¿Cuándo debe dividir la doctrina?

¿Cuándo debe dividir la doctrina?
GAVIN ORTLUND

Por varias razones, últimamente he estado pensando acerca de cómo los cristianos deben relacionarse entre sí en torno a las doctrinas secundarias. ¿Qué tipo de asociaciones y alianzas son apropiadas entre los cristianos de diferentes denominaciones, redes, y/o tribus? ¿Qué clase de sentimientos y prácticas debe caracterizar nuestra actitud hacia aquellos en el cuerpo de Cristo con quienes tenemos desacuerdos teológicos significativos? ¿Qué aspecto tiene el manejar con integridad y transparencia las diferencias personales de convicción que pueden surgir con una iglesia, jefe, o institución?

Este tipo de preguntas ha sido una parte significativa de mi propio viaje denominacional y teológico durante la última década, y es un tema práctico que siempre estará con nosotros, así que pensé que sería útil compartir dos convicciones que han estado desarrollándose en mí mientras que he ido luchado en el camino.

Mis comentarios aquí no son un tratamiento completo de todo este asunto, y reflejan un poco de mi propio contexto e historia. Pero mi propia historia puede tener similitudes con otras, así que puede ser útil compartirla.

En el nivel conceptual más amplio, veo dos peligros opuestos: el minimalismo doctrinal y el separatismo doctrinal.

El peligro del minimalismo doctrinal
La trayectoria general de nuestra cultura parece tender hacia el minimalismo doctrinal y la indiferencia doctrinal (especialmente en mi generación). Hace 400 años, si usted tomaba una opinión diferente sobre el bautismo, puede que hubiera sido ahogado. Hoy nos asustamos con esa postura, pero a menudo vamos al extremo opuesto y decimos, en efecto: “¿A quién le importa?”.

No puedo recordar cuántas veces, al hablar de doctrinas secundarias, he oído a la gente decir: “No es un tema del evangelio; es un tema secundario”. Ahora, por supuesto, debemos distinguir entre el evangelio y las cuestiones secundarias, pero si no presionamos más allá de esta distinción básica, este tipo de declaración puede a menudo ocultar la importancia de varias cuestiones secundarias. A veces sospecho que lo que la gente realmente quiere decir cuando hacen esta distinción es algo así como: “Es una cuestión secundaria; por lo tanto no importa realmente”. O cuando decimos: “No peleemos por este tema”, a veces lo que realmente queremos decir es: “No he estudiado lo suficiente para saber o preocuparme sobre por qué es importante”.

Las doctrinas pueden ser “no esenciales” y, sin embargo, muy importantes, y las diferentes doctrinas tienen diferentes tipos de importancia. A menudo considero útil, en mi propio pensamiento, pensar en términos de tres tipos de doctrinas, con una categoría subsiguiente para cuestiones sobre las que no se requiere ni se prohíbe ninguna postura:

Doctrinas primarias
Doctrinas secundarias
Doctrinas terciarias
Adiaphora (“cosas indiferentes”)
Por supuesto, un esquema de 4 categorías como este es algo arbitrario, también (ya que se pueden elegir tres o cinco o diez en su lugar). Pero esta manera de enmarcar las cuestiones nos permite reconocer un espectro de importancia a varias doctrinas no evangélicas, mientras que al mismo tiempo sigue siendo relativamente simple (una categorización de diez unidades sería difícil de manejar).

Por ejemplo, la mayoría de nosotros reconocería que la autoridad bíblica es una doctrina importante, sin afirmar que es un tema de evangelio en el sentido de que si lo niegas, te conviertes en un hereje. Por lo tanto, si la Trinidad está en la categoría 1, y el color de la alfombra en el santuario está en la categoría 4, tener dos agrupaciones distintas entre estas dos nos permite no colapsar la autoridad bíblica y, digamos, la naturaleza del rapto en la misma categoría.

Hay varias razones por las que creo que no debemos equiparar “secundario” con “indiferente”, agrupando todo lo que está en las categorías 2-4:

A) Una visión elevada de la Escritura nos llama a atesorar todo lo que Dios ha dicho. Imagina que recibes una larga carta de tu amor platónico. Apreciarías cada palabra de esa carta; no hay nada que pasarías de largo. Así también, si nos aferramos a la inspiración y perspicuidad de la Escritura, no deberíamos desestimar ninguno de los contenidos. Incluso cuando no vemos personalmente la consecuencia inmediata de cierto pasaje, nuestro amor por el Señor que nos lo inspiró, y nuestra reverencia a ella como su Palabra inspirada, debe obligarnos a estudiar diligentemente y esforzarnos por entenderla. Toda la Escritura, desde las oscuras leyes ceremoniales en Levítico a las extrañas imágenes de Apocalipsis, desde el momento de las 70 semanas en Daniel 9 hasta la identidad del hombre de perdición en 2 Tesalonicenses 2, debe ser precioso alimento y bebida para nosotros.

B) El respeto por la historia de la Iglesia debe animarnos a respetar aquello por lo que nuestros predecesores lucharon. Cuando visitamos un monumento conmemorativo, o un museo dedicado a un acontecimiento histórico, debemos respetar los sacrificios que otros han hecho. Por ejemplo, cuando visitamos el Cementerio y Memorial de Normandía, recordamos lo costosas que han sido algunas de nuestras libertades de hoy en día.

El respeto por la historia de la Iglesia debe animarnos a respetar aquello por lo que nuestros predecesores lucharon.

Así es con la historia de la Iglesia: si tenemos un respeto por los grandes líderes cristianos del pasado, desde los padres de la Iglesia hasta la era moderna, debemos escuchar cuidadosamente por qué lucharon tan apasionadamente sobre ciertas doctrinas secundarias. Por ejemplo, aquellos que quieren restar importancia a las diferencias entre católicos y protestantes hoy en día, pueden verse algo sacudidos de esta mentalidad al considerar el ejemplo de los obispos anglicanos Hugo Latimer, Nicolás Ridley, y Tomás Cranmer, quienes estuvieron dispuestos a ser quemados en la hoguera debido a sus convicciones en cuestiones como la transubstanciación y la naturaleza de la misa.

C) Muchas doctrinas secundarias tienen una relación vital con el evangelio. Algunas lo representan. Algunas lo protegen. Algunas fluyen lógicamente de él (o en él). Rara es una doctrina que puede ser herméticamente aislada del resto de la fe cristiana. Por lo tanto, minimizar las doctrinas secundarias a veces deja a las principales blandas, más silenciadas, y/o más vulnerables.

Minimizar las doctrinas secundarias a veces deja a las principales blandas, más silenciadas, y/o más vulnerables.

D) Toda verdad forma cómo pensamos y vivimos de manera sutil pero importante. No creo que mi comprensión de la soberanía divina, por ejemplo, sea un “asunto del evangelio” en todas sus matices, y con agrado acojo como mis hermanos y hermanas en Cristo a aquellos que sostienen un punto de vista arminiano/wesleyano. Al mismo tiempo, mi comprensión de la soberanía de Dios tiene implicaciones masivas para el cristianismo práctico y cotidiano. Por ejemplo, afecta profundamente mi vida de oración. Por lo tanto, es muy problemático ignorar estos temas como “no esenciales” y, por lo tanto, básicamente insignificantes. Uno podría estudiar la disputa entre calvinistas y arminianos diligentemente durante cincuenta años y no desperdiciar un instante por hacerlo.

El peligro del separatismo doctrinal
Hay, sin embargo, un peligro opuesto al minimalismo doctrinal. Para plantear esto déjeme compartir parte de mi propia historia. Los últimos diez años han sido muy solitarios para mí en lo denominacional. Me he sentido como un nómada denominacional. Crecí en la Iglesia Presbiteriana de América (PCA, por sus siglas en inglés), y estoy muy agradecido a esa maravillosa denominación por la experiencia formativa que tuve en ella. Pero terminé a favor del credobaptismo después de un estudio intensivo sobre esa cuestión, y por lo tanto me convirtió en “no apto para ser ordenado” en la PCA. Posteriormente llegué a descubrir que tampoco era yo un ajuste ideal en algunos círculos bautistas con B mayúscula, porque aunque afirmo el credobaptismo, no creo que debamos exigirlo para la membresía en la iglesia o la participación en la cena del Señor. (Creo que la membresía en la iglesia y la cena del Señor son expresiones de unidad en el evangelio, no expresiones de unidad en el bautismo). Así también me volví inaceptable en muchos círculos bautistas.

Después de haberme aislado efectivamente del más del 98% de la cristiandad, me distancié de la mayoría de las iglesias libres y no confesionales por aterrizar yo fuera del campamento premilenial (soy amilenial, aunque no lo enfatizo particularmente). Mientras tanto, resueno con el ethos y la liturgia de muchos servicios de adoración orientados más históricamente, por ejemplo, dentro de algunas iglesias anglicanas que he visitado.

Todo esto me ha dejado bastante aislado y fuera de lugar. Ahora, por supuesto, esa es mi culpa, de alguna manera. Pero ninguno de estos temas eran cambios particularmente emocionales para mí; no es como si tuviera algún deseo de salir, por ejemplo, del presbiterianismo. Simplemente aterricé en un lugar a nivel intelectual y teológico.

Y creo que es importante ser transparente en cuanto a dónde aterrizan nuestras convicciones, incluso cuando esto nos lleva a perder oportunidades de trabajo o financiamiento, a tristes separaciones, o transiciones inconvenientes. Algunas personas parecen ser capaces de “ajustar” sus convicciones para encajar en su contexto actual o futuro; pero no entiendo cómo eso no transgrede el noveno mandamiento. Yo entiendo la lucha y el dolor que conlleva; y entiendo la necesidad de tener tacto y ser cuidadosos, sobre todo cuando uno todavía no se ha decidido por completo. Pero al final del día, debemos ser honestos.

Agradezco haber aterrizado en la CCCC (Conferencia de Congregaciones Cristianas Conservadoras), que es un grupo conservador y pequeño de iglesias congregacionales (la Iglesia Lake Avenue en Pasadena y la Iglesia Park Street en Boston son probablemente las dos iglesias CCCC más conocidas). CCCC ha sido un buen ajuste para mí: son sólidamente evangélicos, pero permiten diferentes puntos de vista sobre temas como el milenio, o los días de la creación, o dispensacionalismo; y me gusta ser parte de una denominación protestante específica, reconocible, cuyas raíces pueden remontarse a lo largo de la historia de la Iglesia (Harold John Ockenga, Jonathan Edwards, John Owen, Declaración de Saboya, etc.).

Mirando hacia atrás a mi migración denominacional, reconozco que algunas de las particiones de caminos han sido inevitables. Por ejemplo, puedo entender por qué no puedo ser ordenado en un contexto presbiteriano, dada mi posición sobre el bautismo. Pero a veces se trazan líneas de división en lugares que no me parecen necesarios.

Por ejemplo, a medida que los crecientes desafíos asociados con nuestra cultura secular se elevan alrededor nuestro, me parece inútil seguir dividiéndonos unos de otros en la iglesia con respecto a las perspectivas milenarias. Los cristianos piadosos pueden no estar, y a veces no están, de acuerdo en esta cuestión, la cual no está directamente relacionada, por lo que yo percibo, con gran parte de la vida cristiana diaria o de la vida de la iglesia. Y se refiere (principalmente) a un muy controversial y altamente simbólico pasaje al final de la Biblia. Sé que hay preocupaciones acerca de la “trayectoria hermenéutica” de las interpretaciones alternativas de Apocalipsis 20, pero ¿por qué no trazar las líneas de asociación en torno a esas trayectorias en lugar de su aplicación en este texto? Los argumentos de la “pendiente resbaladiza” son siempre un poco resbaladizos: empiezas a usarlos, y ¿cuándo te detienes? Me siento de manera similar acerca de la opinión de la membresía de la iglesia y la cena del Señor entre los llamados “bautistas estrictos”, pero probablemente sea un tema demasiado grande para abordarlo aquí.

Entonces, ¿cómo decidimos cuándo asociarnos con otros cristianos? Sé que toda esta área es demasiado complicada para abordarla en una publicación, pero aquí hay un par inicial de preguntas guía que pueden ser útiles:

A) ¿Qué tipo de asociación o unidad está siendo considerada? Hay diferentes tipos de asociación: la pertenencia a la iglesia no es lo mismo que la ordenación, que no es lo mismo a hablar en una conferencia juntos. Es obviamente problemático esperar el mismo nivel de acuerdo teológico para estos diferentes tipos de asociación/unidad en el evangelio. Y por supuesto, hay otras expresiones de asociación o unidad, así como el asociarnos en esfuerzos sociales (como la formación de una organización contra la trata de personas) donde no creo que debamos exigir ningún tipo de compromiso cristiano.

B) ¿Qué tipo de asociación o unidad servirá más para promover el evangelio? Por supuesto, responder a esa pregunta no es fácil, y sé que algunos “bautistas estrictos”, y aquellos que solo aceptan a premileniales, creen que sus opiniones protegen el evangelio. Pero por lo menos sigamos haciendo esta pregunta, y estemos abiertos a ver dónde podemos estar errando, en una dirección u otra. A veces se siente como que algunos cristianos ven la doctrina de minimizar las cosas como el único error, por lo que no prestamos suficiente atención al daño que resulta de la separación innecesaria. El separatismo no es en principio inferior al minimalismo, ni en su culpabilidad ni en sus consecuencias, hasta donde yo puedo ver.

C) Incluso cuando debo formalmente dividirme de otros cristianos, ¿es la actitud de mi corazón una de gracia, humildad, e invitación hacia ellos? Los peligros asociados con el separatismo doctrinal, en mi opinión, no son ante todo separaciones formales, sino actitudes del corazón. Es fácil que los sentimientos de autojustificación se junten con con nuestros distintivos secundarios. Sabemos que esto está sucediendo cuando nos sentimos superiores a los cristianos de otras tribus y grupos.

Por lo tanto, cuando debamos separarnos formalmente de otros cristianos, debemos tener especial cuidado de que no haya en nuestro corazón desprecio, condescendencia, o sospecha indebida hacia ellos. Si ellos son el pueblo de Dios, ellos tienen Su favor y afecto, y por lo tanto deben tener los nuestros también. “Miren que no desprecien a uno de estos pequeñitos, porque les digo que sus ángeles en los cielos contemplan siempre el rostro de Mi Padre que está en los cielos” (Mt. 18:10).

Publicado originalmente por Gavin Ortlund. Traducido por Jacquie Tolley.
Imagen: Lightstock.


​Gavin Ortlund (PhD, Fuller Theological Seminary) es esposo, padre, pastor y escritor. Es pastor principal en First Baptist Church of Ojai, Ojai, California. Gavin escribe de manera regular en Soliloquium, y es autor de Theological Retrieval for Evangelicals: Why We Need Our Past to Have a Future (Crossway, 2019) y Finding the Right Hills to Die on: The Case for Theological Triage (Crossway/TGC, forthcoming). Puedes encontrarlo en Twitter.

¿Por Qué Algunos Pastores Deliberadamente Evitan Enseñar Doctrina?

¿Por Qué Algunos Pastores Deliberadamente Evitan Enseñar Doctrina?
Por Jim Elliff

He participado en iglesias líderes durante cuatro décadas, con énfasis en la plantación de iglesias en los últimos años. También visité y me dirigí a cientos de iglesias de todo el mundo y he tenido el privilegio de conocer a miles de líderes cristianos. Durante este tiempo, he visto una involuntaria imprecisión doctrinal por parte de muchos pastores que se vuelve intencional. En otras palabras, he sido testigo de la aparición de una nueva «sabiduría convencional». En pocas palabras, es la «sabiduría» de intentar rodear a más personas para nuestras iglesias mediante una minimización descarada, o tal vez casi la erradicación, de las influencias restrictivas de la doctrina. Lo que los pastores solían hacer (debido a que se les enseñó pobremente tal vez), ahora lo hacen por intención, todo para el crecimiento de la iglesia.

El problema es que funciona.

Por ejemplo, acabo de visitar a un amigo con respecto a una gran iglesia en nuestra área que ha crecido excepcionalmente bien. El pastor principal de esta iglesia es un hombre inteligente que tiene algunas creencias distintas que afirma personalmente. Puedo hablar con él sobre la doctrina cuando estoy solo. Él lee y conoce la Biblia. Pero, en su liderazgo y predicación, él tiene toda la intención de no ir más allá de los asuntos más elementales, y parece no estar preocupado de que su pueblo difiera en las principales doctrinas, algunas de las cuales son más significativas. Fuera de expresiones del evangelio y algunos «cómo hacer», no hay mucho de qué hablar en su predicación. Él ha creado una estación de parto, pero no mucho más.

La doctrina es estrecha. Y no nos gusta esa palabra «estrecha». Donde encontrarás a una persona que se siente atraída por la sana doctrina, encontrarás cientos que quieren permitir que todo tipo de creencias sean toleradas. He estado en tales iglesias donde se escucharon las grandes herejías como si fuera perfectamente permisible mantener tales puntos de vista como «su opinión». Y no estoy hablando de la opinión del invitado, sino de la opinión del miembro.

Esto también sucede en el campo de la misión. Preparándome para una misión a Mozambique pronto, he estado leyendo los informes de un buen médico misionero que ha intentado plantar iglesias. Debido a que se preocupa por la doctrina, hay algunos dolores reales en la construcción de una iglesia. Él sabe que debido a la naturaleza comunitaria de la gente, una iglesia aparentemente grande podría construirse fácilmente. Mientras que él puede encontrar solo un puñado de creyentes en la mayoría de las iglesias en su área, puede haber diez veces más que simplemente asisten, creyéndose cristianos solo porque es su costumbre ser carpinteros. Si él evitara la doctrina a favor del evangelismo superficial, construiría una gran iglesia no regenerada. ¿Eso es útil para el reino? Él no lo cree así. Pero él es la excepción.

Pocos Piensan En Esto

En toda esta aceptación del desorden doctrinal y el miasma de creencias, encuentro que muchos han desatendido totalmente un principio que debería ser obvio para cualquier lector de la Biblia. Quiero decir esto: los apóstoles comenzaron iglesias con la intención de cultivarlas lo más sólidamente posible por medio de un constante y meticuloso interés en la doctrina. Los datos bíblicos están abrumadoramente en línea con esta conclusión.

Los apóstoles vieron a la iglesia como «la columna y baluarte de la verdad» (1 Tim.3:15). Y entonces, prestar atención a la doctrina era primordial para ellos. Estoy seguro de que todo el futuro de la obra estaba en mente cuando Pablo y los otros apóstoles enfatizaron una gran variedad de doctrinas críticas. Mientras que diríamos: «Por lo menos tenemos un testigo en la ciudad de algún tipo, predicando a Cristo», los apóstoles dirían: «Debido a que esta iglesia es testigo en la ciudad, y otras iglesias vendrán de esta o emularán su creencias y prácticas, debemos ser aún más precisos.» Hay un mundo de diferencia entre las dos escuelas de pensamiento.

Y estas doctrinas debían ser «enseñadas» y «predicadas». En otras palabras, no era la prerrogativa de esos ancianos que fueron designados por los apóstoles para minimizar la importancia de la precisión doctrinal. Del mismo modo, no creo que podamos ser como Jesús o ser como los apóstoles en nuestro liderazgo sin enfatizar lo que ellos enfatizaron. De hecho, es absurdo pensar lo contrario. No creo que Pablo escuchara con mucha simpatía nuestra explicación de por qué hemos minimizado la doctrina por el bien del crecimiento de la iglesia.

Todos nosotros somos conscientes de la necesidad de evitar ser doctrinarios, es decir, de enseñar doctrina de una manera estéril y pedante, sin aplicación y «calor» devocional. Miren a Jesús y Pablo como ejemplos perfectos de cómo enseñar la doctrina correctamente. Si enseñamos las Escrituras fiel y exactamente como se dijo, enseñamos automáticamente buena doctrina. Tenemos que ser muy astutos para evitarlo. Pero muchos lo descartan, ya sea seleccionando y abordando pasajes que solo son conductuales, o evitando la Escritura del todo, o al ser un desviador, como un pastor que predica el manejo del tiempo basado en el clamor de Jesús, “Consumado es.”

Olvidamos que las doctrinas difíciles de las que hablamos se encuentran en las Cartas a las Iglesias. Estas fueron epístolas que contenían las mismas verdades de las que nos negamos a hablar en nuestras iglesias. ¿Ve la incongruencia? ¿Es realmente correcto pensar que no deberíamos hablar sobre esas doctrinas que fueron el elemento básico de las primeras iglesias? Sé que soy demasiado obvio, pero ¿no hemos pasado por alto este hecho? Y muchos de esos pasajes difíciles que tenemos mucho miedo de enseñar fueron escritos en iglesias nacientes. Pablo pensó que era crítico presentar toda la verdad a estas personas (Hechos 20:27). Él no se «intimidó» de hacer esto. Pero nosotros si.

Lo que estoy diciendo es que no tenemos el lujo de evitar estas cosas porque queremos hacer crecer una iglesia más grande. ¿Cuál es el efecto de un nuevo comienzo de iglesia en Nueva Guinea si crece por imprecisión doctrinal? Ciertamente puedes imaginar que generaciones de iglesias después de eso compartirán una vaguedad similar sobre creencias y prácticas y dejarán tal vez miles (y tal vez millones, es decir, algunas denominaciones erróneas ejemplifican esto) enseñando error, o al menos abierto a creencias divergentes que serán dañinas a los creyentes y el éxito del movimiento. No es sólo una doctrina errónea lo que hará esto, sino también la vacuidad de la doctrina. Seguramente se puede ver que el error en los movimientos cristianos es algo que se enseña y se propaga una iglesia a la vez, un líder a la vez, pero que tiene un efecto de impregnación a largo plazo. Esto es así no solo en una situación de plantación de iglesias vírgenes, sino también donde hay numerosas iglesias. Somos irresponsables para dejar la precisión doctrinal fuera de la ecuación en el comienzo de nuestra iglesia y el crecimiento de la iglesia. La negligencia (a menudo negligencia planificada) es destructiva.

Negligencia En El Cumplimiento Del Deber

Se supone que los ancianos, de todas las personas, deben preocuparse por la doctrina. En nuestros días, esta es una suposición que no está encontrando mucho apoyo, pero debe ser así. Si esto no es así, entonces se debe elegir un equipo de ancianos completamente nuevo. Es parte de la descripción del trabajo. Pablo dice que un anciano debe estar “reteniendo la palabra fiel que es conforme a la enseñanza, para que sea capaz también de exhortar con sana doctrina y refutar a los que contradicen.” (Tito 1:9).

Cuando los ancianos se reúnen, es parte de su responsabilidad trabajar en lo que creen. Por ejemplo, ¿cuál es la opinión de los ancianos sobre el divorcio y las segundas nupcias?. ¿Cuál es su punto de vista sobre la ley? ¿O elección? ¿O la naturaleza del hombre? ¿Cuál es su creencia en la Creación? ¿O sobre la pluralidad de ancianos? ¿O con respecto a los dones espirituales? ¿O sobre la naturaleza de la expiación? ¿O sobre el papel de las mujeres? Si los ancianos no saben en qué creen, ¿cómo pueden cumplir el requisito de Tito 1:9 mencionado anteriormente?

Dado que los ancianos (también llamados supervisores y pastores) deben preocuparse por la doctrina, les conviene hacer que las reuniones de sus ancianos sean más que simples reuniones de negocios sobre las cosas más mundanas o simplemente reuniones de visión sobre nuevas ideas. Sé que debemos hacer algo de eso. Las iglesias sin visión son iglesias moribundas, por supuesto. Pero los pastores deben trabajar duro para perfeccionar lo que creen. Deben dar meses de estudio y discusión en varias posiciones doctrinales para que se familiaricen con ellas y estén listos para enseñarlas. Después de pensar en una doctrina, deben reunirse con los hombres y luego con toda la iglesia para transmitir y enseñar lo que han aprendido.

Una vez que llegan concienzudamente a lo que creen acerca de las doctrinas cardinales, estarán dispuestos a pagar un precio por ellas. Después de todo, es Dios hablando estas doctrinas a ellos.

A medida que las personas aprenden que un anciano tiene opiniones claras sobre las cosas, será respetado como una persona que puede ayudar a comprender y orientar a las familias y los discípulos veteranos, así como a los niños y los nuevos creyentes.

Actúa Bíblicamente Ahora

Pablo hace mi premisa lúcida cuando dice que debemos “combatiendo unánimes por la fe del evangelio,” (Filipenses 1:27). Él entrena a los líderes con las palabras, “Pero en cuanto a ti, enseña lo que está de acuerdo con la sana doctrina” (Tito 2:1), y “Y lo que has oído de mí en la presencia de muchos testigos, eso encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Timoteo 2:2). Él se preocupa: “Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina” (2 Timoteo 4:3).

Judas nos mostró la importancia de la doctrina cuando dijo que debemos “contender ardientemente por la fe que de una vez para siempre fue entregada a los santos.” (Judas 3). Pedro pensó que era necesario animarnos “para que recordéis las palabras dichas de antemano por los santos profetas, y el mandamiento del Señor y Salvador declarado por vuestros apóstoles.” (2 Pedro 3:1-2). Él nos advierte a “no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza. Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.” (2 Pedro 3:17-18).

Juan se regocija al encontrar “algunos de sus hijos caminando en la verdad, así como hemos recibido el mandamiento del Padre de hacerlo,” pero advierte: “Todo el que se desvía y no permanece en la enseñanza de Cristo, no tiene a Dios; el que permanece en la enseñanza tiene tanto al Padre como al Hijo. Si alguno viene a vosotros y no trae esta enseñanza, no lo recibáis en casa, ni lo saludéis, pues el que lo saluda participa en sus malas obras.” (2 Jn 4:9-11).

Para nosotros aun si intentamos construir iglesias minimizando la doctrina es una filosofía tan alejada del propósito original de Cristo y Sus apóstoles que uno se preguntaría si estábamos en el mismo movimiento. Cuán cerca está esto de la predicción de Pablo cuando dijo que “se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.” (2 Timoteo 4:3-4) Está demasiado cerca para mí.

Por lo tanto, le pido que reconsidere cómo usa su liderazgo. Hay mucho que hacer. Debemos ser amables y reconfortantes, orar y estar disponibles, ser transparentes y visionarios, pero como líderes no podemos descartar lo que Dios insiste. Si no fuera tan inequívoco, podríamos tener espacio para debatir la sabiduría de esto. Dado que esta verdad se repite ad infinitum en la Palabra, ¿qué puede decir alguien en contra de ella?

Por lo tanto, entréguese a la sana doctrina y enfatícela a partir de ahora. Si no puede hacer esto, renuncie.

Y, si usted no es un pastor sino un oyente, acuda a los responsables de dispensar la verdad con un llamado sincero para que le enseñen doctrina sin compromiso. Dígales que no puedes crecer sin eso.

Anhelar la ley de Dios

Serie: Cómo aprender las leyes de Dios
Por R.C. Sproul

Una encuesta de George Gallup Jr. reveló una tendencia sorprendente en nuestra cultura. De acuerdo a Gallup, la evidencia parece indicar que no existen patrones de comportamiento claros que distingan a los cristianos de los no cristianos en nuestra sociedad. Todos parecemos marchar al mismo ritmo, buscando la base de lo que es una conducta aceptable en los estándares cambiantes de la cultura contemporánea. Lo que hacen los demás parece ser nuestra única norma ética.

Este patrón solo puede surgir en una sociedad o una iglesia donde la ley de Dios está eclipsada. En sí misma, la palabra «ley» parece tener un sonido desagradable en nuestros círculos evangélicos.

Intentemos un experimento. Lee los pasajes del Salmo 119 que acompañan este devocional. Intenta ponerte en el lugar del escritor y ser empático con él. Trata de sentir lo que él sintió cuando escribió estas líneas miles de años atrás.

¿Suena esto como un cristiano moderno? ¿Escuchamos a las personas hablar acerca de su anhelo apasionado por la ley de Dios? ¿Escuchamos a nuestros amigos expresar gozo y deleite en los mandamientos de Dios?

Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios
¿Anhelas la ley de Dios con pasión? ¿Expresas gozo y deleite en Sus mandamientos?

Para estudiar más a fondo
Salmo 119:97

Salmo 119:11-12

Salmo 119:131

Publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries.
Cómo aprender las leyes de Dios
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

Liderar para la gloria de Dios

El Blog de Ligonier

Serie: El liderazgo

Liderar para la gloria de Dios
Por Chris Larson

a carrera había comenzado. El calor del verano invadió y la lluvia era escasa. De hecho, habían pasado muchas semanas sin lluvias sustanciales en Florida Central. Mi césped marchitado cambiaba constantemente de un verde pálido a un amarillo que se volvía cada día más café. Para aumentar la tensión, descubrí que mi sistema de riego no había funcionado adecuadamente durante varias semanas debido a mi propia falta de atención y las distracciones de la vida. A pesar de toda la acción restauradora que pudiera tomar para echar más agua al pasto reseco, sabía que se necesitaría mucha lluvia y la misericordia de Dios para llevar este jardín de la muerte a la vida. Si perdiera el césped, estaríamos hablando de miles de dólares para reemplazarlo. Se puso la operación en marcha, se adoptaron contramedidas y se evitó la crisis.

Aunque cada uno de nosotros se deleita en tener un lugar llamado hogar, sabemos que probablemente no seremos los últimos residentes en esa dirección postal y que lo que hacemos es administrar lo que se nos ha confiado por algún tiempo. Como podrás imaginar, todos los pasajes bíblicos sobre la hierba que se seca y se marchita pasaron por mi mente durante mi carrera por salvar el césped. Cada día en que miraba al jardín era como un sermón que traía a mí esta parábola sobre la fugacidad del hombre: «El hombre, como la hierba son sus días; como la flor del campo, así florece; cuando el viento pasa sobre ella, deja de ser, y su lugar ya no la reconoce» (Sal 103:15-16).

Este episodio relativamente menor de mi vida es un lugar útil para comenzar una discusión sobre el liderazgo, porque la búsqueda de la sabiduría en cualquier esfuerzo humano requiere que reconozcamos nuestra finitud. El liderazgo no es un título. Presidente o fontanero, constructor o ama de casa, el liderazgo es ineludible; la única pregunta es si seremos fieles a nuestro llamado.

Hay mucho que extraer del estudio moderno del liderazgo. En el mundo editorial, es una de las categorías de no ficción más populares, impulsada en gran medida por la búsqueda de la sociedad para lidiar con esta cuarta era importante de la actividad humana. Si las primeras tres economías humanas fueron la de cazadores-recolectores, la agrícola y la industrial, debemos pensar profundamente en este momento posindustrial en el que vivimos, esta «era de la información» con economías virtuales emergentes, de servicios y móviles. El liderazgo es intrínsecamente arriesgado y es vital más reflexión, no menos.

Pero más allá del consejo histórico, sociológico, biológico y metodológico que ofrecen los libros de hoy y los gurús del liderazgo, a menudo hay una falta de perspectiva bíblica sobre el liderazgo y el consejo frecuentemente se convierte en pragmatismo más que en principios. Empecemos desde el comienzo.

«Los líderes tienen seguidores». No es la declaración más profunda, ¿verdad? Pero me refiero a «seguidores» en el sentido de que cada líder eventualmente dará paso a otro que vendrá después. Ningún líder permanece en su puesto para siempre. Los líderes corren su carrera solo para entregar el relevo a otra persona. Este patrón sucesivo está entrelazado en la creación (ver Sal 90). El Señor ordenó a la humanidad que cultivara y cuidara el jardín del Edén (Gn 2:15) e incluso que expandiera sus límites por toda la tierra (1:26-28) para que así toda la creación fuera un santuario de adoración. Era una tarea que Adán no podía hacer solo ni rápidamente; de ahí la creación misericordiosa de una ayuda idónea en Eva y una visión multigeneracional para sojuzgar la tierra para la gloria de Dios. Esa es una visión cósmica. «Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre. Amén» (Rom 11:36).

Jesús enseñó que Su Padre había estado trabajando desde el principio (Jn 5:17), recordándonos que la única obra duradera es la obra del Señor (15:5; 1 Co 3:12-13). Así como Adán solo podía prosperar dependiendo del Señor, nuestras obras solo perdurarán si se hacen en dependencia del Señor. Si bien somos justificados al confiar en la obra de Jesucristo en nuestro favor, luego por gracia se nos permite entrar en la misión más grande de Dios en este mundo mediante la edificación de Su Iglesia, la morada de Dios (Ef 2:20-22). Esto es cierto para todo cristiano, independientemente de nuestro llamado a servir a la iglesia, en nuestras familias o en otras iniciativas humanas para el bien común. Cada uno de nosotros debe responder al llamado excepcional que la providencia de Dios obró en nuestras vidas. Al ir mucho más allá de los roles o dones particulares, debemos administrar nuestras propias vidas, no por nuestro bien, sino por el Señor y el bien de Su pueblo.

La fugacidad del hombre es la razón por la que necesitamos una visión más amplia de un liderazgo que glorifique a Dios, para que los líderes no exageren su propia importancia. Los líderes que buscan glorificar a Dios en sus llamados se preparan para el día en que otros tomen el relevo.

El «pensamiento de primer principio» es una frase de moda entre los empresarios de Silicon Valley. Estos titanes de la industria hablan mucho acerca de construir una cultura empresarial formada por empleados que comprenden una gran visión y están motivados por tener un efecto masivo en cómo la tecnología moldea nuestras vidas. Lograr «pensadores de primer principio» en el equipo le permite al líder de la organización articular la misión de tal manera que la alineación estratégica ocurra en todos los niveles. Integrar en cualquier iniciativa a miembros enfocados en grandes causas y con bajo ego permite que nos involucremos en nuestras tareas con una visión fructífera centrada en Cristo, considerando a los demás como más importantes que nosotros (Flp 2:1-11).

John Knox, el reformador escocés, oró: «Dame Escocia o me muero». Jonathan Edwards, el filósofo y teólogo de Estados Unidos, decidió «nunca hacer nada, que me daría miedo de hacer, si fuera mi última hora de vida». Thomas Chalmers, el pastor presbiteriano escocés del siglo XIX, comentó: «No importa cuán grande sea, tu visión es demasiado pequeña».

¿Cuál es la declaración de tu verdadero norte? ¿Qué principio dirige tu vocación y te permite comprobar tu actividad diaria, semanal o anual para asegurarte de que estás en la dirección correcta? Es mucho más fácil corregir el rumbo de un barco al principio de su viaje.

Por ejemplo, sería increíblemente ineficiente que el Dr. Sproul se reuniera todos los días con todos los miembros del equipo en Ligonier Ministries para revisar la lista de tareas pendientes de ese día. En cambio, el Dr. Sproul nos ha dado la responsabilidad de proclamar, enseñar y defender la santidad de Dios en su totalidad, dependiendo del Espíritu para despertar a la mayor cantidad de personas posible a una comprensión bíblica del carácter de Dios. El Dr. Sproul no nos supervisa a cada uno, haciendo pequeñas correcciones de rumbo a medida que avanzamos. Es una mejor administración que cada miembro de la organización se haga preguntas difíciles sobre su lista de tareas pendientes de cada día a la luz de la declaración de nuestro verdadero norte, permitiéndonos corregir nuestro rumbo hacia algo más grande que nosotros mismos.

Al principio de la historia de Ligonier Ministries, un asesor se acercó al Dr. Sproul y le preguntó qué era lo que las personas en el mundo y la Iglesia necesitaban escuchar. Su respuesta: «Necesitan saber quién es Dios». Entonces, a medida que nos acercamos a los cincuenta años de ministerio en 2021, es la declaración del verdadero norte hecha por el Dr. Sproul la que brinda claridad y movimiento continuo en nuestra misión de inundar la cultura con cristianos preparados y elocuentes.

Sin embargo, una declaración del verdadero norte no se da en el vacío. Probablemente no sorprendería a los lectores de la revista Tabletalk descubrir que el Dr. Sproul es uno de los hombres más competentes que he conocido. Más allá de su experto conocimiento de la Biblia, él guió este ministerio a mejorar cada vez más en eficiencia y eficacia organizacional. Un liderazgo sabio debidamente orientado hacia la declaración del verdadero norte ayuda a una organización de cualquier tamaño a mantener el rumbo. El Dr. Sproul fundó Ligonier Ministries para ser una organización de este tipo, lo que nos permite ofrecer algo excepcional en el área de equipar a los discípulos cristianos de todo el mundo.

El por qué es más grande que el qué, y este es más grande que el cómo. Por qué hacemos algo es mucho más importante que lo que hacemos o cómo lo hacemos. Los equipos animados por el por qué rara vez se desvían del rumbo por mucho tiempo. Los desacuerdos insignificantes se desintegran. Cesan los chismes. La vanagloria disminuye. El cinismo se evapora. Aprenden a decir «no» a lo bueno para preferir lo mejor. Aquí es donde el pensamiento de la gran causa o del «primer principio» se traduce en la rutina diaria de desarrollar metas. Por lo general, sobrestimamos lo que podemos lograr en un año y subestimamos lo que se puede lograr en cinco años. Apunta al objetivo con medidas cuantificables. Ejecuta, evalúa y repite.

Una mentalidad enfocada en los demás anima al siervo líder. Nada vigoriza más a los líderes que ver a sus colegas desarrollar todo su potencial de manera personal, profesional y espiritual. Un hacha puede ser usada para clavar un clavo, pero solo será usada de manera eficiente y efectiva cuando se afile y se maneje adecuadamente para infligir golpes penetrantes y definidos en la madera.

Podemos hacer mucho más juntos que separados, cada uno contribuyendo a una ecuación de productividad que sea 1+1=3 o más. Las organizaciones fructíferas son más que la suma de sus partes. Los líderes buscan oportunidades para celebrar los dones únicos de cada miembro del equipo. Los líderes preparan a los que están a su alrededor para cuando ellos ya no lideren.

El liderazgo no es la meta. Lideramos mejor cuando Jesucristo nos guía. El Señor es el líder y debemos seguirlo mientras Él edifica Su Iglesia (Mt 16:18; Heb 2:9-10; 12:2). Confiar en el Señor nos aleja de confiar en nosotros mismos. Él crece, nosotros disminuimos. Así será hasta el final de los tiempos mientras la Gran Comisión siga adelante, de generación en generación. Hasta ese momento, lideremos para la gloria de Dios.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Chris Larson
Chris es el presidente y jefe ejecutivo de Ligonier. Dirige todas las iniciativas de alcance y operaciones ministeriales con el fin de difundir la histórica fe cristiana a tantas personas como sea posible.

Líderes en el hogar

El Blog de Ligonier

Serie: El liderazgo

Líderes en el hogar
Por Timothy Z. Witmer

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El liderazgo

¿Quién lo dice?». Probablemente has escuchado estas palabras en una discusión. Probablemente has dicho estas palabras en una discusión. La importancia de estas tres palabras radica en el hecho de que llegan a la pregunta fundamental de quién tiene «derecho» a ser escuchado y quién tiene el derecho a ser seguido. ¿Quién es el líder? Por supuesto, el problema en nuestra cultura es que nadie quiere reconocer a alguien en tal posición, es decir, a alguien que tenga autoridad. Pero como puedes ver en este asunto, Dios ha ejercido Su prerrogativa como Creador del universo de identificar a aquellos que son llamados a liderar en la iglesia (los ancianos). Él también ha establecido la autoridad del gobierno civil (Rom 13). Las Escrituras también brindan una clara orientación sobre la autoridad dentro de la familia.

MARIDOS Y MUJERES
Probablemente haya más malentendidos sobre la relación entre marido y mujer que sobre cualquier otro tema en nuestra sociedad. Las Escrituras, sin embargo, son muy claras. Un pasaje clave que trae claridad al tema se encuentra en Efesios 5. En este capítulo, Pablo detalla varias implicaciones prácticas de la nueva vida en Jesús, incluida la forma en que los maridos y sus mujeres deben relacionarse entre sí. Comenzamos, como lo hace Pablo, con una mirada al rol de la mujer:

Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo Él mismo el Salvador del cuerpo. Pero así como la iglesia está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo (Ef 5:22-24).

Al mirar este texto, debemos tener cuidado con las caricaturas y los malentendidos que abundan. Hace muchos años, cuando empezaba mis estudios de teología, hablaba con un amigo y él dijo: «Oye, Tim, encontré mi versículo favorito en la Biblia». Yo respondí: «¿En serio? ¿Cuál es?». Él dijo: «Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos». Él continuó con una fuerte risa. Le pregunté: «¿Leíste el resto del pasaje?». Pareciendo algo desconcertado, respondió «no» y se alejó. Era obvio que no había seguido leyendo sobre los roles complementarios que hombres y mujeres son llamados a cumplir en el contexto del matrimonio.

En primer lugar, debemos observar que tanto el hombre como la mujer son creados a la «imagen de Dios» (Gn 1:26). Ambos también están encargados de ejercer dominio sobre la creación. Las Escrituras son excepcionales en la dignidad que se le otorga al género femenino. Pero es importante comprender que los maridos y las mujeres están llamados a diferentes roles en el matrimonio.

MUJERES: SUMISIÓN RESPETUOSA
La mujer es llamada a respetar el liderazgo amoroso de su marido. La palabra «someter», usada por Pablo en este contexto, tiene en su raíz la idea de «orden». Para que alguna organización funcione correctamente, debe haber un lugar donde «uno asume la responsabilidad». El propósito de esta disposición no es para que el marido pueda dar órdenes, sino para que haya orden en el hogar. Primus inter pares es una gran locución en latín que captura esta dinámica. Significa «el primero entre iguales». A continuación, veremos la naturaleza del liderazgo que el marido está llamado a proporcionar.

Pero antes analicemos algunas de las caricaturas sobre el rol de la mujer. En primer lugar, la sumisión de una mujer a su marido no es una expresión de inferioridad. Hay quienes piensan que cuando uno está llamado a someterse a otro, esto automáticamente implica que el que se somete es inferior. Este no es el caso. El ejemplo más profundo de esto es el mismo Señor Jesús. Él ha existido eternamente con el Padre y el Espíritu Santo en la gloria del cielo. Pero del misterio de la encarnación, Pablo escribe:

El cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Flp 2:6-8).

Jesús vino al mundo en sumisión y obediencia al Padre, pero en ningún momento fue inferior al Padre. Su sumisión fue con el propósito de lograr nuestra redención. Como Dios-hombre, Él cumplió perfectamente la ley en nuestro lugar. Como Dios-hombre, Él expió perfectamente nuestros pecados en la cruz. La sumisión voluntaria del Salvador al Padre en la encarnación fue diseñada con un propósito específico, pero en ningún momento estuvo en una posición de inferioridad.

De manera similar, el respeto de la mujer por el liderazgo de su marido no es una expresión de inferioridad sino un reconocimiento de sumisión al plan de Dios para el orden en la familia. Es un grave error que un marido malinterprete su lugar de liderazgo como una posición de superioridad. Recuerda que Pedro describió a la mujer como «coheredera de la gracia de la vida» (1 Pe 3:7). Pablo escribió: «No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3:28). Con respecto a nuestra posición en Cristo, no hay diferencia. El marido y la mujer participan por igual en los beneficios y la posición garantizada por la obra de Cristo, pero el matrimonio es una relación en la que somos llamados a diferentes roles.

En segundo lugar, la sumisión de la mujer a su marido es voluntaria. La responsabilidad de someterse no significa la sumisión de todas las mujeres a todos los hombres. Es una dinámica única establecida para el funcionamiento ordenado de la familia en el matrimonio. Por lo tanto, es muy importante que una mujer tenga esto en cuenta cuando esté considerando casarse. ¿El hombre con el que pretendes casarte es alguien cuyo liderazgo respetas y a quien puedes someterte? Si no, él no es el hombre adecuado. Con demasiada frecuencia, las mujeres piensan que pueden cambiar a un hombre después de casarse con él. No cuentes con eso.

En tercer lugar, la sumisión de una mujer a su marido es una expresión de su sumisión a Cristo. Para una mujer, seguir el liderazgo de su esposo es un aspecto importante de seguir a Cristo. Pablo escribe: «las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor» (Ef 5:22). Esto no significa «como si tu marido fuera el Señor», sino más bien «como parte de tu obligación para con el Señor». Una forma de hacer a un marido muy obstinado y desanimarlo es fallando en respetar su liderazgo. Si bien esta es la obligación de la mujer en el Señor, como maridos, siempre debemos preguntarnos si somos respetables y si estamos liderando como el Señor quiere. Esto nos lleva a examinar el rol del marido.

MARIDOS: LÍDERES AMOROSOS
La mujer es llamada a un rol difícil, pero es un rol que será mucho más fácil de asumir si su marido cumple con su responsabilidad de proporcionar un liderazgo amoroso. Es interesante observar que Pablo dirige unas cuarenta palabras a las mujeres, pero unas ciento quince a los maridos. En Efesios 5:25-33, él describe el rol de los maridos en el matrimonio. La clave es el versículo 25: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella».

¿Cuál es el estándar de amor que se establece ante los maridos? Es el amor sacrificial del Señor Jesucristo. Es Su liderazgo de servicio amoroso el que proporciona el entorno para que las mujeres lo sigan. Veamos cómo el amor de Cristo da ejemplo del amor de los maridos por sus mujeres.

En primer lugar, el amor de Cristo es incondicional. No había nada en ti o en mí que mereciera o exigiera el amor de Cristo. Muy por el contrario, «Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5:8). No solo no le amamos, sino que en nuestro pecado íbamos en la dirección opuesta. Es el clásico caso de amor no correspondido. Es por eso que nuestra relación con Él es únicamente por Su gracia.

Nuestro amor por nuestras esposas también debe ser incondicional. Tenemos que admitir desde el inicio que la analogía se viene abajo porque somos seres humanos pecadores. Debemos admitir que hubo «condiciones» que nos atrajeron hacia nuestras esposas, incluidas la personalidad, los intereses e incluso la buena apariencia. Sin embargo, nuestro amor por nuestras mujeres se basa en el compromiso que hicimos en nuestros votos matrimoniales en la presencia de Dios y los testigos. Tu amor por tu mujer debe ser incondicional en el sentido de que no cambia según las circunstancias. Los maridos deben tener cuidado de no comunicarles a sus mujeres que su amor se basa en cómo se ven hoy o en cómo les responden hoy. Nuestro amor se basa en el compromiso, no en las condiciones.

En segundo lugar, el amor de Cristo es sacrificial. Pablo escribe que los maridos deben amar a sus mujeres «como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella» (Ef 5:25). ¿Hasta qué punto amó Cristo a la Iglesia? Él se dio completamente por ella. Su venida fue para entregarse en servicio desinteresado. A nosotros, como maridos, se nos dice que este es nuestro modelo para servir a nuestras esposas. Esto es muy opuesto a nuestra inclinación natural. A todos nos gusta que nos sirvan, especialmente en el hogar. Los maridos deben ser los principales siervos en el hogar, preparados para hacer lo que sea necesario en el hogar y con los hijos.

Finalmente, Pablo nos recuerda que Jesús estaba preocupado por la santidad de la Iglesia. Su amor y sacrificio fueron para «santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada» (Ef 5:26-27). El amor de Jesús al darse a Sí mismo no fue simplemente para que fuéramos perdonados, sino para que fuéramos santos. La principal preocupación de un marido debe ser que su esposa e hijos sean estimulados en su crecimiento en Jesús. Al igual que con el rol de la mujer, ser un líder amoroso es parte de la obediencia del marido a Cristo.

Podemos regocijarnos de que Dios nos ha hablado y enseñado cómo debe ser el liderazgo en el hogar. Es cierto, estos respectivos roles no surgen de manera natural o fácil debido a nuestro egoísmo pecaminoso. Esta es la razón por la que nuestros hogares deben ser lugares de arrepentimiento y perdón, donde la dependencia diaria de la gracia del evangelio y del poder del Espíritu sean moldeados y practicados. Solo entonces nuestros hijos verán en sus padres la realidad del evangelio. Solo entonces, de acuerdo con el plan que Dios quiere, nuestros matrimonios reflejarán el misterio de la relación entre Cristo y Su Iglesia.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Timothy Z. Witmer
El Dr. Timothy Z. Witmer es pastor de St. Stephen Reformed Church en New Holland, Pa., y profesor de teología práctica emérito en el Westminster Theological Seminary en Filadelfia. Es autor de Mindscape y The Shepherd Leader.

¿Por qué mueren las personas?

¿Por qué mueren las personas?

Las personas mueren a causa de lo que se denomina el «pecado original», es decir la desobediencia de Adán y Eva en el jardín del Edén. Dios había advertido a la primera pareja que si transgredían su ley, esto resultaría en su muerte (Génesis 2:17), y eso fue lo que sucedió. «La paga del pecado es muerte» (Romanos 6:23a).

Adán y Eva fueron estaban destinados a habitar con Dios para siempre, así que probablemente ni siquiera sabían lo que significaba «morir». Desafortunadamente, en algún momento de la eternidad pasada, el pecado invadió el reino celestial de los ángeles, y Satanás tentó a Eva y ella cayó en pecado. Eva dio el fruto a su esposo, y él la siguió en el pecado. Ese pecado trajo la muerte al mundo, mientras que la humanidad se separaba de la fuente de la vida.

Desde ese momento, cada ser humano producido por una mujer con la ayuda de un hombre, ha producido hijos en pecado. Esta naturaleza pecaminosa trae consigo la muerte. «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Romanos 5:12).

Génesis 3 describe la maldición que Dios proclamó sobre el mundo. La maldición incluyó estas palabras para Adán: «hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás» (Génesis 3:19). La muerte física del cuerpo es de lo que Dios habló aquí. La muerte física no ocurrió inmediatamente para Adán y Eva, pero, a causa de su pecado, los animales inocentes murieron (Génesis 3:21).

La muerte espiritual fue el otro tipo de muerte que el pecado de Adán y Eva trajo; sus espíritus fueron separados del Espíritu de Dios; su relación estaba rota. Esta muerte espiritual se produjo inmediatamente después de que comieron el fruto prohibido, y esto produjo temor y vergüenza (Génesis 3:10). La muerte espiritual, al igual que la muerte física, se transmitió a sus descendientes (Efesios 2:1).

Desde Adán, la raza humana ha trabajado bajo «la ley del pecado y de la muerte» (Romanos 8:2). Dios, en su bondad, envió a su hijo para abolir la ley del pecado y de la muerte, y para establecer «la ley del Espíritu que da vida» (Romanos 8:2). 1Corintios 15:20-26 dice, «Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados…Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte».

Líderes en la iglesia

El Blog de Ligonier

Serie: El liderazgo

Líderes en la iglesia
Por Derek Thomas

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El liderazgo

¿Pero qué tipo de Iglesia? ¿Y con qué estructura y organización? Se trata de preguntas que tardaron en responderse. En la incipiente Iglesia, inmediatamente después de Pentecostés, parece que había muy poca estructura, solo una comunidad supervisada por los apóstoles y comprometida con cuatro rasgos distintivos: la enseñanza apostólica, la comunión, el partimiento del pan y «la oración» (Hch 2:42).

El liderazgo en esta Iglesia primitiva evolucionó desde reuniones en casas con poca estructura hasta congregaciones más organizadas con cargos distintivos: diáconos y ancianos. El examen del «oficio» en la Iglesia del Nuevo Testamento está curiosamente cargado de dificultades. El principal punto de discusión es el identificar los oficios que se supone que son permanentes y los que son meramente temporales.

Asociado a la cuestión de los oficios, está el asunto igualmente controversial de los dones extraordinarios (p. ej. las lenguas y la profecía). ¿Son estos dones permanentes o temporales? Los cesacionistas (como yo) creen que la Escritura identifica ciertos dones en el Nuevo Testamento como «señales de un verdadero apóstol» (2 Co 12:12), que fueron dados para propósitos redentores específicos en un período en el que la Iglesia poseía una relativa escasez de Escritura del Nuevo Testamento. Estos dones extraordinarios fueron esenciales para guiar y dirigir a la Iglesia en su infancia. Sin embargo, una vez que el canon del Nuevo Testamento se completó y los apóstoles (definidos de forma amplia o restringida) fallecieron, surgió una situación más normativa que presenta relativamente pocos oficios: diáconos, ancianos y (para algunos intérpretes) pastores.

El progreso en la estructura eclesiástica es claramente visible en la forma en que las últimas epístolas a Timoteo y Tito no mencionan los dones y oficios extraordinarios, sino que se centran en los diáconos y ancianos y en el papel de Timoteo como predicador del evangelio. Es como si hubiera una expectativa de que algunas cosas están destinadas a la edad de la infancia y no a la edad de la madurez.

DIÁCONOS
Los diáconos parecen haber sido producto de una crisis. El crecimiento de la Iglesia, particularmente en su variedad racial y étnica, causó problemas. Las viudas, por ejemplo, eran especialmente vulnerables en la cultura del primer siglo. El sentido de comunidad exigía la distribución de alimentos a los que no podían valerse por sí mismos, una cuestión que parece haber provocado un sentimiento de desigualdad y frustración (Hch 6:1-7). Las viudas helenistas (de habla griega) se sentían excluidas de la distribución en favor de las viudas de habla aramea. Se trataba del clásico problema de «nosotros versus ellos» con el que la Iglesia de nuestro tiempo está demasiado familiarizada. A modo de solución, los apóstoles seleccionaron a siete hombres para supervisar el asunto. ¿Y la razón de esta solución? Para que los apóstoles pudieran dedicarse «a la oración y al ministerio de la palabra» (v. 4).

Aunque no se alegó ninguna acusación específica de parcialidad o mala gestión contra los apóstoles, quedó claro que estos no podían predicar la Palabra y con igual empeño «servir mesas» (v. 2). Necesitaban ayuda para cumplir el papel que se les había encomendado en el crecimiento y la alimentación de la Iglesia.

Es interesante la forma en que estos siete hombres fueron reconocidos y apartados. Debían demostrar ciertas cualidades: debían ser «de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría» (v. 3). Y, aunque fueron elegidos por la asamblea cristiana local, en última instancia fueron «nombrados» por los apóstoles, quienes «después de orar, pusieron sus manos sobre ellos» (vv. 3, 6). Por lo tanto, parece que hubo un acto de ordenación y de instalación, lo que indica algo del carácter distintivo de la tarea encomendada a estos siete hombres.

Pero ¿eran diáconos estos siete hombres? Las Escrituras no los identifican específicamente como tales, pero el término griego «servir» (diakone) tiene una estrecha relación con la palabra «diácono». Aunque no fueron llamados diáconos explícitamente, estos siete hombres debían dedicarse a un ministerio diaconal (de servicio) que requería un acto de ordenación específico para llevarse a cabo. Es justo sugerir que eran protodiáconos, un ejemplo de cómo la Iglesia hace una distinción entre el ministerio de la Palabra y los aspectos más prácticos y materiales de la vida de la Iglesia. Por tanto, la comunión de los santos y el oficio del diácono abordan cuestiones de importancia práctica que implican dinero, comida y cuidados básicos.

LIDERAZGO DE SERVICIO
Debemos observar que se consideraron necesarios ciertos requisitos morales y espirituales para cumplir con la función de servir a las mesas. Los oficios en el Nuevo Testamento siempre están en función del liderazgo de servicio. Los diáconos y los ancianos deben ser como Cristo, sirviendo a los demás antes que a sí mismos. Curiosamente, no se requiere ninguna cualidad especial de piedad para un cargo más que para el otro. Al enumerar la lista de cualidades espirituales necesarias en un diácono, Pablo replica las mismas calificaciones requeridas para los ancianos. Aparte del don de enseñanza, los diáconos deben reflejar los aspectos morales y espirituales más elevados de la piedad (1 Tim 3:8-12).

La distribución de la ayuda a las viudas en Hechos 6 sirve de modelo para el trabajo asignado a los diáconos en general: los diáconos deben demostrar su liderazgo en asuntos relacionados con la propiedad y el dinero, así como con la ayuda. Unas décadas más tarde, Pablo haría algunas matizaciones importantes en el ámbito del ministerio diaconal, especialmente entre las viudas (1 Tim 5:3-16). En 1 Timoteo 5, se habla de las viudas de la iglesia y no de las viudas en general. La principal cuestión en la que se insiste es la responsabilidad de la familia en el cuidado de las viudas. El diaconado no debe crear una cultura de derecho que abuse de los recursos de la iglesia. La familia es la principal fuente de esa ayuda. Los diáconos, por lo tanto, deben poseer dones espirituales de discernimiento y compasión, así como firmeza y resolución para tomar estas difíciles decisiones.

¿DIACONISAS?
¿Deben todos los diáconos ser hombres? Mientras que en el Nuevo Testamento no hay pruebas de que hubo mujeres ancianas, los datos relativos a los diáconos son un poco más ambivalentes. Pablo encomienda a su «hermana Febe» a la iglesia de Roma y la describe como «diaconisa de la iglesia en Cencrea» (Rom 16:1). La palabra «diaconisa» en griego es diakonos, un término que no puede significar más que el compromiso con el ministerio diaconal sin el requisito adicional de la ordenación al cargo. Además, al abordar las calificaciones para los diáconos en 1 Timoteo 3, Pablo añade calificaciones para las esposas de los diáconos (3:8-13, especialmente el v. 11), pero no hace ninguna calificación de este tipo cuando previamente se dirige a los ancianos en el mismo capítulo (3:1-7).

Algunos argumentan que el término para «mujeres» (griego gunaikas) puede tener el significado de «diaconisas» y que tal lectura tiene más sentido en el flujo del capítulo. Las denominaciones reformadas, como la mía (la Iglesia Reformada Presbiteriana Asociada), reconocen y ordenan a las diaconisas, y lo hacen por convicción exegética sin la menor sugerencia de que se siga necesariamente un argumento de «pendiente resbaladiza» en relación con tener a mujeres en el rol de ancianas.

ANCIANOS
Dejando a un lado la cuestión de si un «ministro» (o un «anciano docente» en el uso presbiteriano actual) es un oficio separado del de «anciano» (o «anciano gobernante») —un tema que requeriría varias páginas para tratarlo adecuadamente—, el Nuevo Testamento deja muy claro que uno de los oficios normativos en la Iglesia es el de anciano.

Los tres títulos del Nuevo Testamento para este cargo, que se utilizan indistintamente, son episkopos (supervisor u obispo), presbuteros (anciano) y poimén (pastor). Por ejemplo, los tres términos se utilizan para las mismas personas en Hechos 20:17 y 20:28. Esto por sí solo debería ser suficiente para disipar cientos de años de división y decenas de miles de páginas escritas en apoyo de la opinión de que estos términos se refieren a cargos distintos.

Pablo proporciona una lista de calificaciones morales y espirituales para los ancianos en 1 Timoteo 3:1-7 y Tito 1:5-9. Con los ancianos, al igual que con los diáconos, el liderazgo sin virtud es catastrófico. Ninguna cantidad de dones puede compensar la falta de integridad.

La única característica distintiva de un anciano (a diferencia de un diácono) es que debe ser «apto para enseñar» (1 Tim 3:2). ¿Pero qué significa esto?

No todos los ancianos «trabajan en la predicación y en la enseñanza» (1 Tim 5:17), un punto que sugiere que los que lo hacen puedan ocupar un oficio diferente al de anciano. Tal vez no debamos darle demasiada importancia a esto. Después de todo, los diáconos deben guardar el misterio de la fe con limpia conciencia (1 Tim 3:9), las mujeres mayores deben enseñar a las mujeres más jóvenes (Tit 2:4), y las congregaciones enteras deben enseñarse unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales (Col 3:16). De hecho, todo cristiano debe estar preparado para dar razón de la esperanza que tiene (1 Pe 3:15). La capacidad de enseñar no es suficiente para calificar a alguien para el cargo de anciano. Pero los ancianos deben tener claramente esta habilidad.

Mientras que la autoridad de los diáconos parece limitarse al cuerpo de la iglesia local al que pertenecen, hay ocasiones en las que la autoridad de los ancianos trasciende la congregación local. Por ejemplo, los ancianos que se reunieron en el concilio de Jerusalén (Hch 15:6-21) tomaron decisiones que afectaron a toda la Iglesia del Nuevo Testamento.

Por lo tanto, el liderazgo en la Iglesia del Nuevo Testamento descansa en los dos oficios: el de diácono y el de anciano. Asegurar que nuestras propias iglesias tengan ambos es un compromiso con nuestra sumisión a la enseñanza de la Escritura. Tener dirigentes piadosos y bien instruidos en la iglesia es un requisito básico. Todas las cosas deben hacerse decentemente y en orden (1 Co 14:40), y esto se aplica especialmente a la novia de Cristo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Derek Thomas
El Dr. Derek W.H. Thomas es ministro principal de First Presbyterian Church in Columbia, en Carolina del Sur, y es profesor rector de teología sistemática y pastoral en el Reformed Theological Seminary. Es profesor de Ligonier Ministries y autor de muchos libros, entre ellos How the Gospel Brings Us All the Way Home [Cómo el evangelio nos lleva a casa].

Liderar con convicción

El Blog de Ligonier

Serie: El liderazgo

Siervos fieles
Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El liderazgo

Cuando un líder entra en una habitación, más vale que entre con él la pasión por la verdad. El liderazgo auténtico no surge del vacío. El liderazgo que más importa es el que tiene convicciones, profundas convicciones. Esta cualidad del liderazgo surge de las creencias más profundas que dan forma a lo que somos y establecen nuestras creencias sobre todo lo demás. Las convicciones no son solo creencias; es decir, no son aquellas creencias que simplemente sostenemos. Por el contrario, las convicciones nos sostienen a nosotros. No sabríamos quiénes somos si no fuera por estas creencias fundamentales, estas convicciones, y sin ellas no sabríamos cómo liderar.

Los líderes cristianos reconocen que la convicción es esencial para nuestra fe y nuestro discipulado. Nuestra experiencia cristiana comienza con la creencia. El versículo más conocido del Nuevo Testamento, Juan 3:16, nos dice que Dios envió a Jesucristo, su único Hijo, «para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna». Cuando Pablo y Silas le dijeron a su aterrorizado carcelero cómo podía ser salvo, lo expresaron con una poderosa e inconfundible sencillez: «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo, tú y toda tu casa» (Hch 16:31).

El mandato a creer es fundamental en la Biblia. El cristianismo se basa en ciertas verdades no negociables, y esas verdades, una vez conocidas, se traducen en creencias. Las creencias que anclan nuestra fe son aquellas con las que estamos más apasionada y personalmente comprometidos, y estas son nuestras convicciones. No creemos en la creencia, como tampoco tenemos fe en la fe. Creemos en el evangelio y tenemos fe en Cristo. Nuestras creencias tienen sustancia y nuestra fe tiene un objeto.

En pocas palabras, una convicción es una creencia de la que estamos plenamente convencidos. No me refiero a que simplemente creamos que un determinado conjunto de afirmaciones sea cierto, sino que estamos convencidos de que estas verdades son esenciales y cambian la vida. Vivimos de estas verdades y estamos dispuestos a morir por ellas.

Pensemos en Pedro y Juan, los dos apóstoles que, pocos días después de la muerte y resurrección de Cristo, tuvieron el valor de enfrentarse al Sanedrín y desafiar su orden de no predicar acerca de Jesús en público. Dijeron a las autoridades que los arrestaban que simplemente no podían dejar de contar lo que habían «visto y oído» (Hch 4:20). Esas mismas convicciones son las que no permiten a los líderes cristianos callar hoy, incluso ante las amenazas y la oposición.

Justino Mártir, uno de los líderes de la Iglesia primitiva, también sirve como retrato del liderazgo conviccional. Mientras conducía a los miembros de su propia congregación a la ejecución a manos de las autoridades romanas, Justino animó a su gente con estas palabras: «Recordad que pueden matarnos, pero no pueden hacernos daño».

Ese es el auténtico liderazgo en su forma más clara: el liderazgo que lleva a la gente a la muerte, sabiendo que Cristo los vindicará y les dará el regalo de la vida eterna. Afortunadamente, la mayoría de nosotros nunca tendrá que experimentar ese tipo de desafío en el liderazgo.

Sin embargo, las convicciones siguen siendo las mismas y también la función de esos compromisos en la vida y el pensamiento del líder. Sabemos que estas cosas son tan ciertas que estamos dispuestos a arriesgarnos por ellas, a vivir por ellas, a liderar por ellas y, si es necesario, a morir por ellas.

El liderazgo que realmente importa se trata de convicción. El líder se ocupa, con razón, de todo, desde la estrategia y la visión hasta la creación de equipos, la motivación y la delegación. Pero en el centro del corazón y la mente del verdadero líder se encuentran las convicciones que impulsan y determinan todo lo demás.

Muchos de mis modelos de liderazgo por convicción más alentadores e instructivos los encuentro en la historia. A lo largo de mi vida, me he inspirado en el ejemplo de Martín Lutero, el gran reformador del siglo XVI, que estaba tan convencido de la autoridad de la Biblia que estuvo dispuesto a presentarse ante el intimidante tribunal de autoridades religiosas que lo juzgó, e incluso a enfrentarse al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, declarando: «Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa, que Dios me ayude».

Aquí estoy. Esas palabras son un manifiesto del liderazgo por convicción. Pero Lutero no solo estuvo dispuesto a ponerse en pie; estuvo dispuesto a liderar a la Iglesia en un proceso de reforma valiente.

Cuando era adolescente, vi la película El hombre de los dos reinos, basada en la obra de Robert Bolt. La historia trata de los últimos años de Sir Thomas More y su juicio por traición. El ex canciller de Inglaterra se ganó la furia del rey Enrique VIII por negarse a prestar el juramento de supremacía, que declaraba al rey como gobernador supremo de la Iglesia. Más tarde supe que el propio More había perseguido a los luteranos y a William Tyndale, el gran traductor de la Biblia al inglés. La versión de Bolt sobre Thomas More no contaba toda la verdad, pero desde la primera vez que vi esa película hasta ahora, me sigue inspirando el ejemplo que dio More al ir al cadalso por ser fiel a sus convicciones. Frente a la multitud reunida para presenciar su ejecución, declaró: «El rey me ha ordenado ser breve, y como soy obediente servidor del rey, breve seré. Muero como buen siervo de su majestad, pero primero está Dios».

Ese es el tipo de convicción que hace la diferencia. Lamentablemente, demasiados líderes de hoy parecen tener poca idea de lo que creen, o parecen estar impulsados por una convicción poco clara y discernible. ¿Cuántos de los líderes actuales son conocidos por las convicciones por las que están dispuestos a morir, o incluso a vivir?

A los líderes se les puede dividir entre aquellos que simplemente ocupan un cargo o posición y aquellos que tienen grandes convicciones. La vida es demasiado corta para prestar atención a los líderes que defienden poco o nada, a los que buscan el siguiente programa, que siguen la última moda de liderazgo, que prueban una idea tras otra, pero que no están impulsados por convicciones profundas.

Quiero ser un líder que importe, liderar de forma que marque la diferencia precisamente porque esas convicciones importan. Si lo piensas, casi todos los líderes que hoy son recordados como hitos en la historia fueron líderes cuyas convicciones sobre la vida, la libertad, la verdad y la dignidad humana cambiaron la historia.

Ese es el único liderazgo que importa. Los líderes con convicciones impulsan a la acción precisamente porque están impulsados por convicciones profundas, y su pasión por estas convicciones se transfieren a sus seguidores, que se unen en una acción concertada para hacer lo que saben que es correcto. Y saben que es lo correcto porque saben lo que es verdadero.

¿Cómo podría un líder cristiano estar satisfecho con algo menos que esto? Los cargos, los oficios y los títulos se desvanecen más rápido que la neblina.

Una vez llevé a mi hijo, Christopher, de viaje a Nueva York. En varios lugares, nos encontramos con estatuas y monumentos de hombres que fueron, en algún momento, famosos o poderosos. La mayoría ha desaparecido de la memoria de todos, y sus imágenes se mezclan ahora con el paisaje neoyorquino, por el que pasan millones de personas sin siquiera notarlas.

La mayoría de los estadounidenses consideran que el presidente de los Estados Unidos ocupa el más alto cargo de liderazgo secular que existe. Pero ¿cuántos estadounidenses pueden nombrar siquiera veinte o treinta de los cuarenta y cinco hombres que han ocupado ese cargo? ¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a alguien mencionar a Chester A. Arthur o a William Henry Harrison?

Sí recordamos a aquellos que fueron conocidos por sus convicciones y por el valor que esas convicciones produjeron. Este mismo principio puede extenderse a todos los cargos y posiciones de liderazgo imaginables. Sin convicción, nada importa realmente, y nada de importancia se transmite.

Creo que el liderazgo consiste en poner en práctica las creencias correctas y saber, sobre la base de las convicciones, cuáles son esas creencias y acciones correctas. Demasiado de lo que pasa por liderazgo hoy en día es mera gestión. Se puede gestionar sin convicciones, pero no se puede liderar de verdad.

Para los líderes cristianos, este enfoque en la convicción es aún más importante. No podemos liderar de una manera que sea fiel a Cristo y eficaz para el pueblo de Dios si no estamos profundamente comprometidos con la verdad cristiana. No podemos liderar fielmente si primero no creemos fielmente y si no estamos profundamente comprometidos con la verdad cristiana.

Al mismo tiempo, hay muchos cristianos que se sienten llamados a liderar y están apasionadamente comprometidos con las verdades correctas, pero simplemente no están seguros de hacia dónde ir. El punto de partida del liderazgo cristiano no es el líder, sino las verdades eternas que Dios nos ha revelado: las verdades que permiten que el mundo tenga sentido para nosotros, enmarcan nuestra comprensión y nos impulsan a la acción.

El apóstol Pablo animó a los tesalonicenses a saber que el evangelio había llegado a ellos, «no [solo] en palabras, sino también en poder y en el Espíritu Santo y con plena convicción » (1 Tes 1:5). Como líder cristiano, eso es lo que espero y ruego que sea cierto en mi caso, y en el tuyo también. Quiero liderar «con plena convicción».

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Albert Mohler
El Dr. R. Albert Mohler Jr. es presidente y profesor Joseph Emerson Brown de teología cristiana en The Southern Baptist Theological Seminary [El Seminario Teológico Bautista del Sur] en Louisville, Ky. Es el anfitrión de The Briefing y autor de muchos libros, incluyendo We Cannot Be Silent.

Siervos fieles

El Blog de Ligonier

Serie: El liderazgo

Siervos fieles
Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El liderazgo

Hemos entrado en una nueva era de la historia moderna. Esta era está marcada por un enorme vacío de liderazgo, pero también por una aversión hacia la noción misma de liderazgo. Es más, existe una tendencia que va en aumento, de celebrar a los líderes autoproclamados y que han demostrado falta de integridad, y que han ignorado y faltado el respeto a los líderes fieles y veteranos cuya integridad se ha demostrado a lo largo de décadas. Se desprecia a los líderes de valor y convicción y se idolatra a los líderes que ceden y hacen concesiones. Ahora vivimos en un mundo que aplaude a los Chamberlain y se burla de los Churchill. Si esto fuera cierto solo en el mundo, quizás sería soportable, pero tristemente también es cierto en la iglesia y en el hogar.

Algunos cristianos han llegado a insinuar que el liderazgo no es una categoría bíblica, sugiriendo que el servicio debería desplazar la noción de liderazgo. Sin embargo, tal proposición no solo crea un falso dilema, sino que socava la Escritura, que nos enseña que el papel de líder es designado por Dios. Los líderes deben dirigir con diligencia, y los que están bajo los líderes deben obedecerles y someterse a ellos e imitarles (Rom 12:8; 1 Co 12:28; Heb 13:7-24). Aunque todos hemos visto un mal liderazgo y a veces hemos experimentado el abuso de poder de un líder, debemos reconocer que Dios ha designado líderes en el mundo, el gobierno, el lugar de trabajo, la escuela, la iglesia y el hogar. Como cristianos, no podemos permitirnos caer en la trampa del cinismo que cuestiona toda autoridad y nos deja revolcándonos en el fango de nuestra autoproclamada autoridad. Todos estamos bajo autoridad y todos tenemos líderes a los que debemos rendir cuentas. Del mismo modo, todos los líderes están bajo la autoridad de Dios y en última instancia son responsables ante Él.

El liderazgo y el servicio no se excluyen el uno al otro. Los líderes son, ante todo, siervos de Dios que sirven liderando. La cualidad más esencial del liderazgo es la humildad, y la auténtica humildad se manifiesta con valor, compasión y convicción. Un líder fiel es un líder humilde que dirige con amor, no inspirando temor. Un líder fiel no se preocupa por caer bien a todo el mundo. Un líder fiel sabe delegar, confía en quienes ha delegado y no le preocupa quién se lleve el mérito. Un líder fiel conoce sus defectos y pecados y lleva una vida de arrepentimiento y perdón. En definitiva, un líder fiel es un seguidor fiel de Jesucristo, quien nos ha guiado sirviéndonos con humildad, sacrificio y alegría.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

¡No soy pobre, sino rico!

Miércoles 15 Junio
Ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos.
2 Corintios 8:9
La bendición del Señor es la que enriquece.
Proverbios 10:22
¡No soy pobre, sino rico!
Un capellán de prisión cuenta lo siguiente:

“A principios del siglo 20, en un momento de crisis demencial causada por ingerir alcohol, Ernest mató a su compañero de fábrica, quien además era su mejor amigo. Un pastor lo visitó en la cárcel y le dio un Nuevo Testamento, pero Ernest no le dio ninguna importancia. Su mujer, que era cristiana, le aconsejó leerlo para “encontrar en él el perdón y la paz”. Por la gracia de Dios, la luz resplandeció en él. Como estaba condenado a muerte, solo tenía la perspectiva de ser ahorcado. Sin embargo, parecía tan sereno que sus guardias se sorprendieron. Su pena de muerte fue cambiada en cadena perpetua, y fue trasladado a la colonia penal de la Guyana francesa.

Allí los guardianes dieron testimonio de su buena conducta y de la ayuda que prodigaba a su alrededor. Sus compañeros lo envidiaban porque se le veía muy feliz. Todo el mundo sabía que leía la Biblia todos los días; él no perdía ninguna ocasión para evangelizar y enseñar a sus compañeros de prisión.

 – Ese preso me hace bien incluso a mí, decía el capellán, quien un día lo trató con compasión diciéndole “¡pobre Ernest!”.

Ernest respondió: -No diga “pobre, sino rico”, señor capellán. Soy rico desde que entregué mi corazón a Dios. Si saliendo de la cárcel tuviese que perder a Dios, preferiría quedarme en la cárcel… El capellán declaró más tarde: -Raramente asistí a semejante triunfo del Evangelio”.

Levítico 25:1-28 – Efesios 4:1-16 – Salmo 71:7-11 – Proverbios 17:11-12

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