La disciplina – 11

CONSULTORIO BÍBLICO

SERIE: Vida Cristiana

11 – La disciplina

DAVID LOGACHO

Es un grato placer contar con su sintonía, amiga, amigo oyente. Sea bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Estamos estudiando las características de la vida auténticamente cristiana y una de ellas es la disciplina. Sobre esto nos estará hablando en instantes más, David Logacho

La palabra disciplina en el Nuevo Testamento significa la formación dada a un niño, incluyendo la instrucción y corrección. Todo niño necesita por tanto ser disciplinado. Igual es con los hijos de Dios. Todo hijo de Dios necesita ser disciplinado. La disciplina no es algo reservado para los creyentes desobedientes. La disciplina simplemente es la formación que Dios da a sus hijos.

A veces esta disciplina demanda corrección, y Dios es muy sabio en proveer de esa corrección, pero la mayoría de las veces esa disciplina simplemente toma forma de diversas circunstancias que Dios diseña para enseñarnos cosas importantes. Así como los hijos no deben despreciar la disciplina de sus padres, los hijos de Dios tampoco deben despreciar la disciplina de su Padre.

Proverbios 15:32 dice: “El que tiene en poco la disciplina menosprecia su alma; mas el que escucha la corrección tiene entendimiento”

Este es un versículo que muchos padres hacen memorizar a sus hijos para que no se resientan cuando son castigados, pero también deberíamos memorizarlo todos los creyentes para que no nos resintamos con la disciplina de nuestro Padre celestial.

Consideremos por tanto lo que la Biblia nos enseña acerca de la disciplina de Dios. Hebreos 12:3-11 dice: “Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar. Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado; y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina? Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos y no hijos. Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? Y aquellos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad. Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.”

En estos versículos, el autor del libro de Hebreos muestra las razones por las cuales es necesario que los creyentes estén bajo la disciplina de Dios. Recuerde que estar bajo la disciplina de Dios no es sinónimo de recibir castigo de Dios por haber hecho algo contrario a su voluntad.

Estar bajo la disciplina de Dios significa simplemente estar en un proceso de formación, de desarrollo, de crecimiento hacia la madurez.

En primer lugar, los creyentes necesitamos estar en disciplina porque es la manera como se crece hacia la madurez. El pasaje que acabamos de leer dice que Dios nos disciplina para que participemos de su santidad.

La santidad es parte intrínseca del carácter de Dios. La disciplina busca que los creyentes seamos imitadores de Dios. Efesios 5:1 dice: “Sed, pues, imitadores de Dos como hijos amados”

Dios logra esto por medio de la disciplina. Esta disciplina consiste en enseñanza y corrección. Dios nos enseña a través de circunstancias que él mismo diseña. A veces esas circunstancias pueden ser aparentemente adversas, pero nunca debemos olvidar que son parte de la escuela de aprendizaje de Dios.

Hace años atrás, cuando una de mis hijas tenía apenas siete años de edad, enfrentó un grave problema de salud. A pesar de su corta edad, fue algo muy doloroso para ella, y mucho más doloroso para mi esposa y para mí. Siempre es muy doloroso ver sufrir a alguien que uno quiere con especial cariño. Pero en esa misma época, Dios se manifestó de una manera muy especial, consolando, fortaleciendo, proveyendo. Solo para citar un ejemplo, los gastos de hospitalización de mi hija eran tan altos que de ninguna manera podíamos pagarlos, pero Dios proveyó hasta el último centavo para atender esa necesidad.

Dios se mostró como Jehová Jireh, el Dios que provee. Puede ser que en este preciso instante, Usted esté atravesando por alguna situación difícil. Quizá un esposo infiel, o un hijo rebelde, o la quiebra de un negocio, o la enfermedad de un ser querido, o el rompimiento de una relación de noviazgo, cualquier cosa difícil de sobrellevar. Yo sé que es doloroso. Yo sé que esto trae un mar de dudas y confusión, pero con la autoridad de la palabra de Dios, yo le animo a que piense que cualquier cosa difícil que esté enfrentando, es parte de lo que Dios ha diseñado para que Usted aprenda alguna lección importante.

No menosprecie la disciplina del Señor. Aunque todo dentro de Usted insista por quejarse o por rebelarse contra Dios, no ceda a ese impulso. Agradezca a Dios por lo que está pasando y reafirme su confianza plena en él.

En segundo lugar, los creyentes necesitamos estar bajo la disciplina de Dios porque es una prueba de genuina relación de amor entre el Padre celestial y sus hijos. Eso es lo que dice el pasaje bíblico que fue leído.

El Señor al que ama disciplina. Si se os deja sin disciplina, entonces sois bastardos y no hijos. Así como los padres que realmente aman a sus hijos están prestos a disciplinarlos, el Padre celestial quien ama tanto a sus hijos está también presto a disciplinarlos. La disciplina es una manifestación de amor. Los padres terrenales no quieren echar a perder a sus hijos criándolos sin disciplina.

El Padre celestial tampoco quiere echar a perder a sus hijos criándolos sin disciplina.

En tercer lugar, los creyentes necesitamos estar bajo la disciplina de Dios para evitar que nos desviemos del camino correcto. El creyente se parece mucho a una oveja. Las ovejas tienen una marcada tendencia a desviarse del camino que deben seguir. El pastor de ovejas se ve en la necesidad de usar su vara para enseñar a una oveja a no salirse del camino. Igual es en el campo espiritual.

Los creyentes también tenemos una tendencia a desviarnos del camino correcto. Nuestra naturaleza pecaminosa está constantemente incitándonos a desobedecer lo que Dios ha dicho en su palabra. Para contrarrestar esta tendencia natural del creyente, Dios también tiene que utilizar su vara de corrección. Es parte de la disciplina de Dios.

En la iglesia de Corinto había algunos creyentes que no estaban teniendo la actitud correcta en la Cena del Señor. Estaban participando en la Cena del Señor con su corazón manchado por el pecado. La Cena del Señor llegó a ser para ellos, nada más que una pantalla para ocultar la suciedad de su corazón de modo que los demás piensen que eran espirituales. Era un acto de hipocresía extrema.

Dios tenía que intervenir con disciplina. Ponga atención a lo que dice 1ª Corintios 11:27-32: “De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos duermen. Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo.”

La disciplina de Dios a estos creyentes en la iglesia de Corinto, tomó forma de enfermedad en algunos casos, de debilidad en otros casos y de muerte en otros casos. Dios sabe la manera apropiada para castigar a sus hijos dentro del proceso de disciplina. La vara de corrección de Dios no es para dañar a sus hijos. Es para enseñar obediencia. Es para restaurar al que ha caído. Es para evitar que vuelva a caer.

A veces la disciplina de Dios toma forma de una medida disciplinaria aplicada por la iglesia. Este fue el caso de aquel hermano en la fe que cometió una grave falta moral en la iglesia en Corinto. Si Dios no nos corrigiera cuando desobedecemos, nos acostumbraríamos a desobedecer, con graves consecuencias para nosotros.

La corrección de Dios es algo muy serio. Causa mucho dolor, pero es algo necesario y da muy buen fruto. Por eso es que el autor de Hebreos dice que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.

Por al menos estas razones, es indispensable que los creyentes estemos bajo la disciplina de Dios. Si Usted es hijo de Dios, está bajo la disciplina de Dios. No es algo opcional para Usted. Lo que sí es opcional es la actitud que Usted desarrolle ante la disciplina de Dios. No menosprecie la disciplina de Dios. Aún si Dios le está corrigiendo por algo que hizo mal, agradezca a Dios por ello. Es una muestra del amor que Dios como Padre le tiene a Usted como hijo. No viva quejándose de su mala suerte. Para el creyente no existe la suerte. Si su vida está atravesando por momentos difíciles, agradezca a Dios por ello, sabiendo que eso es parte de lo que Dios ha escogido como la forma de enseñarle lecciones importantes. La vida es el laboratorio donde Dios nos instruye día a día hasta que lleguemos a gloriosa presencia.

DAVID LOGACHO

Ingeniero en Electrónica y Telecomunicaciones, trabajó por años para la NASA, decidió abandonar su carrera profesional para prepararse para servir al Señor en un Instituto Bíblico en Argentina. Dirigió el Ministerio La Biblia Dice… durante más de 2 décadas hasta su retiro en 2015.

Disponible en Internet en: http://www.labibliadice.org

Contenido publicado con autorización de La Biblia Dice para: Alimentemos El Alma

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¿Cuál debe ser mi postura al orar?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Preguntas claves sobre la oración

¿Cuál debe ser mi postura al orar?

Kevin Struyk

Nota del editor: Este es el capítulo 13 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

La postura no es algo que comentamos muy a menudo. De hecho, hablar sobre la postura —cómo posicionar el cuerpo cuando estamos en ciertos lugares para lograr ciertos propósitos— puede sonar absurdo hoy en día. En una sociedad que valora la libertad de expresión y el deshacerse de las ataduras de los modales antiguos, incluyendo las tradiciones, las prácticas y los valores bíblicos, ser intencional con nuestra postura no es una gran prioridad. Sin embargo, los discípulos de Jesucristo comprenden la importancia y el gran privilegio de venir ante nuestro santo y justo Dios en oración. Por lo tanto, al comunicarnos con nuestro Señor, debemos considerar cómo nuestra postura afecta nuestras oraciones.

Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Él mientras somos santificados por Su Palabra y por Su Espíritu.

En Occidente, el hombre típicamente se arrodilla al proponerle matrimonio a su futura esposa. Esta postura, por lo general, muestra la devoción, el amor y el deseo del hombre de servir a su futura esposa, la cual merece honor y respeto. Estar de rodillas también demuestra sumisión y vulnerabilidad. La capacidad de uno ver y moverse es muy limitada en esa posición. Este ejemplo nos ayuda a entender el significado de nuestra postura al orar.

Estar de rodillas es común para los que oran. Al igual que un hombre que está proponiendo matrimonio, el que está arrodillado en oración asume una posición baja y humilde, mostrando dependencia, devoción y honor al Señor. Vemos a nuestro Señor y Salvador Jesucristo demostrando Su dependencia al arrodillarse para orar en el jardín de Getsemaní (Lc 22:40-41). Pablo, luego de contarle a sus amigos sobre su partida, se arrodilló con los ancianos para orar (Hch 20:36). Pedro, antes de ordenarle a Tabita que se levantase de los muertos, se arrodilló y oró (9:40). Tanto al arrodillarse como al doblegarse, el cuerpo se encorva, limitando las distracciones, mostrando honor y trayendo a la memoria nuestra total dependencia del Señor.

Sentarse, ponerse de pie y levantar las manos en oración son otras posturas que encontramos en la Biblia. David se sienta ante el Señor en oración (2 Sam 7:18), Salomón se pone de pie y extiende sus manos en oración (1 Re 8:22), y Pablo exhorta a Timoteo y a otros a orar levantando manos santas (1 Tim 2:8). Durante el transcurso de un día normal, lo más común es que nos encontremos sentados o de pie. Tal vez estás sentado en una mesa, en un carro o en un escritorio. Quizás te gusta caminar, correr o hacer ejercicios. Cualquiera que sea el caso, es bueno, correcto y apropiado orar al Señor en estas distintas posturas. Las instrucciones de Pablo a orar en todo tiempo y sin cesar probablemente incluían el estar sentado y de pie, así como otras posiciones (Ef 6:181 Tes 5:16-18).

De todos modos, lo más importante no es la postura externa del cuerpo, sino la postura interna del corazón; nuestros corazones deben expresar quebrantamiento, contrición, humildad y dependencia. Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Él mientras somos santificados por Su Palabra y por Su Espíritu. Comunicarse con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo es un privilegio indescriptible. Que nuestra postura, tanto la interna como la externa, demuestre nuestra sincera devoción y gratitud al Señor.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kevin Struyk
Kevin Struyk

El Rev. Kevin Struyk es un pastor asociado en Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, FL y un graduado del Reformed Theological Seminary en Orlando, Fla.

La santidad, ¿una cuestión pública o privada?

The Master’s Seminary

La santidad, ¿una cuestión pública o privada?

Heber Torres

En 1966 el escritor japonés Shusaku Endo publicaba una novela de ficción titulada «Silencio» que pronto alcanzaría un éxito notable al punto de convertirse en todo un referente literario[1]. En ella se relata la historia de unos misioneros jesuitas que en el siglo XVII viajan a Japón para divulgar su credo. Su aventura termina rápido. Pronto experimentan la oposición de las autoridades locales siendo obligados a apostatar de su fe, enfrentando el dilema de ocultar su profesión o renegar de la misma para sobrevivir. En las últimas décadas, aun en el mundo occidental, se ha podido identificar un creciente interés por parte de gobiernos y agentes sociales en promover un modelo de fe silenciosa en el que aparentemente el individuo tiene el derecho de mantener cualquier creencia siempre y cuando no la traslade a la esfera pública, y mucho menos pretenda hacer prosélitos de ella.

Sin embargo, el cristianismo bíblico tiene por naturaleza una vocación pública. ¡Resulta imposible concebirlo de otra manera! Cuando el cristiano se acerca a las páginas de las Escrituras observará que no existe un espacio privado en el que pueda acomodar cierta «faceta espiritual» (Dn. 3:17–18). Al contrario, hay razones de peso que confirman la necesidad de cultivar una vida de santidad en nuestra relación con las personas que nos rodean.

La conexión

Estar en Cristo es formar parte del cuerpo de Cristo. Él se dio a sí mismo para santificar a cada uno de sus redimidos para que, sin mancha ni arruga, puedan experimentar una comunión santa e inmaculada con Él (Ef. 5:25–27). Pero este camino de santificación no se transita en solitario. Como resultado de lo que Cristo ha hecho el cristiano está unido con aquel que es la cabeza, pero también con todos los que han sido salvos por su sangre.

Es posible que algunas personas interpreten erróneamente el concepto de «apartados» o «separados» para Dios implícito en el término santidad. Pero la santidad de cada hijo de Dios no es una cuestión exclusivamente personal, sino que afecta estrechamente la realidad de los que son sus hermanos en Cristo, con los que está íntimamente conectado. Los creyentes son miembros los unos de los otros, de manera que, «si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se regocijan con él» (1 Co. 12:26). La santidad y la obediencia de un cristiano afecta directamente a todo el conjunto de la Iglesia, porque lo que finalmente está en juego es el testimonio de Cristo y de su cuerpo. El que un individuo se aleje de la comunión de sus hermanos trae un mal nombre al evangelio. Ya sea que el cristiano lo piense o no, sus acciones (y aun sus omisiones) tienen ramificaciones en la vida de otros, y esto es recíproco: sin el aporte de ellos en su vida, su desarrollo espiritual resultaría inviable.

En estos meses de pandemia el consumo de teléfonos, tabletas u ordenadores personales se ha disparado. Muchos profesionales trabajan telemáticamente y un buen número de estudiantes cursa sus clases sin salir de casa. Los seres humanos viven en la era de lo individual. La cultura aspira y disfruta de un estilo de vida personalizado al más mínimo detalle. Y lo que ya era tendencia en cuanto al tiempo de ocio, se ha convertido casi en normativo con respecto a otras áreas de la vida. Sin embargo, el plan de Dios para con los suyos ha sido diseñado para ser vivido en comunión y colaboración con otros (Ro. 12:4–16). Francisco Lacueva lo explica así: «El nuevo Testamento desconoce un cristiano individualista. Tan pronto como alguien nace de nuevo y cree en el Señor, Dios lo añade en la [Iglesia]. Estar en Cristo y estar en la iglesia son fórmulas que se implican mutuamente»[2].

La realidad del cristiano como hijo de Dios no puede ser restringida a sí mismo como sujeto autónomo. Necesita de la presencia de otros, así como debe de estar presente y colaborar en el crecimiento de otros. Por eso no existe un contexto más apropiado para progresar en su andar con Cristo que la comunión de los santos. Siendo parte de la Iglesia el cristiano es exhortado y exhorta también a otros. Es animado y anima también a otros. Es orientado y orienta también a otros. Sirve y es servido por otros. Rinde cuentas, es guiado, instruido y corregido, y todo ello redunda directamente en nuestro avanzar espiritual (Gá. 6:1–2). La Biblia enumera hasta 26 obligaciones que cada creyente tiene para con sus hermanos en Cristo[3]. El cristiano que alimenta su fe en el entorno de la iglesia local se beneficia del ministerio de otros y tiene la oportunidad de desarrollar los dones que Dios le ha dado. ¡Pensar en vivir una vida santa en solitario es tan descabellado como pretender que un órgano cumpla con su función alejado del resto del organismo!

La confirmación

Cristo mismo rechazó con determinación la hipocresía de algunos religiosos que pretendían deslumbrar a sus contemporáneos por medio de una actuación santurrona y carente de vida. Sin duda algunos judíos habían terminado por imitar el mismo «despliegue» ritualista que caracterizaba a los paganos de su época (Mt. 6:1). Sin embargo, también insistió en la necesidad de que sus discípulos produzcan un fruto visible que confirme la legitimidad de su fe y, de esa forma, el Padre sea glorificado (Jn. 15:8).

Del mismo modo que «una ciudad situada sobre un monte no se puede ocultar; ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa [—dice el Hijo de Dios—]. Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt. 5:14–16). En estos versículos, Jesús no limita la actuación visible de sus seguidores a la proclamación verbal del evangelio, sino que específicamente enfatiza la importancia de sus buenas acciones. El hijo de Dios no tiene libertad para escoger cómo quiere vivir su vida cristiana. Jesús demanda una vida santa, no solo en lo secreto del corazón, sino también en la manera en la que se comporta cada uno de sus seguidores. En palabras de J.C. Ryle: «El hombre santo procurará practicar un espíritu de misericordia y benevolencia hacia los demás. No permanecerá inactivo todo el día. No se contentará con no hacer daño. Tratará de hacer el bien. Se esforzará todo lo posible por ser útil en su época y generación, y de aliviar las necesidades espirituales y los sufrimientos a su alrededor»[4].

En su primera epístola a Timoteo, el apóstol Pablo exhorta a su pupilo a tener un especial cuidado de su vida espiritual, pero le recuerda que su devoción ha de trascender al ámbito de lo privado. No solamente en lo relativo a su enseñanza, sino también en lo concerniente a su comportamiento. Timoteo debía ser un ejemplo en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza, de modo que su aprovechamiento llegase a ser evidente a todos. Solamente de esa forma aseguraría la salvación tanto para sí mismo como para los que eran receptores de su ministerio (1 Ti. 4:11–16). Porque, finalmente, la manera en la que uno se conduce públicamente con su prójimo confirma que experimenta una comunión genuina con Dios (1 Jn. 4:12, 20–21).

Conclusión

El activismo eclesial en el que muchos viven atrapados hace necesario invitarlos a escapar de la espiral de programas e iniciativas en los que se ven envueltos con el fin de dedicar tiempo a solas con Dios. Sin embargo, nunca al precio de descuidar su testimonio para con los que están más cerca. William Gurnall percibía el peligro de una comunión privada que no tiene repercusiones en nuestra interacción con otros: «¿Escuchas y oras, pero sin encontrar ya la fuerza para cumplir con una promesa o vencer la tentación? ¡Deshonras a Dios cuando bajas del monte de la comunión y rompes las ta­blas de su ley en cuanto te alejas! No encontrar la fe y la fuer­za renovadas en la comunión con Él es señal segura del declive espiritual»[5].

Eso que eres en lo secreto ha de impactar tu manera de relacionarte con los demás. De modo que tus familiares, amistades, compañeros de trabajo o cualquiera que se cruce en tu camino debe poder reconocer que eres de los que verdaderamente pasa tiempo con Jesús y está siendo conformado a su misma imagen (Hch. 4:13; 2 Co. 3:18). Vive para la gloria de Dios en todo lo que hagas.

[1] Shusaku Endo, Silencio (Barcelona: Edhasa, 2009).

[2] Francisco Lacueva, La Iglesia cuerpo de Cristo (Barcelona: Clie, 1997).

[3] Véase Romanos 12:10; 12:16; 14:13; 14:19; 15:14; 1 Corintios 6:7; 7:5; 12:25; Gálatas 5:26; Efesios 4:25; 5:21; Filipenses 2:3; Colosenses 3:9; 3:13; 3:16; 1 Tesalonicenses 4:18; 5:11; 5:13; 5:15; 1 Timoteo 2:1; Hebreos 10:24; Santiago 4:11; 1 Pedro 4:10; 5:5; 5:14; 1 Juan 1:7.

[4] J.C. Ryle, La santidad (Moral de Calatrava: Editorial Peregrino).

[5] William Gurnall, El Cristiano con toda la armadura de Dios (Moral de Calatrava: Editorial Peregrino), 237.

Heber Torres

Heber Torres

Heber Torres (M.Div.) es profesor de teología en el Seminario Berea (León, España) y pastor en la Iglesia Evangélica de Marín (España). Dirige el sitio «Las cosas de Arriba», que incluye podcast y blog. Está casado con Olga y juntos tienen tres hijos: Alejandra, Lucía y Benjamín.

La gratitud en la oración

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Preguntas claves sobre la oración

La gratitud en la oración

Kevin Struyk

Nota del editor: Este es el capítulo 13 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

La postura no es algo que comentamos muy a menudo. De hecho, hablar sobre la postura —cómo posicionar el cuerpo cuando estamos en ciertos lugares para lograr ciertos propósitos— puede sonar absurdo hoy en día. En una sociedad que valora la libertad de expresión y el deshacerse de las ataduras de los modales antiguos, incluyendo las tradiciones, las prácticas y los valores bíblicos, ser intencional con nuestra postura no es una gran prioridad. Sin embargo, los discípulos de Jesucristo comprenden la importancia y el gran privilegio de venir ante nuestro santo y justo Dios en oración. Por lo tanto, al comunicarnos con nuestro Señor, debemos considerar cómo nuestra postura afecta nuestras oraciones.

Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Él mientras somos santificados por Su Palabra y por Su Espíritu.

En Occidente, el hombre típicamente se arrodilla al proponerle matrimonio a su futura esposa. Esta postura, por lo general, muestra la devoción, el amor y el deseo del hombre de servir a su futura esposa, la cual merece honor y respeto. Estar de rodillas también demuestra sumisión y vulnerabilidad. La capacidad de uno ver y moverse es muy limitada en esa posición. Este ejemplo nos ayuda a entender el significado de nuestra postura al orar.

Estar de rodillas es común para los que oran. Al igual que un hombre que está proponiendo matrimonio, el que está arrodillado en oración asume una posición baja y humilde, mostrando dependencia, devoción y honor al Señor. Vemos a nuestro Señor y Salvador Jesucristo demostrando Su dependencia al arrodillarse para orar en el jardín de Getsemaní (Lc 22:40-41). Pablo, luego de contarle a sus amigos sobre su partida, se arrodilló con los ancianos para orar (Hch 20:36). Pedro, antes de ordenarle a Tabita que se levantase de los muertos, se arrodilló y oró (9:40). Tanto al arrodillarse como al doblegarse, el cuerpo se encorva, limitando las distracciones, mostrando honor y trayendo a la memoria nuestra total dependencia del Señor.

Sentarse, ponerse de pie y levantar las manos en oración son otras posturas que encontramos en la Biblia. David se sienta ante el Señor en oración (2 Sam 7:18), Salomón se pone de pie y extiende sus manos en oración (1 Re 8:22), y Pablo exhorta a Timoteo y a otros a orar levantando manos santas (1 Tim 2:8). Durante el transcurso de un día normal, lo más común es que nos encontremos sentados o de pie. Tal vez estás sentado en una mesa, en un carro o en un escritorio. Quizás te gusta caminar, correr o hacer ejercicios. Cualquiera que sea el caso, es bueno, correcto y apropiado orar al Señor en estas distintas posturas. Las instrucciones de Pablo a orar en todo tiempo y sin cesar probablemente incluían el estar sentado y de pie, así como otras posiciones (Ef 6:181 Tes 5:16-18).

De todos modos, lo más importante no es la postura externa del cuerpo, sino la postura interna del corazón; nuestros corazones deben expresar quebrantamiento, contrición, humildad y dependencia. Por Su gracia y misericordia, Dios inclina nuestros corazones para que crezcamos en amor, devoción e intimidad con Él mientras somos santificados por Su Palabra y por Su Espíritu. Comunicarse con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo es un privilegio indescriptible. Que nuestra postura, tanto la interna como la externa, demuestre nuestra sincera devoción y gratitud al Señor.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kevin Struyk
Kevin Struyk

El Rev. Kevin Struyk es un pastor asociado en Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, FL y un graduado del Reformed Theological Seminary en Orlando, Fla.

¿Cómo puedo experimentar el gozo en mi vida cristiana?

Got Questions

¿Cómo puedo experimentar el gozo en mi vida cristiana?

El gozo es algo que todos anhelamos, pero que a menudo parece difícil de alcanzar. Experimentar el gozo debe ser parte de la vida de todo cristiano. El gozo es un fruto del Espíritu Santo, producido por la obra de Dios en nosotros, y es parte de la voluntad de Dios para con nosotros. Sabemos que incluso los más maduros del pueblo de Dios experimentaron períodos de falta de gozo. Por ejemplo, Job deseaba que nunca hubiera nacido (Job 3:11). David oraba para que fuera llevado a un lugar donde no tuviera que lidiar con la realidad (Salmo 55:6-8). Elías, aún después de vencer a los 450 profetas de Baal pidiendo que bajara fuego del cielo (1 Reyes 18:16-46), huyó al desierto y le pidió a Dios que le quitara la vida (1 Reyes 19:3-5). Si estos hombres lucharon, ¿cómo podemos experimentar un gozo constante en la vida cristiana?

Lo primero es darse cuenta de que el gozo es un regalo de Dios. La palabra raíz para gozo en griego es chara, que está estrechamente relacionada con la palabra griega charis para «gracia». l gozo es tanto un don de Dios como una respuesta a los dones de Dios. El gozo viene cuando somos conscientes de la gracia de Dios y disfrutamos de Su favor.

Con esto en mente, es evidente que una manera de experimentar el gozo es enfocarse en Dios. En lugar de meditar en nuestras dificultades o en las cosas que roban nuestro contentamiento, podemos meditar en Dios. Esto no quiere decir que debamos negar nuestro descontento o nuestras emociones negativas. Siguiendo el ejemplo de muchos de los salmistas, podemos derramar nuestros corazones a Dios. Podemos decirle sin rodeos todas las cosas que nos afligen. Y luego sometemos esas cosas a Él, recordando quién es Él, y siendo felices en Él. Los Salmos 3, 13, 18, 43 y 103 son buenos ejemplos.

El libro de Filipenses tiene mucho que decir sobre la alegría, aunque Pablo escribió la epístola desde la cárcel. Filipenses 4:4-8 da algunas pautas para experimentar la alegría en la vida cristiana: «Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: !!Regocijaos!..El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús. En esto pensad Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad». Aquí vemos la importancia de alabar a Dios, recordando que Él está cerca, orando por nuestras preocupaciones, y manteniendo nuestras mentes enfocadas en las cosas buenas de Dios. Podemos experimentar gozo cuando intencionalmente alabamos. David escribió que el estudio de la Palabra de Dios puede traernos gozo (Salmo 19:8). Experimentamos el gozo al comunicarnos con Dios a través de la oración. Y experimentamos el gozo al mantener nuestro enfoque en cosas piadosas en vez de en circunstancias difíciles o que no nos producen alegría.

Jesús también dio algunas instrucciones con respecto al gozo. En Juan 15 Él habló de permanecer en Él y obedecerle. Él dijo: «Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor. Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido» (Juan 15:9-11). Una de las claves del gozo es vivir en obediencia a Dios.

Otra manera de experimentar gozo en la vida cristiana es a través del compañerismo. Dios le dio descanso a Elías y luego envió a un hombre, Eliseo, para que lo ayudara (1 Reyes 19:19-21). Nosotros también necesitamos amigos con quienes podamos compartir nuestras heridas y dolores (Eclesiastés 4:9-12). Hebreos 10:19-25 dice: «Así que, hermanos…Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca». Debido a la gracia de Dios, sabemos que podemos acercarnos a Dios confiadamente en oración (Hebreos 10:19). Sabemos que estamos limpios de nuestro pecado (Hebreos 10:22). Y estamos unidos en una nueva comunidad, una familia de creyentes. Con nuestros hermanos creyentes, nos mantenemos firmes en nuestra fe, confiando en el carácter de Dios. También nos animamos unos a otros. Los cristianos no pertenecen a este mundo (Juan 17:14-16; Filipenses 3:20). Anhelamos estar con Dios, finalmente restaurados a nuestro diseño original. La vida puede ser solitaria y desalentadora. Otros nos ayudan a recordarnos la verdad, a llevar nuestras cargas con nosotros y a fortalecernos para continuar (Gálatas 6:10; Colosenses 3:12-14).

El gozo está destinado a ser un sello distintivo de la vida cristiana. Es un fruto del Espíritu Santo y un don de Dios. Mejor recibimos este regalo cuando nos enfocamos en la verdad de quién es Dios, cuando tenemos comunión con Él a través de la oración, y confiamos en la comunidad de creyentes que Él ha provisto.

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La gratitud en la oración

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Gratitud

La gratitud en la oración

John Blanchard

Nota del editor: Este es el último de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

nante e incurable, pero, por la sangre de Cristo, el perdón de los pecados es la cura de esta enfermedad”. 

Ninguno de nosotros experimentará circunstancias en las que no haya bendiciones por las cuales Dios merezca nuestra gratitud.

Después, David medita con gratitud en que Dios “rescata de la fosa [su] vida”; es decir, de los dolores indescriptibles del infierno. Esta redención eterna les asegura a los creyentes que “no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús” (Rom 8:1), certeza gloriosa por la que debemos estar eternamente agradecidos.

El rey suma a todo esto su gratitud porque Dios le asegura que Él lo “corona de bondad y compasión” y “colma de bienes [sus] años”, lo que confirma el testimonio previo de David de que “el bien y la misericordia [lo] seguirán todos los días de [su] vida” (Sal 23:6).

La acción de gracias de David en el Salmo 103 ahora traspasa los límites de su experiencia personal e incorpora el cuidado pactual de Dios de todos los creyentes. Él “hace justicia, y juicios a favor de todos los oprimidos”; Él es “compasivo y clemente… lento para la ira y grande en misericordia”, que es así de grande “como están de altos los cielos sobre la tierra”; Él se compadece “como un padre se compadece de sus hijos”. Todos estos beneficios están asegurados porque Dios “ha establecido Su trono en los cielos, y Su Reino domina sobre todo”. En el siglo XVII, el teólogo David Dickson identificó diecisiete de estos beneficios en este salmo.

El culto de oración semanal de mi iglesia local comienza con una lectura bíblica, que es seguida inmediatamente por un momento de alabanza y acción de gracias al Señor, patrón que refleja la exhortación del salmista: “Entrad por Sus puertas con acción de gracias, y a Sus atrios con alabanza. Dadle gracias, bendecid Su nombre” (Sal 100:4). Una y otra vez, el Apóstol Pablo nos insta a mezclar nuestras peticiones con alabanzas: debemos estar “dando siempre gracias por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a Dios, el Padre” (Ef 5:20); no debemos estar afanosos, “antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios” (Flp 4:6); debemos perseverar “en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Col 4:2); debemos dar “gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús” (1 Tes 5:18).

En pocas palabras, debemos aprender a tener una actitud agradecida, incluso en los días más oscuros, sabiendo que aun estos están en las manos de Dios. Ninguno de nosotros experimentará circunstancias en las que no haya bendiciones por las cuales Dios merezca nuestra gratitud. Azotado por un tsunami personal en el que perdió a todos sus hijos y todo su ganado, Job “postrándose en tierra, adoró, y dijo: … bendito sea el nombre del Señor” (Job 1:20-21).

La escritora de himnos Frances Ridley Havergal, quien vivió en el siglo XIX, testificó en una ocasión: “Si pudiera escribir como quisiera sobre la bondad de Dios hacia mí, la tinta herviría en mi pluma”. En esta era digital, podría haber escrito: “¡Mi computadora colapsaría!”. Asumamos ese riesgo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John Blanchard
John Blanchard

El Dr. John Blanchard es un predicador, profesor y apologista que vive en Banstead, Inglaterra. Es autor de varios libros, entre ellos Últimas preguntas y ¿Qué ha pasado con el infierno?

¿Qué es la PERSEVERANCIA de los SANTOS?

Teología Express

¿Qué es la PERSEVERANCIA de los SANTOS?

Jairo Chaur

Jairo Chaur es pastor en la Iglesia Evangélica de la Gracia, en Barcelona (España). Para más información pueden consultar nuestra web:
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¿Qué es la perseverancia de los santos?

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Dios les bendiga. Soli Deo Gloria

Gratitud y ambición

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Gratitud

Gratitud y ambición

Paul Levy

Nota del editor: Este es el duodécimo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

¿Acaso la gratitud y la ambición van de la mano? Tal combinación parece incongruente. Si realmente estás agradecido por algo, sin duda la ambición te parecerá un poco peligrosa ya que por lo general está más asociada al descontento o incluso a la codicia. Pero ¿podríamos decir que la gratitud real, genuina y sincera es incompatible con la ambición?

Consideremos la ambición por un momento. Nuestras mentes piensan automáticamente en el mal uso y el abuso de la ambición, ya que hay numerosos ejemplos de esto en la Escritura. Los más obvios son el de la torre de Babel en Génesis 11 y el del rico insensato en Lucas 12. En ambos casos vemos una ambición que es autosuficiente; para ellos, Dios no era un factor a considerar. En Babel, la motivación de los constructores era hacerse un nombre famoso para sí mismos, mientras que en Lucas 12, el rico insensato hace planes para acumular riquezas materiales y construir graneros más grandes sin tomar en cuenta a Dios. Claramente, la ambición puede ser peligrosa.

Nuestros corazones son engañosos, y a veces la línea que divide el celo piadoso y la ambición egoísta es muy fina.

Sin embargo, eso no niega el hecho de que la ambición es parte de nuestro diseño divino como seres humanos. La ambición no es perversa en sí misma, sino algo que Dios nos ha dado con el fin de que la usemos para nuestro bien y el de los demás. La ambición piadosa conlleva un fuerte deseo y una gran disciplina para lograr fines justos.

Adán y Eva recibieron una orden clara de parte de Dios de llenar la tierra y sojuzgarla (Gn 1:28). A Noé se le reafirmó ese llamado después del diluvio (9:1). Este mandato dado durante la Creación debía ser su ambición. El salmista ordena: “Pon tu delicia en el Señor, y Él te dará las peticiones de tu corazón” (Sal 37:4). El apóstol Pablo era ambicioso en cuanto al Evangelio, y prosiguió hacia la meta por el premio de ese supremo llamamiento (Flp 3:14). Él nos dice explícitamente que su ambición era predicar el Evangelio donde Cristo no había sido anunciado (Rom 15:19-20). El mismo Señor Jesús mostraba celo por la gloria de Su Padre y era obediente a Su voluntad. Él nos enseña que Sus discípulos deben ser personas que tienen hambre y sed de justicia, y que Su pueblo debe buscar primero el Reino de Dios (Mt 5:66:33). En 1 Corintios 10:31 se nos dice que ya sea que comamos o que bebamos o que hagamos cualquier otra cosa, debemos hacerlo todo para la gloria de Dios.

La gratitud y la ambición divina deben ir de la mano. Es la gratitud por todas las buenas dádivas de Dios —Su creación, redención, preservación y segura esperanza futura— lo que debe alimentar nuestra ambición, de modo que podamos vivir vidas para Su gloria y para el bien de los demás. La gratitud nunca debe conducir a una existencia autosatisfecha y pasiva. El conocimiento de Dios y de Su obra en Cristo debe conducir a un deseo de vivir y de trabajar para Él. Como dice el Catecismo Menor de Westminster, existimos para glorificar a Dios y disfrutarlo para siempre. La ambición por hacer eso está en el ADN de cada hijo de Dios.

Fuimos hechos para planear, y los planes sabios que hacemos para la gloria de Dios, ya sea con respecto a nuestra familia, nuestro hogar, nuestras finanzas o incluso nuestro estado físico, son buenos y son parte de lo que significa ser humano. Por supuesto, tenemos que evaluar nuestras ambiciones. Sabemos que nuestros corazones son engañosos, y a veces la línea que divide el celo piadoso y la ambición egoísta es muy fina. Sin embargo, estamos llamados a vivir a la luz de todo lo que Dios ha hecho y está haciendo por nosotros, a usar el tiempo y los recursos que Él nos ha dado por Su gran generosidad, y a vivir de una manera que sea ambiciosa para la gloria de Dios.

¿Qué pasa cuando no logramos nuestras ambiciones? Vivimos en un mundo donde nuestras esperanzas y planes no siempre se hacen realidad, y muchos cristianos han experimentado  grandes decepciones. Hebreos 11 es un capítulo que presenta a muchos de nuestros héroes de la fe y, sin embargo, al final del capítulo hay campeones anónimos que sufrieron burlas y flagelaciones, incluso cadenas y encarcelamientos. Fueron apedreados; fueron aserrados por la mitad; fueron asesinados a filo de espada. Dudo mucho que esa fuera la ambición de estos hombres y mujeres cuando salieron a servir al Señor. Cada miembro del salón de la fe en Hebreos 11 murió en fe, sin haber recibido lo que se les había prometido.

Eso nos regresa a la verdad de que Dios es Dios. Sus caminos no son nuestros caminos, y Sus pensamientos no son nuestros pensamientos (Is 55:8-9). En Su gracia, Dios tiende a redirigirnos según Su voluntad soberana. Tomamos las palabras de Proverbios 3:5-7, reconociendo al Señor en todos nuestros caminos, confiando en que Él actuará. Incluso la decepción de una ambición frustrada puede ser una fuente de gratitud. Como dice el escritor del himno: “Lo que mi Dios ordena es correcto; Su santa voluntad permanecerá”. Dios sabe lo que es mejor, así que sé agradecido y sé ambicioso para Su gloria y para tu gozo.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Paul Levy
Paul Levy

El Rev. Paul Levy es ministro de la International Presbyterian Church Ealing en Londres.

Restaurar a un hermano que ha caído – 10

CONSULTORIO BÍBLICO

SERIE: Vida Cristiana

10 – Restaurar a un hermano que ha caído

DAVID LOGACHO

Qué grato es saber que Usted nos está escuchando. Bienvenida, o bienvenido al estudio bíblico de hoy. Estamos estudiando las características de la vida auténticamente cristiana y en esta oportunidad, David Logacho nos hablará acerca de la necesidad de restaurar a un hermano que ha caído.

Si Usted ha sido madre o padre de familia, se habrá deleitado viendo a su hija o a su hijo dar sus primeros pasos.

Yo recuerdo muy claramente, hasta ahora, luego de más de veinte años, cuando mi hijo pudo dar sus primeros pasos por sí solo. Fue todo un acontecimiento. Mi esposa y yo estábamos tan orgullosos, en un buen sentido, de ese pequeño ser de menos de un año de nacido. Lo contamos a todo mundo.

Si hubiera sido posible, hasta lo hubiéramos publicado en los periódicos. Fue grandioso. Pero después de dos o tres pasos juntos venía una caída. Nada doloroso, por supuesto.

Pero qué pensaría Usted de unos padres que después de ver que su tierno hijo se cae después de dar uno o dos pasos por primera vez, dice algo como esto: Qué decepción, mi hijo acaba de caerse, me ha defraudado. Será mejor que le eche de la casa. Ya no quiero saber nada más de él. ¡Absurdo! ¿Verdad?

Pero, pensándolo bien, eso es justamente lo que hacemos muy a menudo cuando vemos a un hermano en la fe que cae en pecado. Por el hecho de haber caído, pensamos que ya es el fin.

¿Qué hubiera sido de la vida de Pedro el Apóstol, si hubiera sido desechado después que negó tres veces a Jesús? ¿Qué hubiera sido de la vida de Pablo, Saulo en ese entonces, después de haber perseguido con crueldad a la naciente iglesia Cristiana? ¿Habría ido Jonás a Nínive a predicar un mensaje de arrepentimiento, si Dios le hubiera desechado después que desobedeció la primera vez que fue llamado para esa obra? Para hacerlo más personal: ¿Estaríamos nosotros hoy donde estamos si Dios nos hubiera rechazado después de haber caído de alguna manera?.

Queramos o no queramos admitir, todos tenemos nuestro pasado y sólo por la gracia y la misericordia de Dios hemos sido no sólo perdonados sino que se nos ha otorgado una segunda oportunidad para el servicio.

¿Qué debemos hacer cuando vemos que un hermano en la fe cae en pecado?

Bueno, primero pensemos en las cosas que no debemos hacer.

Primero, no debemos quedarnos callados. A veces pensamos que si no hacemos nada vamos a ayudar al hermano que ha caído. Pero esto sería un silencio cómplice. Sería como estar de acuerdo con lo que el hermano ha hecho. A lo mejor el hermano que cayó en pecado piensa que no hay nada de malo en lo que ha hecho. Alguien tiene que decirle que lo que hizo ofendió a Dios. No es correcto quedarse callado cuando se ve que un hermano ha caído en pecado.

Segundo, no debemos alegrarnos porque el hermano ha caído en pecado. A veces se ve esta reacción, especialmente cuando el que ha caído en pecado era alguien con quien no teníamos una buena relación. La caída en pecado de cualquier creyente, siempre debe ser motivo de profunda tristeza para los demás creyentes.

Tercero, no debemos jactarnos de nuestra capacidad de mantenernos firmes. Todos tenemos el potencial de cometer lo peor que podemos imaginar. Si no lo hemos hecho ha sido simplemente porque Dios nos ha cubierto con su gracia. Por eso es que 1ª Corintios 10:12 dice: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga.”

Cuarto, no debemos horrorizarnos por lo sucedido. Evitemos rasgarnos las vestiduras, especialmente si la caída es en un área de la vida cristiana donde nosotros también estamos luchando por no caer.

Quinto, no debemos chismear. Esta quizá es la tendencia más común cuando vemos que un hermano ha caído en pecado. La lengua se pone en acción inmediatamente para esparcir el chisme a cuantos sea posible. En ocasiones inclusive podemos disfrazar el chisme diciendo que estamos sólo compartiendo un motivo de oración.

Ahora que sabemos lo que no debemos hacer veamos qué es lo que debemos hacer.

La primera y más importante medida es restaurar al hermano que ha caído. Esto es lo que recomienda Gálatas 6:1 donde dice: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.”

Esta instrucción de Pablo está dirigida primeramente a los creyentes, pero no a todos los creyentes, sino a aquellos que son espirituales. Esto significa a aquellos creyentes que están llenos o controlados por el Espíritu Santo.

Si un creyente anda en pecado, no es un creyente espiritual y por tanto no está en capacidad de restaurar a otro creyente que ha pecado. El verbo restaurar es un verbo muy interesante en el idioma en que se escribió el Nuevo Testamento.

Katartizo es un verbo que se utilizaba en el campo de la pesca para hablar de remendar una red para pescar. El pecado en un creyente es comparable a un agujero en una red de pecar. Es necesario que alguien remiende ese agujero para que esa red pueda seguir atrapando peces.

Katartizo es un verbo que también se utilizaba en el campo de la medicina, para hablar de un hueso que se había dislocado y necesitaba volver a ser puesto en su lugar. Un creyente que cae en pecado es como un hueso dislocado, necesita que alguien lo ponga de vuelta en su lugar.

Katartizo se usaba también en el campo militar, para hablar de alguien que estaba equipado completamente para entrar en batalla. Un creyente que peca es como un soldado que no tiene todo el equipo para la batalla. Necesita que alguien le provea de ese equipo.

Los creyentes espirituales son los que deben restaurar a un hermano que ha caído en pecado. Son ellos los que van a remendar los huecos que produce el pecado en el hermano caído. Son ellos los que van a poner en su lugar los huesos dislocados que produce el pecado en el hermano que ha caído. Son ellos los que van a equipar completamente al hermano que ha caído para que pueda ser útil en la batalla.

Esto es lo que significa restaurar. Es necesario hacerlo con espíritu de mansedumbre, lo cual es uno de los aspectos del fruto del Espíritu Santo. Ese espíritu de mansedumbre hará reflexionar profundamente al creyente espiritual, acerca de su propia fragilidad, para no jactarse de su firmeza ante la tentación.

En segundo lugar, la restauración debe hacerse siguiendo los pasos que dejó el Señor en Mateo 18:15-17 donde dice: “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, vé y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia, y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.”

La restauración se debe hacer por fases.

Primero, en privado, entre el creyente espiritual y el creyente que ha caído. Si esto falla, se debe ir a una segunda etapa, con la presencia de testigos. Si esto falla, se debe ir a una tercera etapa, con la intervención de la iglesia. Si todo esto falla, ese creyente que ha caído y persiste en su pecado, debe ser tenido por gentil y publicano.

Esto significa que debe ser sacado de la comunidad de creyentes en la iglesia local. A esto es a lo que Pablo se refiere en 1ª Corintios 5:3-5 donde dice: “Ciertamente yo, como ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, ya como presente he juzgado al que tal cosa ha hecho. En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo, el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús.”

Aun esta medida extrema tiene el propósito de restaurar a un hermano que ha caído en pecado.

En tercer lugar, como parte de la restauración, es necesario mostrar al hermano que ha caído en pecado, el camino correcto por el cual debió haber andado. Esto es lo que se desprende de pasajes como Santiago 5:19-20 donde dice: “Hermanos, si alguno de entre vosotros se ha extraviado de la verdad, y alguno le hace volver, sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados.”

Se trata de un creyente que ha caído en pecado y otro creyente espiritual ha sido utilizado para restaurar al que ha caído. Dice el texto que el creyente espiritual ha hecho volver al pecador del error de su camino. Esto significa que el creyente espiritual está dedicado a guiar al creyente caído en el camino correcto.

Es sencillo murmurar contra un creyente que ha caído, pero en lugar de murmurar debemos restaurar, señalando el error y mostrando como corregir ese error. Santiago dice que quien tal hace salvará de muerte un alma. Una de las formas de disciplina de Dios al pecador que ha caído en pecado es la muerte. La restauración del pecador que ha caído, perfectamente puede salvar a un creyente caído, de ser disciplinado por Dios con la muerte.

Santiago también dice que cuando un creyente espiritual hace volver al camino correcto a un creyente que ha caído, está cubriendo multitud de pecados. ¿En qué sentido? Pues en el sentido de que ese creyente caído, una vez restaurado, no persistirá más en el pecado, de esta manera se estará evitando, o cubriendo, multitud de pecados.

De modo que, otra característica de la vida auténticamente cristiana es restaurar al hermano que cae en pecado. Tal vez hoy mismo a Usted le consta el caso de un hermano que ha caído en pecado. No lo oculte, no se escandalice, no se alegre, no riegue la noticia. Su responsabilidad como creyente espiritual es restaurar a ese hermano que caído con espíritu de mansedumbre.

DAVID LOGACHO

Ingeniero en Electrónica y Telecomunicaciones, trabajó por años para la NASA, decidió abandonar su carrera profesional para prepararse para servir al Señor en un Instituto Bíblico en Argentina. Dirigió el Ministerio La Biblia Dice… durante más de 2 décadas hasta su retiro en 2015.

Disponible en Internet en: http://www.labibliadice.org

Contenido publicado con autorización de La Biblia Dice para: Alimentemos El Alma

Av.Galo Plaza Lasso N63-183 y de los Cedros
Telf. 00593-2-2475563
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Codicia y gratitud

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Gratitud

Codicia y gratitud

Robert M. Godfrey

Nota del editor: Este es el undécimo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Si la gratitud debe ser nuestra respuesta automática a la gracia que experimentamos en la vida cristiana, entonces ¿por qué a menudo somos ingratos? ¿Cuál es la raíz de la ingratitud? En parte, la respuesta a esa pregunta se encuentra en el último de los Diez Mandamientos, donde Dios dice: “No codiciarás”. Si nos detenemos a pensar en este mandamiento, podríamos preguntarnos si sería exagerado decir que la codicia es la raíz de la ingratitud. Inicialmente podríamos ser tentados a pensar que este mandamiento es solo una décima parte de la ley, o que es el más insignificante porque está de último. Sin embargo, es lo contrario, deberíamos reconocer que es el decreto sumativo y concluyente de la ley de Dios. Al hacer esto, notamos el carácter integral del mandamiento.

El carácter integral de la codicia

El carácter integral de este mandamiento muestra la manera en que la codicia suele estar involucrada cuando se quebranta cualquiera de los Diez Mandamientos. Esto se evidencia claramente en algunos pasajes de la Escritura. Cuando Pablo reflexiona sobre toda la ley, él utiliza la codicia para resumirla (Rom 7:7). Cuando advierte a los gálatas que deben guardarse del pecado, él se refiere al pecado como la codicia de la carne en contra del Espíritu (Gál 5:17). Y cuando Santiago está advirtiendo en contra del homicidio, de las peleas y de las guerras, él muestra cómo la codicia es la raíz de todos estos pecados (Stg 4:2).

El Catecismo de Heidelberg también expone el carácter integral de la codicia (Pregunta y Respuesta 113). Nos dice que el décimo mandamiento ordena: “Que nunca surja en nuestros corazones ni la más mínima inclinación o idea contraria a alguno de los mandamientos de Dios”. Esta respuesta apunta al hecho de que cuando nuestra ingratitud nos lleva a desafiar cualquiera de los Diez Mandamientos, la raíz es la codicia, nuestro deseo de posicionarnos por encima de Dios.

El contentamiento produce piedad y gratitud en la vida del creyente.

Cuando adoramos a otros dioses, cuando no descansamos ni adoramos en el día de reposo, cuando no honramos a las autoridades, o cuando luchamos con alguna forma de adulterio, es porque estamos codiciando. Estamos codiciando cuando adoramos la manera de vivir del mundo, cuando deseamos un día de reposo enfocado en nuestros intereses, cuando reclamamos autoridad sobre nuestra vida, o cuando deseamos al cónyuge de nuestro prójimo. El carácter integral del pecado revela cómo la codicia es la raíz de todo acto de ingratitud hacia Dios.

El Conquistador absoluto de la codicia

Las raíces de la codicia están profundamente arraigadas en nuestras vidas cristianas. Reconocer esto nos conduce a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, quien luchó perfectamente contra la codicia y siempre mostró contentamiento al obedecer la voluntad de Dios. Durante la tentación de Cristo en el desierto, ¿qué buscaba Satanás si no tentarle a codiciar en contra de la Palabra de Dios? Satanás estaba tentando al Salvador con la esperanza de que Él codiciara comida, fama y el cumplimiento de metas egoístas (Lc 4:1-13). Sin embargo, Cristo resistió el pecado de la codicia, en el cual el primer Adán cayó como presa (Gn 3:6). Él estaba completamente satisfecho con las promesas de Su Padre; la Palabra Viva no tenía necesidad de lo que el diablo le ofrecía. Y al desarraigar el pecado de la codicia, el Señor nos muestra al principio de los Evangelios cómo Él cumplió la ley en su totalidad por nosotros.

El contentamiento en la vida cristiana

Entender la codicia y cómo Cristo conquistó el pecado nos ayuda a enfrentar y desarraigar la codicia de nuestras vidas como cristianos. Primero debemos despojarnos del viejo hombre y destruir la codicia que proviene de nuestra naturaleza caída. Asimismo, como aquellos que ahora estamos vivos en Cristo, debemos vestirnos del nuevo hombre, cuya motivación para todas las cosas es el contentamiento, no la codicia. Los que pertenecemos a Cristo debemos cultivar contentamiento y satisfacción en Él, confiando en que se aproxima una cosecha fructífera.

Este verdadero contentamiento significa que no estamos deseando vivir como el mundo ni disfrutar de sus placeres. Más bien, debemos estar satisfechos con las promesas del Evangelio. Esta es la exhortación de Pablo a Timoteo (1 Tim 6:3-11): sigue la sana doctrina de la Escritura “que es conforme a la piedad”. Pablo le recuerda a su discípulo: “Pero la piedad, en efecto, es un medio de gran ganancia cuando va acompañada de contentamiento” (v. 6). Pablo exhorta a los cristianos a evitar los “deseos necios y dañosos, y toda clase de mal” y a estar contentos con lo que tienen (vv. 8-9). Luego de mencionar las cosas de las que Timoteo debe huir, Pablo le exhorta a “seguir la justicia, la piedad, la fe, el amor, la perseverancia y la amabilidad”. El contentamiento produce piedad y gratitud en la vida del creyente. Además, el cristiano que vive con contentamiento se mantiene expectante, aguardando el regreso del Rey, quien lo recibirá en Su reino por siempre (Ap 21-22).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Robert M. Godfrey
Robert M. Godfrey

El Dr. Robert M. Godfrey es pastor de Zeltenreich Reformed Church en New Holland, PA.