CUANDO ENSEÑAMOS LO QUE NO VIVIMOS | AEA


Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? 22 Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas de los ídolos, ¿cometes sacrilegio? 23 Tú que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios? 24 Porque como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros. Romanos 2:21–24

Hay una forma de hipocresía especialmente peligrosa dentro de la vida cristiana: conocer la verdad, enseñarla correctamente a otros y, sin embargo, permitir que nuestra propia vida permanezca sin ser confrontada por esa misma verdad.

Pablo hace una pregunta penetrante:

“Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo?” — Romanos 2:21.

La pregunta no estaba dirigida a personas ignorantes de las Escrituras. Precisamente lo contrario. Eran personas que conocían la ley de Dios, podían distinguir lo correcto de lo incorrecto e incluso estaban capacitadas para instruir a otros. El problema no era falta de conocimiento. El problema era que la verdad había llegado a sus labios, pero no estaba gobernando su vida.

Es relativamente fácil descubrir el pecado en otra persona. Podemos reconocer su orgullo, su falta de dominio propio, su materialismo, su dureza, su falta de perdón o sus contradicciones. Mucho más difícil es permitir que la misma Palabra que utilizamos para examinar al hermano se vuelva primero contra nuestro propio corazón.

Podemos hablar acerca de la oración y orar poco.

Podemos enseñar acerca de confiar en Dios mientras vivimos dominados por nuestros propios temores.

Podemos exhortar contra el amor al dinero mientras nuestro corazón está profundamente ligado a las cosas materiales.

Podemos predicar acerca del perdón mientras conservamos resentimientos.

Podemos hablar de santidad mientras protegemos pecados que nadie conoce.

Podemos enseñar a otros cómo deben vivir mientras desarrollamos cuidadosamente una vida que los demás nunca ven.

Ese es precisamente el peligro.

Richard Baxter advertía a los ministros que debían cuidarse de que su ejemplo contradijera su doctrina. Su preocupación era tremenda: podemos construir con nuestras palabras durante unas horas y después destruir con nuestra conducta aquello mismo que enseñamos.

Pero debemos hacer una distinción importante.

La hipocresía no significa que un cristiano verdadero nunca caiga.

La teología reformada jamás enseña una perfección sin pecado en esta vida. Aun el creyente regenerado conserva restos de corrupción y libra una guerra continua entre la carne y el Espíritu. David cayó. Pedro cayó. Los creyentes todavía pecamos.

La diferencia no está entre el que nunca peca y el que peca.

La diferencia está entre el que lucha contra su pecado y el que aprende a convivir cómodamente con él mientras mantiene una apariencia espiritual delante de los demás.

Una cosa es caer, ser confrontado, arrepentirse y volver a Cristo.

Otra muy distinta es construir una vida pública de piedad mientras deliberadamente alimentamos una vida privada que contradice aquello que profesamos.

Por eso el verdadero problema de la hipocresía no es solamente:
“Estoy haciendo algo malo.”

Es algo todavía más serio:

“Estoy queriendo parecer delante de los hombres algo que no estoy dispuesto a ser delante de Dios.”

Jesús denunció esta religión cuando habló de quienes decían pero no hacían. Y Pablo lleva todavía más lejos el examen: cuando enseñamos la ley de Dios y después vivimos contrariándola, no solamente nos dañamos a nosotros mismos; podemos provocar que otros deshonren el nombre de Dios.

Por eso antes de preguntarme:

“¿Quién necesita escuchar esto?”

debería preguntarme:

“¿Qué está diciendo Dios aquí acerca de mí?”

Antes de preparar una enseñanza para otra persona, debo colocar mi propio corazón bajo esa enseñanza.

Antes de señalar la paja, debo permitir que Dios examine mi ojo.

Antes de pedir arrepentimiento a otro, debo preguntarme de qué tengo que arrepentirme yo.

La respuesta bíblica a la hipocresía tampoco consiste simplemente en esforzarnos por parecer mejores. Eso solamente produciría una hipocresía más refinada.

Necesitamos arrepentimiento verdadero y la gracia de Dios obrando en el corazón.

El evangelio no nos llama a ocultar nuestras contradicciones, sino a llevarlas delante de Cristo. La santificación comienza cuando dejamos de defender nuestro pecado y comenzamos a combatirlo por medio del Espíritu y de la Palabra.

Por eso una oración apropiada no sería:

“Señor, muéstrame quién está viviendo mal.”

Sino:

“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad.” — Salmo 139:23–24.

La verdadera pregunta no es solamente si conozco suficiente Biblia para enseñarla.

La pregunta es:

¿Está la Biblia que enseño a otros transformando también la vida que solamente Dios puede ver?

Porque podemos engañar a una congregación, a una familia, a nuestros amigos e incluso convencernos a nosotros mismos.

Pero nunca vivimos una vida privada delante de Dios.

Para Él, toda nuestra vida está abierta.

Que nuestra oración, entonces, sea:

Señor, antes de usarme para corregir a otros, corrígeme.
Antes de usar mi boca para enseñar tu verdad, somete mi corazón a ella.
Y no permitas que predique con mis labios aquello que estoy negando con mi vida.

La evidencia de la gracia no es una vida sin lucha, sino una vida que ya no hace las paces con el pecado.

Y quizá antes de enseñar a otros, necesitamos volver una vez más a hacernos la pregunta de Pablo:

“Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo?” Romanos 2:21

Fuente consultada: Richard Baxter — The Reformed Pastor, “The Oversight of Ourselves”.

Reflexión, adaptación, revisión y edición: Alimentemos el Alma, con apoyo tecnológico y bajo su responsabilidad editorial.

¿Sabemos cómo GLORIFICAR a DIOS? | Charles Spurgeon

CATECISMO DE SPURGEON

EPISODIO 2 — ¿QUÉ REGLA HA DADO DIOS?

Pregunta: ¿Qué regla ha dado Dios para hacernos saber cómo podemos glorificarle y disfrutar de él?

Respuesta: La Palabra de Dios que se encuentra en las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento es la única regla para hacernos saber cómo podemos glorificar a Dios y disfrutar de él.

Si fuimos creados para glorificar a Dios y disfrutar de Él, inmediatamente aparece una pregunta necesaria: ¿cómo sabemos de qué manera debemos hacerlo?

No podemos decidirlo simplemente por lo que sentimos, por nuestras preferencias personales o por aquello que nuestra cultura considera correcto. Si Dios es nuestro Creador, entonces Él mismo debe decirnos quién es, cómo debemos acercarnos a Él y cómo quiere que vivamos delante de su presencia.

Y precisamente por eso Dios nos ha dado su Palabra.

Pablo afirma en 2 Timoteo 3:16 que toda la Escritura es inspirada por Dios. Esto significa que la Biblia no es solamente una colección de pensamientos religiosos producidos por hombres piadosos. Dios utilizó autores humanos, con sus propias personalidades y circunstancias, pero por medio de ellos comunicó aquello que quiso revelar a su pueblo.

Por tanto, nuestra fe no descansa finalmente en opiniones humanas, experiencias personales o sentimientos cambiantes. Descansa en lo que Dios ha dicho.

Y esa revelación se encuentra en las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento. No son dos mensajes separados. Toda la Biblia desarrolla una sola historia de redención. El Antiguo Testamento nos muestra la creación, la caída, las promesas y la preparación para la venida del Mesías; y el Nuevo Testamento nos muestra el cumplimiento de esas promesas en Jesucristo.

Por eso Efesios 2:20 presenta a la iglesia edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Jesucristo la principal piedra del ángulo. Toda la revelación bíblica encuentra su centro y cumplimiento en Cristo.

Ahora bien, el catecismo añade algo fundamental: la Palabra de Dios es la única regla para saber cómo glorificarle y disfrutar de Él.

Esto no significa que no podamos aprender de pastores, maestros, confesiones de fe, catecismos o buenos libros cristianos. Podemos beneficiarnos profundamente de ellos. Pero todos permanecen bajo la autoridad de la Escritura.

Todo predicador debe ser examinado por la Palabra.

Toda tradición debe ser examinada por la Palabra.

Toda experiencia debe ser examinada por la Palabra.

Incluso este mismo catecismo debe ser examinado a la luz de la Biblia.

Desde una perspectiva bautista reformada valoramos la historia de la iglesia y las confesiones que han expresado fielmente la doctrina cristiana, pero ninguna de ellas puede sustituir la autoridad de Dios en su Palabra.

Y aquí encontramos algo hermoso: Dios no nos dio las Escrituras solamente para llenar nuestra mente de información. Nos las dio para que le conozcamos.

La Biblia nos muestra su santidad, su justicia, su misericordia, su fidelidad y su gracia. Nos muestra también nuestra condición pecaminosa y nuestra necesidad de salvación. Y, sobre todo, nos conduce a Jesucristo.

En 1 Juan 1:3, Juan relaciona la verdad proclamada con la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. La verdadera doctrina, entonces, no debe alejarnos de Dios; debe llevarnos a conocerle mejor.

Y cuanto más conocemos al Dios verdadero revelado en las Escrituras, más razones tenemos para confiar en Él, obedecerle, adorarle, glorificarle y disfrutar de Él.

Por eso esta segunda pregunta también nos confronta personalmente:

¿Qué está gobernando realmente lo que creo y la manera en que vivo?

¿La Palabra de Dios, mis emociones, las opiniones de otros o las ideas cambiantes de nuestra época?

Dios no nos dejó solos tratando de descubrir cómo vivir para su gloria.

Nos dio su Palabra.

Y en ella encontramos la verdad que necesitamos para conocer a Dios, conocer a Cristo y aprender a vivir para su gloria.

Catecismo de Spurgeon: doctrina para conocer, verdad para creer y una vida para la gloria de Dios.

Crédito de la obra que inspiró este artículo:

Este contenido está basado en el Catecismo de Spurgeon, obra original de Charles H. Spurgeon. La revisión, edición, adaptación, desarrollo y presentación de este episodio han sido realizadas por Alimentemos el Alma, con apoyo de inteligencia artificial como herramienta de asistencia en la redacción, organización y revisión del contenido.
La supervisión doctrinal y la responsabilidad final de lo expuesto corresponden a Alimentemos el Alma.

¿PARA QUÉ EXISTE EL HOMBRE? | Charles Spurgeon

CATECISMO DE SPURGEON

Episodio 1 — ¿PARA QUÉ EXISTE EL HOMBRE?

PREGUNTA 1

¿Cuál es el fin principal del hombre?

RESPUESTA

El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.

“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.” 1 Corintios 10:31

¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?; Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. Salmos 73:25-26


COMENTARIO DOCTRINAL

¿Para qué estamos aquí?

Es una de las preguntas más profundas que puede hacerse un ser humano.

Muchos responderían que estamos aquí para ser felices, formar una familia, alcanzar nuestras metas, trabajar, prosperar, dejar un legado o simplemente disfrutar de la vida.

Todas esas cosas pueden ocupar un lugar legítimo en nuestra existencia. Pero ninguna de ellas constituye nuestro propósito supremo.

El Catecismo de Spurgeon comienza llevándonos inmediatamente a Dios:

«El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre».

Esta respuesta coloca toda nuestra existencia en la perspectiva correcta.

1. FUIMOS CREADOS PARA DIOS

El hombre no es el centro del universo.

Dios lo es.

La Escritura enseña que todas las cosas existen por Dios, mediante Dios y para Dios. Por eso Pablo concluye en Romanos 11:36 que de Él, por Él y para Él son todas las cosas.

Esto incluye nuestra propia vida.

No existimos principalmente para realizarnos a nosotros mismos. Existimos porque Dios quiso darnos existencia y porque nuestra vida encuentra su verdadero propósito cuando está orientada hacia Él.

Por eso 1 Corintios 10:31 nos enseña que incluso las actividades más ordinarias —comer, beber y todo lo que hacemos— deben realizarse para la gloria de Dios.

Glorificar a Dios no significa añadirle una gloria que Él no posea.

Dios es infinitamente glorioso en sí mismo.

Nosotros glorificamos a Dios cuando reconocemos quién es Él, creemos su Palabra, obedecemos sus mandamientos, confiamos en su bondad y vivimos de una manera que manifiesta su excelencia.

La vida cristiana, entonces, no se divide entre momentos “espirituales” y momentos “normales”.

Toda nuestra vida pertenece a Dios.

Nuestro matrimonio.

Nuestro trabajo.

Nuestro dinero.

Nuestros pensamientos.

Nuestro descanso.

Nuestras decisiones.

Nuestra adoración.

Todo debe estar bajo el señorío de Dios.


2. EL PECADO CAMBIÓ EL CENTRO DE NUESTRA VIDA

Aquí necesitamos hacer una aclaración importante.

Aunque el hombre fue creado para glorificar a Dios, por naturaleza no vive buscando la gloria de Dios.

El pecado produjo precisamente lo contrario.

Romanos 1 enseña que el hombre conoció a Dios, pero no le glorificó como a Dios. En lugar de vivir para su Creador, comenzó a vivir para sí mismo y para las cosas creadas.

Ese es uno de los efectos más profundos de la caída.

El pecado no consiste solamente en cometer determinadas acciones malas.

En su raíz, el pecado consiste en quitar a Dios del centro y colocar allí al hombre.

Por eso podemos ser moralmente respetables y, sin embargo, vivir completamente alejados del propósito para el cual fuimos creados.

Una persona puede trabajar, estudiar, casarse, criar hijos, ayudar a otros e incluso practicar una religión, y todavía vivir fundamentalmente para sí misma.

El problema esencial del hombre no es simplemente que necesita mejorar su comportamiento.

Necesita ser reconciliado con Dios.


3. CRISTO NOS DEVUELVE AL PROPÓSITO PARA EL CUAL FUIMOS CREADOS

Aquí el catecismo nos conduce naturalmente hacia Cristo.

El hombre pecador no puede restaurarse a sí mismo.

Necesitamos un Salvador.

Jesucristo vivió perfectamente para la gloria del Padre. Obedeció donde nosotros desobedecimos y cumplió perfectamente la voluntad de Dios.

Después murió en la cruz por pecadores y resucitó.

Por medio de Cristo, Dios perdona y reconcilia consigo a todo aquel que se arrepiente y cree.

La salvación, por tanto, no consiste solamente en escapar del juicio.

Dios nos salva para restaurarnos a una vida centrada nuevamente en Él.

El creyente comienza a aprender aquello para lo cual fue creado:

vivir para la gloria de Dios.

No lo hace perfectamente.

Seguimos luchando contra el pecado.

Seguimos teniendo deseos egoístas.

Seguimos necesitando gracia cada día.

Pero ahora existe una nueva dirección en nuestra vida.

Ya no queremos vivir únicamente para nosotros mismos.

Queremos que Cristo sea honrado en nosotros.


4. GLORIFICAR A DIOS Y GOZARSE EN ÉL

La segunda parte de la respuesta es igualmente hermosa:

«…y gozar de Él para siempre».

El cristianismo bíblico no presenta a Dios como si Él recibiera gloria mientras nosotros vivimos eternamente frustrados.

Al contrario.

Nuestra mayor satisfacción se encuentra precisamente en conocer a Dios.

El Salmo 73 expresa esta realidad cuando el salmista reconoce que, aun cuando su cuerpo y su corazón desfallezcan, Dios sigue siendo la fortaleza de su corazón y su porción para siempre.

El mayor regalo de la salvación no es simplemente recibir bendiciones de Dios.

El mayor regalo es Dios mismo.

Esto necesita decirse con claridad, especialmente en una época donde muchas veces se presenta el cristianismo como un medio para obtener salud, prosperidad, éxito, estabilidad económica o cumplimiento de nuestros sueños.

Dios ciertamente puede concedernos muchas bendiciones temporales.

Pero ninguna de ellas es el propósito final de la vida cristiana.

Nuestra porción es Dios.

Podemos perder posesiones y tener a Dios.

Podemos atravesar enfermedad y tener a Dios.

Podemos conocer aflicción y tener a Dios.

Podemos pasar temporadas donde nuestros planes no se cumplen y todavía tener en Cristo aquello que ninguna circunstancia puede quitarnos.

Por eso glorificar a Dios y disfrutar de Dios están profundamente unidos.

Cuanto más conocemos verdaderamente a Dios, más comprendemos que Él es digno de nuestra adoración.

Y cuanto más vivimos para su gloria, más descubrimos que ninguna criatura puede ocupar el lugar que pertenece solamente al Creador.


APLICACIÓN

Esta primera pregunta del catecismo nos obliga a examinar nuestra vida.

¿Para qué estoy viviendo?

¿Qué ocupa realmente el centro de mis decisiones?

¿Qué determina mis prioridades?

¿Qué considero indispensable para ser feliz?

Tal vez profesamos creer que Dios es lo más importante mientras nuestras preocupaciones revelan que estamos viviendo principalmente para el dinero, la aprobación de los demás, nuestros hijos, nuestro trabajo, nuestros proyectos o nuestra propia tranquilidad.

Ninguna de esas cosas puede soportar el peso de convertirse en nuestro dios.

Fuimos creados para algo infinitamente mayor.

Fuimos creados para conocer a Dios, amarle, obedecerle, adorarle y vivir para su gloria.

Y solamente en Cristo podemos regresar al propósito para el cual fuimos creados.


CONCLUSIÓN

Así que la primera pregunta del Catecismo de Spurgeon no es una cuestión filosófica distante.

Es profundamente personal.

¿Cuál es el fin principal del hombre?

Glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.

Ese es nuestro propósito.

Ese es el verdadero orden de la vida.

Y esa es también nuestra esperanza:

que aquello que comenzamos imperfectamente ahora por la gracia de Dios, un día lo viviremos plenamente en su presencia.

Glorificaremos a Dios y gozaremos de Él para siempre.

CATECISMO DE SPURGEON

Doctrina para conocer.
Verdad para creer.
Una vida para la gloria de Dios.

Crédito de la obra que inspiró este artículo:

Este contenido está basado en el Catecismo de Spurgeon, obra original de Charles H. Spurgeon. La revisión, edición, adaptación, desarrollo y presentación de este episodio han sido realizadas por Alimentemos el Alma, con apoyo de inteligencia artificial como herramienta de asistencia en la redacción, organización y revisión del contenido.
La supervisión doctrinal y la responsabilidad final de lo expuesto corresponden a Alimentemos el Alma.