Cuando no siento gratitud

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Gratitud

Cuando no siento gratitud

Eric Kamoga

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Dios ha provisto la manera para que los cristianos enfrenten el pecado: el Evangelio de la gracia, que presupone el odio de Dios hacia el pecado. Dios perdona porque otro ha tomado el castigo por nuestro pecado. El remedio para la ingratitud es la gloriosa gracia de Dios en Cristo, sucintamente capturada en Romanos 8:32: “El que no eximió ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con Él todas las cosas?”. Contemplar la gracia no solo conduce al arrepentimiento, pues resalta lo abominable de la ingratitud, sino que también produce agradecimiento, porque muestra la generosidad de Dios.

El descontento con la provisión de Dios produce codicia e ingratitud. Adán y Eva no consideraron que la generosa provisión de Dios en Su creación y Su presencia fueran suficientes. En incredulidad y codicia, se aferraron a lo que veían como una necesidad que Dios, obrando sin amor, había fallado en satisfacer. Dios no sólo juzgó su pecado sino que también misericordiosamente prometió y proveyó redención en Cristo (Gn 3). La persona ingrata arremete contra el amor y la generosidad del Padre, rehusando honrar a Dios como el Dador verdadero de todas las cosas buenas, buscando en las dádivas lo que se encuentra solo en el Dador (Ro 1:21-23Stg 1:17). La ingratitud surge cuando no valoramos correctamente el tesoro que ya tenemos.

El contentamiento es la base de la gratitud.

Para curar la ingratitud, uno debe apreciar los dones otorgados dentro del contexto de las bendiciones perdurables dadas en Cristo (Ef 1:3). Sentir gratitud por las bendiciones temporales de Dios, aunque bueno y necesario, es insuficiente. La gratitud por los alimentos diarios no se limita a la comida física sino que se extiende y apunta al alimento espiritual diario y a la fiesta del Cordero que se aproxima (Ap 19:7-10). Israel se quejó por la ausencia de los manjares egipcios, no solo porque había olvidado lo que Dios había hecho, sino porque una dieta variada parecía ser un tesoro más deseable que Dios mismo, quien estaba en medio de ellos, y lo que Él estaba haciendo, a saber, mostrándoles la necesidad que tenían del Pan celestial y Su poder de provisión (Nm 11:4-6Dt 8:2-5Jn 6:25-35). Ellos no recibieron la ausencia de una dieta variada como un regalo. Cuando Israel prosperó, seguían siendo ingratos porque se enfocaban en las dádivas en lugar del Dador. 

En contraste, Pablo tenía contentamiento en cada situación, tanto en la abundancia como en la escasez, porque él estaba satisfecho en el Dador de todas las circunstancias (Fil 4:12). Él tenía contentamiento y, por lo tanto, sentía gratitud porque sabía que tenía el mejor regalo posible, Cristo en nosotros, y porque recibió todas las circunstancias, incluyendo las pruebas, como regalos de un Padre amoroso (Ro 5:1-5Heb 12:3-1113:5-6). Contentos por nuestro perdurable tesoro, podemos recibir gratamente todas las circunstancias como de la mano amorosa de nuestro Padre (Mt 13:44-46Ro 8:2833-39). El contentamiento es la base de la gratitud.

Si y cuando uno cae en la ingratitud, apreciar la generosidad de Dios en Cristo es una parte necesaria del arrepentimiento. El arrepentimiento nunca es solamente acerca del pecado y del odio hacia este (2 Co 7:10). Judas Iscariote lamentó su pecado pero se ahorcó (Mt 27:3-5). El verdadero arrepentimiento también pondera y recibe la gracia de Dios otorgada en Cristo. Una vez que consideramos la generosa provisión de Dios, podemos ver la ingratitud correctamente en el contexto de la gracia y clamar: “Estoy agradecido; ayuda mi ingratitud”. Debido a que la respuesta de Dios a la ingratitud es una provisión adicional de Su gracia inagotable y una entrega continua de todas las cosas en Cristo, podemos descansar en esta gracia a pesar de la tensión con la que vivimos mientras esperamos nuestra perfección como hijos de Dios, quienes, como Cristo, seremos perfectamente agradecidos.

El enfocarnos en la provisión de Dios en Cristo, nos ayuda a recibir la gracia para nuestro inexcusable pecado de la ingratitud, dar gracias y recordar el regalo más grande que ya tenemos y tendremos para siempre: Cristo, Dios con nosotros. Este es el antídoto para la tentación de creer que somos indignos del amor de Dios por nuestra ingratitud o que Dios nos está privando de algo bueno. Nuestros primeros padres sucumbieron ante esta última tentación aun cuando Dios ya había provisto lo que ellos buscaban al crearlos en Su propia imagen y semejanza. Su fe, demostrada por medio a la obediencia, habría resultado en la consumación del estatus de ser como Dios. Dios ha garantizado nuestra perfección en Su semejanza al sellarnos con Su Espíritu (Ef 1:134:24Col 3:4101 Jn 3:2). Tener contentamiento en esta provisión eterna, entendida por medio de la fe, produce que el arrepentimiento y la acción de gracias surjan espontáneamente de corazones perdonados.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Eric Kamoga
Eric Kamoga

Eric Kamoga es profesor en el Africa Reformation Theological Seminary en Kampala, Uganda, y estudiante de doctorado en el Westminster Theological Seminary en Filadelfia.

¿Qué significa SOLA GRATIA?

Teología Express

¿Qué significa SOLA GRATIA?

Jairo Chaur

Jairo Chaur es pastor en la Iglesia Evangélica de la Gracia, en Barcelona (España). Para más información pueden consultar nuestra web:
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Música: Samuel Barceló – Vida Eterna (CD Vida Eterna)

Dios les bendiga. Soli Deo Gloria

¿Es necesario terminar cada oración con “en el nombre de Jesús”?

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Serie: Gratitud

¿Es necesario terminar cada oración con “en el nombre de Jesús”?

Mantle A. Nance

Nota del editor: Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Preguntas claves sobre la oración.

Jesús enseñó repetidamente a Sus discípulos a orar en Su nombre (Jn 14:13-1415:1616:23-24). Orar en el nombre de Jesús es reconocer que nuestro acceso a Dios en oración es solo a través de Jesús. Como pecadores, estamos separados de Dios y hemos perdido la comunión con Él. A través de la fe en Cristo solo, nuestra comunión con Dios es restaurada. Por gracia, el Espíritu Santo nos une a Cristo y nos concede entrada a la comunión —la vida de oración— que Jesús tiene con Su Padre celestial, de tal manera que, como hijos adoptivos de Dios, podemos llamar al Padre de Jesús nuestro Padre y experimentar una comunión íntima y vivificante con Él (Mt 6:9Rom 8:15).

Cuando consideramos nuestra pecaminosidad y la santidad de Dios, podemos perder la motivación para orar. Puede que creamos que Dios no quiere saber de nosotros debido a nuestros fracasos o que Él está cansado de escucharnos confesar los mismos pecados o hacer las mismas peticiones una y otra vez. La buena noticia es que cuando los creyentes invocan al Padre en oración, lo hacemos en el precioso nombre de Jesús y cubiertos en Su justicia. El Padre se deleita en responder a cualquiera que lo invoque en el nombre de Su Hijo. Nuestras oraciones son «aceptas en el Amado» y son escuchadas tan claramente como las oraciones del Cristo intercesor (Ef 1:6Heb 7:25).

Es correcto y sabio decir las palabras «en el nombre de Jesús» cuando oramos.

Estas maravillosas verdades a veces llevan a los cristianos a preguntarse: ¿es necesario terminar cada oración con «en el nombre de Jesús»? O dicho de otra manera, ¿necesitamos decir las palabras «en el nombre de Jesús» cada vez que oramos? No creo que estemos obligados a decir «en el nombre de Jesús» cada vez que oramos. Lo importante es que reconozcamos en nuestro corazón que nuestro acceso a Dios en oración es solo a través del «[único] mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre» (1 Tim 2:5).

Habiendo dicho esto, es correcto y sabio decir las palabras «en el nombre de Jesús» cuando oramos. Hacer esto honra la exclusiva obra mediadora de Jesús y por lo tanto glorifica al Padre que lo escogió para ser el Sumo Sacerdote de Su pueblo (Heb 5:5). También honra y expresa la obra del Espíritu que, como dijo Benjamin Morgan Palmer, crea una «empatía viva» entre los santos que oran en la tierra y el Cristo que intercede en el cielo, conduciéndonos a orar con Cristo «Abba, Padre» (Gál 4:6). Además, decir «en el nombre de Jesús» cultiva la confianza en nosotros y en aquellos con quienes oramos para acercarnos al trono de la gracia con confianza, sabiendo que nuestro Padre se deleita en escuchar y responder a todos los que oran en el nombre de Su Hijo (Heb 4:16).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Mantle A. Nance
Mantle A. Nance

El Dr. Mantle A. Nance es pastor de la iglesia presbiteriana Ballantyne en Charlotte, N.C.

Cómo la gratitud moldea nuestro servicio

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Serie: Gratitud

Cómo la gratitud moldea nuestro servicio

Steffen Mueller

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Todo cristiano debería ser profundamente agradecido por múltiples razones. Encontramos algunas de ellas en Colosenses 3:12-17, donde se enumeran las características de las que debemos revestirnos “como escogidos de Dios, santos y amados” (v. 12). 

Dios no nos escogió porque somos más inteligentes, más fuertes o mejor preparados teológicamente que otros, sino por el simple hecho de que Él nos ama. Esto debería humillarnos y a la vez regocijarnos. En Cristo somos santos y somos hijos de Dios, amados por toda la eternidad. Con esta realidad en mente, tú y yo, como creyentes, deberíamos ser humildes cuando interactuamos con otras personas. No somos mejores que ellas; es solo por la gracia de Dios que hemos recibido el perdón de Dios (v. 13) y el amor de Dios. Por lo tanto, debemos amar y servir a Dios en primer lugar, y luego a otras personas. Marcos 10:45 dice: “Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y para dar Su vida en rescate por muchos”.

Un corazón agradecido

No obstante, cuando interactuamos más de cerca con las personas, no nos toma mucho tiempo notar que la gente puede ser complicada y que es pecaminosa. Así que la pregunta es: ¿Cómo reaccionamos? ¿Tendríamos que alejarnos de las personas, por lo menos hasta cierto punto, y mostrarles menos amor y menos servicio centrado en Cristo?

Al pasar mucho tiempo en la Palabra de Dios y al cantar con corazones agradecidos a nuestro gran Dios, somos fortalecidos en nuestro hombre interior para amar y servir.

El mensaje del Evangelio es precisamente lo contrario: ya que tú y yo somos complicados y pecaminosos, Jesucristo vino a salvarnos de nuestros pecados y a hacernos cada vez más como Él. Mientras más crezcamos en semejanza a Cristo, menor será nuestra tendencia a alejarnos de las personas y a negarles nuestras vidas y nuestro servicio. En Colosenses 3:14, Dios dice: “Y sobre todas estas cosas, vestíos de amor, que es el vínculo de la unidad”. Un corazón agradecido se manifiesta en el servicio amoroso a Dios y a otras personas. Mientras más agradecidos seamos por la gracia y el amor de Dios en nuestras vidas, mayor será nuestra disposición, compromiso y determinación a amar y servir a otros, aun cuando sean difíciles y pecaminosos.

Libertad para servir

Como pastor, a veces me canso de la gente complicada y pecaminosa. En esos momentos, tengo que recordarme a mí mismo que Jesús nunca se da por vencido conmigo y que nunca deja de amarme y servirme. En Colosenses 3:15, Dios nos dice: “Y que la paz de Cristo reine en vuestros corazones, a la cual en verdad fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos”. Es la paz de Cristo, el hecho de que Jesús me ha perdonado por completo y me ama perfectamente, la que me ayuda a amar y servir a otros. No necesito que otras personas me den algo de amor o de respeto para yo servirles (aunque todos queremos que ser amados y respetados). Solo en Cristo encuentro paz perfecta, aceptación perfecta, amor perfecto y fidelidad perfecta. Nadie me ama más que Jesucristo, y nadie está más comprometido conmigo que Jesucristo. Eso me da una paz que sobrepasa el entendimiento y me libera para amar y servir a otras personas incondicionalmente.

Fortaleza mediante la adoración

Una manera práctica en la que podemos ser fortalecidos para vivir en conformidad a estas grandes verdades se presenta en Colosenses 3:16, donde Pablo dice: “Que la palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros, con toda sabiduría enseñándoos y amonestándoos unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en vuestros corazones”. Al pasar mucho tiempo en la Palabra de Dios y al cantar con corazones agradecidos a nuestro gran Dios, somos fortalecidos en nuestro hombre interior para amar y servir. El versículo 17 es un cierre maravilloso para este precioso pasaje bíblico: “Y todo lo que hacéis, de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de Él a Dios el Padre”.

Hay un sinfín de razones por las que debemos estar agradecidos de Dios. Mencionaré una más. En Hebreos 12:28-29, Dios nos dice: “Por lo cual, puesto que recibimos un Reino que es inconmovible, demostremos gratitud, mediante la cual ofrezcamos a Dios un servicio aceptable con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor”. El hecho de que el Reino de Dios sea inconmovible nos da seguridad y paz, y es un gran estímulo para servir a nuestro Dios santo, adorándolo con temor y reverencia. Que solo a Dios sea la gloria.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Steffen Mueller
Steffen Mueller

El Rev. Steffen Mueller está plantando la iglesia Gospel Church München en Múnich, Alemania.

Esperanza para madres imperfectas – Ene 18

Aviva Nuestros Corazones

Serie: Nutre el corazón de tus hijos

Aviva Nuestros Corazones

Ene 18 – Esperanza para madres imperfectas

https://www.avivanuestroscorazones.com/podcast/aviva-nuestros-corazones/esperanza-para-madres-imperfectas/

Annamarie Sauter:¿Crees que el hecho de que tus hijos vean tus debilidades es algo malo?

Nancy DeMoss Wolgemuth: Todo lo que podamos hacer separadas de Cristo no tiene ningún valor eterno o valor duradero, y así para tus hijos el ver tu necesidad desesperada por Cristo, para tus hijos el ver eso, es algo bueno.

Annamarie:Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Aquí en Aviva Nuestros Corazones nos encanta profundizar en la Escritura, y también nos encanta conversar acerca de cómo esta se aplica a nuestras vidas en el día a día. En los próximos programas nos enfocaremos en un tema muy práctico, que es la crianza de los hijos. Seas madre o mentora, joven o mayor, sé que serás grandemente edificada.

Hoy escucharás a Bobbie, quien fue la primera esposa de Robert Wolgemuth y ahora se encuentra en la presencia del Señor luego de una batalla contra el cáncer. También escucharás a sus dos hijas, Missy y Julie. Aquí está Nancy para dar inicio a la conversación.

Nancy DeMoss Wolgemuth:Quiero que tomemoseste tiempo para hablar sobre cómo cultivar un corazón para Cristo en los corazones de tus hijos.

Tenemos muchas madres pidiéndonos opinión y ayuda en esta área.

Algunas son madres cuyos hijos son todavía jóvenes y receptivos, y ellas nos dicen, «dennos algunos consejos y sabiduría sobre cómo podemos nutrir la fe de nuestros hijos». Otras son madres y abuelas que nos escriben con corazones rotos, diciendo: «Mis hijos no caminan con el Señor. ¿Qué podemos hacer?»

Por supuesto, mientras más pequeños son los niños, mejor y más fácil será moldear sus corazones, pero queremos darles a las familias esperanza y algunos consejos prácticos como abuelas y madres. Así que aquí tenemos una familia que tiene un rico legado multigeneracional, desde los padres de Robert. Tus abuelos, Bobbie, influyeron en tu vida, a pesar de que tus padres no eran creyentes. ¿Estoy en lo cierto con eso, verdad?

Bobbie Wolgemuth: Eso es correcto Nancy. Mis abuelos fueron firmes creyentes. Mis padres se apartaron de Jesús y realmente no sé por qué.

Nancy: Entonces Bobbie, creciste en un hogar donde, aunque tuviste la influencia piadosa y positiva de tus abuelos, también estuvo la influencia del mundo que veías en tu propia familia.

Bobbie: Sí, así es Nancy.

Nancy: Mientras te he escuchado hablar sobre esto, creo, en cierto sentido, que es una especie de aliento para las mamás que podrán decir, «no tengo esta herencia de una gran fe. Mis padres no eran cristianos, tal vez eran cristianos pero no grandes creyentes». Pero has demostrado que es posible obtener la gracia de Dios y seguir adelante.

Bobbie: Cuán maravilloso es el Señor en darnos una oportunidad de comenzar hábitos generacionales que son positivos y piadosos. El Señor me animó cuando era una madre joven. Tuve mentoras. Entre ellas la madre de Robert, y las niñas recuerdan ver La casita de la pradera cada semana conmigo. Me encantaba Caroline Ingalls. Ella leía su Biblia, asistía a la iglesia cada semana, era amable con su marido. Así mismo el Señor me dio también otras mujeres en la iglesia que me enseñaron y me ayudaron a entender lo que es ser una madre piadosa. Estaba realmente criando con mucha necesidad. No sabía cómo lucía ser una buena madre.

Mi mamá falleció hace doce años, y ella no tuvo los recursos para guiarme espiritualmente como niña, para nutrir mi corazón. Tal vez es por eso que estaba tan desesperada por entender y nutrir los corazones de Missy y Julie, porque yo realmente quería que ellas conocieran a Jesús. Realmente quería conectarlas con Él, no solo conmigo.

Me di cuenta que no tenía que ser una madre perfecta. Tenía que ser una mamá que les mostrara a mis hijas hacia dónde ir para ser transformadas. No era una madre perfecta, pero yo sabía a dónde ir para ser transformada. Tal vez ese fue el punto de partida, donde me vieron luchar. Me vieron llorar. Me vieron desesperadamente tratar de levantarme y tener un momento de tranquilidad, porque sabía que esa era mi línea de vida. Ellas, en cierta forma, maduraron conmigo. Creo que éramos un equipo, nosotras tres. Cantábamos juntas. Orábamos juntas.

Creo que la idea de ser una madre transparente es que nuestros hijos lo sepan… quiero decir, no es que sea una sorpresa para ellos, «oh, mamá está enojada», o «mamá ha tenido un mal día». Ellos lo ven. He oído a Missy decirles a sus hijos, «mami necesita que ustedes la perdonen. Lo que acabo de decir no fue amable».

Nancy: Chicas ¿y ustedes se identifican al ver ese patrón en la vida de su mamá cuando eran niñas? ¿Cómo estaban viendo ese proceso, esa transparencia?

Julie Tassy: Creo que resulta más fácil ahora, como madre, el ser honesta con mis hijos sobre mis defectos y decir, «¿sabes qué, cariño?, estás pasando por un mal momento con el dominio propio. Mamá tiene dificultades con el dominio propio. Necesitamos orar juntas para que el Señor nos dé de Su Espíritu Santo, porque el fruto del Espíritu Santo es el dominio propio. No podemos sacarlo de adentro ni forzarlo, pero el Señor nos puede llenar, y entonces ese es el fruto que vemos».

Nancy, hablabas hace un rato de cultivar un corazón para Dios en nuestros hijos. Esa es una palabra tan perfecta, porque no podemos hacer que nuestros hijos amen al Señor.

El año pasado pensé que sería una experiencia genial plantar un jardín con mis hijos. En lugar de ir y comprar una planta de tomate, decidimos empezar sembrando la semilla. Eso es mucho trabajo. Se convirtió en un proyecto, porque los niños se sentían realizados. El primer día plantamos las semillas y ellos esperaban y esperaban…

Nancy: Pero no había tomates para el mediodía, así que era demasiado tiempo de espera.

Julie: No, ellos estaban emocionados una vez creció el fruto, pero eso tomó muchos meses.

Nancy: ¿No es así mismo con la crianza?

Julie: Esa es la crianza. Estamos esparciendo las semillas. Estamos fertilizando. Estamos haciendo lo mejor, pero solo Dios puede hacer crecer una planta, y solo Dios puede hacer crecer el fruto.

Nancy: Y toma tiempo, y no ves el fruto a veces durante años y años.

Julie: Es cierto, y de vez en cuando puedo vislumbrar un fruto.

Tomé papel de colores e hice un árbol de papel color verde y marrón, lo mandé a laminar y lo coloqué en nuestra cocina, y cuando miro a las chicas haciendo algo en donde veo al Señor actuando en ellas, digo, «oh, ¡veo un fruto!» Tenemos estas etiquetas en forma de frutas, y ellas van y pegan su calcomanía en el árbol.

Nancy: Excelente.

Julie: Ellas se han cautivado por eso, así que ahora preguntan, «¿puedo poner una fruta en el árbol?» Y entonces les digo, «bueno, necesito ver un poco de fruto».

Nancy: «¿Viste eso que hice con humildad? ¿Puedo poner un pedazo de fruta allí?»

Julie: Mi hija lo descubrió y me dijo, «mami, te quiero, eres bella; ¿puedo poner un poco de fruta en el árbol?»

Nancy: Pero las estás entrenando para que piensen desde la perspectiva de Dios y los asuntos del corazón y no solo en lo externo. El fruto es lo que ves que viene del corazón.

Julie: Sí. Y es todo obra del Señor. No podemos ser el Espíritu Santo para nuestros hijos.

Recuerdo a Missy llorando y diciendo: «Quiero ser el Espíritu Santo de mis hijos, y no puedo. Solo Dios puede ablandar sus corazones».

Missy: Pero puedo orar.

Julie: Podemos orar por ellos y cultivar eso. Creo que esa es una palabra tan poderosa.

Missy: Ser madre es tan humillante, porque realmente ves tu propio pecado. Quiero decir, las cosas que salen de tu boca hacia tus hijos. A menudo pienso, esto es exactamente lo que el Señor me está diciendo a mí. Si digo, «¿no crees que voy a cuidar de ti? Ten paciencia». Como que el Señor probablemente me está diciendo lo mismo, «no crees que voy a cuidar de ti? Ten paciencia».

Pienso que en mi propio deseo de controlarlo todo a mi alrededor para que todo sea agradable y esté perfectamente acomodado, desearía ser el Espíritu Santo, pero no puedo. Creo que todo empieza para mí con esta hambre y deseo para agradar al Señor, y entonces eso es lo que les digo a mis hijos. «Esto es lo que quiero hacer. Quiero agradar al Señor, y ¿sabes qué?, me equivoqué, así que tengo que pedir perdón».

Quiero animarlos a que su objetivo número uno sea agradar al Señor.

Si un profesor viene y me dice, «ellos están luchando con la lectura», y al mismo tiempo me dice que han sido una bendición para el profesor en su atención y respeto, yo diría, «oh, eso es mucho más importante. Vamos a trabajar en la lectura, pero lo más importante es que ustedes están agradando al Señor».

Creo que ese es el tema que intento explicarles. «Mamá quiere complacer al Señor, y mi deseo es que ustedes agraden a Dios. ¿Qué les parece?» Así que podemos hablar sobre eso. Siento que tenemos muchas conversaciones, nuestra escuela está a veinte minutos de distancia de la casa, así que tenemos mucho tiempo para cantar, conversar y simplemente expresar cómo nos quedamos cortos, y que realmente necesitamos al Señor y le pedimos que nos dé la fuerza para complacerlo.

Nancy: Ahora, las he escuchado a ambas, en realidad a las tres, hablar sobre conversaciones con sus hijos. Me parece, Bobbie, que lo que hacías cuando tus hijas eran pequeñas, y ahora Missy y Julie con sus hijos a su vez, es tener muchas conversaciones con ellos. No solo están hablando con ellos, sino que la conversación es sobre asuntos espirituales.

Bobbie: Honestamente debo decir que tenía un déficit real en conversaciones sobre el corazón. Las relaciones no eran amplias en mi familia. Tuve una niñera a tiempo completo y mi madre no pasaba mucho tiempo leyéndome o hablando conmigo. Así que entré en la maternidad, de verdad, me da vergüenza cuando miro atrás. Estoy más que avergonzada, me entristece el hecho de no haber pasado más tiempo leyéndoles a Missy y a Julie cuando eran pequeñas, y más tiempo hablando con ellas y escuchándolas.

Me encuentro ahora mismo, siendo abuela, y no soy muy buena para escuchar a menudo, y por eso siento que estar cerca de Jesucristo ha transformado quien soy.

Aun cometo muchos errores, es por eso que los himnos, En la cruz, en la cruz, yo primero vi la luz, o Solo de Jesús la sangre…esos himnos significan mucho para mí.

Constantemente estoy diciendo, «Señor, necesito que tan solo puedas limpiar esa actitud que acabo de manifestar ante mi familia, porque estaba siendo egoísta cuando realmente no quería escuchar a esa persona. Ponme nuevamente en el camino, donde estoy mirando sus ojos, escuchando sus voces, tratando de escuchar la necesidad por debajo de la voz». Hasta ahí es donde quiero llegar. Quiero llegar al punto donde pueda afirmar, «cariño, te escuché decir… esto», y luego retroalimentar sobre eso. Todavía se me hace difícil hacerlo.

Recuerdo haberle dicho a Robert recientemente, «quisiera terminar con todos mis defectos de personalidad».

Nancy: ¿No quisiéramos todas eso? «Señor, santifícame ahora».

Bobbie: Sí. No sé por qué sigo teniendo que tratar con lo mismo, pero está bien, porque es en ese punto en donde Jesús sale a mi encuentro, porque no puedo hacerlo por mi cuenta.

Missy: Creo que las madres jóvenes—y me incluyo en esto y yo sé que tú también Julie— podemos castigarnos tanto, porque no somos perfectas en esto. Cada día es un nuevo día y nosotras podemos pensar, gracias Señor, por Tu nueva misericordia esta mañana y arrodillarnos. Anhelo tener mi tiempo de quietud. Entonces alguien se despierta y mientras está caminando por las escaleras, se cae y se lastima, se pone a llorar y eso provoca que se despierte otra persona.

Es decir, por un momento eres perfecta, «hoy va a ser el día en que voy a tener una voz suave». Solo toma un segundo, y tú simplemente lo estropeas. Creo que es ahí en donde podemos recordarnos mutuamente como madres que Su gracia es suficiente.

Nuestros hijos están tan llenos de gracia para perdonarnos, y qué bendición son ellos para mí en su manera tan rápida para perdonar. Me enseñan. Le he pedido al Señor muchas veces, que a pesar de mis defectos, continúe cultivando un amor por el Señor en mis hijos y aun así que sigan creciendo para agradar al Señor y deseen más que nada agradarle y encontrar su identidad en Él, a pesar de mis propios defectos, porque los tengo. No importa cuántas veces piense, este va a ser el día en que voy a tener un espíritu agradable, todavía quedo corta cada vez que lo pienso.

Nancy: Bueno, eso nos lleva de vuelta a la Cruz, a Cristo, de vuelta a Su gracia. Todo lo que podamos hacer separadas de Cristo no tiene ningún valor eterno o valor duradero, y así para tus hijos el ver tu necesidad desesperada por Cristo, es algo bueno. 

Creo que a veces cuando criamos o ministramos o servimos o hacemos cualquier cosa en nuestras propias fuerzas, estamos entonces en nuestro punto más débil. Es cuando reconocemos nuestras debilidades, que somos atraídas hacia Su fuerza para llenarnos.

Julie: Te digo que como madre de dos niños pequeños, mi momento más glorioso es cuando los veo invocando al Señor.

Mi hija estaba tratando de romper un hábito. Era generalmente cuando ella estaba más cansada, que se chupaba los dedos. Habíamos intentado todo. «La recompensaremos. Vamos a castigarla. ¿Qué vamos a hacer? Tenemos que romper con este mal hábito».

Un día estábamos manejando y noto que empieza a meterse los dedos en la boca. Ella me mira y dice, «mamá, ora por mí». Ella tiene tres años, y entiende que Dios no es un policía malvado que la va a apresar cuando ella se porte mal. Dios la ama y quiere entregarse a ella y darle Su poder y Su fuerza, y entonces ella dijo: «Ora por mí». Qué momento más tierno y precioso ver a tu hijo invocando al Señor.

Mi oración es que ellos me vean haciendo eso. Lo que no quiero hacer es ponerme como una autoridad en todo, sino decir, «mira a Jesús. Él es la fuerza. Él es nuestro Redentor. Él es a quien necesitamos. Así que no tengo todas tus respuestas. No lo entiendo todo. Todo lo que quiero que hagas es simplemente invocar a Jesús».

Missy: Piensoque el diálogo, curiosamente, pone en evidencia la desobediencia. Por ejemplo, ella es capaz de decirle a su mami, «ora por mí porque me estoy chupando los dedos». Ahora adelanta diez o quince años cuando ella esté enfrentando problemas de adolescentes, siendo capaz de ir a donde su mamá y su papá y decirles, «estoy realmente luchando con esto», ya sea una actitud, una acción. Hablar de algunas de estas cosas contribuye a eliminar el misterio que hace que los jóvenes quieran rebelarse, por lo menos eso creo.

Nancy: Ustedes chicas, Julie y Missy, durante su adolescencia ¿ustedes sentían la libertad de ir y hablar con su mamá sobre sus luchas?

Julie: Yo realmente lo hice.

Missy: Bueno la gente decía, «¿le dijiste eso a tu mamá?» Puedo recordar eso. Me encanta. Quiero eso para Abby y para mí. Quiero que ella como mi hija venga y comparta conmigo.

Nancy: ¿Qué piensan ustedes que creó esa sensación de libertad y de transparencia en su relación? No creo que la mayoría de las personas puedan decir que, como adolescentes, sintieron que era fácil comunicarse con sus madres, pero de alguna manera ustedes lo hicieron, lo lograron; ¿qué les dio esa libertad?

Missy: Pienso que había una seguridad allí que nos permitía hacerlo. Sabíamos que mamá no iba a enloquecer con lo que dijéramos, sino que iba a ser capaz de manejarlo. Creo que la seguridad de saber que le voy a decir algo a mamá, y aunque quizás más tarde iría toda asustada con papá, ella aceptó lo que le dijimos y solo escuchó. No tenía miedo de ir y decirle algo a ella.

Julie: Cuando haces una mala elección, sabiendo que puedes acudir a tus padres para pedir perdón y ayuda… Recuerdo mi segundo año en la universidad, fui a casa. Estaba en casa durante el verano, y recuerdo que sentí la libertad de ir a donde papá y decirle, «papá, me siento tan seca espiritualmente. Es que, no sé qué está pasando. Realmente me siento muy lejos del Señor». Lo que ocurrió durante ese verano fue tan dulce y tan enriquecedor.

Él dijo: «bueno, vamos a hacer algo al respecto. Vamos a reunirnos a leer la Biblia y a orar juntos», y eso fue todo lo que hicimos. Él no me atacó y dijo, «bueno, ¿qué fue lo que hiciste?» No intentó encontrar qué pecado en mi vida estaba causando esta distancia. Él solamente dijo: «Déjame conducirte y vamos juntos al Señor».

Ese verano siempre será un recuerdo especial para nosotros.

Nancy: ¿Y qué tal cuando se trataba de chicos? Cuando eran unas jovencitas adolescentes en la escuela secundaria, y cuando comenzaron a llegar…

Missy: Julie, tú puedes responder eso mejor que yo.

Nancy: ¿Acaso Julie tiene un poco más de experiencia en esto?

Missy: Sin resentimientos.

Nancy: ¿Ese era un tema fácil de abordar para sus padres?

Julie: Absolutamente. Solo recuerdo una de las cosas más importantes que mamá nos enseñó. Mamá estaba enamorada de nuestro padre. Contemplar eso fue tan poderoso y yo pensaba, «quiero eso». Mamá fue honesta con nosotras acerca de lo que se requería de nosotras como hijas de Dios en cuanto a la pureza, el preservarnos y ocuparnos en lo que el Señor quería para nuestras vidas. Nos dio una meta muy alta de alcanzar, que vendría con una gratificación retardada, que vendría de esperar por nuestros esposos, siendo que Dios proveería lo que tenía reservado para nosotras.

Nancy: ¿Cuándo empezaron a tener este tipo de conversaciones?

Bobbie: Diría que a los cinco años de edad, quizás cuatro. Orábamos todas las noches por los maridos de Julie y de Missy cuando eran pequeñas. Realmente ellas se involucraron mucho en la oración porque recuerdo una noche que tuvimos…

Nancy: ¿Ustedes oraban para que ellas los escucharan?

Bobbie: Orábamos con las chicas cada noche antes de acostarnos y orábamos por sus cónyuges, donde quiera que se encontraran. Eso era lo que hacíamos. «Donde quiera que se encuentre el esposo de Julie, ruego que él obedezca a su mamá». Siempre tratábamos de mencionar una característica apropiada para esa edad; «que obedezca a su mami, que sea un buen estudiante», cosas así, pero también orábamos, «que él no coma dulces»… Esa la incluíamos también en ocasiones.

Julie: Para mí.

Bobbie: Una noche dijimos «amén» y Julie dijo: «Espero que mi esposo no se haya caído de la bicicleta hoy», porque allí era donde su pequeña mente estaba.

Cuando se hicieron mayores, teníamos una prima que dijo: «Hice una lista de lo que quiero en un esposo algún día», y ella tenía una lista. Comenzaba así: que ame a Jesucristo. Número dos: que sea virgen. Tres: que ame a su madre. Hizo su lista. Entonces, no recuerdo bien qué edad ustedes tenían, chicas, probablemente eran adolescentes, tal vez estudiantes de segundo año en la secundaria creo. Así que ellas dijeron: «Oh, sería divertido». Así que ambas hicieron sus listas.

Nancy: ¿Así que se les ocurrió hacer sus propias listas?

Bobbie: Sí Missy y Julie hicieron sus propias listas, pero siempre comenzaban así, que sea un hombre de Dios. Así que hicieron sus listas y las escondieron en algún lugar. Fue muy interesante. Missy y yo, después de que ella tuvo su segundo hijo, en una ocasión en que yo estaba en su casa, ella dijo: «Mira, mamá», y estaba en el cajón de su escritorio. Ahí estaba la lista de su esposo. Una de las cosas en su lista era «que ame a su madre». Pensé, «¿no es interesante que allí hubo algún tipo de dispositivo en las chicas, donde esa lista estableció un estándar?»

Si Julie y Missy salían con un chico que no reuniera los requisitos de una persona que me agradara, o una persona que amara a Dios con todo su corazón, entonces esa persona no reunía las condiciones de esa lista. Ya sea que se hablara abiertamente o no, ese pequeño dispositivo estaba ahí. Muchas veces hablamos sobre personas de carácter y personas que admiramos, que amen a Cristo con todo su corazón y ese era el tipo de persona hacia las cuales ellas eran atraídas.

Nancy: Una cosa es que tu mamá te diga que «quieras casarte con un hombre que ame al Señor, que sea virgen, que quiera a su madre», lo que sea, pero qué hizo que ustedes mismas quisieran estas cosas.

Missy: Me remonto a lo que Julie mencionó cuando dijo que vimos a mamá y a papá teniendo eso. Creo que mamá nos animó a desear lo mejor de Dios para nuestras vidas. Debe haber sido el Espíritu Santo, supongo, que lo puso ahí.

Bobbie: Absolutamente.

Missy: Puedo recordar estar leyendo mi lista y decir, «oh, he olvidado algunas de las cosas que él tiene en mi lista».

Julie: Incluso ahora como madre mi relación con mi esposo puede ser afectada debido a la carga de los niños. Utilizo la palabra carga cuidadosamente porque ellos son una bendición, pero tu relación con tu esposo puede estar desgastada por toda la energía que has vertido en tus hijos todo el día, y entonces deseas tener algo, una sonrisa, para tu esposo cuando entra por la puerta.

Vienen a mi memoria, incluso ahora puedo pensar en algunos recuerdos. Mi papá tenía que trabajar hasta tarde una noche, así que mamá preparó una cena tipo picnic (campestre) y nos llevó a Missy y a mí al despacho de mi padre. Nos sentamos a cenar esta cena campestre, porque de lo contrario él no nos habría visto este día.

Esos recuerdos me ayudan, como madre, a humillarme y a no exigir mis derechos, a no exigir que deba tener un tiempo libre. Eso es algo muy difícil de hacer.

Bobbie: Pienso que otra cosa que siempre quería que las chicas tuvieran era una relación con su padre. Así que si ellas me decían, «papá hirió mis sentimientos». Él dijo… No sé, quizás algo acerca de sus zapatos o lo que fuera. Yo les decía, «tienes que ir a donde tu papá y hablar con él sobre eso», porque el mejor regalo que podía darles a mis hijas (hablando de diálogo) era su capacidad para decirle a un hombre cómo se sienten y expresar sus deseos y necesidades propias. Siendo capaces de expresar quiénes eran y qué necesitaban, yo sabía que esa relación con su padre sería más fuerte, y no necesitarían un novio para validarlas.

Annamarie: Has estado escuchando una conversación entre Nancy DeMoss Wolgemuth, Missy Schrader, Julie Tassy y Bobbie—quien ya se encuentra en la presencia del Señor. Y tú, ¿reconoces tu imperfección y tu necesidad de la gracia de Dios para vivir con sabiduría?

Una mujer que ha experimentado la gracia de Dios cubriendo su imperfección compartió su testimonio con nosotras. Escucha lo que ella nos dijo luego de oír una serie de programas titulada, Porque Él me ama.

Mujer: Conozco a Cristo desde que tengo 14 años y eso fue hace más de 20 años. Siento que cuando estaba recién convertida, en mi espíritu entendí estas verdades. Sentí que había sido perdonada, que era libre para llegar al Padre, que podía morir en cualquier momento, que Él me adoptó como Su hija, pero con el transcurso del tiempo, yo ya no estaba enfocada en la gracia sino en mí misma, y en hacer de mí misma la mejor versión posible con mi propio esfuerzo.

Eso, sin darnos cuenta, nos roba el gozo de una relación cercana con papá Dios y debilita nuestro testimonio porque nadie quiere un cristianismo que se trata de un cúmulo de reglas solamente, sino de amor entre el Padre y yo. Quería compartirles este testimonio porque no puedo creer que recién redescubrí la gracia, después de esta serie, después de estos días.

Cada día me he tenido que recordar que el fallo que hice con mis hijos, como esposa, el Señor ya lo tiene cubierto con Su sangre. El Señor me sigue amando como hija, y eso es fuerza para volver al trono de la gracia, volver a buscar perdón, arrepentimiento y seguir gozosa mi camino con la mirada puesta solamente en Jesús y en que Él es suficiente y yo nunca lo seré. 

Annamarie: Espero que al igual que esta mujer, si hoy te has visto hoy como una madre imperfecta, puedas descansar en la gracia de Dios.

¿Cuánta televisión debo permitirles ver a mis hijos? ¿Qué vestimenta es apropiada? ¿Cuáles amigos influyen positivamente en sus vidas? Acompáñanos mañana para escuchar acerca de esto, aquí en Aviva Nuestros Corazones.

Invitándote a pasar de manera intencional las verdades de la Palabra de Dios a la próxima generación, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

La lectura para hoy en el Reto Mujer Verdadera 365 es Éxodo capítulos 12 al 14.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de las Américas, a menos que se indique lo contrario.

Permisos de publicación autorizados del Ministerio Aviva Nuestros Corazones para Alimentemos El Alma

Todos los Derechos Reservados

Disponible sobre el Internet en: http://www.avivanuestroscorazones.com

Ayudando a nuestros hijos a ser agradecidos

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Gratitud

Ayudando a nuestros hijos a ser agradecidos

Melissa Kruger

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Todos salimos llorando de la heladería. Lo que debió ser una divertida salida de verano terminó siendo una crisis familiar. Tan solo cinco minutos antes, habíamos entrado a la heladería emocionados y sonrientes. Sin embargo, mientras les explicaba a mis tres hijos que solo podían ordenar una bola de helado (en lugar de algo más costoso con siropes y chispas por encima), sus rostros cambiaron y comenzaron a quejarse. Al ver sus reacciones, me di cuenta de que era hora de enseñarles una dura lección. “Nos vamos todos al auto. Hoy no compraremos helado”.

Mis hijos me miraron sorprendidos, y luego con lágrimas en sus ojos. Yo también lloraba. Hay veces que enseñar una lección duele tanto como aprenderla. Yo deseaba comer ese rico helado con mis hijos, pero mi mayor preocupación era sus corazones. Si no podían ser agradecidos con una bola de helado porque vieron algo mejor, ¿cómo aprenderían a ser agradecidos en un mundo que siempre está incitándoles a querer más?

Este mundo nunca nos dará satisfacción. Tampoco le dará satisfacción a nuestros hijos.

Cultivar el agradecimiento en nuestros hijos no es una tarea sencilla. Vivimos en un mundo caído, por lo que toda la vida será una mezcla de bendiciones y dificultades. Aun como adultos, somos tentados a enfocarnos en lo que nos falta, en lugar de regocijarnos por lo que ya hemos recibido. Tendemos a sentirnos merecedores de lo bueno y a sorprendernos de las dificultades. Sin embargo, con la ayuda del Espíritu, podemos entrenar nuestras mentes para que lleven todo pensamiento cautivo (2 Co 10:5) y ayudar a nuestros hijos para que aprendan a ser agradecidos aun cuando las circunstancias no estén a la altura de nuestras expectativas o esperanzas.

Beneficiarios agradecidos 

Una de las primeras maneras en las que modelamos una vida de agradecimiento es expresándolo a nuestros hijos. Aunque parezca contradictorio, pedir a nuestros hijos que ayuden en el hogar les da oportunidades para crecer en gratitud (aunque se quejen). A los hijos les encantan los elogios de sus padres. Cuando se esfuerzan y les decimos: «¡Buen trabajo!» o «¡Estoy muy orgulloso de ti!», ellos aprenden la importancia de mostrar aprecio a los demás.

También aprenden el esfuerzo que requieren las tareas del hogar, lo cual les ayuda a ser más agradecidos cuando otra persona les sirve. Cada noche después de la cena, mis hijos limpian todas las ollas y sartenes, recogen los platos y limpian las mesetas. Algunas noches, cuando están ocupados haciendo sus tareas escolares o practicando algún deporte, me ofrezco a limpiar la cocina por ellos. Sus rostros siempre se iluminan con profunda gratitud, una gratitud que no tendrían si fuera yo quien limpiara la cocina todas las noches. Son fieles en devolverme (con abrazos y palabras de ánimo) el agradecimiento que han recibido.

Practicando el agradecimiento

Incorporar ejercicios de agradecimiento en nuestras rutinas diarias es otra manera de ayudar a nuestros hijos a crecer en gratitud. Enseñarles a decir “gracias” por una tarde de juegos, a expresar gratitud por el almuerzo o a escribir notas de agradecimiento junto con los regalos son ejercicios sencillos que ayudan a nuestros hijos a entender la importancia de ser agradecidos.

A medida que leemos la Biblia con nuestros hijos y les enseñamos a orar, ellos aprenden a dar gracias a Dios, el Dador de toda buena dádiva y todo don perfecto (Stg 1:17). Pueden darle las gracias como Creador por los patios de recreo, las mascotas, los maestros, la familia, la iglesia y su peluche favorito. Pueden regocijarse en la sabiduría, el poder y la misericordia de Dios al aprender sobre las historias del Antiguo Testamento. Pueden dar gracias a Dios por Su amor, gracia y perdón al aprender sobre Jesús.

Nuestros hijos también aprenden a ser agradecidos por las oportunidades que tienen de dar generosamente. Ya sea compartiendo su juguete favorito con un amigo o colocando parte de su mesada en el plato de las ofrendas, a medida que ellos dan fielmente a los demás, experimentan la veracidad de las palabras de Jesús: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hch 20:35). Los hábitos que tenemos en el hogar fomentan hábitos de agradecimiento en las vidas de nuestros hijos.

Ejemplos de agradecimiento 

La manera más poderosa (y quizá la más difícil) de enseñar a nuestros hijos a ser agradecidos es a través de nuestro propio ejemplo. Pablo nos exhorta: “Estad siempre gozosos; orad sin cesar; dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para vosotros en Cristo Jesús” (1 Tes 5:16-18). ¿Las circunstancias te roban el gozo? ¿Es la queja un hábito en tu hogar? ¿Suele haber palabras de agradecimiento en tus labios? El ejemplo que damos a nuestros hijos les enseña en maneras que nuestras palabras nunca podrían hacerlo.

Este mundo nunca nos dará satisfacción. Tampoco le dará satisfacción a nuestros hijos. A medida que pongamos nuestra esperanza en algo mejor, en algo eterno, en algo que está por venir, nuestros hijos aprenderán de nuestro ejemplo. Nuestro agradecimiento no debe depender de lo bueno que haya sido nuestro día, sino de lo bueno que es nuestro Dios.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Melissa Kruger
Melissa Kruger

Melissa Kruger es coordinadora del ministerio de mujeres en la iglesia Uptown Church de Charlotte, Carolina del Norte. Es autora de varios libros, entre ellos The Envy of Eve [La envidia de Eva]. Es la maestra destacada en la serie de Ligonier titulada Contentment [El contentamiento].

Acudamos directamente a Dios

Soldados de Jesucristo

Enero 23/2021

Solid Joys en Español

Acudamos directamente a Dios

John Piper

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Agradecimiento y generosidad

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Gratitud

Agradecimiento y generosidad

Lowell A. Ivey

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

“¡Mío! ¡Yo lo tenía primero!”. Soy padre de cuatro niños pequeños, así que estas palabras resuenan con regularidad en mi hogar. Mis hijos saben que entristecen el corazón de su padre cuando se hablan de esta manera. Saben que la Biblia les enseña a ser “amables unos con otros” (Ef 4:32). Y saben que “el amor… no es jactancioso, no es arrogante… no busca lo suyo” (1 Co 13:4-5). Así que ¿por qué les cuesta tanto vivir conforme a lo que saben? 

Las palabras son pequeñas ventanas al corazón. Con bastante frecuencia, las palabras de mis hijos me llevan a reflexionar en mis propias actitudes hacia Dios. ¿Cómo se ven mi egoísmo y mi ingratitud a los ojos de Aquel que envió a Su Hijo unigénito para pagar por mi pecado? ¿Qué dice mi renuencia a dar libremente de mis tesoros terrenales acerca de mi amor (o falta de amor) por Aquel que me amó primero? 

Hace poco, caminaba con un grupo de compañeros de ministerio en una ciudad concurrida. En la acera, recostado de un edificio, había un anciano sosteniendo un cartel que decía: “No tengo hogar, ¡ayúdenme, por favor!”. Al igual que los demás pastores en el grupo, evité hacer contacto visual y seguí caminando. Al mismo tiempo, me sentí intensamente culpable por no haberme detenido a reconocer la existencia (y la miseria) de otro ser humano creado a imagen de Dios.

La generosidad comienza en el corazón. Comienza cuando dejamos de lamentarnos por aquellas cosas a las cuales hemos renunciado y comenzamos a regocijarnos por todo lo que hemos ganado en Cristo.

“Dios ama al dador alegre” (2 Co 9:7). Al leer estas palabras de las Escrituras, ¿pensamos en lo que requieren de nosotros más que en lo que revelan acerca del corazón de Dios? 

Observa con cuidado las dos primeras palabras: “Dios ama”. Dios es un Padre misericordioso y generoso con Sus hijos, a pesar de que somos indignos y pecadores. Él no necesita nada de nosotros. Él es el Creador de los confines de la tierra. Él creó las galaxias de la nada. No hay nada que tengamos que no venga del corazón paternal de Dios. De tal manera amó Dios al mundo que dio. Él nos dio a Su Hijo en la cruz. Él nos da Su Espíritu para conformar nuestro corazón al Suyo.

“Dios ama al dador alegre”. Pero nos engañamos a nosotros mismos si asumimos que Él nos ama porque somos dadores alegres por naturaleza. Más bien, Dios ama a pecadores impíos e ingratos como tú y como yo, y nos transforma en dadores alegres. Algo que hace solo por gracia, únicamente por medio de la fe en Cristo. 

Entonces ¿qué significa ser un dador “alegre”? Significa ser un dador gozoso, un dador generoso. Significa no dar de mala gana ni por obligación (2 Co 9:7). Observa el contexto más amplio:

Que cada uno dé como propuso en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre. Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para vosotros, a fin de que teniendo siempre todo lo suficiente en todas las cosas, abundéis para toda buena obra… Y el que suministra semilla al sembrador y pan para su alimento, suplirá y multiplicará vuestra sementera y aumentará la siega de vuestra justicia; seréis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual por medio de nosotros produce acción de gracias a Dios (2 Co 9:7-810-11).

Ser un dador alegre significa reconocer que Dios “suministra semilla al sembrador y pan para su alimento”, y que Él también es capaz, por medio de nuestra generosidad alegre, de enriquecernos espiritualmente, particularmente en la gracia del agradecimiento. Un dador alegre no solo es un dador generoso, sino que también es un dador agradecido. Un dador alegre está agradecido con Dios por el don de la salvación en Cristo Jesús. Un dador alegre está agradecido por cada oportunidad que Dios le da de participar en Su obra de llamar a pecadores al arrepentimiento y a la vida eterna. Un dador alegre sabe que no hay nada que tenga que no haya venido de la mano generosa de Dios, y quiere que toda su vida sea un coro incesante de alabanza y gratitud hacia el Padre por habernos dado a Su Hijo. 

¿Eres un cristiano generoso? La generosidad comienza en el corazón. Comienza cuando dejamos de lamentarnos por aquellas cosas a las cuales hemos renunciado y comenzamos a regocijarnos por todo lo que hemos ganado en Cristo. Comienza cuando nuestro tesoro está en los cielos, y no en la tierra. Comienza cuando podemos decir, en cualquier circunstancia y con todo nuestro corazón: “¡Gracias a Dios por Su don inefable!” (2 Co 9:15).

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Lowell A. Ivey
Lowell A. Ivey

El Rev. Lowell A. Ivey es el pastor organizador de Reformation Presbyterian Church en Virginia Beach, Va.

¿Cómo puedo aconsejar a aquellos con ansiedad, soledad o depresión?

Soldados de Jesucristo

¿Cómo puedo aconsejar a aquellos con ansiedad, soledad o depresión?

Gunner Gundersen

Durante esta pandemia, muchas personas están luchando con la ansiedad, soledad o depresión – a veces una mezcla de las tres ¿Cómo podemos ayudar?

Pide a Dios ayuda. En la economía de Dios, los ayudadores siempre necesitan ayuda, porque cada pastor es también una oveja. Una cubeta sin cuerda, es como un pastor sin oración, no podrá ofrecer agua por mucho tiempo. Así que debemos pedir purificación, misericordia y palabras de sabiduría (Mt. 6:12; Ef. 4:29; Heb. 4:16. Stgo. 1:5). Dios mantendrá abiertas las llaves de Su canal de gracia y tendremos lo que necesitamos para ayudar a otros (Stgo. 4:6).

Apunta al corazón. “Como aguas profundas es el consejo en el corazón del hombre,y el hombre de entendimiento lo sacará.” (Pro. 20:5). Para lograrlo considera dos tipos de preguntas. Las primeras se comparar con esquiar en el agua, porque te mantienen en la superficie pero cubren mucha área: ¿Cómo estás? ¿Hace cuánto te sientes así? ¿Cómo estás durmiendo y comiendo? ¿Estás haciendo ejercicio? Las otras son como bucear, porque vas dentro y exploras un área a profundidad: ¿Cuándo te sientes más ansioso? ¿Qué tan intenso es? ¿Qué detona la ansiedad? Juntos, esquiar y bucear, te permitirán conocer las dimensiones y profundidades de la lucha de tu amigo. Mientras tanto, para tu amigo en dolor, el hecho de compartir tiempo con otro creyente que tiene interés de cuidar,  transferirá parte de su carga a otra parte del cuerpo de Cristo, como cambiar la pierna de apoyo cuando has estado parado por mucho tiempo.

Normaliza la lucha. Ansiedad, soledad y depresión rápidamente se vuelven sobre-abrumadoras, como si no hubiera una salida. Un amigo sabio normalizará la lucha sin minimizar el dolor. “ No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea común a los hombres” Pablo dice, normalizando nuestras luchas. Pero él no minimiza el desafío. Tenemos la necesidad de “una vía de escape” para que podamos “soportar” mediante el poder de Dios (1 Cor. 10:13).

Comparte esperanza. “La esperanza que se demora enferma el corazón,pero el deseo cumplido es árbol de vida.” (Pro. 13:12). Nadie soporta o crece sin esperanza. Aquí hay aliento. Cuando estamos ansiosos, Dios está en control; en debilidad, Dios es fuerte; en soledad, Dios está presente; cuando la vida es dura, Dios permanece bueno. Al mismo tiempo, las palabras de esperanza sin ayuda práctica puede ser como nubes sin lluvia sobre campos secos. Incluso las mejores promesas del evangelio se convierten en clichés cuando son compartidas pobremente. Así que ofrece ayuda balanceada. Sal a caminar, desarrolla una rutina. Júntate con un compañero de oración. Encuentra un salmo para repetirlo en oración. Escribe en un diario tus reflexiones en la Escritura. Escucha música que sea rica en el evangelio. Por último, ayuda a las personas a vivir un día a la vez, buscando a Dios por maná cada mañana y misericordias como el rocío.

Al final del día, el ministerio no es como cortar el pasto. No puedes pararte en el porche de tu casa después de una hora de estar trabajando y mirar al trabajo ya terminado con satisfacción plena. Por el contrario, nosotros descansamos en lo que Cristo ya ha hecho por nosotros y nuestras iglesias y lo que Su Espíritu nos promete para terminar. La gran respuesta a la soledad, ansiedad o depresión no es una píldora o programa o incluso un pastor. Es Dios en tres personas: el Padre, quien le importamos tanto como para llevar el peso completo de nuestras ansiedades (1 Pd. 5:7); Su Hijo, listo con misericordias oportunas cada momento de nuestra necesidad (Heb. 4:14-16); y Su Espíritu, quien camina con nosotros paso a paso, convirtiendo el baldío de una mente preocupada en un huerto de fruto espiritual (Gál. 5:22-23).

Gunner Gundersen

David «Gunner» Gundersen es pastor de la Iglesia Bíblica BridgePoint en Houston.

 

La ingratitud como raíz del pecado

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Gratitud

La ingratitud como raíz del pecado

William B. Barcley

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Gratitud.

Cuando mi sobrina tenía dos años y medio, mi hermana y mi cuñado la llevaron a visitar a unos amigos. Cuando llegaron, la hija de esos amigos, que tenía seis años, llevó a mi sobrina a otro cuarto para jugar con ella mientras los adultos conversaban. Luego de unos veinte minutos, la niña de seis años regresó a donde estaban los adultos exasperada. Había estado jugando un juego en el que tenía que pasarle decenas de fichas a mi sobrina. La pequeña se quejaba, diciendo: “Cada vez que le paso una ficha, me dice ‘gracias’ y espera que yo le diga ‘de nada’”. Ese había sido el “diálogo” constante durante veinte minutos, y la niña más grande ya estaba frustrada.

La ingratitud y el orgullo van de la mano. Donde vaya uno, allá lo acompaña el otro.

Enseñar a nuestros hijos a dar las gracias y a tener un espíritu agradecido es parte importante de la paternidad cristiana. La razón es que nuestro Padre celestial exige que Sus hijos estén llenos de acciones de gracias. La gratitud es esencial para el seguidor de Jesucristo. Por otro lado, la ingratitud es pecado y es la raíz de otros pecados.   

Dios creó al hombre —y luego recreó a Su pueblo— para que lo adorara a Él. En la obra clásica llamada El contentamiento cristiano… una joya rara, Jeremiah Burroughs escribe: “Adorar no es simplemente hacer lo que a Dios le agrada, sino también agradarse de lo que Dios hace”. La adoración incluye deleitarse en todo lo que Dios trae a nuestras vidas y dar gracias por ello, en todas las circunstancias. Un corazón agradecido es un corazón que adora. El corazón ingrato es incapaz de adorar a Dios. 

En Romanos 1:18 – 3:20, Pablo detalla exhaustivamente el pecado humano y la condenación divina. Ninguna persona queda excluida (“todos pecaron”). Ningún matiz del pecado queda en el tintero: abarca desde la codicia hasta la malicia, desde la envidia hasta el asesinato, desde el chisme hasta la difamación, desde el odio contra Dios hasta la desobediencia a los padres, desde la rebeldía hasta la justicia propia, desde el hacer lo malo hasta el inventar lo malo, y desde la comisión de pecados hasta la aprobación de los que cometen pecado. Sin embargo, la raíz de todos estos males es que la humanidad no honra a Dios como a Dios ni le da gracias (1:21).

En esencia, la ingratitud es un rechazo de Dios. Es un rechazo de Él como Creador y Gobernador de todas las cosas. Es un rechazo de Dios como el dador de la vida, el dador de toda bendición, ya sea esperada o inesperada, placentera o dolorosa. Aun cuando estuvo encarcelado, Pablo se regocijó y exhortó a los filipenses a que se regocijaran con él. Exhortó a otros a que siempre dieran gracias. Los creyentes tenemos espíritus agradecidos porque reconocemos que todo lo que tenemos, todos los lugares donde nos encontramos e incluso todo lo que somos viene de la mano de Dios, para Su gloria y para nuestro bien.

Los cristianos, al igual que mi sobrina, reconocemos que todo lo que tenemos es un regalo. Dios nos ha dado todo: la vida, la salvación y todo lo que forma parte de la vida en este mundo y en el venidero. Cada día, cada momento, debería estar lleno de acciones de gracias. Dios es bueno, y todo lo que Él hace y otorga es para nuestro bien. Todo es un regalo.

Imagina que un hijo de padres ricos que ha recibido regalos costosos, asistido a las mejores escuelas y vivido en comodidad y seguridad le dice a sus padres: “Ustedes nunca me dieron lo suficiente”. Diríamos que ese hijo es un malcriado, un malagradecido. Sin embargo, cada uno de los regalos que Dios da a Sus propios hijos es infinitamente mejor: más lujoso, moldeado a la perfección para cada circunstancia, siempre para nuestro bien y siempre inmerecido. ¡Qué hijos tan malcriados somos si no le damos gracias constantemente!

Tiene sentido, entonces, que la ingratitud sea una característica de la apostasía en “los últimos días”. Pablo escribe: “Pero debes saber esto: que en los últimos días… los hombres serán amadores de sí mismos, avaros, jactanciosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, irreverentes…” (2 Tim 3:1-2). Tiene sentido que los “amadores de sí mismos”, los “jactanciosos”, los “soberbios” y los “ingratos” estén en el mismo grupo. La persona ingrata se cree el centro del mundo. Cree que se ha ganado todo lo que tiene. Para ella, nada es un regalo.

Pablo muestra la ingratitud como la raíz de un sinfín de problemas en la iglesia de Corinto. Escribe: “¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?” (1 Co 4:7). Los miembros de la congregación no reconocían que todo lo que tenían era un regalo de Dios. En cambio, eran soberbios y presumidos. 

Aquí, entonces, vemos al pecado “original” supremo asomando su horrible cabeza: el pecado del orgullo. La ingratitud y el orgullo van de la mano. Donde vaya uno, allá lo acompaña el otro. Un corazón orgulloso es un corazón ingrato que está en enemistad contra Dios. Cristiano, todo lo que tienes es un regalo. Agradécele a Dios constantemente por ello.

Este articulo fue publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
William B. Barcley
William B. Barcley

El Dr. William B. Barcley es el ministro principal de la Iglesia Presbiteriana Gracia Soberana en Charlotte, Carolina del Norte, profesor adjunto de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Reformado y autor del libro “El secreto del contentamiento”.