La sumisión del Hombre perfecto | Filipenses 2:5, 7-8

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Cristo Jesús… se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte.
Filipenses 2:5, 7-8
La sumisión del Hombre perfecto
Consideremos con reverencia la humildad del Hijo de Dios en su humillación y la perfección de su obediencia a Dios cuando estuvo aquí como Hombre entre los hombres. Al descender a esta tierra, él se despojó de todo lo que poseía por derecho propio. Es imposible leer los Evangelios sin percibir, en cada momento, la bella fragancia de su obediencia en amor y su abnegación. La maldad de los hombres que lo rodeaban solo le daba fuerzas y bendecía su humillación, y así prosiguió sin vacilar en esta senda. Él era el “Yo soy” que estaba en esta tierra en la perfección del Hombre obediente.

Todo lo puro y hermoso que se puede ver en la naturaleza humana se halló en Jesús. Todo en su Persona estaba en perfecta sumisión a Dios; al hacer su servicio, cada parte de su carácter ocupaba su debido lugar. Cuando correspondía la mansedumbre, él fue manso; cuando la indignación, ¡nadie podía confrontarla! Fue clemente, misericordioso y paciente con el principal de los pecadores (1 Ti. 1:13-16), pero no se dejó conmover por la fría arrogancia de un fariseo (Lc. 7:36-50). En la cruz, él mostró su ternura para con su madre, pues la confió al cuidado de Juan (Jn. 19:27), el discípulo que se había recostado sobre su pecho; sin embargo, Jesús no tuvo en cuenta lo que ella le decía o pedía cuando estaba ocupado en su servicio a Dios (Mt. 12:46-50).

¡Qué calma y poder moral desconcertaron a sus oponentes e incluso los consternaron a veces! ¡Qué dulzura atrajo a los corazones de todos aquellos que no se endurecieron por una oposición voluntaria! ¡Qué perspicacia para separar el mal del bien!

En simples palabras, la humanidad de Cristo fue perfecta: vivió en sumisión a Dios, respondiendo completa e inmediatamente a su voluntad. ¡Alabado sea su Nombre!

J. N. Darby
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Caminar personalmente con Dios | Génesis 5:24

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Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios.
Génesis 5:24
Caminar personalmente con Dios
Un período de 300 años en la vida de este hombre de Dios se resume en esta frase: “Caminó, pues, Enoc con Dios”. Hebreos 11:5 nos dice algo más: “Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios.” ¡Qué gran honor recibió Enoc, y qué recompensa! No vio la muerte porque Dios lo llevó a estar con él

¿Fue Enoc el único que caminó con Dios? No, leemos lo mismo de Noé: “Noé, varón justo, era perfecto en sus generaciones; con Dios caminó Noé” (Gn. 6:9). No tenemos que envidiar a estos hombres, porque nosotros también tenemos el privilegio de caminar con Dios. De hecho, él le dijo a Abraham: “Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto.” (Gn. 17:1).

El resultado para cada uno de estos hombres fue diferente. Lo único que tenían en común era que caminaban con Dios. Pero no eran simples fotocopias entre ellos. A veces, cuando admiramos la vida de una persona, nos gustaría copiarla. Por supuesto, es bueno aprender lecciones valiosas de la vida de los demás, especialmente de los que siguen al Señor, pero no debemos desear ser simples copias de alguien. Cada uno de nosotros tiene un gran valor para Dios. Hasta los cabellos de nuestra cabeza están todos contados (Mt. 10:30).

Enoc caminó con Dios, y Dios lo llevó, por lo que no vio la muerte. Por otro lado, Noé caminó con Dios, pero vio más muerte que cualquier otra persona en la que podamos pensar, y finalmente también murió. Noé fue un gran predicador de la justicia y un hombre justo, pero Dios no hizo por él lo que hizo por Enoc. ¿Qué hay de Abraham, el amigo de Dios? Tuvo que enfrentarse cara a cara con la muerte cuando llevó a Isaac al monte Moriah para ofrecerlo como sacrificio.

Caminemos, pues, con Dios, pero dejemos que Dios sea Dios en todas las circunstancias de nuestra vida. “En cuanto a Dios, perfecto es su camino” (Sal. 18:30).

A. M. Behnam
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El Eclesiastés y el cristiano (2)

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Fui engrandecido y aumentado más que todos los que fueron antes de mí… y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol.
Eclesiastés 2:9-11
El Eclesiastés y el cristiano (2)
En varias ocasiones, el Eclesiastés presenta las cosas de forma un tanto desalentadora: vanidad de vanidades, todo es vanidad y aflicción de espíritu. Este es el resultado recurrente de todo el esfuerzo del escritor por encontrar el sentido de la vida, por encontrar una verdadera satisfacción “debajo el sol”. Salomón había estado en condiciones de probar casi todo lo que se puede conocer en la tierra. Había intentado disfrutar del placer (v. 1); del alcohol (v. 3); de un estilo de vida lujoso (vv. 4-6); del éxito en los negocios (vv. 7-8); de la cultura; de la música (2:8b); de las relaciones sexuales (v. 8); y de la búsqueda de la inteligencia o la sabiduría (vv. 12-17).

En cada ocasión, siempre llegó a la misma conclusión deprimente que hallamos en el texto de hoy, pues leemos más adelante en este capítulo: “Aborrecí, por tanto, la vida… por cuanto todo es vanidad y aflicción de espíritu” (v. 17). “Volvió, por tanto, a desesperanzarse mi corazón acerca de todo el trabajo en que me afané” (v. 20).

¿Qué beneficio tiene el cristiano al estudiar un libro así? Permítanme mencionar solo tres formas en que uno puede beneficiarse de este libro. En primer lugar, es un ejercicio muy útil cuando, como creyentes, nos damos cuenta de que el verdadero sentido de la vida, la verdadera satisfacción, no se encuentra “debajo el sol”, es decir, en este mundo.

En segundo lugar, el Señor dijo que toda la Escritura habla de él (Jn. 5:39). Si prestamos atención, encontraremos alusiones a su Persona incluso en este libro (empezando por los siguientes versículos: Ec. 4:12; 7:28; 9:14-15).

En tercer lugar, cuando consideramos los versículos del Eclesiastés a la luz del Nuevo Testamento, también tienen un mensaje para el creyente. Lo veremos a medida que sigamos leyendo y meditando en este libro.

Michael Vogelsang
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El llamamiento de Dios: salir y entrar | 1 Corintios 1:9

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Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor.
1 Corintios 1:9
El llamamiento de Dios: salir y entrar
El Dios de gloria llamó a Abraham de su país y de su parentela a la tierra prometida (Hch. 7:2-3); fue llamado de un lugar a otro, y se convirtió en amigo de Dios. El hecho de salir le costó mucho ejercicio de alma, pero tales ejercicios no son comparables con la bendición, el honor y el favor a los que fue introducido por ese llamamiento. Su fe abarcaba una rica herencia, una ciudad celestial (He. 11:10), la promesa segura de Dios. A diferencia de Abraham, su sobrino Lot se negó a separarse del mundo perverso que lo rodeaba, y le siguieron consecuencias desastrosas en la destrucción de Sodoma y Gomorra, donde perdió todo aquello en lo que un hombre, y especialmente un hombre justo (véase 2 P. 2:7), podía gozarse.

El mismo Dios se reveló a Moisés como: “Yo soy”, y llamó a Israel a salir de Egipto, de la casa de la esclavitud, para entrar en la herencia prometida. Se reveló en una relación de pacto con los hijos de Israel; se les reveló como Jehová. Israel tiene el honor de ser la nación que ha de estar a la cabeza del sistema terrenal de naciones establecido, y como el pueblo de Jehová que debe servirlo con especial cercanía y dar a conocer su Nombre en toda la tierra. Sin embargo, los hijos de Israel se han alejado de Jehová y se han negado a escuchar su voz. Por lo tanto, el día de su plena bendición ha sido pospuesto -aún está por venir. En un día futuro, ellos recibirán a Jesús (Jehová, el Salvador) como su verdadero Mesías.

Es el mismo Dios que ha llamado de entre las naciones a la Iglesia (o Asamblea). Separados de las asociaciones y aspiraciones del mundo, aquellos que forman la Iglesia están llamados a gozar de asociaciones y esperanzas que se centran vitalmente en Cristo, aquel que fue rechazado en la tierra y que está exaltado en el cielo. Los cristianos son llamados a la más grande, gloriosa y honrosa comunión que Dios puede dar a conocer a los hombres.

H. J. Vine
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José de Arimatea (3) | Juan 19:41-42

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En el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno. Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús.
Juan 19:41-42
Lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.
Mateo 27:60
José de Arimatea (3)
En estos versículos vemos el cumplimiento de la profecía que Isaías escribió cientos de años antes. Sin duda alguna, los hombres le habrían dado a Jesús la sepultura de un criminal en un sepulcro indigno. Dios se encargó de que, cuando el Señor Jesús hubo completado la obra que se le había encomendado, no tuviera más contacto con manos perversas. Él “con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca.” (Is. 53:9).

Cuando José de Arimatea y Nicodemo envolvieron el cuerpo de Jesús con las especias aromáticas en un lienzo limpio, el día ya estaba acabando. Cerca del lugar de la crucifixión había un sepulcro nuevo, un sepulcro que José de Arimatea había hecho excavar en la roca para su propia sepultura. Allí, debido a la falta de tiempo, depositaron el cuerpo del Señor. Algunas de las mujeres que habían seguido al Señor se encontraban cerca, observando el lugar en el que su cuerpo fue puesto.

Al leer los relatos de los cuatro evangelios, podemos apreciar el cuidado que Dios puso en el cuerpo de su Hijo. Su cuerpo sagrado, en el que había sufrido por el pecado -el pecado de usted y el mío, pues en él no había pecado-, fue envuelto tiernamente para su sepultura por dos hombres que lo amaban. No fue colocado en un pozo en la tierra y cubierto con tierra, o en una tumba contaminada por otros cadáveres. No, Dios se encargó de que su sepulcro fuera un sepulcro nuevo, excavado en la roca en un jardín, destinado originalmente a un hombre rico, y que la puerta estuviera cerrada por una gran piedra colocada en su lugar. Dios quiso que el cuerpo de su Hijo fuera honrado.

Eugene P. Vedder, Jr.
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Obedecer, someterse y ser paciente | Hebreos 12:9

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¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre?
Hebreos 12:9
Obedecer, someterse y ser paciente
Una vida cristiana normal surge de una visión precisa de nosotros mismos en relación con Dios. En primer lugar, debemos aprender a obedecer. El término más común del Nuevo Testamento traducido como obedecer es una palabra que significa «escuchar debajo». Si aceptamos que estamos por debajo de Dios, entonces ciertamente debemos obedecerlo. Después de obedecer primero a Cristo como nuestro Salvador (He. 5:9), también debemos responder a la enseñanza cristiana “según es en verdad, la palabra de Dios” (1 Ts. 2:13). Los que conscientemente no obedecen la Palabra de Dios deben ser amonestados (2 Ts. 3:14).

En segundo lugar, después de la obediencia debemos aprender a someternos. La sumisión es ante todo una respuesta a Dios, nuestro Padre (He. 12:9). Si nos sometemos a él, aceptaremos fácilmente todo lo que nos dé. Interpretaremos los momentos de dificultad como ocasiones de su buena disciplina, que nos ayuda a crecer espiritualmente. Someterse también significa reconocer las influencias de Dios en nuestras vidas. Pablo dijo a los corintios que se sometieran a la casa de Estéfanas, donde había siervos consagrados al Señor (1 Co. 16:15-16). La forma más clara de mostrar sumisión a Dios es mostrar una actitud de sujeción a nuestros empleadores, autoridades gubernamentales y conductores en la Asamblea. En dos ocasiones se nos dice simplemente que nos sometamos a otros cristianos, independientemente de nuestras relaciones mutuas (Ef. 5:21; 1 P. 5:5).

En tercer lugar, debemos aprender a ser pacientes o soportar. Esto conlleva la idea de soportar las dificultades en lugar de tratar de salir de ellas. La paciencia se aprende verdaderamente solamente a través de la tribulación (Ro. 12:12). Naturalmente, esta no es una lección agradable, pero espiritualmente es muy provechosa, porque siempre produce una mayor madurez cristiana (Stg. 1:4). ¿Queremos ser cristianos más fuertes? Entonces podemos pedirle al Señor que nos ayude a obedecer, someternos y ser pacientes.

Stephen Campbell
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Hallar descanso | Mateo 11:29

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Llevad mi yugo sobre vosotros… y hallaréis descanso para vuestras almas.
Mateo 11:29

Hallar descanso
Tal era el yugo de Cristo que, en su infinita gracia, él nos invita a tomar sobre nosotros, a fin de que también podamos hallar descanso para nuestras almas. Notemos las palabras “hallaréis descanso” y procuremos comprender su significado. No debemos confundir el “descanso” que él nos da con el descanso que nosotros hallamos. Cuando el alma cansada y cargada acude a Jesús con sencilla fe, él le da descanso, un descanso estable que mana de la completa seguridad de que todo está hecho; que los pecados son quitados para siempre; que la justicia perfecta ha sido cumplida, revelada y concedida; que toda cuestión está divina y eternamente resuelta, y ello por la eternidad; Dios es glorificado; Satanás ha sido reducido a silencio.

Tal es el descanso que Jesús da cuando acudimos a él. Pero luego debemos atravesar las circunstancias de nuestra vida diaria. En ella hay pruebas, dificultades, trabajos, combates, fracasos y reveses de toda clase. Ninguna de estas cosas puede afectar en lo más mínimo el descanso que Jesús da, pero sí pueden alterar seriamente el descanso que hemos de hallar. Ellas no turbarán nuestras conciencias, pero pueden perturbar en gran manera nuestro corazón; pueden inquietarnos e impacientarnos.

Y ¿cómo saldré de esta condición? ¿Cómo podré tranquilizar mi corazón y calmar la excitación de mi ánimo? ¿Qué necesito ante todo? Hallar descanso. Y ¿cómo podré hallarlo? Inclinándome y tomando sobre mí el precioso yugo de Cristo; el mismo yugo que él llevó siempre en los días de su carne; el yugo de una completa sumisión a la voluntad de Dios. Necesito la capacidad de decir, sin un átomo de reserva, desde lo más profundo de mi alma: ’Hágase, Señor, tu voluntad’. Necesito el profundo sentimiento de su perfecto amor por mí, y de su infinita sabiduría en todas sus relaciones conmigo, que yo no querría que las cosas fuesen de otra manera, aunque estuviese en mi poder cambiarlas; sí, que yo no querría mover un dedo para cambiar mi posición o mis circunstancias.

C. H. Mackintosh
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El testimonio del Espíritu | Hebreos 10:15

El testimonio del Espíritu
El Espíritu Santo también nos da testimonio.
Hebreos 10:15
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Muchos cristianos no entienden los pasajes de la Palabra que hablan acerca del testimonio del Espíritu Santo. Piensan que se trata de una experiencia emocional, o un sentimiento de felicidad, o un estado mental de éxtasis, o una visión de algún tipo que (suponen) les confirmará que han sido aceptados por Dios, desechando así el testimonio de la Palabra. Aunque algunas de estas experiencias subjetivas pueden ser fruto del testimonio del Espíritu, en ningún caso constituyen, ni individual ni conjuntamente, dicho testimonio.
Hace algunos años, me encontré con una mujer que ya no era la alegre creyente que había conocido con anterioridad. Su infelicidad se debía a que alguien le había enseñado y persuadido que, si no tenía «el testimonio del Espíritu», entonces no era salva. Y, aunque había orado fervientemente por recibir este «testimonio», no lo había obtenido. Entonces le dije que como cristianos tenemos un testimonio inconfundible, algo que era mucho mejor que una experiencia sobrenatural de parte de Dios: ¡Tenemos la Palabra de Dios!
La Epístola a los Hebreos establece en primer lugar que Cristo es superior a los ángeles, a los profetas y a los líderes del antiguo pacto, y luego muestra el carácter trascendente del nuevo pacto de gracia. Los numerosos sacrificios del antiguo pacto no podían justificar al pecador, pero en la cruz, Cristo justificó a todos los que creen en él. Todos por igual son justificados por la gracia de Dios “mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Ro. 3:24). “Somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre” (He. 10:10).
El Espíritu Santo nos da testimonio de que Dios nunca más se acordará de nuestros pecados y transgresiones (He. 10:17; véase Jer. 31:33-34).
No necesita orar y suplicar para recibir este testimonio, pues el testimonio del Espíritu está en la Palabra de Dios. Solo debe creer en él.
H. A. Ironside
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Pensar lógicamente es bíblico | R.C. Sproul

Pensar lógicamente es bíblico

R.C. Sproul

Hace varios años me pidieron dar un discurso en un importante seminario teológico estadounidense. Durante el discurso, hablé sobre el papel crítico de la lógica en la interpretación bíblica, y les pedí a los seminarios que incluyeran cursos de lógica en sus currículos obligatorios. En casi cualquier materia de seminario se exige que los estudiantes aprendan por lo menos algo de los idiomas bíblicos originales: hebreo y griego. Se les enseña a analizar el trasfondo histórico del texto, y aprenden principios básicos de interpretación.

Todas estas son habilidades importantes y valiosas para que los estudiantes sean buenos administradores de la Palabra de Dios. Sin embargo, la razón principal por la cual ocurren errores en la interpretación bíblica no se debe a que el lector carece de conocimiento del hebreo, o de la situación en la que se escribió el libro bíblico. La causa número uno de malentender las Escrituras viene por hacer inferencias ilegítimas del texto. Creo firmemente que estas inferencias erróneas serían menos probables si los intérpretes bíblicos fueran más hábiles en los principios básicos de la lógica.

La causa número uno de malentender las Escrituras viene por hacer inferencias ilegítimas del texto.

Permíteme darte un ejemplo del tipo de inferencias erróneas que tengo en mente. Dudo que yo haya tenido una discusión sobre la elección soberana de Dios sin que alguien me cite Juan 3:16 diciéndome: “¿Pero no dice la Biblia que ‘de tal manera amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo unigénito, para que todo aquél que cree en Él, no se pierda, sino que tenga vida eterna’”? Inmediatamente concuerdo con ellos; la Biblia dice eso. Si tradujéramos esa verdad en proposiciones lógicas, diríamos que todos los que creen tendrán vida eterna, y que nadie que tenga vida eterna se pierde, porque perderse o tener la vida eterna son polos opuestos en términos de las consecuencias de ese creer. Sin embargo, este texto no dice absolutamente nada sobre la capacidad humana de creer en Jesucristo. No nos dice nada sobre quién creerá. Jesús dijo: “Nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre que me envió” (Jn. 6:44). Aquí tenemos un negativo universal que describe el aspecto de la capacidad humana. Ninguna persona tiene la capacidad de venir a Jesús a menos que Dios cumpla con una condición en particular (a saber, “traerlos”); sin embargo, esto se olvida a la luz de Juan 3:16, que no dice nada sobre un requisito previo para la fe. Entonces, Juan 3:16, uno de los textos más famosos en toda la Biblia, se destroza rutinaria, regular, y sistemáticamente con inferencias e implicaciones erróneas.

¿Por qué ocurren tales inferencias ilegítimas? La teología cristiana clásica, particularmente la teología reformada, habla sobre los efectos noéticos del pecado. La palabra noético deriva de la palabra griega nous, que a menudo se traduce como “mente”. Entonces, los efectos noéticos del pecado son esas consecuencias de la Caída del hombre (Gn. 3) en el intelecto humano. Todos los humanos, incluyendo todas nuestras facultades, quedaron devastadas por la corrupción de la naturaleza humana. Nuestros cuerpos mueren a causa del pecado, la voluntad humana está en un estado de esclavitud moral (en cautividad a los deseos e impulsos del corazón), y nuestras mentes, igualmente, están caídas. La Caída ha debilitado severamente nuestra propia capacidad de pensar. Yo diría que Adán, antes de la Caída, tenía un coeficiente intelectual fuera de serie. Dudo que hacía inferencias ilegítimas cuando cuidaba el jardín. Por el contrario, su mente era ágil y aguda, pero él perdió eso cuando cayó, y nosotros lo perdimos con él.

Todos los humanos, incluyendo todas nuestras facultades, quedaron devastadas por la corrupción de la naturaleza humana.

Sin embargo, el hecho de que hayamos caído no significa que ya no tengamos la capacidad de pensar. Todos somos propensos al error, pero también podemos aprender a razonar de una manera ordenada, lógica, y persuasiva. Es mi deseo ver a cristianos pensando con la máxima fuerza y ​​claridad. Entonces, como cuestión de disciplina, nos beneficia mucho estudiar y dominar los principios elementales del razonamiento para que podamos, con la ayuda de Dios el Espíritu Santo, superar hasta cierto punto los estragos que el pecado causa en nuestro pensamiento.

No creo ni por un momento que, mientras el pecado esté en nosotros, podamos llegar a ser perfectos en nuestro razonamiento, porque el pecado nos predispone en contra de la ley de Dios mientras vivamos, y tenemos que luchar para vencer estas distorsiones básicas de la verdad de Dios. Pero si amamos a Dios no solo con todo nuestro corazón, alma, y fuerzas, sino también con nuestra mente (Mr. 12:30), seremos rigurosos al entrenar nuestras mentes.

Sí, Adán tenía una mente aguda antes de la Caída, pero creo que el mundo nunca ha experimentado un pensamiento tan sólido como se manifestó en la mente de Cristo. Pienso que parte de la humanidad perfecta de nuestro Señor se demostró en que nunca hizo una inferencia ilegítima, nunca saltó a una conclusión que no estuviera justificada por las premisas. Su pensamiento era coherente y claro como el agua. Nuestro Señor nos llama a imitarlo en todas las cosas, incluyendo su pensar. Por lo tanto, en tu vida, tu principal y sincera prioridad debe ser amarlo con toda tu mente.

Publicado originalmente en Ligonier. Traducido por Rachel Hannah.
Imagen: Lightstock.
R.C. Sproul es el fundador de Ligonier Ministries, el maestro principal de la programación de radio Renewing Your Mind, y el editor general de la Biblia de estudio Reformation.

Yo seguí plenamente al Señor mi Dios.

Sábado 9 Septiembre
Yo seguí plenamente al Señor mi Dios.
Josué 14:8 NBLA
El poder de la fe
La fe es un principio poderoso. Purifica el corazón, obra por amor y vence al mundo. En una palabra, enlaza el corazón con Dios mismo y ese es el secreto de toda verdadera nobleza, santa benevolencia y divina pureza. No es extraño, pues, que Pedro diga que es “mucho más preciosa que el oro” (1 P. 1:7), ya que en verdad es preciosa, mucho más de lo que el pensamiento humano pueda alcanzar.

Véase cómo este poderoso principio actuó en Caleb, y el bendito fruto que produjo. Le fue permitido comprobar la verdad de aquellas palabras, empleadas siglos después: “Conforme a vuestra fe os sea hecho”. Él creyó que Dios era capaz de hacerlos entrar en la tierra, y que todas las dificultades y obstáculos serían simplemente para ejercicio de la fe. Y Dios, como sucede siempre, contestó a su fe: “Quizá Jehová estará conmigo, y los echaré, como Jehová ha dicho” (Jos. 14:12).

¡Cuán reconfortantes son las expresiones de una cándida fe! ¡Cuán edificantes! ¡Cuán verdaderamente alentadoras! ¡Qué intenso contraste con la tenebrosa y depresiva incredulidad, con sus acentos deslucidos que deshonran a Dios! Caleb fue firme en la fe, dando gloria a Dios. Podemos decir, con la mayor certeza, que, como la fe siempre honra a Dios, él se complace a su vez en honrar la fe; y estamos convencidos de que, si el pueblo de Dios confiara más en él, si ellos extrajeran más abundantemente de Sus recursos infinitos, veríamos una situación muy diferente a nuestro alrededor. ¡Ah! ¡Si tuviéramos una más viva fe en Dios, asiéndonos más audazmente a su fidelidad, a su bondad, a su poder! Entonces podríamos esperar resultados más gloriosos en el campo de la evangelización; más celo, más energía, más intensa dedicación en la Iglesia, y más frutos de justicia en los creyentes individualmente.

C. H. Mackintosh
Danos la fe que dio poder
A los soldados de la cruz,
Que hasta la muerte por vencer,
Firmes, marcharon por Jesús;
Fe de los fieles, pura fe,
¡De nuestra vida el ancla sé!
F. W. Faber
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.