67 – Evangelización no requiere la expulsión previa de demonios en territorios a evangelizarse

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 67

Evangelización no requiere la expulsión previa de demonios en territorios a evangelizarse

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

Justificación y Juicio

Ministerios Ligonier

Serie: La doctrina de la justificación

Justificación y Juicio
Por Cornelis P. Venema

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La doctrina de la justificación.

n los debates sobre la doctrina de la justificación, uno de los temas más discutidos es la relación entre la justificación y el juicio final según las obras. Si la justificación es un veredicto definitivo en el que Dios declara que «no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús» (Rom 8:1, énfasis añadido), ¿qué debemos hacer con la enseñanza de la Escritura de que los creyentes están sujetos a un juicio final en el último día? El Catecismo Mayor de Westminster enseña que los justos «serán reconocidos y absueltos públicamente» en el día del juicio (Pregunta 90). ¿Exige esta absolución final de los creyentes una distinción de dos etapas en la justificación: una justificación inicial basada solo en la justicia de Cristo y una justificación futura basada, al menos en parte, en las buenas obras? Y si se requiere de tal distinción de dos etapas en la justificación de los creyentes, ¿cómo podemos evitar la conclusión de que la justificación presente de los creyentes está suspendida en un evento futuro en el que el veredicto justificador de Dios depende de las obras?

Desde la Reforma del siglo XVI, la Iglesia católica romana ha enseñado que el «proceso de justificación» incluye varias etapas. La justificación comienza en el bautismo (la «primera» justificación) y posteriormente se incrementa mediante la cooperación del creyente con la gracia de Dios impartida a través de los sacramentos (la «segunda» justificación). Sin embargo, la justificación solo se completa en el juicio final tras un período de purificación en el purgatorio (justificación «final»). Según la visión católica romana, los creyentes están siempre expuestos a la pérdida de la justificación por la comisión de un pecado mortal. Para aquellos cuya justificación «naufraga» por el pecado mortal, el único remedio para restaurar el estado de gracia es el sacramento de la penitencia. De manera excepcional, solo los «santos», perfeccionados en santidad en esta vida, al morir tendrán el «mérito» para la bienaventuranza de estar en la presencia de Dios sin más purificación en el purgatorio. Para apoyar esta enseñanza se apela con frecuencia a la enseñanza bíblica relativa a un juicio futuro según las obras.

Sorprendentemente, en los debates recientes sobre la justificación y el juicio final según las obras, varios teólogos protestantes han propuesto distinciones similares entre las diferentes etapas de la justificación: pasada, presente y futura. Según los defensores de una «nueva perspectiva sobre Pablo», los creyentes «entran» en la comunidad del pacto por la gracia, pero «permanecen» y son finalmente reivindicados por sus obras. N. T. Wright, por ejemplo, apela a la enseñanza del apóstol Pablo en Romanos 2:14-16 para decir que nuestra «justificación futura» estará basada en una vida de fidelidad. Otros comprometen la enseñanza bíblica de la justificación por la fe sola cuando insisten en que las obras que produce la fe en cierto sentido son instrumentales para la justificación del cristiano. En lugar de considerar la fe como un acto estrictamente receptivo, que se apoya solo en la justicia de Cristo para la justificación, insisten en que la «obediencia de la fe» («fidelidad») es la forma en que se recibe nuestra justificación. En consecuencia, la justificación pronunciada en el juicio final se concederá solo a quienes hayan mantenido su justificación perseverando en la obediencia.

LA JUSTIFICACIÓN: UN VEREDICTO DEFINITIVO Y ESCATOLÓGICO
Antes de considerar algunos pasajes del Nuevo Testamento que hablan de un juicio final según las obras, debemos detenernos y preguntarnos: ¿Qué está en juego en la afirmación de que el juicio final implica una justificación futura basada en las obras —ya sean meritorias o no— de la persona justificada?

La respuesta corta a la pregunta es: todo. Si la justificación de los creyentes se basa en última instancia en una futura justificación por obras, entonces los creyentes nunca podrán estar seguros de que están definitiva e irrevocablemente bien con Dios. Si la justicia de Cristo no es la base exclusiva de su aceptación ante Dios, ahora y siempre, entonces los creyentes no pueden estar seguros de su herencia de vida eterna en Cristo. La perspectiva de una futura justificación (o condenación) sobre la base de las obras socava radicalmente cualquier convicción segura del favor continuo de Dios hacia nosotros. Considerar el juicio final como una etapa final de la justificación del creyente equivale a decir que los creyentes serán finalmente justificados por la gracia más las obras. El problema obvio de estos puntos de vista sobre el juicio final y la justificación es que comprometen el carácter definitivo y escatológico (perteneciente a las últimas cosas) de la justificación.

En vez de considerar el juicio final como un capítulo final de nuestra justificación, el Catecismo Mayor de Westminster lo describe de manera correcta como una absolución y un reconocimiento público. Este lenguaje no habla de un veredicto de justificación que finalmente determina quién está bien con Dios. No sugiere que la seguridad actual del creyente en el favor de Dios en Cristo sea meramente provisional, que todavía no sea segura o cierta. No, el juicio final manifiesta abiertamente lo que ya conocen los creyentes por la fe: el Juez, Jesucristo, que los absuelve en el juicio final, ya ha sido juzgado en su lugar y es su justicia ante Dios. Así como la resurrección de Cristo confirmó la suficiencia y perfección de Su sacrificio expiatorio por el pecado, la absolución pública de los creyentes en el juicio final confirmará ante todos su justificación gratuita por la fe solo en Cristo (Rom 4:25).

Pero eso no es todo lo que el juicio final revelará. El juicio final también traerá un reconocimiento abierto de aquellos cuya fe en Cristo no era una fe muerta o sin obras, no acompañada de las buenas obras que produce la fe verdadera (ver Stg 2:14-26). En el día del juicio, el reconocimiento público de los creyentes incluirá la concesión de recompensas de acuerdo con sus buenas obras o en proporción a ellas (ver Mt 25:21, 23; 1 Co 3:10-15; 2 Tim 4:8). Aunque esta recompensa se otorgará por gracia y no según el mérito, será una recompensa que mostrará el reconocimiento de Dios por lo que los creyentes han hecho en servicio agradecido a Él (Heb 6:10). Al reconocer las obras de los creyentes, Dios añadirá gracia sobre gracia, aceptando, reconociendo y recompensando a los creyentes por aquellas buenas obras que Él mismo preparó de antemano para que anduvieran en ellas (Ef 2:10).

DOS PASAJES ILUSTRATIVOS SOBRE UN JUICIO FINAL «SEGÚN LAS OBRAS»
Hay muchos pasajes en el Nuevo Testamento que hablan de un juicio final de los creyentes que será conforme a las obras (por ejemplo: Mt 12:36; 16:27; 2 Co 5:10; 2 Tim 4:1; Ap 20:11-15). Aunque estos pasajes afirman que Dios recompensará a los creyentes por sus obras, nunca sugieren que las obras de los creyentes sean la base de su justificación ante Dios (ver Rom 3:20; Gal 2:16). Aunque Dios recompensará las obras imperfectas de los creyentes, esta recompensa depende de la verdad más fundamental de que los creyentes ya son aceptos delante de Él sobre la base de la justicia perfecta de Cristo. Para decirlo de otro modo, la recompensa concedida no es la dádiva de Dios de vida eterna (Rom 6:23), sino un reconocimiento en gracia de la forma en que las vidas de los creyentes estuvieron en sintonía con la obra del Espíritu de Cristo en ellos. Estas obras confirman la enseñanza de la Escritura de que, así como la fe sola justifica, la fe nunca está sola en aquellos a quienes Dios justifica y a quienes también santifica.

Entre los pasajes que hablan de un juicio final según las obras, dos son particularmente instructivos: (1) la parábola de las ovejas y los cabritos en Mateo 25:31-46, y (2) la enseñanza del apóstol Pablo sobre el justo juicio de Dios en Romanos 2:1-16.

Mateo 25:31-46: Las ovejas y los cabritos. En el primero de estos pasajes, Mateo 25:31-46, Jesús ofrece una imagen sorprendente del juicio final que tendrá lugar cuando el Hijo del Hombre venga en Su gloria y todas las naciones y pueblos sean reunidos ante Él.

En el lenguaje de la parábola, Jesús compara el juicio final con un pastor o rey que reúne a su rebaño y separa a las ovejas de las cabras, colocando las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces el rey dice a las ovejas de la derecha:

Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí (Mt 25:34-36).

En Su descripción de la respuesta de las ovejas a las palabras del rey, Jesús presenta a las ovejas como sorprendidas, incluso desconcertadas, por el pronunciamiento de la bendición del rey sobre ellas. Por eso le preguntan al rey cuándo le hicieron esas cosas: cuándo le dieron de comer y beber, lo vistieron y lo visitaron, lo acogieron como forastero, etc. En su respuesta a la pregunta, el rey declara que «en cuanto lo hicisteis a uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños, a mí lo hicisteis» (v. 40).

Después de describir el trato que el rey da a las ovejas a su derecha, Jesús pasa al trato que da a las cabras de la izquierda. En lugar de bendecir a las cabras, el rey les pronuncia una maldición y les pide que se aparten de él «al fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles» (25:41; ver v. 46). A continuación, describe la conducta de las cabras como el polo opuesto de las ovejas. A diferencia de las ovejas, el rey declara que las cabras no acudieron en su ayuda cuando ellas no mostraron bondad y misericordia con los que tenían hambre, sed, eran forasteros o estaban desnudos. A esta descripción de su fracaso, las cabras también responden con sorpresa. Protestan porque no recuerdan no haber tratado al rey con amor y bondad al no atender las necesidades del hambriento, el sediento, el desnudo, el forastero y el prisionero.

En esta notable representación del juicio final, varios temas están claramente presentes. Cuando el Hijo del Hombre venga, juzgará a todas las naciones y pueblos, a los justos y a los impíos. Nadie estará exento del juicio, y este juicio revelará la diferencia entre los que han dado pruebas de su fe en Cristo viviendo de acuerdo con Sus enseñanzas y los que no lo han hecho. En el caso de los justos, Cristo los reconocerá y elogiará públicamente por todas las formas en que demostraron su compromiso con Él, al mostrar compasión hacia «uno de estos hermanos míos, aun a los más pequeños» (v. 40). En el caso de los malvados, Cristo los condenará por no haber hecho lo mismo. La justicia del juicio de Cristo y la separación entre las ovejas y las cabras se mostrarán abiertamente para que todos las vean.

Aunque el juicio final recompensa a las ovejas y a las cabras según sus obras, varias características de la enseñanza de Jesús en este pasaje militan claramente contra la idea de que Él pretendía tratar una doctrina de salvación por obras. En primer lugar, antes de hablar sobre las buenas obras de las ovejas, Jesús señala que su herencia del reino estaba «preparado para vosotros desde la fundación del mundo» (v. 34). Este lenguaje es muy similar al que Jesús utilizó al momento de describir a Sus discípulos como los «escogidos» de Dios (24:22, 24). También es coherente con la enseñanza de Jesús en otras partes del Evangelio de Mateo de que los que entran en el reino lo hacen por la gracia y el perdón de Dios, no por sus propios méritos o logros (5:3; 6:12; 18:23-35; 19:25). En segundo lugar, la principal diferencia entre las ovejas y las cabras radica en su relación con Jesús. Al mostrar amor y bondad hacia el más pequeño de los hermanos de Jesús, las ovejas demostraron su amor por Él. Y en tercer lugar, la sorpresa, incluso el olvido, de las ovejas respecto a su servicio a los hermanos de Jesús confirma que sus actos fueron realizados con alegría y gratitud. En ningún sentido estas acciones fueron motivadas por un deseo de recompensa o por un temor de que no hacerlas llevaría a su condenación en el juicio final. Los actos de las ovejas simplemente confirmaban su confesión del señorío de Jesús (ver 7:25).

Romanos 2:1-16: A cada uno conforme a sus obras. El segundo pasaje, Romanos 2:1-16, ofrece una de las afirmaciones más claras de la Escritura sobre un juicio final conforme a las obras. En este pasaje, el apóstol Pablo afirma que todos los seres humanos, judíos y gentiles por igual, estarán sujetos al juicio de Dios. Dios «pagará a cada uno conforme a sus obras» (2:6). El criterio de este juicio será diferente en el caso de los judíos, a quienes se les dio la ley, y en el de los gentiles, a quienes no se les dio la ley, pero en cuyos corazones estaba escrita la obra de la ley (vv. 14-15). Aunque la norma del juicio de Dios será proporcional a lo que Dios ha dado a conocer a judíos y gentiles con respecto a la ley y al evangelio, nadie estará exento. El juicio final revelará que «no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los que cumplen la ley, esos serán justificados» (v. 13). En el caso de los condenados, la justicia de Dios se manifestará a la vista de todos.

Aunque algunos intérpretes de este pasaje afirman que enseña una justificación final de los creyentes sobre la base de las obras, es de suma importancia señalar que Pablo habla de un juicio conforme a, pero no a causa de las buenas obras. Concluir de este pasaje que Pablo veía el juicio final como un acto de justificación sobre la base de las obras sería contradecir totalmente lo que él mismo enseña sobre la justificación en otras partes de Romanos. Dentro del marco del argumento de Romanos 1-3, pudiera ser que Pablo estuviera hablando hipotéticamente, como han argumentado Juan Calvino y muchos otros exégetas reformados. Puesto que nadie es capaz de hacer lo que exige la ley (ver Rom 3:9-19), nadie será justificado sobre la base de las obras. Sin embargo, incluso si se interpreta que Pablo hablaba de lo que realmente es el caso, esto no comprometería su enseñanza de que la justificación es por gracia sola mediante la fe en Cristo solamente. Según esta interpretación, Pablo simplemente pudiera estar enseñando que solo serán justificados aquellos cuya fe «obra por amor» (Gal 5:6), aunque sus obras sean imperfectas y no contribuyan en nada a su justificación. Dado que los que son justificados por la fe sola son también santificados por el Espíritu de Cristo, el juicio final confirmará que los justificados no fueron salvos por una fe desprovista de frutos.

CONCLUSIÓN
Cuando se interpreta correctamente la relación entre la justificación y el juicio final según las obras, se desprenden dos conclusiones. En primer lugar, la perspectiva del juicio final no tiene por qué poner en peligro la confianza del creyente en que ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús. En el día del juicio, los creyentes que confían solo en Cristo como su justicia ante Dios serán abiertamente absueltos. Su fe en Cristo será vindicada. Y en segundo lugar, el reconocimiento abierto y la recompensa de las buenas obras de los creyentes servirán para evidenciar la autenticidad de su fe. Dado que la verdadera fe siempre va acompañada de sus frutos, los creyentes se sienten alentados por la perspectiva de que sus buenas obras serán reconocidas, incluso recompensadas, en el juicio final. En efecto, para estos creyentes será un día de alegría, cuando su Maestro les diga: «Bien, siervo bueno y fiel… entra en el gozo de tu señor» (Mt 25:22-23).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Cornelis P. Venema
El Dr. Cornelis P. Venema es presidente y profesor de estudios doctrinales en Mid-America Reformed Seminary en Dyer, Indiana. Es autor de numerosos libros y coeditor del Mid-America Journal of Theology.

69 – La iglesia protestante ha adquirido supersticiones que tienen que ser eliminadas

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 69

Un cristiano transformado por el evangelio exhibe el fruto del Espíritu

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

La doctrina de la santificación definida confesionalmente

Ministerios Ligonier

Serie:  La doctrina de la justificación

La doctrina de la santificación definida confesionalmente

Por Guy Prentiss Waters

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La doctrina de la justificación.

Es correcto pensar que la Reforma Protestante fue el rescate de la doctrina bíblica de la justificación por la fe sola. Pero la Reforma también rescató la doctrina bíblica de la santificación. Reconoció que solo se puede tener claridad sobre la justificación si se tiene claridad sobre la santificación. En sus confesiones, la tradición reformada nos ha dejado un testimonio especialmente rico sobre la doctrina de la santificación. Podemos ver ese testimonio a lo largo de siete puntos principales.

Primero, la santificación es obra de la gracia de Dios. La santificación no es la obra de un ser humano por sí solo. Es la obra continua de Dios en y a través de un ser humano. Esta obra comienza con el llamamiento eficaz y la regeneración, cuando Dios crea «un nuevo corazón» y «un nuevo espíritu» en una persona (Confesión de Fe de Westminster 13.1). En el comienzo de la vida cristiana, Dios pone en el corazón «las semillas del arrepentimiento para vida y todas las demás gracias salvadoras», gracias que son «estimuladas, aumentadas y fortalecidas» para el resto de la vida de esa persona (Catecismo Mayor de Westminster 75). Por estas razones, la santificación nunca obtiene mérito personal delante de Dios. Es una «obra de la libre gracia de Dios» (Catecismo Menor de Westminster 35).

En segundo lugar, la santificación comienza con un cambio de señorío. La santificación no consiste en que Dios haga refinamientos cosméticos en la vida de una persona. La santificación comienza, más bien, con la obra de Dios de trasladar una persona del reino del pecado al reino de la gracia. En Adán, estamos en esclavitud bajo el pecado (CFW 9.4). Muertos en delitos y pecados, hemos «perdido totalmente toda capacidad para querer algún bien espiritual que acompañe a la salvación» (CFW 9.3). Tampoco podemos convertirnos a nosotros mismos o prepararnos para la conversión (CFW 9.3). Pero en Cristo, Dios nos pone de manera salvadora, invencible e irreversible bajo el reino de la gracia (CFW 9.4; Catecismo de Heidelberg 43). De manera voluntaria y gozosa sometemos todo nuestro ser —cuerpo y alma— a Jesucristo, nuestro Señor (Sal 110:3). Por estas razones, el apóstol Pablo exhorta a los creyentes una y otra vez a vivir de forma que refleje el señorío presente de Jesucristo sobre la totalidad de nuestras vidas (p. ej. Rom 6:1-7).

En tercer lugar, el poder en la santificación es el del Espíritu Santo, quien aplica la obra de Cristo a nuestras vidas. La santificación es, especialmente, la obra de Dios el Espíritu (2 Tes 2:13). El título del Espíritu, «Espíritu Santo», está directamente relacionado con Su compromiso de hacernos cada vez más santos (ver 1 Tes 4:7-8). En particular, el Espíritu mora en nosotros (CFW 13.1) y nos aplica la muerte y resurrección de Cristo (Catecismo Menor de Westminster 75). Por lo tanto, somos capaces de hacer morir el pecado (Rom 8:13) y de andar en la «novedad» de la «vida» de resurrección (6:4). La santificación, entonces, tiene dos dimensiones inseparables pero distinguibles. Por un lado está la mortificación: el debilitamiento y la muerte gradual y continua del pecado. Y por otro lado, la vivificación: un avivamiento del creyente en la gracia «para la práctica de la verdadera santidad» (CFW 13.1). Podríamos pensar en la santificación en términos negativos («no hagas»), y deberíamos hacerlo. Pero la santificación también es positiva («haz»). Al dejar el pecado, al mismo tiempo buscamos la justicia.

En cuarto lugar, la meta de Dios en la santificación es que seamos renovados conforme a la imagen de Dios en Cristo. Dios está renovando a cada uno de Sus hijos «en la totalidad de su ser según la imagen de Dios» (Catecismo Mayor de Westminster 75). Pablo nos dice que en la santificación estamos siendo renovados «conforme a la imagen de aquel que [nos] creó» (Col 3:10; cp. Ef 4:24). De manera particular, cada hijo de Dios está siendo conformado a la imagen de nuestro hermano mayor, Jesucristo (CH 86). La santificación, dice Pablo a los filipenses, es el proceso de conformación a Cristo (Flp 3:10). Al «contemplar la gloria del Señor» en las Escrituras, «estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria», y esto por el poder del Espíritu Santo (2 Co 3:18). La santificación también nos recuerda que Dios está formando una familia de pecadores redimidos. Cada miembro de la familia está siendo hecho para llevar la semejanza del Hijo amado de nuestro Padre celestial. Por eso, Pablo dice a los corintios: «Sed imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo» (1 Co 11:1). Al parecernos cada vez más a Cristo, ayudamos a nuestros hermanos y hermanas a ver con más claridad lo que Dios quiere que también ellos sean.

En quinto lugar, Dios nos ha llamado a participar en nuestra santificación. Aquí podemos apreciar la forma en que la tradición reformada ha captado el equilibrio de la enseñanza de las Escrituras. La santificación es obra de la gracia de Dios. Pero eso no significa que seamos pasivos en la santificación. Por el contrario, la gracia de Dios nos compromete en una actividad enérgica. Como dice Pablo a los filipenses: «ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para su beneplácito» (Flp 2:12-13). Precisamente porque Dios trabaja en nosotros, podemos y debemos trabajar en nuestra salvación. La gracia de Dios nos capacita para vivir una vida piadosa (ver Tit 2:11-12). ¿Cómo, entonces, participamos en nuestra santificación? Podemos responder a esta pregunta en dos vertientes. En primer lugar, tanto la fe como el arrepentimiento son dones de Dios para el pecador (ver Hch 5:31; 11:18; Ef 2:8, Flp 1:29), y tenemos la responsabilidad de ejercer estos dones. Dios no cree ni se arrepiente por nosotros. Por la gracia de Dios, nosotros creemos y nosotros nos arrepentimos. En segundo lugar, Dios ha designado ciertos medios por los que se complace en llevar a una persona a la fe (el ministerio de la Palabra) y aumentar y fortalecer esa fe (el ministerio de la Palabra; la administración de los sacramentos; la oración) (CFW 14.1). Si descuidamos estos medios, no podemos esperar crecer en santificación. Si usamos estos medios con diligencia, sí podemos esperar que Dios nos dé el crecimiento en la gracia que deseamos y necesitamos.

En sexto lugar, la Biblia nos informa sobre un patrón particular para la santificación del creyente. Todo creyente debe perseguir las buenas obras que la Biblia requiere de nosotros. Estas buenas obras se llevan a cabo en obediencia a la ley moral de Dios (ver CFW 16.1; CH 115). Las buenas obras son importantes por muchas razones en la vida cristiana, sobre todo para servir como «frutos y evidencias de una fe viva y verdadera» y para «fortalecer [nuestra] seguridad» (CFW 16.2; cp. Confesión Belga 24). Nuestra obediencia a Dios es tanto un deber como un placer. Obedecemos la ley de Dios tanto porque tenemos que hacerlo como porque queremos hacerlo. La vida de santificación es también una lucha continua contra nuestros enemigos: el mundo, la carne y el diablo (CFW 13.2; ver Rom 7:14-25; Gal 5:17). Esta batalla tendrá sus contratiempos y decepciones, pero luchamos a la luz de la victoria que Cristo ya ha ganado en nuestro favor sobre el pecado y la muerte (ver 1 Jn 3:9; 4:4; 5:4-5). Y debido al compromiso de Dios de terminar lo que empieza, sabemos que Dios completará el proyecto de santificación que ha comenzado en nuestras vidas (Flp 1:6; cp. Cánones de Dort V.13, CFW 13.3).

En séptimo lugar, debemos preguntarnos en qué se diferencian la justificación y la santificación. Ambas gracias son posesión del creyente. No hay ningún creyente justificado que no esté siendo santificado. Pero estas gracias son distintas entre sí al menos en cuatro aspectos (ver Catecismo Mayor de Westminster 77). En primer lugar, la justificación es un acto de la gracia de Dios, mientras que la santificación es una obra de la gracia de Dios (cp. Catecismo Mayor de Westminster 71 y 75). Es decir, la justificación es una declaración legal única y definitiva en el tribunal de Dios por medio de la cual somos «contados como justos». Dios pronuncia este veredicto en el momento en que una persona llega a la fe en Cristo. La santificación es una obra continua y progresiva de Dios en la vida de un creyente. En segundo lugar, la justificación al presente es perfecta, mientras que la santificación al presente es imperfecta pero «los hace crecer [a los creyentes] hacia la perfección» (Catecismo Mayor de Westminster 77). No puedes ser más justificado de lo que eres actualmente. Pero sí puedes y serás más santificado, y un día serás perfectamente santificado. En tercer lugar, la justificación se ocupa de la culpa del pecado, mientras que la santificación se ocupa del dominio y la presencia del pecado. En la justificación, Dios perdona nuestros pecados. En la santificación, Dios nos rescata de una vez por todas de la esclavitud del pecado y, gradualmente, elimina la presencia y la influencia del pecado de nuestra forma de pensar, nuestras elecciones, nuestras prioridades y nuestro comportamiento. En cuarto lugar, en la justificación, Dios «imputa la justicia de Cristo»; en la santificación, Dios, por medio de Su Espíritu, «infunde la gracia y capacita para ejercerla» (Catecismo Mayor de Westminster 77). En la justificación, la justicia de Cristo es imputada o contada al creyente en la corte de Dios y recibida por medio de la fe sola. Esta justicia imputada es la única base de nuestra justificación. En la santificación, Dios infunde la gracia de manera que nos volvemos interiormente más y más justos en nuestras vidas.

Las confesiones reformadas pretenden ayudar a los cristianos a entender la enseñanza de la Biblia de forma clara y completa. Su objetivo, como hemos visto, es ayudarnos a vivir para gloria y alabanza de Dios. La verdad es siempre conforme a la piedad (Tit 1:1). Si hemos puesto nuestra fe en Jesucristo, estamos perfecta e inmutablemente justificados. En amor, gratitud y obediencia a nuestro gran Dios trino, no aspiremos a algo menos que a lo que un día seremos: ser conformados a la imagen de Jesucristo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Guy Prentiss Waters

El Dr. Guy Prentiss Waters es el profesor James M. Baird, Jr. del Nuevo Testamento en el Reformed Theological Seminary in Jackson, Miss., con un interés particular en las cartas y la teología de Pablo, el uso de las Escrituras en el Nuevo Testamento y los Evangelios sinópticos.

68 – Un cristiano transformado por el evangelio exhibe el fruto del Espíritu

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 68

Un cristiano transformado por el evangelio exhibe el fruto del Espíritu

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

La doctrina de la justificación definida confesionalmente

Ministerios Ligonier

Serie:  La doctrina de la justificación

La doctrina de la justificación definida confesionalmente

Por Chad Van Dixhoorn

Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La doctrina de la justificación.

Diez años después de que Martín Lutero publicara sus noventa y cinco tesis, los teólogos y príncipes luteranos comenzaron a trabajar en una declaración de fe que se convirtió en la Confesión de Augsburgo (1530). Para entonces, ya estaba claro que un artículo definitorio de la Reforma era la doctrina de la justificación, ya que una de las prioridades de los creyentes evangélicos, como se les conocía entonces a los protestantes, era confesar claramente cómo los cristianos se benefician de la gracia de Dios por medio de Cristo. Así, después de presentar artículos sobre Dios, el pecado y la obra de Jesús, los luteranos, como se les llamó más tarde, ofrecieron un cuarto artículo: «De la justificación». El artículo afirmaba claramente que no podemos ser justificados ante Dios por nuestras «propias fuerzas, méritos u obras», sino que somos justificados por causa de Cristo y por la fe.

Fue un buen comienzo. Lo que la Confesión de Augsburgo había hecho era importante, pues resumía los elementos básicos de una doctrina completamente bíblica. Pero el artículo sobre la justificación era conciso, más breve que el artículo de Augsburgo sobre la «Nueva obediencia» y mucho más breve que el artículo sobre el arrepentimiento. Tampoco era claro: el artículo sobre la justificación terminaba con una observación de Romanos 3 y 4 afirmando que Dios imputa la fe como «justicia», pero no explicaba lo que esto significa.

No pasó mucho tiempo antes de que los protestantes reformados redactaran sus propias confesiones, y una vez iniciado el movimiento, parecía que no se detendría. En su pico, o mejor dicho en su alta meseta, se produjeron aproximadamente cincuenta confesiones y catecismos en veinte años. Casi todos estos resúmenes de las Escrituras abordaban la doctrina de la justificación. Pero un grupo importante de documentos confesionales apareció durante la primera Contrarreforma católica romana: la Confesión Belga (1561), los Treinta y Nueve Artículos (1562) y el Catecismo de Heidelberg (1563).

El artículo 23 de la Confesión Belga, al igual que las declaraciones luteranas anteriores, se enfocaba en el don gratuito del perdón por medio de Cristo y en la maravillosa liberación del juicio que Adán se ganó y que sus descendientes merecen. El autor de la confesión, que pronto se convertiría en un valiente mártir, describió de manera hermosa la justicia del cristiano, por lo que entendía muy bien el perdón del cristiano.

El artículo 11 de los Treinta y Nueve Artículos ofrece un comentario escueto sobre la justificación, pero lleva al lector a reflexionar sobre cómo la doctrina de la justificación no solo es «muy sana» sino que también es «muy llena de consuelo».

La pregunta y respuesta 60 del Catecismo de Heidelberg no menciona la justificación en absoluto, pero la ausencia de una palabra no significa que el catecismo no enseñe el concepto. Típico del Catecismo de Heidelberg, la respuesta no tiene sentido sin la pregunta, pero una vez que se juntan las dos partes, la combinación cobra perfecto significado. El problema de la conciencia culpable y el privilegio de las bendiciones salvadoras de Dios en Cristo se discuten con el más íntimo de los pronombres: «haber transgredido terriblemente» y, sin embargo, Dios me trata «como si yo nunca hubiera tenido ni cometido pecado alguno, e incluso como si hubiera cumplido perfectamente con toda la obediencia que Cristo ha logrado por mí, siempre y cuando yo tan solo reciba este beneficio con un corazón creyente». Las preguntas que siguen exploran la función de la fe (pregunta 61), nuestras propias buenas obras (preguntas 62-64), y el origen de la fe, regocijándose de que la fe viene «Del Espíritu Santo, que obra fe en nuestros corazones mediante la predicación del santo Evangelio, y la confirma a través del uso de los santos sacramentos» (pregunta 65).

La Confesión Belga y el Catecismo de Heidelberg (a diferencia de los Treinta y Nueve Artículos) iniciaron la práctica de respaldar sus enseñanzas con notas al pie de página con citas de la Biblia, que a menudo se conocen como «textos de prueba». Esto es una ventaja para los lectores, aunque los que conocen bien la Biblia no se sorprenden con los textos utilizados. Al fin y al cabo, algunas partes de la Biblia hablan más claramente del tema de la justificación que otras. La Confesión Belga cita un par de versículos de los Salmos y de Romanos 3 y 4. Los textos del Catecismo de Heidelberg se toman casi por completo del Nuevo Testamento, con muchas referencias a Romanos 3-4, Gálatas 2, Efesios 2 y algunas referencias más a los escritos inspirados de los apóstoles Pablo y Juan, y de otros. Los cristianos que se toman el tiempo de buscar cada pasaje son ricamente recompensados.

Con el Catecismo de Heidelberg, otra pieza del rompecabezas cae en su lugar. Aquí queda claro que en la justificación somos declarados justos: Dios «me imputa la perfecta satisfacción, justicia y santidad de Cristo». Pero después de un paso adelante, se da un paso hacia el lado, pues no está claro cómo encaja el perdón con la justificación. El Catecismo de Heidelberg presenta la bendición del perdón en su desarrollo de los temas de los sacramentos, de la predicación y de la oración del padrenuestro, pero no es tan claro como la Confesión Belga en cuanto a que el perdón está ligado a la justificación.

El hecho de que la Confesión Belga resalte una verdad y el Catecismo de Heidelberg resalte otra no es de tanta importancia para quienes utilizan estos documentos. De hecho, la mayoría de las iglesias que utilizan uno de estos textos utilizan ambos y añaden también los Cánones de Dort. Estos tres textos juntos son aceptados como las Tres Formas de Unidad para sus iglesias y representan un resumen completo de la enseñanza de las Escrituras sobre temas esenciales.

Los Cánones de Dort se redactaron en 1618-19 en respuesta a los errores que se enseñaban en los Países Bajos. Los cánones plantean cinco puntos bajo cuatro encabezados, que han llegado a ser conocidos como los «cinco puntos del calvinismo». Los cánones corrigen los malentendidos sobre la gracia de Dios en la predestinación, la medida en que los seres humanos están dañados por la caída, la naturaleza de la gracia de Dios, etc. Curiosamente, el Sínodo de Dort, que produjo los cánones, decidió no abordar en profundidad los errores sobre la justificación, aunque el mismo grupo de maestros problemáticos (llamados remonstrantes o arminianos) también estaban confundidos sobre esa doctrina. De hecho, las referencias a la justificación en los Cánones de Dort aparecen de pasada. Se mencionan errores sobre la justificación, se enfatiza la unidad del plan de redención («a los que [Dios] justificó, también los glorificó», como dice Rom 8:30) y se citan muchos versículos que mencionan la justificación, pero no se explican.

La última gran declaración confesional de las iglesias reformadas es la Confesión de Fe de Westminster y los Catecismos Mayor y Menor que la acompañan. Estos fueron redactados y «revisados con textos de prueba» entre 1646 y 1648 por la Asamblea de Westminster (1643-53), constituída por un grupo de teólogos reunidos en Inglaterra que también contó con la ayuda de un puñado de teólogos escoceses.

La primera tarea de la Asamblea de Westminster fue revisar los Treinta y Nueve Artículos. Cuando la asamblea llegó al artículo 11, sobre la justificación, decidió que tenía que hacer cambios importantes. En primer lugar, el artículo revisado debía ofrecer una definición clara de la justificación porque la asamblea había llegado a la conclusión de que el término justificación debía ser el término bíblico que abarcara, por un lado, la justicia acreditada, y por otro, el perdón divino, dos aspectos distintos pero esenciales de la doctrina de la justificación. En segundo lugar, el artículo revisado por la asamblea tendría que explicar el fundamento o la base de la justificación. ¿Sobre qué base se pueden perdonar nuestros pecados e imputar la justicia de Cristo?

Al final se abandonó la tarea de revisión y la asamblea redactó nuevos textos. Resultó que el capítulo 11 de la nueva confesión también era sobre la justificación. Queda claro de inmediato que la asamblea, incluso al escribir algo nuevo, se basó en lo antiguo, como podemos ver en un solo párrafo inicial, pero completo:

A quienes Dios llama eficazmente, también los justifica gratuitamente (Rom 8:30; Rom 3:24): no mediante la infusión de justicia en ellos, sino que les perdona sus pecados, y cuenta y acepta sus personas como justas, mas no por algo obrado en o hecho por ellos, sino solamente por causa de Cristo; tampoco les imputa la fe misma, ni el acto de creer o alguna otra obediencia evangélica como su justicia, sino que les imputa la obediencia y la satisfacción de Cristo (Rom 4:5-8; 2 Co 5:19, 21; Rom 3:22, 24-25, 27-28; Tit 3:5, 7; Ef 1:7; Jer 23:6; 1 Co 1:30-31; Rom 5:17-19), recibiendo ellos a Cristo y descansando en él y en su justicia mediante la fe, la cual no la tienen ellos mismos, pues es don de Dios (Hch 10:44; Gal 2:16; Flp 3:9; Hch 13:38, 39; Ef 2:7, 8).

Aquí finalmente se reúnen las enseñanzas de las confesiones anteriores bajo un mismo techo, incluyendo pasajes bíblicos citados a menudo en las Tres Formas de Unidad. Remontándose a la primera confesión luterana, y sobre todo a la propia Biblia, la confesión nos muestra que es Dios quien justifica, y lo hace gratuitamente, sin necesitar algo de nosotros. Encontramos nuestra salvación «no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a su misericordia» (Tit 3:5). Somos justificados por Su gracia. No por algo obrado en nosotros o hecho por nosotros; ni siquiera el hecho de creer nos hace merecedores de una posición ante Dios. Es «en Él» que «tenemos redención», es decir, en Cristo. Somos justificados «mediante su sangre». Es por Él que encontramos «el perdón de nuestros pecados, según las riquezas de su gracia» (Ef 1:7).

En última instancia, se nos asegura que Dios estableció a Jesucristo como el Único que necesitamos para nuestra justificación. Él es nuestra sabiduría, nuestra santidad y nuestra redención. Y Él es nuestra justicia (1 Co 1:30-31). Dios nos justifica al imputarnos la obediencia y la satisfacción de Cristo. Esta es la enseñanza de la Biblia y es esta enseñanza la que se recupera y se transmite cada vez con más claridad en estos resúmenes de credos evangélicos, que culminan en las confesiones de la Iglesia cristiana posteriores a la Reforma. Alabado sea el Señor por la bendición de la justificación que recibimos por medio del Señor Jesucristo y que Él ha enseñado a Su pueblo por el poder de Su Espíritu Santo.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Chad Van Dixhoorn
El Dr. Chad Van Dixhoorn es profesor de historia de la Iglesia y director del Centro Craig para el Estudio de las Normas de Westminster en el Seminario Teológico Westminster de Filadelfia. Es autor de Confessing the Faith.

Lo Que Sabemos De Dios – Lección 1/4

Ministerio Tercer Milenio

Serie: CREEMOS EN DIOS

Lección 1/4

Lo Que Sabemos De Dios

Third Millennium Ministries
Serie: CREEMOS EN DIOS
¿Quién es Dios?

¿Cuáles son Sus atributos? – ¿Cuál es Su plan eterno? – ¿Cuáles son Sus obras en la historia?
En un nivel más fundamental, las Escrituras nos fueron dadas para enseñarnos acerca de quién es Dios y qué ha hecho por nosotros.
De hecho, conocer a Dios es esencial para que entendamos nuestro mundo y a nosotros mismos.
Es por eso que estudiamos lo que los teólogos llaman teología propia, o la doctrina de Dios.

Objetivos del Curso:

Introducir las preocupaciones principales de los teólogos sistemáticos con respecto a la teología correcta.
Discutir un enfoque sistemático para distinguir los atributos de Dios.
Examinar el plan y las obras de Dios, especialmente Sus decretos, Su creación y Su providencia.

Lección 1: Lo Que Sabemos De Dios
Lección 2: ¿Cómo Es Dios Diferente?
Lección 3: Como Dios Es Como Nosotros
Lección 4: El Plan y las Obras de Dios

Third Millennium Ministries» es un ministerio Evangélico Cristiano en la tradición Protestante, sin fines de lucro. Estamos reconocimos por la agencia de Servicios de Recaudación Interna (IRS) como una corporación 501 (c ) (3). Dependemos de la generosa contribución deducible de impuestos de las iglesias, fundaciones, negocios e individuos.

Nuestra misión es preparar a los líderes de las iglesias en sus propias tierras al crear un plan de estudios de seminario multimedia en cinco idiomas principales.

67-Evangelización no requiere la expulsión previa de demonios en territorios a evangelizarse

Ministerios Integridad & Sabiduría

Tesis # 67

Evangelización no requiere la expulsión previa de demonios en territorios a evangelizarse

95 Tesis para la iglesia evangélica de hoy

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría

19-La creación

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

LAS OBRAS Y LOS DECRETOS DE DIOS

19-La creación

Todo lo que existe en el tiempo y el espacio tuvo un principio. Yo tuve un principio; todos tuvimos un principio. La casa en que vivimos ha tenido un principio. La ropa que vestimos ha tenido un principio. Hubo un tiempo en que nuestras casas, nuestra ropa, nuestros automóviles, nuestras lavadoras, y nosotros mismos, no existíamos. No eran, no existían. Nada puede resultar más obvio que esto.

Como estamos rodeados por cosas y personas que obviamente tuvieron un principio, nos vemos tentados a saltar a la conclusión de que todo tuvo un principio. Esta conclusión, sin embargo, podría ser un salto fatal al abismo de lo absurdo. Sería fatal para la religión. También sería fatal para la ciencia y la razón. ¿Por qué? ¿No dije en un comienzo que todo lo que existe en el tiempo y el espacio tuvo un principio? ¿No es acaso lo mismo que decir que todo tuvo un principio? De ningún modo. Resulta simplemente imposible lógica y científicamente que todo haya tenido un principio. ¿Por qué? Si todo lo que existe tuvo un principio, entonces debe haber habido un tiempo cuando nada existía.

Detengámonos un instante para reflexionar. Intentemos imaginarnos que nada existe. Absolutamente nada. No podemos ni siquiera concebir la nada absoluta. El concepto en sí mismo es la negación de algo. Sin embargo, si dicho tiempo cuando nada existía fue, ¿qué habría ahora? Exactamente. ¡Nada! Si no había nada, entonces la lógica me obliga a deducir que siempre habrá nada. Ni siquiera es posible hablar de un «siempre» en que nada hubo.

¿Cómo podemos tener tanta certidumbre, en realidad, la más absoluta de las certezas, de que si no había nada entonces no habría nada ahora? La respuesta es sorprendentemente sencilla, a pesar de que hasta las personas muy inteligentes se tropiezan con este hecho tan obvio. La respuesta es sencillamente que no se puede extraer algo a partir de la nada. Una ley absoluta de la ciencia y de la lógica es ex nihilo nihil fit (de la nada, nada surge). La nada no puede producir nada. La nada no puede reír, cantar, llorar, trabajar, bailar o respirar. Y de ningún modo puede crear. La nada no puede hacer nada porque nada es. No existe. No tiene absolutamente ningún poder porque no es.

Para que algo surgiera de la nada tendría que poseer el poder de la autocreación. Debería ser capaz de crearse a sí mismo, de traerse a la existencia. Pero esto es a todas luces un absurdo. Para que algo se cree o se produzca a sí mismo es necesario que sea antes de ser. Pero si algo ya es, no tiene necesidad de ser creado. Para crearse a sí mismo, algo debería ser y no ser, debería existir y no existir, al mismo tiempo y en el mismo sentido. Esto es una contradicción. Violala más fundamental de todas las leyes científicas y racionales, la ley de la no contradicción.

Si es que sabemos algo, sabemos que si hoy algo existe, entonces, de algún modo, y en algún lugar, debe haber habido algo que no tuvo un principio. Soy conciente de que pensadores brillantes como Bertrand Russell, en su famoso debate con Frederick Copelston, argumentó que el universo presente es el resultado de una «serie infinita de causas finitas». Postula una serie infinita, desarrollándose hacia la eternidad pasada, de cosas causadas causando otras por siempre. Lo que esta idea hace es simplemente replantear el problema de la autocreación hacia el infinito. Es un concepto fundamentalmente tonto. El hecho de que haya sido propuesto por personas inteligentes no lo hace menos tonto. Es peor que una tontería. Las tonterías pueden ser reales. Pero este concepto es lógicamente imposible.

Russell puede negar la ley de que nada surge de la nada, pero no puede refutarla sin cometer un suicidio mental. Sabemos (con certidumbre lógica) que si algo existe ahora, entonces debe haber algo que no tuvo un principio. La cuestión ahora se convierte en saber qué o quién.

Hay muchos académicos que creen que la respuesta al qué la hallamos en el universo mismo. Argumentan (como en el caso de Carl Sagan) que no hay necesidad de buscar más allá del universo para encontrar algo que no tenga un principio a partir del cual todo proviene. En otras palabras, no es necesario suponer que exista algo semejante a «Dios» que trascienda el universo. El universo, o alguna cosa dentro del universo, puede cumplir esta función perfectamente.

Hay un error muy sutil en este escenario. Tiene que ver con el significado del término trascendente. En filosofía y en teología la idea de trascendencia significa que Dios está «sobre y más allá» del universo en el sentido de que Dios es un ser de orden superior a los otros seres. Solemos referimos a Dios como el Ser supremo.

¿Qué es lo que convierte al Ser supremo en algo distinto de los seres humanos? Notemos que ambos conceptos tienen algo en común, la palabra ser. Cuando decimos que Dios es el Ser supremo, estamos diciendo que es un tipo de ser distinto a los seres ordinarios. ¿En que consiste precisamente esta diferencia? Lo llamamos supremo porque no tiene principio. Él es supremo porque todos los demás seres le deben su existencia a Él, mientras que Él no le debe su existencia a nadie. Él es el Creador eterno. Todo lo demás es la obra de su creación.

Cuando Carl Sagan y otros dicen que dentro del universo, y no por encima o más allá del universo, hay algo que no ha sido creado, simplemente están haciendo uso de sofismas para hablar sobre la morada del Creador. Están diciendo que lo que no fue creado vive aquí (dentro del universo), y no «allá afuera» (por encima o trascendiendo el universo). Pero esto todavía requiere la existencia de un Ser supremo. La parte misteriosa, a partir de la cual provienen todas las cosas creadas, todavía estará más allá y por encima de cualquier otra cosa de la creación en términos de ser. En otras palabras, todavía se requiere la existencia de un Ser trascendente.

Cuanto más indagamos sobre este «Creador dentro-del-universo», más se asemeja a Dios. No ha sido creado. Crea todo lo demás. Tiene el poder intrínseco de ser.

Lo que resulta tan claro como el agua es que si algo ahora existe, entonces debe haber un Ser supremo que lo hizo existir. La primera afirmación de la Biblia es «En el principio creó Dios los cielos y la tierra». Este texto es fundacional para todo el pensamiento cristiano. No se trata solamente de una afirmación religiosa sino que es un concepto racionalmente necesario.

Resumen

l. Todo lo que existe en el tiempo y el espacio tuvo un principio.

  1. De la nada no puede surgir algo. La nada, nada puede hacer.
  2. Si no había nada, entonces ahora habría nada.
  3. Ahora existe algo; por lo tanto, debe existir algo que no tuvo un principio.
  4. Las cosas no se pueden crear a sí mismas porque esto implicaría que fueran antes de ser.
  5. Si alguna «parte» del universo no ha sido creada, entonces esta «parte» es superior o trascendente a las partes que han tenido un principio.
  6. Un ser que no ha sido creado es supremo (es un ser de un orden superior a los seres creados), independientemente de dónde esté su morada.
  7. La trascendencia se refiere a un nivel de existencia, no a la geografía.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Gen. 1

Ps. 33:1-9

Ps. 104:24-26

Jer. 10:1-16

Heb. 11:3

La pregunta fundamental

Ministerios Ligonier

La pregunta fundamental

Serie:  La doctrina de la justificación

Por W. Robert Godfrey

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La doctrina de la justificación.

Y así como está decretado que los hombres mueran una sola vez, y después de esto, el juicio (Heb 9:27).

Estas impactantes palabras de la carta a los hebreos son casi incidentales a su enseñanza sobre la obra de Cristo, pero deberían alentar al hombre moderno a una reflexión minuciosa. Hoy en día se cuestiona cada parte de esa declaración, aunque los cristianos y la mayoría de los paganos del mundo antiguo la veían como algo evidente. Hoy muchos dudan que algo suceda después de la muerte y más aún de un juicio venidero. Algunos incluso dudan de la realidad de la muerte, llamándola una ilusión. Algunos ciertamente rechazan la existencia del Dios que establece un tiempo para morir, juzga a los muertos o que tiene un estándar moral por el cual juzgarlos.

Sin embargo, para los cristianos, la realidad de Dios, de la muerte y del juicio es una convicción firme. Así que, debemos preguntarnos a nosotros mismos y a los demás: ¿cómo seremos juzgados? Sabemos que el estándar moral por el cual el Dios santo nos evaluará es Su propia ley perfecta. También sabemos por nuestras propias conciencias y por la ley de Dios que como pecadores no podemos permanecer a la luz de la santidad de Dios. La respuesta adecuada a esta situación es decir con Isaías: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy, porque soy hombre de labios inmundos… porque han visto mis ojos al Rey, el SEÑOR de los ejércitos» (Is 6:5).

Como pecadores, no podremos sostenernos en el juicio por nuestra propia justicia así como un leproso no puede sanar su propia lepra. ¿Quién limpiará, quién salvará, quién tomará nuestro lugar en el juicio? La respuesta a esta pregunta se encuentra en la doctrina cristiana de la justificación, la doctrina de la reconciliación con Dios. Pablo explica esta doctrina de manera más completa en su carta a los romanos, pero se enseña de varias maneras a lo largo de la Biblia. Así como Pablo usa imágenes de la sala de un tribunal para explicar la justificación, Hebreos usa imágenes del templo. Al tratar el sacerdocio de Jesús, Hebreos muestra cómo los pecadores se podrán sostener en el juicio: «Una sola vez en la consumación de los siglos, [Jesús] se ha manifestado para destruir el pecado por el sacrificio de sí mismo» (9:26).

¿Los pecados de quién destruyó Cristo? Obviamente no fueron los Suyos. Hebreos declara repetidamente que Él no tuvo pecado. Él «ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado» (4:15).

Porque convenía que tuviéramos tal Sumo Sacerdote: santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y exaltado más allá de los cielos, que no necesita, como aquellos sumos sacerdotes, ofrecer sacrificios diariamente, primero por sus propios pecados… ¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios? (7:26-27; 9:14).

John Murray resume de manera deslumbrante la pureza perfecta de Cristo: Cristo tiene «una justicia en la cual la omnisciencia no puede hallar mancha, ni la santidad perfecta halla falta».

Entonces, ¿murió Cristo por todos los pecados de todas las personas? Nuevamente, la respuesta es no. Hebreos 9:28 declara claramente: «Cristo, habiendo sido ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez». Aquí hay claramente un eco de la gran profecía mesiánica: «llevando Él el pecado de muchos» (Is 53:12). Jesús no murió por los pecados de todos, Él murió por los pecados de Su pueblo: «Por tanto, tenía que ser hecho semejante a sus hermanos en todo, a fin de que llegara a ser un misericordioso y fiel sumo sacerdote en las cosas que a Dios atañen, para hacer propiciación por los pecados del pueblo» (Heb 2:17). Su sacrificio erradicó la ira de Dios hacia los pecados de Su pueblo.

La perfección de este sacrificio de Cristo se vuelve perfectamente nuestra: «Porque por una ofrenda Él ha hecho perfectos para siempre a los que son santificados» (Heb 10:14; ver también 7:11, 28). Aunque Hebreos no examina explícitamente la doctrina de la imputación plena de la justicia de Cristo como lo hace Pablo, su enseñanza sobre nuestra perfección en Cristo la enseña implícitamente. ¿Qué perfección poseemos ahora? No la perfección de la santificación completa ni la glorificación completa, sino la perfección de la justicia perfecta acreditada a nosotros por la misericordia de Cristo. Es en este sentido que Hebreos también describe a los cristianos como purificados: «¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, purificará vuestra conciencia de obras muertas para servir al Dios vivo?» (9:14) y «Acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, teniendo nuestro corazón purificado de mala conciencia» (10:22). Esta pureza se presenta como completa y definitiva: «Y según la ley, casi todo es purificado con sangre, y sin derramamiento de sangre no hay perdón» (9:22). La sangre de Jesús, que trae el perdón total de los pecados, ha purificado a Su pueblo. Nuevamente, por implicación vemos aquí la imputación de la justicia pura de Cristo.

El pueblo de Dios recibe los beneficios de la obra perfecta de Cristo como un regalo de Dios, es decir, por gracia. Una forma en que podemos ver esto aquí en Hebreos es en la cita de Jeremías 31 sobre el nuevo pacto que aparece como un paréntesis en la discusión de la obra de Jesús como Sumo Sacerdote. Si bien Jeremías 31 se enfoca mayormente en el cumplimiento de la redención a través del sacrificio de Cristo, el verso 33 —también citado en Hebreos 8:10 y 10:16— declara que la aplicación de la redención es obra de la gracia de Dios: «Pondré mi ley dentro de ellos, y sobre sus corazones la escribiré». Las promesas de que Dios obrará para aplicarnos la redención son las mejores promesas, las que están más llenas de gracia y sobre las cuales se basa el nuevo pacto en Cristo (Heb 8:6).

Este don se recibe por medio de la fe. Una vez más, Hebreos no expresa la verdad de «la fe sola» en términos paulinos, sino que la explica en sus propias palabras. Aquellos que han recibido la bendición de tener sus pecados perdonados, en fe «ansiosamente le esperan» a que regrese (9:28). Su «confianza» es fruto de la fe (10:19), como también lo es su «plena certidumbre de fe» (v. 22). Viven su fe, por la que recibieron la misericordia de Cristo.

El efecto de las verdades de Cristo solo, la gracia sola y la fe sola es que llenan de confianza a los cristianos. El llamado a la confianza en Hebreos es recurrente y fuerte (p. ej., 4:16; 10:19; 11:1; 12:1-3, 22-24). Sin embargo, bien podríamos preguntarnos si el mismo Hebreos no fomenta cierta incertidumbre. A veces, Hebreos parece promover la ansiedad y la incertidumbre en la vida cristiana. Por ejemplo: «Porque si continuamos pecando deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados» (10:26). Pero esta es una advertencia contra cualquier descuido o indiferencia al vivir la vida cristiana. Esta advertencia es realmente una exhortación hacia el cuidado y la consideración y, de hecho, una reiteración de la certeza:

Por tanto, no desechéis vuestra confianza, la cual tiene gran recompensa. Porque tenéis necesidad de paciencia, para que cuando hayáis hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa… Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para la preservación del alma (vv. 35-36, 39).

Podemos estar seguros de que Aquel que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccionará porque Jesús es «el autor y consumador de la fe» (12:2).

El efecto de la doctrina de la justificación, tal como se presenta en Hebreos y en toda la Biblia, también ocasiona un efecto profundo en nuestra comprensión sobre la iglesia y refuerza fuertemente la doctrina de la Reforma sobre la iglesia. Tras la obra de nuestro Gran Sumo Sacerdote en Su sacrificio, la iglesia no tiene necesidad de otros sacerdotes ni de otros sacrificios. El sacrificio de Jesús en la cruz fue el sacrificio definitivo hecho de una vez para siempre (9:26, 28; 10:10, 12, 14, 18), poniendo fin a los sacrificios por el pecado y al sacerdocio. La Iglesia católica romana en su doctrina de la justificación y de la misa, así como en su ministerio y liturgia, es condenada por Hebreos 9 y 10. Roma trata de exculparse diciendo que sus sacerdotes ofrecen el mismo sacrificio único de Cristo, pero dado que cada misa es propiciatoria (que satisface la ira de Dios), Roma no puede dar cuentas de la clara enseñanza sobre la completa y definitiva obra de Cristo en la cruz que encontramos aquí en Hebreos.

El gran ministerio de la iglesia no es ofrecer sacrificios propiciatorios sino enseñar la Palabra de Dios. El Nuevo Testamento en general y Hebreos en particular enfatizan la centralidad de la Palabra de Dios para la vida del cristiano y para el ministerio de la iglesia (p. ej., 1:1-2; 2:1-3; 3:7-4:12), resumido en Hebreos 13:7, que dice: «Acordaos de vuestros guías que os hablaron la palabra de Dios».

Ciertamente está establecido que el hombre muera una vez y después el juicio. La buena noticia del evangelio es que antes de morir y enfrentar el juicio, podemos saber que Jesús murió para destruir nuestros pecados y para purificarnos y perfeccionarnos en Su justicia, y que podemos vivir en paz y en la confianza (pero no con presunción) de que nuestra salvación está resuelta y consumada solo en Jesucristo. Nos habremos de sostener en el juicio porque Jesús ha hecho por nosotros todo lo necesario para cumplir y aplicarnos la salvación.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
W. Robert Godfrey
El Dr. W. Robert Godfrey es presidente de la junta directiva de Ligonier Ministries, maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries, y presidente emérito y profesor emérito de historia de la iglesia en el Westminster Seminary California. Es el maestro destacado de la serie de seis partes de Ligonier: A Survey of Church History y autor de varios libros, entre ellos An Unexpected Journey y Learning to Love the Psalms.