¿Es el Catolicismo una religión falsa? ¿Son salvos los católicos?

El problema más crucial con la Iglesia Católica Romana es la creencia de que la sola fe en Jesucristo no es suficiente para la salvación. La Biblia clara y consistentemente establece que el recibir a Jesucristo como Salvador, por gracia a través de la fe, garantiza la salvación (Juan 1:12; 3:16, 18, 36; Hechos 16:31; Romanos 10:13; Efesios 2:8-9). La Iglesia Católica Romana rechaza esto. La posición oficial de la Iglesia Católica Romana es que una persona debe creer en Jesucristo Y ser bautizada Y recibir la Eucaristía junto con los otros sacramentos, Y obedecer los decretos de la Iglesia Católica Romana Y realizar obras meritorias Y no morir con algún pecado mortal Y etc., etc., etc. La divergencia Católica de la Biblia en el más crucial de los puntos, la salvación, significa que sí, el Catolicismo es una religión falsa. Si la persona cree lo que la Iglesia Católica enseña oficialmente, él o ella no serán salvados. Cualquier demanda de obras o rituales que deban ser añadidos a la fe para obtener la salvación, es afirmar que la muerte de Jesús no tuvo el valor suficiente para comprar nuestra salvación.

Mientras que la salvación por fe es el punto más crucial, al comparar el catolicismo romano con la Palabra de Dios, existen también muchas otras diferencias y contradicciones. La Iglesia Católica Romana enseña muchas doctrinas que están en desacuerdo con lo que la Biblia declara. Esto incluye la sucesión apostólica, la adoración a los santos o a María, la oración a los santos o a María, el Papa / papado, el bautismo de infantes, la transubstanciación, indulgencias plenarias, el sistema sacramental, y el purgatorio. A pesar de afirmar los católicos la base bíblica de estos conceptos, ninguna de estas enseñanzas tiene ninguna base sólida en la clara enseñanza de la Escritura. Estos conceptos están basados en la tradición católica, no en la Palabra de Dios. De hecho, ellos claramente contradicen los principios bíblicos.

Con referencia a la pregunta “¿Son salvos los católicos?”, esta es la pregunta más difícil de responder. Es imposible hacer una declaración universal sobre la salvación de todos los miembros de cualquier denominación cristiana. No TODOS los bautistas son salvos. No TODOS los presbiterianos son salvos. No TODOS los luteranos son salvos. La salvación es determinada por la fe personal solamente en Jesús para salvación, no por los títulos o identificación denominacional. A pesar de las creencias anti-bíblicas y las prácticas de la Iglesia Católica Romana, hay creyentes genuinos que asisten a las iglesias católicas. Hay muchos católicos romanos que genuinamente han depositado su fe solamente en Jesucristo para salvación. Sin embargo, estos cristianos católicos son creyentes, a pesar de lo que la Iglesia Católica enseña, no por lo que ella enseña. En cierto grado, la Iglesia Católica enseña de la Biblia y señala a la gente a Jesucristo como el Salvador. Como resultado, algunas veces la gente es salvada en iglesias católicas. La Biblia tiene un impacto en donde quiera que es proclamada (Isaías 55:11). Los cristianos católicos permanecen en la Iglesia Católica por la ignorancia de lo que la Iglesia Católica es realmente, por una tradición familiar y presión, o por el deseo de alcanzar a otros para Cristo.

Al mismo tiempo, la Iglesia Católica también aleja a mucha gente de la fe genuina y relación con Cristo. Las creencias y prácticas no bíblicas de la Iglesia Católica Romana, con frecuencia les han dado a los enemigos de Cristo la oportunidad para blasfemar. La Iglesia Católica Romana no es la iglesia que estableció Jesucristo. No es la iglesia que está basada en las enseñanzas de los apóstoles (como se describe en el Libro de Los Hechos y en las epístolas del Nuevo Testamento). A pesar de que las palabras de Jesús en Marcos 7:9 fueron dirigidas a los fariseos, ellas describen con exactitud a la Iglesia Católica Romana, “Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición.”

¿Qué dice la Biblia sobre la ansiedad?

La Biblia tiene mucho que decir sobre la ansiedad, aunque la palabra en sí no se encuentra con tanta frecuencia. Para sustituirla, se utilizan sinónimos como problema, pesadez, angustia y preocupación.

Las causas específicas de la ansiedad son probablemente más de las que se pueden enumerar, pero algunos ejemplos de la Biblia señalan algunas causas generales. En Génesis 32, Jacob vuelve a casa después de muchos años de ausencia. Una de las razones por las que había salido de casa era para escapar de la ira de su hermano Esaú, a quien Jacob había robado la primogenitura y la bendición de su padre. Ahora, cuando Jacob se acerca a su tierra natal, se entera de que Esaú viene a su encuentro con 400 hombres. Inmediatamente, Jacob se pone ansioso, esperando una horrible batalla con su hermano. En este caso, la ansiedad es causada por una relación rota y una conciencia culpable.

En 1 Samuel 1, Ana está angustiada porque no podía concebir hijos y era objeto de burlas por parte de Penina, la otra esposa de su marido. Su angustia se debe a los deseos insatisfechos y al acoso de una rival.

En Ester 4, el pueblo judío está angustiado por un decreto real que permitiría su masacre. La reina Ester está angustiada porque planeaba arriesgar su vida en nombre de su pueblo. El miedo a la muerte y a lo desconocido es un elemento clave de la ansiedad.

No toda la ansiedad es pecaminosa. En 1 Corintios 7:32, Pablo afirma que un hombre soltero está «ansioso» por complacer al Señor, mientras que un hombre casado está «ansioso» por complacer a su esposa. En este caso, la ansiedad no es un temor pecaminoso, sino una profunda y correcta preocupación.

Probablemente, el pasaje más conocido sobre la ansiedad proviene del Sermón del Monte, en Mateo 6. Nuestro Señor nos advierte de que no debemos estar ansiosos por las diferentes preocupaciones de esta vida. Para el hijo de Dios, incluso las necesidades como la comida y el vestido no deben ser motivo de preocupación. Utilizando ejemplos de la creación de Dios, Jesús nos enseña que nuestro Padre Celestial conoce nuestras necesidades y tiene cuidado de ellas. Si Dios cuida de cosas sencillas como la hierba, las flores y los pájaros, ¿no cuidará también de las personas que han sido creadas a su imagen? En vez de preocuparnos por las cosas que no podemos controlar, debemos «buscar primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas [las necesidades de la vida] os serán añadidas» (versículo 33). Poner a Dios en primer lugar es una cura para la ansiedad.

Muchas veces, la ansiedad o la preocupación es el resultado del pecado, y la cura es tratar con el pecado. El Salmo 32:1-5 dice que la persona a la que se le perdona el pecado es bendecida, y la pesada carga de la culpa se quita cuando se confiesan los pecados. ¿Una relación rota crea ansiedad? Intenta hacer las paces (2 Corintios 13:11). ¿El miedo a lo desconocido te produce ansiedad? Acude al Dios que lo sabe todo y lo controla todo (Salmo 68:20). ¿Las circunstancias abrumadoras te causan ansiedad? Ten fe en Dios. Cuando los discípulos se angustiaron en una tormenta, Jesús primero reprendió su falta de fe, y luego reprendió el viento y las olas (Mateo 8:23-27). Mientras estemos con Jesús, no hay nada que temer.

Podemos confiar en que el Señor proveerá para nuestras necesidades, nos protegerá del mal, nos guiará y guardará nuestras almas para la eternidad. Tal vez no podamos evitar que los pensamientos ansiosos entren en nuestra mente, pero podemos practicar la respuesta correcta. Filipenses 4:6, 7 nos dice: «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús».

Un llamado a estar en silencio y a solas

Un llamado a estar en silencio y a solas

Taylor Berghuis

Me atrevo a decir que una de las mayores amenazas para la vitalidad espiritual de los cristianos hoy en día es la ausencia de silencio y soledad rutinarios. En 2017, Domo Inc, una empresa de software basada en la nube, midió la cantidad de datos que los seres humanos de todo el mundo generan cada minuto. Sus hallazgos fueron asombrosos: cada minuto se enviaron 15.220.700 textos, se entregaron 103.447.520 correos electrónicos de spam, se compartieron 527.260 fotos en Snapchat, se vieron 4.146.600 vídeos en YouTube y Amazon realizó 258.751 dólares en ventas. En total, solo los estadounidenses utilizaron 2.657.700 gigabytes de datos cada 60 segundos. Sin duda, estas cifras no han hecho más que aumentar en los últimos años. Vivimos en una era de ruido y distracción sin precedentes.

Un conocido cristiano escribió: «Creo que el diablo se ha propuesto monopolizar tres elementos: el ruido, las prisas y las multitudes… Satanás es muy consciente del poder del silencio». Después de leer estas palabras por primera vez, habría adivinado que las había dicho un pastor o un teólogo de nuestra generación. Pero la persona que las escribió fue Jim Elliot, un misionero que murió en 1956. Estas palabras fueron escritas mucho antes de las computadoras, los teléfonos inteligentes, los mensajes de texto, las redes sociales y los correos electrónicos. Si los líderes cristianos estaban preocupados por el apetito de la sociedad por el caos sobre la calma antes de la llegada de estos inventos, imagina el efecto que la tecnología tiene en nuestras vidas hoy en día. Por decir lo menos, la era digital de la accesibilidad y la conectividad ha causado estragos en nuestra capacidad de mantener la santidad del silencio y la soledad.

¿Anti-tecnología?
Vale la pena decir que no estoy en contra de la tecnología. La tecnología está entretejida en mi vida, como sospecho que ocurre con la tuya. No pasa un día sin que la utilice o sienta su impacto. Disfrutamos de innumerables ventajas y comodidades en la vida gracias a la tecnología. Además, la tecnología ha sido fundamental para el avance del evangelio en todo el mundo.
No estoy sugiriendo que cortemos los lazos con la tecnología.

Sin embargo, abogo porque la desconectemos regularmente y dediquemos parte de cada día a estar en silencio y a solas. Sin teléfonos. Sin tabletas. Sin computadora. Sin poder escuchar esa notificación que te avisa de un mensaje de texto o de un comentario en tu publicación en las redes sociales. Apaga los aparatos.

La era digital de la accesibilidad y la conectividad ha causado estragos en nuestra capacidad de mantener la santidad del silencio y la soledad.

En silencio y a solas… intencionalmente.
El silencio y la soledad que necesitamos no son casuales, cuando las circunstancias del día resultan casualmente en un ambiente tranquilo. El tipo de silencio y soledad que defiendo es intencionado, por lo que este acto no es un fin sí mismo, sino el medio para un fin mayor: la adoración. Hay que reservar tiempo deliberadamente para este esfuerzo. Tal vez Robert Plummer, un erudito del Nuevo Testamento, lo expresa mejor: «Los tiempos de soledad y silencio para el cristiano no son para un estímulo mental o emocional, sino actos de adoración en los que uno puede centrarse ininterrumpidamente en el bondadoso Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo».

Las preocupaciones y distracciones cotidianas de este mundo apartan fácilmente nuestras mentes y corazones de la preeminencia que Dios merece en nuestras vidas. No hay nada intrínsecamente malo en la tecnología o las redes sociales, pero su influencia puede imponer sutilmente un gran daño al alma simplemente porque consumen nuestra atención con tanta facilidad. Considere las palabras del erudito de Antiguo Testamento, Allen P. Ross:

«Nuestra atención al Señor no debe ser una parte ordinaria de la vida; nuestra adoración a Él debería ser la actividad más urgente y gloriosa de nuestra vida. Pero rara vez vemos el esplendor, la belleza y la gloria de la adoración, porque no salimos de nuestro mundo lo suficiente como para comprender a este Dios de la gloria».

El silencio y la soledad rutinarios son una gran ayuda para el cristiano que se esfuerza por mantener la mente puesta en la eternidad mientras está en este mundo (Col. 3:2). Es un tiempo para retirarnos y concentrarnos exclusivamente en el Señor. Muchos utilizan el tiempo para leer las Escrituras, orar, memorizar versículos o anotar sus pensamientos. Esta práctica es necesaria no solo para refrescar nuestras almas, ya que al mismo tiempo nos agudiza para vivir fielmente en este mundo al aprovechar los medios de gracia que Dios nos ha concedido. El día y la época en que vivimos exigen un silencio y una soledad decididos.

Ideas que marcan la pauta.
Hay tres reflexiones finales que deben regir este llamamiento al silencio y a la soledad.

  1. El silencio y la soledad no son obligatorios.

No encontrarás un versículo en la Biblia que ordene a los cristianos practicar el silencio y la soledad, pero hay literatura impresa que intenta hacer ese caso. Si bien es cierto que la Biblia contiene numerosos ejemplos del pueblo de Dios dedicado al silencio y la soledad, es un error considerarlo como un requisito.

Parte de la confusión proviene de la propia vida y hábitos de Jesús. Cuando consideramos los años terrenales de Jesús a través de los relatos de los Evangelios, es evidente que se retiró para practicar el silencio y la soledad (Mateo 14:13; Marcos 6:30-32; Lucas 5:16, 6:12). La lógica defectuosa de ordenar «Practicarás el silencio y la soledad» es algo así: porque Jesús (o Pedro, Pablo, etc.) se dedicó a ello, nosotros también debemos hacerlo. Esa conclusión, sin embargo, no comprende la intención del autor de cada uno de esos pasajes. Debemos tener cuidado de no confundir los pasajes descriptivos (que registran hechos que han tenido lugar) con los pasajes prescriptivos (que informan al lector de lo que debe ocurrir). Yo sostengo que los textos de silencio y soledad de la Biblia son todos descriptivos. Por tanto, al hacer este llamamiento, lo hago con la perspectiva de que el silencio y la soledad son sabios para la vida cristiana, pero no una práctica que Dios exija.

  1. El silencio y la soledad no son antagónicos con la comunión.

La práctica del silencio y la soledad regulares no equivale a convertirse en un recluso. Los creyentes nunca deben alejarse de la comunión (Heb. 10:25) ni de relacionarse con el mundo que les rodea (Mt. 5:14-16). En su obra, «Life together» (Vida en común), Dietrich Bonhoeffer afirma correctamente: «El que busca la soledad sin compañerismo perece en el abismo de la vanidad, el autoengaño y la desesperación». Un creyente aislado se convertirá en un creyente ocioso, haciendo que la santificación se detenga. No podemos parecernos más a Jesús retirándonos del mundo por completo. Dios usa a las personas en nuestras vidas para moldearnos para nuestro bien y su gloria.

En 1787, una conocida escritora y mecenas llamada Hannah More escribió una carta en la que reflexionaba sobre su propio crecimiento espiritual. Ella proporcionó un comentario perspicaz con respecto al silencio y la soledad:

«Siempre he creído que si pudiera asegurarme un retiro tranquilo como el que ahora he logrado, sería maravillosamente buena; que tendría tiempo libre para almacenar mi mente con tales y tales máximas de sabiduría; que estaría a salvo de tales y tales tentaciones; que, en resumen, todos mis veranos serían períodos suaves de gracia y bondad. Ahora, la desgracia es que, en realidad, he encontrado una gran cantidad de comodidades como esperaba, pero sin ninguna de las virtudes relacionadas. Ciertamente, soy más feliz aquí que en la agitación del mundo, pero no encuentro que yo sea ni un poco mejor».

El silencio y la soledad rutinarios son una gran ayuda para el cristiano que se esfuerza por mantener la mente puesta en la eternidad mientras está en este mundo

  1. El silencio y la soledad no son una talla única

No hay un libro de reglas para estar en silencio y a solas. Supongo que esta disciplina será diferente en la vida de cada persona, dadas sus circunstancias. Una madre de cuatro niños pequeños tendrá que ser mucho más intencional para programar tiempo para el silencio y la soledad que un viudo jubilado. Hay libertad para evaluar la mejor manera de incorporar esta práctica de forma rutinaria en tu propia vida. La clave es que, cuando te dediques al silencio y a la soledad, tengas un propósito con ese tiempo y protejas su intención. Como escribió el pastor y teólogo del siglo XVIII Jonathan Edwards, «Un verdadero cristiano… se deleita a veces en retirarse de toda la humanidad, para conversar con Dios en lugares solitarios. Y esto tiene sus ventajas peculiares para fijar su corazón y comprometer sus afectos. La verdadera religión dispone a las personas a estar mucho tiempo a solas en sitios solitarios, para la santa meditación y la oración».

Así que, una vez más, os hago un llamamiento: Comprométete con la rutina del silencio y la soledad. Que refresque tu alma, agudice tu mente y encienda tu afecto por el Dios trino.

Taylor Berghuis

Taylor is a current M.Div. student and works as an administrator for TMS.

¿Aniquilación o transformación?

WILL GRAHAM

En el mundo teológico, ha existido bastante debate en cuanto a los efectos del fuego escatológico sobre la tierra. La cuestión se puede resumir en la siguiente pregunta: ¿aniquilación o transformación?

Es decir, ¿el fuego mencionado por el apóstol Pedro aniquilará por completo el planeta como creían los luteranos o transformará la tierra como en el caso de los reformados?

El debate se centra principalmente en 2 Pedro 3:12-13 donde habla el apóstol sobre la venida de Dios diciendo, “en el cual los cielos, encendiéndose, serán desechos y los elementos, siendo quemados, se fundirán. Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia”.

¿Qué vendrá? ¿Aniquilación o transformación?

Yo aquí me ubico en la escuela reformada. Creo que todo el consejo de Dios nos habla sobre una poderosa transformación mediante la cual el fuego purificador de Dios libra la creación de la maldición del pecado.

Será el mismo mundo que antes; pero liberado y transformado.

En cierto sentido, el ejemplo del diluvio de Noé nos viene muy bien para explicar esta idea. En un sentido, es cierto que aquel mundo “pereció anegado en agua” (2 Pedro 3:6); pero aun así, seguía siendo el mismo planeta después del juicio purificador.

Las aguas no acabaron con el mundo en los días de Noé.

Otro ejemplo será la regeneración de un cristiano. Es cierto que, espiritualmente hablando, llegamos a ser nuevas criaturas cuando Dios nos salva por su soberana gracia.

No obstante, no nos convertimos en otras personas. Seguimos siendo nosotros con la misma altura, la misma edad, la misma nacionalidad, el mismo acento y el mismo nombre y apellido. No somos aniquilados.

Y la misma regla se aplica a nuestra glorificación futura. Recibiremos un cuerpo glorificado pero seguiremos siendo nosotros. Jesucristo no se convirtió en otra persona el día que recibió su cuerpo glorificado.

Existía una marcada continuidad entre su cuerpo humilde y su cuerpo glorificado.

A nivel puramente lingüístico, Pedro emplea la palabra griega kainos y no el vocablo neos cuando alude a los nuevos cielos y la nueva tierra. Juan, de hecho, en Apocalipsis 21:5 utiliza el mismo término donde el Señor dice, “He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”.

Por medio del fuego, nace un mundo renovado pero no otro mundo totalmente diferente.

En palabras del comentarista William Hendriksen, “De en medio de la conflagración grande ha nacido un universo nuevo. La palabra usada en el original implica que era un mundo nuevo pero no otro mundo.

Es el mismo cielo y la misma tierra, pero rejuvenecidos gloriosamente: no hay maleza, ni espinas, ni cardos, etc.”.1

Otro dato lingüístico clave en el pasaje de Apocalipsis es el verbo hacer. Dios hace nuevas todas las cosas. No utiliza el verbo crear, sino hacer.

Es decir, el hacer significa dar forma a algo que ha sido creado. En este caso, los cielos y la tierra.

Y además de estos dos datos lingüísticos, está el asunto teológico desarrollado por Pablo en Romanos 8. Allí el apóstol a los gentiles enseña claramente que la creación será libertada de la esclavitud a la corrupción. No será aniquilada; sino libertada (8:21).

¿Qué tipo de liberación sería si la creación fuese aniquilada? La creación está con dolores de parto; no con dolores de muerte ni de aniquilación (8:22).

Con todo, creo que es mucho más sabio aferrarnos a la postura reformada en cuanto a la renovación de la tierra.

Así que, en respuesta a la pregunta: ¿aniquilación o transformación?, contestaría con una rotunda: ¡transformación! ¡Renovación! ¡Liberación!

Al igual que la creación renovada en los días del diluvio, así habrá una tierra libertada después de haber pasado por el fuego del juicio del Señor.

1 HENDRIKSEN, William, Más que vencedores, p. 204.

Ordenanzas

Serie: La Teología de La Iglesia

Ordenanzas

Introducción

¿Por qué son importantes las ordenanzas, es decir, el bautismo y la cena del Señor?

Esto es debido a que muestran de forma visible la comunidad de la iglesia local.

Una forma de describir los problemas de la iglesia evangélica moderna es que hemos olvidado la importancia de ver.

Por un lado, algunas iglesias se han vuelto demasiado centradas en la atracción. Ellos hacen de todo para atraer a una multitud de modo que la gente pueda escuchar el Evangelio. Pero el deseo de la gente para oír se ha traducido en una comunidad que no es digna de ver.
Por otro lado, algunas iglesias creen que debido a que predican la palabra correctamente, han hecho lo más importante. Tal vez a través de impulsos legalistas o conformistas, su comunidad ha perdido la vitalidad que vemos en la Escritura. Por lo que la gloria de lo que oímos desde el púlpito no se refleja en la congregación que está reunida alrededor de esa predicación.
Esta asociación entre oír y ver es fundamental mientras llegamos a la idea de las ordenanzas, porque son lo que destaca a la comunidad de la iglesia; la cual es (como el libro de Mark Dever propone) el Evangelio hecho visible. Muchos historiadores señalan que, incluso más que ser un debate acerca de la justificación con algunas implicaciones para la Cena del Señor y el bautismo, la Reforma fue un debate sobre las ordenanzas; con algunas implicaciones para la justificación. Hoy en día, estas ordenanzas parecen tan periféricas a la iglesia, que pueden parecer extrañas. Espero que para el final de la clase, tengamos una mayor comprensión de por qué la gente estaba dispuesta a morir por estas verdades.

¿Qué son las ordenanzas?

Las “ordenanzas” se refieren al Bautismo y a la Cena del Señor. Exactamente, ¿que son?

El Bautismo se define en nuestra declaración de fe: “Creemos que el bautismo cristiano es la inmersión en agua del creyente, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; para manifestar en un emblema solemne y hermoso, nuestra fe en el Salvador crucificado, sepultado y resucitado, cuyo efecto, es nuestra muerte al pecado y resurrección a una nueva vida.” Se oyen ecos de Romanos 6:3-4, “¿no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida.” El bautismo no salva; se trata de un ” emblema solemne y hermoso” de nuestra fe que salva por la gracia de Dios. Es un cuadro de nuestra muerte, sepultura y resurrección en Cristo.

Nuestra declaración de fe también describe la Cena del Señor: “los miembros de la iglesia por el uso sagrado del pan y el vino, conmemoran juntos el amor de Cristo hasta Su muerte; precedidos siempre por un solemne auto-examen.” Lo llamamos la Cena del Señor; los cristianos también la han llamado la Comunión (del latín communion, compartir en común, a causa de nuestro compartir con Cristo y unos con otros) y la Eucaristía (de la palabra griega “eucharistia” que es “acción de gracias” porque Jesús tomó el pan y “dio gracias “antes de partirlo). Algunos cristianos lo llaman simplemente ” la fracción del pan.” Tiene sus precursores en la cena de la Pascua del Antiguo Testamento, e incluso antes de eso, cuando el sacerdote Melquisedec ofreció pan y vino para Abram como “sacerdote del Dios Altísimo” (Génesis 14:18). Nuestra declaración de fe añade la frase, “siempre precedido por un solemne auto-examen” a causa de la enseñanza de Pablo en 1 Corintios 11:28, “Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa.”

Desde la Asamblea de Westminster en la década de 1640, los cristianos reformados han hablado de las ordenanzas o algunos utilizan el término sacramento; tanto como “señal” y “sello” del pacto. Como “señales” son una indicación externa de una realidad interior. La realidad interior de nuestra fe. Y la señal es muy potente. Para citar Westminster, “Hay en cada sacramento una relación espiritual o unión sacramental entre la señal y la cosa significada; de donde llega a suceder que los hombres y efectos del uno se atribuyen al otro.” Nosotros sabemos esto a partir de la lectura del libro de los Hechos. Así en Hechos 2, Pedro no le dice a la multitud en Pentecostés, “arrepiéntanse y crean” sino “arrepiéntanse y bautícense.” No es que el bautismo salve; eso lo hace la fe. Pero el bautismo está tan estrechamente ligado a la fe que a veces se usa como sinónimo de fe.

Y entonces como “sellos” las ordenanzas verifican las promesas que Dios nos da en el Evangelio. Así es como Juan Calvino lo escribió:

Los sacramentos traen consigo promesas clarísimas; y tienen dé especial, más allá de la Palabra, que nos representan al vivo las promesas como en un cuadro.1

Volviendo a Westminster, la Confesión de Westminster establece cuatro objetivos para las ordenanzas en la Escritura:

Ellos representan a Cristo y sus beneficios para nosotros. Y, como Calvino acaba de recordarnos, lo hacen de una manera única visual y física.
Confirman nuestro interés en él. Nos recuerdan que Cristo ha muerto y resucitado para la remisión de nuestros pecados.
Marcan de forma visible la Iglesia respecto del mundo. Es decir, cuando usted se sienta y mira la Cena del Señor por ejemplo, lo que se está viendo es una instantánea de, lo mejor que podemos saber, la verdadera iglesia.
Nos dedican al servicio de Dios en Cristo, de acuerdo a su Palabra. Que es una de las razones por la que renovamos nuestra Alianza juntos antes de tomar la Cena del Señor como una iglesia.
Para el resto de nuestro tiempo, vamos a trabajar a través del bautismo y la Cena del Señor, respondiendo principalmente a la cuestión de por qué son importantes.

¿Por qué importa el bautismo?

Digamos que me hago cristiano. Pero nunca me bautizo. Todavía puedo ir al cielo, ¿verdad? Entonces, ¿qué daño hace usted como resultado de esta omisión?

[Respuestas: estoy desobedeciendo a Cristo lo que le deshonra; pierdo la oportunidad de anunciarlo públicamente; pierdo la confirmación de una iglesia local de acuerdo a que mi profesión parece genuina; pierdo un recordatorio visual de mi muerte a mí mismo y de la vida nueva en Cristo; otras personas pierden la oportunidad de ver en dicho recordatorio su propia salvación; los no cristianos se pierden una representación visual del Evangelio, etc.]
Ahora, presumiblemente, una comprensión de los beneficios debe informar como hacemos el bautismo como iglesia. ¿Ha visto el bautismo practicado y aplicado de un modo que subvierten estos propósitos? Por el momento, vamos a dejar de lado la cuestión del bautismo de niños y sólo pensar en el bautismo de creyentes.

[Respuestas: iglesias que no requieren el bautismo para ser miembro: ¿Qué están diciendo con esto? Que la obediencia es una parte opcional de seguir a Jesús; iglesias que hacen el bautismo en masa: hacen que sea menos visible el testimonio de lo que Dios ha hecho; no se hace en el marco con conexión a una iglesia: ¿Qué quieren decir con el acto del bautismo?; no es explicado: el signo visual no se traduce para nosotros]
¿Quién debe ser bautizado?

Ahora, se dará cuenta de que toda esa discusión que acabamos de tener asume que el Bautismo es sólo para los creyentes. Pero, por supuesto, esto es algo que ha sido objeto de debate desde hace cientos de años, y trabajamos estrechamente con iglesias que están en desacuerdo en esto con nosotros. Así que ¿por qué creemos que el bautismo es sólo para los creyentes? Bueno, podríamos hablar de esto durante semanas. Pero te voy a dar un breve resumen del argumento.

Argumento a favor del bautismo de niños

Para comenzar, tenemos que entender el argumento del otro lado de este debate. Algunos Bautistas son sorprendidos (algunos que están sin preparación), por lo bueno del argumento. Y nunca nos hace ningún bien discutir desinformados o con un mal entendido de la otra postura que en realidad nadie cree. Ahora, la mayoría de la gente de hoy en día que bautizan a sus bebés lo hacen porque creen que el bautismo quita el pecado original, debido a que son católicos romanos. Y ellos no creen en la salvación por la fe sola. No voy a tratar con ellos en este momento. En su lugar, quiero tratar con aquellos que están de acuerdo con nosotros en el evangelio, como los presbiterianos y anglicanos, y sin embargo todavía bautizan a los niños. Para usar un término técnico, es un “paidobautista.”

En resumen, el argumento es que el bautismo es la continuación del nuevo pacto de la señal y el sello de la circuncisión. Un paidobautista señalará que en el Antiguo Testamento, Dios quiso que los niños fuesen parte del pacto que hizo con Israel, y el signo y el sello de ese pacto era la circuncisión. La circuncisión no era sólo para los niños, pero se aplica principalmente a los niños. Y este rito era tan importante que el Señor dice a Moisés en Éxodo 12 que ningún varón no circuncidado debe participar en la Pascua.

Así que cuando llegamos al Nuevo Testamento, la fuerte presunción es que los niños seguirán siendo incluidos en el pacto, a menos que tengamos clara enseñanza de lo contrario. Pero ahora, el signo y sello del pacto es el bautismo, no la circuncisión. Así que ahora se aplica a todos los niños, no sólo a los bebés varones. No es sorprendente, pues, en Hechos 2 cuando Pedro proclama “Arrepentíos, y bautícese” como he leído antes, él sigue con “Porque la promesa es para ustedes y para sus hijos.” Caso cerrado.

Argumento para el bautismo solo de Creyentes

Entonces, ¿Qué puede decir un bautista a eso? Bueno, permítanme resumir en unos pocos puntos. Y debo mencionar que la controversia no es si los creyentes deben ser bautizados. Prácticamente ninguna persona en la tierra que se hace llamar cristiano no estaría de acuerdo con eso. Se trata de si solos creyentes deben ser bautizados.

Te voy a dar algunas declaraciones sobre esta cuestión.

Cuando el Nuevo Testamento describe lo que representa el bautismo, describe la vida nueva en Cristo. Leamos esos versos de Romanos 6 que acabo de mencionar. Somos resucitados a una nueva vida, se dice. El supuesto es que la persona que está siendo bautizada ha sido cambiada. Ha sido regenerada.
Cuando el Nuevo Testamento pone en paralelo el bautismo y la circuncisión, hace un paralelo del bautismo no con el viejo pacto de la circuncisión de la carne, sino con la circuncisión del corazón. A modo de contexto, es útil recordar que a través del Antiguo Testamento, Dios le recuerda periódicamente a su pueblo que en lo que él está más interesado no es en la circuncisión de la carne, sino la circuncisión del corazón. Miremos cuidadosamente Colosenses 2 para ver donde está el paralelo.
11 En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo;

12 sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos.

Cuando alguien dice “en ausencia de cualquier enseñanza en sentido contrario, debemos seguir considerando los bebés que no hayan sido salvos aún como miembros de la alianza.” Pero Colosenses 2 es bastante claro que enseña lo contrario, ¿no es así? La continuidad no es entre la circuncisión y el bautismo, sino entre la circuncisión del corazón y el bautismo. Es entre la fe salvadora y el bautismo.

No existen claros ejemplos de bautismo infantil en el Nuevo Testamento. De hecho, las referencias al bautismo hablan de conversión. Así, Pedro en Hechos 2 que ya he mencionado, habla de “arrepentimiento” y ser bautizado. Afirmamos, como él dice, que esta promesa es para sus hijos: ellos pueden arrepentirse y ser bautizados, sin ningún problema. Pero no ser bautizados, sin arrepentirse. Y, como se lee más adelante, la promesa no es sólo para nuestros hijos. Es “para sus hijos y todos los que están lejos, para todos cuanto el Señor nuestro Dios llama a sí mismo.” Tenemos que pensar en nuestros hijos en la misma categoría de todos los que están lejos, con el deseo de que el Señor nuestro Dios debe llamar a sí mismo.
El único ejemplo de bautismo en el Nuevo Testamento que no describe los destinatarios del bautismo al oír la Palabra o creer es Lidia en Hechos 16. Y como mujer, que viaja siendo comerciante fuera de casa, es la menos probable de haber tenido niños pequeños con ella.

No existen referencias conocidas a bautismo infantil en la iglesia temprana, aunque hay muchas referencias al bautismo de los adultos. La primera referencia que vemos que el bautismo infantil es con Tertuliano alrededor AD200 que es en realidad un argumento en contra de esta practica. La primera defensa del bautismo de niños que tenemos no es hasta Cipriano alrededor de AD250 y que estaba discutiendo por ello si era salvífico o no. No es el argumento para el bautismo de niños que oímos hoy. Uno esperaría que si el bautismo infantil estaba muy extendido y si no era universalmente aceptado (que claramente no lo era), entonces encontráramos muchas referencias a ello en los escritos de los líderes de la iglesia primitiva, pero no es así.
¿Qué es la Cena del Señor?

Para el resto de nuestro tiempo, me gustaría cambiar nuestra atención a la Cena del Señor. Y un buen lugar para comenzar es con la pregunta “¿qué es?”

Pues bien, la Cena del Señor, como hemos visto anteriormente, es una comida de pan y vino para conmemorar la muerte de Cristo, la que nos asegura nuestro perdón por parte de Dios. Esto es lo que Pablo escribe en 1 Corintios 11:

24 y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí.

25 Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí.

26 Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.

27 De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor.

28 Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa.

Lo que vemos en 1 Corintios 11 es que la cena del Señor tiene un significado que está enraizado con el pasado, el presente y en el futuro.

El pasado

La Cena del Señor es un recuerdo de lo que Cristo hizo en la cruz. Eso es lo que nos dijo que sería: “Haced esto en memoria de mí” Y ese recordatorio es bueno para nuestras almas. Usted puede recordar que los católicos ven la cena del Señor como una “re-presentación” del sacrificio de la cruz de Cristo. El pan y el vino se convierten en el cuerpo físico y la sangre de Jesús en la boca. Eso no es lo que significa “recuerdo”. Lutero enseñó que había una “presencia real” de Cristo en la cena. En contraste con esto, la tradición reformada enseña que de lo que participamos no es más que el pan y el vino. Que Cristo está realmente presente, pero su presencia es espiritual y no física. Por lo tanto hablamos de “alimentarse de él en su corazón por la fe” cuando tomamos la Cena del Señor.

(Nota: Catecismo Católico, 1366. En 1367: el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio.

“Transubstanciación” se confirmó en el IV Concilio de Letrán en 1215. La idea básica es un concepto Aristotélico que la “sustancia” puede ser una cosa y los “accidentes” (o forma externa) puede ser otra.

“Consubstanciación” enseña que el cuerpo y la sangre de Cristo se unen con los elementos de la Eucaristía.)

¿La creencia de que la Cena del Señor es un “mero memorial” de la muerte de Cristo, como los bautistas han creído generalmente, la convierte en sin importancia? ¡Ciertamente no! En toda la Biblia, Dios llama a su pueblo a recordar. Eso es lo que era la Pascua, después de todo: un tiempo para recordar la salvación del pueblo de Dios. Y la salvación que recordamos en Cristo es mucho mayor que eso. No es la salvación de la esclavitud temporal en Egipto, sino la esclavitud eterna al pecado. Si pensamos que el recordar gran evento en la historia es importante, ¡Cuánto más memoria requiere este! No es apenas un “mero” memorial.

(Nota: Muchos historiadores establecen una distinción entre la idea de “presencia espiritual” de Calvino y Westminster y la idea de “Memorial” de Zwinglio y la mayoría de los bautistas. Los dos están muy cerca, y cualquier diferencia esta, sin duda, envuelta exactamente en cómo los dos defensores de los dos puntos de vista describen su comprensión. Por el bien del tiempo, los he unido en la categoría básica de: la tradición “reformada”.)

El presente

Pero la Cena del Señor no es simplemente mirar al pasado. Pablo lo describe como diciendo algo acerca de una realidad presente. Cuando tomamos la cena, es sólo después de examinarnos a nosotros mismos. Examinarnos a nosotros mismos para estar seguros de que estamos en una relación correcta con Dios, y una relación correcta unos con otros. Más allá de eso, en el versículo 29, dice que comer y beber sin “discernir” el cuerpo, comemos y bebemos juicio sobre nosotros mismos; juicio que al parecer había conducido a la muerte a algunos en la iglesia de Corinto. ¡Esto no es cosa de risa! “Discernir el cuerpo” es algo más que el simple reconocimiento de lo que representan los elementos. Es un reconocimiento de lo que el cuerpo de la congregación representa; que juntos representamos a Cristo mismo, y la forma en que tratamos a los demás representa al mismo Cristo.

Así que la Cena del Señor muestra que en el presente yo, como individuo estoy caminando con el Señor. Y muestra que como un cuerpo, estamos caminando en una unidad que proclama la verdad sobre quién es Cristo. Es una imagen instantánea de la congregación celestial, aunque no sea perfecta, tanto en quién está participando y en cómo nos relacionamos unos con otros.

El futuro

Usted probablemente ha notado el tiempo futuro en la enseñanza de Pablo: en la toma de la cena nosotros “proclamamos la muerte del Señor hasta que El venga.” Es una cena a la espera de su venida final, un ensayo general, por así decirlo, del banquete mesiánico que está por llegar. Es por eso que la Cena del Señor sea alegre y también sombría. Estamos capturando todas estas emociones en esta muestra de lo que Cristo ha hecho, está haciendo, y hará.

Lo que hace la Cena del Señor

Si eso es lo que es, ¿Qué logra la Cena del Señor? En otras palabras, si alguien era cristiano, pero nunca participó de la Cena del Señor, ¿qué se perdía?

He aquí una lista casi exhaustiva de todas las formas en que Dios nos da gracia a través de la Cena del Señor:

Es una oportunidad regular para el auto-examen. Pablo nos dice que nos examinemos a nosotros mismos para ver si estamos en la fe; este es un buen momento para hacerlo.
Es una oportunidad regular para comprobar nuestras relaciones en la iglesia. Es maravilloso ver a los cónyuges, o amigos, acercarse afuera justo antes de la cena del Señor para conciliar algunas diferencias. Eso es exactamente lo que Pablo tiene en mente cuando nos dice que “discernir el cuerpo” mientras comemos y bebemos.
Es un poderoso recordatorio de nuestro perdón. Estamos viendo algo que representa lo que Jesús hizo por nosotros hace muchos cientos de años.
Es un recordatorio de la naturaleza pasajera de lo físico y la naturaleza eterna de lo espiritual. Cuando comemos el pan, recordamos que el hombre no vive sólo de pan. La cena está tendiendo un puente entre lo que es temporal hacia lo eterno.
Es una imagen del cielo. Lo que un estímulo para mirar a su alrededor durante la cena y obtener una visión y una pista de lo que será el cielo. Es muy alentador
Es una advertencia de juicio para aquellos que no participan. Tal vez alguien ha estado disciplinado o “excomulgado”. O tal vez por razones pastorales le han aconsejado no participar. O tal vez usted no puede participar debido a relaciones no resueltas en la iglesia. Lo que podría ser un indicio de los cielos también se convierte en una pista del infierno. Y eso es muy poderoso.
Es un recordatorio de lo que está en juego en nuestra unidad como Congregación. La unidad no es importante sólo porque hace que la vida en una iglesia sea más agradable. Es importante porque es una imagen de Cristo. Y en ninguna parte vemos con más claridad al cuerpo de Cristo que cuando está alrededor del cuerpo de Cristo.
Y estoy seguro de que hay un significado que simplemente no entendemos. Jesús tomó esto muy en serio; fue uno de los últimos actos de su ministerio terrenal. Y Pablo lo tomó en serio también. Cuando estemos en el cielo algún día descubriremos que es un medio de gracia en formas que nunca comprendimos aquí en la tierra.
Así que tomemos nota de algunas de ellas para pensar la próxima vez que se tomemos la Cena del Señor. ¿Cuál de estos has pasado por alto? ¿Qué has infravalorado? Vamos a trabajar juntos para hacer esta cena lo que Cristo quiere para nosotros.

Discusión

Con todo esto dicho, y con las otras clases como telón de fondo, vamos a hablar de algo que puede ser un problema especialmente espinoso en las iglesias bautistas: el número de miembros de creyentes que creen en el bautismo de niños. Nuestra declaración de fe está escrita para excluir a las personas con esta creencia de la membresía. Lo que significa que estamos excluyendo un poco a gente de la familia de Dios que, sin duda, se unirán a nosotros en el cielo. ¿Es esto una cosa permisible y correcta?

1 Calvino, Institución 4.15.5

Cómo resolver bíblicamente los conflictos

Cómo resolver bíblicamente los conflictos
Por Dan Dodds

Cuando la gente acude a mi oficina para recibir consejería, generalmente llega por uno de estos tres motivos: (1) están buscando sabiduría o aliento en su sufrimiento o en su prueba, (2) están luchando con un pecado dominante y quieren aprender a mortificarlo o (3) están involucrados en un conflicto y están buscando ayuda.

¿Las Escrituras tienen algo que decir sobre la resolución de los conflictos? Mil veces sí. La Escritura está llena de ilustraciones de conflictos y contiene múltiples principios sobre cómo debemos comportarnos cuando estamos enemistados con otro cristiano.

Uno de los pasajes más comunes sobre resolución de conflictos a los que aludimos los cristianos es Mateo 18:15-20. Ese pasaje es una guía que nos muestra paso a paso cómo avanzar en el proceso desde el principio hasta el final. Antes de analizarlo, consideremos algunos principios preliminares.

PRINCIPIOS PRELIMINARES
Primero, todos los creyentes tenemos la obligación de buscar la paz con los demás. Pablo escribe en Romanos 12:18: «Si es posible, en cuanto de ustedes dependa, estén en paz con todos los hombres» (ver también He 12:14). Huir o esconderse del conflicto no es una opción válida para el cristiano. Piensa bien en esto. Si te encuentras en un conflicto con otro cristiano, Dios te ordena que trates de resolver ese conflicto de una manera piadosa. De hecho, la Escritura nos dice que debemos actuar para resolver el conflicto antes de asistir a la iglesia (ver Mt 5:23-24).

Resolver los conflictos es crítico para la paz de la iglesia porque contribuye a mantener una vida justa entre sus miembros. Si analizamos los versículos que contienen las palabras «paz» y «justicia», veremos que hay una clara relación entre ambas cosas.

Confrontar a alguien con su pecado requiere valentía y debemos hacer esto con mucho cuidado. Observa la cautela de Gálatas 6:1: «Hermanos, aun si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales, restáurenlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado».

Segundo, podemos resolver algunos conflictos si simplemente los pasamos por alto. Pedro escribe: «Sobre todo, sean fervientes en su amor los unos por los otros, pues el amor cubre multitud de pecados» (1 P 4:8). No hay que lidiar con todas las ofensas. Entonces, ¿cómo sabemos si hay que abordar una ofensa o no? Si tu comunión con la otra persona está rota y el problema sigue siendo una barrera entre ustedes, es necesario que, en amor, inicies una conversación con la otra parte involucrada y que con una actitud de oración y humildad busques la paz y la reconciliación.

Tercero, saca la viga de tu ojo. Estudia lo que quiso decir Jesús durante el Sermón del monte en Mateo 7:1-5 antes de confrontar a la otra persona. La tendencia natural (y pecaminosa) de todos nosotros es agrandar los pecados cometidos contra nosotros y restar importancia a nuestros propios pecados. Ver nuestro propio pecado requiere humildad y sabiduría, tal vez incluso la ayuda de un amigo de confianza o de un pastor que nos hable con verdad y franqueza.

Cuarto, recuerda cuál es el objetivo de confrontar a un hermano o a una hermana. Recuerda lo que no es confrontar a alguien más. El fin no es impresionar a la parte ofensora con lo mucho que te hirió su pecado; no es que el otro sienta tanto dolor como tú; no es hacer pública tu historia ni conseguir que los demás sean hostiles hacia esa hermana; no es lograr que la expulsen de la iglesia.

Entonces, ¿cuál es el propósito? Hay varios. Confrontamos al que peca contra nosotros para darle la oportunidad de arrepentirse y ser liberado de su culpa. Confrontamos con el propósito de restaurar la relación. Confrontamos para restaurar la paz y la justicia en la iglesia.

CONFRONTAR EN AMOR
Cuando ya has determinado que es necesario conversar y que tu corazón es recto delante de Dios, puedes seguir los pasos dados por Jesús en Mateo 18:15-20. Veámoslos en orden.

Paso 1: Confrontación uno a uno. Jesús les enseñó a Sus discípulos que la persona que ha sido ofendida debe acercarse en privado a la persona que ha cometido la ofensa. Nota que esto es contrario a nuestra intuición; por lo general, pensamos: «Bueno, él me ofendió; él tiene que acercarse a mí». Sin embargo, eso no es lo que Jesús enseña: si estás ofendido, tú debes acercarte, especialmente porque es posible que el otro ni siquiera sepa que te ofendió. Y cuando te acerques, repasa en tu mente los muchos versículos que hablan de lo importante que es decir la verdad (noveno mandamiento), hablar la verdad en amor (Ef 4:15) y no dar lugar a la ira ni a la venganza (Ro 12:19).

Advertencia: hay situaciones en que no sería sabio que la víctima confronte al ofensor. Pienso en el caso de un niño que ha sido victimizado por un adulto y podríamos añadir más situaciones. Basta con decir que es necesario ejercer sabiduría. Si no estás seguro, habla con tu pastor.

Paso 2: Lleva a otra persona contigo. Pero ¿y qué si la persona no escucha? ¿Qué pasa si no responde o si niega su pecado? Jesús se anticipó a esa posibilidad y les dijo a los discípulos que involucraran a otro hermano o hermana para que confronte en amor al ofensor con su pecado.

¿A quién debes llevar contigo? A un hermano o hermana con madurez y sabiduría. Tal vez sea mejor que no lleves al pastor ni a un anciano. ¿Por qué? Porque los ancianos y el pastor pueden terminar involucrándose en la disciplina oficial de la iglesia más adelante. Sin embargo, si el pastor o un anciano es tu única alternativa, lo mejor es que entienda claramente que todavía no está involucrado en virtud de su oficio, sino como un hermano que contribuye a la reconciliación.

La esperanza es que el «peso» de un testigo adicional haga que el hermano o la hermana que ha pecado reconozca, confiese y se arrepienta de su mal, de modo que la parte ofendida pueda perdonarlo y se restaure la comunión cristiana. Sin embargo, las cosas no siempre funcionan así. En realidad, muchas veces la gente endurece su resistencia, su negación o las dos cosas y es entonces que el creyente recurre a la iglesia en busca de ayuda.

Paso 3: Dilo a la iglesia. En Mateo 18:17, leemos: «Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia». Aquí, la iglesia se refiere a sus ancianos, que están llamados a pastorear espiritualmente el rebaño (1 P 5:1-5). Los ancianos están llamados a gobernar en la iglesia (He 13:7) y parte de ese gobierno consiste en promover la paz entre los hermanos. Los ancianos deben considerar oficialmente los cargos contra el hermano o la hermana en falta y volver a aplicar la Escritura de forma sabia y cautelosa en un esfuerzo por llevarlo al arrepentimiento.

Según como sean las políticas de tu iglesia, es posible que los ancianos, en algunas circunstancias, también pidan que los miembros de la iglesia tomen acciones con la esperanza de un último impulso al arrepentimiento. La congregación debe orar por la persona descarriada y darle aliento a nivel personal para que sea restaurada, pues ayudar a restaurar a una oveja descarriada es una obra realmente buena (Stg 5:20).

Si tu hermano se arrepiente, vuelve a recibirlo en la comunión. Si hay problemas materiales (o financieros) que deban abordarse, los ancianos tendrán que dar consejos sabios sobre el mejor modo de llegar a una solución justa. Si hay más personas involucradas en el conflicto, la parte que pecó debe hablar con todas ellas de modo que se restauren todas las relaciones.

No pienses que es imposible que eso pase. Lo hemos visto en nuestra iglesia y en muchas otras. Con frecuencia Dios bendice a Su pueblo con una restauración sana y ese es un momento de alegría para la congregación. No obstante, si eso no ocurre…

Paso 4: Trátalo como un incrédulo. Si finalmente el miembro no se arrepiente, los ancianos tienen el deber de declarar que su falta de arrepentimiento, que es una evidencia de incredulidad, los ha forzado a declarar oficialmente que el individuo en cuestión ha dejado de ser miembro de la iglesia de Jesucristo (Mt 18:17: «Sea para ti como el gentil y el recaudador de impuestos»). Este proceso también se conoce como excomunión. Consiste en quitarle los privilegios de la Cena del Señor y del cuidado, la provisión y la protección de la iglesia.

¿Qué pasa después? Si el individuo de verdad es creyente, Dios usará su tiempo fuera de la iglesia para forzarlo a regresar. Pero si no es así, su excomunión será perpetua a menos que se arrepienta.

Finalmente, recordemos que aunque este proceso es difícil, seguirlo es amar. La confrontación cristiana es totalmente distinta al mundo, que rechaza a todos los que violan la ideología de turno y rara vez vuelve a recibirlos sin hacerlos pagar un gran precio y humillarlos públicamente. Podemos agradecer al Señor por Su plan perfecto para restaurar a los que tienen oídos para oír.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Dan Dodds
El Rev. Dan Dodds es pastor asociado de atención pastoral y consejería en Woodruff Road Presbyterian Church en Simpsonville, S.C.

El honor de uno es la vergüenza de otro

El honor de uno es la vergüenza de otro
Por Tim Challies

Me pregunto si recuerdas un video viral de hace unos años titulado «Los padres asiáticos reaccionan a los te quiero». En él, aparecían varios jóvenes asiáticos diciéndoles a sus padres «te quiero» y grabando la respuesta de sus padres. ¿Por qué se hizo viral este vídeo? Porque decir y escuchar «te quiero» es poco común en muchas culturas asiáticas. No es que los padres y los hijos asiáticos no se amen; por supuesto que sí, pero el amor y la honra se demuestran de otras maneras. Estos hijos sorprendieron a sus padres con algo que en muchas otras partes del mundo parecería totalmente común.

He estado compartiendo una serie de artículos sobre el quinto mandamiento llamado «Honra a tu padre y a tu madre», y he llegado al punto en el que tenemos que hablar de cultura. Ya hemos visto que los hijos tienen una deuda de honra con sus padres para toda la vida. Sin embargo, lo que sólo hemos visto de forma indirecta es que la honra se muestra de diferentes maneras en distintos contextos o culturas. Nuestro objetivo es encontrar formas de expresar la honra que debemos a nuestros padres, pero sólo podemos hacerlo si tenemos en cuenta las diferencias culturales.

Tengo el gozo de vivir en la que quizá sea la ciudad más multicultural del mundo. Aun mi pequeña iglesia cuenta con representantes de al menos 30 culturas diferentes y gran parte de la investigación para este artículo ha procedido de entrevistas con ellos. Las entrevistas incluyeron conversaciones con personas que representaban a Bielorrusia, Canadá, El Salvador, Ghana, India, Irak, Jamaica, Filipinas y Corea del Sur. Las diferencias y similitudes son fascinantes. Lo resumiré en dos grandes grupos, dos tipos de cultura, cada uno de los cuales tiene expectativas muy diferentes cuando se trata de honrar a los padres.

Un tipo de cultura

El primer tipo de cultura valora la autonomía y la independencia como grandes virtudes. Los padres esperan recuperar su independencia cuando sus hijos abandonen el hogar y miran con expectativas el momento de su retiro para descansar y divertirse. Al mismo tiempo, sus hijos esperan obtener una independencia permanente de sus padres. Esta cultura tiende a idealizar la diversión y la libertad de la juventud mientras teme las responsabilidades de la edad adulta. La edad no se asocia con la sabiduría y el respeto, sino con el miedo o incluso la burla por la pérdida de facultades físicas y mentales. Los adultos que envejecen temen la pérdida de independencia que se aproxima.

Esta cultura tiene pocas expectativas y exigencias determinadas en cuanto a la forma en que los hijos adultos deben honrar a sus padres ancianos. Los padres pueden esperar poco más que llamadas telefónicas regulares y visitas en los días festivos importantes. A medida que los padres envejecen, los hijos pueden involucrarse en su cuidado, pero sin ser los cuidadores principales ni trasladar a los padres a su casa. Más bien, a medida que los padres envejecen, existe la expectativa de que se trasladen a centros de jubilación o residencias de ancianos y vivan allí sus últimos días.

En lo que respecta a las finanzas, los padres deben mantener a sus hijos hasta que se independicen, pero hay pocas expectativas de que los hijos les devuelvan el favor más adelante. En cambio, los padres deben ahorrar con diligencia para su propia jubilación y financiarla ellos mismos. Cuando los padres necesitan que se les cuide, esa responsabilidad se distribuye entre los hijos que lo deseen y no recae en un hijo en particular, en función del sexo o el orden de nacimiento.

Estas bajas expectativas son compartidas tanto por los padres como por los hijos. Un entrevistado dijo: «Mis padres me han dicho que cuando sean viejos, simplemente los traslademos a una residencia de ancianos. No les gustaría interrumpir nuestras vidas de ninguna manera». Los hijos mayores no desean interrumpir sus vidas cuidando a sus padres; los padres mayores no desean incomodar a sus hijos necesitando sus cuidados. Si hay algo que avergüenza en esta cultura es cuando los padres no han ahorrado diligentemente para proveer su propio cuidado.

Otro tipo de cultura

Otro tipo de cultura valora la honra y el respeto como virtudes elevadas, mientras que teme y evita todo lo que conlleva vergüenza. Estas culturas respetan a los mayores y asocian la edad con la sabiduría y la autoridad, mientras que asocian la juventud con la insensatez. Suelen tener términos o títulos para los mayores y costumbres para mostrar respeto y deferencia a los ancianos. Estas culturas valoran poco la independencia y la autonomía y mucho más el deber hacia la familia.

La honra se manifiesta en la obediencia y el sacrificio, mientras que la vergüenza proviene de la desobediencia y el egoísmo. Así, se espera que incluso los hijos adultos honren a sus padres pasando tiempo con ellos, obedeciéndoles, buscando y teniendo en cuenta su sabiduría en las decisiones importantes de la vida. Y al igual que los padres se han sacrificado por sus hijos, los hijos deben corresponder con sacrificios que beneficien a sus padres. Las acciones o el comportamiento de los hijos de cualquier edad beneficiarán o perjudicarán la reputación de la familia.

Suele haber una fuerte jerarquía dentro de la familia, en la que el primer varón (o primer hijo en algunas culturas) tiene la mayor responsabilidad en el cuidado y la provisión. Se espera que a medida que sus padres envejecen, los acoja en su casa, ya que esto honra tanto al hijo como a sus padres. Llevar a sus padres a un centro de jubilación o a una residencia de ancianos supondría una gran vergüenza para toda la familia: vergüenza para el hijo por no cumplir con su deber y vergüenza para los padres por no educar bien a su hijo.

Dos consideraciones

Estas son descripciones muy amplias, por supuesto, pero sospecho que puedes reconocer los dos tipos de cultura. La primera existe sobre todo en las naciones influenciadas por el Occidente, mientras que la segunda existe dentro de las sociedades que enfatizan el honor y la vergüenza y, en diversas formas, abarca a la mayor parte de la población de la Tierra. Las diferencias entre ellas son, cuando menos, notables.

Considera lo siguiente: Un adulto norteamericano puede decir: «Mis padres viven en una residencia de ancianos» y la gente pensará que la familia ha hecho algo bueno y noble. Después de todo, mamá y papá han ahorrado con diligencia y ahora pueden permitirse estar en una bonita comunidad de jubilados; los hijos están contentos de que sus padres sean atendidos por profesionales y estén rodeados de personas en su misma etapa vital. Pero si un adulto indio dice: «Mis padres viven en una residencia de ancianos», sus compañeros se horrorizarán y pensarán que la familia ha hecho algo tristemente vergonzoso. Al fin y al cabo, el hijo se niega a cumplir con sus obligaciones, lo que demuestra que sus padres no le educaron bien. Ahora esos padres son atendidos por profesionales distantes en lugar de por hijos cariñosos y están rodeados de extraños en lugar de familiares. Lo que es honroso en una cultura es vergonzoso en otra.

Esto nos obliga a lidiar con un par de consideraciones. En primer lugar, nuestras presuposiciones culturales pueden ser erróneas, pero al igual que un pez no está apercibido del agua en la que nada, a nosotros nos cuesta reconocer el papel de la cultura en la que vivimos. Un tipo de cultura puede exigir muy poco, mientras que la otra puede exigir demasiado. Una cultura puede legitimar la deshonra mientras que otra puede idolatrar la honra. Como cristianos, tenemos que pensar con cuidado y bíblicamente en lugar de aceptar simplemente lo que dicta la cultura. Es posible que los hijos occidentales tengan que esforzarse por convencer a sus padres de que deben ser honrados, mientras que las personas de otras culturas pueden tener que negarse a conformarse con algunas de las expectativas puestas en ellos.

En segundo lugar, tenemos que mostrar la honra en formas que sean apropiadas para nuestra cultura y significativas para nuestros padres, sin dejar de ser fieles a las Escrituras. Por lo tanto, la manera en que yo muestro honor a mis padres puede ser muy diferente a la del amigo ghanés o cubano que se sienta a mi lado en Grace Fellowship Church No necesariamente tengo que honrar a mis padres de una manera ghanesa y mis amigos no necesariamente tienen que honrar a sus padres de una manera canadiense. Podemos y debemos aprender los unos de los otros, pero sin juzgar lo que puede parecer una deshonra o un exceso de honra.

Hablaremos más de la cultura a medida que avancemos en la exposición de las formas particulares en que podemos y debemos mostrar honra a nuestros padres.


Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.

Conflictos por temas menores

Conflictos por temas menores
Por Paul Levy

Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

El Nuevo Testamento es maravillosamente reconfortante y realista. No pinta una imagen romántica ni artificial de la vida en la iglesia. Hay batallas, conflictos y desacuerdos, y no siempre son sobre cuestiones correctas. Nos habla de dos mujeres que habían tenido una disputa en la iglesia de Filipos. No nos dice por qué discutieron ni quién tenía la razón. Pablo simplemente escribe: «Ruego a Evodia y a Síntique, que vivan en armonía en el Señor» (Fil 4:2).

La iglesia cristiana no es una secta en la que todos tenemos que vernos iguales, vestirnos iguales y pensar lo mismo. Hay doctrinas esenciales respecto a las cuales no puede haber discusiones, pero también hay muchas áreas de la vida en que los cristianos vamos a discrepar de maneras legítimas. Todos tenemos distintas luchas y llegamos a distintas conclusiones sobre algunos asuntos. El apóstol Pablo le escribe a la iglesia en Roma y les dice a los cristianos allí que dentro de la iglesia hay creyentes débiles y creyentes fuertes, y que no deben contender sobre «opiniones» discutibles (Ro 14:1). Luego, nos ofrece un capítulo notable sobre cómo lidiar con los desacuerdos que surgen en la vida de la iglesia, pero sin dividirla.

El problema de Romanos 14 era la carne ofrecida a los ídolos; algunos la comían, otros no, y ambos bandos se juzgaban mutuamente. Algunos guardaban los días festivos y otros no lo hacían. Ambos grupos tenían motivos correctos, y el desacuerdo era legítimo. Habían pensado en el asunto y arribado a distintas conclusiones. Pero ese no era el problema. El problema era que estaban juzgándose unos a otros (v. 4) o, usando un lenguaje aún más fuerte, estaban despreciándose unos a otros (v. 3).

Pablo aborda de lleno este problema y nos dice cómo debemos actuar con los demás cuando tenemos discrepancias legítimas, cuando surgen conflictos entre cristianos que son más fuertes y cristianos que son más débiles. Para partir, en el versículo 1, el apóstol le recuerda a la iglesia que deben «aceptarse» mutuamente. Esto es notable. Acepta a alguien que es diferente a ti y que tiene opiniones diferentes a las tuyas. En el versículo 3, Pablo da instrucciones para ellos y nosotros: «El que come no desprecie al que no come». Este imperativo es fuerte y va seguido de la frase «no juzgue». Es la acción deliberada de no dejar que la hostilidad entre a la iglesia por estos asuntos. Luego, en el versículo 5, leemos: «Cada cual esté plenamente convencido según su propio sentir». Sin embargo, con un equilibrio hermoso, después, en el versículo 13, el apóstol nos enseña a «no poner obstáculo o piedra de tropiezo al hermano».

El apóstol Pablo habla en este ambiente incómodo y aplica el evangelio a la situación. Les recuerda a los romanos sobre su Dios y Su carácter. «Dios lo ha aceptado» (v. 3), tanto al que se abstiene como al que come, tanto al que guarda las festividades como al que no las guarda. Si el Señor los ha aceptado a todos, ciertamente ellos pueden aceptarse entre sí. Pablo se dirige a ambos grupos y los hace ver más allá de sus divisiones. Les dice que deben estar conscientes de que ambos grupos están actuando de un modo que, hasta donde ellos creen, honra al Señor (v. 6). Debemos pensar lo mejor de los que discrepan con nosotros sobre asuntos discutibles y no dudar de sus intenciones. Incluso si pensamos que están equivocados, podemos honrarlos y amarlos. Luego, Pablo les recuerda a los romanos que Dios es el Juez: «De modo que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí mismo» (v. 12). No debemos juzgarnos los unos a los otros porque Dios es el Juez.

Trágicamente, en muchas áreas de la vida de la iglesia, la gente se ha peleado e incluso ha abandonado congregaciones debido a «opiniones». La unidad se ha roto porque la gente se ha pisoteado entre sí. Sabemos que es fácil dividir una iglesia, contristar al Espíritu Santo y arruinar el testimonio ante el mundo que está afuera. Si somos honestos, muchas de las divisiones que vemos en la vida de la iglesia no tienen que ver con doctrina ni con asuntos relacionados con la salvación, sino con las preferencias de las personas.

Pablo les dice a los efesios: «Vivan de una manera digna de la vocación con que han sido llamados. Que vivan con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros en amor» (4:1-2). La vida en la iglesia no siempre es sencilla. Mientras buscamos vivir una vida piadosa en Jesucristo, habrá (y debe haber) desacuerdos sobre asuntos discutibles. No tendremos las mismas opiniones sobre algunas libertades legítimas del cristiano. Al tratar de resolver esas disputas, debemos orar por las personas con las que discrepamos y decirle a Dios: «Ayúdame a pensar bien de mi hermano o de mi hermana». Al diablo le encanta dividir la iglesia de Dios, y debemos protegernos de él y no darle asidero en la vida de la iglesia.

Si una iglesia puede aplicar las enseñanzas de Romanos 14, mostrará con gran poder lo maravilloso que es el evangelio, que une a la gente en Jesucristo y que está unida en amor unos por otros. Será la clase de iglesia que el mundo necesita y que está buscando sin saberlo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Paul Levy
El Rev. Paul Levy es ministro de la International Presbyterian Church Ealing en Londres.

¿Cómo podemos conocer a Dios?

¿Cómo podemos conocer a Dios?
Por John Piper

¿Quién es Dios? Es la pregunta más importante que podemos hacer y la recibimos mucho, sobre todo de escuchas internacionales. Trataremos la pregunta hoy y también el lunes. Esta pregunta en particular llegó a nosotros por escuchas como Gimel, Olayinka, Ezekiel, Bobby, Zandi, Matthew, Giovanni, Jerry, Tom y Esther. Gracias a todos por los correos. Todos le están haciendo la misma pregunta, Pastor John: ¿Quién es Dios?

Me encanta cuando la gente es tan clara y tan directa y tan honesta como para preguntar: ¿Quién es Dios? Y creo que es bueno y útil dividir la pregunta en partes; es decir: ¿Cómo podemos siquiera conocer la respuesta? ¿Dónde podemos buscar? ¿Nos ha revelado Dios de hecho la respuesta en algún lado? Y, si es así, ¿Quién eres, Dios?

Cuando me coloco en la posición de una persona que pregunta: “¿Quién es Dios?”, no puedo sino pensar que tal vez la primera pregunta que se debería hacer es: ¿Quién rayos piensa John Piper que es para contestar a la pregunta más importante en el mundo? Y la respuesta es que John Piper es un puntero. La revelación de Dios para el hombre no ocurre en mí; todo lo que puedo hacer es apuntar hacia ella: Allí. ¡Allí está! Esa es la revelación de Dios. Allí es donde Dios ha escogido revelar quién es Él. Busquen allí. Óiganlo.

Así que, ¿a dónde debemos mirar? ¿A dónde apunto yo? ¿A dónde apunta John Piper? Y, ¿qué descubrirás cuando mires allí? Apuntaré a cinco lugares hacia donde espero que mires; no hacia mí; mira hacia allí, a los lugares donde Dios se ha revelado a sí mismo a nosotros para decirnos quién es Él.

  1. Jesucristo
    Primero que nada, mira a Jesucristo. Jesús dijo en el Evangelio de Juan 18:37: “Para esto […] he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”. Luego, en Juan 14:6, dijo: “Yo soy […] la verdad […]; nadie viene [a Dios] sino por Mí”. Luego, en Juan 8:19, dijo: “Si me conocieran, conocerían también a [Dios]”. Conocerías quién es Él. ¿Por qué? Porque dijo en Juan 10:30: “Yo y el Padre somos uno”. Nadie en la historia mundial ha hecho tales aseveraciones tan magníficas, tal vez hasta podrías decir aseveraciones locas, y después respaldarlas con una vida de integridad y de belleza y de poder.

La decisión más grande que cualquiera (como los que escuchan este podcast) podría hacer, es si Jesús estaba diciendo la verdad. ¿Cómo puedes saber eso? ¿Cómo puedes saber si Jesús estaba diciendo la verdad? La respuesta es esta: Conociéndolo. Al leer los cuatro relatos de su vida que se llaman los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Si no estás seguro sobre Él, espero que hagas de esto una prioridad en tu vida: ¿Está diciendo Jesús la verdad sobre sí mismo y sobre quién Dios es?

  1. El Nuevo Testamento
    Este es el segundo lugar a donde apuntaría para la revelación de quién es Dios: antes de que Jesús fuera crucificado, resucitara y ascendiera al cielo, le dijo a los que había escogido como sus heraldos autorizados: “Pero cuando Él, el Espíritu de verdad venga, los guiará a toda la verdad” (Juan 16:13).

En otras palabras, no solo Jesús afirmó hablar la verdad y ser la revelación de quien Dios es, sino que también proveyó escritos veraces de Él y de Su verdad a través de esos primeros seguidores. Estos escritos se llaman el Nuevo Testamento. Los escritos inspirados por el Espíritu dicen esto: “[Jesús] es el resplandor de Su gloria y la expresión exacta de Su naturaleza, y sostiene todas las cosas por la palabra de Su poder” (Hebreos 1:3). Así que Jesús mismo revela quién es Dios y los escritores que Él escogió revelan quién es Dios.

  1. El Antiguo Testamento
    Este es el tercer lugar donde buscar quién es Dios: Jesús mismo y sus seguidores señalaron a las Escrituras judías como una revelación confiable de quien Dios es. Los judíos llaman a este libro la Tanaj, que es una acrónimo para la ley (Torá), los Profetas (Nevi’im) y los Escritos Sapienciales (Ketuvim). Los cristianos la llaman el Antiguo Testamento.

Los seguidores de Jesús no rechazamos las Escrituras judías. Creemos que Jesús cumple las Escrituras judías; Él no las rechaza. Él dijo: “No piensen que he venido para poner fin a la ley o a los profetas; no he venido para poner fin, sino para cumplir” (Mateo 5:17). Por eso, la Biblia cristiana está compuesta tanto del Antiguo Testamento, las Escrituras judías, como del Nuevo Testamento, escrito por esos seguidores de Jesús.

  1. La creación
    Este es cuarto lugar para buscar la revelación de quien Dios es: mira al mundo natural, la naturaleza. Tano el Nuevo como el Antiguo Testamento señalan a la naturaleza y dicen: “Mira, si tienes ojos para ver; Dios está revelado allí”. Quien Él es está revelado allí. La naturaleza no es Dios, pero Dios es el Creador de la naturaleza y se revela a sí mismo a través de la naturaleza.

El Antiguo Testamento lo dice de esta manera: “Los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de Sus manos” (Salmos 19:1). El Nuevo Testamento lo dice de esta manera: “Sus atributos invisibles [de Dios], Su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado” (Romanos 1:20).

  1. La conciencia
    Este es el quinto y último lugar para buscar quién es Dios; es decir, mira dentro de tu propio corazón, en tu propia conciencia. Ahora, no estoy diciendo que puedas soñar quién es Dios con la imaginación de tu propio corazón y que puedas crearlo a tu manera. Muchas personas tratan de hacer eso. Eso no es lo que estoy diciendo. Eso no te llevará a ninguna parte. Lo que estoy diciendo es exactamente lo contrario: tu corazón te enfrenta, si eres honesto, con una realidad obstinada que no puede ser manipulada como nos plazca.

El Nuevo Testamento dice esto: “la ley [de Dios está] escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos” (Romanos 2:15). En otras palabras, nuestro propio corazón nos dice que hay un Dios cuya ley está escrita en nuestra conciencia y que hemos quebrantado esa ley. Y todos lo sabemos; lo sentimos profundamente en nuestros momentos más honestos.

“Muéstrame quién eres”
Así que, cuando escucho esta pregunta, la pregunta absolutamente esencial que desearía que todos en el mundo preguntaran con una seriedad absoluta: “¿Quién es Dios?”, mi primer pensamiento es este: John Piper no es una fuente de revelación. Soy una voz que clama en el desierto, por utilizar una metáfora, como el antiguo Juan el Bautista, un apuntador: ¡Mira! ¡Mira! Es necesario que Jesús crezca, y que yo disminuya (Juan 3:30).

Jesús es la principal revelación de quien Dios es. El Nuevo Testamento que Él ha inspirado es una revelación veraz de quién es Él. Las Escrituras judías, con Jesús como su cumplimiento, el Antiguo Testamento entero, es una revelación veraz de quien Él es. La naturaleza clama cada mañana y cada anochecer y durante todo el día que existe un Dios Creador poderoso, glorioso y sabio.

Y cada persona, todos nosotros, conocemos en nuestro corazón, en los momentos más sobrios de nuestra vida, que no somos una mera colección de átomos y de moléculas y de químicos y de energía en un proceso de evolución sin sentido. Sabemos, sabemos, que eso no es lo que somos. Escrita en nuestro corazón está la revelación de que hay un Dios y de que tiene la voluntad de que Sus criaturas lo conozcan y le agradezcan y lo magnifiquen; y sabemos que todos hemos quedado cortos, lo que hace el resto de esta pregunta tanto más importante.

¿Quién es Dios? ¿Es Él el tipo de ser que no solo es poderoso sino también personal? ¿Está principalmente enojado con el mundo porque todos hemos fallado tanto en honrarlo? O ¿es Él un Dios de misericordia, o tanto un Dios de justicia como de misericordia? ¿Ha tomado alguna acción Dios para ayudarnos? ¿Quisiera Él tener una relación con nosotros?

Así que le pido a todos los que están escuchando: Consideren estas preguntas como las preguntas más importantes de su vida. Y considere estos cinco lugares donde Dios se ha revelado a sí mismo. Escudríñenlos, pruébenlos y díganle a Dios: “Estoy listo para creer y someterme. Si esto es verdad, estoy listo. Muéstrame quién eres Tú”.

John Piper
http://desiringgod.org
John Piper (@JohnPiper) es fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros.

Cómo resolver el conflicto doctrinal

Cómo resolver el conflicto doctrinal
Por Fred Greco

Nota del editor:Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

La historia de la iglesia está llena de conflictos doctrinales. Los cristianos modernos podrían pensar que esos conflictos son un fenómeno nuevo causado por nuestra distancia de las enseñanzas de Jesús y de la Iglesia primitiva. Sin embargo, en los primeros siglos de la Iglesia primitiva, hubo debates sobre diferencias teológicas significativas, las cuales, finalmente, fueron zanjadas por concilios de la iglesia, como los de Nicea y Calcedonia. ¿Cómo, entonces, deberían resolverse los conflictos doctrinales? La buena noticia para nosotros es que no es necesario que adivinemos o inventemos un modelo o un método: en Hechos 15, el Espíritu Santo nos ha dado una historia inspirada sobre cómo lidiar con los conflictos doctrinales.

PASO UNO: RECONOCER EL CONFLICTO Y BUSCAR AYUDA

Hechos 15 comienza con un acontecimiento conocido: surge un conflicto en la iglesia local porque había hombres enseñando lo que ellos creían que era una doctrina obligatoria para la iglesia (Hch 15:1). Eso no concordaba con la enseñanza de la iglesia local, por lo que Pablo y Bernabé contendieron con ellos, lo que dio lugar a «gran disensión y debate» (v. 2). En vez de dividir la iglesia o aceptar sus discrepancias, los líderes enviaron un grupo a Jerusalén para pedir ayuda. Sabían que la importancia de este asunto doctrinal iba más allá de su asamblea local, así que buscaron la sabiduría de toda la iglesia. De la misma manera, cuando surge un conflicto doctrinal en la iglesia hoy, debemos reconocer que es mejor buscar solucionarlo y no dejar que el conflicto se encone y genere división. La iglesia debe estar unida en su testimonio ante el mundo que la observa. Buscar ayuda más allá de la iglesia local es fácil en mi contexto presbiteriano, que cuenta con una serie de tribunales a los que podemos apelar. Pero incluso en un contexto congregacionalista, es posible convocar a un grupo de iglesias con ideas afines para abordar los conflictos doctrinales.

PASO DOS: LA IGLESIA SE REÚNE PARA RESOLVER EL CONFLICTO
Buscar ayuda solo es valioso si la iglesia en general está dispuesta a ayudar a resolver los conflictos doctrinales y es capaz de hacerlo. Eso es lo que vemos que hace la iglesia en Hechos 15. Pablo y Bernabé llevan el problema ante la iglesia de Jerusalén, y «los apóstoles y los ancianos se reunieron para considerar este asunto» (v. 6). Aquí no hubo un concurso de popularidad ni un deseo de llegar a un término medio para evitar los efectos nocivos del conflicto. Por el contrario, los apóstoles y los ancianos se reunieron para escudriñar las Escrituras y debatir el tema en cuestión. No tenemos una transcripción del debate. Sin embargo, vemos que tanto Pedro como Santiago aplican la verdad de la Palabra de Dios, incluyendo su doctrina de la justificación por la fe y la profecía del Antiguo Testamento sobre el llamado de los gentiles, para resolver el conflicto. Hoy en día, sería sabio que siguiéramos el ejemplo de la Iglesia primitiva y nos reuniéramos para resolver las disputas doctrinales. La historia de la iglesia está llena de ejemplos de esta clase de resoluciones para guiarnos. Algunos conflictos antiguos han vuelto a surgir (como ciertos postulados sobre la Trinidad), y nuevas aplicaciones en nuestra cultura contemporánea de enseñanzas establecidas han causado conflicto en la iglesia (como la naturaleza de la tentación y el pecado).

PASO TRES: PUBLICAR LA RESOLUCIÓN DEL CONFLICTO
Después de zanjar la pregunta de si la circuncisión es necesaria para la salvación, la iglesia dio el paso importante de redactar una carta y enviar su decisión a la congregación de Antioquía y a las demás iglesias. Esto no solo sirvió para resolver el problema doctrinal, sino también para «animar y fortalecer» a las iglesias con la decisión. Las diferencias doctrinales habían producido una brecha en la paz de la iglesia local y también obstaculizado los esfuerzos de evangelismo y misiones.

El concilio de Jerusalén terminó con esa crisis mediante su pronunciamiento concluyente. Quizás nos preguntemos si esta es una solución posible para la iglesia de hoy, ya que no tenemos apóstoles como Pedro y Santiago para que nos corrijan. La tentación es decir que hoy los conflictos doctrinales nunca pueden ser resueltos por los concilios de la iglesia, pues no son exactamente iguales al concilio de Jerusalén. Sin embargo, eso es negar la realidad de que la iglesia a nivel mundial concuerda en las doctrinas de la Trinidad, la persona de Jesucristo y la autoridad de la Biblia porque los concilios del pasado se han pronunciado al respecto. Decir que la iglesia habla con autoridad no significa que hable de forma infalible (Confesión de Fe de Westminster 31.4). Los conflictos doctrinales son una oportunidad para que la iglesia adopte una postura clara en favor de la verdad de la Palabra de Dios. Debemos recurrir a la obra del Espíritu Santo al interior de la iglesia si queremos encontrar ayuda para nuestra fe y nuestra práctica.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Fred Greco
El reverendo Fred Greco es pastor principal de Christ Church (PCA) en Katy, Texas.