En Jesús tengo paz | Charles Spurgeon

7 de febrero

«Y oyeron una gran voz del cielo que les decía: Subid acá». Apocalipsis 11:12

Dejando de lado la consideración de estas palabras en su conexión profética, considerémoslas, más bien, como la invitación de nuestro Gran Precursor a su santificado pueblo. A su debido tiempo «una gran voz del cielo» se dirigirá a todo creyente, diciéndole: «Sube acá». Esto debiera ser para los santos un asunto de gozosa expectativa. En lugar de temer el tiempo cuando dejaremos este mundo para ir al Padre, debiéramos estar suspirando por la hora de nuestra emancipación. Nuestro canto debería ser: En Jesús tengo paz, y no debo temer que se acerque la muerte fatal; porque al fin de esta vida fugaz yo tendré libre acceso al Edén celestial.

A nosotros no se nos llama abajo, al sepulcro, sino arriba: al Cielo. Nuestros espíritus, nacidos para el Cielo, debieran suspirar por su ambiente natal. Con todo, el llamamiento celestial debería ser objeto de paciente espera por nuestra parte. Nuestro Dios sabe mejor que nosotros cuándo debe llamarnos para ir arriba. No tenemos que querer anticipar el momento de nuestra partida. Sé que un fuerte amor nos hará exclamar: «¡Oh Señor de los Ejércitos, divide las olas y llévanos a todos al Cielo!».

Sin embargo, la paciencia debe tener su obra completa: Dios ordena con perfecta sabiduría el tiempo más apropiado que los redimidos deben vivir aquí. Sin duda, si el pesar pudiese experimentarse en los cielos, los santos lamentarían no haber vivido más aquí para hacer mayor bien. ¡Oh, cómo ansiamos más gavillas para los graneros del Señor! ¡Más joyas para su corona! No obstante, ¿cómo conseguirlo sin trabajar más? Es cierto que tenemos que considerar el otro lado del asunto: pues viviendo aquí menos tiempo, nuestros pecados serán menos. Sin embargo, cuando estamos enteramente sirviendo al Señor, y él nos permite esparcir la preciosa simiente y recoger a ciento por uno, nos vemos tentados a decir que está bien quedarnos donde estamos.

Ya nos diga nuestro Maestro: «Ven», o nos diga: «Quédate», estemos igualmente contentos, mientras él nos favorece con su presencia.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 46). Editorial Peregrino.

Soy demasiado malo

Martes 7 Febrero
¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado… ? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia.
Miqueas 7:18
Si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas.
1 Juan 3:20

Soy demasiado malo
Nadie es demasiado malo para acercarse a Dios. ¡Su amor es mucho más grande que todas nuestras faltas! En la Biblia muchas veces Dios nos asegura su amor y su perdón, por ejemplo: “Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí” (Isaías 44:22). En efecto, Dios no se conformó con decirnos que nos ama a pesar de nuestros pecados, y que quiere darnos la vida eterna. Él mismo vino en la persona de su Hijo Jesucristo, para vivir entre nosotros. Jesús mismo contó la parábola del hijo rebelde, a quien su padre acogió con los brazos abiertos (Lucas 15:20). Y para mostrar hasta el final que Dios es misericordioso y perdonador, Jesús dio su vida por usted y por mí, para borrar todos nuestros pecados.

Lector, quizás usted esté agobiado por el peso de sus pecados, y piensa que todo está perdido. Pero Jesús le dice lo contrario, como prometió al malhechor crucificado a su lado: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Quizás usted no pueda perdonarse a sí mismo, pero Dios está dispuesto a perdonarle. Ahora le dice: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37).

“Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño…

Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor; y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:1-2, 5).

2 Samuel 1 – Mateo 24:1-28 – Salmo 20:1-5 – Proverbios 8:1-11

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Orad unos por otros

6 de febrero
«Orad unos por otros».
Santiago 5:16

Como un estímulo jubiloso para la oración intercesora, recuerda que tal plegaria es la más agradable a los oídos de Dios, pues la oración de Cristo tiene ese carácter. De todo el incienso que nuestro gran Sumo Sacerdote pone en el incensario de oro, no hay un solo grano para sí mismo. Su intercesión debe de ser la más aceptable de todas las súplicas, y cuanto más semejante sea nuestra oración a la de Cristo, más fragante resultará. Así, si bien las peticiones por nosotros mismos serán aceptas, nuestras intercesiones por otros, por tener en sí mismas más de los frutos del Espíritu —más amor, más fe, más afecto fraternal—, serán, por los preciosos méritos de Jesús, la oblación más agradable que pudiéramos ofrecer a Dios, la grosura misma de nuestro sacrificio. Recuerda, además, que la oración intercesora es sumamente eficaz: ¡qué portentos ha obrado! La Palabra de Dios está llena de sus maravillosos hechos.

Creyente, tienes en tus manos un poderoso instrumento: utilízalo bien; empléalo constantemente; utilízalo con fe, y serás (con toda seguridad) un benefactor de tus hermanos. Cuando tengas audiencia con el Rey, háblale de los miembros de su Cuerpo que sufren. Cuando te sientas favorecido con la gracia de estar cerca de su Trono y que el Rey te diga: «Pídeme, y yo te daré lo que deseas», que tus peticiones no se eleven solo por ti mismo, sino por muchos otros que necesitan de su ayuda.

Si tienes gracia en alguna medida y no eres un intercesor, entonces esa gracia es pequeña: como un grano de mostaza. Pues tú, es cierto, has tenido suficiente gracia como para mantener a flote tu alma, lejos de la arena movediza, pero no la tuviste en abundancia; de lo contrario hubieras llevado en tu alegre barco las muchas necesidades de otros y les habrías traído, de parte del Señor, ricas bendiciones que sin tu mediación no podían obtener.

Cuenta los favores del Señor,
cuenta las riquezas de su amor;
mira a Cristo, él te sostendrá;
cuenta los favores que el Señor te da.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 45). Editorial Peregrino.

¿De qué debo ser salvo?

Lunes 6 Febrero
(Jesús dijo:) Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.
Marcos 2:17
¿De qué debo ser salvo?

Un joven que hablaba con un cristiano sobre el Evangelio le preguntó: «Si Jesús vino a la tierra y murió en la cruz, ¿fue para salvarnos de qué exactamente?». La pregunta es buena y nos lleva a la afirmación de Jesús citada en el encabezamiento.

¿Qué enfermedad tengo? ¿Qué pecado cometí? En la Biblia Dios responde a mis preguntas. Declara formalmente que “no hay justo”, que “todos pecaron” (Romanos 3:10, 23). Pecar es hacer, decir e incluso pensar algo contrario al carácter perfecto y santo de Dios. Solo el hecho de ser indiferente con él ya es un pecado, pues él ordenó: “Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón…” (Deuteronomio 6:5). Esto fue recordado por Jesús en los evangelios (Lucas 10:27). El castigo reservado por el Dios soberano para los pecadores es pasar la eternidad lejos de él, con el alma atormentada. Es de esto de lo que todo hombre necesita ser salvo. Por esta razón Jesús, el Hijo de Dios, vino a la tierra, para solucionar este problema y ofrecer la salvación a todos.

A veces, cuando nos sentimos mal y tenemos miedo al diagnóstico, es difícil ir al médico. ¡Con Jesús no debemos temer nada! Aunque es verdad que “todos pecaron”, el remedio es seguro, absoluto y definitivo: creer en el Señor Jesús (Hechos 16:31).

“Lavaos y limpiaos… dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien… Venid luego, dice el Señor, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana” (Isaías 1:16-18).

1 Samuel 31 – Mateo 23 – Salmo 19:11-14 – Proverbios 7:24-27

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Los dones no hacen espiritual a la persona | Fanning Don


Los dones no hacen espiritual a la persona
A la iglesia en Corinto no le faltó ningún don, pero no tenía mucha espiritualidad. Eran muy carnales en sus vidas. Aún con los dones milagrosos no hay una garantía de espiritualidad. Parece que enfatizaron tanto los dones del Espíritu que ignoraron los problemas de su vida espiritual. Es cierto que cada creyente tenía un don espiritual, sin embargo es obvio que no por eso eran espirituales. Algunos creyentes pueden estar dotados en formas extraordinarias, pero faltarles muchas cualidades de espiritualidad. Lo que es absurdo es que la persona pueda engañarse a sí misma pensando que, por medio de su don, su servicio al Señor sigue aparentemente efectivo.

Los dones del Espíritu no son dados para hacerse espiritual, sino para capacitar a cada individuo en el Cuerpo de Cristo con un ministerio a los demás. La efectividad de este ministerio depende de la motivación de amor que impulse al dotado a servir a otros. La espiritualidad de un creyente está relacionada con su conocimiento bíblico y la disposición de obedecer lo que entiende de la Palabra. En realidad, necesitamos a los demás para ministrarnos a fin de que sigamos madurando en la fe y la vida cristiana. Mientras ministramos a otros, ellos nos ministran a nosotros y así el Cuerpo de Cristo va “edificándose” debido a que sus miembros se edifican el uno al otro.

El reconocimiento de su don no es vital para su servicio a Cristo
Es cierto que cada creyente tiene un don espiritual que Dios le ha dado como El quiso en Su voluntad soberana. En 1 Corintios 12 aparentemente no todos los creyentes tenían el don que ellos hubieran preferido. Esta circunstancia era dada por el hecho de que el individuo no tenía la elección de sus dones. Es claro que cada creyente puede saber que tiene un don y debe tratar de identificarlo. Sin embargo, el don funcionará ya sea que el creyente lo reconozca o no. Por eso, mucha veces otras personas reconocen el don antes que la persona misma lo identifique.

Si la persona es sensible a la voluntad de Dios, su don llegará a ser evidente. Casi todos los dones vigentes tienen mandamientos relacionados (repartir, evangelizar, enseñar, exhortar, mostrar misericordia, tener fe, etc.). Si estamos practicando estos mandamientos algunos van a destacarse en ciertas áreas por el poder de su don. Aún el apóstol Pablo no fue reconocido como un apóstol hasta después de un largo tiempo de funcionar como apóstol (Gá. 2).
Es evidente que para el creyente el reconocimiento de su don no tiene prioridad, porque no hay ninguna orden que obligue el creyente a descubrirlo. Muy pocos dones son descritos en detalle. De todos los mandamientos de la vida cristiana, ninguno se relaciona con una obligación de descubrir los dones. Inclusive, si no fuera por el problema de las lenguas en Corinto sabríamos muy poco de los dones espirituales.

Los dones hacen ciertos ministerios más fáciles, pero no limitan las demás responsabilidades en la obra del ministerio. Es mucho más importante seguir los mandamientos de la Palabra que conocer cuáles son nuestros dones. El peligro de descubrir el don es que la persona lo use como pretexto para ignorar o desobedecer otras responsabilidades bíblicas.
Sin embargo, si uno tiene el conocimiento de su don y debe tomar una decisión en cuanto a la elección de un ministerio, se puede elegir aquel que más concuerde con el área para el cual Dios le capacitó. Es posible que su don pueda ser una indicación de la dirección de Dios para su vida.

Los dones son un Medio, no un Fin
Los dones son un medio para edificar o servir al Cuerpo de Cristo. Tener un don no es el propósito o meta de la vida cristiana. Algunos han hecho del descubrimiento y la manifestación de su don la meta de su vida cristiana. Este concepto no es bíblico. Los dones no son para ser codiciados, ni para ser usados egoístamente, sino para servir a los demás (1 Co. 13).
Si comparamos el descubrimiento de nuestros dones con otros principios del N.T. es evidente que la manifestación del fruto del Espíritu (Gá. 5:22–23) es más importante que la manifestación de los dones del Espíritu. El conocimiento bíblico y el pensar bíblicamente son más importantes que el reconocimiento de los dones. Es posible que el énfasis en ciertos dones pueda causar tremenda negligencia a otras verdades vitales de la vida cristiana. Por tanto, el enfoque debe estar más bien en el conocimiento de Su voluntad revelada y cómo practicarla diariamente. Los dones son dados para ministrarse el uno al otro. Cuando el Espíritu utiliza a otros para hablar a su vida por la Palabra, se la debe recibir con todo el corazón.
Los dones no son secretos místicos que solamente los iniciados pueden conocer, sino capacidades dadas por Dios para suplir necesidades prácticas y para ser de bendición a otros. El conocimiento de su don no garantiza un poder mágico, ni un éxito asegurado. La persona que posee un don no es infalible, ni más excelente que otros, sino alguien que tiene una motivación (energía) y deseo especiales para servir a otros en su área. La búsqueda de poder puede ser una motivación pagana y egoísta. Los brujos como Simón el mago (Hc. 8), buscan más poderes tal como algunos en la actualidad.
Solamente los dones de señales fueron otorgados completamente desarrollados desde el comienzo de su manifestación. Sería difícil sanar a una persona parcialmente, o hacer medio milagro. Los demás dones deben ser desarrollados por el ejercicio y las instrucciones o correcciones de los demás, para ir perfeccionándose en “la obra del ministerio” (Ef.4:12).
Ningún creyente debe vivir bajo la tensión o ansiedad de descubrir sus dones. Es muy posible que pasarán años de servicio para el Señor hasta que su verdadero don se manifieste. Cuanto más estemos comprometidos en servir a Su Iglesia con nuestras vidas, más eficaces querrá Dios que seamos. El va a encargarse de iluminarnos en cuanto a nuestros dones, cuando sea importante desde Su punto de vista. Mientras tanto tenemos mucho por hacer en la obra de Dios, lo cual es necesario hacer hoy ya sea que tengamos el don o no.

Los dones milagrosos marcaron el comienzo de la Iglesia y la confirmación del Nuevo Testamento
El propósito de este estudio ha sido el análisis de los dones no vigentes, con atención especial al énfasis excesivo que en nuestros días se coloca sobre los dones milagrosos. Los abusos que evidentemente son producto de una desviación de la enseñanza bíblica no son insignificantes ni se los puede ignorar. Lo que hoy es una desviación menor, mañana es una herejía. Cuando algo no está conforme a la Palabra de Dios, eventualmente resultará en un peligro serio para la Iglesia. Espero que el estudio haya clarificado ciertas verdades:

Primeramente, que no hay ninguna similitud entre los dones carismáticos actuales de profecía, milagros, sanidades y lenguas y los dones genuinos mencionados en el texto del Nuevo Testamento. La evidencia bíblica que comprueba que tales dones fueron temporarios es abundante, además de la comprobación de la evidencia histórica. Por tanto los fenómenos que se ven hoy en día no provienen del Espíritu.

En segundo lugar, la descripción de los dones en los evangelios y en Hechos indican una calidad de carácter indudablemente divino. Es imposible explicar lo que sucedió como algo psicológico o fingido. Los innumerables milagros que Jesús (Jn. 21:25) y también sus apóstoles realizaron, muestran que la única fuente fue el poder del Dios vivo. Los substitutos e imitaciones de hoy son, en comparación, pálidas falsificaciones de los hechos reales.


Finalmente, Dios dio estos dones milagrosos para establecer Su Iglesia. Este testimonio no ha sido visto antes, ni después de aquel tiempo. La confianza que tenemos de la validez de nuestra fe es la confirmación que Dios dio a aquellos hombres. Si la locura que hoy se observa es la misma cosa, ¿¡sobre qué estamos parados!? No, los dones milagrosos de los apóstoles obraron resultados idénticos a los milagros de Jesús y confirman que lo que ellos comunicaron a la Iglesia, especialmente por escrito, tiene la autoridad de Jesús mismo.

Fanning, D. (2012). Dones Vigentes (First Edition, pp. 277-280). Branches Publications.

Oídos purificados | Charles Spurgeon

5 de febrero
«En aquel tiempo, respondiendo Jesús…».
Mateo 11:25

Es este un modo singular de comenzar un versículo: «En aquel tiempo, respondiendo Jesús…». Si observas el contexto, no podrás ver señales de que alguna persona le haya preguntado algo o que él haya estado conversando con alguien. No obstante, está escrito: «Respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre…». Cuando un hombre responde, responde a una persona que ha estado hablando. ¿Quién, pues, ha hablado a Cristo? ¿Su Padre? No obstante, no hay indicio de ello. Esto debiera enseñarnos que Jesús tuvo siempre constante comunión con su Padre, y que Dios hablaba a su corazón tan frecuentemente que la presente no era una circunstancia tan extraordinaria como para ser consignada. Conversar con Dios constituía el hábito y la vida de Jesús.

Como Jesús era en este mundo, así somos nosotros. Aprendamos, pues, la lección que esta simple declaración acerca de él nos enseña. Tengamos, además, silencioso compañerismo con el Padre, de manera que podamos responderle frecuentemente y, aunque el mundo no sepa con quién hablamos, podamos nosotros responder a aquella voz secreta, desconocida sí para otros oídos, mas no para los nuestros, los cuales, abiertos por el Espíritu de Dios, la reconocen con gozo. Dios nos ha hablado; hablémosle nosotros a él, ya para certificar que Dios es veraz y fiel a sus promesas, ya para confesar el pecado del que el Espíritu Santo nos ha convencido, ya para reconocer el perdón que nos ha dado o para expresar nuestro asentimiento a las grandes verdades que el Espíritu Santo ha declarado a nuestro entendimiento. ¡Qué privilegio es tener íntima comunión con el Padre de nuestros espíritus! Es este un secreto oculto para el mundo, un gozo en el cual ni aun los más íntimos amigos se inmiscuyen.

Si deseamos oír los susurros del amor de Dios, nuestros oídos deben estar purificados y dispuestos a escuchar su voz. Que en esta misma tarde nuestros corazones puedan hallarse en tal condición que, cuando Dios nos hable, nosotros, a semejanza de Jesús, podamos estar preparados para responderle enseguida.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 44). Editorial Peregrino.

Jesús – su sumisión (5)

Domingo 5 Febrero
(Jesús dijo:) No puedo yo hacer nada por mí mismo… porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre.
Juan 5:30
Yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar.
Juan 12:49

Jesús – su sumisión (5)
Al comer del fruto prohibido, Adán actuó de forma independiente de Dios, actuó según su propia voluntad. Sus descendientes también se organizaron sin tener en cuenta a Dios. Desde entonces el hombre se cree dueño de sí mismo, con el derecho de hacer lo que quiere.

Jesús nunca actuó de esta manera. La voluntad de Dios dirigía su conducta y era su razón de vivir, su gozo. ¡No hacía ni quería hacer nada sin él! Comía, bebía, hablaba y actuaba según la voluntad de su Padre.

– Antes de comenzar su ministerio público, Jesús ayunó durante cuarenta días. Satanás, sabiendo que Jesús tenía hambre, le sugirió utilizar su poder para transformar piedras en pan. Pero Jesús nunca utilizó su poder para su propio beneficio. La Palabra de Dios lo sostenía, y Dios lo alimentaría…

– Cuando le informaron que su amigo Lázaro estaba enfermo, esperó una orden de su Padre para visitar a esa amada familia. Cuando llegó, Lázaro había muerto desde hacía cuatro días. Entonces Jesús lo resucitó, y así el Padre manifestó la gloria de su Hijo.

– Poco antes de la crucifixión, Jesús tuvo una terrible lucha: Dios quería salvar a los hombres, y para ello Jesús debía llevar sus pecados y sufrir el castigo que ellos merecían. ¡Él no podía desear eso, pues era totalmente santo! Entonces suplicó a su Dios “con gran clamor y lágrimas” (Hebreos 5:7). Pero se sometió a la voluntad de Dios, y dio su vida por nosotros.

(continuará el próximo domingo)
1 Samuel 30 – Mateo 22:23-46 – Salmo 19:7-10 – Proverbios 7:6-23

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Jesús es mi pastor | David Barceló

David Barceló

Es interesante notar que varios de los nombres de Dios revelados en el Antiguo Testamento también son aplicados a Jesús en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, en los Salmos encontramos que Jehová es nuestra luz y salvación (Sal. 27), y en Juan encontramos que Jesús es la luz del mundo (Jn. 8:12). En el Salmo 23 Jehová se revela como el pastor, y luego en el Juan encontramos que Jesús se identifica como el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas (Jn. 10:11-18).

Y es precisamente a la luz de este pasaje, Juan 10, que el pastor David Barceló nos enseña algunas características del Buen Pastor, y también de nosotros, las ovejas. Y nos alienta al recordarnos cuán incomparable es el cuidado de Jesucristo, pues no estamos en manos de un gobierno ni de las circunstancias, sino del Buen Pastor.

David Barceló es pastor de la Iglesia Evangélica de la Gracia en Barcelona, España, desde sus inicios en el año 2005. Conferencista en varias ciudades de España y Latinoamérica. Felizmente casado con su esposa Elisabet, son padres de cuatro hijos, Moises, Daniel, Elisabet y Abraham.

¡No pierdas tiempo! | Charles Spurgeon

4 de febrero
«Refugio contra el vengador de la sangre».
Josué 20:3 (VM)

Se dice que en la tierra de Canaán las ciudades de refugio estaban distribuidas de tal forma que cualquier persona podía llegar a algunas de ellas, a lo sumo, en medio día. Así también la palabra de nuestra salvación está cerca de nosotros.

Jesús es un Salvador presente, y el camino que conduce a él es corto. Ese camino no es solo una renuncia de nuestros méritos y la aceptación de Jesús para que sea nuestro todo en todo. En cuanto a los caminos que conducían a la ciudad de refugio, se nos dice que estaban rigurosamente conservados: todos los ríos tenían puentes, se removía todo obstáculo… de suerte que el hombre que huía pudiese hallar fácil camino a la ciudad. Una vez cada año, los ancianos recorrían los caminos y observaban su estado, de modo que nada pudiese impedir la huida de alguno y, por la demora, fuese eso causa de su captura y de su muerte. ¡Con cuánta bondad las promesas del evangelio quitan del camino las piedras de tropiezo! Dondequiera que haya atajos y curvas hay letreros indicadores con esta inscripción: «A la ciudad de refugio». Esto es una figura del camino a Jesucristo.

Ese camino no es el camino con rodeos de la ley. No es el camino de obedece esto o aquello o lo de más allá; no, es un camino directo: «Cree y vive». Es un camino tan tosco que el que confía en su justicia propia no lo puede transitar; pero, por otra parte, es tan fácil que cualquier pecador que se reconozca como tal puede hallar en él su sendero al Cielo. No bien el hombre alcanzaba las afueras de la ciudad, ya estaba seguro; no era necesario que cruzase las murallas, pues los suburbios mismos eran suficiente protección. Aprende de esto la siguiente verdad: que si tocas solamente el borde de los vestidos de Cristo, resultarás sanado.

Si te agarras a él con «fe como un grano de mostaza», serás sano.
Un poco de gracia genuina nos asegura
la muerte de todos nuestros pecados.

No pierdas tiempo, no te demores en el camino, porque el vengador de la sangre es ligero de pies y puede que esté pisándote los talones en esta hora tranquila de la noche.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 43). Editorial Peregrino.

Contra viento y marea

Sábado 4 Febrero
Os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa. Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma. Hebreos 10:36-39

Contra viento y marea

Hoy fui a casa de unos amigos en mi bicicleta. En el camino observé que los kilómetros que debía recorrer serían mucho más difíciles de lo que había previsto, pues el viento del norte me era contrario, y por momentos tenía la impresión de no avanzar. Luego empezó a caer una lluvia fina, ráfagas de viento abofeteaban mi cara… Durante unos minutos consideré la posibilidad de volverme. Pero rápidamente pensé en los momentos agradables que me esperaban a mi llegada. ¡Entonces decidí que no daría marcha atrás!

Esto me hace pensar en mi andar por la vida: al igual que miles de personas en todo el mundo, avanzo por el camino de la fe, tras las pisadas de Jesucristo mi Salvador. Como ellas, he experimentado la bondad del Señor, su presencia, su ternura, su amor, su perdón… Sin embargo, el viento de las pruebas y la lluvia de las lágrimas nos azotan a todos, un día u otro. ¡A veces hasta el punto de desanimarnos! Entonces nos cansamos de hacer el bien, y quizás hasta de seguir viviendo. Pero en medio de la tempestad más fuerte, la esperanza de la vida futura, la confianza en las promesas de Dios, en todos los momentos de felicidad que nos esperan, nos dan ánimo para seguir avanzando, para amar, perdonar y vivir para Jesucristo. ¡Que esta esperanza nos acompañe a lo largo de este día!

1 Samuel 28:15-29:11 – Mateo 22:1-22 – Salmo 19:1-6 – Proverbios 7:1-5

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