Jesús – su santidad (2)

Domingo 15 Enero

Jesús el Hijo de Dios… fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.

Hebreos 4:14-15

Fuisteis rescatados… con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.

1 Pedro 1:18-19

Jesús – su santidad (2)

Al nacer en la tierra, Jesús se hizo “semejante a los hombres” (Filipenses 2:7). Exteriormente no había nada que lo diferenciase de los demás, pero entre él y ellos había una diferencia esencial, y la Palabra de Dios la subraya cuidadosamente. A diferencia de todos los descendientes de Adán, Jesús no tenía pecado:

– “Cristo… no hizo pecado” (1 Pedro 2:21-22). La conducta de Jesús fue perfecta; siempre obedeció a Dios, y nunca hizo ningún mal (Lucas 23:41). Cerró la boca a sus opositores, preguntándoles: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Juan 8:46).

– “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (2 Corintios 5:21).

Jesús era santo y puro, sin pecado; no obstante, cuando tomó nuestro pecado sobre él, para sufrir el juicio en nuestro lugar, el Dios santo lo castigó y lo abandonó. ¡Era necesario que Dios castigara severamente el pecado!

– “No hay pecado en él” (1 Juan 3:5).

Todos somos pecadores por naturaleza; en cambio, el pecado no halló ningún lugar, ningún eco, en la persona santa de Jesús.

¡Sí, Jesús fue perfecto en todos los sentidos! Era el cordero para el sacrificio del cual ya hablaba Abraham (Génesis 22:8), ese “cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo” (1 Pedro 1:19-20), y reconocido por Juan el Bautista, quien da un testimonio claro de él: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

(continuará el próximo domingo)

1 Samuel 12 – Mateo 10:26-42 – Salmo 9:15-20 – Proverbios 3:16-18

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Jesús – su santidad (2)

Domingo 15 Enero
Jesús el Hijo de Dios… fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.
Hebreos 4:14-15
Fuisteis rescatados… con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.
1 Pedro 1:18-19

Jesús – su santidad (2)
Al nacer en la tierra, Jesús se hizo “semejante a los hombres” (Filipenses 2:7). Exteriormente no había nada que lo diferenciase de los demás, pero entre él y ellos había una diferencia esencial, y la Palabra de Dios la subraya cuidadosamente. A diferencia de todos los descendientes de Adán, Jesús no tenía pecado:

– “Cristo… no hizo pecado” (1 Pedro 2:21-22). La conducta de Jesús fue perfecta; siempre obedeció a Dios, y nunca hizo ningún mal (Lucas 23:41). Cerró la boca a sus opositores, preguntándoles: “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” (Juan 8:46).

– “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado” (2 Corintios 5:21).

Jesús era santo y puro, sin pecado; no obstante, cuando tomó nuestro pecado sobre él, para sufrir el juicio en nuestro lugar, el Dios santo lo castigó y lo abandonó. ¡Era necesario que Dios castigara severamente el pecado!

– “No hay pecado en él” (1 Juan 3:5).

Todos somos pecadores por naturaleza; en cambio, el pecado no halló ningún lugar, ningún eco, en la persona santa de Jesús.

¡Sí, Jesús fue perfecto en todos los sentidos! Era el cordero para el sacrificio del cual ya hablaba Abraham (Génesis 22:8), ese “cordero sin mancha y sin contaminación, ya destinado desde antes de la fundación del mundo” (1 Pedro 1:19-20), y reconocido por Juan el Bautista, quien da un testimonio claro de él: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

(continuará el próximo domingo)
1 Samuel 12 – Mateo 10:26-42 – Salmo 9:15-20 – Proverbios 3:16-18

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Y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! – Mateo 14:30

Los siervos del Señor, cuando se están hundiendo, recurren a la oración. Pedro olvidó orar al emprender su atrevido viaje, pero una vez que empezó a hundirse el peligro le hizo clamar; y, aunque su clamor se produjo tarde, no fue demasiado tarde.

En las horas de dolores físicos y de angustia mental, nos sentimos llevados a la oración de un modo natural, como las olas llevan al náufrago a la orilla. La zorra corre a su cueva para protegerse; el pájaro vuela al bosque para refugiarse y, de la misma forma, el creyente probado se apresura a ir al propiciatorio para hallar seguridad. La oración es el gran puerto de refugio celestial: miles de naves sacudidas por las tormentas hallaron allí su refugio. Así que, cuando se acerque alguna tormenta, será prudente que nos dirijamos a ese puerto a toda vela.

Las oraciones cortas son suficientemente largas. La petición que Pedro formuló constó solo de dos palabras, pero fueron suficientes para su propósito. Lo deseable no es la extensión, sino el poder. Un sentido claro de nuestra necesidad puede enseñarnos a ser breves. Si nuestras oraciones tuviesen menos plumas de la cola —que indican jactancia— y más de las alas, serían mucho mejores. La verbosidad es a la oración lo que el tamo al trigo. Las cosas preciosas se colocan en espacios reducidos, y cuanto hay de verdadera oración en una larga plegaria, podría expresarse en una petición tan corta como la de Pedro.
Nuestras necesidades son las oportunidades de Dios. En cuanto un vivo sentimiento de peligro arranca de nosotros un clamor angustioso, el oído de Jesús oye en el acto (pues en él, el oído y el corazón son una misma cosa) y su mano no se tarda. Nosotros apelamos al Maestro en el último instante, pero su diligente mano compensa nuestra tardanza con una acción instantánea y efectiva. ¿Estamos a punto de ser arrastrados por las turbulentas aguas de la aflicción? Levantemos nuestras almas al Salvador y descansemos seguros de que él no permitirá que perezcamos.

Cuando no podemos hacer nada, Jesús lo hace todo. Pongamos a nuestro lado su poderosa ayuda, y todo irá bien.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 22). Editorial Peregrino.

Luche para entrar

Sábado 14 Enero
(Jesús dijo:) Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán.
Lucas 13:24
Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo.
Juan 10:9

Luche para entrar
«Bip, bip, bip, bip…». Las señales sonoras y luminosas indican a los pasajeros de los transportes públicos que las puertas del bus se van a cerrar. Esto no impide que algunas personas que llegan tarde se lancen dentro, corriendo el riesgo de quedar atrapadas por las puertas que se cierran. ¿Por qué tantos viajeros corren ese riesgo, sabiendo que cada tres o cuatro minutos pasa un tren o un bus? Su empeño en querer entrar me hace pensar en esta frase de Jesús: “Esforzaos a entrar por la puerta angosta”.

¿Por qué luchar? Porque no se trata de pasar con todo lo que poseemos. Al contrario, ¡para pasar esta puerta es necesario abandonar, renunciar y descargarse! Antiguamente, al caer la noche, en las ciudades se cerraba la puerta principal, por seguridad. Si alguien quería entrar, tenía que pasar por una puerta secundaria, una puerta estrecha ante la cual debía dejar todas sus valijas.

Sucede lo mismo para pasar por la puerta estrecha, la puerta que lleva a la vida eterna. Solo podemos entrar si dejamos nuestras pretensiones, la buena opinión que tenemos de nosotros, nuestro orgullo, nuestra codicia. Es preciso ir a la cruz donde Jesús dio su vida para salvarnos, a usted y a mí. Él nos abrió la puerta de la reconciliación con Dios. La puerta estrecha también es la puerta de la misericordia de Dios.

Esta puerta se cerrará un día. ¡Es necesario pasar por ella ahora mismo! ¡Debe ir a Jesús hoy!

1 Samuel 11 – Mateo 10:1-25 – Salmo 9:11-14 – Proverbios 3:13-15

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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Hizo flotar el hierro – 2 Reyes 6:6

Hizo flotar el hierro – 2 Reyes 6:6

El hacha parecía estar irremediablemente perdida y, como era prestada, el prestigio de los hijos de los profetas se hallaba probablemente en peligro. Como consecuencia, el nombre de su Dios iba a quedar comprometido. Contra lo que se esperaba, el hierro subió de las profundidades del río y flotó, pues lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Conozco a un hombre en Cristo que hace solo unos años fue llamado a emprender una obra que estaba muy por encima de sus fuerzas. Parecía tan difícil que aun la simple idea de intentarla resultaba absurda. Sin embargo, se le llamó a ejecutarla y, al presentarse la ocasión, su fe se afirmo.

Dios premió la fe de ese hombre, le envió una ayuda inesperada y el hierro flotó. Otro, de la familia del Señor, estaba pasando por una grave apretura económica. Si hubiese podido vender cierta parte de sus bienes habría tenido con qué satisfacer todos sus compromisos, pero de la noche a la mañana se vio en un callejón sin salida y en vano fue en busca de sus amigos. No obstante, su fe lo guió hacia el inefable Ayudador y, ¡he aquí que la dificultad desapareció y el hierro flotó! Otro estaba preocupado por un triste caso de corrupción. Ya había apelado a la enseñanza, a la reprensión, a la exhortación, a la invitación y a la intercesión, pero… todo en vano. El viejo Adán era demasiado fuerte para el joven Melanchthon; el terco espíritu no quería ceder. Entonces luchó en oración y, al poco tiempo, le fue enviada del Cielo una bendita respuesta. El corazón duro se quebrantó y flotó el hierro. Querido lector, ¿qué es lo que te desespera? ¿Qué asunto grave tienes que resolver hoy? Tráelo aquí: el Dios de los profetas vive, y vive para ayudar a sus santos.

Él no permitirá que carezcas de bien alguno. ¡Pon tu fe en el Señor de los Ejércitos! Acércate a él invocando el nombre de Jesús y el hierro flotará. Dentro de poco verás el dedo de Dios obrando maravillas por su pueblo: «Conforme a tu fe te sea hecho». Y el hierro flotará una vez más.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 21). Editorial Peregrino.

¿Quién puede conocer a Dios?

Viernes 13 Enero

¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es el Señor, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance.

Isaías 40:28

¿Quién puede conocer a Dios?

Si reflexiono sobre Dios, sobre su existencia eterna, su presencia en todas partes, y al mismo tiempo sobre su grandeza, su sabiduría, su poder, esta pregunta resuena en mí: “¿Descubrirás tú los secretos de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso?” (Job 11:7). Al contemplar el cielo y la tierra debo admitir que lo que veo es una ínfima parte de las obras del Creador: “Estas cosas son solo los bordes de sus caminos; ¡y cuán leve es el susurro que hemos oído de él! Pero el trueno de su poder, ¿quién lo puede comprender?” (Job 26:14).

¿Y qué decir de su amor incondicional? Al pensar en sus constantes cuidados, exclamo: “Has aumentado, oh Señor Dios mío, tus maravillas; y tus pensamientos para con nosotros, no es posible contarlos ante ti. Si yo anunciare y hablare de ellos, no pueden ser enumerados” (Salmo 40:5).

Cuando pienso en la omnisciencia de Dios, en su perfecto conocimiento de mi vida, debo reconocer que Su grandeza va más allá de mi comprensión: “Aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Señor, tú la sabes toda… Sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender” (Salmo 139:4-6).

Nuestras limitaciones humanas nos enseñan la humildad, pero la fe recibe la revelación de Dios en Jesucristo y nos lleva a adorarle. Dios creó todo para transmitir la vida y la felicidad a sus criaturas, y admitirlas en su gloriosa presencia.

1 Samuel 10 – Mateo 9:18-38 – Salmo 9:1-10 – Proverbios 3:11-12

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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Aún tengo razones en defensa de Dios – Job 36:2

Aún tengo razones en defensa de Dios». Job 36:2

No debemos buscar publicidad para nuestras virtudes ni para nuestro fervor; pero, al mismo tiempo, es un pecado estar siempre procurando esconder lo que Dios nos ha concedido para bien de otros. Un cristiano no tiene que ser una aldea colocada en un valle, sino «una ciudad asentada sobre un monte».

No tiene que ser una lámpara colocada debajo de un almud, sino sobre el candelero, que alumbra a todos. El retraimiento puede resultar agradable en su tiempo, y el ocultarse a sí mismo es, sin duda, signo de modestia; pero el ocultar a Cristo en nosotros nunca puede estar justificado, y el retraerse de la verdad que nos es preciosa es un pecado contra nuestros semejantes y una ofensa contra Dios. Si tienes un temperamento nervioso y una disposición a ser retraído, ten cuidado de no tolerar demasiado esta propensión a temblar, para que no seas inútil a la Iglesia.

En el nombre del que no se avergonzó de ti, procura hacer alguna leve violencia a tus sentimientos y cuenta a otros lo que Cristo te ha dicho a ti. Si no puedes hablar con voz de trueno, hazlo con voz apacible. Si el púlpito no tiene que ser tu tribuna, si la prensa no puede llevar sobre sus alas tus palabras, di con Pedro y Juan: «No tengo oro ni plata, mas lo que tengo te doy». Si no puedes predicar un sermón desde un monte, háblale a la mujer samaritana junto al pozo de Sicar; si no puedes hacerlo en el Templo, alaba a Jesús en las casas; hazlo en el campo, si no te es posible hacerlo en el negocio; en medio de tu propia familia, si no lo puedes hacer entre la multitud. Desde los ocultos manantiales, deja que fluyan apaciblemente los vivos arroyos del testimonio, dando así de beber a cuantos pasen.

No ocultes tu talento; negocia con él y producirás un buen interés para tu Maestro y Señor. El hablar por Dios será para nosotros motivo de refrigerio, para los santos motivo de alegría, para los pecadores motivo de provecho y para el Salvador motivo de honor.

Los hijos mudos son una aflicción para los padres. Señor, desata la lengua de todos tus hijos.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, pp. 20-21). Editorial Peregrino.

Una buena noticia para un mundo perdido

Jueves 12 Enero
(Cristo Jesús) vino y anunció las buenas nuevas de paz.
Efesios 2:17
No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.
Lucas 5:32

Una buena noticia para un mundo perdido

Cuando abrimos un periódico, quisiéramos encontrar más noticias buenas que malas, pero no es así. Sin embargo, desde hace veinte siglos, una buena noticia fue anunciada: ¡El Evangelio, que significa buena noticia!

Jesús vino al mundo y anunció la buena nueva de la paz. Este es un resumen de los planes de Dios para el hombre perdido y sin esperanza. Desde la muerte y la resurrección de Cristo, el Evangelio proclama a todos que el Hijo de Dios se hizo hombre, que murió en una cruz sufriendo el castigo por nuestros pecados, y que así abrió el camino hacia Dios a todo el que se arrepiente. Esta es la maravillosa revelación del amor divino presentada en el Nuevo Testamento.

Muchas personas conocen esta noticia, pero tristemente no quieren beneficiarse de ella. Jesús, el portador de este mensaje de paz, no fue recibido. Se presentó como la luz del mundo (Juan 8:12), pero “los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3:19). Lo mismo sucede en nuestros días: en su conjunto, el mundo rechaza el evangelio y se aleja cada vez más del amor de Cristo. Pero Dios es paciente, él no quiere “que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). El Evangelio todavía es predicado en todo el mundo, como Jesús lo anunció (Marcos 13:10). ¡Benefíciese hoy de esta buena noticia!

“He aquí sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que anuncia la paz” (Nahum 1:15).

“Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca” (Efesios 2:17).

1 Samuel 9 – Mateo 9:1-17 – Salmo 8 – Proverbios 3:9-10

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Yo he rogado por ti – Lucas 22:32

¡Cuán alentador es pensar en la incesante intercesión del Redentor en favor nuestro! Cuando oramos, él aboga por nosotros; y cuando no oramos, el defiende nuestra causa y, por sus súplicas, nos protege de los daños invisibles. Observa la palabra de aliento dirigida a Pedro: «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo, pero…» ¿qué? ¿Ve y ora por ti? Este hubiera sido un buen consejo, pero no es lo que hallamos escrito. Ni le dijo: «Pero yo te mantendré alerta y así serás preservado»: esto hubiera sido una gran bendición; pero no, lo que le dijo fue: «Yo he rogado por ti, que tu fe no falte». Poco conocemos lo que debemos a las oraciones de nuestro Señor.

Cuando lleguemos a la cumbre del Cielo y miremos todo el camino por el cual el Señor nuestro Dios nos ha guiado, ¡cómo alabaremos al que, ante el Trono eterno, desbarató el daño que Satanás estaba haciendo en la tierra! ¡Cuántas gracias le daremos porque él nunca estuvo en silencio, sino que día y noche mostró las heridas de sus manos y llevó nuestros nombres en su pectoral! Aun antes que Satanás empezara a tentarnos, Jesús lo anticipó e introdujo una petición en el Cielo. La misericordia le gana la carrera a la malicia. Observa: él no dice: «Satanás os ha zarandeado y, por tanto, yo rogaré», sino: «Satanás os ha pedido». Él ataja a Satanás aun en sus mismos deseos. Jesús no dice: «Pero yo he deseado rogar por ti».

No, sino que expresa: «Yo he rogado por ti, ya lo he hecho; he ido al tribunal e iniciado una réplica antes de que se presentase la acusación». ¡Oh Jesús, cuánto nos alienta saber que tú has defendido nuestra causa contra nuestros enemigos invisibles, que has desactivado sus minas, y que has desenmascarado sus emboscadas. En esto tenemos motivo para el gozo, la gratitud, la esperanza, y la confianza.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 19). Editorial Peregrino.

El camino de la felicidad

Miércoles 11 Enero
Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
Juan 14:5-6

El camino de la felicidad
Jean d’Ormesson, decano de la Academia Francesa, filósofo y autor de muchas obras, murió el 5 de diciembre de 2017. En una de sus últimas obras escribió: «Muy pronto llegará el tiempo en que me encontraré ante Dios… Busqué la felicidad… Nunca dejé, desde el fondo de mi abismo, de buscar el camino, la verdad y la vida».

Sin duda muchos lectores se sienten identificados con estas declaraciones. ¿Qué ser humano no se preocupa por la muerte… y por lo que hay más allá? Pero, ¿de qué sirve buscar, si no vamos al único que tiene la respuesta?

Dios no nos dejó sin respuesta. Jesús, su Hijo, fue su mensajero. Dejó la gloria del cielo para tomar nuestra condición humana y morir en una cruz, sufriendo el suplicio destinado a los peores malhechores. Su sacrificio abre un camino hacia Dios a todo el que lo acepta como su Salvador, y Dios lo adopta como su hijo.

Jesús también mostró qué es la verdad, no una verdad como la de los hombres, que cambia en función de las épocas y lugares. ¡La verdad divina es invariable, constante, la misma para todos! Muestra todo lo que hay en el corazón humano, sus contradicciones, sus bajezas, sus miedos, pero también revela el corazón de Dios: su amor, su compasión, su gracia. Podemos aferrarnos a esta verdad con toda confianza. Jesús también es la fuente de la vida, la vida eterna.

Si usted cree en él, la muerte ya no será un salto a lo desconocido, sino la puerta abierta hacia el paraíso celestial. ¡Confíe en Jesús, quien es el camino, la verdad y la vida!

1 Samuel 7-8 – Mateo 8:23-34 – Salmo 7:9-17 – Proverbios 3:7-8

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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