¿Cómo MEDITAR en la PALABRA?

Teología Express

¿Cómo MEDITAR en la PALABRA?

 Carlos Astorga

🎥 Vídeo: ¿Cómo meditar en la Palabra?
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¿Cómo MEDITAR en la PALABRA?, Meditación cristiana, Meditar en la Biblia, Meditar en las Escrituras
Dios les bendiga. Soli Deo Gloria

Audacia y claridad para ser luz en el mundo

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Audacia y claridad para ser luz en el mundo

Rosaria Butterfield

En este mundo poscristiano, nuestra teología se exhibe en todo lo que hacemos y decimos. Tomemos, por ejemplo, la puerta del ático que colgaba de una bisagra rota en la casa de los Butterfield el miércoles 9 de noviembre de 2016, y a Phil, el manitas del vecindario que vino a repararla. Cuando Phil aceptó el trabajo y vino a casa, le di la bienvenida, le mostré la puerta del ático, me aseguré de que supiera que el café en la cafetera era para él, y luego seguí con las lecciones de mis hijos, a quienes educo en casa.

Pero en un rato lo escuché. Alguien estaba llorando.

Phil estaba en lágrimas. Había terminado el trabajo y estaba sentado en mi cocina, con la cara entre sus manos callosas, sollozando. Pregunté por qué, y me dijo sin rodeos que los cristianos son personas peligrosas, y que las elecciones pasadas en los Estados Unidos lo habían demostrado. Se preguntaba cómo podíamos seguir siendo amigos si no estábamos de acuerdo en cuanto a los valores básicos, y cómo yo podía creer las cosas que creía.

Phil y yo hemos sido vecinos por años. Vamos a las mismas barbacoas, a los mismos funerales y a las mismas fiestas vecinales. Nos hemos prestado jaulas para perros, devuelto las bicicletas de nuestros niños y compartido bulbos de iris. Pero al día siguiente de ir a las urnas, las líneas fueron trazadas. La pregunta de Phil era clave: ¿Podemos confiar en personas que tienen una cosmovisión diferente a la nuestra? ¿Hacia dónde nos dirigimos a partir de ahora? Si ni siquiera podemos conversar con otros, ¿cómo vamos a compartirles el evangelio? 

Acerqué un taburete a la mesa de la cocina y lloramos juntos. A veces no hay otra cosa que hacer ante un mundo tan dividido. 

Estos tiempos se caracterizan por la intolerancia en la sociedad, y esto hace que seamos tentados a suavizar las verdades difíciles de la fe, a temer que nuestra opinión pública nos dé una mala reputación, a volver a trazar las líneas dadas por Dios para no tener que amar ni hablar con la audacia del evangelio. Somos tentados a tratar de «equilibrar» la gracia y la verdad.

Para vivir con audacia y claridad de modo que seamos luz para el mundo, tenemos que amar a nuestro prójimo sacrificialmente y vivir nuestras vidas con una transparencia evangélica.

Muchos critican a las iglesias confesionales fieles y a sus pastores y ancianos, desconcertados porque estos no se postran ante los ídolos gemelos de la cultura actual: la orientación sexual (la creencia de que tu deseo sexual te define ontológicamente) y la interseccionalidad (la creencia de que tu identidad en realidad se mide en función de cuántos estatus de víctima puedes reclamar, con una dignidad humana que solo se acumula a través de la intolerancia al desacuerdo de cualquier índole). ¿Qué hacemos entonces? 

Podemos aprender de la Iglesia primitiva, que en el segundo siglo enfrentó oposición en dos frentes: persecución desde afuera y falsa doctrina desde adentro.

La persecución llegó a la Iglesia del segundo siglo cuando los cristianos se negaron a confesar a César como Señor. Es útil saber que a los cristianos del segundo siglo que vivían en Roma no se les pedía que negaran a Jesús directamente. Jesús podía simplemente ser uno más entre los muchos dioses. Pero Roma veía la profesión de la exclusividad de Cristo como una traición, y eso era una ofensa capital. Cristianos jóvenes y ancianos fueron ejecutados por profesar la exclusividad del señorío de Cristo. Y en medio de la persecución, la Iglesia creció en gracia y en tamaño, y el evangelio se extendió hasta los confines de la tierra.

La falsa doctrina siempre viene de dos formas: una es antagónica, estableciéndose como una clara oposición a la verdad del evangelio; la otra es canibalística, queriendo comerse vivo al poder del evangelio al afirmar falsamente que este último resalta lo que la cultura ya sabe que es verdad. Nuestra propia cultura, al igual que la del segundo siglo, presenta una falsa doctrina canibalística, una que quiere promover la gracia del evangelio sin la sangre de Cristo o sin Su poder de resurrección. Un ejemplo de la falsa doctrina canibalística de nuestros días sería el eslogan del movimiento LGBTQ: “El amor gana”. La misma palabra; diferente cosmovisión.

¿Qué podemos aprender de los cristianos del segundo siglo? Primero, ellos sabían que si la verdad del evangelio no estaba acompañada de una gracia diaria, sacrificial y hospitalaria, sería ineficaz. Es importante que estemos dispuestos a compartir la verdad bíblica que creemos, y también a sufrir por ella. Segundo, ellos sabían que la falsa doctrina es mucho más peligrosa que la persecución. Nosotros, los cristianos occidentales del siglo XXI, con frecuencia creemos todo lo contrario. Y debido a que le tememos más a la persecución que a la falsa doctrina, muchas veces somos ineficaces al ofrecer la enseñanza bíblica que mejor comunica la verdad y la gracia del evangelio.

Para vivir con audacia y claridad de modo que seamos luz para el mundo, tenemos que amar a nuestro prójimo sacrificialmente y vivir nuestras vidas con una transparencia evangélica. Debemos arriesgarnos y amar a nuestros prójimos lo suficiente como para que sepan qué dice Dios acerca de nuestro pecado y nuestro sufrimiento. Nuestro prójimo necesita saber quiénes somos realmente y a quién servimos. No para que podamos estar de acuerdo en que estamos en desacuerdo, sino para que podamos estar en desacuerdo y aun así cenar juntos, y al final de la cena abrir la Palabra de Dios y discutir lo que allí se encuentra. Necesitamos ser transparentes al compartir las Escrituras, algo que Dios ha ordenado a Su pueblo. Es en estos lugares incómodos y honestos, estos lugares donde vemos la imagen de Dios en los demás a pesar de los abismos que nos separan, que el evangelio puede comunicarse con integridad. Pero esto solo sucederá si nos atrevemos a arriesgarnos. Porque para reflejar la imagen de Dios en conocimiento, justicia y santidad, necesitamos hacer más que simplemente asentir y sonreír. En nuestro mundo poscristiano, nuestras palabras no pueden ser más fuertes que nuestras relaciones. Esto significa que debemos prepararnos para la ardua labor de construir relaciones sólidas y para enfrentar los peligros de hablar la verdad del evangelio. Debemos aprovechar los conflictos y no ser demasiado sensibles a lo que las personas nos digan o a lo que digan de nosotros. Debemos proclamar a Cristo crucificado, y aprovechar cada oportunidad para hacerlo. Esto es lo que significa ofrecer a nuestro mundo poscristiano una verdad cristiana que es auténtica y audaz. 

No estamos llamados a equilibrar la gracia y la verdad, algo que resulta en una miserable ecuación donde solo queda el 50 por ciento de cada una. Estamos llamados a practicar el 100 por ciento de la gracia y el 100 por ciento de la verdad. El amor a Dios y el amor al prójimo no exigen menos. Y es que en nuestro mundo poscristiano, necesitamos hacer más que simplemente asentir y sonreír. A veces tenemos que comenzar llorando juntos, sabiendo que en la batalla espiritual hay que derribar antes de reconstruir.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Rosaria Butterfield
Rosaria Butterfield

La Dra. Rosaria Champagne Butterfield es esposa de pastor, madre, maestra de sus hijos en casa y autora de of The Secret Thoughts of an Unlikely Convert [Los pensamientos secretos de una convertida improbable] y Openness Unhindered [Transparencia sin restricciones].

Audacia y claridad para ser luz en el mundo

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Audacia y claridad para ser luz en el mundo

Rosaria Butterfield

En este mundo poscristiano, nuestra teología se exhibe en todo lo que hacemos y decimos. Tomemos, por ejemplo, la puerta del ático que colgaba de una bisagra rota en la casa de los Butterfield el miércoles 9 de noviembre de 2016, y a Phil, el manitas del vecindario que vino a repararla. Cuando Phil aceptó el trabajo y vino a casa, le di la bienvenida, le mostré la puerta del ático, me aseguré de que supiera que el café en la cafetera era para él, y luego seguí con las lecciones de mis hijos, a quienes educo en casa.

Pero en un rato lo escuché. Alguien estaba llorando.

Phil estaba en lágrimas. Había terminado el trabajo y estaba sentado en mi cocina, con la cara entre sus manos callosas, sollozando. Pregunté por qué, y me dijo sin rodeos que los cristianos son personas peligrosas, y que las elecciones pasadas en los Estados Unidos lo habían demostrado. Se preguntaba cómo podíamos seguir siendo amigos si no estábamos de acuerdo en cuanto a los valores básicos, y cómo yo podía creer las cosas que creía.

Phil y yo hemos sido vecinos por años. Vamos a las mismas barbacoas, a los mismos funerales y a las mismas fiestas vecinales. Nos hemos prestado jaulas para perros, devuelto las bicicletas de nuestros niños y compartido bulbos de iris. Pero al día siguiente de ir a las urnas, las líneas fueron trazadas. La pregunta de Phil era clave: ¿Podemos confiar en personas que tienen una cosmovisión diferente a la nuestra? ¿Hacia dónde nos dirigimos a partir de ahora? Si ni siquiera podemos conversar con otros, ¿cómo vamos a compartirles el evangelio? 

Acerqué un taburete a la mesa de la cocina y lloramos juntos. A veces no hay otra cosa que hacer ante un mundo tan dividido. 

Estos tiempos se caracterizan por la intolerancia en la sociedad, y esto hace que seamos tentados a suavizar las verdades difíciles de la fe, a temer que nuestra opinión pública nos dé una mala reputación, a volver a trazar las líneas dadas por Dios para no tener que amar ni hablar con la audacia del evangelio. Somos tentados a tratar de «equilibrar» la gracia y la verdad.

Para vivir con audacia y claridad de modo que seamos luz para el mundo, tenemos que amar a nuestro prójimo sacrificialmente y vivir nuestras vidas con una transparencia evangélica.

Muchos critican a las iglesias confesionales fieles y a sus pastores y ancianos, desconcertados porque estos no se postran ante los ídolos gemelos de la cultura actual: la orientación sexual (la creencia de que tu deseo sexual te define ontológicamente) y la interseccionalidad (la creencia de que tu identidad en realidad se mide en función de cuántos estatus de víctima puedes reclamar, con una dignidad humana que solo se acumula a través de la intolerancia al desacuerdo de cualquier índole). ¿Qué hacemos entonces? 

Podemos aprender de la Iglesia primitiva, que en el segundo siglo enfrentó oposición en dos frentes: persecución desde afuera y falsa doctrina desde adentro.

La persecución llegó a la Iglesia del segundo siglo cuando los cristianos se negaron a confesar a César como Señor. Es útil saber que a los cristianos del segundo siglo que vivían en Roma no se les pedía que negaran a Jesús directamente. Jesús podía simplemente ser uno más entre los muchos dioses. Pero Roma veía la profesión de la exclusividad de Cristo como una traición, y eso era una ofensa capital. Cristianos jóvenes y ancianos fueron ejecutados por profesar la exclusividad del señorío de Cristo. Y en medio de la persecución, la Iglesia creció en gracia y en tamaño, y el evangelio se extendió hasta los confines de la tierra.

La falsa doctrina siempre viene de dos formas: una es antagónica, estableciéndose como una clara oposición a la verdad del evangelio; la otra es canibalística, queriendo comerse vivo al poder del evangelio al afirmar falsamente que este último resalta lo que la cultura ya sabe que es verdad. Nuestra propia cultura, al igual que la del segundo siglo, presenta una falsa doctrina canibalística, una que quiere promover la gracia del evangelio sin la sangre de Cristo o sin Su poder de resurrección. Un ejemplo de la falsa doctrina canibalística de nuestros días sería el eslogan del movimiento LGBTQ: “El amor gana”. La misma palabra; diferente cosmovisión.

¿Qué podemos aprender de los cristianos del segundo siglo? Primero, ellos sabían que si la verdad del evangelio no estaba acompañada de una gracia diaria, sacrificial y hospitalaria, sería ineficaz. Es importante que estemos dispuestos a compartir la verdad bíblica que creemos, y también a sufrir por ella. Segundo, ellos sabían que la falsa doctrina es mucho más peligrosa que la persecución. Nosotros, los cristianos occidentales del siglo XXI, con frecuencia creemos todo lo contrario. Y debido a que le tememos más a la persecución que a la falsa doctrina, muchas veces somos ineficaces al ofrecer la enseñanza bíblica que mejor comunica la verdad y la gracia del evangelio.

Para vivir con audacia y claridad de modo que seamos luz para el mundo, tenemos que amar a nuestro prójimo sacrificialmente y vivir nuestras vidas con una transparencia evangélica. Debemos arriesgarnos y amar a nuestros prójimos lo suficiente como para que sepan qué dice Dios acerca de nuestro pecado y nuestro sufrimiento. Nuestro prójimo necesita saber quiénes somos realmente y a quién servimos. No para que podamos estar de acuerdo en que estamos en desacuerdo, sino para que podamos estar en desacuerdo y aun así cenar juntos, y al final de la cena abrir la Palabra de Dios y discutir lo que allí se encuentra. Necesitamos ser transparentes al compartir las Escrituras, algo que Dios ha ordenado a Su pueblo. Es en estos lugares incómodos y honestos, estos lugares donde vemos la imagen de Dios en los demás a pesar de los abismos que nos separan, que el evangelio puede comunicarse con integridad. Pero esto solo sucederá si nos atrevemos a arriesgarnos. Porque para reflejar la imagen de Dios en conocimiento, justicia y santidad, necesitamos hacer más que simplemente asentir y sonreír. En nuestro mundo poscristiano, nuestras palabras no pueden ser más fuertes que nuestras relaciones. Esto significa que debemos prepararnos para la ardua labor de construir relaciones sólidas y para enfrentar los peligros de hablar la verdad del evangelio. Debemos aprovechar los conflictos y no ser demasiado sensibles a lo que las personas nos digan o a lo que digan de nosotros. Debemos proclamar a Cristo crucificado, y aprovechar cada oportunidad para hacerlo. Esto es lo que significa ofrecer a nuestro mundo poscristiano una verdad cristiana que es auténtica y audaz. 

No estamos llamados a equilibrar la gracia y la verdad, algo que resulta en una miserable ecuación donde solo queda el 50 por ciento de cada una. Estamos llamados a practicar el 100 por ciento de la gracia y el 100 por ciento de la verdad. El amor a Dios y el amor al prójimo no exigen menos. Y es que en nuestro mundo poscristiano, necesitamos hacer más que simplemente asentir y sonreír. A veces tenemos que comenzar llorando juntos, sabiendo que en la batalla espiritual hay que derribar antes de reconstruir.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Rosaria Butterfield
Rosaria Butterfield

La Dra. Rosaria Champagne Butterfield es esposa de pastor, madre, maestra de sus hijos en casa y autora de of The Secret Thoughts of an Unlikely Convert [Los pensamientos secretos de una convertida improbable] y Openness Unhindered [Transparencia sin restricciones].

Jesús te ha conocido

Esclavos de Cristo

Jesús te ha conocido

Dietrich Bonhoeffer (1906-1945)

El final del sermón del monte se fusiona con las primeras palabras del mismo. Sus palabras en el juicio final llegan a nosotros en su llamada al seguimiento. Pero, desde el principio hasta el fin, sigue siendo exclusivamente su palabra, su llamada. Quien no se aferra en el seguimiento más que a esta palabra, prescindiendo de todo lo restante, será sostenido por ella en el día del juicio. Su palabra es su gracia.

Hemos oído el sermón del monte; quizás lo hemos entendido. ¿Pero quién lo ha entendido rectamente? Jesús responde por último a esta pregunta. Jesús no deja que sus oyentes se marchen con toda tranquilidad; no quiere que hagan de sus palabras lo que les guste, no quiere que saquen de ellas lo que les parece válido para sus vidas, ni que examinen la forma en que esta doctrina se relaciona con la «realidad». Jesús no da su palabra con liberalidad para que sus oyentes la profanen con sus manos de mercachifles*; sólo la da con la condición de que conserve un poder exclusivo sobre ellos. Desde un punto de vista humano, existen innumerables posibilidades de entender e interpretar el sermón del monte. Jesús sólo conoce una posibilidad:

ir y obedecer.

No se trata de interpretar, de aplicar, sino de actuar, de obedecer. Sólo de esta forma se escucha la palabra de Jesús. Pero, insistamos: no se trata de hablar sobre la acción como de una posibilidad ideal, sino de comenzar a actuar realmente.

Esta palabra, a la que doy derecho sobre mi persona, esta palabra que procede del «yo te conocí», que me sitúa inmediatamente en la acción, en la obediencia, es la roca sobre la que puedo construir una casa. A esta palabra de Jesús, procedente de la eternidad, sólo corresponde el acto más sencillo. Jesús ha hablado; suya es la palabra, nuestra la obediencia. Sólo en la acción conserva la palabra de Jesús su honra, su fuerza y su poder entre nosotros. Ahora puede venir la tormenta sobre la casa; la unión con Jesús, creada por su palabra, no puede ser destruida. Junto a la acción sólo existe la falta de acción. Pero no existe una voluntad de actuar que no haga nada. Quien se pone en contacto con la palabra de Jesús de cualquier forma menos con la acción, no da la razón a Jesús, dice «no» al sermón del monte, no hace su palabra. Preguntar, problematizar, interpretar, es igual que no hacer nada. Pensemos en el joven rico.

Por mucho que afirmase mi fe, mi asentimiento fundamental a esta palabra, Jesús dice que esto es no hacer nada. La palabra que no quiero poner en práctica no es para mí una roca sobre la que puedo edificar una casa. No hay unión con Cristo. Nunca me conoció. Por eso ahora, cuando llegue la tormenta, perderé rápidamente la palabra, advertiré que, en realidad, nunca he creído. Yo no tenía la palabra de Cristo, sino una palabra que le había arrancado y que había hecho mía mientras reflexionaba sobre ella, aunque sin cumplirla. Mi casa está ahora en completa ruina porque no descansa sobre la palabra de Cristo.

«La gente quedó asombrada…». ¿Qué había pasado? El Hijo de Dios había hablado Había tomado en sus manos el juicio del mundo. Y sus discípulos se encontraban a su lado.

Bonhoeffer, D. (2004). El Precio de la gracia: El Seguimiento (6ta edición., p. 139-141). Ediciones Sígueme, Salamanca


mercachifle n. com1 col. desp. Comerciante de poca monta.
2 col. desp. Persona excesivamente interesada en sacar provecho económico de su trabajo o profesión.

Dietrich Bonhoeffer (1906 – 1945)

Dietrich Bonhoeffer, fue un líder religioso alemán que participó en el movimiento de resistencia contra el nazismo. Bonhoeffer, pastor y teólogo luterano, fue arrestado y encarcelado.

Teología reformada clásica y la defensa de la fe

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Teología reformada clásica y la defensa de la fe

J.V. Fesko

C.S. Lewis escribió una vez que los libros antiguos traen la fresca brisa del pasado, que pasa por nuestras mentes para recordarnos verdades olvidadas desde hace mucho tiempo. Leer libros antiguos, por lo tanto, ayuda a la Iglesia a recuperar el enfoque reformado clásico para la defensa de la fe, es decir, la apologética. Los teólogos reformados clásicos dicen cosas diferentes a las que dicen muchos de nuestros contemporáneos en la actualidad. Karl Barth, por ejemplo, dijo que no hay punto de contacto entre el creyente y el incrédulo; por tanto, la apologética es innecesaria. El apologista reformado conservador Cornelius Van Til escribió en una carta a Francis Schaeffer que ninguna forma de teología natural habla de Dios con precisión. Sin embargo, la teología reformada histórica revela algo diferente. Esta diferencia de opinión entre la teología reformada contemporánea y la clásica merece una breve investigación para comprender por qué debemos leer libros teológicos reformados antiguos para defender la fe. 

Las obras reformadas de los siglos XVI y XVII hablan regularmente de dos ideas que pocos teólogos reformados contemporáneos mencionan: nociones comunes y el orden de la naturaleza. Primero, ¿qué son las nociones comunes? Las nociones comunes son aquellas ideas que todos los seres humanos poseen de forma innata en virtud de haber sido creados a imagen de Dios. Históricamente, los teólogos reformados han recurrido a las nociones comunes en sus interpretaciones de varios pasajes de Romanos. 

Porque cuando los gentiles, que no tienen la ley, cumplen por instinto los dictados de la ley, ellos, no teniendo la ley, son una ley para sí mismos, ya que muestran la obra de la ley escrita en sus corazones, su conciencia dando testimonio, y sus pensamientos acusándolos unas veces y otras defendiéndolos (Rom 2:14-15). 

El apóstol Pablo escribe sobre aquellos gentiles incrédulos que no recibieron la ley de Dios que fue particularmente revelada en el Sinaí. Aun así, estos incrédulos tienen las obras de la ley escritas en sus corazones. Los incrédulos conocen el bien y el mal, como vemos en la declaración de Pablo de que sus «sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan» (Rom 2:15 NVI). 

Ya que Dios ha escrito dos libros, la Escritura y la naturaleza, ¿no deberíamos usar ambos cuando defendemos la fe? ¿Por qué dejaríamos la mitad del arsenal revelador de Dios esperando en el estante?

Hay varios pasajes más a los que apelan las obras teológicas reformadas clásicas, como cuando el pagano Abimelec mostró más moralidad que Abraham. Abimelec amonestó a Abraham por mentir sobre su relación con Sara (Gn 20:9-11). Los teólogos reformados clásicos también apelaron a la interacción de Jonás con los marineros paganos, quienes al principio se negaron a arrojarlo por la borda durante la tormenta porque sabían que eso estaba mal (Jon 1). También se cita 1 Corintios 5:1, donde Pablo reprende a los corintios por aprobar un tipo de inmoralidad sexual que ni siquiera se tolera entre los paganos. En otras palabras, los no creyentes en algunos casos tenían estándares morales más altos que los cristianos corintios. 

En segundo lugar, los teólogos reformados clásicos creían que las nociones comunes eran una parte de un todo mayor, es decir, del orden de la naturaleza. El orden de la naturaleza es la forma en que la creación refleja quién es Dios. Dios diseñó a los seres humanos para que encajen de manera integral dentro de Su creación más amplia. El conocimiento de las obras de la ley, que es innato de todos los seres humanos, está conectado a la creación en general. Un pasaje típico al que apelan los teólogos es Romanos 1:19-20

Porque lo que se conoce acerca de Dios es evidente dentro de ellos, pues Dios se lo hizo evidente. Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa. 

Otro es el Salmo 19: 

Los cielos proclaman la gloria de Dios, y la expansión anuncia la obra de Sus manos. Un día transmite el mensaje al otro día, y una noche a la otra noche revela sabiduría. No hay mensaje, no hay palabras; no se oye su voz (vv. 1-3).

La gente puede observar la creación y ver los trazos de pincel y la firma del Artista Maestro. Ya sea que uno mire a la creación en general y discierna el poder eterno de Dios y Su naturaleza divina o sea que estudie cosas particulares del mundo como los insectos y vea reflejos de la sabiduría de Dios (Pr 6:6), todo el orden creado y los seres humanos reflejan al Dios que los hizo a ambos. 

En la teología reformada clásica, se pueden encontrar referencias a las nociones comunes y al orden de la naturaleza en los escritos de Heinrich Bullinger, Martin Bucer, Juan Calvino, Francis Turretin, Girolamo Zanchi, Richard Baxter, John Owen, Franciscus Junius y otros. Pero el lugar más destacado donde aparecen estos conceptos es en la tradición confesional reformada histórica. La Confesión francesa (1559), escrita principalmente por Calvino, declara: «Dios se revela a los hombres… en Sus obras, en Su creación, así como en Su preservación y control» (artículo 2). Mucha gente sabe que la Confesión de Fe de Westminster (1647) comienza con un capítulo sobre la Escritura. Pero debemos notar que la línea de apertura de ese capítulo se refiere a algo diferente: «Aunque la luz de la naturaleza, las obras de la creación y la providencia manifiestan la bondad, la sabiduría y el poder de Dios…» (1.1). La luz de la naturaleza es una rúbrica general para las nociones comunes y la revelación general de Dios en la creación. De hecho, la Confesión de Westminster hace cuatro referencias más a la luz de la naturaleza como algo por lo cual la Iglesia ordena ciertos aspectos de la adoración (4.6), como aquello que permite a los no creyentes enmarcar sus vidas moralmente (10.4), y como testigo, junto a la Escritura, que revela si cierta conducta es moral o inmoral (20.4). La quinta referencia a la luz de la naturaleza en el capítulo de la confesión sobre la adoración es una de sus declaraciones más completas sobre el conocimiento natural de Dios: 

La luz de la naturaleza demuestra que hay un Dios, que tiene señorío y soberanía sobre todo, que es bueno y que hace bien a todos, y por lo tanto, debe ser temido, amado, alabado, invocado, creído, servido y en quien se debe confiar, con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (21.1). 

Uno de los símiles más memorables de la luz de la naturaleza proviene de la Confesión belga (1561): 

Lo conocemos… por la creación, preservación y gobierno del universo; que está ante nuestros ojos como el libro más elegante, en el que todas las criaturas, grandes y pequeñas, son como muchas letras que nos llevan a contemplar las cosas invisibles de Dios (Artículo 2). 

Estos datos bíblicos y confesionales conducen a dos puntos clave: (1) la importancia del libro de la naturaleza, y (2) la necesidad de usar en conjunto los libros de la naturaleza y la Escritura para defender la fe. En el siglo XX, los teólogos reformados hicieron un uso vigoroso del libro de la Escritura, y eso es encomiable. Pero al mismo tiempo, el buen libro de la naturaleza de Dios se ha quedado en el estante y ha acumulado una buena capa de polvo. Ya que Dios ha escrito dos libros, la Escritura y la naturaleza, ¿no deberíamos usar ambos cuando defendemos la fe? ¿Por qué dejaríamos la mitad del arsenal revelador de Dios esperando en el estante? Los teólogos contemporáneos han defendido su renuencia a usar el libro de la naturaleza con un conjunto de justificaciones: Dios está por encima de la prueba; apelar a la teología natural somete la verdad al juicio de la razón pecaminosa; ninguna cantidad de evidencia ni de argumentación puede convertir al incrédulo. Aquí es donde entra en juego el segundo punto; a saber, debemos siempre usar en concierto la revelación general y la Escritura. El salmista ensalza la belleza y el poder revelador de la creación y luego pasa a la ley especialmente revelada de Dios (Sal 19:7). Cuando Pablo enfrentó a los filósofos incrédulos en el Areópago, se conectó con su audiencia a través de su conocimiento natural, aunque distorsionado, de Dios y corrigió su comprensión con el evangelio especialmente revelado de Cristo y Su resurrección (Hch 17:232830). La Escritura y la teología reformada histórica transmiten la idea de que el Dios sobre el que leemos en las páginas de la Sagrada Escritura es el mismo Dios que ha creado el mundo que nos rodea. 

Al usar los dos libros de Dios, debemos reconocer sus distintas funciones. Solo la revelación especial de la Escritura habla de la persona y obra de Cristo y la salvación que viene a través del evangelio. Además, solo el poder regenerador soberano del Espíritu Santo puede convertir a los pecadores y trasladarlos del reino de las tinieblas al reino de la luz; solo a través del don de fe dado por el Espíritu, las personas pueden aferrarse al evangelio de Cristo. Como escribe Pablo: «El hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente» (1 Co 2:14). Esto no significa que el libro de la naturaleza sea superfluo. Más bien, desde el fundamento de la autoridad de la Escritura, podemos apelar al libro de la naturaleza como un testigo corroborante creado por un autor divino. Podemos interactuar con los no creyentes y saber que podemos comunicar la verdad escritural porque Dios ha creado a todas las personas a Su imagen y ha escrito Su ley en sus corazones. 

Busca libros antiguos reformados de los siglos XVI y XVII y deja que la brisa fresca del pasado te recuerde verdades olvidadas desde hace ya mucho tiempo. Usa los libros de la naturaleza y la Escritura de Dios para defender la fe que fue una vez entregada a los santos.

Este articulo fuepublicado originalmente en Tabletalk Magazine.
J.V. Fesko
J.V. Fesko

El Dr. J.V. Fesko es decano académico y profesor de Teología Sistemática y Teología Histórica en el Seminario Teológico Reformado en Jackson, Misisipi, Estados Unidos de América. Es autor de numerosos libros, incluyendo Reforming Apologetics [Reformando la apologética] y Word, Water, and Spirit [Palabra, agua y Espíritu].

Escatología – Parte 1

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase 25/26

Escatología – Parte 1

1. Introducción

Estamos viviendo en los últimos días. (Hebreos 1:1-4)

La escatología es importante para la manera en que vivimos. A veces puede ser un esfuerzo aterrador, especialmente cuando leemos o tratamos de estudiar el libro de Apocalipsis. Si eres alguien que cree que estudiar los últimos tiempos es una tarea infructuosa debido a la dificultad de interpretar algunos de los pasajes bíblicos o por cualquier otra razón, permíteme leerte la introducción del libro de Apocalipsis. Dice: «Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca» (Apocalipsis 1:3). Dios ha prometido su bendición a aquellos que se esfuerzan por saber más acerca de él a través de su Palabra. Es mi deseo que podamos ser esas personas esta mañana.

Ilustración: John Newton: «Estamos seguros de que el Señor reina. La tormenta es dirigida por las manos que fueron clavadas a la cruz. Él ama a los suyos y los cuidará… Bendito sea Dios por la esperanza de una tierra de paz donde el pecado y toda tristeza serán excluidos. Allí tendremos un día sin nubes y sin noche. El sol ya no se pondrá más, la voz de la guerra no se oirá más. Los habitantes ya no sentirán dolor, no llorarán más, no saldrán más. Entonces no habrá más insatisfacción y, por tanto, no habrá más deseos insatisfechos. ¡Qué estado de amor, vida y gozo cuando veamos a Jesús tal como es! Y al contemplarlo, seremos transformados a su imagen y semejanza. Este día vendrá. Este día se acerca cada hora. Su amigo y hermano, siervo y compañero de peregrinación, John Newton, Hoxton, 26 de julio de 1781»[1].

2. La segunda venida de Cristo

Entonces, para comenzar el final, necesitamos saber que la Biblia promete un regreso literal de Cristo. Jesús vino una vez para expiar los pecados, y vendrá nuevamente para consumar su gobierno.

Hebreos 9:27-28«Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan».

Esta verdad es mencionada y asumida a través del Nuevo Testamento y fue enseñada por los apóstoles. Pablo dice en 1 Tesalonicenses 4:16«Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo…». Santiago, el hermano del Señor, se refiere a la expectativa futura de esta venida cuando escribe: «Hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor» (Santiago 5:7).

¿De dónde sacaron estos hombres que Jesús regresaría de nuevo? Bueno, al parecer del mismo Señor Jesucristo. Cuando está sentado con sus discípulos en el monte de los Olivos, Jesús les dice: «Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro» (Mateo 24:30-31).

Esta segunda venida de Cristo a menudo se conoce como «el Día del Señor» o alguna otra frase similar en las Escrituras. Es una frase que connota calamidad y juicio, así como salvación. Cuando el Señor Jesús regrese, se nos dice en Sofonías que: «Día de ira aquel día, día de angustia y de aprieto, día de alboroto y de asolamiento, día de tiniebla y de oscuridad, día de nublado y de entenebrecimiento… porque pecaron contra Jehová… toda la tierra será consumida con el fuego de su celo; porque ciertamente destrucción apresurada hará de todos los habitantes de la tierra» (Sofonías 1:15-18).

Al mismo tiempo, el mundo entero será consumido por el fuego del celo de Dios (v. 3:8), Dios dice que devolverá a los pueblos la «pureza de labios, para que todos invoquen el nombre de Jehová, para que le sirvan de común consentimiento» (Sofonías 3:9). Ese día de juicio para los impíos será un día de regocijo para los justos.

Bien, ahora que entendemos que Cristo regresará, ¿cuál es la naturaleza de esta segunda venida? ¿Cómo será? ¿Qué podemos decir al respecto en base a las Escrituras?

A. Habrá un regreso personal, visible y corporal de Cristo

Jesús regresará en persona. Si bien esto parece evidente en una iglesia evangélica, una vez fue popular en los círculos protestantes liberales creer que Jesús no lo haría. En cambio, el aire o el aroma de Cristo regresaría, y la aceptación de su enseñanza y una imitación de su estilo de vida de amor regresarían cada vez más a la tierra. Entonces se establecerían las normas éticas del Sermón del Monte, y la utopía sería disfrutada por todos.

Bueno, este no es el mensaje que recibimos de las Escrituras. La Biblia enseña que la encarnación del Hijo de Dios no fue su última manifestación en persona a los hombres en la tierra. En Juan 14:3, Jesús dice que vendrá otra vez.

Cuando Jesús ascendió al cielo en Hechos 1, sin demora llegaron dos ángeles y les dijeron a los discípulos: «Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo» (v. 11).

Por tanto, el regreso escatológico del Señor no será una venida espiritual para morar en los corazones de las personas y hacerlas más felices y más éticas, sino un regreso visible, corporal y personal. Y será un regreso glorioso. Mateo 16:27 nos dice que Jesús regresará «en la gloria de su Padre».

Parece que esta gloria será visible para todos. En Apocalipsis 1:7, Juan escribe: «He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá…». Del mismo modo, en el pasaje de 1 Tesalonicenses que leímos antes, Pablo dice: «el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo…» (1 Tesalonicenses 4:16). El regreso de Cristo no se hará secreta o sigilosamente. No, será alto y claro y anunciado y todos sabrán que el Hijo de Dios ha venido. Será un regreso digno del Rey de Reyes.

B. El tiempo de la venida de Cristo es desconocido

La Escritura no revela el tiempo de la segunda venida de Cristo. Jesús dice en Mateo 24:36«Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre».

Pregunta: ¿Por qué Dios no nos revela el momento exacto en que Cristo regresará? ¿De qué manera no saber cuándo regresará Cristo afecta nuestra vida cristiana?

Si continuamos leyendo en Mateo 24, Jesús deja en claro por qué no nos corresponde saber cuándo regresará. Él dice: «Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor. Pero sabed esto, que si el padre de familia supiese a qué hora el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría minar su casa. Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis» (v. 42-44).

Jesús luego ilustra esta enseñanza nuevamente con la parábola de las diez vírgenes en Mateo 25, confirmando el mensaje de su regreso: «Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir».

Pese a esta clara enseñanza, las personas parecen tener un deseo insaciable por intentar responder «cuándo» será la segunda venida. Ves esto no solo en la prensa sensacionalista en el mostrador de Safeway, sino también en las enseñanzas de muchas sectas religiosas (algunas profesando el nombre de Cristo).

No es una señal de piedad predecir algo con certeza que Dios dice que no sabremos. Jesús nos ordena estar atentos y preparados para su regreso. Debemos estar listos, como para un acontecimiento que podría suceder en cualquier momento. Esto parece indicar que es posible que Jesús pueda regresar en cualquier momento, incluso hoy.

«Ahora bien, espera un segundo», dices. «Las Escrituras presentan la noción de que ciertas señales precederán el regreso de Cristo». Esto es verdad. Mateo 24, Marcos 13 y Lucas 21 contienen la enseñanza de Cristo acerca de las señales del fin del mundo. En Lucas 21:11, por ejemplo, Jesús dice: «Habrá grandes terremotos, y en diferentes lugares hambres y pestilencias; y habrá terror y grandes señales del cielo».

Las señales se pueden resumir aproximadamente de la siguiente manera:

Señales que evidencian la gracia de Dios:

  1. Proclamación del evangelio a todas las naciones
  2. La salvación de la plenitud de Israel

Señales que evidencian oposición a Dios:

  1. Tribulación
  2. Apostasía
  3. El Anticristo

Señales que evidencian el juicio de Dios:

  1. Guerras
  2. Terremotos
  3. Hambrunas

Pregunta: ¿Cómo conciliamos los pasajes que nos advierten que debemos estar preparados porque Cristo puede regresar en cualquier momento con pasajes que indican que deben ocurrir varios acontecimientos importantes antes de que Cristo pueda regresar?

¿Respuesta? Hay algunos evangélicos que creen que al trazar algunas de las «señales» que se cree que preceden el regreso de Cristo, pueden hacer la declaración de que «dado que A, B y C sucedieron, ahora Cristo puede regresar» y afirmar el momento exacto en que ocurrirá la parusía[2].

C. Los cristianos deben anhelar ansiosamente el regreso de Cristo

La segunda venida de Cristo es nuestra esperanza bendita. Independientemente de los detalles específicos del regreso de Cristo, nuestra respuesta debería ser la misma. Debemos desear y anhelar ansiosamente el regreso de Cristo en gloria. El que esto sucederá constituye la esperanza fundamental de la vida cristiana. La Escritura es muy clara al respecto.

No sabemos cuándo regresará. ¡Así que procura esforzadamente la santidad y mantente firme en el Señor!

Tito 2:11-14: «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo,  quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras».

1 Juan 3:2-3: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro».

Filipenses 3:20-4:1: «Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas. 4:1: Así que, hermanos míos amados y deseados, gozo y corona mía, estad así firmes en el Señor, amados».

La respuesta de Juan en Apocalipsis a la afirmación de Jesús de que él regresará es sencilla y gloriosamente correcta: «Amén; sí, ven, Señor Jesús» (Apocalipsis 22:20).

Ilustración: Richard Sibbes: «Dios guarda lo mejor para el final… El final de un cristiano es el mejor. Dios así lo permite, para consuelo de los cristianos, para que todos los días que vivan, puedan pensar: ‘Lo mejor está por venir’. Para que todos los días que se levanten, puedan pensar: ‘Estoy un día más cerca del cielo que antes. Estoy más cerca de la muerte y, por tanto, más cerca de Cristo’. ¡Qué alivio es esto para un corazón lleno de gracia! Un cristiano es un hombre feliz en su vida, pero más feliz en su muerte, porque luego va a Cristo para estar con Cristo»[3].

El regreso de Jesús es el acontecimiento que nos da esperanza como cristianos. Confirma que la historia no es un ciclo miserable, sino el plan de redención de Dios para su pueblo para gloria de su nombre. La doctrina de la segunda venida proclama que Dios tiene el control y que Cristo vendrá nuevamente por sus escogidos. Jesús dijo: «Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14:3).

Aplicación: Pregúntate: «¿Cuántas veces al día mis pensamientos se vuelven hacia esta esperanza?» ¿Mucho? ¿A menudo? ¿Ocasionalmente? ¿Escasamente? ¿Nunca? Si no recurrimos a esta esperanza más a menudo, entonces tal vez amamos este mundo más de lo que deberíamos. Deleitémonos en esta gran promesa.

  1. El milenio

Si has asistido al Seminario Básico de Teología Sistemática, sabrás que hemos hablado de muchos temas difíciles; la encarnación, el problema del mal, la Trinidad, entre otros. Bueno, esta próxima sección del milenio tiene su propio conjunto de dificultades.

La discusión del milenio, que significa «mil años», se origina del libro de Apocalipsis en la primera parte del capítulo 20. La pregunta que a menudo se hace en este pasaje es: «¿Qué son los mil años y cuándo regresará Cristo con respecto a ¿ellos?».

Para darte una muestra de este pasaje, Apocalipsis 20:2-5 dice: «Y [un ángel] prendió al dragón… que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años;  y lo arrojó al abismo… y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios… vivieron y reinaron con Cristo mil años. Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección».

Hay cuatro posiciones básicas acerca del milenio que han tenido importancia a lo largo de la historia de la iglesia, aunque algunos tienen un origen mucho más largo que otros. Permíteme explicarlas brevemente y luego dar una reflexión resumida.

El posmilenialismo

Esta posición señala que a través de la unión de Satanás, habrá un aumento gradual en el crecimiento de la iglesia y la difusión del evangelio donde más y más personas se convertirán en cristianos. La influencia de un mayor número de creyentes cambiará a la sociedad para que funcione como Dios pretendía, lo que se traduce gradualmente en una era de paz y rectitud, en otras palabras, el milenio, que no es necesariamente un milenio literal. Cristo luego regresará después del milenio.

El amilenialismo

La segunda posición es la del amilenialismo. Esta posición la más simple y dice que la unión de Satanás reducirá su influencia sobre las naciones para que el evangelio sea predicado a todo el mundo, sin embargo, existe una opinión general de que los tiempos empeorarán. El reinado de Cristo es celestial y el milenio es equivalente a la edad de la iglesia actualmente en curso, sin referencia literal a mil años. Entonces Cristo regresará y juzgará a creyentes e incrédulos de una vez.

El premilenialismo clásico o histórico

La tercera posición es la del premilenialismo clásico o histórico. Aunque hay pequeñas variaciones en este punto de vista, básicamente establece que Cristo regresará antes del milenio. La era de la iglesia pasará por el período de la tribulación. Al final de la tribulación, Satanás será atado, y Cristo regresará para establecer su reino en la tierra para el milenio, que no es necesariamente un literal de mil años. Los creyentes resucitados reinarán físicamente con el Cristo resucitado en la tierra durante este tiempo. Los incrédulos también estarán en la tierra en este momento y la mayoría se convertirá en creyente y se salvará. Al final del milenio, Satanás es desatado y Cristo lo derrota decisivamente a él y a sus seguidores restantes. Entonces los incrédulos de todos los tiempos serán juzgados, y los creyentes entrarán en el estado eterno.

El premilenialismo dispensacional

Finalmente, tenemos el premilenialismo dispensacional. Esta es una posición bastante reciente que es premilenial en que Cristo volverá en secreto por los creyentes antes del sufrimiento del período de la tribulación. Durante la tribulación, el pueblo judío quedará atrapado y finalmente se convertirá. Luego regresará por tercera vez después de la tribulación con sus santos para gobernar la tierra durante mil años. El resto sigue lo mismo que la posición premilenial clásica.

Entonces, ¿aquí en Capitol Hill Baptist Church somos, posmilenio, amilenio o premilenio? Bueno, ¡simplemente digamos que somos promilenio! El Artículo XVIII de la Declaración de Fe de CHBC establece:

«Creemos que el fin del mundo se acerca; que en el último día Cristo descenderá del cielo, y resucitará a los muertos de la tumba hasta la retribución final; que se producirá una separación solemne; que los malvados serán juzgados sin fin castigo, y los justos a la alegría sin fin; y que este juicio fijará para siempre el estado final de los hombres en el cielo o en el infierno, en los principios de las  justicia».

Ten en cuenta que un creyente puede firmar la Declaración de Fe de CHBC y convertirse en miembro de CHBC sin hacer una declaración acerca de lo que cree sobre el milenio. Este es un tema controversial entre muchos evangélicos, pero solo es de naturaleza secundaria. Nuestra Declaración de Fe declara solo lo que es un hecho de las Escrituras y es necesario para nuestra unidad como iglesia.

Hay muchos grandes teólogos a lo largo de los años que han diferido en estas diversas posiciones. Augustine, B.B. Warfield, y muchos otros durante los grandes avivamientos del pasado han mantenido la posición posmilenial. Louis Berkhof, Juan Calvino y otros reformadores han mantenido la posición amilenio. Don Carson, Al Mohler y Wayne Grudem mantienen la clásica visión premilenial mientras que John MacArthur es premilenialista dispensacional. Creo que sería seguro decir que los líderes de nuestra iglesia entran en algún lugar entre el amilenialismo y el premilenarismo clásico.

El último comentario que debemos hacer acerca de estas posiciones es que todas ellas han sido retenidas por lo que consideraríamos cristianos genuinos y grandes teólogos. Esta no es una doctrina esencial de la fe cristiana. Tu salvación no depende de cómo abordas este problema. Lo importante es que todas estas posiciones tienen la creencia similar de que Cristo regresa y ese juicio está por venir. Debemos estar preparados.

  1. Conclusión

La próxima semana, concluiremos la clase examinando el juicio final, los cielos nuevos y la tierra nueva.

Apéndice

Comentarios de Mark Dever, 12 de julio de 2009: Sermón acerca de las posiciones milenarias:

«Creo que las posiciones milenarias no tienen que estar entre esas doctrinas que nos dividen… Sugiero que lo que crees acerca del milenio, cómo interpretas estos miles de años, no es algo sobre lo que es necesario que estemos de acuerdo para tener una congregación junta. El Señor Jesucristo oró en Juan 17:21 para que nosotros los cristianos pudiéramos ser uno. Por supuesto, todos los verdaderos cristianos somos uno porque tenemos su Espíritu, compartimos su Espíritu, deseamos vivir esa unidad. Pero se supone que esa unidad es evidente como un testimonio del mundo que nos rodea. Por tanto, concluyo que debemos terminar nuestras cooperaciones junto con otros cristianos (ya sea casi en una congregación, o más extensamente trabajando juntos en misiones, plantación de iglesias, evangelismo y edificación el ministerio) solo con el mayor de los cuidados, no sea que desgarremos el cuerpo de Cristo por cuya unidad él ha orado y se ha dado a sí mismo. Por tanto, concluyo que es pecado dividir el cuerpo de Cristo – dividir el cuerpo por el que él oraba estaría unido. Por tanto, para nosotros concluir que debemos estar de acuerdo con una cierta posición acerca del alcohol, o de la educación, o una cierta posición acerca de la carne sacrificada a los ídolos, o del milenio para tener compañerismo es, creo, no solo innecesario para el cuerpo de Cristo, sino que, por ende, no está justificado y, en consecuencia, está condenado por las Escrituras. Entonces, si eres pastor y me estás escuchando, me entiendes correctamente si crees que estoy diciendo que estás en pecado si llevas a tu congregación a tener una declaración de fe que requiere una visión milenaria particular. No entiendo por qué tiene que ser una cuestión de uniformidad para tener unidad cristiana en una congregación local».

El milenio y sus debates – Michael Horton

En su discurso en el monte de los Olivos (Mt. 24-25), Jesús presentó una secuencia clara de eventos entre sus dos advenimientos. Esto fue en respuesta a la pregunta de sus discípulos: «Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?» (Mt. 24:3). Esta misma pregunta fue provocada por la observación de Jesús de que el templo será destruido (vv. 1-2). Primero, dijo Jesús, habrá falsos mesías, «pero aún no es el fin» (v. 6); guerras, terremotos y hambre, pero «todo esto será principio de dolores» (v. 8). Los enemigos de sus seguidores los entregarán [a ellos], como lo hicieron con Jesús, y muchos se apartarán. «Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo» (vv. 9, 13). Nada de esto cuenta contra la promesa de Cristo de que ha inaugurado su reino y de que las puertas del infierno no prevalecerán contra él, porque aun mediante tal persecución él edificará su reino por medio de su evangelio. «Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin» (v. 14).

Aquí Jesús nos da una gran visión angular del tiempo entre sus dos venidas: la primera, cuando vino en gracia, y la segunda, cuando viene en gloria. Primero, «la abominación desoladora»: el templo será destruido, y algunos de sus oyentes vivirán para ver esto (v. 15, 34). Los discípulos serán esparcidos desde Jerusalén a raíz de este acontecimiento trascendental, y deben ser advertidos contra las falsas afirmaciones de que Cristo ha regresado (vv. 16-27). «E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro» (vv. 29-31). No sabemos cuánto tiempo durará «la tribulación de aquellos días» (v. 29). Nadie sabe cuándo Jesús regresará, incluso el mismo Jesús, sino solo el Padre; vendrá cuando nadie lo espere (v. 36-44). Entonces el Hijo del Hombre se sentará en su trono, juzgará al mundo, dará la bienvenida a sus ovejas a la gloria eterna y enviará a los cabritos «al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles» (25:31-46).

Es fácil resumir la secuencia de acontecimientos de Jesús: (1) la destrucción del templo en Jerusalén («la abominación desoladora» [Mt ​​24:15], que ocurrió en el año 70 d. C.); (2) «la tribulación de aquellos días» (v. 29), que implica un largo período de persecución, apostasía, calamidades generales y, sin embargo, el progreso del evangelio en todo el mundo; (3) la venida del Hijo del Hombre desde el cielo; (4) la reunión de los escogidos; y (5) el juicio final.

Los destinatarios inmediatos del libro de Apocalipsis seguramente se habrían reconocido a sí mismos en la descripción que hizo el Señor de la gran tribulación, como lo harían los creyentes de hoy que soportan una feroz persecución por el nombre de Cristo. En una serie de fotografías instantáneas, Apocalipsis se mueve hacia adelante y hacia atrás entre las escenas celestiales y terrenales de la persecución y la victoria final. En imágenes apocalípticas vivas, Apocalipsis retoma la historia que Jesús resumió en su discurso en el monte de los Olivos. En ambos casos, el próximo acontecimiento que estamos esperando es el regreso de Cristo para juzgar a los vivos y los muertos y para consumar su reino eterno.

Sobre la base de tales resúmenes, la mayoría de los cristianos a través de los tiempos han sostenido que la era actual está marcada simultáneamente por el sufrimiento y el triunfo del evangelio. Los cristianos confiesan que Jesucristo «volverá en gloria para juzgar a los vivos y a los muertos, cuyo reino no tendrá fin». Esta esperanza incluye «la resurrección del cuerpo y la vida eterna». Dada nuestra propensión al desacuerdo sobre los escenarios de los últimos tiempos, esto representa un notable consenso cristiano. Nos apegamos a la promesa del ángel en la ascensión de Cristo: «Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo» (Hechos 1:11). Él vino primero en humildad y gracia, pero regresará con gloria y poder.

Donde los caminos divergen entre los cristianos de hoy está en la cuestión de un literal *milenio*, es decir, un reinado de mil años de Cristo. El único pasaje bíblico que habla directamente de tal época es Apocalipsis 20. En una visión, Juan contempla a un ángel que desciende del cielo para atar a ese «dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás… para que no engañase más a las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años» (vv. 2-3). «Después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo» (v. 3).

> «Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección.  Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años» (vv. 4-6).

Después de los mil años, Satanás es liberado por última vez (el «poco de tiempo» mencionado en el versículo 3), antes de la última batalla, que concluye con el destierro final de Satanás y el falso profeta arrojado a las llamas donde «serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (vv. 7-10). Estos acontecimientos están seguidos por el último juicio, con la Muerte y el Hades arrojados al lago de fuego junto con todos aquellos cuyos nombres no se hallaron inscritos en el libro de la vida (vv. 11-15), y la llegada de los nuevos cielos y la tierra nueva (capítulos 21-22).

Interpretando simbólicamente los «mil años» en Apocalipsis 20 (junto con otros números en este libro altamente simbólico), la iglesia ha sostenido tradicionalmente que el reino de Cristo está presente en la tierra ahora, pero se consumará solo cuando Cristo regrese. Esta perspectiva generalmente se llama amilenialismo (no-milenio). Sin embargo, esto es un poco inapropiado. Lejos de negar la realidad expresada simbólicamente por los «mil años», con Satanás encadenado para que el evangelio pueda tener libre dominio, los amilenialistas abrazan el presente en lugar del futuro como esta era dorada de la cosecha de las naciones.

Obviamente, faltan tanto en el resumen de Jesús como en Apocalipsis 20, acontecimientos que muchos otros cristianos esperan hoy antes del regreso de Cristo, especialmente los siguientes: (1) el rapto de los creyentes antes de un período de tribulación de siete años, (2) el comienzo de la tribulación, con el surgimiento de algo así como las Naciones Unidas o la Unión Europea, (3) la aparición del Anticristo, un falso mesías que liderará este imperio, (4) una guerra que el Anticristo librará contra Israel (tal vez con la ayuda de Rusia o, más recientemente, las naciones islámicas), y (5) el regreso de Cristo con sus santos (incluidos los raptados) para establecer su reino milenario, un reinado literal de mil años, con la renovación de la teocracia del Sinaí, incluidos los sacrificios en un templo reconstruido. Después de esto, habrá (6) otra caída o rebelión en el reino milenario mismo, después de lo cual Cristo (7) regresará con todos los santos, incluidos los que habían sido arrebatados, para (8) juzgar a las naciones, y luego ( 9) juzgar a los santos por recompensas en el cielo. Entonces finalmente llega (10) el estado eterno. Este punto de vista está asociado con el *premilenialismo dispensacional*, formulado por John Nelson Darby (1800-1882). Esta posición acerca del fin de los tiempos fue popularizada por la C.I. Scofield Reference Bible, conferencias de profecía, universidades bíblicas y una vasta red de pastores cristianos y ministerios de radio y televisión. Revivida especialmente por las populares novelas de Left Behind de Tim LaHaye y Jerry Jenkins, el dispensacionalismo lo enseñan John MacArthur, Charles Ryrie y muchos otros; es popular también entre evangélicos y pentecostales en el Global South. Los dispensacionalistas creen que Israel y la iglesia son dos grupos completamente diferentes y que Dios tiene un programa distinto para cada uno.

Además del amilenialismo y el premilenialismo dispensacional, hay otras posiciones importantes acerca del fin de los tiempos entre los cristianos evangélicos: especialmente, el *premilenialismo histórico*. Esta posición  difiere del dispensacionalismo de varias maneras. No necesariamente distingue tan claramente entre Israel y la iglesia y rechaza o cuestiona muchos de los detalles en el esquema dispensacionalista. Sin embargo, los premilenialistas históricos están de acuerdo en que Cristo regresará antes de un milenio literal de mil años. Como su nombre lo sugiere, el *posmilenialismo* sostiene que Cristo regresará después de un reinado literal de mil años. Donde el premilenialismo tiende a pensar en la historia en términos de decadencia y catástrofe (especialmente en la versión dispensacionalista), el posmilenialismo espera la mejora gradual de la iglesia y, como resultado de su influencia, del mundo en general.

En contraste con todos esas posiciones, el amilenialismo no puede caracterizarse como optimista o pesimista. Más bien, es una visión paradójica de estos últimos días: optimistas sobre el éxito del evangelio en todo el mundo, mientras esperan que este triunfo pase por una era marcada por males comunes (desastres naturales, guerras, injusticias) y la persecución de la iglesia desde el exterior y la lucha continua con el pecado, la enseñanza falsa y el cisma desde dentro. Sólo cuando Cristo regrese para establecer su reinado eterno, esta tensión entre el «ya» y el «todavía no», esta era presente y la era por venir, será finalmente resuelta. Mientras tanto, la gracia común de Dios mantiene esta época presente malvada de la entropía total, especialmente con el propósito de mantener abierto ese agujero en la historia que la ascensión de Jesús creó para la siembra y el crecimiento de un vasto campo que cosechará en el último día.

De acuerdo con una interpretación amilenial, no debemos suponer que la profecía bíblica se basa en el pasado o el futuro. Más bien, es parte de la dialéctica «ya»/«todavía no» de la historia redentora. Desde la ascensión de Cristo y el descenso del Espíritu en Pentecostés, hemos estado viviendo en «los/estos postreros días» (Hch. 2:172 Ti. 3:1He. 1: 2Stg. 5:32 P. 3:3Judas 181 Pedro 1:201 Juan 2:18), antes del «día postrero» (Jn 6:3940445411:2412:28). Pablo dice que «vivimos en el fin de los tiempos» (1 Co. 10:11) (NTV). No obstante, hay más por venir. Cristo apareció «en la consumación de los siglos» (Hebreos 9:26), sin embargo, habló del «siglo venidero». Ese «siglo venidero» está llegando incluso ahora a nosotros por medio de la predicación y la Cena del Señor (Hebreos 6:5). Es un período en el cual el reino ha sido inaugurado por el ministerio terrenal de Cristo, fortalecido por el Espíritu, desarrollado a través del testimonio del evangelio, constantemente opuesto por el mundo hasta el punto de una gran tribulación para los santos. Cristo está reinando en la gracia del cielo por su Palabra y Espíritu. Sin embargo, él regresará con poder y gloria a la tierra. Con su segunda venida llegará la resurrección de todos los muertos y el juicio final como un evento único y arrollador. En esta perspectiva, los creyentes no están esperando una serie de sucesos y regímenes intermedios, sino el regreso de Cristo en juicio y poder de resurrección. Aunque favorece la visión premilenial, Wayne Grudem observa: «Este esquema [amilenial] es bastante simple porque todos los acontecimientos del fin de los tiempos suceden a la vez, inmediatamente después del regreso de Cristo».

Pablo entendió el reinado de Cristo como «ya» y «todavía no»: «Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte» (1 Co. 15:25-26). Incluso aquellos que reciben las señales y sellos del pacto sin abrazar la realidad misma son, sin embargo, «iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero» (He. 6:4-5). Si esto es cierto para aquellos que eventualmente caen, ¿cuánto más grande es la realidad de los creyentes que la abrazan (v. 9)? La presencia del Espíritu en nuestros corazones como prenda de la consumación asegura que lo que ha comenzado en nosotros lo completará. El Espíritu trae las bendiciones del siglo venidero al presente, que nos llena no solo de gozo indescriptible sino también de un anhelo indecible del «más» que está por venir. El hombre fuerte está atado (Mt. 12:28-29Lc. 10:18), de modo que el velo de la incredulidad puede ser arrancado de los ojos de los prisioneros de Satanás. Cristo ha triunfado sobre Satanás en la cruz, y en su resurrección y ascensión ha llevado cautivo a la cautividad. Según las epístolas, Cristo ahora reina (Hch. 2:24-253:20-211 Co. 15:25He. 1:38138:110:12-13). Por esta razón, Jesús puede asegurar a sus santos perseguidos: «No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades» (Ap. 1:17-18).

En este período interino, el reino avanza junto con el sufrimiento e incluso el martirio de sus testigos. Sin embargo, Cristo «aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan» (Hebreos 9:28; véase 10:37). Como hemos visto, la regeneración de todas las cosas funciona en círculos concéntricos, comenzando con la persona interna y luego, en la consumación, incluyendo la resurrección del cuerpo y la renovación completa de la creación. Dondequiera que el Nuevo Testamento trata el complejo del regreso de Cristo, la resurrección y el juicio final, no se mencionan éxtasis, resurrecciones ni juicios intermedios. Grudem cree que en Juan 5:28-29 Jesús se refiere a dos resurrecciones al decir: «los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación». Sin embargo, Jesús aquí no se refiere a dos acontecimientos separados sino a dos destinos separados.

Si Apocalipsis 20 fuera una narración histórica directa, o incluso una profecía, seguiríamos el dictum del dispensacionalismo para interpretarlo «literalmente siempre que sea posible». Sin embargo, el género apocalíptico de todo el libro debe tomarse en serio en sus propios términos. Tomar símbolos literalmente no es tomarlos en su sentido natural. Los dispensacionalistas ciertamente reconocen que hay mucho en Apocalipsis que es simbólico. De hecho, las interpretaciones simbólicas a veces rayan en lo imaginario. Entonces ambas posiciones permiten la interpretación simbólica de lo que obviamente son símbolos.

La pregunta, entonces, es si debemos interpretar Apocalipsis a la luz del apocalíptico bíblico (especialmente en Ezequiel y Daniel) o como códigos secretos que deben ser descifrados por los titulares de las noticias diarias. Los profetas usaron los números no como un lenguaje secreto sino como otra forma de transmitir la verdad. Por ejemplo: «millones de millones» es un modismo que se refiere a una gran multitud (Dn. 7:10). También en Daniel, los santos sufrirán la tribulación de la mano de un rey blasfemo por un «tiempo, y tiempos, y medio tiempo» (7:25): tres veces y media m, es decir, la mitad del tiempo total de siete juicios (4:16; 9:27). Siete es el número de Dios, entronizado en su reposo sabático, y seis es el número del imperio pecaminoso que se opone a Yahweh y su Ungido. Cada séptimo día es un sábado, y en el antiguo pacto también hubo sábados anuales y de año jubilar: los «sietes» se multiplican, capa tras capa, para conducir a Israel a la esperanza de un reposo mayor. Las medidas detalladas de la ciudad celestial en Apocalipsis 21 (vv. 10-17) se basan especialmente en las profecías de Ezequiel. Si tuviéramos que tomar esto como medidas literales de un edificio, estaría en contradicción con el punto apoya el rico simbolismo: a saber, que en la era venidera no hay ningún templo local en absoluto, ya que todo el cosmos es el santuario, «porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero» (v. 22). Estos símbolos proféticos nos dirigen a Cristo, no a la nación de Israel ni a intrigas políticas en las noticias diarias. Especialmente a la luz de las declaraciones directas de Jesús y del resto del Nuevo Testamento, tiene más sentido interpretar que los mil años de Apocalipsis 20 simbolizan el presente reinado de Cristo. En esta perspectiva, la parte de la visión de Juan que encontramos en Apocalipsis 20 ocurre en el cielo, no en la tierra, y en el presente, no simplemente en un acontecimiento futuro. Todo el libro debe leerse no cronológicamente sino como fotografías instantáneas del siglo actual de la iglesia desde un punto de vista celestial y para proporcionar consuelo y seguridad a la iglesia que sufre testificando el triunfo final del Cordero.

Con una buena razón, los premilenialistas se preguntan cómo podríamos interpretar que Apocalipsis 20 ocurre ahora, cuando les parece obvio que Satanás no está atado y que de hecho está engañando a las naciones. Sin embargo, si Satanás no estuviera actualmente atado, si fuera libre para gobernar y reinar sobre la tierra, no podría haber una iglesia, y mucho menos una que perdure a través de los siglos a pesar de la herejía y el cisma. Cristo claramente prometió que edificaría su iglesia y que ni siquiera las puertas del Hades podrían resistir sus ataques (Mt. 16:18). Además, el premilenialismo debe explicar de alguna manera cómo el glorioso reinado de Cristo en el poder durante mil años después de su regreso puede conducir a una nueva caída.

Es cierto, como observa Grudem, que Apocalipsis 20 habla no solo de que Satanás está atado, sino de que es arrojado al abismo sin fondo. Sin embargo, aquí nuevamente es bastante consistente con la profecía, especialmente apocalíptica, entender esto como un telescopado de esta acción, que abarca tanto el período de su ser (ahora) como la consumación de su juicio (destrucción en el futuro). Todavía «como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 P. 5:8), pero esto es consistente con una interpretación amilenial de Apocalipsis 12, donde Satanás es expulsado del santuario celestial, incapaz de afectar el resultado de la redención, y aún así persigue a la iglesia en la tierra. Esta interpretación subraya el hecho de que es el ministerio en el tribunal celestial el que es decisivo y que cualquier cosa que Satanás tenga permitido hacer en la tierra finalmente no es más que la lucha desesperada e inútil de un enemigo derrotado.

Grudem también hace referencia a 2 Corintios 4:4, donde se dice que «el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo». Sin embargo, es precisamente Satanás quien está atado lo que finalmente frustra este esfuerzo. Hasta los confines de la tierra, los ciegos ven. Grudem también se refiere a 1 Juan 5:19, donde se dice que «el mundo entero está bajo el maligno». No obstante, cuando se lee junto con los muchos pasajes que indican que el reino ha sido inaugurado, que está progresando a través de el evangelio, y que toda autoridad ahora pertenece a Cristo en el cielo y en la tierra, tales pasajes revelan que el encarcelamiento del mundo es precisamente la condición para que el reino de gracia de Cristo se derrumbe. En este momento está saqueando el reino de Satanás, liberando huestes cautivas en su tren. El mundo yace en la oscuridad, pero un remanente creciente en cada nación ha visto una gran Luz.

Para los amilenialistas, la tensión ya/todavía no, no se resolverá hasta que Cristo regrese. Así como la vida de Cristo fue a la vez humillación y exaltación, la iglesia sufre incluso cuando cumple su misión de llevar el evangelio hasta los confines de la tierra. Ni un reino por el que todavía estamos esperando ni un reino que debemos llevar a cabo, el reinado de Cristo en la gracia es un reino que incluso ahora estamos recibiendo del cielo.

Además, en respuesta al argumento de Grudem de que las profecías del Antiguo Testamento (como el lobo que habita con el cordero) anticipan «una renovación trascendental de la naturaleza que nos lleva mucho más allá del siglo presente», podemos apelar nuevamente a principios de interpretación profética. El lenguaje apocalíptico se basa en imágenes naturales para expresar la fuerza de los principales puntos de inflexión en la historia de la redención. Incluso en la literatura secular del antiguo Cercano Oriente, lobos y corderos, serpientes y palomas describen rutinariamente la condición violenta y pacífica de las naciones. el patrón de profecía anticipa los cumplimientos penúltimo (semirealizado) y último (plenamente realizado).

Tenemos que recordar el contexto y el propósito del Apocalipsis. Las visiones extrañas y maravillosas de Juan fueron dadas por Cristo antes que nada para el consuelo de los cristianos que sufrían persecución extrema bajo el Imperio romano. El libro comienza: «La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan,  que ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto. Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca» (Ap. 1:13, énfasis agregado). Luego se ofrece un saludo a las siete iglesias en Asia Menor. Estas son iglesias reales en los días de Juan. Deben ser consolados por el hecho de que Cristo ya es «el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra», que « nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén» (1:5-7). Jesús está preparando a su rebaño para una matanza inminente, asegurándoles que él ya es rey sobre todos los poderes y autoridades y que, a su debido tiempo, volverá para arreglar todo (1:17-18). Gran persecución vino sobre la iglesia y ha continuado ininterrumpidamente en varias partes del mundo desde entonces. Los acontecimientos interpretados en Apocalipsis no se encuentran ni en el pasado ni completamente en el futuro, sino que abarcan «estos postreros días» que comienzan con Pentecostés y terminan con la llegada plena del siglo venidero con la aparición de Cristo.

Entonces, según una interpretación amilenial, estamos viviendo actualmente en los «mil años» de Apocalipsis 20, anhelando no un milenio literal con otra caída en el pecado sino el reino eterno de justicia y paz que amanecerá con el regreso de Cristo en juicio y restauración. Tomando prestado imágenes del mundo natural, podemos decir que Dios promete un estado de cosas en el que antiguos enemigos (lobos, corderos y leones) estarán en paz.

Horton, Michael Scott. Pilgrim Theology: Core Doctrines for Christian Disciples. Grand Rapids, MI: Zondervan, 2011.

[1] John Newton, «Letter LV» en Letters of the Rev. John Newton (London: Hamilton, Adams, and Co., 1847), 124-125.

[2]Parusía es una palabra griega que significa «llegada» y se emplea para referirse a la segunda venida de Cristo en las Escrituras.

[3] Richard Sibbes, «Christ is Best», en The Works of Richard Sibbes, Vol. 1 (Carlisle, Pa.: Banner of Truth, 1634/1973), 341.

Mark Deve

El ajetreo y el descanso

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

El ajetreo y el descanso

Kevin DeYoung

Este pasaje del Evangelio de Marcos me ha intrigado desde hace años:

Levantándose muy de mañana, cuando todavía estaba oscuro, salió, y se fue a un lugar solitario, y allí oraba. Y Simón y sus compañeros salieron a buscarle; le encontraron y le dijeron: «Todos te buscan». Y Él les dijo: «Vamos a otro lugar, a los pueblos vecinos, para que predique también allí, porque para eso he venido». Y fue por toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando demonios (Mr 1:35-39).

Jesús me asombra. Su encarnación, Su resurrección, Su ascensión y Su exaltación son indescriptibles. También me asombran las cosas cotidianas de la vida de Jesús, como el hecho de que nunca habló sin pensar, nunca desperdició el tiempo y nunca se desvió del plan de Su Padre. A menudo me maravillo al pensar lo terriblemente ocupado que estuvo Jesús, pero solo con las cosas que debía estar haciendo.

Muchos de nosotros estamos tan familiarizados con los evangelios que pasamos por alto lo que es obvio: Jesús era un hombre verdaderamente ocupado. Una de las palabras favoritas de Marcos es «inmediatamente». Jesús y Su grupo de discípulos se pasaron tres años en un torbellino de actividades. Inmediatamente terminaba un evento, empezaba otro. En Marcos 1, Jesús comienza Su ministerio público enseñando en la sinagoga, reprendiendo a un espíritu inmundo, preocupándose por la suegra de Simón y luego quedándose despierto hasta tarde en la noche para sanar a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsar a muchos demonios (1:14-34). En una ocasión, Jesús estaba demasiado ocupado como para comer, y Su familia pensó que Él estaba perdiendo el juicio (3:20-21). Las multitudes siempre estaban buscando a Jesús, demandando de Su tiempo y de Su atención. Los evangelios nos dan la impresión de que Él estuvo predicando, sanando y expulsando demonios casi todos los días durante tres años.

No pienses que Jesús fue una especie de maestro esotérico que se pasó la vida en un estado de contemplación. Si Jesús ministrara en la carne hoy día, recibiría más correos electrónicos que cualquiera de nosotros. Las personas y los medios de comunicación estuvieran clamando por Su atención. Jesús no vivió en una nube, ajeno a las presiones cotidianas de la existencia humana. Él fue «tentado en todo como nosotros, pero sin pecado» (Heb 4:15). Y eso incluye la tentación de vivir pecaminosamente ocupado.

Pero ese no fue su caso. Jesús se mantuvo ocupado, pero nunca de una manera que le causara nerviosismo, ansiedad, irritabilidad, orgullo ,envidia, o que lo distrajera con asuntos de menor importancia. Cuando toda Capernaúm esperaba por Su toque de sanidad, Él se apartó a un lugar desierto para orar. Y cuando los discípulos le insistieron que volviera a trabajar, Él salió hacia otra ciudad para predicar. Jesús sabía distinguir entre lo urgente y lo importante. Él entendía que todas las cosas buenas que podía hacer no eran necesariamente las cosas que debía hacer.

Si Jesús tuvo que ser prudente con Sus prioridades, nosotros también tendremos que serlo. Tendremos que asegurarnos de que nuestra misión sea permanecer en la misión. Tendremos que dejar de hacer algunas cosas buenas. Y tendremos que hacer un esfuerzo por descansar.

Jesús sabía distinguir entre lo urgente y lo importante.

Hace unos cinco años, redescubrí la importancia de uno ejercitarse regularmente. Desde que era niño me gustaba correr y lo hice mientras estuve en la secundaria y en la universidad. Pero a medida que aumentaba mi edad (y mi peso), disminuía la frecuencia con la que hacía ejercicio. Hasta que un amigo y yo decidimos apuntarnos para un triatlón, algo que ninguno de los dos había hecho antes. Así que comencé a nadar, a montar bicicleta y a correr prácticamente todos los días de la semana, excepto los domingos.

¿Y sabes qué? Realmente me gustó. Aún me gusta. Ha sido una de las mejores cosas que he hecho en los últimos cinco años. Estoy seguro de que logro más cosas en la semana cuando me olvido de mi lista de quehaceres y saco tiempo para ejercitarme.

Pero he aprendido que aunque el ejercicio es un tipo de «descanso», no obtendrás beneficio alguno del ejercicio si no descansas. Como soy mejor estudiante que atleta, he suplementado mi nueva rutina de ejercicios con mucha lectura acerca del ejercicio. En los últimos años, he leído más de dos docenas de libros sobre nadar, montar bicicleta y correr. Y todos dicen que el mayor obstáculo de las personas que están enfocadas en hacer ejercicio (y tan enfocadas que hasta leen sobre hacer ejercicio) no es la falta de fuerza de voluntad ni de trabajo duro. Es la falta de descanso. Cuando haces ejercicio, tu corazón y tus pulmones se estresan; tus músculos son sometidos a una gran presión y sufren desgarres microscópicos. El ejercicio en sí mismo no te hace más fuerte. Tu cuerpo se fortalece solo si llegas a descansar. Tu cuerpo se dice a sí mismo: «Bueno, eso fue un poco demandante. Deberíamos construir un poco más de músculo allí, quemar un poco más de grasa la próxima vez, mandar un poco más de sangre y hacer que los pulmones se expandan para que absorban más oxígeno».

Leí un artículo en una revista que contenía seis leyes para entrenar según algunos atletas profesionales. Las reglas 1, 2 y 3 eran: Te estás esforzando demasiado. Y regla 6 era: Necesitas dormir más. Tal como pasa con tu cuerpo físico, así también sucede con tu cuerpo espiritual: la capacidad de tu cuerpo, mente y corazón para enfrentar retos mayores no aumentará si cada día te esfuerzas al máximo. Tanto en el ejercicio como en la vida, nunca avanzaremos si nunca descansamos.

Ya sea que se hable del descanso en general o del descanso del día de reposo, siempre está el peligro de caer en el legalismo. Pero es probable que el mayor peligro para la mayoría de nosotros no sea la escrupulosidad excesiva, sino nuestra indiferencia ante el regalo que Dios nos ha dado. Lo primero que debemos recordar sobre el día de reposo es que Jesús dijo que el día de reposo se hizo para el hombre, y no el hombre para el día de reposo (Mr 2:27). Descansar, cualquier día, es un regalo de Dios para nosotros, si tan solo confiamos en Él lo suficiente como para recibirlo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kevin DeYoung
Kevin DeYoung

El Rev. Kevin DeYoung es pastor de Christ Covenant Church en Matthews, N.C., y maestro asistente de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary de Charlotte, N.C. Es autor de numerosos libros, incluyendo Taking God at His Word [Confía en Su Palabra] y Just Do Something [Haz algo].

¿Por qué Dios permite que la gente se burle de Él?

Got Questions

¿Por qué Dios permite que la gente se burle de Él?

Cada día, en cada lugar del mundo, hay gente que se burla de Dios. Muchos se empeñan en blasfemar, ridiculizar y apretar el puño contra su Creador. La cantidad de burlas es lamentable, y su atrevimiento es a menudo impresionante. Dios ve todo esto, y seguramente podría hacer algo al respecto. ¿Por qué permite que continúe?

Dios creó a la humanidad con libre albedrío. Apocalipsis 4:11 dice, «Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas». El Todopoderoso nos creó para Su gloria y deleite, y ¿qué mayor deleite podría haber que ser amado por alguien de forma voluntaria y placentera y sin ser obligado a amar? Dios no creó drones sin sentido que simplemente cumplieran Sus órdenes. Él quería hijos, de la misma manera que los padres humanos quieren hijos, no como sirvientes sino como individuos que piensan, con sus propias características y personalidades. Dios quería tener comunión y una relación con nosotros. El verdadero y genuino amor es voluntario.

Y como Dios creó a la humanidad de esta manera — por supuesto, no tuvo que hacerlo, sino que eligió hacerlo — tenemos el libre albedrío de desobedecerlo, blasfemarlo y, sí, incluso burlarnos de Él. Sin embargo, en Gálatas 6:7 se nos advierte que Dios no siempre será objeto de burla. La blasfemia y la burla son temporales. Habrá un día de juicio final, y, en última instancia, un hombre cosecha lo que siembra.

Tenemos la capacidad de elegir el bien o el mal, lo correcto o lo incorrecto. Dios también nos dio una solución, una salida del pecado y una entrada a la vida eterna. Jesucristo ha proporcionado los medios para restaurar una relación amorosa con Dios, a través de Su sacrificio en la cruz.

Permisos de publicación autorizados por el Ministerio Got Questions para Alimentemos El Alma

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La fidelidad de Cristo en las cosas pequeñas

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

La fidelidad de Cristo en las cosas pequeñas

Sinclair B. Ferguso

Nota del editor: Este es el quinto y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

Es un principio en el Reino de Cristo que, quien «es fiel en lo muy poco, es fiel también en lo mucho» (Lc 16:10). Pero en ese Reino, el Señor Jesús también practicó lo que predicó. Toda Su vida ilustró «la fidelidad en las cosas pequeñas». El tema merece ser tratado en un libro, y este breve ensayo pretende simplemente animarnos a reconocer algunas de las pequeñas cosas que hemos tendido a pasar por alto en la vida del Salvador. Aquí hay cinco de ellas.

Jesús fue «humilde de corazón» en Su atención a los «pequeños»: los pobres, los enfermos y, sí, también los niños.

  1. Jesús fue un niño conforme a Éxodo 20:12: Él observó el mandato de «[honrar] a tu padre y a tu madre». Sabemos que esto ya era cierto de Él cuando tenía solo doce años, como vemos en Lucas 2:41-52. Cuando José y María lo llevaron a la fiesta de la Pascua en Jerusalén ese año, ellos en realidad lo «perdieron». «Y al regresar ellos, después de haber pasado todos los días de la fiesta, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo supieran Sus padres… y comenzaron a buscarle» (vv. 43-45). Cuando finalmente lo encontraron en el templo, los nervios de María se irritaron un poco: «¿Por qué nos has tratado de esta manera?… tu padre y yo…» (una frase que la mayoría de los niños reconocen como una fuerte reprimenda). Ella culpó a Jesús a pesar de que Él era su responsabilidad (v. 48). Pero observa a Jesús: Él explicó amablemente que había ido al único lugar en la ciudad donde ellos debían haber sabido que lo encontrarían («¿Acaso no sabíais que me era necesario estar en la casa de Mi Padre?»). Y luego fíjate en lo que Lucas añade: «Y descendió con ellos… y continuó sujeto a ellos» (vv. 49-51). Sí, aunque lo habían culpado injustamente, Jesús honró el quinto mandamiento de Su Padre al obedecer a Sus padres terrenales. Ciertamente, prestó atención de manera detallada a todos los mandamientos de Su Padre.
  2. Jesús fue también un hombre conforme a Deuteronomio 8:3: Él «no solo [vivió] de pan…, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (ver Mt 4:4). De toda palabra. Jesús no solo creyó en la «inspiración verbal y plenaria» sino en la obediente «alimentación verbal y plenaria». Cada palabra de Su Biblia fue vital para Él. Se deleitó en la fidelidad minuciosa: quería conocer, amar y obedecer cada palabra que Dios había espirado.
  3. Por otra parte, Él fue un orador conforme a Proverbios 16:23-24: Él valoró y usó «palabras agradables», que son como «panal de miel… dulces al alma y salud para los huesos» (v. 24). Y por eso, la gente se maravillaba de las «palabras agradables» que hablaba. Según Proverbios 16:24, tal discurso tiene tanto la dulzura como las propiedades medicinales de la miel. Pablo se hace eco de ese comentario y nos insta a seguir el ejemplo de Jesús (Col 4:6). Jesús prestó atención a la forma en que hablaba. Su discurso da la impresión de un pensamiento profundo y cuidadoso y una preocupación por los demás. Además, nunca parece haber desperdiciado una palabra. ¿Cómo es esto? Es porque Él tenía «lengua de discípulo» y sabía cómo «sostener con una palabra al fatigado» (Is 50:4); Sus palabras agradables hicieron eso.
  4. Nuestro Señor fue también un ejemplo conforme a Isaías 42:2-4 (Mt 12:20): en particular «no quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha que humea». Observa Su reacción cuando Marta, llena de tensión, lo confronta y se queja porque María no está ayudando con la comida y que Jesús no está haciendo nada al respecto. «Marta, Marta,» Él dice (Lc 10:41). Sí, vendrán palabras de corrección, pero primero están las palabras de profundo afecto para dar seguridad y calmar a Su amiga.
  5. Entonces, Jesús fue —según Su propia declaración— un Salvador conforme a Mateo 11:28-30: Él fue, ciertamente, «manso y humilde de corazón». Trató a los enfermos como si fueran Su propia familia; fue «manso» en la forma en que se acercó a las viudas como si fueran Su madre; Él fue «humilde de corazón» en Su atención a los «pequeños»: los pobres, los enfermos y, sí, también los niños. Estas no son cosas de «gran escenario» sino pequeños detalles. Es ciertamente significativo que un hombre que lo «injuriaba» se convirtiera al ver la forma en que murió (Mt 27:44Lc 23:42-43) y quizás no menos importante por la forma en que cuidó a la madre que lo había amado (Jn 19:26-27).

¿Hay una explicación para esto? La encontramos, al menos en parte, donde Jesús mismo la encontró, en Isaías 50:4: «Mañana tras mañana me despierta, despierta mi oído para escuchar como los discípulos». Aunque no poseía una Biblia hebrea propia, la había escondido en Su corazón. Él escuchaba la Palabra de Dios cada día y meditaba en ella; eso significa algo más que simplemente leerla. Él estaba reflexionando en ella, asimilándola, digiriéndola.

Los padres de Jesús debían haber sabido que si lo iban a encontrar en algún lugar de Jerusalén, sería en el templo. ¿No le habían enseñado a desear una cosa, es decir, a «[habitar] en la casa del SEÑOR… para contemplar la hermosura del SEÑOR, y para meditar en Su templo» (Sal 27:4)? Eso fue exactamente lo que estaba haciendo cuando Su «padre y… madre [lo abandonaron] (v. 10).

La fidelidad de nuestro Señor en las cosas pequeñas, entonces, fue simplemente el reflejo de la perfecta belleza que Él vio en el rostro de Su Padre mientras escuchaba ansiosamente lo que Él tenía que decir. Que eso también sea así para nosotros.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson

El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

Fieles en las cosas pequeñas donde somos llamados

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Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

Fieles en las cosas pequeñas donde somos llamados

Por David Mathis

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

Henry tenía un padre negligente que se distraía a sí mismo con la caza y la pesca. En su pereza e irresponsabilidad, envió al joven Henry a un internado y dejó que el director se hiciera cargo de él; llegó hasta el punto de firmar sus cartas como «Tío» en lugar de «Papá». Sin embargo, para Henry Francis Lyte (1793-1847), quien llegaría a convertirse en un buen pastor y un poeta célebre, el evangelio de Cristo redimió su entendimiento de lo que significa tener un Padre, trabajar ante Su cálida sonrisa, llamarle «Abba» y anhelar verle cara a cara.

Tal gozo estabilizante inspiró a Lyte a escribir: «Cristo, mi cruz he tomado», un poema que fue tan conmovedor y centrado en Dios que se le puso música para cantarlo en la congregación. Y a pesar de las dificultades de sus inicios, cuando Lyte estuvo a punto de morir, sus últimas palabras fueron: «¡Paz! ¡Gozo!».

Gozo en cada llamado

En una de las líneas más memorables del himno, Lyte llama a los cristianos a «[hallar] gozo en cada estación»:

Alma mía, eres salva,
deja el miedo y el pecar.
Halla gozo en cada estación
aunque haya más que soportar.
¿O qué Espíritu en ti habita
y qué Padre has de gozar?
Si Jesús vino a salvarte,
¿qué más puedes desear?

En otras palabras, Dios es lo suficientemente grande como para ayudarnos hasta en nuestras tareas más insignificantes. Él es lo suficientemente santo como para santificar nuestros momentos más banales. Él es lo suficientemente grandioso como para darle importancia a las cosas pequeñas de nuestras vidas. Y en ellas, darnos un gozo precioso y peculiar. En Cristo, por medio de Su Espíritu, hay «gozo en cada estación», no solo en los destellos brillantes y públicos de nuestras diferentes vocaciones, sino en los momentos más pequeños, más banales y aparentemente insignificantes de nuestras vidas.

¿En cuáles «cosas pequeñas» de tus estaciones aún no has descubierto el gozo que las acompaña?

Las cosas pequeñas importan. Y nuestros fracasos en ellas muestran cómo subestimamos la grandeza de nuestro Dios. Independientemente de qué tan pequeño sea el asunto, el Dios del Salmo 139 ve, sabe y se preocupa. «¿Adónde me iré de Tu Espíritu, o adónde huiré de Tu presencia?» (Sal 139:7).

Los pequeños hábitos

J. C. Ryle (1816-1900), el obispo anglicano evangélico, publicó una serie de sermones para niños titulada Stories for Boys and Girls [Historias para niños y niñas], en la cual escribe: «Oh, queridos hijos míos, ¿quién puede medir el poder que tienen los pequeños? ¡El poder de los pequeños es maravilloso! Nadie sabe lo que se puede lograr con un poco, y otro poco, y otro poco». Ryle continúa: «Oh, ¡la importancia de los pequeños hábitos! Hábitos de lectura, hábitos de oración, hábitos de alimentación, pequeños hábitos a lo largo del día… todas estas cosas son pequeñas. Pero conforman el carácter, y son de suma importancia».

Cada llamado particular en la vida, en cada etapa específica, nos presenta oportunidades únicas para ser fieles en las cosas pequeñas, con sus respectivos gozos. ¿Has considerado tus llamados y las distintas oportunidades que te ofrecen? Ya sea en el trabajo, en casa o en la Iglesia, ya sea como padre o madre, ya sea como esposo o esposa, ya sea como amigo o vecino, Dios quiere que conozcamos el placer de agradarle; no solo en los momentos grandes y públicos que tendemos a enfatizar, sino también (y especialmente) en los hábitos secretos y aparentemente insignificantes que «conforman el carácter» y «son de suma importancia».

¿En cuáles «cosas pequeñas» de tus estaciones aún no has descubierto el gozo que las acompaña?

En el trabajo

Crecí siendo hijo de un dentista, y solía escuchar a los pacientes de mi padre elogiándolo efusivamente por su trabajo. Más de uno lo llamaba «el doctor indoloro». Otros comentaban alegremente sobre lo agradable que eran las consultas, a diferencia de las experiencias miserables que habían tenido en otros consultorios. En múltiples ocasiones, escuché a los pacientes de mi padre decir cómo podían ver por sí mismos la calidad de los empastes (cosas pequeñas) al mirarse en el espejo comparándolos con empastes hechos por otros dentistas, quienes simplemente «llenaban el hueco».

Muchos de nosotros dedicamos la mitad de nuestras vidas al trabajo, e incluso las ocupaciones públicas más glamurosas están llenas de cosas pequeñas. Así que no debería sorprendernos que, al hablar específicamente acerca de nuestro trabajo, el apóstol Pablo enfatice los aspectos que solemos pasar por alto. «Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col 3:23); «Servid de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres» (Ef 6:7). En dos ocasiones enfatiza la «sinceridad de corazón» y habla de servir «no para ser vistos, como los que quieren agradar a los hombres» (Ef 6:5-6Col 3:22).

Las cosas pequeñas acaban sumando mucho a lo largo del tiempo, como la manera en que tratamos la propiedad y los recursos de nuestro empleador, si trabajamos con diligencia cuando no nos están viendo, si animamos constantemente a nuestros empleados y compañeros de trabajo y si estamos dispuestos a sacrificar nuestra productividad con tal de escuchar. ¿Dedicaremos unos minutos extra a limpiar un espacio común? ¿Honraremos el tiempo de los demás llegando a tiempo (o incluso más temprano) o no convocando reuniones innecesarias o dejando que se prolonguen más allá del punto en que los rendimientos disminuyen?

Tal fidelidad en las cosas pequeñas suele comenzar cuando somos estudiantes. La vida universitaria está llena de momentos pequeños y aparentemente insignificantes en los cuales nos entrenamos para una carrera de trabajo diligente y energético, o nos acostumbramos a ceder a la pereza y a preferir el camino fácil. En la universidad, los cristianos pueden honrar a Dios practicando la honestidad académica y estudiando, tal como Pablo exhortó a Timoteo: «… como obrero que no tiene de qué avergonzarse» (2 Tim 2:15).

En Efesios 6 y Colosenses 3, Pablo no solo nos insta a ser industriosos en nuestras labores sino que promete una recompensa. Él quiere que recordemos la bendición y que la anhelemos (Hch 20:35). Nos dice que debemos trabajar duro «sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia» (Col 3:24) y «sabiendo que cualquier cosa buena que cada uno haga, esto recibirá del Señor» (Ef 6:8).

En el hogar

De manera particular, el hogar nos recalca la importancia de lo que no se ve y de lo que no tiene glamur. Para la mayoría de nosotros, el hogar es, por naturaleza, más privado que el lugar de trabajo. Así que es probablemente en nuestras vidas domésticas donde más vemos secuencias de muchas cosas pequeñas.

Para aquellos que trabajan fuera del hogar, estar en él puede ser una sorprendente tentación a la pereza. Si salimos «a trabajar», podríamos asumir que vamos a casa solo para descansar. No hay duda de que el descanso, tanto en las noches como en el día de reposo, suele suceder en casa, pero el hogar no es solamente para descansar. Y eso es especialmente cierto cuando hay niños a tu alrededor.

Aquí los momentos que no se ven son los que más importan. Para los esposos y las esposas, podría tratarse de esas pequeñas consideraciones cuando la otra persona no está cerca. ¿Qué tan dispuestos estamos a hacer las tareas domésticas para evitar que se le acumulen a nuestro cónyuge? ¿Qué tan rápido nos remangamos la camisa para lavar los platos o nos metemos al baño para darle una limpieza que sea verdaderamente cristiana? Cuando estoy cansado, ¿me muestro dispuesto a agotarme para resolver un desastre del cual mi esposa ni se daría cuenta a menos que yo lo deje ahí? ¿Y qué tan dispuesto estoy a invertir la energía extra que se necesita luego de un largo día para pensar y comunicar palabras de afirmación en vez de solo expresar frustraciones?

Las cosas pequeñas de la vida en el hogar también incluyen a nuestros vecinos: saludarlos, detenernos para escuchar, cuidar de sus casas, ofrecerles una mano y ayudarles con un gozo contagioso.

En la Iglesia

Considera cómo todas las cualidades de los ancianos en la Iglesia son cosas pequeñas. Tal como ha observado Don Carson, es significativo ver lo insignificantes que son, en un sentido, los requisitos para servir en la Iglesia (1 Tim 3:1-13Tit 1:5-9). Son cosas pequeñas que se van sumando. Lo que necesitamos de nuestros pastores, y de toda la Iglesia, no es un intelecto de clase mundial, sino el tipo de fidelidad en las cosas pequeñas que es fundamental para la madurez cristiana y que sirve de ejemplo para el rebaño (1 Tim 4:121 Pe 5:3).

En la vida de Iglesia, las cosas pequeñas son muy útiles (como llegar unos minutos antes al servicio de adoración y quedarse unos minutos más al final para saludar y relacionarse con los demás). Cuando llegas tarde y sales desde que hacen la oración final, no permites que ocurran algunas de las interacciones humanas más importantes de toda la semana, tanto para ti como para otros. Y cada Iglesia local necesita voluntarios para llevar a cabo varios ministerios. Estos voluntarios tienen que presentarse tal y como lo prometieron y cumplir con responsabilidades que no suelen ser celebradas, ya sea cuidando o enseñando a niños, sirviendo como ujier, dando la bienvenida en la puerta o ayudando con el estacionamiento; aparte de orar regularmente por la Iglesia y por sus líderes, y de buscar formas de cuidar tangiblemente a familias que estén pasando por temporadas difíciles.

Entra en el gozo

Mi padre, el dentista indoloro, casi cumple setenta años y pronto llegará al final de su vida laboral. Uno puede ver el fruto de décadas de fidelidad en las cosas pequeñas al ver a tantos levantándose y llamándolo bienaventurado. Como un hijo que ama profundamente a su padre, oro que pasen muchos años más antes de que concluyan sus días en el hogar y en la Iglesia. Pero cuando lleguen a su fin, tanto para él como para el resto de nosotros, cuán increíblemente dulce será escuchar el elogio de nuestro Señor por ser fieles en las cosas pequeñas: «Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor» (Mt 25:21).

Hasta ahora, han sido muchas las veces que hemos pasado por alto el gozo escondido en las cosas pequeñas de cada estación. Vamos a encontrarlo mientras podamos. Muy pronto llegará el gozo de la estación final, uno que nunca dejará de madurar, de profundizar ni de expandirse.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David Mathis
David Mathis

David Mathis es editor ejecutivo de desiringGod.org, pastor de Cities Church en Minneapolis/Saint Paul, Minn., y autor de Habits of Grace: Enjoying Jesus through the Spiritual Disciplines [Hábitos de gracia: Disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales].