La verdadera identidad de Jesús va a afectar la eternidad de cada uno de nosotros | Apóstol Juan

La verdadera identidad de Jesús va a afectar la eternidad de cada uno de nosotros

Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido. 1 Juan: 1-4

CAPÍTULO 1

I. El autor sagrado expone primero el objetivo de su escrito (1:1–4);. II.Describe después las condiciones para una verdadera comunión con Dios: 1. Conformidad con una norma (vv. 5–7), y 2. Confesión de todo pecado conocido (vv. 8–10).

Versículos 1–4

Dicen estos versículos en la NVI: «Lo que existía desde el principio, lo que nosotros hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y lo han palpado nuestras manos—éste es nuestro mensaje acerca de la Palabra de la vida—. La vida se manifestó; nosotros hemos visto y damos testimonio de ella, y os anunciamos la vida eterna, que estaba con el Padre y nos ha sido manifestada. Os anunciamos lo que hemos visto y oído, a fin de que también vosotros tengáis comunión (gr. koinonían, el conocido vocablo, ya desde Hch. 2:42. Sale cuatro veces en los siete primeros versículos del presente capítulo) con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Os escribimos esto para colmar nuestro gozo».

1. Aunque más breve que el gran prólogo del cuarto Evangelio, el parecido de estos versículos con aquél salta a la vista. Dice Rodríguez-Molero: «Entre los dos hay un indiscutible parentesco de fondo y de forma … Los dos, en efecto, evitan designar al Hijo de Dios por su nombre histórico … prefieren el de Verbo. Los dos arrancan del mismo punto de partida: “el principio”; en los dos ocupa la posición central el concepto del Logos, y en los dos las expresiones de Vida tienen importancia y énfasis similar. Pero más importante que esas semejanzas de estructura es la identidad del pensamiento central: la encarnación del Verbo».

2. La densidad de pensamiento es parecida al prólogo de Hebreos, aun cuando el autor de Hebreos vuela majestuosamente sin que la emoción empañe la perfección literaria de su retórico discurso, mientras que Juan parece tan embargado por la emoción que le causa el mensaje que va a comunicar, que resulta difícil seguirle (como a Pablo en Ef. 1:3–10) y hasta es preciso desenredar su «maraña gramatical», como la llama Dodd. Para ello, J. Stott sugiere atender primero al verbo principal: «anunciamos» (gr. apanguéllomen, presente de indicativo), que aparece en el versículo 3 y «muestra que el Prefacio está preocupado esencialmente acerca de la proclamación apostólica del Evangelio … El versículo 2 es un paréntesis explanatorio de la forma en que fue posible oír, ver y tocar lo que era en el principio … Este paréntesis interrumpe de tal manera el hilo del discurso, que el versículo 3 se abre con una cláusula que reasume, en una oración de relativo, «lo que hemos visto y oído», antes de llegar (en el original) al verbo principal anunciamos … El resto del versículo 3 y el versículo 4 describen los objetivos, el inmediato y el último, de la proclamación apostólica: a fin de que también vosotros tengáis comunión con nosotros, y para colmar nuestro gozo».

3. Después de esta labor de desbroce, que agradecemos a Stott, pasamos ya al comentario del versículo 1, donde notamos los siguientes detalles:

(A) «Lo que (pronombre relativo neutro) existía (no en el sentido de “surgir al ser”, sino de estar ya en el ser) desde el principio» es una frase que nos recuerda la, también primera, frase del Evangelio según Juan: «En el principio era (existía) el Verbo». Pero son muy de notar estas dos diferencias: (a) En el Evangelio, el sujeto de la oración es obviamente el Verbo (en masculino); en la epístola, lo que Juan está diciendo «acerca del (gr. perí) Verbo de la vida» (lit.), esto es, que se hizo visible, audible y palpable; en una palabra, que se manifestó en un cuerpo real; (b) En el Evangelio, dice del Verbo que «era EN el principio», es decir: cuando comenzó a existir el mundo (comp. con Gn. 1:1), el Verbo YA era, con lo que se indica de forma implícita su eternidad; en la epístola, dice: «Lo que era DESDE el principio». La expresión «desde el principio» sale nada menos que ocho veces en esta epístola (1:1; 2:7, 13, 14, 24—dos veces—; 3:8, 11) y dos en la 2 Juan (vv. 5 y 6) y necesita ser matizada de acuerdo con su contexto. Su sentido primordial aquí, según observa Dodd, es: «lo que siempre ha sido verdad acerca de la palabra de la vida …, el contenido original e inmutable del Evangelio, contra todas las novedosas formas de doctrina». Lo cual no impide ver también la eternidad del Verbo (v. 2, comp. con 2:13–14); se ve, en cierto modo, incluso la eternidad del Evangelio, como se le llama en Apocalipsis 14:6.

(B) Para poner de relieve la realidad corporal de la Encarnación, Juan, uno de los tres apóstoles que acompañaban a Jesús por todas partes y que tuvo el privilegio único de recostar su cabeza sobre el pecho del Maestro, usa otras tres oraciones de relativo, con desdoble de la última; nótese la gradación: «lo que hemos oído» (ya sería bastante para ser testigos de primera mano); «lo que hemos visto con nuestros ojos» (si al oído se añade la vista, la credibilidad del testigo aumenta); «lo que contemplamos» (aoristo; gr. etheasámetha, de la misma raíz que la palabra de donde se deriva «teatro»; esto es, no fue una visión rápida y pasajera, como quien se cruza casualmente con otra persona en la calle, etc., sino que fue una visión sostenida de alguien a quien se trata familiarmente y cada día; «lo que palparon (lit.) nuestras manos»; no hay alucinación que se resista al tacto, por lo que no caben más pruebas testificales que las que Juan exhibe aquí.

(C) Detengámonos aquí un momento a meditar, porque lo que Juan tenía firmemente asentado en su corazón y su memoria era nada menos que el recuerdo vivo (los dos primeros verbos están en pretérito perfecto) del privilegio que le cupo de ver, oír y tocar al Eterno. Dice M. Henry: «La vida, el verbo de vida, la vida eterna, como tal, no se podía ver ni palpar; pero la vida manifestada sí pudo hacerlo, y lo hizo: (a) A los oídos de ellos (vv. 1, 3). La vida tomó boca y lengua, para poder decir palabras de vida. La palabra divina quiso tener empleado el oído, y el oído debería estar dedicado a la palabra de vida. (b) A los ojos de ellos (vv. 1–3). El Verbo quiso hacerse visible, no sólo audible, de forma que lo pudiesen ver «nuestros ojos»—dice—, con todo el uso y ejercicio que podemos hacer de nuestros ojos … (c) A los sentidos internos de ellos, a los ojos de la mente, pues así podría quizás entenderse la siguiente cláusula: lo que contemplamos. La palabra no se aplica a lo que es objeto inmediato del ojo, sino a lo que coligieron racionalmente de lo que vieron. Los sentidos están para ser los informadores de la mente. (d) A las manos y al sentido del tacto de ellos: «Y nuestras manos palparon el Verbo de la vida». La invisible vida y el Verbo no menospreciaban el testimonio de los sentidos, pues el sentido es el medio que Dios ha designado para nuestra información». Por su parte, Rodríguez-Molero comenta: «Lo hemos oído, lo hemos visto, lo hemos tocado: ese poder inaudito de oír, ver, tocar al Altísimo; esa palpabilidad del Inabarcable, con todo lo que significa, se refleja en la iteración, el encarecimiento, la gradación de los verbos. Esa abundancia traduce el asombro que todavía siente el apóstol».

(D) Los comentaristas hacen notar que los dos aoristos («contemplamos … palparon») quizás dan a entender «ocasiones o momentos determinados en que sus ojos contemplaron y sus manos tocaron a Cristo. Tocar parece ser una alusión al episodio de santo Tomás (Jn. 20:27) o cuando el Señor les dice: “palpad” (Lc. 24:39), que emplea el mismo verbo» (Rodríguez-Molero). El verbo «palpar» es, en griego, pselaphán; ocurre en cuatro lugares del Nuevo Testamento: Lucas 24:39; Hechos 17:27; Hebreos 12:18 y aquí; según J. Stott, significa «buscar tentando a fin de encontrar, como hace un ciego o un hombre en la oscuridad». El verbo que tenemos aquí para contemplar ocurre 23 veces en el Nuevo Testamento, siendo las más notables las que hallamos en Juan 1:14, 34 y Hechos 1:11.

(E) Las últimas palabras (cinco en el original) del versículo 1: … acerca del Verbo (o de la Palabra) de la vida» requieren consideración especial.

(a) Con estas palabras, Juan dice claramente que su mensaje, el que ahora está anunciando (v. 2b. Ése es el verbo principal, como ya llevamos dicho) se refiere al Verbo de la vida. Como puede verse en el contexto posterior del verbo anunciamos, este Verbo de la vida es lógica y gramaticalmente equivalente de la «vida eterna, que estaba con (griego, pros) el Padre», con lo que el parecido con Jn. 1:1b («y el Verbo estaba con—gr. pros: junto a, en relación con, etc.—Dios») es impresionante, hasta en la construcción preposicional.

(b) Pero el parecido se agranda si atendemos a Juan 1:4, donde leemos que «en Él (el Verbo) estaba la VIDA». Que Juan se refiere, tanto en el Evangelio como en la epístola, a la vida eterna, puede verse por Juan 3:15, 16, 36; 5:24; 6:27, 40, 47, 68; 10:28; 17:2; 1 Juan 1:2; 2:25; 5:11–13 y, probablemente, 20. Por otra parte, Jesús dice de sí mismo, no sólo que en sí tenía la vida, sino que Él es la Vida (Jn. 14:6), pues tiene la vida divina, eterna, no como en depósito, sino como en su propia fuente (v. 5:26—este es el sentido de «tener vida en sí mismo»).

(c) Como hace notar Rodríguez-Molero: «Las expresiones del cuarto evangelio que llaman a Jesús «Pan de vida», «Luz de vida», se completan con esta otra: Verbo de vida: El Verbo, que es la Vida». En efecto, ya he citado Juan 14:6 para mostrar que el Verbo ES la Vida. Por otra parte, el texto sagrado dice literalmente que Jesús es «el pan de la vida» (Jn. 6:35, 48) y «la luz de la vida» (Jn. 8:12), así como aquí dice literalmente «el Verbo de la vida». Esto último nos señala al Verbo como vida reveladora y vida revelada, manifestada en carne. Dice Rodríguez-Molero: «es el Verbo hecho carne como concreción viviente de la divina revelación».

(d) Permítaseme ahondar un poco más en este sagrado «triángulo» de apelativos. Si el Verbo de la vida nos indica la divina revelación de la vida, la luz de la vida (v. Jn. 1:4b) nos da a entender que la vida eterna comienza por una iluminación (comp. con Ef. 1:18) y pasa a ser un sustento: el pan de la vida. Precisamente en 1:5, Juan va a decir que Dios es Luz (comp. con Jn. 8:32), Santidad infinita en forma de pureza (trascendencia), y, en 4:8, 16, que Dios es Amor, Santidad infinita en forma de generosidad (inmanencia). Como luz, impone pavor (v. Is. 6:5); como amor, invita al banquete, se hace pan; ¿no es ése el sentido explícito de todo lo que dice Jesús en Juan 6:27–58? Dios, en Cristo, se hace «completamente comestible», según frase de P. Claudel (aunque él no la aplica a Dios), puesto que, al dársenos enteramente en su Hijo, nos ha dado todo lo que de sustento tiene la vida eterna, desde la salvación inicial gracias al sacrificio total en Cristo, hasta la consumación final gracias a la constante operación de su Espíritu. La comunión (gr. koinonía) con Dios y, en Dios, con los demás hijos de Dios (v. 5:1), de la que habla aquí Juan, mencionándola cuatro veces en los versículos 3–7, es comunión (koinonoí) de la naturaleza divina (2 P. 1:4). Así que apropiarse, por la fe, la vida divina, es comer espiritualmente a Dios (v. el comentario a Jn. 6:27–58, 63 —son espíritu y son VIDA—).

4. Y pasamos ya al versículo 2, que comienza, en el original, con un kai (y) que bien puede traducirse por un «pues» explicativo, al abrir un paréntesis en que el autor sagrado declara a qué vida se refiere, tras de haber dejado como suspendido en el aire de la emoción el vuelo de su pensamiento. Nos dice ahora que esa vida se manifestó (aoristo). Juan se cuenta entre los que, dice, «hemos visto (perfecto) y estamos testificando y os estamos anunciando (los dos verbos están en presente de indicativo) la vida, la (que es) eterna, la cual estaba junto al (gr. pros, la misma preposición de Jn. 1:1, 2) Padre, y se manifestó (el mismo verbo y en el mismo tiempo y persona que al comienzo del versículo) a nosotros» (lit.). Basta con echar una rápida mirada a Juan 1:1–4 para percatarse de que Juan está refiriéndose al Verbo de Dios, quien se manifestó en forma sensible al hacerse hombre y, en esa naturaleza humana, se dejó ver, oír y palpar de los apóstoles; en especial de Pedro, Santiago y Juan, que es quien escribe esto. La proclamación apostólica del mensaje del Evangelio supone que el heraldo es testigo de vista de lo que proclama y lo atestigua en la proclamación que hace. Nótese, por eso, la gradación de los verbos: «Hemos visto (el recuerdo está claro, vívido, en nuestra conciencia), damos testimonio y estamos anunciándoos. Estos dos verbos, dice Stott, «implican una autoridad, pero de diferente clase. Martureísthai indica la autoridad de la experiencia … Apanguéllein indica la autoridad de la comisión».

5. Tras del paréntesis explicativo del versículo 2, Juan reasume (v. 3) su pensamiento del versículo 1, y repite el pronombre relativo neutro hó y los dos primeros verbos (en perfecto también) del versículo 1, pero invierten el orden: «lo que hemos visto y hemos oído, (eso es lo que) os estamos anunciando también a vosotros» (lit.). Dice Stott: «La manifestación histórica de la Vida Eterna fue proclamada, no monopolizada. La revelación fue dada a los pocos para los muchos. Tenían que impartirla al mundo. La manifestación a nosotros (v. 2) viene a ser proclamación a vosotros (v. 3)». Lejos de guardarse celosamente para sí el grandioso mensaje que les había sido comunicado, está Juan sumamente afanoso por hacer participe de él a sus lectores. Tenía para ello, al menos, tres motivos: (A) Había sido comisionado por Jesús para ello (Mt. 28:19, 20); (B) Como es característico de Dios dar y darse (Jn. 3:16), también los que comparten la naturaleza divina (2 P. 1:4), han de ansiar dar y darse (v. por ej., 2 Co. 12:15); (C) La vida divina, la comunión con Dios, como todas las demás realidades espirituales, no menguan, sino que aumentan, con el número de los que las comparten.

6. En la triple repetición de verbos que vemos en los versículos 1–3, hay una doble variación: (A) de orden; (B) de selección; es decir, no todos los verbos se repiten en los tres versículos. Pero hay un verbo que se repite las tres veces: «hemos visto». Dice Rodríguez-Molero: «Una vez que se encarnó el Verbo y apareció entre los hombres, ya será siempre primero el sentido visual». Es interesante observar, a este respecto, que cuando el apóstol Pablo está declarando el núcleo del mensaje evangélico que él proclamaba en todas partes (1 Co. 15:1 y ss.), insiste de tal forma en esa condición de ser «testigo de vista» que repite cuatro veces en sendos versículos (5–8) el verbo griego óphthe: «fue visto … fue visto … fue visto … fue visto TAMBIÉN POR MÍ» (lit.). La visión del Resucitado llegó a ser la condición sine qua non para ser Apóstol (con mayúscula), incluso para Pablo que no perteneció al círculo cerrado de los Doce (v. Hch. 1:21, 22).

7. Pero, como dice muy bien Stott: «La proclamación no era un fin en sí misma; su objetivo, el inmediato y el último, es definido ahora». En efecto, después de la emocionada y repetida mención de lo que acaba de anunciar, el autor sagrado va a exponer el objetivo del mensaje que proclama (vv. 3b–4). Este objetivo es doble: (A) Uno inmediato, que puede conseguirse tan pronto como se reciba por fe el mensaje (v. 3b): «para que también vosotros tengáis comunión con (metá, en compañía de) nosotros …». (B) Otro, que es consecuencia eterna del primero: … para que vuestro (nuestro, según los MSS más importantes) gozo quede colmado» (lit.). Considerémoslos de cerca:

(A) Juan desea que la recepción del mensaje que proclama resulte en comunión de los lectores con él mismo y los demás que dan testimonio de primera mano de lo que era desde el principio, etc. Comenta aquí Rodríguez-Molero: «El apóstol les anuncia ese mensaje para que también vosotros … tengáis comunión con nosotros, para que los que no habéis visto, ni oído, ni tocado, tengáis también parte en el beneficio soberano que nos ha traído Jesucristo». Ésta es una comunión fraternal, «horizontal», en la que todos los hijos de Dios comparten la vida que Jesús nos ha traído.

(B) Por lo que lleva dicho en los versículos 1–3a, es obvio que la comunión que Juan está mencionando, no es meramente una comunión «horizontal» (con los proclamadores del mensaje), sino que, puesto que el mensaje es acerca de la vida eterna que estaba junto al Padre, esto es, el Verbo de vida manifestado en carne, la comunión ha de ser necesariamente (y primeramente, tanto lógica como cronológicamente) «vertical», esto es, con la «fuente» de esa vida divina que con los demás hermanos se comparte. Por eso, añade: «Y ciertamente nuestra comunión (como si dijese: la que ya tenemos) es con el Padre y con su Hijo Jesucristo». Es una frase, como dice Rodríguez-Molero, «pleonástica, que aclara el sentido o naturaleza de esa unión con los apóstoles». Las implicaciones doctrinales, y las aplicaciones prácticas, que surgen de esta triple dimensión de la comunión de vida divina: «vosotros … nosotros … con el Padre y con su Hijo Jesucristo» son, al menos, dos (y de suma importancia):

(a) El objetivo primario de la proclamación del Evangelio, según lo que Juan acaba de decir, «no es salvación, sino comunión. Con todo, propiamente entendido, éste es el significado de salvación en su sentido más amplio, incluida la reconciliación con Dios en Cristo (comunión … con el Padre y con su Hijo Jesucristo), santidad de vida (v. 6), e incorporación a la Iglesia (vosotros … con nosotros)» (Stott). Dice Rodríguez-Molero: «La comunión con Dios y la comunión con los cristianos son inseparables y correlativas». Este concepto lo aprendió Juan muy bien del Maestro (v. Jn. caps. 15 y 17) y lo expresa de varias maneras en esta epístola: El mandamiento de amar al hermano (2:7–11; 3:10–18, 23) se basa en la mutua inmanencia que el amor impone, de cada uno con respecto a Dios y, en consecuencia, de cada uno con respecto a su hermano (3:24; 4:7–13, 20, 21; 5:1–3).

(b) Esta comunión con los hermanos, centrada en Cristo como punto de reunión en que se vive la vida divina derivada del Padre como de su primera fuente, es lo que constituye la forma esencial, constitutiva, de la Iglesia. En otras palabras, no hay tal cosa como una «Iglesia invisible» a la que se pueda pertenecer en solitario, sin comunión visible (hasta sus últimas consecuencias (3:16–18) con personas visibles y tangibles. No cabe la piedad individualista, ni el acceso al Padre en solitario, ni la mística unión con Cristo al margen de los demás hermanos, ni el hilo directo con el Espíritu Santo sin extensión de la línea a los que comparten con nosotros la fe en el Hijo de Dios. Nuestra salvación tiene una dimensión esencialmente comunitaria. Dice Stott: «Esta comunión es lo que significa la vida eterna (Jn. 17:3). Como el Hijo, que es esa vida eterna, estaba (eternamente) con el Padre (v. 2), así es su propósito el que tengamos comunión con Ellos y cada uno con el otro (cf. Jn. 17:21, 22). “Comunión” es vocablo específicamente cristiano y denota la común participación en la gracia de Dios, en la salvación de Cristo y en la inhabitación del Espíritu que es el derecho de primogenitura espiritual de todos los creyentes cristianos. Es su común posesión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo lo que les hace ser uno».

(c) No se puede pasar por alto aquí la falsa consecuencia que la Iglesia de Roma deduce de estos versículos, como si el énfasis de Juan se cargase sobre las personas («nosotros») de los apóstoles que proclaman el mensaje, en lugar de cargarse en la comunión que la coparticipación en la vida divina lleva a cabo en todos los creyentes: los que proclaman y los que escuchan y reciben. Citando de Beda, llamado el Venerable, monje benedictino inglés (672–735), tanto Salguero como Rodríguez-Molero dicen: «para poseer la comunión con las divinas Personas, hay que conservar la unión con los apóstoles y sus sucesores» (Rodríguez-Molero); «es decir, con la jerarquía y con toda la Iglesia», apostilla Salguero. No cabe mayor sofisma, ya que: Primero, los apóstoles (como testigos de primera mano) no pudieron tener sucesores; segundo, en su calidad de proclamadores del mensaje, lo que cuenta es el mensaje comunicado, no la persona que lo comunica; en otras palabras, la llamada «sucesión apostólica» no es una sucesión de personas, sino una sucesión del mensaje apostólico comunicado. Ése es el fundamento apostólico que Pablo menciona en Efesios 2:20, 21 (v. también Ap. 21:14). Esto es tan obvio, que hasta el profesor católico H. Kung, en su libro La Iglesia, lo admite.

(C) Del objetivo inmediato del mensaje de vida eterna (comunión), pasa el autor sagrado a consignar el objetivo de más largo alcance, y tiene interés en especificar que lo consigna por escrito. Dice a la letra el versículo 4, según el texto crítico mejor acreditado: «Y estas cosas (lo que precede y lo que sigue) os estamos escribiendo (ya que el verbo está en presente de indicativo) nosotros (enfáticamente explícito—), a fin de que nuestro gozo quede colmado (o completado; gr. héi pepleroméne—forma perifrástica del pretérito perfecto de subjuntivo medio-pasivo). Tres consideraciones principales se ofrecen, acerca de este versículo 4, al que esto escribe:

(a) Lo de «nosotros escribimos» se refiere al mismo autor sagrado en representación de los demás testigos de vista de «lo que era en el principio, etc.». Es muy probable que todos ellos hubiesen muerto ya cuando Juan escribe esto, pero no quiere disociarse del común testimonio apostólico.

(b) «Nuestro gozo» (según los mejores MSS) no significa aquí «el mío y el de los demás apóstoles», sino que, como dice Rodríguez-Molero, «san Juan quiere comunicar a sus lectores la alegría de la comunión divina, y esa alegría redunda primariamente en gozo personal suyo (cf. 2 Jn. 4; 3 Jn. 4; 1 Ts. 2:19; Fil. 2:2; 4:1; 2 Co. 2:3). Pero la alegría del evangelista incluye la alegría de los lectores. Lo contrario sería egoísmo. Es un gozo mutuo, que incluye el alborozo apostólico producido por los felices resultados de la predicación hablada o escrita, y el que sienten los que oyen su doctrina de amor y salvación».

(c) Más aún, el autor sagrado da a entender que si los lectores no compartiesen los mismos bienes que trajo al mundo la manifestación de Dios en carne, su gozo personal no sería completo.

Henry, M., & Lacueva, F. (1999). Comentario Bı́blico de Matthew Henry (pp. 1874-1877). Editorial CLIE.

Acuérdate de mí, Dios mío, para bien.

Acuérdate de mí, Dios mío, para bien

Vi asimismo en aquellos días a judíos que habían tomado mujeres de Asdod, amonitas, y moabitas; y la mitad de sus hijos hablaban la lengua de Asdod, porque no sabían hablar judaico, sino que hablaban conforme a la lengua de cada pueblo. Y reñí con ellos… ¿No pecó por esto Salomón, rey de Israel?… aun a él le hicieron pecar las mujeres extranjeras… Acuérdate de mí, Dios mío, para bien.
Nehemías 13:23-26, 31

Después de la cautividad en Babilonia (36) Algunos más tarde
Después de 12 años como gobernador, Nehemías regresó al rey. Más tarde se le permitió regresar a Jerusalén. Tristemente, cuando volvió se encontró con que la ciudad estaba en una condición deplorable. Eliasib, el sacerdote, había preparado una habitación para Tobías el amonita en los atrios de la Casa de Dios. Nehemías se enfadó grandemente y quitó todas las cosas de Tobías, ordenando que se limpiaran las habitaciones y se devolvieran los utensilios y las ofrendas a la Casa de Dios (vv. 7-9).

Las porciones de los levitas y de los cantores no les habían sido dadas, por lo que habían “huido cada uno a su heredad”. Nehemías culpó entonces a los oficiales, porque la Casa del Señor había sido abandonada. Puso administradores fieles sobre los almacenes para que administraran los diezmos y los distribuyeran a sus hermanos (vv. 10-13). ¡Qué necesario sigue siendo esto aún en los días actuales!

Nehemías se dio cuenta que en el día de reposo había personas que trabajaban, y que en la ciudad había tirios que comerciaban pescado y otras mercancías. Entonces tomó medidas enérgicas para corregir rápido este problema. También fue severo con los judíos que se habían casado con mujeres de las naciones paganas circundantes; citó el mal ejemplo del rey Salomón, recordándoles cómo había pecado al hacerlo. La mitad de los niños nacidos de estos matrimonios no podían hablar en judío (vv. 23-27). Esto sigue siendo un gran peligro, ya que los hijos de creyentes casados con incrédulos tienden a seguir la conducta del cónyuge inconverso. Dios dice: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jer. 17:9). Y, una vez más, Nehemías encomendó sus actividades a Dios (v. 14).

Eugene P. Vedder, Jr.
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

LA PRIMERA APARICIÓN DEL CANON

LA PRIMERA APARICIÓN DEL CANON

La doctrina de inspiración bíblica se encuentra totalmente desarrollada sólo en las páginas del Nuevo Testamento. Pero muy atrás en la historia de Israel ya encontramos ciertos escritos que son reconocidos como que tienen autoridad divina, y que le sirven como una regla de fe y práctica al pueblo de Dios. Esto se ve en la respuesta del pueblo cuando Moisés les lee el libro del pacto (Éxodo 24:7), o cuando se lee el Libro de la Ley que encuentra Jilquías, primero al rey y luego a la congregación (2 Reyes 22–23; 2 Crónicas 34), o cuando Esdras le lee el Libro de la Ley al pueblo (Nehemías 8:9, 14–17; 10:28–39; 13:1–3). Los escritos en cuestión son parte de todo el Pentateuco—en el primer caso, una parte bastante pequeña de Éxodo, probablemente los capítulos 20–23. El Pentateuco es tratado con la misma reverencia en Josué 1:7 y siguientes; 8:31; 23:6–8; 1 Reyes 2:3; 2 Reyes 14:6; 17:37; Oseas 8:12; Daniel 9:11, 13; Esdras 3:2, 4; 1 Crónicas 16:40; 2 Crónicas 17:9; 23:18; 30:5, 18; 31:3; 35:26.

El Pentateuco se presenta a sí mismo como básicamente la obra de Moisés, uno de los primeros y ciertamente el más grande de los profetas del Antiguo Testamento (Números 12:6–8; Deuteronomio 34:10–12). A menudo Dios habló a través de Moisés en forma oral, como lo hizo a través de los profetas posteriores, pero con frecuencia también se menciona la actividad de escritor de Moisés (Éxodo 17:14; 24:4, 7; 34:27; Números 33:2; Deuteronomio 28:58, 61; 29:20–27; 30:10; 31:9–13, 19, 22, 24–26). Había otros profetas en el tiempo de Moisés, y se esperaba que más siguieran (Éxodo 15:20; Números 12:6; Deuteronomio 18:15–22; 34:10), como lo hicieron (Jueces 4:4; 6:8), aunque el gran flujo de actividad profética comenzó con Samuel. La obra literaria de estos profetas comenzó, por lo que sabemos, con Samuel (1 Samuel 10:25; 1 Crónicas 29:29), y la clase de escritura en la cual se involucraron extensamente al principio era histórica, la cual más tarde llegó a ser la base para los libros de Crónicas (1 Crónicas 29:29; 2 Crónicas 9:29; 12:15; 13:22; 20:34; 26:22; 32:32; 33:18 y siguientes) y probablemente también de Samuel y Reyes, los cuales tienen mucho material en común con Crónicas. No sabemos si también Josué y Jueces fueron basados en historias proféticas de esta clase, pero es muy posible que haya sido así. Que en ocasiones los profetas escribieron oráculos queda claro de Isaías 30:8; Jeremías 25:13; 29:1; 30:2; 36:1–32; 51:60–64; Ezequiel 43:11; Habacuc 2:2; Daniel 7:1; 2 Crónicas 21:12.

La razón por la cual Moisés y los profetas escribieron el mensaje de Dios y no se contentaron con entregarlo en forma oral, fue que a veces lo enviaban a otro lugar (Jeremías 29:1; 36:1–8; 51:60 y siguientes; 2 Crónicas 21:12), pero también muy a menudo lo hicieron para preservarlo para memoria en el futuro (Éxodo 17:14), o como testigo (Deuteronomio 31:24–26), para que estuviera disponible para los tiempos venideros (Isaías 30:8). Los escritores del Antiguo Testamento conocían muy bien la poca confianza que se le puede tener a la tradición oral. Una lección objetiva aquí fue la pérdida del Libro de la Ley durante los reinados perversos de Manasés y Amón. Cuando Jilquías lo redescubrió, sus enseñanzas los sorprendieron grandemente, puesto que habían sido olvidadas (2 Reyes 22–23; 2 Crónicas 34). Por lo tanto, la forma permanente y duradera del mensaje de Dios no fue en su forma hablada sino en su forma escrita, y esto explica el surgimiento del canon del Antiguo Testamento.

No podemos estar seguros del tiempo que tomó para que el Pentateuco llegara a su forma final. Sin embargo vemos, en el caso del libro del pacto a que se hace referencia en Éxodo 24, que era posible que un documento corto como Éxodo 20–23 llegara a ser canónico antes de alcanzar el tamaño del libro del que ahora forma parte. El libro del Génesis también comprende documentos anteriores (Génesis 5:1), Números incluye un artículo de una antigua colección de poesías (Números 21:14 y siguientes) y el libro de Deuteronomio se consideraba canónico aun durante la vida de Moisés (Deuteronomio 31:24–26), porque este escrito fue colocado al lado del arca. Sin embargo, el final de Deuteronomio fue escrito después de la muerte de Moisés.

Mientras que hubo una sucesión de profetas, por supuesto que fue posible que los escritos sagrados anteriores fueran agregados o editados en la manera en que se indicó antes, sin cometer el sacrilegio acerca del cual se dan advertencias en Deuteronomio 4:2; 12:32; Proverbios 30:6. Lo mismo se aplica a otras partes del Antiguo Testamento. El libro de Josué incluye el pacto en su último capítulo, 24:1–25, originalmente escrito por el mismo Josué (24:26). Samuel incorpora el documento que dice cómo debía ser el reino (1 Samuel 8:11–18), originalmente escrito por Samuel (1 Samuel 10:25). Ambos documentos fueron canónicos desde el principio, el primero habiendo sido escrito en el mismo Libro de la Ley en el santuario de Siquem, y el último habiendo sido colocado delante del Señor en Mizpa. Hay señales del aumento de los libros de Salmos y Proverbios en el Salmo 72:20 y en Proverbios 25:1. Artículos de una antigua colección de poesías se incluyen en Josué (10:12 y siguientes), Samuel (2 Samuel 1:17–27) y Reyes (1 Reyes 8:53, LXX). El libro de Reyes nombra como sus fuentes el Libro de los hechos de Salomón, el Libro de las crónicas de los reyes de Israel y el Libro de las crónicas de los reyes de Judá (1 Reyes 11:41; 14:29 y siguientes; 2 Reyes 1:18; 8:23). Las dos últimas obras, combinadas, son probablemente lo mismo que el Libro de los reyes de Israel y Judá, nombrado a menudo como una fuente en los libros canónicos de Crónicas (2 Crónicas 16:11; 25:26; 27:7; 28:26; 35:27; 36:8 y, en forma abreviada, 1 Crónicas 9:1; 2 Crónicas 24:27). Este libro principal parece haber incorporado muchas de las historias proféticas que también se mencionan como recursos en Crónicas (2 Crónicas 20:34; 32:32).

No todos los escritores de los libros del Antiguo Testamento eran profetas, en el estricto sentido de la palabra; algunos de ellos eran reyes y sabios. Pero su experiencia de inspiración fue lo que llevó a que sus escritos también encontraran un lugar en el canon. Se habla de la inspiración de los salmistas en 2 Samuel 23:1–3; 1 Crónicas 25:1, y de los sabios en Eclesiastés 12:11 y siguientes. También note la revelación que hizo Dios en Job (38:1; 40:6) y sus inferencias en Proverbios 8:1–9:6 que el libro de Proverbios es la obra de la sabiduría divina.

Comfort, P. W., & Serrano, R. A. (2008). El Origen de la Biblia (pp. 54-57). Tyndale House Publishers, Inc.

Cómo resolver bíblicamente los conflictos

Nota del editor:Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

Cómo resolver bíblicamente los conflictos
Por Dan Dodds

Cuando la gente acude a mi oficina para recibir consejería, generalmente llega por uno de estos tres motivos: (1) están buscando sabiduría o aliento en su sufrimiento o en su prueba, (2) están luchando con un pecado dominante y quieren aprender a mortificarlo o (3) están involucrados en un conflicto y están buscando ayuda.

¿Las Escrituras tienen algo que decir sobre la resolución de los conflictos? Mil veces sí. La Escritura está llena de ilustraciones de conflictos y contiene múltiples principios sobre cómo debemos comportarnos cuando estamos enemistados con otro cristiano.

Uno de los pasajes más comunes sobre resolución de conflictos a los que aludimos los cristianos es Mateo 18:15-20. Ese pasaje es una guía que nos muestra paso a paso cómo avanzar en el proceso desde el principio hasta el final. Antes de analizarlo, consideremos algunos principios preliminares.

PRINCIPIOS PRELIMINARES
Primero, todos los creyentes tenemos la obligación de buscar la paz con los demás. Pablo escribe en Romanos 12:18: «Si es posible, en cuanto de ustedes dependa, estén en paz con todos los hombres» (ver también He 12:14). Huir o esconderse del conflicto no es una opción válida para el cristiano. Piensa bien en esto. Si te encuentras en un conflicto con otro cristiano, Dios te ordena que trates de resolver ese conflicto de una manera piadosa. De hecho, la Escritura nos dice que debemos actuar para resolver el conflicto antes de asistir a la iglesia (ver Mt 5:23-24).

Resolver los conflictos es crítico para la paz de la iglesia porque contribuye a mantener una vida justa entre sus miembros. Si analizamos los versículos que contienen las palabras «paz» y «justicia», veremos que hay una clara relación entre ambas cosas.

Confrontar a alguien con su pecado requiere valentía y debemos hacer esto con mucho cuidado. Observa la cautela de Gálatas 6:1: «Hermanos, aun si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales, restáurenlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado».

Segundo, podemos resolver algunos conflictos si simplemente los pasamos por alto. Pedro escribe: «Sobre todo, sean fervientes en su amor los unos por los otros, pues el amor cubre multitud de pecados» (1 P 4:8). No hay que lidiar con todas las ofensas. Entonces, ¿cómo sabemos si hay que abordar una ofensa o no? Si tu comunión con la otra persona está rota y el problema sigue siendo una barrera entre ustedes, es necesario que, en amor, inicies una conversación con la otra parte involucrada y que con una actitud de oración y humildad busques la paz y la reconciliación.

Tercero, saca la viga de tu ojo. Estudia lo que quiso decir Jesús durante el Sermón del monte en Mateo 7:1-5 antes de confrontar a la otra persona. La tendencia natural (y pecaminosa) de todos nosotros es agrandar los pecados cometidos contra nosotros y restar importancia a nuestros propios pecados. Ver nuestro propio pecado requiere humildad y sabiduría, tal vez incluso la ayuda de un amigo de confianza o de un pastor que nos hable con verdad y franqueza.

Cuarto, recuerda cuál es el objetivo de confrontar a un hermano o a una hermana. Recuerda lo que no es confrontar a alguien más. El fin no es impresionar a la parte ofensora con lo mucho que te hirió su pecado; no es que el otro sienta tanto dolor como tú; no es hacer pública tu historia ni conseguir que los demás sean hostiles hacia esa hermana; no es lograr que la expulsen de la iglesia.

Entonces, ¿cuál es el propósito? Hay varios. Confrontamos al que peca contra nosotros para darle la oportunidad de arrepentirse y ser liberado de su culpa. Confrontamos con el propósito de restaurar la relación. Confrontamos para restaurar la paz y la justicia en la iglesia.

CONFRONTAR EN AMOR
Cuando ya has determinado que es necesario conversar y que tu corazón es recto delante de Dios, puedes seguir los pasos dados por Jesús en Mateo 18:15-20. Veámoslos en orden.

Paso 1: Confrontación uno a uno. Jesús les enseñó a Sus discípulos que la persona que ha sido ofendida debe acercarse en privado a la persona que ha cometido la ofensa. Nota que esto es contrario a nuestra intuición; por lo general, pensamos: «Bueno, él me ofendió; él tiene que acercarse a mí». Sin embargo, eso no es lo que Jesús enseña: si estás ofendido, tú debes acercarte, especialmente porque es posible que el otro ni siquiera sepa que te ofendió. Y cuando te acerques, repasa en tu mente los muchos versículos que hablan de lo importante que es decir la verdad (noveno mandamiento), hablar la verdad en amor (Ef 4:15) y no dar lugar a la ira ni a la venganza (Ro 12:19).

Advertencia: hay situaciones en que no sería sabio que la víctima confronte al ofensor. Pienso en el caso de un niño que ha sido victimizado por un adulto y podríamos añadir más situaciones. Basta con decir que es necesario ejercer sabiduría. Si no estás seguro, habla con tu pastor.

Paso 2: Lleva a otra persona contigo. Pero ¿y qué si la persona no escucha? ¿Qué pasa si no responde o si niega su pecado? Jesús se anticipó a esa posibilidad y les dijo a los discípulos que involucraran a otro hermano o hermana para que confronte en amor al ofensor con su pecado.

¿A quién debes llevar contigo? A un hermano o hermana con madurez y sabiduría. Tal vez sea mejor que no lleves al pastor ni a un anciano. ¿Por qué? Porque los ancianos y el pastor pueden terminar involucrándose en la disciplina oficial de la iglesia más adelante. Sin embargo, si el pastor o un anciano es tu única alternativa, lo mejor es que entienda claramente que todavía no está involucrado en virtud de su oficio, sino como un hermano que contribuye a la reconciliación.

La esperanza es que el «peso» de un testigo adicional haga que el hermano o la hermana que ha pecado reconozca, confiese y se arrepienta de su mal, de modo que la parte ofendida pueda perdonarlo y se restaure la comunión cristiana. Sin embargo, las cosas no siempre funcionan así. En realidad, muchas veces la gente endurece su resistencia, su negación o las dos cosas y es entonces que el creyente recurre a la iglesia en busca de ayuda.

Paso 3: Dilo a la iglesia. En Mateo 18:17, leemos: «Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia». Aquí, la iglesia se refiere a sus ancianos, que están llamados a pastorear espiritualmente el rebaño (1 P 5:1-5). Los ancianos están llamados a gobernar en la iglesia (He 13:7) y parte de ese gobierno consiste en promover la paz entre los hermanos. Los ancianos deben considerar oficialmente los cargos contra el hermano o la hermana en falta y volver a aplicar la Escritura de forma sabia y cautelosa en un esfuerzo por llevarlo al arrepentimiento.

Según como sean las políticas de tu iglesia, es posible que los ancianos, en algunas circunstancias, también pidan que los miembros de la iglesia tomen acciones con la esperanza de un último impulso al arrepentimiento. La congregación debe orar por la persona descarriada y darle aliento a nivel personal para que sea restaurada, pues ayudar a restaurar a una oveja descarriada es una obra realmente buena (Stg 5:20).

Si tu hermano se arrepiente, vuelve a recibirlo en la comunión. Si hay problemas materiales (o financieros) que deban abordarse, los ancianos tendrán que dar consejos sabios sobre el mejor modo de llegar a una solución justa. Si hay más personas involucradas en el conflicto, la parte que pecó debe hablar con todas ellas de modo que se restauren todas las relaciones.

No pienses que es imposible que eso pase. Lo hemos visto en nuestra iglesia y en muchas otras. Con frecuencia Dios bendice a Su pueblo con una restauración sana y ese es un momento de alegría para la congregación. No obstante, si eso no ocurre…

Paso 4: Trátalo como un incrédulo. Si finalmente el miembro no se arrepiente, los ancianos tienen el deber de declarar que su falta de arrepentimiento, que es una evidencia de incredulidad, los ha forzado a declarar oficialmente que el individuo en cuestión ha dejado de ser miembro de la iglesia de Jesucristo (Mt 18:17: «Sea para ti como el gentil y el recaudador de impuestos»). Este proceso también se conoce como excomunión. Consiste en quitarle los privilegios de la Cena del Señor y del cuidado, la provisión y la protección de la iglesia.

¿Qué pasa después? Si el individuo de verdad es creyente, Dios usará su tiempo fuera de la iglesia para forzarlo a regresar. Pero si no es así, su excomunión será perpetua a menos que se arrepienta.

Finalmente, recordemos que aunque este proceso es difícil, seguirlo es amar. La confrontación cristiana es totalmente distinta al mundo, que rechaza a todos los que violan la ideología de turno y rara vez vuelve a recibirlos sin hacerlos pagar un gran precio y humillarlos públicamente. Podemos agradecer al Señor por Su plan perfecto para restaurar a los que tienen oídos para oír.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Dan Dodds
El Rev. Dan Dodds es pastor asociado de atención pastoral y consejería en Woodruff Road Presbyterian Church en Simpsonville, S.C.

¿De qué trata el libro de Amós?

¿De qué trata el libro de Amós?

ANDREW M. KING

El libro de Amós trata del Dios soberano de la creación y del pacto que anuncia su juicio sobre el Israel desobediente. Sin embargo, también proclama la esperanza de un reino futuro para el pueblo de Dios. En cierto sentido, esto podría describir la mayoría de los libros proféticos del Antiguo Testamento. Pero Amós no desperdicia la oportunidad y destaca estas características de varias maneras especiales.

El versículo inicial de Amós establece el contexto histórico dentro del cual se debe leer el libro. Amós 1:1 identifica al profeta Amós como un pastor de una ciudad en el Reino del Sur (cp. Am 7:13-14). A este profeta de Judea se le da un mensaje «acerca de Israel» (sobre el reino dividido, ver 1 R 12:1-20).

Los dos reyes mencionados en el título, Uzías rey de Judá y Jeroboam (II) rey de Israel, anclan el ministerio de Amós en el siglo VIII a. C. Aparte del versículo inicial, la única información biográfica adicional conocida sobre el profeta Amós se encuentra en Amós 7:10-15, donde niega ser un profeta profesional (es decir, no se ganaba la vida prediciendo el futuro). Antes de que Dios lo llamara como profeta, con toda probabilidad, Amós era un pastor y granjero pudiente (Am 7:14).

Los versículos iniciales de este libro hacen mucho más que brindar información general sobre la persona y la época de Amós. Estos versículos alertan a los lectores sobre la realidad fundamental de que todo lo que sigue es revelación divina («Palabras de Amós… de lo que vio» Am 1:1).

De manera principal, el libro de Amós se trata del Dios trino de nuestra Biblia de dos Testamentos

Si bien Amós fue el mensajero, el mensaje era algo que recibió de Dios, quien ruge desde Sión (Am 1:2). En otras palabras, esta profecía de la Escritura no fue producida por la voluntad de hombre, sino que Amós habló de parte de Dios siendo inspirado por el Espíritu Santo (2 P 1:21). De manera principal, el libro de Amós trata del Dios trino de nuestra Biblia de dos Testamentos.

Dios de la creación
Amós enfatiza dos aspectos de Dios que son esenciales para el libro. Primero, dice que Dios es creador. Tres declaraciones en forma de himnos a lo largo del libro iluminan esta caracterización (Am 4:13; 5:8-9; 9:5-6). Estos himnos en conjunto proclaman la majestad y la soberanía de Dios sobre toda la creación. Él es quien forma las montañas (Am 4:13) y ordena los ritmos del movimiento planetario y el ciclo hidrológico (Am 5:8). Los lugares más altos de la tierra están debajo de sus pies (Am 4:13). En resumen, todas las cosas fueron creadas por Él y para Él (cp. Ro 11:36; 1 Co 8:6; Col 1:16).

Esto da una perspectiva muy necesaria para los lectores. El libro de Amós está repleto de explotaciones groseras de poder (cp. Am 2:7; 4:1; 5:11; 8:4, 6). En un mundo donde los poderosos oprimen a los débiles y los débiles oprimen a los más débiles, es importante recordar dónde reside el verdadero poder. El Dios Soberano sobre toda la creación pone en perspectiva todo el albedrío humano. De manera significativa, en Amós, el Dios que ejerce todo el poder también demuestra bondad hacia los débiles.

Dios del pacto
Un segundo aspecto de Dios que es esencial para el mensaje de Amós es que Dios es el Dios del pacto. En Amós 3:1-2, Dios observa su singular relación de pacto con Israel. En lugar de que este estado de pacto asegurara una prosperidad inquebrantable, trajo consigo una mayor responsabilidad. De acuerdo con la ley, Israel debía vivir de una manera que anunciara la grandeza y la cercanía de Dios (cp. Dt 4:5-7), así como también ser un medio de bendición para el mundo (Éx 19:5-6).

Sin embargo, en lugar de representar a Dios, el pueblo de Dios se parecía más a sus vecinos malvados (Am 1:3–2:12). En el libro de Amós, se muestra que Dios es fiel al pacto al anunciar sus términos y juicios en lo que se refiere al trato de los pueblos entre sí de manera particular. Este último punto es significativo por la forma en que Amós presenta el tema teológico central en el libro.

En Amós, el Dios que ejerce todo el poder también demuestra bondad hacia los débiles

El pecado de idolatría está en el centro de la infidelidad de los israelitas en el Antiguo Testamento, en especial en los profetas (cp. Jr 1:16; Ez 8:10; Is 2:8; 42:8; Os 3:1; Mi 1:7; Zac 10:2). Sin embargo, en Amós rara vez se mencionan otros dioses (p. ej., Am 5:26; 8:14). Más bien, lo que está en juego es la dimensión horizontal de la vida de pacto del pueblo.

En lugar de cuidar a los pobres, los que tenían poder se enriquecieron a expensas de los indigentes (Am 2:6; 8:5-6). Esto estaba en marcado contraste con el carácter de Dios mostrado en el éxodo. Él cuidó del pueblo cuando estaba débil, venciendo a sus enemigos, estableciéndolos en la tierra y levantando líderes (Am 2:9-10). Considerando la bondad de Dios, el llamado al pueblo era hacer con los demás lo que Dios había hecho con ellos. De hecho, la historia tenía sus ojos puestos en Israel. Pero donde la justicia y la rectitud deberían haber corrido como agua (Am 5:24), la crueldad y la injusticia inundaron la tierra.

Sin embargo, la gente no era menos activa en la vida religiosa (Am 4:4-5). De hecho, afirmaron que Yahvé estaba con ellos (Am 5:14). Pero su trato mutuo dejó en claro que servían a otro dios por completo. Un dios que permite la piedad junto con la injusticia no es el Dios de la Biblia. Las Escrituras aclaran que nunca podemos separar lo que decimos creer de la forma en que vivimos (cp. Stg 2:18). La mala teología produce malos frutos y los malos frutos evidencian mala teología.

Para Israel, el juicio fue la única respuesta de un Dios fiel hacia su pueblo infiel al pacto. Esto vendría a través de un futuro exilio de la tierra (Am 3:11; 7:11, 17; cp. Lv 26:33). Dios anuncia que en este juicio «ha llegado el fin para Mi pueblo» (8:2).

Esperanza para las naciones
El tono predominante del libro de Amós es de juicio. De hecho, hay solo unos pocos atisbos de esperanza en el libro (Am 5:4-6, 14-15). Si bien los lectores pueden encontrar esto desconcertante, es un recordatorio importante de que el pecado, tanto vertical como horizontal, no es un asunto menor para el Dios de la creación y del pacto. Aunque el juicio es primordial, el final de Amós deja claro que hay esperanza más allá del juicio (Am 9:11-15).

Considerando la bondad de Dios, el llamado al pueblo era hacer con los demás lo que Dios había hecho con ellos

Después de un juicio de zarandeo (Am 9:9-10), Dios anuncia que «en aquel día levantaré el tabernáculo caído de David» (Am 9:11). Esta declaración puede indicar no solo que no está a la vista una entidad puramente política, sino que también puede desencadenar la anticipación de un nuevo éxodo (cp. Lv 23:42-43) en línea con el pacto davídico (2 S 7).

Uno de los propósitos de esta restauración «“es que tomen posesión del remanente de Edom y de todas las naciones donde se invoca Mi nombre”, declara el Señor, que hace esto» (Am 9:12). El hecho de que Edom y las naciones sean llamadas por el nombre de YHWH creo que indica que aquí están unidos al pueblo de Dios.

Este pasaje se cita en Hechos 15 como apoyo para la inclusión de los gentiles en la iglesia cristiana. De acuerdo con la promesa abrahámica, todas las naciones de la tierra son bendecidas por medio de Cristo, el verdadero Israel (Gn 12:3; Gá 3:8). Aunque solo en forma de semilla, el libro de Amós señala el propósito redentor de Dios visto en toda la Escritura. De principio a fin, el Dios trino de la creación y del pacto se muestra fiel en el juicio y la salvación por la fama de su nombre.

Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Andrew M. King (PhD, Seminario Teológico Bautista del Sur) sirve como profesor asistente de estudios bíblicos en el seminario Midwestern Baptist Theological Seminary y como decano asistente en Spurgeon College. Es autor de Social Identity and the Book of Amos (Identidad social y el libro de Amós), entre otros libros. Vive en la ciudad de Kansas con su esposa y cuatro hijos y es miembro de la iglesia Emmaus Church.

¿Qué es la Biblia?

La palabra “Biblia” proviene de las palabras griega y latina que significan “libro”, un nombre muy apropiado, puesto que la Biblia es el libro para toda la gente de todos los tiempos. Es un libro como no hay otro, único en su clase.

Sesenta y seis diferentes libros forman la Biblia. Éstos incluyen libros sobre la ley, tales como Levítico y Deuteronomio; libros históricos, tales como Esdras y Hechos; libros de poesía, tales como Salmos y Eclesiastés; libros de profecía, como Isaías y Apocalipsis; biografías, como Mateo y Juan; y epístolas (cartas formales) como Tito y Hebreos.

Los Autores

Cerca de 40 diferentes autores humanos contribuyeron para su formación, escrita dentro de un período aproximado de 1,500 años. Los autores fueron reyes, pescadores, sacerdotes, oficiales gubernamentales, granjeros, pastores y doctores. Toda esta diversidad converge en una increíble unidad, con temas comunes entrelazados a través de toda ella.

La unidad de la Biblia se debe al hecho de que, finalmente, tiene un Autor: Dios Mismo. La Biblia es “Inspirada por Dios” (2 Timoteo 3:16). Los autores humanos escribieron exactamente lo que Dios quiso que escribieran, y el resultado fue la perfecta y santa Palabra de Dios (Salmo 12:6; 2 Pedro 1:21).

Las Divisiones

La Biblia está dividida en dos partes principales: El Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. En resumen, el Antiguo Testamento es la historia de una Nación, y el Nuevo Testamento es la historia de un Hombre. La Nación fue la manera en que Dios trajo al Hombre al mundo.

El Antiguo Testamento describe la fundación y preservación de la nación de Israel. Dios prometió utilizar a Israel para bendecir al mundo entero (Génesis 12:2-3). Una vez que Israel fue establecida como una nación, Dios levantó a una familia de entre esa nación a través de la cual vendrían las bendiciones: la familia de David (Salmos 89:3-4). Entonces, de la familia de David fue prometido un Hombre quien traería la bendición prometida (Isaías 11:1-10).

El Nuevo Testamento detalla la venida del Hombre prometido. Su nombre fue Jesús, y Él cumplió las profecías del Antiguo Testamento, porque vivió una vida perfecta, murió para convertirse en el Salvador, y resucitó de entre los muertos.

El Carácter Central

Jesús es el carácter central en la Biblia – en realidad todo el libro es acerca de Él. El Antiguo Testamento predijo Su venida y preparó el escenario para Su entrada al mundo. El Nuevo Testamento describe Su venida y Su obra para traer salvación a nuestro mundo pecador.

Jesús es más que una figura histórica; de hecho, Él es más que un hombre. Él es Dios hecho carne, y Su venida fue el evento más importante en la historia del mundo. Dios Mismo se hizo hombre para darnos una clara y entendible imagen de lo que Él es. ¿Cómo es Dios? Dios es como Jesús; Jesús es Dios en forma humana (Juan 1:14; 14:9).

Un Breve Resumen

Dios creó al hombre y lo puso en un ambiente perfecto; sin embargo, el hombre se rebeló contra Dios y falló en llegar a ser lo que Dios quería que fuera. Dios puso al mundo bajo una maldición a causa del pecado, pero inmediatamente puso en acción un plan para restaurar al hombre y a toda la creación a su gloria original.

Como parte de Su plan de redención, Dios llamó a Abraham desde Babilonia a Canaán (aproximadamente en el año 2000 a.C.). Dios prometió a Abraham, su hijo Isaac, y su nieto Jacob (también llamado Israel), que Él bendeciría al mundo a través de sus descendientes. La familia de Israel emigró de Canaán a Egipto, donde se multiplicaron hasta hacerse una nación.

Aproximadamente en el año 1400 a. C., Dios guió a los descendientes de Israel fuera de Egipto bajo la dirección de Moisés y les dio la Tierra Prometida, Canaán, para que la poseyeran. A través de Moisés, Dios le dio la Ley al pueblo de Israel e hizo un pacto (convenio) con ellos: si ellos permanecían fieles a Dios y no seguían la idolatría de las naciones que les rodeaban, entonces ellos prosperarían. Si ellos dejaban a Dios y seguían a los ídolos, entonces Dios destruiría su nación.

Aproximadamente 400 años después, durante el reinado de David y su hijo Salomón, Israel fue consolidado como un reino grande y poderoso. Dios prometió a David y Salomón que un descendiente de ellos gobernaría como un Rey eterno.

Después del reinado de Salomón, la nación de Israel se dividió. Las diez tribus del norte fueron llamadas “Israel,” y pasaron cerca de 200 años antes que Dios las juzgara por su idolatría. Asiria llevó cautivo a Israel en el año 721 a.C. Las dos tribus en el sur fueron llamadas “Judá,” y ellas tardaron un poco más, pero eventualmente ellas también, se olvidaron de Dios. Babilonia los llevó cautivos en el año 600 a.C.

Cerca de 70 años después, Dios bondadosamente trajo el remanente de los cautivos de regreso a su propia tierra. Jerusalén, la capital, fue reconstruida aproximadamente en el año 444 a.C., e Israel estableció una vez más su identidad nacional. Hasta aquí termina el Antiguo Testamento.

El Nuevo Testamento inicia 400 años más tarde con el nacimiento de Jesucristo en Judea. Jesús fue el descendiente prometido a Abraham y David, Aquel que llevaría a cabo el plan de Dios para la redención de la raza humana y restauración de la creación. Jesús completó fielmente Su obra: Él murió por el pecado y resucitó de los muertos. La muerte de Cristo es la base para un nuevo pacto (convenio) con el mundo: todo el que tenga fe en Jesús será salvo del pecado y vivirá eternamente.

Después de Su resurrección, Jesús envió a Sus discípulos a proclamar las buenas nuevas por todas partes, sobre Su vida y Su poder para salvar. Los discípulos de Jesús salieron en todas las direcciones proclamando las buenas nuevas de Jesús y la salvación. Ellos viajaron a través de Asia Menor, Grecia y todo el Imperio Romano. El Nuevo Testamento cierra con una predicción del retorno de Jesús para juzgar al mundo incrédulo y liberar a la creación de la maldición.

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