UN TÍTULO EXAMINADO | Mateo 7:22, 23

22 Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? 23 Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad. Mateo 7:22-23Reina-Valera 1960


Grande será la desilusión de aquellos que van al juicio esperando una bienvenida entre los amados de Dios, pero quienes recibirán la sentencia del Juez: «Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de iniquidad».

La razón para el examen:
A menudo es difícil distinguir entre el movimiento de los sentimientos animales, y los verdaderos afectos e impulsos religiosos. Las emociones vienen y van, como las olas del mar.

Estamos en peligro de ser satisfechos con el nivel existente de religión en la comunidad donde vivimos. El nivel de piedad en la mayoría de los lugares es muy bajo.

Un alma engañada es un constante peso muerto para la iglesia.

El examen que Dios nos haga será muy profundo y concienzudo.

Preguntas del examen:
¿Se ha rendido totalmente a Dios, y ha aceptado a Cristo como Salvador y Señor?

¿Ha experimentado el perdón de sus pecados?

¿Ama a su prójimo como a usted mismo?

¿Lee y obedece usted la Palabra de Dios?

¿Ora regularmente, no sólo por usted, sino también por los demás, y por la Iglesia y la venida del Reino de Dios?

¿Lucha contra el pecado?

¿Desea y hace esfuerzos por la salvación de otras personas?

¿Está usted listo y deseoso de obedecer la Palabra de Dios?

¿Tiene un deseo creciente de ser conformado a la imagen de Cristo?

¿Mira al Cielo como su hogar y desea estar allí, o considera que este mundo presente es su hogar?

Vila, S. (2001). 1000 bosquejos para predicadores (pp. 622-623). Editorial CLIE.

DIOS CASTIGARÁ A LOS MALOS Y BENDECIRÁ A LOS JUSTOS, Malaquías 3:13–4:3

DIOS CASTIGARÁ A LOS MALOS Y BENDECIRÁ A LOS JUSTOS

Malaquías 3:13–4:3

Esta sección se une a la anterior para confirmar la radical necedad y distanciamiento del pueblo hacia Dios. No había terminado Dios de decir “probadme…” (v. 3:10b) , cuando el pueblo declara: “Está demás servir a Dios… ¿Qué provecho sacamos de guardar su ley…?” (v. 13). El pueblo rechaza a Dios porque las bendiciones de Dios no coinciden con su concepto egoísta y materialista de bendición. (¡Qué difícil le resulta al ser humano aprender a apreciar las cosas desde la perspectiva de Dios!; ver Mat. 6:33).
El pueblo ha descubierto que la fidelidad a Dios, basada en la instrucción divina y no en sus deseos humanos, no pagaba nada valioso. La base utilitaria de la fe y la religión de muchos choca con el sistema de valores de Dios.
Pero la serie de disputas proféticas no termina con una nota pesimista y amargada. En medio de una comunidad marcada por el materialismo, la desesperanza, el abandono de la fe y el cinismo, había un “remanente”, un “resto fiel” (3:16–18); es el grupo a quien Malaquías llama “los que temen a Jehovah”. A ellos Dios reconoce como su verdadero pueblo, “su especial tesoro” (comp. Éxo. 19:6; Deut. 7:6; 14:2; 26:18; Sal. 135:4). Ellos permanecen firmes en el Señor (Mal. 3:16; comp. Sal. 1) y llevan la marca de la justicia y el servicio (Mal. 3:18; comp. Mat. 25:31–46).
Con el tema de el día se muestra la clara diferencia entre los justos y los malvados. Para los primeros ese día será de perdón (3:17) y de salvación plena (4:2); para los segundos, ese será un día de castigo y destrucción (4:1, 3).
Con el tema del “día de Jehovah” el profeta Malaquías se une a la tradición de sus antecesores (Amós 5:18; Isa. 2:12; 13:6; 49:8; Jer. 30:7; Eze. 30:3; Joel 1:15; 2:11, 31) y, parafraseando, lo define así: “El reconocimiento de la presencia de Jehovah en su constante actividad de juicio y salvación” (vv. 1, 2). Y más específicamente: “El gran día en que Jehovah salvará de una vez por todas a su pueblo” (v. 3).

Semillero homilético
¿De qué lado estás?
Malaquías 3:13–4:3
Introducción: La Biblia, sobre todo en las partes conocidas como “literatura sapiencial”, constantemente divide a la humanidad en dos clases: los sabios y los necios, los buenos y los malvados, los justos y los injustos. Este pasaje de Malaquías plantea también la conducta de esos dos grupos (3:13–15 y 3:16–18).
I. ¿Quiénes son los necios?

  1. Los que desestiman a Dios.
  2. Los que prefieren a los arrogantes e impíos.
    II. ¿Quiénes son los sabios?
  3. Son los prudentes y obedientes.
  4. Los que sirven a Dios y lo respetan.
    III. El destino de cada uno.
  5. El malvado será quemado como la paja.
  6. El bueno será considerado como “especial tesoro”, será prosperado.
    Conclusión: Qué bien refleja este pasaje al Salmo 1. Este pasaje refleja refleja muy bien a Mateo 25:31–46. El Dr. Albert Schweitzer, médico, músico y teólogo, desafió al mundo entero en su discurso de aceptación del premio Nobel de la Paz en 1952: “La humanidad entera tiene que enfrentarse a la realidad de que el ser humano se ha convertido en un Superman, pero este superhombre con poderes “superhumanos” no ha logrado alcanzar el nivel de la razón sobrehumana. Lo más triste es que a medida que su poder aumenta, este superhombre cada día se hace más miserable. Debe sacudir nuestra consciencia el hecho de que a la vez que nos hacemos más superhombres nos volvemos más inhumanos”.

Connerly, R., Gómez C., A., Light, G., Martı́nez, J. F., Martı́nez, M., Morales, E., Moreno, P., Rodrı́guez, S., Ruiz, J., Samol, J. A., Sánchez, E., Sewell, D., Tiuc Sian, R., Welmaker, B., Wilson, R., Wyatt, J. C., Wyatt, R., & Editorial Mundo Hispano (El Paso, T. . with Bryan, J., Byrd, H., & Caruachı́n, C., Carroll R. y M. Daniel. (2003). Comentario bı́blico mundo hispano Oseas–Malaquı́as (1. ed., pp. 392-393). Editorial Mundo Hispano.

¿Enseña la Biblia el pecado mortal y el venial?

¿Enseña la Biblia el pecado mortal y el venial?

La Iglesia Católica Romana divide el pecado en dos categorías, pecado mortal y pecado venial. El tema del pecado tal como lo enseña la Biblia es uno de los aspectos más importantes para entender la vida con Dios y lo que significa conocerle. En nuestro caminar en la vida, debemos saber cómo responder bíblicamente a nuestro propio pecado y a las manifestaciones de la pecaminosidad de la humanidad que enfrentamos en cada momento, día tras día. Las consecuencias de no tener una comprensión bíblica del pecado y, por lo tanto, no responder al pecado como corresponde, son devastadoras por encima de lo imaginable. Una interpretación incorrecta del pecado puede llevarnos a una eternidad separados de Dios en el infierno. Pero ¡alabado sea el glorioso nombre de nuestro Dios y Salvador Jesucristo! En Su Santa Palabra, Dios ha mostrado claramente lo que es el pecado, cómo nos afecta personalmente y cómo debemos enfrentarlo. Por lo tanto, al tratar de entender los conceptos de pecado mortal y venial, busquemos las respuestas definitivas en la Palabra de Dios, que es todo lo que necesitamos.

Para saber si la Biblia enseña los conceptos de pecado mortal y venial, nos serán de gran utilidad algunas descripciones básicas. Los conceptos de pecado mortal y venial son esencialmente católicos romanos. Los cristianos evangélicos y protestantes pueden o no estar familiarizados con estos términos. Las definiciones prácticas de los pecados mortales y veniales podrían ser las siguientes: Pecado Mortal es «pecado que causa muerte espiritual,» y Pecado Venial es «pecado que puede ser perdonado.» El pecado venial se usa siempre en contraposición al pecado mortal. Los pecados mortales son aquellos pecados que excluyen a las personas del reino; los pecados veniales son aquellos pecados que no excluyen a las personas de él. El pecado venial difiere del pecado mortal en el castigo que conlleva. El pecado venial merece un castigo temporal que se paga con la confesión o con el fuego del purgatorio, mientras que el pecado mortal merece la muerte eterna.

En el Catecismo de la Iglesia Católica se encuentra esta descripción del pecado mortal: «Para que un pecado sea mortal, deben cumplirse simultáneamente tres condiciones: ‘Pecado mortal es aquel cuyo objetivo es un asunto grave y que, además, se comete con pleno conocimiento y deliberado consentimiento'». De acuerdo con el Catecismo, «el asunto grave se especifica en los Diez Mandamientos». El Catecismo afirma además que el pecado mortal «produce la pérdida del amor y la privación de la gracia de santificación, es decir, del estado de gracia. Si no se redime mediante el arrepentimiento y el perdón de Dios, provoca la exclusión del reino de Cristo y la muerte eterna del infierno».

En cuanto al pecado venial, el Catecismo afirma lo siguiente: «Se comete pecado venial cuando, en un asunto menos grave, no se observa la norma prescrita por la ley moral, o cuando se desobedece a la ley moral en un asunto grave, pero sin total conocimiento o sin pleno acuerdo. El pecado venial debilita la caridad; manifiesta un afecto desordenado por los bienes de la creación; impide el progreso del alma en el ejercicio de las virtudes y en la práctica del bien moral; merece pena temporal. El pecado venial intencionado y sin arrepentimiento nos predispone poco a poco a cometer el pecado mortal. Sin embargo, el pecado venial no nos pone en oposición directa con la voluntad y la amistad de Dios; no rompe la alianza con Dios. Con la gracia de Dios es un pecado humanamente reparable. ‘El pecado venial no priva al pecador de la gracia de la santificación, de la amistad con Dios, del amor y, por consiguiente, del gozo eterno'».

En pocas palabras, el pecado mortal es una violación intencional de los Diez Mandamientos (de pensamiento, palabra u obra), que se comete con pleno conocimiento de la gravedad del asunto, y tiene como consecuencia la pérdida de la salvación. La salvación se puede recuperar mediante el arrepentimiento y el perdón de Dios. El pecado venial puede ser una violación de los Diez Mandamientos o un pecado de naturaleza menor, pero se comete sin intención y/o sin pleno consentimiento. Aunque perjudica la relación con Dios, el pecado venial no implica que se pierda la vida eterna.

Bíblicamente, los conceptos de pecado mortal y venial presentan varios problemas: en primer lugar, estos conceptos presentan una imagen antibíblica de cómo Dios ve el pecado. La Biblia afirma que Dios será justo e imparcial a la hora de castigar el pecado y que en el día del juicio algunos pecados merecerán mayor castigo que otros (Mateo 11:22, 24; Lucas 10:12, 14). Sin embargo, el hecho es que todos los pecados recibirán el castigo de Dios. La Biblia enseña que todos pecamos (Romanos 3:23) y que la justa compensación por el pecado es la muerte eterna (Romanos 6:23). Más allá de los conceptos de pecado mortal y venial, la Biblia no afirma que algunos pecados merezcan la muerte eterna mientras que otros no. Todos los pecados son mortales en cuanto que un solo pecado hace que el culpable merezca la separación eterna de Dios.

El Apóstol Santiago explica este hecho en su carta (Santiago 2:10): «Porque cualquiera que guarda toda la ley, pero tropieza en un punto, se ha hecho culpable de todos (LBLA)». Notemos el uso que hace de la palabra «tropieza». Significa equivocarse o caer en el error. Santiago está pintando un cuadro de una persona que está tratando de hacer lo correcto y, sin embargo, tal vez sin querer, comete un pecado. ¿Cuál es la consecuencia? Dios, a través de su siervo Santiago, afirma que cuando una persona comete un pecado, aunque sea involuntario, es culpable de quebrantar toda la ley. Una buena ilustración de este hecho es imaginarse una ventana grande y entender que esa ventana es la ley de Dios. No importa si una persona lanza una piedrita muy pequeña a través de la ventana o varias piedras grandes. El resultado es el mismo: la ventana se rompe. De la misma manera, no importa si una persona comete un pecado pequeño o varios pecados grandes. El resultado es el mismo–la persona es culpable de quebrantar la ley de Dios. Y el Señor declara que no dejará impune al culpable (Nahum 1:3).

En segundo lugar, estos conceptos presentan una imagen antibíblica del pago que hace Dios por el pecado. En ambos casos de pecado mortal y venial, el perdón de la transgresión depende de que el ofensor haga algún tipo de restitución. En el Catolicismo Romano, esta restitución puede consistir en confesarse, hacer una oración determinada, recibir la Eucaristía u otro ritual similar. La idea básica es que para que el perdón de Cristo se aplique al infractor, éste debe realizar alguna obra, y entonces se concede el perdón. El pago y el perdón de la transgresión dependen de las acciones del ofensor.

¿Es esto lo que la Biblia enseña con respecto al pago por el pecado? La Biblia enseña claramente que el pago por el pecado no se encuentra ni se basa en las acciones del pecador. Considere las palabras de 1 Pedro 3:18, «Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu». Fíjate en la redacción: «Cristo padeció una sola vez por los pecados». Este pasaje enseña que para la persona que está creyendo en Jesucristo, todos sus pecados han sido resueltos en la cruz. Cristo murió por todos ellos. Esto incluye los pecados que el creyente cometió antes de la salvación y los que ha cometido y cometerá después de la salvación.

Colosenses 2:13 y 14 confirma este hecho: «Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, [Dios] os dio vida juntamente con él [Cristo], perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz». Dios «nos ha perdonado todas nuestras transgresiones». No sólo los pecados del pasado, sino todos ellos. Los clavó en la cruz y los quitó de en medio. Cuando Jesús, en la cruz, dijo: «Consumado es» (Juan 19:30), estaba afirmando que había cumplido todo lo necesario para conceder el perdón y la vida eterna a los que creyeran en Él. Por eso Jesús dice en Juan 3:18 que «el que cree en Él [Jesús] no es condenado». Pablo declara este hecho en Romanos 8:1: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» ¿Por qué los creyentes no son juzgados? ¿Por qué no hay condenación para los que están en Cristo Jesús? Es porque la muerte de Cristo satisfizo la justa ira de Dios contra el pecado (1 Juan 4), y ahora los que confían en Cristo no soportarán la pena de ese pecado.

Mientras que los conceptos de pecado mortal y venial ponen en manos del infractor la responsabilidad de obtener el perdón de Dios por una determinada transgresión, la Biblia enseña que en la cruz de Cristo se perdonan todos los pecados del creyente. La Biblia enseña de palabra (Gálatas 6:7 y 8) y con el ejemplo (2 Samuel 11-20) que cuando un cristiano se involucra en el pecado, puede cosechar consecuencias temporales, físicas, emocionales, mentales y/o espirituales. No obstante, el creyente nunca tiene que volver a obtener el perdón de Dios debido al pecado personal porque la Palabra de Dios declara que la ira de Dios hacia el pecado del creyente fue satisfecha completamente en la cruz.

Tercero, estos conceptos presentan una imagen antibíblica del trato que Dios tiene con Sus hijos. Claramente, según el Catolicismo Romano, una de las consecuencias de cometer un pecado mortal es que le quita la vida eterna al ofensor. Asimismo, según este concepto, Dios concederá de nuevo la vida eterna mediante el arrepentimiento y las buenas obras.

¿Acaso la Biblia enseña que una persona verdaderamente salva por Dios a través de Cristo puede perder su salvación y recuperarla? Evidentemente no lo enseña. Una vez que una persona ha puesto su fe en Cristo para perdón de pecados y vida eterna, la Biblia enseña que esa persona está eternamente segura–no puede perderse. Consideremos las palabras de Jesús en Juan 10:27-28: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano». Pensemos también en las palabras de Pablo en Romanos 8:38-39: «Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro».

Reflexionando sobre el hecho de la total satisfacción de la ira de Dios hacia nuestro pecado en la muerte de Cristo, nuestros pecados no pueden separarnos del amor de Dios. En amor, Dios decide tomar la muerte de Cristo como pago por los pecados de los creyentes y no los tiene en cuenta contra el creyente. Así, cuando el creyente comete un pecado, el perdón de Dios en Cristo ya está presente y, aunque el creyente pueda experimentar consecuencias de su propio pecado, el amor y el perdón de Dios nunca están en peligro. En Romanos 7:14-25, Pablo afirma claramente que el creyente luchará con el pecado durante toda su existencia terrenal, pero que Cristo nos salvará de este cuerpo de muerte. Y por tanto, «ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1). Mientras que el concepto de pecado mortal enseña que una persona puede perder su salvación a través del pecado personal, la Biblia enseña que el amor y el favor de Dios nunca se apartarán de Sus hijos.

Algunos afirman que 1 Juan 5:16-17 es una prueba del concepto de pecado mortal y venial. En ese pasaje Juan dice: «Si alguno viere a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado que no sea de muerte. Hay pecado de muerte, por el cual yo no digo que se pida. Toda injusticia es pecado; pero hay pecado no de muerte». Consideramos que la «muerte» que se menciona aquí es la muerte física, no la muerte eterna en el infierno. Cuando una creyente continua en pecado sin arrepentirse, eventualmente llegara al punto en que Dios decida removerlo de este mundo. Dios a veces purifica Su iglesia removiendo a aquellos que obstinadamente lo desobedecen. El «pecado que lleva a la muerte» no resulta en la pérdida de la salvación, sino en la pérdida de la vida terrenal (ver 1 Corintios 11:30).

La gracia de Dios no sólo redime al creyente de toda acción contraria a la ley, sino que también lo guía a una vida santa y hace que sea celoso de las buenas obras. Esto no significa que el creyente nunca peque, sino que su pasión será honrar a Dios debido a la gracia de Dios obrando en la vida del creyente. El perdón y la santidad son dos lados de la misma moneda de la gracia de Dios–van juntos. Aunque a veces un creyente puede tropezar y caer en pecado–quizás hasta de una manera muy grave–el camino principal y la dirección de su vida será de santidad y pasión por Dios y Su gloria. Si uno sigue los conceptos de pecado mortal y venial, él o ella puede ser engañado a ver el pecado con una actitud frívola, pensando que él o ella puede pecar a voluntad y simplemente buscar el perdón de Dios en un momento determinado según su deseo personal. La Biblia nos enseña que el verdadero creyente nunca verá el pecado con ligereza y se esforzará, en la fortaleza de la gracia de Dios, por vivir una vida santa.

Basándonos en esta verdad bíblica, los conceptos de pecado mortal y venial no son bíblicos y deberíamos rechazarlos. En la muerte, sepultura y resurrección de Cristo, el problema de nuestro pecado está completamente resuelto, y no necesitamos mirar más allá de esa asombrosa demostración del amor de Dios por nosotros. Nuestro perdón y nuestra buena relación con Dios no dependen de nosotros, ni de nuestros defectos, ni de nuestra fidelidad. El verdadero creyente debe fijar sus ojos en Jesús y vivir a la luz de todo lo que Él hizo por nosotros. El amor y la gracia de Dios son realmente asombrosos. Vivamos a la luz de la vida que tenemos en Cristo. Por el poder del Espíritu Santo, que seamos victoriosos sobre todo pecado, ya sea «mortal», «venial», intencional o no intencional.

Fuente: https://www.gotquestions.org/Espanol/pecado-mortal-venial.html

Biblia y Homosexualidad | Cristianismo Primitivo

Biblia y Homosexualidad
LO QUE LA PALABRA DE DIOS -LA BIBLIA- DICE SOBRE LA HOMOSEXUALIDAD

«La apariencia de sus rostros testifica contra ellos; porque como Sodoma publican su pecado, no lo disimulan. ¡Ay del alma de ellos! porque amontonaron mal para sí»
(Isaías 3:9)

El propósito de este breve estudio no es «machacar» a los homsexuales, sino exponer lo que la Biblia declara sobre la Homosexualidad, y hacerlo sin rodeos. Dios ama a las personas y quiere que éstas sean salvas y libres, pero me siento en la responsabilidad de responder como cristiano ante las demandas del lobby gay, que en este tiempo están rebasando los límites de lo aceptable:

El Gobierno socialista español fue uno de los primeros en legalizar estas uniones equiparándolas al matrimonio con derecho a adopción de niños (de hecho las llama «matrimonio» cuando el origen etimológico del término es la expresión «matri-monium», es decir, el derecho que adquiere la mujer que lo contrae para poder ser madre dentro de la legalidad.)

Pero ya no se trata de que esta o aquella «iglesia» protestante nombre como obispos a homosexuales declarados y practicantes, o a que algún cura católico romano «salga del armario» como dicen ellos….

…algunos homosexuales ya no se conforman con tratar de hacer que aceptemos como natural su conducta sexual, ellos quieren más: Aunque suene a ciencia ficción quieren que se legalice la pederastia con una asociación que ellos llaman «Asociación para el amor entre hombre y niño» -en inglés las siglas son NAMBLA- (busque el término en internet). Les han recibido hasta en la ONU (Dicen que por error y entre otras asociaciones homosexuales, pero en todo caso les recibieron).

Desde hace décadas ciertos grupos homosexuales como NAMBLA han pedido la legalización de la pederastia.

Lo que nos parecía imposible, hoy comienza a ser una realidad.

Ellos -de esta asociación- incluso tienen como una página WEB donde reclaman este derecho -por si alguien no me cree: ver su web en http://www.nambla.org/ (No hay fotos obscenas, copie el enlace en su navegador para ver dicha web). La foto de la derecha es la de estos criminales de NAMLA en el día del orgullo gay en una ciudad de USA con una pancarta reclamando el derecho a mantener relaciones sexuales con niños.

Lo que hace unos años nos parecía impensable: la promoción de la pedofilia; es ya una realidad en los días del orgullo «gay» en ciudades como Madrid.

En la moderna Suecia o en el Reino Unido recientemente se han encarcelado (por breves periodos de tiempo, por el momento) a pastores protestantes por decir en público lo que la Biblia dice sobre la homosexualidad.

Leyes se proponen y aprueban para la corrupción de menores: pedofilia, cambio de sexo sin consentimiento de los padres, etc.

¿CUÁL FUE EL EL PECADO DE SODOMA?

«Mas los hombres de Sodoma eran malos y pecadores contra Yahveh en gran manera.» (Génesis 13:13)

«Aún no se habían acostado cuando los hombres de la ciudad de Sodoma rodearon la casa. Todo el pueblo sin excepción, tanto jóvenes como ancianos, estaba allí presente. Llamaron a Lot y le dijeron: ¿Dónde están los hombres que vinieron a pasar la noche en tu casa? ¡Échalos afuera! ¡Queremos acostarnos con ellos! Lot salió a la puerta y, cerrándola detrás de sí, les dijo: Por favor, amigos míos, no cometan tal perversidad» (Génesis 19:4-7)

«Porque de la vid de Sodoma es la vid de ellos, y de los campos de Gomorra; las uvas de ellos son uvas ponzoñosas, Racimos muy amargos tienen. Veneno de serpientes es su vino, y ponzoña cruel de áspides.» (Deuteronomio 32:32-33)

LA ACEPTACIÓN DE LA HOMOSEXUALIDAD: SIGNO DE LA DECADENCIA MORAL DE UNA SOCIEDAD
«He aquí que esta fue la maldad de Sodoma tu hermana: soberbia, saciedad de pan, y abundancia de ociosidad tuvieron ella y sus hijas; y no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso. Y se llenaron de soberbia, e hicieron abominación delante de mí, y cuando lo vi las quité» (Ezequiel 16:49-50).

La corrupción de menores es un delito tipificado en la legislación de varios países. Esta conducta antijurídica e imputable, es infraccional del Derecho penal.

Se entiende por corrupción de menores, la manipulación o abuso de incapaces por parte del autor del delito, quien hace participar a la víctima de forma prematura u obscena, en actividades de naturaleza sexual que perjudican el desarrollo de su personalidad.

En la actualidad, el artículo 183 bis del Código Penal dispone que «el que, con fines sexuales, determine a un menor de dieciséis años a participar en un comportamiento de naturaleza sexual, o le haga presenciar actos de carácter sexual, aunque el autor no participe en ellos, será castigado con una pena de prisión de seis meses a dos años». El citado precepto establece agravación de la pena –de uno a tres años- cuando se hubiera hecho presenciar al menor abusos sexuales.

LOS SEGUIDORES DE DIOS NO DEBEN ACEPTAR LAS DEMANDAS HOMOSEXUALES
Nos referimos a no aceptar como seguidores de Jesús, esta práctica como algo «natural» o una «alternativa». Debemos sin embargo tratar con respeto a las personas homosexuales y no insultarlas, menospreciarlas ni burlarnos de ellos.

Otra cosa es nuestra perspectiva de sus prácticas sexuales: Tolerancia cero.

«Y respondió Abram al rey de Sodoma: He alzado mi mano a Yahveh Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra, que desde un hilo hasta una correa de calzado, nada tomaré de todo lo que es tuyo, para que no digas: Yo enriquecí a Abram» (Génesis 14:22)

Los delitos relacionados con la pederastia se sancionan con una pena de tres meses a un año de prisión (…) A diferencia de lo que ocurre con el racismo o el terrorismo, en España no está tipificado el delito de la apología de la pedofilia.

LAS CONSECUENCIAS DEL PECADO DE SODOMA: PRÓXIMO JUICIO DE DIOS
Antes del juicio de Dios (que siempre llega, tarde o temprano), Éste da la oportunidad de que nos arrepintamos: tanto del pecado de la homosexualidad o de cualquier otro en el que hayamos caído. Para eso Jesús murió en la cruz: para salvar también a los afeminados y a los homosexuales. ¡Ay de nosotros si despreciamos una salvación tan grande!

«Entonces Yahveh le dijo: Por cuanto el clamor contra Sodoma y Gomorra se aumenta más y más, y el pecado de ellos se ha agravado en extremo» (Génesis 18:20)

«Luego le advirtieron a Lot: ¿Tienes otros familiares aquí? Saca de esta ciudad a tus yernos, hijos, hijas, y a todos los que te pertenezcan, porque vamos a destruirla. El clamor contra esta gente ha llegado hasta el Señor, y ya resulta insoportable. Por eso nos ha enviado a destruirla» (Génesis 19: 12-13)

«Asimismo como sucedió en los días de Lot; comían, bebían, compraban, vendían, plantaban, edificaban; mas el día en que Lot salió de Sodoma, llovió del cielo fuego y azufre, y los destruyó a todos. Así será el día en que el Hijo del Hombre se manifieste» (Lucas 17:28-29)

LO QUE DICE LA LEY DE DIOS
«No te acostarás con un hombre como quien se acuesta con una mujer. Eso es una abominación» (Levítico 18:22)

Comentario: Si se lee este pasaje de Levítico en su contexto se verá que se incluye la homosexualidad entre pecados abominables para Dios como el incesto, el bestialismo -relaciones con animales- etc. Es pues falso que la Biblia sea neutral respecto a la práctica homosexual.

«Cualquiera que practique alguna de estas abominaciones será eliminado de su pueblo» (Levítico 18:29)

Comentario: Con «eliminado de su pueblo» debemos entender que la práctica homosexual es incompatible con el ser cristiano. No podemos aceptar como miembro en la iglesia a alguien que siga practicando sin remordimientos, repulsa y arrepentimiento, la práctica homosexual.

EL JUICIO DE LA LEY DE DIOS SOBRE ESTE PECADO
«Y miró hacia Sodoma y Gomorra, y hacia toda la tierra de aquella llanura miró; y he aquí que el humo subía de la tierra como el humo de un horno» (Génesis 19:28)

«Si alguien se acuesta con otro hombre como quien se acuesta con una mujer, comete un acto abominable y los dos serán condenados a muerte, de la cual ellos mismos serán responsables» (Levítico 20:13)

Comentario: No es el Dios de la Vida quien condena a muerte (al infierno eterno) al homosexual, es su propio pecado el que le condena y que le hace responsable y reo de muerte ante la Ley del Dios Santo.

El Dios de la Vida quiere que el homosexual como cualquier otro pecador (Todos lo somos) se arrepienta de su pecado, vaya a Jesús (no a una religión) y viva.

«La apariencia de sus rostros testifica contra ellos; porque como Sodoma publican su pecado, no lo disimulan. ¡Ay del alma de ellos! porque amontonaron mal para sí» (Isaías 3:9)

Comentario: ¿No es esto lo que pasa hoy en día con el pecado de la homosexualidad y el lesbianismo? Publican desvergonzadamente y sin disimulo a los 4 vientos su pecado para convencer a esta decadente y cauterizada moralmente sociedad de que les acepte.

No doble sus rodillas ante esta avalancha mediática.

«Porque se aumentó la iniquidad de la hija de mi pueblo más que el pecado de Sodoma, que fue destruida en un momento, sin que acamparan contra ella compañías» (Lamentaciones 4:6)

EL TRAVESTISMO ES ABOMINACIÓN ANTE DIOS:
«No vestirá la mujer traje de hombre, ni el hombre vestirá ropa de mujer; porque abominación es a Yahvé tu Dios cualquiera que esto hace» (Deuteronomio 22:5)

EL LESBIANISMO ES UNA PASIÓN CONTRA LA NATURALEZA Y VERGONZOSA
«Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza» (Romanos 1:26)

LA HOMOSEXUALIDAD RECIBE EN SI MISMA CASTIGO
Comentario: Creo que no debemos pensar, como algunos energúmenos creen, que el castigo particular de Dios contra este pecado sea el SIDA u otra enfermedad similar que afecta a tantos inocentes (en ese caso todos deberíamos estar afectados por una enfermedad, porque todos somos pecadores ante Dios los unos lavados por la sangre de Cristo y los otros no-).

Estas enfermedades que se han propagado en un principio por causa de prácticas sexuales contra-naturaleza no son comparables con el venidero juicio de Dios cuando estemos ante Su Santo Trono para ser juzgados.

Personalmente, en tiempos peores para esta enfermedad y afortunadamente pasados gracias a los avances médicos, he visitado en hospitales a homosexuales afectados de SIDA a los que sus amigos «Gays» habían abandonado. ¡Que triste entonces ver que las falsas luces de éste mundo que perece se habían convertido en sombras, y las risas en lágrimas! Los homosexuales en lo profundo de sus corazones sufren por su pecado más de lo que podemos imaginar.

«y de igual modo también los hombres, dejando el uso natural de la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío» (Romanos 1:27)

LA HOMOSEXUALIDAD O EL SER AFEMINADO EXCLUYE DEL REINO DE DIOS
Comentario: La Biblia tacha a la homosexualidad como depravada hasta el extremo porque niega la imagen de Dios a la que el hombre ha sido creado. Niega el plan de Dios para la sociedad por medio de la institución de la familia (fundada por Dios aún antes que la iglesia). Creo que es por esto y no otra cosa que es un pecado especialmente desagradable a Sus santos ojos.

«¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios» (1ª Corintios 6:9-11)

LA HOMOSEXUALIDAD ES ENEMIGA DEL EVANGELIO
Comentario: Ya es el tiempo en que en algunos países europeos, los homosexuales que reclaman para si mismos tolerancia y que no la tienen para los que pensamos que sus prácticas no son «normales» y sí contra-natura, están promoviendo leyes que envían a la cárcel a los pocos mártires (confesores de la Palabra de Dios) modernos que denuncian y hablan claramente de este pecado.

«Pero sabemos que la ley es buena, si uno la usa legítimamente; conociendo esto, que la ley no fue dada para el justo, sino para los transgresores y desobedientes, para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos, para los parricidas y matricidas, para los homicidas, para los fornicarios, para los sodomitas, para los secuestradores, para los mentirosos y perjuros, y para cuanto se oponga a la sana doctrina, según el glorioso evangelio del Dios bendito» (1ª Timoteo 1:8-11)

LA HOMOSEXUALIDAD ES CASTIGADA CON DESTRUCCIÓN
«condenó por destrucción a las ciudades de Sodoma y de Gomorra, reduciéndolas a ceniza y poniéndolas de ejemplo a los que habían de vivir impíamente» (2ª Pedro 2:6)

LA HOMOSEXUALIDAD ES CASTIGADA CON FUEGO ETERNO
«como Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, las cuales de la misma manera que aquellos, habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza, fueron puestas por ejemplo, sufriendo el castigo del fuego eterno» (Judas 1:7)

HAY LIBERACIÓN Y PERDÓN DEL PECADO DE LA HOMOSEXUALIDAD
«¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis (…) ni los afeminados, ni los que se echan con varones (…) heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios» (1ª Corintios 6:9-11)

Se hace necesario decir aquí, en justicia, que de los alrededor de 80 países del mundo donde la homosexualidad está penada, ninguno de ellos es «cristiano». En 8 de ellos está penada con la muerte (todos ellos musulmanes), en otros 8 se les puede condenar a cadena perpetua, y en el resto es ilegal y está penada con penas más o menos duras. El cristiano no aprueba el pecado homosexual, pero debe entender que el homosexual está necesitado como cualquier otro hombre pecador, de la liberación de su pecado que solo Jesús puede dar.

SI ERES HOMOSEXUAL -¡Y HAS LLEGADO HASTA AQUÍ!- DEBES SABER QUE…
No eres más o menos pecador que el autor de esta Web. La única diferencia entre el mejor cristiano y el peor de los pecadores la hace Jesús de Nazaret. Tu pecado, y el mío, sea cual sea, no es sino una manifestación del pecado que hay en el corazón de todos nosotros.

El ser «más o menos bueno» o ser un homosexual practicante o un hombre que va a la iglesia cada domingo intentando cumplir los mandamientos de la Ley de Dios no nos libra:

«Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos. Porque el que dijo: No cometerás adulterio, también ha dicho: No matarás. Ahora bien, si no cometes adulterio, pero matas, ya te has hecho trasgresor de la ley.» (Santiago 2:10,11).

Cuando incumplimos o transgredimos uno solo de estos mandamientos (en tu caso al ser homosexual y en el del que escribe esto pecados vergonzosos de otra índole) nos hacemos culpables ante toda la Ley de Dios, (por ejemplo: como el que cumple todas y cada una de las leyes de un país salvo una: robar bancos) y merecedores del castigo que Él en Su Santidad ha decretado para el pecado:

«Porque la paga del pecado es muerte» (Romanos 6:23)

Hay un lugar terriblemente real destinado a los que mueren en sus pecados, sean homosexuales o «cristianos» de nombre:

«Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo; mejor te es entrar a la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en el infierno, al fuego que no puede ser apagado, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno, donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga» (Marcos 9:43-48)

Ahora bien, hubo Uno: Jesús, que cumplió perfectamente la Ley:

«Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino Uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.» (Hebreos 4:14-16).

Ese es Jesús, el Buen Jesús. Él pagó en la cruz el precio que merecían tus y mis pecados, por eso Él es el Salvador:

«El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación» (Romanos 4:25)

Por eso dice la Biblia:

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios» (Juan 3:16-18).

Jesús murió por culpa nuestra. Dios no nos perdona de cualquier modo o porque le apetezca: nos perdona porque ya castigó nuestros pecados en Su Hijo, que tomó el pecado también de los homosexuales en la cruz. Ahora si te arrepientes (cambias de vida) y te vuelves a Él te digo que hay esperanza para ti, Dios te puede dar limpieza, pureza y una nueva vida, porque Dios dice en Su Palabra:

«Venid luego, dice El Señor, y estemos a cuenta: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.» (Isaías 1:18)

A ti, que no sabes de qué están hechos sus próximos 5 minutos de vida, que estás desesperado, que buscas verdadera libertad, te toca decidir ahora dónde quiere pasar una eternidad. Solo tienes que arrepentirte de tus pecados y entregarle tu vida entera a Jesucristo. Así de sencillo: entregarle tú tu vida llena de miserias a Jesús y a cambio Él Te dará una nueva vida -Su Vida- de perdón y plenitud.

«Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y Yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga» (Mateo 11: 28-30)

Si esto te ha hecho reflexionar te aconsejo que busques una buena iglesia genuinamente cristiana -no de la religión tradicional y «popular» ni uno de esos grupos «locos» que hay por ahí- y pidas poder hablar con el responsable (te recomiendo una iglesia bautista y si es reformada mejor). En el improbable caso de que no te hicieran caso o te tratasen mal, no te desanimes: sigue buscando y mira a Jesús, no a los hombres. Si no sabes si cerca de ti hay una escríbeme y trataré de ayudarte. (Para contactar hágalo a la dirección de correo: autorcristianismoprimitivo@gmail.com)

Quizás mañana sea tarde…

Artículo Fuente: https://www.cristianismo-primitivo.org/otros-estudios/biblia-y-homosexualidad

La parábola de los obreros de la viña | Matthew Henry, & Francisco Lacueva

La parábola de los obreros de la viña

Matthew Henry, & Francisco Lacueva

Versículos 1–16
Esta parábola de los obreros de la viña tiene por objeto:
I. Presentar ante nosotros el reino de los cielos (v. 1). Las leyes de este reino no están envueltas en parábolas, sino expuestas con toda claridad, como en el Sermón del monte (caps. 5–7). Es el concepto del reino lo que necesita ser ilustrado más que los deberes del reino; por eso, las parábolas tenían por objeto ilustrar lo primero.
II. En particular, presentar ante nosotros una ilustración de lo que dijo al final del capítulo anterior, acerca del reino de los cielos: Muchos primeros serán últimos; y últimos, primeros (19:30). La parábola nos demuestra:

  1. Que Dios no es deudor de nadie; una gran verdad; y que muchos que comienzan tarde, y no parecen prometer mucho en la piedad, llegan a veces, con la bendición de Dios, a mejores resultados en cuanto al conocimiento, la gracia y el servicio, que otros cuya entrada fue muy temprana y que parecían prometer mucho. Juan es más ágil de piernas y llega antes al sepulcro; pero Pedro tiene más arrojo y entra antes en el sepulcro (hay otra razón, que se comentará en Jn. 20:4–6). Así muchos que son últimos serán primeros. Esto debe servir de advertencia a los discípulos para que velen y mantengan vivo su celo; de lo contrario, sus buenos comienzos les servirán de poco; parecían primeros, pero serán últimos. A veces, personas que se han convertido siendo muy mayores aventajan a quienes se han convertido en su juventud. Nos muestra también que la recompensa será dada a los creyentes, no según el tiempo en que se hayan convertido, ni según la edad en que se convirtieron, sino según la medida de estatura o edad espiritual que hayan alcanzado en la plenitud de Cristo (Ef. 4:13). Los que sufran martirio en los últimos días tendrán el mismo galardón que los mártires de la primera era de la Iglesia, aunque éstos sean más célebres; y los ministros fieles de hoy, el mismo que nuestros primeros padres en la fe. Dos aspectos principales aparecen en la parábola: el contrato con los trabajadores, y el ajuste de cuentas con ellos.
    (A) El contrato lo tenemos en los versículos 1–7; y, como siempre, hemos de preguntar quién los contrata: Un hombre, padre de familia. Dios es el gran Padre de familia; como tal, tiene trabajo por hacer, y criados que lo han de hacer. Dios contrata obreros por amabilidad hacia ellos, para salvarlos del ocio y de la miseria, y así les paga por trabajos para ellos mismos. ¿Dónde los contrata? En la plaza del mercado, donde, hasta que Dios los emplea en Su servicio, están de pie desocupados (v. 3) y parados (v. 6). El alma humana está presta para ser contratada al servicio de alguien, pues fue creada para trabajar, como todas las demás criaturas. Aunque el hombre fue creado para ser el vicegerente de Dios en la creación no es un ser autónomo, pues es un ser relativo, ya que tiene fuera de sí el principio y la meta de su existencia. Por tanto, ha de servir a un amo siempre: o al pecado para muerte, o a la justicia para vida (Ro. 6:15–23). El diablo, con sus tentaciones, alquila esclavos para su hacienda, a fin de que apacienten cerdos (Lc. 15:15). Dios, con su Evangelio, contrata siervos para su viña, para que la cultiven y la cuiden; es trabajo de «paraíso». Hemos de escoger entre esos dos trabajos. Hasta que somos empleados por Dios para su servicio, estamos todo el día desocupados (comp. 2 P. 1:8). La llamada del Evangelio es proclamada a los que están en la plaza del mercado desocupados. La plaza del mercado es lugar de concurrencia; es lugar de juego para los muchachos (11:16), de negocio, de ruido y de prisas. ¡Salgamos de ese lugar! ¿Para qué los contrata? Para trabajar en su viña. La viña de Dios es la Iglesia (Jn. 15:1 y ss.). Él la planta (15:13), la riega y le pone cerca o vallado, y todos somos llamados a colaborar con Él. Cada uno de nosotros tiene su viña, o parcela personal, que cuidar (Cnt. 1:6). Es de Dios, y tenemos que cultivarla y guardarla para Él. En este trabajo no debemos ser haraganes y negligentes, sino trabajadores diligentes. La obra de Dios no admite frivolidades. Para ir al Infierno, no es menester trabajar; se puede ir allá por medio de la ociosidad; pero el que desee ir al Cielo, tiene que trabajar. ¿Cuál será el jornal de los obreros? En primer lugar, un denario (v. 2). Un denario era el jornal de un día para un obrero; es decir, el jornal suficiente para el mantenimiento diario (de una jornada). Esto no significa que la recompensa de Dios a nuestra obediencia sea por obras, o como deuda; sino que hay un galardón puesto delante de nosotros, y que es suficiente. En segundo lugar, lo que sea justo (vv. 4–7). Dios nos asegura que no retraerá su mano a nadie por el servicio que cumplimos para Él; nadie pierde jamás nada por trabajar para Dios. ¿Para cuánto tiempo son contratados? Para un día. Un día es una porción bien determinada de nuestra vida: Las gracias y las misericordias de Dios son nuevas cada mañana (Lm. 3:22–23); el pan de cada día, nos mandó el Señor pedir (6:11), porque cada día tiene sus propios problemas y peculiares dificultades (6:34). El galardón es para toda la eternidad, pero el trabajo es para un día, y para cada día suministra Dios nuevo vigor (v. Is. 40:31). Esto debería estimularnos a ser diligentes en nuestro trabajo, pues es poco el tiempo seguro que se nos da para trabajar (comp. 2 Co. 6:1–2). Igualmente habría de animarnos con respecto a las dificultades del trabajo; las sombras se van alargando, se acerca la sombra de muerte (Sal. 23:4), viene la noche, cuando nadie puede trabajar (Jn. 9:4). Entonces será la hora del descanso, y la hora del galardón (Ap. 14:13). ¡Haya fe y paciencia, que esta vida se acaba pronto!
    Los obreros son contratados en diferentes horas del día. Aunque esto tenga una aplicación acomodada a las diferentes edades de la vida de una persona, lo que el Señor quiere dar a entender aquí es que Dios es soberano en sus dones y en asignar oportunidades a cada persona y, al mismo tiempo, que premiará la fidelidad en el servicio a Su causa, independientemente de la edad en que cada persona comience a trabajar para Él y de la duración de dicho servicio. Algunos son llamados a trabajar en la madrugada de su vida (o de la Iglesia, etc.); éstos deben ponerse a trabajar cuanto antes, para no desperdiciar tiempo de la jornada que tienen por delante. Otros son llamados en la flor y en la madurez de su vida: a las nueve de la mañana, al mediodía o a las tres de la tarde. El poder de la divina gracia se muestra en la conversión de algunos, cuando están en medio de los placeres de la vida o en todo el vigor de sus fuerzas, como le sucedió a Pablo. Dios tiene trabajo para todas las edades; no hay tiempo impropio para volverse a Dios. ¡Bástenos con el tiempo pasado al servicio del pecado! Id también vosotros a mi viña (v. 4). Dios no rechaza a nadie que quiera contratarse con Él para trabajar. Otros, en fin, son contratados hacia la hora undécima (v. 5), a las cinco de la tarde, cuando está próximo a ponerse el sol de la vida temporal, y sólo queda una hora para las doce del día (Jn. 11:9). Pero, «mientras hay vida, hay esperanza», como dice el proverbio. Hay esperanza para los pecadores viejos, pues también ellos pueden llegar a un verdadero arrepentimiento. Y también se espera de los pecadores viejos, no sólo que se conviertan, sino también que sean usados por el Señor para Su servicio, pues no hay nada demasiado difícil para la gracia omnipotente de Dios, aunque una persona sea muy vieja y haya contraído hábitos inveterados. Nicodemo puede aún nacer de nuevo aunque sea viejo (Jn. 3:3–5). Pero que ninguno piense que, por ser aún muy joven, puede demorar su conversión o su servicio al Señor hasta que sea viejo. Es cierto que algunos fueron llamados a la hora undécima, pero téngase en cuenta que eso fue porque nadie les había contratado (v. 7). Pero, cuando Dios llama insistentemente (2 Co. 5:20; 6:1–2), es una temeridad hacerse el desentendido y permanecer en el ocio o en el vicio.
    (B) Luego viene el ajuste de cuentas con los obreros, el cual se llevó a cabo, como de costumbre, al caer la tarde (v. 8). La llegada de la noche es el tiempo de ajustar cuentas. Los obreros fieles recibirán su galardón al morir; hasta entonces, es necesario esperar pacientemente. Los ministros de Dios son llamados a la viña para hacer su trabajo; la muerte los llama de la viña para que reciban su recompensa; y quienes recibieron una llamada eficaz para ir a la viña, recibirán una llamada gozosa para salir de ella. No vienen a recoger su galardón sino cuando son llamados, debemos esperar a que Dios nos llame al descanso, y contar el tiempo con el reloj de nuestro Amo. El pago es el mismo para todos: Recibieron cada uno un denario (vv. 9–10). Aunque en el Cielo hay diversos grados de gloria, la felicidad es igualmente perfecta para todos; cada vaso estará lleno hasta rebosar, aunque no todos los vasos tendrán la misma capacidad. El dar el pago del jornal de un día entero a los que habían trabajado menos de la décima parte del día, está destinado a mostrar que Dios distribuye sus recompensas según su gracia soberana, y no como deuda. Al no estar bajo la Ley, sino bajo la gracia, unos servicios tan breves, llevados a cabo con sinceridad, no sólo serán aceptos, sino premiados ricamente por esta gracia libre y soberana.
  2. La ofensa que recibieron por ello los que habían sido contratados de madrugada: Murmuraban contra el padre de familia (v. 11. Lit. refunfuñaban o gruñían). Esto no quiere dar a entender que, en el Cielo, exista descontento alguno de esta clase, sino que es aquí, en la Tierra, donde puede darse esta clase de descontento (¿Veía Cristo en Pedro algo de este espíritu mercenario? 19:27). No cabe duda de que este era el espíritu de los fariseos respecto de los pecadores y publicanos, como aparece al final de la parábola del Hijo Pródigo (Lc. 15:28–30); lo mismo puede decirse de los judíos, en general, con relación a los gentiles (Jon. 4:1; Hch. 11:13). Cuando este disgusto atañe a las cosas espirituales, implica tan mala disposición de ánimo, que resulta incompatible con un corazón verdaderamente regenerado. Estos obreros quejosos se querellaban, no de que les diese a ellos menos de lo que les pertenecía, sino de que hiciese a los demás iguales a ellos. Se jactan de sus buenos servicios: Estos últimos han trabajado una sola hora y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado el peso del día y el calor abrasador (v. 12). No sólo habían cobrado lo mismo al trabajar la undécima parte del tiempo, sino que habían trabajado durante lo fresco del día. Somos inclinados siempre a pensar que recibimos menos favores de la mano de Dios que los demás, y que hacemos más méritos para recibirlos que los demás. A los que hacen o sufren en el servicio de Dios más que los demás, les resulta difícil mantenerse en humildad y no tildar a los demás de cobardes, de carnales, de amigos de componendas y hasta de apóstatas. Del espíritu del «puritano» al del fariseo no hay más que un paso. ¡Gracias a Dios, muchos puritanos no dan ese paso!
  3. Respuesta del amo. El padre de familia expone a los descontentos tres razones de su modo de proceder:
    (A) Amigo, no te hago injusticia (v. 13). No había razón alguna para pensar que el amo hubiese faltado a la justicia con los que fueron contratados los primeros. Le llama amigo (lit. compañero o camarada), para enseñarnos a usar mansedumbre y buenos modales, incluso cuando tenemos que apelar a razones muy fuertes en nuestro trato con los demás. Es absolutamente verdadero que Dios no perjudica a nadie. En cualquier cosa que Dios nos haga o retire de nosotros, no nos daña. Si Dios da a otros alguna gracia que a nosotros no nos da, lo hace en su bondad soberana hacia otros, pero sin hacernos injusticia a nosotros. Y nosotros no deberíamos hallar nada malo en que Dios se muestre más generoso con alguien, cuando eso no significa ninguna injusticia hacia nosotros. Para convencer al quejoso de que no le hacía injusticia, apela al contrato que había concertado con él: «¿No te concertaste conmigo en un denario? Ya tienes lo pactado». Bueno es que consideremos con frecuencia en qué términos hemos entrado al servicio de Dios. Los mundanos parecen concertarse con Dios para que les pague en este mundo (6:1–6; 16–21). Han escogido su porción en esta vida (Sal. 17:14). Los creyentes se han concertado con Dios para una recompensa de vida eterna, y deben recordar que han dado su consentimiento a este contrato. Así, pues, el amo le dice al murmurador: Toma lo que es tuyo y vete (v. 14). Si lo aplicamos a lo que es nuestro por donación, por libre regalo de Dios, nos acostumbraremos a contentarnos con lo que tenemos. Si Dios se muestra, en algún aspecto, más generoso con otros que con nosotros, no podemos quejarnos, puesto que nos ha dado, y nos sigue dando, mucho más de lo que merecemos. Dios reafirma su libertad soberana y dice: Pero quiero dar a este último como a ti.
    (B) Estaba disponiendo de lo que era suyo. Así como antes había afirmado su justicia, ahora afirma su soberanía: ¿No me es lícito hacer con lo mío lo que quiera? (v. 15). Dios puede dar o retirar su favores, según le plazca. Lo que Dios tiene, es Suyo; y esto le justificará en todas las disposiciones de Su providencia. Cuando Dios nos quita algo que nos es muy querido, debemos acallar nuestro descontento con las frases del paciente Job: Jehová me lo dio, y Jehová me lo quitó; sea bendito el nombre de Jehová (Job 1:21). Estamos en sus manos, como el barro en las manos del alfarero, y no somos quiénes para contender con Él (Ro. 9:20).
    (C) El murmurador no tenía razón de quejarse de que los últimos hubiesen recibido el mismo pago, al haber venido tan tarde, pues no habían venido antes por la sencilla razón de que no habían sido llamados antes. Si el amo les daba lo mismo que a él, habiéndoles llamado después que a él, la bondad del amo hacia los últimos no era un agravio hacia él, por tanto, no había razón para que tuviese envidia: ¿O tienes tú envidia (lit. ¿O es maligno tu ojo? Esta expresión indica celos u odio) porque yo soy bueno? Así que la envidia es un ojo maligno. El ojo es, con frecuencia, la puerta de entrada y la de salida de este pecado; por los ojos entra el desagrado al contemplar el bien de los demás, y por los ojos sale el deseo del mal de los demás, con la agravante de rebotar contra Dios: Porque yo soy bueno. Por eso, así como Dios es Amor (1 Jn. 4:8, 16), y al ser infinitamente bueno, hace el bien y se deleita en el bien, el envidioso siente odio, hace el mal y se deleita en el mal de otros, y viola directamente los dos mandamientos en que se resume la Ley; va contra el amor a Dios, a cuya voluntad debería someterse, y contra el amor al prójimo, en cuyo bien debería regocijarse. Como decía Bossuet, «es tan mala la envidia que vuelve el corazón del revés, al odiar el bien del prójimo y querer su mal» (comp. 1 Co. 13:4–6). Como ha escrito uno de nuestros clásicos, «amarilla pintan a la envidia, porque muerde pero no come». Esta frase es más profunda de lo que parece a primera vista, y no es una mera metáfora, pues el envidioso perturba su propia función biliar; es un atrabiliario (atra bilis = hiel negra); no es extraño que el vulgo hable de «hacer mala sangre».
  4. Finalmente, tenemos la aplicación de la parábola, al repetir la frase que la ocasionó: Así, los últimos serán los primeros; y los primeros, últimos (v. 16. Comp. 19:30). Para obviar, y acallar, la jactancia de ellos, Cristo les dice que es posible que sean aventajados por los que habrán de sucederles en la profesión de la fe cristiana, al ser así inferiores a ellos en gracia, santidad y conocimiento. En los siglos xvi, xviii y xix, han existido, en la Iglesia avivamientos con los que muchas congregaciones disfrutaron de mayor salud espiritual que la mayoría de las congregaciones de la Iglesia primitiva ¿Podemos esperar algo parecido en estos últimos días? No hay señales de tal cosa, sino de grandes apostasías de la verdadera fe y de gran enfriamiento del amor. ¿No es precisamente esto lo que predijo el Maestro?
    La segunda parte del versículo 16 será comentada en 22:14, que es su verdadero lugar.

Henry, M., & Lacueva, F. (1999). Comentario Bı́blico de Matthew Henry (pp. 1159-1161). Editorial CLIE.

¿Biblia física o Biblia en el teléfono? | Josué Barrios

¿Biblia física o Biblia en el teléfono?
Josué Barrios

Hace poco me preguntaron en una entrevista cuál es mi opinión en el debate de si es mejor leer la Biblia en física o leerla más bien en el teléfono. Es una pregunta tan común cuando hablamos de la vida cristiana en la era digital, que me gustaría compartir mi respuesta en este artículo, esperando ser útil.

La Biblia en el teléfono: un regalo
Para empezar, es una bendición increíble que en nuestros teléfonos podamos acceder al instante a cientos de versiones de la Biblia en decenas de idiomas. Esta es una evidencia de cómo Dios obra por medio de Su iglesia para que Su Palabra llegue hasta lo último de la tierra. En nuestros países ya alcanzados por el evangelio, y con cierta historia de influencia cristiana, nadie puede decir que la Biblia es inaccesible o que hay escasez de traducciones. ¿Estamos agradeciendo a Dios por eso?

Más aún, hay cosas que podemos hacer con la Biblia en el teléfono que no podemos hacer —al menos no fácilmente— con la Biblia en físico. Podemos buscar palabras con facilidad, consultar comentarios bíblicos confiables, escuchar los capítulos en vez de leerlos, usar etiquetas para recordar o guardar versículos sobre temas relacionados.

También podemos ir con rapidez al griego o el hebreo para entender mejor una palabra, y consultar varias versiones al mismo tiempo mientras las comparamos, por mencionar tan solo algunas cosas que podemos hacer. Estas herramientas y opciones digitales son valiosas en el estudio de la Biblia. Acudo a ellas con frecuencia cuando preparo sermones, aunque prefiero hacerlo en mi laptop y no tanto en mi teléfono.

Todo esto para decir que vivimos en tiempos privilegiados. Sin duda, hay ciertas ventajas en la Biblia digital para ciertos tipos de lectura (investigación, estudios, traducciones, etc.). En nuestro amor por la Biblia física, no menospreciemos el regalo de la Biblia digital. No obstante, cuando se trata de mi lectura personal diaria —ese momento del día en que me acerco a la Palabra para escuchar a Dios y derramar mi corazón delante de Él — prefiero un millón de veces más la Biblia en físico. También la prefiero cuando se trata de llevar la Biblia a la iglesia.

¿Por qué prefiero la Biblia física?
No todo son ventajas cuando hablamos de la Biblia en el teléfono. Estas son mis razones para recomendar priorizar la Biblia física para la lectura diaria y personal, y también para el uso en la iglesia:

1) Retenemos mejor lo que leemos, y realizamos una lectura más inmersiva, cuando leemos en físico.

Leer la Biblia en el teléfono, tablet o laptop hace que sea más fácil leerla como leemos todo lo demás en una pantalla, en especial cuando navegamos en internet: «escaneando» en vez de profundizando y meditando. (Si lees inglés, te recomiendo el libro Reader, Come Home, de Maryanne Wolf, quien habla profundiza en este asunto). Me pregunto si esta es una de las razones principales por las que el cristianismo es muy superficial en gran parte de la iglesia de hoy.

2) Cuando leemos la Biblia en el teléfono, es más fácil distraernos.

Puede que recibamos notificaciones que desvíen nuestra atención a las tareas que tenemos por hacer, o a lo que otras personas están haciendo o diciendo. Es tentador cerrar la aplicación de la Biblia para abrir las redes sociales o ver si tenemos algo nuevo en WhatsApp.

Podemos incluso distraernos con notificaciones y anuncios publicitarios dentro de la misma aplicación que usemos para la lectura bíblica, consumiendo publicidad sobre un nuevo libro devocional o podcast cristiano, o lo que sea. Por supuesto, no todas las aplicaciones para leer la Biblia son así, pero muchas poseen esta característica.

3) Muchas aplicaciones populares para leer la Biblia se han convertido prácticamente en redes sociales.

En ellas podemos compartir nuestros versículos favoritos de la lectura diaria, nuestros comentarios al respecto, y darnos «me gusta» entre nosotros cuando llevamos buenas rachas de lecturas o nos gusta alguna reflexión que escribimos mientras leímos la Palabra.

¿Cuál es el problema aquí? Que de repente nuestra lectura de la Biblia se trata menos de lo que Dios dice en su Palabra, y más de escuchar o reflexionar en lo que nosotros decimos u opinamos sobre ella. Entonces somos tentados a profundizar menos en la Escritura, y más bien enfocarnos en tener algo para compartir, comparar nuestras lecturas con las de otras personas, distraernos con lo que otros dicen, o perseguir también golpes de dopamina como en las redes sociales.

En estas aplicaciones para leer la Biblia, es fácil olvidar que Jesús nos llama a que nuestra vida de oración sea primeramente en secreto. Es fácil caer en la trampa de compartir nuestras oraciones y pensamientos sobre la Biblia en público para ser alabados por las personas, al ser considerados más espirituales (Mt 6:1-8).

4) Leer la Biblia en el teléfono puede llevarnos a restarle valor a la Palabra.

Me refiero a que cuando leemos la Biblia en los mismos dispositivos en los que consumimos mucho contenido trivial o inferior en importancia (videos, memes, música, etc.), podemos llegar a ver la Biblia —de manera subconsciente— como más contenido de ese tipo. El medio es el mensaje, decía Marshall McLuhan.

Cuando se trata de la lectura de la Biblia, no podemos ignorar que leerla en el teléfono nos va a llevar a verla como vemos otras cosas en nuestros teléfonos, tal como explico con más detalle en mi libro Espiritual y conectado. En especial cuando reconocemos que en nuestros teléfonos y las redes sociales lo que se prioriza por lo general es el entretenimiento.

Por supuesto, esto no impedirá que la Palabra de Dios siga siendo la Palabra de Dios. Dios todavía puede usarla poderosamente. Además, alabo a Dios por algunas aplicaciones de lectura bíblica diseñadas de manera preciosa para transmitir hasta cierto punto la trascendencia y belleza de la Palabra. Pero de nuevo, no podemos ignorar los efectos en nuestros corazones de trivializar sutilmente la Biblia debido al medio en que la leemos .

5) Por último, leer la Biblia física hace más evidente a otros que estamos leyendo la Biblia.

Esto es importante en la iglesia local. Si leo la Biblia en mi teléfono, otras personas (o incluso mi hijo) pueden suponer que estoy en Instagram o WhatsApp. El predicador, al ver a las personas viendo con atención las pantallas de sus dispositivos, no puede tener certeza de que sus oyentes en verdad están siguiendo el sermón.

En contraste, cuando llevamos la Biblia en físico a la iglesia, podemos comunicar mejor que queremos escuchar a Dios. De una manera sutil, podemos ser de aliento para nuestros hermanos y para el predicador, animándonos a leer la Palabra con mayor atención y entrega.

Recomendación final
Así que si vas a leer la Biblia en el teléfono en vez de leerla en física, mi consejo es que tengas estas cosas en cuenta y seas cuidadoso de cómo lo hagas.

Escoge con sabiduría cuál aplicación usarás (recomiendo Bible Study, de OliveTree) y con quienes tendrás contacto en ella si tiene funciones sociales. Escoge un círculo de contactos que sea cercano, a quienes conozcas en persona. Ten cuidado de buscar la aprobación de los demás o presumir tu espiritualidad al compartir lo que reflexionas o lees en la Palabra. Minimiza las distracciones que puedas tener en la aplicación o tu dispositivo. En especial, busca leer la Biblia por encima de las reflexiones devocionales escritas por alguien más, por más útiles que puedan ser.

Pero sobre todo, prioriza la lectura en físico de la Palabra en tu vida devocional para tu crecimiento espiritua l. De hecho, recomiendo mucho leerla antes de usar tu teléfono en las mañanas. Por supuesto, siempre será mejor leer la Biblia en digital que no leer la Biblia en absoluto. Pero ¿por qué conformarnos con la Biblia digital para la lectura personal cuando podemos leer la Biblia en físico y tener lecturas más atentas que nos cambien de maneras más profundas?

Artículo fuente: https://josuebarrios.com/biblia-fisica-telefono/

«Añadid a vuestra fe, virtud, y a la virtud, conocimiento.» | 2 pedro 1:5 | J. Calvino

«Añadid a vuestra fe, virtud, y a la virtud, conocimiento.»

Juan Calvino

2 PEDRO 1:5–9

5 Por esta razón también, obrando con toda diligencia, añadid a vuestra fe, virtud, y a la virtud, conocimiento;
6 al conocimiento, dominio propio, al dominio propio, perseverancia, y a la perseverancia, piedad,
7 a la piedad, fraternidad y a la fraternidad, amor.
8 Pues estas virtudes, al estar en vosotros y al abundar, no os dejarán ociosos ni estériles en el verdadero conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.
9 Porque el que carece de estas virtudes es ciego o corto de vista, habiendo olvidado la purificación de sus pecados pasados.

5–7. Y además de esto. Siendo que apagar nuestra corrupción es una tarea ardua y de inmensa labor, nos pide que nos esforcemos en toda forma posible por lograrlo. Insinúa que no debe darse lugar alguno a la pereza en este asunto y que hemos de obedecer el llamado de Dios, no lenta ni descuidadamente, sino que es necesaria la presteza; como si hubiese dicho, “Esfuércense de toda manera posible, y que sus esfuerzos sean manifiestos a todos.” Pues esto es lo que significa el participio que usa.

Añadid a vuestra fe, virtud, o, proveed a vuestra fe de virtud. Muestra con qué propósito debían esforzarse los fieles, esto es, para tener una fe adornada con buenos principios morales, sabiduría, paciencia y amor. Entonces da a entender que la fe no ha de estar desnuda o vacía, sino que estos son sus compañeros inseparables. Proveer a la fe, es añadir a la fe. Sin embargo, aquí no hay matices con respecto al significado, aunque sí los hay con respecto a las palabras; pues el amor no sigue a la paciencia, ni tampoco procede de ella. Por lo tanto el pasaje ha de explicarse de manera sencilla, “Esforzaos para que esa virtud, prudencia, temperancia y todo lo que le sigue, sean añadidos a vuestra fe”.

Creo que virtud significa una vida honesta y correcta; pues no es ἐνεργεια, energía o coraje, sino ἀρετὴ, virtud, bondad moral. Conocimiento es lo que se necesita para actuar con prudencia; pues después de haber mencionado un término general, menciona algunos de los atributos principales de un cristiano. Fraternidad, φιλαδελφία, es afecto mutuo entre los hijos de Dios. Amor es más amplio, pues abraza a toda la humanidad.
Cabe preguntarse aquí, sin embargo, si Pedro, al asignarnos el trabajo de proveer o añadir virtud, ensalzó así la fuerza y el poder del libre albedrío. Aquellos que buscan establecer libre albedrío en el hombre, de hecho conceden a Dios el primer lugar, esto es, que él empieza a actuar u obrar en nosotros; pero imaginan que nosotros al mismo tiempo cooperamos, y que así queda en nuestras manos que el mover de Dios no resulte vacío e ineficaz. Pero la doctrina eterna de las Escrituras se opone a esta noción delirante: pues llanamente da testimonio de que los sentimientos correctos son formados en nosotros por Dios, y que por él son hechos efectivos. También da testimonio de que todo nuestro progreso y perseverancia son de parte de Dios. Además, expresamente declara que la sabiduría, el amor, la paciencia, son dones de Dios y del Espíritu. Por lo tanto, cuando el apóstol nos pide estas cosas, no quiere decir que estén dentro de nuestras capacidades, sino que sólo nos muestra lo que debemos tener, y lo que se debe hacer. Y con respecto a los piadosos, cuando son conscientes de su propia debilidad, se ven deficientes en su deber, y no les queda más que acudir a Dios por ayuda y socorro.

  1. Pues estas virtudes, al estar en vosotros. Entonces, dice, demostraréis por fin que realmente conocéis a Cristo, si sois dotados de virtud, temperancia y los otros atributos. Pues el conocimiento de Cristo es algo eficaz y una raíz viva que produce fruto. Pues al decir que estas cosas no los dejarán ociosos ni estériles, muestra que todo aquel que se jacta de tener conocimiento de Cristo sin amor, paciencia ni dones similares, se gloría en vano y falsamente, como dice Pablo en Ef. 4:20, “Pero vosotros no habéis aprendido a Cristo de esta manera, si en verdad lo oísteis y habéis sido enseñados en Él, conforme a la verdad que hay en Jesús, que en cuanto a vuestra anterior manera de vivir, os despojéis del viejo hombre”, etc. Pues quiere decir que a aquellos que poseen a Cristo sin una vida nueva, no se les ha enseñado su doctrina correctamente.
    Pero no quiere que a los fieles solo se les enseñe paciencia, piedad, temperancia, amor; sino que pide que se haga un progreso continuo en estos atributos, y con razón, pues todavía estamos muy lejos de la meta. Por lo tanto, hemos siempre de avanzar, para que los dones de Dios crezcan continuamente en nosotros.
  2. Porque el que carece de estas virtudes. Ahora expresa más claramente que aquellos que profesan tener una fe desnuda se hallan completamente faltos de verdadero conocimiento. Dice luego que ellos se extravían como ciegos en tinieblas, pues no ven el camino correcto que se nos muestra por la luz del evangelio. También lo confirma al añadir esta razón, que los tales han olvidado que por medio del beneficio de Cristo han sido limpios de pecado, y que este es el principio de nuestra cristiandad. Entonces, aquellos que no se esfuerzan por una vida pura y santa, no entienden ni siquiera los primeros rudimentos de la fe.
    Pero Pedro da esto por sentado, que quienes siguieran revolcándose en la suciedad de la carne habían olvidado su propia purgación. Pues la sangre de Cristo no se nos ha convertido en un baño que pueda ser contaminado por nuestra suciedad. Por lo tanto, los llama pecados pasados, con lo que quiere decir, que nuestra vida debe ser de otra forma, pues hemos sido limpios de nuestros pecados; no que alguien pueda ser purificado de todo pecado mientras viva en este mundo, ni que la limpieza que obtenemos por medio de Cristo consista solo de perdón, sino que hemos de distinguirnos de los no creyentes, ya que Dios nos ha apartado para sí mismo. Entonces, aunque pecamos a diario, y Dios nos perdona a diario, y la sangre de Cristo nos limpia de nuestros pecados, aún así el pecado no debe gobernar en nosotros, sino que la santificación del Espíritu ha de prevalecer en nosotros; pues esto nos enseña Pablo en 1 Cor. 6:11, “Y esto erais algunos de vosotros; pero fuisteis lavados,” etc.

Calvino, J. (2011). 2da Pedro: Comentario de la Segunda Epístola de Pedro (D. J. L. Vargas, Trad.; pp. 19-23). CLIR.

Lockman Foundation. (1998). Santa Biblia: la Biblia de las Américas: con referencias y notas (electronic ed., 2 P 1:5–9). Editorial Fundación, Casa Editorial para La Fundación Bíblica Lockman.

Los proverbios de Salomón | Matthew Henry

Los proverbios de Salomón, hijo de David, rey de Israel:
2 para aprender sabiduría e instrucción,
para discernir dichos profundos,
3 para recibir instrucción en sabia conducta,
justicia, juicio y equidad;
4 para dar a los simples prudencia,
y a los jóvenes conocimiento y discreción.
5 El sabio oirá y crecerá en conocimiento,
y el inteligente adquirirá habilidad,
6 para entender proverbio y metáfora,
las palabras de los sabios y sus enigmas.

  1. Quién escribió estos dichos sabios y sentenciosos (v. 1). Leemos que son «Proverbios de Salomón», cuyo nombre significa «pacífico». David cuya vida estuvo llena de fatigas y aflicciones, escribió un libro de devoción (Salmos), pues, como escribe Santiago (5:13): «¿está alguno entre vosotros afligido? Haga oración». Salomón, que llevó una vida pacífica, escribió un libro de instrucción, porque cuando las iglesias tenían paz eran edificadas (Hch. 9:31). En tiempo de paz debemos aprender, y enseñar a otros, lo que debemos practicar en tiempo de aflicción. Era hijo de David. Había sido bendecido con una buena educación, y se había orado por él (Sal. 72:1); efecto de ello era su sabiduría y sus buenos servicios. Fue rey de Israel única vez que se le llama así en los libros sapienciales (comp. con Ec. 1:1). Todo el mundo deseaba ir a ver a Salomón para oír su sabiduría (1 R. 10:24), la cual era mayor que la de todos los orientales (1 R. 4:30).
  2. Estos proverbios fueron escritos (vv. 2–4) para uso y beneficio de todos. Este libro nos ayudará: (A) Para formarnos nociones correctas de las cosas y tener ideas claras y distintas, a fin de que sepamos cómo hablar y actuar con prudencia. (B) Para distinguir entre la verdad y la falsedad, el bien y el mal. (C) Para ordenar rectamente nuestra conducta (v. 3). Este libro nos dará el conocimiento que puede disponernos para dar a cada uno lo suyo, a Dios lo que es de Dios, en todos los ejercicios de devoción, y a los hombres lo que a los hombres se debe.
  3. Son útiles para todos, pero están destinados especialmente: (A) A los simples (v. 4), es decir, a los que se dejan llevar fácilmente por las opiniones de otros y, por tanto, son presa de la indecisión. Con estos proverbios adquirirán la instrucción necesaria para ser sagaces y evitar pecados en los que la ignorancia juega gran papel. (B) A los jóvenes. La juventud abunda en vitalidad, pero también en juicios precipitados, faltos de la necesaria ponderación. (C) También los sabios aprenderán aquí, pues el verdadero sabio es el que sabe que no sabe nada como se debe saber (comp. con 1 Co. 8:2). Si estudian este libro, aumentarán su saber (v. 5) y adquirirán, si ya tienen alguna discreción, destreza; el vocablo hebreo indica experiencia en manejar el timón de un barco; en otras palabras: saber qué curso tomar en cada ocasión y circunstancia de la vida. (D) Todos ellos aprenderán (v. 6) a entender proverbios, etc., es decir, a interpretar los diferentes estilos y géneros literarios y las llamadas «figuras de dicción».

Henry, M., & Lacueva, F. (1999). Comentario Bı́blico de Matthew Henry (pp. 664-665). Editorial CLIE.

La verdadera identidad de Jesús va a afectar la eternidad de cada uno de nosotros | Apóstol Juan

La verdadera identidad de Jesús va a afectar la eternidad de cada uno de nosotros

Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido. 1 Juan: 1-4

CAPÍTULO 1

I. El autor sagrado expone primero el objetivo de su escrito (1:1–4);. II.Describe después las condiciones para una verdadera comunión con Dios: 1. Conformidad con una norma (vv. 5–7), y 2. Confesión de todo pecado conocido (vv. 8–10).

Versículos 1–4

Dicen estos versículos en la NVI: «Lo que existía desde el principio, lo que nosotros hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y lo han palpado nuestras manos—éste es nuestro mensaje acerca de la Palabra de la vida—. La vida se manifestó; nosotros hemos visto y damos testimonio de ella, y os anunciamos la vida eterna, que estaba con el Padre y nos ha sido manifestada. Os anunciamos lo que hemos visto y oído, a fin de que también vosotros tengáis comunión (gr. koinonían, el conocido vocablo, ya desde Hch. 2:42. Sale cuatro veces en los siete primeros versículos del presente capítulo) con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos esto para colmar nuestro gozo».

1. Aunque más breve que el gran prólogo del cuarto Evangelio, el parecido de estos versículos con aquél salta a la vista. Dice Rodríguez-Molero: «Entre los dos hay un indiscutible parentesco de fondo y de forma … Los dos, en efecto, evitan designar al Hijo de Dios por su nombre histórico … prefieren el de Verbo. Los dos arrancan del mismo punto de partida: “el principio”; en los dos ocupa la posición central el concepto del Logos, y en los dos las expresiones de Vida tienen importancia y énfasis similar. Pero más importante que esas semejanzas de estructura es la identidad del pensamiento central: la encarnación del Verbo».

2. La densidad de pensamiento es parecida al prólogo de Hebreos, aun cuando el autor de Hebreos vuela majestuosamente sin que la emoción empañe la perfección literaria de su retórico discurso, mientras que Juan parece tan embargado por la emoción que le causa el mensaje que va a comunicar, que resulta difícil seguirle (como a Pablo en Ef. 1:3–10) y hasta es preciso desenredar su «maraña gramatical», como la llama Dodd. Para ello, J. Stott sugiere atender primero al verbo principal: «anunciamos» (gr. apanguéllomen, presente de indicativo), que aparece en el versículo 3 y «muestra que el Prefacio está preocupado esencialmente acerca de la proclamación apostólica del Evangelio … El versículo 2 es un paréntesis explanatorio de la forma en que fue posible oír, ver y tocar lo que era en el principio … Este paréntesis interrumpe de tal manera el hilo del discurso, que el versículo 3 se abre con una cláusula que reasume, en una oración de relativo, «lo que hemos visto y oído», antes de llegar (en el original) al verbo principal anunciamos … El resto del versículo 3 y el versículo 4 describen los objetivos, el inmediato y el último, de la proclamación apostólica: a fin de que también vosotros tengáis comunión con nosotros, y para colmar nuestro gozo».

3. Después de esta labor de desbroce, que agradecemos a Stott, pasamos ya al comentario del versículo 1, donde notamos los siguientes detalles:

(A) «Lo que (pronombre relativo neutro) existía (no en el sentido de “surgir al ser”, sino de estar ya en el ser) desde el principio» es una frase que nos recuerda la, también primera, frase del Evangelio según Juan: «En el principio era (existía) el Verbo». Pero son muy de notar estas dos diferencias: (a) En el Evangelio, el sujeto de la oración es obviamente el Verbo (en masculino); en la epístola, lo que Juan está diciendo «acerca del (gr. perí) Verbo de la vida» (lit.), esto es, que se hizo visible, audible y palpable; en una palabra, que se manifestó en un cuerpo real; (b) En el Evangelio, dice del Verbo que «era EN el principio», es decir: cuando comenzó a existir el mundo (comp. con Gn. 1:1), el Verbo YA era, con lo que se indica de forma implícita su eternidad; en la epístola, dice: «Lo que era DESDE el principio». La expresión «desde el principio» sale nada menos que ocho veces en esta epístola (1:1; 2:7, 13, 14, 24—dos veces—; 3:8, 11) y dos en la 2 Juan (vv. 5 y 6) y necesita ser matizada de acuerdo con su contexto. Su sentido primordial aquí, según observa Dodd, es: «lo que siempre ha sido verdad acerca de la palabra de la vida …, el contenido original e inmutable del Evangelio, contra todas las novedosas formas de doctrina». Lo cual no impide ver también la eternidad del Verbo (v. 2, comp. con 2:13–14); se ve, en cierto modo, incluso la eternidad del Evangelio, como se le llama en Apocalipsis 14:6.

(B) Para poner de relieve la realidad corporal de la Encarnación, Juan, uno de los tres apóstoles que acompañaban a Jesús por todas partes y que tuvo el privilegio único de recostar su cabeza sobre el pecho del Maestro, usa otras tres oraciones de relativo, con desdoble de la última; nótese la gradación: «lo que hemos oído» (ya sería bastante para ser testigos de primera mano); «lo que hemos visto con nuestros ojos» (si al oído se añade la vista, la credibilidad del testigo aumenta); «lo que contemplamos» (aoristo; gr. etheasámetha, de la misma raíz que la palabra de donde se deriva «teatro»; esto es, no fue una visión rápida y pasajera, como quien se cruza casualmente con otra persona en la calle, etc., sino que fue una visión sostenida de alguien a quien se trata familiarmente y cada día; «lo que palparon (lit.) nuestras manos»; no hay alucinación que se resista al tacto, por lo que no caben más pruebas testificales que las que Juan exhibe aquí.

(C) Detengámonos aquí un momento a meditar, porque lo que Juan tenía firmemente asentado en su corazón y su memoria era nada menos que el recuerdo vivo (los dos primeros verbos están en pretérito perfecto) del privilegio que le cupo de ver, oír y tocar al Eterno. Dice M. Henry: «La vida, el verbo de vida, la vida eterna, como tal, no se podía ver ni palpar; pero la vida manifestada sí pudo hacerlo, y lo hizo: (a) A los oídos de ellos (vv. 1, 3). La vida tomó boca y lengua, para poder decir palabras de vida. La palabra divina quiso tener empleado el oído, y el oído debería estar dedicado a la palabra de vida. (b) A los ojos de ellos (vv. 1–3). El Verbo quiso hacerse visible, no sólo audible, de forma que lo pudiesen ver «nuestros ojos»—dice—, con todo el uso y ejercicio que podemos hacer de nuestros ojos … (c) A los sentidos internos de ellos, a los ojos de la mente, pues así podría quizás entenderse la siguiente cláusula: lo que contemplamos. La palabra no se aplica a lo que es objeto inmediato del ojo, sino a lo que coligieron racionalmente de lo que vieron. Los sentidos están para ser los informadores de la mente. (d) A las manos y al sentido del tacto de ellos: «Y nuestras manos palparon el Verbo de la vida». La invisible vida y el Verbo no menospreciaban el testimonio de los sentidos, pues el sentido es el medio que Dios ha designado para nuestra información». Por su parte, Rodríguez-Molero comenta: «Lo hemos oído, lo hemos visto, lo hemos tocado: ese poder inaudito de oír, ver, tocar al Altísimo; esa palpabilidad del Inabarcable, con todo lo que significa, se refleja en la iteración, el encarecimiento, la gradación de los verbos. Esa abundancia traduce el asombro que todavía siente el apóstol».

(D) Los comentaristas hacen notar que los dos aoristos («contemplamos … palparon») quizás dan a entender «ocasiones o momentos determinados en que sus ojos contemplaron y sus manos tocaron a Cristo. Tocar parece ser una alusión al episodio de santo Tomás (Jn. 20:27) o cuando el Señor les dice: “palpad” (Lc. 24:39), que emplea el mismo verbo» (Rodríguez-Molero). El verbo «palpar» es, en griego, pselaphán; ocurre en cuatro lugares del Nuevo Testamento: Lucas 24:39; Hechos 17:27; Hebreos 12:18 y aquí; según J. Stott, significa «buscar tentando a fin de encontrar, como hace un ciego o un hombre en la oscuridad». El verbo que tenemos aquí para contemplar ocurre 23 veces en el Nuevo Testamento, siendo las más notables las que hallamos en Juan 1:14, 34 y Hechos 1:11.

(E) Las últimas palabras (cinco en el original) del versículo 1: … acerca del Verbo (o de la Palabra) de la vida» requieren consideración especial.

(a) Con estas palabras, Juan dice claramente que su mensaje, el que ahora está anunciando (v. 2b. Ése es el verbo principal, como ya llevamos dicho) se refiere al Verbo de la vida. Como puede verse en el contexto posterior del verbo anunciamos, este Verbo de la vida es lógica y gramaticalmente equivalente de la «vida eterna, que estaba con (griego, pros) el Padre», con lo que el parecido con Jn. 1:1b («y el Verbo estaba con—gr. pros: junto a, en relación con, etc.—Dios») es impresionante, hasta en la construcción preposicional.

(b) Pero el parecido se agranda si atendemos a Juan 1:4, donde leemos que «en Él (el Verbo) estaba la VIDA». Que Juan se refiere, tanto en el Evangelio como en la epístola, a la vida eterna, puede verse por Juan 3:15, 16, 36; 5:24; 6:27, 40, 47, 68; 10:28; 17:2; 1 Juan 1:2; 2:25; 5:11–13 y, probablemente, 20. Por otra parte, Jesús dice de sí mismo, no sólo que en sí tenía la vida, sino que Él es la Vida (Jn. 14:6), pues tiene la vida divina, eterna, no como en depósito, sino como en su propia fuente (v. 5:26—este es el sentido de «tener vida en sí mismo»).

(c) Como hace notar Rodríguez-Molero: «Las expresiones del cuarto evangelio que llaman a Jesús «Pan de vida», «Luz de vida», se completan con esta otra: Verbo de vida: El Verbo, que es la Vida». En efecto, ya he citado Juan 14:6 para mostrar que el Verbo ES la Vida. Por otra parte, el texto sagrado dice literalmente que Jesús es «el pan de la vida» (Jn. 6:35, 48) y «la luz de la vida» (Jn. 8:12), así como aquí dice literalmente «el Verbo de la vida». Esto último nos señala al Verbo como vida reveladora y vida revelada, manifestada en carne. Dice Rodríguez-Molero: «es el Verbo hecho carne como concreción viviente de la divina revelación».

(d) Permítaseme ahondar un poco más en este sagrado «triángulo» de apelativos. Si el Verbo de la vida nos indica la divina revelación de la vida, la luz de la vida (v. Jn. 1:4b) nos da a entender que la vida eterna comienza por una iluminación (comp. con Ef. 1:18) y pasa a ser un sustento: el pan de la vida. Precisamente en 1:5, Juan va a decir que Dios es Luz (comp. con Jn. 8:32), Santidad infinita en forma de pureza (trascendencia), y, en 4:8, 16, que Dios es Amor, Santidad infinita en forma de generosidad (inmanencia). Como luz, impone pavor (v. Is. 6:5); como amor, invita al banquete, se hace pan; ¿no es ése el sentido explícito de todo lo que dice Jesús en Juan 6:27–58? Dios, en Cristo, se hace «completamente comestible», según frase de P. Claudel (aunque él no la aplica a Dios), puesto que, al dársenos enteramente en su Hijo, nos ha dado todo lo que de sustento tiene la vida eterna, desde la salvación inicial gracias al sacrificio total en Cristo, hasta la consumación final gracias a la constante operación de su Espíritu. La comunión (gr. koinonía) con Dios y, en Dios, con los demás hijos de Dios (v. 5:1), de la que habla aquí Juan, mencionándola cuatro veces en los versículos 3–7, es comunión (koinonoí) de la naturaleza divina (2 P. 1:4). Así que apropiarse, por la fe, la vida divina, es comer espiritualmente a Dios (v. el comentario a Jn. 6:27–58, 63 —son espíritu y son VIDA—).

4. Y pasamos ya al versículo 2, que comienza, en el original, con un kai (y) que bien puede traducirse por un «pues» explicativo, al abrir un paréntesis en que el autor sagrado declara a qué vida se refiere, tras de haber dejado como suspendido en el aire de la emoción el vuelo de su pensamiento. Nos dice ahora que esa vida se manifestó (aoristo). Juan se cuenta entre los que, dice, «hemos visto (perfecto) y estamos testificando y os estamos anunciando (los dos verbos están en presente de indicativo) la vida, la (que es) eterna, la cual estaba junto al (gr. pros, la misma preposición de Jn. 1:1, 2) Padre, y se manifestó (el mismo verbo y en el mismo tiempo y persona que al comienzo del versículo) a nosotros» (lit.). Basta con echar una rápida mirada a Juan 1:1–4 para percatarse de que Juan está refiriéndose al Verbo de Dios, quien se manifestó en forma sensible al hacerse hombre y, en esa naturaleza humana, se dejó ver, oír y palpar de los apóstoles; en especial de Pedro, Santiago y Juan, que es quien escribe esto. La proclamación apostólica del mensaje del Evangelio supone que el heraldo es testigo de vista de lo que proclama y lo atestigua en la proclamación que hace. Nótese, por eso, la gradación de los verbos: «Hemos visto (el recuerdo está claro, vívido, en nuestra conciencia), damos testimonio y estamos anunciándoos. Estos dos verbos, dice Stott, «implican una autoridad, pero de diferente clase. Martureísthai indica la autoridad de la experiencia … Apanguéllein indica la autoridad de la comisión».

5. Tras del paréntesis explicativo del versículo 2, Juan reasume (v. 3) su pensamiento del versículo 1, y repite el pronombre relativo neutro hó y los dos primeros verbos (en perfecto también) del versículo 1, pero invierten el orden: «lo que hemos visto y hemos oído, (eso es lo que) os estamos anunciando también a vosotros» (lit.). Dice Stott: «La manifestación histórica de la Vida Eterna fue proclamada, no monopolizada. La revelación fue dada a los pocos para los muchos. Tenían que impartirla al mundo. La manifestación a nosotros (v. 2) viene a ser proclamación a vosotros (v. 3)». Lejos de guardarse celosamente para sí el grandioso mensaje que les había sido comunicado, está Juan sumamente afanoso por hacer participe de él a sus lectores. Tenía para ello, al menos, tres motivos: (A) Había sido comisionado por Jesús para ello (Mt. 28:19, 20); (B) Como es característico de Dios dar y darse (Jn. 3:16), también los que comparten la naturaleza divina (2 P. 1:4), han de ansiar dar y darse (v. por ej., 2 Co. 12:15); (C) La vida divina, la comunión con Dios, como todas las demás realidades espirituales, no menguan, sino que aumentan, con el número de los que las comparten.

6. En la triple repetición de verbos que vemos en los versículos 1–3, hay una doble variación: (A) de orden; (B) de selección; es decir, no todos los verbos se repiten en los tres versículos. Pero hay un verbo que se repite las tres veces: «hemos visto». Dice Rodríguez-Molero: «Una vez que se encarnó el Verbo y apareció entre los hombres, ya será siempre primero el sentido visual». Es interesante observar, a este respecto, que cuando el apóstol Pablo está declarando el núcleo del mensaje evangélico que él proclamaba en todas partes (1 Co. 15:1 y ss.), insiste de tal forma en esa condición de ser «testigo de vista» que repite cuatro veces en sendos versículos (5–8) el verbo griego óphthe: «fue visto … fue visto … fue visto … fue visto TAMBIÉN POR MÍ» (lit.). La visión del Resucitado llegó a ser la condición sine qua non para ser Apóstol (con mayúscula), incluso para Pablo que no perteneció al círculo cerrado de los Doce (v. Hch. 1:21, 22).

7. Pero, como dice muy bien Stott: «La proclamación no era un fin en sí misma; su objetivo, el inmediato y el último, es definido ahora». En efecto, después de la emocionada y repetida mención de lo que acaba de anunciar, el autor sagrado va a exponer el objetivo del mensaje que proclama (vv. 3b–4). Este objetivo es doble: (A) Uno inmediato, que puede conseguirse tan pronto como se reciba por fe el mensaje (v. 3b): «para que también vosotros tengáis comunión con (metá, en compañía de) nosotros …». (B) Otro, que es consecuencia eterna del primero: … para que vuestro (nuestro, según los MSS más importantes) gozo quede colmado» (lit.). Considerémoslos de cerca:

(A) Juan desea que la recepción del mensaje que proclama resulte en comunión de los lectores con él mismo y los demás que dan testimonio de primera mano de lo que era desde el principio, etc. Comenta aquí Rodríguez-Molero: «El apóstol les anuncia ese mensaje para que también vosotros … tengáis comunión con nosotros, para que los que no habéis visto, ni oído, ni tocado, tengáis también parte en el beneficio soberano que nos ha traído Jesucristo». Ésta es una comunión fraternal, «horizontal», en la que todos los hijos de Dios comparten la vida que Jesús nos ha traído.

(B) Por lo que lleva dicho en los versículos 1–3a, es obvio que la comunión que Juan está mencionando, no es meramente una comunión «horizontal» (con los proclamadores del mensaje), sino que, puesto que el mensaje es acerca de la vida eterna que estaba junto al Padre, esto es, el Verbo de vida manifestado en carne, la comunión ha de ser necesariamente (y primeramente, tanto lógica como cronológicamente) «vertical», esto es, con la «fuente» de esa vida divina que con los demás hermanos se comparte. Por eso, añade: «Y ciertamente nuestra comunión (como si dijese: la que ya tenemos) es con el Padre y con su Hijo Jesucristo». Es una frase, como dice Rodríguez-Molero, «pleonástica, que aclara el sentido o naturaleza de esa unión con los apóstoles». Las implicaciones doctrinales, y las aplicaciones prácticas, que surgen de esta triple dimensión de la comunión de vida divina: «vosotros … nosotros … con el Padre y con su Hijo Jesucristo» son, al menos, dos (y de suma importancia):

(a) El objetivo primario de la proclamación del Evangelio, según lo que Juan acaba de decir, «no es salvación, sino comunión. Con todo, propiamente entendido, éste es el significado de salvación en su sentido más amplio, incluida la reconciliación con Dios en Cristo (comunión … con el Padre y con su Hijo Jesucristo), santidad de vida (v. 6), e incorporación a la Iglesia (vosotros … con nosotros)» (Stott). Dice Rodríguez-Molero: «La comunión con Dios y la comunión con los cristianos son inseparables y correlativas». Este concepto lo aprendió Juan muy bien del Maestro (v. Jn. caps. 15 y 17) y lo expresa de varias maneras en esta epístola: El mandamiento de amar al hermano (2:7–11; 3:10–18, 23) se basa en la mutua inmanencia que el amor impone, de cada uno con respecto a Dios y, en consecuencia, de cada uno con respecto a su hermano (3:24; 4:7–13, 20, 21; 5:1–3).

(b) Esta comunión con los hermanos, centrada en Cristo como punto de reunión en que se vive la vida divina derivada del Padre como de su primera fuente, es lo que constituye la forma esencial, constitutiva, de la Iglesia. En otras palabras, no hay tal cosa como una «Iglesia invisible» a la que se pueda pertenecer en solitario, sin comunión visible (hasta sus últimas consecuencias (3:16–18) con personas visibles y tangibles. No cabe la piedad individualista, ni el acceso al Padre en solitario, ni la mística unión con Cristo al margen de los demás hermanos, ni el hilo directo con el Espíritu Santo sin extensión de la línea a los que comparten con nosotros la fe en el Hijo de Dios. Nuestra salvación tiene una dimensión esencialmente comunitaria. Dice Stott: «Esta comunión es lo que significa la vida eterna (Jn. 17:3). Como el Hijo, que es esa vida eterna, estaba (eternamente) con el Padre (v. 2), así es su propósito el que tengamos comunión con Ellos y cada uno con el otro (cf. Jn. 17:21, 22). “Comunión” es vocablo específicamente cristiano y denota la común participación en la gracia de Dios, en la salvación de Cristo y en la inhabitación del Espíritu que es el derecho de primogenitura espiritual de todos los creyentes cristianos. Es su común posesión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo lo que les hace ser uno».

(c) No se puede pasar por alto aquí la falsa consecuencia que la Iglesia de Roma deduce de estos versículos, como si el énfasis de Juan se cargase sobre las personas («nosotros») de los apóstoles que proclaman el mensaje, en lugar de cargarse en la comunión que la coparticipación en la vida divina lleva a cabo en todos los creyentes: los que proclaman y los que escuchan y reciben. Citando de Beda, llamado el Venerable, monje benedictino inglés (672–735), tanto Salguero como Rodríguez-Molero dicen: «para poseer la comunión con las divinas Personas, hay que conservar la unión con los apóstoles y sus sucesores» (Rodríguez-Molero); «es decir, con la jerarquía y con toda la Iglesia», apostilla Salguero. No cabe mayor sofisma, ya que: Primero, los apóstoles (como testigos de primera mano) no pudieron tener sucesores; segundo, en su calidad de proclamadores del mensaje, lo que cuenta es el mensaje comunicado, no la persona que lo comunica; en otras palabras, la llamada «sucesión apostólica» no es una sucesión de personas, sino una sucesión del mensaje apostólico comunicado. Ése es el fundamento apostólico que Pablo menciona en Efesios 2:20, 21 (v. también Ap. 21:14). Esto es tan obvio, que hasta el profesor católico H. Kung, en su libro La Iglesia, lo admite.

(C) Del objetivo inmediato del mensaje de vida eterna (comunión), pasa el autor sagrado a consignar el objetivo de más largo alcance, y tiene interés en especificar que lo consigna por escrito. Dice a la letra el versículo 4, según el texto crítico mejor acreditado: «Y estas cosas (lo que precede y lo que sigue) os estamos escribiendo (ya que el verbo está en presente de indicativo) nosotros (enfáticamente explícito—), a fin de que nuestro gozo quede colmado (o completado; gr. héi pepleroméne—forma perifrástica del pretérito perfecto de subjuntivo medio-pasivo). Tres consideraciones principales se ofrecen, acerca de este versículo 4, al que esto escribe:

(a) Lo de «nosotros escribimos» se refiere al mismo autor sagrado en representación de los demás testigos de vista de «lo que era en el principio, etc.». Es muy probable que todos ellos hubiesen muerto ya cuando Juan escribe esto, pero no quiere disociarse del común testimonio apostólico.

(b) «Nuestro gozo» (según los mejores MSS) no significa aquí «el mío y el de los demás apóstoles», sino que, como dice Rodríguez-Molero, «san Juan quiere comunicar a sus lectores la alegría de la comunión divina, y esa alegría redunda primariamente en gozo personal suyo (cf. 2 Jn. 4; 3 Jn. 4; 1 Ts. 2:19; Fil. 2:2; 4:1; 2 Co. 2:3). Pero la alegría del evangelista incluye la alegría de los lectores. Lo contrario sería egoísmo. Es un gozo mutuo, que incluye el alborozo apostólico producido por los felices resultados de la predicación hablada o escrita, y el que sienten los que oyen su doctrina de amor y salvación».

(c) Más aún, el autor sagrado da a entender que si los lectores no compartiesen los mismos bienes que trajo al mundo la manifestación de Dios en carne, su gozo personal no sería completo.

Henry, M., & Lacueva, F. (1999). Comentario Bı́blico de Matthew Henry (pp. 1874-1877). Editorial CLIE.

Acuérdate de mí, Dios mío, para bien.

Acuérdate de mí, Dios mío, para bien

Vi asimismo en aquellos días a judíos que habían tomado mujeres de Asdod, amonitas, y moabitas; y la mitad de sus hijos hablaban la lengua de Asdod, porque no sabían hablar judaico, sino que hablaban conforme a la lengua de cada pueblo. Y reñí con ellos… ¿No pecó por esto Salomón, rey de Israel?… aun a él le hicieron pecar las mujeres extranjeras… Acuérdate de mí, Dios mío, para bien.
Nehemías 13:23-26, 31

Después de la cautividad en Babilonia (36) Algunos más tarde
Después de 12 años como gobernador, Nehemías regresó al rey. Más tarde se le permitió regresar a Jerusalén. Tristemente, cuando volvió se encontró con que la ciudad estaba en una condición deplorable. Eliasib, el sacerdote, había preparado una habitación para Tobías el amonita en los atrios de la Casa de Dios. Nehemías se enfadó grandemente y quitó todas las cosas de Tobías, ordenando que se limpiaran las habitaciones y se devolvieran los utensilios y las ofrendas a la Casa de Dios (vv. 7-9).

Las porciones de los levitas y de los cantores no les habían sido dadas, por lo que habían “huido cada uno a su heredad”. Nehemías culpó entonces a los oficiales, porque la Casa del Señor había sido abandonada. Puso administradores fieles sobre los almacenes para que administraran los diezmos y los distribuyeran a sus hermanos (vv. 10-13). ¡Qué necesario sigue siendo esto aún en los días actuales!

Nehemías se dio cuenta que en el día de reposo había personas que trabajaban, y que en la ciudad había tirios que comerciaban pescado y otras mercancías. Entonces tomó medidas enérgicas para corregir rápido este problema. También fue severo con los judíos que se habían casado con mujeres de las naciones paganas circundantes; citó el mal ejemplo del rey Salomón, recordándoles cómo había pecado al hacerlo. La mitad de los niños nacidos de estos matrimonios no podían hablar en judío (vv. 23-27). Esto sigue siendo un gran peligro, ya que los hijos de creyentes casados con incrédulos tienden a seguir la conducta del cónyuge inconverso. Dios dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jer. 17:9). Y, una vez más, Nehemías encomendó sus actividades a Dios (v. 14).

Eugene P. Vedder, Jr.
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.