¿Qué es la regeneración de acuerdo a la Biblia?

Got Questions

Nicodemo «NAcer de nuevo»

¿Qué es la regeneración de acuerdo a la Biblia?

Otra palabra para regeneración es segundo nacimiento, relacionada con la frase bíblica «nacer de nuevo». Nuestro segundo nacimiento se distingue de nuestro primer nacimiento, cuando fuimos concebidos físicamente y heredamos nuestra naturaleza pecaminosa. El nuevo nacimiento es uno que es celestial, espiritual y santo, que resulta en la vivificación espiritual de nuestro ser. El hombre en su estado natural está «muerto en delitos y pecados» hasta que sea «vivificado» (regenerado) por Cristo. Esto sucede cuando él pone su fe en Cristo (Efesios 2:1).

La regeneración es un cambio radical. Tal como nuestro nacimiento físico resultó en un nuevo individuo entrando en un mundo terrenal, nuestro nacimiento espiritual resulta en una nueva persona que entra en el reino celestial (Efesios 2:6). Después de la regeneración, comenzamos a ver, a oír y a buscar las cosas celestiales; empezamos a vivir una vida de fe y de santidad. Ahora Cristo está formado en los corazones; ahora somos partícipes de la naturaleza divina, habiendo sido hechos nuevas criaturas (2 Corintios 5:17). Dios y no el hombre, es el origen de esta transformación (Efesios 2:1,8). El gran amor de Dios y Su don gratuito, Su abundante gracia y misericordia, son la causa del nuevo nacimiento. El gran poder de Dios, que resucitó a Cristo de entre los muertos, se ve en la regeneración y en la conversión de los pecadores (Efesios 1:19-20).

La regeneración es necesaria. La carne humana pecaminosa no puede permanecer en la presencia de Dios. En su conversación con Nicodemo, Jesús dijo dos veces que un hombre debía nacer de nuevo para ver el reino de Dios (Juan 3:3,7). La regeneración no es opcional, porque «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (Juan 3:6). El nacimiento físico nos equipa para la tierra; el nuevo nacimiento espiritual nos prepara para el cielo. Ver Efesios 2:1; 1 Pedro 1:23; Juan 1:13; 1 Juan 3:9; 4:7; 5:1, 4, 18.

La regeneración es parte de lo que Dios hace por nosotros en el momento de salvación, junto con el sello del Espíritu Santo (Efesios 1:13), la adopción (Gálatas 4:5), la reconciliación (2 Corintios 5:18-20), etc. La regeneración es lo que Dios hace para que una persona viva espiritualmente, como resultado de la fe en Jesucristo. Antes de la salvación, no éramos hijos de Dios (Juan 1:12-13); más bien, éramos hijos de ira (Efesios 2:3; Romanos 5:18-20). Antes de la salvación, estábamos perdidos; después de la salvación somos regenerados. El resultado de la regeneración es la paz con Dios (Romanos 5:1), nueva vida (Tito 3:5; 2 Corintios 5:17), y el ser Sus hijos eternamente (Juan 1:12-13; Gálatas 3:26). Con la regeneración inicia el proceso de la santificación, por medio de la cual nos convertimos en las personas que Dios quiere que seamos (Romanos 8:28-30).

La única forma para la regeneración es por medio de la fe en la obra completa de Cristo en la cruz. Regenerar el corazón no se logra por la cantidad de buenas obras o por guardar la ley. «Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él (Dios)» (Romanos 3:20). Sólo Cristo ofrece una cura para la depravación total del corazón humano. No tenemos necesidad de renovación, de reforma o de reorganización; necesitamos un nuevo nacimiento.

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El Credo de Atanasio

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VII

El Credo de Atanasio

Atanasio

Por R.C. Sproul

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VII

Desde que las epístolas del Nuevo Testamento fueron escritas, los cristianos han recibido consejo sobre cómo deben vivir la vida cristiana. ¿Cuánto debemos orar? ¿Cuán lejos podemos llegar en el logro de la santidad bíblica en esta vida? ¿Es la perfección un Quicumque vult: esta frase es el título atribuido a lo que se conoce popularmente como el Credo de Atanasio. A menudo se le llamaba Credo de Atanasio porque durante siglos la gente atribuyó su autoría a Atanasio, el gran campeón de la ortodoxia trinitaria durante la crisis de la herejía del arrianismo que estalló en el siglo IV. Esa crisis teológica se centró en la naturaleza de Cristo y culminó en el Credo Niceno en el 325. En el Concilio de Nicea de ese año, el término homoousios fue la palabra polémica que finalmente se vinculó a la confesión de la Iglesia sobre la persona de Cristo. Con esta palabra, la Iglesia declaró que la segunda persona de la Trinidad tiene la misma sustancia o esencia que el Padre, afirmando así que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son iguales en ser y en eternidad. Aunque Atanasio no escribió el Credo Niceno, él fue su principal campeón contra los herejes que siguieron a Arrio, quienes argumentaron que Cristo era una criatura exaltada pero menos que Dios.

Atanasio murió en el año 373 d. C., y el epitafio que apareció en su lápida es famoso hoy en día, ya que captura la esencia de su vida y ministerio. Decía simplemente: «Atanasius contra mundum», es decir, «Atanasio contra el mundo». Este gran líder cristiano sufrió varios exilios durante la amarga controversia arriana debido a la firme profesión de fe que mantuvo en la ortodoxia trinitaria.

Aunque el nombre de «Atanasio» se le dio al credo a lo largo de los siglos, los estudiosos modernos están convencidos de que el Credo de Atanasio fue escrito después de la muerte de Atanasio. Ciertamente, la influencia teológica de Atanasio está incrustada en el credo, pero con toda probabilidad él no fue su autor. El título que presenta, Quicumque Vult, sigue la tradición que la Iglesia católica romana utiliza para las encíclicas y los credos. Estas afirmaciones eclesiásticas obtienen su nombre de la primera palabra o palabras del texto latino. El Credo de Atanasio comienza con las palabras quicumque vult, que significa «todo el que quiera o, quienquiera que desee», debido a que esta frase introduce la primera afirmación del Credo Atanasiano. La afirmación es esta: «Todo el que quiera salvarse debe, ante todo, guardar la fe católica». El Credo Atanasiano busca presentar de manera resumida aquellas doctrinas esenciales para la salvación que la Iglesia afirma con referencia específica a la Trinidad.

Con respecto a la historia de los orígenes del Credo Atanasiano, en la actualidad generalmente se considera que el credo se escribió por primera vez en el siglo V, aunque también es posible que haya sido en el siglo VII, ya que el credo no aparece en los anales de historia sino hasta el año 633, en el cuarto Concilio de Toledo. Fue escrito en latín y no en griego. Si fue escrito en el siglo V, varios posibles autores han sido mencionados debido a la influencia de su pensamiento, incluyendo a Ambrosio de Milán y Agustín de Hipona, pero más probablemente fue escrito por el santo francés Vicente de Lerins.

El contenido del Credo Atanasiano enfatiza la afirmación sobre la Trinidad de que todos los miembros de la Deidad son considerados increados y coeternos y de la misma sustancia. En la afirmación de la Trinidad, la naturaleza dual de Cristo recibe una importancia central. Así como el Credo Atanasiano en un sentido reafirma las doctrinas de la Trinidad expuestas en el siglo IV en Nicea, así también recapitula las fuertes afirmaciones del Concilio de Calcedonia en el siglo V (451). Luego de que la Iglesia luchó contra la herejía arriana en el siglo IV, el siglo V produjo las herejías del monofisismo, que redujeron a la persona de Cristo a una sola naturaleza, mono fisis, una sola naturaleza teantrópica (Dios-hombre) que no era puramente divina ni puramente humana. En la herejía monofisita de Eutiques, la persona de Cristo era vista como una persona con una sola naturaleza, la cual no era ni verdaderamente divina ni verdaderamente humana. Desde este punto de vista, las dos naturalezas de Cristo se confundieron o se mezclaron. Al mismo tiempo que la Iglesia luchaba contra la herejía monofisita, también luchaba contra la visión opuesta, el nestorianismo, la cual buscaba no tanto confundir y mezclar las dos naturalezas sino separarlas, llegando a la conclusión de que Jesús tenía dos naturalezas y era por lo tanto dos personas, una humana y una divina. Tanto la herejía monofisita como la herejía nestoriana fueron claramente condenadas en el Concilio de Calcedonia en el 451, donde la Iglesia, reafirmando su ortodoxia trinitaria, declaró su creencia de que Cristo, o la segunda persona de la Trinidad, era vere homo y vere Deus, verdadero hombre y verdadero Dios. Además, declaró que las dos naturalezas en su perfecta unidad coexistían sin mezcla, confusión, separación o división, cada naturaleza conservando sus propios atributos. Así que con una afirmación de credo se condenó tanto la herejía del nestorianismo como la herejía del monofisismo.

El Credo Atanasiano reafirma las distinciones establecidas en Calcedonia, en donde la declaración atanasiana llama a Cristo «perfecto Dios y perfecto hombre». A los tres miembros de la Trinidad se les considera increados y, por lo tanto, coeternos. También, luego de las afirmaciones anteriores, se declara que el Espíritu Santo procede del Padre «y del Hijo», afirmando el concepto llamado filioque que fue tan controversial con la ortodoxia oriental. La ortodoxia oriental hasta el día de hoy no acepta la idea filioque.

Finalmente, los estándares atanasianos examinaron la encarnación de Jesús y afirmaron que en el misterio de la encarnación la naturaleza divina no mutó o cambió a una naturaleza humana, sino que la naturaleza divina inmutable tomó sobre sí misma una naturaleza humana. Es decir, en la encarnación la naturaleza divina asumió una naturaleza humana y no hubo mutación de la naturaleza divina en una naturaleza humana.

El Credo Atanasiano es considerado uno de los cuatro credos autoritativos de la Iglesia católica romana y, de nuevo, declara en términos concisos lo que es necesario creer para ser salvo. Aunque el Credo Atanasiano no recibe tanta publicidad en las iglesias protestantes, prácticamente todas las iglesias protestantes históricas afirman las doctrinas ortodoxas de la Trinidad y la encarnación.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

La Regla benedictina

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VI

La Regla benedictina

Por W. Andrew Hoffecker

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VI

esde que las epístolas del Nuevo Testamento fueron escritas, los cristianos han recibido consejo sobre cómo deben vivir la vida cristiana. ¿Cuánto debemos orar? ¿Cuán lejos podemos llegar en el logro de la santidad bíblica en esta vida? ¿Es la perfección un objetivo alcanzable? ¿Acaso el cristianismo se vive mejor en circunstancias normales de familia, matrimonio y vocación, o en un aislamiento ermitaño de los demás, o en comunidades formadas específicamente con el propósito de fomentar la oración, la adoración y el trabajo?

Estas sociedades tribales —ya sean europeas, africanas o americanas— solían ser gobernadas por «jefes» locales (a los cuales los europeos llamaban «reyes») junto con un consejo de guerreros. Solían tener religiones que contemplaban el culto a la naturaleza, lazos familiares complejos y una serie de costumbres primitivas. Si por ejemplo tienes sangre irlandesa, tus antepasados vivieron hace mucho tiempo en chozas hechas con piel de animales, se pusieron pinturas de guerra y coleccionaron cráneos humanos. Si tienes sangre alemana, tus antepasados pudieron haberse ganado la vida saqueando a sus vecinos y probablemente practicaron el sacrificio humano.

Surgieron dos tipos de vida monástica. Antonio Abad (fallecido c. 356), amigo cercano de Atanasio, el famoso oponente del arrianismo, fundó el monaquismo en Egipto al retirarse al desierto y renunciar a las comodidades materiales a fin de mantener una vida austera de autodisciplina. Modeló la vida cristiana como una especie de existencia ermitaña, una búsqueda solitaria de la santidad por medio del ayuno, la oración y la lucha contra las fuerzas demoníacas. Atanasio ayudó a diseminar este modelo ermitaño a través de su muy popular libro La vida de San Antonio Abad. Inspirados por el ejemplo de Antonio Abad, miríadas de individuos huyeron de las ciudades, vivieron en cuevas, en la cima de columnas o pilares (estilismo) y en otros lugares aislados.

Por otro lado, Pacomio, un exsoldado, comenzó el primer monaquismo comunal a principios del siglo IV. Fundó diez monasterios y adoptó una regla o código de disciplina donde los monjes no vivían en aislamiento sino en comunidades. Siguiendo el ejemplo de la Iglesia primitiva, los monjes trabajaban, oraban y comían juntos compartiendo sus posesiones, todo bajo la supervisión estricta del abad, el encargado del monasterio. La motivación detrás de ambas formas de monaquismo fue el deseo de una santificación personal manifestada por medio de tres votos austeros: de pobreza (deshacerse de los bienes mundanos), de castidad (abstenerse del matrimonio y la vida familiar) y de obediencia (vivir de acuerdo a las estrictas normas de la orden).

En la parte oriental del Imperio, el monaquismo se institucionalizó bajo la Regla de Basilio de Capadocia (316-397) y asumió una forma mística. Tomando a 2 Pedro 1:4 como su modelo, los monjes en el monaquismo oriental estaban dedicados a la oración, la meditación, el ayuno y otras disciplinas ascéticas con el objetivo específico de «ser partícipes de la naturaleza divina». La teosis o deificación —alcanzar la unión con Dios— asumió una importancia primaria. Atanasio resumió este principio en su frase célebre: «El Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios». Él no quiso decir que nos convertiremos en Dios de manera ontológica (es decir, en nuestro ser), sino que por medio de la comunión con Cristo, los creyentes pueden estar «en Cristo» y ser conformados a Su imagen. 

El monaquismo en el Occidente asumió un patrón más práctico. Jerónimo, por ejemplo, al traducir la Biblia al latín y escribir varios comentarios, unió la erudición con la vida comunal. Él influyó a muchos aristócratas romanos para que distribuyeran sus riquezas a los pobres y convirtieran sus magníficas casas en monasterios. Juan Calvino elogió estas formas primitivas de monaquismo en sus Instituciones (4.8-10) por la devoción rigurosa que fomentaban y por el hecho de que funcionaban como «universidades monásticas», preparando a hombres para el ministerio pastoral. Al suministrar clero para las iglesias, produjeron «grandes y destacados hombres de su época». Él contrastó la defensa de Agustín de la vida simplista del siglo IV con la proliferación de los reglamentos y la corrupción que impregnaron las órdenes monásticas en el siglo XVI.

Con este trasfondo, estamos listos para considerar a quien pudiera ser el proponente más prominente del monaquismo occidental, Benito (480-547) de Nursia, un pueblo al norte central de Italia. Bajo su influencia, el monaquismo asumió una forma más práctica y se convirtió en el patrón universal en Europa. Benito (también conocido como Benedicto) es de tal importancia que dieciséis papas, incluyendo el anterior pontífice, han asumido su nombre y han intentado replicar su labor en el ejercicio de su papado. Benito comenzó como estudiante en Roma pero huyó de lo que consideraba la vida degenerada de la ciudad para vivir como un ermitaño en una gruta desolada en Subiaco. Al igual que Antonio, luchó poderosamente contra las tentaciones de las fuerzas demoníacas y luchó por controlar sus pasiones.

Sin embargo, abandonó su vida solitaria después de tres años convencido de que, aunque algunos pudieran buscar la perfección por sí solos, el creyente ordinario necesitaba una comunidad disciplinada. La severidad de su devoción y la fama de su predicación, la alimentación de los pobres y la sanidad de los enfermos resultaron en la eliminación del paganismo local, la conversión de muchos al cristianismo y la formación de doce monasterios habitados por aquellos atraídos por su ejemplo.

Finalmente, en 529, fundó el famoso monasterio de Montecasino, la sede central de la Orden benedictina ubicada en el sureste de Roma. Su mayor logro fue la redacción de la Regla que lleva su nombre, la cual se basó en las reglas anteriores de Basilio y Agustín. Benito intentó capturar en su Regla los principios y prácticas fundamentales enseñadas en la Biblia como un estilo de vida; esto unió a individuos de mentes afines en un contexto comunitario. 

En setenta y tres breves capítulos, la Regla crea una comunidad en la cual el culto y el trabajo funcionaban como focos gemelos de la vida cristiana bajo la supervisión del abad. Puesto que los monjes se apegan a las reglas de la Orden, todas las propiedades se tienen en común y cada uno es tratado con igualdad sin importar su rango terrenal. La Regla une a todos sus miembros como una familia y regula virtualmente cada aspecto de su vida juntos. Para asegurar que una disciplina estricta y la cooperación armoniosa impregnen la vida comunitaria, Benito une la humildad con la obediencia: «Un monje deberá, no solo en su corazón sino también con su cuerpo, siempre mostrar humildad delante de todos, es decir, en el trabajo, en el oratorio, en el monasterio, en el jardín, en el camino, en los campos». Dividió el día de los monjes en varios segmentos: adoración colectiva, canto de salmos, meditación y oración (siete horas a causa de una interpretación literal del Salmo 119:164: «Siete veces al día te alabo…»), trabajo manual (seis o siete horas) con una comida (sin carne) al medio día. 

La adoración estaba en el centro de la vida. Once de los setenta y tres capítulos regulan su oración pública. A pesar de que no quería reducir la oración a un sistema rígido, Benito estableció algunos parámetros claros. Todo el Salterio, por ejemplo, era recitado semanalmente para que la oración permeara su vida diaria. Para protegerse de un celo desbalanceado, la Regla dice: «…en comunidad abréviese la oración en lo posible». Con el fin de incorporar la oración a la vida completa de sus monjes, Benito ideó un esquema de oración que se conoció como «los oficios diarios» o «las horas canónicas» que formaba el «Oficio divino» (hoy denominado «liturgia de las horas»): distintas horas de oración intercaladas a lo largo del día para que no existiera ningún gran intervalo sin oración colectiva. La devoción diaria del monje comenzaba con las Nocturnas temprano en la mañana, seguido por el Laudes antes del amanecer, la Prima a las seis de la mañana, la Tercia a media mañana, la Sexta antes del mediodía, la Víspera en la tarde y la Completa antes de retirarse por el día. 

El estilo de vida en el monasterio era simple y libre de medidas extremas. La semana tenía dos días de ayuno. Las labores de los monjes en las mañanas y tardes asumían una variedad de formas que abarcan tareas domésticas, trabajo manual en los campos, la formación de los niños (este fue el comienzo de las escuelas monásticas), iniciativas literarias y la predicación a la gente de la comunidad en general. Al no exigir tareas específicas, la Regla de Benito permitía una libertad considerable a los monjes siempre y cuando el trabajo fuera consistente con su vida comunal y la observación de los oficios diarios. Al ordenar el trabajo, la Regla buscaba seguir el mandato de Pablo de trabajar para evitar la ociosidad. Dos ancianos hacían rondas para asegurarse que los hermanos se ocuparan de sus respectivas labores. Esto originó el dicho laborare est orare, «trabajar es orar». 

Así que el monaquismo comenzó como un medio por el cual individuos y grupos cumplían las demandas bíblicas de una vida santa. Para el siglo VI, a través de la Regla de Benito, la vida monástica se esparció por toda Europa. A pesar de que los ideales de pobreza, castidad y obediencia se institucionalizaron y fueron considerados incorrectamente como mayores en valor y efectividad que las vocaciones ordinarias, la integración de la adoración y el trabajo como medios igualmente importantes por medio de los cuales los creyentes sirven y glorifican al Señor, sigue como un vívido recordatorio de las demandas sociales de la vida neotestamentaria. Las órdenes monásticas cayeron en diversos tipos de corrupción a medida que transcurría la Edad Media y fueron reformadas con el surgimiento de nuevas órdenes e interpretaciones más estrictas de la Regla benedictina original. Pero en su mejor momento, el monaquismo continuó proporcionando modelos para la vida cristiana por medio de los cuales figuras posteriores como Bernardo de Claraval mantuvieron la luz del evangelio ardiendo. 

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
W. Andrew Hoffecker
W. Andrew Hoffecker

El Dr. Andrew Hoffecker es profesor de historia de la Iglesia en Reformed Theological Seminary en Jackson, Mississippi. Él es el autor de Revolutions in Worldview.

De regreso a la barbarie

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VI

De regreso a la barbarie

Por Gene Edward Veith

La Era de las Tinieblas

Nosotros, los cristianos occidentales, hemos estado enviando misioneros a diferentes culturas alrededor del mundo para difundir el evangelio. A menudo olvidamos que, a menos que tengamos un trasfondo judío, nuestras propias culturas fueron originalmente evangelizadas por misioneros. Y esto es especialmente cierto para aquellos que tenemos ancestros ingleses, celtas, germanos, franceses, escandinavos o de cualquiera de las otras tribus europeas que los romanos solían denominar «bárbaros». Aquellas sociedades tribales antiguas eran muy parecidas a las de África o a las de los nativos de los Estados Unidos.

Estas sociedades tribales —ya sean europeas, africanas o americanas— solían ser gobernadas por «jefes» locales (a los cuales los europeos llamaban «reyes») junto con un consejo de guerreros. Solían tener religiones que contemplaban el culto a la naturaleza, lazos familiares complejos y una serie de costumbres primitivas. Si por ejemplo tienes sangre irlandesa, tus antepasados vivieron hace mucho tiempo en chozas hechas con piel de animales, se pusieron pinturas de guerra y coleccionaron cráneos humanos. Si tienes sangre alemana, tus antepasados pudieron haberse ganado la vida saqueando a sus vecinos y probablemente practicaron el sacrificio humano.

Pero entonces llegaron los misioneros trayendo las buenas nuevas de Cristo. Frecuentemente, la primera oleada de misioneros a las tribus sería martirizada, pero los misioneros continuaron llegando hasta que finalmente el cristianismo se afianzó cambiando no solo a los creyentes, de manera individual, sino a la cultura completa.

De hecho, muchas de estas tribus vinieron adonde estaban los cristianos. Cuando Roma sucumbió a manos de los bárbaros en el 476 d. C., se dio inicio al periodo conocido como la «Era de las Tinieblas», llamado así debido a la desintegración de la civilización clásica, el colapso del orden social a gran escala y el dominio de las tribus bárbaras. Sin embargo, la Era de las Tinieblas llegó a su fin cuando esas tribus bárbaras aceptaron el cristianismo. Esto dio inicio a una nueva civilización, conocida como la Edad Media.

Los eruditos ahora saben que la Era de las Tinieblas no fue tan oscura como se había pensado inicialmente, pues hubo mucho aprendizaje y vitalidad cultural entre las diversas tribus europeas. Pero la luz en la Era de las Tinieblas se hizo visible bajo la influencia del cristianismo, el cual frenó la cultura de violencia de las tribus, estableció un estado de derecho e introdujo la educación. 

El final de la Era de las Tinieblas y el comienzo de la Edad Media es considerado generalmente como el reinado de Carlomagno (742-814), quien reconstituyó un Sacro Imperio Romano y convirtió a la última de las mayores resistencias germánicas: los sajones. Esto lo hizo derrotándolos en batalla y obligándolos a bautizarse, lo cual es una técnica de iglecrecimiento que, como otras, puede tener sus desventajas teológicas, pero que parece haber sido utilizada con los sajones. Esa tribu de tercos resistentes al evangelio nos daría más tarde a Martín Lutero y a la Reforma. 

Gracias a Beda el Venerable y a su Ecclesiastical History of the English People [Historia eclesiástica del pueblo inglés], tenemos el relato detallado de cómo fue llevado el evangelio a Inglaterra. Tal parece que allá en Roma (que continuó existiendo incluso después de que el último emperador fuera depuesto), un joven cristiano llamado Gregorio observaba el mercado de esclavos. Él notó que habían esclavos de pelo rubio y ojos azules, rasgos que él, como italiano, no había visto antes. Al preguntar quiénes eran, le dijeron: «son anglos». Gregorio respondió que el nombre le parecía acertado ya que parecían ángeles. El juego de palabras funciona tanto en latín como en inglés, es decir, anglosajón; pues estos esclavos habían sido tomados de la tierra de los anglos, es decir, de Inglaterra.

Más tarde, este Gregorio llegaría a ser papa, Gregorio Magno, lo que lo dejó en una posición desde la cual podría hacer lo que había estado en su corazón desde aquel día que estuvo en el mercado de esclavos: enviar misioneros para llevar el evangelio de Cristo a la tierra de los anglos. 

De modo que, en el año 596 d. C., envió un grupo de misioneros a cargo de un hombre llamado Agustín —el cual no debe confundirse con el gran teólogo del norte de África, Agustín de Hipona— que se dio a conocer desde su campo misionero como Agustín de Canterbury. Él no fue martirizado; más bien, su mensaje fue recibido con alegría.

Beda relata cómo Agustín le predicó al rey de Northumbria, el cual consultó con su concilio si debían aceptar o no esta nueva religión. El principal sacerdote pagano le confesó que sus dioses nunca le habían hecho ningún bien, y uno de los hombres del rey le dijo que la vida le parecía como un gorrión que vuela a través de la sala de banquetes, entrando por una puerta y saliendo por la otra. El ave sale de la oscuridad, a un lugar de luz —donde arde el fuego y la gente celebra— pero ese breve momento de placer es fugaz, mientras el ave vuela de regreso a la oscuridad. «Así que la vida de los hombres aparece por un breve espacio», concluyó, «pero de lo que ocurrió antes o de lo que sucederá después somos ignorantes. Por lo tanto, si esta nueva doctrina contiene algo más de certeza, entonces merece ser seguida».

El gorrión volando a través de la sala de banquetes, desde y hacia la oscuridad, capta muy bien la cosmovisión de nuestros tiempos, quince siglos más tarde. C. S. Lewis dijo que si definimos la Era de las Tinieblas como el período en el cual el aprendizaje clásico había sido olvidado, entonces estamos en una nueva era de las tinieblas. Y a juzgar por nuestro arte, nuestra educación, nuestras costumbres y nuestra moralidad, pareciera que ciertamente vamos de regreso a la barbarie.

No obstante, así como en la primera Era de las Tinieblas, dependerá de los cristianos mantener vivos el aprendizaje y la civilización y traer luz a aquellos que están en oscuridad. 

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Gene Edward Veith
Gene Edward Veith

El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.

¿Qué Es El Sexo?

Evangelio Blog

¿Qué Es El Sexo?

Por Wyatt Graham

Quiero definir algo que en un nivel es bastante simple, pero en otro nivel puede ser difícil de entender. Quiero definir el sexo. No, no esa clase de sexo. Me refiero a sexo masculino y femenino. El género, en nuestro discurso moderno, a menudo se refiere a las propiedades accidentales y a veces deseadas de los seres humanos. El sexo, sin embargo, apunta a una realidad concreta sobre la base de normas biológicas y metafísicas para hombres y mujeres.

Zanja

Pero incluso hablar de estas cosas corre el riesgo de caer a ambos lados de una zanja. Por un lado, el patriarcalismo abraza el poder centrado en el hombre en aras de la explotación. Debo señalar que no todas las sociedades patriarcales lo han hecho en su conjunto. Pero me refiero específicamente a la definición más nueva y tan fugaz del patriarcalismo. Algunos querrán rechazar mi definición ahistórica. Que así sea.

En el otro lado yace la indiferencia hacia el sexo. Como dice la historia actual, los poderes sexuales sólo existen como propiedades accidentales, las cuales pueden cambiar y mutar. Un hombre puede convertirse en una mujer o incluso en un animal irracional. Sin embargo, este punto de vista malinterpreta la naturaleza del sexo. La fluidez de género enmascara, ignora o hace que uno sea indiferente a las propiedades esenciales de lo que hace que un hombre, sea hombre y una mujer, sea mujer.

En resumen, el patriarcalismo (explotación masculina) tuerce las virtudes naturales que pertenecen a hombres y mujeres; negar una diferencia en los poderes sexuales de hombres y mujeres tuerce la belleza y la perfección del sexo según la naturaleza.

Patrón

Permanecer en el sendero -y así evitar los peligros de ambos lados- requiere mucha resistencia y valor. También requiere esfuerzo mental, que a veces pasamos por alto. Con demasiada frecuencia tratamos de mantenernos en el camino estrecho imponiendo propiedades antinaturales y accidentales del género al sexo, como si estas cosas por sí solas constituyesen el sexo.

Tome el color rosa. Después de la Segunda Guerra Mundial, el rosa se asoció con la feminidad. No así en épocas anteriores. ¿Deberían las mujeres vestirse de rosa y los hombres de azul? Tal vez. Pero presionar por tal concepción corre el peligro de tropezar con otro peligro más: leer las normas culturales en la esencia de la masculinidad y la feminidad.

Pero, ¿queremos jugar al juego de atribuir ciertas características (cómo habla alguien, o sus manierismos) como si fueran masculinas o femeninas? En muchas partes de Oriente Medio y África, los hombres se toman de las manos o de los brazos o se abrazan o besan; sin embargo, esto significa simplemente amistad y respeto. En Norteamérica, no. Necesitamos definir cuidadosamente los rasgos masculinos y femeninos.

Sospecho que Pablo hace algo así en su primera carta a los Corintios. Declara que los hombres naturalmente deben tener el pelo corto, mientras que las mujeres deben tener el pelo largo. En estos casos, enraíza su observación en la naturaleza o en la creación. Así que se basa en algo estable, pero sabemos que la longitud del cabello era un artefacto de las normas de género construidas en Corinto. Entonces, ¿por qué Pablo podría hacer el argumento?

Creo que la respuesta es bastante obvia, al menos una vez que se ha descubierto, se siente así. Pablo entendió la longitud del cabello, aunque socialmente construida, como una expresión particular de una realidad natural más profunda. Estos accidentes de la naturaleza (la longitud del pelo) pueden acampar adecuadamente en hombres y mujeres en formas que muestran lo que es cierto acerca de su sexo respectivo.

Esencia

Hombres y mujeres comparten plenamente la naturaleza humana, pero tienen poderes respectivos que existen convenientemente en cada sexo. Los hombres tienen la capacidad de ser padres biológicos y espirituales, mientras que las mujeres tienen la misma capacidad de ser madres. La capacidad o potencia para tal solo hace que uno sea un hombre o una mujer. La realidad de esto perfecciona ese potencial.

Sin embargo, Cristo, soltero como era, perfeccionó a la humanidad. Nunca se casó ni tuvo hijos. ¿Cómo podría entonces perfeccionar los poderes de la paternidad y la familia? La respuesta viene a través del propósito del sexo-paternidad y maternidad en el contexto material de la familia siempre han apuntado más allá de ellos mismos. El matrimonio divino es el significado del matrimonio (Ef 5:32).

Permítanme ser demasiado simplista a la hora de plantear la cuestión. Jesús se casó con la iglesia y tuvo millones de hijos espirituales. Es plena y perfectamente humano. Así que Jesús perfeccionó a la humanidad sin la paternidad biológica y la familia. Lo hizo porque completó el fin espiritual incrustado en la naturaleza humana. En línea con esta trayectoria, Pablo a menudo llama a Timoteo su hijo, a pesar de no estar biológicamente relacionado (1 Ti 1:2; 1:18; 2 Ti 1:2; 2:1; 1 Cor 4:17). Por lo tanto, el matrimonio físico y la crianza de los hijos no hacen realidad todo el potencial de un ser humano. Actualiza una potencia importante, pero no la más importante.

Los hombres y las mujeres difieren según el sexo. Por más obvio que esto pueda parecer, la confusión actual sobre el tema del sexo traiciona una complejidad más profunda de la vida y la experiencia humana. Supongo que tenemos algo que ver con esto. Como alguien me señaló recientemente, al presionar las expectativas culturales de masculinidad y feminidad en los niños, podemos crear inadvertidamente la misma confusión que deseamos destruir.

¿Y qué si un niño quiere jugar con una muñeca? Tal vez esté desarrollando compasión y amor por los niños. ¿No deberían los padres potenciales aprender esto? ¿O sólo deberíamos dar a nuestros hijos varones soldados de juguete y, por tanto, profundizar en la maldad de la violencia masculina?

La segunda opción me parece mundanal. Algunos de nosotros amamos la masculinidad en el mundo, y por eso la imponemos a nuestros hijos. Pero si la paternidad y la familia están en el centro del sexo, entonces debemos, al menos, ser más cautelosos en la forma en que presentamos los juguetes e ideas masculinos y femeninos a nuestros hijos.

Puede ser muy útil para los niños evitar el rosa para ayudarles a vivir de acuerdo a sus capacidades naturales. ¿Pero qué pasa si otro país define el rosa como un color masculino? Bueno, no importa. Si uno entiende que un color es apropiado de acuerdo con la naturaleza y como algo incrustado dentro de una cultura específica, vístase en consecuencia. La cultura no existe como una regla o fuerza sobre nosotros; existe como el compuesto de los diversos ambientes que nos rodean -algunos de los cuales producen bienestar, algunos de los cuales llevan consigo su desgracia.

Resistimos sus esfuerzos maliciosos, llamando a eso mundanalidad, pero no negamos el bien y la gracia común de Dios en la sociedad. Aprendemos matemáticas del mundo, y seguimos los avances de la sociedad en la política y así sucesivamente. Pero nunca aceptamos ninguna de estas cosas sin someterlas a la revelación de Dios.

Después de todo, Eva se llamaba Eva porque sería la madre de todos los vivos. Eso significó algo. Todavía lo hace.

Tomado de: https://evangelio.blog/

¿Es importante la belleza física?

Aviva Nuestros Corazones

¿Es importante la belleza física?

Por Nancy DeMoss Wolgemuth

Este mensaje es uno de los que nuestra cultura activamente predica a niñas y mujeres, comenzando desde una edad temprana.  Llega a nosotros prácticamente desde todo ángulo: televisión, películas, música, revistas, libros, y anuncios.  Todos al unísono, nos pintan una foto de lo que realmente importa.  Y lo que les importa más a las mujeres, ellos insisten, es la belleza – la belleza física.  Aún los padres, hermanos, maestros y amigos se agregan inconscientemente al coro: los niños “atractivos” reciben muchos halagos y atención, mientras que niños menos atractivos, que están sobre peso o larguiruchos pueden ser objeto de comentarios crueles, indiferencia o hasta aun de ser rechazados públicamente.

Yo creo que nuestra preocupación con la apariencia externa comenzó con la primera mujer. ¿Recuerdas qué era lo que le llamaba la atención a Eva de la fruta prohibida?

“Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió.” (Génesis 3:6).

La fruta tenía un atractivo funcional (era “buena para comer”); también le agradó por el deseo de obtener sabiduría. Pero igualmente importante era el hecho que era “agradable a los ojos” – era físicamente atractiva. 

El enemigo tuvo éxito en conseguir que la mujer valorara la apariencia física sobre las cualidades menos visibles, tales como la confianza y la obediencia. El problema no era que la fruta era “hermosa” – Dios la había hecho de esa manera.  Tampoco era malo que Eva disfrutara y apreciara la hermosura de la creación de Dios.  El problema fue que Eva puso un énfasis excesivo en la apariencia externa. Al hacer eso, ella creyó y actuó sobre una mentira. La prioridad que Eva le dio a la atracción física se convirtió en el patrón aceptado para todos los seres humanos. 

Desde ese momento en adelante, ella y su esposo se vieron a sí mismos y a sus cuerpos físicos a través de ojos diferentes. Ellos se hicieron conscientes de sus cuerpos y se avergonzaron – cuerpos que fueron formados magistralmente por un Creador amoroso.  Inmediatamente ellos buscaron cubrir sus cuerpos, temerosos del riesgo de exponerse uno frente al otro.

El engaño de que la belleza física debe ser estimada por encima de la belleza del corazón, del espíritu, y de la vida deja tanto a los hombres como a las mujeres sintiéndose poco atractivos,  avergonzados, apenados, e irremediablemente imperfectos.

Irónicamente, la búsqueda de la belleza física es invariablemente una meta inalcanzable y vaga —siempre estará fuera de nuestro alcance.

Uno podría preguntar, ¿Cuánto daño puede hacer el darle valor excesivo a la belleza física externa?  Regresemos a nuestra premisa: lo que creemos básicamente determina cómo vivimos. Si creemos algo que no es cierto, tarde o temprano actuaremos basados en esa mentira; creer y actuar sobre mentiras nos guía hacia la esclavitud.

Cada una de las siguientes mujeres creyó algo acera de la belleza que no es verdad.  Lo que creyeron impactó la forma como se sentían de sí mismas, lo que las llevó a tomar decisiones que las llevaron a la esclavitud.

Yo creí que lo único de valor que las personas veían en mi era la belleza externa (mi cuerpo), especialmente los hombres.  Decidí aprovecharme de eso para conseguir la atención que tan desesperadamente ansiaba. Me convertí en una adicta sexual.” 

“Tengo una hermana hermosa, a quien adoro, pero yo soy simple.  Siempre me he creído inferior y que debo aparentar para ser aceptada por los demás. Yo veo que para la gente bella la vida es más fácil.  Acepto que para mi no es así, y soy esclava de mi propia percepción de mi apariencia.”

“Toda mi vida creí que mi autoestima estaba basada en mi apariencia, y por supuesto, nunca me vi como el mundo decía que debía de verme, así que siempre he tenido una baja autoestima.  Desarrollé desórdenes alimenticios, soy adicta a la comida, y en mi matrimonio lucho con la percepción de que no soy atractiva, y que mi esposo siempre está mirando otras mujeres que son atractivas para él.”

Envidia, comparación, competencia, promiscuidad, adicciones sexuales, desórdenes alimenticios, vestimenta inmodesta, comportamiento insinuante —la lista de actitudes y comportamientos enraizados en una visión falsa de la belleza es larga.  ¿Qué puede liberar a estas mujeres de esta esclavitud? Solamente la Verdad puede vencer las mentiras que hemos creído. La Palabra de Dios nos dice la Verdad de la naturaleza transitoria de la belleza física y la importancia de buscar belleza interna y duradera:

“Engañosa es la gracia y vana la belleza, pero la mujer que teme al Señor, ésa será alabada.” (Proverbios 31:30)

Que vuestro adorno no sea externo: peinados ostentosos, joyas de oro o vestidos lujosos, sino que sea el yo interno, con el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno, lo cual es precioso delante de Dios. Porque así también se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que esperaban en Dios” (1 Pedro 3:3-5).

Estos versículos no enseñan, como algunos piensan, que la belleza física es de alguna manera pecaminosa, o que es malo poner cualquier atención a nuestra apariencia externa. Eso es tanto un engaño como la mentira que pone énfasis excesivo en la belleza exterior.

En ningún lugar la Escritura condena la belleza física o sugiere que la apariencia externa no importa. Lo que si es condenado es el enorgullecerse por la belleza dada por Dios, dando excesiva atención a la belleza física, o el poner atención a los asuntos físicos mientras se descuidan los asuntos del corazón.

Una de las estrategias de Satanás es la de llevarnos de un extremo al otro. Hay una aversión cada vez mayor en nuestra cultura al decoro, al orden, a la modestia en el vestido y a la apariencia física. A veces me encuentro queriendo decirle a las mujeres Cristianas: “¿Sabes quién eres? Dios te hizo mujer.  Acepta Su regalo.  No tengas temor de ser femenina y de agregar gracia física y espiritual al ámbito donde Dios te ha colocado. Eres una hija de Dios.  Eres parte de la novia de Cristo. Perteneces al Rey —eres realeza.  Vístete y condúcete de una manera que refleje tu alto y santo llamado. Dios te ha llamado a salir del sistema del mundo —no dejes que el mundo te presione a adoptar su molde. No pienses, vistas, o actúes como el mundo; interna y externamente, deja que los demás vean la diferencia que Él hace en tu vida.”

Nosotras como mujeres Cristianas debemos buscar reflejar la belleza, el orden, la excelencia y la gracia de Dios, tanto a través de nuestro yo externo como del interno.

La esposa Cristiana tiene aun más razón de buscar el balance correcto en este asunto.  La “esposa virtuosa” de Proverbios 31 está físicamente en forma y bien vestida (versos 17,22). Ella es un complemento para su esposo. Si una esposa viste de forma descuidada y desaliñada, si no toma ningún cuidado de su apariencia física, ella hace lucir mal a su esposo (y a su Novio Celestial).

Además, si ella no hace ningún esfuerzo en lucir físicamente atractiva para su esposo, puedes estar segura que otra mujer allá afuera estará haciendo fila para llamar su atención.

Cuando el apóstol Pablo escribió a Timoteo acerca de cómo las cosas deben ser en la iglesia, el tomó tiempo para hablar de la manera en que las mujeres visten. Sus instrucciones demuestran el balance entre la actitud interna del corazón de la mujer y su comportamiento y vestimenta externa. Pablo exhorta a las mujeres a que,

“se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad.” (1 Timoteo 2:9-10, RVR60).

Las palabras traducidas como “atavío” y “decoro” en este versículo quieren decir “ordenadamente, bien organizada, decente”; hablan de un “arreglo armonioso.”

La apariencia externa de la mujer Cristiana debe reflejar un corazón que es simple, puro, y bien ordenado; su ropa y estilos de peinado no deben ser motivo de distracción o de llamar atención a ella al ser extravagantes, extremos o indecentes. De esta manera ella refleja la verdadera condición de su corazón y su relación con el Señor, y ella hace el Evangelio atractivo al mundo.

Toda la Escritura es tomada de La Biblia De Las Américas a menos que se indique lo contrario.

© Traducido de Lies Women Believe and the Truth That Sets Them Free, «Mentiras que las mujeres creen y la verdad que las hace libres»  por Nancy Leigh DeMoss, Moody Publishers, 2001. Mas artículos acerca de la modestia disponibles en ingles en http://www.AvivaNuestrosCorazones.com

http://www.alimentemoselalma.com

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a un avivamiento espiritual y a la feminidad bíblica. Su amor por Cristo y por Su Palabra es contagioso y permea todos sus alcances, desde sus conferencias hasta sus programas de radio (Aviva Nuestros Corazones, Revive Our Hearts y Seeking Him).

Ha escrito veintidós libros, incluyendo Mentiras que las mujeres creen y la Verdad que las hace libres, En busca de Dios (junto a Tim Grissom), y Adornadas. Sus libros han vendido más de cuatro millones de copias y están llegando a los corazones de las mujeres alrededor del mundo. Nancy y su esposo, Robert, radican en Michigan.

Gregorio «el Grande»

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VI

Gregorio «el Grande»

Por Tom Nettles

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo VI

Una revisión sincera de los logros de Gregorio I, conocido también como «Magno» o «el Grande», debe mover al protestante evangélico a reflexionar detenidamente sobre esta designación tan elevada. No se puede negar que fue un conservador de la ortodoxia, un misiólogo eficaz y un eclesiástico celoso e inteligente; pero mientras corregía y disciplinaba a los herejes en ciertos aspectos doctrinales, con esa misma seguridad bautizaba en un evangelio que no era evangelio. 

Nacido alrededor del 540 en Roma, Gregorio fue criado como un «santo entre santos». Su padre fue un cristiano devoto mientras que su madre Silvia (en su viudez) y dos tías paternas vivieron la austera vida monástica. Gregorio ejerció una ocupación secular por nombramiento del emperador Justino II y como tal vistió de seda, gemas brillantes y una trábea con rayas moradas. Aún en ese tiempo, buscó vivir para Dios, pero se dio cuenta de que era difícil. A la muerte de su padre, decidió dedicarse a la vida religiosa. Utilizó la riqueza que heredó para ayudar a los pobres y establecer varios claustros. Se dedicó a la oración y a la contemplación, al estudio de la Escritura en latín y a estudiar detenidamente los escritos de Agustín, Jerónimo y Ambrosio. Su austeridad lo debilitó y le provocó sufrimientos de gota, indigestión y malestar general que lo acompañaron de por vida.

El entrenamiento legal de Gregorio y sus comprobados talentos administrativos frustraron sus planes de aislamiento personal. Benedicto I lo obligó a ser uno de los siete diáconos de Roma. Pelagio II, necesitando de la confirmación imperial de su elección como obispo y de la ayuda militar contra los lombardos, lo envió a Constantinopla. Gregorio logró lo primero pero, en lo segundo, no pudo conseguir ayuda contra los lombardos. Mientras estuvo allá, se dedicó junto a sus amanuenses en escribir Moralia, un «comentario» sobre Job, una sucesión de meditaciones morales y espirituales elaborada como una ingeniosa alegoría.

Cuando regresó a Roma en el 585, Gregorio se retiró a su monasterio, San Andrés, donde pasó los cinco años más tranquilos y felices de su vida. A la muerte de Pelagio II en el 590, Gregorio fue elegido obispo. Su sincera preferencia por la vida contemplativa y su creencia de que la reticencia, nacida del temor piadoso, mostraba una verdadera humildad, llevaron a Gregorio a desistir de la posición hasta que el populacho de Roma lo obligó a asumirla. Las dificultades que enfrentaba la Iglesia y toda la cultura occidental podrían haber ahogado a un hombre de menos talento con una serie de trágicos fracasos; Gregorio convirtió la situación en un triunfo para la iglesia de Roma.

Gregorio sentó las bases para la expansión del romanismo de varias maneras. En primer lugar, su visión misionera y su metodología práctica virtualmente garantizaron la sumisión de Europa a Roma. Stephen Neill comenta: «Su proceder fue fresco y notable, ya que, en contraste con la manera desorganizada en que por lo general las iglesias habían crecido, este fue casi el primer ejemplo, desde los días de Pablo, de una misión cuidadosamente planificada y calculada». En el 596, Gregorio envió a Inglaterra un monje benedictino, Agustín, junto con otras treinta personas, para convertir a los anglos. Se desalentaron y Agustín regresó a Roma buscando alivio de tal misión. Gregorio, impertérrito, lo envió de vuelta con una amonestación: «Puesto que hubiera sido mejor no comenzar lo que es bueno que abandonarlo una vez comenzado, deben, hijos muy amados, completar la buena obra que, con la ayuda del Señor, han comenzado». Asimismo, lo abasteció de cartas que le garantizaban la ayuda estratégica que necesitaba. Habiendo enviado a Agustín «para ganar almas», Gregorio asumió con decisión el proveer la ayuda y el socorro que necesitaran los misioneros con tal de asegurar el éxito. Cualquiera que los ayudara, sin duda compartiría su gloria espiritual. Las cartas subsiguientes a Agustín se constituyeron en una misiología para las incursiones futuras. Finalmente Inglaterra, en el Sínodo de Whitby en el 662, entró en la órbita de la autoridad eclesiástica de Roma (hasta la década de 1530).

En segundo lugar, Gregorio contribuyó a que la Regla benedictina (o Regla de Benito) dominara la vida monástica. Siendo el primer monje en convertirse en papa, Gregorio alimentó y fomentó la vida contemplativa al considerar que la postura de Benito era la más práctica y enérgica. Incluso los Diálogos de Gregorio preservan la hagiografía benedictina. Fueron monjes que huyeron de Montecassino los que trajeron la Regla y la tradición a Roma, y Gregorio comenzó a usarla en San Andrés. La misión de Agustín la extendió a Canterbury y los esfuerzos misioneros benedictinos posteriores, en particular los de Bonifacio, garantizaron la difusión de la Regla benedictina y la sumisión de los convertidos a Roma.

En tercer lugar, la habilidad y el celo de Gregorio en el trabajo administrativo, político y caritativo sentaron las bases para los Estados Pontificios. A medida que el trabajo de los agentes imperiales disminuía, el trabajo de la Iglesia, en particular el del obispo de Roma, aumentaba. Mientras el Imperio en Occidente se desmoronaba, las rocas que cayeron fueron usadas por Roma para edificar la cristiandad. El obispo reparó los acueductos, garantizó el suministro de maíz, libró la guerra, firmó tratados y acuerdos, rescató a los cautivos, alimentó a los pobres y negoció el pago de un tributo anual para aliviar a la ciudad devastada de las atrocidades de los rapaces lombardos. Los fondos de la Iglesia, procedentes de las crecientes posesiones de la Iglesia romana, financiaron todos estos proyectos. Gregorio no tuvo más remedio que hacerse cargo.

En cuarto lugar, del mismo modo, afirmó su autoridad sobre las iglesias. La oposición no impidió que asumiera la autoridad. A pesar de que despreciaba el ostentoso título reclamado por el obispo de Constantinopla, de Sacerdote Universal, y trabajó fervientemente para que el emperador lo denunciara, el rechazo de Gregorio hacia el título no encontró el correspondiente rechazo hacia el poder que este representaba. La adscripción era la de un «título orgulloso y profano», un «título tonto», un «nombre frívolo», el «precursor del anticristo»; que aquel que lo reclamara, aunque fuera doctrinalmente ortodoxo, cometía el «pecado de la soberbia». Pero así, con la misma seguridad, procuró llevar a todos los que se resistían a su autoridad, por cualquier medio a su alcance, a un punto de arrepentimiento por su orgullo y rebelión. A través de más de 850 cartas que aún se conservan, Gregorio instruyó en temas morales, eclesiásticos, pastorales, monásticos, administrativos y doctrinales a príncipes, obispos, diáconos, monjes y abades. El arzobispo de Dalmacia, después de una prolongada controversia, se arrepintió acostado boca abajo sobre los adoquines de Ravenna llorando durante tres horas: «He pecado contra Dios y contra el bienaventurado papa Gregorio».

Para su crédito y para felicidad de los cristianos en todas partes, Gregorio Magno mantuvo una ortodoxia estricta. Afirmó de la manera más clara y agresiva la teología de los primeros cuatro concilios ecuménicos y condenó rotundamente todos los errores que estos condenaron.

En adición, Gregorio amaba la Escritura. Había memorizado grandes porciones de ella e instaba a otros, incluso a los laicos a leer, sí, a saturarse con sus palabras. Le advirtió a un médico, Teodoro, que no se dejara dominar por las actividades seculares hasta el punto de que no le permitieran «leer diariamente las palabras de su Redentor». Sobre estas, debería meditar diariamente para conocer el corazón de su Creador y «suspirar más fervientemente por las cosas eternas, para que tu alma pueda ser encendida con mayores anhelos de gozos celestiales». Él rechazó la ordenación de un obispo porque era «un ignorante de los Salmos».

Gregorio también mostró gran sabiduría en asuntos de teología pastoral y mostró un discernimiento notable en su comprensión del carácter y la motivación humana. Su libro Regula pastoralis contiene mucha buena información sobre las calificaciones pastorales y el ministerio, basada en un conocimiento profundo de los cuatro Evangelios, las cartas de Pablo, los profetas y muchas interpretaciones alegóricas extrañas del material histórico. Sus recomendaciones sobre cómo amonestar a los diferentes tipos de personas en la Iglesia no tienen precio y deben ser estudiadas por todo ministro. Un ministro debe enseñar de manera que se «adapte a todas y cada una de las diversas necesidades y, sin embargo, nunca desviarse del arte de la edificación común». El maestro debe «edificar a todos en la sola virtud de la caridad» y debe «tocar el corazón de sus oyentes con una sola doctrina, pero no siempre con la misma exhortación».

Sin embargo, mucho en Gregorio manchó su ortodoxia y la dulzura de su instrucción. Como se ha indicado, su alegoría por momentos supera los límites de lo escandaloso. La interpretación medieval sufrió; la formalización de su método cerró la Escritura a los laicos. Su crédula aceptación de las historias de milagros hechas por medio de las reliquias de los santos, a veces de proporciones cómicas y en ocasiones como los trucos de una película de horror, ayudó a crear la pesada carga del sistema medieval de penitencias. Añade a esto su aceptación de la intercesión de los santos difuntos, su creencia en la eficacia de las misas para los muertos, su exposición anecdótica sobre el estado del purgatorio y su creencia en los méritos de las obras piadosas, y lo que resulta es un brebaje completamente ajeno al evangelio bíblico. Si durante siglos Agustín de Hipona fue leído a través de los ojos de Gregorio Magno, no es de extrañar que el redescubrimiento del Agustín evangélico creara tal consternación en el siglo XVI.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Tom Nettles
Tom Nettles

Tom sirvió por muchos años como profesor de teología histórica en el Southern Baptist Theological Seminary.

Primero, nuevo nacimiento; luego, fe

Palabra de Vida Almería

Will Graham

Primero, nuevo nacimiento; luego, fe

Algunos dicen que la fe precede la regeneración. Otros afirman exactamente lo contrario. ¿Primero fe, luego regeneración? ¿O primero regeneración, luego fe?

Antes que nada, sería importante definir los dos términos teológicos a los que aludimos. Emplearemos las definiciones del teólogo Wayne Grudem. Por un lado, la fe se trata de una “confianza o dependencia en Dios basada en el hecho de que le tomamos a su palabra y creemos lo que Él ha dicho”. Por el otro, la regeneración es un “acto secreto de Dios en el que nos imparte nueva vida espiritual; a veces se le llama ‘nacer de nuevo’”.1

Así qué, ¿qué sucede primero: el creer la palabra de Dios (fe), o la nueva vida que Dios nos concede (regeneración)?

Para contestar cualquier pregunta, hace falta recurrir a la autoridad de la Palabra de Dios. El gran peligro para nosotros como seres humanos es el de basar nuestro entendimiento teológico en nuestro raciocinio. Tendemos a acercarnos a cualquier asunto doctrinal con convicciones fundamentadas en nuestra experiencia; pero la doctrina protestante de la Sola Scriptura nos enseña que todas las voces y opiniones humanas (incluso las nuestras) se tienen que someter a las declaraciones de la Sagrada Escritura.

Por lo tanto, ¿qué vemos en la Biblia al respecto?

¿Qué dice el Antiguo Testamento?

A pesar de que algunos creen que la doctrina del nuevo nacimiento solamente se da a conocer en el Nuevo Testamento, la verdad es que Dios ya enseñó a su pueblo acerca de la regeneración en los días del Antiguo Testamento. Por eso Jesús, cuando quería explicar la doctrina del nuevo nacimiento a Nicodemo, le preguntó: “Tú eres maestro de Israel, ¿y no entiendes estas cosas?” (Jn. 3:10).

Algunos ejemplos sacados del Antiguo Testamento son los siguientes:

“Les daré un nuevo corazón para que me conozcan, porque yo soy el Señor; y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, pues volverán a mí de todo corazón”, Jeremías 24:7.

“Porque éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, declara el Señor. Pondré mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré. Entonces yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”, Jeremías 31:33.

“Y les daré un solo corazón y un solo camino, para que me teman siempre, para bien de ellos y de sus hijos después de ellos”, Jeremías 32:39.

“Yo les daré un solo corazón y pondré espíritu nuevo dentro de ellos. Y quitaré de su corazón el corazón de piedra y les daré corazón de carne”, Ezequiel 11:19.

“Entonces les rociaré con agua limpia y quedaréis limpios; de todas sus inmundicias y de todos sus ídolos les limpiaré. Además, les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré corazón de carne. Pondré dentro de ustedes mi espíritu y haré que anden en mis estatutos, y que cumplan cuidadosamente mis ordenanzas”, Ezequiel 36:26-27.

¿Qué es lo que tienen los cinco pasajes citados en común? En cada instante, Dios es el agente activo. Es Dios quien concede el nuevo nacimiento, el nuevo corazón, el nuevo espíritu. Es la soberanía del Señor la que efectúa este cambio glorioso en el seno de los hijos de Adán. Dios lo hace porque el ser humano caído es incapaz de cambiar su depravado y esclavizado corazón. El hombre natural no desea a Dios. No quiere creer en el Señor de gloria. “No hay quien busque a Dios” (Ro. 3:11). El pecador no es capaz de obrar fe salvadora en su propio corazón.

¿Qué dice el Nuevo Testamento?

Las tres metáforas utilizadas por el Nuevo Testamento para desarrollar el concepto de la salvación sirven para resaltar la naturaleza pasiva del pecador ante Dios. Las metáforas son: una resurrección (Ef. 2:1), una creación (2 Co. 5:17) y un nuevo nacimiento (Jn. 3:3).

  • En primer lugar, la persona que resucita lo hace por el poder de una fuente externa a ella. La hija de Jairo no pudo levantarse a sí misma de la muerte.
  • En segundo lugar, una persona creada depende de un poder externo a ella para ser creada. Adán y Eva no podrían haberse creado a sí mismos.
  • Y en tercer lugar, una persona que nace (como tú o yo) no puede producir su propio nacimiento. En cada caso, la persona es pasiva. De esta manera nadie se puede gloriar en la presencia de Dios ya que la salvación es cien por cien del Señor.

Por lo tanto, para que el hombre crea de veras y busque a Dios, hace falta un cambio radical de naturaleza, un auténtico milagro de lo alto. Es por esta razón que Jesús, en su charla con Nicodemo, le dice al fariseo que: “En verdad, en verdad te digo que el que no nace de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Jn. 3:5). Es muy probable que al hacer esta aseveración, nuestro Señor tiene en mente el pasaje de Ezequiel 36:25-27.

¿Cómo entramos, pues, en el reino de Dios? Mediante la fe en el evangelio (Mr. 1:15). Pero Jesús aquí revela que antes de poder entrar en el Reino, resulta necesario el nuevo nacimiento. Primero nacemos de nuevo, luego entramos en el reino de Dios. Para citar a Grudem de nuevo: “Entramos en el reino de Dios cuando nos convertimos en creyentes, en la conversión. Pero Jesús dice que tenemos que ‘nacer de nuevo’ antes de que podamos hacer eso’”.

Dios nos concede nueva vida, y la primera evidencia de esta vitalidad espiritual es nuestra conversión, a saber, fe y arrepentimiento. Antes de que haya vida, la fe y el arrepentimiento son imposibilidades.

Algunos ejemplos

Lázaro estaba muerto en la tumba. No podía salir porque estaba difunto. Pero luego le llegó la palabra creadora de Cristo: “¡Lázaro, ven fuera!” (Jn. 11:43). Humanamente hablando, es imposible que Lázaro responda al mandamiento de Cristo. No puede hacer nada porque está clínicamente muerto. No obstante, la palabra de Jesús creó nueva vida en Lázaro, y al instante el difunto se levanta y se pone a andar. En la salvación del pecador sucede exactamente lo mismo. La nueva vida es la regeneración. Dios regala nueva vida. E inmediatamente, las primeras obras del nacido de nuevo son fe y arrepentimiento. Se pone a andar porque Cristo ya le ha concedido vida espiritual.

No es por nada que el Nuevo Testamento describe la regeneración como una resurrección de entre los muertos. Aquí hay algunos ejemplos.

“Y Él os dio vida a ustedes, que estaban muertos en vuestros delitos y pecados”, Efesios 2:1.

“Aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia habéis sido salvados)”, Efesios 2:5.

“Y cuando estaban muertos en vuestros delitos y en la incircuncisión de vuestra carne, les dio vida juntamente con Él, habiéndonos perdonado todos los delitos”, Colosenses 2:13.

Todos los que somos del Señor estábamos tan muertos como Lázaro. Pero Cristo envió su palabra de salvación por medio del evangelio, llamándonos a salir fuera. En nosotros no había tal poder. Sin embargo, el hermoso Espíritu de Dios hizo una obra portentosa, venciendo nuestra enemistad y llevándonos a los pies de Cristo. Como lo expresó Arthur Pink, el Espíritu Santo “es quien aplica el evangelio al alma con poder salvador: vivificando a los elegidos, cuando aún están muertos, conquistando sus voluntades rebeldes, ablandando sus corazones duros, abriendo sus ojos enceguecidos”.2

Sin esta obra regeneradora del Espíritu Santo —el cual sopla de donde quiere— no podemos ejercer ninguna clase de fe en el Señor Jesús. Si volvemos a leer la promesa de Ezequiel 36:27, vemos este orden claramente: “Pondré dentro de ustedes mi espíritu y haré que anden en mis estatutos, y que cumplan cuidadosamente mis ordenanzas”. En primer lugar, Dios envía su Espíritu a nuestras vidas (regeneración), y luego podemos cumplir con sus estatutos y ordenanzas (el llamamiento a la fe y al arrepentimiento).

Dios se lleva la gloria

En respuesta a nuestra pregunta inicial, ¿primero fe, luego regeneración? Con el peso de los textos bíblicos del Antiguo y el Nuevo Testamento, además de la enseñanza clara de nuestro amado Salvador, es indudable que la regeneración precede a la fe. Es decir, no creemos para nacer de nuevo, sino que creemos porque hemos nacido de nuevo. Y puesto que tanto la regeneración como la fe son dones de Dios, decimos juntamente con los reformadores protestantes: ¡Soli Deo gloria! (a Dios únicamente sea toda la gloria).

Pastor Will Graham

Casado con Ágota y padre de dos hijas, Will Graham (1985) sirve como pastor evangélico, profesor y blogger en la cuidad española de Almería (ubicada en el extremo sureste de la península).

Escribe semanalmente en sus blogs en Protestante Digital Evangelical Focus y colabora con Unión BíblicaCoalición por el Evangelio Pasión por el Evangelio.

¡Bienvenidos a su página oficial!

https://pastorwillgraham.com/

Soli Deo gloria.

¿Qué pasa si no entiendo lo que leo en la Biblia?

Coalición por el Evangelio

¿Qué pasa si no entiendo lo que leo en la Biblia?

JOSÉ “PEPE” MENDOZA

Nota del editor: Este artículo es parte de la serie “Biblia para principiantes“, a través de la cual buscamos proveerte recursos útiles para tu estudio y comprensión de las Escrituras.

Son muy pocas las personas que no puedan decir que están familiarizadas con algún versículo o porción de la Biblia. Para algunos será el famoso Salmo 23, la exaltación paulina del amor en 1 Corintios 13 o algún otro versículo o pasaje predilecto. La verdad es que esa lista de pasajes populares o conocidos es cortísima en comparación con los 66 libros de la Biblia en sus dos testamentos y sus miles de versículos. Hay mucho que debemos conocer y entender a cabalidad en la Biblia.

Gloriémonos en conocer y entender al Dios de la Biblia

El problema con nuestro conocimiento y entendimiento radica en que la Biblia intimida por su longitud y su variedad. Seamos honestos, son muy pocos los valientes que dedican tiempo, esfuerzo, sudor y, como dicen en algunos países, “queman pestañas” en su estudio de la Palabra de Dios. En mi caso, siempre ha sido de exhortación las palabras del Señor en Jeremías:

“«No se gloríe el sabio de su sabiduría, Ni se gloríe el poderoso de su poder, Ni el rico se gloríe de su riqueza; gloríese en esto: De que me entiende y me conoce, Pues Yo soy el Señor que hago misericordia, Derecho y justicia en la tierra, Porque en estas cosas me complazco», declara el Señor” (Jr 9:23-24).

El Señor valora el que le conozcamos y entendamos. Ni la sabiduría humana, ni el poder y mucho menos las riquezas (aspectos tan valorados entre los humanos) se comparan con conocer y entender al Dios revelado en las Escrituras, quien es misericordioso, justo y soberano. Lo que más me impresiona es que Jeremías está diciendo estas palabras en un momento de profundo abandono espiritual e ignorancia por parte de Judá. El pueblo y sus autoridades políticas y religiosas estaban viendo su propia descomposición y caída, pero no eran capaces de buscar al Señor y atender a su Palabra. Por eso Jeremías dice de parte de Dios, “«Ciertamente estos solo son gente ignorante, son necios, porque no conocen el camino del Señor Ni las ordenanzas de su Dios” (Jr 5:4).

Ni la sabiduría humana, ni el poder y mucho menos las riquezas se comparan con conocer y entender al Dios revelado en las Escrituras 

Dice el dicho “mal de muchos, consuelo de tontos”. Yo imagino que esa ignorancia popular que pasaba por el rey, los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo, terminaba envalentonando a los ignorantes, quienes pensaban que no valía la pena esforzarse por conocer y entender lo que, aparentemente, nadie más buscaba. Lo que estaba de moda eran los sueños de los profetas y los sacrificios y ritos a dioses paganos. ¿Profundizar y entender la Palabra? ¡Ná!

Lo que quiero decir con esta larga introducción es que SÍ pasa algo si es que no entendemos lo que leemos en la Biblia. No se trata simplemente pasar al siguiente versículo u olvidarme de lo difícil y mantenerme solo con esos salmos o esas palabras del evangelio que son tan claritos y tanto me gustan. Si no entiendo lo que leo, debo esforzarme en buscar una respuesta a mis interrogantes. 

Entonces, ¿cómo me esfuerzo para poder entender lo que no he entendido en la Biblia? Vayamos en orden descubriendo fundamentos y principios.

Fundamentos y principios para entender la Biblia

En primer lugar, la Biblia es un libro y, como tal, no fue escrito como cápsulas o meros párrafos o versículos aislados. Nunca podremos llegar a tener un conocimiento cabal de las Escrituras si estamos leyendo de aquí y de allá. Debemos asumir el compromiso de leer libros completos de principio a fin si es que realmente queremos conocer y entender su mensaje.

En segundo lugar, debemos ser conscientes que un aniquilador del entendimiento es la inconstancia. Si hoy leemos un capítulo y esperamos a acordarnos de nuevo en un par de semanas para leer el siguiente capítulo, entonces no esperemos que ese ritmo de lectura será provechoso para el entendimiento. La constancia demanda un esfuerzo y una dedicación que David resalta en su poema a la Palabra cuando dice, 

“Me anticipo al alba y clamo,
En Tus Palabras espero.
Mis ojos se anticipan a las
vigilias de la noche
Para meditar en Tu palabra»
(Salmo 119:147-148)

En tercer lugar, los cristianos tenemos una enorme ventaja espiritual. Nunca estamos solos y sin más recursos que nuestra propia materia gris para entender la Biblia. No debemos olvidar que nuestro Señor Jesucristo prometió la venida del Espíritu Santo, quien nos “enseñará todas las cosas, y [nos] recordará todo lo que [nos] ha dicho” y nos  “guiará a toda verdad” (Jn 14:2616:13). Esta realidad espiritual no podemos pasarla por alto y debemos orar al Señor y buscar la dirección del Espíritu cada vez que nos acercamos a la Palabra.

En cuarto lugar, es importante que entendamos que somos responsables de nuestra búsqueda personal del Señor, pero no se trata de una tarea en solitario. El Señor diseñó la Biblia para que la leamos a solas y también en la compañía de otros hermanas y hermanos en la fe. Cuando nos desafiamos a leer la Biblia con otras personas podemos mantener la constancia y también ayudarnos a entender la Palabra al ser guiados todos por el mismo Espíritu Santo.

En quinto lugar, podemos llevar nuestras dudas a nuestros pastores y maestros, quienes han sido puestos por el Señor para edificarnos y su tarea no acaba “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios…” (Ef 4:13). Además no debemos descuidar los cursos bíblicos y los grupos pequeños de estudio que continuamente se están brindando en nuestras iglesias.

Finalmente, también tenemos buenos libros, Biblias de estudio y comentarios bíblicos que podemos consultar para resolver nuestras dudas. Pregúntale a tu pastor o líder en tu iglesias acerca de los materiales de consulta más confiables para que vayas creando tu biblioteca personal. 

Huye de cualquier superficialidad que te impida tener un conocimiento cabal de las Escrituras 

Nuestros tiempos se caracterizan por los 180 caracteres, las imágenes con pocas palabras y el entendimiento superficial de todo y de nada, al mismo tiempo. Sin embargo, como cristianos debemos huir de cualquier superficialidad que nos impida tener un conocimiento cabal de las Escrituras. 

Ahora ya sabes lo que tienes que hacer si hay algo que no entiendes en la Escritura. Eso significa que no tienes excusa para la ignorancia o la duda, sino un camino abierto y provisto por el Señor para que te gloríes en entender y conocer a tu Señor revelado en su Palabra.

​José “Pepe” Mendoza es el Director Editorial en Coalición por el Evangelio. Sirvió como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú. Es profesor en el Instituto Integridad & Sabiduría, colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary, y también trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y tienen una hija, Adriana. Puedes seguirlo en twitter.

La Iglesia en el plan de Dios

The Master’s Seminary

La Iglesia en el plan de Dios

John MacArthur

La Iglesia es la manifestación externa de un plan eterno

En Tito 1: 2, el apóstol Pablo escribe de la “vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes de los siglos.” En este contexto, el apóstol Pablo describe su ministerio, un ministerio de evangelización y de salvación “por la fe de los elegidos de Dios” –a saber, la iglesia (v. 1).

Pablo, al describir su ministerio, describe el propósito redentor de Dios de: la elección (“los elegidos de Dios”, v. 1), la salvación (“el conocimiento de la verdad”, v. 1), la santificación (“que es según a la piedad “, 1) y la gloria final (” con la esperanza de la vida eterna “, v. 2). Todo esto es la obra de Dios (cf. Romanos 8:29-30), algo que Él “prometió antes de los tiempos.”

En otras palabras, en la eternidad pasada, antes de que cualquier cosa fuese creada – antes de los siglos – Dios determinó comenzar y terminar su plan de redención. Las personas fueron elegidas. Sus nombres fueron escritos para que sean llevados a la fe, a la piedad y a la gloria. Dios “prometió” estos del tiempo.

¿A quién hizo Dios la promesa? Esto fue antes de tiempo, y por lo tanto antes de la creación. Así que no había personas u otras criaturas alrededor. ¿A quién, entonces, hizo Dios esta promesa?

La respuesta la encontramos en 2 Timoteo 1: 9. Allí leemos que Dios “nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos.” Ese versículo termina con la misma frase nos encontramos en Tito 1: 2: “antes de los siglos” Y aquí el apóstol dice el propósito eterno de Dios – esta misma promesa que se hizo antes del principio de los tiempos “nos fue dada en Cristo Jesús.” La promesa eterna de nuestra salvación, el pacto divino de redención, implicó una promesa hecha por el Padre al Hijo antes de los siglos.

Esta es una realidad asombrosa. En el misterio de la Trinidad, vemos que hay un amor inefable y eterno entre los miembros de la Trinidad. Jesús se refiere a él en su oración sacerdotal: “Padre, quiero que ellos también, a quien me has dado, estén conmigo donde yo estoy, para que vean mi gloria que me has dado, porque me has amado desde antes la fundación del mundo “(Juan 17:24, énfasis añadido).

Ese amor debe encontrar una expresión. El amor verdadero siempre busca maneras de dar. Y en una demostración de su amor perfecto para su Hijo, el Padre hizo una promesa al Hijo. ¿Y cuál fue esa promesa? Prometió el Hijo un pueblo redimido – justificado, santificado y glorificado. Él prometió llevar a los redimidos a la gloria, para que habite en el mismo lugar donde el Padre y el Hijo han habitado desde tiempo comenzó antes – el reino de Dios. Y este cuerpo colectivo de los llamados de fuera – un pueblo para su nombre (Hechos 15:14) de toda raza, pueblo, lengua y nación (Apocalipsis 13: 7) – formaría un templo vivo por el Espíritu Santo (Efesios 2: 21-22), convirtiéndose en la misma morada de Dios.

Esa es la promesa eterna del Padre hecha al Hijo. ¿Por qué? Como una expresión de su amor. Los redimidos de la humanidad, entonces, son un don del Padre al Hijo.

Con eso en mente, considere las palabras de Jesús en Juan 6:37: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que viene a mí, de ningún modo lo echaré fuera.” Eso, de nuevo, afirma la invencibilidad absoluta de la iglesia. Cada individuo redimido – todo s los que alguna vez se les dio el don de la fe, perdonado y justificado ante Dios por la gracia – es un don de amor del Padre al Hijo. Y ninguno de ellos se perderá o será echado fuera. ¿Podría Cristo rechazar un regalo de amor de Su propio padre?

Por otra parte, la importancia de la doctrina de la elección surge de todo esto. Los redimidos son escogidos y dados al Hijo por el Padre como un regalo. Si usted es un creyente, no es porque es más listo que sus vecinos incrédulos. No ha venido a la fe a través de su propio ingenio. Usted fue atraído a Cristo por Dios el Padre (Juan 6:44, 65). Y cada persona que llega a la fe es atraído por Dios y dado como un regalo de amor del Padre al Hijo, como parte de un pueblo redimido – la iglesia – prometida al Hijo antes de los siglos.

El significado completo del propósito eterno de Dios se hace evidente a medida que se desarrolla en el libro de Apocalipsis. Hay que echar un vistazo al cielo, y ¿qué creen que la iglesia triunfante está haciendo allí? ¿Qué es lo que hacen los santos glorificados por toda la eternidad? Ellos adoran y glorifican el Cordero, alabándole y sirviéndole – e incluso reinan con él (Apocalipsis 22: 3-5). El cuerpo colectivo es descrito como su novia, pura y sin mancha y vestida de lino fino (19:7-8). Viven con él eternamente donde no hay noche, ni lágrimas, ni tristeza, ni dolor (21:4). Ellos glorifican y sirven al Cordero para siempre. Esa es la plenitud del propósito de Dios; esa es la razón por la que la iglesia es Su regalo para su Hijo.

Ahora bien, esta eterna promesa incluía la promesa recíproca del Hijo al Padre. La redención no era de ninguna manera la obra del Padre solamente. Para llevar a cabo el plan divino, el Hijo tendría que ir al mundo como un miembro de la raza humana y pagar el castigo por el pecado. Y el Hijo se sometió completamente a la voluntad del Padre. Eso es lo que Jesús quiso decir en Juan 6: 38-39: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Esta es la voluntad del que me envió: Que de todo lo que El me ha dado yo no pierda nada, sino que lo resucite en el último día.”

La redención del pecado no podía ser adquirida por los sacrificios de animales o cualquier otro medio. Así que el Hijo vino a la tierra con el propósito expreso de morir por el pecado. Su sacrificio en la cruz fue un acto de sumisión a la voluntad del Padre. Hebreos 10:4-9 hace que este mismo punto:

4 Porque es imposible que la sangre de toros y de machos cabríos quite los pecados. 5 Por lo cual, al entrar El en el mundo, dice: Sacrificio y ofrenda no has querido, pero un cuerpo has preparado para mi; 6 en holocaustos y sacrificios por el pecado no te has complacido. 7 Entonces dije: “He aqui, yo he venido (en el rollo del libro esta escrito de mi) para hacer, oh Dios, tu voluntad.” 8 Habiendo dicho arriba: Sacrificios y ofrendas y holocaustos, y sacrificios por el pecado no has querido, ni en ellos te has complacido (los cuales se ofrecen según la ley), 9 entonces dijo: He aqui, yo he venido para hacer tu voluntad. El quita lo primero para establecer lo segundo.

Así que el Hijo se sometió a la voluntad del Padre, lo que demuestra su amor por el Padre. Y el edificio de la iglesia, por lo tanto no sólo es expresión de amor del Padre al Hijo, sino también la expresión del Hijo del amor al Padre.

Todo esto significa que la iglesia es algo tan monumental, tan vasta, tan trascendente, que nuestras mentes pobres apenas pueden comenzar a apreciar su importancia en el plan eterno de Dios. El verdadero objetivo del plan de Dios no es simplemente llevarnos al cielo. Sino que el drama de nuestra salvación tiene un propósito aún más grandioso: es una expresión de amor eterno dentro de la Trinidad. Nosotros sólo somos el regalo.

Hay una cosa más pena destacar sobre el plan eterno del Padre con respecto a la iglesia. Romanos 8:29 dice que aquellos a quienes el Padre eligió dar al Hijo Él también los predestinó para ser hechos conforme a la imagen del Hijo. No sólo Él los justifica, santifica, glorifica, y los lleva al cielo para que por los siglos de los siglos de los siglos podrían decir: “¡Digno es el Cordero”, sino que Él también determinó que se harían como el Hijo. Esto es “para que Él sea el primogénito [prototokos] entre muchos hermanos.” (Romanos 8:29). Prototokos no se refiere a alguien que nació por primera vez en una cronología, sino el primero de una clase. En otras palabras, Cristo es el supremo sobre toda una hermandad de personas que son como él.

Nuestra glorificación instantáneamente nos transforma en Cristo. Juan escribió: “Cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es” (1 Juan 3:2). Pablo dijo a los Gálatas: “por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Gal. 4:19). Estamos siendo conformados a la imagen de Cristo. Y la buena noticia es que se logrará este objetivo. La iglesia surgirá de todas sus pruebas triunfantes, gloriosas, impecablemente vestida para encontrarse con su novio.

¿Cómo no regocijarnos en la perspectiva de eso? ¿Cómo pueden los cristianos posiblemente ser apáticos acerca de la iglesia? La iglesia es en última instancia, invencible. Los propósitos de Dios no pueden ser frustrados.

Hay una conclusión fascinante para todo esto. Pablo lo describe en 1 Corintios 15: 24-28:

24 entonces vendrá el fin, cuando El entregue el reino al Dios y Padre, después que haya abolido[a] todo dominio y toda autoridad y poder. 25 Pues Cristo debe reinar hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. 26 Y el último enemigo que será abolido es la muerte. 27 Porque Dios ha puesto todo en sujecion bajo sus pies. Pero cuando dice que todas las cosas le están sujetas, es evidente que se exceptúa a aquel que ha sometido a El todas las cosas. 28 Y cuando todo haya sido sometido a El, entonces también el Hijo mismo se sujetará a aquel que sujetó a El todas las cosas, para que Dios sea todo en todos..

Imagíne la escena. Todos los enemigos de Cristo son destruidos y derrotados. Todas las cosas se colocan bajo sujeción al Hijo. El Padre le ha dado el gran don del amor, de la iglesia, para ser su novia y estar sujeta a Él. Cristo está en el trono. Todas las cosas están ahora sujetas a El – excepto el Padre, quien puso todas las cosas en sujeción a Su Hijo. “Entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó todas las cosas a Él, para que Dios sea todo en todos” (v. 28).

En otras palabras, cuando el Hijo lleva a la iglesia a la gloria y el Padre la entregue al Hijo como Su regalo de amor eterno, entonces también el Hijo se dará la vuelta y dará todo, incluso a sí mismo, de regreso al Padre.

Este es un aspecto alucinante en nuestro futuro. Este es el plan de Dios para la iglesia. Somos un pueblo llamado por Su nombre, redimido, conformados a la imagen de su Hijo, hecho para ser una expresión inmensa, incomprensible y suprema de amor entre las Personas de la Trinidad. La iglesia es el regalo que se intercambia. Este es el plan eterno de Dios para la iglesia. Debemos estar profundamente agradecidos, y ansiosos y emocionados de ser parte de la misma.

John MacArthur es el presidente de The Master’s Seminary y pastor de la iglesia Grace Community Church. Sus predicaciones en el programa de radio Gracia A Vosotros son escuchados alrededor del mundo. Él y su esposa Patricia tienen cuatro hijos y quince nietos.


John MacArthur is the Chancellor Emeritus and professor of pastoral ministry at The Master’s University and Seminary. He is also the pastor-teacher of Grace Community Church, author, conference speaker, and featured teacher with Grace to You.