La fidelidad de Cristo en las cosas pequeñas

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Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

La fidelidad de Cristo en las cosas pequeñas

Sinclair B. Ferguso

Nota del editor: Este es el quinto y último capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

Es un principio en el Reino de Cristo que, quien «es fiel en lo muy poco, es fiel también en lo mucho» (Lc 16:10). Pero en ese Reino, el Señor Jesús también practicó lo que predicó. Toda Su vida ilustró «la fidelidad en las cosas pequeñas». El tema merece ser tratado en un libro, y este breve ensayo pretende simplemente animarnos a reconocer algunas de las pequeñas cosas que hemos tendido a pasar por alto en la vida del Salvador. Aquí hay cinco de ellas.

Jesús fue «humilde de corazón» en Su atención a los «pequeños»: los pobres, los enfermos y, sí, también los niños.

  1. Jesús fue un niño conforme a Éxodo 20:12: Él observó el mandato de «[honrar] a tu padre y a tu madre». Sabemos que esto ya era cierto de Él cuando tenía solo doce años, como vemos en Lucas 2:41-52. Cuando José y María lo llevaron a la fiesta de la Pascua en Jerusalén ese año, ellos en realidad lo «perdieron». «Y al regresar ellos, después de haber pasado todos los días de la fiesta, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que lo supieran Sus padres… y comenzaron a buscarle» (vv. 43-45). Cuando finalmente lo encontraron en el templo, los nervios de María se irritaron un poco: «¿Por qué nos has tratado de esta manera?… tu padre y yo…» (una frase que la mayoría de los niños reconocen como una fuerte reprimenda). Ella culpó a Jesús a pesar de que Él era su responsabilidad (v. 48). Pero observa a Jesús: Él explicó amablemente que había ido al único lugar en la ciudad donde ellos debían haber sabido que lo encontrarían («¿Acaso no sabíais que me era necesario estar en la casa de Mi Padre?»). Y luego fíjate en lo que Lucas añade: «Y descendió con ellos… y continuó sujeto a ellos» (vv. 49-51). Sí, aunque lo habían culpado injustamente, Jesús honró el quinto mandamiento de Su Padre al obedecer a Sus padres terrenales. Ciertamente, prestó atención de manera detallada a todos los mandamientos de Su Padre.
  2. Jesús fue también un hombre conforme a Deuteronomio 8:3: Él «no solo [vivió] de pan…, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (ver Mt 4:4). De toda palabra. Jesús no solo creyó en la «inspiración verbal y plenaria» sino en la obediente «alimentación verbal y plenaria». Cada palabra de Su Biblia fue vital para Él. Se deleitó en la fidelidad minuciosa: quería conocer, amar y obedecer cada palabra que Dios había espirado.
  3. Por otra parte, Él fue un orador conforme a Proverbios 16:23-24: Él valoró y usó «palabras agradables», que son como «panal de miel… dulces al alma y salud para los huesos» (v. 24). Y por eso, la gente se maravillaba de las «palabras agradables» que hablaba. Según Proverbios 16:24, tal discurso tiene tanto la dulzura como las propiedades medicinales de la miel. Pablo se hace eco de ese comentario y nos insta a seguir el ejemplo de Jesús (Col 4:6). Jesús prestó atención a la forma en que hablaba. Su discurso da la impresión de un pensamiento profundo y cuidadoso y una preocupación por los demás. Además, nunca parece haber desperdiciado una palabra. ¿Cómo es esto? Es porque Él tenía «lengua de discípulo» y sabía cómo «sostener con una palabra al fatigado» (Is 50:4); Sus palabras agradables hicieron eso.
  4. Nuestro Señor fue también un ejemplo conforme a Isaías 42:2-4 (Mt 12:20): en particular «no quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha que humea». Observa Su reacción cuando Marta, llena de tensión, lo confronta y se queja porque María no está ayudando con la comida y que Jesús no está haciendo nada al respecto. «Marta, Marta,» Él dice (Lc 10:41). Sí, vendrán palabras de corrección, pero primero están las palabras de profundo afecto para dar seguridad y calmar a Su amiga.
  5. Entonces, Jesús fue —según Su propia declaración— un Salvador conforme a Mateo 11:28-30: Él fue, ciertamente, «manso y humilde de corazón». Trató a los enfermos como si fueran Su propia familia; fue «manso» en la forma en que se acercó a las viudas como si fueran Su madre; Él fue «humilde de corazón» en Su atención a los «pequeños»: los pobres, los enfermos y, sí, también los niños. Estas no son cosas de «gran escenario» sino pequeños detalles. Es ciertamente significativo que un hombre que lo «injuriaba» se convirtiera al ver la forma en que murió (Mt 27:44Lc 23:42-43) y quizás no menos importante por la forma en que cuidó a la madre que lo había amado (Jn 19:26-27).

¿Hay una explicación para esto? La encontramos, al menos en parte, donde Jesús mismo la encontró, en Isaías 50:4: «Mañana tras mañana me despierta, despierta mi oído para escuchar como los discípulos». Aunque no poseía una Biblia hebrea propia, la había escondido en Su corazón. Él escuchaba la Palabra de Dios cada día y meditaba en ella; eso significa algo más que simplemente leerla. Él estaba reflexionando en ella, asimilándola, digiriéndola.

Los padres de Jesús debían haber sabido que si lo iban a encontrar en algún lugar de Jerusalén, sería en el templo. ¿No le habían enseñado a desear una cosa, es decir, a «[habitar] en la casa del SEÑOR… para contemplar la hermosura del SEÑOR, y para meditar en Su templo» (Sal 27:4)? Eso fue exactamente lo que estaba haciendo cuando Su «padre y… madre [lo abandonaron] (v. 10).

La fidelidad de nuestro Señor en las cosas pequeñas, entonces, fue simplemente el reflejo de la perfecta belleza que Él vio en el rostro de Su Padre mientras escuchaba ansiosamente lo que Él tenía que decir. Que eso también sea así para nosotros.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sinclair B. Ferguson
Sinclair B. Ferguson

El Dr. Sinclair B. Ferguson es maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries y profesor canciller de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary. Anteriormente, se desempeñó como ministro principal de la First Presbyterian Church en Columbia, S.C., y ha escrito más de dos docenas de libros, incluyendo El Espíritu Santo y Solo en Cristo.

Fieles en las cosas pequeñas donde somos llamados

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Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

Fieles en las cosas pequeñas donde somos llamados

Por David Mathis

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

Henry tenía un padre negligente que se distraía a sí mismo con la caza y la pesca. En su pereza e irresponsabilidad, envió al joven Henry a un internado y dejó que el director se hiciera cargo de él; llegó hasta el punto de firmar sus cartas como «Tío» en lugar de «Papá». Sin embargo, para Henry Francis Lyte (1793-1847), quien llegaría a convertirse en un buen pastor y un poeta célebre, el evangelio de Cristo redimió su entendimiento de lo que significa tener un Padre, trabajar ante Su cálida sonrisa, llamarle «Abba» y anhelar verle cara a cara.

Tal gozo estabilizante inspiró a Lyte a escribir: «Cristo, mi cruz he tomado», un poema que fue tan conmovedor y centrado en Dios que se le puso música para cantarlo en la congregación. Y a pesar de las dificultades de sus inicios, cuando Lyte estuvo a punto de morir, sus últimas palabras fueron: «¡Paz! ¡Gozo!».

Gozo en cada llamado

En una de las líneas más memorables del himno, Lyte llama a los cristianos a «[hallar] gozo en cada estación»:

Alma mía, eres salva,
deja el miedo y el pecar.
Halla gozo en cada estación
aunque haya más que soportar.
¿O qué Espíritu en ti habita
y qué Padre has de gozar?
Si Jesús vino a salvarte,
¿qué más puedes desear?

En otras palabras, Dios es lo suficientemente grande como para ayudarnos hasta en nuestras tareas más insignificantes. Él es lo suficientemente santo como para santificar nuestros momentos más banales. Él es lo suficientemente grandioso como para darle importancia a las cosas pequeñas de nuestras vidas. Y en ellas, darnos un gozo precioso y peculiar. En Cristo, por medio de Su Espíritu, hay «gozo en cada estación», no solo en los destellos brillantes y públicos de nuestras diferentes vocaciones, sino en los momentos más pequeños, más banales y aparentemente insignificantes de nuestras vidas.

¿En cuáles «cosas pequeñas» de tus estaciones aún no has descubierto el gozo que las acompaña?

Las cosas pequeñas importan. Y nuestros fracasos en ellas muestran cómo subestimamos la grandeza de nuestro Dios. Independientemente de qué tan pequeño sea el asunto, el Dios del Salmo 139 ve, sabe y se preocupa. «¿Adónde me iré de Tu Espíritu, o adónde huiré de Tu presencia?» (Sal 139:7).

Los pequeños hábitos

J. C. Ryle (1816-1900), el obispo anglicano evangélico, publicó una serie de sermones para niños titulada Stories for Boys and Girls [Historias para niños y niñas], en la cual escribe: «Oh, queridos hijos míos, ¿quién puede medir el poder que tienen los pequeños? ¡El poder de los pequeños es maravilloso! Nadie sabe lo que se puede lograr con un poco, y otro poco, y otro poco». Ryle continúa: «Oh, ¡la importancia de los pequeños hábitos! Hábitos de lectura, hábitos de oración, hábitos de alimentación, pequeños hábitos a lo largo del día… todas estas cosas son pequeñas. Pero conforman el carácter, y son de suma importancia».

Cada llamado particular en la vida, en cada etapa específica, nos presenta oportunidades únicas para ser fieles en las cosas pequeñas, con sus respectivos gozos. ¿Has considerado tus llamados y las distintas oportunidades que te ofrecen? Ya sea en el trabajo, en casa o en la Iglesia, ya sea como padre o madre, ya sea como esposo o esposa, ya sea como amigo o vecino, Dios quiere que conozcamos el placer de agradarle; no solo en los momentos grandes y públicos que tendemos a enfatizar, sino también (y especialmente) en los hábitos secretos y aparentemente insignificantes que «conforman el carácter» y «son de suma importancia».

¿En cuáles «cosas pequeñas» de tus estaciones aún no has descubierto el gozo que las acompaña?

En el trabajo

Crecí siendo hijo de un dentista, y solía escuchar a los pacientes de mi padre elogiándolo efusivamente por su trabajo. Más de uno lo llamaba «el doctor indoloro». Otros comentaban alegremente sobre lo agradable que eran las consultas, a diferencia de las experiencias miserables que habían tenido en otros consultorios. En múltiples ocasiones, escuché a los pacientes de mi padre decir cómo podían ver por sí mismos la calidad de los empastes (cosas pequeñas) al mirarse en el espejo comparándolos con empastes hechos por otros dentistas, quienes simplemente «llenaban el hueco».

Muchos de nosotros dedicamos la mitad de nuestras vidas al trabajo, e incluso las ocupaciones públicas más glamurosas están llenas de cosas pequeñas. Así que no debería sorprendernos que, al hablar específicamente acerca de nuestro trabajo, el apóstol Pablo enfatice los aspectos que solemos pasar por alto. «Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col 3:23); «Servid de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres» (Ef 6:7). En dos ocasiones enfatiza la «sinceridad de corazón» y habla de servir «no para ser vistos, como los que quieren agradar a los hombres» (Ef 6:5-6Col 3:22).

Las cosas pequeñas acaban sumando mucho a lo largo del tiempo, como la manera en que tratamos la propiedad y los recursos de nuestro empleador, si trabajamos con diligencia cuando no nos están viendo, si animamos constantemente a nuestros empleados y compañeros de trabajo y si estamos dispuestos a sacrificar nuestra productividad con tal de escuchar. ¿Dedicaremos unos minutos extra a limpiar un espacio común? ¿Honraremos el tiempo de los demás llegando a tiempo (o incluso más temprano) o no convocando reuniones innecesarias o dejando que se prolonguen más allá del punto en que los rendimientos disminuyen?

Tal fidelidad en las cosas pequeñas suele comenzar cuando somos estudiantes. La vida universitaria está llena de momentos pequeños y aparentemente insignificantes en los cuales nos entrenamos para una carrera de trabajo diligente y energético, o nos acostumbramos a ceder a la pereza y a preferir el camino fácil. En la universidad, los cristianos pueden honrar a Dios practicando la honestidad académica y estudiando, tal como Pablo exhortó a Timoteo: «… como obrero que no tiene de qué avergonzarse» (2 Tim 2:15).

En Efesios 6 y Colosenses 3, Pablo no solo nos insta a ser industriosos en nuestras labores sino que promete una recompensa. Él quiere que recordemos la bendición y que la anhelemos (Hch 20:35). Nos dice que debemos trabajar duro «sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia» (Col 3:24) y «sabiendo que cualquier cosa buena que cada uno haga, esto recibirá del Señor» (Ef 6:8).

En el hogar

De manera particular, el hogar nos recalca la importancia de lo que no se ve y de lo que no tiene glamur. Para la mayoría de nosotros, el hogar es, por naturaleza, más privado que el lugar de trabajo. Así que es probablemente en nuestras vidas domésticas donde más vemos secuencias de muchas cosas pequeñas.

Para aquellos que trabajan fuera del hogar, estar en él puede ser una sorprendente tentación a la pereza. Si salimos «a trabajar», podríamos asumir que vamos a casa solo para descansar. No hay duda de que el descanso, tanto en las noches como en el día de reposo, suele suceder en casa, pero el hogar no es solamente para descansar. Y eso es especialmente cierto cuando hay niños a tu alrededor.

Aquí los momentos que no se ven son los que más importan. Para los esposos y las esposas, podría tratarse de esas pequeñas consideraciones cuando la otra persona no está cerca. ¿Qué tan dispuestos estamos a hacer las tareas domésticas para evitar que se le acumulen a nuestro cónyuge? ¿Qué tan rápido nos remangamos la camisa para lavar los platos o nos metemos al baño para darle una limpieza que sea verdaderamente cristiana? Cuando estoy cansado, ¿me muestro dispuesto a agotarme para resolver un desastre del cual mi esposa ni se daría cuenta a menos que yo lo deje ahí? ¿Y qué tan dispuesto estoy a invertir la energía extra que se necesita luego de un largo día para pensar y comunicar palabras de afirmación en vez de solo expresar frustraciones?

Las cosas pequeñas de la vida en el hogar también incluyen a nuestros vecinos: saludarlos, detenernos para escuchar, cuidar de sus casas, ofrecerles una mano y ayudarles con un gozo contagioso.

En la Iglesia

Considera cómo todas las cualidades de los ancianos en la Iglesia son cosas pequeñas. Tal como ha observado Don Carson, es significativo ver lo insignificantes que son, en un sentido, los requisitos para servir en la Iglesia (1 Tim 3:1-13Tit 1:5-9). Son cosas pequeñas que se van sumando. Lo que necesitamos de nuestros pastores, y de toda la Iglesia, no es un intelecto de clase mundial, sino el tipo de fidelidad en las cosas pequeñas que es fundamental para la madurez cristiana y que sirve de ejemplo para el rebaño (1 Tim 4:121 Pe 5:3).

En la vida de Iglesia, las cosas pequeñas son muy útiles (como llegar unos minutos antes al servicio de adoración y quedarse unos minutos más al final para saludar y relacionarse con los demás). Cuando llegas tarde y sales desde que hacen la oración final, no permites que ocurran algunas de las interacciones humanas más importantes de toda la semana, tanto para ti como para otros. Y cada Iglesia local necesita voluntarios para llevar a cabo varios ministerios. Estos voluntarios tienen que presentarse tal y como lo prometieron y cumplir con responsabilidades que no suelen ser celebradas, ya sea cuidando o enseñando a niños, sirviendo como ujier, dando la bienvenida en la puerta o ayudando con el estacionamiento; aparte de orar regularmente por la Iglesia y por sus líderes, y de buscar formas de cuidar tangiblemente a familias que estén pasando por temporadas difíciles.

Entra en el gozo

Mi padre, el dentista indoloro, casi cumple setenta años y pronto llegará al final de su vida laboral. Uno puede ver el fruto de décadas de fidelidad en las cosas pequeñas al ver a tantos levantándose y llamándolo bienaventurado. Como un hijo que ama profundamente a su padre, oro que pasen muchos años más antes de que concluyan sus días en el hogar y en la Iglesia. Pero cuando lleguen a su fin, tanto para él como para el resto de nosotros, cuán increíblemente dulce será escuchar el elogio de nuestro Señor por ser fieles en las cosas pequeñas: «Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor» (Mt 25:21).

Hasta ahora, han sido muchas las veces que hemos pasado por alto el gozo escondido en las cosas pequeñas de cada estación. Vamos a encontrarlo mientras podamos. Muy pronto llegará el gozo de la estación final, uno que nunca dejará de madurar, de profundizar ni de expandirse.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David Mathis
David Mathis

David Mathis es editor ejecutivo de desiringGod.org, pastor de Cities Church en Minneapolis/Saint Paul, Minn., y autor de Habits of Grace: Enjoying Jesus through the Spiritual Disciplines [Hábitos de gracia: Disfrutando a Jesús a través de las disciplinas espirituales].

La verdadera amistad

Esclavos de Cristo

La verdadera amistad

George Lawso

Más vale ser reprendido con franqueza
que ser amado en secreto. (Pr 27.5)

Hay dos cualidades muy necesarias en un amigo: el amor y la fidelidad; y esta última es primordial para que nuestra amistades resulten realmente beneficiosas para nosotros. Hay algunos que nos aman con sinceridad y calidez, pero carecen del coraje necesario para ser fieles a la hora de reprendernos cuando lo merecemos. Sin embargo, la reprensión, aunque sea severa e hiriente, es mejor que un amor que que no se revela en forma de reprensiones necesarias.

El verdadero amigo no divulgará nuestras faltas a los cuatro vientos, pero tampoco las justificará para salvar nuestra reputación; porque la virtud es la esencia de la verdadera amistad y no debe infringirse por amor a nuestros amigos más queridos.

Por tanto, debemos valorar a aquel amigo que hace sus represiones tan públicas como sean nuestra faltas, y que no escatima a la hora de decirnos sin rodeos en nuestra cara en que hemos errado, porque da buena prueba de que aprecia nuestro autentico bienestar por encima de su interés particular por nosotros. El amigo que nos ama, pero tiene miedo de reprendernos cuando lo merecemos, no demuestra tener muy alta estima de nuestro sentido común y nuestro carácter, por que parece que nos cree incapaces de soportar la represión y prefiere disfrutar de que nuestra sonrisas que hacernos un servicio fundamental. Nuestro Señor amaba a sus Apóstoles con mucha ternura, y los regañaba con admirable prudencia y bondad cada vez que lo necesitaba. Él jamás quiso tolerar el pecado entre ellos, sino que los reprendía de tal forma que su amor hacia Él fuera en aumento y que no disminuyera. Aprendamos, pues, de este proverbio a ejercer la fidelidad de la amistad con aquellos a quienes amamos, y a agradecer a nuestros amigos cuando demuestren la sinceridad de su cariño al preocuparse por nuestras almas. Deberíamos valorar la sinceridad por encima de la cortesía y disculpar los pequeños defectos en esa última cualidad por amor a la primera.

Lawson, G. (1829). Comentario a Proverbios (p. 733-734). España, Publicaciones Aquila, 2006 para la versión española.

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 7ma. parte

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Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 7ma. parte

Robert Rothwell

Nota del editor: Esta es la séptima y última parte del tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

En la primera parte de este artículo, nos enfocamos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era primitiva. En la segunda parte vimos algunos ejemplos bíblicos durante la era patriarcal. En la tercera parte, tratamos algunos ejemplos durante la era del éxodo. En la cuarta parte, nos enfocamos en la era de Josué y los jueces. Luego, en la quinta parte, vimos algunos ejemplos bíblicos desde la era de los reyes y los profetas hasta el retorno del pueblo de Israel del exilio. En la sexta parte, vimos algunos ejemplos durante los albores del nuevo pacto. Para cerrar con este articulo, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era apostólica.

La era apostólica

Consideramos mayormente el Evangelio de Lucas al ver a algunas de las personas que fueron fieles en las cosas pequeñas durante el ministerio de Jesús. Pero no nos olvidemos del mismo Lucas. Tenemos el Evangelio de Lucas y el libro de los Hechos porque Lucas el médico fue fiel en las cosas pequeñas. Él fue minucioso al consultar las diferentes fuentes respecto a la vida de Cristo y el ministerio apostólico, rastreando los detalles menores, asegurándose de registrar correctamente las palabras de las figuras claves, revisando y volviendo a revisar su obra para darnos un relato ordenado del ministerio de nuestro Salvador y de la labor de los apóstoles después de la ascensión de Cristo (Lc 1:1-4Hch 1:1-3). Además, Lucas viajó con Pablo y sirvió fielmente al apóstol donde fuera que Pablo lo requiriera. Lucas incluso estuvo con Pablo al final de su vida, sirviéndole fielmente (Col 4:142 Tim 4:11). De seguro no estamos especulando excesivamente si decimos que Lucas fue fiel como amigo y doctor en el cuidado de las cosas pequeñas ligadas al ministerio de Pablo, prescribiéndole varios tratamientos sencillos y asistiendo a Pablo para aliviar sus cargas cuando podía hacerlo: colocándole y extrayéndole puntadas para cerrar sus heridas, buscándole medicinas, tomando notas de los sermones del apóstol, etc.

Dios continuará llevando a cabo Sus propósitos hasta llegar a la consumación de Su Reino cuando Jesucristo regrese.

Priscila y Aquila también se destacan como personas fieles en las cosas pequeñas durante el período apostólico. El discipulado puede ser una tarea ardua. Hacerlo bien requiere de un gran compromiso y de una perseverancia constante para enseñar a tiempo y fuera de tiempo, aprovechando los pequeños momentos y conversaciones, así como deben hacerlo los padres cuando están enseñando la ley de Dios a sus hijos. Priscila y Aquila discipularon fielmente a Apolos en las cosas pequeñas, pues él «enseñaba con exactitud las cosas referentes a Jesús» —los fundamentos del evangelio—, pero necesitaba ayuda para entender los asuntos que no eran centrales en cuanto a lo que es necesario creer para ser salvo (Hch 18:24-28).

Los apóstoles nombran a muchos individuos que les sirvieron fielmente mientras desarrollaban su ministerio apostólico. Ya hemos mencionado a Lucas, pero las salutaciones finales de las epístolas enumeran a muchos otros hombres y mujeres. Hay otro ayudador que se destaca: Epafrodito, quien sirvió a Pablo como asistente y mensajero, llevando obsequios de la iglesia de Filipos para apoyar al apóstol mientras estaba encarcelado en Roma. La tarea de llevar estos fondos ciertamente involucraba aspectos para nada glamurosos: era necesario hacer planes de viaje y prestar atención a detalles pequeños como la preparación del equipaje. Sin embargo, Epafrodito fue fiel en todas las cosas necesarias para llevar a cabo la labor, tanto en las grandes como en las pequeñas. Incluso casi murió en el proceso, pero eso no aminoró su fervor por ser fiel en las cosas pequeñas (Flp 2:19-304:18).

Por último, pero no menos importante, el elogio que Pablo hace de la fe de Loida y Eunice, la abuela y la madre de Timoteo respectivamente, es un testimonio de la importancia de la fidelidad en las cosas pequeñas. Aquí tenemos a dos mujeres más en la comunidad pactual que siguieron los mandamientos de Deuteronomio 6:4-9 e imprimieron la ley de Dios en los corazones de sus hijos. ¿De qué otra manera habría Timoteo conocido desde la niñez «las Sagradas Escrituras» que nos dan «la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús» (2 Tim 1:53:15)? La fidelidad de estas mujeres al enseñar la Palabra de Dios en los pequeños momentos cotidianos de la formación de Timoteo le dio a la Iglesia un siervo de Dios dedicado y un pastor fiel.

La fidelidad importa

Hemos podido resaltar solo algunos ejemplos de cómo la fidelidad en las cosas pequeñas fue clave en la historia de la salvación. Desde los casos de las figuras bien conocidas (como Jacob, David y María) hasta los de las menos conocidas (como Puá, Eunice y los padres israelitas que no fueron nombrados), la fidelidad en los asuntos pequeños, en los detalles, ha sido usada por Dios para edificar Su Reino. Sin embargo, Dios continúa contando Su historia; Él continuará llevando a cabo Sus propósitos hasta llegar a la consumación de Su Reino cuando Jesucristo regrese. Como hemos visto, no necesitamos ser líderes famosos ni magníficos para desempeñar papeles importantes en esta historia. Necesitamos ser fieles en las cosas pequeñas que Dios nos ha llamado a hacer.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

Nacido Bajo La Ley

HeartCry Missionaty Society

Nacido Bajo La Ley

Por: Thomas Boston

“Nuestro Redentor fue nacido bajo la ley, aunque Él sea el Señor de todos, y el Legislador para con Sus criaturas racionales. El hombre rebelde se ha sacudido el yugo de su obediencia, y por lo tanto Cristo puso su cuello bajo éste. Él se sometió a si mismo a la ley ceremonial, padeciendo el doloroso proceso de la circuncisión al octavo día después de su nacimiento, como se había ordenado; a la ley civil, al pago de tributos, etc.; y a la ley moral obedeciendo los preceptos concernientes a ella, y sufriendo la sanción penal de ésta, la cual fue añadida en caso que el hombre transgrediera, en cuyo lugar Él se puso a Sí mismo.

1. Él se sometió a la parte preceptiva de la ley como un pacto de obras, el cual el hombre había roto: y Él lo cumplió, de manera que Él estuvo sujeto incluso a José, Su supuesto padre, y a María Su madre, según la carne (Lucas 2:51), más aún, a todos los diferentes aspectos de la misma, en cumplimiento de toda justicia (Mateo 3:15). Por esto Su obediencia a la ley fue magnificada y hecha honorable, y consiguió su total cumplimiento con respecto a la obediencia activa, la cual nunca podría haber sido obtenida por los hombres, aunque todas las piezas de obediencia de ellos hubieran sido acumuladas en una sola suma.   

2. Él se sometió a la amenazante o penal sanción de la ley.  Aunque no hubo engaño en Su boca, y Él no debía nada a la ley. Como siendo el gran legislador, sin embargo, como el representante de los pecadores, la ley Le tomo por el cuello, diciendo: “Págame lo que debes”.  La amenaza fue promulgada, y Él respondió a cada ápice, llevando esa muerte en Su alma y cuerpo, la cual había lanzado su  amenaza a causa del pecado. Y así Él tomó la deuda de los pecadores elegidos, y la pagó hasta el último centavo. Oh maravillosa condescendencia en el Señor y Legislador,  rendir obediencia a Su propia ley, que fue hecha para criaturas, en todas sus demandas, los más rigurosos no exceptuados! Oh bendito Representante, quien ha pagado toda la deuda de los hombres en ruina.
(Obras, Volumen 1, p.492-493)

PAUL WASHER

Paul David Washer ministró como misionero en Perú 10 años, tiempo durante el cual fundó la Sociedad Misionera HeartCry para apoyar plantadores de iglesias peruanos. Paul ahora sirve como director de misiones de HeartCry (heartcrymissionary.com), la cual Dios ha bendecido para poder apoyar a misioneros en más de cuarenta naciones al rededor del globo. Él y su esposa Charo tienen cuatro hijos: Ian, Evan, Rowan, y Bronwyn.


La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 6ta. parte

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Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 6ta. parte

Robert Rothwell

Nota del editor: Esta es la sexta parte del tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

En la primera parte de este artículo, nos enfocamos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era primitiva. En la segunda parte vimos algunos ejemplos bíblicos durante la era patriarcal. En la tercera parte, tratamos algunos ejemplos durante la era del éxodo. En la cuarta parte, nos enfocamos en la era de Josué y los jueces. Luego, en la quinta parte, vimos algunos ejemplos bíblicos desde la era de los reyes y los profetas hasta el retorno del pueblo de Israel del exilio. En esta ocasión, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante los albores del nuevo pacto.

Los albores del nuevo pacto

No tenemos una fuente divinamente inspirada que hable sobre la fidelidad del pueblo de Dios durante los cuatrocientos años que pasaron entre el cese de la profecía luego de Malaquías y la restauración de la profecía en el siglo I d. C. con el ministerio de Juan el Bautista. Sin embargo, hay mucha literatura extrabíblica que da testimonio del compromiso hacia la ley de Dios de muchos judíos que vivieron en esa era. El Nuevo Testamento incluso testifica indirectamente sobre la fidelidad de muchos judíos en las cosas pequeñas. Después de todo, no habría habido gente justa como Zacarías y Elisabet —los padres de Juan el Bautista— o María y José —la madre y el padre adoptivo de Jesús— si sus predecesores no hubieran traspasado el conocimiento de Dios a las siguientes generaciones. No hay duda de que la fe de Zacarías, Elisabet, María y José tuvo mucho que ver con los esfuerzos de sus padres, abuelos, tatarabuelos y otros ancestros por enseñar la ley de Dios en sus familias durante la vida cotidiana y por transmitir la sabiduría de Proverbios y otros libros bíblicos a sus descendientes (Mt 1; Lc 1:1 – 2:7; ver Dt 6:4-9Pr 1:7-8).

El artículo del Dr. Sinclair Ferguson publicado en esta serie se enfoca en la fidelidad de Cristo en las cosas pequeñas, pero Él no fue el único judío fiel durante Su tiempo aquí en la tierra. Ya hemos mencionado la fe de María y José, pero notemos cómo esta se evidenció a partir del nacimiento de Jesús. Lucas 2:22-24 nos muestra su atención a los detalles de la ley cuando subieron a Jerusalén para ofrecer los sacrificios para la purificación. Ofrecieron un par de aves, el sacrificio que se le permitía a los padres pobres en la dedicación de su hijo a Dios (Lv 12). A pesar de que se trataba de un requisito ritual, podríamos decir que era algo pequeño. Las familias pobres seguramente podían pensar en cosas «mejores» o más urgentes en las cuales invertir sus recursos limitados. Sin embargo, María y José fueron fieles a todas las leyes de Dios, incluso aquellas que parecían ser de menor importancia o menos prioritarias con respecto a su pobreza. Y ya que estamos considerando este episodio, no olvidemos a la profetisa Ana y al hombre devoto llamado Simeón. Tanto Ana como Simeón recibieron algún tipo de revelación especial del Espíritu Santo de que Jesús era el Mesías prometido (Lc 2:25-38). ¿Pero cómo sabían ellos que vendría un Mesías, la «consolación de Israel» y la «redención de Jerusalén»? La respuesta tiene que ser que ellos eran personas devotas que prestaban atención a toda la Palabra de Dios. Debido a que conocían incluso las partes «pequeñas» de la Escritura, esperaban a un Salvador de Israel.  

La fidelidad en las cosas pequeñas significa perseverar hasta el final, llevando a cabo los detalles hasta que el trabajo se haya completado.

Una vez que comenzó el ministerio público de Jesús, muchas personas fueron fieles en las cosas pequeñas, bendiciendo a nuestro Señor y permitiendo que Su obra continuara. Es probable que todo el que de niño haya tomado clases de escuela dominical haya escuchado una lección sobre el niño que donó cinco panes y dos peces a Jesús en una de las ocasiones en que nuestro Salvador multiplicó los alimentos para dar de comer a miles de personas. Fue una pequeña cantidad de comida y un pequeño gesto de fidelidad. Sin embargo, esta fidelidad en las cosas pequeñas permitió que Jesús pudiera multiplicar esos alimentos para dar de comer a la multitud y revelarse a Sí mismo como el Pan de Vida (Jn 6).

En el ministerio de Jesús se destaca bastante la fidelidad de las mujeres. Considera, por ejemplo, a la suegra de Pedro, quien desempeñó fielmente los pequeños deberes de la hospitalidad para servir a Jesús y a Sus discípulos, supliéndoles alimento y bebida cuando visitaron Capernaúm (Lc 4:38-39). El Evangelio de Lucas también describe a mujeres como María Magdalena, Juana y Susana, quienes aportaban los fondos para proveer todo lo necesario a fin de que Jesús y los discípulos pudieran ministrar (Lc 8:1-3). Muchas de estas mujeres, si no todas, eran ricas, así que es probable que para ellas fuera solo un pequeño sacrificio el contribuir a la obra de Jesús y de los doce. Sin embargo, fueron fieles patrocinadoras de nuestro Señor mientras Él viajaba y enseñaba.

Al hablar de las mujeres que fueron fieles en las cosas pequeñas durante el ministerio de Jesús, no podemos olvidar a las mujeres de Galilea que siguieron a Jesús y estuvieron presentes en Su crucifixión y sepultura. Ellas prestaron atención al lugar donde fue puesto el cuerpo de Jesús, y prepararon especias y ungüentos para embalsamarlo. Tuvieron que asegurarse de que las cantidades de los ingredientes para el embalsamamiento fueran precisas, prestando atención a proporciones y detalles diminutos. Habría sido fácil olvidar por completo esta labor, pues Jesús había muerto como un delincuente a manos de Roma y asociarse con Él era algo riesgoso. Sin embargo, estas mujeres —María Magdalena, Juana y María la madre de Jesús, además de otras— fueron fieles en los aspectos pequeños de la sepultura de Jesús. En su fidelidad, tuvieron la bendición de ser las primeras testigos de la resurrección de nuestro Señor (Lc 23:55 – 24:11).

La fidelidad en las cosas pequeñas significa perseverar hasta el final, llevando a cabo los detalles hasta que el trabajo se haya completado. Las mujeres hicieron esto con respecto a la sepultura de Jesús, pero también vemos similarmente la fidelidad de José de Arimatea y de Nicodemo cuando Jesús murió. Ellos proveyeron la tumba y las primeras especias para embalsamar el cuerpo de Jesús, y también envolvieron Su cuerpo en telas de lino. Estos hombres financiaron la sepultura de Jesús, lo cual fue un gasto considerable. Aun así, era una «cosa pequeña», pues involucraba ser fiel cuando los otros discípulos habían huído, pero estos hombres perseveraron en los pequeños detalles de su discipulado hasta donde ellos entendieron que era el final (Jn 19:38-42).


Nota del editor: En la séptima y última parte de este artículo, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era apostólica.
Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

¿Cuáles fueron las siete últimas frases de Jesucristo en la cruz, y que significan?

Got Questions

¿Cuáles fueron las siete últimas frases de Jesucristo en la cruz, y que significan?

Estas son las siete declaraciones de Jesucristo hechas en la cruz (sin un orden en particular).

(1) Mateo 27:46 nos dice que “alrededor de la hora novena, Jesús exclamó a gran voz, diciendo: ELI, ELI, ¿LEMA SABACTANI? Esto es: DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUE ME HAS ABANDONADO?” Aquí Jesús estaba expresando Sus sentimientos de abandono al haber colocado Dios los pecados del mundo en Él – y por esta razón, Dios tenía que “volver Su rostro” de Jesús. Mientras Jesús estaba sintiendo ese enorme peso del pecado, Él estaba experimentando Su separación de Dios Padre por única vez en toda la eternidad. Esto también fue en cumplimiento a la declaración profética en el Salmo 22:1.

(2) “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34). Aquellos que crucificaron a Jesús no estaban conscientes del alcance total de lo que estaban haciendo, porque ellos no lo reconocían como el Mesías. Su ignorancia de la divina verdad no significaba que merecieran el perdón, y la oración de Cristo en medio de sus burlas hacia Él, es una expresión de la ilimitada compasión de Su gracia divina.

(3) “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lucas 23:43). En esta declaración, Jesús está asegurando a uno de los criminales en la cruz, que cuando él muriera, estaría con Jesús en el Cielo. Esto estaba garantizado porque aún en la hora de su muerte, el criminal había expresado su fe en Jesús, reconociéndolo como lo que Él era (Lucas 23:42).

(4) “Padre, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU.” (Lucas 23:46) Aquí, Jesús está abandonando voluntariamente Su alma en las manos del Padre, indicando que Él estaba por morir y que Dios había aceptado Su sacrificio. Él “se ofreció a Sí mismo sin mancha a Dios,” (Hebreos 9:14).

(5) “¡Mujer, he ahí tu hijo! y “’He ahí tu madre! Cuando Jesús vio a Su madre de pie cerca de la cruz con el apóstol Juan, a quien Él amaba, Él encomendó en las manos de Juan el cuidado de Su madre. Y desde aquella hora Juan la recibió en su propia casa (Juan 19:26-27). En este verso Jesús, siempre el Hijo compasivo, se está asegurando de que Su madre terrenal sea cuidada después de Su muerte.

(6) “Tengo sed” (Juan 19:28). Jesús está cumpliendo aquí la profecía Mesiánica del Salmo 69:21: Y por comida me dieron hiel, y para mi sed me dieron a beber vinagre.” Al decir que estaba sediento, los guardias romanos respondieron dándole vinagre, que era lo acostumbrado en una crucifixión, con lo cual daba cumplimiento a la profecía.

(7) “¡Consumado es!” (Juan 19:30) Las últimas palabras de Jesús significaron que Su sufrimiento había terminado, así como toda la obra que Su Padre le había encomendado realizar, que era, predicar el Evangelio, obrar milagros y obtener la eterna salvación para Su pueblo, todo estaba hecho, terminado y cumplido. La deuda por el pecado estaba pagada.

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La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 5ta. parte

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 5ta. parte

Robert Rothwell

Nota del editor: Esta es la quinta parte del tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

En la primera parte de este artículo, nos enfocamos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era primitiva. En la segunda parte vimos algunos ejemplos bíblicos durante la era patriarcal. En la tercera parte, tratamos algunos ejemplos durante la era del éxodo. En la cuarta parte, nos enfocamos en la era de Josué y los jueces. En esta ocasión, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas desde la era de los reyes y los profetas hasta el retorno del pueblo de Israel del exilio.

La era de los reyes y los profetas

Saúl, el primer rey de Israel, aprendió por las malas la importancia de la fidelidad en las cosas pequeñas. Cuando recibió la orden de destruir por completo a los amalecitas, incluyendo a su rey y su ganado, Saúl prestó atención a las cosas pequeñas, pero de mala manera. Se suponía que debía matar a todos los animales y a todas las personas, pero le perdonó la vida a Agag, el rey de los amalecitas, y se tomó el tiempo para sacar a los mejores animales a fin de preservarlos. Fue necesario prestar atención a los detalles pequeños de los animales para determinar cuáles eran de buena calidad y cuáles no. Al considerar esas cosas pequeñas, Saúl estaba siendo infiel, pues el Señor le había ordenado matar a los animales. Como consecuencia, el Señor rechazó a Saúl como rey de Israel (1 Sam 15).

Esto nos lleva a David, el rey más grande del antiguo Israel, un hombre famoso por su destreza en las batallas y su dedicación al Señor. Sin embargo, ¿qué tan seguido recordamos que David allanó el camino hacia su éxito real siendo fiel en las cosas pequeñas durante su juventud? Antes de ser elegido como rey, durante sus años de formación, David apacentó fielmente el rebaño de su padre Isaí. Al igual que otros buenos pastores, él tuvo que conocer a las ovejas por nombre, estar pendiente a la más mínima señal de enfermedad o lesión, memorizar cuáles eran los senderos seguros, saber cómo reconocer los mejores pastos para alimentarlas, estar alerta a la presencia de depredadores sigilosos y estar atento a una multitud de otras cosas pequeñas. Para ahuyentar a los depredadores, tuvo que hacerse experto lanzando piedras con su honda, practicando constantemente aun cuando no tuviera ganas de desarrollar su puntería. Para llegar al punto de poder aturdir o incluso matar a un depredador que persiguiera a sus ovejas, David tuvo que entrenar para mejorar su precisión, enfocándose en cosas pequeñas como el peso de la piedra, la fuerza del lanzamiento, la distancia adecuada desde la cual lanzarla, etc. Sí, el Señor estuvo con David para darle la victoria sobre Goliat, pero el éxito de David al matar al gigante posiblemente fue el resultado de los años de práctica con su honda (1 Sam 16 – 17). Este cuidado en las cosas pequeñas sin duda alguna fue beneficioso para él, ya que lo entrenó para desarrollar estrategias de batalla. Si uno aprende a engañar y ahuyentar a un lobo astuto, uno está bien preparado para derrotar a un soldado hábil.

Salomón cayó en idolatría casi al final de su vida, pero la fidelidad y el cuidado que mostró previamente en las cosas pequeñas le entregó al pueblo de Dios un tesoro de sabiduría que trasciende las edades. «Dios dio a Salomón sabiduría, gran discernimiento», y Salomón usó fielmente este don prestando atención a los detalles de la creación —a la fortaleza y la majestad de los cedros del Líbano; al comportamiento de las bestias, las aves, los reptiles y los peces (1 Re 4:29-34)—. Él fue fiel en buscar las pequeñas maneras en las que todas estas cosas exhiben sabiduría incluso para los seres humanos, y el fruto de sus labores se encuentra en el libro de Proverbios. Muchos de los proverbios bíblicos están basados en analogías sacadas del mundo natural (p. ej., Pr 6:6-1127:18).

Muchos de los ejemplos de fidelidad en las cosas pequeñas que vemos en la Escritura tienen que ver con la hospitalidad.

A propósito del libro de Proverbios, su misma existencia es un testimonio del impacto de la fidelidad en las cosas pequeñas. El libro de Proverbios parece presentarse como una herramienta para enseñar sabiduría y el temor del Señor a los jóvenes (1:7-8). Ya que fue recopilado bajo la inspiración del Espíritu Santo hace muchos siglos, el libro de Proverbios ha sido usado por el pueblo de Dios para equipar a los hijos e incluso a los adultos para servir a nuestro Creador. No tenemos un registro de cada hombre y mujer que en la historia de la comunidad del pacto ha sido fiel en los pequeños detalles descritos en Proverbios. Sin embargo, al igual que los mandamientos dados por medio de Moisés, los proverbios bíblicos han sido inculcados a la gente día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año (ver Dt 6:4-9). El poder que ha surgido gracias a la fidelidad en los pequeños momentos para enseñar estos «pequeños» proverbios es incalculable. No nos atrevemos a perder de vista lo que los padres y los líderes de la Iglesia pueden lograr en cuanto al sustento y la madurez del pueblo de Dios mediante la enseñanza de las perlas de sabiduría que encontramos en la Palabra de Dios, incluyendo el libro de Proverbios.

Muchos de los ejemplos de fidelidad en las cosas pequeñas que vemos en la Escritura tienen que ver con la hospitalidad. En las culturas antiguas que recibieron las Escrituras por primera vez, la hospitalidad era tan natural que podríamos verla como algo pequeño. Dicho de otro modo, se esperaba que las personas fueran hospitalarias incluso con los extraños, pero especialmente con los siervos del Señor. Aunque atender a huéspedes requiere esfuerzo, era algo «pequeño», una expectativa cotidiana enraizada en la sociedad, nada fuera de lo común. Durante el período de los reyes de Israel y de Judá, tenemos dos ejemplos notables de hospitalidad fiel. La viuda de Sarepta le dio al profeta Elías la poca comida que le quedaba, y la mujer sunamita construyó un cuarto donde Elías se podía alojar cuando estuviera en la ciudad (1 Re 17:8-162 Re 4:8-17). Estas mujeres sirvieron fielmente a los profetas de Dios en la «pequeña labor» de la hospitalidad y en todas las cosas ordinarias asociadas a ella (hacer la cama, preparar la comida, etc.). Su fidelidad en las cosas pequeñas sustentó a los profetas mientras ellos hacían sus labores vitales. ¿Quién puede estimar todo el bien que la hospitalidad del pueblo de Dios ha producido a lo largo de la historia de la Iglesia cada vez que los predicadores, los misioneros y otros se han encontrado con santos hospitalarios en momentos de necesidad?

Dios siempre ha esperado que Su pueblo testifique acerca de la obra y la gloria del Señor de Israel. Esto es parte de lo que significa que los hijos de Dios sean un «Reino de sacerdotes» (Ex 19:6Sal 71:17Mt 28:18-201 Pe 2:9). Esto también podría considerarse algo pequeño. Muchos misioneros a tiempo completo tienen el llamado específico de convertir este testimonio en la labor de sus vidas y de ir a lugares lejanos para poder cumplirlo. Por otro lado, la mayoría de nosotros debemos testificar en el transcurso de nuestras vidas cotidianas y ordinarias. De forma muy similar a como enseñamos a nuestros hijos los mandamientos de Dios durante los pequeños momentos de la vida diaria, así también debemos dar testimonio del Señor ante el resto de las personas en nuestras vidas. En los días de Eliseo, cuando el general sirio Naamán contrajo lepra, una muchacha israelita que servía en la casa de Naamán dio testimonio del Dios de Israel y de Su palabra mediante Su profeta. Este testimonio en el transcurso de sus deberes cotidianos, su fidelidad al testificar de Dios en las cosas pequeñas, dio el fruto de la conversión de Naamán (2 Re 5:1-19).

Siglos más tarde, el rey Josías de Judá «hizo lo recto ante los ojos del SEÑOR y anduvo en todo el camino de su padre David; no se apartó ni a la derecha ni a la izquierda» (2 Re 22:1-2). Dicho de otro modo, Josías fue fiel a la ley en todos los asuntos, incluso en las cosas pequeñas. Él no pasó por alto los «mandamientos menores». En sus días, Judá experimentó un breve avivamiento y la postergación de la ira de Dios (2 Re 22:3 – 23:25). Luego de la muerte de Josías, los reyes de Judá regresaron a la infidelidad tanto en las cosas grandes como en las pequeñas, y el pueblo de Dios sufrió la maldición del exilio.

Por último, antes de avanzar hacia el exilio, considera a Baruc, el escriba fiel que sirvió al profeta Jeremías. Baruc prestó atención a las cosas pequeñas cuando hizo su trabajo, asegurándose de registrar cada jota y cada tilde dictada por Jeremías. En ocasiones, parecía que trabajaba en vano. Por ejemplo, el malvado rey Joacim quemó el rollo escrito por Baruc cuando escuchó del juicio divino profetizado contra él. ¿Cómo crees que se sintió Baruc al ver su cuidadoso trabajo en llamas? La Biblia no nos dice, pero Baruc era humano igual que el resto de nosotros. Sin duda se sintió desalentado, y quizá hasta se preguntó: «¿Qué sentido tiene todo este esmero si mi trabajo va a terminar quemándose?». Sin embargo, cuando Baruc recibió la orden de producir un nuevo rollo con las mismas palabras y algunas adicionales, hizo el trabajo. Otra vez prestó atención a las cosas pequeñas, escribiendo cada palabra que Dios revelaba por medio de Jeremías sin alzar la pluma hasta completar el rollo. Debido a que Baruc fue fiel en las cosas pequeñas y prestó atención a los detalles en su trabajo, hoy tenemos el libro de Jeremías para nuestra edificación (Jer 36).

La era del exilio y el retorno

Mientras el pueblo de Dios estaba en el exilio babilónico, vemos ejemplos de fidelidad en las cosas pequeñas en la vida del profeta Daniel. Un pequeño asunto en el que Daniel y sus amigos Ananías, Misael y Azarías mostraron fidelidad fue su dieta. Al haber sido llevados a servir en la corte babilónica, estos jóvenes recibían una porción diaria de comida y de vino de parte del rey. Esta comida y esta bebida violaban las reglas dietéticas del antiguo pacto, y quizá también estaban asociadas con la idolatría. A pesar de que eran importantes, las leyes dietéticas ciertamente formaban parte de los asuntos menos trascendentes de la ley en comparación con cosas como la misericordia y la justicia (ver Mt 23:23-24). Sin embargo, Daniel y sus amigos demostraron ser fieles en estas «leyes pequeñas». Se rehusaron a corromperse con la comida del rey, eligiendo volverse vegetarianos antes que comer lo que estaba prohibido. Dios bendijo su fidelidad en las cosas pequeñas, y los hombres recibieron más sabiduría que los demás oficiales babilónicos (Dn 1).

Cuando los judíos volvieron del exilio, se encontraron con la destrucción de los muros de Jerusalén, por lo que el pueblo ya no estaba protegido de ejércitos invasores, ladrones y otros enemigos. Nehemías lideró el esfuerzo por reconstruir el muro, trabajo que requería mucha atención a detallitos como la evaluación del daño, la determinación de qué debía demolerse y qué podía recuperarse, y la designación de las personas adecuadas para reparar las diferentes secciones del muro, etc. El libro de Nehemías da testimonio de la fidelidad de Nehemías en la supervisión de la reconstrucción del muro. Se mantuvo atento a todos los detalles, grandes y pequeños, y su servicio fiel dio como resultado un nuevo muro para proteger la ciudad santa.


Nota del editor: En la sexta parte de este artículo, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas en los albores del nuevo pacto.
Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 4ta. parte

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Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 4ta. parte

Robert Rothwell

Nota del editor: Esta es la tercera parte del tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

En la primera parte de este artículo, nos enfocamos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era primitiva. En la segunda parte vimos algunos ejemplos bíblicos durante la era patriarcal. En la tercera parte, tratamos algunos ejemplos durante la era del éxodo. En esta ocasión, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas en la era de Josué y los jueces.

La era de Josué y los jueces

Como en todas las eras de la historia de la redención, la fidelidad en las cosas pequeñas —o la falta de ella— tuvo un impacto increíble durante la era de Josué y de los jueces. Recordamos la era de Josué como una que estuvo caracterizada principalmente por la fidelidad. Por ejemplo, Rahab fue fiel en las cosas pequeñas al mostrar hospitalidad a los espías israelitas. La práctica ordinaria de mostrar bondad a sus huéspedes a la larga les salvó la vida y permitió que ellos le pasaran información confidencial clave a Josué con respecto a la ciudad de Jericó (Jos 2).

Ser fiel en las cosas pequeñas requiere de mucho esfuerzo, el cual suele pasar desapercibido, pero esta fidelidad es lo que caracteriza a los siervos nobles de Dios.

Sin embargo, en los días de Josué, un episodio de infidelidad en las cosas pequeñas casi saboteó la conquista. Dios ordenó a los israelitas que no se quedaran con ninguna de las «cosas dedicadas al anatema»  —oro, plata y otros elementos preciosos— cuando asediaran Jericó. No obstante, Acán, de la tribu de Judá, fue infiel. Se quedó con un hermoso manto y doscientos cincuenta siclos de plata y oro (equivalentes a menos de 3,5 kg en la actualidad) en vez de colocarlos en el tesoro del Señor. A la luz de la riqueza disponible en Jericó, esta era una cantidad pequeña. Lo que Acán no tomó en serio fue algo pequeño, y su desobediencia pareció minúscula. Sin embargo, el pecado de Acán terminó causando la derrota de los israelitas en su primer ataque contra Hai, casi impidiendo la conquista de Canaán (caps. 6-7).

Bajo el liderazgo de los jueces, la infidelidad en las cosas pequeñas estaba a la orden del día. Recordamos a Sansón quizás como el más grandioso de los jueces; sin embargo, él fue infiel en los detallitos de su voto de nazareo. Hacia el fin de su vida, Sansón había violado todos los requisitos del nazareato (cosas relativamente sencillas como no beber alcohol, no cortarse el pelo y no acercarse a cuerpos muertos). Dios lo utilizó para eliminar a muchos filisteos, pero su infidelidad en las cosas pequeñas lo llevó a tener que perder la vida para lograrlo (Jue 13 – 16; ver Nm 6).

Por supuesto, durante el período de los jueces también hubo miembros del pueblo de Dios que fueron fieles en las cosas pequeñas. Considera a Rut la moabita, quien no quiso quebrantar el quinto mandamiento aun cuando su suegra Noemí le dio la opción de irse. Rut se apegó a Noemí y fue mucho más allá en el honor que le mostró. Sus pequeñas acciones de fidelidad en el cuidado de Noemí y en la recolección de alimento para ella no fueron ignoradas por Booz. Él vio su fidelidad en las cosas pequeñas —el trabajo corriente y cotidiano necesario para sustentar a su familia— y se dio cuenta de que ella no era una mujer común. Eso es lo que pasa con los asuntos «pequeños»: puede que sea más fácil ser fiel en las cosas grandes de la vida, tomar las decisiones verdaderamente importantes, que perseverar en el trajín cotidiano de la obediencia y el cuidado habituales. Ser fiel en las cosas pequeñas requiere de mucho esfuerzo, el cual suele pasar desapercibido, pero esta fidelidad es lo que caracteriza a los siervos nobles de Dios. La fidelidad de Rut hacia Noemí permitió que el linaje de Judá llegara hasta David y más allá, hasta el Hijo supremo de David: el Señor Jesucristo (Rt 1 – 4; Mt 1:1-17).


Nota del editor: En la quinta parte de este artículo, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas desde la era de los reyes y los profetas hasta el retorno del pueblo de Israel del exilio.
Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 3ra parte

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Serie: Fidelidad en las cosas pequeñas

La fidelidad en las cosas pequeñas – Ejemplos bíblicos – 3ra parte

Robert Rothwell

Nota del editor: Esta es la tercera parte del tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Fidelidad en las cosas pequeñas.

En la primera parte de este artículo, nos enfocamos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era primitiva. En la segunda parte vimos algunos ejemplos bíblicos durante la era patriarcal. En esta ocasión, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era del éxodo.

La era del éxodo

Al comienzo de la era del éxodo, vemos el rol fundamental de unas mujeres que fueron fieles en las cosas pequeñas. ¿Cuál es el trabajo de una partera sino ayudar a preservar la vida de la madre y del hijo durante el parto? Ese trabajo requiere prestar atención a un sinfín de detalles pequeños: la respiración y los gemidos de la madre; la posición del bebé en el canal de parto; la presencia o ausencia de toallas limpias, agua y otros artículos. Recordar todas estas cosas diminutas y esenciales es suficientemente estresante, pero en la era del éxodo, las parteras hebreas tuvieron la complicación añadida de un decreto real que les ordenaba matar a los varones recién nacidos de Israel. No obstante, al menos dos de estas parteras, Sifra y Puá, no descuidaron las cosas pequeñas. Continuaron sirviendo fielmente a las madres hebreas, ayudándoles a dar a luz a sus niños (y a sus niñas), prestando atención a los detallitos para que las mujeres y sus hijos estuvieran seguros en el parto, y desobedeciendo al Faraón a fin de que los niños sobrevivieran. A causa de la fidelidad que estas parteras mostraron en las cosas pequeñas, el pueblo de Dios creció en número. Los nombres de Sifra y Puá serán recordados para siempre porque están en la Palabra de Dios (Ex 1:15-22). Dos parteras comunes —que no estaban intentando ser famosas y que probablemente no pensaban que estaban haciendo nada más que ser fieles en sus deberes cotidianos— no han sido olvidadas. Otros pueden pasar por alto la fidelidad de la gente común en las cosas pequeñas, pero Dios no lo hace.

Los israelitas debían instruir a sus hijos e hijas mientras estaban en la casa, mientras estaban viajando, mientras estaban acostados y mientras se estaban levantando.

Sabemos cómo la rapidez mental de Jocabed, la madre de Moisés, salvó a su hijo. ¿Pero nos fijamos también en su fidelidad en las cosas pequeñas? Habiendo vuelto a recibir a Moisés de mano de la hija de Faraón para criarlo, Jocabed desempeñó fielmente la labor de madre. A pesar del esfuerzo y el cansancio involucrados, alimentar y cuidar a un bebé cae dentro de la categoría de las «cosas pequeñas». El cuidado de un bebé implica algunas de las tareas más comunes y menos reconocidas de la vida. No requiere talentos especiales, sino solo prestar atención a cuánto está comiendo el bebé, al tiempo entre las comidas y a otras cosas por el estilo. Hay que prestar atención a decenas de pequeñeces cada día, incluso cada hora, si queremos que el bebé crezca y se desarrolle. Jocabed fue fiel en estas cosas pequeñas, y Moisés creció (Ex 2:1-10; ver 6:20). Años después, él llegó a ser el líder que libró a Israel de Egipto. Nadie debería subestimar lo que puede lograrse cuando una madre es fiel en las cosas pequeñas relacionadas al cuidado de sus hijos.

Después de que los israelitas salieron de Egipto, leemos sobre «Bezaleel y Aholiab y toda persona hábil», a quienes el Señor dio habilidades para trabajar con metales, fabricar telas, tallar maderas y realizar otros oficios (Ex 36:1). Estas personas fueron fieles en las cosas pequeñas del tabernáculo, elaborándolo en conformidad exacta al plan que Dios le dio a Moisés hasta en los detalles más mínimos. Debido a que fueron fieles en las cosas pequeñas, el pueblo de Dios tuvo un tabernáculo donde moraba el Señor y que les apuntaba a Aquel que asumiría nuestra humanidad y «tabernacularía» entre nosotros (Ex 36:2 – 40:38Jn 1:1-14).

Antes de concluir con el período del éxodo, debemos considerar Deuteronomio 6:4-9. Estando en las llanuras de Moab justo antes de entrar a la tierra prometida, los antiguos israelitas escucharon de boca de Moisés la confesión central de su fe —«Escucha, oh Israel, el SEÑOR Señor Señor es nuestro Dios, el SEÑOR uno es»— y la exhortación a enseñar a sus hijos los mandamientos de Dios en cada parte de la vida. Los israelitas debían instruir a sus hijos e hijas mientras estaban en la casa, mientras estaban viajando, mientras estaban acostados y mientras se estaban levantando. Fueron llamados a ser fieles en enseñar incluso los «pequeños mandamientos», las normas del Señor que podrían parecer menores en comparación con leyes como los Diez Mandamientos. Tenían que guiar a sus hijos incluso durante los pequeños momentos de silencio: los cinco minutos que transcurrían entre que se sentaban a la mesa y recibían la cena, los tres minutos que les tomaba ayudar al niño de tres años a quitarse la túnica, el minuto que tomaba darles un beso de buenas noches y apagar la vela. Minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día —mientras trabajaban y mientras jugaban, cuando los niños tenían ganas de escuchar y cuando no las tenían— los antiguos padres israelitas tenían que ser fieles en enseñar a sus hijos e hijas la ley de Dios. Este era un trabajo que muy poca gente veía y que a ratos frustraba a los padres. Después de todo, lograr que sus hijos prestaran atención a la ley no era necesariamente más fácil para ellos que para nosotros. Sin embargo, la fidelidad cotidiana al enseñar incluso los «pequeños» mandamientos y aprovechar los breves momentos de instrucción a la larga producía siervos fieles de Dios. La Escritura menciona a algunos de estos padres —la gran mayoría de ellos no son mencionados—, pero de esos siete mil que no doblaron la rodilla ante Baal en los días de Elías, quizá la mayoría, si no todos, fueron fieles porque sus padres les habían enseñado a no adorar dioses falsos (1 Re 19:18). La gracia de Dios siempre produjo y sustentó a un remanente fiel en Israel, pero el Señor usó a padres que fueron fieles en las cosas pequeñas, que perseveraron en la enseñanza de todos los mandamientos del Señor —tanto «pequeños» como «grandes»— para mantener a ese remanente. Nadie puede subestimar el grado en que la supervivencia del pueblo fiel de Dios en cada generación ha dependido de madres y padres que son fieles en las cosas pequeñas al enseñar a sus hijos los caminos de Dios.


Nota del editor: En la cuarta parte de este artículo,, nos enfocaremos en el testimonio escritural sobre la fidelidad en las cosas pequeñas durante la era de Josué y los jueces.
Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert Rothwell
Robert Rothwell

Robert Rothwell es editor adjunto de Tabletalk Magazine y profesor adjunto permanente en Reformation Bible College en Sanford, Florida.