¿Y si no tengo deseos de orar?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Y si no tengo deseos de orar?

Adriel Sanchez

Nota del editor: Este es el capítulo 18 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Nunca he conocido a un cristiano que haya dicho: «Creo que oro lo suficiente». A la mayoría de nosotros nos cuesta orar. Esto puede ser por diversas razones, pero a veces es que simplemente no deseamos orar. Nuestra falta de deseo no solo se debe a la pereza, sino que radica en una incredulidad mucho más profunda. Muchas veces no deseamos orar porque no creemos verdaderamente que orar nos ayudará. Somos incrédulos, como suele demostrar el hecho de que orar no es lo primero que hacemos normalmente, pues lo vemos como el último recurso. Para poder cultivar una pasión por la oración tenemos que recordar el poder de la oración.

El poder de la oración no depende de tus deseos de orar, sino de la fe en las promesas de Dios.

La oración es uno de los medios principales por los cuales descubrimos el plan soberano de Dios para nuestras vidas. No siempre tendremos deseos de orar, pero cuando lo hacemos, las cosas cambian. Jesús dijo: «Porque en verdad os digo que si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: «Pásate de aquí allá», y se pasará; y nada os será imposible» (Mt 17:20). Observa la relación que hay entre la fe y la oración. La fe produce oración. Así como un recién nacido comienza a balbucear, al que ha nacido de nuevo se le concede un nuevo deseo de tener comunión con Dios a través de la oración. Sin embargo, la debilidad de nuestra carne (la misma debilidad que impedía que los discípulos de Jesús oraran, Mt 26:41) a menudo apaga el deseo de orar. Esa debilidad, junto al diluvio de las circunstancias de la vida, puede acabar completamente con nuestra vida de oración.

Necesitamos avivar las llamas de las brasas de la oración. Estas brasas son encendidas por medio de la predicación fiel que escuchamos los domingos y por nuestra propia lectura privada de la Escritura durante la semana. La fe produce oración, pero la Palabra de Dios con Su Espíritu produce fe (Rom 10:17). En mi propia vida, he notado que existe una correlación directa entre estar llenos de la Palabra de Cristo y tener el deseo de una comunión con Dios por medio de la oración. La falta de oración resulta de una falta de fe, lo cual suele significar que hemos dejado de contemplar la gloria de Dios revelada en la Escritura.

Así que para el cristiano que dice: «Es que nunca tengo deseos de orar» (el tipo de cristiano que me encuentro todo el tiempo), mi exhortación es esta: disciplínate para orar comoquiera. Acepta que el poder de la oración no depende de tus deseos de orar, sino de la fe en las promesas de Dios. Sumérgete en esas promesas y notarás que hay momentos en tu vida en los que la oración se enciende como un fuego. También podrías notar que a veces orar es como encender un carro durante el invierno: toma tiempo para que el motor se caliente. Eso está bien. No te des por vencido cuando te sientas frío; más bien, excava más profundo en los tesoros del evangelio. Ese evangelio produce fe, y esa fe producirá un corazón de oración.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Adriel Sanchez
Adriel Sanchez

El Rev. Adriel Sánchez es el pastor principal de la iglesia North Park Presbyterian Church en San Diego y conductor del programa de radio Core Christianity.

¿Qué es la doctrina?

Got Questions

¿Qué es la doctrina?

La palabra que se traduce como «doctrina» significa «instrucción, especialmente en lo que se refiere a la aplicación del estilo de vida». En otras palabras, la doctrina es la enseñanza que se imparte por una fuente autorizada. En la Biblia, la palabra siempre se refiere a las áreas de estudio relacionadas con lo espiritual. La Biblia dice de sí misma que es «útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Timoteo 3:16). Debemos ser cuidadosos con lo que creemos y presentarlo como verdad. Primera de Timoteo 4:16 dice: «Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren».

La doctrina bíblica nos ayuda a entender la voluntad de Dios para nuestras vidas. La doctrina bíblica nos enseña la naturaleza y el carácter de Dios (Salmo 90:2; 97:2; Juan 4:24), el camino de la salvación por medio de la fe (Efesios 2:8-9; Romanos 10:9-10), la instrucción para la iglesia (1 Corintios 14:26; Tito 2:1-10) y la norma de santidad de Dios para nuestras vidas (1 Pedro 1:14-17; 1 Corintios 6:18-20). Cuando aceptamos la Biblia como la Palabra de Dios para nosotros (2 Timoteo 3:16; 2 Pedro 1:20-21), tenemos una base sólida para nuestra doctrina. Puede haber desacuerdo dentro del cuerpo de Cristo sobre puntos secundarios de la doctrina, tales como la escatología, la organización de la iglesia o los dones del Espíritu Santo. Sin embargo, la verdadera doctrina bíblica es la que incorpora «todo el consejo de Dios» (Hechos 20:27) y saca conclusiones basadas en lo que parece más acorde con el carácter de nuestro inmutable Dios (Números 23:19; Hebreos 13:8).

No obstante, la Biblia no siempre es el fundamento sobre el que la gente o las iglesias construyen sus declaraciones doctrinales. Nuestra naturaleza pecaminosa no se somete fácilmente a los decretos de Dios, por eso a menudo escogemos las partes de la Biblia con las que nos sentimos cómodos y descartamos el resto. O sustituimos lo que Dios dice por una doctrina o tradición hecha por el hombre. Esto no es nada nuevo. Jesús reprendió a los escribas y fariseos por «enseñar como doctrinas los mandamientos de los hombres» (Marcos 7:7; cf. Isaías 29:13). La falsa doctrina era común en los tiempos del Nuevo Testamento, y las Escrituras nos dicen que continuará (Mateo 7:15; 2 Pedro 2:1; 1 Juan 4:1). Segunda Timoteo 4:3 dice, «Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias».

La Biblia da una severa advertencia a aquellos que enseñarían una doctrina falsa o incompleta simplemente porque es más compatible con las ideas del hombre. Primera de Timoteo 6:3-4 dice: «Si alguno enseña otra cosa, y no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina que es conforme a la piedad, está envanecido, nada sabe». El apóstol Pablo escribió palabras duras sobre la perversión del evangelio con la falsa doctrina: «No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema» (Gálatas 1:7-9).

La doctrina es la cosmovisión por la cual gobernamos nuestras vidas. Si nuestra doctrina se basa sólidamente en las Escrituras, podemos saber que estamos caminando en el camino que Dios diseñó para nosotros. Sin embargo, si no estudiamos la Palabra de Dios por nosotros mismos (2 Timoteo 2:15), somos llevados más fácilmente al error. Aunque hay una variedad de asuntos menores en los que los cristianos no están de acuerdo, la verdadera doctrina es más clara de lo que muchos insinúan. Segunda de Pedro 1:20 dice: «entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada». Hay una interpretación correcta de todo lo que Dios dice, y es nuestro trabajo discernir ese significado, no crear una interpretación que se adapte a nuestros gustos. Dios quiere que conozcamos Su corazón y nos ha dado Su Palabra sobre la que podemos construir vidas piadosas (ver Mateo 7:24). Cuanto más estudiamos la verdadera doctrina, más entendemos a Dios y a nosotros mismos.

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El Pastor del Señor

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Serie: El Mesías prometido

El Pastor del Señor

Max Rogland

Nota del editor: Este es el último de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido.

¿Oras por tu pastor? Deberías. Los pastores son blancos especiales de los ataques del maligno. Tiempo atrás, el padre de la Iglesia, Juan Crisóstomo, comentó: “El diablo se enfurece con mayor violencia contra los maestros ya que por su destrucción el rebaño también se dispersa”. Los enemigos del Reino de Dios saben que provocar la caída de un pastor, ya sea por medios violentos, tentándolos hasta que caen en inmoralidad o de alguna otra manera, es infligir un gran daño a la causa de Cristo.

Esta relación estratégica entre el pastor y las ovejas se declara explícitamente en Zacarías 13:7: “Hiere al pastor y se dispersarán las ovejas”. Los escritores de los evangelios se refieren a este mismo pasaje en la narración de la traición y el arresto de Cristo en el monte de los Olivos: «Entonces Jesús les dijo: “Esta noche todos vosotros os apartaréis por causa de Mí, pues escrito está: ‘Heriré al pastor, y las ovejas del rebaño se dispersarán’”» (Mt 26:31; ver también Mr 14:27). La profecía de Zacarías encuentra su cumplimiento final en Jesucristo cuando Él va a la cruz. Cuando el Buen Pastor es herido, Sus discípulos se dispersan (Mt 26:56Mr 14:50-52).

La oración por los pastores y líderes es esencial para la salud y el bienestar de la Iglesia.

El cumplimiento de Zacarías 13:7 en el Nuevo Testamento quizás parece tan obvio que podríamos pasar por alto algunas características sorprendentes de esta profecía mesiánica. Cabe destacar que tanto en su contexto original del Antiguo Testamento como en su cita ligeramente parafraseada del Nuevo Testamento, en realidad es Dios quien está “[hiriendo] al pastor”. El Señor es quien levanta una “espada” en Zacarías 13:7 y le ordena que hiera a Su pastor: “‘Despierta, espada, contra Mi pastor, y contra el hombre compañero Mío’, declara el SEÑOR de los ejércitos”. En otras palabras, aunque el arresto, el juicio, la tortura y la crucifixión de Jesús constituyeron una obra atroz de hombres malvados opuestos al Reino de Dios, al mismo tiempo se estaba llevando a cabo la obra misteriosa del santo propósito y decreto del Señor para la salvación de Su rebaño. Fue tanto la peor obra como la más grandiosa obra que jamás haya sucedido. Encontramos esta asombrosa paradoja a lo largo de las Escrituras, desde las palabras de José a sus hermanos en Génesis 50:20 (“Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo tornó en bien para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente”) hasta las de Pedro en el sermón de Pentecostés en Hechos 2:23 (“… a este [Jesús], entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios, clavasteis en una cruz por manos de impíos y le matasteis”). No debemos excusar el comportamiento pecaminoso, pero podemos estar seguros de que incluso los peores actos de los hombres pertenecen a “todas las cosas” que Dios hace que cooperen para nuestro bien (Rom 8:28).

Otro aspecto sorprendente de la profecía de Zacarías que merece una consideración más atenta es el efecto de haber herido al pastor. Puede parecer demasiado obvio para requerir un comentario, pero las ovejas, al igual que las personas, necesitan líderes, y la Biblia es consciente de que las “ovejas que no tienen pastor” (Mt 9:36) son vulnerables y se desvían del camino seguro. La eliminación violenta del pastor del Señor en Zacarías 13:7 da como resultado la dispersión de las ovejas, y esta realidad no solo se exhibe por completo en las narraciones de los evangelios sobre el arresto de Cristo, sino que también vemos el mismo patrón una y otra vez a lo largo de la historia de la Iglesia. Las iglesias que no tienen pastor o cuyo liderazgo pastoral es deficiente tienden a ser más vulnerables espiritualmente y más propensas a experimentar estrés congregacional. Esta es la razón por la que la oración por los pastores y líderes es tan esencial para la salud y el bienestar de la Iglesia.

Sin embargo, aquí vemos nuevamente otra misteriosa paradoja en la profecía de Zacarías. Es cierto que la herida del pastor es la causa de la dispersión de las ovejas. Sin embargo, de una manera asombrosa y totalmente inesperada, la herida del Buen Pastor no solo “dispersa” a las ovejas sino que también las “atrae”. Jesús dice: “Y Yo, si soy levantado de la tierra, atraeré a todos a Mí mismo” (Jn 12:32; ver también Jn 3:14). Esto podría incluir Su exaltación, pero ciertamente se refiere a “qué clase de muerte iba a morir” (Jn 12:33), es decir, la crucifixión que sufrió en manos de aquellos que le rechazaron (Jn 8:28). Las ovejas de Cristo se dispersaron cuando Él fue herido por primera vez, pero ahora Él está persiguiéndolas, incluso reuniendo a las que están lejos en “un rebaño” con “un solo pastor” (Jn 10:16; ver también Jn 11:51-52).

El mayor golpe contra el Buen Pastor no se produjo cuando fue arrestado en el jardín de Getsemaní, sino en el Gólgota, donde se derramó la sangre del Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn 1:29). Es la “sangre de Su cruz” la que reconcilia todas las cosas con Dios y a Sus seguidores entre sí (Col 1:20). El sacrificio de Cristo estableció el fundamento para la Iglesia de todas las naciones, tanto para judíos como para gentiles, atrayendo a las naciones que antes eran distantes y eliminando la “pared intermedia de separación” para que la Iglesia pueda ser un “nuevo hombre” (Ef 2:13-16). Hiere al Pastor, y las ovejas serán reunidas.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Max Rogland
Max Rogland

El Dr. Max Rogland es ministro principal de Rose Hill Presbyterian Church y profesor asociado de Antiguo Testamento en el Erskine Theological Seminary de Columbia, S.C.

¿Cómo es una IGLESIA SANA?

Teología Express

¿Cómo es una IGLESIA SANA?

 Ryan Townsend

Ryan Townsend es pastor en Capitol Hill Baptist Church, en Washington DC (EUA). Además, es el director ejecutivo del ministerio cristiano IX Marks. Para más información pueden consultar nuestra web: http://www.teologiaexpress.jimdo.com

¿Cómo es una IGLESIA SANA?
Iglesia sana, iglesia de sana doctrina

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Dios les bendiga. Soli Deo Gloria

¿Puedo orar oraciones imprecatorias?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración

¿Puedo orar oraciones imprecatorias?

John W. Tweeddale

Nota del editor: Este es el capítulo 17 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Sí. Y deberías hacerlo. Por más difícil que sea aceptar esa respuesta, es la que más concuerda con el registro bíblico. Permíteme explicarlo.

Un salmo imprecatorio es un tipo de lamento. En la literatura de sabiduría hebrea, los salmos de lamento conforman los clamores individuales y grupales del pueblo de Dios. De manera particular, los salmos imprecatorios vocalizan las lágrimas de Israel ante la injusticia y el sufrimiento. Al orar por la maldición de Dios sobre Sus enemigos, Israel buscaba exaltar la bondad de la ley de Dios para Su pueblo.

Los salmos imprecatorios ayudan a moldear el dolor y la indignación que experimenta el pueblo de Dios en un mundo que ha sido corrompido por el pecado.

En esencia, un salmo imprecatorio es una invocación de maldición divina. Ejemplos de estas imprecaciones incluyen los Salmos 5, 6, 35, 69 y 109, los cuales son citados en el Nuevo Testamento. Hay declaraciones de maldición a lo largo de todo el canon bíblico. Por ejemplo, Jesús pronuncia ayes de justicia en contra de los líderes religiosos en Mateo 23. En Gálatas 1:8-9, Pablo declara anatema a cualquiera que predique otro evangelio. Y los mártires en el cielo le piden a Dios que vengue su sangre en Apocalipsis 6:10.

El testimonio consistente de la Escritura afirma la legitimidad de que el pueblo de Dios eleve oraciones imprecatorias en sus oraciones individuales, familiares y corporativas. El fundamento de esta afirmación subyace en la asunción básica de que las oraciones del pueblo de Dios deben estar arraigadas en toda la Escritura. El Salterio es el himnario y libro de oración que Dios mismo inspiró. Nos enseña un lenguaje de petición y alabanza. Los salmos imprecatorios ayudan a moldear el dolor y la indignación que experimenta el pueblo de Dios en un mundo que ha sido corrompido por el pecado.

Algunos reaccionan al lenguaje áspero de los salmos imprecatorios. Aunque esto es entendible, no debemos perder de vista lo que merece nuestro pecado. Otros destacan la enseñanza de Jesús sobre amar a nuestros enemigos. Pero el Nuevo Testamento no enseña que amar a nuestros enemigos requiere que nos abstengamos de apelar a la justicia divina. Orar para que Dios castigue al impío no es un acto sin amor ni vengativo, sino que es una expresión de fe en Aquel que juzga con justicia (1 Pe 2:23). Aún así, otros quieren limitar los salmos imprecatorios al Israel del antiguo pacto. Aunque las circunstancias del pueblo del pacto de Dios han cambiado con la venida de Cristo, las mismas crueldades que atormentaron a Israel como pueblo creyente en medio de un mundo hostil aún continúan atormentando a la Iglesia actual. Si eliminamos el vocabulario de los salmos imprecatorios en nuestros hogares e iglesias, ¿qué cantarán y orarán los cristianos cuando ocurre la tragedia?

En última instancia, orar los salmos imprecatorios es orar como Jesús nos enseñó a orar. Como cristianos, anhelamos que venga el Reino de Dios. Deseamos que Su voluntad sea hecha en la tierra como en el cielo. Orar los salmos imprecatorios no es un llamado a las armas sino un llamado a la fe. Elevamos nuestras voces, no nuestras espadas, cuando oramos para que Dios convierta o maldiga a los enemigos de Cristo y de Su Reino.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John W. Tweeddale
John W. Tweeddale

El Dr. Tweeddale es decano académico y profesor de teología en Reformation Bible College en Sanford, Florida, y anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en los Estados Unidos.

Un Gobernante de Belén

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Serie: El Mesías prometido

Un Gobernante de Belén

Jonty Rhodes

Nota del editor: Este es el 12vo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El Mesías prometido.

Según la leyenda, el rey Arturo se encuentra en la isla mística de Ávalon, esperando regresar para rescatar a Gran Bretaña en su momento de mayor necesidad. Un día, el más oscuro de todos, aparecerá el futuro y definitivo rey de Gran Bretaña. Arturo es, por supuesto, un personaje mitológico. Pero el profeta Miqueas sabía de un verdadero Rey cuyos orígenes eran “desde tiempos antiguos” (Miq 5:2) y que vendría de forma inesperada a rescatar a Su pueblo.

Miqueas, contemporáneo de Isaías, habló la Palabra de Dios a Israel en tiempos de gran peligro. Debido al pecado de Samaria (el reino del norte de Israel) y de Judá (el reino del sur), los israelitas sufrirían un ataque devastador. El poderoso imperio asirio llegaría y conquistaría al pueblo de Dios; Samaria quedaría como “un montón de ruinas en el campo” (Miq 1:6) y el desastre incluso llegaría “hasta la puerta de Jerusalén” (v. 12). Gran parte de la culpa recaía sobre los líderes de Israel.

Los orígenes de Cristo son mucho más antiguos que David, que Abraham o incluso que la creación misma.

Estos gobernantes, lejos de proteger y proveer para su pueblo, estaban matando y devorando como caníbales. Ellos se “comían la carne [del] pueblo, les [desollaban] su piel, [quebraban] sus huesos, y los [hacían] pedazos como para la olla, como carne dentro de la caldera” (Miq 3:3). No es de extrañar que años más tarde el profeta Jeremías resumiera el mensaje de Miqueas citando una de sus predicciones más premonitorias:

Miqueas de Moréset profetizó…

“Sión será arada como un campo; Jerusalén se convertirá en un montón de ruinas, y el monte del santuario será como los lugares altos de un bosque” (Jer 26:18, citando Miq 3:12).

En este mundo oscuro y peligroso, Miqueas habló no solo palabras de juicio, sino también de esperanza. En nuestro versículo, esta esperanza se centra en un lugar humilde y un Gobernante celestial.

Un lugar humilde

Las buenas noticias de Miqueas comienzan con: “Pero tú…” (Miq 5:2). Samaria quedó reducida a escombros, Jerusalén se encuentra en ruinas, pero hay esperanza para alguien. Curiosamente, ese “alguien” no es una persona sino un lugar: Belén Efrata. “… de ti me saldrá el que ha de ser gobernante en Israel” (Miq 5:2).

En lugar de salir de la poderosa Jerusalén, la capital de Judá, con su palacio real, el Rey y Rescatador saldría de la humilde Belén. Belén era prácticamente inexistente: un pequeño pueblo justo al suroeste de Jerusalén. Sin embargo, en algún momento entre 700-730 a. C., Miqueas profetizó que este pueblo insignificante sería el lugar de nacimiento del Mesías.

Y así sucedió. En el Evangelio de Mateo, leemos que Jesús nació “en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes” (2:1). En la providencia de Dios, el emperador romano había emitido una orden para que todo ciudadano regresara a su ciudad natal. Y así, María y José salieron de Nazaret para viajar a Belén. Puede que el emperador haya estado planeando un censo, pero Dios se estaba asegurando de que se cumpliera la palabra que Él envió a través de Miqueas.

Al igual que en los días de Miqueas, Israel tenía un gobernante codicioso y despiadado. Herodes el Grande se reveló como otro “rey caníbal” cuando ordenó la matanza de todos los niños varones en Belén, y engendró a Herodes Antipas, quien luego sirvió la cabeza de Juan el Bautista en una bandeja. Pero en medio de la oscuridad, el Rey había venido. De hecho, la profecía de Miqueas se cita cuando Herodes pregunta a los principales sacerdotes y escribas dónde se suponía que naciera el Cristo. Ellos responden: “En Belén de Judea, porque así está escrito por el profeta” (Mt 2:5).

Un Gobernante celestial

Pero Miqueas nos dice más que solo el lugar de nacimiento de este Gobernante. También nos enteramos de los orígenes de Su familia. Este Gobernante será uno cuyos “orígenes son desde tiempos antiguos, desde los días de la eternidad”. ¿Qué nos dice Miqueas sobre Cristo?

Dado que la profecía está dirigida a Belén, por un lado es probable que esta sea una alusión al hijo más famoso de esa ciudad. El rey David, el padre fundador de la línea real de Israel, nació en Belén, muchos años antes de la profecía de Miqueas. El futuro gobernante saldría de esta raíz: Jesús es descendiente de David, el rey de la antigüedad. Tiene sangre antigua y real.

Pero creo que Miqueas nos está contando algo más. Los orígenes de Cristo son mucho más antiguos que David, que Abraham o incluso que la creación misma. El Salmo 74:12 nos dice que “Dios es mi rey desde la antigüedad”, usando la misma expresión que usa Miqueas para describir a Cristo. Miqueas insinúa que los orígenes de Jesús no son solo davídicos sino divinos. Él es Dios el Hijo, y al ser Dios, no tiene principio. El siempre ha existido.

Así que, lejos de los pasillos del poder, Jesucristo, descendiente de David a través de Su padre adoptivo, José, nació en Belén. Dios mismo vino a gobernar y a rescatar. Su apariencia no era impresionante. Su lugar de nacimiento era desfavorable. Pero Dios siempre obra de esta manera: es a través del mensaje débil y necio de la cruz que somos rescatados del pecado, una amenaza mucho mayor que los asirios de Miqueas. Y cuán apropiado es que Belén signifique “casa de pan”. Un lugar de nacimiento apropiado para Aquel que, en marcado contraste con Herodes y los reyes caníbales de los días de Miqueas, vino a alimentar a Su pueblo. El Pan de Vida, acostado en un pesebre, un comedero, en la Casa de Pan.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jonty Rhodes
Jonty Rhodes

El Rev. Jonty Rhodes es ministro de Christ Church Central Leeds en Leeds, Inglaterra. Es autor de Covenants Made Simple: Understanding God’s Unfolding Promises to His People.

Sola Scriptura vs. Tradiciones de la Iglesia

Evangelio.Blog

Sola Scriptura vs. Tradiciones de la Iglesia

Phil Johnson

Estoy en Finlandia para hablar con un grupo de líderes de la iglesia reformadora sobre el tema de sola Scriptura. La conferencia aquí comenzó esta noche. Cubriré temas como la autoridad, la precisión y la suficiencia de las Escrituras. También resaltaré los peligros de otorgarle demasiada autoridad a la tradición eclesiástica, especialmente cuando nuestras tradiciones pueden agobiar u oscurecer la simplicidad del Evangelio. O, lo que es peor, en algunas iglesias y denominaciones, las tradiciones eclesiales de larga tradición se han utilizado a menudo para ajustar o anular declaraciones claras de las Escrituras (véase Marcos 7:13).

Para ser claro: no soy uno de los que piensa que debemos deshacernos de cada orden de servicio, estructura o interpretación de la Escritura que tenga algún pedigrí en la tradición de la iglesia. (No soy organoclasta.) Sería la última persona en abogar por la ignorancia de la historia de la iglesia, mostrar desprecio por la idea misma de la tradición, o recomendar una actitud altiva y arrogante hacia los hombres de la iglesia piadosa y sus creencias y prácticas del pasado siglos. La tradición tiene un lugar legítimo en la iglesia; pero ese lugar no está cerca de la cima de la jerarquía.
De todos modos, mientras estaba en la cena con los asistentes a la conferencia esta noche, un amigo en Estados Unidos me envió un mensaje de texto sobre esos mismos problemas. Estaba preguntando si podríamos tener una conversación prolongada cuando regrese a la oficina. Estoy deseando mucho eso. Mientras tanto, pensé que su pregunta era tan buena y el tema tan importante que decidí responderle brevemente con un mensaje de texto en el acto. Mis amigos finlandeses alrededor de la mesa estaban conversando entre ellos, así que pensé que podría lanzar una respuesta rápida sin ser descortés.

Incorrecto. Mi respuesta se hizo un poco más larga de lo planeado, y cuando terminé de escribir con el pulgar, yo era el único que quedaba en la mesa. Entonces, con mis disculpas a mis anfitriones finlandeses, a quienes involuntariamente fui grosero, esta es mi respuesta a la pregunta de mi amigo. Mi respuesta debería darle suficientes pistas para discernir todo lo que necesitas saber sobre la esencia de lo que preguntó. Aqui lo tiene:

Respuesta corta: como en todas las estructuras, la autoridad es definicionalmente jerárquica. Creo que las tradiciones eclesiásticas bien establecidas pueden llevar cierta autoridad, pero nunca de una manera que triunfe sobre la Biblia.

En otras palabras, la práctica y las enseñanzas de nuestros antepasados ​​espirituales deben ser estudiadas y tomadas en serio, y aunque no tienen autoridad para desafiar o agregar artículos dogmáticos de fe a lo que la Biblia enseña, ciertas tradiciones tienen más autoridad que cualquier cosa ” Dios me dijo esta mañana … “

Creo que uno de los pecados que acosa a la (s) generación (es) actual (es) es una tendencia a ignorar las voces de los hombres piadosos que nos precedieron. Sola Scriptura correctamente entendida no es una receta para que toda persona llegue a su propia interpretación del texto sin ningún conocimiento derivado de comentarios, obras de referencia o la historia de lo que los hombres y concilios piadosos han dicho en el pasado. (La noción de que mi Biblia y yo somos todas las instrucciones que estoy dispuesto a escuchar es a lo que típicamente me referiría como “nuda scriptura en lugar de sola Scriptura”).

En resumen, si llego a una creencia o interpretación que nadie antes que yo ha visto alguna vez, mi suposición debería ser que probablemente estoy equivocado.

Por otro lado, el peligro de poner demasiado peso en la tradición fue rechazado por el propio Cristo, por lo que me inclino a pensar que el mayor peligro reside allí. Pero hay una zanja profunda y mortal en ambos lados, y nos corresponde permanecer entre esas zanjas.

Fuente

¿Mi pecado obstaculiza mis oraciones?

Ministerios Ligonier

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Serie:Preguntas claves sobre la oración

¿Mi pecado obstaculiza mis oraciones?

David E. Briones

Nota del editor: Este es el capítulo 16 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

La respuesta es sí. El pecado claramente obstaculiza las oraciones del pueblo de Dios. Muchos versículos confirman esto (por ejemplo: Sal 66:18Pr 28:9Is 59:2Jn 9:311 Pe 3:74:7). Pero la pregunta más específica que responderemos en este breve artículo es: “¿Impide mi pecado que Dios me conceda lo que pido?”. El versículo que aborda esa pregunta directamente es Santiago 4:3: “Pedís y no recibís, porque pedís con malos propósitos, para gastarlo en vuestros placeres”. Vamos a considerar lo que este texto dice y lo que no dice.

Santiago 4:3 dice que no recibiremos lo que pedimos si nuestros motivos son egoístas; es decir, si queremos algo de parte de Dios simplemente para “gastarlo en [nuestros] placeres”. Anteriormente, Santiago mencionó cómo estas “pasiones… combaten en vuestros miembros” (v. 1), pero la gente parece estar perdiendo en la batalla. Quieren las dádivas de Dios para satisfacer sus deseos pecaminosos. Usan herramientas cristianas para alcanzar la meta no cristiana de la autogratificación. Jesús ciertamente dijo a Sus discípulos: “Pedid, y se os dará” (Mt 7:7). Pero el motivo con el que uno pide debe estar basado en la segunda y la tercera petición del Padre nuestro: “Venga Tu reino. Hágase Tu voluntad, así en la tierra como en el cielo” (Mt 6:10). La persona que ora de esta manera desea las dádivas de Dios para glorificarle y gozarse en Él, tanto ahora como para siempre.

No siempre podremos entender el porqué, pero siempre debemos confiar en que nuestro buen Dios nos dará lo que más nos convenga según Su voluntad.

Sin embargo, Santiago 4:3 no está diciendo que recibiremos todo lo que deseemos si tenemos motivos piadosos, un corazón lleno de fe y amor por el Señor Jesucristo y una voluntad completamente alineada con la voluntad de Dios. A diferencia de muchos predicadores actuales del evangelio de la prosperidad, Dios no es un cajero automático divino. El hecho de que Él tenga fondos inagotables a Su disposición no significa que podemos simplemente retirar cualquier cantidad que deseemos, cuando sea que deseemos, para cualquier cosa que deseemos. El Señor es soberano y bueno. Él sabe precisamente lo que necesitamos y lo que no necesitamos. Necesitamos repetir la oración de Jesús: “No se haga Mi voluntad, sino la Tuya” (Lc 22:42).

Lo contrario también es verdad. El hecho de que nuestra oración no sea contestada en la manera que deseamos no significa que hay algún pecado oculto en nuestra vida o que nos falta fe. Claro, eso puede ser verdad. El pecado puede obstaculizar nuestras oraciones, pero no siempre es verdad que una oración obstaculizada significa que hay pecado presente. Un “no” de parte de Dios es una respuesta a la oración. Y este Dios que dice “no” da esa respuesta para nuestro bien y para Su gloria. No siempre podremos entender el porqué, pero siempre debemos confiar en que nuestro buen Dios nos dará lo que más nos convenga según Su voluntad.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
David E. Briones
David E. Briones

El Dr. Briones es profesor de Nuevo Testamento en Reformation Bible College en Sanford, Florida. Es autor de Paul’s Financial Policy: A Socio-Theological Approach [La política financiera de Paul: Un enfoque socio-teológico].

El plan de redención – Parte 3

9Marcas

Serie: Clases esenciales: Teología Sistemática

Clase 21/26

El plan de redención – Parte 3

Bienvenido. Oremos antes de comenzar.

  1. Introducción

En las últimas dos semanas, hemos estado mirando el glorioso plan de redención de Dios. Como dije la semana pasada, si eres un creyentes en Jesús, tu corazón debería deleitarse en estudiar el plan y los propósitos de salvación de Dios porque es la historia de cómo Dios te salvó.

Comenzamos a explicar lo que los teólogos a menudo nos referimos como el orden de la salvación que nos ayuda a entender cómo Dios aplica la redención a los creyentes. Puedes encontrar ese orden en la Sección 1 de tu folleto.

Hace un par de semanas, hablamos acerca de los tres primeros pasos o etapas del orden de la salvación: la elección, el llamado del evangelio y la regeneración. Luego, la semana pasada, echamos un vistazo a las siguientes dos etapas: la conversión y la justificación. También dimos un vistazo a la idea de la unión con Cristo, cómo se manifiesta a través del acto de la conversión y es la realidad de nuestra justificación. Hoy veremos los siguientes tres pasos o etapas del orden de la salvación: la adopción, la santificación y la perseverancia.

En otras palabras, podrías decir que estaremos mirando la gloriosa obra de Dios de adoptar pecadores rebeldes en su propia familia, para santificarlos y, luego preservarlos hasta el final.

  1. La adopción

El primer tema en el que queremos pensar es la adopción. Esta idea de la adopción no es un concepto extraño para nosotros. Es donde el creyente, que una vez fue un extraño para Dios, entra a la familia de Dios y se convierte en un hijo de Dios.

Puedo recordar la adopción de mi propio hijo. Esta pequeña vida incorporada a nuestra familia. A las 11:30 de la mañana, el 9 de septiembre de 2011, no teníamos hijos. Un niño pequeño estaba en el mundo, pero no era nuestro. Sin embargo, a las 9:00 de esa noche, nos habían dado un hijo. Él era completamente nuestro, para nunca ser devuelto. El que alguna vez fue un extraño para nosotros, ahora se convirtió en el punto focal de nuestras vidas. Se convirtió en nuestro hijo.

Y así sucede con el cristiano en el momento en que deposita su fe en Jesucristo.

La adopción, como dice un teólogo, es: «Esa bendición salvadora donde los creyentes, en virtud de su comunión con el verdadero Hijo de Dios, comparten su filiación por gracia, se les concede el derecho de ser llamados y recibidos como hijos amados del Padre, y heredar los inconmensurables derechos y privilegios asegurados por el Hijo unigénito, Jesús. Por la adopción, los redimidos se convierten en hijos e hijas del Señor Dios Todopoderoso; son introducidos y reciben los privilegios de la familia de Dios».

¿Cuando sucede? Bueno, como lo aludí antes, la adopción viene después de que un pecador se convierte y expresa su fe en Dios.

Juan 1:12 dice que: «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios».

El pecador, después de haber sido perdonado y constituido justo a los ojos de Dios (justificado), también se convierte en receptor de la filiación. El pecador justificado, entonces, es adoptado en la familia de Dios. ¡Ganas libertad y un padre todo en el mismo momento!

Esta relación es lo que más deseamos como cristianos. El evangelio no se trata principalmente de hechos, sino de ser traídos a una relación con Dios (Filipenses 3:7-8). ¡De eso se trata!

Si eres cristiano, me pregunto cómo te afecta esto. En un mundo caído donde las relaciones se rompen, el divorcio es generalizado, y los niños están distanciados de sus padres y otros hermanos, ¿te importa tener un Padre Celestial que te ama y siempre se preocupa por ti?

Mientras que la doctrina de la justificación habla de la relación del cristiano con Dios como Legislador y Juez, él te declara justo, la doctrina de la adopción habla de la relación del cristiano con Dios como su hijo o hija.

Y entonces vemos que Dios hace más que justificarnos: nos da una relación íntima con Él como hijos del Altísimo.

Bueno, tan impresionante como es esta doctrina, veamos donde aparece en la Biblia:

A. Ve conmigo a Efesios 1:4-5. Lo primero que queremos ver es que, en amor, el Padre predestinó la adopción del creyente en Cristo antes de la fundación del mundo.

Efesios 1:4-5 dice: «Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor [el Padre] habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo».

Por tanto, la adopción que nos ha otorgado ha sido su plan desde el comienzo del mundo.

B. Ahora ve conmigo a Gálatas 4, versículo 6. Queremos ver aquí que el Padre envió a su Hijo al mundo para hacer la obra de redención necesaria no solo para nuestra salvación, sino para el propósito de nuestra adopción.

Gálatas 4:6 dice: «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos».

¿Lo ves? La adopción estaba a la vista de Cristo cuando fue a la cruz. ¡El Padre hizo que su propio Hijo fuera a la cruz para que nosotros pudiéramos ser sus hijos!

C. Pasemos ahora a Romanos 8, versículos 14-17. En este pasaje, quiero que veas que el Padre envió el Espíritu de su Hijo al corazón del creyente, con el claro propósito de asegurarle al creyente que él o ella es hijo del Padre.

Romanos 8:14-17 dice: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios».

La seguridad de nuestra salvación está envuelta en nuestra adopción como hijos de Dios.

D. Por último, mira algunos versículos más abajo, en el versículo 23. Nota aquí que el hijo de Dios, habiendo recibido el Espíritu de adopción, espera la etapa final de su adopción, cuando su cuerpo mortal caído será redimido de su corrupción y llevado a un estado de gloria como el de Cristo.

Romanos 8:23 dice: «…también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo»[1].

Entonces, hemos sido adoptados como hijos de Dios, pero los efectos completos, la consumación completa, de esa adopción todavía nos están esperando en el cielo.

Veamos las implicaciones de la adopción del cristiano:

  • El hecho de que Dios se relaciona con nosotros como Padre significa que…
    • ¡Él nos ama! 1 Juan 3:1: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él».
    • ¡El nos entiende! Salmo 103:13-14: «Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo».
    • ¡Él nos provee y nos da buenos regales! Mateo 7:11: «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?».
    • ¡Él nos guía por el Espíritu Santo! Romanos 8:14: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios».
    • ¡Él nos disciplina y nos mantiene en el camino de la vida! Hebreos 12:5-6: «Y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo».
    • ¡Él nos hace una familia! 1 Ti. 5:1-2: «No reprendas al anciano, sino exhórtale como a padre; a los más jóvenes, como a hermanos; a las ancianas, como a madres; a las jovencitas, como a hermanas, con toda pureza».
    • Finalmente, ¡Él nos hace herederos! Gá. 4:7: «Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo».
      • ¿Herederos de de qué? En 1 Corintios 3, Pablo aborda una división en la iglesia de Corinto donde las personas se jactaban y quejaban por cosas de esta vida.
        • Él dice: «Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todo es vuestro: Sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios» (1 Co. 3:21-23).
        • Entonces, todas las cosas son nuestras en Cristo. ¡Somos los herederos legítimos de todo!

Jonathan Edwards habló bien acerca de la doctrina de la adopción. Él escribió: «Dios hace de Sus siervos Sus hijos: todos los que le sirven, los adopta y les da el derecho a los gloriosos privilegios de los hijos de Dios. Él no los llama más siervos, sino hijos. Él se manifiesta a ellos, los hace sus amigos íntimos, sus herederos y coherederos con su Hijo. Él derrama Su amor sobre ellos y los abraza en Sus brazos, y mora en sus almas y hace Su morada en ellos, y se entrega a ellos para ser su padre y su porción. En esta vida, con frecuencia los refrescará con los rocíos espirituales del cielo. Los iluminará con rayos de luz y amor. Pero de ahora en adelante, los hará perfectamente felices,  para siempre. ¿Hubo alguna vez un Maestro tan bueno como este?» [2].

Bueno, cuando una persona es adoptada en la familia de Dios, el viejo refrán «de tal palo tal astilla» comienza a sonar verdadero, cuando comienza la verdadera santificación, lo que nos lleva a nuestro siguiente tema… la santificación.

  1. La santificación

Comencemos por la Declaración de Fe de CHBC y cómo define la santificación:

Artículo X, De la Santificación, Declaración de Fe de CHBC:

«Creemos que la Santificación es el proceso por el cual, de acuerdo con la voluntad de Dios, somos hechos partícipes de su santidad; que es una obra progresiva; que comienza en la regeneración; y que se lleva a cabo en los corazones de los creyentes por la presencia y el poder del Espíritu Santo, el Sellador y Consolador, en el uso continuo de los medios designados, especialmente la Palabra de Dios, la autoevaluación, la abnegación, la vigilancia y la oración».

Dicho de otra manera, se dice que la Santificación es «esa bendición salvadora en la que los creyentes, en virtud de estar unidos a Jesucristo, el Santo, comparten la santidad de Cristo, llevan el título de santos y progresivamente llevan a cabo la santidad que ya es nuestra en Él. Por tanto, es ese acto de salvación en el que Dios nos bendice abundantemente al llevarnos a una mayor conformidad con su imagen perfecta, Jesús».

En términos más simples, la santificación es una obra progresiva de Dios y el hombre que nos hace cada vez más libres del pecado y más como Cristo en nuestras vidas reales.

Hay 4 cosas que deben entenderse acerca de la naturaleza de la santificación.

A. Primero, la santificación es posicional o definitiva y ocurre en el momento en que somos regenerados (nacidos de nuevo). Cuando somos regenerados y unidos con Cristo, hay una brecha definitiva con el pecado y la separación del mismo o el compromiso con la santidad y la justicia en el pecador.

Vemos esto en Romanos 6, cuando Pablo escribe que hemos muerto al pecado y hemos sido hechos vivos en Cristo. El pecado ya no reina sobre nosotros. Ya no estamos bajo el poder del pecado… Esa separación inicial del pecado por Dios es lo que llamamos santificación definitiva.

Aunque fuimos esclavos del pecado antes de nuestra conversión, a través de nuestra unión con Cristo en su muerte y resurrección, hemos sido definitivamente santificados, de modo que ya no somos esclavos del pecado y ya no estamos bajo la ley, sino que somos gobernados por la gracia.

Wayne Grudem lo expresa de esta manera: «Una vez que hemos nacido de nuevo, hay un cambio moral que ocurre en nosotros de tal manera que no podemos seguir pecando como un hábito o patrón de vida (1 Juan 3:9), porque el poder de la nueva vida espiritual dentro de nosotros nos impide ceder a una vida de pecado»[3].

Ese es el primer punto.

B. Segundo, aunque la Biblia habla acerca de un comienzo definitivo para la santificación, también ve la santificación como un proceso que continúa a lo largo de la vida cristiana. De esta forma es progresiva. Crecimos en santidad por la gracia de Dios el resto de nuestras vidas.

Ve conmigo a 2 Co. 3:18. Pablo indica que progresivamente nos parecemos cada vez más a Cristo a medida que vivimos nuestras vidas cristianas. Mira lo que dice…

a) 2 Co. 3:18: «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor».

Ve conmigo ahora a Fil. 3:13. Aquí, Pablo habla de su propio estado de santificación…

b) Filipenses 3:13-14: «Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús».

Incluso Pablo, aquí, no se considera a sí mismo perfectamente santo. Él sabe que necesita trabajar. Él sabe que el Espíritu Santo continuará trabajando en él para santificarlo y hacerlo a la imagen del Hijo. Así sucede con nosotros.

C. Tercero, mientras estamos siendo conformados a la imagen de Cristo Jesús, debemos entender que la santidad perfecta nunca se ha tenido en esta vida. Nuestra santificación nunca se completará en esta vida. Por el contrario, la santidad perfecta, la santificación completa, solo se logra al morir.

Ve a 1 Juan 3. Comenzando en el versículo 2. ¿Cuándo ocurre la santidad perfecta? Juan escribe…

c) 1 Juan3:2-3: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro».

El autor de Hebreos escribe en el capítulo 12 que solo cuando lleguemos a la presencia de Dios, seremos perfectos.

D. Finalmente, cuarto, la santificación es un proceso doble. Es tanto nuestro trabajo como el trabajo de Dios.

Ve conmigo a Fil. 2, comenzando en el versículo 12. Piensa en las palabras de Pablo, donde se habla del trabajo del hombre y de Dios como activo en el proceso de santificación. Pablo escribe en el versículo 12…

d) Filipenses 2:12-13: «Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad».

Para entender este concepto, debemos entender que la santificación es principalmente una obra de Dios. Es por eso que Pablo puede orar en 1 Ts. 5: «Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo».

El autor de Hebreos escribe en el capítulo 13: «Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno».

Por tanto, Dios es el actor principal en nuestra santificación. Y la persona de la Deidad más activa en este proceso es el Espíritu Santo.

Por esa razón, Pablo puede escribir en Gálatas 5 que si crecemos en santificación, «andamos en el Espíritu» y somos «guiados por el Espíritu». El Espíritu de santidad trabaja en nuestro interior para cambiar nuestras pasiones, deseos, actitudes y acciones.

Sin embargo, también debemos comprender que nosotros somos actores involucrados en el proceso de santificación. Desempeñamos un rol tanto pasivo como activo.

Desempeñamos el rol pasivo cuando confiamos en Dios para nuestra santificación y oramos a Dios para que trabaje en nosotros y nos haga conforme a la imagen de su Hijo.

Ve conmigo a Romanos 8:13 otra vez… Pablo escribe en Romanos 8:13: «Porque si vivís conforme a la carne, moriréis, mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis».

Pablo se dio cuenta de que somos completamente dependientes de la obra del Espíritu Santo en nosotros para crecer en nuestra santificación.

Entonces, sí, desempeñamos un rol pasivo en el proceso de la santificación, pero también desempeñamos un rol activo.

Notarás que en el mismo versículo, Pablo ordena a sus oyentes que «hagan morir las obras de la carne»… Claro, el Espíritu Santo nos permite hacer esto, pero al final del día, ¡nosotros debemos hacerlo!

¡Observa que no se da al Espíritu Santo la orden de hacer morir las obras de la carne, sino más bien a los cristianos! Somos llamados, con la ayuda del Espíritu, a eliminar las obras de la carne.

Por esto, Pablo puede escribir en Filipenses 2: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor». Podemos ocuparnos actuando de acuerdo con el impulso y el empoderamiento del Espíritu  del «querer como el hacer, por su buena voluntad».

  1. La perseverancia

Entonces, si Dios está santificando a los que él escogió, regeneró, justificó y adoptó, ¿puede un creyente caer de su estado justificado?

Para responder eso, demos un vistazo a la declaración de fe de CHBC:

Artículo XI, De la Perseverancia de los Santos, Declaración de Fe de CHBC:

«Creemos que los verdaderos creyentes son solo aquellos que resisten hasta el final; que su apego perseverante a Cristo es la gran marca que los distingue de los profesores superficiales; que una providencia especial vela por su bienestar; y ellos son guardados por el poder de Dios a través de la fe para salvación».

En otras palabras, los verdaderos cristianos no pueden perder su salvación.

Echemos un vistazo más de cerca a lo que son básicamente dos partes o lados de esta definición. Primero, la doctrina de la perseverancia de los santos afirma que… Todos los que verdaderamente nacieron de nuevo perseverarán hasta el final.

A. Todos los que verdaderamente nacieron de nuevo perseverarán hasta el final.

Esta idea, aunque un tanto controversial, se confirma claramente en las Escrituras…

Ve conmigo a Juan 6. Comenzando en el versículo 38, Jesús explica por qué descendió del cielo. Versículo 38…: «Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero».

Observa la certeza en el lenguaje de este pasaje: Jesús no perderá a ninguno, o a nadie, por así decirlo. Jesús hace la declaración enfática de que levantará a los cristianos en el día postrero. No es «Él espera que…» o «si todo va bien». Y no es «si resisten y no pierden su salvación». Él dice que lo hará. Dios está haciendo una promesa.

Más tarde, en el mismo Evangelio de Juan, Jesús declara: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre».

De nuevo, no hay ambigüedad. Nadie, ni otras personas, ni Satanás, ni siquiera nosotros mismos, nada puede separarnos de Dios una vez que nos ha traído consigo.

Además, vemos más evidencia de esta doctrina porque Dios ha puesto su «sello» sobre nosotros…

Ve a Efesios 1, versículo 13. Pablo está hablando de la seguridad que tenemos en Cristo. Versículo 13… «En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria» (Efesios 1:13-14).

No podemos y no perderemos nuestra salvación si estamos en Cristo Jesús. Ese es el mensaje del Nuevo Testamento, y esa es la promesa de quien ha escrito nuestros nombres en el libro de la vida del Cordero. Ten la seguridad de que si estás en Cristo, eres suyo por toda la eternidad. Dios te guardará. Él te preservará hasta el final.

B. Solo aquellos que perseveran hasta el final han nacido de nuevo.

Por supuesto, te preguntas, entonces ¿por qué veo a personas «alejarse» de la fe? Para eso, vemos la Declaración de Fe de CHBC.

Ten en cuenta que dice: «Creemos que los verdaderos creyentes son solo aquellos que resisten hasta el final; que su apego perseverante a Cristo es la gran marca que los distingue de los profesores superficiales».

Mientras que la Biblia enfatiza el hecho de que el poder de Dios guardará al que ha nacido de nuevo hasta el final, la Biblia también enfatiza el hecho de que solo aquellos que perseveran hasta el final pueden decirse que verdaderamente han nacido de nuevo.

En otras palabras, solo los verdaderamente salvos evidenciarán continuamente fe y arrepentimiento hasta la muerte.

Con respecto a aquellos que le dan la espalda a la fe y «caen», la Biblia nos dice que podemos estar seguros de que nunca fueron verdaderamente salvos. Debemos recordar que Dios garantiza que aquellos que son verdaderamente salvos lo harán. Dios preserva al cristiano en su fe, así que la perseverancia es la verdadera señal de que uno es verdaderamente un creyente.

Ve a Colosenses 1 conmigo. Versículo 22, Pablo está explicando por qué Cristo tuvo que morir en la cruz… Pablo escribe: «[Dios] en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído» (Col. 1:22-23)

El punto aquí es que permanecer en la fe es una de las señales claras de que alguien realmente está en el redil.

Ahora bien, esta idea no pretende causar temor o ansiedad en los verdaderos creyentes, implicando que si luchan con un cierto pecado, se han alejado de la gracia de Dios y no son realmente salvos. ¡Si somos salvos por la gracia de Dios y esa es nuestra base, entonces podemos estar seguros de que no caeremos por nuestras propias obras!

Por el contrario, pretende hacer un llamado de rendición de cuentas y advertir a aquellos que se han alejado y continúan en su pecado y dejan de exhibir el fruto de la salvación, que su continuada falta de arrepentimiento es una muy buena indicación de que su fe nunca fue real.

C. Aquellos que finalmente caen pueden dar muchas señales externas de conversión.

Pero, ¿qué hay de los que finalmente se apartan, pero dieron, en algún momento de su vida, señales externas de conversión? ¿Que hacemos con eso? Bueno, según Jesús, las señales externas eran en realidad señales falsas, nacidas como tales por el paso del tiempo.

Si recuerdas la parábola de Jesús acerca del sembrador, recordarás que la semilla que se sembró en realidad brotó en varios lugares diferentes. La semilla creció por un tiempo en el suelo rocoso; creció por un tiempo en el suelo espinoso y floreció en el buen suelo. Escucha cómo Jesús explica a los que escuchan el evangelio en tierra pedregosa y espinosa:

«Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo;  pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza.  El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa».

Estos claramente no son cristianos, a pesar de lo que podría haber sido una apariencia alentadora al principio.

Si estas personas son «falsos hermanos» conscientes, como Pablo llama a algunos que pretenden ser cristianos, a propósito engañados por cualquier razón… o si se engañan a sí mismos de alguna manera, pensando que son cristianos cuando no lo son… estos todavía pueden parecer externamente creyentes genuinos.

En cualquier caso, sin embargo, la Escritura es clara en cuanto a su destino…

«No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad…» (Mateo 7:21-23).

Observa bien; no es: «Te conocía y te alejaste de mí». No es: «Ya no te conozco». Es: «nunca te conocí», fundamentando la idea de que no hay nada bíblico como la pérdida de la verdadera salvación.

1 Juan 2:19 resume bien esta idea: «Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros».

Amigo, al cerrar, permíteme terminar con esto. Si bien debemos estar atentos a los falsos creyentes, debemos animarnos a ver el fruto en nuestras propias vidas y las de los demás, ya que evidencia la gracia de la redención de Dios en sus vidas y la nuestra.

Por esa razón, es una misericordia de Dios darnos fruto en nuestras vidas. Él nos da frutos para que podamos ver su obra en nuestras vidas y tener la seguridad de la salvación.

Esta mañana no tenemos tiempo para entrar en los detalles de la doctrina de la seguridad, pero ten la certeza de que el mismo Dios que te resucitó de entre los muertos es el mismo Dios que puede y te preservará hasta el final, si estás en Cristo.

Oremos.

[1] Si bien la adopción tiene una visión presente que se muestra en Romanos 8:15, también tiene una visión futura en la que recibimos la herencia completa de nuestra filiación.

[2]Jonathan Edwards «Christian Liberty: A Sermon on James 1:2», en Sermons and Discourses 1720-1723, The Works of Jonathan Edwards, Vol. 10, Ed. Wilson H. Kimnach (New Haven: Yale, 1992), 630. Edwards tenía 18 años cuando predicó este sermón.

[3] Grudem, Wayne. Teología Sistemática, p. 746.

Mark Deve

¿Qué es la Iglesia?

The Master’s Seminary

Serie: 90 Segundos de Teología

¿Qué es la Iglesia?

Lucas Alemán

Lucas Alemán es director de educación en español y profesor de Antiguo Testamento en The Master’s Seminary, y director ejecutivo de la Sociedad Teológica Cristiana. Además, es pastor en la Iglesia Bíblica Berea en North Hollywood, California. En 2016, Lucas comenzó a enseñar en The Master’s Seminary como miembro adjunto de la facultad. Si bien sus cursos de especialización son panorama del Antiguo Testamento, gramática de hebreo y exégesis de hebreo, él también da clases de exégesis de griego y teología. En 2018, se unió a la facultad de tiempo completo. Lucas y su esposa, Clara, tienen dos hijos, Elías Agustín y Enoc Emanuel.