LOS REFORMADORES

HeartCry Missionaty Society

LOS REFORMADORES

Por HartCry

Se conoce como Reforma protestante, o simplemente la Reforma, al movimiento religioso cristiano, iniciado en Alemania en el siglo XVI por Martín Lutero, que llevó a un cisma de la Iglesia católica para dar origen a varias iglesias y organizaciones agrupadas bajo la denominación de protestantismo.

La Reforma tuvo su origen en las críticas y propuestas con las que diversos religiosos, pensadores y políticos europeos buscaron provocar un cambio profundo y generalizado en los usos y costumbres de la Iglesia católica, además de negar la jurisdicción papal sobre toda la cristiandad. El movimiento recibirá posteriormente el nombre de Reforma Protestante, por su intención inicial de reformar el catolicismo con el fin de retornar a un cristianismo primitivo, y la importancia que tuvo la Protesta de Espira, presentada por algunos príncipes y ciudades alemanas en 1529 contra un edicto del Emperador Carlos V tendiente a derogar la tolerancia religiosa que había sido anteriormente concedida a los principados alemanes.

Este movimiento hundía sus raíces en elementos de la tradición católica medieval, como el movimiento de la Devoción moderna en Alemania y los Países Bajos, que era una piedad laica antieclesiástica y centrada en Cristo. Además, la segunda generación del humanismo la siguió en gran medida. Comenzó con la predicación del sacerdote agustino Martín Lutero, que revisó la doctrina de la Iglesia católica según el criterio de su conformidad a las Sagradas Escrituras. En particular, rechazó la teología sacramental católica, que, según Lutero, permitía y justificaba prácticas como la «venta de indulgencias», un secuestro del Evangelio, el cual debía ser predicado libremente, y no vendido.

La Reforma protestante dependió del apoyo político de algunos príncipes y monarcas para poder formar Iglesias cristianas de ámbito estatal (posteriormente Iglesias nacionales). Los principales exponentes de la Reforma Protestante fueron Martín Lutero y Juan Calvino.

El protestantismo ha llegado a constituir la tercera gran rama del cristianismo, con un grupo de fieles que actualmente supera los trescientos millones.

INICIOS DE LA REFORMA PROTESTANTE
En el siglo XV se produjo una gran crisis en la Iglesia católica, en Europa Occidental debido a numerosas acusaciones de corrupción eclesiástica y falta de piedad religiosa. Fue la venta de indulgencias para financiar la construcción de la Basílica de San Pedro en Roma, lo que dio inicio a la Reforma protestante, la cual provocaría finalmente que la Cristiandad occidental se dividiese en dos, una liderada por la Iglesia católica, que tras el Concilio de Trento se reivindicó a sí misma como la verdadera heredera de la cristiandad occidental, expulsando cualquier disidencia y sujetándose a la jurisdicción del Papa, y otra mitad que fundó varias comunidades eclesiales propias, generalmente de carácter nacional para, en su mayoría, rechazar la herencia cristiana medieval y buscar la restauración de un cristianismo primitivo idealizado. Esto dio lugar a que Europa quedara dividida entre una serie de países que reconocían al Papa, como máximo pontífice de la Iglesia católica, y los países que rechazaban la teología católica y la autoridad de Roma y que recibieron el nombre común de protestantes. Dicha división provocó una serie de guerras religiosas en Europa.

La Reforma Protestante se inició en Alemania y se explica en gran parte por las condiciones económicas y sociales que tenía el Sacro Imperio Romano Germánico. Numerosas ciudades eran muy ricas gracias al comercio, además los burgueses eran partidarios del humanismo y de reformar la corrupción de la Iglesia católica. Pero el grupo más importante en Alemania era la alta nobleza; los grandes nobles eran casi independientes y señores de numerosas tierras y vasallos campesinos, siempre estaban conspirando contra la autoridad del emperador germánico, que apenas tenía poder sobre ellos. Pero junto a la alta nobleza existía una pequeña nobleza formada por los nobles más pobres y los segundones de las grandes casas nobiliarias. A principios del siglo XV, esta pequeña nobleza estaba completamente arruinada y para recuperar sus ingresos, los pequeños nobles buscaban una oportunidad para apoderarse de los bienes y las improductivas tierras de la Iglesia católica. La pequeña nobleza aprovechó las ideas de los humanistas, que criticaban las excesivas riquezas, pompas y boatos de la Iglesia católica, para proclamar que ella no tenía necesidad de propiedades e intentar apropiarse de sus cuantiosas riquezas. Por esta razón, la pequeña nobleza será la primera en apoyar y aprovechar las convulsiones reformadoras.

Además, existía la figura del Emperador del Sacro Imperio, uno de los poderes universales forjados en mutua competencia durante la Edad Media (el otro era el Papa), cuyo poder efectivo dependía de su capacidad de hacerse obedecer en cada uno de los territorios, prácticamente independientes, y antes de eso de ser elegido por los príncipes electores, unos laicos y otros eclesiásticos. También disponía de unas funciones de dimensión religiosa indudable, que le permitía incluso convocar Dietas con contenido organizativo e incluso doctrinal, como Carlos I de España hizo de hecho durante todo el proceso de la Reforma Protestante. Para algunos autores, la postura recelosa de los pueblos germánicos desde la alta Edad Media (Concilio de Frankfurt, 794, frente al Concilio de Nicea II, 787) se había expresado también en esas luchas entre pontificado e imperio,1 de una forma incluso protonacionalista, en la que Roma era vista como

« … el último de los imperios paganos de la profecía y la representación del reino terrenal, en tanto que la monarquía franca –por ejemplo- poseía la superior dignidad de rector y guía del pueblo de Dios».2

Martín Lutero, pintado por Lucas Cranach el Viejo.
El fundador de la Reforma Protestante fue el monje católico agustino alemán Martín Lutero, quien ingresa en 1507 en la orden religiosa de los agustinos.

En el convento católico, Lutero prosiguió sus estudios y se convirtió en un experto en la Biblia y en los autores cristianos medievales; llegó a ser un doctor universitario y se le contrató para dar clases en la nueva universidad de Wittenberg, que entonces era la capital del ducado de Sajonia. A partir de la revitalización que vivió el Sacro Imperio Romano Germánico desde que Otón I el Grande se convirtiera en emperador germánico en el 962, los papas y emperadores se vieron involucrados en una continua contienda por la supremacía en los asuntos espirituales y temporales.

Este conflicto concluyó, a grandes rasgos, con la victoria del Papado, pero creó profundos antagonismos entre Roma y el Imperio Germánico, que aumentaron durante los siglos XIV y XV. La animosidad provocada por los impuestos papales y por la sumisión a los delegados pontificios se extendió a otras zonas de Europa. En Inglaterra, el principio del movimiento para lograr una independencia absoluta de la jurisdicción papal empezó con la promulgación de los estatutos de Mortmain (1279), Provisors (1351) y Praemunire (1393), que redujeron, en gran medida, el poder de la Iglesia católica en el control del gobierno civil sobre las tierras, en el nombramiento de cargos eclesiásticos y en el ejercicio de la autoridad.

LAS INDULGENCIAS
En este tiempo estalló un gran escándalo en Alemania a causa de la cuestión de las indulgencias, concepto de la teología católica, consistente en que ciertas consecuencias del pecado, como la pena temporal del mismo, pueden ser objeto de una remisión o indulgencia concedida por determinados representantes de la Iglesia y bajo ciertas condiciones. Esta institución se remonta al cristianismo antiguo y tanto su práctica como su formulación han evolucionado a lo largo del tiempo.

Muchos consideraron esta práctica como un abuso escandaloso y la culminación de una serie de prácticas anticristianas fomentadas por el clero católico, pero será Lutero el primero que expondrá públicamente su opinión contraria a la doctrina de las indulgencias.

Para Lutero, las indulgencias eran una estafa y un engaño a los creyentes con respecto a la salvación de sus almas. En 1517, Lutero clavó en la puerta de la iglesia de Wittenberg sus 95 tesis, en las que atacaba las indulgencias y esbozaba lo que sería su doctrina sobre la salvación solo por la fe. Este documento es conocido como Las 95 tesis de Wittenberg y se consideró el comienzo de la Reforma Protestante.

Las 95 tesis se difundieron rápidamente por toda Alemania gracias a la imprenta, y Lutero se convirtió en un héroe para todos los que deseaban una reforma de la Iglesia católica. En algunos lugares hasta se iniciaron asaltos a edificios y propiedades de la misma Iglesia católica. Por sus 95 tesis, Lutero se había convertido en el símbolo de la rebelión de Alemania contra lo que ellos consideraban prepotencia de la Iglesia católica. Lutero arriesgaba además su vida, ya que podía ser declarado hereje por la jerarquía eclesiástica y ser condenado a la hoguera.

PAUL WASHER

Paul David Washer ministró como misionero en Perú 10 años, tiempo durante el cual fundó la Sociedad Misionera HeartCry para apoyar plantadores de iglesias peruanos. Paul ahora sirve como director de misiones de HeartCry (heartcrymissionary.com), la cual Dios ha bendecido para poder apoyar a misioneros en más de cuarenta naciones al rededor del globo. Él y su esposa Charo tienen cuatro hijos: Ian, Evan, Rowan, y Bronwyn.

Escatología – Parte 2

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase 26/26

Escatología – Parte 2

  1. Introducción

En la última clase, hablamos de las diferentes posiciones acerca del milenio: el amilenialismo, el premilenialismo, etc. El día de hoy, tendremos un tiempo de preguntas y respuestas extensas para que puedas hacer preguntas sobre cualquier cosa que hayamos cubierto: el don de lenguas, la clase pecados que llevan a la muerte, etc. Así que ahora piensa en tus preguntas; puedes escribirlas en el interior de tu folleto para que no las olvides. Y tus preguntas no deben (no tienen) que ser acerca de una doctrina oscura y difícil, pregunta cualquier cosa que quisieras aclarar, ¡y sinceramente, a los maestros les encantan las preguntas fáciles! Pero en términos de puntos de vista como el del milenio, como discutimos en nuestra última clase, sé que pueden parecer abrumadoras y, honestamente, ni siquiera estoy seguro de mi posición, pero concluimos nuestra última clase con esta buenas palabras: «Lo importante es que todos estas posiciones acerca del milenio tienen una creencia similar: que Cristo está regresando y que el juicio está por venir».

Espero que te lleves una lección básica de esta clase: cuando encuentres una doctrina en la Escritura de la que no estés seguro, pregúntate: ¿Cuál es el principio básico de la Escritura que me ayuda a comprender esto mejor, o al menos al que pueda aferrarme? El principio básico del que estamos hablando hoy, es que Jesús regresa, como el Señor y Juez del universo. No es una noción lejana, es nuestra realidad presente y urgente. Debemos estar preparados.

Eclesiastés, que es uno de mis libros favoritos y habla de considerar el propósito de la vida, tiene un consejo útil para nosotros el día de hoy. Después de que el narrador considera toda la vida y el verdadero significado de la vida —tal vez nos estés visitando hoy preguntándote qué rayos es la razón de vivir—, el narrador de Eclesiastés termina su búsqueda con esta conclusión.

Eclesiastés 12:13-14«El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala».

Palabras aleccionadoras para nosotros esta mañana cuando consideramos el juicio final.

  1. El juicio final

Este es el juicio en el que todas las personas son condenadas o recompensadas por la eternidad. Al igual que con nuestra última sección, no profundizaremos exactamente cuándo sucederá en el calendario escatológico. Pero si miramos las Escrituras con respecto a esto, el mensaje básico es que habrá un solo juicio y que llegará pronto.

En su discurso a los atenienses, Pablo proclama: «Dios… manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos» (Hechos 17:30-31).

Ilustración: Osborne: «Somos salvos por gracia, pero seremos juzgados por las obras. Hay muchos otros pasajes del Nuevo Testamento sobre el juicio de los creyentes ‘según sus obras’ (Mateo 16:27Romanos 14:121 Corintios 3:12-152 Corintios 5:101 P. 1:17). La Biblia nunca dice qué será exactamente este ‘juicio’, y sabemos que hemos sido perdonados por nuestros pecados y que seremos recompensados ​​por nuestro servicio a Dios. Debe bastar con decir que nos enfrentaremos con nuestras malas acciones, y luego seremos perdonados y recompensados ​​por el bien que hemos hecho»[1].

1 Co. 3:10«Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. 11 Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. 12 Y si sobre este fundamento alguno edificare oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca, 13 la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará. 14 Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. 15 Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque así como por fuego».

Dado que el juicio de Dios sobre la humanidad está por venir, ¿qué dice la Escritura al respecto? Bueno, déjame darte tres declaraciones bíblicas acerca del juicio final.

Hebreos 9:27-28«Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan».

A. Jesucristo será el juez

En el Nuevo Testamento, Dios es juez en Mt. 6:418:35Ro. 14:10; y Cristo es juez en Mt. 7:22-2325:31-462 Co. 5:10.

Jesús mismo será el Juez en el momento del juicio final. Él es el designado por el Padre sobre el que acabamos de leer en Hechos 17. Un día, el haber aceptado o rechazado a Jesús aquí en la tierra tendrá todo su peso cuando seamos sometidos a su juicio. Es Jesús, a quien hemos seguido o negado, quien nos juzgará.

B. Los incrédulos serán juzgados y condenados al castigo eterno

Es en este momento del juicio final que los incrédulos serán condenados ante el Señor. Pablo dice en Romanos 2:6-8: «[Dios] pagará a cada uno conforme a sus obras… ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia».

Aquellos que no creen en Cristo serán condenados por no haberse arrepentido y apartado de sus pecados. No aceptaron la enseñanza de Jesús. Aquellos que son condenados recibirán el castigo del infierno.

El infierno es «un lugar de castigo eterno y consciente para los impíos»[2]. En las Escrituras, el infierno a menudo es descrito como un lugar donde los hombres llorarán y habrá un crujir de dientes (Mateo 25:30). Es un lugar donde el fuego nunca se apaga (Marcos 9:43), donde no habrá descanso (Ap. 14:11).

El infierno es un lugar real y es el resultado real del juicio. Una tendencia notable en la escatología evangélica es rechazar la doctrina del castigo eterno y defender el «aniquilacionismo», es decir, que los incrédulos finalmente son destruidos y no existen más. Pero las Escrituras no apoyan este punto de vista. En Mateo 25:46, Jesús dice: «E irán éstos [los impíos]  al castigo eterno, y los justos a la vida eterna».

Es difícil pensar en alguien que esté en perpetuo sufrimiento por la eternidad, pero no debemos forzar nuestro sesgado sentido de la justicia sobre la justicia perfecta de Dios. Él es un Dios infinitamente santo y eterno, y ofenderse contra él es recibir el peor castigo posible. Y la única manera de evitar su furia es a través de Jesucristo que soportó la ira de Dios en la cruz. La única diferencia entre el cielo y el infierno es la gracia de Dios en Cristo.

  1. Los creyentes serán juzgados conforme a sus obras.

Hay dos aspectos del juicio para los cristianos. En cierto sentido, seremos juzgados como justos y seremos recompensados ​​eternamente por nuestra posición, otorgada por la gracia de Dios, como coherederos con Cristo.

Los cristianos no serán finalmente condenados. Todos pasaremos de la muerte a la vida. Dicho esto, el segundo sentido en el que seremos juzgados es por la forma en que vivimos como cristianos. La Escritura parece indicar que habrá diversos grados de recompensa dependiendo de cómo hayamos vivido. Seremos juzgados por las obras que hemos realizado.

2 Co. 5:6-10«Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor. Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables. 10 Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo».

AplicaciónEsto no pretende inspirarnos terror, sino motivarnos a una vida piadosa. (v. 9b: «procuramos… serle agradables»).

Ilustración: Lutero: «Tengo dos días en mi calendario… ‘Hoy y el Día’».

Seremos juzgados por lo que hemos hecho con lo que se nos ha dado. Rendiremos cuenta ante Dios por cómo hemos vivido. Dios sacará a la luz todo lo que ahora está oculto. Pero todos los pecados que se harán públicos en ese día serán como aquellos que han sido perdonados. Este juicio es una de las razones por las cuales la gracia de Dios nunca debe tomarse como una licencia para pecar.

Juan 5:28-29«No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación».

Romanos 2:6-8 dice: «[Dios] pagará a cada uno conforme a sus obras: vida eterna a los que, perseverando en bien hacer, buscan gloria y honra e inmortalidad, pero ira y enojo a los que son contenciosos y no obedecen a la verdad, sino que obedecen a la injusticia».

Este pasaje enseña que la vida eterna será conforme a las obras. Pero esto no significa que se ganará por las obrasRomanos 6:23 dice: «La dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro». La vida eterna no se gana. Es gratis.

Pero la vida eterna se representa conforme a nuestras obras. Esto se pone de manifiesto no solo en Romanos 2:6-8, sino también en 1 Corintios 6:9-11Gálatas 5:6,21Efesios 5:5Santiago 2:14-26Hebreos 12:14Mateo 7:24-27Lucas 10:25-28 y muchos otros lugares que enseñan la necesidad de la obediencia en la vida de fe y en la herencia de la vida eterna.

Piper: ¡Así que debemos aprender a hacer la distinción bíblica entre ganar la vida eterna sobre la base de las obras (¡que la Biblia no enseña!) y recibir la vida eterna conforme a las obras (¡lo que la Biblia  enseña!). Los creyentes en Cristo se presentarán ante el tribunal de Dios y serán aceptados en la vida eterna sobre la base de la sangre derramada de Jesús. Pero nuestra libre aceptación por gracia a través de la fe será conforme a las obras.

«Conforme a las obras» significa que Dios tomará el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22) y las «buenas obras» por las cuales dejamos que la luz de nuestra fe brille (Mateo 5:16), y las aceptará corroborando la evidencia de nuestra fe.

Nuestras obras en el juicio sirven como evidencia que corrobora que efectivamente pusimos nuestra confianza en Cristo.

Nuestra recepción en el reino no será ganada por las obras, sino que será conforme a las obras. Habrá un «arreglo» o acuerdo entre nuestra salvación y nuestras obras.

Nuestras obras no son la base de nuestra salvación, son la evidencia de nuestra salvación. No son una base, son una demostración.

Ilustración1 Reyes 3:16-28: Las acciones de la mujer no la convirtieron en madre. Demostraron que ella era la madre.

  1. Un cielo nuevo y una tierra nueva

Definimos el cielo hace un minuto, pero debemos ampliar nuestra definición para reconocer que el cielo es un lugar real. No es simplemente un estado de ánimo o un símbolo, es real, y si eres cristiano, estarás allí físicamente por la eternidad una vez que hayas sido glorificado.

El cielo es el lugar donde Dios manifiesta más plenamente su presencia: es la morada de Dios. Escuche la visión del apóstol Juan de que Dios habita con el hombre. Mientras leo esto, comprende que si eres cristiano, entonces este es tu destino, esta es la consumación de la historia redentora.

Apocalipsis 21 dice: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios».

Si bien el cielo se menciona con frecuencia en las Escrituras, no hay muchos detalles sobre cómo será exactamente. Esto se debe a que finalmente no nos sentiremos atraídos por las calles de oro o los cimientos de joyas preciosas. No, ¡estaremos con Dios y su gloria! Veremos el rostro del Dios eterno e invisible y viviremos en una interminable sucesión de tiempo adorando y disfrutando a nuestro Creador como debía ser.

Estas verdades e imágenes sobre el futuro deberían encender una inmensa alegría y esperanza en nosotros. La escatología cristiana es una escatología de esperanza; independientemente de cómo resulten todos los detalles discutidos, sabemos cómo termina la historia.

¿Cuánto debería esto inspirarnos a una vida piadosa, a ver los desafíos de hoy con una perspectiva eterna, y a compartir las buenas noticias de esta redención que Dios está desarrollando ante nuestros propios ojos?

Ilustración: Sam Storms: «Cuando lleguemos al [cielo nuevo y tierra nueva] allí, no habrá nada que sea abrasivo, irritante, agitador o hiriente. Nada dañino, odioso, molesto o cruel. Nada triste, malo o impío. Nada áspero, impaciente, ingrato o indigno. Nada débil o enfermo, roto o tonto. Nada deformado, degenerado, depravado o repugnante. Nada contaminado, patético, pobre o pútrido. Nada oscuro, triste, desalentador o degradante. Nada culpable, mancillado, blasfemo o arruinado. Nada defectuoso, sin fe, frágil o desvaneciéndose. Nada grotesco o grave, horrible o insidioso. Nada ilícito o ilegal, lascivo o lujurioso. Nada estropeado o mutilado, desalineado o mal informado. Nada desagradable o sucio, ofensivo o aborrecible. Nada rancio o grosero, sucio o estropeado. Nada cutre o contaminado, insípido o tentador. ¡Nada vil o vicioso, inútil o sin sentido! Donde sea que pongas tus ojos, no verás nada más que gloria y grandeza y belleza, brillo y pureza, perfección, esplendor, satisfacción, dulzura, salvación, majestad, maravilla, santidad y felicidad. Veremos solo y todo lo que es adorable y afectuoso, hermoso y brillante, resplandeciente y generoso, encantador y ameno, exquisito y deslumbrante, elegante y emocionante, fascinante y fructífero, glorioso y grandioso, amable y bueno, feliz y santo, sano y completo, alegre y gozoso, atrayente y agradable, majestuoso y maravilloso, opulento y abrumador, radiante y reluciente, espléndido y sublime, dulce y gustoso, tierno y de buen gusto, eufórico y unificado! ¿Por qué serán todas estas cosas? Porque estaremos mirando a Dios»[3].

Oremos.

«Amén; sí, ven, Señor Jesús».

[1] Grant R. Osborne, Revelation, Comentario Exegético de Baker sobre el Nuevo (Grand Rapids, MI: Baker Academic, 2002), 722.

[2] W. Grudem, Teología Sistemática

[3] Sam Storms, One Thing: Developing a Passion for the Beauty of God (Geanies House, Fearn, Ross-shire, Escocia, Gran Bretaña: Christian Focus, 2004), 178-179.

Mark Deve

Viviendo santamente como padre

The Master’s Seminary

Viviendo santamente como padre

Mario Solís 

Dios está preocupado por la santidad de los suyos (Lv. 19:2; 1 P. 1:16). Él escogió a Israel «para ser pueblo suyo» (Dt. 7:6), apartándolos como «pueblo santo para [Él]» (7:6), de tal manera que vivieran vidas santas: «Guarda, por tanto, el mandamiento y los estatutos y los decretos que yo te mando hoy, para cumplirlos» (7:11). En el Nuevo Testamento se encuentra el mismo concepto: «Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 P. 2:9).

La necesidad de vivir vidas santas es para todo cristiano. No importa si alguien es contador, mecánico o maestro, Dios quiere que viva una vida santa. Esto aplica también dentro del núcleo familiar, ya sea con primos, hermanos o abuelos. Días atrás se escribió de la necesidad que los hijos tienen de vivir vidas santas y la semana pasada se habló de los hermanos y otras relaciones dentro de la familia. Los padres, al igual que el resto de los miembros de la familia, necesitan caracterizarse por vivir vidas que agraden al Señor. R. C. Sproul afirmó que «la enseñanza bíblica de la santidad de Dios es una de las ideas más importantes con las cuales un cristiano debe lidiar. Es básica para nuestro entendimiento de Dios y del cristianismo»[1]. Esto envuelve toda la esfera de creyentes en general, y de los padres de familia en particular, puesto que «Dios es padre y ha ordenado que los padres terrenales reflejen su fiel paternidad»[2]. Esto significa que la paternidad es un llamado abierto a cada varón a reflejar el carácter de Dios Padre, imitando sus atributos comunicables y exaltando sus atributos incomunicables. Y de todos ellos, la santidad es el atributo comunicable de Dios al que los hombres son llamados a buscar con más esmero y reflejar con más ahínco entre quienes les rodean, comenzando en su hogar.

El problema

Si un padre es cristiano, sabe que Dios quiere que viva santamente y quiere vivir en santidad, ¿por qué le cuesta tanto cumplir el rol que es llamado a cumplir? Aunque se podría mencionar el papel de la sociedad atacando fuertemente al hombre y su rol en el hogar y en la familia, además de las constantes oleadas de movimientos «feministas» que hacen sentir culpables a los hombres por el solo hecho de serlo, el verdadero problema es que los padres se han apartado del patrón bíblico: no están viviendo para Dios y no están «[criando a sus hijos] en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4b). El pecado deja su huella y, apartarse de la verdad de Dios, tiene consecuencias. No basta solo con querer vivir en santidad, cada padre cristiano debe buscar vivir en santidad, en completa dependencia del Señor. De otra manera, no podrá cumplir con su llamado y responsabilidad.

La falta de dependencia del Señor hace que el caminar cristiano sea hecho en sus propias fuerzas, por lo que cada padre en esta situación descuidará también su rol con sus hijos. El Señor, a través de Moisés, habla claramente acerca del rol que los padres tienen de enseñarles a sus hijos:

Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes. Y las atarás como una señal a tu mano, y serán por insignias entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas (Dt. 6:4–9).

Esto no tiene que ver únicamente con una transferencia de conocimiento, sino que en todo momento debían enseñarles y recordarles quién era el Señor, quiénes eran ellos delante de él y lo que requería de ellos. Era algo de toda la vida, algo que debían hacer de manera cotidiana. Después del mandato a amar al Señor con todo en su vida (Dt. 6:5) y a guardar su palabra «sobre [su] corazón» (Dt. 6:6), a los padres se les da el mandato de enseñar esa verdad a sus hijos (Dt. 6:7). Debían pasarlo a la siguiente generación.

A menudo —sin la intención de quitar responsabilidad a cada uno—, la desobediencia de los hijos y la infracción del mandamiento que los compromete a obedecer a sus padres (Ef. 6:1) tiene su mayor responsabilidad en sus progenitores[3]. Esto es así debido a que los padres han abandonado su papel fundamental en el desarrollo espiritual de sus familias. Lo anterior no es simplemente cuestión de percepción u opinión personal. En una encuesta desarrollada por Barna Group, un setenta por ciento de los cristianos adultos comentaron que la mayor influencia de su fe fue transmitida por sus madres, mientras que menos de la mitad apuntó a sus padres[4]. Esto es lamentable. Parece que el padre cristiano está dejando de lado una labor que es primordial: vivir santamente, enseñar la verdad a su familia y guiarlos a vivir en santidad.

La solución

Si apartarse del patrón bíblico representa el problema, acercarse a él representa la solución. Cada hombre debe ser diligente en cuidar su vida para que honre a Dios. Ninguna persona vive de una espiritualidad prestada. El hombre no puede esperar que la piedad de su esposa, de su pastor, de su amigo o de sus hijos sean lo suficientemente influyente en su vida como para que él descuide sus deberes espirituales. No hay atajos. La meta de todo padre cristiano es ser fiel a la Palabra de Dios, por su gracia y para su gloria[5]. El hombre piadoso debe revitalizar el papel moribundo en que la sociedad le ha sumergido y debe, en cambio, volver a dar prioridad a cuidar de su propia alma, así como la de su esposa e hijos. Si el padre de familia vive de esta manera, sus hijos lo seguirán porque habrá consistencia en sus palabras y acciones.

El hombre que busca la santidad debe comenzar con el uso diligente de las Escrituras. Acerca de esto, J. C. Ryle afirma que tiene que ver con «leer la Biblia, orar en privado, asistir regularmente al culto público, escuchar regularmente la Palabra de Dios y participar regularmente de la Cena del Señor. El hecho simplemente es que nadie que descuida tales cosas puede pretender progresar significativamente en santificación»[6]. En otras palabras, el deber del padre que desea vivir santamente inicia con un esfuerzo habitual por hacer la voluntad de Cristo y vivir bajo sus preceptos. Esta no es una tarea para pusilánimes. Se necesitan hombres valientes que estén dispuestos a luchar fuertemente para vivir para Dios.

No es sino hasta que el hombre se encuentra encarrilado en su rol primario como hijo de Dios que podrá dedicarse a vivir santamente como padre. Solo si es un fiel hijo de Dios podrá anhelar que sus hijos lleguen a conocer al Señor como salvador. Solo viviendo una vida santa él mismo hará que anhele que sus hijos vivan una vida para glorificarle y gozar para siempre de Él. El puritano William Gurnall señala que el padre de familia puede lograr esto con sus hijos si ejerce de manera correcta los tres oficios que le han sido delegados: el de profeta, rey y sacerdote[7].

El padre de familia es un profeta porque su deber es transmitir la Palabra a sus hijos. Esto siempre ha sido así (Sal. 78:5–6). El pastor Spurgeon decía que «las Sagradas Escrituras deben ser aprendidas desde que el niño tiene la capacidad de entender cualquier cosa»[8]. Además, es un rey porque su deber es vivir de tal manera que demuestra el gobierno de Cristo en su vida e instruya a su familia a ser gobernada por Dios. Debe luchar por que su familia tenga un anhelo genuino por servir al Señor y, al mismo tiempo, no debe serles de detrimento, estorbo o mal testimonio. Por último, es sacerdote porque debe presentarse Él y los suyos «como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios» (Ro. 12:1–2).

Estas funciones del padre de familia se sostienen sobre la santidad en la vida personal del padre. Esto es esencial porque, en su posición paternal, representa el ejemplo primario que sus hijos verán acerca del carácter de Dios y la forma en que este se relaciona con sus hijos. Para ello, deberá ser fiel en reproducir los atributos comunicables de Dios. Un padre debe esforzarse por vivir santamente en amor, en misericordia, en benignidad, en perdón, en paz, en gozo, en paciencia, en bondad y en fe. Su fidelidad a Dios le permitirá poder sacar adelante esta tarea de criar a sus hijos «en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4b).

Su vida santa deberá proporcionar los insumos necesarios para que sus hijos lleguen al conocimiento de la verdad y para que, si el Señor tienen a bien guiarles en arrepentimiento y fe a la salvación, su corazón esté preparado para reconocer el señorío de Cristo. Si el Señor permite en su gracia que esto suceda, el padre deberá recordar que su vida ya cobrará un doble rol en su hijo: la del ejemplo paternal, pero también la del ejemplo filial, como su hermano en la fe. Ya el padre no «[dará] buenas dádivas a [sus] hijos» solo por el hecho de ser su padre (Lc. 11:13), sino que ahora también obrará bien a su hijo porque es «de la familia de la fe» (Gá. 6:10).¡Es una gloriosa bendición para el padre que ha vivido una vida en el temor del Señor que sus hijos lleguen a la verdad! Al mismo tiempo es un reto enorme para todo aquel que no está viviendo de esta manera.

Una palabra de aliento

No todos han podido experimentar la gracia de conocer al Señor desde el inicio de su paternidad. O tal vez lo han hecho sin una instrucción adecuada. Por ello es necesario recordar constantemente que el deber de vivir vidas santas es primeramente con el Señor. Si en tu vida has fallado en esto, el Señor te manda a arrepentirte verdaderamente para «[hallar] misericordia» (Pr. 28:13) de parte de Él. Él es un Dios justo «[que perdona] los pecados y [que limpia] de toda maldad» a todo aquel que confiesa sus transgresiones (1 Jn. 1:9). Tu responsabilidad de ahora en adelante es ser fiel a Dios y su Palabra, porque «una persona que se esfuerza en honrar al Señor mientras cría a sus hijos, arrepintiéndose y cambiando lo que haya que cambiar, es un padre fiel»[9]. Hay gracia suficiente (2 Co. 12:9–10).

Una vez que tu enfoque sea vivir santamente como padre, el Señor se encargará de los resultados conforme a su soberanía. Mientras tanto, la lucha de todo hombre que ejerce la paternidad es ser fiel y permitir que el Señor obre en su familia «una descendencia para Dios» (Mal. 2:15, RVR-60). Cumplir su rol bíblico en cuanto a su disciplina personal con el Señor y a que sus hijos sean ejercitados en la piedad a través de su instrucción hará que duerma tranquilo, sabiendo que «la salvación es del Señor» (Sal. 3:8a).

[1] R. C. Sproul, La santidad de Dios (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 1998), 18.

[2] Jeff Pollard y Scott Brow, Una teología de la familia (Pensacola, FL: Publicaciones Aquila, 2018), 243.

[3] Ibid., 245

[4] Véase investigación de Barna Group, «How Faith Heritage Relates to Faith Practice», 9 de julio de 2019, visitado el 1 de febrero de 2020, https://www.barna.com/research/faith-heritage-faith-practice/.

[5] Martha Peace y Stuart W. Scott, Padres fieles: Una guía bíblica para la crianza de los hijos (Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia, 2014), 14.

[6] J. C. Ryle, Santidad (Pensacola, FL: Chapel Library, 2015), 39.

[7] Pollard y Brow, Una teología de la familia, 245.

[8] Charles H. Spurgeon, Come Ye Children: A Book for Parents and Teachers on the Christian Training of Children (1897), 66.

[9] Peace y Scott, Padres fieles, 16.


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Mario Solís

Mario Solís

Mario Solís (MMB, MDiv Candidate) es pastor en la Iglesia Bíblica Bautista San Rafael en Heredia, Costa Rica. Además, es profesor de Doctrina I y II en el Seminario Bíblico Bautista en San José, Costa Rica. Mario es esposo de Stephanie y tienen dos hijos: Lucas y Mario Saúl. Puedes escucharlo en su podcast, «Su propósito en mí».

Metáforas agrícolas para la vida cristiana

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

Metáforas agrícolas para la vida cristiana

Matthew Barrett 

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

En el centro de la fe cristiana hay una creencia fundamental: no hay nadie como Dios. Él no es criatura, sino el Creador, Aquel que Isaías dice que es alto y sublime (Is 6:1). Qué increíble es, entonces, que este Dios se inclinara y se diera a conocer a criaturas finitas y pecaminosas como nosotros.

A Juan Calvino le encantaba decir que Dios es como un enfermero que se inclina para balbucearle cariñosamente a un recién nacido. Cuando leemos la Biblia, vemos esta adaptación cada vez que Dios usa metáforas para transmitirnos Su mensaje de salvación de una manera que podamos entender. Estas metáforas nos ayudan a conocer a Dios y a vivir la vida cristiana coram Deo, ante el rostro de Dios.

Por ejemplo, de entre las muchas maneras en que Dios podría haberse comunicado con Israel, Él eligió las metáforas agrícolas. Israel era un pueblo cuya existencia dependía de la tierra. Israel fue liberado de Egipto para entrar en la tierra que Dios le había prometido a su padre Abraham. Sin embargo, observa cómo se describe esta tierra: una tierra que mana leche y miel (Ex 3:8). La agricultura no era solo una forma de vida para Israel; era una señal de la bendición del pacto de Dios. Disfrutar del fruto de la tierra era una indicación segura de que Dios había cumplido las promesas que le había hecho a Abraham.

El cristiano que permanece en Cristo es como un árbol plantado cerca de corrientes de agua.

Cuando Israel peca y quebranta el pacto, su castigo es el exilio de la tierra y del fruto que da. Es apropiado que los profetas describan a Israel como un árbol que ha sido cortado. Sin embargo, Dios permanece fiel a Su pacto, prometiendo levantar «un retoño del tronco de Isaí» de modo que «un vástago de sus raíces dará fruto» (Is 11:1). Sabemos por el Nuevo Testamento que este Vástago justo no es otro que Jesús, el Hijo supremo de David, el tan esperado Salvador de Israel.

También Jesús utiliza la metáfora agrícola. Para explicar la salvación que ofrece, Jesús dice que Él es el «pan de vida» (Jn 6:35), una imagen que sin duda resonó con aquellos oyentes que recordaban cómo sus padres habían recibido el maná del cielo en el desierto. «Porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da vida al mundo» (6:33).

Jesús recurre nuevamente a las metáforas agrícolas cuando describe lo que significa no solo creer en Él inicialmente, sino permanecer en Él perpetuamente. En el Antiguo Testamento, Israel es llamado una vid (Sal 80:8-16Jer 2:21) y un viñedo (Is 5:1-727:2-6), pero Israel es una vid que no dio fruto. Esta metáfora agrícola es de las que apuntaban hacia el futuro, a la venida de la vid verdadera. Eso explica por qué Jesús dice: «Yo soy la vid verdadera, y Mi Padre es el viñador… Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15:1-5). El viñador arranca y lanza al fuego los sarmientos que no dan fruto, y a los que sí dan fruto los poda para que den más fruto (vv. 2, 5-7). Por un lado, las palabras de Jesús sirven como una advertencia para que no pensemos que podemos confesar el nombre de Cristo sin vivir en obediencia a Él. Aquellos que no le conocen ni le obedecen realmente experimentarán el juicio venidero. Por otro lado, el sarmiento que da fruto representa al creyente que está unido a Cristo. Esa unión con Cristo es solo por medio de la fe, pero tal unión siempre resulta en el fruto de las buenas obras y la obediencia.

Los autores del Nuevo Testamento usan esta misma metáfora agrícola para describir la vida cristiana. Por ejemplo, Pablo les dice a los gálatas que el Espíritu Santo está obrando para santificarlos cada vez más a imagen de Cristo. Pero todo cristiano sabe que este proceso no es fácil, pues de este lado del cielo seguimos luchando contra la tentación. Así que Pablo advierte al cristiano contra las «obras de la carne» y, al igual que la de Jesús, la advertencia de Pablo es seria: «Los que practican tales cosas no heredarán el Reino de Dios» (Gal 5:21). Por el contrario, el cristiano debe caracterizarse por el «fruto del Espíritu» (5:22-23). Dar ese fruto puede ser un proceso doloroso: Jesús dice que los sarmientos que permanecen en la vid deben ser podados para dar fruto (Jn 15:2), y Pablo dice que «los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos» (Gal 5:24). Sin embargo, tenemos plena confianza en que podemos dar fruto porque el Espíritu Santo, que primero nos unió a Cristo, también nos ayuda a vivir y a caminar por el Espíritu (v. 25).

A medida que luchamos contra el pecado y tratamos de dar fruto, puede que nos cueste mantenernos enfocados en la meta final. Quizás el Salmo 1 nos pueda ayudar. Allí, el hombre justo es descrito como un «árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua» (1:3). En nuestro patio trasero hay un árbol que toda nuestra familia ama; se extiende sobre la casa y nos proporciona sombra. Sin embargo, el año pasado, la mitad de sus ramas murieron porque sus raíces no pudieron encontrar suficiente agua. Por el contrario, el cristiano que permanece en Cristo es como un árbol plantado cerca de corrientes de agua. Como resultado, ese árbol «da su fruto a su tiempo, y su hoja no se marchita» (v. 3). El resultado final es maravilloso: mientras que el malvado «perecerá» (v. 6), el justo «en todo lo que hace, prospera» (v. 3).

Con todo, el cristiano no solo debe ser ese árbol que da fruto; también —cambiando a otro tipo de metáfora— es llamado a ser un pescador que lanza su cuerda o echa su red para traer a otros peces. Mientras Jesús andaba por los caminos de Israel, no solo veía olivos (Jn 8:1) e higueras (Mt 21:19), sino también la orilla del mar. Fue en el mar donde llamó a algunos de Sus primeros discípulos. Estaban sentados en sus botes de pesca, pero Jesús los llamó más bien a pescar hombres (Mt 4:19). Si eres cristiano, deseas ser como ese árbol plantado junto a corrientes de agua. Pero no olvides que el cristiano que da fruto se mantiene mirando hacia afuera; no trata de ocultar su fruto, sino de compartirlo con los demás. Después de haber probado cuán dulce es el fruto de ese árbol, el cristiano es aquel que entusiasmado sale de pesca para contar a otros acerca de la vid verdadera que da vida eterna. Hacerlo puede parecer aterrador, pero quizá una última metáfora agrícola nos pueda dar el incentivo que necesitamos: aunque Adán comió del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 3:6) y sumió a la humanidad en el pecado, los que confían en el último Adán, Jesucristo, comerán del árbol de la vida para siempre (Gn 2:9Ap 22:14).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Matthew Barrett
Matthew Barrett

El Dr. Matthew Barrett es profesor asociado de Teología Cristiana en el Midwestern Baptist Theological Seminary en Kansas City, Mo., y editor ejecutivo de Credo Magazine. Es autor de numerosos libros, incluyendo None Greater: The Undomesticated Attributes of God [Nadie mayor: Los atributos indómitos de Dios].

¿Por qué debería ir a la iglesia?

Alimentemos El Alma

¿Por qué debería ir a la iglesia?

Por Tiffany Johnson sobre Iglesia y Cultura

Traducción por Javier Matus

Es sábado por la noche. Si no asistes habitualmente a un servicio religioso durante el fin de semana, puedes estar pensando: ¿Por qué molestarme en ir a la iglesia este domingo? No conozco ni me gusta ninguna de esas personas. ¿Qué obtendría de pasar dos horas sentado en una banca? ¿No sería mejor ver el partido con los amigos, ayudar a alguien en necesidad o abogar por una causa?

Aunque conectarse con las personas, ayudar a los necesitados, luchar contra la injusticia y descansar son todas cosas necesarias, no debemos priorizarlas por encima de Dios Mismo. Solo Dios es preeminente (Colosenses 1:18). Estas actividades deberían fluir de una conexión vivificante con Cristo y su pueblo. Cuando hacemos que cosas buenas sean lo principal, les damos la posición de Dios y se convierten en ídolos.

Cinco razones para ir a la iglesia el domingo

Nuestra visión de Jesús y su iglesia a menudo se filtra a través de lentes históricos, políticos y de cultura pop. Muchos ven a la iglesia como una productora de personas de un solo molde que siguen estructuras de poder dominantes, en vez de ver un organismo vivo con discipulado y misericordiosa influencia en las comunidades que nos rodean.

¿Pero por qué deberías ir ? Aquí hay cinco razones para reunirse con los creyentes este fin de semana.

1. Para recordarnos quiénes y de quién somos.

En un mundo que ofrece una multiplicidad de puntos de vista, hay un lugar donde la gente puede encontrar la verdad (Juan 8:26). La iglesia es un faro en una niebla ética (Mateo 5:14-16).

Mi padre, músico de jazz, a menudo decía de mi madre educadora de primaria: “Ella siempre me recuerda dónde están las 12:00”. ¿Quién nos ayudará a orientarnos cuando no estamos seguros de cómo navegar en un mundo cada vez más complejo? ¿Estamos tropezando a través de la vida, o tenemos una brújula firme y un ancla para nuestras almas (Hebreos 6:19)? Nos reunimos con otros santos para el discipulado, y luego somos esparcidos como la sal y la luz, como misioneros en el mundo donde habitamos (Mateo 5:13-16; 28:18-20).

2. Para recordarnos que las pruebas temporales que enfrentamos tendrán un final feliz.

Uno de los funerales más impactantes a los que he asistido fue para apoyar a un hermano cuya madre falleció repentinamente. Nuestro pastor predicó desde Eclesiastés 7:1-2:

Mejor es el buen nombre que el buen ungüento, y el día de la muerte que el día del nacimiento. Mejor es ir a una casa de luto que ir a una casa de banquete, porque aquello es el fin de todo hombre, y al que vive lo hará reflexionar en su corazón.

En esos sombríos momentos de reflexión sobre la Palabra de Dios, recordamos nuestra propia fragilidad: todos moriremos, y podría ser antes de lo que esperamos. Sin embargo, en esa meditación dulce y llena de gracia, también somos animados a vivir con propósito y con integridad, considerando la realidad final. No debemos vivir nuestra mejor vida ahora, como lo proclama el evangelio de la prosperidad, sino que vivimos sobria y prudentemente para maximizar nuestro breve tiempo en la tierra (Salmo 90:12; Efesios 5:16).

Para los cristianos, nuestra mejor vida está por venir (Salmo 16:11).

3. Para alentar el crecimiento y luchar contra el estancamiento.

Estamos ciegos a nuestra propia ceguera, y necesitamos la perspectiva de otros que están más avanzados en el camino hacia la semejanza a Cristo. Somos propensos a minimizar nuestras propias faltas y enfocarnos en las de los demás (Mateo 7:3-5). Una comunidad unida nos exhorta con amor hacia la madurez (Efesios 4:13-24; Juan 8:31-32).

4. Para pasar tiempo con la familia.

La iglesia no es principalmente un edificio o un conjunto de programas o estrategias. Es una familia, con padres e hijos espirituales (1 Corintios 4:14-17, Tito 2:1-2, 6-8, 1 Timoteo 1:1-2), madres e hijas (Tito 2:3-5). Es un cuerpo (1 Corintios 12, Efesios 4) cuyos miembros más necesitados encuentran ayuda (Hechos 2:42-47, Hechos 6:1-6, 1 Timoteo 5:9-16), cuyos miembros generosos contribuyen alegremente (2 Corintios 8; Filipenses 4:10, 15-18). En esta familia, la participación y los dones de cada miembro son esenciales para que todo el cuerpo prospere (Romanos 12:4-8, Efesios 4:11-16).

Cuando confié en Cristo a los 18 años, no era más que una asistente en serie a la iglesia. Después de mi graduación universitaria, me enfoqué en mi nuevo trabajo y en pasar tiempo con mis padres durante la batalla de mi madre con el cáncer terminal. Cuando mi madre falleció, una compañera de trabajo (que también era esposa de un pastor) me animó amablemente durante ese tiempo: “Necesitas una iglesia que sea tu hogar, Tiffany. Necesitas tías y tíos, madres y padres”. Sus palabras resonaron en mi alma.

Varios meses más tarde, fui bautizada en una iglesia local. Me recibieron con los brazos abiertos —con verrugas y todo. Algunos de mis recuerdos más valiosos, conmovedores y poderosos involucran a la familia que he encontrado en la iglesia. Crecí lejos de la familia extendida, pero ahora tengo una familia en mi iglesia.

5. Para recordarnos nuestra esperanza viviente.

Es cierto, algunas iglesias han caído cautivas en el vivir para el status quo en vez de vivir para el que sostiene y se entrelaza en la historia humana (Salmo 90:1; Juan 1:14). Sin embargo, este no es el camino de una iglesia saludable. Una familia de iglesia que está esforzándose por la misión de Jesús está obligada a confiar en Dios por su presencia, poder y provisión (Mateo 28:18-20). La iglesia se reúne como un recordatorio de que solo podemos experimentar una misión fructífera cuando estamos unidos y sacando sustento de la vid verdadera (Juan 15). Su Palabra es nuestro pan diario.

Hay un millón de cosas buenas que tú y yo podríamos hacer que nos impedirían unirnos en brazos con el pueblo de Dios. Si estás pasivo: ¿pondrás una alarma con el propósito de unirte a adorar a Dios junto con una iglesia local este fin de semana? Te prometo que como tantas razones que podrías tener para no ir, hay aún más razones para confiar en Dios, comprometerse e ir cada semana.

  • Esta traducción ha sido publicada por Traducciones Evangelio, un ministerio que existe en internet para poner a disponibilidad de todas las naciones, sin costo alguno, libros y artículos centrados en el evangelio traducidos a diferentes idiomas.

“¿Por qué la sana doctrina es tan importante?”

Got Questions

“¿Por qué la sana doctrina es tan importante?”

Pablo le encarga a Tito: “Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana doctrina” (Tito 2:1). Dicha orden deja en claro que la sana doctrina es importante. Pero, ¿por qué es importante? ¿Realmente lo que creemos marca la diferencia?

La sana doctrina es importante porque nuestra fe se basa en un mensaje específico. Toda la doctrina de la iglesia contiene muchos elementos, pero el mensaje principal se define claramente: “Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; [y]. . . que resucitó al tercer día, conforme a las escrituras” (1 Corintios 15:3-4). Estas son las incuestionables buenas nuevas, y son de “de vital importancia”. Cambiar ese mensaje y la base de la fe, hace que cambiemos a Cristo por algo diferente. Nuestro destino eterno depende del escuchar “la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación” (Efesios 1:13; ver también 2 Tesalonicenses 2:13-14).

La sana doctrina es importante, porque el evangelio es un deber sagrado, y no nos atrevemos a manipular la comunicación de Dios al mundo. Nuestro deber es entregar el mensaje, no de cambiarlo. Judas expresa un sentido de urgencia para guardar la fe: “. . . me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 1:3; ver también Filipenses 1:27). “Contender” lleva la idea de luchar incansablemente por algo y de dar todo lo que tiene. La biblia incluye una advertencia de no agregar ni de quitar a la palabra de Dios (Apocalipsis 22:18-19). En lugar de modificar la doctrina de los apóstoles, recibimos lo que nos han transmitido y guardamos “la forma de la sana enseñanza, con fe y amor que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 1:13).

La sana doctrina es importante porque lo que creemos afecta lo que hacemos. El comportamiento es una extensión de la teología, y existe una correlación directa entre lo que pensamos y cómo actuamos. Por ejemplo, dos personas se paran en la parte alta de un puente; uno cree que puede volar, y el otro considera que no puede volar. Su siguiente acto será bastante diferente. De la misma manera, un hombre que cree que no hay tal cosa como el bien y el mal, naturalmente se comportará de manera diferente a un hombre que cree en las normas morales bien definidas. En una de las listas de pecados que se encuentran en la biblia, se mencionan cosas como la rebelión, el asesinato, la mentira y el comercio de esclavos. La lista concluye con “y para cuanto se oponga a la sana doctrina” (1 Timoteo 1:9-10). En otras palabras, la verdadera enseñanza promueve la justicia; el pecado florece cuando se opone a la “sana doctrina”.

La sana doctrina es importante porque debemos verificar la verdad en un mundo de mentira. “Muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1). Hay cizaña entre el trigo y lobos en medio de las ovejas (Mateo 13:25; Hechos 20:29). La mejor manera de distinguir la verdad de la mentira, es saber cuál es la verdad.

La sana doctrina es importante porque el final de la sana doctrina es la vida. “Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” (1 Timoteo 4:16). Por el contrario, el final de la falsa doctrina es la destrucción. “Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo” (Judas 1:4). Cambiar el mensaje de la gracia de Dios, es hacer algo “pecaminoso”, y la condena de tal acción es grave. Predicar otro evangelio (“que en realidad no es evangelio para nada”), conlleva un anatema: “¡que caiga bajo maldición!” (Gálatas 1:6-9).

La sana doctrina es importante porque anima a los creyentes. Un amor por la palabra de Dios trae “mucha paz” (Salmo 119:165), y “los que anuncian la paz. . . los que publican salvación” son realmente “hermosos” (Isaías 52:7). Un pastor “debe retener la palabra fiel tal como ha sido enseñada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen” (Tito 1:9).

La palabra de la sabiduría es: “No traspases los linderos antiguos que pusieron tus padres” (Proverbios 22:28). Si podemos aplicar esto a la sana doctrina, la lección es que debemos preservarla intacta. Que nunca nos alejemos de “la sincera fidelidad a Cristo” (2 Corintios 11:3).

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La belleza de la Escritura

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

La belleza de la Escritura

Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Metáforas bíblicas para la vida cristiana.

El Dr. Steven J. Lawson una vez comparó la Biblia con un diamante cuya belleza, cuando se coloca contra la luz, se refracta de muchas maneras diferentes: «Ningún símbolo de la Biblia puede comunicar el todo. Por lo tanto, se requieren muchas metáforas diferentes, muchas analogías diferentes, para siquiera comenzar a tratar de [comprender] la totalidad del poder invencible de la Palabra inerrante». La Biblia está llena de ilustraciones, símbolos y metáforas que Dios usa para ayudarnos a conocerle y a relacionarnos con Él, y para ayudarnos a conocernos a nosotros mismos. Él usa metáforas para ayudarnos a entender las verdades sobre esta vida presente, la vida eterna y la condenación eterna.

Dios se llama a Sí mismo nuestro Padre y nos consuela llamándonos Sus hijos.

Si bien es probable que recordemos algunas de las metáforas mejor conocidas en la Escritura, como las del pastor y las ovejas, la vid y los sarmientos y otras, debemos reconocer que la Biblia utiliza muchas metáforas, símiles, símbolos e ilustraciones diferentes, algunas de las cuales pueden sonar extrañas a nuestros oídos, particularmente si somos del Occidente. Recuerda que la Biblia está impregnada de la cultura del Levante Mediterráneo. Dependiendo de dónde seamos y de las experiencias que hayamos tenido, muchas de estas metáforas pueden resultarnos difíciles de entender. Sin embargo, en Su sabiduría, Dios las usa para ayudar a Su pueblo de todo el mundo, de muchos contextos diferentes, a conocerlo más. Las metáforas de la Escritura nos revelan la belleza integral que ella misma posee, pero más que eso, revelan la belleza de nuestro Dios misericordioso que se relaciona con nosotros, nos condesciende y nos habla con palabras que podemos entender.

Por supuesto, si se presionan más allá de sus límites, las metáforas pierden su calidad didáctica. Debemos tener cuidado de no leer de más en las metáforas, de no abusar de ellas o de limitar innecesariamente conceptos doctrinales enteros a metáforas. Sin embargo, las metáforas, símbolos e ilustraciones de la Escritura, nos ayudan a asociar nuestras experiencias en la vida con conceptos espirituales y doctrinales para que podamos conocer más a Dios y servirle más plenamente. Estudiarlas nos puede ayudar a ver más y más destellos de la belleza que proceden del hermoso diamante que es la Escritura. Mucha de esa belleza es un gran consuelo para nuestras almas. Dios se llama a Sí mismo nuestro Padre y nos consuela llamándonos Sus hijos. Se ha revelado a nosotros de maneras que nos ayudan a relacionarnos con Él como nuestro Padre amoroso, misericordioso y santo, y de maneras que nos ayudan a tener una fe humilde, dependiente y como la de un niño. A medida que crecemos en madurez como Sus hijos, Su Espíritu Santo nos ayuda a conocerlo más y más profundamente como nuestro Pastor, nuestra Roca y nuestra Fortaleza mientras seguimos a Cristo Jesús que es el camino, la verdad y la vida.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

¿Cómo MEDITAR en la PALABRA?

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¿Cómo MEDITAR en la PALABRA?

 Carlos Astorga

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Audacia y claridad para ser luz en el mundo

Ministerios Ligonier

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Audacia y claridad para ser luz en el mundo

Rosaria Butterfield

En este mundo poscristiano, nuestra teología se exhibe en todo lo que hacemos y decimos. Tomemos, por ejemplo, la puerta del ático que colgaba de una bisagra rota en la casa de los Butterfield el miércoles 9 de noviembre de 2016, y a Phil, el manitas del vecindario que vino a repararla. Cuando Phil aceptó el trabajo y vino a casa, le di la bienvenida, le mostré la puerta del ático, me aseguré de que supiera que el café en la cafetera era para él, y luego seguí con las lecciones de mis hijos, a quienes educo en casa.

Pero en un rato lo escuché. Alguien estaba llorando.

Phil estaba en lágrimas. Había terminado el trabajo y estaba sentado en mi cocina, con la cara entre sus manos callosas, sollozando. Pregunté por qué, y me dijo sin rodeos que los cristianos son personas peligrosas, y que las elecciones pasadas en los Estados Unidos lo habían demostrado. Se preguntaba cómo podíamos seguir siendo amigos si no estábamos de acuerdo en cuanto a los valores básicos, y cómo yo podía creer las cosas que creía.

Phil y yo hemos sido vecinos por años. Vamos a las mismas barbacoas, a los mismos funerales y a las mismas fiestas vecinales. Nos hemos prestado jaulas para perros, devuelto las bicicletas de nuestros niños y compartido bulbos de iris. Pero al día siguiente de ir a las urnas, las líneas fueron trazadas. La pregunta de Phil era clave: ¿Podemos confiar en personas que tienen una cosmovisión diferente a la nuestra? ¿Hacia dónde nos dirigimos a partir de ahora? Si ni siquiera podemos conversar con otros, ¿cómo vamos a compartirles el evangelio? 

Acerqué un taburete a la mesa de la cocina y lloramos juntos. A veces no hay otra cosa que hacer ante un mundo tan dividido. 

Estos tiempos se caracterizan por la intolerancia en la sociedad, y esto hace que seamos tentados a suavizar las verdades difíciles de la fe, a temer que nuestra opinión pública nos dé una mala reputación, a volver a trazar las líneas dadas por Dios para no tener que amar ni hablar con la audacia del evangelio. Somos tentados a tratar de «equilibrar» la gracia y la verdad.

Para vivir con audacia y claridad de modo que seamos luz para el mundo, tenemos que amar a nuestro prójimo sacrificialmente y vivir nuestras vidas con una transparencia evangélica.

Muchos critican a las iglesias confesionales fieles y a sus pastores y ancianos, desconcertados porque estos no se postran ante los ídolos gemelos de la cultura actual: la orientación sexual (la creencia de que tu deseo sexual te define ontológicamente) y la interseccionalidad (la creencia de que tu identidad en realidad se mide en función de cuántos estatus de víctima puedes reclamar, con una dignidad humana que solo se acumula a través de la intolerancia al desacuerdo de cualquier índole). ¿Qué hacemos entonces? 

Podemos aprender de la Iglesia primitiva, que en el segundo siglo enfrentó oposición en dos frentes: persecución desde afuera y falsa doctrina desde adentro.

La persecución llegó a la Iglesia del segundo siglo cuando los cristianos se negaron a confesar a César como Señor. Es útil saber que a los cristianos del segundo siglo que vivían en Roma no se les pedía que negaran a Jesús directamente. Jesús podía simplemente ser uno más entre los muchos dioses. Pero Roma veía la profesión de la exclusividad de Cristo como una traición, y eso era una ofensa capital. Cristianos jóvenes y ancianos fueron ejecutados por profesar la exclusividad del señorío de Cristo. Y en medio de la persecución, la Iglesia creció en gracia y en tamaño, y el evangelio se extendió hasta los confines de la tierra.

La falsa doctrina siempre viene de dos formas: una es antagónica, estableciéndose como una clara oposición a la verdad del evangelio; la otra es canibalística, queriendo comerse vivo al poder del evangelio al afirmar falsamente que este último resalta lo que la cultura ya sabe que es verdad. Nuestra propia cultura, al igual que la del segundo siglo, presenta una falsa doctrina canibalística, una que quiere promover la gracia del evangelio sin la sangre de Cristo o sin Su poder de resurrección. Un ejemplo de la falsa doctrina canibalística de nuestros días sería el eslogan del movimiento LGBTQ: “El amor gana”. La misma palabra; diferente cosmovisión.

¿Qué podemos aprender de los cristianos del segundo siglo? Primero, ellos sabían que si la verdad del evangelio no estaba acompañada de una gracia diaria, sacrificial y hospitalaria, sería ineficaz. Es importante que estemos dispuestos a compartir la verdad bíblica que creemos, y también a sufrir por ella. Segundo, ellos sabían que la falsa doctrina es mucho más peligrosa que la persecución. Nosotros, los cristianos occidentales del siglo XXI, con frecuencia creemos todo lo contrario. Y debido a que le tememos más a la persecución que a la falsa doctrina, muchas veces somos ineficaces al ofrecer la enseñanza bíblica que mejor comunica la verdad y la gracia del evangelio.

Para vivir con audacia y claridad de modo que seamos luz para el mundo, tenemos que amar a nuestro prójimo sacrificialmente y vivir nuestras vidas con una transparencia evangélica. Debemos arriesgarnos y amar a nuestros prójimos lo suficiente como para que sepan qué dice Dios acerca de nuestro pecado y nuestro sufrimiento. Nuestro prójimo necesita saber quiénes somos realmente y a quién servimos. No para que podamos estar de acuerdo en que estamos en desacuerdo, sino para que podamos estar en desacuerdo y aun así cenar juntos, y al final de la cena abrir la Palabra de Dios y discutir lo que allí se encuentra. Necesitamos ser transparentes al compartir las Escrituras, algo que Dios ha ordenado a Su pueblo. Es en estos lugares incómodos y honestos, estos lugares donde vemos la imagen de Dios en los demás a pesar de los abismos que nos separan, que el evangelio puede comunicarse con integridad. Pero esto solo sucederá si nos atrevemos a arriesgarnos. Porque para reflejar la imagen de Dios en conocimiento, justicia y santidad, necesitamos hacer más que simplemente asentir y sonreír. En nuestro mundo poscristiano, nuestras palabras no pueden ser más fuertes que nuestras relaciones. Esto significa que debemos prepararnos para la ardua labor de construir relaciones sólidas y para enfrentar los peligros de hablar la verdad del evangelio. Debemos aprovechar los conflictos y no ser demasiado sensibles a lo que las personas nos digan o a lo que digan de nosotros. Debemos proclamar a Cristo crucificado, y aprovechar cada oportunidad para hacerlo. Esto es lo que significa ofrecer a nuestro mundo poscristiano una verdad cristiana que es auténtica y audaz. 

No estamos llamados a equilibrar la gracia y la verdad, algo que resulta en una miserable ecuación donde solo queda el 50 por ciento de cada una. Estamos llamados a practicar el 100 por ciento de la gracia y el 100 por ciento de la verdad. El amor a Dios y el amor al prójimo no exigen menos. Y es que en nuestro mundo poscristiano, necesitamos hacer más que simplemente asentir y sonreír. A veces tenemos que comenzar llorando juntos, sabiendo que en la batalla espiritual hay que derribar antes de reconstruir.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Rosaria Butterfield
Rosaria Butterfield

La Dra. Rosaria Champagne Butterfield es esposa de pastor, madre, maestra de sus hijos en casa y autora de of The Secret Thoughts of an Unlikely Convert [Los pensamientos secretos de una convertida improbable] y Openness Unhindered [Transparencia sin restricciones].

Audacia y claridad para ser luz en el mundo

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Audacia y claridad para ser luz en el mundo

Rosaria Butterfield

En este mundo poscristiano, nuestra teología se exhibe en todo lo que hacemos y decimos. Tomemos, por ejemplo, la puerta del ático que colgaba de una bisagra rota en la casa de los Butterfield el miércoles 9 de noviembre de 2016, y a Phil, el manitas del vecindario que vino a repararla. Cuando Phil aceptó el trabajo y vino a casa, le di la bienvenida, le mostré la puerta del ático, me aseguré de que supiera que el café en la cafetera era para él, y luego seguí con las lecciones de mis hijos, a quienes educo en casa.

Pero en un rato lo escuché. Alguien estaba llorando.

Phil estaba en lágrimas. Había terminado el trabajo y estaba sentado en mi cocina, con la cara entre sus manos callosas, sollozando. Pregunté por qué, y me dijo sin rodeos que los cristianos son personas peligrosas, y que las elecciones pasadas en los Estados Unidos lo habían demostrado. Se preguntaba cómo podíamos seguir siendo amigos si no estábamos de acuerdo en cuanto a los valores básicos, y cómo yo podía creer las cosas que creía.

Phil y yo hemos sido vecinos por años. Vamos a las mismas barbacoas, a los mismos funerales y a las mismas fiestas vecinales. Nos hemos prestado jaulas para perros, devuelto las bicicletas de nuestros niños y compartido bulbos de iris. Pero al día siguiente de ir a las urnas, las líneas fueron trazadas. La pregunta de Phil era clave: ¿Podemos confiar en personas que tienen una cosmovisión diferente a la nuestra? ¿Hacia dónde nos dirigimos a partir de ahora? Si ni siquiera podemos conversar con otros, ¿cómo vamos a compartirles el evangelio? 

Acerqué un taburete a la mesa de la cocina y lloramos juntos. A veces no hay otra cosa que hacer ante un mundo tan dividido. 

Estos tiempos se caracterizan por la intolerancia en la sociedad, y esto hace que seamos tentados a suavizar las verdades difíciles de la fe, a temer que nuestra opinión pública nos dé una mala reputación, a volver a trazar las líneas dadas por Dios para no tener que amar ni hablar con la audacia del evangelio. Somos tentados a tratar de «equilibrar» la gracia y la verdad.

Para vivir con audacia y claridad de modo que seamos luz para el mundo, tenemos que amar a nuestro prójimo sacrificialmente y vivir nuestras vidas con una transparencia evangélica.

Muchos critican a las iglesias confesionales fieles y a sus pastores y ancianos, desconcertados porque estos no se postran ante los ídolos gemelos de la cultura actual: la orientación sexual (la creencia de que tu deseo sexual te define ontológicamente) y la interseccionalidad (la creencia de que tu identidad en realidad se mide en función de cuántos estatus de víctima puedes reclamar, con una dignidad humana que solo se acumula a través de la intolerancia al desacuerdo de cualquier índole). ¿Qué hacemos entonces? 

Podemos aprender de la Iglesia primitiva, que en el segundo siglo enfrentó oposición en dos frentes: persecución desde afuera y falsa doctrina desde adentro.

La persecución llegó a la Iglesia del segundo siglo cuando los cristianos se negaron a confesar a César como Señor. Es útil saber que a los cristianos del segundo siglo que vivían en Roma no se les pedía que negaran a Jesús directamente. Jesús podía simplemente ser uno más entre los muchos dioses. Pero Roma veía la profesión de la exclusividad de Cristo como una traición, y eso era una ofensa capital. Cristianos jóvenes y ancianos fueron ejecutados por profesar la exclusividad del señorío de Cristo. Y en medio de la persecución, la Iglesia creció en gracia y en tamaño, y el evangelio se extendió hasta los confines de la tierra.

La falsa doctrina siempre viene de dos formas: una es antagónica, estableciéndose como una clara oposición a la verdad del evangelio; la otra es canibalística, queriendo comerse vivo al poder del evangelio al afirmar falsamente que este último resalta lo que la cultura ya sabe que es verdad. Nuestra propia cultura, al igual que la del segundo siglo, presenta una falsa doctrina canibalística, una que quiere promover la gracia del evangelio sin la sangre de Cristo o sin Su poder de resurrección. Un ejemplo de la falsa doctrina canibalística de nuestros días sería el eslogan del movimiento LGBTQ: “El amor gana”. La misma palabra; diferente cosmovisión.

¿Qué podemos aprender de los cristianos del segundo siglo? Primero, ellos sabían que si la verdad del evangelio no estaba acompañada de una gracia diaria, sacrificial y hospitalaria, sería ineficaz. Es importante que estemos dispuestos a compartir la verdad bíblica que creemos, y también a sufrir por ella. Segundo, ellos sabían que la falsa doctrina es mucho más peligrosa que la persecución. Nosotros, los cristianos occidentales del siglo XXI, con frecuencia creemos todo lo contrario. Y debido a que le tememos más a la persecución que a la falsa doctrina, muchas veces somos ineficaces al ofrecer la enseñanza bíblica que mejor comunica la verdad y la gracia del evangelio.

Para vivir con audacia y claridad de modo que seamos luz para el mundo, tenemos que amar a nuestro prójimo sacrificialmente y vivir nuestras vidas con una transparencia evangélica. Debemos arriesgarnos y amar a nuestros prójimos lo suficiente como para que sepan qué dice Dios acerca de nuestro pecado y nuestro sufrimiento. Nuestro prójimo necesita saber quiénes somos realmente y a quién servimos. No para que podamos estar de acuerdo en que estamos en desacuerdo, sino para que podamos estar en desacuerdo y aun así cenar juntos, y al final de la cena abrir la Palabra de Dios y discutir lo que allí se encuentra. Necesitamos ser transparentes al compartir las Escrituras, algo que Dios ha ordenado a Su pueblo. Es en estos lugares incómodos y honestos, estos lugares donde vemos la imagen de Dios en los demás a pesar de los abismos que nos separan, que el evangelio puede comunicarse con integridad. Pero esto solo sucederá si nos atrevemos a arriesgarnos. Porque para reflejar la imagen de Dios en conocimiento, justicia y santidad, necesitamos hacer más que simplemente asentir y sonreír. En nuestro mundo poscristiano, nuestras palabras no pueden ser más fuertes que nuestras relaciones. Esto significa que debemos prepararnos para la ardua labor de construir relaciones sólidas y para enfrentar los peligros de hablar la verdad del evangelio. Debemos aprovechar los conflictos y no ser demasiado sensibles a lo que las personas nos digan o a lo que digan de nosotros. Debemos proclamar a Cristo crucificado, y aprovechar cada oportunidad para hacerlo. Esto es lo que significa ofrecer a nuestro mundo poscristiano una verdad cristiana que es auténtica y audaz. 

No estamos llamados a equilibrar la gracia y la verdad, algo que resulta en una miserable ecuación donde solo queda el 50 por ciento de cada una. Estamos llamados a practicar el 100 por ciento de la gracia y el 100 por ciento de la verdad. El amor a Dios y el amor al prójimo no exigen menos. Y es que en nuestro mundo poscristiano, necesitamos hacer más que simplemente asentir y sonreír. A veces tenemos que comenzar llorando juntos, sabiendo que en la batalla espiritual hay que derribar antes de reconstruir.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Rosaria Butterfield
Rosaria Butterfield

La Dra. Rosaria Champagne Butterfield es esposa de pastor, madre, maestra de sus hijos en casa y autora de of The Secret Thoughts of an Unlikely Convert [Los pensamientos secretos de una convertida improbable] y Openness Unhindered [Transparencia sin restricciones].