Identificar a Cristo como la cabeza de la iglesia denota que tiene señorío soberano y autoridad suprema sobre ella. La Biblia menciona en varios textos que «Cristo es la cabeza de la iglesia», por ejemplo:
Más bien, al hablar la verdad en amor, creceremos en todos los aspectos en Aquel que es la cabeza, es decir, Cristo (Ef 4:15).
Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo El mismo el Salvador del cuerpo (Ef 5:23).
Él es también la cabeza del cuerpo que es la iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, a fin de que Él tenga en todo la primacía (Col 1:18).
Cuando pensamos en la palabra «jefe», a menudo, pensamos en un director ejecutivo o en el jefe de alguna institución u organización. Pero la frase «cabeza de la iglesia» no se emplea para identificar a Cristo como cabeza de una compañía o cabeza de alguna organización terrenal.
Identificar a Cristo como la cabeza de la iglesia denota que tiene señorío soberano y autoridad suprema sobre ella
Por supuesto, mi mente va a Efesios 5:23, cuando el apóstol Pablo distingue a Cristo como la cabeza de la iglesia para explicar el papel del varón en la familia. Pero lo más interesante en ese versículo es la frase «la cabeza de la iglesia». Su cuerpo, la iglesia, no es el resultado del ingenio humano. La iglesia no es el resultado de la visión de algún empresario. El Cristo viviente es la cabeza de un organismo viviente.
Al pensar en el señorío y la soberanía de Cristo sobre la iglesia, quizás tu mente vaya de inmediato a la Gran Comisión que Jesús delegó a Sus discípulos: «Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra» (Mt 28:18).
Así, la supremacía de Cristo, que fue establecida de manera firme antes de la creación y exhibida en Su encarnación, reina ahora, ahora mismo, sobre Su iglesia y, por supuesto, será eternamente establecida a Su regreso.
Cristo es la cabeza y nosotros, como iglesia, somos el cuerpo llamado a darle gloria en toda nuestra manera de vivir
Porque en Él fueron creadas todas las cosas, tanto en los cielos como en la tierra, visibles e invisibles; ya sean tronos o dominios o poderes o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Y Él es antes de todas las cosas, y en Él todas las cosas permanecen. Él es también la cabeza del cuerpo que es la iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, a fin de que Él tenga en todo la primacía. Porque agradó al Padre que en Él habitara toda la plenitud, y por medio de Él reconciliar todas las cosas consigo, habiendo hecho la paz por medio de la sangre de Su cruz, por medio de Él, repito, ya sean las que están en la tierra o las que están en los cielos (Col 1:16-20).
Así que la iglesia recibe toda su vida de Cristo y no tiene vida aparte de Él. Son uno, Cristo es la cabeza y nosotros, como iglesia, somos el cuerpo llamado a darle gloria en toda nuestra manera de vivir.
Esta es una adaptación de un artículo publicado originalmente en Crossway. Dustin Benge (PhD, The Southern Baptist Theological Seminary) es profesor asociado de espiritualidad bíblica y teología histórica en el Southern Baptist Theological Seminary. Él y su esposa, Molli, viven en Louisville, Kentucky.
Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad
Hace años, Andrew Murray observó que la humildad es el semillero en el que crecen todas las demás gracias de la vida cristiana. De igual manera, el semillero del orgullo hace brotar todos los vicios del pecado. Por lo tanto, no es exagerado decir que si descuidamos la humildad, no podemos progresar en la vida cristiana. Esto es especialmente importante para los esposos y padres cuando cumplimos con nuestras responsabilidades hacia Dios, nuestras esposas y nuestros hijos (Ef 5:25-33; Col 3:21; 1 Pe 3:7).
Cuando procuramos la humildad, tendemos a pasar a las acciones específicas sin pensar mucho en por qué debemos hacerlo. Antes de entrar en algunos detalles, considera un marco para esas acciones.
Un marco para la humildad El orgullo es una necedad. Después de todo, nuestro Creador nos da y sostiene nuestras vidas. Qué arrogante es pensar que somos algo aparte de Dios cuando, en realidad, no somos nada. Al estar a la sombra de nuestro Creador, deberíamos ser humildes para adorar y preguntarnos con el salmista: «¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes?» (Sal 8:4).
Es más, considera que nuestro Señor Jesucristo se humilló haciéndose hombre (Flp 2:6-8) por nosotros y por nuestra salvación. ¿Cuál fue la raíz de nuestro pecado? El orgullo. No es exagerado decir que Cristo se humilló para rescatar a personas orgullosas que no se humillaron, no quisieron ni pudieron hacerlo. Cuando luchamos con la humildad, mirémonos en el espejo y veámonos a nosotros mismos mirándonos, y recordemos: Jesús se humilló para salvarnos cuando estábamos metidos hasta el cuello en una rebelión orgullosa. ¿Cómo entonces podemos persistir en el orgullo?
Un marco para un liderazgo humilde Si entendemos que Dios es nuestro Creador, abordaremos nuestras responsabilidades desde la perspectiva de la mayordomía. Un mayordomo es alguien que entiende que no es el dueño sino el cuidador. Esposos y padres, ¿cómo cambiarían sus relaciones si recordaran que su esposa no es en última instancia suya? ¿Y que sus hijos tampoco son suyos en última instancia? Dios ha concedido a los esposos y padres la responsabilidad de guiar a sus esposas e hijos con amor. No debemos eclipsar los derechos de Dios para la adoración promoviéndonos a nosotros mismos en Su lugar. Los mayordomos han de ser fieles y tratar bien a quienes están a su cargo (1 Co 4:2). Nada es más infiel que robarle la gloria a nuestro Amo maltratando a los que Él cuida o tratando de ocupar Su lugar en la vida de nuestras familias.
Jesús instruye a Sus seguidores (especialmente a los que dirigen) a reflejar Su servicio, sirviendo a los demás (Mr 10:43-45). La fuente de muchos de nuestros momentos pecaminosos como esposos y padres es nuestro deseo de ponernos la corona en lugar del delantal de servicio. Queremos ser servidos en lugar de servir. ¿Puedes ver cómo este tipo de deseo y acción distorsiona el reflejo del evangelio que estamos llamados a modelar como esposos y padres? Jesús no es solo la motivación de nuestro servicio, sino también el modelo.
Expresiones de un liderazgo humilde El liderazgo humilde se manifiesta de diversas maneras. He aquí algunas de ellas.
El liderazgo humilde acepta la realidad. En lugar de tratar de vivir en un mundo de fantasía donde somos los héroes y el centro del universo, los hombres humildes abrazan la verdad de que son defectuosos, débiles y necesitados de gracia. Esto nos libera para reflejar el carácter de Dios en lugar de proyectar nuestro propio avatar o identidad.
El liderazgo humilde es comprensivo. Se nos ordena conocer bien a nuestras esposas e hijos. Este conocimiento conduce a la comprensión (Col 3:21; 1 Pe 3:7). La humildad se muestra aquí con paciencia amorosa. Los líderes humildes buscarán aprender sobre sus esposas o hijos a medida que cambian. Considerarán los intereses de los demás más importantes que los propios (Flp 2:3).
El liderazgo humilde confiesa el pecado. Nuestro defecto es dar voz a nuestro abogado defensor interior cada vez que parece que hemos hecho algo malo. Pero este es el fruto podrido que crece en el semillero del orgullo. En cambio, el líder humilde puede confesar su pecado a su esposa e incluso a sus hijos. Sí, esto nos hará parecer menos importantes. Pero enfatizará nuestra necesidad de gracia y misericordia. En nuestro menguar, apuntamos a que Dios aumente (Jn 3:30).
El liderazgo humilde se somete a la autoridad de Dios. Podemos hacerlo reflejando Su diseño para el liderazgo. También podemos hacerlo leyendo la Biblia, instruyendo a nuestra familia en la Palabra, y orando con y por ellos. En esto, no sólo equipamos a otros, sino que modelamos una humilde dependencia de Dios.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Erik Raymond Erik Raymond es el pastor principal de Redeemer Fellowship Church en el área metropolitana de Boston. Él y su esposa Christie tienen seis hijos
Todos los padres cristianos desean que Dios nos muestre algo que hacer para asegurar la salvación de nuestro hijo, y entonces «lo haremos con todas nuestras fuerzas» porque amamos mucho a nuestro hijo. Sin embargo, Dios no ha hecho que la salvación sea el efecto de la fe de otra persona; nuestro hijo o hija debe venir a Cristo por sí mismo. Juan nos muestra que todos los cristianos han nacido en la familia de Dios «no por sangre, ni por voluntad de la carne, ni por voluntad de hombre, [es decir, por voluntad de otra persona] sino por Dios». (Juan 1:13)
Aunque la salvación es obra de Dios y no algo que podamos hacer por nuestro hijo, hay esperanza. Considere lo siguiente:
1. Una verdadera carga en la oración por su hijo es un regalo de Dios. Una carga persistente puede indicar que Dios tiene la intención de dar a su hijo la vida eterna porque la oración auténtica siempre comienza con Dios. Aunque no podemos estar absolutamente seguros de saber todo lo que Dios está haciendo, debemos ser optimistas si la carga continúa.
2. El milagro del nuevo nacimiento no es menos posible para Dios si nuestro hijo está atento a Él o huye de Él. Nuestro hijo es como todos los demás niños cuando se trata de la gracia de Dios. Está muerto espiritualmente si está en la iglesia o no, si escuchó bien las verdades que tratamos de enseñarle o no, si tiene algún interés en Dios ahora o no tiene ninguno. Puede convertirse en el corral de los cerdos o en la banca de la iglesia y no sabemos en este caso qué es lo que prefiere Dios.
3. Dios escucha nuestras oraciones. Aunque Dios nos ha enseñado que elige a todos los que son suyos antes de la fundación del mundo, también nos ha enseñado que debemos orar, y no sólo orar, sino esperar la respuesta a nuestras oraciones. Es cierto que Dios es soberano y es igualmente cierto que responde a la oración. De hecho, Él no podría responder a la oración si no tuviera el control de todas las cosas.
4. Podemos tener esperanza debido a la elección de Dios de aquellos que vendrán a Él. Todo niño va camino al infierno a menos que Dios lo detenga. La elección de Dios es nuestra amiga. No tendríamos esperanza en la salvación de nuestro hijo sin ella, porque ningún niño se volvería a Cristo si se le dejara en su depravación (Romanos 3:9-11). Pero dada la elección de Dios de las personas para sí mismo, podemos estar animados.
5. Su hijo tiene algún conocimiento claro de lo que significa ser un verdadero cristiano. El Espíritu ciertamente puede traer esto en cualquier momento si este es su método elegido. Aunque no es menos milagro que se convierta un niño con conocimiento que un niño con poco conocimiento; Dios siempre usa la semilla del evangelio en cada conversión.
6. Su propia desobediencia en el pasado no impedirá en última instancia que su hijo se convierta en creyente. No tiene sentido que te reprendas por cualquier comportamiento incorrecto de tu parte como si fuera la razón por la que tu hijo está sin Cristo. Esto no significa que como padres no debamos arrepentirnos y mejorar, e incluso admitir el error ante nuestros hijos. Pero la razón por la que su hijo está sin Cristo está en última instancia relacionada con su propio pecado. Cada padre cristiano es inconsistente de alguna manera y está en un proceso de santificación que deja al padre corto de la perfección. Esto nunca ha sido una barrera para Dios si Él desea salvar a su hijo. Abundan los ejemplos de hijos que provienen de familias mucho menos piadosas que, sin embargo, se convierten a Cristo. De hecho, este puede haber sido el caso en su propia experiencia.
7. Algunos niños pueden necesitar la experiencia de estar lejos del cuidado de sus padres para enfrentar su propia necesidad de Cristo. El sentido de la necesidad para muchos puede descubrirse sólo en el contexto de las dificultades. No debemos sorprendernos si se necesita algún vuelo en solitario antes de que un niño aprenda que realmente necesita a otro como su piloto.
8. Recuerde que hay muchas personas que han llegado a apreciar su historia antes de venir a Cristo. No estoy diciendo que estas personas no hubieran querido convertirse antes, sino que el dolor de su historia previa a la conversión les ha dejado compasión, comprensión, conocimiento, testimonio y una carga que quizás no hubieran tenido de otra manera. Han visto la sabiduría de Dios en el momento de su conversión. Esto bien puede ser así con su hijo. Pablo dijo que había una razón por la que fue elegido para convertirse a pesar de ser un asesino, blasfemo y agresor violento-para que la gente vea y tenga esperanza de que Dios puede salvar a cualquiera. Dios tiene un viaje único para cada niño.
9. No puedes salvar a tu hijo por ti mismo, por mucho que lo intentes. Usted está en una posición de confianza solo. Esto es bueno porque es la única manera de complacer a Dios (Heb. 11:6). Su descanso en Dios, mientras ora simultáneamente al Dios que responde a la oración, será un estímulo para otros en la misma situación. También le ayudará a responder a su hijo de forma más positiva, y hará que su vida sea mucho más alegre de lo que podría ser su ansiedad.
10. Finalmente, recuerde que Dios tiene un propósito en todo lo que hace. Un día nos alegraremos de que Dios haya hecho una obra perfecta al gobernar su universo. Cuando reconozcamos esto y pongamos a Dios incluso por encima de nuestros hijos, realmente demostraremos a nuestro hijo la forma en que un cristiano debe vivir.
Nota del editor:Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad
Cuando los editores de Tabletalk me invitaron a escribir un artículo sobre la humildad, me reí un poco porque me di cuenta de lo fácil que sería decirme: «¡Wow! Si me están pidiendo que escriba sobre la humildad, debe ser porque saben lo humilde que soy». Podría darme palmaditas en la espalda, sintiéndome orgulloso de mi humildad.
Todo pecado es engañoso, pero el orgullo es especialmente astuto. Cuántas veces has estado leyendo una historia en la Biblia y te has dicho: «¿Qué les pasa? ¿Por qué están haciendo algo tan estúpido?». Es muy fácil comenzar a decir: «Gracias, Padre, porque no soy como esos israelitas continuamente quejumbrosos» o, «Gracias, Padre, porque no soy como ese Sansón. ¿Qué tan ingenuo puede ser alguien?». Luego, llegamos al Nuevo Testamento y nos pillamos diciendo: «Gracias, Padre, porque no soy como ese fariseo quien te agradeció por no ser como ese recaudador de impuestos».
Todas estas cosas fueron escritas para nuestra instrucción. Cuando vemos a los pecadores y necios en las historias bíblicas, nos estamos viendo en un espejo. No podemos mortificar el pecado del orgullo hasta que lo reconozcamos y entendamos cuán desesperadamente pecaminosos somos. Es por eso que Jesús dijo: «Bienaventurados los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5:3). Tenemos que entender que Dios se opone a los orgullosos pero da gracia a los humildes (Stg 4:6).
Tenemos que tener un conocimiento verdadero de nosotros mismos, y no podemos tener eso a menos que tengamos un conocimiento verdadero de la santidad de Dios. Es solo cuando nos vemos a la luz de la santidad infinita de Dios que vemos cuán verdaderamente pobres somos. Esto es lo que distingue a las historias de los orgullosos y los humildes en las Escrituras. Aquellos que son orgullosos tienen una visión pequeña de Dios y una visión grande de sí mismos. Se exaltan a sí mismos en lugar de a Dios. Este tipo de orgullo es odiado por Dios (Pr 6:16-17; 8:13).
En el libro de Proverbios, el Señor nos revela que «delante de la destrucción va el orgullo, y delante de la caída, la altivez de espíritu» (16:18). Vemos numerosos ejemplos de esto a lo largo de las Escrituras. Del rey Uzías, leemos: «Pero cuando llegó a ser fuerte, su corazón se hizo tan orgulloso que obró corruptamente» (2 Cr 26:16). De manera similar, se nos dice con respecto al rey Ezequías: «Mas Ezequías no correspondió al bien que había recibido, porque su corazón era orgulloso; por tanto, la ira vino sobre él, sobre Judá y sobre Jerusalén» (32:25). Tarde o temprano, el orgullo será seguido por la destrucción.
Ezequiel 28 contiene un oráculo de juicio contra el rey de Tiro. Dios promete enviar destrucción sobre él debido a su orgullo satánico. El Señor le dice: «Aun cuando tu corazón se ha enaltecido y has dicho: “Soy un dios, sentado estoy en el trono de los dioses, en el corazón de los mares”, no eres más que un hombre y no Dios, aunque hayas igualado tu corazón al corazón de Dios» (vv. 1-2). El rey de Tiro no solo se exalta a sí mismo; se hace pasar por un dios. Ha combinado orgullo y blasfemia.
Uno de los ejemplos más dramáticos de orgullo antes de la destrucción se observa en el caso de Nabucodonosor. Mientras caminaba por el techo de su palacio en Babilonia, Nabucodonosor se dijo a sí mismo: «¿No es esta la gran Babilonia que yo he edificado como residencia real con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad?» (Dn 4:30). Inmediatamente, Dios proclamó juicio sobre él y fue hecho como las bestias del campo hasta que se arrepintió.
Vemos algo muy similar en el caso de Herodes en el Nuevo Testamento:
El día señalado, Herodes, vestido con ropa real, se sentó en la tribuna y les arengaba. Y la gente gritaba: «¡Voz de un dios y no de un hombre es esta!». Al instante un ángel del Señor lo hirió, por no haber dado la gloria a Dios; y murió comido de gusanos (Hch 12:21-23).
Herodes se permitió ser reconocido como un dios, y le costó la vida.
La autoexaltación se ve no solo entre reyes y gobernantes civiles. También se ve entre los religiosos. Jesús dice de los fariseos:
Sino que hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres; pues ensanchan sus filacterias y alargan los flecos de sus mantos; aman el lugar de honor en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, y los saludos respetuosos en las plazas y ser llamados por los hombres Rabí. Pero vosotros no dejéis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis a nadie padre vuestro en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. Ni dejéis que os llamen preceptores; porque uno es vuestro Preceptor, Cristo. Pero el mayor de vosotros será vuestro servidor. Y cualquiera que se ensalce, será humillado, y cualquiera que se humille, será ensalzado (Mt 23:5-12).
¿Cómo se ve ser pobre de espíritu y humillarse? Jesús nos lo dice en la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos (Lc 18:9-14). Mientras el fariseo casi se disloca el hombro y el codo dándose palmaditas en la espalda, el recaudador de impuestos «no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “Dios, ten piedad de mí, pecador”» (v. 13). La humildad implica un conocimiento preciso de nuestro estado como pecador ante Dios.
Hay numerosos ejemplos de verdadera humildad en las Escrituras. Es difícil olvidar la historia de José. Cuando era joven, a veces podía estar bastante lleno de sí mismo. Pero a través de numerosas pruebas y años de sufrimiento, José aprendió humildad. Esta humildad está en plena exhibición cuando el faraón le dice a José: «He oído decir de ti, que oyes un sueño y lo puedes interpretar» (Gn 41:15). El José joven podría haber dicho que sí. El José humilde dice: «No está en mí; Dios dará a Faraón una respuesta favorable» (v. 16).
Moisés fue el profeta más grande del Antiguo Testamento, y sin embargo era «muy humilde, más que cualquier otro hombre sobre la faz de la tierra» (Nm. 12:3). Se sometió fielmente a Dios.
Sin embargo, David puede ser el ejemplo más claro de humildad en el Antiguo Testamento. Ciertamente no era perfecto. Cometió muchos errores. En algunos casos, cayó en pecados atroces como adulterio e incluso el asesinato. Pero lo que distingue a David es que cuando cayó, se arrepintió genuina y humildemente. No trató de justificarse con orgullo. Recibió la misericordia de Dios porque entendió que Dios es Dios y que él no lo es. Vemos esto desde el momento en que Dios hizo Su pacto con David. David respondió: «¿Quién soy yo, oh Señor Dios, y qué es mi casa para que me hayas traído hasta aquí?» (2 Sam 7:18). No llegó a la conclusión de que él era alguien especial. No se exaltó a sí mismo. Reconoció la gracia soberana de Dios al elegirlo.
Cuando nos dirigimos al Nuevo Testamento, inmediatamente se nos presenta un hermoso ejemplo de humildad en el caso de la madre de Jesús, María. Después de que el ángel le anunció quién sería su hijo, María no se exaltó a sí misma. Ella exaltó a Dios, diciendo: «Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la humilde condición de esta su sierva; pues he aquí, desde ahora en adelante todas las generaciones me tendrán por bienaventurada» (Lc 1:46-48).
En el apóstol Pablo, vemos a alguien a quien se le había dado una gran misión y un gran papel en la iglesia de Jesucristo, pero Pablo nunca olvidó quién era y qué había sido. Más de una vez habló de sí mismo como el menor de los apóstoles y el menor de los santos porque había perseguido a la iglesia (1 Co 15:9; Ef 3:8). En un momento dado, incluso se refirió a sí mismo como el más grande de los pecadores (1 Tim 1:15). Él entendió que de no ser por la gracia de Dios, habría sufrido la ira de Dios. Pero no permitió que esto lo inmovilizara en un mar de desesperación. Se regocijó en la gracia de Dios e hizo fielmente lo que Jesús lo había llamado a hacer.
El mayor ejemplo de humildad en las Escrituras es el Señor Jesucristo. Se nos instruye a seguir Su ejemplo. Al igual que Jesús, no debemos hacer nada «por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo» (Flp 2:3). No debemos buscar «cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás» (v. 4). Imagina cómo se vería la iglesia si los cristianos comenzaran a hacer esto en números significativos.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Keith A. Mathison El Dr. Keith A. Mathison es profesor de teología sistemática en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de varios libros, entre ellos The Lord’s Supper: Answers to Common Questions [La Cena del Señor: respuestas a preguntas comunes].
La doble predestinación es la creencia de que Dios crea algunas personas cuyo propósito de existencia es enviarlas al infierno. ¿Es este concepto bíblico? Veamos el tema desde el libro de Romanos, que tiene dos temas predominantes de principio a fin. El primer tema es la justicia de Dios. Es el mismo mensaje del evangelio que revela la justicia de Dios (Romanos 1:16-17). Es la verdad incluida en el mensaje del evangelio que por fe declara al hombre justo ante Dios (Romanos 4-5). Jesucristo, quien es la figura central del mensaje del evangelio, le permite al hombre ser justo (Romanos 6–7). Es el mensaje del evangelio que le muestra al hombre el camino para vivir de una manera justa (Romanos 12).
Otro tema que se encuentran en el libro de Romanos, es el tema de la ira. La ira de Dios ha sido revelada y está siendo revelada contra toda impiedad (Romanos 1:18). La humanidad sabe acerca de Dios, pero lo rechaza en sus pensamientos y en sus acciones (Romanos 1:21-22). Por lo tanto, la ira de Dios es entregar al hombre a vivir su vida como le plazca (Romanos 1:24, 26, 28), que apartado de Dios lo lleva a la destrucción (Romanos 1:28-32). El hombre rechaza al Dios del universo, y Dios, a su vez, abandona al hombre. Sólo una intervención personal de Dios puede alterar el camino destructivo en el que el hombre se encuentra a sí mismo, mientras que él mismo se endurece en el pecado.
Ahora leemos en Romanos 9:22, y dice, «¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción?». Muchas personas piensan que este versículo enseña que Dios ha hecho ciertos vasos para su ira. Sin embargo, este no es el punto del versículo. Leyendo más arriba, la humanidad ya ha experimentado la ira de Dios. La humanidad ya se preparado a sí misma para destrucción. Es Dios quien soporta estos vasos, que se han preparado para destrucción porque no estaban dispuestos a abandonar su pecado y volverse a Dios.
Mire el siguiente versículo: Romanos 9:23, «y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria». Fíjese que Dios elige a ciertas personas de antemano para su gloria. En otras palabras, antes de la fundación del mundo, Dios escogió a ciertas personas para ser sus hijos a fin de que él fuera glorificado (ver Efesios 1:4). No dice que Dios escogió a personas para condenación, o que predestinó a personas para la ira. La biblia nunca habla de una doble predestinación donde Dios elige o predestina algunas personas al infierno y otros al cielo. Aquellos que están bajo la ira de Dios, están en esa posición porque ya han rechazado a Dios. Aquellos que tienen la justicia de Dios, están en esa posición porque Dios los ha escogido para ser sus hijos.
Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad
El orgullo y la humildad son dos atributos que pueden ser difíciles de entender correctamente. Un punto de vista típico entre los cristianos establece un claro contraste entre estos dos atributos. Este punto de vista sostiene que el orgullo es una cualidad mala y la humildad es buena. Este punto de vista tiene sentido cuando consideramos la evidencia bíblica. En las palabras de Proverbios 3:34 (citadas tanto en Santiago 4:6 como en 1 Pedro 5:5), «DIOS RESISTE A LOS SOBERBIOS, PERO DA GRACIA A LOS HUMILDES». Este versículo parece establecer un contraste claro y directo entre estos dos atributos. Pero ¿es así de sencillo? ¿Podemos decir realmente que el orgullo siempre es un vicio? ¿La humildad siempre es una virtud?
Aunque podamos desear una respuesta rápida y fácil de que el orgullo siempre es malo y la humildad siempre es buena, debemos darnos cuenta de que el orgullo y la humildad pueden ser una virtud o un vicio dependiendo de las circunstancias. Por lo tanto, primero tenemos que examinar cómo tanto el orgullo como la humildad pueden ser considerados vicios. Y segundo, tenemos que considerar cómo tanto el orgullo como la humildad pueden ser vistos como virtudes.
El orgullo y la humildad como vicios ¿Qué puede hacer que tanto el orgullo como la humildad caigan en la categoría común de vicio? Para encontrar una respuesta a esta pregunta, tenemos que entrar en el baño y mirarnos en el espejo. Debemos mirarnos primero a nosotros mismos. Cuando el orgullo y la humildad miran al yo como su fuente, ambos son vicios egoístas.
En la Escritura, el orgullo se presenta principalmente como un vicio egoísta. Cuando la Escritura utiliza la palabra orgullo, la mayoría de las veces viene en el contexto de una advertencia o amonestación. El vicio del orgullo se refleja en presumir de nosotros mismos. Podemos presumir de nuestra prosperidad como lo hace el evangelio de salud y riqueza, o podemos atribuirnos el éxito de la evangelización, o podemos darnos palmaditas en la cabeza, por así decirlo, como grandes eruditos. El pecado del orgullo echa raíces cuando dejamos de mirar a Dios (Su providencia, sabiduría y gracia) como la fuente de todos estos beneficios y empezamos a atribuirnos el mérito a nosotros mismos.
El orgullo en el yo es claramente nuestra tendencia natural, y actúa en nosotros como un vicio pecaminoso. Cuando Cristo advirtió a los fariseos sobre el orgullo de la justicia propia, los describió como aquellos «que confiaban en sí mismos como justos, y despreciaban a los demás» (Lc 18:9). Sin embargo, cuando reflexionamos verdaderamente sobre el peso de nuestro pecado y nuestra miseria, el orgullo egoísta se desinfla rápidamente. Considera a Pablo, quien, en lugar de jactarse de todos sus logros y méritos, comenzó su escrito diciendo que era «el primero» de los pecadores (1 Tim 1:15). Además, cuando entendemos realmente las buenas nuevas de Jesucristo, el orgullo egoísta y la jactancia no tienen cabida en nuestros corazones. Como declaró Horatius Bonar: «Le amo porque Él me amó, por Él yo vivo hoy». Como quienes debemos nuestra propia vida a la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, debemos resistir la tentación de ser orgullosos de nosotros mismos.
Del mismo modo, también debemos estar en guardia contra la humildad que tiene sus raíces en nosotros mismos y no en Dios. La interpretación principal de la humildad en las Escrituras nos dice que es una virtud, como consideraremos en breve. Sin embargo, cuando la humildad se basa en nosotros mismos, cae en la misma trampa que el orgullo egoísta. Si la humildad está centrada en nosotros mismos, entonces encontramos una virtud que se convierte rápidamente en un vicio.
El vicio de la humildad egocéntrica aparece de muchas maneras. El autodesprecio, la cobardía y la falsa humildad pueden tener lugar en nombre de la humildad. Considera este ejemplo. Si a un cristiano maduro se le pide que sirva como anciano o diácono en su iglesia, puede responder: «Con toda humildad, no soy apto para servir». Sin embargo, el hombre puede no tener ninguna razón bíblica para esta respuesta humilde, y puede simplemente estar confundiendo el autodesprecio con la humildad. Debemos ser vigilantes de no odiarnos a nosotros mismos en nombre de la humildad.
Un vicio de humildad también puede verse en la cobardía que nos lleva a callar incluso cuando deberíamos hablar. Podemos decirnos a nosotros mismos que al no abrir la boca cuando nos encontramos con el mal, estamos siendo pacificadores o amadores del prójimo o estamos dependiendo de Dios. Sin embargo, este silencio puede convertir rápidamente la virtud de la humildad en un vicio de cobardía. Así, cuando un miembro de la familia se burla del cristianismo o cuando un viejo amigo de la escuela dice que todas las religiones son iguales, a menudo nos callamos en nombre de la humildad cuando en realidad estamos motivados por la cobardía.
También debemos cuidarnos de la humildad fingida, que es aún peor que el orgullo. El vicio del orgullo es al menos honesto en su error. Sin embargo, la humildad fingida es orgullo disfrazado. Por ejemplo, un pastor conocido podría decir: «Nunca pensé que podría escribir cinco libros en el lapso de un año, pero estoy agradecido de que mi familia me haya apoyado en esta difícil tarea». A primera vista, esta afirmación podría parecer humilde, pero en realidad, podría tratarse no tanto de mostrar agradecimiento como de promocionar el logro y buscar la aclamación.
Como aquellos que estamos vivos en Cristo, debemos desechar el vicio de la humildad que se enmascara como autodesprecio, cobardía o arrogancia. Debemos huir de este vicio y confiar en el Señor. Solo entonces podremos reflexionar sobre el orgullo y la humildad como virtudes.
El orgullo y la humildad como virtudes Mientras que mirar al yo hace que tanto el orgullo como la humildad sean vicios, mirar lejos del yo hacia Cristo convierte estos atributos en virtudes. Cuando miramos al Señor, tanto el orgullo como la humildad pueden convertirse en verdaderas virtudes.
En las Escrituras, vemos ejemplos apropiados de orgullo como virtud. Por ejemplo, Pablo escribió: «En Cristo Jesús he hallado razón para gloriarme en las cosas que se refieren a Dios» (Rom 15:17). Observa que este ejemplo de orgullo está basado en el fundamento de Cristo y tiene la motivación de servir a Dios. Por lo tanto, nosotros como cristianos estamos llamados a estar orgullosos de todo lo que el Señor nos ha dado. Debemos sentir orgullo de Su soberanía y salvación.
Primero, cuando consideramos la soberanía de Dios, nunca debería llevarnos a estar orgullosos de nosotros mismos y de nuestros logros. Más bien, debemos estar orgullosos de nuestro Señor, el proveedor. Como cristianos, podemos sentirnos legítimamente orgullosos cuando terminamos una carrera o en una discusión con amigos en la que defendemos la fe o en el momento en que nuestro hijo se casa con una creyente. Sin embargo, este sentimiento de orgullo no debería estar basado en nuestra propia sabiduría, nuestro propio ingenio o nuestros propios consejos matrimoniales. Nuestro orgullo debe encontrarse siempre y solo en el Señor. Pablo citó a Jeremías cuando proclamó: «EL QUE SE GLORÍA, QUE SE GLORÍE EN EL SEÑOR» (1 Co 1:31). La Palabra soberana de Dios nos dirige y guía, y Su voluntad soberana provee todo lo que ocurre en nuestras vidas. Así pues, sintamos orgullo de nuestro Señor.
Segundo, podemos estar orgullosos del don de la salvación que se nos ha dado. Como se nos dice en Hebreos 3:6: «Cristo fue fiel como Hijo sobre la casa de Dios». Somos de Su casa si, de hecho, nos aferramos firmemente a nuestra confianza y a la esperanza de la que nos sentimos orgullosos. Sentir orgullo por nuestro Salvador es bueno. Debemos estar orgullosos de la nueva identidad que tenemos como profetas, sacerdotes y reyes. Debemos estar orgullosos de que los que pertenecen al Señor Jesucristo al final nunca perderán su salvación. Debemos estar orgullosos de proclamar la verdad de la salvación solo en Cristo. Ninguno de estos ejemplos de orgullo implica mirarnos a nosotros mismos. Como cristianos, estamos llamados a sentir orgullo en nuestro Salvador, Jesucristo. Y así como el orgullo virtuoso mira al Señor, también una humildad virtuosa debe mirar al Señor.
Siempre que reconocemos la grandeza de nuestro Dios, somos conducidos a la verdadera humildad. Tanto la culpa por nuestro pecado como la gracia que nuestro Señor nos ha concedido nos llevan a una humildad virtuosa. Cuando reconocemos el peso de nuestro pecado, crece el fruto de la humildad. Venimos de la línea caída de Adán y seguimos luchando con el pecado en este lado de la gloria. Qué verdad tan humillante. Pero no debemos tomar esto como un llamado a volver al autodesprecio de la humildad fingida. Más bien, debemos darnos cuenta de que estamos unidos como una comunidad de pecadores que son santos. Ningún cristiano verdadero es de mayor o menor valor que otro. La humildad es el atributo común que compartimos con Moisés, Pablo y el propio Cristo (Nm 12:3; 2 Co 10:1). Por eso Pedro nos llama a «[revestirnos] de humildad en [nuestro] trato mutuo» (1 Pe 5:5). Como pecadores salvos por gracia, todos recibimos este llamado a revestirnos de humildad. Como Isaac Watts dijo: «Benditas son las almas humildes que ven su vacío y su pobreza; se les dan tesoros de gracia, y coronas de alegría guardadas en el cielo». Estamos llamados, como aquellos que están vivos en Cristo, a caminar en humildad.
Conclusión Escuchemos el llamado de dejar de ser orgullosos y humildes de manera egocéntrica y comencemos a ser orgullosos y humildes de manera piadosa. Debemos cuidarnos del vicio mientras crecemos en la virtud. Una de las mejores maneras de dejar estos vicios y revestirnos de estas virtudes nos viene a través de la oración. Cuando hablamos con nuestro soberano Señor, se nos da una verdadera perspectiva de nosotros mismos. Debemos acudir como humildes penitentes. Nuestro orgullo está fundamentado en nuestro Padre Soberano, que nos escuchará por amor a Su Hijo. La oración nos humilla como pecadores, y la oración nos da confianza al acercarnos al trono de la gracia. Por tanto, sigamos acudiendo a nuestro Padre celestial, por el poder del Espíritu Santo, por amor a Cristo, con orgullo en el Dios trino y con humildad porque Él nos llama Su pueblo.
Cuando realmente reflexionamos sobre el peso de nuestro pecado y nuestra miseria, el orgullo egoísta se desinfla rápidamente.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert M. Godfrey El Dr. Robert M. Godfrey es pastor de Zeltenreich Reformed Church en New Holland, PA.
Gracias por su pregunta. A decir verdad, lo mismo hubiera dado preguntar: ¿Puede un creyente ser ladrón? O ¿Puede un creyente ser adúltero? O ¿Puede un creyente ser mentiroso? ¿Puede un creyente ser borracho? ¿Por qué tenemos que poner a la homosexualidad como un pecado de una categoría especial? ¿Acaso existen categorías de pecado? Todo lo que está en contra de la voluntad de Dios es pecado, no importa si se trata de homosexualidad, robo, adulterio, mentira, borrachera y tantas otras cosas más.
Observe lo que dice 1 Corintios 6:9-10 ¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Según lo que dice este pasaje bíblico, no solamente los homosexuales están privados de heredar el reino de Dios. También los fornicarios, también los idólatras, también los adúlteros, también los afeminados, también los ladrones, también los avaros, también los borrachos, también los maldicientes, también los estafadores y la lista podría continuar. Por eso es que la palabra de Dios exhorta a los creyentes a abandonar todas estas prácticas que son propias de los incrédulos. Hablando a los creyentes en la iglesia de Corinto, algunos de los cuales cuando eran incrédulos practicaban muchas de las cosas que acabamos de citar, inclusive la homosexualidad, note lo que les dijo el apóstol Pablo según 1 Corintios 6:11 Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.
Esas prácticas como la homosexualidad, la fornicación, la idolatría, el adulterio, el ser afeminados, el robo, la avaricia, la borrachera, el ser maldicientes, la estafa, fueron parte del pasado de la vida de los creyentes de la iglesia en Corinto. Esto erais algunos, dice el texto. Dios espera que haya un cambio radical entre lo que fue la vida en el pasado y lo que es la vida en el presente. Esto es lo que se llama la conversión, lo cual tiene que ver con dar un giro de 180 grados en la conducta.
Mas ya habéis sido lavados, dice el apóstol Pablo. Ya habéis sido santificados, o puestos aparte para Dios. Ya habéis sido justificados o declarados justos en el nombre de nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios. Por eso, con toda autoridad puedo afirmar que Dios no quiere que un creyente practique la homosexualidad, de igual manera como la fornicación, la idolatría, el adulterio, el ser afeminado, el robo, la avaricia, la borrachera, el ser maldiciente, la estafa y en general todo lo que atenta contra la santidad de Dios.
Yo sé que no es fácil, especialmente cuando existen antecedentes de una vida entregada al pecado. Pero Dios nos ha dado el poder para vivir en santidad. Si no fuera así, Dios jamás nos pediría vivir vidas santas. 1 Tesalonicenses 4:3 dice: pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación.
Fornicación tiene que ver con cualquier uso del sexo fuera del marco establecido por Dios. El marco establecido por Dios para el correcto uso del sexo es el matrimonio entre un hombre y una mujer. La homosexualidad cae dentro de la fornicación. La voluntad de Dios es que los creyentes se aparten de la fornicación.
David Logacho es Ingeniero en Electrónica y Telecomunicaciones, trabajó por años para la NASA, decidió abandonar su carrera profesional para prepararse para servir al Señor en un Instituto Bíblico en Argentina. Dirigió el Ministerio La Biblia Dice… durante más de 2 décadas hasta su retiro en 2015.
Contenido publicado con autorización de La Biblia Dice para: Alimentemos El Alma
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Desde hace algunas décadas, muchos cristianos profesantes han comenzado a poner en duda la suficiencia de Cristo y de su Palabra para la guía y dirección de la vida cristiana y para enfrentar los problemas del alma, y consecuentemente han comenzado a buscar soluciones en la psicología secular. Como bien señala el Dr. MacArthur: “Los ‘psicólogos cristianos’ han venido a ser los nuevos campeones de la consejería en la iglesia. Ellos son ahora proclamados como los verdaderos sanadores del corazón humano. Pastores y laicos han sido llevados a sentir que están mal equipados para aconsejar a menos que tengan un entrenamiento formal en técnicas psicológicas”.8 Esto ha venido a ser tan generalmente aceptado que muchos ni siquiera se han detenido a cuestionar si es lícito este maridaje entre la psicología y la religión o si se trata de un yugo desigual con los infieles.
Lo cierto es que tenemos muy buenas razones para pensar que este matrimonio ha venido a ser uno de los más grandes desastres que ha sufrido la iglesia de nuestra generación, y una de las causas principales de la decadencia espiritual de estos días. A medida que la psicología ha ido avanzando en la iglesia, en esa misma medida ha ido disminuyendo la predicación y la consejería bíblica; y a medida que la Biblia es relegada a un segundo plano, y a veces en la práctica eliminada por completo, en esa misma medida se ha ido debilitando la piedad de la iglesia.
El Dr. Ed Payne, luego de haber analizado el contenido de cierta obra “cristiana” de psicología dice: “Tal psicología, presentada por cristianos, es una plaga en la iglesia moderna, porque tergiversa la relación del cristiano con Dios, retarda su santificación y debilita seriamente la iglesia. Ninguna otra área del conocimiento parece tener un dominio tan absoluto sobre la iglesia [como la psicología]”.9 El Dr. Vernon McGee, muy conocido por su programa “A través de la Biblia”, escribió hace unos años un artículo titulado “Psico-Religión – el nuevo flautista de Hamelín”, en el que dice lo siguiente: “Si la tendencia presente continúa, la enseñanza bíblica será eliminada totalmente de las estaciones de radio cristianas, así como de la televisión y del púlpito. Esta no es una manifestación infundada hecha en un momento de preocupación emocional.
La enseñanza bíblica está recibiendo baja prioridad en las emisiones radiales, en tanto que la llamada psicología cristiana es puesta al frente como solución bíblica a los problemas de la vida”.10
Haciendo las preguntas y aclaraciones correctas Es hora de que nos detengamos a pensar seriamente en este asunto. ¿Es la Palabra de Dios suficiente para tratar con los problemas del alma, o necesitamos también la ayuda de la psicología secular? Ese es el tema que quisiera tratar en esta ocasión. Ahora, estoy consciente de que este es un tema polémico que puede levantar una serie de interrogantes, por lo que me adelanto a hacer una aclaración. Mi punto aquí no es que la psicología no tenga ninguna clase de utilidad, sino que su utilidad es limitada. La palabra “psicología” significa estudio del alma.
Pero lo que la psicología estudia realmente es la conducta humana, no el alma. Y sus observaciones limitadas a ese campo pueden ser útiles: en el área vocacional, para detectar problemas de aprendizaje y ayudar a las personas a superarlos, en el área industrial, en la educación. Pero nuestro foco de atención aquí es el uso de la psicología para tratar con problemas tales como la ansiedad, el temor, la ira, la depresión, la amargura, el descontento, los problemas matrimoniales, los hábitos pecaminosos; para lidiar con estas dificultades la psicología no tiene ninguna solución que ofrecer que no podamos encontrarla en la Palabra de Dios. Presuponer que necesitamos la psicología para tratar con los problemas del alma es falso, y esto por dos razones: en primer lugar, porque se fundamenta en algunos conceptos erróneos acerca de la psicología; y en segundo lugar, porque limita el alcance y eficacia de la Palabra de Dios.
Presuposiciones erróneas ¿Cuáles presuposiciones erróneas asumen aquellos que se han volcado hacia la psicología para tratar con los problemas del alma humana?
En primer lugar, presuponen que la psicoterapia (el aconsejamiento psicológico con sus teorías y técnicas) es una ciencia objetiva, cuando es en realidad una especie de religión que posee sus credos y sus dogmas, y en los cuales sus adherentes ejercen fe. Cada día más y más personas, aun en el campo secular, están poniendo en duda, no sólo la capacidad de la psicología para ayudar a las personas, sino también su supuesto ropaje científico. Por ejemplo, el premio Nobel Richard Eynman, dice lo siguiente acerca del status científico de la psicoterapia: “El psicoanálisis no es una ciencia… tal vez se parezca más al curanderismo”.11 El psiquiatra Thomas Szasz, profesor de psiquiatría en la Universidad Estatal de Nueva York, afirma: “No es sólo una religión que pretende ser ciencia, sino en realidad una religión falsa que busca destruir a la verdadera religión”.12
La psicología y el cristianismo son dos religiones en pugna. Los problemas con los que lucha la psicología son esencialmente religiosos. Carl Jung, uno de los padres de la psicología moderna, veía la “neurosis” como una crisis de orden espiritual, no como un problema médico. Lean con cuidado este trozo de una de sus obras, y presten atención a ciertas palabras claves que aparecen allí: ¿Qué deben hacer los terapeutas, pregunta Jung, cuando los problemas del paciente surgen de “no tener amor sino sólo sexualidad; ninguna fe, porque teme andar en oscuridad; sin esperanza porque está desilusionado del mundo y la vida, y sin entendimiento porque ha fracasado en la lectura del significado de su propia existencia?” El problema que encaran los terapeutas, desde este punto de vista, es el de dar a los pacientes amor, fe, esperanza y entendimiento. ¿No son estos problemas netamente religiosos? ¿Cómo podrá un hombre sin Dios proveer tales cosas a un individuo? Como ven, estamos ante una religión rival que intenta desacreditar el cristianismo. Esto viene a ser más evidente cuando rastreamos las raíces de las teorías y métodos psicológicos. Al tratar de desentrañar el origen de la psicología nos topamos con tres nombres principales: Sigmund Freud, Carl Jung y Carl Rogers.
El primero decía que las creencias religiosas son una mera ilusión, y que la religión misma no es otra cosa que “la neurosis de obsesión de la humanidad”. De hecho, Freud atribuía a la religión el origen de los problemas mentales del hombre. Siempre fue un crítico acérrimo de las creencias religiosas. Carl Jung, en cambio, afirmaba que todas las religiones son positivas, pero imaginarias. En otras palabras, son mitos que hacen bien; todas contienen algo de verdad sobre la psiquis humana y pueden ayudar hasta cierto punto. Jung veía la psicoterapia como una religión alterna. “Las religiones – decía él – son sistemas de sanidad para las enfermedades psíquicas… Es por eso que los pacientes imponen al psicoterapeuta el rol de sacerdotes, y esperan y demandan de él que los libere de sus aflicciones. En consecuencia, los psicoterapeutas nos ocupamos de problemas que, estrictamente hablando, pertenecen al teólogo”.13
Jung admite que los psicoterapeutas están invadiendo un terreno que antes era manejado por otros. Ahora bien, no debemos pensar que Jung veía el cristianismo con buenos ojos. No. Jung no sólo repudió el cristianismo, sino que exploró otras experiencias religiosas, incluyendo prácticas ocultistas y la nigromancia, es decir, la comunicación con los muertos a través de un médium. Lo mismo le ocurrió a Carl Rogers. Estudió en un seminario teológico, pero renunció al cristianismo y se volcó hacia la psicología secular, terminando también en la práctica del ocultismo y la nigromancia.
Y ahora nos preguntamos, estos hombres que repudiaron de ese modo el cristianismo bíblico, ¿realmente tendrán algo que decir a la Iglesia de Cristo acerca de cómo deben vivir los cristianos y cómo deben los hombres tratar con los problemas del alma que Dios creó? Alguien puede decir: “Bueno, eso depende. Si sus postulados son científicos, entonces no habría ningún problema en servirse de ellos. Un científico impío puede llegar a conclusiones científicas objetivas y verdaderas”.
Eso es verdad, pero no en este caso. Recuerden que aquí estamos hablando de los problemas del alma, y de las soluciones que debemos dar a estos problemas. Los psicólogos no pueden estudiar el alma en una forma científica; ellos se limitan al estudio del comportamiento humano, y en base a esos estudios tratan de determinar por qué la gente se comporta como lo hace, y cuáles soluciones pueden dar a sus conflictos. Pero muchos de ellos ni siquiera creen en la existencia del alma, y una gran mayoría niega la existencia del Dios que la creó. ¿Cómo pueden llegar a conclusiones acertadas en ese terreno? Una cosa es establecer un patrón estadístico de comportamiento, y otra muy distinta pretender explicar el porqué de esos comportamientos, y muchos menos cambiarlos. Cuando la psicología penetra en ese terreno lo que afirma es pura opinión, pura teoría, pero nada más. Puede ser que en algunos casos, sus opiniones sean de cierta utilidad, pero solo en aquellos casos en que, por la gracia común de Dios, estas opiniones coinciden con las de Dios reveladas en su Palabra. Pero tales aciertos no deben confundirnos: la presuposición de que las teorías y métodos psicológicos son científicos no es más que un mito. La psicología es una especie de religión, y los que aceptan sus postulados los aceptan por fe.
El famoso historiador Paul Johnson, en su obra Tiempos Modernos, dice lo siguiente: “Después de 80 años de experiencia, se ha demostrado que en general sus métodos terapéuticos (refiriéndose a Freud) son costosos fracasos, más apropiados para mimar a los desgraciados que para curar a los enfermos. Ahora sabemos que muchas ideas fundamentales del psicoanálisis carecen de base en la biología”.14 Y Karl Popper, considerado como el filósofo de la ciencia más grande del siglo XX, dice lo siguiente sobre las teorías psicológicas: “Aunque se hacen pasar como ciencias, tienen de hecho más en común con los mitos primitivos que con la ciencia”.15
La segunda presuposición errónea que están asumiendo muchos consejeros cristianos hoy día es que la mejor clase de consejería es aquella que utiliza tanto la psicología como la Biblia. Los llamados “psicólogos cristianos” piensan estar en una mejor posición para aconsejar que los consejeros cristianos, que no son psicólogos, y que los psicólogos que no son cristianos. Ellos creen tener lo mejor de los dos mundos. El problema con esa simbiosis es que los postulados sobre los cuales se basa la psicología secular se oponen tajantemente a los postulados esenciales del evangelio. Si aprobamos uno de ellos automáticamente desaprobamos el otro.
Es por eso que a medida que la psicología ha tomado cuerpo en la iglesia, muchas enseñanzas falsas han comenzado a infiltrarse también, como por ejemplo: Que la naturaleza humana es básicamente buena, que las personas pueden encontrar respuesta para sus problemas dentro de ellos mismos, que la clave para comprender y corregir las actitudes y acciones de un individuo se encuentran en algún lugar de su pasado, que otros son culpables de nuestros problemas, y así podríamos citar muchas otras cosas más.
En muchos círculos cristianos aún el vocabulario ha sufrido cambios trascendentales. Al pecado se le llama “enfermedad”; el arrepentimiento ha sido sustituido por las terapias; los pecados habituales son llamados adicciones o conductas compulsivas, de las cuales el individuo no parece ser responsable. Quizás el ejemplo más palpable de esta distorsión es el énfasis que vemos hoy día sobre la importancia de la autoestima y el amor propio para la realización y felicidad del individuo.
Aunque este es un tema muy popular hoy día, en realidad tiene un origen reciente. Hace apenas unos 50 años que surgió fuera de la Iglesia, y desde hace unos 30 años se ha introducido con fuerza dentro de ella, adaptándola de tal modo que parece una doctrina bíblica, basada en textos bíblicos. Uno de los promotores de esta enseñanza dice lo siguiente: “Nuestra habilidad de amar a Dios y de amar a nuestro prójimo es limitada por nuestra habilidad de amarnos a nosotros mismos.
No podemos amar a Dios más de lo que amamos a nuestro prójimo y no podemos amar a nuestro prójimo más de lo que nos amamos a nosotros mismos”. Y otro psicólogo cristiano escribió: “Sin amor por nosotros mismos no puede haber amor por otros… Tú no podrás amar a tu prójimo ni podrás amar a Dios, a menos que te ames primero a ti mismo”. Esto parece ser un eco de las palabras del Señor Jesucristo al intérprete de la ley, cuando éste le preguntó: “¿Cuál es el gran mandamiento en la ley?” Jesús le respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. 38 Este es el grande y el primer mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas” (Mt. 22:37-40). ¿Está ordenando Cristo a los suyos en este pasaje que se amen a sí mismos, como sugieren algunos psicólogos cristianos? De ser así, no serían dos los mandamientos de los que dependen toda la ley y los profetas, sino tres: Ámate a ti mismo, ama a Dios y ama al prójimo. Y de estos tres, ¿cuál sería el más importante? Obviamente, el amarte a ti mismo, porque de ese dependen supuestamente los otros dos. ¿Pero es esa la enseñanza de ese texto? ¡Por supuesto que no! El mandamiento más importante de la ley no es que nos amemos a nosotros mismos, sino que amemos a Dios y a nuestro prójimo.
El Señor está presuponiendo más bien que nos amamos a nosotros mismos (aún el que se suicida lo hace porque piensa que estará mejor muerto que vivo), y ahora nos dice: “Con esa misma dedicación, con ese mismo fervor, ama a tu prójimo”. En la Escritura se habla del amor propio como una obra de la carne, no como una virtud. En 2 Timoteo 3:1-2 Pablo advierte a Timoteo “que en los últimos días vendrán tiempos difíciles. Porque los hombres serán amadores de sí mismos”. Por eso el llamado de Cristo a los hombres es a negarse a sí mismos y a tomar su cruz. Cualquier mensaje que enseñe lo contrario no puede ser verdadero, ni mucho menos provechoso.
La desgracia de los seres humanos radica precisamente en el hecho de estimarse demasiado a sí mismos y de mirar continuamente dentro de sí mismos El hombre sin Cristo ha puesto el “yo” en un lugar inapropiado, y por eso su vida es un caos. Cuando el evangelio llega a nosotros y nos mueve eficazmente a confiar en Cristo, entonces las cosas caen en el lugar que les corresponde. Nuestro interés primordial no debería ser agradar al “yo” y satisfacer sus demandas, sino más bien vivir para la gloria de Dios. Como podemos ver, la psicología estudia los problemas del hombre desde una perspectiva completamente distinta a la perspectiva bíblica, y por lo tanto no puede haber una relación satisfactoria entre ambas; una de las dos tendrá que ceder ante la otra. Y tenemos mucha razón para pensar que es la iglesia la que está claudicando ante el humanismo secular. Concluyo este punto citando al Dr. MacArthur otra vez: “La ‘psicología cristiana’ es un intento de armonizar dos sistemas de pensamiento intrínsecamente contradictorios.La psicología moderna y la Biblia no pueden mezclarse sin un serio compromiso o un completo abandono del principio de la suficiencia de las Escrituras”.16
La tercera presuposición errónea que ha volcado a muchos a buscar ayuda en la psicología es que existen problemas en el hombre que no son físicos, y por lo tanto, no pueden ser tratados por un médico, ni tampoco son espirituales, y por lo tanto, no puede tratarlos un pastor. Son problemas netamente psicológicos o mentales. Pero esto no es más que un mito. O nuestros problemas son orgánicos, y en ese caso debemos buscar la ayuda de un médico, o tenemos un problema espiritual, y entonces debemos ir a un pastor que trate con nosotros con la Palabra de Dios (por la estrecha interacción del alma y el cuerpo en algunos casos necesitará del trabajo conjunto del médico y el pastor).
Una persona puede tener un problema en el cerebro que le esté ocasionando una conducta extraña o anormal, como la arteriosclerosis o el Alzheimer; pero tales personas no están mentalmente enfermas. Su problema es biológico y, por lo tanto, debe tratarlos un neurólogo no un psicólogo. Las enfermedades mentales, si usamos ese término literalmente y no en un sentido metafórico, en realidad no existen. El psiquiatra investigador E. Fuller Torrey dice con respecto a esta terminología: “El término en sí es disparatado, un error semántico. Las dos palabras no pueden ir juntas”.17 Y el psiquiatra Thomas Szasz, a quien citamos anteriormente, dice: “Es costumbre definir la psiquiatría como una especialidad médica que tiene que ver con el estudio, diagnóstico y tratamiento de las enfermedades mentales. Esta es una definición sin valor y engañosa. La enfermedad mental es un mito”.18
Esto no es un asunto de semántica meramente, sino un serio error que está causando no pocos inconvenientes en la iglesia de nuestra generación. La psicología ha invadido un terreno que no le corresponde y muchos pastores mansamente han claudicado ante ella. Cito aquí a Martin y Deidre Bobgan en su obra Psico-Herejía: la seducción sicológica de la cristiandad: “La mayor tragedia que produce el nombre erróneo de la enfermedad mental, es que las personas que están experimentando problemas de la vida buscan ayuda fuera de la iglesia. Y cuando piden esa ayuda a un líder de la iglesia, por lo general son [remitidas] a profesionales que se especializan en ‘enfermedad mental’ y ‘salud mental’.
Se ha hecho tan fácil enviar a una persona con problemas matrimoniales o de familia a un profesional de la salud mental, como enviar a una persona con una pierna quebrada a un médico”. Y luego continúan diciendo: “Los problemas de la vida son problemas espirituales, que requieren soluciones espirituales, no problemas psicológicos que requieren soluciones psicológicas. A la iglesia se le ha embaucado para que crea que los problemas de la vida son problemas del cerebro, que requieren soluciones científicas, más que problemas de la mente que requieren soluciones bíblicas… Mientras llamemos ‘enfermedad mental’ a los problemas de la vida, seguiremos sustituyendo la responsabilidad por la terapia”.19
Nosotros tenemos en la Biblia un manual completo de todo lo que nuestras almas necesitan para una vida bienaventurada que glorifique a Dios. Los médicos deben tratar con los problemas del cuerpo, los cristianos debemos tratar con Cristo y su Palabra los problemas del alma humana. Decir lo contrario es resucitar la vieja herejía que Pablo combatió en Colosas, que aunque ahora use terminología científica, sigue siendo igualmente errónea y dañina; los falsos maestros de Colosas querían convencer a estos hermanos de que era bueno tener a Cristo y su Palabra, pero no suficiente; de ahí la advertencia de Pablo en el capítulo 2 de la carta con la que ahora concluyo: “Mirad que nadie os haga cautivos por medio de su filosofía y vanas sutilezas, según la tradición de los hombres, conforme a los principios elementales del mundo y no según Cristo. Porque toda la plenitud de la Deidad reside corporalmente en él, y habéis sido hechos completos en él, que es la cabeza sobre todo poder y autoridad” (Col. 2:8-10).
8 John MacArthur, Our Sufficiency in Christ [Nuestra suficiencia en Cristo], p.31 9 Martin y Deidre Bobgan, Psico-Herejía, p.79- 80. 10 Op. cit., p.80. 11 Op. cit., p.34. 12 Ibíd., p.35. 13 Ibíd., p.26. 14 P. Johnson, Tiempos Modernos, p.18. 15 Ibíd., p.55-56. 16 John MacArthur, Una breve mirada a la consejería bíblica, p.30. 17 Citado por Martin y Deidre Bobgan, p.179. 18 Ibíd., p.181-182. 19 p.185-186.
El discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro (Lc 6:40).
En la Biblia, podemos encontrar tres términos diferentes para nombrar a los pastores: obispo (gr. epískopos), anciano (gr. presbúteros: «blanco en cana») y pastor (gr. poimen). En la primera carta de Pedro, observamos que estos tres términos hacen referencia a un solo oficio:
Ruego a los ancianos [presbúteros] que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad [poimano] la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando [episkopeo] de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto (5:1-2).
Los ancianos (presbuteros) debían apacentar (poimano) y cuidar (episkopeo) de la grey. Tres términos diferentes para una misma persona.
En este artículo abordaré la importancia que la iglesia local tiene al formar pastores. Este tema es de suma importancia, especialmente en nuestro contexto latinoamericano, debido, en primer lugar, a la impureza doctrinal en nuestras iglesias. Hay una gran cantidad de pastores que han llegado a su puesto de autoridad sin una enseñanza; solo repiten cosas que en alguna ocasión escucharon. Esto no debe continuar si deseamos que nuestros países sean transformados.
En segundo lugar, la iglesia local debe formar pastores debido a la ausencia de integridad pastoral. Quizás un pastor pueda tener buena teología, pero si no es un hombre íntegro tenemos un problema grave. Dios desea utilizar instrumentos limpios para hacer fluir Su gracia.
La iglesia local debe formar pastores debido a la disminución del estándar para ser pastor que impera en nuestras iglesias. No me puedo imaginar que alguien desee subirse a un avión que es dirigido por un piloto con pocas horas de vuelo o, peor aún, sin ninguna experiencia.
A nadie le gustaría exponerse a una cirugía de corazón abierto con un cirujano con poco entrenamiento. En la Biblia tenemos al menos tres listados de requisitos para los pastores que con frecuencia pasamos por alto. Esto ha provocado una falta de respeto por la función pastoral. En muchas regiones de Latinoamérica he observado un lamentable temor hacia los pastores y una falta de respeto y admiración por ellos debido al estilo de vida que llevan.
Ya que hemos establecido la importancia de que la iglesia local forme pastores, quisiera también establecer unas premisas:
1) Los seminarios no forman pastores Esta no es solo mi opinión, sino también la de Albert Mohler, presidente de uno de los seminarios más influyentes de nuestra época, el Seminario Teológico Bautista del Sur.
Los seminarios forman una mente con conocimiento bíblico, te brindan disciplina y estructura, desarrollan tu habilidad para exponer, pero los pastores se forman cuidando ovejas.
2) Los seminarios no ordenan pastores Esta es labor de la iglesia local. La iglesia local es el mejor lugar para formar pastores. Esto no significa que sea el mejor lugar para entrenar teológicamente a las personas, sino que es el mejor lugar para desarrollar el corazón pastoral que se forma al estar en contacto con ovejas que son difíciles y tercas, con las que deben trabajar y a quienes deben amar.
3) El conocimiento bíblico no es lo mismo que la madurez Conozco personas con doctorados académicos que son emocionalmente inmaduros. Necesitamos aplicar el conocimiento bíblico en la vida práctica para que el carácter sea transformado y obtener madurez. La madurez va ligada a la manera en que vives tu vida, a cómo te relacionas con tu esposa y tus hijos, a la forma en que te relacionas con otros pastores, estén de acuerdo contigo o no. Todo esto habla de nuestro nivel de madurez.
4) Es posible ser teológicamente astuto, pero inmaduro Nuestro pecado no es un problema intelectual o de conocimiento, de manera que poseer una licenciatura, una maestría o un doctorado, no es un indicativo de haber sido santificado. Este conocimiento puede envanecernos y cegarnos a nuestra condición moral. Así que, la madurez se relaciona con la transformación de nuestro carácter, en donde hemos adquirido conocimiento, pero también lo hemos llevado a la práctica.
Un cirujano no se forma solo al leer libros de cirugía. Un piloto no se forma solo leyendo manuales de vuelo. De la misma manera, debemos llevar a la práctica nuestro conocimiento.
5) Un pastor necesita más que solo entendimiento de la verdad; necesita sabiduría La sabiduría es vivir en relación con otros piadosamente, complaciendo a Dios conforme al conocimiento que ha adquirido, ya sea en el seminario o en la iglesia local.
6) La mente de un pastor debe ser regenerada, pero su corazón debe ser reclamado diariamente Antes de ser salvos, nuestros corazones pertenecían a otro reino y estaban dominados por el pecado. Cristo reclamó nuestros corazones en la regeneración. Sin embargo, el mundo está lleno de seducciones, atracciones y distracciones que reconquistan ciertas áreas de nuestros corazones. Por tanto, nuestros corazones deben ser reclamados continuamente si queremos ser verdaderos discípulos de Cristo y, en especial, si deseas ser un pastor que forme discípulos.
7) El propósito de la Palabra no es la información teológica, sino la transformación del corazón El propósito de un sermón no es llenarnos de más conocimiento, sino ayudarnos a ser transformados cada vez más a la imagen de Cristo. Si la Palabra no está haciendo esto, tenemos un problema grave. Somos solo oidores y no hacedores; académicos, pero no pastores con un profundo interés por la salud de las ovejas.
Puedes tener el conocimiento correcto, las habilidades necesarias, la filosofía ministerial apropiada e incluso la experiencia suficiente en el ministerio y no ser conocido por ti mismo o por otros. En otras palabras, podemos ser individuos tan cerrados que ni nosotros mismos nos conocemos; no percibimos nuestras debilidades ni nuestros pecados, o la gravedad de estos y la forma en que están afectando a otros. La forma en que podemos describir esto es haciéndonos preguntas. Debemos reflexionar y examinarnos. Aun Sócrates dijo: «No vale la pena vivir una vida no examinada». ¡Y él no era cristiano! Debemos cuestionarnos: ¿Qué amo? ¿A qué aspiro? ¿Con qué sueño? ¿Qué me causa ansiedad? ¿Por qué estaría dispuesto a pecar? Estas preguntas revelan con cuáles ídolos luchamos.
Ser discípulo de Cristo es algo serio. Ser pastor de los discípulos es todavía más serio porque nuestro llamado es a reflejar la imagen que perdimos en el jardín del Edén. Si fallamos en reflejar de forma apropiada esa imagen, menos luciremos como discípulos y menos productivos y eficientes seremos al llevar a cabo la obra del Señor.
Que el Señor nos ayude a estar a la altura de Su llamado.
Miguel Núñez es vicepresidente de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puedes encontrarlo en Twitter.
Pastor: ¿Estás Preparado para Pastorear a tu Rebaño a Través de la Demencia? Por John Dunlop, MD
Un Desafío Común La tragedia de la demencia es común y se hará más en el futuro. Se estima que más del 30% de la congregación de la iglesia promedio morirá con alguna forma de demencia. Eso representa un enorme desafío en el ministerio pastoral. Yo sugeriría que una de las métricas por las cuales el ministerio de un pastor puede ser evaluado es qué tan bien los santos están preparados para enfrentar esta prueba de una manera que glorifica a Dios.
Enfrentar este desafío es necesario que un pastor primero aprenda lo más posible acerca de la demencia. También es esencial reconocer que la demencia no es una tragedia fuera del control de Dios. Dios no pierde su tiempo y tiene propósitos en la demencia que necesitamos reconocer. Su propósito puede estar en la vida de la víctima. Recuerdo a un amigo llamado Bob, que era demasiado ferozmente independiente para reconocer su necesidad de un salvador, se volvió hacia Cristo al ver que sus propias habilidades comenzaban a declinar. El propósito de Dios puede ser en la vida del cuidador cuya capacidad de confianza aumenta cuando se enfrenta a la casi imposible tarea de ser responsable de alguien con demencia. Finalmente, el propósito de Dios puede estar en la vida de la comunidad de la iglesia, luchando con lo que la persona significa en el contexto de la demencia y cómo amar a alguien incapaz de corresponder.
Se estima que más del 30% de la congregación de la iglesia promedio morirá con alguna forma de demencia.
Equipamiento Proactivo Un pastor debe preparar proactivamente a su rebaño con una comprensión bíblica de la soberanía de Dios sobre las dificultades de la vida. Los cristianos deben tener una visión suficientemente grande de Dios para que puedan confiar en él, aun cuando la vida no los recompense como pudieran elegir.
Cuando se enfrentan a la demencia, ¿responderán con confianza y, a través de la dependencia, se acercarán a Dios? ¿O responderán a Dios diciendo, «si así es como me tratáis, ya no creeré que eres bueno y poderoso?»
Además, los santos deben entender lo que significa ser hechos a imagen de Dios. No es una descripción de nuestra inteligencia o capacidades. Es verdad de todos los seres humanos y es a la vez el diseño por el cual fuimos creados y el destino eventual de todo el pueblo de Dios. La imagen de Dios no se perdió en la caída y se imparte a todos los seres humanos, incluyendo aquellos con demencia, una dignidad que merece nuestro pleno respeto.
Cuidado Reactivo Un pastor fiel también tendrá que ser reactivo cuando la demencia golpea en la congregación. A principios del curso de la enfermedad, el alojamiento puede ser necesario para que las personas con demencia atiendan los servicios y las oportunidades de servir tendrán que ser creativamente proporcionadas. La congregación debe movilizarse para proporcionar apoyo práctico al paciente y a los cuidadores.
Más tarde, en el transcurso de la enfermedad, cuando la víctima y posiblemente el cuidador no puedan asistir a los servicios, el pastor debe asegurarse de que se proporciona ayuda en el hogar. Será cada vez más importante para el cuidador salir de la adoración y la comunión. Los voluntarios entrenados necesitarán proporcionar el cuidado necesario para que el paciente lo permita. La atención pastoral también será requerida en el hogar, permitiendo el estímulo espiritual tanto para el cuidador como para el que tiene demencia. También permitirá al líder de la iglesia observar cómo las cosas van prácticamente y proporcionar la asistencia y el asesoramiento adecuados.
La naturaleza de una visita pastoral a una persona con demencia no será una visita típica “enfermo y encerrarse.” En lugar de leer un capítulo de la Escritura, puede ser más sabio dejarlos con un solo versículo o simplemente con una frase. Cantar o leer un himno familiar puede ser aún más beneficioso. Es útil recordar que cuando se trata de personas con demencia, los recuerdos emocionales a menudo duran más que los recuerdos intelectuales. La víctima puede no recordar lo que usted dijo, pero puede que recuerden el abrazo y que la visita les hizo sentir bien.
Liderar a los santos a experimentar cómo Dios puede ser glorificado frente a la demencia puede desafiarlos como pastor, pero puede ser una maravillosa oportunidad de servir “a uno de los más pequeños.”