2 Timoteo 4
Reina-Valera 1960
Predica la palabra
1 Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, 2 que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. 3 Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, 4 y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. 5 Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.
9 de febrero «No nos metas en tentación, mas líbranos del mal». Lucas 11:4
Aquello que se nos enseña que debemos buscar o evitar en la oración, deberíamos buscarlo y evitarlo también en la práctica. Muy diligentemente, pues, tendríamos que evitar la tentación, procurando andar tan cautelosamente por la senda de la obediencia que nunca llegáramos a tentar al diablo para que él no nos tentase a nosotros. No debemos entrar en la selva en busca del león, no sea que paguemos con la muerte tal arrogancia. Ese león puede cruzarse en nuestro camino o saltar sobre nosotros desde la espesura, pero nosotros no debemos intentar cazarlo. El que se encuentre con él, si sale victorioso, lo hará después de una dura lucha. Que ore, pues, el cristiano para poder evitar ese encuentro. Nuestro Salvador, que sabe lo que es la tentación, amonesta así a sus discípulos: «Orad para que no entréis en tentación».
No obstante, hagamos lo que hagamos, lo cierto es que seremos tentados; de ahí la oración: «Líbranos del mal». Dios ha tenido un Hijo sin pecado, pero ninguno sin tentación. El hombre natural nace para la aflicción y el cristiano para la tentación. Debemos estar siempre en guardia contra Satanás; porque, a semejanza de un ladrón, él no avisa cuando se acerca. Los creyentes que conocen los métodos de Satanás saben que hay ciertas ocasiones cuando muy probablemente este efectuará un ataque. Así, el temor al peligro pone al cristiano doblemente en guardia, y prevenimos dicho peligro preparándonos para hacerle frente.
La prevención es mejor que la cura: más vale estar tan bien armado que el diablo no se atreva a atacarte, que el experimentar los peligros de la lucha, aunque salgas vencedor. Esta noche pide en oración, primeramente, que no seas metido en tentación; y, en segundo lugar, que si se permitiese dicha tentación, puedas ser librado del mal.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 48). Editorial Peregrino.
Jueves 9 Febrero En esto, juntándose por millares la multitud, tanto que unos a otros se atropellaban, comenzó a decir a sus discípulos, primeramente: Guardaos de… la hipocresía. Lucas 12:1
La autenticidad Leer Mateo 23:1-28 Es sorprendente ver que cuando las multitudes se agolparon para escuchar de la boca de Jesús una buena enseñanza, él advirtió primero a sus discípulos que se guardaran de la hipocresía.
Algunos dirán que esto no es positivo ni reconfortante, ¡pero el Señor nunca se equivoca!
La hipocresía caracterizaba a los jefes religiosos de la época. Decían y no hacían, y esto quitaba toda credibilidad a sus enseñanzas. Imponían a los demás mandamientos que ellos mismos no cumplían. ¡Es normal que quienes los escuchaban se desanimaran en su búsqueda de Dios! Ellos se colocaban entre Dios y los hombres, presentándose como líderes, conductores. Así anulaban el diálogo directo entre una persona y Dios. Sin embargo, este diálogo es el único medio para acercarnos a Jesús mediante la confesión de nuestros pecados y la fe en él. Esos jefes religiosos cerraban así el reino de Dios ante los hombres, un reino en el cual ellos mismos no entraban.
Cristianos, nosotros también podemos parecernos a esos hombres, que limpian “lo de fuera del vaso y del plato” (Mateo 23:25), sin preocuparse por lo que es importante, es decir, limpiar el interior. Los que nos ven todos los días siempre terminan discerniendo si nuestra conducta está en armonía con nuestras palabras.
Velemos para ser auténticos y sinceros ante Dios y ante los hombres, así nuestro testimonio podrá ser recibido por los que nos rodean.
Como cristianos, todos queremos crecer en madurez espiritual y en nuestra semejanza a Cristo. Al menos, espero que sea así. Todos queremos convertirnos en lo que somos en Cristo, dejar a un lado conductas de pecado e injusticia y reemplazarlas con conductas de santidad. En última instancia, queremos ser como Cristo, pensar como Él pensaba y comportarnos cómo Él se comportó. Hacemos bien en aspirar a los más altos estándares de santidad y piedad.
La Biblia presenta un grupo de personas que están para servir como modelos de madurez cristiana: Los ancianos ( a veces denominados ancianos, y otras veces pastores u obispos). Los ancianos están calificados para su oficio, principalmente sobre la base de su carácter. Mientras que la Biblia demanda una cualidad relacionada con una habilidad (la capacidad de enseñar) y otra relacionada con la cantidad de tiempo que un hombre ha sido cristiano (no un recién convertido), todos los demás requisitos están relacionados con el carácter. Sin embargo, aunque estas cualidades se exigen de los ancianos, no son exclusivas de los ancianos.
D.A. Carson ha dicho que la lista de requisitos para los ancianos es “notable por no ser nada especial”. ¿Por qué? Porque estos rasgos se repiten en otros lugares como cualidades que deben estar presentes entre todos los creyentes. Carson dice: “Los criterios mencionados se exigen a todos los cristianos en todas partes; que es otra manera de decir que los ancianos son, ante todo, los primeros en ser ejemplo de las virtudes cristianas que se presuponen como mandatos a todos los cristianos”. Toda iglesia debe estar llena de hombres y mujeres que evidencien estas características.
Esto significa que si quieres crecer en santidad, un buen lugar para comenzar es conociendo e imitando las cualidades de carácter de los ancianos. Hoy comienzo una nueva serie sobre el carácter de un cristiano y voy a estructurar la serie en torno a estas cualidades del carácter. Quiero responder a preguntas como las siguientes: ¿De qué manera se superponen los requisitos de un anciano y la vocación de todos los cristianos? De manera muy práctica, ¿cómo se evidencian esas cualidades en la vida del creyente? ¿Cómo puedo saber si estoy mostrando estas virtudes? Y ¿cuál es la mejor manera de orar por ellas en mi propia vida?
¡Espero que me acompañes a considerar cómo estimularnos unos a otros al amor, a las buenas obras, y a ser cada vez más como Cristo! Espero que me acompañes para que aprendamos juntos cómo podemos ejemplificar las más altas virtudes cristianas.
Creo que iré progresando a través de la serie de la siguiente manera:
Introducción Irreprensible Hombre de una sola mujer (y mujer de un solo hombre) Prudente, con dominio propio, respetable Hospitalario Sobrio, amable, pacificador No amante del dinero Un líder en el hogar Maduro y humilde Respetado por los de afuera
Esta serie se iniciará con la cualidad que sirve como resumen o “sombrilla” para el resto de ellas: la cualidad de ser irreprensible, de ser irreprochable y libre de cualquier gran defecto de carácter y comportamiento. Cada semana se estará publicando un artículo.
(Nota #1: Hay tres textos que consideramos cuando se habla de los requisitos de un anciano: 1 Timoteo 3: 2-7, Tito 1: 6-9 y 1 Pedro 5: 1-3. Cada uno de estos tiene elementos comunes, pero cada uno también tiene elementos únicos. Llegamos a una adecuada comprensión de las calificaciones de los ancianos cuando vemos los tres pasajes juntos. Esto es lo que haremos en las próximas semanas. Nota #2: para el desglose de las cualidades del carácter, tengo la intención de seguir el patrón que Thabiti Anyabwile utiliza en su obra que escribió en 2012 “Finding Faithful Elders and Deacons” (Hallando ancianos y diáconos fieles).
Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Challies.com.
8 de febrero «Él salvará a su pueblo de sus pecados». Mateo 1:21 Muchas personas, si se les preguntase qué entienden por salvación, responderían: «Ser salvados del Infierno y llevados al Cielo». Este es uno de los resultados de la salvación, pero no es ni la décima parte de lo que contiene esa gracia. Es cierto que nuestro Señor Jesucristo redime a todo su pueblo de la ira que ha de venir. Él lo salva de la espantosa condenación que sus pecados le han acarreado, pero el triunfo de Jesús es mucho más completo que esto. Él salva a su pueblo «de sus pecados». ¡Oh dulce liberación de nuestros peores enemigos! Cuando Cristo efectúa la salvación, expulsa a Satanás de su trono y no le permite más ser el dueño. Ningún hombre es un verdadero cristiano si el pecado reina en su cuerpo mortal. El pecado estará en nosotros —no será completamente desterrado hasta que el alma entre en la gloria—, pero nunca tendrá el dominio. Habrá una lucha por ese dominio: entre el codiciar contra la nueva ley y el nuevo espíritu que Dios ha implantado en nosotros; pero el pecado nunca obtendrá la ventaja ni será el monarca absoluto de nuestra naturaleza. Cristo será el dueño de nuestro corazón, y el pecado debe ser subyugado. El León de la tribu de Judá prevalecerá y el dragón será echado fuera. ¡Creyente!, ¿está dominado en ti el pecado? Si tu vida no está santificada es porque tu corazón no ha sido transformado, y si tu corazón no ha sido transformado es porque aún no eres salvo. Si el Salvador no te ha santificado, no te ha renovado, no te ha dado odio hacia el pecado y amor a la santidad, entonces no ha hecho nada en ti de carácter salvífico. La gracia que no hace a un hombre mejor que los demás es una vil impostura. Cristo salva a su pueblo, no en sus pecados, sino de sus pecados: «Sin la cual [la santidad] nadie verá al Señor» (He. 12:14); «Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo» (2 Ti. 2:19). Si no hemos sido salvados del pecado, ¿cómo esperamos ser contados entre su pueblo? Señor, sálvame ahora mismo de todo mal, y capacítame para honrar a mi Salvador.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 47). Editorial Peregrino.
Miércoles 8 Febrero El pecado entró en el mundo por un hombre (Adán), y por el pecado la muerte… todos pecaron. Romanos 5:12 Todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre. Hechos 10:43
Un pastel envenenado Decidí hacer un pastel rico; para ello compré la mejor mantequilla, huevos frescos, harina de buena calidad, etc. Mezclé los ingredientes y obtuve una masa suave y apetitosa. Pero si una persona mal intencionada hubiese vertido una pizca de veneno en la masa, este se hubiese extendido por toda la masa y todo el pastel sería envenenado. Si bien todos los ingredientes eran excelentes, la pequeña dosis de veneno sería suficiente para contaminar el pastel.
Esta imagen ilustra un poco la situación actual del hombre. Dios creó a Adán perfecto, lo dotó de numerosas cualidades; los «ingredientes» eran excelentes. Pero el pecado, como un veneno mortal, arruinó esta criatura perfecta. ¡Y contaminó toda la naturaleza humana! Los daños son completos y terribles: en su naturaleza, Adán se convirtió en un hombre pecador, como toda su descendencia. ¡Por ello Dios declaró que no se podía esperar que saliera algo bueno del hombre! Las más hermosas cualidades morales están contaminadas por el pecado; todo está totalmente estropeado…
Pero Jesucristo es la maravillosa y poderosa respuesta de Dios a esta trágica situación. Vino a este mundo como un hombre sin pecado, y se ofreció en sacrificio. Los que creen en él son purificados de sus pecados y reciben una nueva naturaleza, santa como la suya:
“Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron… todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
Este artículo pertenece a una serie titulada El Carácter Cristiano, publicada originalmente en Timchallies.com
Hemos estado explorando cómo las diversas cualidades de los ancianos son en realidad el llamado de Dios para todos los cristianos. Mientras los ancianos están destinados a ejemplificar estas cualidades, todos los cristianos deben exhibirlas. Quiero que consideremos si estamos mostrando estos rasgos y aprendamos juntos cómo podemos orar para tenerlos en mayor medida. Hoy, ya concluyendo, abordaremos lo que significa para los ancianos —y para todos los cristianos— tener un buen testimonio para con los de afuera. Y, por supuesto, nos preguntaremos por qué es importante.
Pablo instruye a Timoteo sobre el anciano: “Debe gozar también de una buena reputación entre los de afuera de la iglesia, para que no caiga en descrédito y en el lazo del diablo” (1 Timoteo 3:7). Pablo ya ha dicho que un anciano “debe ser irreprochable” (1 Timoteo 3:2), por lo que ser respetado por los de afuera se centra en un grupo específico: los que están fuera de la iglesia. Sí, incluso el testimonio de un hombre frente al mundo cuenta a la hora de evaluar su idoneidad para ser líder. John Piper escribe: “Lo que parece significar es que un líder cristiano debe por lo menos cumplir con los estándares del mundo sobre la decencia y la respetabilidad, pero los estándares de la iglesia deben ser superiores”. Esto es importante, porque como Pablo ha escrito en otro lugar, la gloria de Dios está en juego: “Tú que te jactas de la ley, ¿violando la ley deshonras a Dios? Porque el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros, tal como está escrito” (Romanos 2:23-24).
Así que, ¿por qué incluir la reputación externa de un hombre como un requisito para ser anciano? Alexander Strauch se ocupa de ello de manera práctica: “Los no cristianos pueden saber más sobre el carácter y la conducta del futuro anciano que la iglesia misma. Muy a menudo los compañeros o parientes no cristianos del anciano en perspectiva tienen más contacto diario con el líder de la iglesia que la gente de la iglesia”. Strauch también dice: “Si un pastor anciano tiene reputación entre los no creyentes como empresario deshonesto, mujeriego o adúltero, la comunidad no creyente tomará nota especial de su hipocresía. Los no cristianos dirán: ‘Él actúa de esa manera, y es un anciano de la iglesia’. Lo ridiculizarán y se burlarán de él. Se burlarán del pueblo de Dios. Hablarán de él y generarán muchos chismes siniestros. Ellos plantearán preguntas difíciles y embarazosas. Será desacreditado como un líder cristiano y sufrirá vergüenza e insultos. Su influencia para el bien será arruinada y pondrá en peligro la misión evangelística de la iglesia. El anciano ciertamente se convertirá en una carga para la iglesia, y no será un beneficio espiritual”. El evangelio mismo está en juego ya sea en la consistencia o en la hipocresía de sus líderes.
Ahora bien, ¿qué es exactamente el “lazo del diablo” que preocupa tanto a Pablo? Creo que John Stott llega al corazón del asunto cuando dice: “En su malicioso afán para desacreditar el Evangelio, el diablo hace todo lo posible para desacreditar a los ministros del Evangelio”. Si Satanás puede desacreditar a los líderes ante el mundo observador, él puede desacreditar la iglesia y su mensaje. Strauch añade: “El diablo es representado como un cazador astuto (1 Pedro 5:8). Usando la crítica pública y las inconsistencias propias del anciano, el diablo atrapará al cristiano y lo llevará hacia un pecado aún más serio: amargura descontrolada, represalias con enojo, mentiras, más hipocresía y terquedad de corazón. Lo que puede comenzar como una pequeña ofensa puede llegar a ser algo mucho más destructivo y malo. Por lo tanto, un anciano debe tener una buena reputación con aquellos fuera de la comunidad cristiana”.
¿Qué pasa con los cristianos que no son ancianos? Ellos también deben procurar el respeto de los de afuera. Por ejemplo, Pablo escribe: “Andad sabiamente para con los de afuera, aprovechando bien el tiempo. Que vuestra conversación sea siempre con gracia, sazonada como con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada persona” (Colosenses 4: 5-6). De nuevo dice: “Pero os instamos, hermanos, a que abundéis en ello más y más, y a que tengáis por vuestra ambición el llevar una vida tranquila, y os ocupéis en vuestros propios asuntos y trabajéis con vuestras manos, tal como os hemos mandado; a fin de que os conduzcáis honradamente para con los de afuera, y no tengáis necesidad de nada” (1 Tesalonicenses 4: 10-12). Los cristianos “resplandecerán como luminares en el mundo” cuando vivan “sin mancha en medio de una generación torcida y perversa” (Filipenses 2:15). De manera similar, Pedro ordena: “Mantened entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que os calumnian como malhechores, ellos, por razón de vuestras buenas obras, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación. … Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis enmudecer la ignorancia de los hombres insensatos” (1 Pedro 2:12, 15), véase también 1 Pedro 3:13-17. Lo que debe ser modelado por los líderes de la iglesia ha de ser obvio en cada vida. Tú también tienes la responsabilidad de vivir una vida sin mancha ante el mundo.
Auto-evaluación Así que, ¿que de ti? ¿Dónde ves señales de ánimo, y dónde ves áreas que necesitan crecimiento? Te animo a hacerte preguntas como estas:
¿Conoces a tus vecinos? ¿Te conocen lo suficientemente bien como para poder hablar sobre tu persona y tu reputación? ¿Cómo te describirían tus vecinos incrédulos a ti y a tu familia? ¿Qué tipo de reputación tienes entre los incrédulos con los que trabajas? ¿Trabajas duro y evitas intromisiones? (1 Tesalonicenses 4: 10-12, Efesios 4:28) ¿Qué dirían los miembros incrédulos de tu familia sobre lo que es más importante para ti? ¿Dirían que tu vida coincide con tu profesión de fe? Puntos de oración Dios puede hacer que más gracia abunde en tu vida, por lo que te animo a unirte a mí en oración de estas maneras:
Haz que mi vida refleje el fruto del Espíritu (Gálatas 5: 22-23) para que mi vida glorifique tu nombre, y no sea causa de vergüenza del mismo. Ruego que me ayudes a pensar en como mis actitudes y acciones afectan a los demás, especialmente a los incrédulos. Ayúdame a ser un modelo de trabajo duro y de respeto por la autoridad, y para que esté preocupado por mi propio testimonio en el lugar de mi trabajo. Hazme ser ser un modelo de buenas obras en casa, en el trabajo y en mi vecindario para que haciendo el bien a otros Tú seas glorificado. Gracias por acompañarme a través de esta serie. Creo que Dios me ha ayudado a crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo mientras exploraba y aplicaba Su Palabra. ¡Espero que puedas decir lo mismo! Que Dios te ayude y me ayude a vivir una vida cristiana ejemplar.
Publicado originalmente en Challies.com. Traducido con permiso para Soldados de Jesucristo por Ricardo Daglio.
«Y oyeron una gran voz del cielo que les decía: Subid acá». Apocalipsis 11:12
Dejando de lado la consideración de estas palabras en su conexión profética, considerémoslas, más bien, como la invitación de nuestro Gran Precursor a su santificado pueblo. A su debido tiempo «una gran voz del cielo» se dirigirá a todo creyente, diciéndole: «Sube acá». Esto debiera ser para los santos un asunto de gozosa expectativa. En lugar de temer el tiempo cuando dejaremos este mundo para ir al Padre, debiéramos estar suspirando por la hora de nuestra emancipación. Nuestro canto debería ser: En Jesús tengo paz, y no debo temer que se acerque la muerte fatal; porque al fin de esta vida fugaz yo tendré libre acceso al Edén celestial.
A nosotros no se nos llama abajo, al sepulcro, sino arriba: al Cielo. Nuestros espíritus, nacidos para el Cielo, debieran suspirar por su ambiente natal. Con todo, el llamamiento celestial debería ser objeto de paciente espera por nuestra parte. Nuestro Dios sabe mejor que nosotros cuándo debe llamarnos para ir arriba. No tenemos que querer anticipar el momento de nuestra partida. Sé que un fuerte amor nos hará exclamar: «¡Oh Señor de los Ejércitos, divide las olas y llévanos a todos al Cielo!».
Sin embargo, la paciencia debe tener su obra completa: Dios ordena con perfecta sabiduría el tiempo más apropiado que los redimidos deben vivir aquí. Sin duda, si el pesar pudiese experimentarse en los cielos, los santos lamentarían no haber vivido más aquí para hacer mayor bien. ¡Oh, cómo ansiamos más gavillas para los graneros del Señor! ¡Más joyas para su corona! No obstante, ¿cómo conseguirlo sin trabajar más? Es cierto que tenemos que considerar el otro lado del asunto: pues viviendo aquí menos tiempo, nuestros pecados serán menos. Sin embargo, cuando estamos enteramente sirviendo al Señor, y él nos permite esparcir la preciosa simiente y recoger a ciento por uno, nos vemos tentados a decir que está bien quedarnos donde estamos.
Ya nos diga nuestro Maestro: «Ven», o nos diga: «Quédate», estemos igualmente contentos, mientras él nos favorece con su presencia.
Martes 7 Febrero ¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado… ? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. Miqueas 7:18 Si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas. 1 Juan 3:20
Soy demasiado malo Nadie es demasiado malo para acercarse a Dios. ¡Su amor es mucho más grande que todas nuestras faltas! En la Biblia muchas veces Dios nos asegura su amor y su perdón, por ejemplo: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Isaías 44:22). En efecto, Dios no se conformó con decirnos que nos ama a pesar de nuestros pecados, y que quiere darnos la vida eterna. Él mismo vino en la persona de su Hijo Jesucristo, para vivir entre nosotros. Jesús mismo contó la parábola del hijo rebelde, a quien su padre acogió con los brazos abiertos (Lucas 15:20). Y para mostrar hasta el final que Dios es misericordioso y perdonador, Jesús dio su vida por usted y por mí, para borrar todos nuestros pecados.
Lector, quizás usted esté agobiado por el peso de sus pecados, y piensa que todo está perdido. Pero Jesús le dice lo contrario, como prometió al malhechor crucificado a su lado: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Quizás usted no pueda perdonarse a sí mismo, pero Dios está dispuesto a perdonarle. Ahora le dice: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).
“Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño…
Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor; y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:1-2, 5).
Como un estímulo jubiloso para la oración intercesora, recuerda que tal plegaria es la más agradable a los oídos de Dios, pues la oración de Cristo tiene ese carácter. De todo el incienso que nuestro gran Sumo Sacerdote pone en el incensario de oro, no hay un solo grano para sí mismo. Su intercesión debe de ser la más aceptable de todas las súplicas, y cuanto más semejante sea nuestra oración a la de Cristo, más fragante resultará. Así, si bien las peticiones por nosotros mismos serán aceptas, nuestras intercesiones por otros, por tener en sí mismas más de los frutos del Espíritu —más amor, más fe, más afecto fraternal—, serán, por los preciosos méritos de Jesús, la oblación más agradable que pudiéramos ofrecer a Dios, la grosura misma de nuestro sacrificio. Recuerda, además, que la oración intercesora es sumamente eficaz: ¡qué portentos ha obrado! La Palabra de Dios está llena de sus maravillosos hechos.
Creyente, tienes en tus manos un poderoso instrumento: utilízalo bien; empléalo constantemente; utilízalo con fe, y serás (con toda seguridad) un benefactor de tus hermanos. Cuando tengas audiencia con el Rey, háblale de los miembros de su Cuerpo que sufren. Cuando te sientas favorecido con la gracia de estar cerca de su Trono y que el Rey te diga: «Pídeme, y yo te daré lo que deseas», que tus peticiones no se eleven solo por ti mismo, sino por muchos otros que necesitan de su ayuda.
Si tienes gracia en alguna medida y no eres un intercesor, entonces esa gracia es pequeña: como un grano de mostaza. Pues tú, es cierto, has tenido suficiente gracia como para mantener a flote tu alma, lejos de la arena movediza, pero no la tuviste en abundancia; de lo contrario hubieras llevado en tu alegre barco las muchas necesidades de otros y les habrías traído, de parte del Señor, ricas bendiciones que sin tu mediación no podían obtener.
Cuenta los favores del Señor, cuenta las riquezas de su amor; mira a Cristo, él te sostendrá; cuenta los favores que el Señor te da.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 45). Editorial Peregrino.
Lunes 6 Febrero (Jesús dijo:) Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores. Marcos 2:17 ¿De qué debo ser salvo?
Un joven que hablaba con un cristiano sobre el Evangelio le preguntó: «Si Jesús vino a la tierra y murió en la cruz, ¿fue para salvarnos de qué exactamente?». La pregunta es buena y nos lleva a la afirmación de Jesús citada en el encabezamiento.
¿Qué enfermedad tengo? ¿Qué pecado cometí? En la Biblia Dios responde a mis preguntas. Declara formalmente que “no hay justo”, que “todos pecaron” (Romanos 3:10, 23). Pecar es hacer, decir e incluso pensar algo contrario al carácter perfecto y santo de Dios. Solo el hecho de ser indiferente con él ya es un pecado, pues él ordenó: “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón…” (Deuteronomio 6:5). Esto fue recordado por Jesús en los evangelios (Lucas 10:27). El castigo reservado por el Dios soberano para los pecadores es pasar la eternidad lejos de él, con el alma atormentada. Es de esto de lo que todo hombre necesita ser salvo. Por esta razón Jesús, el Hijo de Dios, vino a la tierra, para solucionar este problema y ofrecer la salvación a todos.
A veces, cuando nos sentimos mal y tenemos miedo al diagnóstico, es difícil ir al médico. ¡Con Jesús no debemos temer nada! Aunque es verdad que “todos pecaron”, el remedio es seguro, absoluto y definitivo: creer en el Señor Jesús (Hechos 16:31).
“Lavaos y limpiaos… dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien… Venid luego, dice el Señor, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:16-18).