decidimos no hacerlo. Una negativa a someterse a la autoridad de Cristo probablemente a nadie le causará problemas con la iglesia o el gobierno, pero ciertamente causará un problema con Dios.
En el Discurso del Aposento Alto (Juan 13–17), Jesús les dijo a sus discípulos que él se iba, pero prometió enviarles otro Consolador (14:16), el Espíritu Santo. Él dijo: “Cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (16:8). Cuando Jesús habló acerca de la venida del Espíritu Santo para convencer al mundo de pecado, él fue muy específico respecto al pecado en el que estaba pensando. Era el pecado de incredulidad. Él dijo que el Espíritu convencería “de pecado, por cuanto no creen en mí” (v. 9). Desde la perspectiva de Dios, la negativa a someterse al señorío de Cristo no simplemente se debe a una falta de convicción o de información. Dios lo considera como incredulidad, como la incapacidad de aceptar al Hijo de Dios por quien él es.
Pablo hizo eco de esta idea en el Areópago cuando dijo: “Dios pasó por alto aquellos tiempos de tal ignorancia, pero ahora manda a todos, en todas partes, que se arrepientan” (Hechos 17:30, NVI). Dios había sido paciente, dijo Pablo, pero ahora mandó que todos se arrepintieran y creyeran en Cristo. Rara vez escuchamos esta idea en los libros o desde el púlpito, la idea de que es nuestro deber someternos a Cristo. Pero si bien quizá no la escuchemos, esta no es una opción respecto a Dios.
En palabras simples, Dios impera sobre su universo, y su reinado no tendrá fin.
UN GOBIERNO SOBERANO
En nuestro país, vivimos en una democracia, así que nos cuesta entender la idea de soberanía. Nuestro contrato social declara que nadie puede gobernar aquí salvo con el consentimiento de los gobernados. Pero Dios no necesita nuestro consentimiento para gobernarnos. Él nos hizo, así que tiene un derecho intrínseco de gobernarnos.
En la Edad Media, los monarcas de Europa intentaban fundamentar su autoridad en el llamado “derecho divino de reyes”. Ellos declaraban que tenían un derecho dado por Dios para gobernar a sus compatriotas. La verdad es que solo Dios tiene semejante derecho.
En Inglaterra, el poder del monarca, que en otro tiempo fue muy grande, ahora es limitado. Inglaterra es una monarquía constitucional. La reina goza de toda la pompa y las galas de la realeza, pero el Parlamento y el primer ministro dirigen la nación, no el Palacio de Buckingham. La reina rige pero no gobierna.
Por el contrario, el Rey bíblico reina y gobierna a la vez. Y lleva a cabo su reinado, no por referéndum, sino por su soberanía personal.
UN GOBIERNO ABSOLUTO
El gobierno de Dios es una monarquía absoluta. A él no se le impone ninguna restricción externa. Él no tiene que respetar un equilibrio de poderes con un Congreso o una Corte Suprema. Dios es el Presidente, el Parlamento, y la Corte Suprema, todo en uno, porque él está investido con la autoridad de un monarca absoluto.
La historia del Antiguo Testamento es la historia del reino de Jehová sobre su pueblo. El motivo central del Nuevo Testamento es la realización sobre la tierra del reino de Dios en el Mesías, a quien Dios exalta a la mano derecha de autoridad y lo corona como el Rey de Reyes y Señor de señores. Él es el Gobernador último, aquel a quien debemos la lealtad última y la obediencia última.
Una de las grandes ironías de la historia es que cuando Jesús, quien era el Rey cósmico, nació en Belén, el mundo era gobernado por un hombre llamado César Augusto. Estrictamente hablando, sin embargo, la palabra “augusto” solo es apropiada para Dios. Significa “de suprema dignidad o grandeza; majestuoso; venerable; eminente”. Dios es el cumplimiento superlativo de todos estos términos, porque Dios el Señor omnipotente reina.

Sproul, R. C. (2012). ¿Controla Dios todas las cosas? (E. Castro, Trad.; Vol. 14). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.

Letargo espiritual

Viernes 14 Julio
Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.
Lucas 12:34
De la abundancia del corazón habla la boca.
Mateo 12:34
Letargo espiritual
Para muchos de nosotros, lo más importante en la vida está ligado a la salud, la familia, los bienes materiales, el dinero… En los tiempos de la Roma imperial, el pueblo pedía «pan y circo». Mientras tanto, los cristianos vivían con el temor constante de ser arrestados, y solo podían reunirse en la oscuridad de las catacumbas. Para ellos, lo más importante era permanecer unidos al Señor y no negarlo. Muchos estaban dispuestos, si era necesario, a enfrentarse a la muerte por fidelidad a Cristo.

Recordando los sufrimientos de esos mártires, estaremos de acuerdo en que nosotros estamos lejos de ese estado de piedad. Sin embargo, como esos creyentes del comienzo del cristianismo, tenemos una vida nueva, la que Dios nos ha dado a través de nuestro Señor. Entonces, ¿por qué esta diferencia entre los primeros cristianos y nosotros?

Escuchemos al apóstol Pablo, quien fue perseguido por causa de su Señor, recordar lo que animaba su vida cristiana: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). ¿Mi vida da testimonio de que he «muerto» y vivo con Cristo? ¿Es esto lo más importante para mí, y lo que es evidente para los que me rodean y no tienen esperanza? “Es ya hora de levantarnos del sueño” (Romanos 13:11), para brillar “como luminares en el mundo” (Filipenses 2:15).

“Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3).

Miqueas 3-4 – Lucas 4:16-44 – Salmo 83:9-18 – Proverbios 19:13-14

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¿QUÉ ES LA PROVIDENCIA? | R.C. Sproul

¿QUÉ ES LA PROVIDENCIA?

Un día, mientras miraba un programa de noticias, apareció un comercial sobre una serie de libros acerca de los problemas de la vida en el pasado. Una de las imágenes del comercial mostraba a un soldado confederado de la Guerra Civil acostado en una camilla siendo atendido por una enfermera y un médico de combate. Entonces el narrador me informó que leer este libro me ayudaría a entender cómo era estar enfermo a mediados del siglo XIX. Eso atrajo mi atención, porque muchas personas del siglo XXI están tan fuertemente atadas a este tiempo que rara vez piensan en cómo vivía la gente su vida diaria en las épocas y generaciones pasadas.
Esta es un área en la que me siento desacorde con mis contemporáneos. Yo pienso en la vida de las generaciones previas muy a menudo, porque tengo el hábito de leer libros que fueron escritos por personas que vivieron, en muchos casos, mucho antes del siglo XXI. Me gusta especialmente leer a los autores de los siglos XVI, XVII y XVIII.
En los escritos de estos autores continuamente observo un agudo sentido de la presencia de Dios. Estos hombres tenían un sentido de una providencia que lo abarcaba todo. Vemos un indicador de este sentido de que todo en la vida está bajo la dirección del gobierno del Dios todopoderoso en el hecho de que una de las primeras ciudades en lo que ahora es Estados Unidos de América fue Providencia, Rhode Island (fundada en 1636). Asimismo, la correspondencia personal de hombres de los siglos pasados, tales como Benjamin Franklin y John Adams, está marcada por la palabra “providencia”. La gente hablaba de una “Providencia benévola” o de una “Providencia airada”, pero a menudo había un sentido de que Dios estaba directamente involucrado en la vida diaria de las personas.
La situación es inmensamente distinta en nuestro propio tiempo. Mi difunto amigo James Montgomery Boice solía contar una divertida historia que ilustraba adecuadamente la mentalidad actual respecto a Dios y su involucramiento en el mundo. Había un montañista que resbaló en una saliente y estaba a punto de caer en picada cientos de metros a su muerte, pero cuando comenzó a caer, se agarró de una rama de un escuálido arbolito que crecía desde una grieta en la cara del precipicio. Mientras colgaba de la rama, las raíces del escuálido árbol empezaron a soltarse, y el montañista enfrentaba una muerte segura. En ese momento, gritó hacia el cielo: “¿Hay alguien allá arriba que pueda ayudarme?”. En respuesta, oyó una profunda voz barítona desde el cielo que decía: “Sí, aquí estoy, y te ayudaré. Suelta la rama y confía en mí”. El hombre miró al cielo y luego miró abajo al abismo. Finalmente, alzó la voz otra vez y dijo: “¿Hay alguien más allá arriba que pueda ayudarme?”.
Me gusta esa historia porque creo que tipifica la mentalidad cultural de nuestro tiempo. Primero, el montañista pregunta: “¿Hay alguien allá arriba?”. La mayoría de las personas del siglo XVIII asumía que había Alguien allá arriba. En sus mentes no cabía mucha duda de que un Creador todopoderoso gobernaba los asuntos del universo. Pero nosotros vivimos en un periodo de escepticismo sin precedentes acerca de la existencia misma de Dios. Es cierto que las encuestas regularmente nos dicen que entre el noventa y cinco y noventa y ocho por ciento de las personas en Estados Unidos creen en algún tipo de dios o poder superior. Yo supongo que eso puede explicarse en parte por el impacto de la tradición; cuesta abandonar las ideas que la gente ha valorado por generaciones, y en nuestra cultura todavía se confiere cierto estigma social al ateísmo desenfrenado. Además, yo creo que no podemos evadir la lógica de asumir que tiene que haber cierta especie de causa fundacional y última para este mundo tal como lo experimentamos. Pero por lo general, cuando presionamos a las personas y comenzamos a hablarles sobre su idea de un “poder superior” o un “ser supremo”, resulta ser un concepto que es más un “esto” que un “él”, una especie de energía o una fuerza indefinida. Es por eso que el montañista preguntó: “¿Hay alguien allá arriba?”. En ese momento crítico, reconoció su necesidad de un ser personal que estuviera a cargo del universo.
Hay otro aspecto de la anécdota que me parece significativo. Cuando estaba a punto de caer a su muerte, el montañista no preguntó simplemente “¿hay alguien allá arriba?”. Él especificó: “¿Hay alguien allá arriba que pueda ayudarme?”. Esa es la pregunta del hombre moderno. Quiere saber si hay alguien fuera de la esfera de la vida diaria que sea capaz de asistirlo. Pero yo creo que el montañista estaba haciendo una pregunta aún más fundamental. Él quería saber no solo si había alguien que pudiera ayudarlo, sino si había alguien que quisiera ayudarlo. Esta es la pregunta primordial en la mente del hombre y la mujer modernos. En otras palabras, ellos no solo quieren saber si existe la providencia, sino si ella es fría e insensible, o bondadosa y compasiva.
Por lo tanto, la pregunta por la providencia que quiero considerar en este breve libro no es meramente si hay alguien ahí, sino si ese alguien puede y quiere hacer cualquier cosa en este mundo en que vivimos.

Sproul, R. C. (2012). ¿Controla Dios todas las cosas? (E. Castro, Trad.; Vol. 14). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.

Arrepentíos

Jueves 13 Julio
¿Qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.
Hechos 2:37-38
El bautismo (2)
Leer Hechos 2:22-39
Las personas a las que el apóstol Pedro invitó a bautizarse habían pedido a los soldados romanos que clavaran a Jesús en una cruz. Se turbaron cuando se dieron cuenta de lo que habían hecho. Entonces Pedro les dijo: “Arrepentíos”, es decir, reconozcan su pecado, renuncien a él, y “bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados”.

Sin embargo, esto no significa que el perdón se nos conceda a través del bautismo. De hecho, varios versículos del Nuevo Testamento dejan claro que la salvación se obtiene mediante la fe en el Señor Jesús (Juan 1:12; 3:16; Hechos 16:31; Romanos 10:9).

En estos versículos vemos claramente que esta certeza es la base de la fe cristiana. Nuestros pecados no solo son perdonados, sino también lavados (Hechos 22:16). Creamos siempre que Dios nos ha perdonado y limpiado mediante la muerte de Jesús en la cruz. Confiemos en que Dios es un Dios de gracia.

En Hechos capítulo 2, los que se bautizaron mostraron, con este hecho, que se separaban públicamente de los que habían crucificado a Jesús, y que a partir de ese momento estaban de su lado.

Esto es verdad también actualmente: al ser bautizados, nos ponemos públicamente bajo la autoridad de Jesús, nuestro Salvador y Señor.

El bautismo bíblico es la señal de nuestra muerte con Cristo (Romanos 6:3-4), de nuestra resurrección con él (Colosenses 2:12-13).

(continuará el próximo jueves)
Miqueas 1-2 – Lucas 4:1-15 – Salmo 83:1-8 – Proverbios 19:11-12

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Divisiones en la iglesia | Jairo Namnún

Divisiones en la iglesia

Jairo Namnún

Imagina una iglesia en una ciudad importante, repleta de nuevos creyentes y con varios pastores en medio de ellos. Resulta que esta congregación tuvo un pastor “plantador”. Ese que llegó a arar el terreno y poner la semilla. El que llegó nuevo a la ciudad y presentó el evangelio y preparó a los primeros líderes. Pero resulta que con el tiempo llegaron otros líderes. Uno en específico, vino de otra congregación, mostrando sabiduría y poder. El pastor plantador ya se ha ido: está en otro lugar, plantando iglesias. Por supuesto, muchos lo extrañan. “Ay, las cosas eran diferentes antes”, dicen. Pero este otro impactante líder también tiene sus seguidores. “Por fin esta iglesia es lo que tiene que ser”.

Una división como esta debe causar muchos problemas dentro de la iglesia, ¿cierto? Quizás tú mismo has estado en una situación similar.

Ahora, no tenemos que imaginarnos una iglesia como esa: la tenemos en la Biblia.

“Así que yo, hermanos, no pude hablarles como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Les di a beber leche, no alimento sólido, porque todavía no podían recibirlo. En verdad, ni aun ahora pueden, porque todavía son carnales. Pues habiendo celos y discusiones entre ustedes, ¿no son carnales y andan como hombres del mundo? Porque cuando uno dice: “Yo soy de Pablo,” y otro: “Yo soy de Apolos,” ¿no son como hombres del mundo?”, 1 Corintios 3:1-4

El contexto de la división
La iglesia en Corinto tenía problemas serios. Uno de los problemas que se repite constantemente en la carta es este: la división. Pablo fundó la iglesia en Corinto poco después de su visita a Atenas (Hch. 18:1-17), y estuvo entre ellos no menos de un año y seis meses (Hch. 18:11). Aparentemente, Priscilla y Aquila estuvieron con él por algún tiempo en esta plantación (Hch. 18:3-5). Esta misma pareja es aquella que se encuentra con e instruye a Apolos un poco más adelante en Éfeso (Hch. 18:26), quien tenía una presencia imponente en la iglesia, por su elocuencia y su habilidad del manejo del Texto. Es la iglesia en Éfeso –en la cual estaban Priscilla y Aquila– quienes motivan a Apolos a que fuera a Corinto (Hch. 18:27-19:1. Corinto era la capital de la provincia de Acaya). Éste predicador estuvo entre los corintios por algún tiempo después de Pablo, enseñando y alentando a la congregación, y sin duda algunos lo prefirieron a él antes que al apóstol Pablo. Otros evidentemente se quedaron con el recuerdo de Pablo y preferían al apóstol que a este predicador.

Problemas entre ovejas
Desde aquí podemos ver que entre Pablo y Apolos no había división. Pablo plantó la iglesia, compañeros de ministerio de Pablo instruyeron a Apolos, y Apolos fortaleció a la iglesia en Corinto. Lo que es más, en la misma Carta a los Corintios (1 Co. 16:12) vemos que Pablo y Apolos mantenían una constante relación. La Biblia no presenta ningún tipo de problemas entre estos líderes. El problema era entre las ovejas.

Sin duda, en algún momento todos hemos pasado por una situación similar, donde preferimos la manera de un líder hacer las cosas por encima de la del otro. Pero en Corinto no era algo esporádico: ellos tenían divisiones reales y profundas. Pareciera ser que no era solo un asunto de preferencias, era ya de jactancias (1 Co.3:21-23). Que los que habían conocido a Cristo por Pedro o por Pablo o por Apolos pensaban que su fidelidad a estos hombres los hacía de alguna manera superior a los demás. Quizás algunos admiraban y se gloriaban en que Pedro era uno de los 12 apóstoles y era un hombre de acción; quizás otros se mofaban en el conocimiento y los milagros de Pablo; quizás los otros pretendían de que su maestro Apolos era como pocos en su elocuencia. Y otros se consideraban mucho mejor que los demás, pues su Maestro Cristo era como ningún otro. (Es muy posible que estos últimos, “los de Cristo” se jactaran en que no tenían que hacer caso a ningún hombre porque ellos eran siervos solo de Cristo). Debía ser bastante incómodo pastorear esta iglesia.

¡No sean carnales!
Este pasaje de 1 Corintios es uno que de diversas formas hoy es malinterpretado. De seguro lo has visto: dices que te gusta algún maestro o que sigues alguna enseñanza, y casi de inmediato alguien dice “¡Cuánta carnalidad! Yo no sigo a hombres, ¡yo soy de Cristo!”. O tal vez presentas con gracia y verdad lo que enseña la Palabra sobre algún falso maestro y la persona te responde “¡Yo sé muy bien a quién sigo. Yo soy de los de Fulano! Tu porque eres de los de Mengano te crees eso”. También lo oyes como “dices eso porque eres de los calvinistas. Yo soy cristiano, no arminiano ni reformado ni nada de eso”.

Esta mentalidad pasa por alto que la fiebre no está en las sábanas. Pocos hombres han influido tanto en mi vida espiritual como Miguel Núñez. Yo amo la retórica de C.S. Lewis. Respeto profundamente el testimonio del pastor MacArthur. Soy miembro gozoso de la iglesia que pastorea C.J. Mahaney. Y de más está decir que siento una profunda deuda y gratitud hacia el pensamiento de Juan Calvino. Tú de seguro tendrás tus propios nombres que poner ahí. Eso no nos hace carnales, tanto como tampoco serían carnales los corintos (1 Co. 11:1), los filipenses (Fil. 3:17), ni los tesalonicenses (1 Tes. 1:6). Ellos eran seguidores de Pablo, y al serlo, estaban siendo obedientes al Señor.

El problema de la división no es que nos guste lo que alguien tenga que decir. Es que encontremos nuestra identidad en ese alguien. Es que, al menos en la práctica, consideremos lo que diga esa persona como de igual peso a lo que enseña la Biblia. Es que nuestra gloria sea el ser seguidor de esa persona. Que nuestra jactancia sea haber sido enseñados por algún hombre. Esto lleva entonces a que haya “celos y discusiones entre (n)osotros”, porque cada uno representa a un “partido”. Esto es lo normal en el mundo, pero en la iglesia, todos somos de Cristo (1 Co. 3:23), y Pablo y Apolos y Priscila y Aquila y Núñez y MacArthur y Mahaney y Calvino son nuestros (1 Co. 3:22).

En contra de las divisiones
Podemos tener nuestras preferencias. Sin duda tendremos predicadores favoritos. Y en nuestra misma iglesia, tendremos pastores que apreciamos y admiramos más que otros. Simplemente, esa es la vida debajo del sol.

Pero que la palabra o la preferencia de ninguno de esos pastores se comparen a la Palabra del gran Pastor. Que entre nosotros no haya ni rastros de “celos y discusiones”. En la iglesia, procuremos unidad. Lo demás es carnalidad e inmadurez.

“¿Qué es, pues, Apolos? ¿Y qué es Pablo? Servidores mediante los cuales ustedes han creído, según el Señor dio oportunidad a cada uno. Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento. Así que ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios, que da el crecimiento”, 1 Corintios 3:5-6.

Jairo Namnún sirve como pastor plantador de la Iglesia Piedra Angular en República Dominicana, y tiene estudios en el Southern Baptist Theological Seminary (MATS, M.Div). Está casado con Patricia y tienen tres hijos. Puedes encontrarlo en Twitter.

Dios está presente, y perdona

Miércoles 12 Julio
Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.
1 Timoteo 1:15
Dios está presente, y perdona
Una antigua ministra francesa escribió: «Dios es una necesidad para el hombre, es el recuerdo constante de que no somos todopoderosos, es el recuerdo del imperativo moral de amar al prójimo, de acogerlo, de acudir en su ayuda… Jesús es el misterio de Dios hecho hombre. Es el perdón en la cruz, con aquella maravillosa promesa hecha al ladrón arrepentido, crucificado a su lado: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). Jesús solo pronunció la palabra de perdón, no la de condenación; y cuando el hombre pide este perdón, el Señor siempre responde a su petición… Sé que Jesús está vivo a la diestra del Padre, y millones de cristianos lo saben, su Palabra es viva para todos».

Aunque usted no sea una persona famosa, este testimonio también puede ser el suyo. Pero, ¿cómo es posible que el Dios infinito dejara de ser un misterio para seres tan limitados como nosotros? ¡Porque Jesús nos lo revela! Él nos muestra el camino hacia el perdón de Dios; y concede el perdón al que reconoce que ha despreciado las leyes de Dios y que necesita una sanación interior. ¡De hecho, en esto consiste el arrepentimiento! Por medio de él tendremos acceso a una verdadera esperanza, la de una vida con Dios, que comienza desde ahora, a través de la lectura de su Palabra, un libro vivo que nos transforma y comunica la vida.

Por medio de la Biblia, Jesús nos dice: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto… El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:6-7, 9)

Daniel 12 – Lucas 3 – Salmo 82 – Proverbios 19:9-10

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

No te condeno

Martes 11 Julio
El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.
Juan 3:18
¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera.
Romanos 6:1-2
No te condeno
Leer Juan 8:1-11
Los escribas y fariseos, líderes religiosos de la época de Jesús, le trajeron una mujer sorprendida en adulterio. El pecado de esa mujer realmente no era un problema para ellos, pero decidieron aprovechar la ocasión para tentar a Jesús. “En la ley”, dijeron, “nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?”. La trampa era sutil. Jesús debía escoger entre la ley, la cual respetaba, y la gracia que él mismo había traído. Al principio no respondió nada. Este silencio exasperó a los hombres que ya saboreaban su triunfo. Pero Jesús les lanzó una flecha que alcanzó su conciencia: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella”. Es como si les hubiera dicho: «El pecado de esta mujer es inexcusable y merece una condena justa. ¿Y ustedes? ¿No son culpables también?». Entonces los acusadores, confundidos, se retiraron.

La mujer se quedó sola con Jesús, aliviada sin duda al ver desaparecer a los que la condenaban. Tal vez estaba preocupada ante Aquel que, siendo sin pecado, era el único que tenía derecho a condenarla. Pero oyó esta palabra, que solo el Hijo de Dios podía pronunciar: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más”.

¿Está permitido pecar “para que la gracia abunde? En ninguna manera”, dijo el apóstol Pablo. “En ti hay perdón, para que seas reverenciado” (Salmo 130:4). Primero es necesario el perdón. Luego, conscientes de la gracia divina, podemos recibir fuerza y fidelidad para una conducta santa.

Daniel 11:21-45 – Lucas 2:21-52 – Salmo 81:11-16 – Proverbios 19:7-8

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Consejería bíblica y esquizofrenia | Manuel Carbonell

Consejería bíblica y esquizofrenia

Manuel Carbonell

Según las estadísticas, una de cada 100 personas sufre de esquizofrenia; por lo que como pastores, líderes o miembros de nuestras iglesias debemos estar preparados para acompañar a los que padecen esta enfermedad y a sus familiares. Con este objetivo en mente, primero trataré de responder a la pregunta: ¿qué entendemos por esquizofrenia?; luego analizaremos cuáles son sus causas y cómo podemos ayudar a una persona y a su familia en esta situación.

¿Qué es la esquizofrenia?
Primeramente es importante definir qué es la esquizofrenia, ya que hay muchos malos entendidos. Algunos piensan que los esquizofrénicos son personas que tienen múltiples personalidades o que son personas poseídas por múltiples demonios. La esquizofrenia es una enfermedad y no una condición espiritual, aunque
indudablemente dicha enfermedad afecta al individuo en todo su ser, incluyendo su alma. En la esquizofrenia se presentan alucinaciones, delirios, trastornos del pensamiento, trastornos de los movimientos y alteraciones en los afectos (no es necesario que todos estos estén presentes para ser diagnosticado con esquizofrenia). Lo más común son las alucinaciones que son generalmente auditivas, aunque también pueden ser visuales, olfativas o táctiles. Esto significa que estos individuos escuchan, ven, sienten o huelen cosas que no son reales. También presentan delirios, que son falsas creencias. Estos individuos creen en sus ideas delirantes incluso después de que otras personas les demuestren que no son reales ni lógicas. Por ejemplo, algunos creen que son figuras históricas famosas, o que hay personas que están persiguiéndolas para hacerles algún mal. Además de alucinaciones y delirios, también puede haber trastornos en el pensamiento.
Caracterizado por pensamiento desorganizado e ilógico. Esto se pone en evidencia cuando el habla de la persona es confusa.

Los trastornos del movimiento se pueden manifestar como movimientos agitados del cuerpo. Una persona con este tipo de trastorno puede repetir ciertos movimientos una y otra vez.
En el otro extremo, una persona puede volverse catatónica. La catatonia es un estado en el que la persona no se mueve ni habla con los demás.
También la esquizofrenia puede manifestarse con la interrupción de las emociones y los comportamientos normales. Estos síntomas son más difíciles de reconocer como parte de este trastorno, ya que muchas
veces se confunden con los de la depresión u otras condiciones.
Estos síntomas incluyen: “Afecto plano” (la persona no mueve el rostro o habla con una voz desanimada y monótona). También presentan falta de satisfacción en la vida diaria acompañado por disminución en la comunicación, incluso cuando la persona se ve forzada a interactuar. Muchas veces hasta descuidan la higiene personal básica.

¿Que causa la esquizofrenia?
En rigor de verdad, la causa de la esquizofrenia todavía no es totalmente clara, aunque hay algunas teorías que aparentemente van por buen camino. En general se cree que hay un problema con un neurotransmisor llamado dopamina, y sus receptores a nivel cerebral. La evidencia más fuerte a favor de esto, radica en
que hay drogas que también actúan a este nivel como las anfetaminas, que producen síntomas similares a los que presentan los esquizofrénicos. Por otro lado, lo que sí se sabe hace mucho tiempo es que la esquizofrenia tiene un fuerte componente genético.
La enfermedad ocurre en un 1% de la población general y en un 10% de las personas que tienen un parentesco de primer grado con alguien que padece del trastorno, como un padre o un hermano. Las personas que tienen
un parentesco de segundo grado con alguien que padece la enfermedad (tíos, abuelos o primos)
también tienen más probabilidades de desarrollar esquizofrenia que la población general. El riesgo es mayor para un gemelo idéntico de una persona con esquizofrenia. En este caso, existe entre un 40 y 65% de desarrollar el trastorno. El dato interesante que confirma la predisposición genética es que hijos de esquizofrénicos, criados en hogares adoptivos conservan porcentajes similares de prevalencia de la enfermedad. Ahora, ¿cómo evaluamos esta información? Tenemos que entender que la genética juega un papel muy importante en el desarrollo en la enfermedad, sin embargo no es determinante ya que no es en el 100% de los casos que la enfermedad se transmite, como ya hemos visto.
Sin duda hay otros factores que, sumados a la genética, influyen en el desarrollo de la enfermedad, los cuales simplemente no sabemos cuáles son.

¿Cómo ayudar?
Debemos entender que no es necesario ser un experto para poder ser de ayuda y, como veremos más adelante, en el proceso de consejería y acompañamiento de aquellos que padecen esquizofrenia debe estar involucrado la mayor cantidad posible de miembros de la iglesia local.

  1. Animar a buscar la atención médica
    Lo primero que debemos hacer es exhortar a que esté bajo el cuidado y supervisión de un médico psiquiatra. Aquí hay un asunto fundamental, no debe abandonar la medicación (a no ser por prescripción médica).
    Esto es muy importante ya que los medicamentos tienen como efecto el cese o disminución de los
    síntomas que altera la percepción de la realidad como las alucinaciones y delirios (aunque a veces con muchos efectos adversos). El hecho de que haya continuidad en el tratamiento nos permite poder hablar con el hermano ola hermana que está en mejores condiciones para recibir ayuda.
  2. Evitar hablar de posesión demoníaca o cosas similares
    El segundo principio a tener en cuenta es que debemos evitar hablar de posesión demoníaca o cosas por el estilo. Esto solamente tendrá el efecto negativo de reforzar sus delirios y no aportará al proceso de acompañamiento. Recuerdo un muchacho que creía que sus padres eran demonios y que él estaba
    literalmente en el infierno. Estas ideas se fueron con la medicación y él ahora entiende que eso no era real. Hubiera sido inútil entrar en una discusión sobre el asunto. Hubiese sido como entrar en dialogo con alguien que está ebrio.
  3. Acompañar en el proceso de adaptación.
    Otro factor a tener en cuenta es que debemos acompañar en el proceso de adaptación.
    Recordemos que muchos esquizofrénicos debutan con alucinaciones o delirios, por lo que son hospitalizados en instituciones psiquiátricas. Es en el proceso de volver a sus hogares y aprender a vivir con esta enfermedad crónica incapacitante que es necesario que la iglesia esté presente. Aquí es donde
    los recursos que Dios nos ha dado como comunidad son de increíble beneficio. Nuestro Dios ha puesto en la iglesia individuos con diferentes dones para la edificación de su cuerpo. En casos con esquizofrenia, es donde la misericordia y contención de la congregación debe sostener al hermano. Aquí aplica esa exhortación hecha por Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses: “Y os exhortamos, hermanos, a que amonestéis a los indisciplinados, animéis a los desalentados, sostengáis a los débiles y seáis pacientes con todos” (1 Ts.5:14). Creo que este pasaje se aplica perfectamente a nuestra discusión. El hermano esquizofrénico necesita el apoyo y contención de la iglesia. El objetivo es ayudarle a llevar una vida lo más cercano a la normalidad que sea posible. Y comprender muchas tareas desde las más simples como ayudarle con su higiene y cuidado personal, hasta las más complejas como ayudarle a conseguir trabajo y ser independiente económicamente. Aquí es muy importante recordar que muchas veces estos individuos son abandonados por sus familiares y amigos, y la mayoría de las veces es la iglesia su único o principal vínculo afectivo. En la medida de lo posible se le debe incluir en las actividades de la iglesia. Aquí es donde el amor fraternal ha de reinar. Con respecto a esto de la inclusión en el cuerpo tenemos que tener ciertas precauciones, no sería sabio involucrarles en ministerios que incluyan niños. En general los esquizofrénicos medicados no son peligrosos, pero nunca podemos saber con un 100 de certeza, primero si toman la medicación y segundo si no presentarán una crisis. No solamente existe el riesgo de daños, sino también de consecuencias legales para la iglesia.
  4. Recordar el proceso de santificación
    Otros asunto a tener en cuenta es que nuestro hermano a pesar de estar incapacitado por su enfermedad, todavía sigue siendo un pecador que debe ser amonestado y que está en un proceso de santificación. El hecho de que haya sido diagnosticado de esquizofrenia, no lo hace irresponsable
    moralmente ante Dios. Él o ella necesitan la reprensión o el consejo oportuno de sus hermanos con el objetivo de avanzar en su proceso de maduración en la vida cristiana. La esquizofrenia sí es una enfermedad que le ha discapacitado, pero esto no le da una excusa ni un pase libre para comportarse como se le dé la gana. Recuerdo un joven que luchaba con la pereza, y que luego del consejo y ánimo de parte de los hermanos pudo terminar su colegio secundario y ahora se encuentra trabajando por cuenta propia.
  5. Recordar a la familia
    Otra cosa a tener en cuenta es que la familia del enfermo necesita el apoyo de la iglesia, a veces más que el enfermo mismo, porque son más conscientes de lo que la enfermedad implica. Dicho apoyo no difiere del que se le debe dar a familias con hijos con discapacidad o cualquier otro tipo de enfermedad crónica debilitante. Ahora en otro sentido, las enfermedades psiquiátricas todavía son un estigma hoy en día, y lamentablemente incomprendidas en nuestras iglesias. Es por eso que el cuidado pastoral incluye informar acerca de la enfermedad, trabajar sobre temas como la culpa, el desaliento e incomprensión.
  6. Mantener el evangelio en el centro
    Por último, y no por eso menos importante, debemos recordar que como todo proceso de consejería el evangelio debe ser el centro. Las buenas nuevas de Jesús y su obra en la cruz debe ser recordada vez tras vez en el proceso de acompañamiento.
    Solamente el evangelio brinda esperanza y promesa de una vida libre de esquizofrenia. Es en la consumación del reino de Dios que ya no habrá tristeza, ni dolor, ni enfermedad.

ACERCA DEL AUTOR
Manuel Carbonell es médico de profesión y tiene una Maestría del Westminster Theological Seminary