Conflictos públicos en la iglesia

Por Eric Landry 

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

¿Imaginas el malestar que sintió la gente en Antioquía cuando Pablo confrontó a Pedro, según se describe en Gálatas 2? Probablemente recuerdas la historia: hombres de Jerusalén habían venido a la iglesia en Antioquía. Su visita creó una división. En lugar de que judíos y gentiles adoraran juntos y tuvieran comunión libremente, algunos de los judíos (incluso Pedro y Bernabé) se apartaron de los gentiles. Pablo dijo a los gálatas que había confrontado a Pedro «delante de todos» (v. 14). ¿Fue durante una comida o inmediatamente después de una oración? ¿Atrapó Pablo a Pedro en el patio o lo denunció en medio de un sermón?

Aunque no sabemos las respuestas a estas preguntas, puedes preguntarte si fue un error que Pablo confrontara a Pedro de esta manera. ¿No debió haber seguido los pasos indicados en Mateo 18? No, Gálatas 2 y pasajes como Hechos 5 y Filipenses 4 demuestran que hay momentos en los que una confrontación pública del pecado y el error es necesaria para la salud y el bienestar de la iglesia.

Pablo confrontó a Pedro pública e inmediatamente cuando fue testigo de pecado público. Al apartarse de los gentiles, Pedro había actuado de una manera que negaba el evangelio. Pablo no dudó en condenar a Pedro públicamente porque el pecado fue público. Este mismo principio se demuestra en Hechos 5, donde Pedro confronta a Ananías y Safira por mentir al Espíritu Santo al no declarar que se habían quedado con una parte de las ganancias del terreno que habían vendido para dar a la iglesia. Su pecado fue público, y por lo tanto, la condena del pecado fue pública. El mismo principio se ve en Filipenses 4:2, donde Pablo «ruega» a Evodia y Síntique «que vivan en armonía en el Señor». Aunque no sabemos qué fracturó la relación de estas dos hermanas, su desacuerdo fue público y, por tanto, la confrontación de Pablo del pecado —aunque menos enérgica que la que aparece en Gálatas 2 o Hechos 5— también es pública. El principio que se expone en cada uno de estos pasajes es que la confrontación pública del pecado y el error es necesaria para corregir el pecado y el error público.

Otro principio que podemos derivar de estos textos es que la confrontación pública del pecado y el error se hace en el contexto de la iglesia local. Por desgracia, vivimos en una época de «Pablos» autoproclamados que vagan por la Internet en busca de «Pedros» a quienes denunciar. Podemos sentirnos tentados a recurrir a Gálatas 2 para justificar que tomemos los tridentes electrónicos a fin de perseguir a los villanos teológicos. Sin embargo, el principio de Gálatas 2, Hechos 5 y Filipenses 4 es que tal confrontación pertenece al contexto de la iglesia local, donde se experimenta el pecado y el error y donde al pecador puede perdírsele que rinda cuentas.

Un tercer principio está implícito en estos pasajes. No hay muchos ejemplos de este tipo de confrontación pública del pecado y el error públicos, pero los que tenemos abordan graves amenazas para la iglesia. La conducta de Pedro no era conforme al evangelio. El pecado de Ananías y Safira amenazaba la existencia misma de la iglesia, como el pecado de Acán después de que Israel cruzara a la tierra prometida (Jos 7). La fractura entre Evodia y Síntique amenazaba la unidad de esa iglesia. El hecho de que haya pocos ejemplos de este tipo de reprensión pública nos indica que no todos los errores —ni siquiera todos los errores públicos— deben ser confrontados públicamente. Pero cuando un pecado o error público amenaza la existencia misma de la iglesia, o incluso el evangelio mismo, puede ser necesaria una reprensión pública.

En 1553, estalló una disputa en Ginebra sobre quién tenía la autoridad para excomulgar. El gobierno de la ciudad quería que Philibert Berthelier fuera readmitido para tomar la Cena del Señor. Berthelier, opositor a Juan Calvino y abogado del hereje Miguel Serveto, había sido excomulgado por rebelión. El día en que debía celebrarse la Cena del Señor, Berthelier y sus amigos abarrotaron la iglesia de St. Pierre y se sentaron en primera fila. Sin embargo, Calvino se negó a servir la comunión a los «aborrecedores de los misterios sagrados». Dijo: «Pueden aplastar estas manos; pueden cortar estos brazos; pueden quitarme la vida; mi sangre es de ustedes, pueden derramarla; pero nunca me obligarán a dar cosas sagradas a los profanos, ni a deshonrar la mesa de mi Dios». Tal audacia es necesaria ante el pecado y el error público. Que Dios dé a Sus ministros el valor de tomar tales medidas para proteger la pureza y la paz de la iglesia.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Eric Landry
El reverendo Eric Landry es pastor de la Redeemer Presbyterian Church (Austin, Texas) y editor ejecutivo del Modern Reformation.

El dominio propio en tu hogar

El dominio propio en tu hogar
Por Soldados De Jesucristo

El dominio propio en la iglesia local y en el trabajo son importantes, pero no olvidemos que mucho de nuestro tiempo lo pasamos en casa: en nuestro hogar, dulce hogar. Pero ¿demostramos genuinamente esto ante todos, es decir, un hogar guiado por Dios, controlado y que es una delicia para todos los que habitan allí con nosotros? Para ayudarnos a aplicar el dominio propio en nuestros hogares repasaremos la vida de varios hombres del Antiguo Testamento y su lucha por obtener el dominio propio en eventos puntuales con sus seres amados y personas allegadas a ellos, seguido de una breve reflexión cristiana para nosotros que vivimos de este lado de la cruz, con el fin de admirar y descansar en la obra del varón perfecto, Jesucristo.

Los patriarcas sin dominio propio

Iniciamos con Noé, quien fue un hombre justo (Gn. 6:8), viviendo en una sociedad torcida y dada al desenfreno (Gn. 6:5-6Jud. 14-16). Este hombre de fe «preparó un arca», aunque no se veían las cosas predichas por Dios (He. 11:7), y predicó acerca de la justicia de Dios sobre los pecadores, sin que creyeran su mensaje (2 P. 2:5). A pesar de tantas virtudes, después de salir del arca, «plantó una viña», se emborrachó, «se desnudó» y fue de tropiezo para sus hijos (Gn. 9:20-22). Aunque Noé fue un hombre sobresaliente y figura en la galería de la fe de Hebreos 11, tuvo problemas con la falta de dominio propio. Sin embargo, este hombre —al igual que nosotros— «halló gracia ante los ojos del SEÑOR» (Gn. 6:8). Estás son grandes noticias para Noé y para todos los que vendrían después de él. Por eso siempre es bueno recordar que no hay nada bueno en nosotros que no sea por la gracia de Dios.

Sigamos con nuestro padre en la fe: Abraham. De todos es sabido del problema del patriarca con su carácter, fallando en honrar a su esposa cuando dijo en dos ocasiones que era su hermana, exponiéndola al peligro y la vergüenza, mientras procuraba su propia honra y protección (Gn. 12:11-1520:2-3). También lo recordamos por llegarse a Agar, su sierva (Gn. 16:1-6), trayendo «agravio» a Sarai (Gn. 16:5). Sin embargo, Dios la honra cambiando su nombre Sarai por Sara (Gn. 17:15-16), y exhortando a su esposo, Abraham, a «presta[rle] atención» a ella en lugar de a su sierva Agar e Ismael su hijo (Gn. 21:9-12). De todo lo anterior se desprende que aún los hombres de fe tienen grietas en su carácter. Por un lado, pueden ser muy inspiradores en eventos desafiantes al ojo humano, tal como lo hizo Abraham al seguir el llamado de Dios «sin saber adónde iba» (He. 11:8). Por el otro lado, pueden no ser tan coherentes en manifestar ese dominio en lo más íntimo de su ser. Lo cierto es que Dios obró en su vida, pasando de servir a «otros dioses» junto con su familia (Jos. 24:2), a creer «en Aquél que justifica al impío»; por lo tanto «su fe se le cuenta por justicia» (Ro. 4:5).

Ahora veamos a Jacob, un hombre cuya concepción, vocación y bendición fue predicha por Dios a su madre (Gn. 25:21-23). Él demostró desde niño un gran interés por los asuntos religiosos de la familia (Gn. 25:31-34) —aunque claro que no siempre con las mejores intenciones—. Además, tuvo la iniciativa de obedecer a sus padres en procura de un futuro para él y su familia (Gn. 27:6-1028:1-5). Sin embargo, su astucia, medias verdades o mentiras y codicia personal, le trajo problemas para él y sus descendientes por muchas generaciones (problemas con Esaú, con Labán, con sus mujeres, con sus hijos, con los cananeos, etc.). La falta de dominio propio en Jacob afectó gravemente sus relaciones familiares, aunque fue un hombre llamado y amado por Dios (Mal. 1:2-3). A pesar de las muchas faltas de Jacob, afectando a su familia de muchas maneras, él es el padre terrenal de la nación de Israel. Si no fuese por el llamado divino, esos pecados que destruyen familias, incluido la intemperancia vista en el patriarca, únicamente hubieran traído destrucción, sin esperanza alguna. Lo cierto es que la salvación que Dios provee, por su gracia, eligiéndonos desde antes de nacer, es la base para una transformación genuina y duradera de nuestro carácter. Así sucedió con Jacob, llamado después Israel (Gn. 32:24-32) y héroe de la fe para todos (He. 11:921).

El libertador y un seguidor sin dominio propio

Pasemos a observar a Moisés, el gran libertador de Israel. Desde el principio, fue un hombre amado por Dios y sus padres, quienes lo protegieron hasta que providencialmente llegó a la corte del mismísimo Faraón (Ex. 2:1-10). Fue educado para la corte, sobresalió en muchos sentidos a los hombres de su tiempo (Hch. 7:19-22), pero su evidente problema de carácter lo hizo matar un egipcio (Ex. 2:11-15), enojarse con los israelitas varias veces (Ex. 17:4), abandonar a su familia dedicándose a su trabajo desproporcionadamente (Ex. 18:13-24), de tal manera que finalmente no pudo entrar a la tierra prometida por la que tanto trabajó (Dt. 32:48-52). Al final de sus días, llegó a ser transformado por la gracia de Dios, en «un hombre muy humilde, más que cualquier otro hombre sobre la superficie de la tierra» (Nm. 12:3).

Es muy ilustrativo que los grandes líderes del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento eran personas que poseyeron una rara mezcla de vicios y virtudes. La Biblia no las oculta, pero tampoco las condona. Podemos identificarnos fácilmente con dicha mezcla, ya que a menudo nos enfrentamos a situaciones similares. Es común que nos enojemos con facilidad y que reaccionemos inadecuadamente contra aquellos a quienes servimos. También, seguramente con buena intención, dedicamos más de lo debido al trabajo de Dios, como si el hogar no estuviera primero (1 Ti. 3:4-5). Ni Moisés ni nosotros podemos ser aceptos delante de Dios por nuestros propios medios, a menos que tengamos un mediador fiel (He. 3:1-6).

Hay otro personaje del que podemos aprender: Acán. Israel vino del desierto, en dirección a Canaán, y miró la ciudad de Jericó grande, poderosa y rica. Dios prometió destruir la ciudad, pero todos debían abstenerse de tomar botín de ella, porque estaba bajo su maldición y las ganancias serían para sostener el futuro templo (Jos. 6:1-217-19). Pero Acán se creyó muy listo. Decidió desobedecer tomando un botín con sigilo y escondiéndolo bajo su tienda (Jos. 7:114-23). Lo peor, es que la codicia de este descendiente de Judá costó la vida de muchos hombres en guerra, el avance del pueblo se detuvo, la victoria se volvió derrota y su familia sufrió las consecuencias por siempre, pues su testimonio se recordó por siglos (Jos. 7:24-26).

La riqueza material no es mala en sí misma, siempre que cumpla el propósito de glorificar a Dios y servir al prójimo, como enseñó otro de la familia de Judá (Mt. 6:1-319-24). El problema de Acán estuvo en desobedecer la orden divina por no contentarse con su situación financiera, pensar solo en su interés personal, codiciar la riqueza de los impíos, comprometiendo su honra personal y familiar, olvidando que los avaros no «tiene[n] herencia en el reino de Cristo y de Dios» (Ef. 5:5). La templanza en el área financiera nos guardará a nosotros y a nuestras familias (Pr. 28:22).

Jueces sin dominio propio

Nuestro siguiente personaje es Jefté, a quién la Biblia lo presenta como un héroe de la fe (He. 11:32). Conocido como un «guerrero valiente» (Jue. 11:1), era también «hijo de una ramera» y un padre galaadita. Este hombre tuvo problemas personales y familiares que lo llevaron al rechazo de sus hermanos mayores y a juntarse, en su lugar, con «hombres indignos» (Jue. 11:1-4). Jefté fue juez de Israel en medio de una grave coyuntura política con los amonitas, quienes tuvieron un origen igualmente oscuro (Gn. 19:36-38). La falta de autocontrol lo vemos en que Jefté negoció su apoyo a la causa, si le garantizaban ser el líder de la nación y de su pueblo en Galaad, lo cual, en efecto, logró (Jue. 11:9-11). Su celo por fortalecer su posición ante la familia, tribu y nación, lo llevó a asumir compromisos que Dios no exigió, ni que él sabía si podía cumplir (Jue. 11:30-31). Ganó la guerra, obtuvo respeto social, pero sacrificó su joven e inocente hija a causa de sostener su compromiso insensato (Lv. 22:17-33Nm. 30:1-16Ec. 5:1-7Mt. 5:33-37). A menudo también nosotros, buscando alguna forma de aprobación familiar y social, podemos llegar a asumir compromisos más allá de nuestras capacidades. De esta manera, podemos afectar directamente a nuestros seres queridos.

Notemos ahora a Sansón. Este héroe de la fe (He. 11:32) es bastante conocido por los cristianos de todas las épocas y edades. Sabemos que su nacimiento fue predicho por Dios, su conducta regulada por Dios y también su vida protegida por Dios (Jue 13:1-5). El problema de este juez fue su intemperancia, porque nunca tuvo el control de sus pasiones, hecho que al final lo llevó a una caída vergonzosa (Jue. 16:20-22). Sansón es un personaje que, por su inmadurez e inconstancia, causó estragos en su familia (Jue. 14:1-31915:1-8). Los padres de Sansón sufrieron con este hijo inestable, lo mismo las mujeres de este poderoso hombre, que al final es un ejemplo vívido de que es mejor tener dominio propio que ser fuerte, como ya hemos discutido con anterioridad (Pr. 16:32).

Los dones espirituales solo sirven adecuadamente al prójimo y a quien los posee cuando están sustentados en un carácter sólido. Todo lo opuesto al poderoso Sansón, quien tuvo fuerza física, pero no pudo dominar sus emociones. Cuando se enfrentó con varios hombres venció, pero fue derrotado al lidiar consigo mismo. Es difícil tener hijos así, hermanos emocionalmente inestables, padres viscerales, cónyuges inmaduros en sus emociones, porque los que más sufrirán serán los cercanos a ellos. Observamos que ser de temperamento volátil es ser débil y no fuerte de carácter (Stg. 4:1), porque ser controlado por las emociones, nos llevará a cometer locuras fácilmente (Pr. 14:17).

Reyes sin dominio propio

No podemos olvidar a David, el rey más insigne de Israel. Se ha oído mucho de sus grandes hazañas (como la victoria sobre Goliat en 1 Samuel 17 y la conquista de Jerusalén en 2 Samuel 5), así como de sus grandes caídas, fracasos e imprudencias (causando guerras, muertes y pobreza en su pueblo [1 S. 21:1-152 S. 111324]). Podríamos hablar mucho de sus virtudes y defectos, pero quisiera resaltar su caída con Betsabé (2 S. 11). David cedió a sus deseos sexuales gradualmente (olvidó su debilidad, expuso su vulnerabilidad y halló su oportunidad). Aunque era salmista, profeta y rey ungido por Dios, no se libró de su debilidad por todo ello (Ec. 7:20). Tampoco siguió trabajando en sus conquistas militares, sino que descansó en tiempo de trabajo (Ec. 3:8). Cuando la mayoría de los hombres iban a la guerra y sus mujeres estaban en casa, él encontró su oportunidad para la lujuria desde el palacio ubicado por encima de las casas de Jerusalén (Pr. 27:20). Mientras no hizo lo que debía hacer (ir a la guerra como comandante de Israel —2 S. 11:1-4—), terminó haciendo lo que no debía hacer (codiciar y quitar la mujer de su prójimo —Ex. 20:1417—).

Si no fuera por este hecho, poco sabríamos de la lucha íntima de un santo con sus pasiones sexuales y las terribles consecuencias que sufren todos a su alrededor, como lo narra 2 Samuel, sobre la casa de David, es decir: su familia. Tampoco prestaríamos atención a los proverbios que amonestan a los jóvenes sin dominio de su sexualidad, si no fuera Salomón, hijo suyo, quien los escribió en su mayoría (Pr. 1:1-45-7). Impactantes son, además, las conclusiones de Salomón sobre una sexualidad intemperante (Ec. 7:25-29), y las del cronista sagrado, sobre la influencia de un padre lujurioso en un hijo dotado, que aprendió demasiado caro el ignorar el cuidar su corazón como lo más sagrado (Pr. 4:231 R. 11:1-13).

Conclusión

Sin duda, los hombres de la Biblia son como nosotros en múltiples aspectos. Hay mucho que tenemos en común. Esto nos guarda de verlos más allá de lo que en verdad son: pecadores rescatados por la misma gracia que nos alcanzó a nosotros (1 Co. 10:611-14). Mientras tanto, el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo brilla por su madurez, sensatez y dominio propio en el trato con otros, participando en cenas, bodas y actividades sociales, pero siempre agradando a Dios, su Padre en todo (Jn. 8:29). Debemos agradecer a Dios porque su evangelio es poder divino para salvación de todos los pecados de los que creen en Él, incluyendo la falta de moderación en sus múltiples manifestaciones (Ro. 1:16-1721-31).

Por lo tanto, descansa todas tus debilidades de carácter en «Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros, a Él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén» (Ef 3:20-21). Vive una vida controlada, dominada por el Espíritu, sabiendo que tu familia será impactada por tu falta de dominio propio tarde o temprano, o bendecida por la presencia de ese autocontrol, que es fruto del Espíritu.

Verdades Que Debes Considerar Cuando Estás Enojado

Verdades Que Debes Considerar Cuando Estás Enojado
Por Jim Newheiser

La clave para superar el enojo es lo que le dices a tu propio corazón (Proverbios 4:23), especialmente en temporadas en las que tu enojo puede ser provocado. En lugar de simplemente contar hasta diez, o hasta mil, una persona enojada necesita detenerse y llenar su mente con verdades bíblicas para que pueda vencer la ira en su corazón y convertirse en una persona de gracia. Cuando la ira aumenta, estas verdades no vienen automáticamente a la mente. La persona airada suprime estas verdades para poder seguir alimentando, justificando y expresando su ira. Debe aprender en los momentos cruciales de la tentación a poner su mente en las cosas de arriba porque está unido a Cristo (Colosenses 3:1-3). Tan pronto como llega la tentación, es útil repasar las siguientes verdades y las Escrituras relacionadas. Estas verdades redirigen nuestros corazones de la ira diabólica a la gracia cristiana.

Deseo algo demasiado, lo cual es idolatría (Santiago 4:1-4).
Nos enojamos cuando no se satisfacen nuestros deseos. ¿Qué debes tener para ser feliz? ¿Debes ser respetado y apreciado? ¿Estar a gusto? ¿Tener éxito? ¿Debes tener una vida sin estrés? Debemos entregar nuestros deseos a Dios mientras buscamos nuestra satisfacción final en Él (Isaías 55:1-2; Salmo 34:8). Cuando pecamos para obtener lo que deseamos o nos enojamos pecaminosamente porque nuestros deseos no han sido satisfechos, hemos convertido estos deseos en ídolos. Vea los proyectos de aplicación personal al final de este folleto para una tarea que le ayudará a identificar sus deseos idólatras.

Yo no soy Dios/Juez (Génesis 50:19; Romanos 12:17-21).
Cuando otros nos ofenden, sentimos que la balanza de la justicia está desequilibrada y queremos que vuelva a estar bien. La persona airada piensa para sí: «Me has hecho daño, así que mereces ser castigado». La persona airada puede castigar a la parte culpable con palabras de odio, actos de violencia, calumnias, robos o, más sutilmente, mostrándose fría, callada y retraída. Estas expresiones de ira son pecaminosamente sentenciosas. Santiago nos recuerda que, contrariamente a lo que puedan pensar nuestros corazones pecadores, «porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.» (St 1,20). Nuestros actos vengativos no hacen justicia, sino que agravan el pecado. » 17 No paguéis a nadie mal por mal; procurad lo bueno delante de todos los hombres….21 No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal» (Romanos 12:17, 21). Peor aún, nuestras expresiones pecaminosas de ira usurpan el oficio de Dios como juez. Cuando otros nos agravian, nos reconforta saber que Dios hará justicia a los que hacen el mal, incluso cuando los sistemas humanos de justicia fallan. Si confiamos en Él, no necesitamos vengarnos ni jugar a ser Dios.

Dios ha sido muy misericordioso conmigo en Cristo (Efesios 4:31-32; Mateo 18:21-35).
Cuando nos demos cuenta de que cada uno de nosotros es «el primero (el principal) entre los pecadores» (1 Tim. 1:15) a quien Dios ha perdonado una deuda abrumadora, se moverá nuestro corazón para mostrar gracia a quienes nos han hecho daño. Jesús cuenta la parábola del siervo despiadado al que se le perdonó una gran deuda, que serían miles de millones de dólares en dinero de hoy (Mateo 18:23-27), pero luego buscó a su compañero esclavo que le debía lo que habrían sido miles de dólares en dinero de hoy, pero una pequeña fracción de lo que se le había perdonado al primer esclavo. El esclavo perdonado » y echándole mano, lo ahogaba, diciendo: «Paga lo que debes»” y luego hizo que metieran a su compañero en la cárcel, desoyendo sus súplicas de clemencia (Mateo 18:28-30). Jesús advierte: » Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.» (Mateo 18, 35). Cuando medito en mi corazón sobre la deuda de cien denarios que me debe mi hermano, yo, como el esclavo malvado, me enfado y quiero vengarme. Cuando recuerdo y medito en la misericordia que Dios me ha mostrado a un precio tan grande (2 Corintios 9:8) por la que Jesús pagó mi deuda infinita en la cruz, no puedo seguir enfadado con mi hermano o hermana (Efesios 4:31-32).

Dios tiene el control y hace el bien por nosotros (Génesis 50:20; Romanos 8:28).
Después de que José se negara a juzgar a sus hermanos, añadió: » Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente.” José actuó con gracia hacia sus hermanos porque tenía una teología sólida.

Creía en un Dios que es soberano sobre todas las cosas, incluso sobre el mal que nos hacen los demás. Además, José creía que Dios estaba obrando a través de estos acontecimientos para bien de su amado pueblo. Como hemos visto, las personas airadas quieren tener el control y se enfadan cuando las cosas no salen como ellos quieren. La persona airada debe someterse a Dios, confiando en que Él está ejerciendo Su soberanía para Sus gloriosos propósitos y para nuestro bien. » El Señor ha establecido su trono en los cielos, y su reino domina sobre todo» (Salmo 103:19). Cuando la gente te falla y las circunstancias van en tu contra, Dios está obrando. Él usa las pruebas para producir madurez y semejanza a Cristo en Su pueblo (Santiago 1:2-4; 1 Pedro 1:6-7).

Recuerda quién eres: una nueva criatura en Cristo (Romanos 6:11; 2 Corintios 5:17).
Las personas iracundas a menudo se sienten atrapadas en sus patrones de ira y son impotentes para cambiar. Si bien es cierto que los incrédulos están esclavizados al pecado, los que están unidos a Cristo por la fe han sido liberados de la esclavitud del pecado. Hemos muerto al pecado de una vez por todas y ahora estamos unidos a Cristo en una vida nueva (Romanos 6:4-7). Ahora somos nuevas criaturas en Cristo (2 Corintios 5:17), ya no controladas por la carne, sino llenas por el Espíritu Santo que está produciendo Su maravilloso fruto en nuestras vidas (Gálatas 5:13-23). La persona que estalla en ira está volviendo a su antigua vida precristiana. Cuando se dice a sí mismo que no puede controlar su ira, se está mintiendo y negando su nueva condición en Cristo. Cómo pensamos de nosotros mismos influye en cómo actuamos. El primer mandamiento de Pablo en su epístola a los Romanos es: «Así también vosotros, consideraos muertos para el pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús» (Romanos 6:11). La persona que se enfada pecaminosamente ha olvidado su nueva identidad evangélica en Cristo.

Cuando estemos tentados a responder a las personas o a las circunstancias con ira pecaminosa, es la renovación de nuestras mentes con estas verdades bíblicas lo que nos capacitará para caminar en gracia y humildad.

*Adaptado del minilibro ¡Socorro! Mi ira Está Fuera De Control por Jim Newheiser.

¿Debería Dios Buscar Su Propia Gloria?

¿Debería Dios Buscar Su Propia Gloria?

Con frecuencia se hace la pregunta, incluso por cristianos sinceros, si es o no correcto para Dios actuar para Su propia gloria. Para responder a esta pregunta, solo necesitamos considerar quién es Dios. De acuerdo con las Escrituras, Él es infinitamente más grande que toda la creación combinada. Por lo tanto, no solo es correcto, sino también necesario para Él el tomar el más alto lugar y hacer de Su gloria la gran razón o el fin principal de todo lo que Él hace. Es Su derecho tomar el centro y obrar todas las cosas de manera que Su gloria [i.e. la plenitud de lo que Él es] pueda darse a conocer a todos, con el fin de que pueda ser glorificado [i.e. estimado y adorado] sobre todo. Que Él rehúya tal preeminencia sería como negar que Él es Dios. Para cualquier otro que no sea Dios buscar tal preeminencia sería la forma más grosera de idolatría.

Thomas Boston escribe, “Todo agente racional se propone a sí mismo un fin a su obra, y el más perfecto, el fin más elevado. Ahora Dios es el Ser más perfecto, y Su gloria el fin más noble.” (Works, Vol.1, p.11)
A.A Hodge escribe, “Puesto que Dios mismo es infinitamente más digno que la suma de todas las criaturas, por consiguiente la manifestación de Su propia excelencia es… el más alto y el más digno fin concebible.” (Outlines of Theology, p.245)

Charles Spurgeon escribe, “Dios debe tener el más alto motivo, y no puede haber otro motivo concebible más alto que Su propia gloria… Él considera cuidadosamente el bien de Sus criaturas; pero incluso el bien de Sus criaturas es solo el medio para el fin principal, la promoción de Su gloria. Entonces todas las cosas son para Su beneplácito, y para Su gloria trabajan diariamente.” (El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano, Vol.10, p.304)

Un extracto de la carta de Robert Haldane dirigida en 1824 al Sr. Cheneviere, el conocido profesor de Divinidad en Ginebra, “No hay nada que se haya traído a la consideración de los estudiantes de divinidad que me escucharon en Ginebra, lo cual parecía contribuir tan eficazmente al colapso de su sistema de religión falso, fundamentado en filosofía y vano engaño, como la sublime visión de la majestad de Dios presentada en los cuatro últimos versos de esta parte de la Epístola (i.e. Romanos 11:33-36). De Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas. Aquí Dios es descrito como Su propio fin en todo lo que hace. Juzgando a Dios como si fuera uno de ellos, ellos[i.e. los estudiantes] estuvieron sorprendidos al principio con la idea de que Él debe amase a Sí mismo suprema e infinitamente más que todo el universo, y consecuentemente debe preferir Su propia gloria en vez de todo lo demás. Pero cuando les fue recordado que Dios en realidad es infinitamente más afable y más valioso que toda la creación, y que consecuentemente, si Él ve las cosas como realmente son, Él debe considerarse a Sí mismo como infinitamente más digno de ser valorado y amado, ellos vieron que esta verdad no tenía controversia. Su atención al mismo tiempo estaba dirigida a numerosos pasajes de las Escrituras, las cuales afirman que la manifestación de la gloria de Dios es el gran fin de la creación de que Él tenga a Sí mismo en mente en todas Sus obras y dispensaciones, y ese es un propósito en el cual Él demanda que todas las criaturas inteligentes deban aceptar, y buscar, y promover como su primera y primordial tarea. Pasajes que demuestran esto, tanto en el Antiguo como en el Nuevo testamento, exceden con creces en número a lo que es consciente alguien que no ha examinado el tema.

AUTOR DEL ARTÍCULO
PAUL WASHER
Paul David Washer ministró como misionero en Perú 10 años, tiempo durante el cual fundó la Sociedad Misionera HeartCry para apoyar plantadores de iglesias peruanos. Paul ahora sirve como director de misiones de HeartCry (heartcrymissionary.com), la cual Dios ha bendecido para poder apoyar a misioneros en más de cuarenta naciones al rededor del globo. Él y su esposa Charo tienen cuatro hijos: Ian, Evan, Rowan, y Bronwyn.

La iglesia reunida

Serie: La teología de la Iglesia

Introducción

Ilustración de apertura: mi experiencia con el uso de hilo dental. Una vez que entendí por qué se suponía que debía hacerlo (no sólo para limpiar, sino también para estimular las encías) y una vez que he experimentado las consecuencias de no hacerlo como corresponde, yo fui capacitado y motivado para hacerlo mucho mejor.

Ahora haz el difícil cambio de usar el hilo dental a la iglesia. Creo que lo mismo es cierto. Como Iglesia, nos reunimos todas las semanas, al igual que todos los cristianos lo han hecho todos los domingos desde que Jesús se levantó de entre los muertos. Nos reunimos porque la Biblia nos dice que debemos hacerlo. Hebreos 10:24, “Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, al ver que el Día se acerca”.

Pero tan importante como llenarnos de fe, y tal vez una obediencia ciega, la comprensión de por qué nos congregamos puede ayudarnos a hacerlo mejor. Así que permítanme comenzar presentando esto a usted como una pregunta. ¿Cuál es el propósito de nuestras reuniones semanales como iglesia?

Esa es la pregunta que quiero explorar esta mañana, mientras evaluamos cuidadosamente nuestras reuniones como iglesia. Voy a empezar por refrescar algo de lo que nos ya hemos hablado en nuestra clase de congregacionalismo: que la iglesia existe para proteger el qué y el quién del Evangelio. Es decir, que dice cada persona respecto del Evangelio, si lo entiende, si cree en Cristo y está creciendo en su vida cristiana. Luego vamos a abordar tres implicaciones de nuestras reuniones semanales. Así que vamos a profundizar.

La Iglesia custodia el Qué y Quién del Evangelio

En la clase pasada vimos en Mateo 16 que la tarea de la iglesia local, dada por Jesús, es proteger el “qué” y el “quién” del Evangelio. El “qué” parece bastante claro. Como Pablo escribe en 2 Timoteo 2:2, “lo que has oído de mí… encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.” El “quién” es al principio un poco opaco ya que Jesús confía las “llaves” del reino a los apóstoles. Luego, en Mateo 18 la entrega a la congregación de cada iglesia local. Las “llaves” dan la capacidad de declarar quien es y quien no es cristiano. No es que la iglesia puede “convertir” a alguien en cristiano o deshacer a alguien de serlo. Sino, que tienen la autoridad para declarar quien se ajusta a esa descripción.

Lo que no dije la semana pasada es cuan diferente este punto de vista de la finalidad principal de la iglesia difiere de tantas otras declaraciones de propósito que podríamos escribir. El objetivo principal de la iglesia no es el Gran Mandamiento. Sin duda, la vida evangélica que se desprende de una iglesia que guarda el que y el quien del Evangelio se verá como el Gran Mandamiento de amar al prójimo. Pero el amor no es el objetivo principal. Tampoco es el propósito principal de la iglesia de la Gran Comisión de Mateo 28. Cuando cuidamos el “qué” y “quién” del Evangelio, la Iglesia se convierte en el representante de Dios en la tierra. La comunidad de la iglesia es una muestra de la gloria de Dios. Y queremos que toda la tierra vea esa gloria. Pero, para citar a John Piper, “Las misiones existen porque la adoración no se lleva a cabo.” El Culto, es decir, ver y responder a quien es Dios, es primordial. Porque Dios es primordial. La declaración de propósito último de cualquier iglesia debe ser una muestra de la gloria de Dios guardando el qué y el quién del Evangelio.

Eso significa que las cosas que antes veíamos como de importancia marginal, como el Bautismo, la Cena del Señor, membresía de la iglesia y la disciplina de la Iglesia, cobran una enorme importancia. Porque así es como la iglesia protege el “quién” del Evangelio. Es por esto que hubo hombres que de buena gana se dieron a sí mismos para ser quemados vivos durante la Reforma Protestante sobre cuestiones como las ordenanzas. Vieron lo crítico que eran esas cosas para ser una iglesia.

Como cristianos, entonces, necesitamos la iglesia local. No principalmente como un lugar para escuchar enseñanza. No principalmente como un lugar para ir el domingo por la mañana. No principalmente como una fuente de aliento. Es todo eso, y todas esas cosas están relacionadas con su propósito. Pero necesitamos la iglesia con el fin de aferrarse al Evangelio. Necesitamos la iglesia para recordarnos qué es el evangelio y afirmar que seguimos como la gente del Evangelio. Que nuestras vidas se ajusten a nuestra profesión.

Pero a medida que seguimos esta línea de pensamiento a través del Nuevo Testamento, se obtiene un giro interesante. Si el propósito de la iglesia local es principalmente acerca de guardar el “qué” y “quién” del Evangelio, usted podría pensar en un principio que las reuniones regulares no son tan importantes. Después de todo, lo que más importa es lo que creemos y si vivimos correctamente esas creencias. Y así, lo que nos interesa principalmente es la enseñanza y las relaciones, ¿verdad? Si comienzo con Mateo 16 y construyo desde cero lo que es la iglesia local, creo que podría llegar a algo tipo Baha’i. Donde las Reuniones semanales no son frecuentes, pero la gente está muy interesada en las relaciones, en el servicio, y en la enseñanza.

Sin embargo, eso no es lo que vemos en el Nuevo Testamento. Vemos que la reunión regular de los creyentes en una iglesia local es realmente importante. Una reunión regular rápidamente se convirtió en semanal, en el primer día de la semana como una celebración de la resurrección de Jesús. Es importante porque en esas reuniones oímos la palabra de Dios, para que podamos seguir recordando y reconociendo el verdadero Evangelio. Y en esas reuniones reafirmamos formalmente que nuestra ciudadanía está en el cielo a través de las ordenanzas.

Ahora, la comprensión del propósito principal de la iglesia es crucial para entender por qué nos reunimos. Así que para el resto de nuestro tiempo quiero caminar a través de tres implicaciones de la declaración de propósito de la iglesia local, para nuestras reuniones semanales.

Implicación # 1: nuestras reuniones son diseñadas por Dios

Mencioné hace unos minutos que cada cristiano necesita una iglesia local. Cada uno de nosotros está absolutamente, de manera vital, en necesidad de una iglesia local que va a guardar el qué y quién del Evangelio. Pero no cualquier cosa llamada “iglesia” lo hará. Alguien puede llamar a una caminata semanal en el bosque una iglesia, ya que se reúnen para estar en comunión con Dios en la naturaleza. Pero eso no es la Iglesia que Jesús habla en Mateo 16. ¿Por qué no? Debido a que Dios nos dijo muy específicamente lo que debe hacer una iglesia y caminar en el bosque no está en la lista.

Es como si su médico le ha dicho que necesita terapia de reemplazo de genes. ¿Cuál es su siguiente pregunta para usted? “¿Quién me recomienda para la terapia de reemplazo de genes?” Debido a que usted no quiere conformarse con nada parecido con ese nombre. Quieres lo que el medico se propone. Lo que él piensa, es lo que necesitas.

Si bien es cierto que necesitamos la iglesia, necesitamos la iglesia que Dios quiere para nosotros. Esto nos lleva a algo que los teólogos llaman el principio “regulador”. Cuando se hace la pregunta, “¿Qué debería hacer la iglesia local cuando se reúne”? Algunas personas pueden responder, “cualquier cosa que no esté prohibido en las Escrituras.” Eso se llama el principio “normativo”. Pero una manera más bíblica de responder a esta pregunta es, “sólo lo que Dios nos ha dicho que hagamos en la iglesia local.” Queremos seguir la receta de Dios, por así decirlo.

¿Cuál es su receta? En el Nuevo Testamento, vemos mandamientos para la iglesia para orar (Col 4: 2-4, 1 Tim 2: 1-2), para leer las Escrituras públicamente (1 Tim 4:13; Col. 4:15, 16) , para escuchar la predicación y la enseñanza (Hechos 2:42; 1 Tim 4:13.), para bautizar a los creyentes (Mateo 28:19) y compartir la Cena del Señor (Hechos 2:42;. 1 Cor. 11); para alentarse unos a otros y alabar a Dios en el canto (Ef 5:19, Hebreos 13:15.), y para dar de sus finanzas (1 Cor 16: 1-2). 1 Cor 14:26 es claro: cada una de estas cosas que hacemos juntos, se debe hacer “para el fortalecimiento de la iglesia” – para edificar a otros. Citando a Ligon Duncan, de la orden de una iglesia para hacer algo en su servicio semanal principal “puede venir en forma de directrices explícitas, requisitos implícitos, los principios generales de la Escritura, mandatos positivos, ejemplos, y las cosas derivadas de buena y necesaria consecuencia” (Give Praise to God, 23). En resumen, oramos la Biblia, leemos la Biblia, predicamos la Biblia, cantamos la Biblia, y vemos la Biblia a la manera de las ordenanzas.

Pero si algo no se encuentra en esa lista, no es parte del plan de Dios para nuestro tiempo junto. Una caminata en el bosque puede ser una manera maravillosa de glorificar a Dios para pasar un tiempo junto. Esto podría dar lugar a la adoración. Pero no es lo que debemos hacer cuando la iglesia local se reúne.

Para explorar más esta idea, voy a dar tres razones por las que debemos seguir este “principio regulador” en nuestras reuniones de la iglesia:

No tenemos mandato para obligar a la conciencia del cristiano de maneras en que la Escritura no lo hace. Debido a que los cristianos se les ordena que estar en la iglesia regularmente (Hebreos 10:25), tenemos que tener cuidado con lo que hacemos en ese entorno de formas que no hacemos en otras áreas. Podríamos tener un picnic de la iglesia de manera opcional donde jugaremos voleibol. Pero si cambiamos el voleibol por nuestra reunión de domingo por la mañana, de repente cambia desde algo que alguien puede participar en algo en que deben participar. Y no tenemos ningún derecho a hacer eso. Al igual que aunque usted puede pensar que es aconsejable abstenerse del alcohol, usted no podría poner eso en nuestro pacto de iglesia, ya que estás mandando a alguien a hacer algo que la Escritura no lo hace.
Dios sabe cómo adorarle mejor que nosotros. Cuando se empieza a entender el principio regulador, se empieza a tener la presunción de no operar de esa manera. ¿Quién puede decir que sabemos cómo adorar a Dios mejor que El mismo? Ese es el punto detrás del segundo mandamiento en los Diez Mandamientos. “No te harás una imagen tallada.” Yo podría pensar que tener una imagen tallada de Dios me ayudaría a adorarle. “Oh no,” dice Dios. Así no es como quiero ser adorado. ¿Tenían buenas intenciones los israelitas cuando hacían una imagen de su Dios en forma de un becerro? Quizás. Tal vez querían hacer algo más concreto para que pudieran adorar mejor. ¿Eso funcionó bien? Nop. ¿Tenían Nadab y Abiú buenas intenciones cuando ofrecieron fuego extraño delante del Señor en Levítico 10? Quizás. Pero su aniquilación instantánea es un recordatorio aleccionador de que los mandatos de Dios no son algo con lo que se podía jugar.
El Espíritu Santo tiene buenas razones para el diseño de nuestras reuniones como lo ha hecho. ¿Por qué limitarnos a los elementos que he mencionado antes? ¿La oración, la lectura de las Escrituras, la predicación, las ordenanzas, cantar y dar? Bueno, no sé. Pero sin duda El ha pensado las cosas mejor que yo. Creo que voy a confiar en él en este caso.
Ahora, como se puede ver que hay diversidad de estilos de culto en diferentes iglesias fieles, estos elementos no son muy restrictivos. Y los cristianos a veces pueden estar en desacuerdo sobre lo que está prescrito en la Escritura y lo que no. Pero incluso cuando no estamos de acuerdo, al menos podemos saber que estamos utilizando el mismo marco y el mismo objetivo. Recibamos sólo aquellos elementos en nuestras reuniones semanales que se prescriben para nosotros en las Escrituras.

Ahora, si usted está planeando los servicios de su iglesia, esto tiene alguna relevancia muy práctica para usted. Pero muy pocos de nosotros estamos en esa situación. Así que permítame presentar tres pasos a tener en cuenta de lo que acabo de decir.

1) A Dios gracias, esto le dará un buen marco para encontrar la manera de evaluar los servicios de una iglesia si algún día es necesario encontrar una nueva iglesia. Busque una iglesia que toma en serio su responsabilidad de seguir la receta de Dios para su principal reunión semanal.

2) Esto debería reorientar cómo evaluamos el servicio de nuestra propia iglesia. En lugar de simplemente pensando, “¿Cómo me sentí al salir de este servicio?” o “¿Qué saque de bueno del sermón?”, podríamos ser un poco más centrados en Dios. “¿Lo que pasó esta mañana le agrada a Dios? ¿Logramos sus propósitos para nuestro tiempo juntos? “Sospecho que todos sabemos que el servicio debe ser acerca de El y no de nosotros. Pero escuchar nuestra conversación después con nuestro cónyuge o nuestros amigos o con nosotros mismo, las cosas a menudo suenan muy diferentes.

3) Reconocer que el Espíritu Santo nos dio todos estos elementos, porque necesitamos todos estos elementos. ¿Encuentra que usted ama los sermones, pero no aprecia realmente las oraciones? O ¿Todo lo que importa es sobre el canto, pero no tiene mucha paciencia para la lectura? Cada uno de nosotros podemos crecer en nuestro agradecimiento por todos los elementos de un servicio de la iglesia que la Escritura nos da.

[Si hay tiempo] ¿Cual sería una gran cosa para nosotros hacer en este momento? ¿Cómo ha crecido en su apreciación de los diferentes aspectos de un servicio de la iglesia en los años transcurridos desde su conversión?

¿Preguntas?

Ahora, he estado centrado casi exclusivamente en el culto, como un domingo por la mañana, la actividad de la iglesia. Pero, por supuesto, todos sabemos que el culto en el sentido de Romanos 12:1 es mucho más amplio que eso. Lo que plantea la pregunta, ¿Qué es tan especial acerca de la adoración corporativa? Y eso es una pregunta que podemos responder con una segunda implicación para una iglesia existente para guardar el quién y el qué del Evangelio.

Implicación # 2: Dios tiene propósitos especiales para la adoración corporativa

Para realmente llegar a esto, creo que tenemos que empezar por definir lo que es la adoración. Me gusta la definición de David Peterson: Adoración es “adherirnos con Dios en los términos que El propone y en la forma en que solo El hace posible.” Es la respuesta a quién es El. Es la obra de las palabras de Jesús en Juan 16:14, “[El Espíritu] El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.”

Es importante reconocer tres características acerca de la adoración:

Se trata de una respuesta a Dios mismo. El culto es un correcto y natural asombro a la gloria de quién es Dios.
Abarca toda nuestra vida. Nuestra actividad diaria puede ser adoración, en la medida que sea una respuesta a lo que es El. Y nos puede llevar a la adoración al enseñarnos la gloria de quién es Dios. Por lo tanto en el trabajo podría encontrar ser un buen jefe un poco del sabor de lo mucho que Dios ama usar su autoridad para nuestro bien. Eso me puede llevar a la adoración que me ayuda a apreciar de una manera como nunca antes lo increíble y deleitoso que es Dios. Y luego en la medida que respondo a un Dios tan bueno al tratar de representar a su autoridad como un buen jefe, mi trabajo se convierte en adoración.
Es un deleite en la belleza de Dios en Cristo. La palabra adoración muy a menudo connota nada más que las emociones que experimentamos cuando cantamos acerca de Dios. Pero podemos estar más atrapados en la experiencia que en Dios. En lugar de que la adoración siendo sea una experiencia deleitosa, es deleite en Dios.
Pero mientras toda la vida puede ser adoración, y toda la vida nos puede llevar a la adoración, estamos hablando de algo mucho más preciso que cuando nos fijamos en la adoración colectiva. A lo que me refiero, la reunión principal semanal de una iglesia local donde todos los creyentes son llamados para ser parte de.

Entonces, ¿qué hay de especial en la adoración corporativa? ¿Qué ocurre allí que no sucede cuando oras, cantas, lees y escuchas un sermón en casa? Te voy a dar una respuesta en tres partes:

Hemos oído un mensaje confiable. En un sentido, al menos en el largo plazo, el mensaje que una iglesia proclama en su predicación, sus canciones, sus oraciones, sus lecturas, es sólo tan buena como la vida de esa iglesia. Vidas transformadas por el Evangelio aprecian la predicación del evangelio transformador. Así que cuando se llega a conocer a la gente en una iglesia, se puede tener una mayor confianza en la fidelidad de su mensaje. Este es el “quién” y “qué” del Evangelio trabajando juntos.
Adoramos juntos. Eso significa que la adoración colectiva es una muestra de unidad. Piense en todos los cientos de sacrificios que deben hacerse para que esto suceda. Sacrificar las preferencias en el estilo musical, en el tiempo de servicio, en la longitud del servicio, en el cuidado de los niños. Y la unidad que producen esos sacrificios. ¡Cuán agradable que debe ser para Dios!
Las ordenanzas. ¿Recuerdas que te dije que las ordenanzas son más importantes de lo que a menudo les dan crédito? Bueno, ellas son la estructura alrededor de la cual se forma una comunidad del Evangelio. No tenemos el trabajo relacional de la comunidad en nuestros servicios per se. Después de todo, no nos reunimos a las 10:30 el domingo para charlar durante dos horas. Pero esa comunidad se exhibe en las ordenanzas y las ordenanzas forman las condiciones del contorno que una verdadera comunidad del Evangelio tiene que formar.
Dios es exaltado cuando su verdadero Evangelio es proclamado. Dios es exaltado cuando la unidad de una congregación diversa se nota en su reunión. Dios es exaltado cuando el pueblo del Evangelio que Su Palabra ha creado se revela a través del Bautismo y la Cena del Señor. ¡Comparado con esto, cantar canciones a Dios en el viaje al trabajo parece tan unidimensional! La adoración colectiva es especial debido a cómo, tanto el qué y el quién del Evangelio, se unen para crear un tapiz de adoración que es mucho más profunda y compleja que cualquiera de nosotros podría hacer por nosotros mismos solos.

Entonces, ¿qué debemos hacer con esto? Bueno, esperemos que la comprensión de los propósitos de Dios para la adoración colectiva nos lleve a priorizarla un poco más. Digamos que usted está de vacaciones, por lo que acaba de hacer un tiempo en silencio extra largo el domingo por la mañana para compensar el hecho de que no estás en la iglesia. Ahora, no hay nada malo en eso. En ninguna parte de la Escritura se nos dice que necesitas para estar 52 semanas al año en su propia iglesia. Pero cualquier sugerencia de que su largo tiempo de silencio es de alguna manera similar a estar en la iglesia, es perder totalmente el objetivo. Es un punto de vista demasiado centrado en las personas. Como si la iglesia sólo es importante debido a la nutrición espiritual que salga de ella. Y que yo mismo me puedo dar un “sustituto de la iglesia” para que me ayude dentro de la semana. Pero más allá de eso, no comprendemos todas las formas en que un servicio de iglesia honra a Dios que nunca pueden lograr solo por mi cuenta.

Una iglesia guarda el qué y quién del Evangelio con el fin de mostrar la gloria del Dios Todopoderoso en su vida en conjunto. Y, al hacerlo, son capaces de tocar una nota de adoración mucho más profunda que cualquiera de nosotros pueda lograr por nuestra cuenta. Esa es nuestra segunda implicación.

¿Alguna pregunta?

Ya hemos respondido a la pregunta: “¿Cómo es un servicio de la iglesia diferente de un tiempo de silencio?” Y te habrás dado cuenta de que todas las respuestas que he dado son de naturaleza vertical. Cómo adoramos a Dios de manera diferente juntos que separados. Pero si usted está familiarizado con las enseñanzas del Nuevo Testamento respecto a la iglesia local, se dará cuenta de que he dejado aparte una gran parte de esa respuesta, que es nuestra tercera implicancia. La iglesia reunida se trata de relaciones horizontales entre nosotros.

Implicación # 3: La Iglesia se reúne para edificación

1 Corintios 14:26 es un interesante e inesperado versículo sobre nuestras reuniones corporativas. Esto es lo que Pablo escribe:

“¿Qué hay, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Hágase todo para edificación”.

Es fácil pensar que la iglesia debe ser sólo acerca de Dios. Que los servicios de la iglesia deben ser sólo acerca de alabar a Dios. Pero si el propósito de la iglesia es proteger el “qué” y “quién” del Evangelio, entonces ese punto de vista es demasiado limitado. Pablo está tratando de demostrar algo aquí en 1 Corintios. Según él, la edificación es una razón clave por la que nos reunimos cada semana. Y eso significa que nosotros no simplemente nos reunimos en una dirección vertical; hablar a Dios, sino que además en una dirección horizontal; hablar unos con otros. Como Pablo escribe a los Efesios, “hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones”(Ef. 5:19).

Es por eso que tenemos himnos que se dirigen a nosotros mismos y no sólo a Dios. Es por eso que leemos la Escritura en voz alta. Es por eso que tenemos lecturas de respuesta y antifonales entre nosotros. Es por eso que mantenemos las luces encendidas en lugar de oscurecer el lugar, como si lo único importante es lo que dices en tu corazón el uno al otro. Es por eso que, a pesar de que no fue diseñado con esto en mente, que es agradable que nuestro espacio de asientos está diseñado en una disposición circular. Así, podemos ver unos a otros cuando nos reunimos.

Bueno, si este es uno de los propósitos de nuestra reunión semanal principal, yo supongo que debe afectar la forma en que nos reunimos, en términos de nuestra actitud y lo que hacemos cuando nos reunimos. Pero déjame poner eso como una pregunta para ti. ¿Cuáles son algunas de las implicancias de esta idea, que se reúnen en parte, con el fin de hablar el uno al otro? [Pensar en cómo las verdades que cantan / escuchan / leen aplican tanto a usted y a otros; no ser una distracción; cantar en voz alta para que podamos escuchar a los demás; esforzarse en compartir; escuchar a otros; etc.]

Conclusión

Cuando nos reunimos el domingo por la mañana, tenemos una visión de la gloria de la congregación final de Dios en el cielo. Para muchos de nosotros, es cuando el cielo se siente más real, y estimamos las cosas de Dios como más valiosas. Y necesitamos esa imagen, ¿verdad? Necesitamos esa imagen porque, a pesar de lo caído del mundo que nos rodea, estamos hechos para el cielo. Así que gracias a Dios que nos ha dado este recordatorio semanal de nuestro destino eterno. Vamos a añadir todas las cosas por las que le podemos alabar a medida que vamos hacia arriba a unirse en esta imagen del cielo en unos pocos minutos.

Congregacionalismo y Ancianos

Serie: La Teología de La Iglesia

I. Introducción.

Como es el caso, creo que, con estas seis clases, antes de entrar en estas preguntas, tenemos que averiguar por qué son importantes. No puedo decir que el congregacionalismo y los ancianos sean temas importantes para la mayoría de los cristianos hoy en día. Y, a pesar de que hayan decidido que estos temas son lo suficientemente importantes como para justificar venir a la clase de hoy, creo que se beneficiará más si usted entiende por qué son importantes.

¡Buenos días! Bienvenido de nuevo a la Teología del seminario central de la Iglesia. Como ya he mencionado antes, nuestro tema de esta mañana es el liderazgo de la iglesia local y como entendemos el papel de la congregación y de los ancianos, y cómo los dos encajan entre sí.

Así que empecemos con una pregunta. Digamos que usted no ejerce ninguna función en nuestra iglesia, y nunca lo hará. Nunca serás un anciano o un diácono. ¿Por qué es importante que usted entienda el modelo de liderazgo que la Biblia describe para la iglesia local?[Respuestas: Hebreos 13:17 nos dice que debemos ayudar a nuestros líderes a conducir; lo haremos mejor si entendemos cómo se supone que deben conducir; estamos en una iglesia Bautista, por lo que todos reconocen que los miembros de la congregación tienen autoridad para tomar decisiones, además de nuestros líderes; seleccionamos una iglesia, en parte, en función de si son fieles a la Escritura en la forma en que se estructura el liderazgo]

Muy bien. Déjeme darle un esquema para el resto de nuestro tiempo. Vamos a empezar con la autoridad de la congregación. Eso es porque, en Cristo, su autoridad es el nivel más básico de autoridad en una iglesia local que vemos en las Escrituras. A continuación, vamos a ver la autoridad de los ancianos. En ese sentido, estamos colocando la autoridad de los ancianos dentro de la autoridad de la congregación ya que la autoridad de los ancianos existe para ayudar a equipar a la congregación a ejercer su autoridad. Y, por último vamos a ver un poco de la interacción entre los dos.

II. Autoridad de la Congregación

Para mucha gente, “congregacionalismo” es una palabra que produce miedo. ¿De que estamos hablando: tener a toda la iglesia votando acerca de qué tipo de lápices vamos a comprar? ¿Irrumpir en peleas por el color de la alfombra?

Historias como éstas, sin duda dan al congregacionalismo un mal nombre. Pero la pregunta es, ¿Qué dice la Biblia?

Esta es la gran idea central que debemos captar: la Biblia enseña que la membresía de la iglesia es un oficio. Es un trabajo. Y su trabajo como un miembro de la iglesia es proteger el que y el quien del Evangelio.

Es el trabajo de toda la iglesia el responder a las preguntas, “¿Esa es una verdadera confesión respecto al Evangelio? ¿Es un verdadero confesor del Evangelio? “Eso, allí mismo, es el corazón bíblico y la sustancia del congregacionalismo.

Expliquemos esto en cuatro fases:

# 1: Hay diferentes tipos de autoridad en la iglesia.

Las personas a menudo tratan la autoridad con diferentes términos como: O este grupo tiene autoridad, o aquel grupo tiene autoridad. Y en muchas instancias de la vida esto es verdad.

Pero eso no es el caso en la iglesia. Los pastores tienen un tipo de autoridad; la congregación tiene otro tipo de autoridad. Y Jesús hace responsable a cada uno de su parte.

# 2: La autoridad de las llaves del reino pertenecen a la congregación en su conjunto.

Pasamos semanas anteriores explorando el asunto de las llaves del reino, que es una idea que Jesús presenta cuando introduce la iglesia en Mateo 16. Sólo para revisar, Jesús pregunta a Pedro: “¿Quién dicen que soy?” Simón Pedro responde, “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” Jesús aprueba la respuesta de Pedro, y luego dice,

18 Y os digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. 19 Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos “(Mat. 16: 18-19).

Jesús está interesado en un qué y un quién. ¿Qué es una confesión correcta, y quien es un confesor correcto?

Entonces Jesús le da a Pedro y a los apóstoles esta misma autoridad: la autoridad de estar delante de un confesor, para escuchar su confesión, y para anunciar un juicio oficial de parte del cielo.

  • Es o no es una confesión correcta.
  • Y si es o no es un verdadero confesor.

Quiero que nos aseguremos de entender esto: El que está llevando estas llaves del reino tiene la autoridad del cielo, no para hacer un cristiano, sino para declarar quien es un cristiano, lo cual (como hablamos la semana pasada) hacemos a través del bautismo y la Cena del Señor. Usted visitará su embajada si su pasaporte expira pronto para no ser expulsado del país. Ellos no te hacen un ciudadano de ese país, pero tienen la autoridad para renovar su pasaporte y declarar que usted es un ciudadano.

En Mateo 16, se les dice a los apóstoles que tienen las llaves. Luego, en Mateo 18, Jesús pone las llaves en las manos de la iglesia local. Un hombre no se arrepiente de un pecado grave. Entonces Jesús llama a la iglesia a tomar medidas; que hace referencia al lenguaje de las llaves. No se hace mención de los pastores o ancianos aquí. La última instancia de apelación es la iglesia.

La iglesia local tiene la autoridad para vigilar el qué y el quién del Evangelio. Se tienen las llaves.

¿Es entonces el congregacionalismo el poner un micrófono en el pasillo en una “reunión de trabajo” para que los miembros descontentos puedan llegar y decirle al pastor cómo hacer su trabajo? De ninguna manera.

Se trata de proteger y proclamar el Evangelio. Cuando somos bautizados en el nombre de Cristo (Mateo 28), usted se hace responsable por toda la familia. Esta responsabilidad es igualada por una autoridad: donde dos o tres están reunidos en el nombre de Cristo, como iglesia, para ejercer las llaves (por ejemplo, a través de la disciplina de la iglesia), ahí está Cristo (Mateo 18:20.). Su reputación y autoridad están detrás de su ejercicio de las claves.

No me diga que llevo formalmente el nombre de Jesús a las naciones, pero que soy incapaz de proteger su nombre contra la falsa doctrina y falsos profetas. Es por eso que la autoridad de la congregación es importante.

# 3: La membresía de la Iglesia (por lo tanto) es un oficio, o un trabajo.

Responsabilidad de trabajo número 1: ayudar a preservar el Evangelio. A todo el que quiera unirse a su iglesia, debe decirle: “Usted, como miembro ordinario de esta iglesia y habiendo sido bautizado cristiano, es responsable de proteger y preservar el Evangelio.”

Es por eso que Pablo pide a la congregación limpiarse de las falsas enseñanzas sobre el Evangelio en Gálatas 1. Espero que en cada iglesia, alguna vez, en alguna parte de la vida, la congregación tenga la autoridad y la capacidad de despedir a su pastor si alguna vez lo necesitan.

Responsabilidad de trabajo número 2: ayudar a aprobar a los ciudadanos del Evangelio. Cada miembro de su iglesia es responsable de proteger y preservar el Evangelio al aprobar o descartar ciudadanos del Evangelio.

Al igual que vimos hace dos semanas, eso se ve en 1 Corintios 5 y Mateo 18 cuando estudiamos la disciplina. Es la congregación quien debe actuar para aclarar quien representa a Jesús al mundo.

Piense en lo que esto significa: Cuando los pastores o ancianos dicen a los cristianos, “Hey, es nuestro trabajo recibir a los miembros. Es nuestro trabajo la disciplina. Es nuestro trabajo proteger el Evangelio. Usted solo tome asiento,” esto simplemente debilita a los cristianos y promueven la complacencia y el nominalismo. Hola, 1500 años de cristiandad.

Es por eso que ocupamos tanto tiempo en nuestras reuniones de miembros que ven los miembros entrar y salir. No es sólo que nosotros queremos que sepa quienes han de unirse; queremos que se sienta la autoridad que las Escrituras le dan. De lo contrario, le quitamos, como miembros, de las responsabilidades que Jesús le ha asignado.

# 4: La iglesia tiene el oficio de autoridad en la disciplina y la membresía (Mateo 18; 1 Cor. 5) y la doctrina y el liderazgo (Gálatas 1).

Eso por eso que votamos respecto a: membresía, disciplina, la declaración de fe cuando se está uniendo a la Iglesia, y quiénes son los líderes.

Y, simplemente como una cuestión de prudencia, solicitamos a la iglesia para afirmar el presupuesto anual en su conjunto, debido a que un presupuesto determina la dirección de nuestro ministerio evangélico.

Ahora, esto tiene relevancia más allá de la autoridad formal de votar en las reuniones de miembros. Si vamos a ejercer esa responsabilidad, necesitamos conocer el Evangelio, ¿verdad? Más allá de eso, tenemos que entender nuestra Biblia lo suficientemente bien como para que podamos detectar la enseñanza de que, aunque al principio parece atractiva, tiene el potencial de corromper el mensaje del evangelio.

Y necesitamos conocernos unos a otros. Hablamos mucho de eso en esta iglesia. Parte de ser un miembro es conocer y ser conocido. Espero que puedan ver cómo esto se deriva directamente de nuestra descripción de trabajo como congregación. Tenemos autoridad para reconocer si una persona es de hecho un confesor apropiado de Cristo, y tenemos que participar activamente en la vida del otro para hacer eso. Ese es el discurso de una cultura donde el discipulado, la hospitalidad, la gracia y la honestidad son normales.

Eso significa que cuando un amigo está luchando espiritualmente, es su trabajo ayudarle. No sólo el alertar a un anciano de la situación, sino estar en la primera línea de la pastoral. Los ancianos estarán allí para equipar y animar y a veces caminar junto a ti. Pero en última instancia, la atención por los demás es nuestro trabajo, juntos, todos.

Y, para que no suene en absoluto como un regaño: como congregación usted hace un trabajo maravilloso en esto. Eso es parte de lo que hace que en esta iglesia sea una alegría el dirigir. Es raro el caso de que una situación pastoral llegue a los ancianos, donde varios miembros no están ya involucrados, para orar, ayudar, alentar y enseñar. Alabado sea Dios, que es exactamente como debe ser.

III. Autoridad de los ancianos

Si esa es la autoridad de la congregación, ¿Cómo encaja la autoridad de los ancianos dentro de ella? Bueno, ¿recuerda que dije que hay dos tipos de autoridad? La iglesia como autoridad de las llaves. Los ancianos tienen la autoridad de la enseñanza y supervisión. Pablo en Hechos 20: “el Espíritu Santo os ha puesto por obispos”.

Pablo en Tito 1: “[Un anciano]… debe exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen” (1: 9).

Y el autor de Hebreos, “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas”

Eso significa que, salvo en circunstancias extraordinarias, los ancianos utilizan su autoridad de la enseñanza y supervisión para dirigir a la iglesia en el uso de las llaves.

La congregación no puede juzgar sabiamente el qué y el quién del evangelio: no pueden cumplir con sus responsabilidades con prudencia, a menos que tengan maestros del Evangelio que entreguen enseñanza y supervisión.

¡Ellos necesitan Ancianos para hacer su trabajo! Necesitan Ancianos para guiarlos en el ejercicio de las llaves.

¿Cómo los ancianos hacen esto? Bueno, podemos desglosar sus responsabilidades en unas pocas categorías que encontramos en la Escritura.

1. El ministerio de la Palabra

Aparte de no ser un nuevo convertido, la única salvedad que un anciano tiene y un diácono no, es su capacidad o aptitud para enseñar. Por lo tanto, no es sorprendente que los ancianos son para enseñar la Palabra. En público y en privado. Siempre dispuesto a aplicar la Palabra a la situación en cuestión. Así en Hechos 6, cuando los apóstoles por primera vez introducen la idea de los diáconos, uno de los principales papeles de los diáconos era que los apóstoles no distrajesen su atención del ministerio de la Palabra y de la oración. Y lo mismo es cierto hoy en día de los ancianos.

Un anciano debe tener absoluta confianza en la capacidad de la Palabra de Dios para hacer la obra de Dios.

2. El ministerio de la oración

Esas son las otras cosas que vimos que los apóstoles se dedicaban en Hechos 6. Por lo tanto, se deduce que los ancianos también deben orar. Orar por ellos mismos, orar por otros ancianos, orar por las necesidades de los que conocen en la iglesia, y orar por los desafíos más grandes que enfrenta la iglesia.

Usted sabe por experiencia propia la mayor cantidad de sus mejores intenciones para la oración pueden ser frustrados por el ajetreo de la vida. No piense que los ancianos son inmunes a esas mismas tentaciones y presiones. Así que cuando usted ore por los pastores, ore para que vayan a orar. Ore para que Dios los sostenga en la oración. Al igual que Hur levantó los brazos de Moisés en Deuteronomio, sostenga a sus pastores en la oración, para que puedan seguir orando.

3. El Ministerio de reunir y proteger

Una de las principales condenas que Dios levanta contra los malos pastores del Antiguo Testamento es la de haber sido dispersado al rebaño. Sin embargo, Dios promete reunirlo de nuevo (Jer. 50: 623: 1-4).

Efectivamente, Jesús es el Buen Pastor cuya voz y las ovejas escuchan y siguen. Él es quien las reúne. Pero no sólo eso, sino que además las protege. Él es el pastor que deja las 99 ovejas para localizar a una sola que se ha ido por mal camino. Y luego le dice a su Padre que no ha perdido ninguna de las ovejas que el Padre le había dado. El trabajo de un anciano es ser un pastor bajo la tutela de este buen pastor.

Pablo les dice a los ancianos en Hechos, “Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos” (Hechos 20:28). Y Pedro dice:

“Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria.” (1 Pedro 5:2-4)

Los ancianos deben vigilar a todo el rebaño. Ellos deben tener en cuenta a los débiles y a los que están luchando, a los rebeldes, y a los lobos con piel de oveja.

Casi siempre, los miembros deben someterse y seguir a sus líderes. Ellos deben obedecerles, como dice Hebreos 13:17. Seguir su ejemplo, como dice Hebreos 13:7. Los ancianos están ahí para equiparnos, mediante la enseñanza, la oración y protección, para hacer el trabajo del ministerio y ser fieles a Jesús.

IV. ¿Cómo estos encajan entre sí?

De acuerdo. Así que, una última pregunta: ¿cómo la autoridad de los ancianos encaja con la autoridad de la congregación?

Creo que un buen lugar para comenzar es con la descripción de Pablo acerca del ministerio en Efesios 4. Esto es lo que Pablo escribe, comenzando en el versículo 11:

11 Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros,

12 a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo,

13 hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;

14 para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error,

15 sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo,

16 de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.

Parte de lo que vemos aquí es la primera responsabilidad de la iglesia que vimos en Mateo 16: Para proteger una buena confesión. Se ve en el verso 14: en lugar de ser llevado por cualquier viento de doctrina, estamos estables, basados en un Evangelio que no cambia. Ahora, ¿Cómo sucede esto? ¿Es que los líderes de una iglesia protegen nuestra doctrina? No: es la congregación. Miremos hacia atrás a los versículos 12-13. Es la congregación que hace la obra del ministerio, que madura en la unidad y en la plenitud de Cristo. Nos preocupamos por los demás, y como cada uno de nosotros se mantiene fiel al Evangelio y la Iglesia en su conjunto se mantiene fiel. Eso es algo que incluso la mejor declaración de fe no puede lograr.

Y sin embargo, la congregación no hace esto sola por su cuenta, ¿verdad? Lo hacen mientras están siendo equipados. Equipados por los maestros de la Palabra que Pablo menciona en el versículo 11. Por lo tanto, no es que la autoridad de los ancianos eclipsa el de la congregación, o viceversa. Es que las dos autoridades se apoyan entre sí. Ninguno de ellos puede cumplir con la tarea que Dios les ha dado sin el otro.

No es una congregación pasiva

Así, por un lado, el congregacionalismo no ve la congregación como simplemente para ejercer la autoridad solo en situaciones de emergencia. Puede haber algo de eso, como explicaré en un momento. Pero, en general, la protección del Evangelio es el trabajo del día a día de la congregación, equipado por los ancianos. Pensemos en dos iglesias hipotéticas por un momento.

  • Iglesia 1: los pastores tienen las pesas y la cuerda de saltar. Ellos están haciendo todo el ejercicio. Y la iglesia está sentada en sillas para recostarse alrededor mirando.
  • Iglesia 2: los pastores caminan entre esa multitud de sillas de descanso, dando a la gente un ejemplo, y luego les muestran cómo usar las pesas y las cuerdas de saltar.
  • Por supuesto que no estamos hablando de pesas y cuerdas para saltar; estamos hablando de guardar el qué y el quién del Evangelio. Por lo tanto, ¿que iglesia cree usted que será más saludable internamente y externamente más evangelística?

No es una congregación todo-poderosa.

Pero por otro lado, esto no es democracia representativa tampoco. Especialmente aquí en DC, algunas personas miran la política bautista y piensan, “OK. Lo entiendo. Es como si la congregación es el pueblo y los ancianos son el congreso. Votamos a favor para hacer lo que queremos, y votamos en contra para que no se haga. “No, No, No! No es así en absoluto.

Para ser veraces, la congregación tiene la autoridad más básica bajo la autoridad de Cristo. Sin embargo, la autoridad de los ancianos no es dado a ellos por nosotros (la congregación), sino que se le da a ellos por Cristo, como se ve en pasajes como Hebreos 13:17. Y los ancianos deben utilizar su autoridad para ayudarnos, a la congregación, a ejercer nuestra autoridad.

Eso significa que el 99,9% de las veces, estas dos autoridades trabajan juntas. Luego, en situaciones extremas, la congregación utiliza su autoridad sobre y contra la autoridad de los ancianos, algo así como el poder de veto. Igual que el freno de emergencia. A medida que enseñamos la importancia de la membresía, cuando los ancianos conducen de una manera que es claramente contraria a la Escritura, en un asunto muy importante, la congregación necesita levantarse y deshacerse de los ancianos.

Pero, en general, estas dos autoridades trabajan juntas, no opuestas entre sí. Y, en general ni los ancianos ni la congregación ejerce su autoridad como una carta de triunfo. (“Hagan esto porque lo digo yo”). En su lugar, están viviendo bajo el peso de su responsabilidad ante Dios; la responsabilidad que proviene de esa autoridad. Cuidar, exhortar, animar y enseñar a fin de que, como iglesia, podamos seguir protegiendo el qué y el quién del Evangelio.

V. Conclusión

Me encanta como Charles Spurgeon pensó en su propia vocación en este sentido, tomando prestada una imagen de El Progreso del Peregrino:

Estoy ocupado en mi pequeña vía, como el señor Gran Corazón se empleó en los días de Bunyan. Yo no me comparo con este campeón, pero estoy en la misma línea de negocio. Estoy ocupado en visitas guiadas personalmente al cielo; y tengo conmigo, en la actualidad, querido Padre Viejo Honesto: me alegro de que sigue vivo y activo. Y ahí está Cristiana, y sus hijos. Es mi negocio, hago lo mejor que puedo, para matar a los dragones, y cortar cabezas de gigantes, y guiar a la tímida y a la temblorosa. A menudo me temo perder algunos de los más débiles. Tengo dolor en el corazón por ellos; pero, por la gracia de Dios y su ayuda amable y generosa en el cuidado de unos a otros, confío en que todos vamos a viajar con seguridad hasta la otra orilla del río. Oh, cuántos he tenido que separar de allí! Me he parado en el borde, y los he oído cantar en medio de la corriente, y casi he visto a los más brillantes que les llevan hasta la colina, y a través de las puertas, hasta la Ciudad Celestial.1

Ese es el objetivo de nuestros Ancianos, ¿verdad? Y más en última instancia, esa es la meta de toda nuestra congregación al ser equipados por nuestros Ancianos. Para cuidarnos unos a otros hasta el borde del río, y gozarnos en la recompensa que hay en el otro lado.

Pregunta de Discusión: ¿Qué consecuencias podría tener esto para la forma de trabajar de la pastoral en nuestra congregación? [Respuestas: los miembros son pastoreados principalmente entre ellos mismos. Los Ancianos equipan principalmente a través de la enseñanza pública. Los ancianos deben estar involucrados principalmente como entrenadores, ayudando a los miembros a preocuparse por los demás, etc.]

¿Por Qué Dios Debe Salvar?

“No hay otra razón por la que Dios deba salvar al hombre, sino por causa de Su nombre, no hay nada en el pecador que pueda darle el derecho para salvación, o recomendarlo para recibir gracia; debe ser el propio corazón de Dios el cual debe dictar el motivo por el cual los hombres han de ser salvos. Una persona dice, ‘Dios me salvará, porque soy muy honesto.” Señor, Él no hará tal cosa. Otro dice, “Dios me salvará porque soy muy talentoso.’ Señor, Él no lo hará. ¡Tu talento! Por qué balbuceas, presumido idiota, ¡tu talento es nada comparado con el del ángel que una vez estuvo parado frente al trono, y pecó, y ahora es arrojado al hoyo más profundo para siempre! Si Él salvaría a los hombres por sus talentos, Él salvaría a Satanás; por que él tiene talento suficiente. Como por tu moralidad y bondad, no son nada más que trapos de inmundicia, y Él nunca te salvará por cualquier cosas que hagas.” (El Púlpito de New Park Street, Vol.3, p.69-70)

“[La verdad de que Dios hace todo por causa de Su nombre] abre grandes puertas a los pecadores. Ahora, escuchen esto. Quizás haya alguien aquí que diga, ‘soy tan culpable; tan indigno; tan vil, que Dios no puede salvarme por mérito de algo en me. Soy todo lo que no debería ser.’ Aférrate a eso, hermano. No te canses de eso, tienes sujetada la verdad en este momento. ‘Entonces, ¿por qué Él debería salvarme?’ preguntas tú; ‘no puede ser por causa de algún uso que Él pueda hacer conmigo; porque soy ignorante; desconocido; débil de mente; Dios no puede obtener nada de mi; Él no puede salvarme por causa de eso.’ Pero mira, señor, Él puede salvarte de manera que pueda hacerse un gran nombre para Sí; porque si Él te perdona, un gran pecador traerá gran alabanza a Su misericordia. Si Él te cambia, tú que has estado desesperadamente rendido a la mala conducta traerás gran crédito a Su poder. Si Él te toma, tu que eres tan insignificante y desconocido, tempranamente mostrarás la grandeza de su condescendencia, y la maravilla de Su amor.” (El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano, Vol.37, p.573)

CHARLES SPURGEON

Afamado pastor bautista británico (Kelvedon, 19 de junio de 1834 – Alpes Marítimos, 31 de enero de 1892). A lo largo de su vida, Spurgeon evangelizó alrededor de 10 millones de personas2​ y a menudo predicaba 10 veces a la semana en distintos lugares. Sus sermones han sido traducidos a varios idiomas y fue conocido como el «Príncipe de los Predicadores».3​ Tanto su abuelo como su padre fueron pastores puritanos, por lo que creció en un hogar de principios cristianos. Sin embargo no fue sino hasta que tuvo 15 años en enero de 1850 cuando fue salvo por el Señor en una Iglesia metodista.

Por: Recursos en Español por HeartCry

Cómo el calvinismo cambió mi sufrimiento

por Jane Story

Mi salud se fue cuesta abajo a mediados de mi segunda década de vida. Problemas de sueño, salud mental, una lesión importante en el hombro y una cirugía, así como una rara migraña, llegaron a mí una tras otra. Estas luchas dominaron cinco años de mi vida y a veces parecía que nunca me recuperaría.

Comencé esa temporada con una perspectiva esperanzadora. Estaba orando, confiando en Dios y buscando una comunidad. Pero empecé a quebrarme a los pocos meses. Ya fuera gritándole a Dios con rabia en el auto a las cuatro de la mañana o escondiéndome bajo una cobija mientras me preguntaba cómo iba a enfrentar el día, igual me sentía perdida en la miseria.

Esperanza equivocada

Miro hacia atrás y veo que mi mayor problema era el agotamiento espiritual y la confusión. Algo de esto fue resultado de mis circunstancias, pero mucho se debió a una teología aplicada de manera insuficiente. Había adoptado intelectualmente una comprensión calvinista de la salvación años antes de mi temporada de sufrimiento. Sin embargo, todavía no había aplicado esas verdades en situaciones de la vida real.

En lugar de dejarme llevar por los altibajos de la vida, descubrí que la soberanía de Dios era mi fundamento estable

 

Todavía me guiaba por falsedades sutiles que paralizaban mi capacidad de sufrir bien. La falsedad más importante era creer que era mi responsabilidad aferrarme a Cristo y no perder mi fe, que tenía que sufrir de una manera «suficientemente buena» para mantener mi posición con Dios.

Es cierto que la Biblia tiene numerosos llamados a resistir hasta el final, recordar la bondad de Dios y mirar hacia adelante con fe, pero mi esperanza estaba en mi capacidad de ser fiel, más que en la fidelidad de Cristo. Estoy lejos de ser una experta en Calvino, pero incluso una  comprensión simple de sus enseñanzas sacó a la luz mi pensamiento defectuoso y finalmente me trajo una gran esperanza. Estas son solo dos de las muchas doctrinas que encontré de gran ayuda en medio del sufrimiento.

La soberanía de Dios

Dios tiene el poder y la autoridad para hacer lo que decida. Esto fue crucial: ¿Quién era yo para decirle a Dios lo que puede y no puede hacer? ¿Quién era yo para juzgar a Dios como cruel? Tenía todo el testimonio de las Escrituras para explicarme Su carácter. También tenía las promesas de que obraría con misericordia para mi bien y de que es bondadoso con los pecadores.

La doctrina de la soberanía de Dios me dolía más de lo que me consolaba en mis momentos más oscuros. Pero era la herida fiel de un amigo (Pr 27:6). Sin Su soberanía, mi sufrimiento carecía de propósito, y ese es un destino mucho peor. Reconocer Su soberanía significaba aceptar que permitía mi dolor voluntariamente o incluso lo causaba. Eso era difícil.

Sin embargo, someterse al gobierno de Dios y llamarlo bueno en medio del dolor resultó ser el camino de la esperanza y el gozo. Insistir en que Dios ordenara mi vida según mi voluntad me enfadaba y me hacía dudar si no hacía lo que yo quería. Pero me liberó aceptar todas las circunstancias como voluntad de Dios. Mis pruebas ya no tenían el poder de «refutar» el amor y el poder de Dios. Por el contrario, descubrí que todas las adversidades eran, en última instancia, para mi bien y tenían como propósito hacerme más semejante a Cristo (1 P 1:3-9). En lugar de dejarme llevar por los altibajos de la vida, descubrí que la soberanía de Dios era mi fundamento estable.

La perseverancia de los santos

De niña me enseñaron implícitamente que somos salvos por gracia, pero que tenemos la responsabilidad de la santificación. Creía que dependía de mí el mantenerme fuerte en mi fe y que era posible perder mi salvación. Más tarde, en medio de mis problemas médicos, me enfadé y me desanimé, hasta el punto de querer huir de Dios. Debido a que mi fe se sentía débil, me preocupaba estar en peligro de perder mi posición en la familia de Dios.

Pero el calvinismo me llevó a la dulce doctrina de la perseverancia de los santos. Una vez que has sido salvado, siempre serás salvo. Esta doctrina está estrechamente vinculada a otras ideas, como la elección incondicional (yo no contribuyo a la salvación, salvo mi propia necesidad) y la gracia irresistible (si Dios me ha llamado, me salvará). En conjunto, estas doctrinas significan que la salvación no depende en absoluto de cómo me sienta o de cuánta convicción pueda reunir. Tengo seguridad a pesar de mi lucha y mis dudas, porque mi seguridad se encuentra fuera de mí.

Por supuesto, debo procurar alimentar mi fe y aferrarme a Cristo en los momentos difíciles. Pero mi seguridad no está en mi capacidad de sufrir perfectamente, sino en el único que sufrió perfectamente en mi lugar. Mi ira y mis dudas se volvieron menos temibles al saber que no podían arrancarme de la mano de Dios (Jn 10:28-30).

Transformación

En medio de esos años terribles, mis oraciones y mi adoración cambiaron. Comprendí por experiencia que Cristo me salvó de mi pecado, incluido el pecado de no confiar en Él en medio del sufrimiento. Reconocí más plenamente que la fe y la salvación, de principio a fin, son dones irrevocables. Comprendí que, incluso en mis luchas, el poder de Cristo se magnificaba en mi debilidad.

Espero afrontar las pruebas futuras con más paciencia y confianza que en el pasado. Pero mi mayor consuelo es saber que, incluso cuando mi fe es escasa, el Señor sigue sosteniéndome. Tanto yo como todos los elegidos hemos sido entregados a Cristo por Dios Padre. Mi perseverancia está garantizada, no por mi desempeño, sino por el de Cristo. Esto quita el filo del sufrimiento porque, como dice Pablo, nada «nos separará del amor de Cristo», ni siquiera nuestras propias dudas, pruebas o el pecado (Ro 8:35-37).

Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.

Pecado, arrepentimiento y caminar en la luz

Pecado, arrepentimiento y caminar en la luz
Por Trillia Newbell

Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

Nuestra ofensa más pequeña merece toda la ira de Dios. Eso es difícil de escuchar si olvidamos que Dios no solo ha cubierto nuestro pecado en Cristo, sino que también nos permite acercarnos a Él continuamente para recibir esa gracia una vez más. También sabemos que Dios es santo, separado en Su perfección, gloria y majestad. Somos pecadores que pecamos todos los días. Nuestro pecado debería afligirnos, pero no condenarnos, porque servimos a un Dios que es bueno y bondadoso, pero que también es santo y justo. Entonces, ¿qué debemos hacer con este enigma de nuestra pecaminosidad y la santidad de Dios que está tan cerca de nosotros? Arrepentirnos y recibir la asombrosa gracia de Dios.

¿Es Dios una especie de cuco?
Ahí está de nuevo. Esa tenebrosa sombra acechando en el armario. Parece tan impredecible. ¿Qué va a hacer ahora? ¿Qué podría pasar? ¿Saltará y me atrapará?

Esos eran mis aterradores pensamientos de niña. Me acurrucaba con miedo en mi cama, esperando que el cuco saltara del armario y me atrapara. Cuando me convertí en cristiana, me di cuenta de que gran parte de la forma en que me relacionaba con Dios era con ese miedo infantil al cuco. Sentía que no tenía mucho control sobre mi vida, pero en lugar de darme cuenta de que estaba en manos de un Padre bueno y amoroso, lo veía como un tirano. Pensaba que Él tenía todo el control, pero que el único amor que mostró fue en la cruz (que por supuesto hubiera sido suficiente). Realmente creía que Dios era como el cuco que rondaba por mi armario, esperando el momento adecuado para castigarme o causarme algún daño.

Qué triste. Si solo conocemos a Dios como el gobernante soberano del mundo podríamos cometer el mismo error que yo cometí cuando era una joven cristiana. No fue hasta que comprendí el gran amor de Dios que comencé a ver Sus caminos como buenos y amables. Sí, incluso las cosas difíciles de nuestra vida provienen de la mano amorosa de Dios (1 P 1:3-9; He 12:3-17). Podemos descansar en el conocimiento de que los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, y que Sus caminos no son nuestros caminos, y que sin embargo Él tiene cuidado de los hombres (Sal 8:4; Is 55:8).

Lo vemos en Isaías 55, que comienza con un llamado urgente a que vengamos a beber: «Todos los sedientos, vengan a las aguas; y los que no tengan dinero, vengan, compren y coman. Vengan, compren vino y leche sin dinero y sin costo alguno» (v. 1). Dios se complace en satisfacer nuestras necesidades (espirituales y de otro tipo). Tenemos un Padre que nos invita al trono de la gracia para recibir ayuda en nuestros momentos de necesidad (He 4:16). Y aunque de joven no comprendía del todo el significado de la cruz, ahora entiendo que Dios mostró Su máximo amor por nosotros mediante el sacrificio de Su Hijo a nuestro favor. ¿Existe un amor más grande que ese?

Dios no es el cuco. Es el Dios soberano, amoroso y asombroso que vino a redimir a un pueblo para Sí mismo. Él es bueno y nos ama todo el tiempo. Así que, como respuesta a nuestro conocimiento de Su carácter amoroso, nos disciplinamos para arrepentirnos diariamente del pecado por el que Cristo ya ha muerto.

Camina en la luz
Uno de los muchos efectos secundarios que he experimentado al envejecer es la incapacidad de ver la carretera al conducir de noche. Todo brilla. Si llueve, es como si alguien me iluminara los ojos con una luz brillante. Como adulta responsable que soy, todavía no he ido al oftalmólogo. Así que conduzco en la oscuridad, ciega como un murciélago.

Afortunadamente, no tenemos que hacer esto como cristianos. Hemos visto la luz. El evangelio ha iluminado las tinieblas. Y esta luz no desorienta; es un don de la gracia que nos purifica y nos guía.

Pero tal vez has estado caminando como si estuvieras todavía en la oscuridad. Dios te llama a caminar en la luz. Caminar en la luz significa caminar en la bondad y la gracia de Dios, viviendo una vida que refleje al Salvador y caminando de una manera digna del evangelio. El arrepentimiento es una de las formas más claras de caminar en esta luz. El apóstol Juan nos dice: «Si decimos que tenemos comunión con Él, pero andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad» (1 Jn 1:6). Caminar en las tinieblas es caminar con el conocimiento del pecado e ignorarlo, o caminar como si estuviéramos completamente sin pecado, sin arrepentirnos nunca (1 Jn 1:8). La gracia de Dios nos permite no solo reconocer que seguimos luchando con el pecado, sino también volvernos de nuestro pecado.

Vemos claramente que nuestro caminar en la luz no es perfecto, ni siquiera está cerca de serlo. Nunca alcanzaremos la perfección en esta tierra. Por eso el arrepentimiento es un regalo tan hermoso de nuestro Dios. «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad» (1 Jn 1:9). Oh, qué gracia. Confesamos nuestros pecados a Dios —reconociendo nuestra gran necesidad de que Él nos convierta de nuestro pecado— y ¿qué hace Él? Hace lo que ya ha hecho: derrama la gracia que necesitamos para cambiar. Su ira estuvo reservada para Jesús. No recibimos castigo o ira por nuestros pecados; recibimos gracia. Hay, por supuesto, consecuencias por el pecado, pero aún así, nuestra posición ante Dios no cambia.

Dios es soberano y lo gobierna todo. Es santo, pero gracias a Jesús podemos acercarnos a Él. Corre, no camines, al trono de la gracia. No camines como un ciego mientras puedes caminar en la luz que está disponible para ti. Camina en la luz. Confiesa tu pecado y recibe la gracia. No hay condenación para ti.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Trillia Newbell
Trillia J. Newbell es conferencista y autora de Fear and Faith [Temor y Fe], United [Unidos], Enjoy [Disfruta] y su libro infantil más reciente God’s Very Good Idea [La gran idea de Dios].

¿Debería asistir a una boda homosexual?

Por Kevin DeYoung 

Nota del editor:Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

¿Por qué podría un cristiano negarse a asistir, atender o participar en una ceremonia de matrimonio entre personas del mismo sexo? Para hacer las cosas más simples, asumamos que este es un debate entre cristianos tradicionales que creen —como siempre ha creído la iglesia y como sigue creyendo la mayor parte de la iglesia mundial— que el comportamiento sexual entre personas del mismo sexo es pecaminoso y que el matrimonio es una unión conyugal y de pacto entre un hombre y una mujer.

Con este comentario aclaratorio, podemos abordar la cuestión directamente: ¿Por qué un cristiano se sentiría obligado por su conciencia a no asistir o participar en una boda gay? Lo que nos lleva a esta conclusión no es el fanatismo, ni el miedo, ni porque no sepamos que Jesús pasó tiempo con los pecadores. Es por nuestro deseo de ser obedientes a Cristo y por la naturaleza del evento de la boda en sí.

Una ceremonia de boda, en la tradición cristiana, es ante todo un servicio de adoración. Así que si la unión que se celebra en el servicio no puede ser aprobada bíblicamente como un acto de adoración, creemos que el servicio da crédito a una mentira. No podemos, con buena conciencia, participar en un servicio de adoración falsa. Entiendo que no suena muy bien, pero la conclusión se desprende de la premisa, es decir, que el «matrimonio» que se celebra no es en realidad un matrimonio y que no debe celebrarse.

Además, desde hace tiempo se entiende que los presentes en una ceremonia matrimonial no son simples observadores casuales, sino que son testigos que otorgan su aprobación y apoyo a los votos que se van a realizar. Por eso el lenguaje tradicional habla de reunirse «ante Dios y ante esta congregación». Por eso, en uno de los servicios matrimoniales modelo de la Iglesia presbiteriana de América, todavía el ministro dice:

Si alguien puede mostrar una causa justa por la que no puedan casarse legalmente, que lo declare ahora o que calle para siempre.

De forma muy explícita, la boda no es una fiesta para los amigos y la familia. No es una mera formalidad ceremonial. Es un acontecimiento divino en el que los reunidos celebran y honran la «solemnidad del matrimonio».

Por eso —por mucho que quiera tender puentes con una amiga lesbiana o asegurar a un familiar gay que me importa y que quiero relacionarme con él— no asistiría a una ceremonia de boda del mismo sexo. No puedo ayudar con mi pastel, con mis flores o con mi presencia a solemnizar lo que no es sagrado.

Al adoptar esta postura, a menudo he escuchado en respuesta cosas como estas:

Pero Jesús se juntó con los pecadores. No le preocupaba ser contaminado por el mundo. No quería alejar a la gente del amor de Dios. Siempre abría las compuertas de la misericordia de Dios. Él nos diría: «Si alguien te obliga a hornear un pastel, hornea para él dos».

Bien, pensemos en estas objeciones. Me refiero a pensar con unas cuantas frases y no solo con eslóganes y vagos sentimentalismos.

Jesús se juntó con los pecadores. Es cierto, más o menos (depende de lo que se entienda por «juntarse»). Pero Jesús creía que el matrimonio era entre un hombre y una mujer (Mt 19:3-9). El ejemplo de Cristo en los evangelios nos enseña que no debemos tener miedo de pasar tiempo con los pecadores. Si una pareja gay de la casa de al lado te invita a cenar, no la rechaces.

No le preocupaba ser contaminado por el mundo. Esa no es la preocupación aquí. No se trata de piojos o gérmenes del pecado. Nosotros mismos tenemos muchos de ellos.

No quería alejar a la gente del amor de Dios. Pero Jesús lo hizo todo el tiempo. Actuó de maneras antagónicas, que pudo hacerlas involuntariamente, pero más a menudo las hizo deliberadamente (Mt 7:6, 13-27; 11:20-24; 13:10-17; 19:16-30). Jesús apartaba a la gente todo el tiempo. Esto no es excusa para que seamos irreflexivos y poco amables. Pero debería poner fin a la noción no bíblica que dice que si alguien se siente herido por tus palabras o no amado por tus acciones, ipso facto fuiste poco amoroso de manera ridícula y pecaminosa.

Siempre abría las compuertas de la misericordia de Dios. Amén. Sigamos predicando a Cristo y prediquemos como Él lo hizo, llamando a todas las personas a «arrepentirse y creer en el evangelio» (Mr 1:15).

Si alguien te obliga a hornear un pastel, hornea para él dos. Este es, por supuesto, un principio verdadero y hermoso sobre cómo los cristianos, cuando son injuriados, no deben injuriar a su vez. Pero difícilmente puede significar que hagamos todo lo que la gente exige sin importar nuestros derechos (Hch 4:18-20; 16:35-40; 22:22-29) y sin importar lo que es correcto a los ojos de Dios.

Una boda no es una invitación a una cena o una fiesta de graduación o de jubilación. Incluso en un entorno completamente laico, sigue existiendo la sensación —y a veces las invitaciones de boda lo dicen— de que nuestra presencia en el evento honraría a la pareja y su matrimonio. Sería difícil, si no imposible, asistir a una boda (por no hablar de hacer el catering o el centro de mesa) sin que tu presencia comunique la celebración y el apoyo a lo que está ocurriendo. Y, por muy doloroso que sea para nosotros y para los que amamos, celebrar y apoyar las uniones homosexuales no es algo que Dios o Su Palabra nos permitan hacer.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Kevin DeYoung
El Rev. Kevin DeYoung es pastor de Christ Covenant Church en Matthews, N.C., y maestro asistente de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary de Charlotte, N.C. Es autor de numerosos libros, incluyendo Taking God at His Word [Confía en Su Palabra] y Just Do Something [Haz algo].