La necesidad de ser santo en lo privado

The Master’s Seminary

La necesidad de ser santo en lo privado

Osvaldo Fuentes

Una de las cosas más difíciles para el cristiano es ser fiel al Señor en la intimidad, en lo privado. Cuando nadie te ve, cuando estás solo en casa, relajado frente al televisor o la computadora, ¿estás siendo fiel a Dios? El cristiano debe vivir santamente tanto en lo público como en lo privado, tanto en el trabajo como en casa. Ya sea que hagas un deporte o que sostengas conversaciones con compañeros inconversos, debes ser fiel al Señor en todo momento.

Puede que te preguntes —como muchos— por qué razón es tan difícil tener una intimidad constante con Dios. Muchas respuestas podrían sugerirse, pero el meollo del asunto es que el cristiano no conoce a Dios lo suficiente. Ese es el punto de partida. En otras palabras, la falta de conocimiento de Dios es la fuente de su indiferencia. El hecho que un cristiano no conozca a Dios lo suficiente como para producir un cambio radical y constante en su vida hace emanar un desprecio constante hacia Dios y una falta de reverencia y temor que impacta cómo vive. El no cultivar en lo privado una relación real con Dios hará que el cristiano viva una doble vida. Además, si no eres consistente en tu relación con Dios, tampoco podrás vivir relaciones sinceras con el resto de las personas que te rodean. Si no actúas pronto, todo esto te llevará a una constante decadencia espiritual (Os. 4:6).

Muchos miran tu ejemplo

No se puede ver de menos la necesidad de vivir vidas santas. No debe haber diferencia entre lo que sucede en la iglesia y en el resto de los lugares. El cristiano no debe vivir un doble estándar. No se puede ser amable y cariñoso el domingo por la mañana y ser grosero y áspero el resto de la semana. Debe haber consistencia todo el tiempo.

A menudo, muchos jóvenes manifiestan odiar la iglesia y todo lo que tenga que ver con «religión». Esto se debe a que desde chicos fueron testigos de una hipocresía sistemática bajo la cual muchos padres —y cristianos en general— no fueron consistentes en vivir en privado como lo hacían en público. Los niños observan y no pasan por alto nada. No se les puede engañar y se asegurarán de comprobar que sus padres, maestros y pastores realmente vivan lo que «predican». Más aún, este tipo de comportamiento refleja una inconsistencia con su posición en Cristo.

No se puede tomar a la ligera la relación con Dios. No se puede separar la vida «spiritual» de la «secular». No existe tal separación. No hay —ni debe haber— diferencia alguna. Todo en la vida debe ser para la gloria de Dios y debes por tanto buscar adorarlo en todo lo que hagas. Vive para Él de manera santa y piadosa, confiesa tu pecado a diario y busca conocerlo más y más.

Cuídate de nunca olvidar…

El cristiano no puede olvidar la obra del Señor en su vida. No puede dejar de meditar en y agradecer al Señor por lo mucho que costó su salvación. Debe evitar volverse religioso y que se haga un callo tan grande que no le afecte en lo más mínimo vivir una doble vida. No olvides lo que Él hizo por ti (Dt. 8:11).

El ser humano olvida con facilidad. Por eso el cristiano debe cultivar un espíritu agradecido que recuerde las bondades de su Señor en todo tiempo (Sal. 103:2). Además, debe meditar continuamente en la palabra del Señor para que el Espíritu de Dios continúe renovando su mente. Solo este proceso constante hará que el cristiano sea fiel al Señor en la intimidad, sabiendo quién es él delante de Dios y quién es Dios.

No puedes engañar a Dios

Jesús constantemente recriminaba a los escribas y fariseos acerca su vida íntima. Estos líderes religiosos hacían todo para ser vistos por otros (Mt. 23:6), pero sus vidas privadas dejaban mucho que desear. Les importaba más la apariencia que una vida sincera que honrara al Señor, a quien decían seguir y servir. Por eso Jesús los comparó con sepulcros blanqueados (Mt. 23:27). Eran hipócritas (Mt. 23:13–15) y honraban al Señor «con sus labios» (Is. 29:13), «pero su corazón [estaba] muy lejos de [Él]» (Mt.15:8; cf. Is. 29:13). El Señor aborrece la mentira y la hipocresía espiritual (Mt. 23:1–36). Él no puede ser engañado. Tampoco puede ser burlado (Gá. 6:7). Él conoce tu vida por completo y nada está oculto delante de Él (Sal. 139:1–24).

Si Dios todo lo sabe, ¿por qué a menudo el cristiano vive pensando que puede engañar a un Dios omnisciente? Muchas veces no es por falta de conocimiento, sino por frialdad espiritual. Esta condición hace que la conciencia del cristiano se cauterice. La conciencia cauterizada acalla la culpa, permitiendo seguir adelante sin reparo, sin un semáforo que diga cuándo se debe detener. Alguien así vive como hipnotizado, sin ser afectado, mientras vive una doble vida. Ante el mundo presenta una cara, pero en la intimidad deja la actuación a un lado. Esta doble vida —una doble moral como la de los fariseos y escribas— parece no estorbarle en lo más mínimo, incluso cuando está al tanto que Dios todo lo conoce y que no puede ser burlado.

Un cristiano no puede caracterizarse por vivir una vida doble. Debe haber consistencia. Debe haber persistencia. Debe haber voluntad. Es en lo privado donde la verdadera relación con el Señor se da. Ahí no hay fingimientos. No hay nada que pueda ser ocultado. Todo es expuesto. Es en la intimidad de tu hogar donde se forjará tu caminar cristiano. El carácter piadoso no comienza en la iglesia, dirigiendo un servicio, sirviendo a otros o abrazando a los desvalidos con una enorme sonrisa. No. El carácter piadoso comienza a forjarse en lo privado, donde nadie te ve.

¿Qué debes hacer?

El cristiano debe examinarse continuamente. Debe ser sincero al reconocer su pecado delante del Señor. Una vez que ha reconocido su pecado, debe pedir perdón al Señor y anhelar verdaderamente un cambio, dependiendo del Señor en todo momento. El cristiano debe anhelar al Señor más de lo que anhela su propio pecado. Debe buscar insaciablemente la fuente de gozo eterna, ya que el gozo se encuentra solamente en Él. Si verdaderamente el cristiano disfrutase a Dios lo suficiente, pondría en mejor perspectiva su propio pecado. Todo hijo de Dios necesita cultivar a diario una relación de dependencia única con Dios donde Él sea la fuente de su gozo, deleite y satisfacción.

Es primordial que cada cristiano tenga una relación única y privada con el Señor. Esto no puede fingirse. No se trata de apariencias ni de acciones externas, sino de una relación personal e íntima con el Señor en la cual depende de Él únicamente. La dependencia de Él no es para lograr algo a favor, sino para ser transformado a su imagen. Se trata de pasar tiempo a solas con Él y hacer de esto un hábito. Es imposible vivir una vida santa en realidad sin disfrutar a diario junto a la fuente de vida eterna a solas, orando y leyendo la Escritura. Este patrón de vida transformará la mente del creyente (Ro. 12:2) para pensar adecuadamente (Fil. 4:8) y vivir adecuadamente (Ef. 4:1). Además, hará que el Espíritu Santo siga obrando la transformación que todo hijo de Dios anhela y que es consistente con su posición en Cristo (2 Co. 3:18).

Para ser transformado y vivir una vida santa en lo privado, debes vivir de manera consistente de acuerdo a lo que ya eres en Cristo. Eres su hijo y debes conducirte como uno. Para saber cómo conducirte debes acudir a su palabra constantemente y depender de Él en oración. John MacArthur afirma lo siguiente: «estudio su palabra para amarle, en el ejercicio más digno de nuestros afectos y para servirle, el propósito más honorable y encantador al que podemos dedicar nuestro tiempo y nuestros talentos»[1]. Encontrarás que tu vida tiene sentido, consistencia y valor a medida que le conozcas más y más. Además, el Señor será sumamente exaltado a medida caminas más y más en santidad, ya que no solo lo harás en lo privado sino que esto será muy evidente también en lo público. John Piper, en su libro «Hermanos, no somos profesionales», nos muestra de una forma muy sincera lo hay en su corazón y que debería ser un deseo genuino en cada creyente: amar y agradar a Cristo en lo privado y anhelar ser diferentes en este mundo caído[2]. Busca ser diferente a este mundo, anhela diferenciarte a la oscuridad. Busca constantemente la luz. Solo Cristo tiene la solución. Solo en Él está la vida. Sé honesto, reconoce tu pecado y sométete a tu Señor. Siente la miseria por tu pecado y ven a Él con un corazón sincero. Busca agradarle en todo, ya sea que alguien te vea o no.

[1] John MacArthur y Richard Mayhue, Teología sistemática: Un estudio profundo de la doctrina bíblica (Gran Rapids: Portavoz, 2018), 17.

[2] John Piper, Hermanos, no somos profesionales (Nashville: B&H, 2002), 21

Osvaldo Fuentes

Osvaldo Fuentes

Osvaldo Fuentes es oriundo de Chile (M.Div. Candidate) y sirve en el Iglesia Bíblica Berea, North Hollywood, CA. Actualmente está entrenándose en The Master’s Seminary, donde también trabaja como parte del equipo administrativo de los programas en español. Desde el año 2012, Osvaldo ha servido como anciano en «Iglesia Vida Nueva», Rafaela, Provincia de Santa Fe, Argentina, y ha colaborado en fundación de iglesias en Argentina. Además, estudió teología en el Instituto Bíblico Palabra de Vida, en Argentina. Osvaldo está casado con Marina y tienen dos hijos: Mateo, de 7 años y Luciano, de 5 años.

¿Por cuánto tiempo debo orar?

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Serie: Gratitud

¿Por cuánto tiempo debo orar?

C.N. Willborn

Nota del editor: Este es el capítulo 12 de 25 en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

La duración de las oraciones es un tema interesante, pero es más interesante que relevante. Me imagino que muchas personas han luchado con la duración de sus oraciones y han llegado a pensar: “¿Oré lo suficiente?” y “¿Estuvo Dios complacido con la cantidad de tiempo que pasé orando esta mañana?”. Estas preguntas son el producto de un enfoque metodológico pietista u orientado a las obras de la vida cristiana. Combina el pietismo con nuestro celo por la idea de que “mientras más grande, mejor”, y los cristianos terminan pensando cuantitativamente en vez de pensar cualitativamente acerca de la oración. Comenzamos a pensar más en nosotros mismos que en el Dios trino a quien oramos.

En la Biblia abundan los ejemplos de oraciones cortas.

¿Nos ofrece la Biblia ayuda para la disciplina de la oración? Claro que sí. Pero en ninguna parte la Biblia dice: “Orarás en intervalos de ______”. Encontramos a diversos personajes bíblicos orando a todas horas del día, pero poco se especifica sobre la duración. David oró en la noche (Sal 42:8), como también lo hizo nuestro Salvador (Mr 14:32). Nuestro Señor Jesús también oró temprano en la mañana (Mr 1:35). Las oraciones de Pablo parecen ser esporádicas, elevadas cuando era impulsado a alabar y cuando las necesidades se hacían evidentes.

No obstante, es instructivo notar la longitud de las oraciones registradas en las Escrituras. Comencemos con la oración modelo de nuestro Señor (Mt 6:8-13); ahí encontramos brevedad. Aun si fuera un “esquema de oración” para ser rellenado, yo te recordaría que nuestro Señor introdujo estos pocos versículos con las siguientes palabras: “Y al orar, no uséis repeticiones sin sentido” (Mt 6:7). Aquí Él enfatiza la calidad por encima de la cantidad (repetición). En la Biblia abundan los ejemplos de oraciones cortas. Moisés clamó al Señor por misericordia en un momento crucial, y su oración ocupa cuatro versículos (Dt 9:26-29). Elías oró para defender el honor de Dios en dos versículos (1 Re 18:36-37). La oración más crítica de Nehemías tomó siete versículos enormes (Neh 1:5-11). Todas las oraciones registradas de Pablo son cortas (por ejemplo, Flp 1:9-11Col 1:9-12). Incluso la oración de nuestro Señor como Sumo Sacerdote registrada en Juan 17 es corta. Léela en voz alta en algún momento y cronométralo, probablemente toma unos tres minutos.

Sí, a veces nos encontramos pasando un tiempo extendido en oración, pero la duración no es lo más importante. La clave está en orar la Biblia. Una guía útil para esto se encuentra en el Catecismo Menor de Westminster 98-107. Usemos las palabras de Dios y “[oremos] sin cesar” (1 Tes 5:17). Es decir, siempre que veamos algo digno de alabanza en la vida cotidiana, alabemos a Dios. Siempre que recordemos algo digno de agradecimiento durante el día, démosle gracias. Tan pronto veamos a un pecador, pidamos a Dios por éste. Siempre que seamos tentados, clamemos a Él. Esas oraciones serán cortas pero eficaces si oramos con fe (Mt 21:22). Aquí va una mejor respuesta a la pregunta “¿Por cuánto tiempo debo orar?”: hasta que mueras.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
C.N. Willborn
C.N. Willborn

El Dr. C.N. Willborn es pastor principal de Covenant Presbyterian Church en Oak Ridge, Tenn., Y profesor adjunto de teología histórica en Greenville Presbyterian Theological Seminary en Greenville, S.C.

¿Qué quiso decir Jesús cuando prometió una vida abundante?

Got Questions

¿Qué quiso decir Jesús cuando prometió una vida abundante?

En Juan 10:10, Jesús dijo, «El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. A diferencia de un ladrón, el Señor Jesús no viene por razones egoístas. Viene a dar, no a recibir. Viene para que las personas puedan tener vida en Él que sea significativa, con propósito, alegre y eterna. Recibimos esta vida abundante el momento que lo aceptamos como nuestro Salvador.

Esta palabra «abundante» en griego es perisson, que significa «excesivamente, altamente, más allá de la medida, más, superfluo, una cantidad tan abundante como para ser considerablemente más de lo que uno esperaría o anticiparía». En definitiva, Jesús nos promete una vida mucho mejor de la que nos podríamos imaginar, un concepto que nos recuerda de 1 Corintios 2:9: «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han subido en corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le aman». El apóstol Pablo nos dice que Dios es capaz de “hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos”, y lo hace por Su poder, un poder que está obrando dentro de nosotros si le pertenecemos a Él (Efesios 3:20).

Antes de comenzar a tener visiones de casas lujosas, coches caros, cruceros en todo el mundo, y más dinero de lo que podemos gastar, tenemos que hacer una pausa y pensar en lo que Jesús enseña sobre la vida abundante. La Biblia nos dice que la riqueza, el prestigio, la posición y el poder en este mundo no son las prioridades de Dios para nosotros (1 Corintios 1:26-29). En cuanto al estado económico, académico y social, la mayoría de los cristianos no procede de las clases privilegiadas. Claramente, entonces, una vida abundante no consiste de una abundancia de cosas materiales. Si ese fuera el caso, Jesús habría sido el más rico de los hombres. Pero es todo lo contrario (Mateo 8:20).

La vida abundante es la vida eterna, una vida que comienza en el momento que venimos a Cristo y lo recibimos como Salvador, y continúa a lo largo de toda la eternidad. La definición bíblica de la vida — específicamente la vida eterna — es proporcionada por Jesús mismo: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado » (Juan 17:3). Esta definición no hace mención de la longitud de los días, la salud, la prosperidad, la familia o la carrera. De hecho, lo único que menciona es el conocimiento de Dios, que es la clave para una vida verdaderamente abundante.

¿Qué es la vida abundante? En primer lugar, la abundancia es abundancia espiritual, no material. De hecho, Dios no se preocupa demasiado por las circunstancias físicas de nuestras vidas. Él nos asegura que no necesitamos preocuparnos por la comida ni la vestimenta (Mateo 6:25-32; Filipenses 4:19). Las bendiciones físicas pueden o no ser parte de una vida centrada en Dios; ni la riqueza ni la pobreza es un indicio seguro de nuestra posición con Dios. Salomón tuvo todas las bendiciones materiales disponibles para un hombre, pero encontró todo sin sentido – vanidad de vanidades (Eclesiastés 5:10-15). Pablo, por otro lado, estaba contento en cualquier circunstancia física en la que se encontraba (Filipenses 4:11-12).

En segundo lugar, la vida eterna, la vida por la cual un cristiano realmente se preocupa, no es determinada por la duración, sino por una relación con Dios. Esto es por qué, una vez que nos convertimos y recibimos el regalo del Espíritu Santo, se dice que tenemos la vida eterna ya (1 Juan 5:11-13), aunque no, por supuesto, en su plenitud. La duración de la vida en la tierra no es sinónimo de vida abundante.

Finalmente, la vida de un cristiano gira alrededor del principio de crecer “en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y el Salvador Jesucristo” (2 Pedro 3:18). Esto nos enseña que la vida abundante es un proceso continuo de aprendizaje, práctica, y maduración, así como fracaso, recuperación, adaptación, perseverancia, y superación, porque, en nuestro estado actual, “vemos por espejo, oscuramente” (1 Corintios 13:12). Un día veremos a Dios cara a cara, y le conoceremos completamente tal como seremos conocidos completamente (1 Corintios 13:12). Ya no lucharemos con el pecado y la duda. Esto será la vida abundante finalmente realizada.

Aunque somos naturalmente deseosos de cosas materiales, como cristianos, nuestra perspectiva de la vida debe ser revolucionada (Romanos 12:2). Así como nos convertimos en nuevas creaciones cuando venimos a Cristo (2 Corintios 5:17), así debe ser transformada nuestra comprensión de la «abundancia». La verdadera vida abundante consiste en una abundancia de amor, gozo, paz y el resto del fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23), no una abundancia de «cosas». Consiste en una vida que es eterna, y, por lo tanto, nuestro interés está en el eterno, no el temporal. Pablo nos amonesta, «Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Colosenses 3:2-3).

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Gratitud y queja

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Serie: Gratitud

Gratitud y queja

Marissa Henley

Nota del editor: Este es el décimo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Durante unos pocos meses gloriosos al final del 2011, casi nunca me quejé. Había tenido que pasar por varios meses de tratamiento por un cáncer poco común y me acababan de declarar libre de cáncer. No sabía cuántos días saludables tendría con mi familia joven antes de que el cáncer regresara, y estaba determinada a sacarle la mayor cantidad de gozo posible a cada día.

Para ponerlo de forma llana, dejé de quejarme al darme cuenta de que, estadísticamente hablando, debí haber estado muerta. Se me había concedido el don de la vida, y mi gratitud se desbordaba.

Pero no me tomó mucho tiempo olvidar lo que se me había concedido. Caí nuevamente en mis viejos hábitos de murmuración, tal como los israelitas que se maravillaron del poder de Dios en el mar Rojo pero no confiaron en que Él les proveería agua potable (Éx 14-15). Aunque yo había experimentado la fidelidad del Señor a través de las aguas profundas del sufrimiento, olvidaba Su bondad en los charcos más pequeños de mi día, tales como un clima sombrío o una fila lenta en la cafetería.

La gracia de Dios nos constriñe a responder con gratitud, no con murmuración.

Al enfrentarnos a las frustraciones y los inconvenientes menores de la vida diaria, tenemos que tomar una decisión: agradecer o murmurar. A medida que nos esforzamos por agradecer, necesitamos reconocer la pecaminosidad de nuestra murmuración, examinar las actitudes del corazón que yacen detrás de ella y descubrir su remedio en el Evangelio.

El pecado de la murmuración

Podríamos irritarnos ante la idea de que nuestra queja es pecaminosa. Pero en Filipenses 2:14, Pablo nos amonesta: “Haced todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones”. En contraste, nos exhorta a “[dar] gracias en todo” (1 Tes 5:18). En Números 14, Dios describe a los israelitas quejosos como una “congregación malvada” y les niega la entrada a la tierra prometida (vv. 26-30). La Escritura muestra claramente que Dios ve nuestra murmuración respecto a nuestras circunstancias como quejas pecaminosas contra Él.

La murmuración y la gratitud no pueden coexistir. Cuando decidimos murmurar, pecamos contra Dios. Cuando decidimos ser agradecidos, obedecemos a Dios y le glorificamos a medida que brillamos como luces ante el mundo que nos rodea (Flp 2:15).

La raíz de la murmuración

Algunas veces nuestras quejas surgen de un deseo de justicia o de un compromiso con el bienestar de otros. En Hechos 6, la Iglesia trajo de manera apropiada una queja a favor de las viudas que no estaban siendo atendidas. Cuando experimentamos o somos testigos de actos de injusticia o de abuso, necesitamos llevar esas quejas a las autoridades apropiadas.

Pero la mayoría de nuestras quejas están enraizadas en nuestro propio pecado más que en nuestra propia preocupación por otros. Nuestras murmuraciones centradas en nosotros mismos provienen de la ingratitud, el orgullo y la incredulidad. En nuestra ingratitud, fallamos en darle gracias a Dios por todas Sus buenas dádivas. Nos enfocamos en lo que nos hace falta en vez de regocijarnos en lo que Dios ha provisto. En nuestro orgullo, pensamos que sabemos lo que es mejor para nosotros. En vez de confiar en los planes de Dios, queremos las cosas a nuestra manera. En nuestra incredulidad, no confiamos en que Dios nos dará lo que necesitamos. Le decimos a Dios: “Lo que has hecho no está bien. Lo que nos has dado no es suficiente”. Necesitamos la ayuda del Espíritu Santo para arrancar esta maleza de nuestros corazones murmuradores, y en cambio crecer en gratitud, humildad y dependencia del Señor.

El remedio para la murmuración

El remedio para nuestras quejas es recordar el Evangelio. En esos días sin quejas del 2011, era profundamente consciente de que había sido librada de la enfermedad y de la muerte, y de cómo se me había concedido la salud y la vida. Ver la bondad y la fidelidad de Dios era fácil.

Pero algunas veces, nuestras desafiantes circunstancias opacan las buenas dádivas de Dios. Nos cuesta dar gracias cuando abundan las razones para la murmuración. En esos días, necesitamos cultivar la gratitud del Evangelio. Cuando consideramos lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo, tenemos razones interminables para intercambiar nuestras protestas por alabanza.

Hermanos y hermanas en Cristo, ustedes han sido rescatados de la muerte y se les ha dado una vida nueva. Cristo “nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales” (Ef 1:3). Todas las circunstancias de sus vidas son ordenadas por nuestro Padre bueno, fiel y sabio. Cuando enfrenten luchas terrenales, pueden regocijarse en sus riquezas eternas en Cristo.

Ya sea que estemos frustrados a causa de un compañero de trabajo que no coopera o por niños que no obedecen; ya sea que nuestro día sea interrumpido por un pequeño inconveniente o por una gran decepción, esta verdad permanece: la gracia de Dios nos constriñe a responder con gratitud, no con murmuración. Cuando hacemos todas las cosas sin quejarnos, le damos gloria a Aquel que nos da un sinfín de razones para alabarle.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Marissa Henley
Marissa Henley

Marissa Henley es autora de Loving Your Friend through Cancer: Moving beyond «I’m Sorry» to Meaningful Support [Amando a tu amigo en medio de su cáncer: Yendo más allá de “Lo Siento” para dar un apoyo significativo].

¿Dónde y cuándo debo orar?

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Serie: Preguntas claves sobre la oración

¿Dónde y cuándo debo orar?

Nathan W. Bingham

Nota del editor: Este es el undécimo de 25 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Un amigo mío está a solo unas semanas de casarse. Una cosa que le he enfatizado este año es que la buena comunicación es una de las claves para un matrimonio fructífero. Como seres relacionales creados a imagen de Dios, todos reconocemos este aspecto vital de las relaciones cercanas. Por eso es útil recordar que la oración es, como Juan Calvino decía a menudo, una «conversación con Dios».

¿Cuándo debemos orar? Al igual que la conversación dentro de un matrimonio saludable, la oración es, de manera ideal, frecuente y orgánica. Si solo hablara con mi esposa durante períodos de tiempo programados al principio o al final del día, o peor aún, solo los domingos, podría haber un problema. A la vez, programar momentos intencionales para tener una conversación más profunda e ininterrumpida, quizás mientras los niños están en la cama o mientras salimos a cenar, es extremadamente saludable. Notamos esta tensión en las Escrituras cuando se nos manda a «[orar] sin cesar» de una manera muy orgánica (1 Tes 5:17) y a la misma vez vemos a cristianos orando en momentos determinados y no de manera accidental.

No priorizar la oración es priorizar otra cosa.

Como cristiano, no me llevó mucho tiempo aprender que si no reservaba un tiempo diario para orar, las ocupaciones de la vida se me interpondrían muy fácilmente. No priorizar la oración es priorizar otra cosa. Al mismo tiempo, también aprendí que cuando doy prioridad a establecer un tiempo para orar, tiendo a tratarlo como un elemento más en mi lista de tareas pendientes. Puedo caer en la trampa tachar a Dios y luego olvidarme de Él. Enfocar la oración como algo que tengo que hacer puede llevarme a descuidar al Señor durante todo el día. No te desalientes. Al igual que la comunicación en un matrimonio saludable, por la gracia de Dios, una vida de oración saludable se desarrolla con el tiempo.

Otra pregunta es dónde debemos orar. Muchas mañanas he orado en la cama. También he pasado muchas mañanas volviéndome a dormir. Creo que la respuesta sobre dónde debemos orar es liberadora y simple: debemos orar donde necesitemos orar. Si estás a punto de entrar en una reunión de negocios o en una habitación con un niño malcriado e impenitente, ora en tu mente o en voz baja por sabiduría o paciencia. Si necesitas confesar un pecado u orar por un ser querido que atraviesa una prueba y no deseas ser interrumpido o distraído, busca un lugar alejado de interrupciones y distracciones. Las Escrituras no limitan la oración solo dentro del edificio de una iglesia. Debemos orar donde necesitemos orar. Pero si una determinada ubicación nos estimula a quedarnos dormidos, tal vez deberíamos buscar otro lugar.

Si bien Dios no prescribe un momento o un lugar específico para la oración, sería sabio reservar momentos específicos para orar y utilizar lugares apropiados para la oración. La manera de hacer esto será diferente para cada persona según las diferentes estaciones y situaciones de la vida.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nathan W. Bingham
Nathan W. Bingham

Nathan es el Director General de Comunicaciones para Ligonier Ministries y un graduado del Presbyterian Theological College en Melbourne, Australia. Escribe en NWBingham.com. Lo puedes seguir en Twitter @NWBingham.

La gratitud en medio de la pérdida

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Serie: Gratitud

La gratitud en medio de la pérdida

Michael S. Beates

Nota del editor: Este es el noveno de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Ser agradecido es valorar los beneficios recibidos, sentir gratitud. Pero ¿cómo puede alguien ser agradecido cuando los sueños se esfuman? ¿O cuando somos golpeados por la enfermedad, la discapacidad, la traición de los amigos más cercanos o cualquier otra pérdida irrecuperable? ¿De dónde viene la gratitud cuando las providencias difíciles parecen robarle el gozo al futuro? Este era el dilema de Job. Luego de haber perdido prácticamente todo menos el aliento, Job deseó no haber nacido nunca.

Yo he estado allí. Recuerdo momentos en los que mi amada esposa y yo nos hemos dicho el uno al otro (¡en voz alta!): “¿Acaso no sería mucho más fácil morir y estar con Cristo que continuar en esta tristeza y desazón?”.

Debido a que somos seres humanos, tenemos tanto recuerdos del pasado como anhelos para el futuro. Sin embargo, cuando los recuerdos del pasado nos causan dolor y los anhelos para el futuro son imposibles de cumplir (en esta vida), la gratitud es una cosa difícil pero preciosa de cultivar. Aun así, debemos cultivarla. Debemos protegerla, nutrirla, regarla y cuidarla con todas nuestras fuerzas, como si fuera una planta frágil con un pequeño tallo que brota. Alguien ha dicho: “Dios no desprecia los comienzos pequeños”. Y la Escritura nos recuerda que Él “no quebrará la caña cascada, ni apagará el pabilo mortecino; con fidelidad traerá justicia” (Is 42:3). Esto es alentador.

Al escribir esto, me doy cuenta de que hace casi exactamente treinta y ocho años murieron muchos sueños para mi esposa y para mí. A nuestra primogénita, Jessica, le diagnosticaron discapacidades severas ocasionadas por una anomalía cromosómica. Ella necesitaría cuidado total durante el resto de su vida. Nunca iba a caminar, hablar, ni tener una vida significativa (al menos ante los ojos del mundo). Se esfumó el sueño de verla desarrollarse y convertirse en jovencita, de dar su mano en matrimonio, de jugar con sus hijos en mi regazo cuando fuera anciano. De inmediato, ya no pensábamos en lo que podríamos hacer, sino a lo que nunca más podríamos hacer debido al cuidado que requería su vida.

Las pérdidas más profundas producen en nosotros la esperanza del gozo y el contentamiento más profundos.

Poco después de eso, en nuestra búsqueda de información, me encontré con una frase fascinante que describía nuestra vida en ese momento: tristeza crónica. Piensa en esas palabras por un momento. Cada vez que veíamos a otros padres cumplir metas con sus hijos, experimentábamos la tristeza de no verlas en nuestra amada hija.

J.R.R. Tolkien nos ayuda a comprender esta realidad. En su ensayo “Sobre los cuentos de hadas”, dice que la esperanza de un final feliz (en los cuentos)

no niega la existencia de la discatástrofe, de la tristeza y del fracaso: la posibilidad de éstos se hace necesaria para el gozo de la liberación; niega (ante muchas evidencias, por así decirlo) la completa derrota final, y en este sentido es evangelium [“buenas noticias” en griego], ya que ofrece un fugaz resplandor de Gozo, Gozo que trasciende las murallas de este mundo, tan conmovedor como la tristeza misma.

Luego, expandiendo esta idea en una carta a su hijo Christopher en 1944, Tolkien dijo:

La Resurrección fue la mayor “eucatástrofe” posible en el Cuento de Hadas más grandioso, y produce esa emoción esencial: el gozo cristiano que produce lágrimas porque tiene cualidades muy similares a la tristeza, ya que viene de esos lugares donde el Gozo y la Tristeza se reconcilian en armonía, cuando el egoísmo y el altruismo se ven perdidos en el Amor.

¿Lo viste? El gozo y la tristeza están tan íntimamente relacionados que ambos producen lágrimas. En la gran historia de Dios, las pérdidas más profundas producen en nosotros la esperanza del gozo y el contentamiento más profundos. Esto no tiene sentido ante los ojos del mundo, pero es la naturaleza del Evangelio.

Hay un poema magnífico escrito por Emily Kingsley que se titula “Bienvenido a Holanda”. Como madre de un niño discapacitado, Kingsley dice que la pérdida es como planificar un viaje a Italia para ver las maravillas de la arquitectura, el arte y el Renacimiento del sur de Europa, pero cuando te bajas del avión, te das cuenta de que llegaste a Holanda. Los vientos del Mar del Norte son brutales; los colores están apagados; el arte, la cultura y el idioma no son lo que esperabas. Pero aun así, si estás dispuesto, puedes encontrar belleza en los tulipanes y los molinos de viento. Ella concluye: “Si pasas el resto de tu vida lamentándote por no haber podido llegar a Italia, nunca serás libre para disfrutar de las cosas tan especiales y tan maravillosas… que tiene Holanda”. Sé agradecido por las pequeñas bendiciones. Cultívalas para que produzcan gozo.

Joni Eareckson Tada nos recuerda que “a veces Dios permite lo que Él odia para producir cosas que Él ama”, aun nuestra santificación y nuestra salvación. Hay una verdad profunda en esta afirmación, que informa nuestra comprensión de la gratitud incluso en los tiempos de pérdida.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Michael S. Beates
Michael S. Beates

El Dr. Michael S. Beates, ex Director Adjunto de Tabletalk Magazine, ha impartido clases en el Reformed Theological Seminary, en Florida Southern College y en Belhaven College.

La gratitud y la bondad soberana de Dios

Ministerios Ligonier

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Serie: Gratitud

La gratitud y la bondad soberana de Dios

Eric J. Alexander

Nota del editor: Este es el octavo de 13 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Cuando pienso en mi infancia, aún recuerdo vívidamente la manera en que mis padres trabajaron duro para enseñar a sus hijos la importancia de la gratitud.

Cuando llegaba alguna visita con regalos para nosotros, siempre se nos preguntaba: “¿Qué se dice?”. Inmediatamente respondíamos: “Muchísimas gracias”, enfatizando la palabra muchísimas si estábamos muy agradecidos. Cuando los invitados se marchaban, mi madre nos recalcaba cuán amables y generosos habían sido con nosotros.

Cuando la salvación en Cristo llegó a nuestro hogar, no fue sorprendente para nosotros aprender que la Escritura nos instaba a “[dar] gracias en todo” (1 Tes 5:18). Por supuesto, la causa básica para la gratitud era que Dios el Padre no escatimó a Su propio Hijo, sino que lo entregó para morir en la cruz y así lograr nuestra salvación. Pero más que eso, la naturaleza y la práctica de Dios era derramar Su bondad sobre Sus criaturas, por lo que Su pueblo cantaba: “Ciertamente Dios es bueno para con Israel”, e instaba a otros: “Probad y ved cuán bueno es el Señor”.

Esto me impresionó tanto que hasta recuerdo la primera vez que me explicaron el capítulo ocho de Romanos cuando era adolescente. Romanos 8:28 dice que “para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien”. Pablo no está diciendo meramente que Dios le da buenas dádivas a Su pueblo. En realidad, él está asegurándole a cada creyente que hay un Dios soberano obrando en toda circunstancia (incluyendo los padecimientos del versículo 17 y los gemidos del versículo 23) para el bien eterno de Su pueblo. John Stott comenta: “Nada sobrepasa el alcance supremo de Su providencia”.

No hay área de la vida en la que Dios no esté misericordiosamente comprometido a suplir constantemente nuestras necesidades.

J.I. Packer señala que la palabra bíblica para esto es “gracia”, tanto la gracia común como la especial. La gracia común se refiere a las bendiciones de nuestra vida diaria, mientras que la gracia especial se refiere a la bendición de la salvación de Dios. Sobre la primera, Packer dice: “Cada alimento, cada placer, cada posesión, cada destello de luz del sol, cada sueño nocturno, cada momento de salud y seguridad, y todo lo demás que sostiene y enriquece la vida es un don divino”. Es significativo que la raíz anglosajona de donde proviene la palabra God [Dios] significa “good” [bueno]. A. W. Pink añade: “Su bondad no se deriva de nada: es la esencia de Su naturaleza eterna”.

Ahora, a la luz de todo esto, no es sorprendente que la Biblia suela asociar la bondad de Dios con nuestra gratitud, sobre todo en los Salmos: “Dad gracias al Señor, porque Él es bueno” (Sal 107:1). 

Para el cristiano, la ingratitud no solo evidencia una ausencia de buenos modales. Es un pecado contra el Dios que no escatimó a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros. A medida que crecemos en experiencia cristiana y en nuestro conocimiento de la Escritura, descubrimos que la naturaleza y la práctica diaria de Dios es derramar Su bondad sobre Su pueblo, cubriendo cada área de la vida. Su gracia y poder son más que suficientes para suplir lo que es bueno para nosotros, tanto espiritualmente como materialmente. Con razón podemos cantar alegremente: “Loemos a Dios por Su bondad, el amigo inmutable, fuerte y fiel; Su poder a Su amor es igual, sin medida ni fin por siempre. Amén”.

Por supuesto, es importante clarificar, tanto para nosotros mismos como para nuestros hijos, que “toda buena dádiva y todo don perfecto” no es una referencia a la prosperidad material. Podría o no incluir eso, pero en Romanos 8:28 Pablo nos dice: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito”. Y allí mismo dice claramente cuál es ese propósito: que sean “hechos conforme a la imagen de Su Hijo”. Por lo tanto, lo que más le importa a Dios es nuestro bienestar espiritual, que desarrollemos una verdadera similitud a Cristo. Ahora, eso no debería cegarnos a la verdad que Pablo detalla en el mismo capítulo de que “el que no eximió ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con Él todas las cosas?” (v. 32). “Todas las cosas” debe incluir tanto los dones materiales como los espirituales. No hay área de la vida en la que Dios no esté misericordiosamente comprometido a suplir constantemente nuestras necesidades (nota, no necesariamente lo que queremos o deseamos) y en la que no esté demostrando Su absoluta suficiencia para cada uno de Sus hijos. A la luz de esto, el salmista nos insta a decir: “Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de Sus beneficios” (Sal 103:2). Y Pablo hubiera añadido felizmente: “Y hazme más como Jesús”.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Eric J. Alexander
Eric J. Alexander

El Rev. Eric J. Alexander es un ministro retirado de la Iglesia de Escocia. Estuvo sirviendo recientemente como ministro principal de St. George’s-Tron Church en Glasgow hasta su retiro. Es el autor de Our Great God and Saviour [Nuestro gran Dios y Salvador].

¿Eres un liberal o un legalista? ¿Existe alguna otra opción?

Coalición por el Evangelio

¿Eres un liberal o un legalista? ¿Existe alguna otra opción?

Sugel michelen

Mucha gente tiende a pensar que la antítesis del legalismo es el liberalismo. Por tal razón, cuando hablas en contra de uno de estos extremos, muchos presuponen que debes estar en el otro.

Sin embargo, una de las lecciones que el Señor Jesucristo nos enseña en la parábola del hijo pródigo es que un hombre puede perderse viviendo como un liberal o como un legalista; los dos hermanos de la historia representaban esos dos extremos, y los dos estaban igualmente perdidos. De manera que esas no son las únicas dos opciones que hay.

Si queremos darle un golpe mortal al legalismo, el arma que debemos usar no es el liberalismo, sino el evangelio. Esa es una de las grandes lecciones del libro de Gálatas y de Colosenses (por solo citar dos cartas que enfatizan este tema en el NT).

Muchos sienten temor cuando se habla demasiado acerca de la gracia en las iglesias, porque algunos pueden abusar de ella. Presuponen que la mejor manera de mantener a los cristianos transitando por la senda estrecha es no hablar tanto de la gracia y de la libertad que tenemos en Cristo. El próximo paso será poner un conjunto de reglas que no están en la Biblia.

Pero si queremos que los pecadores sean salvados, y que los creyentes avancen en su camino hacia la madurez espiritual y hacia la santidad, debemos seguir proclamando el evangelio de la gracia de Dios en Cristo.

Martín Lutero acuñó un término teológico, que ha venido a ser de uso común a partir de entonces: “antinomianismo” (contra la ley). Pero ahora escuchen lo que dijo Lutero en cierta ocasión: “Si un predicador no es acusado en algún punto de su ministerio de ser antinomiano no está predicando el evangelio”.

No sé si debemos ser tan categóricos como Lutero en este asunto, pero es interesante notar que Pablo previó esa posibilidad en el cap. 6 de su carta a los Romanos. Lo cierto es que nunca enfatizaremos demasiado la gracia de Dios en nuestro ministerio. Y si la predicamos apropiadamente, no tenemos que tener temor.

Como dice el pastor Tullian Tchividjian: “Si realmente eres capturado por la gracia, no vas a usar tu libertad para ser indulgente contigo mismo, sino para glorificar a Dios” (Gal. 5:13).

De manera que si quieres avanzar en tu vida cristiana, pídele a Dios que te ayude a tener un mejor entendimiento del evangelio de la gracia, porque sólo de ese modo entenderás los recursos que tienes en Cristo para ser santo, y tendrás la motivación que necesitas para seguir avanzando en el camino de la madurez y la santidad (2Cor. 5:14).

Leí en estos días una ilustración muy apropiada en ese sentido. Pensemos en la vida cristiana como un velero. La ley moral son los instrumentos de navegación que mantienen el barco en rumbo; pero la gracia es el viento que mueve las velas. Sin los mandamientos de Dios, el barco pierde el rumbo; pero sin la gracia no se mueve.

No se trata de una cosa o la otra, sino de ambas operando al mismo tiempo, siempre poniendo la gracia delante y la obediencia detrás. No lo olvides: el legalista te dice que debes obedecer para ser aceptado por Dios; el evangelio, por otra parte, al mover al pecador a aceptar por fe la gracia de ser aceptado en Cristo, te mueve a la obediencia.

El pastor Michelén ha formado parte del Consejo de Ancianos de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en Santo Domingo, República Dominicana, durante más de 30 años.Tiene la responsabilidad de predicar la Palabra regularmente en el día del Señor.Tiene una Maestría en Estudios Teológicos y es autor de varios libros: Historia de las Iglesias Bautistas Reformadas de Colombia, Coautor junto al Pastor Julio Benítez; La Más Extraordinaria Historia Jamás Contada, Palabras al Cansado – Sermones de aliento y consuelo; Hacía una Educación Auténticamente Cristiana, El que Perseverare Hasta el Fin; y publica regularmente artículos en su blog “Todo Pensamiento Cautivo”https://www.todopensamientocautivo.com/

Él es instructor asociado en Universidad Wesleyana en Indiana (IWU), extensión en español; enseña Filosofía en el Colegio Cristiano Logos; y durante 10 años, ha sido profesor regular de la Asociación Internacional de Escuelas Cristianas (ACSI) para América Latina. El pastor Michelén, junto a su esposa Gloria tiene tres hijos y cuatro nietos.

¿Qué significa «Amén»?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Preguntas claves sobre la oración.

¿Qué significa «Amén»?

Jared Oliphint

Nota del editor: Este es el décimo de 25 capítulos en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

«Como era al principio, es hoy y habrá de ser eternamente. Amén, amén». Desde los inicios del cristianismo, los creyentes han cantado alguna versión de este himno, el Gloria Patri. Esa palabra repetida al final del himno — «amén»— marca el final de himnos, oraciones e incluso credos como el Credo Apostólico, de una manera familiar, tal vez demasiado familiar. Es posible que te hayas sorprendido a ti mismo en algún momento repitiendo mecánicamente esta palabra. Sin embargo, esta pequeña palabra debe ser dicha con convicción e intencionalidad, porque conecta al pueblo de Dios hoy con Su pueblo pactual del pasado.

La palabra amén se remonta al Antiguo Testamento cuando Dios formó a un pueblo pactual para Sí mismo. Puede que hayas escuchado la expresión: «Y todo el pueblo de Dios dijo» seguido por un resonante, «¡Amén!». Tanto la palabra misma como su función en el lenguaje están estrechamente relacionadas con la idea de verdad. Actúa como señal de que hay un acuerdo, y al igual que en el Gloria Patri, con frecuencia se repetía: «Amén y amén» (Neh 8:6Sal 72:1989:52).

Abstenerse de decir «amén» puede ser apropiado a veces.

En el Nuevo Testamento, la palabra continúa siendo usada. En Romanos 1:25 y en otros lugares, Pablo lo usa para enfatizar la adoración a nuestro Creador. En 1 Corintios 14:16 él dice: «Si bendices solo en el espíritu, ¿cómo dirá el Amén a tu acción de gracias el que ocupa el lugar del que no tiene ese don, puesto que no sabe lo que dices?». Decir «amén» da por sentado que entiendes y que estás consciente de lo que estás afirmando en adoración.

Al mismo tiempo, Dios no espera que demos ciegamente amenes a cada una de las oraciones que oímos. Si la palabra amén está atada a la verdad, parte de ser responsable con lo que afirmamos es discernir lo que podemos y lo que no podemos afirmar. Aunque Pablo esperaba que una congregación caída como la de Corinto continuara la tradición de alabar a Dios mediante el uso del amén, él sabía que no toda oración sería infalible. Si una oración incluye algo descaradamente falso que va en contra de la Escritura, estaríamos en nuestro derecho de no decir «amén» al final. La teología y la práctica falsas nunca glorifican a Dios, y si estamos en una iglesia donde esto es un problema perpetuo, puede ser el momento de buscar otras opciones donde congregarnos. Por lo tanto, abstenerse de decir «amén» puede ser apropiado a veces.

Pero la abstención debe ser la excepción. Dios nos ha dado los medios para conectarnos con Su pueblo pactual del pasado, siendo tan pecaminosos como somos, y la práctica y tradición de decir la antigua palabra amén contribuye a esa conexión. Cuando recordamos que participar en esta tradición no se trata de nosotros mismos sino de dar gloria al Dios de la verdad, nos damos cuenta de que nuestros amenes nos ayudan a dirigir nuestro enfoque lejos de nosotros mismos y más apropiadamente hacia Dios.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Jared Oliphint
Jared Oliphint

Jared S. Oliphint es estudiante de doctorado en filosofía en la A&M University de Texas y estudiante de maestría en el Westminster Theological Seminary de Filadelfia.

¿Es pecado el ciber-sexo o el sexo por teléfono?

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¿Es pecado el ciber-sexo o el sexo por teléfono?

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En ninguna parte la biblia menciona el ciber-sexo (cibersexo) o sexo por teléfono, obviamente, porque nada que tenga que ver con «ciber» o «teléfono» era posible en tiempos bíblicos. La respuesta a esta pregunta depende en cierta medida de si las personas implicadas están casadas entre sí. Dentro del matrimonio, el ciber-sexo o el sexo por teléfono estarían dentro del principio del «mutuo consentimiento» de 1 Corintios 7:5. Para obtener más información, consulte nuestro artículo sobre lo que sexualmente se permite en un matrimonio.

Fuera del matrimonio, la palabra de Dios nos da algunos principios que definitivamente se aplican al ciber-sexo o al sexo por teléfono. Filipenses 4:8 nos dice, «Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad». Además, hay muchas escrituras que indican que las relaciones sexuales fuera del matrimonio son pecado (Hechos 15:20; 1 Corintios 5:1; 6:13,18; 7:2; 10:8; 2 Corintios 12:21; Gálatas 5:19; Efesios 5:3; Colosenses 3:5; 1 Tesalonicenses 4:3; Judas 7). Jesús mismo nos enseñó que desear algo que es pecaminoso también es pecado: «Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón» (Mateo 5:27-28). Proverbios 23:7 dice, «Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él».

El ciber-sexo y el sexo por teléfono son, en esencia, desear algo que es pecaminoso (fornicación o adulterio). El ciber-sexo y el sexo telefónico son fantasear con lo que es inmoral e impuro. En ningún sentido el ciber-sexo o el sexo telefónico se podrían considerar como algo noble, justo, puro, amable, admirable, excelente o digno de elogio. El ciber-sexo y el sexo telefónico son prácticamente adulterio. Es fantasear con una persona con lujuria y motivar a la otra persona al deseo inmoral. Estas pueden llevar a una persona a la trampa de la «creciente maldad» (Romanos 6:19). Una persona que es inmoral en su mente y en sus deseos, eventualmente se convierte en inmoral en sus acciones. Sí, fuera del matrimonio, el ciber-sexo y el sexo telefónico es pecado.

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