¿ES POSIBLE RESISTIRSE AL ESPÍRITU SANTO?

Evangelio Verdadero

¿ES POSIBLE RESISTIRSE AL ESPÍRITU SANTO?

Por Rafael Zúñiga

“¡Pueblo terco! Ustedes son paganos de corazón y sordos a la verdad. ¿Resistirán para siempre al Espíritu Santo? Eso es lo que hicieron sus antepasados, ¡y ustedes también!” – Hechos 7:51 (NTV)

Cuando era más joven y atravesaba mi etapa como universitario, había dos preguntas que me hacía constantemente: ¿Soy verdaderamente salvo? y ¿He blasfemado contra el Espíritu Santo?

Recuerdo muy bien que, por muchas noches, estás dos incógnitas daban vueltas en mi cabeza. La primera pregunta se resolvió más rápido que la segunda, después de entender que es por medio de la fe y por gracia que mi vida se colocaba en una posición correcta delante de Dios. Pero la segunda pregunta me seguía causando muchas dudas, por la razón de que observaba actitudes mías y me hacían pensar que en algo estaba ofendiendo al Espíritu Santo.

Ahora, cuando leo estas palabras de Esteban, el primer mártir, no puedo evitar pensar lo triste y desilusionado que se sentía por el rechazo de los fariseos hacia el mensaje del Evangelio. El describe a los fariseos como “pueblo terco”, o para los más clásicos, “duros de cerviz”. Es la misma expresión que se usa cuando el pueblo de Israel se quejaba y era incrédulo para con Dios en el desierto, después de salir de Egipto.

Entonces, habiendo dicho esto de forma muy general: ¿Es posible resistirse al Espíritu Santo? La respuesta: Si y no.

¿Cómo resistimos al Espíritu Santo?

Antes que todo, debemos entender que el Espíritu Santo es una persona. No es una fuerza o energía. Es una persona que forma parte de la Trinidad. Es uno con el Padre y con el Hijo. El Espíritu Santo estuvo en el principio de la creación (Gn. 1), y está con la Iglesia hasta el final de los tiempos esperando el regreso glorioso de Jesús (Ap. 22:17). Así que, podemos decir que el Espíritu Santo siempre ha estado trabajando aquí en la tierra. En otras palabras, el trabajo principal del Espíritu Santo es traer vida al alma humana, por medio del mensaje del Evangelio, haciéndonos claro lo majestuoso que es Cristo Jesús.

Pero, si el Espíritu Santo es incomparablemente fuerte, ¿cómo es qué puede ser resistido? ¿Qué es lo que puede colocar una barrera entre Él y yo? La respuesta a esto es clara y objetiva: la incredulidad del hombre. Si recuerdas, los fariseos le dijeron a Jesús que Él hacía milagros por medio de fuerzas demoniacas (Mt. 12). Es decir, le atribuyeron el poder del Espíritu Santo a los demonios. ¡Qué ligereza para hablar!

Un capítulo más adelante (Mt. 13), dice que Jesús no pudo hacer muchos milagros en Nazaret por causa de la incredulidad de la gente. El ministerio de Jesús se vio opacado por la falta de fe de las personas. La acción del Espíritu Santo para hacer algo sobrenatural se vio interrumpida porque la gente que no quería creer.

La incredulidad al mensaje del Evangelio es un rechazo directo a la obra del Espíritu Santo, ya que Él es el encargado principal de iluminar nuestros corazones y nuestras mentes de la verdad de Cristo Jesús. Cuando alguien decide voluntariamente decir “No quiero este mensaje…no creo en Jesús”, estas oponiéndose directamente a lo que el Espíritu quiere hacer en esa persona.

Pero, esto no es solo una advertencia para los no creyentes. También es algo en lo que podemos caer, los que ahora somos salvos. El apóstol Pablo comento varias cosas acerca de esto:

“No entristezcan al Espíritu Santo de Dios con la forma en que viven.” – Efesios 4:30 (NTV)

“No apaguen al Espíritu Santo.” – 1 Tesalonicenses 5:19 (NTV)

Es posible apagar la presencia del Espíritu Santo en nosotros con nuestras actitudes hacia Él. Es posible dejar de escuchar la dirección del Espíritu cuando nos aferramos a hacer nuestra voluntad, y no lo que Él sabe que es mejor para nuestras vidas.

Te quiero preguntar: ¿Qué te ha estado pidiendo Dios que entregues a Él? ¿Hay alguna área de tu vida que necesita cambios y te estás negando?

Viviendo sin resistencia

La única manera en que podemos empezar a vivir plenamente en el Espíritu es cuando rendimos todo lo que somos en humildad y fe. Esto significa que hacemos a un lado toda incredulidad, y aún si hubiera algo de esto en nuestro corazón, podemos decir como aquel hombre en busca de ayuda para su hijo: “¡Sí, creo, pero ayúdame a superar mi incredulidad!” (Mr. 9:24, NTV).

No hay incredulidad que el Espíritu de Dios no pueda vencer, aún así debemos venir a Él con la actitud y disposición correcta. Vivamos sin resistir su presencia y poder, y comencemos a experimentar todo lo que Él desea hacer en nosotros y por medio de nosotros.

ACERCA DEL AUTOR

Rafael Zúñiga. 27 años. Esposo de Cesia Carmí y papá de Alaia. Viven en la ciudad de Tijuana, Baja California. Actualmente se congregan y sirven en Iglesia Ancla. Es arquitecto de profesión, y además escribe regularmente en su blog personal en Medium. Puedes escucharlo también en su podcast “La Colina de Marte” en la plataforma de tu preferencia. Síguelo en sus redes sociales: Facebook e Instagram.

La controversia pelagiana

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

La controversia pelagiana

Por R.C. Sproul

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

Dame lo que ordenas, y ordena lo que quieras». Este pasaje de la pluma de San Agustín de Hipona fue la enseñanza que provocó una de las controversias más importantes en la historia de la Iglesia, y uno que provocó ira en los primeros años del siglo V.

La provocación de esta oración estimuló a un monje británico llamado Pelagio a reaccionar vigorosamente contra su contenido. Cuando Pelagio llegó a Roma en algún momento de la primera década del siglo V, estaba horrorizado por la laxitud moral que observó entre los cristianos profesos e incluso entre el clero. Atribuyó gran parte de este malestar a las implicaciones de la enseñanza de San Agustín, a saber, que la justicia solo podía ser lograda por los cristianos con la ayuda especial de la gracia divina.

Con respecto a la oración de Agustín, «Oh Dios, dame lo que ordenas, y ordena lo que quieras», Pelagio no tuvo problemas con la segunda parte. Él creía que el atributo más alto de Dios era en verdad Su justicia y por esa justicia tenía el perfecto derecho de obligar a Sus criaturas a obedecerlo de acuerdo con Su ley. Pelagio se enfocó en la primera parte de la oración, en la cual Agustín le pedía a Dios que le concediera lo que Él ordenaba. Pelagio reaccionó diciendo que en cualquier cosa que Dios ordena está implícita la capacidad de quien recibe la orden de obedecerla. El hombre no debería tener que pedir gracia para ser obediente.

Ahora, esta discusión se amplió a nuevos debates sobre la naturaleza de la caída de Adán, sobre el alcance de la corrupción en nuestra humanidad que describimos bajo la rúbrica de «pecado original» y sobre la doctrina del bautismo.

La posición de Pelagio era que el pecado de Adán afectó a Adán y solo a Adán. Es decir, como resultado de la transgresión de Adán, no se produjo ningún cambio en la naturaleza constitutiva de la raza humana. El hombre nació en un estado de justicia y, como uno creado a imagen de Dios, fue creado de manera inmutable. Aunque le era posible pecar, no le era posible perder su naturaleza humana básica, que era capaz de ser obediente, siempre y en todo lugar. Pelagio continuó diciendo que es posible, incluso después del pecado de Adán, para todo ser humano vivir una vida de justicia perfecta y que, de hecho, algunos han alcanzado tal estatus.

Pelagio no se opuso a la gracia, sino solo a la idea de que la gracia era necesaria para la obediencia. Sostuvo que la gracia facilita la obediencia, pero que no es un prerrequisito necesario para la obediencia. No hay transferencia de culpa de Adán a su descendencia ni cambio alguno en la naturaleza humana como subsecuencia de la caída. El único impacto negativo que Adán tuvo en su progenie fue el dar un mal ejemplo y si los que siguen el camino de Adán imitan su desobediencia, compartirán su culpa, afirmó Pelagio, pero solo siendo ellos realmente culpables. No puede haber transferencia o imputación de culpa de un hombre a otro de acuerdo con las enseñanzas de Pelagio. Por otro lado, Agustín argumentó que la caída perjudicó seriamente la capacidad moral de la raza humana. De hecho, la caída de Adán hundió a toda la humanidad en el estado ruinoso del pecado original. El pecado original no se refiere al primer pecado de Adán y Eva, sino que se refiere a las consecuencias para la raza humana de ese primer pecado. Se refiere al juicio de Dios sobre toda la raza humana por el cual Él trae sobre nosotros los efectos del pecado de Adán por la corrupción continua de todos sus descendientes. Pablo desarrolla este tema en el quinto capítulo de su epístola a los romanos.

El tema clave para Agustín en esta controversia era el problema de la capacidad moral del hombre caído, o la falta de ella. Agustín argumentó que antes de la caída, Adán y Eva disfrutaban de libre albedrío y de libertad moral. La voluntad es la facultad por la cual se toman las decisiones. La libertad se refiere a la capacidad de usar esa facultad para escoger las cosas de Dios. Agustín dijo que tras la caída, la voluntad, o la facultad de elegir, permaneció intacta; es decir, los seres humanos aún son libres en el sentido de que pueden elegir lo que quieran. Sin embargo, sus elecciones están profundamente influenciadas por la esclavitud del pecado que los mantiene en un estado corrupto. Y como resultado de esa esclavitud al pecado, se perdió esa libertad original que Adán y Eva disfrutaron antes de la caída.

La única forma de restaurar la libertad moral sería a través de una obra sobrenatural de la gracia de Dios en el alma. Esta renovación de la libertad es lo que la Biblia llama una libertad «real» (Stg 2:8). Por lo tanto, el quid de la cuestión tenía que ver con el tema de la incapacidad moral como el corazón del pecado original. La controversia arrojó varios veredictos eclesiásticos, incluido el juicio de la Iglesia en un sínodo en el año 418, donde el Concilio de Cartago condenó las enseñanzas de Pelagio. El hereje fue exiliado a Constantinopla en el 429. Y una vez más, el pelagianismo fue condenado por la Iglesia en el Concilio de Éfeso en el 431. A lo largo de la historia de la Iglesia, una y otra vez, el pelagianismo ha sido repudiado sin rodeos por la ortodoxia cristiana. Incluso el Concilio de Trento, que enseña una forma de semipelagianismo, en sus primeros tres cánones (especialmente en el sexto capítulo sobre la justificación), repite la antigua condena de la Iglesia a la enseñanza pelagiana de que los hombres pueden ser justos sin la gracia. Incluso en algo tan reciente como el catecismo católico romano moderno, esa condena continúa.

En nuestros días, debemos ver el debate entre el pelagianismo y el agustinianismo como el debate entre el humanismo y el cristianismo. El humanismo es una variedad recalentada de pelagianismo. Sin embargo, la lucha dentro de la Iglesia hoy en día es entre el punto de vista agustiniano y varias formas de semipelagianismo, que buscan un punto medio entre los puntos de vista de Pelagio y Agustín. El semipelagianismo enseña que la gracia es necesaria para lograr la justicia, pero que esta gracia no se imparte al pecador de manera unilateral o soberana como afirma la teología reformada. Más bien, el semipelagiano argumenta que el individuo da el primer paso de fe antes de que se otorgue esa gracia salvadora. Por lo tanto, Dios imparte la gracia de la fe en conjunto con la obra del pecador en la búsqueda de Dios. Parece que una pequeña mezcla de gracia y de obras no le preocupa mucho a los semipelagianos. Sin embargo, nuestra tarea es ser fieles primero a las Escrituras y luego a los antiguos concilios de la Iglesia, discernir la verdad de Agustín y defenderla bien.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
R.C. Sproul
R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

Los cesacionistas y continuistas somos hermanos

Palabra de Vida Almería

Will Graham

Andrés Birch: Los cesacionistas y continuistas somos hermanos

Decimos que no nos gustan las etiquetas, pero acabamos usándolas, aunque sea solo con ciertas personas de confianza, porque ¡¿quién va a usar veinte palabras si con una sola vale?!

El término «continuista» sí está en el Diccionario de la lengua española, pero con otro significado; pero el término «cesacionista» no está, con ningún significado. Pero para un número creciente de cristianos «teológicamente despiertos», los dos términos sirven para dividir a los cristianos protestantes, evangélicos e incluso reformados entre los que creen que todos los dones del Espíritu Santo mencionados en el Nuevo Testamento son para todo el período entre Pentecostés y la (segunda) venida del Señor y los que creen que algunos de esos dones, sobre todo los que en el primer siglo estuvieron especialmente relacionados con los apóstoles, «cesaron» – o sea, fueron retirados por el Señor – cuando ya no había apóstoles, a partir de la muerte del apóstol Juan. Y así tenemos hoy creyentes e iglesias que son «continuistas» y otros que son «cesacionistas».

Sin entrar en detalles, se trata de dos posturas muy distintas, y con implicaciones prácticas bastante importantes. Pero el propósito del presente artículo es, en vez de resaltar las innegables diferencias que hay entre «continuistas» y «cesacionistas», subrayar el sorprendente grado de consenso que existe entre «continuistas» y «cesacionistas» centrados en el evangelio.

1. Todos creemos en la autoridad de la Biblia

Para todos los verdaderos creyentes y para todas las verdaderas iglesias, la Biblia es la autoridad suprema; ella siempre tiene la última palabra. «¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido» (Is. 8:20). Los bereanos «eran más nobles…, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hch. 17:11). ¡Hasta las palabras de un apóstol (Pablo) fueron sometidas a la prueba de las Escrituras!

Aunque, en la práctica, es posible ser o «continuista» o «cesacionista» y no someterse a la autoridad de la Biblia, ninguna de las dos posturas es incompatible con un sometimiento a esa autoridad, y, en mi experiencia, todos los buenos «continuistas» y «cesacionistas» afirman y demuestran su compromiso con la autoridad de la Biblia.

2. Todos creemos en la suficiencia de la Biblia

La suficiencia de la Biblia significa que la Biblia sola es suficiente para revelar la verdad acerca de Dios y acerca del ser humano, para revelar todo lo que el ser humano necesita saber para poder ser salvado, y para revelar todo lo necesario para que las personas salvas puedan vivir sus vidas para la gloria de Dios. Para todo eso no hace falta ninguna otra fuente de revelación; la Biblia sola es (más que) suficiente.

Aunque algunos (tal vez muchos) «continuistas» demuestren, tanto por sus declaraciones como por sus hechos, no creer en la suficiencia de la Biblia, la culpa no la tiene la postura «continuista» en sí – es una postura compatible con un total compromiso con la suficiencia de la Biblia. Es posible creer que Dios puede hablar por medio de diferentes «palabras» hoy, sin considerar esas «palabras» necesarias en un sentido que socave la suficiencia de la Biblia.

3. Todos creemos en la soberanía de Dios

La soberanía de Dios significa que Dios, como Rey sobre todas las cosas, como el que está sobre el trono del universo, reina y gobierna sobre todos los seres, sobre todas las cosas y sobre todo lo que pasa, y que no hay nada que esté fuera de su control absoluto.

Me imagino que hay tanto «continuistas» como «cesacionistas» que no creen en la soberanía de Dios en ese sentido, pero, si es así, no creo que se deba a ninguna de las dos posturas como tales, sino a otro tipo de razones, como un excesivo énfasis en el libre albedrío del ser humano, etc.

A veces los «cesacionistas» acusan a los «continuistas» de no creer en la soberanía de Dios por insistir en que Dios siempre tiene que actuar de la misma manera. Y a veces los «continuistas» acusan a los «cesacionistas» de no creer en la soberanía de Dios por descartar la posibilidad de «palabras de Dios directas» hoy. Puede haber algo de verdad en ambas acusaciones, pero, insisto, no hay ninguna incompatibilidad necesaria entre ninguna de las dos posturas y la soberanía de Dios.

4. Todos creemos en un Dios que hace milagros

Existe una especie de «leyenda negra» por ahí de que los «cesacionistas» son los que no creen en milagros. Pero, curiosamente, ¡aún no he conocido a ningún «cesacionista» que crea en un Dios que no puede hacer milagros!

Claro, depende cómo se define el término «milagro». La concepción de un bebé parece un milagro, ¿verdad? Y hablamos de haber sido salvados de un accidente «por milagro». Y, como creyentes, sabemos que el mayor milagro de todos es el milagro de la salvación de un pecador. Pero, técnicamente, un milagro es un acontecimiento sobrenatural. En ese sentido, la concepción de un bebé (normal) no es un milagro, pero la de nuestro Señor Jesucristo sí que lo fue.

Ahora, en cuanto al tema que nos ocupa, no creo que nadie esté cuestionando el poder de Dios para hacer milagros hoy, sino más bien si los quiere hacer o no, hasta qué punto los hace y hasta qué punto son milagros todos los que se dice que lo son. Pero es un error diferenciar entre «continuistas» y «cesacionistas» como los que creen en milagros y los que no.

5. Todos creemos en un Dios que sana

Es probable que haya más «continuistas» que «cesacionistas» que creen en la continuación hoy de «dones de sanidades» (1 Co. 12:9), pero, creo que aquí también hay un importante consenso entre los hermanos de ambas posturas:

(1) Quien sana es Dios.

(2) Él puede sanar con o sin medios naturales.

(3) Dios puede sanar con o sin la imposición de manos, la unción con aceite, etc.

(4) Dios contesta nuestras oraciones por las personas enfermas – a veces sanándolas, otras veces de otra manera.

(5) La sanidad más importante es la sanidad espiritual – o sea, ¡la salvación!

6. Todos creemos en el Espíritu Santo

Otra «leyenda negra» es que durante muchos siglos el Espíritu Santo fue la persona olvidada de la Santa Trinidad; que el Espíritu Santo fue «recuperado» a principios del siglo 20; y que, hablando en general, los «continuistas» le dan más importancia al Espíritu Santo que los «cesacionistas».

Sobre este punto diré lo siguiente:

(1) Es muy probable que a lo largo de los veinte siglos del cristianismo muchos creyentes y muchas iglesias no le hayan dado al Espíritu Santo la atención y la importancia que se merece.

(2) Por otra parte, ha habido grandes teólogos y pensadores «cesacionistas» que han hablado y escrito muchísimo sobre el Espíritu Santo – para dar solo dos ejemplos: el reformador Juan Calvino era conocido como «el teólogo del Espíritu Santo»; y «el príncipe de los puritanos», John Owen, escribió más de mil páginas sobre el Espíritu Santo.

(3) La teología del Espíritu Santo es mucho más amplia que solamente el bautismo en el Espíritu Santo y los dones del Espíritu Santo, y muchos creyentes e iglesias parecen tener una idea bastante pobre del maravilloso Espíritu Santo.

A pesar de las diferencias de interpretación de la Biblia entre «continuistas» y cesacionistas» – y sin pretender quitarle importancia a esas diferencias – tanto los unos como los otros creen en el Espíritu Santo.

7. Todos creemos en la necesidad del Espíritu Santo

El Espíritu Santo es Creador, junto con el Padre y el Hijo. El Espíritu Santo es el que regenera a los espiritualmente muertos. El Espíritu Santo es el que santifica, guía, capacita y llena a los creyentes. El Espíritu Santo es el que vivifica los huesos secos. ¡Nadie puede ser salvo sin el Espíritu Santo! ¡Ningún creyente puede crecer espiritualmente sin el Espíritu Santo! ¡Ninguna iglesia puede funcionar – o existir – sin el Espíritu Santo! Y una de las mayores necesidades hoy, tanto dentro como fuera de la Iglesia, es precisamente un gran derramamiento del Espíritu Santo. Y creo que todo esto lo firmarían por igual tanto «continuistas» como «cesacionistas» – por lo menos los que yo conozco.

8. Todos creemos en los dones del Espíritu Santo

Es evidente que existen diferencias entre «continuistas» y «cesacionistas» sobre el tema de los dones del Espíritu Santo. Creo que la principal diferencia tiene que ver con el propósito de Dios para algunos de los dones del Espíritu Santo – si Él los dio solo para la era apostólica o para todo el tiempo hasta la venida del Señor. Y no tiene que ver tanto con el carácter sobrenatural de algunos de los dones, sino más bien con los dones de revelación, como la profecía, el don de lenguas con interpretación y otras «palabras del Señor» más o menos directas.

Pero aun los «continuistas» no están diciendo que todo lo que se presenta como «palabra del Señor» lo sea; hay que ejercer el don del discernimiento, juzgar cada manifestación a la luz de la Biblia y separar lo bueno de lo malo.

No pretendo minimizar las diferencias entre las dos posturas, pero quizás en la práctica el abismo entre las dos no sea tan grande como a veces parece.

9. Todos creemos en el orden en la iglesia

Creo que todos los que amamos la Palabra de Dios y el evangelio lamentamos todas las manifestaciones que se están dando de una casi total falta de orden en según qué iglesias y lugares. Creemos en el dicho de Pablo de hacer todo «decentemente y con orden» (1 Co. 14:40). El caos no honra al Dios de orden. Pero no sería justo – sería una caricatura – equiparar la postura «continuista» con el desorden – no tiene por qué ser así. Había una serie de desórdenes en Corinto, pero el remedio que propuso el apóstol Pablo no era el desuso de ninguno de los dones, sino el uso correcto de todos ellos.

En esto también hay un consenso entre «continuistas» y «cesacionistas»: creemos en el orden; creemos que no es suficiente tener la postura correcta; la práctica también tiene que ser bíblica y correcta.

Conclusión

Nos ha tocado vivir un tiempo emocionante. Sí, están pasando cosas preocupantes, poco bíblicas y que no honran al Señor. Pero, por otra parte, el Señor está obrando, la Iglesia se está reformando, el evangelio de Cristo se está predicando y se está extendiendo una preciosa comunión y colaboración entre iglesias y creyentes igualmente comprometidos con el Señor, con su Palabra y con el evangelio.

Sin duda, Satanás intentará dividirnos. ¿Cómo? Pues, aprovechándose de nuestras diferencias secundarias para sembrar malentendidos, caricaturas, ofensas y divisiones. ¡No será la primera vez! ¿Qué debemos hacer?

(1) Ser humildes.

(2) Considerar a nuestros hermanos mejores que nosotros mismos.

(3) Comprometernos a orar más los unos por los otros.

(4) Ayudarnos los unos a los otros a crecer en nuestro conocimiento de la Palabra y exhortarnos los unos a los otros a traducir ese conocimiento en un carácter verdaderamente cristiano.

(5) Saber mantener lo principal como lo principal y lo secundario como lo secundario.

(6) Aprovechar las percepciones de otros hermanos para corregir nuestros propios desequilibrios (¡que todos los tenemos!).

(7) Hacer un pacto entre nosotros, sobre la base del verdadero evangelio de Cristo, para seguir luchando juntos por el evangelio.

Artículo publicado con el permiso del autor.

Andrés Birch sirve como pastor en la Iglesia Reformada Bautista (Palma de Mallorca).

Pastor Will Graham

Casado con Ágota y padre de dos hijas, Will Graham (1985) sirve como pastor evangélico, profesor y blogger en la cuidad española de Almería (ubicada en el extremo sureste de la península).

Escribe semanalmente en sus blogs en Protestante Digital Evangelical Focus y colabora con Unión BíblicaCoalición por el Evangelio Pasión por el Evangelio.

¡Bienvenidos a su página oficial!

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Soli Deo gloria.

¿Por qué es un ERROR llamar CALVINISTAS a los REFORMADOS?

BITE

¿Por qué es un ERROR llamar CALVINISTAS a los REFORMADOS?

El término ‘calvinismo’ ha sido usado de diversas maneras desde el tiempo de Juan Calvino hasta el nuestro, pero, ¿este término es apropiado para hablar de Calvino o para hablar de la tradición teológica a la que él perteneció?

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Conductor: Giovanny Gómez Pérez.
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Producción: Pilar Prieto.
Edición del video: Fernando Ordoñez.
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Antes de que abandones a tu esposa

Coalición por el Evangelio

Antes de que abandones a tu esposa

5 exhortaciones para hombres que luchan en su matrimonio

MARSHALL SEGAL

Solía ​​preguntarme por qué tantos matrimonios terminaban en divorcio; por qué tantos de mis amigos de la escuela primaria, secundaria y de la universidad eran hijos de padres divorciados. En los años posteriores a la universidad, me preguntaba por qué tantos de mis compañeros ya se habían divorciado.

Después, me casé. Como cualquier otra persona casada, de repente sentí lo dolorosamente difícil que puede ser la comunicación entre un hombre y una mujer. Gemía por lo agotador que a veces se volvía el proceso de toma de decisiones. Veía cómo el matrimonio sacaba más pecado de mí que cualquier otra relación. Fui confrontado con lo orgulloso, defensivo y sensible que puedo ser cuando pecan contra mí. Tropecé con todas las típicas (y explosivas) minas maritales: el presupuesto, los horarios, la limpieza, los conflictos, los suegros. Comencé a notar lo mucho que nuestros antecedentes familiares estaban moldeando (y a menudo ejerciendo presión) a nuestra nueva familia.

El noviazgo había acentuado gratamente nuestras similitudes; el matrimonio acentuaba profundamente nuestras diferencias. Lo que se había sentido tan compatible, tan seguro, tan bueno, tan fácil en el altar, de repente se sentía a veces imposible. En otras palabras, descubrimos por qué muchas personas se divorcian.

Aunque el número de divorcios ha aumentado en los últimos años (al menos en Estados Unidos), la tentación de rendirnos y abandonar nuestros votos es casi tan antigua como el matrimonio mismo. Desde que el primer esposo y la primera esposa probaron el terrible fruto del pecado, Satanás ha sembrado la idea de que el divorcio podría ser realmente mejor que el matrimonio; que, independientemente de lo que Dios haya dicho sobre el matrimonio, Él seguramente entenderá por qué nuestro caso es diferente.

Dios confronta las tentaciones del divorcio directamente con una palabra dura, pero llena de esperanza a través del profeta Malaquías: un lugar en el que tal vez no se nos ocurriría buscar consejo y claridad matrimonial. No pretendo dirigirme aquí a esposos que han sufrido adulterio o abandono. Los hombres de la época de Malaquías, y los hombres que tengo en mente, eran esposos cuyo amor se había enfriado. Se fueron porque pensaron que otra mujer, otro matrimonio, otra vida, podría finalmente satisfacerlos.

Cinco llamados de atención de parte de Dios

El profeta Malaquías nos da una visión sorprendentemente clara y profunda (y a menudo pasada por alto) del matrimonio.

La pecaminosidad en el matrimonio comienza con la pecaminosidad en nuestra relación con Dios 

En los días de Malaquías, los esposos en Israel se estaban divorciando de sus esposas porque sus corazones se habían enfriado (Mal 2:16) y porque muchos de ellos querían casarse con mujeres extranjeras (Mal 2:11). ¿Por qué mujeres extranjeras? “Después del regreso del exilio en Babilonia, Judá era una región pequeña y desfavorecida del Imperio ersa, rodeada de vecinos mucho más poderosos. En tal situación, las conexiones matrimoniales eran un medio útil para obtener ventajas políticas y económicas” (Zephaniah, Haggai, Malachi, pág. 133). Básicamente, muchos de los hombres habían abandonado a sus esposas en busca de una mejor vida. Decidieron buscar provisión para sí mismos, aun si eso significaba sacrificar a su esposa e hijos.

Era un tiempo desolador cuando el pueblo regresaba del exilio. La carta comienza: “‘Yo los he amado’, dice el Señor. Pero ustedes dicen: ‘¿En qué nos has amado?’” (Mal 1:2). El pueblo se sentía abandonado por Dios. El sufrimiento los llevaba a la desesperación, algunos de ellos tan desesperados como para abandonar sus pactos y desertar a sus familias. Detrás de la infidelidad conyugal había un miedo y una lucha más profunda, no con un cónyuge, sino con Dios. La pecaminosidad en el matrimonio comienza con la pecaminosidad en nuestra relación con Dios.

Entonces, sabiendo algo de lo que estos hombres estaban enfrentando y cuán terriblemente respondieron, ¿cómo los confronta Dios y los llama al arrepentimiento y a la fidelidad en el matrimonio? Él los reprende recordándoles qué es el matrimonio y por qué vale la pena protegerlo y mantenerlo con todas nuestras fuerzas. Al hacerlo, nos da cinco grandes exhortaciones para los esposos cristianos que se sienten tentados a tirar la toalla.

1. Hiciste una promesa

“El Señor ha sido testigo entre tú y la mujer de tu juventud, contra la cual has obrado deslealmente, aunque ella es tu compañera y la mujer de tu pacto” (Malaquías 2:14).

Aunque ella es la mujer de tu pacto. Cuando Dios confronta a estos hombres que se han ido tras otras mujeres más deseables, ¿qué es lo primero que les recuerda? Hiciste una promesa. Desde el principio, Dios dijo: “el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Gn 2:24). Unirse no significa acercarse en un cálido y afectuoso abrazo, sino una devoción exclusiva y firme: un pacto (Dt 10:20Pr 2:16-17).

Cuando dijiste tus votos ante Dios y ante los testigos: “Te recibo a ti, para tenerte y protegerte de hoy en adelante, para bien y para mal, en la riqueza y en la pobreza, en salud y enfermedad, para amarte y cuidarte hasta que la muerte nos separe”, ¿qué quisiste decir? ¿Fue tu voto una simple ambición (“Bueno, lo intentamos…”) o fue una promesa?

Una boda no es una celebración debido a que una pareja ha encontrado el amor, sino porque se han manifestado una declaración de amor, se han prometido amor. Hacemos promesas precisamente porque, a pesar de lo comprometidos que nos sentimos con nuestro vestido blanco y nuestro esmoquin alquilado, es posible que queramos abandonarlo algún día. Porque el matrimonio es realmente difícil. Si abandonamos nuestra promesa cuando ya no nos sirve, demostramos que el voto no era realmente una promesa, sino solo una manera formal de obtener lo que queríamos.

2. El divorcio destruye lo que Dios hizo

“ ¿Acaso no hizo el Señor un solo ser, que es cuerpo y espíritu?” (Malaquías 2:15, NVI)

Mientras un hombre considera la idea del divorcio, debe recordar que el matrimonio es mucho más que “la unión legal o formalmente reconocida de dos personas como compañeros en una relación personal”. Un matrimonio es la unión de un hombre y una mujer por Dios. No solo por Dios, sino que en su unión tienen algo que le pertenece a Él, el espíritu. Esta no es meramente una unión social o física, sino espiritual. Como muchos oficiantes de bodas han señalado, “un cordel de tres hilos no se rompe fácilmente” (Ec 4:12): esposo, esposa y el Señor.

Una boda no es una celebración debido a que una pareja ha encontrado el amor, sino porque se han manifestado una declaración de amor, se han prometido amor 

La imagen que pinta el profeta se asemeja a una que Jesús mismo describe mientras cita a Génesis 2:24: “¿No han leído… ‘Por esta razón el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne’? Así que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, ningún hombre lo separe” (Mt 19:4-6). El divorcio destruye una obra maestra divina. Independientemente de cómo se conocieron, cómo fue su noviazgo y de cómo decidieron casarse, Dios los casó. Dios los hizo uno. ¿Destruirías lo que Él ha hecho?

3. El divorcio miente a los hijos acerca de Dios

“Y ¿por qué es uno solo? Porque busca descendencia dada por Dios” (Malaquías 2:15, NVI).

Dios hizo que el matrimonio fuera un pacto abundante, multiplicador y fructífero. “Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Dios los bendijo y les dijo: ‘Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra…’”(Gn 1: 27-28). Cuando los hizo marido y mujer, estaba buscando una descendencia.

No cualquier descendencia, sino una descendencia que lo amara, honrara y obedezca: “El Señor tu Dios circuncidará tu corazón y el corazón de tus descendientes, para que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas” (Dt 30:6). Dios quiere hijos que vivan para Él de nuestros matrimonios.

Estos descendientes no siempre son biológicos: “No tengo mayor gozo que este: oír que mis hijos andan en la verdad” (3 Jn 1:4). De modo que no tenemos que tener hijos o hijas para cumplir el mandato de Dios de ser fructíferos y multiplicarnos. De hecho, las dimensiones más importantes y duraderas son espirituales (hacer discípulos), no biológicas (tener bebés).

Entonces, ¿cómo podría tu divorcio afectar espiritualmente a tus hijos? ¿Qué daño, por décadas, podría hacerle? Si los matrimonios fieles despliegan la historia del evangelio (Ef 5:25), invitando a nuestros hijos al indescriptible amor de Dios en Cristo, ¿qué les muestra el divorcio? Imagina las barreras que podrías poner entre ellos y Dios. Imagina cómo el dolor y la traición podrían hacerlos cuestionar el amor y la fidelidad de Dios. Imagina cómo tu divorcio podría confundir y perturbar su fe (y la fe de otros jóvenes que te ven con admiración).

4. El divorcio hunde el alma en iniquidad

“‘Porque Yo detesto el divorcio’, dice el Señor, Dios de Israel, ‘y al que cubre de iniquidad su vestidura’, dice el Señor de los ejércitos. ‘Presten atención, pues, a su espíritu y no sean desleales’” (Malaquías 2:16).

La palabra más fuerte para estos maridos llega al final: si un hombre se divorcia de su esposa por falta de amor, “cubre de iniquidad su vestidura”. Suena bastante terrible, aun para los oídos modernos, pero ¿qué significa?

La vestidura es una metáfora común en las Escrituras que revela la calidad del carácter de una persona. El salmista dice de los impíos: “Por tanto, el orgullo es su collar; el manto de la violencia los cubre” (Sal 73:6). De manera similar, en el Nuevo Testamento, Jesús le dice a una de las siete iglesias: “Pero tienes unos pocos en Sardis que no han manchado sus vestiduras, y andarán conmigo vestidos de blanco, porque son dignos (Ap 3:4). Dios quiere decir que habían mantenido sus almas sin las manchas del pecado no arrepentido.

La iniquidad es una imagen no solo de la crueldad del divorcio. Es un acto malvado, especialmente en esa época, cuando una mujer dependía mucho más de su marido para provisión y protección. Aún hoy, abandonar a tu esposa es un acto de maldad en su contra (por muy civilizado que haya sido el proceso). Un hombre que se divorcia de su esposa daña a la persona que Dios le dio para proteger.

Sin embargo, la iniquidad es más que brutalidad relacional, porque este hombre usa la iniquidad como una vestidura. La iniquidad no es solo lo que este hombre hace, sino quién él es. Él no solo ha terminado su matrimonio con iniquidad, sino que ha hundido su alma en ella. Este tipo de corrupción es lo que Dios vio cuando miró hacia su mundo caído: “Pero la tierra se había corrompido delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia” (Gn 6:11). ¿Y cómo respondió Dios? Con un justo y devastador juicio contra ellos (Gn 6:13).

Entonces esta violencia, esta pecaminosidad impregnada de alma, no es solo iniquidad contra una esposa, sino contra Dios, contra su voluntad y sus mandamientos. La iniquidad no es simplemente dureza conyugal, sino agresión hacia Dios. Es el tipo de rebelión que dio una invitación a la inundación del mundo entero.

5. Dios escucha a los hombres que permanecen

La forma en que manejamos las luchas matrimoniales es tan crucial, en parte, porque Dios ha atado nuestra fidelidad en el matrimonio a nuestra experiencia de Dios. Ningún hombre puede abandonar a su esposa y seguir prosperando espiritualmente. “Ustedes, maridos, igualmente, convivan de manera comprensiva con sus mujeres, como con un vaso más frágil, puesto que es mujer, dándole honor por ser heredera como ustedes de la gracia de la vida, para que sus oraciones no sean estorbadas” (1 P 3:7). Aun si un hombre piensa que puede prosperar espiritualmente mientras descuida o abandona a su esposa (o si engaña a quienes lo rodean para que piensen así), es solo un espejismo que terminará en destrucción. Esa destrucción dañará mucho más que a él mismo.

Malaquías da la misma advertencia cuando confronta a los hombres: “Y esta otra cosa hacen: cubren el altar del Señor de lágrimas, llantos y gemidos, porque Él ya no mira la ofrenda ni la acepta con agrado de su mano”; en otras palabras, lloras porque tus oraciones están siendo estorbadas. “Y ustedes dicen: ‘¿Por qué?’. Porque el Señor ha sido testigo entre tú y la mujer de tu juventud, contra la cual has obrado deslealmente” (Mal 2:13-14). Dios se negó a recibir sus ofrendas o a responder sus oraciones porque se habían negado a amar a sus esposas.

Un hombre que se divorcia de su esposa daña a la persona que Dios le dio para proteger 

La forma en que trates a tu esposa afectará la forma en que Dios te trate a ti. No porque los maridos nos ganemos el amor de Dios por nuestras obras, sino porque nuestras obras revelan nuestra fe. Si somos fieles en el matrimonio solo cuando es agradable o conveniente, delatamos cuán pequeño son a nuestros ojos Dios y sus mandamientos. Mostramos si somos verdaderamente hombres de fe o hombres infieles. Aquellos que son infieles no son escuchados en el cielo.

Presten atención a su espíritu

Cuando Dios confronta a estos hombres y los llama a permanecer fieles a sus esposas, les manda, más de una vez: “Presten atención, pues, a su espíritu” (Mal 2:1516). A su espíritu. ¿Cómo luce eso para los hombres cristianos que luchan en sus matrimonios?

Más que nada, significa una comunión profunda, significativa y regular con el Novio fiel de nuestras almas. El Novio que se entregó a sí mismo por su esposa sucia e infiel, la iglesia, para santificarla y limpiarla (Ef 5:25-26). El Esposo que, a pesar de lo lejos que había corrido su esposa, del número de amantes que había conocido, de las veces que había mentido y se había ido, todavía le dice, nos dice:

“‘Sucederá en aquel día’, declara el Señor, ‘Que me llamarás Ishí (esposo mio)’… Te desposaré conmigo para siempre; sí, te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en misericordia y en compasión; te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor” (Oseas 2:16,19-20). 

Los hombres que quieren abandonar sus matrimonios harían bien en dedicar más tiempo a preguntarse por qué Dios aún no los abandona. Dedicar más tiempo considerando el fundamento que compró su perdón y su vida y más tiempo meditando en el día venidero de las bodas, cuando cantaremos:

“Regocijémonos y alegrémonos, y démosle a Él la gloria, porque las bodas del Cordero han llegado y Su esposa se ha preparado. Y a ella le fue concedido vestirse de lino fino, resplandeciente y limpio” (Apocalipsis 19:7-8).

Si nos faltan la fuerza, la paciencia y los recursos para permanecer en nuestro matrimonio y amar, no es porque Dios no los haya provisto. Es solo porque no hemos amado a la novia de nuestra juventud con la infinita ayuda divina.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición.

Marshall Segal es el asistente ejecutivo de John Piper y editor asociado de Desiring God. Él es graduado de Bethlehem College & Seminary y vive con su esposa Faye en Minneapolis. Lo puedes seguir en Twitter.

De muerte a vida

The Master’s Seminary

De muerte a vida

Henry Tolopilo

Cuando hablamos de salvación con base en lo que la Biblia enseña, debemos comenzar adecuadamente: La salvación comienza con Dios. La salvación no comienza por, ni depende del hombre. Quiero ser enfático en esto. La salvación no es de nosotros, es un don de Dios. Es un regalo preciosísimo porque la recibimos por gracia por medio de la fe. Esto no lo digo yo. Lo dijo el Espíritu Santo por medio de Pablo: “Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef 2:8–9). Por esa sencilla razón, nadie puede gloriarse en ser salvo. La gloria es sólo de Dios ya que Él es el autor de la fe de inicio a final. (Heb 12:2)

La Escritura presenta la salvación como obra soberana de Dios sin ninguna participación humana. Si somos salvos es porque Dios nos salvó. Él nos escogió, nos llamó, nos regeneró y nos justificó por Su gracia y poder. Si dependiese de nosotros mismos, no hubiésemos sido salvados porque no somos capaces de salvarnos por nuestros medios. Estábamos, en nuestro estado natural, muertos en delitos y pecados. Es por eso que el hombre está perdido sin esperanza, necesitado de un Salvador.

Un muerto no puede volver a la vida por sí mismo

La desesperanza del hombre sin Cristo es tal que la Biblia lo compara con un hombre que está muerto. Sabemos que es imposible que un muerto vuelva a la vida por sí mismo. Solo Dios da la vida y la quita. Nadie puede perder su vida y volverla a tomar. Juan 11 provee una excelente analogía que nos ayudará a entender este tema un poco más. Este pasaje relata la resurrección de Lázaro, uno de los amigos de Jesús. Lázaro estaba enfermo y sus hermanas mandan a llamar al Señor. (11:3) Jesús, les mandó el mensaje siguiente: “Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (11:4). Jesús intencionalmente retrasó Su llegada y Lázaro murió. Habían pasado ya cuatro días cuando se hizo presente. Sus hermanas le reclamaron, pensando que era imposible que Jesús le levantara de entre los muertos. ¡Era algo imposible a ojos humanos! Incluso cuando Jesús le dijo que resucitaría, Marta solo piensa en la resurrección futura. Tan imposible era a ojos del hombre lo que estaba por suceder. El relato sigue, casi llegando a su clímax:

Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. Dijo Jesús: Quitad
la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? (11:38–40).

Finalmente, llegó el momento tan esperado: “Habiendo dicho esto, gritó con fuerte voz: ¡Lázaro, ven fuera!” (11:43) Esto seguramente es algo que no se ve todos los días. ¡El Señor le dijo a Lázaro que se levantara de entre los muertos! He dirigido
varios servicios fúnebres, he visto muchos cadáveres, pero ¡nunca le pedí a un muerto que se levantara! Nunca dije: “señor Fulano, ¡levántate y anda!” Sería una pérdida de tiempo, además de ser una tontería. Un muerto no oye, no piensa y definitivamente no responde a ningún estímulo. Carece de voluntad y no tiene poder alguno. ¡Un muerto no hace nada! Pero, ¿qué pasó con Lázaro? Juan nos dice lo siguiente: “Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.
Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir” (11:44). Lázaro hizo exactamente lo que el Señor le mandó hacer. ¿Están leyendo lo mismo que yo? Un muerto no puede responder a un mandamiento. Es totalmente incapaz de hacerlo. Carece de la capacidad de responder porque no tiene vida. No está enfermo. Está muerto. Lázaro no podía responder por sí mismo. El punto acá es que Lázaro obedeció: Se levantó de entre los muertos. Él hizo algo que no se puede hacer. ¡Es simplemente imposible de hacer! Tal es la condición del hombre, sin Cristo, en su estado natural.

Haciendo posible lo imposible

¿Cómo, pues, sucedió algo que Lázaro no tenía la capacidad de hacer? ¿Cómo es posible que este hombre muerto respondiera al mandamiento de Jesús? Jesús le dio la habilidad y capacidad para responder. En el versículo 25, Jesús había dicho lo siguiente: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (11:25). Esto no era un dicho popular. No era un
fuerte deseo. Era verdad, y estaría por demostrarse no solo en el caso de Lázaro, sino mucho más allá. Jesús hizo posible lo imposible.

El milagro increíble que Jesús hizo con Lázaro es análogo al milagro de la salvación. Dios hace que un hombre espiritualmente muerto, incapaz e insensible a las cosas del Espíritu responda en fe al evangelio y experimente el nuevo nacimiento. El evangelio manda a hombres muertos a creer, entender, arrepentirse y abrazar por fe a Cristo. Francamente, el evangelio manda a muertos a hacer algo que ellos no pueden hacer por sí solos. Es por eso que la salvación no es de los hombres, sino que es de Dios. Es un don, un regalo inmerecido. (Ef 2:8–9) El milagro más grande es que haya transformado nuestras vidas, haciéndonos pasar de vida a muerte. ¡A Dios sea la gloria!

Henry se desempeña como pastor asociado en Grace Church, supervisando el Ministerio español. Anteriormente sirvió como misionero en Costa Rica y México, y también trabajó como director de desarrollo curricular para LOGOI International en Miami, Florida. Henry tiene títulos de Biola University (BA), Talbot Theological Seminary (M.Div.) Y Dallas Theological Seminary (STM). Él y su esposa Barbara tienen dos hijos.

Nuestra autoridad está viva

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

Nuestra autoridad está viva

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

En el pasillo principal del seminario donde estudié tienen una copia de la obra maestra de Albrecht Dürer, The Four Apostles [Los cuatro apóstoles]. Ciertamente es una interpretación magnífica de la obra clásica que fue pintada por uno de los profesores de Nuevo Testamento del seminario, cuya fidelidad bíblica se puede ver en un pequeño detalle de la pintura. Si uno estudia la pintura de cerca, uno puede observar una diferencia mínima entre la pintura de Dürer y su réplica. La pintura de Dürer tiene al apóstol Pedro sosteniendo la llave dorada de la puerta del cielo, mientras que la réplica muestra a Pedro sin una llave. Tal omisión deliberada es apropiada para un profesor protestante de Nuevo Testamento que, al reproducir dicha obra, entendió que las palabras de Cristo hacia Pedro no tenían la intención de colocar a Pedro como el único guardián de las llaves del Reino.

El período patrístico (la era de los padres de la Iglesia) terminó en el siglo V, y luego inició la Edad Media. El papado comenzó a establecer su autoridad suprema sobre la Iglesia de Cristo, y el papa León Magno decidió ocupar el lugar de San Pedro, cuya silla tenía sus patas en los cuatro extremos de la tierra.

Sin embargo, a principios del siglo, hubo un siervo fiel de África del Norte que defendió a la Iglesia de Cristo contra las herejías de los maniqueos, los donatistas y los pelagianos. Agustín de Hipona montó cuidadosamente sus defensas doctrinales y demostró que la Iglesia de Cristo no puede ser conquistada por sus enemigos. En el centro de la vida y la doctrina de Agustín había un corazón arrepentido que descansaba completamente en Dios, cuya gracia había sido manifestada en la perspicacia bíblica e integridad doctrinal de Su siervo. De hecho, fue en gran parte debido al ministerio de Agustín que la Iglesia fue sostenida durante las tormentas de la controversia a principios del siglo V, probando la veracidad de las palabras de Cristo al constituir Su Iglesia: «… edificaré Mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mt 16:18). Agustín entendió que, aunque la Iglesia tenía gran autoridad, dicha autoridad había sido establecida por la verdad de que la Iglesia pertenece únicamente a Jesucristo.

Agustín vivió coram Deo, ante el rostro de Dios, defendiendo el evangelio de Jesucristo. Falleció en el 430, y todos los demás papas, desde el papa León I en el 461 hasta el papa Juan Pablo II en el 2005, también han fallecido. Pero Aquel que es la única autoridad suprema sobre Su Iglesia, vive y reina para siempre.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

2 – Paradojas, misterios y contradicciones

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

1. LA REVELACIÓN

2. Paradojas, misterios y contradicciones

R.C. Sproul

Diversos movimientos dentro de nuestra cultura contemporánea, tales como la «New Age», las religiones orientales, y la filosofía irracional, han ejercido su influencia y conducido a una crisis de entendimiento. Ha surgido una nueva forma de misticismo que le otorga al absurdo el sello de la verdad religiosa. A nuestro entender, la máxima del budismo zen, «Dios es una mano aplaudiendo», constituye una clara ilustración de este concepto.

Decir que Dios es una mano aplaudiendo suena como algo profundo. La mente conciente se confunde porque va a contramano de los patrones normales de pensamiento. Suena «profundo» e intrigante hasta que la analizamos cuidadosamente y descubrimos que en el fondo solo se trata de una afirmación carente de sentido.

La irracionalidad es un tipo de caos mental. Descansa sobre una confusión contrapuesta con el Autor de toda verdad que no es un autor de confusión.

El cristianismo bíblico es vulnerable a dichas cadenas de irracionalidad exaltada debido a su cándido reconocimiento de que existen muchas paradojas y misterios en la Biblia. Como las diferencias que marcan los límites entre las paradojas, los misterios y las contradicciones son débiles pero cruciales, es importante  que aprendamos a distinguir cuáles son estas diferencias.

Cuando buscamos sondear las profundidades de Dios nos confundimos con mucha rapidez. Ningún mortal puede comprender a Dios exhaustivamente. La Biblia nos revela cosas sobre Dios, cosas que aunque somos incapaces de comprenderlas completamente sabemos que son verdades. No tenemos ningún punto de referencia humano, por ejemplo, para entender a un ser que es tres en persona y uno en esencia (la Trinidad), o a un ser que es una persona con dos naturalezas distintas, la humana y la divina (la persona de Cristo). Estas verdades, tan ciertas como puedan serlo, son demasiado «elevadas» para ser alcanzadas por nosotros.

Nos enfrentamos con problemas similares en el mundo natural. Sabemos que la gravedad existe, pero aunque no la entendemos, no por ello intentamos definirla en términos irracionales o contradictorios. Casi todos estamos de acuerdo que el movimiento forma parte integral de la realidad, sin embargo, la esencia del movimiento en sí mismo ha dejado perplejos a los filósofos y a los científicos por milenios. La realidad tiene mucho de misteriosa y mucho que no podemos entender. Pero esto no se convierte en nuestra garantía para dar un salto al absurdo. Tanto en la religión como en la ciencia, la irracionalidad es fatal. En realidad, es mortal para cualquier verdad.

El filósofo cristiano Gordon H. Clark en cierta ocasión definió una paradoja como «un calambre entre las orejas». El propósito de su definición era señalar que lo que muchas veces se denomina una paradoja no es nada más que un razonamiento descuidado. Clark, sin embargo, reconoció con claridad la función y el papel legítimo de las paradojas. La palabra paradoja proviene de la raíz griega que significa «parecer o aparecer». Las paradojas nos resultan difíciles porque a primera vista «parecen» ser contradictorias, pero si las examinamos con mayor detalle podemos encontrarles la solución. Por ejemplo, Jesús dijo que «El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará» (Mat. 10:39). Superficialmente, esto parece ser una afirmación del mismo tenor que la que dice que «Dios es una mano aplaudiendo».  Parece contener en sí una contradicción. Lo que Jesús intentó decir, sin embargo, fue que si alguien pierde su vida en un sentido, la encontrará en otro sentido. Como la pérdida y el hallazgo están en dos sentidos distintos, no hay ninguna contradicción. Yo sayal mismo tiempo un padre y un hijo pero, obviamente, no en la misma relación.

Debido a que la palabra paradoja ha sido muy frecuentemente entendida como sinónimo de contradicción, en algunos diccionarios ingleses ha sido ingresada como una segunda acepción al término contradicción. Una contradicción es una afirmación que viola la clásica ley de no contradicción. La ley de no contradicción afirma que no es posible que A sea A y no-A al mismo tiempo y en el mismo sentido. En otras palabras, algo no puede ser lo que es y no ser lo que es, al mismo tiempo y en el mismo sentido. Se trata de la ley más importante de todas las leyes de lógica.

Nadie es capaz de entender una contradicción porque una contradicción es inherentemente no inteligible. Ni siquiera Dios puede comprender las contradicciones. Pero sin duda que las  puede reconocer por lo que en realidad son – meras falsedades. La palabra contradicción proviene del latín «hablar en contra». También se las conoce como una antinomia, que significa «contra la ley».  Si Dios hablara por medio de contradicciones carecería intelectualmente de leyes, tendría un doble discurso. Es un tremendo insulto y una blasfemia incluso el sugerir que el Autor de la verdad pudiera hablar con contradicciones. La contradicción es la herramienta de aquel que miente, “el padre de las mentiras” que desprecia la verdad.

Existe una relación entre los misterios y las contradicciones que fácilmente nos conduce a confundirlas entre sí. No podemos entender los misterios. No podemos entender las contradicciones. El punto de contacto entre los dos conceptos es su carácter de no inteligible. Los misterios no nos resultan claros ahora porque carecemos de información o de la perspectiva para comprenderlos. La Biblia nos promete que, una vez en el cielo estos misterios que ahora no podemos comprender serán explicados. Las explicaciones solucionarán los misterios del presente. Sin embargo, no hay ninguna explicación posible, ni en el cielo ni en la tierra, que pueda solucionar una contradicción.

Resumen

1.         Una paradoja es una contradicción aparente que puede ser entendida si  se la examina en detalle.

2.         Un misterio es algo que ahora nos resulta desconocido, pero que puede ser resuelto.

3.         Una contradicción es una violación de la ley de no contradicción. Una contradicción no puede ser resuelta, ni por los mortales ni por Dios, ni en este mundo ni en el porvenir.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Mat. 13:11

Mat. 16:25

Rom. 16:25-27

1 Cor. 2:7

1 Cor. 14:33

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

ARTÍCULO TOMADO DE: http://www.hombrereformado.org/grandes-doctrinas-de-la-biblia—r-c-sproul

¿Qué significa alabar a Dios?

Got Questions

¿Qué significa alabar a Dios?

Los cristianos a menudo hablan de «alabar a Dios», y la Biblia ordena a todas las criaturas que alaben al Señor (Salmo 150:6). Una palabra hebrea que significa «alabanza» es yadah, que quiere decir «alabar, dar gracias, o confesar». Una segunda palabra que menudo se traduce como «alabanza» en el Antiguo Testamento es zamar, «cantar alabanza». Una tercera palabra traducida como «alabanza» es halal (la raíz del aleluya), que significa «alabar, honrar o elogiar». Estas tres palabras encierran la idea de dar gracias y honor a aquel que es digno de alabanza.

El libro de los Salmos es una colección de canticos llenos de alabanzas a Dios. Entre ellos se encuentra el Salmo 9:2, que dice «Me alegraré y me regocijaré en ti; Cantaré a tu nombre, oh Altísimo». Salmo 18:3 dice que Dios es «digno de ser alabado». Salmo 21:13 alaba a Dios por lo que Él es y por su gran poder: «Engrandécete, oh Jehová, en tu poder; Cantaremos y alabaremos tu poderío».

El Salmo 150 utiliza el término alabanza trece veces en seis versículos. El primer versículo proporciona el «dónde» de la alabanza ¬— ¡en todo lugar! «Alabad a Dios en su santuario; Alabadle en la magnificencia de su firmamento”.

– El siguiente versículo enseña el «por qué» alabar al Señor: «Alabadle por sus proezas; Alabadle conforme a la muchedumbre de su grandeza».

– los versículos 3-6 mencionan «cómo» alabar al Señor — con una variedad de instrumentos, danza y todo lo que respire. ¡Todos los medios que tengamos que produzcan sonido, se usan para alabar al Señor!

En el Nuevo Testamento, hay ejemplos de alabanza dada a Jesús. Mateo 21:16 se refiere a aquellos que alababan a Jesús mientras Él venía montado en un burro hacia Jerusalén. Mateo 8:2 menciona un leproso que se postró ante Jesús. En Mateo 28:17, se dice de los discípulos de Jesús que lo adoraron después de su resurrección. Jesús aceptó la alabanza como a Dios mismo.

La iglesia primitiva compartía a menudo tiempos de alabanza. Por ejemplo, la primera iglesia en Jerusalén se enfocó en la adoración (Hechos 2:42-43). Los líderes de la iglesia de Antioquía oraron, adoraron y ayunaron durante el tiempo en que Pablo y Bernabé fueron llamados a la obra misionera (Hechos 13:1-5). Muchas de las cartas de Pablo incluyen secciones extensas de alabanza al Señor (1 Timoteo 3:14-16; Filipenses 1:3-11).

Al final de los tiempos, todo el pueblo de Dios se unirá en una alabanza a Dios. «Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán» (Apocalipsis 22:3). Quitando la maldición del pecado, aquellos que están con el Señor, alabarán por siempre al Rey de reyes en la perfección. Se ha dicho que nuestra adoración a Dios en la tierra es simplemente la preparación para la celebración de la alabanza, que tendrá lugar en la eternidad con el Señor.

Permisos de publicación autorizados por el Ministerio Got Questions para Alimentemos El Alma

Tomado de GotQuestions.org. Todos los Derechos Reservados

Disponible sobre el Internet en:  https://www.gotquestions.org/Espanol/

Nuestros padres del siglo IV

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Nuestros padres del siglo IV

Por George Grant

Nota del editor: Este es el octavo artículo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Al igual que con los padres fundadores de los Estados Unidos, muchos mencionan a los padres de la Iglesia, pero son pocos los que realmente han llegado a leer sus escritos. Es común que se haga referencia a ellos, pero rara vez los vemos citados. Aunque son una parte fundamental de los eslóganes tradicionalistas, la realidad es que han contribuido muy poco a las tradiciones que se supone han inspirado. Hoy en día, estos padres de la Iglesia son desconocidos para la mayoría. Hay muy poco conocimiento sobre aquellos que le siguieron a los apóstoles, incluso en aquellas comunidades que ponen mucho énfasis en la sucesión apostólica (los católicos, los ortodoxos, los anglicanos y los coptos). Sus palabras y obras no suelen usarse más que para ser veneradas anecdóticamente.

La ironía de esto va más allá de lo obvio, pues la realidad es que los escritos de los padres de la Iglesia son completamente legibles y están ampliamente disponibles. Los primeros cristianos eran tanto alfabetizados como literarios. Eran gente del Libro y de los libros. Como resultado, sus cartas, sermones, tratados, comentarios, manifiestos, credos, diálogos, proverbios, epigramas y sagas fueron cuidadosamente preservados y antologizados a lo largo de los siglos. Los creyentes que fueron acosados y perseguidos durante la época imperial fueron consolados por su sabiduría pastoral. Los medievalistas basaron su cosmovisión en los fundamentos patrísticos a lo largo de la era de la cristiandad. Los reformadores protestantes consideraron sus preceptos con cuidado durante los tumultuosos días de la Reforma. De hecho, casi todas las generaciones de cristianos hasta finales del siglo XIX hicieron del estudio de sus ideas un aspecto elemental de la educación clásica.

Lamentablemente, la lectura de sus obras exige una cierta cantidad de diligencia, reflexión y discernimiento —como es necesariamente el caso de todo escrito sustancioso— lo cual probablemente es la causa por la cual leer y estudiar la literatura patrística pasó de moda a finales de siglo XX.

Teóricamente, la patrística continúa siendo atractiva para nosotros. Repetimos la piadosa letanía de los reformadores: volvamos al patrón de la Iglesia primitiva; restauremos la integridad de la adoración como algo primordial; eliminemos las capas acumuladas de prácticas, rituales y ceremonias tradicionales. De alguna manera, nos imaginamos que la patrística nos apoya en esto. Suponemos que es simplista, primitiva y básica. Por lo que con frecuencia nos sorprendemos al descubrir que en realidad es complicada, refinada y madura. Y si hay algo a lo cual la Iglesia moderna se opone es a la profundidad, a la sofisticación y a la perspicacia. El resultado es que continuamos con una ingenuidad despreocupada, diciendo: «No me confundan con los hechos».

En términos generales, la época de los padres, en la Iglesia Occidental, fue durante los primeros cinco siglos después de Cristo. En la Iglesia Oriental, la era patrística se extiende hasta abarcar a Juan Damasceno a mediados del siglo VIII. Los eruditos han seguido la tradición de organizar a los escritores en cuatro grupos. En el primer grupo están los padres apostólicos y los apologistas, o aquellos escritores que eran más o menos contemporáneos con la formación del canon del Nuevo Testamento. Todos estos escribieron en griego. En el segundo grupo están aquellos escritores del tercer siglo, aproximadamente desde los tiempos de Ireneo hasta el Concilio de Nicea. Estos escribieron en griego y en latín. En el tercer grupo están los padres latinos posnicenos, aquellos escritores de la época de los grandes concilios ecuménicos. En el cuarto grupo están los padres griegos posnicenos, aquellos escritores de la Edad de Oro bizantina.

La mayoría de las colecciones modernas de la patrística solamente incluyen escritos del primer grupo, lo cual es una gran pena. En realidad, la cúspide del período patrístico fue el siglo IV. Estos cien años fueron asombrosos, comenzando con Atanasio (296-373), quien se mantuvo contra mundum (contra el mundo) y concluyendo con Agustín (354-430), quien estableció los fundamentos de la civilización occidental. En el ínterin, hombres como Alejandro de Alejandría (267-328), Julio de Roma (337-352), Hilario de Poitiers (315-368), Basilio de Cesarea (330-379), Gregorio Nacianceno (330-390), Martín de Tours (335-397) y Gregorio de Nisa (335-394) pelearon y ganaron la gran lucha por la ortodoxia bíblica contra los arrianos, y comenzaron las primeras protestas contra las herejías de los apolinaristas y los monofisitas. Fue en el siglo IV que Juan Crisóstomo (344-407) revitalizó tanto la predicación como la liturgia de la Iglesia. Fue en el siglo IV que San Jerónimo de Belén (347-420) realizó el trabajo textual esencial sobre el cual la Iglesia se apoyaría por más de un milenio. Fue en el siglo IV que se revelaron los errores del pelagianismo, el donatismo y el celestianismo.

En tiempos como estos, en los cuales el evangelio está siendo atacado como en ningún otro momento desde el siglo IV, vale la pena tomarnos el tiempo para considerar los patrones de fidelidad que tuvieron los héroes de esa época. Nos convendría aprender de sus vidas y ministerios. Sin duda, sería beneficioso que siguiéramos los pasos de sus grandes batallas, de modo que podamos estar en condiciones para luchar las nuestras.

Por consiguiente, leer sobre estos padres, aprender de estos padres e imitar a estos padres no sería meramente un ejercicio de curiosidad por lo antiguo ni de idealismo nostálgico. Más bien, podría llegar a ser, aparte del estudio de las Escrituras mismas, lo que más nos ayude en nuestros discipulados.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
George Grant
George Grant es el pastor de Parish Presbyterian Church (PCA), el fundador de Franklin Classical School, Chalmers Fund, y King’s Meadow Study Center, y el autor de más de 70 libros.