8 – Interpretando la Biblia

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

1. LA REVELACIÓN

8. Interpretando la Biblia

R.C.SPROUL

Cualquier documento escrito debe ser interpretado si ha de ser entendido. Los Estados Unidos de América cuentan con nueve individuos extremadamente capacitados cuya tarea diaria consiste en interpretar la Constitución. Constituyen la Corte Suprema de dicho país. El interpretar la Biblia es una tarea muchísimo más solemne que interpretar la Constitución de los Estados Unidos de América. Demanda mucho cuidado y diligencia.

La Biblia misma es su propia Corte Suprema. La regla principal de la interpretación bíblica es «la sagrada Escritura es su propio intérprete». Este principio significa que la Biblia ha de ser interpretada por la Biblia. Un pasaje oscuro en la Escritura puede ser aclarado por otro pasaje. Interpretar la Escritura con la Escritura significa que no podemos enfrentar un pasaje de la Escritura con otro pasaje. Cada texto debe ser entendido no solamente a la luz de su contexto inmediato sino también a la luz del contexto de la Escritura en su totalidad.

Además, entendido correctamente, el único método legitimo y válido para interpretar la Biblia es el método de la interpretación literal. Sin embargo, existe mucha confusión con respecto a la idea de la interpretación literal. La interpretación literal, en un sentido restringido, significa que hemos de interpretar a la Biblia tal como ha sido escrita. Un sustantivo ha de ser tratado como un sustantivo, el verbo como un verbo. Significa que todas las formas utilizadas en la escritura de la Biblia han de ser interpretadas de acuerdo con las reglas normales que gobiernan dichas formas. La poesía debe ser tratada como poesía. Los relatos históricos han de ser tratados como historia. Las parábolas como parábolas, las hipérboles como hipérboles, y así sucesivamente.

A este respecto, la Biblia ha de ser interpretada de acuerdo a las normas que gobiernan la interpretación de cualquier libro. En algunos sentidos la Biblia es muy distinta a cualquier libro que jamás haya sido escrito. Sin embargo, en lo que tiene que ver con su interpretación, ha de ser tratada como cualquier otro libro.

La Biblia no ha de ser interpretada de acuerdo con nuestros deseos y prejuicios. Debemos encontrar lo que en realidad dice y cuidarnos de no forzar nuestros propios puntos de vista. El deporte de los herejes es buscar el respaldo de la Escritura para las falsas doctrinas que no tienen base alguna en el texto. Satanás mismo citó a la Escritura de manera no válida para tentar a Cristo al pecado (Mat. 4:1-11).

El mensaje básico de la Biblia en tan sencillo y claro que hasta un niño lo puede comprender. Sin embargo, para entender adecuadamente la carne de la Escritura se requiere de una cuidadosa atención y estudio. Algunos de los temas abordados por la Biblia son tan complejos y profundos que acaparan el esfuerzo perenne del académico más especializado.

Existen algunos pocos principios de interpretación que son básicos para cualquier estudio correcto de la Biblia. Entre ellos se encuentran los siguientes: (1) Los relatos narrativos deben ser interpretados a la luz de los pasajes «de enseñanza». Por ejemplo, la historia de Abraham ofreciendo a Isaac en el monte de Moriah parecería sugerir que Dios no sabía que la fe de Abraham era verdadera. Pero las porciones didácticas de la Escritura reflejan con claridad que Dios es omnisciente. (2) Lo implícito debe ser siempre interpretado a la luz de 10 explícito; y nunca lo explícito por lo implícito. En otras palabras, si un texto en particular parecer implicar algo, no debemos aceptar como correcto lo que ese texto implica si dicha interpretación se contrapone a una afirmación explícita de otro lugar de la Escritura. (3) La leyes de lógica gobiernan la interpretación bíblica. Si, por ejemplo, sabemos que todos los gatos tienen cola, no podemos deducir que algunos gatos no tienen cola. Si es cierto que algunos gatos no tienen cola, entonces no puede ser igualmente cierto que todos los gatos tienen cola. No se trata de un mero asunto de las leyes técnicas de la inferencia; se trata de un asunto de sentido común. Sin embargo, la gran mayoría de las interpretaciones erróneas de la Biblia han sido provocadas por deducciones no legítimas de la Escritura.

Resumen

l. La Biblia es su propio intérprete.

2. Debemos interpretar la Biblia literalmente – como ha sido escrita.

3. La Biblia debe ser interpretada como cualquier otro libro.

4. Las partes oscuras de la Biblia deben ser interpretadas a la luz de las partes más claras.

5. Lo implícito debe ser interpretado a la luz de lo explícito.

6. Las leyes lógicas gobiernan todo lo que pueda ser razonablemente deducido o concluido a partir de la Escritura.

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

ARTÍCULO TOMADO DE: http://www.hombrereformado.org/grandes-doctrinas-de-la-biblia—r-c-sproul

¡Dios, mi fin!

El valle de la visión

Oraciones Puritanas

DEVOCIÓN
¡Dios, mi fin!
Mi mayor y más noble placer es estar familiarizado Contigo y con mi alma
inmortal y racional; es dulce y deleitoso mirar mi ser cuando todos mis
poderes y pasiones están unidos y comprometidos en buscarte, cuando mi
alma ansía y apasionadamente suspira en conformidad Contigo y en el
pleno goza de Ti; no hay horas que pasen con tanto placer como las que
pasó en comunión con el Señor y con mi corazón.
Cuan deseable, cuan provechoso para la vida cristiana es un espíritu de
santa vigilancia y celo de Dios sobre mí, cuando mi alma no teme a nada,
excepto el dolor de ofenderte a Ti, Dios bendito, mi Padre y amigo, a quien
amo con ansia y deleite, en vez de ser feliz en mí mismo Sabiendo, como yo
soy, que este es el temperamento piadoso, digno de la más alta ambición, y
la mayor búsqueda de las criaturas inteligentes y cristianos consagrados,
que mi alegría se derive de glorificarte y deleitarme en Ti. Ansío poner todo
mi tiempo para Ti, sea en casa o en el camino, colocar todas mis
preocupaciones en Tus manos; estar enteramente a Tu disposición, no
teniendo ninguna voluntad o interés propio.
Ayúdame a vivir para Ti para siempre y volverme el último y único fin,
que yo nunca más, en ningún caso ame a mi propio yo pecaminoso.

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ENCUENTRO CON DIOS

El valle de la visión

Oraciones Puritanas

ENCUENTRO CON DIOS
¡Gran Dios!
En público y privado, en el santuario y en casa, sea mi vida inmersa en
oración, lleno del espíritu de gracia y de súplicas, cada oración perfumada
con incienso de sangre expiatoria.

Ayúdame, defiéndeme, hasta que de orar
yo pase al reino de la alabanza constante.

Instado por mi necesidad,
invitado por Tus promesas, llamado por Tu Espíritu, yo entro en Tu
presencia, adorándote a Ti con piadoso temor, impresionado con Tu
majestad, grandeza, gloria, todavía animado por Tu amor.

Yo soy totalmente miserable y totalmente culpable, no tengo nada de mí
mismo con que recompensarte, más yo vengo Jesús a Ti, a los brazos de la
fe, pidiendo que la justicia de Él compense mis iniquidades, regocijándome
de que Él será pesado en balanza por mí, y satisfará Tu justicia.

Te agradezco porque de ese gran pecado tomes gran gracia, y que sin embargo
de que el pecado merece castigo infinito por haber sido cometido contra un
Dios infinito, aún haya misericordia para mí, pues donde la culpa es más
terrible, ahí Tu misericordia en Cristo es más libre y profunda.

Bendíceme revelándome de Tus méritos salvíficos, causando que Tu bondad pase
delante de mí, hablando de paz a mi corazón contrito; fortaléceme para
que yo no Te deje hasta que Cristo reine supremo en mí interior, en cada
pensamiento, palabra y obra, con una fe que purifica el corazón, vence al
mundo, obra por amor, préndeme a Ti, y siempre aférrame a la cruz.

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ANHELOS POR DIOS

El valle de la visión

Oraciones Puritanas

ANHELOS POR DIOS

¡Mi querido Señor!
Yo solo puedo decirte que Tú sabes que yo no ansío nada sino Tú mismo;
nada, a no ser la santidad; nada, a no ser la unión con Tu voluntad. Tú
me concedes esos deseos, y sólo Tú puedes darme lo que es deseado. Mi
alma anhela la comunión con el Señor, para mortificación de la corrupción
que habita en mí, especialmente el orgullo espiritual. ¡Cuán precioso es
tener un tierno sentimiento y clara comprensión del misterio de piedad, de
la verdadera santidad! ¡Qué bienaventuranza es ser como Tú, tanto
cuanto sea posible para una criatura ser como su Creador! Señor, dame
más de Tu semejanza; dilata mi alma para contener la plenitud de la
santidad; hazme vivir para Ti. ayúdame a estar menos satisfecho con mis
experiencias espirituales, y cuando me siento a gusto después de dulces
comuniones, enséñame que es muy poco lo que sé y hago. Bendito Señor,
permite elevarme más cerca de ti, y amar anhelar y luchar contigo, y
aspirar por la liberación del cuerpo de pecado, pues mi corazón está errante
y sin vida, y mi alma se lamenta al pensar que alguna vez pierda de vista a
su amado. Envuelve mi vida en Divino amor, y mantenme siempre deseoso
por Ti, siempre humilde y resignado a Tu voluntad, más fijo en Ti mismo,
para que yo pueda estar capacitado para la obra y el sufrimiento.

¿‘Yo te bendigo’ o ‘Dios te bendiga’? Una extraña costumbre que nos debe preocupar

Alimentemos El Alma

¿‘Yo te bendigo’ o ‘Dios te bendiga’? Una extraña costumbre que nos debe preocupar

Por Juan Stam-

En los últimos años, amplios sectores de la comunidad evangélica vive pasando de una novedad sensacional a la siguiente, como un borracho que anda a caballo, al decir de Martín Lutero. Entre esas modas recientes está la costumbre de decir “Yo te bendigo” en vez del tradicional “Dios te bendiga”.

Aunque eso ya es muy común, y no dudo de la sinceridad y buena voluntad de las personas que me lo dicen, tengo que confesar que me entran dudas cada vez que alguien proclama esa solemne bendición sobre mi existencia. Me pregunto exactamente qué puede significar, o qué estará pensando esa persona. ¿Será simplemente una versión evangélica de “Buena Suerte”? Para ser sincero, esa invocación solemne no parece haber traído ningún beneficio concreto en mi vida (que de por sí es maravillosamente bendecida por Dios). Me cuesta tomar con seriedad una bendición puramente verbal y formal, por un desconocido o una desconocida que pronto se olvidará de mí y desaparecerá de mi vida, como yo de la vida suya.

Me confunde aún más el otro lado de este nuevo fenómeno, y es que el flamante “Yo te bendigo en el nombre del Señor” ha desplazado casi totalmente la invocación de la bendición divina. Ya se oye muy poco “Dios te bendiga”, y algunos hasta lo entienden como una falta de fe, una timidez en asumir la autoridad que Dios ha puesto en las manos nuestras y por ende ya no en las manos de él.

Parece que esta “renovación” nace de una enseñanza que nos trajo el famoso pastor coreano, Yonggi Cho. Yo mismo escuché su sermón en Costa Rica cuando nos explicó que si Cristo nos ha entregado las llaves del cielo a nosotros, entonces ya no las tiene él. ¿Podría haber algo más obvio que eso? Después de su sermón, el reverendo asiático dividió a todos los presentes según las provincias del país para ejercer el poder de las llaves sobre sus respectivos territorios y proclamar bendición sobre sus provincias. Después, unos pastores alquilaron una avioneta para echar aceite, en el nombre del Señor, sobre las ciudades y campos, montañas y valles, de todo el país. La fuerza mística de la “bendición” taumatúrgica, reforzada por la fuerza mística del aceite bendecido, debía asegurar avivamiento en nuestra patria y una notable transformación.

De hecho Costa Rica cambió mucho después, pero de mal en peor en pésimo. Y aunque la nueva doctrina de Yonggi Cho es lógicamente irrefutable, no es bíblica y de hecho es peligrosa para la iglesia. Lo que Cristo comparte con nosotros, no lo pierde él. El sigue siendo Señor de la iglesia y de la historia; las llaves todavía están en sus manos. Inferencias doctrinales, aun cuando son lógicamente válidas, pueden llevarnos a herejías. Muchas enseñanzas de los Testigos de Jehová y los Mormones son rigurosamente lógicas, pero gravísimos errores doctrinales. Como escribí en un artículo anterior, sobre el púlpito evangélico, “los heréticos son muy lógicos, pero nada bíblicos. No toda inferencia lógica del texto es fiel al sentido de él y al mensaje que el Espíritu Santo inspiró”.

A menudo me pregunto, “¿En qué cree este hermano que él (o ella) me puede bendecir? ¿Qué autoridad cree tener para declararme bendecido?”. Creo que no exagero al ver aquí un vestigio del catolicismo tradicional, entre las muchas cosas poco bíblicas del catolicismo que los evangélicos hoy vamos incorporando en nuestra práctica religiosa en vez de otras cosas buenas de ellos. Cuando alguien me pronuncia una bendición de ésas, me digo, “Sólo falta que me bendijera el santo padre en Roma”. ¿Pero creemos los evangélicos en la fuerza espiritual de “una bendición papal”? Personalmente, y con todo respeto, no creo que el Papa ni nadie más me puede declarar bendecido; eso sólo Dios puede hacer. Lo que pasa es que entre los evangélicos, no creemos en el Papa pero muchos queremos ser pequeños “papitos” y repartir bendiciones papales.

Me parece que el fenómeno bajo consideración es síntoma de un problema más general. El “cristianismo lite” de nuestra época ha acentuado al extremo el individualismo, y en muchos casos el egoísmo, que son típicos de nuestra sociedad modernaContra las palabras de Jesús, vamos a la iglesia para lo que nos puede servir a nosotros. Para parafrasear una consigna de John F. Kennedy, “No preguntes lo que la iglesia puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer para el reino de Dios”. Hoy los líderes de la iglesia se aferran a sus títulos, y en muchos casos lucran con el evangelio. A menudo hay un culto a la personalidad del líder y admiramos más al ser humano por quien Dios actúa que a Dios mismo. Y en la mayoría de estos casos, son los mismos apóstoles, profetas, evangelistas, sanadores y conferencistas que cultivan celosamente este culto a su propia personalidad.

En esa subcultura individualista los creyentes comunes y corrientes merecen también su cuota de auto-gratificación numinosa, su propia tajada de poder espiritual. No quiero juzgar mal, pero sospecho que el poder pronunciar bendiciones bajo su propia autoridad, con un “Yo te bendigo”, da cierta satisfacción personal a estos hermanos y hermanas “bendecidores”, que un humilde “Dios te bendiga” no ofrecería. Aunque no sean apóstoles ni profetas, ni predican ni cantan ni curan, por lo menos pueden andar repartiendo solemnes bendiciones a diestra y siniestra..

El culto a la personalidad, esta religión de gratificación egoísta que permea nuestra comunidad evangélica hoy, es muy cuestionable bíblicamente. En el Nuevo Testamento, por ejemplo, un “don de sanidad” es el acto de Dios de dar salud a un enfermo, no alguna fuerza supernatural de curación que poseyera algún ser humano. Hoy día, si Dios en su gracia sana a un enfermo, mañana el milagro aparece en televisión y el sanador es famoso. Parecido pasa con evangelistas, conferencistas y salmistas. La gloria y la honra van al agente humano y no al Actor divino que sanó y que bendijo. Me parece que algo parecido pasa con la nueva moda de “Yo te bendigo, hermano”.

Es muy aleccionador el ejemplo de Pedro y Juan en los Hechos 4. Después de la curación del cojo, con el hombre sanado agarrado de sus brazos, los apóstoles rechazan todo mérito por lo que había ocurrido. “Varones israelitas, ¿por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a éste?” (Hch 3:12). ¡No dirigen sus miradas hacia nosotros, decían Pedro y Juan; queremos desaparecer para que sólo se contemple el rostro de Cristo! Hoy día parece lo contrario, que algunos sanadores dicen en efecto, “Miren estas manos; estas manos tienen poder para sanar”.

En otro sentido, es cierto que todos debemos ser de bendición unos a otros. En su sentido bíblico, “bendición” significa vida, salud, bienestar (Dt 30:19-20). Las lluvias y los pozos, los buenos partos y buena lactancia (Gén 49:25) son bendiciones que sólo Dios puede dar, pero nosotros podemos colaborar con Dios en realizarlas. Dios prometió bendecir a Abraham para que él fuera de bendición a todas las familias de la tierra. Esa promesa introduce el tema central del libro de Génesis: ¿cómo ser de bendición a los demás? Abraham bendijo a Lot, y hasta a los reyes de Sodoma y Gomorra, no por pronunciar fórmulas sobre ellos sino por defender su bienestar integral. Igual con Isaac, Jacob y especialmente José. José cumplió a cabalidad la promesa a Abraham, reorganizando la economía de Egipto para defender la vida, no sólo de Egipto ni sólo de los hebreos, sino de todas las naciones vecinas.

Amado hermano, amada hermana, si quieres bendecir al pobre, dale algo que le puede ayudar en su necesidad. Si quieres bendecir al enfermo, no añada a su sufrimiento con frases piadosas o fórmulas vacías, sino tomarle la mano y orar por su salud, su paz y su bienestar integral. Si quieres bendecir a un matrimonio en crisis, o con hijos drogadictos, acompáñalos en su dolor y lucha y busca maneras de ayudarlos. Si quieres bendecirme a mí, regálame tu sonrisa cálida y tu amor sincero, y ora por mí con un buen “Dios te bendiga, amado hermano”.

¡Eso sí es una excelente manera de bendecirnos unos a otros!

Dedicación Matinal

El valle de la visión

Oraciones Puritanas

Dedicación Matinal

¡Dios Todopoderoso!
Mientras cruzo el umbral de este día, yo Te confío, a mí misma alma,
cuerpo, relaciones, amigos, a tu cuidado. Vigílame, guárdame, oriéntame,
dirígeme santifícame, bendíceme. Inclina mi corazón hacia Tus caminos.
Moldéame totalmente a imagen de Jesús, como un alfarero hace con el
barro. Que mis labios sean un arpa bien afinada para resonar Tu alabanza.
Haz que aquellos que me rodean me vean viviendo por Tu Espíritu, pisando
el mundo bajo los pies, no conformado a las mentirosas vanidades,
transformado por una mente renovada, revestido con toda la armadura de
Dios, brillando como una luz que nunca disminuye, demostrando santidad
en todas mis acciones. No permitas que ningún mal este día manche mis
pensamientos, palabras, manos. Que yo pueda peregrinar por caminos
lodosos con una vida pura de mancha u oscuridad. En las acciones
necesarias, haz que mi afecto esté en el cielo, y mi amor elevado en llamas
de fuego, mi mirada fija en cosas invisibles, mis ojos abiertos al vacío,
frágiles, lejos de la tierra y sus vanidades. Que yo pueda consultar todas las
cosas en el espejo de la eternidad, a la espera de la venida de mi Señor,
oyendo el llamado de la última trompeta, avivando el nuevo cielo y la
nueva tierra. Ordena en este día todas mis conversaciones de acuerdo con
Tu sabiduría, y a la ganancia del bien común. No permitas que yo no sea
beneficiado o hecho útil. Que yo pueda hablar cada palabra como si fuera
mi última palabra, y andar cada paso como el último. Si mi vida fuera a
terminar hoy, que este sea mi mejor día.

Oraciones Puritanas

En Oración

El valle de la visión

Oraciones Puritanas

EN ORACIÓN

¡Oh Señor!
En oración yo me lanzo lejos, en el mundo eterno, y en este gran océano, el
alma mía triunfa sobre todos los males, en las orillas de la mortalidad. El
tiempo con sus diversiones alegres y decepciones crueles nunca parecen tan
desconsideradas como en esta ocasión.
En oración me veo como nada; Encuentro mi corazón buscándote con
intensidad y anhelo con sed vehemente vivir para Ti. Benditos sean los
fuertes vientos del Espíritu Santo que en mí apresuran, mi camino hacia la
Nueva Jerusalén.
En oración, todas las cosas aquí abajo se desvanecen, y nada parece
importante, sino solamente la santidad del corazón y la salvación de los
demás.
En oración todas mis preocupaciones mundanas, miedos, angustias,
desaparecen, y son de tan poca importancia como un soplo de viento.
En oración, mi alma se regocija interiormente con pensamientos vivificados
como los que Tú estás haciendo para Tu iglesia, y yo ansío que Tú obtengas
un grandioso nombre de los pecadores que vuelven a Sion.
En oración yo soy elevado por encima de los ceños fruncidos y lisonjas de la
vida, y saboreo las alegrías celestiales; entrando en el mundo eterno yo
puedo entregarme a Ti con todo mi corazón, para ser Tuyo para siempre.

En oración yo puedo colocar todas mis preocupaciones en Tus manos, y
estar a Tu entera disposición, no teniendo ninguna voluntad o interés
propio.
En oración yo puedo interceder por mis amigos, ministros, pecadores,
iglesia, Tu Reino venidero, con mayor libertad, esperanzas ardientes, como
un hijo a su padre, como alguien que ama a su amado.
Ayúdame a estar siempre en oración y nunca dejar de orar.

La soberanía divina y el evangelismo

Alimentemos El Alma

Serie: El Evangelismo Y La Soberanía De Dios

J.I. Packer

Capítulo IV

La soberanía divina y el evangelismo

Comenzamos este capítulo con un resumen de lo que hemos aprendido acerca del evangelismo.

El evangelismo es una tarea encomendada a todo el pueblo de Dios en todas partes del mundo. Es la obra de comunicar el mensaje del Creador a la humanidad rebelde. El mensaje comienza con información y termina con una invitación. La información se trata de cómo Dios dio a Su Hijo unigénito a los pecadores como Salvador perfecto. La invitación es el llamamiento de Dios a la humanidad para venir al Salvador y hallar vida eterna. Dios exige el arrepentimiento de todos los hombres en todas partes del mundo, y en cambio les promete perdón y restauración. El cristiano es mandado al mundo como el pregonero de Dios y el embajador de Cristo para anunciar este mensaje. Esto es tanto su deber (porque Dios lo ordena y el amor al prójimo lo requiere) como su privilegio (porque es una gran maravilla hablar para Dios y llevar a nuestro prójimo la única solución a su problema espiritual). Nuestra tarea es, por lo tanto, ir a toda la humanidad y proclamarles el evangelio de Cristo; debemos explicarlo de la manera más clara y concisa posible; debemos remover toda inconsistencia y dificultad que ellos encuentran en él; debemos exponerlo con seriedad; debemos advertirles que es una cuestión de urgencia y sugerirles que respondan a ella. Ésta es nuestra responsabilidad; es un componente básico de nuestro llamamiento cristiano.

Ahora llegamos a la pregunta que nos ha amenazado desde el comienzo de este libro. ¿Cuáles son las implicaciones de esto en cuanto a la soberanía de Dios?

Vimos anteriormente que la soberanía divina es una de las verdades antinómicas en el pensamiento bíblico. El Dios de la Biblia es el Señor y Legislador de Su mundo, es el Rey y el Juez del hombre. Por consiguiente, si hemos de ser bíblicos en nuestro pensamiento, tenemos que afirmar la soberanía divina y la responsabilidad humana juntos e inequívocamente. El hombre es, sin duda, responsable ante Dios, pues Dios le da Su Ley y lo juzga por sus acciones de acuerdo a la misma. A Dios también le pertenece la soberanía sobre el hombre, pues Él controla y ordena todos los acontecimientos humanos de la misma manera que controla y ordena todo lo que sucede en Su universo. Entonces, la responsabilidad humana y la soberanía de Dios son reales e incontrovertibles.

El apóstol Pablo, en una epístola breve, nos obliga a ver esta antinomia cuando habla de la voluntad, thelema, de Dios ligado a la contradicción aparente en estas dos maneras que el Creador se relaciona con Su criatura. En los capítulos cinco y seis de Efesios, él desea que sus lectores sean “entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” y “como siervos de Cristo haciendo de ánimo la voluntad de Dios.” La voluntad de Dios como Legislador es que el hombre conozca la Ley y que la obedezca. Pablo escribe a los tesalonicenses: “Porque la voluntad de Dios es vuestra santificación: que os apartéis de fornicación.” Sin embargo, en el primer capítulo de Efesios, Pablo habla de cómo Dios había escogido a él y a todos los cristianos desde antes de la fundación del mundo “según el puro afecto de Su voluntad.” Luego dice que la intención de reunir todas las cosas en Cristo es “el misterio de Su voluntad.” También dice, “En Él digo, en quien asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el consejo de Su voluntad.” Es obvio que aquí la “voluntad” de Dios es Su propósito eterno para con los hombres; Su voluntad como el Señor soberano del mundo. Ésta es la voluntad que se cumple con todo lo que se lleva a cabo —incluyendo el pecado del hombre. Anteriormente se distinguía entre la voluntad de Dios como precepto y Su voluntad como propósito. La anterior es la declaración pública de Dios en cuanto a lo que Él espera del hombre, y la última es lo que Él mismo hará (esta voluntad es oculta). La distinción es entre la Ley de Dios y Su plan. La anterior le dice al hombre lo que debe ser, y la última le dice lo que será. Ambos aspectos de la voluntad de Dios son hechos incontrovertibles, pero la manera en que se relacionan dentro de la mente de Dios no está al alcance del entendimiento de nuestras mentes finitas. Ésta es una de las razones por la cual decimos que Dios es incomprensible.

Todo ocurre bajo el dominio de Dios, Él ha fijado el porvenir con Su decreto y ya ha decidido quién será salvo y quién perecerá. Ahora la pregunta es: ¿qué relación tiene esto con nuestra responsabilidad de evangelizar?

Muchos cristianos en nuestros días están perplejos frente a la pregunta. Hay algunos que han aceptado la soberanía de Dios de la manera incalificable e incontrovertible en que la Biblia la enseña. Estos se enfrentan ahora con unos métodos evangelísticos, heredados de sus antepasados, que necesitan modificación para hallar armonía plena con la soberanía de Dios. Dicen que estos métodos fueron inventados por los que no creían en la soberanía absoluta de Dios. ¿No es eso razón suficiente para rechazarlos? Los que no están tan convencidos de la verdad doctrinal, los que no la toman en serio, creen que esta nueva preocupación pondrá fin al evangelismo. Creen que quitará el sentido de urgencia necesario para un evangelismo eficaz. Satanás, claro está, hará todo lo posible para impedir el evangelismo y para dividir a los cristianos; por lo tanto, tienta al primer grupo para que sean desconfiados y cínicos en la cara de cualquier empeño evangelístico, y al segundo grupo los tienta para que pierdan la cabeza en un pánico y una alarma extrema. A ambos los tienta para que sean presumidos, jactanciosos y amargados, mientras se critican el uno al otro. Ambos grupos necesitan cuidarse de las trampas del diablo.

La pregunta exige una respuesta y lo exige ahora mismo. De la misma Biblia surgió el problema (pues enseña la relación antinómica de Dios con el hombre), así que la solución la buscaremos en la Biblia también.

La respuesta bíblica se puede expresar en dos proposiciones, una negativa y otra positiva.

1. La soberanía de la gracia de Dios no afecta en nada lo que hemos dicho sobre la naturaleza y la responsabilidad del evangelismo

El principio empleado en este caso es que la regla de nuestro deber y la medida de nuestra responsabilidad son reveladas en la voluntad de precepto de Dios, y no ocultadas en la voluntad de propósito. Tenemos que ordenar nuestras vidas a la luz de Su Ley y no a nuestras adivinanzas acerca de Su plan. Moisés aclaró este principio cuando terminó enseñando la Ley, el desafío y las promesas de Dios a Israel. “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios: mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos por siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley.” Las cosas que Dios no ha revelado (como el número y la identidad de los elegidos, y cuándo los piensa convertir) no tienen nada que ver con el deber del hombre. No tienen lugar en la interpretación de cualquier parte de la Ley de Dios. Ahora bien, el mandato de evangelizar es parte de la Ley de Dios; pertenece a la voluntad revelada de Dios para Su pueblo. Por lo tanto, nuestras especulaciones acerca de Su voluntad oculta en cuanto a la elección y el llamamiento no pueden cambiar o invalidar la Ley de Dios. Podemos contar con que (en las palabras del Artículo XVII de la Iglesia de Inglaterra) Dios “ha constantemente (decisivamente y con firmeza) decretado por Su consejo que nos es oculto rescatar de la muerte y la maldición todos aquellos que Él ha escogido en Cristo de la humanidad, y por Cristo les dará la salvación eterna como vasijas hechas para honrar.” Pero esto no nos ayuda en determinar la tarea evangelística, y tampoco tiene importancia en cuanto a nuestro deber de evangelizar universalmente e indiscriminadamente. La doctrina de la soberanía de la gracia de Dios no tiene implicaciones en estos asuntos.

Por lo tanto, podemos decir:

(a) La creencia que Dios es soberano en Su gracia no afecta la necesidad del evangelismo. No importa lo que creamos acerca de la elección, el evangelismo siempre es y siempre ha sido necesario, pues nadie será salvo sin el evangelio. Pablo dice, “Porque no hay diferencia de judío y de griego; porque el mismo que es Señor de todos, rico es para todos los que le invocan: Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Sí, pero el que no invoca al Señor no será salvo, y tiene que haber un cierto conocimiento de Él antes de poder invocarlo. Así que Pablo continúa diciendo, “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán a aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” Hay que decirles de Cristo antes de que puedan confiar en Él, y tienen que confiar en Él antes de que puedan ser salvos por Él. La salvación depende de la fe y la fe de conocer el evangelio. Dios salva a los pecadores llevándoles a la fe por medio de su contacto con el evangelio. De la manera que Dios organizó las cosas, el evangelismo es necesario si alguno ha de ser salvo.

Debemos darnos cuenta de que cuando Dios nos manda a evangelizar, nos está usando para cumplir Su propósito eterno de salvar a los elegidos. El hecho de que tiene un propósito inalterable no quiere decir que nuestros esfuerzos evangelísticos no se necesiten para cumplirlo. La parábola de nuestro Señor dice, “un hombre rey, que hizo bodas a su hijo; y envió sus siervos para que llamasen a los llamados a la boda” “y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos: y las bodas fueron llenas de convidados.”112 Es de la misma manera y por medio de semejante acción de los siervos de Dios que los elegidos vienen a la salvación que el Redentor les ha ganado.

(b) La creencia que Dios es soberano tampoco afecta la urgencia del evangelismo. Los hombres sin Cristo están perdidos e irán al infierno, sea la que sea nuestra opinión sobre la predestinación. “Os digo; antes si no os arrepintiereis, todos pereceréis igualmente… Os digo; antes si no os arrepintiereis, todos pereceréis asimismo.” Y los que somos de Cristo tenemos que ir y decirles de Él —del único que los puede salvar de la perdición. La necesidad de aquellos es urgente, y por lo tanto nuestra tarea evangelística es una de urgencia. Si usted conociera a un hombre dormido dentro de un edificio en llamas, usted pensaría que es urgente advertirle del peligro en que está; usted intentaría rescatarlo. El mundo está lleno de personas que no saben que están mal con Dios y condenados por Su ira. ¿No es esta situación de tanta urgencia como la anterior? ¿No lo trataríamos de rescatar?

Nunca debemos de usar la excusa de que si no son elegidos, no nos escucharán como quiera y todos nuestros esfuerzos serán en vano. Esto es cierto, pero no nos interesa y no debe afectar nuestro ministerio. En primer lugar, no es correcto rehusar hacer el bien sólo porque creemos que no nos será agradecido. En segundo lugar, los elegidos y no-elegidos de este mundo son anónimos en nuestras mentes. Sabemos que existen pero no sabemos, ni podemos saber, quiénes son y tratando de adivinar es fútil e impío. La identidad de los no-elegidos es una de las “cosas ocultas” de Dios y no nos es dado la capacidad mental ni el privilegio moral de saberlo. En tercer lugar, como cristianos estamos llamados a amar no sólo a los elegidos, sino a nuestro prójimo, ya sean elegidos o no. Ahora, la naturaleza del amor es hacer bien y saciar necesidad. Si nuestro prójimo es un inconverso, debemos mostrarle nuestro amor compartiendo con él las buenas nuevas que necesita para salvarse de la perdición. Es por eso que encontramos a Pablo, “amonestando a todo hombre, y enseñando en toda sabiduría, para que presentemos a todo hombre perfecto en Cristo Jesús.” No lo hizo sólo porque era apóstol, sino porque todo hombre era su prójimo. La medida de la urgencia del evangelismo es, por lo tanto, la necesidad de nuestro prójimo y el peligro en que está.

(c) La creencia que Dios es soberano en su gracia no afecta lo genuino de la invitación ni la verdad de las promesas del evangelio. En el evangelio Dios promete justificación y vida a todo aquel que cree. “Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Dios ordena que todo hombre se arrepienta, de la misma manera los invita a todos a que vengan a Cristo y encuentren allí la misericordia y la vida eterna. La invitación es para todos los pecadores; no sólo para los pecadores reformados o para aquellos cuyos corazones sienten una tristeza mínima por sus transgresiones, pero para todos. El himno lo expresa de una manera muy clara:

No dejes que la conciencia te demore

Ni soñar de la aptitud

Pues la aptitud que Él requiere

Es sentir tu necesidad de Él.

Que la invitación es libre e ilimitada —Pecadores Jesús recibirá (el título de un libro fantástico por Juan Bunyan)— es la gloria del evangelio como revelación de la gracia divina.

En la comunión de la Iglesia de Inglaterra, primero la congregación confiesa sus pecados a Dios con unas palabras agudas (“nuestros numerosos pecados y desdichas…provocando justificablemente su ira…la carga de ellos es intolerable. Ten misericordia de nosotros, ten misericordia de nosotros”). Luego, el ministro alza sus manos y proclama las promesas de Dios.

“Oigan las palabras de consuelo que nuestro Salvador Jesucristo dice a todos que verdaderamente vienen a Él.”

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar.”

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en El cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

“Oigan también lo que ha dicho San Pablo.”

“Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.”

“Oigan también lo que ha dicho San Juan.”

“Hijitos míos, estas cosas os escribo, para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.”

¿Por qué son estas palabras de tanto consuelo? Porque son las palabras de Dios y son la verdad. Estas palabras son la esencia del evangelio. Son promesas y garantías en que los cristianos que vienen a la cena del Señor deben confiar. Son las palabras que confirman el sacramento. Examínelas cuidadosamente; examine primero la sustancia. El objeto de la fe que representan no es sólo ortodoxia, ni es sólo la verdad de la muerte expiatoria de Cristo, es mucho más. Es el Cristo viviente en Sí, el Salvador perfecto de los pecadores, aquel que carga consigo toda la virtud de Su obra completada en la cruz. “Venid a ,” Él ha pagado todos nuestros pecados. Estas promesas guían nuestra confianza, no al crucifijo sino a Cristo crucificado; no a la obra abstracta sino a aquel que la realizó. Fíjense que las promesas son universales. Se ofrecen a todos los necesitados, a todos los que “verdaderamente” lo necesitan, a todo hombre que alguna vez haya pecado. A ninguno le es negada la misericordia, pero muchos la rechazan con impenitencia e incredulidad.

Algunos piensan que las doctrinas de la elección y de la condenación eterna implican la posibilidad de que algunos que desean a Cristo serán negados por no estar entre los elegidos. Sin embargo, las palabras de consuelo en el evangelio excluyen esta posibilidad. Pues nuestro Señor afirmó en términos enfáticos y categóricos, “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.”

Es verdad que Dios ha elegido desde la eternidad a los que salvará. Es verdad que Cristo vino exclusivamente a salvar aquellos que el Padre le había dado. Pero también es verdad que Cristo se ofrece gratuitamente a todos los hombres como su Salvador, y garantiza llevar a la gloria todos los que confíen en Él. Fíjense en cómo Él yuxtapone los dos conceptos en el siguiente pasaje.

“Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, mas la voluntad del que me envió. Y ésta es la voluntad del que me envió, del Padre: Que todo lo que me diere, no pierda de ello, sino que lo resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en Él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en día postrero.” “Todo lo que me ha dado” en este contexto es la tarea salvadora de Cristo en términos de todos los elegidos, a quienes vino específicamente a salvar. “Todo aquel que ve al Hijo, y cree en Él” se refiere a la tarea salvadora de Cristo en términos de toda la humanidad, a quien se ofrece sin distinción y salvará a los que creen en Él. En estos versículos las dos verdades se afirman al mismo tiempo y en el mismo respecto, y así debe ser. Las dos van juntas. Caminan de mano en mano. Una no hace dudosa la otra. Una no excluye la otra. Cristo quiere decir lo que ha dicho, ya sea cuando salva a todos que creen en Él o cuando salva a los que el Padre le ha dado.

John Owen, un puritano que escribió a favor de la elección incondicional y la expiación limitada, se dirige al incrédulo de la siguiente manera.

“Consideren la condescendencia y el amor infinito de Cristo. Él les invita y les llama para que vayan a Él y encuentran vida, liberación, misericordia, gracia, paz y salvación eterna… En la declaración y la predicación de ellos, Jesucristo se enfrenta a los pecadores llamándolos, invitándolos y urgiéndolos que vengan a Él.”

“La palabra que Él les dirige es ésta: ¿Por qué morirás? ¿Por qué perecerás? ¿Por qué no tendrás compasión por tu alma? ¿Será duro tu corazón y fuerte tus manos en el día de la ira que vendrá?… Mira hacia mí y serás salvo; ven a mí y te quitaré la carga de los pecados, las tristezas, los temores, las cargas y haré descansar a tu alma. Ven, te suplico; pon a un lado la desidia; no me rechaces más; la eternidad llama a tu puerta… odiándome perecerás, mas aceptándome serás liberado.”

“Estas y cosas semejantes declara, proclama, suplica y urge al Señor Jesucristo a las almas de los pecadores… Lo hace con la predicación de la Palabra, como si estuviese presente con ustedes y hablara personalmente a cada uno de ustedes… Él ha encomendado a los ministros para que se paren delante de ustedes y tratarles como si Él estuviera tratando con ustedes. Ellos les invitarán de la misma manera que Él les invitó, 2 Corintios 5:19–20.”

La invitación de Cristo es la Palabra de Dios. Es verdad. Es una invitación genuina. Y se ha de presentar al incrédulo de tal manera. Nada de lo que creemos de la soberanía de Dios en su gracia afecta esto.

(d) La creencia de que Dios es soberano en su gracia no afecta la responsabilidad del pecador por su respuesta. Alguien que rechaza a Cristo se muere a causa de su propia condenación. No creer en la Biblia lleva consigo la culpabilidad y nadie podrá excusarse simplemente porque no fueron elegidos. La vida eterna se le ofreció al incrédulo y la podría haber tenido si no la hubiera rechazado. El incrédulo, y nadie más, es responsable por su rechazo de la salvación y ahora él tendrá que sufrir las consecuencias. El Obispo J. C. Ryle escribe, “Es un principio fundamental en toda la Escritura que el hombre puede perder su propia alma, y que si él está perdido es por su propia culpa, y su sangre manchará sólo su propia cabeza. La misma Biblia inspirada que revela la doctrina de la elección es la Biblia que contiene la palabras, ‘¿Por qué moriréis, casa de Israel?’ —’Y no queréis venir a mí, para que tengáis vida.’122— ‘Y esta es la condenación: porque la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz; porque sus obras eran malas.’ La Biblia nunca dice que los pecadores no irán al cielo porque no son elegidos, sino dice que no irán porque han rechazado la gran salvación, y porque rehúsan arrepentir y creer. En el juicio final, no es la elección de Dios que aniquila las almas de los hombres, sino es su propia pereza, su amor al pecado, su incredulidad y su rechazo de Cristo.”124 Dios le da al hombre lo que el hombre ha escogido y no lo opuesto a lo que escogen. Aquellos que escogen la muerte morirán. La doctrina de la soberanía divina no afecta la responsabilidad humana.

Veamos ahora la segunda proposición positiva.

2. La soberanía de Dios en su gracia nos da la única esperanza de tener éxito en el evangelismo

Algunos temen que la creencia en la soberanía de Dios tiene como consecuencia lógica la inutilidad del evangelismo, pues Dios salvará a sus elegidos aunque oigan o no el evangelio. Ya hemos visto que esto es una conclusión falsa basada en una premisa inválida. La verdad es totalmente opuesta a esta conclusión. En vez de hacerlo inútil, la soberanía de Dios es la única cosa que lo hace útil. Con ella hay la posibilidad, es más, la certeza de que el evangelismo será fructuoso. Si no fuera por la gracia soberana de Dios, el evangelismo sería uno de los empeños más inútiles en el mundo, y proclamar el evangelio cristiano sería sólo una gran pérdida de tiempo.

¿Por qué es esto? Por la incapacidad espiritual del hombre pecaminoso. Dejemos que Pablo, el evangelista de evangelistas, nos explique esto.

Pablo dice que el hombre caído tiene una mente ciega y por eso no puede comprender las verdades espirituales. “Mas el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura; y no las puede entender porque se han de examinar espiritualmente.” El hombre caído también tiene una naturaleza perversa y depravada. “Por cuanto la intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la Ley de Dios, ni tampoco puede. Así que, los que están en la carne no pueden agradar a Dios.” En ambos pasajes Pablo afirma dos cosas distintas en cuanto al hombre caído y su relación a la verdad de Dios, y hay un paralelismo del progreso del pensamiento en ambos casos. Primero, Pablo señala el fracaso del hombre carnal. Pues él “no recibe las cosas de Dios” y “no está sujeto a la Ley de Dios.” A continuación, Pablo interpreta una afirmación a base de la otra. Es decir, el fracaso es una necesidad natural, es cierto e inevitable, y es universal e inalterable, pues es inherente en la misma naturaleza del hombre. “No las puede entender.” Ni tampoco puede.” El hombre, desde Adán, no puede entender las realidades espirituales ni tampoco puede obedecer la Ley de Dios. Enemistad contra Dios es la ley de su naturaleza. Su instinto le dice que debe evadir, negar e ignorar la verdad de Dios; le dice que debe jactarse de él y desobedecer Su Ley — sí, y cuando oye el evangelio su instinto le dice que lo debe rechazar y que debe rebelarse contra Él. Este es el tipo de persona que él es. Pablo dice que él esta “muerto en sus delitos y pecados.” Está totalmente incapacitado para reaccionar al evangelio de una manera positiva. Es sordo a la voz de Dios. Es ciego a su revelación. Es impermeable a su aliciente. Si usted le habla a un cadáver, nunca le va a responder; el hombre está muerto. Cuando la Palabra de Dios se proclama a los pecadores tampoco hay respuesta, pues ellos también están muertos en sus delitos y pecados.

Esto no es todo. Pablo nos dice que Satanás siempre está tratando de inmovilizar al hombre en su estado natural. “En que en otro tiempo anduvisteis conforme a la condición de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia.” Así, Satanás se asegura que el hombre no obedezca la Ley de Dios. “En los cuales el dios de esto siglo cegó los entendimientos de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.”129 Ya vemos que hay dos barreras al evangelismo eficaz: la primera es el impulso natural e irresistible del hombre de oponerse a Dios, y la segunda es la el pastoreo asiduo de Satanás a los hombres en sus pecados y en su desobediencia.

¿Cuáles son las implicaciones de esto para el evangelismo? La implicación es que el evangelismo, como lo hemos descrito, no puede tener éxito. No importa el grado de claridad y eficacia que empleemos en proclamarlo, no hay ninguna esperanza de convencer, y mucho menos convertir, al hombre. ¿Podremos con nuestro propio poder sacar al hombre de las garras de Satanás? No. ¿Acaso podemos dar vida a los muertos? Tampoco. ¿Tenemos alguna esperanza de convencer a los pecadores de la verdad del evangelio con nuestra propia razón? Claro que no. ¿Podemos esperar que el hombre obedezca el evangelio por las palabras que decimos? No. Si no nos hemos enfrentado con este hecho, nuestro evangelismo no es irealista. Cuando un maestro quiere enseñar matemática o gramática a los niños y ellos simplemente no entienden, él se anima con la realidad de que eventualmente entenderán, y por lo tanto sigue tratando. Podemos acudir a nuestra paciencia si la posibilidad de alcanzar el éxito es real. Pero en el caso del evangelismo no existe tal posibilidad. Como una obra humana el evangelismo es imposible. Por definición no puede producir el efecto deseado. Podemos predicar con claridad, con fluidez y con gracia; podemos desafiar a nuestros amigos; podemos organizar grandes campañas y avivamientos, repartir folletos, colgar letreros y anunciar por todos lados, pero nunca habrá la más mínima posibilidad de ganar una sola alma para Cristo. Si no hay otro ingrediente, algo mucho más poderoso que nuestro propio afán, toda obra evangelística fracasará. Nos tenemos que enfrentar con esta realidad.

Es aquí donde veo una tremenda falla en el evangelismo de hoy. Parece que todos están de acuerdo en que nuestro evangelismo no está de lo más saludable, pero hay mucho desacuerdo en cuanto a la naturaleza del malestar y cómo curarlo. Algunos creen que el problema es el avivamiento de la doctrina de la soberanía de Dios —una doctrina que tiene implicaciones enfáticas para la elección incondicional y la expiación limitada. Ellos sugieren que la solución del problema se encuentra en el abandono de estas doctrinas. Sin embargo, algunos de los evangelistas más grandes del pasado han abrazado estas doctrinas. Por lo tanto, el diagnóstico no puede ser muy astuto ni la solución muy eficaz. Es más, parece que el evangelismo había sufrido su gran caída entre las dos guerras mundiales, es decir, mucho antes del avivamiento de esta doctrina. Otros, como ya hemos mencionado, creen que el problema está en las reuniones inter-denominacionales e impersonales que han surgido a la escena en los últimos años. Pero esto tampoco es obvio. Yo creo que la raíz del problema es mucho más profunda que estos diagnósticos suelen indicar. Sospecho que la razón por este malestar evangelístico es una neurosis de la desilusión, un fallo desconocido del ánimo, que surgió del rechazo de considerar el evangelismo antropocéntrico imposible. Permíteme explicar.

Por más de un siglo, los cristianos evangélicos han considerado el evangelismo una actividad especial que debe ocurrir en intervalos rápidos y agudos (como “misiones” y “campañas”) y, para tener éxito, necesitaban una técnica distintiva, tanto en la predicación como en el evangelismo personal. Muy temprano en la evolución de este concepto, los evangélicos comenzaron a pensar que si el evangelismo iba a tener éxito había que orar por él y administrarlo correctamente (ej. si se usaba la técnica distintiva). Esto se debe al éxito que tuvieron evangelistas como Moody, Torrey, Haslam y Aitken con sus campañas. Pero debemos entender que el éxito que tuvieron estos grandes evangelistas no fue debido a su organización moderna, sino a la gran obra que Dios había realizado en Inglaterra en aquella época. Aun en ese período, las primeras misiones usualmente tenían más éxito que las segundas, y las segundas que las terceras. Pero durante los últimos cincuenta años, cuando el mundo se está secularizando más y más, hemos visto una declinación drástica en los frutos del evangelismo. Esta declinación nos ha enervado.

¿Por qué nos ha enervado? Porque no estábamos preparados. Habíamos formulado el evangelismo de tal manera que la buena organización más la técnica distintiva equivalían a resultados inmensos. Habíamos creído que la poción mágica se hacía con una reunión especial, un coro, un solista y un predicador especial, de renombre quizá. Estábamos seguros de que la fórmula y la poción mágica darían vida a cualquier iglesia, pueblo o misión que estaba muerta. Muchos de nosotros todavía creemos esto. Nos aseguramos el uno al otro que así es, y seguimos haciendo nuestros planes a base de ello. Pero en nuestros corazones estamos desilusionados, desanimados y aprensivos. Había un tiempo cuando pensábamos que el evangelismo bien-organizado aseguraba éxito, pero ahora tememos que cada vez que intentemos fracasará, pues ha fracasado tantas veces en el pasado. Ahora no nos resta nada, pues sólo supimos evangelizar de una manera. No queremos admitir esto a nosotros mismos y, por lo tanto, echamos nuestro temor por la ventana, pero vuelve por la puerta con una venganza en la forma de la desilusión y la neurosis paralizante. Nuestro evangelismo, entonces, se convierte en una rutina meticulosa y aburrida. En fin, nuestro problema es que dudamos de la utilidad de nuestros esfuerzos.

¿Por qué tenemos estas dudas? Porque hemos sido desilusionados. ¿Cómo hemos sido desilusionados? Por el fracaso continuo de las técnicas evangelísticas en los cuales confiábamos. ¿Cuál es el remedio de nuestra desilusión? Primero, debemos admitir que estábamos equivocados en pensar que cualquier técnica en sí pudiera garantizar resultados; segundo, debemos reconocer que la naturaleza depravada del hombre es razón suficiente para que nuestros esfuerzos evangelísticos sean estériles; tercero, debemos recordar que estamos llamados a ser fieles y no a tener éxito; y cuarto, debemos aprender a dejar los resultados de nuestro esfuerzo a la gracia omnipotente de Dios.

Dios hace lo que el hombre no puede hacer. Dios, por medio de su Espíritu, obra en el corazón del hombre pecaminoso para llevarlos a la fe y al arrepentimiento. La fe es un regalo de Dios. Pablo escribe a los filipenses, “Porque a vosotros es concedido por Cristo, no sólo que creáis en Él, sino también que padezcáis por Él.” Y a los efesios dice, “Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios.” Así también, el arrepentimiento nos es dado por Dios. Pedro le dijo al Sanedrín, “A Éste ha Dios ensalzado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados.” Cuando la Iglesia de Jerusalén oyó que Pedro había sido mandado a evangelizar a Cornelio, y que Cornelio había sido llevado a la fe, dijeron: “Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: De manera que también a los Gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida.” Nosotros no podemos hacer que los pecadores se arrepientan y crean en Jesús, sino es Dios quien obra fe y arrepentimiento en el corazón del hombre por medio de Su Espíritu.

Pablo dice que éste es el “llamado” de Dios. Los teólogos antiguos lo nombraron “llamado eficaz,” en contraste con la “convocación ineficaz” —es decir, cuando uno escucha la Palabra de Dios, pero el Espíritu no obra en él. El anterior es el proceso en que Dios hace que el pecador entienda y responda al evangelio. Es la obra del poder creativo; por ella, Dios regala al hombre un corazón nuevo, lo libera del pecado, le da luz donde antes había sólo tinieblas y lo guía a Él por medio de Cristo el Salvador. Por ella también, Dios los saca de las garras de Satanás, lo libera del reino de las tinieblas y lo traslada al “reino de Su amado Hijo.” El llamado produce la respuesta y confirma las bendiciones. También se le ha denominado la obra de “gracia previa,” pues la inclinación hacia Dios precede la voluntad del mismo. Se ha nombrado “gracia irresistible,” porque aniquila la posibilidad de resistirlo. La Confesión de Fe de Westminster lo analiza como la actividad de Dios en el hombre caído. “A todos aquellos a quienes Dios ha predestinado para vida, y a ésos solamente es a quienes le place en el tiempo señalado y aceptado, llamar eficazmente por Su Palabra y Espíritu, sacándolos del estado de pecado y muerte en que se hallaban por naturaleza para darles vida y salvación por Jesucristo. Esto lo hace iluminando espiritualmente su entendimiento, a fin de que comprendan las cosas de Dios; quitándoles el corazón de piedra y dándoles uno de carne, renovando sus voluntades y por Su poder soberano determinándoles a hacer aquello que es bueno, y llevándoles eficazmente a Jesucristo. Sin embargo, ellos van con absoluta libertad, habiendo recibido la voluntad de hacerlo por la gracia de Dios.”

Cristo también enseñó la necesidad universal de este llamamiento por la Palabra y el Espíritu. “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y Yo le resucitaré en el día postrero.” Igualmente, enseñó su eficacia, “Escrito está en los profetas: y serán todos enseñados de Dios. Así que, todo aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí.” A su enseñanza añadió la certeza universal del llamado para todo aquel que el Padre ha escogido. “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí.” Me escucharán y confiarán en mí, esto es el propósito del Padre y la promesa del Hijo.

Pablo habla del “llamado eficaz” como la realización del propósito seleccionador de Dios. Pues le dice a los romanos: “Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.” Y a los tesalonicenses escribe, “Mas nosotros debemos dar siempre gracias a Dios por vosotros, hermanos amados del Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salud, por la santificación del Espíritu y fe de la verdad: A lo cual os llamó por nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.” El autor del llamado, nos dice Pablo, es Dios; y el asunto del llamado es el camino a la gloria.

Entendiendo esto, podemos ver de una vez porqué Pablo nunca se desilusionó con el hombre caído y esclavizado por Satanás; en contraste con los evangelistas de nuestros días, Pablo nunca pensó que el evangelismo era un esfuerzo inútil. La razón por su actitud es que él nunca olvidó que Dios es soberano en Su gracia. El sabía que aún antes de que él hubiera comenzado, Dios todopoderoso había dicho, “Así será mi palabra que de mi boca: no volverá a mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que le envié.” Él sabía que esto era verdad tanto para el evangelio como para cualquier declaración divina. Sabía que su predicación del evangelio nunca sería inútil, pues Dios se lo garantizó. Sabía que dondequiera que él llevara el evangelio, Dios resucitaría a los muertos. Sabía que algunos de sus oyentes serían salvos. Este conocimiento le dio seguridad y expectación en su evangelismo. Y cuando hubo mucha oposición y pocos resultados, él nunca se desilusionó, pues él sabía que si Cristo le había abierto la puerta a ese lugar, era porque el propósito de Él era convertir pecadores allí. La Palabra no volvería vacía. Su afán era proclamar el evangelio con paciencia y fidelidad hasta el tiempo de la cosecha.

Hubo un tiempo en Corinto cuando su ministerio se puso muy difícil; los convertidos eran muy pocos y la oposición muy grande. Pablo pensaba que quizá su esfuerzo allí era en balde. “Entonces el Señor dijo de noche en visión a Pablo: No temas, sino habla, y no calles; porque Yo estoy contigo, y ninguno te podrá hacer mal; porque Yo tengo mucho pueblo en esta ciudad.” El Señor le estaba diciendo a Pablo que continuara predicando y enseñando allí, porque Él tenía un propósito; el Señor le estaba animando y confirmando su responsabilidad a la misma vez. Rackham destaca, “Esto confirma el énfasis que San Lucas puso en la elección previa de Dios.”143 Y el énfasis de Lucas refleja la actitud de Pablo basada en la garantía que le había dado Cristo. Por lo tanto, la soberanía de Dios en Su gracia dio esperanza a Pablo mientras predicaba a oídos sordos, mostraba a Cristo a ojos ciegos e intentaba conmover corazones de piedra. Su garantía era que donde Cristo manda el evangelio, Cristo tiene pueblo. Puede ser que al momento estén encadenados por el pecado, pero Cristo los liberará y los renovará cuando la luz del evangelio brille en sus seres oscuros.

En un gran himno, Charles Wesley describió su conversión de esta manera:

¡Qué tinieblas encerráronme!

Esclava mi alma fue a pasiones mil;

Mas el fulgor de su convicción,

Me despertó de tal condición.

De mis cadenas por don de gracia me libró;

Me levanté y caminé para seguirle en pos.

Esto no es sólo una descripción vívida de su experiencia, también es una buena afirmación teológica. Esto es exactamente lo que le sucede al incrédulo cuando se predica el evangelio. Pablo sabía eso, y lo usó como su garantía en el evangelismo.

La garantía de Pablo debe ser la nuestra también. No podemos confiar en nosotros mismos —en nuestros métodos, en nuestras técnicas o en nuestra organización. No hay magia en la técnica, aun cuando la técnica compagina con la teología de la Biblia. Cuando evangelizamos, nuestra confianza debe estar en Dios quien resucita a los muertos. Él es el único soberano y omnipotente que puede endulzar los corazones amargos de los hombres, y Él dará conversiones cuando le agrade darlas. Mientras tanto, nosotros debemos ser fieles en proclamar el evangelio y debemos estar seguros que nuestros esfuerzos nunca serán en balde. Es de esta manera que la soberanía de Dios afecta el evangelismo. ¿Cuáles son los efectos de esta confianza y certeza sobre nuestra actitud del evangelismo? Son por lo menos tres.

(a) Nos debe hacer audaces. Nos debe dar confianza que aunque la gente no acepte el evangelio la primera vez, seguiremos tratando y Dios hará fructuoso nuestro ministerio. Tal respuesta al evangelio no nos debe sorprender, pues ¿qué más podemos esperar de los esclavos de Satanás? Tampoco nos debe desanimar, pues no hay corazón tan duro que pueda resistir la gracia de Dios. Pablo era amargo enemigo del evangelio, pero Cristo puso Su mano sobre él y Pablo nació de nuevo. Usted mismo ha estado aprendiendo qué tan corrompido y perverso su corazón es. Y antes de que usted se convirtiera en cristiano, su corazón era aun peor. Pero Cristo le salvó, y eso debe ser lo suficiente para convencerle que Cristo puede salvar a cualquiera. Así que continúe presentando a Cristo a los incrédulos cada vez que tenga oportunidad. Ésta no es una tarea de bufones. Usted no está perdiendo su tiempo ni el de ellos. Usted nunca se debe avergonzarse del evangelio o disculparse en su presentación de ello. Usted debe ser audaz, libre, natural, espontáneo y exitoso. Pues Dios da una eficacia a Su Palabra que nosotros no podemos dar. Dios lleva Su Palabra a la victoria en los corazones más endurecidos y amargados. Nunca pensaríamos que nuestros esfuerzos son inútiles si creemos en la gracia soberana de Dios.

(b) Esta confianza nos debe dar paciencia. Dios salva a Su tiempo, y no debemos suponer que Él tiene la prisa que tenemos nosotros. Tenemos que recordar que somos hijos de nuestra época, y el espíritu de nuestros días es uno de prisa. Es un espíritu pragmático; un espíritu que exige resultados prontos. El ideal moderno es realizar más y más haciendo menos y menos. Es la época de los ahorros obreros, los cálculos de eficiencia y la automatización. La actitud que surge de este nuevo modo de pensar es una impaciencia tremenda frente a todo lo que exige tiempo y esfuerzo continuo. Nos enfadamos cuando tenemos que realizar una obra completamente. Este espíritu tiene consecuencias drásticas para nuestro evangelismo. Queremos ganar almas lo más pronto posible, y cuando no vemos resultados de inmediato, nos desanimamos y perdemos el interés en ellas, hasta que por fin abandonamos nuestros esfuerzos y ellas se quedan peores que antes. Pero esto es de lo más equivocado. Cuando hacemos esto fracasamos, tanto en nuestro amor al prójimo, como en nuestra fe en Dios.

La verdad es que el evangelismo exige más paciencia, afecto, amor y perseverancia que la mayoría de los cristianos de hoy en día tienen. Nunca se nos ha prometido resultados rápidos. El evangelismo es una tarea en la cual no se espera resultados rápidos. No podemos esperar resultados si no perseveramos con la gente. La idea de que un sólo sermón evangelístico o una serie de conversaciones basta en convertir a alguien es absurdo. Si alguien se convierte con un solo sermón, usualmente usted encontrará que alguien había obrado con él antes. En este caso lo que vemos es el dicho, “uno siembra y el otro cosecha.” Pero si usted se encuentra con alguien que no ha escuchado el evangelio, que no sabe la diferencia entre lo verdadero y lo falso, es inútil tratar de exigirle una decisión de inmediato. Quizá le podría llevar a una crisis psicológica, pero nunca se salvará. Lo que tenemos que hacer es tomar tiempo con él, formar una amistad, caminar junto con él y encontrar el nivel de su entendimiento espiritual. Entonces y sólo entonces podremos presentarle la verdad de Dios en amor. Hay que explicar el evangelio y asegurarse que él lo entienda y que está convencido de su verdad; luego podemos exigirle una respuesta. Hay que ayudarle a arrepentirse y creer hasta que él esté seguro que haya recibido a Cristo y que Cristo haya recibido a él. Debemos acompañarle en cada paso confiando que Dios está obrando en él. Y aunque el proceso sea muy lento, debemos recordar que Dios está obrando a su tiempo. La paciencia verifica el amor al prójimo y la fe en Dios. Si no queremos tener paciencia, no podemos esperar que Dios bendiga nuestros esfuerzos de ganar almas.

¿De dónde viene esta paciencia tan necesaria para la tarea evangelística? Proviene del conocimiento que Dios es soberano en Su gracia y que Su palabra nunca vuelve vacía. Él nos da las oportunidades que tenemos para compartir el evangelio y Él es capaz de iluminar y salvar a todos los oyentes de nuestros testimonios. Dios a veces nos prueba de esta manera. Dejó que Abraham esperara veinticinco años por el nacimiento de su hijo, así también nos deja a nosotros esperando las cosas que añoramos, como la conversión de amigos y familiares. Necesitamos paciencia si hemos de ayudar a otros llegar a la fe salvadora. Esta paciencia la podemos desarrollar si aprendemos a vivir en términos de la soberanía libre y misericordiosa de Dios.

(c) Finalmente, esta confianza nos debe conducir a la oración.

La oración, como habíamos dicho anteriormente, es una confesión de la impotencia y la necesidad, un reconocimiento del desamparo y la dependencia, una convocación al Dios todopoderoso para que Él haga lo que nosotros somos incapaces de hacer. En cuanto al evangelismo somos impotentes; dependemos totalmente de Dios, pues es sólo con un corazón nuevo que el hombre puede entender nuestras predicaciones y nacer de nuevo. Estos hechos nos deben conducir a la oración. Que nos conduzcan es el propósito de Dios. Dios quiere que, en este asunto como en otros, confesemos nuestra propia impotencia, que le digamos que es Él en quien confiamos y que le pedimos que glorifique a Sí mismo. Es muy común que Dios no bendiga a los siervos que no oran. “Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y guerreáis, y no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.”; “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se abrirá.”147 Pero si no pedimos, no recibiremos. Ésta es la regla universal tanto en el evangelismo como en la vida. Dios nos obliga a orar antes de bendecir nuestra obra para que no olvidemos que es Él el que hace todo. Y cuando al fin veamos almas convertidas no seremos tentados a glorificar nuestros propios dones, talentos, conocimientos o persuasión, sino glorificaremos a Él y sólo a Él.

El conocimiento de la gracia soberana de Dios y la impotencia humana para ganar almas nos debe conducir a una oración incesante. ¿Qué debe ser el contenido de nuestras oraciones? Debemos orar por aquellos quienes pensamos ganar; debemos orar que el Espíritu Santo les abra el corazón; debemos orar por nuestro propio ministerio, y por todos los que predican el evangelio; debemos orar que el poder y la autoridad del Espíritu Santo sean con nosotros cuando predicamos. Pablo dice a los tesalonicenses, “Resta, hermanos, que oréis por nosotros, que la palabra de Dios corra y sea glorificada así como entre vosotros.” Pablo era un evangelista muy fructuoso, pero él sabía que cada partícula de su fruto venía directamente de Dios. También sabía que si Dios dejaba de obrar en él o en sus oyentes, no podría ganar ni siquiera un alma más. Por lo tanto, ruega por las oraciones de sus hermanos para que su ministerio siga siendo fructuoso. Oren, dice él, para que la Palabra del evangelio sea glorificada por medio de mis predicaciones y del efecto que tiene en las vidas del hombre. Oren para que sea usada para convertir a los pecadores. Pablo sabía que esta petición era una de urgencia, porque sabía que la predicación sin la misericordia soberana de Dios no puede salvar a nadie. Fíjense que Pablo no dice que como Dios es soberano la oración es inútil; al contrario, como la salvación de pecadores depende totalmente de Dios, la oración por la fecundidad del ministerio evangelístico es un elemento necesario. Y los cristianos en nuestros días que creen, como Pablo, en la soberanía total de Dios y que sólo esa soberanía puede salvar a los pecadores, deben atestiguar lo antedicho por medio de oraciones constantes, fieles y serias por la bendición de Dios en la predicación de Su Palabra, y que por medio de ella los pecadores podrán ser salvos. Ésta es la última implicación de la gracia soberana de Dios en el evangelismo.

Anteriormente, dijimos que la doctrina de la soberanía no disminuye los términos de nuestra comisión evangelística. Ahora podemos ver que, en vez de disminuirlos, los aumenta. Pues nos muestra las dos caras de la comisión evangelística. Es una comisión no sólo a predicar, sino también a orar; no sólo de hablar de Dios al hombre, sino también de hablar del hombre a Dios. La predicación y la oración van juntas; nuestro evangelismo no será correcto ni bendecido si estas dos no van juntas. Hemos de predicar porque sin conocimiento del evangelio ningún hombre será salvo. Hemos de orar porque sólo la soberanía del Espíritu Santo en nosotros y en los corazones del hombre puede dar eficacia a nuestra predicación, y Dios no manda a Su Espíritu donde no hay oración. Los evangélicos de hoy en día están reformando sus métodos de la predicación evangelística y no hay nada de malo en eso. Pero eso nunca dará fruto en nuestra obra evangelística si Dios no está reformando nuestras oraciones y derramando sobre nosotros un nuevo sentido de plegaria por el evangelismo. Sólo podemos salir adelante en el evangelismo cuando hemos aprendido de nuevo a proclamar a nuestro Señor y Su evangelio en público y en privado, en la predicación y en la conversación, con audacia, paciencia, poder, autoridad y amor. También tenemos que aprender de nuevo la necesidad de la oración humilde e importuna por la bendición de nuestra obra. Cuando se haya dicho todo lo que se puede decir acerca de los métodos evangelísticos, la única manera de avanzar sigue siendo ésta. Si no hallamos este camino, seguiremos perdidos. Es tan fácil —y difícil— como eso.

Ya la rueda de nuestro argumento ha dado la vuelta entera. Comenzamos sugiriendo que la práctica de la oración es una prueba positiva de la soberanía de Dios. Y terminamos sugiriendo que la fe en la soberanía de Dios es el motivo de nuestras oraciones.

Ahora cuando alguien nos sugiere que la fe en la soberanía de Dios contradice el evangelismo, podemos decirle que él no ha entendido el significado de la soberanía divina. La soberanía de Dios no es sólo la base del evangelismo, sino es también el sostén del evangelista, pues da la esperanza del éxito que de otra manera sería imposible; nos enseña que la oración y la predicación son inseparables; nos da audacia y confianza frente al hombre, y humildad y súplica frente a Dios. ¿No debe ser así? No diríamos que el hombre no puede evangelizar sin esta doctrina, pero sí sugerimos que creyéndola podrá evangelizar mejor.

 Packer, J. I. (2008). El Evangelismo y la Soberanía de Dios. (G. A. Martínez, Trad.) (pp. 91–123). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

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El evangelismo

Alimentemos El Alma

Serie: El Evangelismo Y La Soberanía De Dios

J.I. Packer

Capítulo III

El evangelismo

Ahora pretendemos poner de manifiesto respuestas bíblicas a las siguientes cuatro preguntas acerca de la responsabilidad evangelística del cristiano. ¿Qué es el evangelismo? ¿Cuál es el mensaje evangelístico? ¿Cuál es el motivo del evangelismo? ¿Cuáles son los métodos y medios del evangelismo?

I. ¿Qué Es El Evangelismo?

Se supone que los cristianos evangélicos ya saben lo que significa esta palabra. Tomando en cuenta la importancia que tiene el evangelismo para los evangélicos, además, pensaríamos que todos están de acuerdo en cuanto a su significado. Pero, lamentablemente, hoy en día la mayoría de la confusión en los debates sobre el evangelismo nace por falta de acuerdo en este mismo punto. La raíz de la confusión es simple, y en una simple oración la podemos capturar en todas sus expresiones. El problema es que nosotros tenemos el hábito persistente de definir el evangelismo en términos de números, de probabilidades, de estadísticas, en fin, definimos a la obra en términos de resultados observables, en vez de definirla de acuerdo al mensaje que predicamos.

Si queremos una muestra de esta actitud, sólo tenemos que leer la definición que el comité del arzobispo le otorgó en 1918. “Evangelizar es presentar al Señor Jesucristo de tal manera en el poder del Espíritu Santo, que todos los hombres puedan poner su fe en Dios por medio de Él, lo acepten como su Salvador y le sirvan como su Rey en la comunión de Su Iglesia.

Ahora bien, esta definición es precisa en cierto sentido. Afirma el propósito del empeño evangelístico y con su afirmación sucinta descarta muchas ideas falsas. Para empezar, dice que el evangelizar consiste en proclamar un mensaje específico. De acuerdo a esta definición, no podemos decir que la enseñanza de la existencia de Dios o de la ley moral es evangelismo, pues evangelizar es presentar al Señor Jesucristo, es presentar al Hijo de Dios quien vino a la tierra para liberar al hombre de sus pecados. De acuerdo a esta definición, enseñar las verdades históricas de Jesús o aun de su obra redentora no es evangelismo. Tenemos que presentar a Jesucristo mismo, el Salvador viviente y el Señor reinante. Presentar la vida de Jesús sin mencionar Su obra redentora no es evangelismo. Debemos presentar a Jesús como Cristo, el siervo ungido por Dios, cumpliendo Sus deberes de Rey y Sacerdote. “El hombre Jesucristo de Nazaret” debe ser presentado como el “único mediador entre Dios y el hombre” quien “sufrió por nuestros pecados… para que pudiéramos estar con Dios”18; como el único en y por medio de quien los hombres pueden confiar en Dios, pues Él mismo dijo: “Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” Se ha proclamado que Él es el Salvador, el que “vino a la tierra a salvar los pecadores” y “nos redimió de la maldición de la ley”21 —“Jesucristo quien nos libra de la ira venidera.” Lo hemos de proclamar como Rey: “pues a este fin murió Cristo, y vivió de nuevo, para ser el Señor de los vivos y los muertos.” Donde este mensaje no se proclama, no hay evangelismo.

La definición anterior también dice que el evangelismo significa proclamar un mensaje con una aplicación específica. De acuerdo a la definición, entonces, presentar a Cristo como el objeto de un estudio crítico y comparativo no es evangelismo. El evangelismo es presentar la persona y la obra de Jesucristo en relación con las necesidades del hombre caído, enfatizando que aquel que no tiene a Dios como su Padre lo tiene como su Juez. Evangelizar quiere decir que Jesús, en este mundo o en el otro, ha de ser presentado como la única esperanza del hombre pecaminoso. Es una exhortación al pecador para que acepte a Jesús como su Salvador y para que reconozca que sin Él está completa e irremediablemente perdido. Esto no es todo. El evangelismo es también el llamado al hombre para recibir a Cristo en cada una de sus múltiples expresiones —de Salvador y de Señor— y para servirle como su Rey en la comunión de su Iglesia. Es el compromiso de adorarlo con otros, de atestiguar su grandeza y de hacer Su voluntad aquí en la tierra. O sea, el evangelismo es el llamado a los pecadores para que volteen sus rostros a Cristo y es también el llamado para que aprendan a confiar en Él; es liberación, no sólo en recibir al Salvador, sino también en el arrepentimiento de los pecados. Donde no hay referencia a la práctica específica del mensaje, no hay evangelismo.

La definición bajo nuestra consideración afirma estos puntos de una manera sucinta y eficaz. Sin embargo, la definición es errónea en un punto fundamental: coloca una cláusula consecutiva donde debería colocar una cláusula final. Si hubiera dicho, “evangelizar es presentar a Jesucristo al hombre pecador para que por medio del Espíritu Santo los hombres vengan…” no podríamos hallarle error. Pero no dice eso, y lo que sí dice es muy distinto. “Evangelizar es presentar al Señor Jesucristo de tal manera en el poder del Espíritu Santo, que todos los hombres puedan poner su fe en Dios por medio de Él, lo acepten como su Salvador y le sirvan como su Rey en comunión de Su Iglesia.” Define el evangelismo en términos del efecto producido en las vidas de otros, o sea el fin del evangelismo es producir creyentes.

Esto no puede ser cierto, pues acabamos de probar su falsedad con las Escrituras. El evangelismo es el afán del hombre, pero llevar los hombres del pecado a la fe es la obra de Dios. A pesar de los deseos del evangelista, es decir, el ver resultados en su ministerio, no podemos medir la cantidad ni la calidad de evangelismo que se ha hecho por sus resultados. Han habido misioneros en el medio oriente que obraron por años entre los musulmanes y no vieron ni un sólo creyente. ¿Podríamos decir que ellos no supieron evangelizar? Ha habido también creyentes evangélicos que decidieron aceptar a Cristo después de oír predicadores que no eran evangélicos y mucho menos bíblicos. ¿Podríamos, entonces, decir que estos predicadores sí supieron evangelizar? La respuesta en ambos casos es no. Los resultados de la predicación no dependen de la astucia y las intenciones del hombre, sino dependen de la voluntad del Dios todopoderoso. Esto no quiere decir que no debemos buscar fruto en nuestra obra evangelística, sino que cuando no vemos fruto debemos arrodillarnos y buscar la razón con Dios. Sencillamente no podemos definir el evangelismo en términos de sus resultados.

¿Cómo podemos definir el evangelismo? La respuesta del Nuevo Testamento es muy simple: el evangelismo es predicar el evangelio. Es una obra de comunicación en la cual el creyente pregona las Buenas Nuevas que nuestro Padre misericordioso nos enseñó. Cualquier persona que anuncia el evangelio, ya sea en una reunión grande o en una pequeña, desde el púlpito, desde la esquina o desde la cocina, está evangelizando. El clímax del mensaje es que el Creador haya llamado a los pecadores a poner su fe en el Salvador Cristo Jesús para que puedan tener vida eterna. Así que al proclamar el evangelio hay que ofrecer la salvación, y aquel que no quiere traer creyentes a los pies de Cristo, no está evangelizando. Pero la medida del evangelismo nunca debe ser su resultado, sino debe ser la fidelidad con que se predica la Palabra.

El Nuevo Testamento nos da una visión precisa y exacta del evangelismo cuando nos presenta al apóstol Pablo y, específicamente, el relato de la naturaleza de su propio ministerio evangelístico. Esta visión la podemos resumir en tres puntos.

1. Pablo evangelizó como representante comisionado por Jesucristo. El evangelismo le fue específicamente encomendado; “Cristo me mandó… para predicar el evangelio.” Ahora ¿cómo se auto-examinó con respecto a esta comisión? En primer lugar, pensó que su oficio era el de servidor de Jesús. “Que todo hombre nos considere como servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios.” “Por lo cual, si lo hago de buen grado, tendré recompensa; pero si de mala gana, es una mayordomía la que me ha sido encomendada.”26 Pablo se vio como un esclavo en una posición de alta confianza, así como se veía el mayordomo en un hogar durante los tiempos del Nuevo Testamento. Él había sido “aprobado por Dios para que se nos confiase el evangelio…” Él tenía que cuidar esa confianza como un mayordomo cuida la suya.28 Pablo cuida la verdad preciosa que se le ha otorgado, asegurándose de que se distribuya la misma de acuerdo a los mandatos de su Señor, y le aconseja a Timoteo que haga lo mismo. Como esta mayordomía le fue encomendada, él supo que “si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me siento constreñido a hacerlo; y ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!” La imagen del mayordomo hace sobresalir la responsabilidad evangelística en la vida de Pablo.

Pablo también se vio como el pregonero de Cristo. Cuando se describe “puesto como predicador y apóstol (digo verdad en Cristo, no miento), y maestro de los gentiles en fe y verdad,” El sustantivo que usa es keryx que significa pregonero, o sea alguien que anuncia noticias para otra persona. Y cuando dice “predicamos el Cristo crucificado” usa el verbo kerysso que denota la obra del pregonero, es decir, de ir a todas partes y proclamar el mensaje que le fue encomendado. Cuando Pablo habla de “mi predicación” o “nuestra predicación” y afirma que aun después de que la sabiduría del mundo haya dejado al hombre ignorante de Dios “agradó a Dios salvar a los creyentes mediante la locura de la predicación,” El sustantivo que usa es kerygma que no quiere decir la actividad de anunciar, sino el anuncio, la proclamación o el mensaje en sí. En su propia estimación, Pablo no era un gran filósofo, no era moralista ni era un sabio, sólo era un pregonero de Cristo. Su amo real le había dado un mensaje para proclamar; y empleó, por consiguiente, todas sus fuerzas en proclamar ese mensaje con fidelidad meticulosa y laboriosa; no añadiendo ni quitando ni alterando. Su encomienda fue proclamar el evangelio tal como es; no como se proclaman las ideas nuevas del hombre —disfrazándolas, embelleciéndolas, y poniéndolas de moda. Tenía que proclamar el evangelio como mensaje de Dios, en el nombre y bajo la autoridad de Cristo, y así, dejar que el Espíritu mismo de Cristo Jesús lo ratificara en los corazones de todos sus oyentes. Pablo dice, “Y yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui anunciándoos el testimonio de Dios con excelencia de palabras o sabiduría. Pues resolví no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y yo me presenté ante vosotros con debilidad, y con temor y mucho temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.” La imagen del pregonero hace resplandecer la autenticidad del evangelio que Pablo proclamó.

En tercer lugar, Pablo se consideraba embajador de Cristo. Y ¿qué es un embajador? Un embajador es el representante de un soberano. El embajador habla, no por sí mismo, sino en lugar del gobernante quien lo ha comisionado; su responsabilidad y su deber es el de comunicar las ideas de su patrón con eficacia, exactitud y fidelidad. Pablo utiliza esta imagen dos veces en relación al evangelismo. Desde la cárcel Pablo escribió, “[oren] por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas; que con denuedo hable de Él, como debo hablar.” Y de nuevo exclamó, “Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios exhortase por medio de nosotros la palabra de reconciliación.” Esto lo afirmó Pablo porque sabía que el mensaje proclamado, los hechos y las promesas del evangelio, y el poder redentor de la muerte de Jesús en el Calvario, era el mensaje de Cristo. La imagen del embajador hace resplandecer la autoridad que tenía Pablo para representar al Señor Cristo Jesús.

En su obra evangelística, Pablo actuó como esclavo y mayordomo, como divulgador y pregonero, como representante y embajador del Señor Jesús. Así que fue valiente, autoritario y firme, frente a la burla y la indiferencia, y rehusó las posibilidades de modificar o alterar el evangelio frente a las demandas circunstanciales. Estas dos actitudes gozaban de una liga íntima, pues Pablo se consideró representante fiel de Cristo sólo cuando proclamaba el mensaje puro e inalterado de Dios. Pablo fue encomendado por Cristo a declarar su mensaje, y por lo tanto, habló con autoridad y con el derecho de que la gente le oyera.

Pero la comisión de proclamar el evangelio y hacer discípulos no fue sólo para los Apóstoles de ayer ni es sólo para los predicadores de hoy, sino que fue y es para toda la Iglesia: todo el cuerpo glorioso de nuestro Señor y Salvador Cristo Jesús. Como la comisión se extiende a toda la comunión de los santos, es decir, a toda la Iglesia, se extiende también a cada individuo que se considera parte de dicha comunión. Todos los cristianos deben hacer como hicieron los filipenses. “…seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación tortuosa y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo; manteniendo en alto la palabra de vida…” Todo cristiano está comisionado por Dios para proclamar el evangelio. Y cualquier cristiano que lo proclame, debe hacerlo como embajador y representante de Cristo, observando el mandato de proclamar un evangelio puro y exacto. Tal es, entonces, la autoridad y la responsabilidad de la Iglesia en cuanto al evangelismo.

2. El segundo punto de la manera en que Pablo entendía su propio ministerio está ligado al primero. Su tarea principal era enseñar la verdad del Señor Cristo Jesús

Como embajador, pues, tenía que presentar el evangelio. Él dijo, “Cristo me mandó” —¿para qué?— “para predicar el evangelio.” La palabra griega que usa aquí es evangelizomai que quiere decir publicar el evangelion, o sea “las Buenas Nuevas.” De eso consistía el evangelio que predicaba Pablo. Buenas nuevas habían llegado al mundo; buenas nuevas de Dios. Fue algo que nadie esperaba pero que todos necesitaban (y todavía necesitan). ¿Qué son las buenas nuevas? ¿Qué quiere decir “la palabra de Dios” en el Nuevo Testamento? ¿Cuál es la “verdad” de la que nos habla Pablo? Es la revelación final de lo que ha hecho el Creador para salvar a los pecadores. Es el desarrollo completo de los acontecimientos espirituales en el mundo apóstata de Dios.

Y ¿qué eran estas buenas nuevas que predicaba Pablo? Eran las noticias acerca de Jesús de Nazaret. Era el acontecimiento de la encarnación, la expiación y el reino —la cuna, la cruz y la corona— del Hijo de Dios. Era la historia de cómo Dios “glorificó a Su siervo Jesús” haciéndolo el Cristo, el “Príncipe… y Salvador”42 que por tanto tiempo el mundo había esperado. Era el relato de cómo Dios había encarnado a Su Hijo y de cómo lo había hecho Rey, Profeta y Sacerdote. El relato de cómo en Su oficio de sacerdote se sacrificó por los pecados del hombre; en Su oficio de profeta dio la Ley a Su pueblo; y en Su oficio de rey tomó la posición de juez que en el Antiguo Testamento pertenecía exclusivamente a Jehová. En breve, las buenas nuevas fueron estas: que Dios llevó a cabo Su plan eterno de glorificar a su Hijo exaltándolo como el gran Salvador de los pecadores.

Estas son las buenas nuevas que fueron encomendadas a Pablo para que las predicara. Era un mensaje que exigía la enseñanza; pues antes de vivirlo hay que aprenderlo y antes de aprenderlo hay que entenderlo. Así que Pablo el predicador era también Pablo el maestro. Él mismo admite esto cuando dice: “…ahora ha sido manifestada mediante la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual abolió la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio, para el cual yo fui puesto como predicador, apóstol y maestro de los gentiles.”

Nos dice que el fundamento de la predicación evangelística es la enseñanza; habla de “Cristo… a quien predicamos… enseñando a todo hombre en sabiduría.” En ambos textos, Pablo explica lo que quiere decir con la palabra “predicar” señalando su sinónimo “enseñar.” Es decir, el predicador cumple con su ministerio enseñando el evangelio. Enseñar el evangelio es su primera responsabilidad; debe reducirlo a sus unidades más esenciales, analizando cada punto con cuidado, definiéndolo en términos sucintos, contrastando sus interpretaciones positivas y negativas, perfilando todo el mensaje de una manera nítida, y asegurándose que todos sus oyentes le comprenden.

Cuando Pablo predicaba —ya sea en la calle o en la sinagoga, a judíos o a gentiles, a un sólo hombre o a una multitud— lo que hacía fue enseñar. Lucas describe la enseñanza de Pablo como “disputó” o “razonó,” “enseñó” o “persuadió.” Pablo dice que su ministerio a los gentiles es dar una serie de instrucciones: “A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la administración del misterio escondido desde los siglos en Dios…” Sin duda, entonces, el deber principal de Pablo fue comunicar sus conocimientos, es decir, trasplantar la verdad del evangelio de su mismo raciocinio a los raciocinios de los demás. La enseñanza para él fue el ingrediente básico del ministerio evangelístico, por lo tanto, la única manera de evangelizar es enseñar.

3. La meta de Pablo era convertir a sus oyentes en seguidores de Cristo

La palabra “convertir” es una traducción de la palabra griega epistrepho, que significa “volver.” Nosotros pensamos que la conversión es obra de Dios y en cierto sentido lo es, pero la palabra epistrepho ocurre tres veces en el Nuevo Testamento en forma de verbo transitivo donde el sujeto no es Dios sino un predicador. El ángel dijo de Juan el Bautista: “y a muchos de los hijos de Israel les hará volver al Señor su Dios.” Santiago dice: “Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguien le hace volver, sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá una multitud de pecados.” Y Pablo le relata a Agripa cómo lo mandó Cristo: “librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío, para que abras sus ojos a fin de que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios…” Estos pasajes dan a entender que la obra de convertir a otros la efectúa el Pueblo de Dios por medio de un llamamiento al arrepentimiento y a la fe.

Cuando las Escrituras indican esto, no están negando el hecho de que Dios, efectivamente, convierte y salva a sus escogidos. Lo que sí dicen estos pasajes es que la meta de un cristiano debe ser el de ganar almas para Cristo. El predicador debe obrar para convertir a sus oyentes, asimismo, la esposa debe obrar para convertir a su esposo incrédulo. Los cristianos son enviados al mundo para convertir y, como representantes de Cristo, no se deben satisfacer haciendo menos. El evangelismo, pues, es más que enseñar y dar información a la mente. Es mucho más. Evangelizar es buscar la reacción a las verdades enseñadas; evangelizar es comunicar a fin de convertir, es invitar a la vida eterna, es ganar a nuestro compañero. Nuestro Señor lo compara con la obra de un pescador.

Usemos de nuevo a Pablo como el modelo. Él no sólo fue encomendado para enseñar las verdades del evangelio, sino también para hacer a sus oyentes voltear sus rostros a Cristo exhortándolos y aplicando esas verdades a sus vidas cotidianas. Su meta, entonces, no fue sólo el de proclamar el evangelio, sino también fue de convertir a los pecadores: “para que yo pueda salvar algunos.” Así que su predicación abarcaba no sólo la enseñanza, sino que también involucraba la súplica. Su responsabilidad no era sólo hacia al evangelio que predicaba y preservaba, sino que era también una responsabilidad hacia todos los necesitados que le escuchaban y que, en ausencia de ese mensaje, ciertamente perecerían.55 Como apóstol de Cristo, Pablo fue mucho más que maestro de la verdad, fue un Pastor de almas enviado al mundo para amar a los pecadores, no para condenarlos. Primero era un cristiano y luego era un apóstol, y como cristiano tenía que amar a su prójimo. Esto significa que en cada situación buscaba primero el bien de los otros y luego su propio bien. Su orden de convertir a gentiles y fundar iglesias era sólo la forma que Cristo había determinado para que amara a su prójimo. Así que su predicación nunca podía ser presumida, arrogante o mal dada, y nunca podía justificar sus injurias contra su prójimo con su lealtad a la verdad. Si se hubiera conducido de tal manera, no hubiera sido buen cristiano y mucho menos buen predicador. Pablo tenía que presentar la verdad en el espíritu de amor; la tenía que presentar como una expresión y un cumplimiento de su deseo de salvar a sus oyentes. Su actitud fue simplemente ésta: “…porque no busco lo vuestro, sino a vosotros, pues no están obligados los hijos a atesorar para los padres, sino los padres para los hijos. Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me desgastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos.”

Todo nuestro evangelismo debe ser realizado en este mismo espíritu. Amando a nuestro prójimo implica y demanda que evangelicemos. Y el mandamiento que nos obliga a evangelizar es sólo una consecuencia lógica y práctica del segundo de los grandes mandamientos: que amemos a nuestro prójimo.

El amor hizo que Pablo evangelizara con cariño, ternura y afecto. “Sino que fuimos amables entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos. Tan grande es vuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos.” Así también el amor le hizo comprensible y abierto a las circunstancias y situaciones de sus oyentes, aunque, claro está, repetidamente se negó a cambiar el evangelio para agradar al hombre.58 Sin embargo, Pablo tomaba mucho cuidado en no ofender a sus oyentes y en no crear barreras insignificantes entre ellos y el evangelio. “Por lo cual, siendo libres de todos, me he hecho siervo de todos para ganar al mayor número. Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están bajo la ley (aunque yo no esté bajo la ley), como si estuviese bajo la ley, para ganar a los que están bajo la ley; a los que están sin ley, como yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino dentro de la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley. Me he hecho como débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho todo, para que de todos modos salve a algunos.” Pablo quiso salvar a los hombres; y como los quiso salvar, no estaba satisfecho en simplemente darles la verdad, sino que siempre trató de buscarlos en el lugar donde estaban, desviándose de su propio camino para atravesar otro sendero con ellos, para pensar como ellos pensaban, y para hablares en términos que ellos pudieran entender. Pero el evangelismo paulino se caracteriza más bien por lo que no hizo que por lo que hizo, es decir, Pablo siempre evitó presentar las cosas que podían provocar recelo contra el evangelio y aún más, supo relacionarse con la gente porque nunca perdió contacto con el hombre ordinario que él antes fue. Su meta siempre fue de ganar almas convirtiendo a su prójimo a la fe en Cristo.

Así es el evangelismo según Pablo: salir al mundo en amor como representante de Cristo para enseñar la verdad del evangelio a los pecadores con el deseo de convertirlos. El evangelismo, pues, sólo ocurre en este espíritu, con esta meta y con este mensaje. La manera en que evangelizamos no importa, si lo hacemos según el recién mencionado criterio.

Vimos anteriormente que una definición muy amplia del evangelismo conduce al error; específicamente, refutamos la idea de que la responsabilidad de producir creyentes corresponde a nosotros. Ahora debemos señalar que una definición demasiada estrecha del evangelismo también conduce al error. Por ejemplo, podemos definir el evangelismo en términos institucionales. El evangelismo se realiza en una reunión informal. En esta reunión se presentan testimonios, se cantan coritos y se espera una muestra visible de la conversión de las personas, ya sea levantando la mano, poniéndose de pie, pasando al frente, etc. Las siguientes objeciones rechazan esta noción.

1. En primer lugar, hay muchas formas de presentar el evangelio a los inconversos y el método de reuniones evangelísticas es sólo una de ellas. Otra forma sería el evangelismo personal por la cual Andrés ganó a Pedro, Felipe a Natanael, y Pablo a Onésimo. También hay reuniones pequeñas en los hogares y grupos de estudio bíblico. Pero la forma más importante del evangelismo es el culto que se lleva a cabo domingo tras domingo en cantidades de iglesias locales. Y si la predicación en esas iglesias es bíblica, entonces, allí hay evangelismo genuino. Es un error pensar que sermones evangelísticos son distintos a otros sermones, pues no tienen nada especial; sermones evangelísticos son nada menos que sermones bíblicos. Si alguno predica la Palabra de Dios, no puede evitar que la predicación sea evangelística. Los buenos sermones sirven para exponer lo que dice la Biblia, pero lo que dice la Biblia es el consejo de Dios acerca de la salvación del hombre; cada palabra y cada tema en la Biblia se refieren de una manera u otra a Cristo. Pero no se puede presentar a Cristo como lo hace la Biblia, como la única respuesta que da Dios en cuanto a la relación de los pecadores con Él, sin evangelizar. Roberto Bolton dice: “El Señor Jesucristo es presentado gratuitamente y sin excepción alguna cada Sabath (domingo) y en cada sermón, ya sea directamente en términos claros o por lo menos indirectamente en términos implícitos.” Así que donde hay la predicación de la Biblia, inevitablemente hay evangelismo. Es más, la iglesia o el ministerio que no se caracteriza con la generalización de Bolton tiene problemas muy graves. Si las “reuniones” y los “sermones evangelísticos” en nuestras iglesias son algo fuera de lo común, si el evangelismo no se ve todos los domingos en cada sermón predicado y en cada himno cantado, si todo esto no sucede, nuestros cultos de adoración no son dignos de tal nombre. Entonces, si creemos que el evangelismo abarca sólo aquellas horas en que hacemos reuniones (o como se llaman popularmente hoy en día “avivamientos” o “unciones”), no hemos entendido el propósito de nuestros cultos semanales.

2. Imagínese una iglesia local o una comunidad de cristianos quienes se dedican enteramente a los otros métodos de evangelismo, es decir, evangelismo personal, reuniones en hogares y la predicación del evangelio cada domingo, pero nunca se les ha ocurrido tener o unirse a una reunión evangelística como la que estamos examinando. Si definiéramos el evangelismo en base a tales reuniones, tendríamos que concluir que nuestra iglesia o comunidad de fe no está evangelizando, porque las rechazó. Pero eso sería como si dijera que uno no puede considerarse inglés si no vive en Frinton-on-Sea. ¿Cómo se puede condenar a alguien por no hacer algo que no se indica en la Biblia? Y como esto no se indica en el Nuevo Testamento, ¿podemos concluir que en el Nuevo Testamento tampoco había evangelismo?

3. Una reunión o un culto no es evangelístico sólo por el hecho de que haya testimonios, coritos y una invitación abierta y visible que exige una respuesta pública. Para saber si una reunión es evangelística no debemos averiguar si hay una invitación que exige respuesta, sino debemos asegurarnos de que se esté enseñando la verdad. Si el evangelio no se enseña, las respuestas exigidas valen poco, pues al oír el evangelio puro y completo, el dar una respuesta sincera es menester.

Estos detalles no los afirmamos para afilar nuestra hacha polémica, sino que lo hacemos para abrir la puerta al pensamiento claro y conciso sobre estos asuntos. No nos estamos burlando ni juzgando por inútil a las reuniones evangelísticas y las campañas de avivamiento. No estamos insinuando que estas campañas no abren los ojos de miles de personas rodeadas por el paganismo. Pero lo que sí estamos diciendo es que hay otros métodos eficaces del evangelismo. El hecho de que Dios haya usado estas reuniones en el pasado, hace que éstas se perciban como el método normal, necesario y único para el evangelismo en el presente y en el porvenir. Éste no es el caso. Efectivamente, hay evangelismo donde no hay reuniones y campañas. Estas no son esenciales a la práctica del evangelismo. Dónde y cómo no importa; cuando se comunica el evangelio con el deseo de una conversión, hay evangelismo. El evangelismo no se debe definir en términos institucionales —es decir, el dónde y el cómo— sino en términos teológicos —en lo que se enseña y para qué.

¿Cuál es el criterio para evaluar métodos de evangelismo? ¿Cuál es, exactamente, la responsabilidad del cristiano en cuanto al evangelismo? Estas preguntas las contestaremos más adelante.

II. ¿Qué Es El Mensaje Evangelístico?

En breve, el mensaje evangelístico es el evangelio de Cristo y su crucifixión; el mensaje del pecado del hombre y de la gracia de Dios, de la culpabilidad humana y del perdón divino, del nuevo nacimiento y de la vida nueva por medio del regalo del Espíritu Santo. Es un mensaje compuesto de cuatro ingredientes básicos.

1. El evangelio es un mensaje acerca de Dios. Nos dice quien es, Su carácter, Su Ley, Sus mandatos para con nosotros, Sus criaturas. Nos revela que le debemos aún nuestra propia existencia; que por bien o por mal siempre estamos en Sus manos y al alcance de Sus ojos; que nos hizo para que le glorificáramos y para que le sirviéramos, para que hiciéramos resplandecer Su alabanza y para que viviéramos por Su gloria. Estas verdades son la base de la religión teísta, y si no se entienden desde un principio, el evangelio es insignificante e incomprensible. El drama cristiano empieza aquí; empieza cuando uno reconoce su dependencia total, completa y perpetua en su Creador.

En este punto también podemos aprender de Pablo. Cuando él predicaba a los judíos en Antioquía de Pisidia no mencionó el hecho de que el hombre es criatura de Dios; esto ya lo sabían, pues estaba predicando a una audiencia de creyentes en el Antiguo Testamento. De entrada comenzó hablándoles de Cristo y les mostró cómo Jesús cumplió las profecías del Antiguo Testamento. Pero cuando predicaba a los gentiles, los cuales no sabían nada del Antiguo Testamento, Pablo comenzaba en el principio. Este principio para él fue establecer la doctrina que Dios es el Creador de los cielos y de la tierra, y el hombre es hechura suya. Así que cuando los atenienses le pidieron que explicara lo que significaba el mensaje de Cristo y de la resurrección, él comenzó hablándoles de Dios el Creador y del propósito de Su creación. “El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es servido por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. Y de una misma sangre ha hecho toda nación de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de las estaciones, y las fronteras de sus lugares de residencia; para que busquen a Dios…” Esto no fue, como algunas han dicho, una apologética filosófica, lo cual denunció después, sino que fue la primera lección de la fe teísta. El evangelio comienza con el principio axiomático de que nosotros, como criaturas, dependemos absolutamente de Dios, y que Él, como Creador, puede hacer con nosotros lo que a Él le agrada. Si no entendemos esto, no podemos entender lo que es el pecado, y si no entendemos lo que es el pecado no podemos entender por qué necesitamos la salvación. Debemos pensar en Dios como creador antes de que podamos pensar en Él como Redentor. No se gana nada hablando del pecado y de la salvación, si primero no se asimila esta verdad fundamental.

2. El evangelio es un mensaje acerca del pecado. Nos dice cómo hemos fracasado ante la Ley de Dios, cómo somos culpables, sucios, depravados y desvalidos en el pecado, y cómo ahora estamos bajo la ira de Dios. Nos dice porqué somos pecadores por nuestra propia naturaleza y que somos incapaces de reconciliarnos con Dios. Nos muestra nuestro reflejo en los ojos de Dios. Nos lleva a la auto-desesperación. Éste es un paso necesario, pues hasta que deseemos reconciliarnos con Dios y nos demos cuenta de que por nuestras propias fuerzas es imposible, no necesitamos a Cristo. Tenemos que tomar una precaución aquí. En las vidas de todos hay cosas que causan pena, insatisfacción y dolor. Todos tenemos una mala conciencia por algún acontecimiento de antaño; tenemos, quizá, una meta que nunca alcanzamos o hemos desilusionado a otros por no cumplir con sus deseos. El peligro es que en nuestro evangelismo a veces estamos satisfechos en evocar estos sentimientos y hacer que la gente se sienta incómoda con ellos. Entonces les convencemos que es Cristo quien nos salva de nosotros mismos, pero nunca mencionamos el asunto de nuestra relación con Dios. No podemos olvidar esto: es el eje central de nuestro discurso sobre el pecado. En la Biblia, aun la idea del pecado es ofensiva contra Dios, y crea una ruptura en la relación del hombre con Él. Si no miramos nuestra desdicha a luz de la Ley y la santidad de Dios, no podemos saber lo que es el pecado. El pecado no es un concepto social, es un concepto teológico. Aunque el hombre peca, y muchos de sus pecados son en contra de la sociedad, no se puede definir el pecado en términos del hombre ni de la sociedad. Para saber lo que realmente es el pecado, hay que mirarlo como lo mira Dios, y hay que medirlo, no por la medida humana sino por la regla de la Ley y la santidad de Dios.

Lo que tenemos que entender es que la mala conciencia del hombre no es lo mismo que el reconocimiento del pecado. Entonces, no podemos decir que uno reconoce sus pecados cuando siente la angustia de su propia debilidad y desdicha. Sentirse desesperado consigo mismo no es lo mismo que reconocer sus pecados. Tampoco es redención cuando acudimos al Señor Jesucristo sólo para consolarnos a nosotros mismos en Él o para redescubrir el gozo y la autoestima. No estamos predicando el evangelio si presentamos a Cristo exclusivamente en términos de los deseos del hombre. (¿Está usted feliz? ¿Está usted satisfecho? ¿Le gustaría tener paz y quietud en su vida? ¿Ha fracasado usted? ¿Está fastidiado consigo mismo? ¿Desea usted un amigo?) Este método de evangelismo implica que Cristo es una hada madrina o un súper-psiquiatra. No, nuestro mensaje es mucho más profundo que eso. Predicar sobre los pecados no es usar la desdicha de otros a nuestro favor (como lo hacen los lava-cerebros), sino es medir la conducta de acuerdo a Ley de Dios. Reconocer que somos pecadores no quiere decir que uno se sienta mal, sino que uno se dé cuenta de que ha ofendido a Dios, que se ha burlado de Él, que se ha ido en contra de Él y que ahora necesita reconciliarse. Predicar el evangelio es presentar a Cristo como la única manera en que uno puede llegar a Dios. La fe en Cristo es depender totalmente de Él para que nos reconcilie y nos lleve nuevamente a la comunión con Dios.

Claro está, no negamos que el Cristo verdadero y bíblico, el que nos ofrece reconciliación con Dios, da gozo, paz, fuerza moral y el privilegio de Su amistad a aquellos que creen en Él. Pero el Cristo que se ofrece sólo para elevar la autoestima y para ayudar a reconciliarnos con nosotros mismos es un Cristo mal representado, mal concebido e imaginario. Si nosotros hemos de presentar a un Cristo imaginario, no podemos esperar que la gente sea salva. Debemos, por lo tanto, tener mucho cuidado en no confundir la mala conciencia natural con el reconocimiento auténtico del pecado. Si no le decimos al hombre la condición en que está, es decir, aislado de Dios y condenado por Él, nunca podremos hacerles reconocer que su necesidad más básica es restaurar su relación con su Creador y su Dios.

¿Cómo podemos distinguir entre el reconocimiento auténtico del pecado y la mala conciencia natural? Hay tres señales que indican la diferencia.

(a) Reconocimiento del pecado es saber que uno está mal con Dios; no sólo consigo mismo o con su conciencia pero con su Creador y con Su mismo sostén. El reconocimiento no es simplemente un sentimiento general de carencia, sino es una necesidad en particular, es decir, la restauración y reconciliación para con Dios. Es saber que el hombre está en una condición horrible que sólo produce el rechazo, la retribución, la ira, el dolor y la angustia en el presente y en el porvenir. Es también el querer con todas las fuerzas salir de esa condición. El reconocimiento del pecado puede enfocarse en la culpabilidad delante de Dios, la suciedad y el aislamiento ante Él, pero siempre es la necesidad de reconciliarse, no con uno mismo, sino con Dios.

(b) Reconocimiento del pecado siempre incluye un reconocimiento de pecados; un sentimiento de culpabilidad por pecados específicos que hemos cometido de los cuales uno tiene que arrepentirse si quiere estar bien con Dios. Así fue que Isaías reconoció el pecado de la lengua y Zaqueo sus pecados de extorsión.65

(c) Reconocimiento del pecado siempre incluye un reconocimiento de la pecaminosidad, un reconocimiento de la naturaleza corrupta, perversa y depravada del hombre y, consecuentemente, de su necesidad, o sea, de lo que Ezequiel llamó “un corazón nuevo,” y lo que nuestro Señor llamó “un nacer de nuevo”,67 una reforma moral. El autor del Salmo 51 —acerca de David y su pecado con Betsabé— confiesa no sólo su pecado en particular, v. 1–4, sino también su naturaleza pecaminosa, v. 5–6, y luego pide perdón y restauración de la culpabilidad y contaminación de ambas transgresiones, v. 7–10. La manera más segura de saber si uno en realidad reconoce sus pecados es de leerle el Salmo 51 y ver si su corazón responde de la misma manera que el del salmista.

3. El mensaje del evangelio se trata de Cristo, del Hijo unigénito de Dios, del Dios Encarnado; de Cristo la oveja de Dios, quien murió por los pecados del hombre; de Cristo el Señor resucitado, de Cristo el Salvador perfecto. Pero señalamos dos puntos acerca de este eje central del mensaje evangelístico.

(a) Debemos presentar a la persona de Cristo junto con Su obra

A menudo se dice que presentando a la persona de Cristo y no sus doctrinas es más eficaz para llevar pecadores a sus pies. Claro está, ninguna teoría de la expiación puede reemplazar la obra redentora del Cristo viviente. Sin embargo, cuando esto se afirma, por lo regular se piensa que la instrucción doctrinal es dispensable y que el evangelista sólo tiene que pintar un cuadro bonito de Cristo para ganar almas, es decir, relatar la historia del Hombre de Galilea quien hizo todo bueno. No podemos decir que tal mensaje es el evangelio. Mejor llamaríamos a este mensaje un acertijo que sirve únicamente para mistificar a sus oyentes. ¿Quién fue Jesús? y ¿cuál es su posición ahora? Éstas son las preguntas que debemos avanzar. Un mensaje que se limita al relato de Cristo al hombre no propone estas preguntas, sino más bien las oculta y así deja al oyente pensante totalmente confundido.

En realidad no hay explicación del hombre Jesús aparte de la encarnación, es decir, Jesús es el Hijo de Dios y vino al mundo a morir por pecadores de acuerdo al propósito eterno de Dios. No tiene sentido la vida de Jesús divorciada de la expiación. El vivió como hombre para morir como hombre para los hombres y Su pasión y Su asesinato fueron su manera de liberar al pueblo de Dios del pecado. Tampoco tiene sentido la vida cristiana hasta que se haya explicado Su resurrección, Su ascensión y Su sesión celestial. Jesús regresó de la muerte y fue hecho Rey para dar vida a todos aquellos que creen en Él. Estas doctrinas son de importancia fundamental para el evangelio. Sin ellas no hay evangelio. Separar las doctrinas de Cristo y de Su vida es un error fatal, pues las doctrinas sirven para aclarar el significado de la vida de Jesús. En la vida diaria, cuando queremos presentar una persona a otra, comenzamos diciéndole algo acerca de la otra persona. Lo mismo pasa cuando presentamos a Jesús. El Nuevo Testamento muestra que los apóstoles predicaban estas doctrinas para poder predicar a Cristo. ¡Sin estas doctrinas no hay evangelio!

(b) Debemos presentar la obra de Cristo junto con Su persona

Los predicadores evangelísticos y los evangelistas personales frecuentemente cometen este error. Al querer aclarar que sólo la muerte expiatoria de Cristo puede salvar al hombre, han reducido el evangelio a las siguientes palabras: “Crean que Cristo murió por sus pecados.” Esto produce la noción de la obra redentora de Cristo en el pasado y su persona en el presente, distanciando así la una de la otra. Este tipo de llamamiento a la fe no se encuentra en el Nuevo Testamento. El llamamiento del Nuevo Testamento es tener fe en (en o eis) o hacia (epi) Cristo Jesús, es decir, debemos confiar en el Salvador viviente ahora. El objeto de la fe, por lo tanto, no es necesariamente la expiación, sino que es Cristo Jesús quien lo realizó. Nunca debemos separar la cruz de aquel quien se sacrificó en ella. Pues para recibir los beneficios de la cruz hay que creer, no sólo en la muerte redentora, sino también en Él, en la persona del Cristo viviente. Pablo destaca, “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.” Y Jesucristo mismo convoca, “Venid a todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.”

Debemos aclarar de una vez que la cuestión de expiación limitada no es esencial al contenido del mensaje evangelístico hasta ahora. No pretendo discutir este asunto aquí, pues lo he hecho anteriormente. No estoy diciendo que Cristo murió por todo el mundo, pero tampoco afirmo que murió sólo por unos pocos. Lo que sí sugiero es que independientemente de que si usted se inclina más bien hacia a la primera o hacia a la última, su presentación de Cristo debe ser igual.

Es obvio que si un predicador cree que la proposición “Cristo murió para todo el mundo” no es verificable y, a lo mejor, que es falso, no lo diría desde el púlpito. Pues esta proposición no se encuentra en los sermones de tales predicadores como George Whitefield y Charles Spurgeon. Lo que quiero decir es que si algún predicador cree que la proposición es verdad, no hay necesidad de declararlo cuando está predicando el evangelio. Predicar el evangelio es invitar a los pecadores que vengan a Cristo, que vengan al único que los puede salvar y reconciliar con Dios. En la predicación de la cruz sólo hay que decir que el perdón se recibe por la muerte de Cristo. Esto es todo lo que hay que decir. La mención del alcance de la expiación no tiene lugar en nuestra predicación del evangelio.

En el Nuevo Testamento nunca se llamó un hombre al arrepentimiento a base de que Cristo murió sólo y específicamente por él. Jesús y los apóstoles llamaron a los hombres al arrepentimiento a base de que lo necesitaban: necesitaban a Cristo y Cristo se ofreció a ellos, Él les aseguró que todos los que creyeran en Él tendrían vida eterna. La invitación a la fe y la promesa de la salvación a todos los que creen es la materia prima del mensaje del Nuevo Testamento.

Nuestro afán como evangelistas es hacer una reproducción fidedigna del énfasis del Nuevo Testamento. Añadir, quitar o alterar el mensaje del Nuevo Testamento es un error fatal. Por lo tanto, como ha dicho James Denney: “No separaríamos la obra (de Cristo) de aquel que la cumplió. El Nuevo Testamento conoce sólo al Cristo viviente, y toda la predicación apostólica proclama este Cristo al hombre. Pero el Cristo viviente es el Cristo que murió y siempre se predica junto con ello y con Su poder reconciliador. El Cristo viviente junto con Su muerte redentora definía el mensaje apostólico… el afán del evangelista es predicar a Cristotanto en Su persona como en Su obra.” El evangelio no es “creer que Cristo murió para todo el mundo y, consecuentemente, para usted,” pero tampoco es “creer que Cristo murió para unos pocos y quizá para usted.” El evangelio es “creer en el Señor Jesucristo quien murió por los pecados del hombre y que ahora se le ofrece gratuitamente como su Salvador.” Éste es el mensaje que tenemos que llevar a todo el mundo. No es nuestra responsabilidad ni nuestro empeño pedirles a nuestros oyentes que crean en alguna doctrina del alcance de la expiación; sólo debemos predicar a Cristo, al Cristo viviente quien prometió la salvación a todos los que creen en Él.

Fue por el reconocimiento de esto que John Wesley y George Whitefield se consideraban hermanos en el evangelismo, aunque tenían ideas opuestas en cuanto a la expiación. Sus conjeturas no interfirieron con sus predicaciones del evangelio. Ambos estaban satisfechos en predicar el evangelio tal como aparece en la Biblia, es decir, en proclamar al Cristo viviente en conexión con Su obra redentora, en ofrecerles a los pecadores para que ellos pudieran ser salvos y así encontrar vida.

4. Esto nos lleva al ingrediente final del mensaje evangelístico. El evangelio es una convocación a la fe y al arrepentimiento

Todos los que escuchan el evangelio son convocados por Dios a creer y a arrepentirse. Pablo declaró a los atenienses, “Por tanto, Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan;” Y cuando le preguntaron a Jesús “¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios?,” Él les respondió, “Ésta es la obra de Dios, que creáis en el que Él ha enviado.” La Biblia también declara, “Y éste es Su mandamiento: Que creamos en el nombre de Su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado.” Arrepentimiento y fe son deberes del hombre de acuerdo al mandato de Dios, y por lo tanto, impenitencia e incredulidad son pecados de los más atroces. Junto con estos mandamientos universales van promesas universales a los que obedecen. “De éste dan testimonio todos los profetas, que todo el que crea en Él, recibirá perdón de pecados por Su nombre.” “Y el Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.” “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no perezca, sino que tenga vida eterna.” Estas palabras son las promesas de Dios que durarán para siempre.

La fe no es sólo un sentimiento optimista y el arrepentimiento no es simplemente un sentimiento de contrición y remordimiento. La fe y el arrepentimiento son hechos, no de una parte o de un aspecto del hombre, sino del hombre total. La fe es mucho más que creencia. La fe es reposar y depender totalmente de la confianza en las promesas misericordiosas que Jesucristo ha dado a los pecadores. Igualmente, el arrepentimiento es mucho más que pena y tristeza por lo pasado. El arrepentimiento es un cambio drástico de la mente y del corazón, es una nueva vida de auto-negación y servicio al Rey y Salvador Jesús. Creencia sin confianza y remordimiento sin cambio no salvan. “Tú crees que Dios es uno; haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan.” “Porque la tristeza que es según Dios produce un arrepentimiento para salvación, del que no hay que tener pesar; pero la tristeza del mundo produce muerte.”

Debemos señalar dos puntos adicionales.

(a) El mandato es de fe y arrepentimiento. No basta huir del pecado, dejar los vicios malos, tratar de poner en práctica las enseñanzas de Cristo y ser un “Don Perfecto.” Aspiración, resolución, moralidad y religiosidad no sustituyen a la fe. Martín Lutero y John Wesley tuvieron todas estas cualidades mucho antes de que tuvieran fe. La fe requiere una fundación de conocimiento: un hombre tiene que conocer a Cristo, la cruz y las promesas antes de poder recibir la fe salvadora. En nuestro evangelismo necesitamos aclarar todo esto para que los pecadores puedan abandonar toda su confianza en sí mismos y confiar totalmente en Jesús y en el poder de Su sangre redentora para reconciliarlos con Dios. Para eso sirve la fe.

(b) El mandato es arrepentimiento y fe. No basta creer que sólo por medio de Cristo y Su muerte pueden los pecadores ser justificados y aceptados delante de Dios, que uno por su propio mérito está condenado a la muerte, y que la salvación es posible sólo por medio de la obra redentora de Cristo Jesús. Conocimiento y creencia ortodoxa del evangelio no sustituyen el arrepentimiento. El arrepentimiento también requiere una fundación de conocimiento. Uno debe saber que, en las palabras de la primera de Las Noventa y Cinco Tesis de Martín Lutero, “nuestro Señor y Maestro Jesucristo dijo ‘poenitentiam agite’ quiso que toda la vida de los creyentes fuera arrepentimiento,” y también deben saber lo que significa arrepentirse. Cristo declaró en más de una ocasión lo que significa el arrepentimiento en su nueva definición. “Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará.” “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo.” “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.” El discípulo de Cristo no pone límite alguno en lo que Él le pide. Nuestro Señor supo qué tan difícil es rehusar nuestros propios deseos y entregar la vida y la voluntad a otro. Por eso, Cristo siempre les dio la oportunidad a Sus discípulos de pensar y meditar sobre su compromiso con Él. Él nunca quiso hacer discípulos sólo por hacer discípulos, sino que les advirtió todo lo que abarcaba el discipulado de antemano. No se interesaba en reunir miles de personas que no estaban dispuestas a entregarle la vida completamente. Así también, en nuestro evangelismo debemos presentar este aspecto del discipulado con veracidad. Debemos asegurarnos de que los pecadores se enfrentan al arrepentimiento con sobriedad antes de presentarles el perdón gratuito. No debemos ocultar que el perdón gratuito, en cierto sentido, cuesta todo; si lo ocultamos, nuestro evangelismo es sólo una trampa, y aún más: es una mentira. Pues donde no hay conocimiento, no hay arrepentimiento y donde no hay arrepentimiento no puede haber salvación.

Éste es el mensaje evangelístico que se nos ha encomendado para proclamar por toda la tierra.

III. ¿Cuál Es El Motivo Del Evangelismo?

Hay dos motivos que nos deben de impulsar hacia a un evangelismo constante. El primero es el amor a Dios y la preocupación por Su gloria; el segundo es el amor al hombre y la preocupación por su bienestar.

1. El primer motivo es lo principal y lo fundamental. El fin principal del hombre es glorificar a Dios. La regla bíblica para la vida es: “Así pues, ya sea que comáis, que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.” Los hombres glorifican a Dios obedeciendo Su Palabra y cumpliendo con Su voluntad revelada. Igualmente, el mandamiento primero y más grande es: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu alma, y con toda tu mente.”85 Mostramos nuestro amor al Padre y al Hijo guardando Sus mandamientos. “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré, y me manifestaré a él.” Juan escribió, “Pues éste es el amor de Dios, que guardemos Sus mandamientos; y Sus mandamientos no son gravosos.”87 Ahora bien, el evangelismo es uno de los mandamientos de nuestro Señor. “Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.” Antes de Su ascensión, el Señor comisionó a sus discípulos: “Por tanto, id, y haced discípulos en todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todas las cosas que os he mandado; y he aquí que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”89 La promesa que nos hace Jesús por cumplir con Su comisión nos señala qué tan importante es. La frase “hasta el fin del mundo” nos muestra que la comisión no fue dada exclusivamente a los once discípulos: la promesa se extiende a toda la Iglesia Cristiana dentro de la historia. Se extiende a la gran comunidad que fue fundada primero por Cristo y luego por los once discípulos. Por consiguiente, la promesa es tan real para nosotros como lo era para ellos. Es una promesa de gran consuelo para todos los cristianos en todos los siglos. Pero si la promesa es para nosotros, la comisión también es para nosotros. La promesa fue dada para animar a los once frente a la tarea enorme que les fue comisionada. Si es nuestro privilegio tomar de la fuente riquísima que nos provee esta promesa, también es nuestra responsabilidad obrar incesantemente para cumplir con la comisión. El empeño dado a los once discípulos es el empeño de todo el cuerpo glorioso de Cristo, de toda la Iglesia Universal. Y como es el empeño de la Iglesia en general, es el empeño de nosotros en particular. Por lo tanto, si amamos a Dios y nos preocupamos por glorificarle, tenemos que cumplir con Su mandamiento de evangelizar.

Otro hilo de este argumento es que glorificamos a Dios con el evangelismo, no sólo por obediencia sino también porque estamos anunciando al mundo las maravillas que Dios ha hecho para los pecadores. Dios se glorifica cuando se anuncian Sus obras todopoderosas. El salmista nos exhorta: “Cantad a Jehová, bendecid Su nombre; anunciad de día en día Su salvación. Proclamad entre las naciones su gloria, en todos los pueblos Sus maravillas.” Cuando un cristiano habla con otro acerca de las maravillas de Cristo, él está glorificando a Dios.

2. El segundo motivo que nos debe de motivar hacia al evangelismo asiduo es el amor a nuestro prójimo, el deseo que nuestro prójimo sea salvo. La esperanza de ganar a los perdidos para Cristo es una muestra inefable que proviene del corazón de todos los que hayan nacido de nuevo. El Señor Jesucristo reafirma el mandamiento del Antiguo Testamento que dice que debemos amar a nuestros prójimos como nos amamos a nosotros mismos. El apóstol Pablo declara: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos…”92 ¿Qué necesidad más grande puede tener un hombre muerto en sus pecados que conocer a Cristo el Salvador y Redentor? ¿Qué bien podemos hacer más bondadoso que compartir el evangelio del Señor Jesucristo? Si verdaderamente amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, vamos a aprovechar cada oportunidad que tengamos para compartirle las buenas nuevas de la salvación en Cristo Jesús. Esto no debe ser algo que tengamos que pensar y mucho menos alegar. El impulso de evangelizar debe salir de nuestros corazones espontáneamente cuando veamos la necesidad de nuestro prójimo.

Y ¿quién es mi prójimo? Cuando el abogado hizo esta pregunta a nuestro Señor, Él le contestó diciendo la parábola del Buen Samaritano. La parábola enseña que cualquier persona necesitada es su prójimo. Dios lo ha puesto en nuestro camino para que usted lo ayude y es nuestra responsabilidad saciar su necesidad, no importa cual sea. “Ve, y haz tú lo mismo” le dice Jesús al abogado, y dice lo mismo a cada uno de nosotros. El principio abarca todo tipo de necesidad, ya sea física o espiritual. Así que cuando nos encontramos con hombres y mujeres que no conocen a Cristo (y que, por lo tanto, están muertos espiritualmente) es nuestro deber compartir con ellos (nuestros prójimos) cómo Jesús les puede dar vida nueva.

De nuevo afirmo que si nosotros conocemos algo del amor que Cristo tiene por nosotros, y si nuestros corazones sienten la gratitud por la gracia que nos salvó de la muerte y del infierno, entonces esta actitud de compasión y caridad por nuestro prójimo espiritualmente necesitado la debemos sentir automáticamente, espontáneamente, como un sueño en la medianoche. Ligado a esta actitud del evangelismo agresivo, el Apóstol Pablo declara que “Porque el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que si uno murió por todos, luego todos murieron.” Es trágico y abominable cuando los cristianos carecen del deseo de compartir lo que a ellos les fue dado. Fue normal que Andrés, cuando escuchó las noticias del Mesías, haya ido en busca de su hermano Simón, y que Felipe haya buscado frenéticamente a su amigo Natanael para compartirle las buenas nuevas.95 Nadie les dijo que compartieran las noticias con otros; lo hicieron automática y espontáneamente. Lo hicieron de la misma manera que uno comparte noticias importantes con sus familiares y con sus amigos. Si nosotros no sentimos este deseo automáticamente, tenemos problemas muy graves. Evangelizar es un privilegio; es algo maravilloso compartir con otro las buenas nuevas de Cristo sabiendo que son necesitados espiritualmente y que no hay conocimiento en el mundo que les sirva de más bien. Por lo tanto, debemos aprovechar cada oportunidad que tengamos para evangelizar al nivel personal e individual y debemos ser gozosos y ansiosos por hacerlo. Nunca debemos rehusar estas oportunidades y excusarnos por lo mismo. Si evitamos esta responsabilidad nos estamos entregando al pecado y a Satanás. A veces tememos que nos rechazarán en ciertos círculos sociales si hablamos del evangelio y otras veces rehusamos la oportunidad porque nos sentimos ridículos hablando de la religión en ciertas circunstancias. Si éste es el caso debemos arrodillarnos y preguntarle a Dios si estas cosas justifican que no amemos a nuestro prójimo. Y si no es pena, lo que nos impide es orgullo, un orgullo ciego y malvado, y en fin, un odio a nuestro prójimo. Si éste es el caso, debemos hacernos la pregunta ¿qué importa más, la reputación mía o la salvación de ellos? Dios no acepta la pena y el orgullo, la cobardía y la presunción, como excusas para no cumplir sus mandamientos. Tenemos que pedir gracia para que de veras podamos avergonzarnos de nosotros mismos y así inundarnos con el amor de Dios, para poder inundar a nuestro prójimo con el mismo amor. Sólo así podremos compartir el evangelio con espontaneidad, gozo y ansia.

Espero que usted haya entendido cómo debemos enfrentarnos con la responsabilidad de evangelizar. El evangelismo no es el único mandamiento que nos ha dado el Señor y no todos estamos llamados a realizarlo de la misma manera. No todos estamos llamados a ser predicadores; no a todos se les han otorgado dones especiales para poder comunicar efectivamente con los hombres y las mujeres que necesiten a Cristo. Pero todos tenemos alguna responsabilidad de evangelizar si no hemos de fracasar en nuestro amor a Dios y a nuestro prójimo. Para empezar, todos debemos orar por la salvación de los incrédulos; y especialmente debemos orar por aquellos incrédulos que son miembros de nuestra familia, nuestros amigos, y nuestros compañeros de la vida diaria. Luego debemos buscar oportunidades, medios y métodos para evangelizar entre ellos. Si usted ama a alguien, usted siempre está pensando cómo le puede ayudar, agradar y dar placer. Entonces, si amamos a Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo— por todo lo que han hecho por nosotros, debemos enfocar todo nuestro esfuerzo en tratar de hacerlo todo para glorificarles. La manera principal de hacer esto es ir al mundo, evangelizar y hacer discípulos. Igualmente, si amamos a nuestro prójimo, debemos enfocar todo nuestro esfuerzo en hacerle el bien. Y la manera principal de hacer esto es compartirle las buenas nuevas de Cristo Jesús. Si amamos a Dios y a nuestro prójimo evangelizaremos y todo nuestro esfuerzo lo dedicaremos a ese afán. El evangelismo no nos será una pesa grandísima que cargar; aprovecharemos las oportunidades en nuestros medios y lo haremos con gozo, amor, caridad y espontaneidad. No trataremos de satisfacer los requisitos mínimos de este mandamiento, sino oraremos y buscaremos medios para poder proclamar el evangelio entre los hombres. Y cuando se nos han presentado los medios y las posibilidades, nos dedicaremos totalmente a realizar esta obra magnífica.

Sin embargo, debemos señalar otra cosa si lo que hemos dicho no ha de ser mal interpretado y mal aplicado. Nunca debemos olvidar que el empeño que nos encomienda el evangelismo es el empeño del amor; es un empeño que surge de nuestro interés genuino y real por los que hemos de ganar. Debemos preocuparnos por su bienestar y expresar esta preocupación con respeto y amistad. Algunos evangelizan, ya sea del púlpito o personalmente, estando sólo interesados en condenar y juzgar. Esto es ignominioso. Esto nos sorprende, y nos debe sorprender, pues puede hacer un daño irreparable a las almas débiles y sensibles. Es ignominioso porque refleja arrogancia, presunción y el placer en tener poder sobre las vidas de otros, en vez de reflejar amor, caridad y el deseo de ayudar. Pero si el amor mueve y gobierna nuestra obra evangelística, el espíritu en que lleguemos al hombre será totalmente distinto. Si en realidad nos interesa su bienestar y si en nuestros corazones los amamos y tememos a Dios, siempre proclamaremos a Cristo de una manera que honra a Dios y respeta a ellos. No intentaremos violarles sus personalidades, ni explotar sus debilidades, ni ignorar sus sentimientos. Lo que intentaremos hacer es mostrarles la realidad de nuestra amistad e interés compartiéndoles nuestro conocimiento más valioso. Y este espíritu de amistad e interés resplandecerá en todo lo que le comuniquemos, ya sea desde el púlpito o en privado, y no importará qué tan drásticas sean las verdades que les revelemos.

Hay un libro famoso acerca del evangelismo personal titulado Tomándolos Vivos por C. G. Trumbull. En el tercer capítulo de ese libro el autor nos cuenta la regla que su padre, H. C. Trumbull, se hizo en cuanto a este asunto. Decía lo siguiente: “Cuando me justifico en escoger los temas de mis conversaciones con otros, el tema de temas (Cristo) tendrá eminencia, para que pueda analizar su necesidad y si es posible, ayudarle.” La clave aquí es “cuando me justifico en escoger los temas de mis conversaciones con otros.” Esto nos recuerda que el evangelismo, así como toda conversación con otros, debe ser cortés. También nos recuerda que el evangelismo personal tiene como fundamento la amistad. Por lo regular, uno no se justifica en escoger los temas de conversaciones con otros hasta que ha establecido una amistad con ellos. Establecer una amistad quiere decir que los dos se respetan mutuamente, se interesan el uno por el otro y se tratan como seres humanos y no como especies de un estudio psicológico. Con algunas personas este tipo de amistad se puede hacer en cinco minutos, pero con otras puede tomar meses o años. Sea como sea, el principio es igual. El derecho de hablar de Jesucristo de una forma íntima se gana, y se gana convenciendo a su oyente que en realidad usted es su amigo y que usted toma un interés en él. Por lo tanto, la indiscriminada insistencia en hablar, la intervención en lo privado de otro, la predicación forzada a aquellos que quieren huir, son métodos ajenos al evangelismo personal, pues estos métodos son más impersonales que nada. De hecho, este tipo de evangelismo deshonra a Dios, porque crea resentimiento y prejuicios contra Cristo. La verdad es que el evangelismo personal genuino requiere mucho trabajo, pues su fundamento es una verdadera relación personal con otro. Tenemos que entregarnos a una amistad real, si queremos alguna vez estar justificados en hablarles de Cristo y de sus propias necesidades espirituales sin faltarles el respeto. Si usted quiere practicar evangelismo personal —y espero que sí— usted debe orar por el don de amistad. Una amabilidad genuina es la marca básica de uno que está aprendiendo a amar su prójimo como a sí mismo.

IV. ¿Cuáles Son Los Métodos Y Los Medios Del Evangelismo?

Hay una controversia patente en nuestros días acerca de los métodos del evangelismo. Algunos critican y otros defienden los métodos evangelísticos que se han empleado en Inglaterra y en Norteamérica durante los últimos cien años. El método más popular es la reunión evangelística. Las luces brillosas y los cantos y gritos son producidos con el propósito de atraer aquellos que en condiciones ordinarias no se interesarían en el evangelio. Todo está coordinado de antemano para crear un ambiente de ternura, buen humor y felicidad. Se le da un énfasis principal a la realidad de la experiencia cristiana por medio de cantos y testimonios. El clímax de la reunión es la exigencia de una decisión. El desenlace consiste en algunos momentos para consejería y oraciones individuales con los decididos.

Las críticas más fuertes (sin examinar su validez) de tales reuniones son las siguientes: “se dice que la actitud de ingeniosa jovialidad de estas reuniones es irreverente delante de Dios. El enfoque de tales reuniones, se dice, es de añadir un valor de entretenimiento al evangelio de Cristo y haciendo esto tiende a disminuir la majestad de Dios, a rechazar el espíritu de la adoración y a violar la imagen del Todo Santo y Todo Sabio Creador; aun más, es una de las peores maneras de preparar a los recién convertidos para los cultos ordinarios de cada semana. Los testimonios que añaden un elemento fantástico a la experiencia cristiana son pastoralmente irresponsables y dan un sentido falso de romanticismo en lo que es ser cristiano. Esto junto con la decisión obligatoria y el uso de música espiritualista para llamar a las emociones más íntimas produce una conversión falsa que es el producto de trastornos psicológicos, emocionales y sentimentales, en vez de producir una conversión que proviene del arrepentimiento y la renovación espiritual. Como estas reuniones son escasas u ocasionales, las decisiones hechas usualmente son ciegas. Es decir, por lo regular no se le puede indicar al pecador lo que implica una conversión a Cristo en dos o tres horas de excitación y trastorno psicológico. El deseo de justificar las reuniones con los resultados implica que el Pastor o consejero tratará de llamar a los pecadores a una conversión prematura. Después, cuando se intenta enseñarles las verdades y los requisitos de una vida cristiana, los “nuevos creyentes” suelen sentirse amenazados y traicionados. Dicen que este método del evangelismo a la larga hace más daño que bien en el cumplimiento de la Gran Comisión. Los partidarios de este punto de vista sugieren que, si el evangelismo ha de avanzar, hay que restaurar la iglesia local como centro evangelístico y realizar las reuniones evangelísticas todos los domingos; en vez de incorporar varias iglesias y denominaciones y realizar grandes reuniones.”

La respuesta ordinaria es que las críticas mencionadas son válidas pero se pueden evitar en una reunión bien organizada. Tales reuniones se han mostrado útiles en el pasado; la experiencia verifica que Dios todavía las usa y no hay razón suficiente para abandonarlas. Las reuniones se justifican porque debido a la escasez de obras evangelísticas en todas las denominaciones grandes, mucha gente nunca tiene la oportunidad de escuchar el evangelio. La manera de avanzar, por lo tanto, es de reformar estas reuniones y eliminar los abusos que existen en ellas.

El debate continúa. No cabe duda que continuará por mucho tiempo. Yo no me quiero meter en la controversia, sino que me quiero meter detrás de ella. Quiero aislar el principio fundamental que nos guía en escoger este o cualquier método del evangelismo.

¿Cuál es el principio fundamental? Lo siguiente lo hará brillar como la luz del sol al amanecer.

Como ya hemos aclarado, el evangelismo es un acto de comunicación con el fin de convertir. Por lo tanto, en última instancia, hay un sólo medio de evangelismo. Este medio es el evangelio de Cristo Jesús explicado y practicado. La fe y el arrepentimiento ocurren como producto del evangelio. Pues Pablo nos dice: “Luego la fe es por oír; y oír por la palabra de Dios.”

También hay un sólo agente del evangelismo, es decir, el Señor Jesucristo. Es Cristo que por Su Espíritu Santo hace que Sus siervos puedan explicar el evangelio verosímilmente y practicarlo con poder y eficacia. Asimismo, es Cristo Jesús quien abre las mentes y los corazones98 de los hombres para recibir el evangelio y así los redime, los salva y los trae a su lado. Pablo habla del evangelista triunfante diciendo: “Porque no osaría hablar alguna cosa que Cristo no haya hecho por mí para la obediencia de los Gentiles, con la palabra y con las obras, con potencia de milagros y prodigios, en virtud del Espíritu de Dios…” San Agustín señaló que Cristo es el verdadero administrador de los sacramentos del evangelio y que el celebrante humano sólo actúa en lugar de Su mano. Lo mismo es cierto con la Palabra del evangelio, sólo que ahora el ministro o testigo humano actúa en lugar de Su boca.

Otra vez, en el análisis final hay un sólo método del evangelismo, es decir, la explicación eficaz y la práctica fiel del mensaje evangélico. Éste es el principio fundamental que hemos estado buscando. Una consecuencia lógica de este principio es que debemos medir cualquier estrategia, técnica o estilo evangelístico con la regla de la Palabra de Dios. ¿Servirá esta estrategia para avanzar la Palabra de Dios? ¿Será una manera fiel y eficaz de explicar el evangelio en todos sus aspectos? Si la respuesta a estas dos preguntas es sí, el método de evangelismo es bueno y agrada a Dios; pero si la respuesta es no o no tanto como debe, el método es malo y será condenado por Dios.

Esto quiere decir que tenemos que reexaminar todas nuestras prácticas evangelísticas —las misiones, las campañas, los desfiles, los sermones, las reuniones pequeñas y las reuniones grandes, las charlas, los testimonios, las presentaciones personales del evangelio, los tratados que repartimos, los libros que prestamos o vendemos, las cartas que escribimos— y de cada uno de ellos debemos hacer las siguientes preguntas:

¿Enfatiza este método el evangelio de Cristo como mensaje de Dios? ¿Es su propósito dar al oyente una visión clara y precisa de Dios y de su verdad en vez de una visión distorsionada por las cosas humanas? ¿Presenta el evangelio como algo proveniente de la boca de Dios o como una producción humana? ¿Carece esta presentación de la soberbia y la presunción humana? Si no, ¿glorifica al hombre? El mensaje debe tener la claridad y sencillez del mensajero que sólo quiere asegurar que el mensaje es comunicado; el mensajero que no se interesa en llamar la atención a sí mismo; el mensajero que desea ocultarse detrás de su mensaje temiendo que el hombre lo admirará, exaltará o aplaudirá cuando debieran estar arrodillados solemnemente humillándose delante de su Dios y Creador omnipotente.

¿Impide o promueve este método la obra de la Palabra en las mentes humanas? ¿Va a clarificar el mensaje o lo va a ocultar, enigmatizar y encerrar en las polémicas piadosas y fórmulas oraculares? ¿Va a hacer que la gente piense, que piense en Dios y en sus relaciones con Él? O ¿impedirá el pensamiento porque se enfoca exclusivamente en las emociones? ¿Despertará la mente como una pesadilla horrorosa o la dormirá como un bebé en su cuna? ¿Es este método empleado para mover el hombre hacia Cristo por medio de la verdad o por medio del sentimiento? No hay nada inherentemente malo con la emoción, es más, es difícil pensar que alguien se haya convertido sin ella; lo que sí es malo es cuando las emociones se usan como instrumento del evangelismo y sustituto de la enseñanza doctrinal.

De nuevo tenemos que hacernos la pregunta: ¿Estamos enseñando con este método toda la doctrina del evangelio? Enseñando parte de la doctrina no es suficiente; hay que enseñarla completamente —la verdad acerca de nuestro Creador y sus planes, de nuestra condición pecaminosa, perdida, depravada y culpable necesitando nacer de nuevo, y del Hijo de Dios que se hizo hombre y murió como hombre para pagar por los pecados del hombre y llevarlos a Dios. O ¿es este método inferior en este aspecto, enseñando medias verdades y dejando a la gente con un entendimiento incompleto de la doctrina, para apresurarles y exigirles una decisión? ¿Es exigirles la fe y el arrepentimiento cuando no saben de qué tienen que arrepentirse o qué deben creer?

También nos tenemos que preguntar: ¿Está nuestro método comunicando toda la aplicación del evangelio? Comunicando parte de la práctica del evangelio tampoco es suficiente, tenemos que comunicarla todo —tenemos que comunicarles a nuestros oyentes que tienen que mirarse y conocerse como Dios los mira y conoce, es decir, como criaturas pecaminosas, que tienen que reconocer la severidad de su mala relación con Dios y que tienen que enfrentarse al costo y las consecuencias de recibir a Cristo como Salvador. ¿Es nuestro método inferior en este aspecto también, dando una impresión inadecuada y distorsionada de lo que requiere ser discípulo de Cristo? Por ejemplo ¿sabrán que están obligados a responder a Cristo inmediatamente? o ¿supondrán que todo lo que se les requiere es confiar en Cristo como pecadores sin negarse a ellos mismo y colocar a Cristo en el trono de sus vidas como Señor de todo? (Yo le llamo a este error “sólo-creencia”) ¿Podrán creer que todo lo que tienen que hacer es tener a Cristo como Señor de sus vidas, sin recibirlo también como Salvador? (A este error le llamo “la buena resolución”) Tenemos que recordar que espiritualmente es peor si el oyente mal interpreta el evangelio y de su mala interpretación surgen prácticas erróneas, que si el oyente simplemente no crea. Si a un Publicano lo convertimos en un Fariseo, hemos perdido mucho más de lo que hemos ganado.

Otra vez, tenemos que avanzar la pregunta: ¿es nuestra presentación de Cristo lo suficiente seria? ¿Hará que la gente sienta que está enfrentando una situación de vida y muerte? ¿Verán la majestad de Dios, la gravedad de sus pecados y la grandeza de la gracia en Cristo? ¿Les hará sentir y experimentar la santidad y la magnificencia de Dios? ¿Se darán cuenta que entregarse a las manos de Dios es algo temible? Cuando vulgarizamos y trivializamos el evangelio con nuestras presentaciones de ello, estamos insultando a Dios y perjudicando al hombre. Esto no quiere decir que cuando hablamos de las cosas espirituales debemos poner nuestras máscaras de seriedad, pues no hay nada más frívolo que una seriedad falsa. Nuestros oyentes se volverán hipócritas si empleamos esta máscara. Necesitamos orar constantemente pidiéndole a Dios que nos llene nuestros corazón con el deseo de adorarle y glorificarle, con el gozo de estar en comunión con Él y con la angustia de tener que enfrentarnos a la eternidad sin Él. Debemos orar que Dios nos capacite para hablar honestamente y con franqueza en estos asuntos. Sólo así podremos presentar el evangelio con seriedad y sin barreras.

Con este tipo de pregunta podemos examinar y, donde es necesario, reformar nuestros métodos evangelísticos. El principio es que el mejor método de evangelismo es el que concuerda con el evangelio completamente. Es aquel que presenta el evangelio como un mensaje divino y como una cuestión urgente de suma importancia. Es aquel que explica la doctrina de Cristo encarnado, crucificado y resucitado, y que comunica con exactitud la práctica que va con ella. Es aquel que anuncia con eficacia la situación real del individuo para con Dios. Es aquel que desafía el pensar. El mejor método es relativo a estas preguntas.

 Packer, J. I. (2008). El Evangelismo y la Soberanía de Dios. (G. A. Martínez, Trad.) (pp. 39–90). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

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EL IDEAL MORAL CRISTIANA

Alimentemos El Alma

LIBRO: ÉTICA CRISTIANA

Gerald Nyenhuis & James P. Eckman

Contiene las obras Ética cristiana: Un enfoque bíblico-teológico, por Gerald Nyenhuis; Ética cristiana en un mundo postmoderno, por James Eckman. Obtenga la guía de estudio de FLET en http://www.logos.com/es/flet.

Capítulo 4

EL IDEAL MORAL CRISTIANO, EL CONCEPTO DEL SUMMUM BONUM, Y EL IDEAL MORAL SEGÚN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Vivimos por los ideales. Cada vida consciente es una vida que tiene unos ideales. Una vida sin ideales, si fuera posible, sería una vida sin progreso, sin propósito y sin sentido. El vivir por los ideales es lo que distingue la vida humana de las otras formas de la vida. Aunque podemos notar que aun en la vida vegetal y animal existen ciertas direcciones y metas, no podemos afirmar que sean los ideales conscientes alrededor de los cuales estas formas de vida organizan sus actividades y orientan su existencia. Sin lugar a dudas, la vida biológica es una «interacción» en que todas las fuerzas del organismo cooperan para dirigirse hacia una meta. Pero, el organismo no se da cuenta de la meta, ni conscientemente se esfuerza para lograrla. La meta es consciente solamente en la vida humana. Lo que en la vida biológica es meramente instinto, inclinación, empuje, o tendencia, llega a ser propósito consciente en la vida humana. El hombre se esfuerza por alcanzar lo que haya puesto como su meta. Se hace propósitos, se dirige hacia sus fines, y abraza un ideal. Sus ideales pueden ser indignos de él como ser humano, pueden ser equivocados y perversos ya que muchos se esfuerzan para lograr fines ilegítimos o placeres prohibidos y dañinos, o se orientan para buscar venganza u otros tipos de metas nocivas. Sin embargo, cada ser humano orienta su vida para lograr algo, aunque sea una inactividad casi absoluta.

¿Qué cosa es un ideal?

Un ideal es la representación mental de lo bueno que anhelamos. Es lo que nos esforzamos para lograr. Queremos alcanzarlo. (El término «bueno» en esta definición no implica que lo es objetivamente sino que el que se esfuerza lo considera así). Es la meta para cuya realización nos esforzamos. Es lo deseable a tal grado que da sentido a nuestra existencia. Existen ideales grandes y los hay también pequeños. Cada vida humana contiene un verdadero complejo de ideales. Pero los fines menores, las metas y los ideales pequeños, están subordinados a la relación de un ideal, único, grande, omni-inclusivo y final. Este sublime ideal, que cada persona inteligente tiene (más o menos conscientemente), es su fin principal, el ideal de su vida, el bien más alto (concreto o teórico): es su summum bonum.

Es el gran ideal lo que da unidad a la vida humana. El hombre lo hace todo a fin de realizar ese ideal. En sus términos abandona ciertos empeños y, por otro lado, apenas se molesta en llegar a otras metas difíciles de lograr. Por ello, lo que corresponde a nuestro ideal, toca a las fuentes mismas de nuestra vida moral. La vida moral se determina por aquel ideal, y está formada por él.

De todo esto deducimos que el summum bonum de una persona es aquel bien que anhela por su propio valor, y en términos de ese bien busca todos los otros bienes. Esta exposición de la idea del summum bonum se encuentra ya en Aristóteles, el primer escritor sistemático sobre ética.

Dice Aristóteles: «Si existe un fin de nuestros actos deseados por sí mismo, y los demás por él, y es verdad también que no siempre elegimos una cosa en vista de otras, ello sería tanto como remontar al infinito, y nuestro anhelo sería vano y miserable. Es claro que ese fin último sería entonces no solo el bien sino el bien soberano» (Ética Nicomaquea, Libro I, cap. II).

Al hablar del ideal humano, el summum bonum, debemos distinguir entre el ideal actual y el ideal verdadero, que es su summum bonum. Esta también es la diferencia entre lo que es el ideal actual de la vida y lo que debe serlo. El ideal actual siempre es provisional, aunque funciona en el momento como si fuera el verdadero. Cada persona consciente tiene algún summum bonum, que es suyo propio, pero esto no es necesariamente su verdadero summum bonum. En cuanto al summum bonum actual de los hombres encontramos la más grande diversidad. Aquí se representan grandes conflictos. Para el hedonista, el placer es el summum bonum. No solamente es el placer su propio summum bonum, está convencido que lo es para otros también. Para el racionalista es la racionalidad, el vivir en armonía con «la razón», y este piensa que todos deben pensar como él. Para otro la autorrealización, el desarrollo de sus capacidades inherentes, que se aplica a sí mismo y a todos los demás. Y aun para otro el humanitarismo, etc.

Pero el verdadero summum bonum del hombre no puede ser sino uno, único y unificado. Al considerar el ideal humano, no nos interesa saber empíricamente lo que sean los ideales actuales ni describirlos. Es posible hacer una larga investigación para encontrar los ideales que, consciente o inconscientemente, están en función hoy; pero tal investigación tardaría mucho, y aunque pudiera ser de valor, no es nuestro propósito aquí. Este sería el punto de vista de la ética puramente empírica. Nosotros afirmamos una norma objetiva. Nuestra ética es objetiva y no meramente subjetiva. Nos preguntamos, entonces: ¿Qué cosa es el verdadero summum bonum? ¿Cuál debe ser el ideal de todo ser humano? ¿Cuál es el último, el único satisfactorio ideal? Este, lo afirmamos, es el ideal cristiano.

La segunda parte de este libro está dedicada a una consideración del ideal verdadero y cristiano, el summum bonum. Da por sentado el hecho de que Dios nos lo ha revelado y lo tenemos que comprender por su Palabra. Aceptamos la unidad de las Escrituras, por eso empezaremos con el Antiguo Testamento y luego estudiaremos el ideal moral del Nuevo Testamento.

I. El ideal moral según el Antiguo Testamento

Por cuanto la Biblia es la fuente última de toda verdad, también lo es en la esfera de lo moral. Por eso, debemos procurar determinar el verdadero ideal moral a la luz de sus enseñanzas. No podemos empezar con el Nuevo Testamento descartando el Antiguo, a pesar de que comúnmente se hace, aun por teólogos conservadores en nuestro tiempo. Que lo hagan se debe a una falta de entendimiento de la unidad y la continuidad de la divina revelación, sobrenatural y redentiva, a través de todas las épocas de los dos testamentos, tanto del antiguo como del nuevo. Creemos que los fundamentos de la verdad, tanto los doctrinales como los morales, se encuentran ya en el Antiguo Testamento. Nunca se logrará entender correctamente el Nuevo Testamento sin estudiar el Antiguo. A la verdad, como queremos mostrar, el ideal moral es esencialmente el mismo en los dos testamentos, por grande e importante que fuese el cambio que introdujera Jesucristo en su venida en la carne. Todos los principios morales del Nuevo Testamento se hallan ya en el antiguo. Jesús mismo dio énfasis sobre el Antiguo Testamento, basando sus enseñanzas, éticas y doctrinales, en él. Naturalmente, pues, empezamos el estudio del ideal moral con el Antiguo Testamento.

A. Jehová y la Ley

Al fondo de toda la ética antiguo-testamentaria y su ideal está una cadena de tres verdades que pueden llamarse «los supuestos teológicos del ideal moral del Antiguo Testamento». Esas tres verdades se enfocan en tres palabras: JEHOVÁ, BERITH, y TORAH.

1. La verdad básica de toda la teología y ética del Antiguo Testamento es la realidad de JEHOVÁ, el Supremo, el Transmundano, el Personal Dios-Creador, el Todopoderoso, el Omnisciente, el Soberano, el Santo, el Sabio, el Perfectamente Bueno, el Lleno de Gracia, el Misericordioso, y el Salvador. Jehová es el nombre que Dios dio a su pueblo para que este le pudiera invocar. Es el nombre del Dios que se revela, que se hace conocido, y por el cual se relaciona con su pueblo. Esta verdad, básica y revelada, determina todo lo que sigue. Implícito en esta verdad está el íntimo e inseparable nexo entre la religión y la moralidad. Es la característica más notable de toda la ética bíblica. La verdad religiosa y la verdad moral son, en el fondo, dos aspectos de la misma realidad. El ideal religioso es intrínsecamente moral, y el ideal moral es esencialmente religioso.

2. Una segunda verdad básica y fundamental de la ética antiguo-testamentaria está inseparablemente ligada con la primera. Se la puede expresar de esta manera: la relación que Jehová mantiene con su pueblo es una relación de pacto, BERITH. El pacto fue hecho con Abraham (Gn 15); fue renovado con Isaac y Jacob (Gn 26:24 y 28:13); y fue solemnemente ratificado por toda la nación israelita bajo la dirección de Moisés en el monte Sinaí (Éx 34:27–28). Dios se revela como Jehová, el Dios del pacto, y su pueblo es el pueblo del pacto. Esto involucra privilegios tanto como responsabilidades para el pueblo de Dios.

La revelación del pacto de Jehová con su pueblo se presenta repetidas veces como una relación semejante a la de marido y esposa, o, a veces, la de un padre y sus hijos. (Notamos que la primera está empleada particularmente en los libros de Isaías, Jeremías, Ezequiel, y Oseas.) En ambos casos no debemos pensar en las relaciones conyugales o paternales como las vemos representadas en los enlaces individualistas y fraccionados de la vida moderna, sino según se veían representadas en las asociaciones autoritativas de los tiempos antiguo-testamentarios. Relacionada con estas dos analogías está una tercera: la de un rey con sus súbditos, y los súbditos con el rey. En todas las ilustraciones, destaca el hecho de que el pacto es una relación de mutuas responsabilidades. El Dios que establece el pacto, lo hace soberanamente y, además de otorgar a su pueblo las solemnes promesas, le exige ciertas responsabilidades. De esto aprendemos que el pacto no es meramente un convenio entre iguales. Desde su principio y su fundamento el BERITH entre Jehová y su pueblo es unilateral. El pacto no es el resultado de una consulta que sostuviera Jehová con su pueblo sobre lo conveniente que le sería a este último entrar en tal pacto. Jehová hizo el pacto. Su origen está en la iniciativa divina. Es una muestra de su soberna gracia. Por esto la relación del pacto, en su presentación antiguo-testamentaria, se basa en la elección divina. La vida moral del pueblo de Jehová, tanto como la religiosa, está determinada (idealmente) por la relación del pacto, precisamente porque el pueblo es el Pueblo del Pacto.

3. Una tercera verdad básica y fundamental de la ética antiguo-testamentaria, y que es inseparable de las dos que precedieron, se puede formular así: la (TORAH) la Ley de Jehová. Esta expresión de las condiciones divinas para una relación de pacto incluye todos los principios y preceptos para la vida y la conducta del pueblo de Dios. La Ley de Jehová se arraiga en el pacto y depende de él. Por esto existe una relación íntima entre BERITH y TORAH (Jer 31:33; Éx 19:7). Debemos notar que en Éxodo 34:28 el decálogo se designa como «las palabras del pacto». La TORAH es la codificación de la voluntad de Jehová, quien es la Primera y la Divina parte del pacto y es quien lo redacta. El pueblo de Dios es la segunda parte y tiene que rendir obediencia para alcanzar paz y felicidad.

El concepto de «ley» tiene también connotaciones más amplias. «Ley» es una característica de toda la creación. Toda la creación está bajo la Ley. Estar bajo la Ley es una de los atributos esenciales de toda criatura. En su encarnación, Cristo «nació bajo la Ley» (Gl 4:4). La ley moral es más especifica. Tiene que ver con el pueblo de Dios, y fue promulgada a fin de que le fuera bien a su pueblo y que sus días fueran prolongados. Más que una simple exigencia moral, la Ley de Jehová es una bendición a su pueblo ya que proporciona comunión con Dios. De esto tenemos que hablar más.

Las relaciones morales del Antiguo Testamento se basan en esas tres verdades y están determinadas por ellas. Sobre esos fundamentos la estructura entera de la ética antiguo-testamentaria está edificada.

B. La Ley y la virtud en el Antiguo Testamento

En esta sección se emplea la palabra «virtud» en un sentido especial. El sentido en que la usamos no es de poder, ni de capacidad, ni de bondad (que suelen ser las acepciones más usuales en nuestros diccionarios). Para nosotros, la idea es más bien la que reúne las cualidades de integridad, rectitud, y probidad. Notamos algo de ello en el uso de algunos adjetivos relacionados con la palabra, como por ejemplo «virtuoso».

Debido a que la esencia de toda moralidad para el creyente antiguo-testamentario giraba alrededor de la Ley de Jehová, nos es fácil determinar que la naturaleza de virtud consiste en obedecer la Ley de Jehová.

1. La virtud en el Antiguo Testamento como obediencia

El hombre bueno es el hombre que obedece la Ley de Jehová. Debido a que la relación entre Jehová y su pueblo es una relación del pacto, y puesto que la Ley es la formulación de las rectas condiciones que impone Jehová al pueblo del pacto, la obediencia a la Ley es evidencia de fidelidad al pacto con Jehová. Por esto, la obediencia a la voluntad de Dios, expresada en la TORAH, era la condición fundamental de la vida moral del creyente en el tiempo del Antiguo Testamento. Esta es la verdad que se enseña a través del Pentateuco y los profetas. Otra afirmación de esta verdad se encuentra en Eclesiastés 12:13.

Otra caracterización muy típica del Antiguo Testamento para expresar la virtud de obediencia es la palabra TSEDEQ, rectitud. El hombre obediente es el hombre recto, es el que anda en el camino recto de los mandamientos de Jehová. El libro de los Salmos está repleto de este pensamiento. La importancia de la virtud de obediencia se acentúa en toda la historia de Israel y se expresa especialmente en los Salmos. Lo notamos en la historia de Adán y Eva, también en la de Abraham en Génesis 12. Asimismo en los discursos de Moisés en Deuteronomio, y de la misma manera en la exhortación de Josué antes de su muerte (Josué 24:21–24). La obediencia conduce hacia la felicidad. «Bienaventurado es aquel varón cuya delicia está en la Ley de Jehová.» «En guardar la Ley hay gran premio. » (Véanse los Salmos 1 y 119.)

2. La virtud del Antiguo Testamento como santidad

Otra perspectiva desde la cual el Antiguo Testamento ve a la virtud fundamental del creyente es la de la santidad. El hombre bueno es el hombre santo. Se puede decir que la actitud correcta en cuanto a la Ley de Jehová es la de obediencia. Pero hay que añadir de inmediato que el resumen de las demandas de la Ley, en cuanto a su contenido, se expresa en términos de santidad. La Ley entera conduce hacia la santidad. (Lv 19:2: «Santos seréis porque santo soy, yo Jehová, vuestro Dios». Véase también Lv 2:7; 21:8; 1 P 1:16.)

La etimología del adjetivo QAADOOSH (santo) se encuentra en la palabra que quiere decir separado, elevado, por encima. De la idea de separación espacial y física se deriva su significado espiritual y moral. En cuanto a Dios, la santidad tiene un significado sinónimo con trascendencia y majestad divina. El término describe a Jehová en su carácter enaltecido y en su gloria trascendente. Un nombre predilecto de Isaías para referirse a Jehová es QEDOOSH YISRAAEEL «El Santo de Israel». En otro lugar Isaías habla de Dios en esos términos: «El Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo» (57:15).

Este concepto de la santidad divina, como la exaltación y trascendencia divina, presenta implicaciones tanto metafísicas como morales. Dios está infinitamente enaltecido por encima del hombre finito, tanto en su Ser divino como en Su perfección moral. En el Antiguo Testamento, sin embargo, no es la trascendencia metafísica la que está más en la escena, sino la moral; pero a la vez debemos notar que la trascendencia moral presupone la metafísica. La santidad moral de Dios se entiende en su pleno significado solamente al notar el contraste entre la santidad de Dios, no meramente con la finitud del hombre, sino más bien con la pecaminosidad de este. Jehová no solamente «habita la eternidad», siendo de «ojos muy limpios para ver el mal» (Hab 1:13), también odia todo pecado. Un pasaje donde vemos la trascendencia divina combinada con la santidad es en la visión de Isaías (6:1–5). Por lo tanto, la santidad encuentra su antítesis en la iniquidad, la impureza, y la injusticia. A la verdad, la santidad de Dios es, en un sentido, el punto focal de todas sus perfecciones morales. Está claro que QAADOOSH no es una palabra que exprese solamente un atributo de la divinidad, sino la divinidad en sí.

Siendo ello el significado de la palabra que expresa la santidad de Dios, está claro que al aplicar la misma palabra a los creyentes del Antiguo Testamento se hace hincapié en el hecho de que ellos están separados, traídos, apartados y dedicados al servicio de Jehová (véase Éx 19:5–6a). Tiene para ellos un significado ceremonial y moral. En el sentido ceremonial indica que el pueblo está dedicado para el culto de Jehová. Esto no era solamente en los momentos especiales para realizar las ceremonias, sino el culto tenía que ver con toda su vida. En este sentido no solamente a las personas sino también a las cosas se llamaban santas. Lugares y objetos (como, por ejemplo, los lugares y utensilios apartados para el servicio en el templo) eran santos tanto como los sacerdotes. La aplicación ritualista de la santidad exigía a los israelitas una estricta limpieza y una rígida pureza en los asuntos de sacrificios de comida y bebida (véase Éx 22:31; Lv 11:44, 45).

La santidad de este tipo era simbólica; simbolizaba una santidad más alta, la santidad moral. En este último sentido, la santidad más alta y más profunda, consiste en conformarse a la enaltecida naturaleza moral de Dios. Esta semejanza con la naturaleza moral de Dios se puede lograr por solo un camino, el de la obediencia a la Ley de Dios, e implica una conformidad perfecta a la voluntad de Jehová expresada en su Ley. La santidad, en este sentido, es asemejarse a Dios en su perfección moral y en su repugnancia al pecado. Es a la vez la esencia y el fruto de la perfecta obediencia a la Ley de Jehová.

3. La virtud del Antiguo Testamento como sabiduría

El Antiguo Testamento retrata al hombre bueno como hombre sabio. Un contraste muy usual en el Antiguo Testamento es aquel entre el sabio y el necio. Esto se encuentra especialmente en los libros de los Proverbios, de Eclesiastés, y de los Salmos. La idea de sabiduría en el Antiguo Testamento no es una de mera prudencia o sagacidad; tampoco es de astucia. El sabio es el que conoce y hace la voluntad de Dios, la entiende intelectualmente, ama la Ley de Jehová, escucha al buen consejo de los ancianos, no actúa por impulso de la pasión momentánea, y ordena correctamente su vida. Tal como ganamos «sabiduría» para jugar el fútbol o para manejar un coche cumpliendo con las reglas, el cumplir con la Ley de Jehová nos dará una sabiduría para vivir en el sentido más profundo y completo.

La sabiduría del Antiguo Testamento es una sabiduría religiosamente condicionada. Solamente el que conoce verdaderamente a Dios, a Jehová el Dios verdadero, es sabio. Se puede decir que el verdadero sabio es el que vive en armonía con el gran plan y propósito de Dios para la vida humana. La sabiduría se manifiesta en la activa dirección de la inteligencia y la voluntad hacia la realización de la meta divina para la vida humana. Entonces «el temor de Jehová es el principio de la sabiduría». («Principio» en este sentido tiene el significado de fuente y fundamento, y no solamente de inicio. Véase Job 28:28; Sal 111:10; Prv 9:10.) Esa sabiduría es el summun bonum del hombre. Está elogiada por ser el bien más alto para el hombre (véase Proverbios, especialmente los capítulos 3, 8, y 9; también Job 28 y Eclesiastés 9 y 10).

El elemento religioso, básico al ideal antiguo-testamentario de la sabiduría, se ve más claro en su oposición a la necedad. El necio no se da cuenta de lo que sea bueno para él y, además, ni lo haría porque desprecia la voluntad de Dios. La sabiduría no es primariamente intelectual sino es en primer lugar un asunto del corazón, de la conciencia y del propósito moral. Por esto, el ateo es el necio típico (Sal 14:1; 53:1). En ambos textos debemos notar que el ateo necio es corrompido, hace iniquidades abominables, y no procura hacer ningún bien. El necio va corriendo hacia la destrucción, no porque no sepa mejor (según el concepto griego) sino porque no quiere estar atento a la sabiduría y al consejo sano, y también porque desprecia la Ley de Jehová. La sabiduría es saber, estudiar, y meditar sobre la Ley de Jehová, y ponerla por obra.

4. La piedad como principio radical de los tres anteriores conceptos

Los tres aspectos que hemos mencionado del ideal moral del Antiguo Testamento encuentran su unidad subjetiva en la piedad. La obediencia, la santidad, y la sabiduría se arraigan en la verdadera piedad, y constantemente toman aliento de ella. El «temor de Jehová» es la raíz de toda moralidad. El ideal de la piedad se presenta en distintas formas en el Antiguo Testamento. En los primeros capítulos de Génesis aparece como comunión con Dios; andar con Él, como vemos en los casos de Enoc y Noé (Gn 5:22–24; 6:9). En los libros de sabiduría, la piedad se manifiesta en «el temor de Jehová». Pero, a través del Antiguo Testamento, la piedad es el substrato y la raíz principal de la verdadera bondad, y se ve como obediencia, santidad, y sabiduría. La piedad es la sinceridad subjetiva en cuanto a la moralidad. En el Antiguo Testamento (de hecho, en toda la Biblia) la piedad es vivir constante y conscientemente en la presencia de Dios. El impío es el que vive como si Dios no existiera. La impiedad es vivir alejado de Dios, olvidándose y no pensando en Él por dedicarse a las cosas del mundo, como si uno nada tuviera que ver con Dios, su voluntad y su Palabra. La piedad es todo lo contrario.

De acuerdo con este principio subjetivo de la unidad de los varios aspectos de la virtud en el Antiguo Testamento, el principio objetivo de la unidad para la totalidad de la vida moral en el Antiguo Testamento es Dios mismo, el último punto de referencia y el objeto final de toda piedad y bondad. Arriba ya hemos considerado la Torah como el ideal objetivo de la vida moral antiguo-testamentaria. Pero, más básico aun, más básico que la Torah, es Dios, cuya voluntad se formula y se codifica en la Torah. Toda la vida del creyente del Antiguo Testamento gira alrededor de Dios, en todas sus expresiones y ramificaciones. La obediencia, arraigada en la piedad, es la conformidad con la voluntad revelada de Dios. La santidad, arraigada en la piedad, es la conformidad con la excelencia moral de Dios. La sabiduría, arraigada en la piedad, es la característica sobresaliente de quien tiene el recto discernimiento en cuanto a la voluntad y el propósito de Dios, y por eso sabe dirigir su vida. El ideal moral del Antiguo Testamento es por tanto un ideal teocéntrico. Dios es el verdadero summun bonum. Toda verdadera moralidad es, en el fondo, la piedad.

El Antiguo Testamento expresa el carácter teocéntrico del ideal moral en la Shema: «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón y de toda tu alma y de todas tus fuerzas» (Dt 6:4, 5). El amor a Dios y una devoción piadosa para con Dios, que constituyen el sumo bien para el creyente, resultan en paz para el alma, serenidad perfecta, y gozo supremo aun ante las circunstancias más difíciles de la vida. Asimismo, se constituyeron en la cima máxima de la vida moral y religiosa del israelita devoto. Tenemos dos formulaciones inmortales de este ideal en forma piadosa, una en el Salmo 73 y la otra en la oración de Habacuc.

«¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y porción es Dios para siempre» (Sal 73:25–26).

«Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación» (Hab 3:17–18).

C. La Ley en la historia

Hemos visto que la Ley está profundamente envuelta en la relación del pacto que existe entre Jehová y su pueblo. Hemos intentado exponer las virtudes típicas del «santo» antiguo-testamentario: la obediencia, la santidad, la sabiduría. Aquel triple ideal, cuyo principio fundamental se expresa en la idea de la piedad, también se relaciona con la Ley. Claro, toda la vida moral y religiosa del Antiguo Testamento encuentra su criterio, su norma, y su ideal en la Torah de Jehová. Debido a su importancia y prominencia dirigiremos nuestra atención al papel de la Ley en el pueblo de Dios, y también señalaremos la actitud del pueblo del pacto hacia la Ley en las distintas épocas de su historia.

La Torah es la codificación de la voluntad revelada de Jehová para la vida de Israel como el pueblo del pacto. Es instrucción. Nos enseña cómo amar a Dios sobre todo y al prójimo como a sí mismo. En este sentido, es correcto decir que la Torah, la Ley, es instrucción en el amor. Pero, nunca se debe olvidar que la Torah son las direcciones de cómo andar bien en comunión con Dios. En el sentido amplio el término la «Ley de Jehová» (o Torah) se refiere a la entera revelación de Jehová para su pueblo. Sin embargo, en un sentido más limitado designa los mandamientos revelados por Jehová para guiar la vida y la conducta de su pueblo. Podemos distinguir tres etapas en la historia de la Torah: 1. La mosaica; 2. la profética; 3. la post-exílica. La primera es la etapa de su promulgación; la segunda, la de su profunda interpretación espiritual; y la tercera, la de la desintegración de la Torah.

1. La época mosaica

Es esta la etapa de la promulgación de la Torah. La Torah se la reveló Jehová a Moisés. La Torah en la vida de Israel no se consideraba como tres unidades (civil, moral, y ceremonial, como hoy en día solemos dividir-la) sino como una unidad. Pero la Torah, la unidad, sin mencionarlos por separado tocaba los tres aspectos de la vida israelita. El aspecto civil siempre tiene que ver con condiciones especiales («si uno tiene un buey que suele cornear…»). La ley ceremonial fue básicamente pedagógica para enseñar el camino de la salvación, que se cumple en la obra de Cristo. La ley moral trata de los principios básicos que forman la base de nuestras decisiones ético-morales.

a. La vida civil

Un código extenso fue promulgado para la vida civil. Fue entretejido entre los dos otros aspectos, pero son muy claros los asuntos que tocaban la vida «civil». No cabe duda que el creyente en el Antiguo Testamento tenía que vivir su vida civil religiosamente, como un aspecto importante de su relación con Dios. Este aspecto de la Torah regulaba las relaciones sociales y políticas del pueblo. Son las reglas para vivir en sociedad y amar al prójimo. Siempre tiene que ver con un principio que se aplica a situaciones o condiciones particulares. Un principio notable de la legislación civil de la Torah es el de jus talionis o la justa retribución, «ojo por ojo; diente por diente» (Éx 21:23–25; Lv 24:17–21; Dt 19:21; Mt 5:38). Hoy en día solemos entender esta ley a revés, como si el objetivo fuera las duras penas, cuando en realidad su intención fue de un límite al castigo. La severidad del castigo nunca debe ser mayor que el crimen. Fue una disciplina al ser humano que siempre quiere «dar doble» en venganza de la ofensa.

b. Las ceremonias y el rito religioso

También la Ley incluía lo que conocemos como la ley ceremonial, y pertenecía al modo de culto, la manera de alabanza y adoración, el sistema de sacrificios, la actuación de los sacerdotes y levitas, y el servicio religioso.

El principio fundamental de esa legislación era la pureza ceremonial, la santidad, y la pureza interna. El israelita había de ser puro, separado de lo profano y dedicado a Jehová en el culto, o sea en el sentido ceremonial, pero también en toda su vida.

Las ceremonias, como hemos mencionado arriba, fueron actividades pedagógicas. Los sacrificios, los ritos, la actuación de los sacerdotes, el poner la Ley en los postes de las puertas encontró su sentido en lo que enseñaban. Toda la ley ceremonial apuntaba hacia Cristo y a la salvación en Él. Habiendo cumplido Cristo con esta ley, no tenemos que cumplirla también nosotros; más bien tenemos que entender la enseñanza de los ritos. No repetimos la pascua, pero tenemos que entender su significado.

c. La vida moral

Este aspecto no ha de considerarse como meramente coordinado con los aspectos civiles y ceremoniales de la vida israelita. Es mucho más. Por ser la formulación de la voluntad revelada de Dios en cuanto a toda la vida moral, la Torah se relaciona con la totalidad de la vida en su más profundo significado moral. El Decálogo es el resumen antiguo-testamentario de la voluntad de Dios y su aplicación a la vida moral. A pesar de la forma antiguo-testamentaria del Decálogo, que nos parece negativa, su significado y su orientación tienen una importancia más amplia que las restricciones nacionales de Israel. Los aspectos civiles y ceremoniales han sido reemplazados en la iglesia novo-testamentaria, pero la ley moral queda en pie por todas las edades.

2. La etapa profética

La etapa profética es la etapa de la interpretación más profunda y espiritual de la Ley. Los profetas alzaron sus voces en protesta contra la práctica de poner los ritos ceremoniales en lugar de la rectitud moral. El gran mal que siempre tienta al pueblo nomístico (de nomos=ley, hoy en día diríamos «legalista», pero esta palabra también tiene otras connotaciones) es el de caer en una observancia externa de la Ley, en lugar de una recta disposición interior. Los israelitas cayeron en este pecado en los días del reino. Eran estrictos y puntuales en la observación de ordenanzas rituales, pero su corazón estaba lejos de Dios.

Los profetas pregonaban contra el ritualismo y el formalismo. Esto es verdad sobre todo en cuanto a los profetas del séptimo y octavo siglo, pero no se restringe a ellos. Cierto está que la condenación de todo ello está explícita desde los días de Samuel. Samuel reprobaba a Saúl precisamente sobre esto cuando Saúl, bajo el pretexto de hacer sacrificio a Jehová, negó las instrucciones explicitas que había recibido de Dios de que tenía que destruir a los amalecitas y todas sus posesiones (1 S 15). El mismo mensaje, que obedecer es mejor que el sacrificio, es el que repetidas veces habían proclamado los profetas posteriores: Isaías, Amós, Miqueas y Joel (Is 1:10–17; Am 5:21–24; Mi 6:6–8; Jl 2:13).

No se debe malentender a los profetas. A veces se les interpreta como si fueran antagónicos a la Torah, pero hacer esto es errar seriamente en la interpretación de su actitud. Ellos no se oponían a la Torah en su carácter de ley; lo que condenaban y denunciaban era el externalismo. Lejos de contraponerse a la revelación mosaica, cimientan la estructura de su propia enseñanza sobre los fundamentos de esa revelación. Exhiben el profundo significado espiritual y la importancia moral de la Ley. La obediencia, insisten, no es asunto meramente de «dientes para afuera» sino del corazón. La religión verdadera no es meramente traer sacrificios sino consagrarse, en una sincera devoción de todo corazón, a Jehová. En el desarrollo ético (así como en el doctrinal) del Antiguo Testamento, notamos un continuo progreso desde la primera etapa, con su carácter prominente de una doctrina de leyes y deberes, hasta la ética de los profetas que acentuaban una doctrina de lo interior. El Señor requiere rectitud, sinceridad, integridad y pureza del corazón; y esto tanto en las actividades religiosas como en las relaciones civiles y sociales.

3. La etapa post-exílica

Esta etapa se caracteriza por la desintegración de la Ley. Cuando regresaron del exilio, los judíos habían aprendido a estimar en gran valor la Torah. Se daban cuenta de que habían estado esclavizados precisamente porque habían olvidado la Ley de Jehová. Por esto se aplicaron diligentemente al estudio de la Ley. Esdras es el ejemplo típico de esta espiritualidad. Las sinagogas que se levantaron llegaron a ser centros del estudio popular de la Ley. Los líderes de este movimiento fueron los escribas.

Pero antes de que pasara mucho tiempo el pueblo cayó en una forma extrema de legalismo. La Ley se hizo un fin en sí misma. Más bien adoraban la Ley en lugar de adorar a Jehová, de cuya voluntad la Ley era una proclamación. Apenas había revelación especial en esta época, y el espíritu profético dio lugar al espíritu de «escribas». Los escribas fueron los guardianes de la Ley. Los chasidim (o fariseos) se constituyeron en una aristocracia moral y llegaron al extremo de exhibir una observación tan puntual de la Ley que, con todas sus interpretaciones puestas como apéndices, la gente común y corriente no la podía cumplir. Lejos de enseñar la importancia espiritual de la Ley, guardaban escrupulosamente su letra. La ley moral fue despojada de su ideal y de su meta divina. La ética judaizante llegó a ser moralista y legalista. Así perdió su base distintivamente religiosa y, además, el principio de unidad. Todo esto resultó en la desintegración de la Ley. A pesar de que la Torah era una expresión unificada de la voluntad de Dios para la vida humana, la dividieron minuciosamente en un sinnúmero de pedazos, en reglas desconectadas, en preceptos aislados, y en reglamentos sueltos. Esto también caracteriza la ética de los libros apócrifos del Antiguo Testamento (que está en la Biblia católico-romana) y la del talmud, el comentario judío sobre la Ley. Hasta el día de hoy se nota esta característica en la ética del judaísmo.

Todo esto ocurrió junto con una actitud creciente de rígido separatismo. Bajo la dirección del chasidim, la mayoría del pueblo reaccionó contra toda liberalización y helenización de las tendencias del día (cuyo ejemplo mejor eran los saduceos), y pronto cayeron en una actitud estrecha, nacionalista, particularista y autojustificadora de una presuntuosa autosatisfacción. Lo que había de universalismo en la actitud anterior fue completamente borrado por la nueva actitud. El primer libro de los Macabeos muestra los aspectos mejores y peores del tal espíritu.

Fue contra este formalismo, el materialismo, y el estrecho particularismo de los escribas y fariseos que Jesús alzó su voz en protesta. Repetidamente acusó a los judíos de haber cambiado el énfasis y valor espiritual de los mandamientos de Dios en meros preceptos y tradiciones de hombres. La tradición llegó a ser un criterio igual a la revelación.

D. El carácter provisional de la Ley

Mucho más importante que la actitud de los israelitas hacia la Ley es la misma intención de la Ley, vista en su lugar en la historia de la revelación. De esto nos conviene hablar.

El ideal moral del Antiguo Testamento tiene a la vez un carácter provisional y proléptico. La plenitud del Sumo Bien quedaba por revelarse en el porvenir. Es una nota constante en el Antiguo Testamento entero. La ética antiguo-testamentaria es inseparable de la esperanza y la orientación mesiánica. El propósito redentivo de todo el Antiguo Testamento se cumpliría en el Nuevo Testamento, y esto tiene significado fundamental en cuanto al ideal moral del Antiguo Testamento. Desde el principio existía una orientación más definida y universal en cuanto a las promesas de Dios. Aunque Dios hizo su pacto con la nación elegida, su propósito era bendecir a la totalidad de la humanidad a través de esta nación. Esto fue revelado ya en su pacto con Abraham, «en ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gen 12:3; 22:18). El fin del pueblo escogido no es el particularismo nacionalista sino el de servir a un propósito más alto. Su meta es la de hacerse universal. El pacto tenía una meta cosmo-histórica que trascendería los limites de la época antiguo-testamentaria.

Después de la caída, el Sumo Bien se proyecta hacia el porvenir, a un venidero más allá, el de una esperanza mesiánica. Es la misma esperanza mesiánica que ilumina la visión humana, y a través de esta esperanza, el bien supremo se hace en la gran meta del mundo y del proceso histórico. El propósito final, hacia el cual todo el Antiguo Testamento se mueve, es el establecimiento del reino de justicia, el Reino del Mesías, en el cual todos participarán en las bendiciones prometidas al fiel patriarca. Todos los que son llamados hijos de Abraham, o sea, todos los que tienen la misma fe de Abraham (Gl 3:7, 8, 29; cf. Ro 4:16).

La anticipación de un orden nuevo, posterior y ulterior, de las cosas, de un universalismo que no era realizable bajo la ética antiguo-testamentaria, fue expresada repetidas veces por los profetas. Bellos cantos del universalismo venidero se encuentran en la profecía de Isaías (por ejemplo, 56:1–8). Ni el pacto ni la Ley tenían la intención de quedar para siempre en su forma antiguo-testamentaria como la final. Siempre se presuponía una etapa venidera más gloriosa del pacto y de la promulgación de la Ley (Jer 31:31–33). Jehová solemnemente declaró que vendrían los días en que haría un pacto nuevo con su pueblo, la esencia del cual sería espiritual, y lo expresó con estas palabras: «Daré mi ley en su mente [entrañas: versión de 1909) y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios y ellos me serán por pueblo». Esta profecía se cumplió en el Nuevo Testamento, como nos enseña la Epístola a los Hebreos (8:7–13; 10:16). Cristo se distingue de Moisés en que es el Mediador de un pacto mejor. En la dispensación del pacto nuevo la profecía fue cumplida, que la Ley de Dios sería escrita en el corazón.

Notamos también que el Nuevo Testamento habla de la etapa antiguo-testamentaria como una figura, o una sombra de la realidad venidera en Cristo. Tal como la sombra de alguien que nos sigue puede llegar antes y anunciar su presencia, así la sombra de Cristo cae sobre todo el Antiguo Testamento, anunciando su presencia y su venida. En Hebreos 10:1 notamos la distinción entre skia toon mellontoon agathoon (la sombra de bienes venideros) y eikoon toon pragmatoon (la imagen de las cosas). Aquí notamos que la realidad está representada como si ya se estuviera en el cielo. De esta realidad la revelación novo-testamentaria tiene la imagen eikoon, mientras que la revelación del Antiguo Testamento tiene la sombra aki. «la figura del Verdadero» (Heb 9:24). Encontramos semejante contraste en Colosenses 2:17, donde el apóstol habla de los mandamientos que tratan de la comida, la bebida, los sábados, las lunas, y las fiestas, y dice de estas cosas que son una sombra de lo venidero (skia toon mellontoon) pero que el cuerpo, es decir la realidad, se encuentra en Cristo (to de sooma tou christou).

Todo esto implica el carácter provisional y proléptico del ideal moral del Antiguo Testamento, que se cumpliría en el Nuevo Testamento. Y se concentra en la persona de Jesucristo. La realización redentiva del reino de Dios, prefigurado en el Antiguo Testamento, no se verificó hasta ser revelado en la persona y obra de Jesucristo. El ideal novotestamentario es tema del siguiente capítulo.

 Nyenhuis, G., & Eckman, J. P. (2002). Ética cristiana (pp. 79–101). Miami, FL: Editorial Unilit.

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