Lo que depara el futuro

Lo que depara el futuro

Por Denny Burk

Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

El presidente Obama tuvo razón cuando dijo que la decisión de la Corte Suprema sobre el matrimonio gay cayó como un rayo. La decisión en el caso Obergefell vs. Hodges, que legalizó el matrimonio gay en todo el país, es realmente un punto de inflexión en nuestra vida nacional. Aunque la mayoría de los estadounidenses apoya ahora el matrimonio gay, muchos de nosotros consideramos esta decisión como una tragedia moral y judicial.

Desde el punto de vista jurídico, representa que cinco jueces no elegidos imponen a la nación una nueva definición del matrimonio. La sentencia no se basa en principios jurídicos sólidos, sino en las opiniones de cinco abogados que se adjudican el derecho a promulgar una política social. La Corte Suprema no tiene derecho a redefinir el matrimonio para los cincuenta estados, pero eso es exactamente lo que hizo.

Desde un punto de vista moral, la decisión es una completa subversión de lo bueno, lo correcto y lo verdadero con respecto al matrimonio. El matrimonio es la unión de pacto entre un hombre y una mujer para toda la vida. Su conexión con la procreación y los hijos nos ha sido revelada en la naturaleza, por la razón y por el sentido común. Además, la Biblia revela que el matrimonio es un símbolo del evangelio, del amor y del pacto de Cristo por Su iglesia (Ef 5:31-32).

La decisión del tribunal intenta poner todo eso patas arriba. Como resultado, se opone a la razón y al sentido común. Lo que es más importante, va en contra de los propósitos de Aquel que, para empezar, creó el matrimonio (Gn 2:24-25).

Una nueva realidad
Aunque me decepciona esta decisión, aún confío en que los cristianos seguirán dando testimonio de la verdad sobre el matrimonio, aunque la ley de nuestro país se ponga ahora en nuestra contra. Sin embargo, muchos cristianos se preguntan cómo avanzar en esta nueva realidad.

Soy pastor y esta pregunta es exactamente la que he escuchado de la gente de mi iglesia. Nuestros miembros, en general, no tienen preguntas sobre la enseñanza de la Biblia sobre la homosexualidad y el matrimonio. Eso lo entienden. Tampoco tienen dudas sobre su obligación de amar al prójimo, buscar su bien y estar en paz con todos (Mr 12:29-31; Lc 6:33; Ro 12:18). También entienden todo eso.

Su pregunta es cómo vivir lo que Jesús les ha llamado a ser cuando la gente los trate con hostilidad. Hace poco hablé con un miembro de la iglesia cuyo jefe es gay. Aproximadamente la mitad de sus compañeros de trabajo también lo son. Son sus amigos y tiene amor por ellos. Ella quiere mantener una relación con ellos y espera seguir formando parte de sus vidas. Pero le preocupa que sus creencias cristianas sobre el matrimonio y la sexualidad los alejen una vez que las conozcan. Lo último que tiene en mente es librar una guerra cultural o ganar un debate con ellos. Solo quiere un espacio para ser su amiga, aunque al final no estén de acuerdo con estas cuestiones fundamentales.

Podría contar otras historias de hermanos y hermanas en Cristo que no solo están preocupados por mantener las relaciones con sus amigos del trabajo, sino que también les preocupa enfrentarse al suicidio profesional si sus opiniones cristianas se dan a conocer entre sus colegas. Una vez más, no quieren entrar en una guerra cultural con nadie. Pero tampoco quieren enfrentarse a la pérdida de sus trabajos o a una reprimenda en su expediente de recursos humanos cuando no se presenten a la fiesta de la oficina para su compañero de trabajo que acaba de casarse con su pareja del mismo sexo. Están tratando de averiguar cómo ser fieles a Jesús, amigos fieles y empleados fieles cuando estas obligaciones parecen estar en tensión.

Ese es el reto que veo entre nuestros miembros. Lo que se preguntan es si su fe cristiana será tolerada en el espacio público. Y no me refiero a ningún deseo por su parte de hacer un proselitismo agresivo y odioso. Se preguntan si existirá un auténtico pluralismo en el país post-Obergefell, o si los puntos de vista cristianos sobre la sexualidad y el matrimonio están siendo excluidos de nuestra vida nacional.

Estoy muy agradecido por estos queridos hermanos y hermanas en mi iglesia. Ninguno de ellos ha expresado ningún pensamiento de abandonar las enseñanzas de Jesús debido a estas dificultades. Van a caminar con Cristo sin importar el costo. Alabo a Dios por eso. Pero aun así estoy preocupado por ellos y estoy orando por ellos. Son víctimas silenciosas en la primera línea de una guerra cultural en la que no quieren estar. Solo quieren seguir a Jesús en paz. A medida que las implicaciones de Obergefell llegan a sus vidas, oro para que puedan hacer precisamente eso (1 Ti 2:2).

La creciente oposición
Los cristianos están empezando a darse cuenta de que su lugar en la vida estadounidense está siendo juzgado en el tribunal de la opinión pública. No está nada claro si esto acabará bien para la iglesia cristiana.

A principios de este año, vimos cómo los gobernadores de Indiana y Arkansas abandonaban en sus estados las Leyes de Restauración de la Libertad Religiosa (RFRA por sus siglas en inglés). Fue un momento clave en nuestra vida nacional que puso de manifiesto el profundo cambio de actitud de Estados Unidos respecto a la homosexualidad, el desfase de los evangélicos con la nueva ortodoxia sexual y la voluntad de muchos estadounidenses de castigar a los evangélicos por sus creencias transgresoras.

Hemos visto a dos gobernadores republicanos dar marcha atrás con respecto a las RFRA estatales sobre las cuales hace tan solo diez años no había controversia alguna. Hemos visto a los medios de comunicación nacionales desestimar con sarcasmo nuestra primera libertad en la Carta de Derechos, usando comillas al mencionar la «llamada» libertad religiosa. Vimos cómo un político tras otro no quería o no podía presentar un argumento coherente a favor de la libertad religiosa. Y vimos a innumerables comentaristas denigrar la libertad religiosa como un eufemismo para el fanatismo y la discriminación. El columnista del New York Times, Frank Bruni, escribió que a los cristianos se les debería «obligar a quitar la homosexualidad de su lista de pecados». No es de extrañar que Nicholas Kristof haya dicho que «los evangélicos constituyen uno de los pocos grupos de los que es seguro burlarse abiertamente».

La libertad religiosa ha recibido una paliza épica en la vida estadounidense y parece que apenas estamos empezando. El foco del ataque parece estar en los evangélicos. Los evangélicos están empezando a sentir un desprecio abierto por parte de burladores refinados, que encuentran que nuestra antigua fe es estrafalaria y discordante con el país posterior a la revolución sexual. Ya no existe una «mayoría silenciosa» a la que los cristianos puedan apelar en busca de ayuda. Los evangélicos somos una auténtica minoría cuando se trata de nuestro compromiso con las enseñanzas de Jesús sobre la sexualidad. No es solo que a la gente no le gusten nuestros puntos de vista. Es que no le gustamos a la gente por ellos. De hecho, una encuesta reciente ha revelado que hay más personas que ven con buenos ojos a los homosexuales que las que ven con buenos ojos a los evangélicos.

¿Retirada o compromiso?
Sin duda, los cristianos evangélicos se enfrentan a una nueva realidad en la América post-Obergefell y se preguntan cómo avanzar. Oyen a algunos líderes aconsejar la retirada y la desvinculación de la cultura. Oyen a otros líderes decir que tenemos que participar en la guerra cultural con el tipo de política que marcó la antigua Mayoría Moral de la década de 1980.

Ninguna de las dos opciones muestra realmente lo que Jesús nos enseñó sobre nuestra relación continua con el mundo. Juan 17 recoge las palabras de la oración de Jesús justo antes de ser entregado para ser crucificado. Su oración se centró no solo en los once discípulos que quedaban, sino también en todos aquellos que creerían en Él por el testimonio de Sus discípulos. En resumen, Jesús oraba por nosotros.

Entre otras cosas, Jesús oró para que estuviéramos en el mundo, pero no fuéramos del mundo, por el bien del mundo.

Jesús oró: «No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno… Como Tú me enviaste al mundo, Yo también los he enviado al mundo» (vv. 15, 18). Esto significa que la desvinculación del mundo no es una opción para los cristianos. Él nos ha enviado al mundo sabiendo muy bien que nos enfrentaremos a la oposición: «En el mundo tienen tribulación, pero confíen, Yo he vencido al mundo» (16:33).
Pero estar en el mundo no significa ser del mundo. En el Evangelio de Juan, «mundo» no es una palabra genérica para el planeta tierra. Es un término técnico que denota a la humanidad en su caída y rebelión contra Dios (ver también 1 Jn 2:15-17). Así que cuando Jesús nos envía al mundo, sabe que nos envía a un reino de rebelión activa contra los propósitos de Su Padre. Pero Su expectativa es que nuestra presencia en el mundo sea una influencia «santificadora». ¿Por qué? Porque nuestra lealtad a Jesús y a Su Palabra nos «santifica» en medio de la podredumbre (Jn 17:16-17). Y ese es el punto.
Estamos en el mundo, pero no somos del mundo por el bien del mundo. Jesús dice que envía a Sus discípulos santificados al mundo para que «el mundo sepa que Tú me enviaste, y que los amaste como me has amado a Mí» (v. 23). En última instancia, nuestra santificación en el mundo tiene una misión: mostrar al mundo —en su caída y rebeldía— que Dios envió a Su Hijo a morir por los pecadores.
Sí, nos enfrentamos a una nueva realidad después de Obergefell. Pero sabemos cómo avanzar en esta nueva realidad porque Jesús ya nos ha dado nuestras órdenes de marcha. Él nos ha mostrado que la oposición del mundo es la norma, no la excepción, y sabemos que al final venceremos porque Jesús ha vencido (16:33).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Denny Burk
El Dr. Denny Burk es profesor de estudios bíblicos en el Boyce College y pastor asociado de Kenwood Baptist Church en Louisville, Kentucky. Es autor de What Is the Meaning of Sex? [¿Cuál es el significado del sexo?] y coautor de Transforming Homosexuality [Transformar la homosexualidad]. Puedes seguirlo en Twitter @DennyBurk.

¿Qué actitud tomar ante la muerte?

Viernes 9 Diciembre

(Jesús dijo:) He aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.

Apocalipsis 1:18

(Jesús dijo al malhechor crucificado con él): De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.

Lucas 23:43

¿Qué actitud tomar ante la muerte?

Cada ser humano siente en diversos grados cierto temor ante la muerte, realidad solemne e ineludible (Hebreos 9:27). Muchos hablan de ella con ironía, como para atenuar su lado aterrador. Para otros es un tema tabú; les molesta el solo hecho de mencionarla. ¿Qué actitud debe tener el cristiano frente a la muerte?

Igual que los demás, el creyente tampoco conoce el momento en que partirá de esta tierra. Pero, para el más allá, posee una gran certeza dada por la Palabra de Dios: sabe que la muerte está vencida, porque Jesús resucitó. “Él (Cristo) también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebreos 2:14). El creyente descansa en esta afirmación divina: “Nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (2 Timoteo 1:10). Mediante su sacrificio, Cristo solucionó definitivamente el problema de la muerte.

Por lo tanto, el cristiano puede considerar su propia muerte sin temor: sabe que estará con su Salvador. El juicio y la condenación que lo esperaban fueron llevados por Cristo (Romanos 8:1). La muerte, lejos de ser un destino aterrador, es el acceso al reposo con su Salvador, a un feliz futuro en la presencia del Dios de amor.

La muerte es la consecuencia del pecado. Reconocer que uno es un pecador que merece la muerte es el paso que conduce a aceptar por la fe la salvación que Jesús ofrece, y cuyo precio él mismo pagó. Es la única condición para conocer ese gozo inestimable.

Jueces 2 – Apocalipsis 2:18-3:6 – Salmo 139:13-18 – Proverbios 29:15-16

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

El ministerio a las personas sexualmente quebrantadas

El ministerio a las personas sexualmente quebrantadas

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

Venir a Cristo es la revisión definitiva de la realidad, ya que nos hace enfrentarnos al hecho de que nuestro pecado es nuestro mayor problema. Cada día, un creyente debe enfrentar la realidad de que el pecado original nos distorsiona, el pecado actual nos distrae y el pecado interno nos manipula. Esta distorsión, distracción y manipulación crean una brecha entre nosotros y nuestro Dios. Estamos en una guerra y cuanto antes nos demos cuenta, mejor.

El quebrantamiento sexual viene acompañado de un montón de vergüenza, ya que el pecado sexual es en sí mismo depredador: nos persigue, nos atrapa y nos seduce para que hagamos su voluntad. El pecado sexual no descansará hasta que haya capturado su objeto. Cuando nuestra conciencia nos condena, a veces intentamos luchar. Pero cuando la vergüenza nos obliga a aislarnos, nos escondemos de las mismas personas y recursos que necesitamos. Lo hacemos hasta que Satanás nos promete engañosamente que el dulce alivio vendrá solo al abrazar esa mirada lujuriosa, al hacer clic en ese enlace de Internet, o al apagar las luces de nuestros dormitorios y corazones y abrazar al compañero, portador de la imagen divina, al que Dios nos prohíbe abrazar.

Nosotros, las ovejas sexualmente quebrantadas, sacrificaremos los matrimonios fieles, los hijos preciosos, los ministerios fructíferos, el trabajo productivo y las reputaciones inmaculadas por el placer sexual inmediato e ilícito.

Podemos orar sinceramente por la liberación de un pecado sexual en particular, solo para ser engañados cuando su falsificación nos seduce. Cuando oramos por la liberación del pecado por la sangre expiatoria de Cristo, esto significa que conocemos la verdadera naturaleza del pecado, no que ya no sentimos su atracción. Si queremos ser fuertes en nuestros propios términos, Dios no nos responderá. Dios quiere que seamos fuertes en el Cristo resucitado.

Las personas sexualmente quebrantadas —tú y yo— necesitamos conocer de manera profunda las siguientes realidades bíblicas si queremos encontrar la libertad en Cristo y ministrar a otras personas sexualmente quebrantadas.

El amor de Dios

Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Ro 5:8). La muerte de Cristo es personal. Es «por nosotros». Si estás en Cristo, Su amor expiatorio viene con el poder para salvarte de tu pecado y de tu culpa. El pecado sexual produce tres cosas que alejan el amor de Dios. Primero, su práctica a lo largo del tiempo cauteriza la conciencia, haciéndonos ciegos e insensibles a la belleza de la santidad. Segundo, como el pecado sexual florece en secreto, nos aísla de la familia de Dios. Tercero, el pecado sexual suele involucrar a otra persona y por lo tanto lleva a esa otra persona al pecado, aumentando así la extensión y el daño del pecado. Si sufres bajo el peso del pecado sexual, ven a Jesús, porque Su yugo está arraigado en el amor de Dios. Dios es amor y está a tu favor. Él aboga por ti. Él quiere que conozcas Su amor.

El perdón de Dios 

Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día. Porque día y noche Tu mano pesaba sobre mí; mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano. Te manifesté mi pecado y no encubrí mi iniquidad. Dije: «Confesaré mis transgresiones al SEÑOR»; y Tú perdonaste la culpa de mi pecado (Sal 32:3-5). Vivimos en un mundo que enseña cada vez más la idea de que el autoperdón resuelve la vergüenza. La idea del autoperdón proviene de una falsa y pobre antropología de la personalidad. No nos hemos hecho a nosotros mismos y, por tanto, no podemos perdonarnos. Porque Dios está a favor de ti, quiere perdonarte y restaurarte. Él ama un corazón quebrantado y contrito.

La sanidad de Dios a través de Cristo 

Él envió Su palabra y los sanó y los libró de la muerte (Sal 107:20). Sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas (Sal 147:3). Con Su sangre, Cristo satisfizo la justicia de Dios. En este acto supremo de amor está la solución a la persistente culpa del pecado sexual. Por Sus heridas hemos sido sanados (Is 53:5).

La provisión de Dios para tu dolor

Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción, dándoles el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios (2 Co 1:3-4). El pecado sexual tiene consecuencias que no podemos controlar y que ni siquiera vemos hasta que el Espíritu Santo nos abre los ojos. El pecado sexual es un capataz implacable. El aborto requiere la muerte de un niño no nacido. La homosexualidad requiere la condena de la ordenanza de la creación de Dios. El adulterio requiere la traición de los votos ante Dios y la destrucción de «una sola carne». La pornografía requiere esclavos sexuales y arroja a mujeres y niños a la industria del tráfico sexual. Cuando los creyentes cometen pecados sexuales, escupimos en la cara de Dios. Cuando los creyentes se arrepienten y abandonan el pecado sexual, somos restaurados.

La providencia de Dios tiene un lugar para tu dolor. Porque ves lo que otros, cegados por el pecado, no pueden ver (todavía), eres una señal que apunta a Dios mismo. Ves la sangre en tus manos, sientes el levantamiento de tu pena y tu culpa, y trabajas como embajador de Dios.

El pueblo de Dios 

No les ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres. Fiel es Dios, que no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que pueden soportar, sino que con la tentación proveerá también la vía de escape, a fin de que puedan resistirla (1 Co 10:13). Nosotros, en la iglesia, somos mutuamente la vía de escape para los demás. Dios ya ha preparado una vía de escape, a través de Su Palabra y de Su Espíritu, y también a través del cuerpo de Cristo y la simple práctica de la hospitalidad. La puerta abierta de tu casa y de tu corazón es la vía de escape de algún hermano o hermana.

Jesús respondió: «En verdad les digo, que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o madre, o padre, o hijos o tierras por causa de Mí y por causa del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo: casas, y hermanos, y hermanas, y madres, e hijos, y tierras junto con persecuciones; y en el siglo venidero, la vida eterna» (Mr 10:29-30).

Jesús habla aquí de la familia de Dios, cuyo amor, presencia y compañía amable son lo que el Señor utiliza para devolver «cien veces» lo que tuviste que dejar para venir a Cristo. El evangelio es costoso. Y vale la pena.

Pero estos principios bíblicos no son una guía de consulta rápida. No puedes ministrar a los quebrantados sexualmente sin que te hayas empapado de la Palabra de Dios, bebiendo largo y tendido de sus profundos pozos. Lo que nuestro prójimo sexualmente quebrantado necesita principalmente no es ser instruido en la visión cristiana del mundo; lo que necesita es ser llevado al pie de la cruz. Antes de poder hacer esto, nosotros mismos debemos «beneficiarnos de la Palabra» (aludiendo al título de un libro de A.W. Pink). Debemos saber por nosotros mismos que el arrepentimiento es el umbral hacia Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Rosaria Butterfield
Rosaria Butterfield

La Dra. Rosaria Champagne Butterfield es esposa de pastor, madre, maestra de sus hijos en casa y autora de of The Secret Thoughts of an Unlikely Convert [Los pensamientos secretos de una convertida improbable] y Openness Unhindered [Transparencia sin restricciones].

Cómo vencer las preocupaciones

Cómo vencer las preocupaciones

Jay Adams

LOS AMIGOS DE JOSÉ LO CONOCÍAN como una persona siempre preocupada por todo. Un día Marcos vio a su amigo caminando tan feliz como fuera posible, silbando y cantando, con una sonrisa grande en el rostro. Parecía no tener preocupación alguna. Marcos no podía creerlo, y quería saber lo que le había pasado.
—¡José! Oye, ¿qué te ha pasado? —le preguntó.— Ya no te veo preocupado.
—¡Es maravilloso, Marcos! No me he preocupado para nada en dos semanas.
—Que bueno. ¿Y cómo lograste eso?
—Contraté a un señor para que él se preocupe por mí, —explicó José— y yo me desentendí de ello.
—¿Qué? —exclamó Marcos.
—Así es.
—Pues, tengo que decir que esto es algo nuevo para mí, —Marcos se frotaba la cabeza.— Díme, ¿cuánto te cobra?
—Mil dólares por semana.
—¡Mil dólares! ¿Dónde consigues mil dólares por semana para pagarle? —demandó Marcos.
—¡Esa es su preocupación! —respondió José.
¿No te parecería fantástico que otro pudiera encargarte de tus preocupaciones? Pues, la Biblia dice que esto es posible. De hecho, Dios invita a todos sus hijos a echar todas sus ansiedades sobre él (1 Pedro 5:7). Y lo mejor de todo, no te cuesta ni un centavo. Dios se ofrece para tomar todas tus preocupaciones sobre sí mismo. Y dado que Dios recibe nuestras ansiedades, y que nos ha mandado no preocuparnos, quiere decir que toda preocupación es pecado. Dios nos dice constantemente en la Biblia que no nos preocupemos. Cuando desobedecemos su Palabra, es pecado. La preocupación probablemente es el pecado más común de nuestros tiempos.

Los efectos de la preocupación

Las preocupaciones pueden causar úlceras en el estómago, drenar la vitalidad, y enviarnos a una muerte prematura. Nos convierte en personas incapaces de manejar los problemas de la vida. El preocuparse muestra falta de fe en Dios, y nos impide de asumir nuestra responsabilidad en servir a Cristo Jesús. La preocupación es pecado.
Tal vez estás permitiendo que las angustias te impidan vivir una vida de fidelidad a Cristo. ¡Tal vez te preocupas por tus preocupaciones! Y lo que quieres saber es, ¿qué se puede hacer al respecto? ¿Qué dice la Biblia sobre cómo vencer este pecado? Pues, la Biblia dice que lo puedes vencer, ¡con seguridad!
La preocupación aflige a muchos Cristianos. Felipe, un ingeniero, tenía la tarea de construir un edificio grande. Era una tarea mucho más grande que todos los trabajos anteriores, con muchas dificultades. Comenzó a preocuparse sobremanera. Los contratistas y los subcontratistas estaban peleando entre sí. Los electricistas y los carpinteros no se ponían de acuerdo. Las fechas tope no se estaban cumpliendo. Todo el día y todos los días Felipe se preocupaba, y entre más se afligía menos podía hacer. Ya no era capaz de manejar los detalles de cada día. Comenzó a decirse cada día, “Ya no puedo, es demasiado”. Hasta por fin, un día se levantó de su escritorio y salió de su oficina. Como Felipe era Cristiano, fue a buscar consejo. Y fue con base en la Palabra de Dios que encontró la respuesta a sus angustias.

La esencia de la preocupación

¿Qué es la preocupación? En la Biblia, generalmente se traduce como ‘angustia’, o ‘ansiedad’. Se debería traducir como ‘preocupación’ para que entendamos en nuestros términos lo que Dios nos está diciendo. El término griego en el Nuevo Testamento significa “dividir, romper, o partir en dos”. Este término señala los efectos de las preocupaciones, es decir, lo que produce en nosotros. Pero en sí, la preocupación es una ansiedad en cuanto al futuro. Es una aflicción con respecto a algo sobre lo cual no podemos hacer nada, y ni siquiera podemos tener seguridad en cuanto a ello. Es por eso que nos parte en dos. Cuando uno se preocupa, mira hacia el futuro. Pero el futuro aún no ha llegado. No hay nada concreto que tú puedas agarrar, y no hay nada que se pueda hacer sobre ese futuro. La persona angustiada no puede hacer nada sobre el futuro, ni siquiera sabe cómo se ve el futuro. Nadie fuera de Dios conoce el futuro en su forma verdadera. La persona ansiosa primero se imagina que el futuro será así. Pero al momento piensa que tal vez será otra cosa. Y como no puede saberlo a ciencia cierta, lo parte en dos. De acuerdo a la Biblia, la preocupación es afligirse sobre lo que no se sabe y lo que no se puede controlar, y esto nos rompe en dos. La pregunta es, “Si esta es la esencia de la preocupación, ¿qué puede hacer al respecto?|
Escuchemos a Jesús —él tiene la respuesta. Dice, “No se preocupen” (Mateo 6:31). Pero Jesús no deja el asunto ahí, sino que explica cómo vencer la angustia. En este pasaje Jesús concluye una discusión vital respecto a la tendencia de afligirnos por las necesidades de la vida con las siguientes palabras: “Así que, no os afanéis (no se preocupen) por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán” (Mateo 6:34). Jesús aquí nos aclara que el problema de la angustia es que proviene de un enfoque incorrecto de la vida. Jesús dice que es incorrecto dejar que los posibles problemas de mañana nos partan en dos hoy.
Cristo hace un contraste entre dos días: “No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su afán”. En estas palabras tenemos la respuesta de Dios a las preocupaciones. Cada día tendrá suficientes problemas. Tú no debes enfocar tu mirada en los problemas de mañana ¡porque hay suficientes problemas hoy como para ocuparnos! Mañana pertenece a Dios. Mañana está en sus manos. Cuando nosotros intentamos tomar mañana, intentamos quitar lo que le pertenece a él. Los pecadores desean tener lo que no es de ellos, y así se destruyen a sí mismos. Dios solamente nos ha dado el día de hoy. Dios prohíbe que nos preocupemos de lo que podría suceder. Esto está en sus manos enteramente. El hecho trágico es que las personas que se preocupan mucho no sólo desean lo que les es prohibido, sino que se niegan a usar lo que se les ha dado.

¿Es malo planear para el futuro?

Antes de proceder, hay un punto que debemos destacar: Cristo no se opone a la planificación para el día de mañana. Cristo no se opone a pensar en mañana o prepararse para el futuro. Lo que prohíbe son las preocupaciones, la angustia que nos lleva a llorar. No hay nada en Mateo 6 que prohíba la planificación para el futuro.
Las palabras de Santiago son vitales para comprender todo esto (Santiago 4:13ss). Algunos han malentendido este pasaje, interpretándolo como si Santiago estuviera en contra de todo tipo de planificación. Pero esto es exactamente lo contrario del sentido del texto. Es más, en este pasaje Santiago nos está explicando cómo debemos hacer planes. Lo que prohíbe son los planes incorrectos, y nos muestra cómo planificar de la manera que agrada a Dios. Planificar y preocuparse son dos cosas muy diferentes.
¿Cómo debemos planificar entonces? Santiago nos responde así, “Deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello. Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala”. Ahora podemos ver la gran diferencia. Santiago nos dice que debemos hacer planes sin preocuparnos. Es imposible no planear, pues siempre estamos haciendo algún tipo de planificación. Pero debe ser sin angustia. La persona que se preocupa actúa como si tuviera el futuro en la palma de su mano. Es arrogante. Santiago dice que debes presentar tus planes ante Dios y decir, “Señor, he intentado hacer mis planes lo mejor posible, según tu voluntad revelada en la Biblia. Pero yo sé que sólo tú eres soberano, y someto mis planes a ti. Sea hecha tu voluntad”.
Como Cristiano, sabes que tu vida pertenece a Dios por el mero hecho de ser su criatura. Pero también has sido comprado por precio, el precio de la muerte de Jesucristo, él que dio su vida para redimirte del pecado y la muerte eterna. El próximo respiro está en sus manos. De modo que debes decirle a Dios, “Te traigo mis planes para que los revises y los corrijas”. Cuando planificas de esta manera, llevando tus planes a Dios para ser revisados (y negados si fuera el caso), aceptando gozosamente la voluntad de Dios, entonces estás planificando como dice Santiago. ¿De qué te tienes que preocupar cuando realmente pones tus mejores planes en la mano de Dios?

Venciendo las angustias

Ahora bien, regresemos a Mateo 6 para descubrir la alternativa que nos da Jesús con respecto a las preocupaciones. ¿Cómo podemos vencer las angustias en cuanto al futuro? ¿Cómo se puede vivir sin ninguna preocupación? ¡Es imposible! Tú preguntas, “¿Cómo puedo olvidar las preocupaciones?” La respuesta a esta pregunta es la llave al problema de las preocupaciones. Cristo no nos pide que dejemos de sentir urgencia. Nos dice que dirijamos nuestra urgencia hacia otra cosa. Nuestra preocupación no debe ser dirigida hacia mañana, porque esto sólo nos parte en dos.
Si has puesto en manos de Dios tus mejores planes, puedes dirigir tu atención a otra cosa que no sea mañana. Ya no tienes que afligirte sobre el futuro, y puedes dirigir tus esfuerzos, tus energías y todo lo que tienes hacia hoy. Esta es la llave que cierra la puerta a la angustia, y abre la puerta de la paz: concéntrate en hoy.
Concentrarse fuertemente en algo es una actitud correcta, no equivocada. Toda emoción que Dios nos ha dado tiene un uso correcto en el momento correcto. Cada emoción puede ser positiva cuando se usa correctamente, acorde con los mandamientos y principios de la Palabra de Dios. Pero cada emoción puede usarse equivocadamente también. Interesarse fuertemente (sentir ‘urgencia’con respecto a alguna cosa) es una habilidad dada por Dios para movilizar las energías de cuerpo y mente para resolver un problema. Pero cuando enfocamos estas energías en el futuro, el propósito de soltar las energías químicas y eléctricas del cuerpo es frustrado, porque se derraman en el cuerpo pero no pueden usarse. No pueden convertirse en acción, porque es imposible hacer algo sobre el futuro. La preocupación activa una energía que no se usa, y en algunos casos los químicos producidos producen úlceras del estómago y otros síntomas físicos.
Pero si te enfocas en el día de hoy, las energías no son desperdiciadas, sino que pueden usarse. Tu preocupación será útil, tus energías podrán ser usadas al servicio de Jesucristo para resolver los problemas en lugar de preocuparse por ellos. Tú puedes hacer algo respecto a los problemas porque los tienes a mano, estás tratando con la realidad concreta.
Felipe aprendió que podía hacer algo por sus problemas de hoy. Primero nos sentamos y echamos una mirada a los problemas, haciendo un plan para el panorama entero. Oramos, colocando todo en manos de Dios. Después, miramos más de cerca a la próxima semana para determinar —si Dios quiere— lo que se podría hacer. Finalmente hablamos de hoy, y nos preguntamos “¿Qué podemos hacer ahorita?” Felipe se había acostumbrado a ver todo el bosque, y por eso había concluido que era demasiado grande, oscuro y tupido para ser talado. En contraste, aprendió a decir “Por la gracia de Dios tres árboles caerán hoy”. Luego aprendió a enfocarse y derramar todas sus energías en cortar esos tres árboles. Debería olvidar el resto de los árboles. Mañana podrá enfocarse en tres más, y al día siguiente tres o cuatro más, y así sucesivamente. Al continuar así, llegó el momento cuando Felipe podía ver luz en el bosque, y el sol comenzó a brillar. Felipe resolvió su problema de angustia al resolver los problemas de cada día un día a la vez.
Si trabajas fielmente para Cristo, haciendo lo que puedas con los problemas que se presentan hoy, usando todas tus energías, puedes ir a casa por la noche quizás cansado, pero satisfecho. ¿Hace cuánto tiempo no has tenido esa satisfacción? Ya no aquella sensación de cansado y todavía angustiado, sino el sentimiento de cansado y satisfecho, recostándote al final del día sabiendo que has gastado tus energías como Dios manda.

La preocupación y la pereza

¿Sabes que la Biblia señala que muchas de las personas que se preocupan son perezosas? Pues, esto es lo que Jesús mismo le dijo a uno que se afligía con respecto al futuro, y quería excusarse de sus responsabilidades a causa de sus preocupaciones. Pero Jesús dijo que era un caso de mera pereza. En Mateo 25 Cristo relató la historia de tres siervos a quienes se les dio dinero para invertir. Cuando regresó su señor, inquirió acerca de sus ganancias. Al que se le dio más, había duplicado su inversión, y el segundo hizo lo mismo. Pero el tercero confesó que había escondido su dinero en un hueco en la tierra. Cuando volvió el señor, el siervo sacó el dinero se lo llevó diciendo, “Aquí está lo suyo, señor. Lo enterré porque tenía miedo” (Mateo 25:25). El siervo se preocupó de las posibles consecuencias de invertir el dinero. Se preocupaba y se afligía hasta que quedó paralizado. Se preocupaba en lugar de trabajar. Y su señor le dijo, “Siervo malo (nótese que es pecado preocuparse por el futuro) y negligente … debías haber dado mi dinero a los banqueros, y al venir yo, hubiera recibido lo que es mío con los intereses” (Mateo 25:26, 27). Jesús le dice en otras palabras, “Debieras haber hecho por lo menos lo mínimo, y ni eso hiciste. Tú eres un siervo perezoso”.
La persona preocupada no puede hacer nada porque está ocupada preocupándose por los problemas de mañana. Termina haciendo nada. Tú no puedes hacer nada con los problemas desconocidos de mañana. La angustia sobre mañana es como la persona que se balancea en una mecedora: gasta energía sin ir a ningún lado. Pero con respecto a los problemas de hoy, algo siempre se puede hacer (ver 1 Corintios 10:13). En última instancia, aunque no puedes cambiar el problema, por el poder del Espíritu Santo puedes cambiar tus actitudes con respecto a los problemas. Si nada más cambia, tú puedes cambiar. De modo que siempre hay algo que se puede hacer.

Una solución práctica

Hay un procedimiento sencillo que puedes utilizar cuando te encuentras preocupándote en lugar de trabajar. Cuando sientes que la angustia se te está subiendo, siéntate inmediatamente y escribe las siguientes tres preguntas en una hoja de papel, dejando espacio debajo de cada una para llenar después:

1.      ¿Cuál es el problema?

2.      ¿Qué quiere Dios que yo haga con él?

3.      ¿Cuándo, dónde y cómo debo comenzar?

A veces el solo hecho de apuntar el problema te conduce a la solución. Cuando defines el problema, debes comenzar de inmediato a buscar una solución en las Escrituras. La pregunta es: “¿Cómo puedo enfrentar este problema para la gloria de Dios?” No te conformes con buenas soluciones e ideales nobles. En cambio, comienza a trabajar. Fija un horario para tu trabajo, y ataca la tarea más difícil primero. No olvides el ejemplo de Abraham, “se levantó temprano” cuando Dios le dio la tarea horrenda de sacrificar a Isaac, su único hijo, a quien amaba (Génesis 22:3). Ahí tenemos la solución de Dios para la preocupación.
Un último pensamiento. Este librito es escrito para los Cristianos. Pero si no conoces a Jesucristo como tu Salvador, permíteme decirte algo. Dios le dice a los Cristianos que no tienen nada de qué preocuparse. Pero tú tienes todo motivo por qué preocuparte. Si no eres Cristiano, no tienes las promesas de Dios, como por ejemplo la de Romanos 8:28, porque es dada solamente a los que pertenecen a Dios: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien”. No existe solución para tu problema fuera de Cristo Jesús. No hay nada sino el infierno eterno al final de tu camino. La Biblia nos dice que el infierno es un lugar de oscuridad y soledad. Las personas en el infierno serán como estrellas errantes, ¡separadas las unas de las otras por años de luz! (Judas 13). Peor aún, divagarán eternamente aisladas en la oscuridad, lejos de la presencia de Dios: “Sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder” (2 Tesalonicenses 1:9). Este es el hecho más terrible de todos. El infierno será el lugar totalmente solitario en donde los hombres y mujeres, en vez de preocuparse del futuro, tendrán remordimiento agudo con respecto al pasado. Sólo en el infierno su futuro es seguro: habrá la horrorosa seguridad de un futuro eterno de terror apartados de Dios.
Pero tal vez Dios está obrando en tu corazón, convenciéndote de tu pecado. Posiblemente puso en tus manos este folleto porque quiere que confíes en Jesucristo. Jesús murió en la cruz en el lugar de pecadores culpables como tú, llevando sobre sí su infierno. Toda persona que cree que Jesús murió por ella será perdonada, y en lugar del infierno recibirá el regalo de la vida eterna, una vida con Dios para siempre. Dios promete, “Más a todos los que le recibieron (a Jesucristo), les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12). ¿Por qué no pones tu confianza en Cristo en este momento? No se quede con la preocupación, ¡actúa! Actúa en obediencia a la Palabra de Dios.
Para los que conocen al Señor, permítanme preguntar, “¿Tienes necesidad de arrepentirte del pecado de la preocupación”? Si es así, entonces atiende los problemas de cada día según como te lleguen, y trabaja duro para Cristo ese día.

Adams, J. (2011). Cómo vencer las preocupaciones (pp. 3–31). Guadalupe, Costa Rica: CLIR.

El ministerio a los abusados y a los abusadores

Por Sean Michael Lucas 

Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

Es un escenario de pesadilla para todos los implicados: un hombre llama a su pastor llorando y le pide una reunión urgente. Treinta minutos más tarde, está en el despacho del pastor, confesando que su mujer le ha sorprendido tocando sexualmente a su hija de trece años. Parece estar muy afligido, hasta que el pastor le insta a llamar a la línea de atención al menor y autodenunciarse. Entonces, el abusador comienza a evadir: «¿No destruirá eso a mi familia? ¿No me costará el trabajo? ¿No destruirá mi reputación?». El hombre se niega y se va de la oficina. Dos semanas después, toda su familia se muda fuera del estado a un lugar no declarado.

¿Qué debe hacer el pastor? Con demasiada frecuencia, el pastor no hace nada, a pesar de que en muchos estados existen leyes de denuncia de abusos sexuales que obligan al clero a denunciar dichos abusos, incluso cuando se alega el privilegio de pastor-penitente. Así también, los líderes de la iglesia no hacen nada, alegando que la familia ha huido a otro estado, fuera del alcance de su antigua congregación. El resultado es que un abusador sexual se sale con la suya en su pecado y crimen, y seguirá perpetrando ese pecado hasta que finalmente sea atrapado por las autoridades.

Piensa en la niña implicada: ¿qué le dice la iglesia en este caso? Piensa en la esposa y en los demás hijos; en el hombre mismo y en su alma inmortal; en la nueva comunidad a la que ha trasladado a su familia. ¿Qué dice la iglesia a estas partes? Piensa en la iglesia y en el evangelio: ¿qué está diciendo la iglesia sobre ellos?

Cada vez que la iglesia no se enfrenta al pecado, y especialmente a los pecados sexuales perturbadores, estamos diciendo algo muy claro: nos amamos a nosotros mismos, a nuestra comodidad, a nuestra reputación, más que a Dios, al evangelio y a los demás. Eso es lo que ocurre cuando no enfrentamos el mal.

Por supuesto, hay otras innumerables situaciones en las que nuestras iglesias y nuestros líderes no enfrentan el mal:

Cuando el esposo que es el apoyo económico más importante deja a su esposa por otra mujer y la iglesia no lo disciplina, dejando que «renuncie» a su membresía;
Cuando el cardiólogo amenaza a su mujer con un arma, después afirma que «solo estaba bromeando» y no sufre ninguna consecuencia;
Cuando la madre de mediana de edad de tres hijos decide dejar a su marido, su casa y su iglesia simplemente porque no es feliz y nadie se pone en contacto con ella.
En cada una de estas maneras y en innumerables otras, cuando la iglesia no persigue a los individuos con una disciplina formativa y correctiva con gracia y con amor, hacemos daño espiritual y realmente traicionamos el evangelio.

Entonces, ¿qué hacemos al respecto? ¿Cómo pueden nuestras iglesias brillar como luminares en medio de situaciones ciertamente difíciles, complejas y desordenadas? ¿Cómo pasamos de ser personas que no enfrentan el mal y aman su propia comodidad a ser personas que aman a Cristo y a Su pueblo sin importar el costo para nosotros?

Planifica por adelantado
Las iglesias a menudo fracasan a la hora de hacer lo correcto —tanto eclesiástica como civilmente— porque no han pensado de antemano cómo proceder en situaciones concretas. No podemos esperar a que se desarrolle un escenario de pesadilla. Si lo hacemos, seguro que lo trataremos de forma inadecuada. En lugar de eso, necesitamos tener por adelantado procesos claros y escritos que seguir.

Para las iglesias presbiterianas, hay un sentido en el que eso ya nos ha sido determinado. En la Iglesia Presbiteriana en América, por ejemplo, tenemos el Libro de orden de la iglesia de nuestra denominación, que establece un proceso disciplinario. Para las iglesias independientes, que no tienen reglas denominacionales de disciplina, es necesario que haya un proceso claro y escrito de disciplina eclesiástica. Independientemente del contexto denominacional, como líderes de la iglesia debemos estar decididos a seguir el proceso sin importar quién esté involucrado (Mt 18:15-20; 1 Ti 5:21).

Sin embargo, tenemos que admitir que podríamos necesitar otros protocolos para ayudar a guiar las respuestas a situaciones específicas. Por ejemplo, cuando se sospecha o se admite un abuso de menores, los líderes de la iglesia deben tener y seguir directrices específicas para informar a las autoridades civiles correspondientes. Para desarrollar tales protocolos, será necesario trabajar con un abogado local para asegurarse de que la iglesia cumple con las leyes estatales de denuncia aplicables. Disponer de un protocolo escrito de este tipo elimina las conjeturas de una denuncia. En muchos estados, el requisito es que los líderes de la iglesia informen del asunto tan pronto como se descubra, y luego permitan a las autoridades competentes investigar y determinar si se ha cometido un delito. Colaborar con el Estado en estos asuntos es apropiado y bíblico (Ro 13:1-7).

Sé firme pero manso
El apóstol Pablo nos insta a restaurar a los pecadores con espíritu de mansedumbre (Gá 6:1). Esa mansedumbre no es opuesta a la firmeza y la determinación; más bien, surge del reconocimiento de que nosotros también somos pecadores. Este reconocimiento debería eliminar nuestra jactancia farisaica o nuestra ira arrogante. Sin duda, en el caso de pecados como el abuso de menores, existe una justa ira por el pecado y sus efectos a largo plazo. Aún así, es la bondad de Dios la que lleva al arrepentimiento (Ro 2:4). Incluso cuando tratamos con suavidad y firmeza a los autores, buscamos su arrepentimiento y su restauración final.

Sin embargo, a menudo no mostramos una compasión similar hacia las víctimas. Las iglesias suelen aparecer en las noticias por no tratar con compasión a las mujeres que se divorcian de sus maridos que han sido descubiertos viendo pornografía infantil o por mirar hacia otro lado cuando se descubren patrones de abuso infantil. Otras iglesias, que se niegan a defender a las mujeres que sufren abusos físicos por parte de sus maridos o a los niños que sufren abusos sexuales por parte de sus padres, pasan desapercibidas. ¿Dónde está la compasión por estas víctimas? Como iglesias debemos estar decididos a demostrar compasión a los que han sido objeto de pecado, estando decididos a hacer con ellos lo que deseamos que otros hagan con nosotros (Mt 7:12).

Lidera y aplica el evangelio
Tanto el perpetrador como la víctima del pecado necesitan lo mismo: el evangelio de Jesús. Los que cometen pecados sexuales —ya sea inmoralidad sexual, adulterio o incluso abuso sexual— necesitan escuchar el evangelio. El punto de la disciplina es confrontar al pecador con los reclamos de Cristo, llamar al arrepentimiento, pero también buscar nuevos patrones de obediencia que solo pueden venir cuando el pecador corre diariamente a Cristo.

A menudo, quienes cometen pecados desordenados y atroces creen que sus pecados son demasiado grandes para ser perdonados. Necesitan que se les recuerde que «no hay pecado tan grande que pueda traer condenación sobre aquellos que se arrepienten verdaderamente» (Confesión de Fe de Westminster 15.4). Tal arrepentimiento genuino se produce «al comprender la misericordia de Dios en Cristo para con los arrepentidos» (CFW 15.2). ¿Cuán grande es la misericordia de Dios en Cristo? Tan grande que envió a Su Hijo único para morir por los pecadores, y esa muerte es suficiente para cubrir todos nuestros pecados, incluso los más atroces.

Las víctimas también necesitan el evangelio de Jesús: que Jesús es un Salvador que no quebrará la caña cascada ni apagará la mecha que humea (Mt 12:20); que se identifica con los heridos y quebrantados y pone en libertad a los oprimidos por el pecado (Lc 4:17- 21); y que también preguntó «¿Por qué?» cuando el dolor y el abandono de Dios fueron abrumadores (Mt 27:46).

Pero las víctimas del pecado también necesitan saber que Jesús hace algo más que identificarse con nosotros en nuestras heridas. Él realmente ha hecho algo al respecto. A través de Su resurrección, Él es capaz de traer nueva vida y nueva esperanza en el presente así como en el futuro. Hay poder en Él para que sigan adelante a través del dolor que conocen. Además, el evangelio nos proporciona la base para el perdón, al saber que nosotros también hemos cometido pecados atroces contra Dios (Ef 4:32).

Prepárate para un largo camino
En realidad esto es lo más difícil de todo. Como líderes del ministerio, nos gusta creer que cuando intervenimos, llevamos a cabo un proceso disciplinario, y vinculamos todo esto con el evangelio, ya hemos «arreglado» la situación. Pero esto no funciona así. Especialmente en las situaciones en las que hay una traición importante —como en una relación adúltera de larga duración, un divorcio o un abuso sexual— pueden ser necesarios meses o años de aplicación del evangelio para ver la sanidad y la esperanza.

Estas situaciones a menudo implican apoyo financiero (si el perpetrador arrepentido pierde su trabajo o si hay un divorcio), consejería o terapia a largo plazo (que puede o no estar cubierta por un seguro), o reuniones regulares y prolongadas de rendición de cuentas. Estas cosas cuestan tiempo, esfuerzo y energía emocional a los pastores y líderes del ministerio.

Sin embargo, Dios, a través de Su Espíritu, no solo nos sostiene para amar de estas maneras, sino que también nos señala el objetivo final de todo ello: «A Él nosotros proclamamos, amonestando a todos los hombres, y enseñando a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de poder presentar a todo hombre perfecto en Cristo» (Col 1:28). Ver a los pecadores rescatados, a las víctimas restauradas, y a ambos camino al cielo… ¿qué más puede desear un pastor o una iglesia?

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Sean Michael Lucas
El Dr. Sean Michael Lucas es pastor principal de Independent Presbyterian Church en Memphis, Tennessee, y profesor principal de Historia de la Iglesia en el Reformed Theological Seminary.

¿Puede un cristiano perder la salvación?

Antes de que esta pregunta sea respondida, se debe definir el término “cristiano”. Un “cristiano” no es una persona que haya dicho una oración, o pasado al frente, o que haya crecido en una familia cristiana. Mientras que cada una de estas cosas pueden ser parte de la experiencia cristiana, no son éstas las que “hacen” que una persona sea cristiana. Un cristiano es una persona que ha recibido por fe a Jesucristo y ha confiado totalmente en Él como su único y suficiente Salvador y, por lo tanto, tiene el Espíritu Santo (Juan 3:16; Hechos 16:31; Efesios 2:8-9).

Así que, con esta definición en mente, ¿puede un cristiano perder la salvación? Quizá la mejor manera de responder a esta importante y crucial pregunta, es examinando lo que la Biblia dice que ocurre en la salvación, y entonces estudiar lo que implicaría perder la salvación.

Un cristiano es una nueva criatura. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17). Un cristiano no es simplemente una versión «mejorada» de una persona; un cristiano es una criatura completamente nueva. Él está “en Cristo”. Para que un cristiano perdiera la salvación, la nueva creación tendría que ser destruida.

Un cristiano es redimido. “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:18-19). La palabra “redimido” se refiere a una compra que ha sido hecha, un precio que ha sido pagado. Fuimos comprados y Cristo pagó con Su muerte. Para que un cristiano perdiera la salvación, Dios tendría que revocar Su compra por la que pagó con la preciosa sangre de Cristo.

Un cristiano es justificado. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). “Justificar” significa “declarar justo”. Todos los que reciben a Jesucristo como Salvador son “declarados justos” por Dios. Para que un cristiano perdiera la salvación, Dios tendría que retractarse de lo dicho en Su Palabra y “cancelar” lo que Él declaró previamente. Los absueltos de culpa tendrían que ser juzgados de nuevo y declarados culpables. Dios tendría que revertir la sentencia dictada por el tribunal divino.

A un cristiano se le promete la vida eterna. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16). La vida eterna es una promesa de vida para siempre en el Cielo con Dios. Dios hace esta promesa – “cree, y tendrás vida eterna”. Para que un cristiano perdiera la salvación, la vida eterna tendría que ser definida nuevamente. Si a un cristiano se le ha prometido vivir para siempre, ¿cómo entonces puede Dios romper esta promesa, quitándole la vida eterna?

Un cristiano es marcado por Dios y sellado por el Espíritu. «En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria» (Efesios 1:13-14). En el momento de la fe, el nuevo cristiano es marcado y sellado con el Espíritu, a quien se le prometió que actuaría como depósito para garantizar la herencia celestial. El resultado final es que la gloria de Dios es alabada. Para que un cristiano pierda la salvación, Dios tendría que borrar la marca, retirar el Espíritu, cancelar el depósito, romper Su promesa, revocar la garantía, guardar la herencia, renunciar a la alabanza y disminuir Su gloria.

A un cristiano se le garantiza la glorificación. “Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó” (Romanos 8:30). De acuerdo a Romanos 5:1, la justificación es nuestra al momento de la fe en Cristo. Según Romanos 8:30, la glorificación viene con la justificación. Todos aquellos a quienes Dios justifica, se les promete la glorificación. La glorificación se refiere a un cristiano recibiendo un perfecto cuerpo glorificado en el Cielo. Si un cristiano pudiera perder la salvación, entonces Romanos 8:30 sería un error, porque Dios no puede garantizar la glorificación para todos aquellos a quienes Él predestinó, llamó, y justificó.

Un cristiano no puede perder la salvación. La mayoría, si no todo, de lo que la Biblia dice que nos sucede cuando recibimos a Cristo, sería invalidado si la salvación se perdiera. La salvación es el don de Dios, y los dones de Dios son «irrevocables» (Romanos 11:29). Un cristiano no puede ser creado sin una nueva creación. Los redimidos no pueden ser recomprados. La vida eterna no puede ser temporal. Dios no puede renegar de Su Palabra. Las Escrituras dicen que Dios no puede mentir (Tito 1:2).

Las objeciones más frecuentes a la creencia de que un cristiano no puede perder la salvación son; (1) ¿qué hay de aquellos que son cristianos y continuamente viven una vida inmoral sin arrepentirse? – y – (2) ¿qué pasa con aquellos que son cristianos, pero luego rechazan la fe y niegan a Cristo? El problema con estas dos objeciones es la suposición de que todos los que se dicen ser “cristianos” han nacido de nuevo. La Biblia declara que un verdadero cristiano ya no continuará viviendo una vida inmoral sin arrepentirse (1 Juan 3:6). (2) La Biblia también declara que alguien que se separa de la fe, demuestra que realmente nunca fue un cristiano (1 Juan 2:19). Puede haber sido religioso, puede haber aparentado, pero nunca nació de nuevo por el poder de Dios. «Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:16). Los redimidos de Dios pertenecen al «que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios» (Romanos 7:4).

Nada puede separar a un cristiano del amor del Padre (Romanos 8:38-39). Nada puede arrebatar a un cristiano de la mano de Dios (Juan 10:28-29). Dios garantiza la vida eterna y mantiene la salvación que Él nos ha dado. El Buen Pastor busca la oveja perdida y, «cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos» (Lc 15:5-6). El cordero es encontrado, y el Pastor soporta alegremente la carga; nuestro Señor asume toda la responsabilidad de llevar al perdido a casa sano y salvo. Judas 24-25 enfatiza aún más la bondad y fidelidad de nuestro Salvador: “Y Aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría, al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén”.

El remedio del evangelio para la homosexualidad

Por John Freeman 

Nota del editor:Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

La Biblia revela que el sexo fue creado por Dios y que es bueno. Fue Su idea. Las primeras palabras registradas que Dios dirigió a la humanidad encapsulan las enseñanzas de la Biblia sobre el sexo: «Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra» (Gn 1:28). Este mandato tan positivo demuestra que el sexo estaba destinado a glorificar a Dios, a cimentar el vínculo entre marido y mujer, a ser experimentado exclusivamente entre un hombre y una mujer en la relación matrimonial y a propagar la raza humana.

De este lado de la caída, el sexo y la sexualidad están distorsionados en mayor o menor grado. Sin embargo, hoy en día hay una controversia sobre la homosexualidad que hace estragos en los círculos evangélicos y, cada vez más, también en las iglesias reformadas. La homosexualidad no solo se presenta como algo bueno, sino que también como algo que se debe procurar con la bendición de Dios. Es alarmante que la aceptación del comportamiento homosexual entre los evangélicos profesantes esté aumentando. Escuchamos de algunas personas que el tipo de relaciones homosexuales que vemos hoy en día (amorosas y monógamas) no se abordan en las Escrituras. Aunque parece que esta tendencia va a continuar, estos puntos de vista revisionistas deben ser rechazados por los seguidores de Jesucristo.

La Palabra de Dios es firme en su visión negativa de la homosexualidad y el deseo sexual por el mismo sexo. La Biblia es la norma infalible por la que debemos ver la homosexualidad y entender el remedio del evangelio para ella. Desgraciadamente, la fiabilidad de la Biblia en este ámbito ha sido cuestionada por muchos de los que hoy afirman tener la fe cristiana. Los cristianos que ven las Escrituras como autoritativas e inspiradas no deben aceptar esta visión diluida de la Palabra de Dios. La Biblia revela la posición de Dios respecto a los problemas del corazón humano, siendo la homosexualidad uno de muchos.

¿Cómo deben pensar los cristianos acerca de la homosexualidad? Tenemos que entenderla de tres maneras. En primer lugar, las Escrituras siempre hablan de la homosexualidad en términos de una acción, algo hecho físicamente con otra persona, o de un patrón de pensamiento interno y activo de la mente y el corazón. La palabra griega más utilizada para describir la homosexualidad en el Nuevo Testamento es arsenokoitēs, que se refiere a un varón acostado con otro varón. Por lo tanto, siempre que se menciona, se define en términos de una actividad, un comportamiento o una persona que se involucra en ese comportamiento de corazón y cuerpo.

Segundo, la homosexualidad es considerada como pecado en todo lugar donde se menciona. Está prohibida y se ve expresamente como contraria a la voluntad de Dios. La Escritura lo afirma claramente en Génesis 19:4-9; Levítico 18:22; 20:13; 1 Timoteo 1:9-10; y Judas 7. Romanos 1:24-27 también describe la actividad de la pasión y la lujuria centrada en el corazón, así como el comportamiento. Se refiere tanto a hombres como a mujeres. El comportamiento se menciona en 1 Corintios 6:9-11, donde también aprendemos que fue el pasado de algunos cristianos de la Iglesia primitiva. Entre los que habían experimentado la salvación había antiguos practicantes de la homosexualidad.

Por lo tanto, el comportamiento homosexual del cuerpo y del corazón no solo se define como pecado, sino que también se describe como una consecuencia y efecto de la caída. Al referirse a la realidad del sexo que se ha desviado, Levítico 18:6-19 enumera más de una docena de formas de pecado sexual, incluyendo la homosexualidad y el sexo con animales. Una vez más, la gravedad del pecado sexual, en particular la homosexualidad, se declara con fuerza en Romanos 1:24-28 utilizando frases vívidas y sorprendentes como «la impureza en la lujuria de sus corazones», «pasiones degradantes» y tener una «mente depravada». Eso es además de los versos en Judas que hablan de quienes «convierten la gracia de Dios en libertinaje» y de la gente que «se corrompieron y siguieron carne extraña». Esta última designación está específicamente ligada a lo que sucedió en Sodoma y Gomorra.

Pero ¿realmente Dios tenía que transmitir que el mal uso del sexo en las formas mencionadas (y, por inferencia, los deseos que llevan a ese mal uso) está prohibido y se considera pecado? Sí, por supuesto. Nuestros deseos, especialmente los sexuales, nunca son neutrales. Ver el deseo del mismo sexo como neutral, especialmente cuando ese deseo cosifica a la otra persona sexualmente o la ve meramente como un objeto de pasión sexual, es malinterpretar la profundidad y complejidad del pecado. En la Escritura, el corazón se ve a menudo como el asiento de nuestros deseos. En Marcos 7:21, Jesús describe el corazón como el asiento de toda inmoralidad sexual y sensualidad. Estas propensiones se describen como cosas malas que provienen del interior. Él se refiere al deseo, ya sea que el objeto de ese deseo sea alguien del sexo opuesto o del mismo sexo. Santiago 1:14-15 nos dice que somos llevados y seducidos por nuestros deseos y que el deseo da a luz al pecado. El deseo no es una parte imparcial de nuestro ser, sino una parte muy activa.

Hay que reconocer que estos puntos de vista de la Escritura son ampliamente rechazados. Hay un factor predominante en el intento de legitimar bíblicamente la homosexualidad. En pocas palabras, en la cultura actual, nuestra sociología está interpretando, definiendo y determinando cada vez más nuestra teología. ¿Qué quiero decir con esto? Hubo un tiempo en el que los creyentes acudían habitualmente a la Biblia tanto para saber cómo pensar en las cuestiones de la vida como para encontrar soluciones a los dilemas a los que se enfrentaban, incluidas las cuestiones relacionadas con el sexo y la sexualidad. Ya no es así. Hoy en día, el impacto y la influencia de la red social de uno y la experiencia con los amigos y la familia han desplazado lo que la Biblia podría decir sobre este tema. Otro término para entender esta transferencia de autoridad y credibilidad de la Palabra de Dios a la experiencia personal es la acomodación cultural. Hoy en día, parece que mucha gente cree que las Escrituras deben someterse a nuestras experiencias o a las de otros.

También debemos señalar que la homosexualidad nunca se describe en la Escritura como una condición o estado del ser. Al contrario de la idea moderna de una «orientación» homosexual innata —un término que solo se ha utilizado con frecuencia en los últimos veinticinco años aproximadamente— este concepto no se encuentra en la Escritura. En la Biblia se asume que podemos inclinarnos u «orientarnos» hacia cualquier cosa a la que entreguemos continuamente nuestra mente y nuestro corazón. Si hacemos algo con el pensamiento o la acción suficientes veces y durante un período suficientemente largo, se arraigará en nosotros.

Sin embargo, hay que tener cuidado con el pensamiento simplista, especialmente cuando pensamos en nuestra responsabilidad, algo que muchos no creen tener cuando se trata de sus deseos o comportamientos sexuales. Somos el producto de complejas interacciones de muchos factores a lo largo de muchos años. ¿Por qué algunos son propensos a cualquier número de persuasiones psicosociales, como la ira, la depresión o la dependencia química? Aquí está la respuesta: no siempre elegimos nuestras luchas o tentaciones, pero somos responsables de lo que hacemos con ellas. Se desarrollan en nosotros a través de una complicada interacción de temperamento, influencias internas y externas, y nuestro propio ser hambriento, roto y pecador.

Cooperamos fácilmente y por naturaleza con estas influencias, de modo que los hábitos del corazón y del comportamiento se fortalecen y nos dominan. En cierto sentido, somos la suma de miles de pequeñas decisiones que hemos tomado. Hemos cooperado con el cultivo de nuestros deseos. Así que, a pesar de los factores externos que pueden haber estado en juego en el desarrollo de esas tentaciones que encontramos particularmente tentadoras, seguimos siendo responsables de llevar una vida piadosa, incluso en el área de la sexualidad.

Finalmente, necesitamos entender que Dios ofrece el perdón, un registro limpio y la restauración a través de Jesucristo para todos los pecadores arrepentidos, incluyendo aquellos que tienen una historia de comportamiento homosexual y otros pecados. Él no solo nos perdona como somos, propensos a hacer mal uso de Su don del sexo y de la sexualidad, sino que Su gracia en realidad nos enseña «que negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente» (Tit 2:11-12). Esto no significa necesariamente que podamos fingir que no hemos abusado del sexo como parte de nuestra historia o que los deseos sexuales ilícitos no seguirán molestándonos o siendo una fuente de tentación, pero sí significa que la gracia de Dios nos da poder para vivir transformados como seguidores de Jesucristo. Él nos capacita para resistir la tentación y vivir para Su gloria.

Cristo es el mediador de esta gracia y capacita a los creyentes, pero la iglesia, el cuerpo de Cristo, también desempeña un papel crucial. Una vez escuché a un pastor decir: «El arrepentimiento es matar lo que me está matando sin matarme a mí mismo». No conozco a nadie que pueda hacer eso por sí solo. Aprender a caminar en obediencia y dar muerte a nuestro pecado y a nuestra naturaleza pecaminosa nunca es algo que se pueda intentar solo o aislado. El cambio bíblico es una actividad comunitaria. El llamado de la iglesia es ofrecer apoyo y ánimo a quienes experimentan atracción hacia el mismo sexo y otras tentaciones sexuales. Caminar con quienes son tentados de esta manera significa que los ayudamos a llevar las cargas de sus luchas y tentaciones, ofreciendo amistad y compañerismo, y ayudándoles a creer por primera vez o a volver a creer en el evangelio cada día. Eso es lo que Cristo hace por nosotros y lo que nosotros debemos hacer por los demás al enfrentarnos al pecado sexual. Al hacerlo, también se nos recordará que nosotros también somos perdonados por nuestras transgresiones.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John Freeman
John Freeman es presidente de Harvest USA en Filadelfia, Pensilvania.

Lo que Dios ha unido

Por John P. Sartelle Sr.

Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

Eva estaba frente a Adán y él estaba frente a ella. Dios los había hecho el uno para el otro. Cuando se observaron mutuamente, se maravillaron. Ella vio que él era igual pero diferente. Él vio que ella era igual pero diferente. Sin embargo, en sus diferencias encajaban el uno con el otro. Sus diferencias en realidad realzaban su relación. Se deleitaron en el diseño del Creador para su unión corporal. A lo largo de su matrimonio descubrirían que había otras diferencias cruciales entre ellos. Había diferencias en sus procesos emocionales y mentales. Diariamente, Adán veía que Eva aportaba algo que él no. Del mismo modo, Eva veía que Adán aportaba algo que ella no. Así como las diferencias en sus cuerpos se correspondían, estas otras diferencias los hacían mejores como pareja.

Su unión física, mental, emocional y espiritual formaba una base única y sólida para su familia. Los niños florecieron al ser criados por la masculinidad y la feminidad únicas que se habían unido en sus padres. Ese era el plan de Dios. La familia sería la piedra angular de la civilización. Esa relación sagrada del matrimonio —una unión física, mental, emocional y espiritual entre un hombre y una mujer— sigue siendo la norma absoluta instituida por el Dios vivo para toda la civilización.

Cuando la humanidad pecó, toda la creación se vio profundamente afectada. Satanás y el pecado desgarraron esta relación básica entre marido y mujer que formaba el fundamento del hogar. El mal golpeó esta piedra angular de la civilización cuando Satanás trató de deformar y destruir la creación de Dios. Esto continúa hoy en día. Al tratar de liberarse de la belleza y los paradigmas que enriquecen la vida y que el Señor diseñó, nuestro mundo secular cita a su inicuo maestro: «¿Conque Dios les ha dicho…?». En su insidiosa rebelión, la cultura secular busca cambiar lo inmutable y redefinir no solo la institución del matrimonio, sino la misma masculinidad y feminidad de los individuos.

Cuando Israel trivializó esta relación de pacto facilitando la separación de un esposo o esposa, Jesús habló de la gravedad de su pecado. Los fariseos y los líderes religiosos de su tiempo habían tergiversado el Antiguo Testamento para proporcionar divorcios fáciles a cualquier hombre que quisiera salir de un matrimonio por cualquier razón. Quisiera parafrasear las palabras de Jesús en Mateo 5:27-32: «Por cierto, cuando ustedes intentan redefinir la ley y la utilizan para deshacerse de una esposa o de un marido a su conveniencia para poder casarse con alguien más atractivo para ustedes, eso no es más que adulterio puro y simple. Su esfuerzo por legalizarlo no lo convierte en algo moral». Jesús no estaba exponiendo un tratado completo sobre el matrimonio y el divorcio. Estaba hablando del adulterio: ese era Su tema. Los fariseos decían: «Nosotros nunca cometeríamos adulterio. Simplemente nos divorciamos de nuestras esposas y entonces somos libres de casarnos con mujeres más deseables». Y Jesús les decía: «Eso sigue siendo adulterio. Ustedes trataron de hacerlo parecer correcto a través de un divorcio formal, pero sigue siendo adulterio».

¿Entonces la unión conyugal nunca se puede anular? En ese mismo pasaje (v. 32) y en otras declaraciones del Nuevo Testamento, el divorcio se presenta como una opción cuando hay adulterio o abandono (1 Co 7:12-15). Podríamos discutir lo que constituye el adulterio o el abandono, pero no podemos discutir la verdad de que Dios permite el divorcio en tales circunstancias. Si Dios permite el divorcio en algunas circunstancias, tiene que significar que en esas circunstancias el divorcio no es un pecado. Dios no puede aprobar el pecado.

Dios mismo permite el divorcio a Su pueblo que vive en un mundo caído para que pueda escapar del abuso habitual de los esposos o esposas no arrepentidos que destruyen esa unión santa por medio del adulterio y el abandono de la relación. El divorcio bajo tales circunstancias también protege a los niños que están siendo seriamente dañados al asimilar el mal ejemplo de un padre o madre malvados. A veces, los cristianos y las iglesias han malinterpretado tanto esta cuestión que han puesto vidas en peligro, al aconsejar a las esposas que están siendo sistemáticamente golpeadas y abusadas que permanezcan en el matrimonio porque creen que el divorcio es inherentemente malo.

Muchas iglesias hacen que las personas que se divorcian por razones bíblicas se sientan como cristianos de segunda clase. Un hombre o una mujer me dirán después de haberse divorciado: «Sé que mi divorcio fue un pecado». Yo interrumpo y digo: «Pensé que tenías motivos bíblicos para divorciarte». La persona responde: «Lo hice, pero sigue siendo un pecado». ¿De dónde sacaron este pensamiento antibíblico? Lo obtuvieron de iglesias y ministros bien intencionados que no entienden que el divorcio puede ser una opción correcta y santa cuando las vidas están siendo arruinadas.

Al igual que el cónyuge de un esposo o esposa fallecido no está «atado» y es libre de volver a casarse, el cónyuge maltratado al que se le ha concedido un divorcio justo también es libre de volver a casarse. A veces hay un daño emocional extremo como resultado de años de abuso psicológico o físico. En esos casos, es aconsejable que el individuo agraviado se someta a un buen programa de consejería que promueva la sanidad y le permita construir y formar una relación matrimonial saludable en el futuro.

Todas estas cuestiones se han debatido a lo largo de los siglos, ya que la iglesia ha luchado con vivir en culturas decadentes. Se han hecho largas listas sobre lo que es permitido en el matrimonio, el divorcio y las segundas nupcias. En los Estados Unidos estamos viviendo en una sociedad libertina que se parece cada vez más a Corinto o a Sodoma y Gomorra. ¿Cómo debemos vivir entonces? ¿Cómo tomamos decisiones sobre el matrimonio, el divorcio y las segundas nupcias? Debemos volver a la verdad y a la belleza de la intención original de Dios cuando creó a Adán y a Eva el uno para el otro. Debemos volver a poner ante el mundo la maravilla de esa unión física, mental, emocional y espiritual que el Creador dio para que fuera una bendición inmutable e increíble para Su creación. Aunque todavía somos pecadores, como esposos y esposas viviendo en Su maravilloso paradigma para el matrimonio todavía tenemos el alto estándar de Su Palabra y el poder del Espíritu Santo transformándonos de adentro hacia afuera. Tales matrimonios serán sal y luz en esta cultura decadente y oscura. Tu hogar y matrimonio piadosos (donde el hombre como esposo y la mujer como esposa se convierten en una sola carne física, mental, emocional y espiritualmente) se convertirá en un faro que perfora la oscuridad y en una guía para las masas perdidas en el mar de orientaciones e identidades de género torcidas, encuentros sexuales sin sentido y pecaminosos, y matrimonios cuyo único objetivo es el ascenso materialista.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John P. Sartelle Sr.
John P. Sartelle Sr.

El Rev. John P. Sartelle Sr. es el ministro principal de Christ Presbyterian Church (PCA) en Oakland, Tennessee. Es el autor de What Christian Parents Should Know about Infant Baptism [Lo que los padres cristianos deben saber sobre el bautismo infantil].

Sé un padre digno de honra

Por:Tim Challies

Durante varias semanas, he estado examinando el quinto mandamiento y, en particular, cómo deben obedecerlo los hijos adultos. «Honra a tu padre y a tu madre, como te ha mandado el Señor tu Dios, para que tus días se alarguen y te vaya bien en la tierra que el Señor tu Dios te da». Mientras que cumplir este mandamiento es relativamente sencillo para el niño pequeño que está bajo la autoridad de sus padres, es mucho más difícil saber lo que implica para los hijos adultos. A lo largo de esta serie, hemos empezado a conocer algunas formas en las que esa honra puede presentarse. Hemos visto que todos los hijos tienen una deuda de honra con sus padres que se prolonga más allá de la infancia. Todos los hijos de todas las edades deben honrar a sus padres. Hemos explorado esto desde muchos ángulos y ahora, al concluir, quiero explorarlo desde uno más.

Los hijos no tienen toda la responsabilidad en el cumplimiento del quinto mandamiento. Si los hijos deben extender la honra a sus padres, los padres deben facilitárselos viviendo vidas honorables. Debemos repetir lo que hemos dicho antes: Los hijos no deben esperar a que sus padres demuestren ser honorables antes de extender la honra, ya que la honra de los padres se deriva de su posición, no de su comportamiento. Sin embargo, sigue siendo responsabilidad de los padres llevar una vida digna y respetable. Y esto es lo que quiero considerar hoy: ¿Cómo podemos nosotros, que somos padres, vivir una vida digna de honra? ¿Cómo podemos facilitar que nuestros hijos nos honren ahora y en el futuro?

La gloria de los hijos

Comenzaremos con un proverbio apropiado. Proverbios 17:6 nos dice: «Corona de los ancianos son los hijos de los hijos, y la gloria de los hijos son sus padres». Es la segunda parte de este proverbio la que me interesa de forma particular. ¿Qué significa que «la gloria de los hijos son sus padres»? Aunque debemos reconocer un contexto singular en el Antiguo Testamento, podemos estar de acuerdo con Eric Lane, cuando dice: «Para los hijos su mayor bendición era tener unos padres de los que pudieran sentirse orgullosos: respetados en la comunidad, prósperos en los negocios y minuciosos en su educación». Es una bendición para los hijos tener padres honorables y es correcto que se sientan orgullosos de sus padres y, por supuesto, también de sus madres.

En la explicación e interpretación que John Kitchen hace del proverbio, destaca la importancia de que los padres vivan con honor: «Los hijos se sienten orgullosos de tener un padre honorable. Es cierto que el mandamiento exige que los hijos honren a su padre y a su madre (Éx. 20:12), pero también corresponde al padre dar a sus hijos motivos para hacerlo. ¿Qué mayor incentivo terrenal podría haber para vivir honorablemente como hombre, que el hecho de que tus hijos se sientan orgullosos de ti y anhelen modelar tu carácter?». Los padres son el orgullo de los hijos cuando viven honorablemente.

Viviendo honorablemente

¿Cómo viven los padres honorablemente? ¿Cómo aconsejarías a un amigo que te dice: «Quiero vivir una vida digna de honor. ¿Qué hago?». Hay cientos de posibilidades, cientos de maneras de responder a estas preguntas. Podríamos crear una lista de cualidades que deberían caracterizar al padre cristiano: El amor, la bondad, la paciencia y la mansedumbre. Podríamos generar una lista de deberes que los padres deben cumplir: Pasar tiempo de calidad con nuestros hijos, orar por ellos, leerles la Palabra de Dios. Podríamos elaborar una lista de características y comportamientos que debemos evitar: No exasperar a nuestros hijos, no tratarlos injustamente, no dejar de criarlos en la disciplina e instrucción del Señor. Las posibilidades son infinitas.

Yo pretendo mantenerlo simple y proponer tres áreas de énfasis.

En primer lugar, haz de tu propia piedad tu principal preocupación. Como padres, tenemos la tendencia a esperar más de nuestros hijos de lo que esperamos de nosotros mismos. Tenemos grandes expectativas para ellos, pero sólo expectativas modestas para nosotros mismos. Una vida honorable ante los demás comienza con una vida honorable ante Dios. Cuando buscamos a Dios, anhelamos ser lo que Él quiere que seamos, vestirnos con todas las características nobles asociadas con la piedad y desechar todas las características desagradables asociadas con la impiedad. Vamos a querer comportarnos como Dios quiere que nos comportemos, dejar de lado todas las acciones que no son propias de un cristiano y resaltar todas aquellas acciones que son dignas de un cristiano. De este modo, modelaremos un carácter y un comportamiento maduros, desplegando y mostrando amor a nuestros hijos, incluso cuando nos exasperen o nos lleven al borde de la desesperación. Viviremos con la conciencia tranquila ante Dios, los hombres y nuestros propios hijos.

En segundo lugar, identifica e imita modelos dignos. Especialmente dentro de la iglesia local, busca personas que hayan sido modelos de crianza exitosa. Dios nos ha puesto en las comunidades de la iglesia local para que podamos tener ayuda a través de todos los desafíos y dificultades de la vida. Dios nos rodea de otros creyentes para que podamos tener modelos que imitar. Identifica deliberadamente a las personas cuyos hijos los aman y honran, cuyos hijos se deleitan en estar con ellos. Aprende a imitar a esas personas. Pregunta a los padres: «¿Qué hiciste para que tus hijos te respeten ahora? ¿Cómo los criaron? ¿Qué les han enseñado?». Pregunta a los hijos: «¿Qué hicieron tus padres para que los honres? ¿Qué amas de ellos? ¿Por qué te gusta pasar tiempo con ellos?». Es mucho lo que podemos aprender mediante la curiosidad y la imitación.

En tercer lugar, encomienda a tus hijos a la gracia de Dios. Aprendan a ser piadosos y a imitar modelos dignos y luego encomienden a sus hijos a la gracia de Dios. Es tu responsabilidad vivir una vida digna de honra y es tu responsabilidad enseñar a tus hijos la importancia del honor. Pero en última instancia, la honra debe ser extendida por los hijos, no exigida por los padres. La responsabilidad recae en tus hijos. Puede que se muestren duros de corazón, que no estén dispuestos a identificar el amor y la gracia que les has mostrado, que no estén dispuestos a perdonar tus defectos, que no estén dispuestos a hacer caso al mandato de Dios. Pero tú, al menos, habrás vivido una vida de honor. Tú, al menos, habrás cumplido con el deber que Dios te ha dado.

Pueden haber momentos para apelar a tus hijos cuando actúan de forma deshonrosa o, si son cristianos, incluso para apelar a tu iglesia. Los líderes de la iglesia deben tomar en serio la responsabilidad de cada miembro de obedecer el quinto mandamiento. Sin embargo, al final tus hijos harán su propio camino en la vida. Ellos elegirán honrar a Dios al honrarte a ti o elegirán deshonrar a Dios al deshonrarte a ti. Incluso si eligen mal, tú puedes consolarte sabiendo que aunque tus hijos te abandonen, Dios no lo hará. Padres, hagan que sea fácil para sus hijos honrarlos. Hagan que sea un placer para ellos sentirse orgullosos de ustedes. Vivan de tal manera que sus hijos puedan decir: «la gloria de los hijos son sus padres».

Tim Challies

Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.

QUÉ SIGNIFICA ESTAR UNIDO A CRISTO

QUÉ SIGNIFICA ESTAR UNIDO A CRISTO
POR OSKAR AROCHA

La realidad espiritual más importante de nuestra relación con Dios es que hemos “muerto con Cristo” (Ro 6:8). ¡Es sorprendente! La Palabra revela que estábamos unidos a Cristo en la cruz y que unidos a Él ahora podemos recibir de Dios Padre toda bendición espiritual (Ef 1:3, 7; 2Co 1:20; Fil 4:19; 2Ti 1:1).

Esta relación es presentada en la Escritura como una relación de representación. En la primera carta a la iglesia en Corinto esta relación es comparada con nuestra relación de representación en Adán, cuando dice: “Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1Co 15:22). Kistemaker destaca que el texto griego de la primera frase, la frase de Adán, está en tiempo pasado; sin embargo la segunda frase está en futuro. Esta evidencia gramatical es importante porque en sentido cronológico, cuando este pasaje fue escrito, ya ambos acontecimientos habían ocurrido. Así que, en la historia de la redención, aun desde que Adán pecó y la promesa de gracia fue revelada, todos aquellos que han depositado su confianza en el Mesías fueron representados y han tenido un bendito futuro asegurado desde ese momento, para siempre.

Por otro lado, otro pasaje en Romanos dice: “Tal como por una transgresión resultó la condenación […] así también por un acto de justicia resultó la justificación” (Ro 5:18). Estábamos unidos a Cristo en ese “acto de justicia” expresado en el Calvario, pero hay más. Según Mounce la construcción gramatical de la frase “acto de justicia” se refiere normalmente a un pronunciamiento más que a una acción. Indica un proceso completado más que un solo acontecimiento. Y unido a frases del contexto tales como “el juicio” en el verso 16, el autor está apuntando a una “sentencia de justificación”. En otras palabras, la unión con Cristo no solo conecta específicamente a la cruz de Cristo, sino también, en un sentido integral, a todo aquello que fue logrado por él: vida, muerte, resurrección y gloria (ver Ef 2:4-7; Ro 6:8).

UNIDOS A CRISTO EN SU MUERTE
Nuestra unión a Cristo en la cruz es trascendental porque cuando Cristo fue crucificado, ya la unión había sido decidida antes de la fundación del mundo. El Padre nos bendijo “en Cristo, según nos escogió en Él [Cristo] antes de la fundación del mundo” (Ef 1:3) y esa gracia “nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad” (2Ti 1:9).

Esta realidad se ilustra como si en cada momento pasado, presente y futuro el Padre nos observara a través de unos anteojos llamados ‘crucificados juntamente con Cristo’. Y no importa si fue 2000 años antes de Cristo con algún creyente de Ur de los Caldeos (Abraham), o si fue en el momento exacto en que la sangre fue derramada en el Gólgota, o si es 2000 años después, el Padre considera a los suyos “muertos con Cristo”.

Ante lo extraordinario de esta realidad espiritual, algunos teólogos de siglos pasados hablaron de esta unión como una unión “mística”, no porque sea mágica, sino porque no tenemos palabras para explicar tan maravillosa realidad. La Escritura dice que cuando Cristo murió en la cruz, todos aquellos por quienes murió murieron juntamente con Él, y cuando resucitó, resucitaron con Él (Ro 6:6-8). “Aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia han sido salvados), y con Él nos resucitó” (Ef 2:4-6).

En Dios salva pecadores, se expone, de manera amena pero retadora, sencilla pero profunda, cada una de las verdades que compilan la doctrina de la salvación de Dios. Compuesto de tres partes, este libro nos sitúa desde antes del principio, cuando Dios ya había escogido salvarnos por Su amor, y nos lleva hasta el final, hasta la glorificación que tendremos cuando podremos estar siempre con el Señor. Si deseas saber más acerca de lo que la Biblia enseña sobre este tema supremamente fundamental, ¡léete este libro!

¿CÓMO PUEDES ESTAR UNIDO A JESÚS?
Entonces, si Cristo conocía y tenía una relación existente con aquellos por quienes murió, ¿quiénes fueron aquellos que murieron juntamente con Él? Esa pregunta nunca falta en este tema. La Escritura responde, sin mencionar nombres o apellidos, que cuando Cristo murió en la cruz, aquellos por quienes murió Dios les llamaba Su linaje, Su pueblo, Sus ovejas y Su Iglesia.

En el anuncio profético de la muerte de Jesús, el profeta Isaías declara: “Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje” (Is 53:10). En el anuncio profético de Su nacimiento el ángel del Señor dijo: “llamarás Su nombre Jesús, porque Él salvará a Su pueblo de sus pecados” (Mt 1:21). En el conocido discurso del Pastor y las ovejas Jesús dijo: “Yo soy el Buen Pastor; y conozco mis ovejas […] y pongo mi vida por las ovejas” (Jn 10:14, 16). Y en su discurso sobre el diseño del matrimonio según Dios, el apóstol Pablo dijo: “Amen a sus mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a Sí mismo por ella” (Ef 5:23-25).

Estos distintos títulos (linaje, pueblo, iglesia y ovejas) aluden a los redimidos que murieron juntamente con Cristo, y aun así nosotros no sepamos sus nombres, Dios sí los sabe. Jesús dijo: “Yo conozco a Mis ovejas […] así como el Padre me conoce y Yo conozco al Padre, y doy Mi vida por las ovejas” (Jn 10:14-15). Dios las conoce por sus nombres, son Suyas y las ama en Cristo, que dio Su vida por ellas.

Es maravilloso considerar cada titular:

» Linaje habla de hijos y de una descendencia pura que proviene del Progenitor o Padre.
» Pueblo introduce un concepto de comunidad y un lugar de desarrollo y disfrute ilustrado por Israel en la tierra de Canaán.
» Iglesia presenta la relación más íntima, la unión de un hombre y su mujer, donde dos vienen a ser una sola carne.
» Ovejas conecta al rebaño indefenso y en riesgo, pero que tiene un Pastor que guía, ama y protege. Nos remonta a David que dijo: “Jehová es mi Pastor, nada me faltará” (Sal 23:1), y al patriarca Jacob que dijo: “De allí es el Pastor, la Roca de Israel” (Gn 49:24).
Estos redimidos que individualmente se relacionan a Dios en Cristo son gente de cada pueblo, lengua, tribu y nación (Ap 5:9). Ellos conforman un solo pueblo, un solo rebaño, un solo Israel, una sola iglesia, una sola nación, y todos bajo un solo Rey, Jesucristo, el Rey de gloria. Y sabiendo que somos de Dios, unidos indivisiblemente en Cristo, podemos, entonces, estar seguros de toda bendición y toda promesa. Tenemos una esperanza viva para vivir con gozo pleno. ¡Podemos fijar nuestras esperanzas plenamente, con gozo celestial, en Cristo, tanto que seamos así las personas más libres sobre la tierra!


Este artículo sobre estar unido a cristo fue adaptado de una porción del libro Dios salva pecadores publicado por Poiema Publicaciones. Puedes descargar una muestra gratuita visitando este enlace.