La Verdadera Iglesia

Evangelio Blog

Por J.C. Ryle

Yo deseo que pertenezcas a la única Iglesia Verdadera: a la Iglesia fuera de la cual no hay salvación. No pregunto a dónde asistes los domingos sino pregunto si ‘¿Perteneces a la única Iglesia Verdadera?” 

¿Dónde se encuentra esta única Iglesia verdadera? ¿Cómo es esta Iglesia? ¿Cuáles son las características por las cuales se puede reconocer esta única Iglesia verdadera? Quizás me hagas tales preguntas. Escucha bien y te daré algunas respuestas al respecto. 

La única Iglesia verdadera se compone de todos los creyentes del Señor Jesús. Se compone de todos los elegidos de Dios -de todos los hombres y mujeres convertidos -de todos los cristianos verdaderos. A cualquier persona que se le manifiesta la elección de Dios el Padre, la sangre vertida de Dios el Hijo, la obra santificadora de Dios el Espíritu, lo consideramos como un miembro de la Iglesia verdadera de Cristo. 

Es una Iglesia en la cual todos los miembros poseen las mismas características. Todos son nacidos del Espíritu; todos poseen “un arrepentimiento para con Dios, y la fe en nuestro Señor Jesucristo,” y santidad de vida y conversación. Todos odian el pecado y todos aman a Cristo. Adoran en diferentes maneras; algunos adoran con una forma de oración, y otros sin ninguna; otros adoran hincados y otros en pie; pero todos adoran con un sólo corazón. Todos son guiados por un mismo Espíritu; todos edifican sobre el mismo cimiento; todos derivan su religión de un sólo libro la Biblia. Todos están unidos a un mismo eje-Jesucristo. Todos aun ahora pueden decir con un corazón, “Aleluya;” y todos pueden responder con un corazón y una sola voz, “Amén y Amen. 

Es una Iglesia que no depende de ningún ministro aquí en la tierra, aunque sí estima mucho a aquellos que predican el evangelio a sus miembros. La vida de sus miembros no depende de la membresía oficial de la Iglesia, ni del bautismo ni de la cena del Señor aunque también estiman mucho estas cosas cuando, se pueden practicar. Pero sólo posee un Líder Supremo un Pastor, un obispo principal -y ese es, Jesucristo. Sólo Él, por medio de su Espíritu, da la entrada a los miembros de esta Iglesia, aunque los ministros les pueden indicar la entrada. Hasta que Él abra la puerta ningún hombre en la tierra la puede abrir-ni obispos, ni presbíteros, ni convocaciones, ni sínodos. Una vez que un hombre se arrepiente y cree en el evangelio, se convierte en ese momento en un miembro de esta Iglesia. Es posible que como el ladrón penitente no tenga la oportunidad de bautizarse, pero él sí tiene aquello que es mucho mejor que el bautismo en el agua eI bautismo del Espíritu. Puede ser que no pueda recibir el pan y el vino en la Cena del Señor; pero él come del cuerpo de Cristo y bebe de la sangre de Cristo todos los días de su vida, y ningún ministro en la tierra se lo puede impedir. Puede ser excomulgado por hombres ordenados y cortado de las ordenanzas externas de la Iglesia protestante: pero ni todos los hombres ordenados en el mundo lo pueden sacar de la única verdadera Iglesia. 

Es una Iglesia cuya existencia no depende de formas, ceremonias, catedrales, iglesias, capillas, púlpitos, bautismales, vestimentas, órganos, fundaciones, dinero, reyes, gobiernos, magistrados ni de ningún favor de parte del hombre. Muchas veces ha sobrevivido y continuado cuando todas estas cosas le han sido quitadas. Muchas veces se ha escapado de aquellos que debían de ser sus amigos al desierto y a las cuevas en la tierra. Su existencia no depende de nada sino la presencia de Cristo y de su Espíritu; y como éstos estarán siempre con ella, la Iglesia no puede morir. 

Esta es la Iglesia a la cual pertenecen los títulos bíblicos de honra y privilegio presentes, y sus promesas de gloria futura; éste es el cuerpo de Cristo; éste es el rebaño de Cristo; ésta es la casa de fe y la familia de Dios; éste es el edificio dc Dios, el cimiento de Dios, y el templo del Espíritu Santo. Esta es la Iglesia de los primogénitos, cuyos nombres están escritos en el cielo; éste es el sacerdocio real, la generación escogida, el pueblo escogido, la posesión adquirida, la habitación de Dios, la luz del mundo, la sal y el trigo de la tierra; ésta es “la santa Iglesia Católica” del Credo de los Apóstoles; ésta es la “única Iglesia Católica y Apostólica” de Credo de Nicea; esta es la Iglesia a la cual Cristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella,” 5 y a la cual dice, “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 16:18; 28:) 

Esta es la única Iglesia que posee una verdadera unidad Sus miembros están completamente de acuerdo respecto a los asuntos más importantes de la religión, porque todos son enseñados por un mismo Espíritu. En cuanto a Dios, a Cristo, el Espíritu, al pecado, a sus propios corazones, a la fe, al arrepentimiento, a la necesidad de la santidad, al valor de la Biblia, a la importancia de la oración, a la resurrección y al juicio venidero están de acuerdo. Escoge a tres o a cuatro de ellos, sin conocerse, de las regiones más aisladas de la tierra y examínalos individualmente sobre estos puntos y verás que serán de un mismo corazón. 

Esta es la única Iglesia que posee la verdadera santidad. Todos sus miembros son santos. No sólo son santos en palabra, en nombre o en el sentido de caridad; todos son santos en acto y hecho, en realidad, en su vida diaria y en la verdad. Todos están más o menos conforrnados a la imágen de Jesucristo. Ningún hombre impío pertenece a esta Iglesia. 

Esta es la única Iglesia que es verdaderamente católica. No es la Iglesia nacional de alguna nación o raza: sus miembros se encuentran en cada región del mundo donde el evangelio es recibido y creído. No está limitada a las fronteras de cierto país ni encerrada dentro de la estructura de formas particulares ni de un gobierno externo. En ella no hay diferencia entre judío o griego, negro o blanco, piscopaliano o Presbiteriano pero la fe en Cristo es todos. Sus miembros serán juntados del norte, del sur, y del oriente y del occidente, y todos tendrán dife rentes nombres y lenguas-pero todos serán uno en Jesucristo. 

Esta es la única Iglesia que es verdaderamente apostólica. Está edificada sobre los cimientos echados por los Apóstoles, y sostiene las doctrinas que ellos predicaban. Las dos metas que sus miembros; procuran realizar son, la fe y la práctica apostólicas; y ellos consideran que el hombre que sólo habla de seguir a los apóstoles sin poseer estas cosas, no es mejor que un metal que resuena o címbalo que retiñe. 

Esta es la única Iglesia que con certeza perdurará hasta el final. Nada puede vencerla o destruirla del todo. Sus miembros pueden ser perseguidos, oprimidos, encarcelados, golpeados, decapitados, y quemados, pero la verdadera Iglesia nunca es eliminada; vuelve a surgir nuevamente de sus aflicciones sobrevive el fuego y el agua. Cuando la aplastan en un país brota en otro. Los Faraones, los Herodes, los Neros, las Marías sangrientas, han luchado por eliminar esta Iglesia; ellos matan sus miles y luego se mueren y van a su lugar. La verdadera Iglesia dura más que todos ellos, y es testigo de la muerte de éstos. Es un yunque que ha quebrado muchos martillos en este mundo, y aún seguirá quebrando más. Es una zarza que arde muchas veces pero no se consume. 

Esta es la única Iglesia de la cual ningún miembro perecerá. Una vez que uno se matricula en’ esta Iglesia, sus pecados están perdonados por la eternidad; nunca son echados fuera. La elección de Dios el Padre, la intercesión continua de Dios el Hijo, la renovación diaria y el poder santificador de Dios el Espíritu Santo, los rodea y los encierra como en un jardín. Ningun hueso del cuerpo místico de Cristo será roto; ningún cordero del rebaño de Cristo le será arrebatado de la mano. 

Esta es la Iglesia que desempeña el trabajo de Cristo en la tierra. Sus miembros son un pequeño rebaño y pocos en número, comparados con los hijos del mundo: uno cuantos aquí, otros tantos allá-unos cuantos en esta parroquia y otros tantos allá. Pero estos son los que sacuden el universo; éstos son los que cambian el destino de gobiernos con sus oraciones; éstos son los que son los obreros activos para difundir el conocimiento de la religión pura y sin mácula; éstos son los que son la misma vida de un país, el escudo, la defensa, la resistencia y el apoyo de cualquier nación a la cual pertenecen. 

Esta es la Iglesia que será verdaderamente gloriosa al final Cuando toda la gloria terrenal se termine entonces esta Iglesia será presentada sin mancha delante del trono de Dios el Padre. Los tronos, los principados, y los poderes en la tierra llegarán a la nada todos los dignatarios, los oficios y las fundaciones pasarán; pero la Iglesia de los primogénitos brillará como las estrellas al fin y será presentada con gozo delante del trono del Padre en el día de la apariencia de Cristo. Cuando las joyas del Señor se preparen y suceda la manifestación de los Hijos de Dios, no se mencionarán el Episcopalianismo ni el Presbiterianismo ni el Congregacionalismo sino una sola Iglesia y ésa será la Iglesia de los elegidos. 

Lector, esta es la iglesia verdadera a la cual uno necesita pertenecer si has de ser salvo. Hasta que pertenezcas a ésta no eres nada mas que un alma perdida. Puedes tener la forma, la cáscara, la piel y la semblanza de la religión pero no posees la substancia y la vida. Sí, puedes gozar de muchos privilegios y puede ser que estés dotado con mucha luz y conocimiento pero sino perteneces al Cuerpo de Cristo, tu luz y tu conocimiento y privilegios no salvarán tu alma. ¡Ay, cómo hay ignorancia sobre este punto! Los hombres se imaginan que si se unen a esta iglesia o a aquella y se convierten en miembros y hacen ciertos ritos que sus almas están bien. Es un engaño total y es un error muy grave. No todos aquellos que se Ilamaban Israel eran de Israel, ni tampoco todos aquellos que profesan ser cristianos son miembros del cuerpo de Cristo. 

Nota bien; puede ser que seas Episcopaliano, Presbiteriano Independiente, Bautista, Metodista o Pentecostal y aún un pertenecer a la iglesia verdadera. Y si no perteneces, al final seria mejor que no hubieras nacido. 

J.C. Ryle

Obispo de Liverpool

Motivando la Pasión por el Evangelismo y las Misiones

9Marcas

Serie: Discipulado

Clase 9

Hoy vamos a cubrir los temas de evangelismo y misiones. Debido a nuestro tiempo limitado, vamos a describir brevemente la superficie de ambos temas. Pero te motivo a leer más y considerar asistir a los seminarios de fundamento sobre misiones y evangelismo que detallan más estos temas. En algún sentido, estos temas no son separados sino que están muy relacionados. El evangelismo consiste en comunicar el evangelio a los no creyentes y las misiones en hacer evangelismo pero atravesando las barreras culturales.

Parte 1. Motivando el evangelismo

Comenzamos pensando acerca de algunas razones por las cuales evangelizamos.

  1. El evangelismo es obligatorio y mandatorio para los cristianos

Entendemos que el evangelismo es normal para los cristianos.

En 2 Corintios 5:1114, el apóstol Pablo escribe, «Por tanto, como sabemos lo que es temer al Señor, tratamos de persuadir a todos, aunque para Dios es evidente lo que somos, y espero que también lo sea para la conciencia de ustedes… El amor de Cristo nos obliga, porque estamos convencidos de que uno murió por todos, y por consiguiente todos murieron.» (NVI) Él no dice, «debido a que somos apóstoles tratamos de persuadir a los hombres» o «debido a que tenemos un don especial de evangelismo tratamos de persuadir a los hombres.» En cambio, él escribe que debido a su temor por el Señor es obligado a compartir el evangelio y el amor de Cristo. Lo mismo debería también ser verdad para cada cristiano-porque tememos a Dios somos obligados a evangelizar.

El evangelismo es ordenado a todos los cristianos. Compartimos nuestra fe con un mundo que no es salvo porque es lo que Dios nos ordena hacer. No tiene sentido acaparar el evangelio para nosotros mismos. Tenemos las mejores noticias que nadie pudiera querer conocer. Por tanto, ¿por qué queremos dichas buenas noticias?

  1. El evangelismo es una fuente de gozo para los cristianos

No sólo evangelizamos porque se espera que lo hagamos como cristianos sino también porque el evangelismo es una fuente crítica de gozo para los cristianos.

Siempre doy gracias a mi Dios al recordarte en mis oraciones, porque tengo noticias de tu amor y tu fidelidad hacia el Señor Jesús y hacia todos los creyentes. Pido a Dios que el compañerismo que brota de tu fe sea eficaz para la causa de Cristo mediante el reconocimiento de todo lo bueno que compartimos. Hermano, tu amor me ha alegrado y animado mucho porque has reconfortado el corazón de los santos. (Filemón 1:4-7 NIV)

Pablo expresa gozo por el fruto de la obra de Dios en la vida de su amigo Filemón, pero él también motiva a Filemón (y a nosotros por añadidura) a compartir el evangelio regularmente para nuestro gozo. Cuando compartimos nuestra fe, ganamos un mayor entendimiento de cada buena cosa que tenemos en Cristo. Nunca debemos hacer sentir culpables a los cristianos por el evangelismo. Queremos que los cristianos compartan el evangelio porque eso profundiza su relación con Cristo. Debemos compartir nuestra fe para comprender completamente (y posiblemente disfrutar) las buenas nuevas que tenemos en Cristo. El evangelismo no es solo para las demás personas sino que también nos ayuda a crecer espiritualmente.

  1. El evangelismo es para la gloria de Dios

La tercera razón por la que motivamos el evangelismo está en su propósito principal: glorificar a Dios.

Romanos 3:25-26 a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. (RVR60)

El propósito de la obra sustitutiva de Cristo fue primero y ante todo vindicar el nombre de Dios, porque su tolerancia anterior por el pecado había hecho que su justicia pareciera estar llamada al cuestionamiento. Sabemos de otros lugares de la Escritura que Dios mostró amor por nosotros a través del sacrificio de su Hijo, pero la gloria de Dios fue lo primero que tuvo en mente. Recordar que la gloria de Dios y el bien de sus hijos son inseparables. Lo que glorifica a Dios es «bueno» para nosotros.

Motivando el evangelismo en el discipulado

En tus relaciones de discipulado ganas más motivación por el evangelismo cuando entiendes porque lo haces. Como mencionamos anteriormente, el discipulado no es un cambio de comportamiento sino la formación del corazón, la mente, los deseos y la motivación del cristiano. No queremos promover una obediencia legalista sino que sea fruto de un corazón transformado, una de las razones de evangelismo que glorifica a Dios.

Una preocupación activa por los perdidos le enseña mucho a los demás. Si eres un discipulador esto ayuda cuando tus amigos ven el evangelismo como una parte natural de tu estructura de vida. Esto no es realizado a través de un programa especial o como una actividad ocasional sino que es una parte normal de tu vida diaria.

Toma tiempo para pensar en cómo puedes alcanzar a otros estratégicamente. El evangelismo no tiene que ser espontáneo, puede ser muy deliberado y planificado. Algunas veces solo se necesita una simple conversación con un amigo—pensar en quien es en su esfera de influencia, quien refleja apertura a las cosas espirituales y por quien está orando. Simplemente una o dos conversaciones sencillas pueden darle a tu amigo la motivación necesaria para ser valiente.

Lean juntos un libro sobre evangelismo. Algunas sugerencias: Evangelism and the Soveignty of God [El Evangelismo y la Soberanía de Dios], J. I. Packer; Words to Winners of Souls [Palabras para ganadores de almas], Bonar; The Gospel and Personal Evangelism [El evangelio y el evangelismo personal], Mark Dever; Tell the Truth [Di la verdad], Will Metzger; Christianity Explained & Two Ways of Life [El cristianismo explicado y dos formas de vida], Matthias Media.

Recuerda la importancia de una iglesia en el evangelismo. Una cultura sana de discipulado debe hacer mucho para recomendar el evangelio a un mundo incrédulo. Cuando observan la manera como vivimos juntos, los no creyentes verán el evangelio como algo falso o como algo verdadero. De la misma manera, una cultura sana de iglesia hará que sus miembros se interesen en el evangelismo. Por ejemplo, en nuestro servicio del domingo oramos regularmente para que el evangelio avance. Especialmente durante el servicio de la noche, tratamos de presentar ejemplos de la vida real de los miembros para que lo compartan con los demás. Queremos motivar regularmente el evangelismo a través de nuestro testimonio y oraciones corporativas.[PAUSA PARA PREGUNTAS]

Parte 2. Motivando las misiones

Si existen muchas cosas en las que podemos enfocarnos en el discipulado —el noviazgo, el matrimonio, la carrera, la crianza, la administración del dinero— ¿por qué queremos darle una posición más importante al tema de las misiones? A continuación algunas razones por las cuales queremos motivar las misiones en el discipulado.

Las misiones no son opcionales

Hay muchas cosas en la vida cristiana que uno puede escoger hacer o no hacer sin afectar tu discipulado cristiano. Puedo cantar en la reunión de CHBC o ayudar con el ministerio de sonido. Estas cosas son significativas pero opcionales. No se espera que todos los cristianos se involucren en ellas, pero involucrarse en la causa del evangelismo global no es una esas cosas opcionales. Todos los cristianos son llamados a servir a la causa del evangelismo global en una de dos maneras básicas.

Los que van. Hay algunos que son llamados por Dios (lo que sea que eso signifique) a dejar el lugar donde están e ir a algún otro lugar con la intención deliberada de compartir el mensaje del evangelio en un lugar diferente o con personas diferentes. Ver Mateo 28:19 y Romanos 10:14-15.

Los que envían. La ilustración bíblica es que si no vamos eso no hace que nuestra responsabilidad sea eliminada. En cambio, podemos ordenar nuestra vida para ayudar en el apoyo, motivación y a enviar.

En el libro de 3 Juan vemos el imperativo universal para TODOS los cristianos de involucrarse en las misiones.

Juan escribe:

3 Juan 1:5-8 Amado, fielmente te conduces cuando prestas algún servicio a los hermanos, especialmente a los desconocidos, los cuales han dado ante la iglesia testimonio de tu amor; y harás bien en encaminarlos como es digno de su servicio a Dios, para que continúen su viaje. Porque ellos salieron por amor del nombre de El, sin aceptar nada de los gentiles. Nosotros, pues, debemos acoger a tales personas, para que cooperemos con la verdad. (RVR60)

En el pasaje, vemos a algunos que fueron enviados por una iglesia por el bien del nombre de Cristo, y hay algunos que deben mostrar hospitalidad y enviar a esos que irán al extranjero a proclamar el evangelio. Los que van y los que envían son parte de la obra misionera. Para aquellos que envían misioneros, la pasión por las misiones globales debe ser una parte normal de su vida.

La gran comisión fue dada a la iglesia. Las misiones es una obra de todos los miembros de una iglesia y no solo de algunos. Por tanto, queremos inculcar una pasión por las misiones en cada discípulo. No podemos tener una iglesia que es bíblicamente fiel sin una pasión por las misiones.

Un compromiso con las misiones facilita el crecimiento espiritual

Nosotros hablamos de misiones deliberadamente en nuestras relaciones de discipulado porque queremos que nuestros amigos prosperen espiritualmente. Una vez más Juan escribe:

3 Juan 1:1-4 El anciano a Gayo, el amado, a quien amo en la verdad. Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma. Pues mucho me regocijé cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de tu verdad, de cómo andas en la verdad. No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad. (RVR60)

(¿Cómo dice Juan que Gayo estaba mostrando su fidelidad a la verdad que destacaba de manera especial su salud espiritual? Lee)

3 Juan 1:5-8 Amado, fielmente te conduces cuando prestas algún servicio a los hermanos, especialmente a los desconocidos, los cuales han dado ante la iglesia testimonio de tu amor; y harás bien en encaminarlos como es digno de su servicio a Dios, para que continúen su viaje. Porque ellos salieron por amor del nombre de El, sin aceptar nada de los gentiles. Nosotros, pues, debemos acoger a tales personas, para que cooperemos con la verdad. (RVR60)

Juan parecía basar mucha de su confianza en la salud espiritual de Gayo y en su disposición a cuidar y recibir a los evangelistas itinerantes o misioneros enviados supuestamente por la iglesia de Juan. Este acto en particular demuestra el amor de Juan y Gayo por los perdidos y otros creyentes.

Nosotros cultivamos de forma deliberada este tipo amor en la vida de nuestros amigos porque queremos que ellos estén bien espiritualmente. Cultivar una pasión por las misiones promueve la salud espiritual porque es una de las cosas más desinteresadas que podemos hacer como cristianos.

Un compromiso espiritual con las misiones trae gloria a Dios (Ver Romanos 15:8-915-16)

Si somos cristianos genuinos entonces el deseo por ver a Dios glorificado debe ser una parte real y significativa de la vida. En tus relaciones de discipulado le haces a tu amigo un gran servicio cuando cultivas un gusto por las misiones.

Las misiones rara vez son discutidas como parte del discipulado básico

Cuando las personas piensan en términos de 1 a 1 en el discipulado, raras veces las misiones son discutidas. Los cristianos hablan acerca de su vida devocional personal, sus tiempos de oración, su lucha con el pecado y hasta su necesidad de hacer evangelismo local, pero el asunto de las misiones globales parece ser abordado raras veces. Si queremos que las personas entiendan este aspecto básico del discipulado cristiano, necesitamos hablar de manera deliberada acerca de ello.

Motivando a las misiones en el discipulado

Por tanto, ¿qué podemos hacer en las relaciones de discipulado para motivar esta pasión por las misiones?

Haz que el tema de las misiones sea una parte habitual de tu relación. Así como la oración y el estudio bíblico, puedes hacer que esta preocupación por las misiones sea una parte común de discipulado hacia otra persona.

Cuando se reúnen pueden hacer que la oración por las misiones y los misioneros sea un punto importante. Si te estás reuniendo con alguien de manera regular, simplemente haz que uno de los puntos de oración sea uno de los obreros que apoyamos que se encuentra en la parte trasera del directorio de CHBC.

Lean juntos un buen libro sobre misiones. Algunas sugerencias: Let the Nations be Glad [Que las naciones se alegren], John Piper; Operación Mundo, Patrick Johnstone; A Vision for Missions [Una visión por las misiones], Tom Wells; From Jerusalem to Irian Jaya [De Jerusalén a Irian Jaya], Ruth Tucker; Mack and Leeann´s Guide to Short-term Missions [Guía para misiones a corto plazo de Mack y Leeann], Mack Stiles.

También puedes considerar la biografía de varios misioneros: To the Golden Shore: The Life of Adoniram Judson [Hacia la costa dorada: la vida de Adoniram Judson], Courtney Anderson; Faithful Witness: The Life and Mission of William Carey [Testigo fiel: la vida y misión de William Carey], Timothy George.

Da ejemplo de una preocupación por las misiones. Permite que tu amigo conozca cómo estas organizando tu vida personal y deliberadamente, con el fin de ser fiel a la pasión de Dios por las misiones globales. Permite que conozcan las decisiones que has hecho acerca de tu tiempo, tu dinero y tus vacaciones a la luz de tu deseo por que la obra de Cristo avance alrededor del mundo.

Habla específicamente acerca de su papel en las misiones globales. No todo cristiano se convertirá en pastor o misionero. Eso no es solo algo bíblico sino que cada cristiano sano y maduro debe en algún punto cual es su papel en el plan de Dios para alcanza a las naciones. Algunos serán los que van y otros serán los que envían, pero todos deben estar involucrados.

Discipulando a aquellos que están considerando convertirse en misioneros

Finalmente, algunos pensamientos sobre cuales cosas considerar si la persona que estás discipulando parece querer convertirse en misionero.

Primero, consigue que comience a hablar con otros. Queremos hacer esto porque queremos que las personas oren por ellos. También queremos hacer esto porque francamente algunas personas pueden necesitar ir más despacio antes de salir al extranjero. Pocas veces decimos que «no» a los deseos de una persona ir al extranjero, y más frecuentemente decimos «espera… quédate y crece por un tiempo en una iglesia sana… y danos algún tiempo para conocerte.»

Segundo, motívales a hablar con un líder de la iglesia lo antes posible. Muchas personas creen falsamente que un llamado a las misiones es una decisión personal intensa. Una decisión de buscar las misiones debe involucrar a tu iglesia local. En lugar de toma una decisión determinada y luego informar a los líderes de tu iglesia, preferimos que involucres a los ancianos en el inicio del proceso. La única manera en que podemos pastorearte y cuidarte en este proceso es si nos lo das a conocer temprano. Por favor, nunca pienses que estás perdiendo el tiempo del anciano si aun no saben nada todavía.

Tercero, ayúdales a entender que la iglesia envía misioneros, pero no ellos mismos. La carga nunca debe estar sobre los hombros de una persona para discernir un llamado a las misiones o para prepararse para la obra misionera. Nuestros ancianos y nuestra iglesia como cuerpo quieren ayudar; camina con ellos de la manera que consideran que están llamados a encajar en el plan de Dios para las naciones.

Cuarto, considera que lo que la iglesia estaría buscando es un potencial misionero: confiabilidad; fidelidad en la asistencia y servicio en la iglesia; estable en sus creencias cristianas; un historial de buen juicio; una vida de oración y tiempos de quietud consistentes y un sano entendimiento teológico de Dios, Cristo, el hombre y la Escritura.

Conclusión:

  • La preocupación por el evangelismo y las misiones es una parte básica de lo que significa ser un discípulo cristiano fiel.
  • Ayudar a tus amigos a entender esta verdad le dará un mayor gozo y a Dios su verdadera gloria.
Mark Deve

La soberanía divina y el evangelismo

Alimentemos El Alma

Serie: El Evangelismo Y La Soberanía De Dios

J.I. Packer

Capítulo IV

La soberanía divina y el evangelismo

Comenzamos este capítulo con un resumen de lo que hemos aprendido acerca del evangelismo.

El evangelismo es una tarea encomendada a todo el pueblo de Dios en todas partes del mundo. Es la obra de comunicar el mensaje del Creador a la humanidad rebelde. El mensaje comienza con información y termina con una invitación. La información se trata de cómo Dios dio a Su Hijo unigénito a los pecadores como Salvador perfecto. La invitación es el llamamiento de Dios a la humanidad para venir al Salvador y hallar vida eterna. Dios exige el arrepentimiento de todos los hombres en todas partes del mundo, y en cambio les promete perdón y restauración. El cristiano es mandado al mundo como el pregonero de Dios y el embajador de Cristo para anunciar este mensaje. Esto es tanto su deber (porque Dios lo ordena y el amor al prójimo lo requiere) como su privilegio (porque es una gran maravilla hablar para Dios y llevar a nuestro prójimo la única solución a su problema espiritual). Nuestra tarea es, por lo tanto, ir a toda la humanidad y proclamarles el evangelio de Cristo; debemos explicarlo de la manera más clara y concisa posible; debemos remover toda inconsistencia y dificultad que ellos encuentran en él; debemos exponerlo con seriedad; debemos advertirles que es una cuestión de urgencia y sugerirles que respondan a ella. Ésta es nuestra responsabilidad; es un componente básico de nuestro llamamiento cristiano.

Ahora llegamos a la pregunta que nos ha amenazado desde el comienzo de este libro. ¿Cuáles son las implicaciones de esto en cuanto a la soberanía de Dios?

Vimos anteriormente que la soberanía divina es una de las verdades antinómicas en el pensamiento bíblico. El Dios de la Biblia es el Señor y Legislador de Su mundo, es el Rey y el Juez del hombre. Por consiguiente, si hemos de ser bíblicos en nuestro pensamiento, tenemos que afirmar la soberanía divina y la responsabilidad humana juntos e inequívocamente. El hombre es, sin duda, responsable ante Dios, pues Dios le da Su Ley y lo juzga por sus acciones de acuerdo a la misma. A Dios también le pertenece la soberanía sobre el hombre, pues Él controla y ordena todos los acontecimientos humanos de la misma manera que controla y ordena todo lo que sucede en Su universo. Entonces, la responsabilidad humana y la soberanía de Dios son reales e incontrovertibles.

El apóstol Pablo, en una epístola breve, nos obliga a ver esta antinomia cuando habla de la voluntad, thelema, de Dios ligado a la contradicción aparente en estas dos maneras que el Creador se relaciona con Su criatura. En los capítulos cinco y seis de Efesios, él desea que sus lectores sean “entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” y “como siervos de Cristo haciendo de ánimo la voluntad de Dios.” La voluntad de Dios como Legislador es que el hombre conozca la Ley y que la obedezca. Pablo escribe a los tesalonicenses: “Porque la voluntad de Dios es vuestra santificación: que os apartéis de fornicación.” Sin embargo, en el primer capítulo de Efesios, Pablo habla de cómo Dios había escogido a él y a todos los cristianos desde antes de la fundación del mundo “según el puro afecto de Su voluntad.” Luego dice que la intención de reunir todas las cosas en Cristo es “el misterio de Su voluntad.” También dice, “En Él digo, en quien asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el consejo de Su voluntad.” Es obvio que aquí la “voluntad” de Dios es Su propósito eterno para con los hombres; Su voluntad como el Señor soberano del mundo. Ésta es la voluntad que se cumple con todo lo que se lleva a cabo —incluyendo el pecado del hombre. Anteriormente se distinguía entre la voluntad de Dios como precepto y Su voluntad como propósito. La anterior es la declaración pública de Dios en cuanto a lo que Él espera del hombre, y la última es lo que Él mismo hará (esta voluntad es oculta). La distinción es entre la Ley de Dios y Su plan. La anterior le dice al hombre lo que debe ser, y la última le dice lo que será. Ambos aspectos de la voluntad de Dios son hechos incontrovertibles, pero la manera en que se relacionan dentro de la mente de Dios no está al alcance del entendimiento de nuestras mentes finitas. Ésta es una de las razones por la cual decimos que Dios es incomprensible.

Todo ocurre bajo el dominio de Dios, Él ha fijado el porvenir con Su decreto y ya ha decidido quién será salvo y quién perecerá. Ahora la pregunta es: ¿qué relación tiene esto con nuestra responsabilidad de evangelizar?

Muchos cristianos en nuestros días están perplejos frente a la pregunta. Hay algunos que han aceptado la soberanía de Dios de la manera incalificable e incontrovertible en que la Biblia la enseña. Estos se enfrentan ahora con unos métodos evangelísticos, heredados de sus antepasados, que necesitan modificación para hallar armonía plena con la soberanía de Dios. Dicen que estos métodos fueron inventados por los que no creían en la soberanía absoluta de Dios. ¿No es eso razón suficiente para rechazarlos? Los que no están tan convencidos de la verdad doctrinal, los que no la toman en serio, creen que esta nueva preocupación pondrá fin al evangelismo. Creen que quitará el sentido de urgencia necesario para un evangelismo eficaz. Satanás, claro está, hará todo lo posible para impedir el evangelismo y para dividir a los cristianos; por lo tanto, tienta al primer grupo para que sean desconfiados y cínicos en la cara de cualquier empeño evangelístico, y al segundo grupo los tienta para que pierdan la cabeza en un pánico y una alarma extrema. A ambos los tienta para que sean presumidos, jactanciosos y amargados, mientras se critican el uno al otro. Ambos grupos necesitan cuidarse de las trampas del diablo.

La pregunta exige una respuesta y lo exige ahora mismo. De la misma Biblia surgió el problema (pues enseña la relación antinómica de Dios con el hombre), así que la solución la buscaremos en la Biblia también.

La respuesta bíblica se puede expresar en dos proposiciones, una negativa y otra positiva.

1. La soberanía de la gracia de Dios no afecta en nada lo que hemos dicho sobre la naturaleza y la responsabilidad del evangelismo

El principio empleado en este caso es que la regla de nuestro deber y la medida de nuestra responsabilidad son reveladas en la voluntad de precepto de Dios, y no ocultadas en la voluntad de propósito. Tenemos que ordenar nuestras vidas a la luz de Su Ley y no a nuestras adivinanzas acerca de Su plan. Moisés aclaró este principio cuando terminó enseñando la Ley, el desafío y las promesas de Dios a Israel. “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios: mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos por siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley.” Las cosas que Dios no ha revelado (como el número y la identidad de los elegidos, y cuándo los piensa convertir) no tienen nada que ver con el deber del hombre. No tienen lugar en la interpretación de cualquier parte de la Ley de Dios. Ahora bien, el mandato de evangelizar es parte de la Ley de Dios; pertenece a la voluntad revelada de Dios para Su pueblo. Por lo tanto, nuestras especulaciones acerca de Su voluntad oculta en cuanto a la elección y el llamamiento no pueden cambiar o invalidar la Ley de Dios. Podemos contar con que (en las palabras del Artículo XVII de la Iglesia de Inglaterra) Dios “ha constantemente (decisivamente y con firmeza) decretado por Su consejo que nos es oculto rescatar de la muerte y la maldición todos aquellos que Él ha escogido en Cristo de la humanidad, y por Cristo les dará la salvación eterna como vasijas hechas para honrar.” Pero esto no nos ayuda en determinar la tarea evangelística, y tampoco tiene importancia en cuanto a nuestro deber de evangelizar universalmente e indiscriminadamente. La doctrina de la soberanía de la gracia de Dios no tiene implicaciones en estos asuntos.

Por lo tanto, podemos decir:

(a) La creencia que Dios es soberano en Su gracia no afecta la necesidad del evangelismo. No importa lo que creamos acerca de la elección, el evangelismo siempre es y siempre ha sido necesario, pues nadie será salvo sin el evangelio. Pablo dice, “Porque no hay diferencia de judío y de griego; porque el mismo que es Señor de todos, rico es para todos los que le invocan: Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Sí, pero el que no invoca al Señor no será salvo, y tiene que haber un cierto conocimiento de Él antes de poder invocarlo. Así que Pablo continúa diciendo, “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán a aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” Hay que decirles de Cristo antes de que puedan confiar en Él, y tienen que confiar en Él antes de que puedan ser salvos por Él. La salvación depende de la fe y la fe de conocer el evangelio. Dios salva a los pecadores llevándoles a la fe por medio de su contacto con el evangelio. De la manera que Dios organizó las cosas, el evangelismo es necesario si alguno ha de ser salvo.

Debemos darnos cuenta de que cuando Dios nos manda a evangelizar, nos está usando para cumplir Su propósito eterno de salvar a los elegidos. El hecho de que tiene un propósito inalterable no quiere decir que nuestros esfuerzos evangelísticos no se necesiten para cumplirlo. La parábola de nuestro Señor dice, “un hombre rey, que hizo bodas a su hijo; y envió sus siervos para que llamasen a los llamados a la boda” “y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos: y las bodas fueron llenas de convidados.”112 Es de la misma manera y por medio de semejante acción de los siervos de Dios que los elegidos vienen a la salvación que el Redentor les ha ganado.

(b) La creencia que Dios es soberano tampoco afecta la urgencia del evangelismo. Los hombres sin Cristo están perdidos e irán al infierno, sea la que sea nuestra opinión sobre la predestinación. “Os digo; antes si no os arrepintiereis, todos pereceréis igualmente… Os digo; antes si no os arrepintiereis, todos pereceréis asimismo.” Y los que somos de Cristo tenemos que ir y decirles de Él —del único que los puede salvar de la perdición. La necesidad de aquellos es urgente, y por lo tanto nuestra tarea evangelística es una de urgencia. Si usted conociera a un hombre dormido dentro de un edificio en llamas, usted pensaría que es urgente advertirle del peligro en que está; usted intentaría rescatarlo. El mundo está lleno de personas que no saben que están mal con Dios y condenados por Su ira. ¿No es esta situación de tanta urgencia como la anterior? ¿No lo trataríamos de rescatar?

Nunca debemos de usar la excusa de que si no son elegidos, no nos escucharán como quiera y todos nuestros esfuerzos serán en vano. Esto es cierto, pero no nos interesa y no debe afectar nuestro ministerio. En primer lugar, no es correcto rehusar hacer el bien sólo porque creemos que no nos será agradecido. En segundo lugar, los elegidos y no-elegidos de este mundo son anónimos en nuestras mentes. Sabemos que existen pero no sabemos, ni podemos saber, quiénes son y tratando de adivinar es fútil e impío. La identidad de los no-elegidos es una de las “cosas ocultas” de Dios y no nos es dado la capacidad mental ni el privilegio moral de saberlo. En tercer lugar, como cristianos estamos llamados a amar no sólo a los elegidos, sino a nuestro prójimo, ya sean elegidos o no. Ahora, la naturaleza del amor es hacer bien y saciar necesidad. Si nuestro prójimo es un inconverso, debemos mostrarle nuestro amor compartiendo con él las buenas nuevas que necesita para salvarse de la perdición. Es por eso que encontramos a Pablo, “amonestando a todo hombre, y enseñando en toda sabiduría, para que presentemos a todo hombre perfecto en Cristo Jesús.” No lo hizo sólo porque era apóstol, sino porque todo hombre era su prójimo. La medida de la urgencia del evangelismo es, por lo tanto, la necesidad de nuestro prójimo y el peligro en que está.

(c) La creencia que Dios es soberano en su gracia no afecta lo genuino de la invitación ni la verdad de las promesas del evangelio. En el evangelio Dios promete justificación y vida a todo aquel que cree. “Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Dios ordena que todo hombre se arrepienta, de la misma manera los invita a todos a que vengan a Cristo y encuentren allí la misericordia y la vida eterna. La invitación es para todos los pecadores; no sólo para los pecadores reformados o para aquellos cuyos corazones sienten una tristeza mínima por sus transgresiones, pero para todos. El himno lo expresa de una manera muy clara:

No dejes que la conciencia te demore

Ni soñar de la aptitud

Pues la aptitud que Él requiere

Es sentir tu necesidad de Él.

Que la invitación es libre e ilimitada —Pecadores Jesús recibirá (el título de un libro fantástico por Juan Bunyan)— es la gloria del evangelio como revelación de la gracia divina.

En la comunión de la Iglesia de Inglaterra, primero la congregación confiesa sus pecados a Dios con unas palabras agudas (“nuestros numerosos pecados y desdichas…provocando justificablemente su ira…la carga de ellos es intolerable. Ten misericordia de nosotros, ten misericordia de nosotros”). Luego, el ministro alza sus manos y proclama las promesas de Dios.

“Oigan las palabras de consuelo que nuestro Salvador Jesucristo dice a todos que verdaderamente vienen a Él.”

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar.”

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en El cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

“Oigan también lo que ha dicho San Pablo.”

“Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.”

“Oigan también lo que ha dicho San Juan.”

“Hijitos míos, estas cosas os escribo, para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.”

¿Por qué son estas palabras de tanto consuelo? Porque son las palabras de Dios y son la verdad. Estas palabras son la esencia del evangelio. Son promesas y garantías en que los cristianos que vienen a la cena del Señor deben confiar. Son las palabras que confirman el sacramento. Examínelas cuidadosamente; examine primero la sustancia. El objeto de la fe que representan no es sólo ortodoxia, ni es sólo la verdad de la muerte expiatoria de Cristo, es mucho más. Es el Cristo viviente en Sí, el Salvador perfecto de los pecadores, aquel que carga consigo toda la virtud de Su obra completada en la cruz. “Venid a ,” Él ha pagado todos nuestros pecados. Estas promesas guían nuestra confianza, no al crucifijo sino a Cristo crucificado; no a la obra abstracta sino a aquel que la realizó. Fíjense que las promesas son universales. Se ofrecen a todos los necesitados, a todos los que “verdaderamente” lo necesitan, a todo hombre que alguna vez haya pecado. A ninguno le es negada la misericordia, pero muchos la rechazan con impenitencia e incredulidad.

Algunos piensan que las doctrinas de la elección y de la condenación eterna implican la posibilidad de que algunos que desean a Cristo serán negados por no estar entre los elegidos. Sin embargo, las palabras de consuelo en el evangelio excluyen esta posibilidad. Pues nuestro Señor afirmó en términos enfáticos y categóricos, “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.”

Es verdad que Dios ha elegido desde la eternidad a los que salvará. Es verdad que Cristo vino exclusivamente a salvar aquellos que el Padre le había dado. Pero también es verdad que Cristo se ofrece gratuitamente a todos los hombres como su Salvador, y garantiza llevar a la gloria todos los que confíen en Él. Fíjense en cómo Él yuxtapone los dos conceptos en el siguiente pasaje.

“Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, mas la voluntad del que me envió. Y ésta es la voluntad del que me envió, del Padre: Que todo lo que me diere, no pierda de ello, sino que lo resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en Él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en día postrero.” “Todo lo que me ha dado” en este contexto es la tarea salvadora de Cristo en términos de todos los elegidos, a quienes vino específicamente a salvar. “Todo aquel que ve al Hijo, y cree en Él” se refiere a la tarea salvadora de Cristo en términos de toda la humanidad, a quien se ofrece sin distinción y salvará a los que creen en Él. En estos versículos las dos verdades se afirman al mismo tiempo y en el mismo respecto, y así debe ser. Las dos van juntas. Caminan de mano en mano. Una no hace dudosa la otra. Una no excluye la otra. Cristo quiere decir lo que ha dicho, ya sea cuando salva a todos que creen en Él o cuando salva a los que el Padre le ha dado.

John Owen, un puritano que escribió a favor de la elección incondicional y la expiación limitada, se dirige al incrédulo de la siguiente manera.

“Consideren la condescendencia y el amor infinito de Cristo. Él les invita y les llama para que vayan a Él y encuentran vida, liberación, misericordia, gracia, paz y salvación eterna… En la declaración y la predicación de ellos, Jesucristo se enfrenta a los pecadores llamándolos, invitándolos y urgiéndolos que vengan a Él.”

“La palabra que Él les dirige es ésta: ¿Por qué morirás? ¿Por qué perecerás? ¿Por qué no tendrás compasión por tu alma? ¿Será duro tu corazón y fuerte tus manos en el día de la ira que vendrá?… Mira hacia mí y serás salvo; ven a mí y te quitaré la carga de los pecados, las tristezas, los temores, las cargas y haré descansar a tu alma. Ven, te suplico; pon a un lado la desidia; no me rechaces más; la eternidad llama a tu puerta… odiándome perecerás, mas aceptándome serás liberado.”

“Estas y cosas semejantes declara, proclama, suplica y urge al Señor Jesucristo a las almas de los pecadores… Lo hace con la predicación de la Palabra, como si estuviese presente con ustedes y hablara personalmente a cada uno de ustedes… Él ha encomendado a los ministros para que se paren delante de ustedes y tratarles como si Él estuviera tratando con ustedes. Ellos les invitarán de la misma manera que Él les invitó, 2 Corintios 5:19–20.”

La invitación de Cristo es la Palabra de Dios. Es verdad. Es una invitación genuina. Y se ha de presentar al incrédulo de tal manera. Nada de lo que creemos de la soberanía de Dios en su gracia afecta esto.

(d) La creencia de que Dios es soberano en su gracia no afecta la responsabilidad del pecador por su respuesta. Alguien que rechaza a Cristo se muere a causa de su propia condenación. No creer en la Biblia lleva consigo la culpabilidad y nadie podrá excusarse simplemente porque no fueron elegidos. La vida eterna se le ofreció al incrédulo y la podría haber tenido si no la hubiera rechazado. El incrédulo, y nadie más, es responsable por su rechazo de la salvación y ahora él tendrá que sufrir las consecuencias. El Obispo J. C. Ryle escribe, “Es un principio fundamental en toda la Escritura que el hombre puede perder su propia alma, y que si él está perdido es por su propia culpa, y su sangre manchará sólo su propia cabeza. La misma Biblia inspirada que revela la doctrina de la elección es la Biblia que contiene la palabras, ‘¿Por qué moriréis, casa de Israel?’ —’Y no queréis venir a mí, para que tengáis vida.’122— ‘Y esta es la condenación: porque la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz; porque sus obras eran malas.’ La Biblia nunca dice que los pecadores no irán al cielo porque no son elegidos, sino dice que no irán porque han rechazado la gran salvación, y porque rehúsan arrepentir y creer. En el juicio final, no es la elección de Dios que aniquila las almas de los hombres, sino es su propia pereza, su amor al pecado, su incredulidad y su rechazo de Cristo.”124 Dios le da al hombre lo que el hombre ha escogido y no lo opuesto a lo que escogen. Aquellos que escogen la muerte morirán. La doctrina de la soberanía divina no afecta la responsabilidad humana.

Veamos ahora la segunda proposición positiva.

2. La soberanía de Dios en su gracia nos da la única esperanza de tener éxito en el evangelismo

Algunos temen que la creencia en la soberanía de Dios tiene como consecuencia lógica la inutilidad del evangelismo, pues Dios salvará a sus elegidos aunque oigan o no el evangelio. Ya hemos visto que esto es una conclusión falsa basada en una premisa inválida. La verdad es totalmente opuesta a esta conclusión. En vez de hacerlo inútil, la soberanía de Dios es la única cosa que lo hace útil. Con ella hay la posibilidad, es más, la certeza de que el evangelismo será fructuoso. Si no fuera por la gracia soberana de Dios, el evangelismo sería uno de los empeños más inútiles en el mundo, y proclamar el evangelio cristiano sería sólo una gran pérdida de tiempo.

¿Por qué es esto? Por la incapacidad espiritual del hombre pecaminoso. Dejemos que Pablo, el evangelista de evangelistas, nos explique esto.

Pablo dice que el hombre caído tiene una mente ciega y por eso no puede comprender las verdades espirituales. “Mas el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura; y no las puede entender porque se han de examinar espiritualmente.” El hombre caído también tiene una naturaleza perversa y depravada. “Por cuanto la intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la Ley de Dios, ni tampoco puede. Así que, los que están en la carne no pueden agradar a Dios.” En ambos pasajes Pablo afirma dos cosas distintas en cuanto al hombre caído y su relación a la verdad de Dios, y hay un paralelismo del progreso del pensamiento en ambos casos. Primero, Pablo señala el fracaso del hombre carnal. Pues él “no recibe las cosas de Dios” y “no está sujeto a la Ley de Dios.” A continuación, Pablo interpreta una afirmación a base de la otra. Es decir, el fracaso es una necesidad natural, es cierto e inevitable, y es universal e inalterable, pues es inherente en la misma naturaleza del hombre. “No las puede entender.” Ni tampoco puede.” El hombre, desde Adán, no puede entender las realidades espirituales ni tampoco puede obedecer la Ley de Dios. Enemistad contra Dios es la ley de su naturaleza. Su instinto le dice que debe evadir, negar e ignorar la verdad de Dios; le dice que debe jactarse de él y desobedecer Su Ley — sí, y cuando oye el evangelio su instinto le dice que lo debe rechazar y que debe rebelarse contra Él. Este es el tipo de persona que él es. Pablo dice que él esta “muerto en sus delitos y pecados.” Está totalmente incapacitado para reaccionar al evangelio de una manera positiva. Es sordo a la voz de Dios. Es ciego a su revelación. Es impermeable a su aliciente. Si usted le habla a un cadáver, nunca le va a responder; el hombre está muerto. Cuando la Palabra de Dios se proclama a los pecadores tampoco hay respuesta, pues ellos también están muertos en sus delitos y pecados.

Esto no es todo. Pablo nos dice que Satanás siempre está tratando de inmovilizar al hombre en su estado natural. “En que en otro tiempo anduvisteis conforme a la condición de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia.” Así, Satanás se asegura que el hombre no obedezca la Ley de Dios. “En los cuales el dios de esto siglo cegó los entendimientos de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.”129 Ya vemos que hay dos barreras al evangelismo eficaz: la primera es el impulso natural e irresistible del hombre de oponerse a Dios, y la segunda es la el pastoreo asiduo de Satanás a los hombres en sus pecados y en su desobediencia.

¿Cuáles son las implicaciones de esto para el evangelismo? La implicación es que el evangelismo, como lo hemos descrito, no puede tener éxito. No importa el grado de claridad y eficacia que empleemos en proclamarlo, no hay ninguna esperanza de convencer, y mucho menos convertir, al hombre. ¿Podremos con nuestro propio poder sacar al hombre de las garras de Satanás? No. ¿Acaso podemos dar vida a los muertos? Tampoco. ¿Tenemos alguna esperanza de convencer a los pecadores de la verdad del evangelio con nuestra propia razón? Claro que no. ¿Podemos esperar que el hombre obedezca el evangelio por las palabras que decimos? No. Si no nos hemos enfrentado con este hecho, nuestro evangelismo no es irealista. Cuando un maestro quiere enseñar matemática o gramática a los niños y ellos simplemente no entienden, él se anima con la realidad de que eventualmente entenderán, y por lo tanto sigue tratando. Podemos acudir a nuestra paciencia si la posibilidad de alcanzar el éxito es real. Pero en el caso del evangelismo no existe tal posibilidad. Como una obra humana el evangelismo es imposible. Por definición no puede producir el efecto deseado. Podemos predicar con claridad, con fluidez y con gracia; podemos desafiar a nuestros amigos; podemos organizar grandes campañas y avivamientos, repartir folletos, colgar letreros y anunciar por todos lados, pero nunca habrá la más mínima posibilidad de ganar una sola alma para Cristo. Si no hay otro ingrediente, algo mucho más poderoso que nuestro propio afán, toda obra evangelística fracasará. Nos tenemos que enfrentar con esta realidad.

Es aquí donde veo una tremenda falla en el evangelismo de hoy. Parece que todos están de acuerdo en que nuestro evangelismo no está de lo más saludable, pero hay mucho desacuerdo en cuanto a la naturaleza del malestar y cómo curarlo. Algunos creen que el problema es el avivamiento de la doctrina de la soberanía de Dios —una doctrina que tiene implicaciones enfáticas para la elección incondicional y la expiación limitada. Ellos sugieren que la solución del problema se encuentra en el abandono de estas doctrinas. Sin embargo, algunos de los evangelistas más grandes del pasado han abrazado estas doctrinas. Por lo tanto, el diagnóstico no puede ser muy astuto ni la solución muy eficaz. Es más, parece que el evangelismo había sufrido su gran caída entre las dos guerras mundiales, es decir, mucho antes del avivamiento de esta doctrina. Otros, como ya hemos mencionado, creen que el problema está en las reuniones inter-denominacionales e impersonales que han surgido a la escena en los últimos años. Pero esto tampoco es obvio. Yo creo que la raíz del problema es mucho más profunda que estos diagnósticos suelen indicar. Sospecho que la razón por este malestar evangelístico es una neurosis de la desilusión, un fallo desconocido del ánimo, que surgió del rechazo de considerar el evangelismo antropocéntrico imposible. Permíteme explicar.

Por más de un siglo, los cristianos evangélicos han considerado el evangelismo una actividad especial que debe ocurrir en intervalos rápidos y agudos (como “misiones” y “campañas”) y, para tener éxito, necesitaban una técnica distintiva, tanto en la predicación como en el evangelismo personal. Muy temprano en la evolución de este concepto, los evangélicos comenzaron a pensar que si el evangelismo iba a tener éxito había que orar por él y administrarlo correctamente (ej. si se usaba la técnica distintiva). Esto se debe al éxito que tuvieron evangelistas como Moody, Torrey, Haslam y Aitken con sus campañas. Pero debemos entender que el éxito que tuvieron estos grandes evangelistas no fue debido a su organización moderna, sino a la gran obra que Dios había realizado en Inglaterra en aquella época. Aun en ese período, las primeras misiones usualmente tenían más éxito que las segundas, y las segundas que las terceras. Pero durante los últimos cincuenta años, cuando el mundo se está secularizando más y más, hemos visto una declinación drástica en los frutos del evangelismo. Esta declinación nos ha enervado.

¿Por qué nos ha enervado? Porque no estábamos preparados. Habíamos formulado el evangelismo de tal manera que la buena organización más la técnica distintiva equivalían a resultados inmensos. Habíamos creído que la poción mágica se hacía con una reunión especial, un coro, un solista y un predicador especial, de renombre quizá. Estábamos seguros de que la fórmula y la poción mágica darían vida a cualquier iglesia, pueblo o misión que estaba muerta. Muchos de nosotros todavía creemos esto. Nos aseguramos el uno al otro que así es, y seguimos haciendo nuestros planes a base de ello. Pero en nuestros corazones estamos desilusionados, desanimados y aprensivos. Había un tiempo cuando pensábamos que el evangelismo bien-organizado aseguraba éxito, pero ahora tememos que cada vez que intentemos fracasará, pues ha fracasado tantas veces en el pasado. Ahora no nos resta nada, pues sólo supimos evangelizar de una manera. No queremos admitir esto a nosotros mismos y, por lo tanto, echamos nuestro temor por la ventana, pero vuelve por la puerta con una venganza en la forma de la desilusión y la neurosis paralizante. Nuestro evangelismo, entonces, se convierte en una rutina meticulosa y aburrida. En fin, nuestro problema es que dudamos de la utilidad de nuestros esfuerzos.

¿Por qué tenemos estas dudas? Porque hemos sido desilusionados. ¿Cómo hemos sido desilusionados? Por el fracaso continuo de las técnicas evangelísticas en los cuales confiábamos. ¿Cuál es el remedio de nuestra desilusión? Primero, debemos admitir que estábamos equivocados en pensar que cualquier técnica en sí pudiera garantizar resultados; segundo, debemos reconocer que la naturaleza depravada del hombre es razón suficiente para que nuestros esfuerzos evangelísticos sean estériles; tercero, debemos recordar que estamos llamados a ser fieles y no a tener éxito; y cuarto, debemos aprender a dejar los resultados de nuestro esfuerzo a la gracia omnipotente de Dios.

Dios hace lo que el hombre no puede hacer. Dios, por medio de su Espíritu, obra en el corazón del hombre pecaminoso para llevarlos a la fe y al arrepentimiento. La fe es un regalo de Dios. Pablo escribe a los filipenses, “Porque a vosotros es concedido por Cristo, no sólo que creáis en Él, sino también que padezcáis por Él.” Y a los efesios dice, “Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios.” Así también, el arrepentimiento nos es dado por Dios. Pedro le dijo al Sanedrín, “A Éste ha Dios ensalzado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados.” Cuando la Iglesia de Jerusalén oyó que Pedro había sido mandado a evangelizar a Cornelio, y que Cornelio había sido llevado a la fe, dijeron: “Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: De manera que también a los Gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida.” Nosotros no podemos hacer que los pecadores se arrepientan y crean en Jesús, sino es Dios quien obra fe y arrepentimiento en el corazón del hombre por medio de Su Espíritu.

Pablo dice que éste es el “llamado” de Dios. Los teólogos antiguos lo nombraron “llamado eficaz,” en contraste con la “convocación ineficaz” —es decir, cuando uno escucha la Palabra de Dios, pero el Espíritu no obra en él. El anterior es el proceso en que Dios hace que el pecador entienda y responda al evangelio. Es la obra del poder creativo; por ella, Dios regala al hombre un corazón nuevo, lo libera del pecado, le da luz donde antes había sólo tinieblas y lo guía a Él por medio de Cristo el Salvador. Por ella también, Dios los saca de las garras de Satanás, lo libera del reino de las tinieblas y lo traslada al “reino de Su amado Hijo.” El llamado produce la respuesta y confirma las bendiciones. También se le ha denominado la obra de “gracia previa,” pues la inclinación hacia Dios precede la voluntad del mismo. Se ha nombrado “gracia irresistible,” porque aniquila la posibilidad de resistirlo. La Confesión de Fe de Westminster lo analiza como la actividad de Dios en el hombre caído. “A todos aquellos a quienes Dios ha predestinado para vida, y a ésos solamente es a quienes le place en el tiempo señalado y aceptado, llamar eficazmente por Su Palabra y Espíritu, sacándolos del estado de pecado y muerte en que se hallaban por naturaleza para darles vida y salvación por Jesucristo. Esto lo hace iluminando espiritualmente su entendimiento, a fin de que comprendan las cosas de Dios; quitándoles el corazón de piedra y dándoles uno de carne, renovando sus voluntades y por Su poder soberano determinándoles a hacer aquello que es bueno, y llevándoles eficazmente a Jesucristo. Sin embargo, ellos van con absoluta libertad, habiendo recibido la voluntad de hacerlo por la gracia de Dios.”

Cristo también enseñó la necesidad universal de este llamamiento por la Palabra y el Espíritu. “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y Yo le resucitaré en el día postrero.” Igualmente, enseñó su eficacia, “Escrito está en los profetas: y serán todos enseñados de Dios. Así que, todo aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí.” A su enseñanza añadió la certeza universal del llamado para todo aquel que el Padre ha escogido. “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí.” Me escucharán y confiarán en mí, esto es el propósito del Padre y la promesa del Hijo.

Pablo habla del “llamado eficaz” como la realización del propósito seleccionador de Dios. Pues le dice a los romanos: “Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.” Y a los tesalonicenses escribe, “Mas nosotros debemos dar siempre gracias a Dios por vosotros, hermanos amados del Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salud, por la santificación del Espíritu y fe de la verdad: A lo cual os llamó por nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.” El autor del llamado, nos dice Pablo, es Dios; y el asunto del llamado es el camino a la gloria.

Entendiendo esto, podemos ver de una vez porqué Pablo nunca se desilusionó con el hombre caído y esclavizado por Satanás; en contraste con los evangelistas de nuestros días, Pablo nunca pensó que el evangelismo era un esfuerzo inútil. La razón por su actitud es que él nunca olvidó que Dios es soberano en Su gracia. El sabía que aún antes de que él hubiera comenzado, Dios todopoderoso había dicho, “Así será mi palabra que de mi boca: no volverá a mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que le envié.” Él sabía que esto era verdad tanto para el evangelio como para cualquier declaración divina. Sabía que su predicación del evangelio nunca sería inútil, pues Dios se lo garantizó. Sabía que dondequiera que él llevara el evangelio, Dios resucitaría a los muertos. Sabía que algunos de sus oyentes serían salvos. Este conocimiento le dio seguridad y expectación en su evangelismo. Y cuando hubo mucha oposición y pocos resultados, él nunca se desilusionó, pues él sabía que si Cristo le había abierto la puerta a ese lugar, era porque el propósito de Él era convertir pecadores allí. La Palabra no volvería vacía. Su afán era proclamar el evangelio con paciencia y fidelidad hasta el tiempo de la cosecha.

Hubo un tiempo en Corinto cuando su ministerio se puso muy difícil; los convertidos eran muy pocos y la oposición muy grande. Pablo pensaba que quizá su esfuerzo allí era en balde. “Entonces el Señor dijo de noche en visión a Pablo: No temas, sino habla, y no calles; porque Yo estoy contigo, y ninguno te podrá hacer mal; porque Yo tengo mucho pueblo en esta ciudad.” El Señor le estaba diciendo a Pablo que continuara predicando y enseñando allí, porque Él tenía un propósito; el Señor le estaba animando y confirmando su responsabilidad a la misma vez. Rackham destaca, “Esto confirma el énfasis que San Lucas puso en la elección previa de Dios.”143 Y el énfasis de Lucas refleja la actitud de Pablo basada en la garantía que le había dado Cristo. Por lo tanto, la soberanía de Dios en Su gracia dio esperanza a Pablo mientras predicaba a oídos sordos, mostraba a Cristo a ojos ciegos e intentaba conmover corazones de piedra. Su garantía era que donde Cristo manda el evangelio, Cristo tiene pueblo. Puede ser que al momento estén encadenados por el pecado, pero Cristo los liberará y los renovará cuando la luz del evangelio brille en sus seres oscuros.

En un gran himno, Charles Wesley describió su conversión de esta manera:

¡Qué tinieblas encerráronme!

Esclava mi alma fue a pasiones mil;

Mas el fulgor de su convicción,

Me despertó de tal condición.

De mis cadenas por don de gracia me libró;

Me levanté y caminé para seguirle en pos.

Esto no es sólo una descripción vívida de su experiencia, también es una buena afirmación teológica. Esto es exactamente lo que le sucede al incrédulo cuando se predica el evangelio. Pablo sabía eso, y lo usó como su garantía en el evangelismo.

La garantía de Pablo debe ser la nuestra también. No podemos confiar en nosotros mismos —en nuestros métodos, en nuestras técnicas o en nuestra organización. No hay magia en la técnica, aun cuando la técnica compagina con la teología de la Biblia. Cuando evangelizamos, nuestra confianza debe estar en Dios quien resucita a los muertos. Él es el único soberano y omnipotente que puede endulzar los corazones amargos de los hombres, y Él dará conversiones cuando le agrade darlas. Mientras tanto, nosotros debemos ser fieles en proclamar el evangelio y debemos estar seguros que nuestros esfuerzos nunca serán en balde. Es de esta manera que la soberanía de Dios afecta el evangelismo. ¿Cuáles son los efectos de esta confianza y certeza sobre nuestra actitud del evangelismo? Son por lo menos tres.

(a) Nos debe hacer audaces. Nos debe dar confianza que aunque la gente no acepte el evangelio la primera vez, seguiremos tratando y Dios hará fructuoso nuestro ministerio. Tal respuesta al evangelio no nos debe sorprender, pues ¿qué más podemos esperar de los esclavos de Satanás? Tampoco nos debe desanimar, pues no hay corazón tan duro que pueda resistir la gracia de Dios. Pablo era amargo enemigo del evangelio, pero Cristo puso Su mano sobre él y Pablo nació de nuevo. Usted mismo ha estado aprendiendo qué tan corrompido y perverso su corazón es. Y antes de que usted se convirtiera en cristiano, su corazón era aun peor. Pero Cristo le salvó, y eso debe ser lo suficiente para convencerle que Cristo puede salvar a cualquiera. Así que continúe presentando a Cristo a los incrédulos cada vez que tenga oportunidad. Ésta no es una tarea de bufones. Usted no está perdiendo su tiempo ni el de ellos. Usted nunca se debe avergonzarse del evangelio o disculparse en su presentación de ello. Usted debe ser audaz, libre, natural, espontáneo y exitoso. Pues Dios da una eficacia a Su Palabra que nosotros no podemos dar. Dios lleva Su Palabra a la victoria en los corazones más endurecidos y amargados. Nunca pensaríamos que nuestros esfuerzos son inútiles si creemos en la gracia soberana de Dios.

(b) Esta confianza nos debe dar paciencia. Dios salva a Su tiempo, y no debemos suponer que Él tiene la prisa que tenemos nosotros. Tenemos que recordar que somos hijos de nuestra época, y el espíritu de nuestros días es uno de prisa. Es un espíritu pragmático; un espíritu que exige resultados prontos. El ideal moderno es realizar más y más haciendo menos y menos. Es la época de los ahorros obreros, los cálculos de eficiencia y la automatización. La actitud que surge de este nuevo modo de pensar es una impaciencia tremenda frente a todo lo que exige tiempo y esfuerzo continuo. Nos enfadamos cuando tenemos que realizar una obra completamente. Este espíritu tiene consecuencias drásticas para nuestro evangelismo. Queremos ganar almas lo más pronto posible, y cuando no vemos resultados de inmediato, nos desanimamos y perdemos el interés en ellas, hasta que por fin abandonamos nuestros esfuerzos y ellas se quedan peores que antes. Pero esto es de lo más equivocado. Cuando hacemos esto fracasamos, tanto en nuestro amor al prójimo, como en nuestra fe en Dios.

La verdad es que el evangelismo exige más paciencia, afecto, amor y perseverancia que la mayoría de los cristianos de hoy en día tienen. Nunca se nos ha prometido resultados rápidos. El evangelismo es una tarea en la cual no se espera resultados rápidos. No podemos esperar resultados si no perseveramos con la gente. La idea de que un sólo sermón evangelístico o una serie de conversaciones basta en convertir a alguien es absurdo. Si alguien se convierte con un solo sermón, usualmente usted encontrará que alguien había obrado con él antes. En este caso lo que vemos es el dicho, “uno siembra y el otro cosecha.” Pero si usted se encuentra con alguien que no ha escuchado el evangelio, que no sabe la diferencia entre lo verdadero y lo falso, es inútil tratar de exigirle una decisión de inmediato. Quizá le podría llevar a una crisis psicológica, pero nunca se salvará. Lo que tenemos que hacer es tomar tiempo con él, formar una amistad, caminar junto con él y encontrar el nivel de su entendimiento espiritual. Entonces y sólo entonces podremos presentarle la verdad de Dios en amor. Hay que explicar el evangelio y asegurarse que él lo entienda y que está convencido de su verdad; luego podemos exigirle una respuesta. Hay que ayudarle a arrepentirse y creer hasta que él esté seguro que haya recibido a Cristo y que Cristo haya recibido a él. Debemos acompañarle en cada paso confiando que Dios está obrando en él. Y aunque el proceso sea muy lento, debemos recordar que Dios está obrando a su tiempo. La paciencia verifica el amor al prójimo y la fe en Dios. Si no queremos tener paciencia, no podemos esperar que Dios bendiga nuestros esfuerzos de ganar almas.

¿De dónde viene esta paciencia tan necesaria para la tarea evangelística? Proviene del conocimiento que Dios es soberano en Su gracia y que Su palabra nunca vuelve vacía. Él nos da las oportunidades que tenemos para compartir el evangelio y Él es capaz de iluminar y salvar a todos los oyentes de nuestros testimonios. Dios a veces nos prueba de esta manera. Dejó que Abraham esperara veinticinco años por el nacimiento de su hijo, así también nos deja a nosotros esperando las cosas que añoramos, como la conversión de amigos y familiares. Necesitamos paciencia si hemos de ayudar a otros llegar a la fe salvadora. Esta paciencia la podemos desarrollar si aprendemos a vivir en términos de la soberanía libre y misericordiosa de Dios.

(c) Finalmente, esta confianza nos debe conducir a la oración.

La oración, como habíamos dicho anteriormente, es una confesión de la impotencia y la necesidad, un reconocimiento del desamparo y la dependencia, una convocación al Dios todopoderoso para que Él haga lo que nosotros somos incapaces de hacer. En cuanto al evangelismo somos impotentes; dependemos totalmente de Dios, pues es sólo con un corazón nuevo que el hombre puede entender nuestras predicaciones y nacer de nuevo. Estos hechos nos deben conducir a la oración. Que nos conduzcan es el propósito de Dios. Dios quiere que, en este asunto como en otros, confesemos nuestra propia impotencia, que le digamos que es Él en quien confiamos y que le pedimos que glorifique a Sí mismo. Es muy común que Dios no bendiga a los siervos que no oran. “Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y guerreáis, y no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.”; “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se abrirá.”147 Pero si no pedimos, no recibiremos. Ésta es la regla universal tanto en el evangelismo como en la vida. Dios nos obliga a orar antes de bendecir nuestra obra para que no olvidemos que es Él el que hace todo. Y cuando al fin veamos almas convertidas no seremos tentados a glorificar nuestros propios dones, talentos, conocimientos o persuasión, sino glorificaremos a Él y sólo a Él.

El conocimiento de la gracia soberana de Dios y la impotencia humana para ganar almas nos debe conducir a una oración incesante. ¿Qué debe ser el contenido de nuestras oraciones? Debemos orar por aquellos quienes pensamos ganar; debemos orar que el Espíritu Santo les abra el corazón; debemos orar por nuestro propio ministerio, y por todos los que predican el evangelio; debemos orar que el poder y la autoridad del Espíritu Santo sean con nosotros cuando predicamos. Pablo dice a los tesalonicenses, “Resta, hermanos, que oréis por nosotros, que la palabra de Dios corra y sea glorificada así como entre vosotros.” Pablo era un evangelista muy fructuoso, pero él sabía que cada partícula de su fruto venía directamente de Dios. También sabía que si Dios dejaba de obrar en él o en sus oyentes, no podría ganar ni siquiera un alma más. Por lo tanto, ruega por las oraciones de sus hermanos para que su ministerio siga siendo fructuoso. Oren, dice él, para que la Palabra del evangelio sea glorificada por medio de mis predicaciones y del efecto que tiene en las vidas del hombre. Oren para que sea usada para convertir a los pecadores. Pablo sabía que esta petición era una de urgencia, porque sabía que la predicación sin la misericordia soberana de Dios no puede salvar a nadie. Fíjense que Pablo no dice que como Dios es soberano la oración es inútil; al contrario, como la salvación de pecadores depende totalmente de Dios, la oración por la fecundidad del ministerio evangelístico es un elemento necesario. Y los cristianos en nuestros días que creen, como Pablo, en la soberanía total de Dios y que sólo esa soberanía puede salvar a los pecadores, deben atestiguar lo antedicho por medio de oraciones constantes, fieles y serias por la bendición de Dios en la predicación de Su Palabra, y que por medio de ella los pecadores podrán ser salvos. Ésta es la última implicación de la gracia soberana de Dios en el evangelismo.

Anteriormente, dijimos que la doctrina de la soberanía no disminuye los términos de nuestra comisión evangelística. Ahora podemos ver que, en vez de disminuirlos, los aumenta. Pues nos muestra las dos caras de la comisión evangelística. Es una comisión no sólo a predicar, sino también a orar; no sólo de hablar de Dios al hombre, sino también de hablar del hombre a Dios. La predicación y la oración van juntas; nuestro evangelismo no será correcto ni bendecido si estas dos no van juntas. Hemos de predicar porque sin conocimiento del evangelio ningún hombre será salvo. Hemos de orar porque sólo la soberanía del Espíritu Santo en nosotros y en los corazones del hombre puede dar eficacia a nuestra predicación, y Dios no manda a Su Espíritu donde no hay oración. Los evangélicos de hoy en día están reformando sus métodos de la predicación evangelística y no hay nada de malo en eso. Pero eso nunca dará fruto en nuestra obra evangelística si Dios no está reformando nuestras oraciones y derramando sobre nosotros un nuevo sentido de plegaria por el evangelismo. Sólo podemos salir adelante en el evangelismo cuando hemos aprendido de nuevo a proclamar a nuestro Señor y Su evangelio en público y en privado, en la predicación y en la conversación, con audacia, paciencia, poder, autoridad y amor. También tenemos que aprender de nuevo la necesidad de la oración humilde e importuna por la bendición de nuestra obra. Cuando se haya dicho todo lo que se puede decir acerca de los métodos evangelísticos, la única manera de avanzar sigue siendo ésta. Si no hallamos este camino, seguiremos perdidos. Es tan fácil —y difícil— como eso.

Ya la rueda de nuestro argumento ha dado la vuelta entera. Comenzamos sugiriendo que la práctica de la oración es una prueba positiva de la soberanía de Dios. Y terminamos sugiriendo que la fe en la soberanía de Dios es el motivo de nuestras oraciones.

Ahora cuando alguien nos sugiere que la fe en la soberanía de Dios contradice el evangelismo, podemos decirle que él no ha entendido el significado de la soberanía divina. La soberanía de Dios no es sólo la base del evangelismo, sino es también el sostén del evangelista, pues da la esperanza del éxito que de otra manera sería imposible; nos enseña que la oración y la predicación son inseparables; nos da audacia y confianza frente al hombre, y humildad y súplica frente a Dios. ¿No debe ser así? No diríamos que el hombre no puede evangelizar sin esta doctrina, pero sí sugerimos que creyéndola podrá evangelizar mejor.

 Packer, J. I. (2008). El Evangelismo y la Soberanía de Dios. (G. A. Martínez, Trad.) (pp. 91–123). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

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La Teología Reformada Hoy

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La Teología Reformada Hoy

POR ANDY WOODS

La Reforma que introdujeron los reformadores protestantes fue parcial, en el mejor de los casos. Se ha dejado mucho trabajo sin hacer. ¿Cuál es entonces el estado de la teología reformada en la actualidad?

Las iglesias que deben su linaje espiritual directo a los reformadores protestantes continúan hoy con una teología incompleta. A menos que comprendamos esto, no entenderemos por qué Dios continuó reformando la iglesia a través de otros, fuera de la tradición reformada.

El error de la teología reformada es, en primer lugar, que asume erróneamente que no había más progreso que hacer después de los reformadores-no había más terreno que conquistar. Los avances de los Reformadores fueron ciertamente maravillosos, pero qué ingenuo sería pensar que no era necesario o posible ningún otro progreso.

Este pensamiento debe ser un error debido a un precepto que encontramos en Daniel 12:4 y 9:

“Pero tú, Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará.”

El respondió: Anda, Daniel, pues estas palabras están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin”

Dios le habla a Daniel a través del ángel Gabriel. Él predijo que hasta el final de la era siempre habría más terreno por conquistar. Por lo tanto, la Reforma Protestante no pudo haber sido el fin de toda la verdad bíblica.

Daniel es muy específico en su profecía de que, a medida que la raza humana se acerque cada vez más al final de la era, habrá más verdades.

Ahora bien, el canon de las Escrituras se cerró con la escritura del libro del Apocalipsis por el apóstol Juan, así que esto no se refiere a la entrega de más revelaciones nuevas (cf. Judas 3; Apocalipsis 22:18-19). Más bien, habla de una nueva comprensión. Las verdades que siempre han estado en el texto se darán a conocer de una manera nueva y fresca, a un ritmo cada vez mayor, a medida que nos acercamos al final de la era, particularmente en el área de la profecía.

Desde que Juan completó el libro del Apocalipsis a finales del primer siglo, no ha habido más revelación progresiva. Sin embargo, existe la iluminación progresiva de las Escrituras que ya poseemos.

Esto significa que podemos saber cosas que Lutero, Tyndale, Zwinglio y Calvino no podían saber. Esto no es necesariamente porque seamos más inteligentes o más espirituales que cualquiera de ellos, o porque tengamos un libro adicional de la Biblia que ellos no tenían. Más bien, es simplemente porque estamos viviendo más tarde en la historia.

Además, debemos recordar que el Espíritu Santo continuó reformando la iglesia incluso después de que estos reformadores murieran, y lo hace todavía hoy. Si el Señor se demora, la próxima generación verá con razón cosas en las Escrituras que nosotros hoy no vemos. Ellos tendrán una comprensión más profunda que nosotros aún no tenemos. Para usar el término de Daniel, tal información se está develando gradual pero progresivamente.

Considere también la declaración de Daniel 12:4, que dice: “Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia se aumentará.”

Estas palabras suelen interpretarse erróneamente para referirse a cosas de los últimos días como los viajes en avión, los cruceros y, por supuesto, Internet. Sin embargo, debemos comparar este versículo con otro que utiliza una construcción hebrea similar: Amós 8:12:

E irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente discurrirán buscando palabra de Jehová, y no la hallarán

¿Cuál es el propósito de este movimiento “andarán de aquí para allá,” ó “correrán de aquí para allá,” como lo describe Daniel? Es “buscar la palabra de Jehová.”

Así que lo que Daniel está describiendo es la gente leyendo la Biblia mientras el mundo se mueve hacia el fin de los tiempos. Correr “de aquí para allá” es leer, no viajar. Ellos verán cosas en la Biblia que los sabios del pasado no pudieron encontrar. Esto es iluminación progresiva.

Sir Isaac Newton y el Tiempo del Fin

¿Sabía que Sir Isaac Newton (1642-1727) era un cristiano devoto? De hecho, se le considera el fundador de la ciencia moderna y el hombre que descubrió la ley de la gravedad. Sin embargo, pasó más tiempo estudiando la Biblia que la ciencia. Los secularistas le critican por ello, pensando que podría haber hecho descubrimientos científicos aún mayores si se hubiera dedicado a esa tarea en mayor medida y hubiera dedicado menos tiempo al estudio de la Biblia. Pero la realidad es que el conocimiento de la Biblia por parte de Newton le dio un incentivo para estudiar la ciencia.

La creencia de Newton en un Dios Creador le llevó a creer que el universo se regía por leyes que el propio Creador había establecido. Esto le llevó a estudiar el mundo natural con la misma intensidad con la que estudiaba las Escrituras.

La mayoría de la gente tampoco sabe que Newton escribió comentarios bíblicos sobre los libros de Daniel y el Apocalipsis. Fue un tremendo estudioso de los últimos tiempos, e hizo esta declaración sobre las profecías de Daniel:

Alrededor del tiempo del fin, se levantará un cuerpo de hombres que prestará atención a las Profecías, e insistirá en su interpretación literal, en medio de mucho clamor y oposición. [111]

El comentario de Newton arroja luz sobre Daniel 12:4 y 9, y es coherente con la idea de la iluminación progresiva.

La actitud de muchos teólogos reformados, por otra parte, es que si no se puede encontrar un concepto en los escritos de Lutero o Calvino, entonces no es bíblicamente cierto.

Progreso Congelado

Lo que la teología reformada ha hecho, en esencia, es tomar el progreso de los reformadores y congelarlo en credos y confesiones. Luego asumen que la declaración final de la verdad se encuentra en estos credos y confesiones.

Uno de los documentos más famosos de este tipo es la Confesión de Westminster. En ella se afirma en un lugar con respecto a la escatología:

1. En el último día habrá una resurrección general de los muertos, tanto de los justos como de los injustos. 2. Todos los que se encuentren vivos serán transformados inmediatamente. 3. Inmediatamente después de la resurrección seguirá el juicio general y final de todos los ángeles y hombres, buenos y malos. 4. Que la fecha de este día y hora es mantenida por Dios en secreto a propósito. [112]

Vemos en esta afirmación el error del reduccionismo: tomar un tema complejo y simplificarlo demasiado. Al final tienen una resurrección general, para todos. En realidad, esta afirmación me parece lamentablemente inadecuada e incompleta. La Biblia presenta un panorama mucho más amplio en cuanto a la escatología, que es mucho más intrincado y complejo que el que ofrece la Confesión de Westminster.

Por un lado, hay diferentes resurrecciones para diferentes grupos en diferentes momentos. Estas encajan dentro y alrededor de los eventos como el rapto, la tribulación de siete años, el reino terrenal de Cristo de 1.000 años y el gran juicio del trono blanco. Pero para encontrar todas estas cosas, usted debe dejar la Confesión de Westminster y volver su atención a las páginas de la Escritura, usando el mismo método de interpretación literal que los Reformadores Protestantes usaron para rescatar a la iglesia a través de las cinco solas.

Pero en los círculos reformados, la autoridad es la Confesión de Westminster. Lo que sucede, entonces, es que se interpreta la Escritura a través del lente de la Confesión de Westminster. Se ha convertido en la autoridad. Muchas de las ramas de los descendientes de la Reforma hacen lo mismo con los diversos credos y confesiones que siguen en sus grupos particulares.

El problema es que esto desafía el énfasis de Lutero en la sola Scriptura.

Nuestra autoridad debe ser, y seguir siendo, la Biblia. Lo que enseñamos debe ser bíblico. No importa si Lutero o Calvino entendieron un concepto o no, o qué credo o confesión lo incluyó; si es bíblico, entonces debemos enseñarlo. Si no es bíblico, entonces no debemos enseñarlo.

Jeremy Edmondson afirma:

El objetivo de la Reforma era devolver al cristianismo a las Escrituras. Las nobles intenciones de los reformadores exigían que la Biblia fuera la autoridad suprema para los creyentes de todo el mundo. Por eso nos alegramos. Pero si la Reforma y sus credos resultantes son exaltados como el estándar para medir la ortodoxia, ¿no se frustra el mismo propósito para el que fueron concebidos? [113]

Manteniendo Vivo a Agustín

Además, el amilenarismo agustiniano se ha fosilizado en la teología reformada. La espiritualización del reino, la enseñanza de que está aquí ahora, nunca fue corregida por los reformadores protestantes.

Para usar una metáfora diferente, el amilenarismo agustiniano -que nació gracias a la hermenéutica alegórica de Orígenes de Alejandría- vive y respira y está bien vivo dentro de la teología reformada.

Showers lo dice de esta manera:

Los luteranos, reformadores y anglicanos reformados rechazaron el premilenarismo por ser “opiniones judías.” Mantuvieron la perspectiva amilenial que la Iglesia Católica Romana había adoptado de Agustín. [114]

Las iglesias reformadas de hoy son un híbrido. Son protestantes en ciertas áreas, particularmente en las solas. Pero siguen siendo católicas romanas en otras áreas, incluyendo los temas muy importantes de la doctrina de la iglesia y la doctrina del fin de los tiempos. Por eso vemos a las denominaciones cristianas de la tradición reformada realizando actividades como el boicot económico contra el pueblo judío y la tierra de Israel en lugar de bendecirlos. Su teología, naturalmente, se está abriendo camino.

Barry Horner afirma:

La herencia de la tradición agustiniana que recibió la Europa moderna, a pesar de la oposición de Melanchthon y otros a los excesos de Lutero, dio lugar a la continuación de una escatología que sostenía la tesis esencialmente antijudaica, a saber, la transferencia de las bendiciones, antes prometidas a Israel, a la iglesia cristiana para su cumplimiento. . . . A una escala mucho mayor, el movimiento reformado mantuvo su fidelidad a la escatología agustiniana, que esencialmente encontró una expresión autoritativa en los escritos de Francis Turretin (1623-1687), quien estudió en la academia de Calvino en Ginebra y posteriormente enseñó allí durante 30 años. Sus monumentales Institutos de Teología Eléntica se convirtieron en el epítome de la doctrina reformada. No es de extrañar que sus citas de Agustín sean copiosas, superando incluso las referencias a Calvino. En consecuencia, la escatología de Turretin es casi predecible. . . . Por supuesto, esta incorporación masiva a la Iglesia excluye cualquier perpetuación de la identidad judía. Al estilo clásico agustiniano, hay un reconocimiento simbólico de la individualidad judía durante un tiempo, aunque cualquier forma de restauración judía se consideraba una forma burda de quiliasmo. Los Institutos de Turretin se convirtieron en el principal libro de texto de teología sistemática en las universidades de la Ivy League estadounidense durante la última mitad del siglo XVIII. No es de extrañar que los primeros teólogos del Seminario Teológico de Princeton tuvieran en gran estima este influyente legado y, por supuesto, su escatología. [115]

Esta es la misma razón por la que Lewis Sperry Chafer fundó el Seminario Teológico de Dallas en los años 20, porque estaba descontento con las cosas que salían del Seminario de Princeton.

La teología reformada actual incluye las ideas de la teología del pacto, o pactualismo.

Características del Pactualismo

¿Qué es la teología del pacto? He aquí algunos rasgos distintivos importantes:

1. Un sistema de interpretación de las Escrituras sobre la base de dos pactos: el pacto de las obras y el pacto de la gracia. Algunos añaden el pacto de la redención.

2. La importancia de la gracia. En todas las épocas, los creyentes son siempre salvados por la gracia.

3. El propósito principal de Dios en la Tierra es redentor.

4. Sistema alegórico parcial de hermenéutica.

El único punto aquí que está de acuerdo es el punto dos. Hay algunas cosas dentro de la teología del pacto o reformada -incluso dentro de la teología del reemplazo- que son verdaderas. Pero esto no hace que todo el sistema sea verdadero.

El punto tres no es cierto. El propósito general de Dios en la historia de la humanidad, incluyendo su obra de redención, es traer gloria a sí mismo.

Si su definición de lo que Dios está haciendo es demasiado estrecha, entonces hay partes de la Biblia que no se pueden explicar. Por ejemplo, si el propósito principal de Dios en la Tierra es la redención, entonces ¿cómo explicamos también la caída de los ángeles y el hecho de que el plan de salvación no esté abierto a los ángeles caídos? Debemos contar con una rúbrica general que capte todos los datos bíblicos. Si no la tenemos, empezaremos a interpretar la Biblia alegóricamente siempre que sea necesario para hacer que la Escritura se ajuste a nuestro sistema preexistente. Esto es lo que vemos en la teología reformada.

En cuanto a los tres pactos de la teología del pacto, también estoy en desacuerdo. Creo que los dispensacionalistas, con nuestro énfasis en los pactos bíblicos, somos los verdaderos teólogos del pacto.

Los pactos de la teología del pacto no se descubren exegéticamente en la Biblia. Más bien, se infieren simplemente de las Escrituras. Estos pactos son:

1. El Pacto de Obras – Dios entró en un pacto con Adán como cabeza federal de la raza humana. Dios prometió la vida eterna por la obediencia y la muerte eterna por la desobediencia.

2. Pacto de Redención – Este es un pacto hecho entre Dios el Padre y Dios el Hijo en la eternidad pasada en el cual ellos pactaron juntos para la redención de la raza humana.

3. Pacto de Gracia – Este es un pacto hecho por Dios con los elegidos en el cual Él provee la salvación al pecador elegido.

Este pacto de gracia se convierte en una lente a través de la cual los partidarios de la teología del pacto leen toda la Biblia. Por ello, ciertas partes de la Biblia deben ser deshistorizadas, desliteralizadas y soteriologizadas.

Por ejemplo, el teólogo del pacto mira la promesa de la extensión de tierra dada a Abraham, y nos dice que esta extensión de tierra no es tierra en el planeta Tierra, sino que estará en el cielo. Deben hacer lo mismo con las promesas hechas a Abraham y a sus descendientes con respecto a un futuro reino físico.

En algunos casos, esto lleva a ignorar pasajes o libros importantes de la Biblia, especialmente el libro del Apocalipsis.

La teología reformada no es liberalismo, porque sus maestros no alegorizan toda la Biblia. Por ejemplo, toman los evangelios y las epístolas literalmente. Pero si tomaran el método alegórico, que utilizan para interpretar las profecías, y lo aplicaran a toda la Biblia, se convertirían en liberales en toda regla. Si no interpretaran algunos conceptos -como los cinco solas– de forma literal, ni siquiera serían ortodoxos.

Sin embargo, por muy importantes que sean los pactos de gracia y de obras para todo el sistema de la teología del pacto, ninguna autoridad de la teología reformada, como Charles Hodge, ha declarado respecto al pacto de obras:

Esta afirmación no se basa en ninguna declaración expresa de las Escrituras . . . [y] aunque la palabra pacto [como en las obras] no se utiliza en el Génesis, y no aparece en ninguna otra parte, en ningún pasaje claro, en referencia a la transacción allí registrada. . es evidente que la Biblia representa el acuerdo hecho con Adán como una transacción verdaderamente federal. [116] (cursiva añadida)

El dispensacionalista Charles Ryrie señala esta flagrante omisión, cuando dice:

El teólogo del pacto nunca encuentra en la Biblia los términos Pacto de Obras y Pacto de Gracia“. [117]

El punto es… simplemente mostrar que son deducciones, no inducciones, de la Escritura. La existencia de los pactos no se encuentra por un examen inductivo de los pasajes”. [118]

Pero no hay una sola referencia de la Escritura en las varias secciones que tratan directamente con el establecimiento del pacto de gracia o sus características. Hay referencias relativas a las bendiciones de la salvación, pero ninguna que apoye el pacto de gracia. Lo que falta es bastante significativo y revelador.[119]

Estos pactos no se encuentran en la Biblia, como Hodge admite aquí. No se derivan exegéticamente. Más bien, son simplemente pactos fabricados, teológicos.

Zacarías 14:4

Ahora bien, este es un pasaje que algunos alegorizan. Pero, ¿es obvio, a partir del versículo, que debe tomarse en un sentido meramente metafórico?

Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente; y el monte de los Olivos se partirá por en medio, hacia el oriente y hacia el occidente, haciendo un valle muy grande; y la mitad del monte se apartará hacia el norte, y la otra mitad hacia el sur. (Zac. 14:4)

Este versículo habla literalmente de la venida de Jesucristo. Pero visto a través del pacto de gracia, el teólogo del pacto toma este versículo para referirse a la redención del individuo-y a Cristo traspasando el corazón del creyente.

David Reagan hace una gran declaración sobre esto:

Permítanme darles un ejemplo clásico de espiritualización tomado de los escritos de un teólogo llamado Loraine Boettner. Tiene que ver con su interpretación de Zacarías 14:1-9. Ese pasaje dice que en los últimos tiempos Jerusalén estará rodeada por fuerzas enemigas y estará lista para caer ante ellas cuando el Señor regrese repentinamente al Monte de los Olivos. Cuando sus pies toquen el monte, éste se dividirá por la mitad. El Señor entonces hablará una palabra sobrenatural que destruirá instantáneamente todas las fuerzas enemigas. Y en ese día, el Señor se convertirá en Rey sobre toda la tierra. En su comentario sobre este pasaje, Boettner lo espiritualizó completamente. Sostuvo que el Monte de los Olivos representa el corazón humano. Las fuerzas enemigas simbolizan el mal de este mundo que rodea y ataca el corazón. El regreso del Señor representa lo que sucede cuando una persona acepta a Jesús como Señor y Salvador. Así, cuando Jesús entra en el corazón de una persona, su corazón (el Monte de los Olivos) se divide en contrición, y todas las influencias del mal en la vida de la persona son derrotadas, y Jesús se convierte en el rey del corazón de esa persona. ¡Eso es lo que yo llamo un ejercicio de imaginación! [120]

Sin embargo, esta alegorización desenfrenada es muy común en la teología reformada.

Acontecimientos Mundiales que Aún No se Han Producido

Otro punto de vista que se promueve en los círculos reformados es el preterismo, de la palabra latina que significa pasado. Esta es la idea de que todo el libro de Apocalipsis, con quizás algunas excepciones, ya ha tenido lugar y se ha cumplido en el pasado, especialmente con los eventos del año 70 d.C. Pero piense en lo que hay que hacer con el lenguaje global del Apocalipsis para que se cumpla en un evento local del pasado.

Entre los comentaristas y defensores recientes del preterismo se encuentran R.C. Sproul, N.T. Wright, Scott Hahn, J. Massyngbaerde Ford, David Chilton, Hank Hanegraaff y Kenneth Gentry.

Apocalipsis Describe Eventos Futuros

1. La mitad de la población mundial es destruida (Apocalipsis 6:8; 9:15)

2. El mar se convierte en sangre (Apocalipsis 16:3)

3. El mayor terremoto de la historia (Ap. 16:18)

4. “La gran ciudad” que reina sobre toda la Tierra (Ap. 17:18)

¿Cómo podemos encajar todos estos eventos globales en los eventos locales del año 70 d.C.? No se puede hacer sin emplear una interpretación alegórica.

El preterista Kenneth Gentry afirma:

. . el punto de vista preterista entiende las profecías del Apocalipsis como un fuerte reflejo de los acontecimientos históricos reales en el futuro cercano de Juan, aunque estén ambientadas en el drama apocalíptico y revestidas de hipérboles poéticas. [121]

R.C. Sproul también escribe:

Russell y Calvino coinciden en que el lenguaje empleado en la profecía bíblica no es siempre frío y lógico, como es común en el mundo occidental, sino que adopta una especie de fervor común en Oriente. [122]

Sproul sí cree que Cristo regresará, por lo que interpreta Apocalipsis 19 literalmente, pero el resto del libro alegóricamente. El preterista Don Preston no cree en ninguna forma de segunda venida de Cristo, sino que sostiene que Jesús ya ha regresado. En mi opinión, esto está fuera de los límites del cristianismo ortodoxo.

Preston también se basa en que el Apocalipsis pertenece a la categoría apocalíptica para encontrar apoyo a su opinión de que el lenguaje global del Apocalipsis se cumplió en los acontecimientos locales del año 70 d.C. Observa que la literatura apocalíptica hiperboliza la destrucción de Jerusalén. Según el Oráculo Sibilino 5:153, “Toda la creación se estremeció” cuando comenzó la guerra contra Jerusalén. [123] Si el Apocalipsis es también literatura apocalíptica, Preston razona aquí que también debe utilizar de forma similar el lenguaje hiperbólico. [124]

Para Gentry, Sproul y Preston, el anticristo no es futuro, sino que las profecías sobre él fueron cumplidas por Nerón en el primer siglo.

Gentry afirma de nuevo:

Antes de comenzar mi estudio, debo señalar lo que la mayoría de los cristianos sospechan y lo que prácticamente todos los eruditos evangélicos (excluyendo a los dispensacionalistas clásicos) reconocen con respecto al libro: El Apocalipsis es un libro altamente figurativo que no podemos abordar con un simple literalismo directo.[ 125]

Estoy de acuerdo en que el libro es “altamente figurativo.” Sin embargo, seguimos interpretándolo literalmente, al tiempo que consideramos los numerosos símbolos y figuras retóricas del libro cuando son textualmente conscientes (por ejemplo, Apocalipsis 8:8; 12:9; 17:8). A modo de contraste, el futurista Robert Thomas ayuda a explicar la hermenéutica preterista:

Un enfoque preterista debe asumir un género apocalíptico en el que el lenguaje sólo refleja débil e indirectamente los acontecimientos reales. Esta interpretación alegórica extrema permite encontrar cumplimientos en el Imperio Romano del siglo I antes de la destrucción de Jerusalén en el año 70 d.C. [126]

La iglesia emergente se está moviendo agresivamente en esta dirección del preterismo, también. Brian McLaren afirma:

El libro del Apocalipsis es un ejemplo de género literario popular del judaísmo antiguo, conocido hoy como apocalíptico judío. Intentar leerlo sin entender su género sería como ver Star Trek o algún otro programa de ciencia ficción pensando que es un documental histórico . . en lugar de ser un libro sobre el futuro lejano, se convierte en una forma de hablar de los desafíos del presente inmediato. [127]

Aparentemente, estos intérpretes, que provienen principalmente del campo de la teología reformada, no ven ningún problema en suspender las reglas ordinarias de la hermenéutica, que fueron tan cuidadosamente usadas por los reformadores al recuperar las cinco solas, para hacer que los juicios globales del Apocalipsis encajen con los acontecimientos históricos y locales del año 70 d.C.

Razones Para Entender 1.000 Literalmente

Sin embargo, este inquietante patrón continúa en relación con la forma en que los teólogos reformados abordan los números en el libro del Apocalipsis. Por ejemplo, el reino de los 1.000 años se menciona seis veces en Apocalipsis 20:1-10. Esto nos lleva a creer que se trata de una referencia a 1.000 años literales. Pero algunos piensan que esta conclusión es demasiado simplista, por lo que consecuentemente llegan a una interpretación espiritualizada o alegórica del texto. Gentry afirma:

La comprensión adecuada del marco de tiempo de mil años en Apocalipsis 20 es que es representativo de una era larga y gloriosa y no se limita a un literal 365.000 días. La cifra representa un cubo perfecto de 10, que es el número de la perfección cuantitativa. [128]

¿Pero no es el siete el número de la perfección en la Biblia? ¿Cuándo se convirtió en 10?

Y, si este pasaje sólo enseña que Jesús reinará durante mucho tiempo, ¿por qué Juan no dijo simplemente eso? Él es muy capaz de escribir conceptos indefinidos (cf. Apocalipsis 20:3, 8).

Además, si no tomamos este número 1.000 literalmente, esto ciertamente pone en duda la interpretación literal de números específicos dados a lo largo del resto del libro, incluyendo: cuatro ángeles (7:1); 144.000 judíos (7:4); 12.000 de cada tribu (7:5-8); siete ángeles (8:6); 42 meses (11:2); dos testigos (11:3); 1.260 días (11:3); y 7.000 personas (11:13).

Robert Thomas observa acertadamente que “ningún número del Apocalipsis es un número simbólico verificable.”[ 129]

No sólo eso, aprendemos comparando estas dos citas del comentarista reformado William Hendriksen que la alegorización de los números de años enumerados en el Apocalipsis lleva a la autocontradicción. Con respecto a Apocalipsis 12:14, escribe:

La expresión “un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo” aparece por primera vez en el libro de Daniel 7:25; 12:7. Se trata del período del anticristo. Juan subraya el hecho de que el espíritu del anticristo ya está en el mundo (1 Jn. 4:3). En el Apocalipsis este período de tres años y medio se refiere a toda la era evangélica. [130] (la cursiva es nuestra)

Aquí Hedriksen sostiene que la era del evangelio es de tres años y medio. Sin embargo, observe cómo se contradice en el mismo libro sólo unas páginas más adelante. Con respecto a los 1.000 años mencionados seis veces en Apocalipsis 20:1-10, escribe:

En estrecha armonía con todos estos pasajes bíblicos -y nuestra exégesis debe basarse siempre en la analogía de las Escrituras- concluimos que también aquí, en Apocalipsis 20:1-3, la atadura de Satanás y el hecho de que sea arrojado al abismo para que permanezca allí durante mil años indica que a lo largo de la presente era del evangelio la influencia del diablo en la tierra se ve limitada. No puede impedir la extensión de la Iglesia entre las naciones por medio de un programa misionero activo. Durante todo este período se le impide hacer que las naciones -el mundo en general- destruyan a la Iglesia como institución poderosa y misionera. [131] (cursiva añadida)

La “era del evangelio” es de tres años y medio… ¡y también de 1.000 años! Lamentablemente, Hendriksen está prescindiendo del método literal de interpretación que su mismo movimiento utilizó tan cuidadosamente para rescatar a la iglesia en el área de las cinco solas.

Cada número debe tomarse literalmente, a menos que se pueda demostrar en el texto mismo que la intención de Dios era tomarlo alegóricamente. Hay pistas textuales específicas que nos indican cuándo es este el caso. No se aplica ninguna pista textual de este tipo en ninguno de estos casos.

La Nueva Jerusalén

Considere la Nueva Jerusalén, la ciudad donde habitarán los justos, que tiene 1.500 millas al cubo. Desciende del cielo a la Tierra. Los santos pueden entrar y salir de la ciudad, que es un poco más grande que la mitad de los Estados Unidos continentales. Aquí está la descripción de Juan de la ciudad:

Y la ciudad está asentada en forma de cuadro, y su longitud es igual que su anchura. Y midió la ciudad con la vara, doce mil estadios; y su longitud, anchura y altura son iguales. Y midió su muro, ciento cuarenta y cuatro codos, según medida humana, que es también de ángel. (Apoc. 21:16-17)

Dios dijo que estas medidas son reales, pero los teólogos reformados piensan que es una locura tomarlas literalmente. Observe los siguientes comentarios:

1. Swete : “Tales dimensiones desafían la imaginación y sólo son admisibles en el lenguaje del simbolismo.”[132]

2. Barnes : “Por supuesto, esto debe excluir toda idea de que exista tal ciudad literalmente en Palestina … esto no puede ser entendido literalmente; y la misma idea de un cumplimiento literal de esto muestra lo absurdo de ese método de interpretación … esto no puede ser tomado literalmente; y un intento de explicar todo esto literalmente mostraría que ese método de interpretación del Apocalipsis es impracticable.”[133]

3. Grant : “No hay prueba más clara … que todo es figurativo. Tal altura está simplemente fuera de armonía con la constitución de nuestro mundo.”[134]

4. Boettner : “Ni la forma ni las dimensiones de la ciudad pueden tomarse con exactitud matemática, como si se tratara de un gigantesco edificio de apartamentos.” [135]

Tales escritores olvidan que Juan está hablando de otro mundo que todavía está en el horizonte, que no se basa en lo que es normal en este mundo.

Apocalipsis 21:21 dice:

Las doce puertas eran doce perlas; cada una de las puertas era de una sola perla; y la calle de la ciudad era de oro puro, como cristal transparente

Los dispensacionalistas progresivos son aquellos que intentan encontrar un punto intermedio entre el dispensacionalismo tradicional y la teología del pacto en su deseo de construir un puente hacia la teología reformada. El dispensacionalismo progresivo ha estado muy influenciado por la teología reformada. [136] Por lo tanto, no es en absoluto sorprendente descubrir un enfoque similar des-literalizado del Apocalipsis en los escritos de prominentes dispensacionalistas progresistas. Por ejemplo, el dispensacionalista progresivo David Turner afirma:

¡Tal vez la ausencia de ostras lo suficientemente grandes como para producir tales perlas y la ausencia de oro suficiente para pavimentar tal ciudad (vista literalmente de 1380 millas cuadradas y de altura) se considera razón suficiente para no tomar estas imágenes como totalmente literales! … la discusión anterior sirve para advertir contra un enfoque “hiperliteral” de las imágenes apocalípticas. . . .” [137]

Por lo tanto, en la mente de Turner, la descripción de la Nueva Jerusalén no puede ser literal, ya que no hay suficientes ostras en el mundo actual que sean lo suficientemente grandes para hacer perlas de un tamaño tan enorme. Tampoco hay suficiente oro en el mundo actual para que existan las calles de oro de la Nueva Jerusalén tal y como se describen en el libro del Apocalipsis, capítulos 21 y 22. De hecho, Turner llega a tachar de “hiperliterales” a los que interpretan esas descripciones en su sentido estricto. Sin embargo, por supuesto, Dios, en su nueva creación, puede dar existencia a cualquiera de ellas según su deseo.

He aquí la definición clásica de interpretación literal de David L. Cooper:

Cuando el sentido llano de la Escritura tiene sentido común, no busques otro sentido; por lo tanto, toma cada palabra en su significado primario, ordinario, usual y literal, a menos que los hechos del contexto inmediato, estudiados a la luz de los pasajes relacionados y las verdades axiomáticas y fundamentales, indiquen claramente lo contrario. [138]

Podríamos resumir tersamente la máxima de Cooper diciendo simplemente: “Cuando el sentido llano tiene sentido, no busques otro sentido, no sea que acabes sin sentido.”

Sin embargo, observe que incluso cuando el libro del Apocalipsis habla de algo en un lenguaje altamente simbólico, sigue exigiendo una interpretación literal. A veces el texto incluso nos da esa interpretación. Apocalipsis 17:18 es un ejemplo de ello:

Y la mujer que has visto es la gran ciudad que reina sobre los reyes de la tierra..

La ramera descrita en Apocalipsis 17 no debe interpretarse como una ramera literal, ya que Apocalipsis 17:18 indica que la ramera representa una ciudad. Sin embargo, sin una pista textual explícita de este tipo, el método de interpretación del “sentido común” debería seguirse sistemáticamente al interpretar el libro del Apocalipsis. Sin embargo, como se ha demostrado, el campo reformado suele alegorizar el texto del Apocalipsis mucho más de lo que está justificado.

Ezequiel 40–48

Por último, ¿qué pasa con el templo en el reino milenario, que se describe en detalle, con sus dimensiones exactas, en Ezequiel 40-48? Gary DeMar afirma:

El Libro de los Hebreos fue escrito para mostrar más allá de una sombra de duda que todo el sistema del Antiguo Pacto-con sus sacerdotes, sacrificios, ceremonias y templo-ha sido eliminado en Cristo. . . . La profecía del templo de Ezequiel es una imagen de la comunidad del pacto restaurada que regresó a la tierra después del exilio. La visión no debe ser proyectada 2500 años en el futuro en algún reino milenario terrenal donde los sacrificios serán ofrecidos para expiación en la presencia del Cristo crucificado. [139]

El problema con este punto de vista es que Ezequiel 8-11 describe un templo anterior. Este templo anterior es el primer templo hebreo construido por Salomón y finalmente destruido por Nabucodonosor de Babilonia. Por lo tanto, era un templo literal. Ambos templos representados en el libro de Ezequiel se describen con la misma precisión matemática y detalle. ¿Por qué un templo sería literal y el otro no? DeMar está interpretando la sección histórica del libro a través de una lente, y la sección escatológica a través de otra lente. Sólo mediante la imposición de una doble hermenéutica, una literal y otra alegórica, puede sostener su teología.

El Problema Central

Este es el problema de no aplicar el enfoque literal a toda la Biblia. Viene del teólogo reformado Albertus Pieters, dado en 1931, y llega al corazón del problema:

La cuestión de si las profecías del Antiguo Testamento relativas al pueblo de Dios deben interpretarse en su sentido ordinario, como se interpretan otras Escrituras, o pueden aplicarse propiamente a la iglesia cristiana, se llama la cuestión de la espiritualización de la profecía. Este es uno de los principales problemas en la interpretación bíblica, y enfrenta a todos los que hacen un estudio serio de la Palabra de Dios. Es una de las principales claves de la diferencia de opinión entre los premilenaristas y la masa de eruditos cristianos. Los primeros rechazan la espiritualización, los segundos la emplean; y mientras no haya acuerdo sobre este punto el debate es interminable e infructuoso. [140]

Mientras los intérpretes empleen métodos diferentes, llegarán a conclusiones distintas. La interpretación literal coherente es la cuestión fundamental. Debido a que la tradición reformada engendrada por los reformadores protestantes ha consagrado una hermenéutica dual, o un sistema de interpretación parcialmente alegórico, sigue siendo un sistema fosilizado incapaz de seguir reformándose. Por lo tanto, fue necesario que Dios utilizara a otros fuera de esta tradición para reformar aún más su iglesia y así rescatarla de la influencia alegórica alejandrina que se impuso en la iglesia durante toda la Edad Media. Bernard Ramm bien señala:

El sistema alegórico que surgió entre los griegos paganos, copiado por los judíos alejandrinos, fue luego adoptado por la iglesia cristiana y dominó en gran medida la exégesis hasta la Reforma, con notables excepciones como la escuela siria de Antioquía. . . . [141]

Aunque los reformadores protestantes hicieron al menos una mella en esta armadura alegórica mediante su uso del literalismo selectivo para recuperar las cinco solas, como hemos señalado, los reformadores no fueron lo suficientemente lejos. En consecuencia, las tradiciones que iniciaron siguen siendo literales en algunas partes de la Biblia, pero ampliamente alegóricas en otras. Por lo tanto, Dios tendría que levantar a otros para completar la tarea iniciada por los reformadores. Los que Dios utilizó en este sentido serán el tema del próximo capítulo


111 Isaac Newton; citado en Nathaniel West, The Thousand Years in Both Testaments (Fincastle, VA: Scripture Truth, 1889), p. 462.

112 Westminster Confession of Faith . Chapters 32 and 33; “Larger Catechism,” Questions 87–89. Disponible en http://www.ligonier.org/learn/articles/westminster-confession-faith/; Internet; accessed 28 November 2017.

113 Jeremy Edmondson, “Returning to Scripture as Our Sole Authority,” in Free Grace Theology: 5 Ways It Magnifies the Gospel , ed. et al. Charlie C. Bing (Allen, TX: Bold Grace, 2016), p. 3.

114 Renald Showers and John Ankerberg, The Most Asked Prophecy Questions (Chattanooga, TN: ATRI, 2000), p. 328.

115 Barry E. Horner, Future Israel: Why Christian Anti-Judaism Must Be Challenged , ed. E. Ray Clendenen, NAC Studies in Bible & Theology (Nashville, TN: Baker, 2007), pp. 155-60.

116 Charles Hodge. Systematic Theology . Vol 2, p. 117 (2015). Bellingham, WA: Logos Bible Software.

117 Charles C. Ryrie, Dispensationalism Today (Chicago: Moody, 1965), p. 184.

118 Ibid., p. 185.

119 Charles C. Ryrie, Dispensationalism (Chicago: Moody, 1995), p. 190.

120 David Reagan, “The Beginning and the Ending,” http://christinprophecy.org/articles/the-beginning-and-the-ending/; Internet; accessed 19 April 2017, p. 1.

121 Kenneth L. Gentry, “A Preterist View of Revelation,” in Four Views on the Book of Revelation , ed. C. Marvin Pate (Grand Rapids: Zondervan, 1998), p. 38.

122 R. C. Sproul, The Last Days According to Jesus (Grand Rapids: Baker, 1998), p. 45.

123 Don Preston, Who Is This Babylon? (Don K. Preston, 1999), p. 98.

124 Ibid.

125 Gentry, Four Views of Revelation, p. 38.

126 Robert L. Thomas, “A Classical Dispensationalist View of Revelation,” in Four Views on the Book of Revelation, ed. C. Marvin Pate (Grand Rapids: Zondervan, 1998), p. 181.

127 Brian McLaren, The Secret Message of Jesus (Nashville, TN: Word, 2006), pp. 175-76.

128 Kenneth L. Gentry, He Shall Have Dominion: A Post Millennial Eschatology (Tyler, Texas: Institute for Christian economics, 1992), p. 335.

129 Robert Thomas, Revelation 8 to 22: An Exegetical Commentary (Chicago: Moody Press, 1992), p. 408.

130 William Hendriksen, More than Conquerors: An Interpretation of the Book of Revelation (Grand Rapids, MI: Baker Books, 1967), p. 144.

131 Ibid., p. 188.

132 Henry Barclay Swete, The Apocalypse of St. John (London: Macmillan, 1907), p. 289.

133 Albert Barnes, Notes on the New Testament (Grand Rapids, MI: Kregel, 1968), p. 1,722.

134 P.W. Grant, The Revelation of John (London: Hodder and Stoughton, 1889), p. 593. Swete, Barnes and Grant citado en Paul Lee Tan, The Interpretation of Prophecy (Winona Lake, IN: BMH, 1974; reprint, Dallas, TX: Paul Lee Tan Prophetic Ministries, 2015), pp. 285-86.

135 Loraine Boettner, The Millennium (Philadelphia, PA: Presbyterian and Reformed Publishing Company, 1958), p. 64.

136 Ryrie, Dispensationalism , pp. 167, 178.

137 David L. Turner, “The New Jerusalem in Revelation 21:1-22:5; Consummation of a Biblical Continuum,”Dispensationalism, Israel, and the Church, ed., Craig A. Blaising and Darrell L. Bock (Grand Rapids: Zondervan, 1992), p. 277.

138 David L. Cooper, The World’s Greatest Library Graphically Illustrated (Los Angeles: Biblical Research Society, 1970), p. 11.

139 Gary DeMar, Last Days Madness , 4th rev. ed. (Powder Springs, GA: American, 1999), pp. 97-98.

140 Albertus Pieters, “The leader,” Sept. 5, 1831; as cited in John F. Walvoord, The Millennial Kingdom: A Basic Text in Premillennial Theology (Findlay, OH: Dunham, 1959), p. 128.

141 Bernard Ramm, Protestant Biblical Interpretation , 3rd rev. ed. (Grand Rapids: Baker, 1970), p. 28.

Articulo tomado de: http://www.evangelio.blog

7 –  EL CANON DE LA ESCRITURA

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

7. El canon de la Escritura

R.C.SPROUL

Comúnmente pensamos en la Biblia como un solo gran libro. En realidad, es una pequeña biblioteca de sesenta y seis libros individuales. La reunión de estos libros constituye lo que llamamos el canon de la sagrada Escritura. El término canon proviene de la palabra griega que significa “vara de medir”  “metro”, “estándar”, o “norma”. Históricamente, la Biblia ha sido siempre el precepto autorizado para la fe y la práctica en la iglesia.

Con respecto a los libros incluidos en el Nuevo Testamento, los católicos y los protestantes están de acuerdo. Sin embargo, los dos grupos están en franco desacuerdo con lo que respecta a los libros que deberían ser incluidos en el Antiguo Testamento. Los católicos creen que los libros apócrifos deberían ser considerados canónicos, mientras que el protestantismo piensa lo contrario. (Estos libros apócrifos fueron escritos después que se completó el Antiguo Testamento y antes que se comenzara a escribir el Nuevo Testamento.) El debate con respecto a los libros apócrifos se centra en el tema más amplio sobre qué fue considerado canónico por la comunidad judía. Existe una contundente evidencia que los libros apócrifos no estaban incluidos en el canon palestino de los judíos. Por otro lado, parece ser que los judíos que vivían en Egipto habrían incluido a los libros apócrifos (traducidos al griego) en el canon alejandrino. Hay pruebas más recientes, sin embargo, que arrojan ciertas dudas a este respecto.

Algunos críticos de la Biblia aducen que la iglesia no contó con una Biblia como tal hasta casi principios del siglo quinto. Pero esto es una distorsión de todo el proceso de desarrollo canónico. La iglesia se reunió en concilios en varias ocasiones durante los primeros siglos para decidir sobre cuales libros pertenecían propiamente al canon. El primer canon formal del Nuevo Testamento fue creado por el hereje Marcia, quien produjo su propia versión expurgada de la Biblia. Para combatir a este hereje, la iglesia se vio obligada a declarar cuál era el contenido exacto del Nuevo Testamento.

Aunque la gran mayoría de los libros que hoy en día están incluidos en el Nuevo Testamento en su día claramente funcionaron con autoridad canónica desde que fueron escritos, hubo algunos pocos libros cuya inclusión en el canon del Nuevo Testamento fue motivo de discusión. Estos fueron Hebreos, Santiago, la segunda epístola de Pedro, la segunda y tercera epístola de Juan, Judas, y Apocalipsis.

Existieron además varios libros que rivalizaron para obtener esta posición canónica pero que no fueron incluidos. La gran mayoría de estos eran obras espurias escritas por herejes gnósticos del segundo siglo. Estos libros nunca recibieron una consideración seria. (Este es un punto clave que los críticos suelen pasar por alto cuando alegan que entre más de dos mil contendientes al canon se eligieron solo veintisiete. Y luego preguntan: “¿No es poco probable que se haya seleccionado a los veintisiete correctos?”) En realidad, son solo dos o tres libros los que no fueron incluidos luego de haber sido seriamente considerados. Estos fueron 1 Clemente, El Pastor de Hermas, y La Didaqué. Estos libros no fueron incluidos en el canon de la Escritura porque no habían sido escritos por los apóstoles, y sus propios autores reconocieron que su autoridad estaba subordinada a la de los apóstoles.

Algunos cristianos están preocupados por el hecho de que haya habido un proceso histórico selectivo. Les molesta la pregunta: ¿cómo es posible saber que el canon del Nuevo Testamento incluye los libros que debería contener? La teología católica tradicional contesta esta pregunta apelando a la infalibilidad de la iglesia. La iglesia es vista entonces como “creando” el canon, y tiene así la misma autoridad que la propia Escritura. El protestantismo clásico niega el hecho de que la iglesia sea infalible y que la iglesia “haya creado” el canon. La diferencia entre el catolicismo y el protestantismo puede resumirse de la siguiente manera:

El punto de vista católico: El canon es una colección infalible de libros infalibles.

El punto de vista protestante clásico: El canon es una colección falible de libros infalibles.

El punto de vista crítico liberal: El canon es una colección falible de libros falibles.

Si bien los protestantes creen que Dios en su providencia ejerció su cuidado especial para asegurar que solo los libros apropiados fueran incluidos, no convirtió a la iglesia en sí misma en infalible. Los protestantes, además, le recuerdan a los católicos que la iglesia no “creó” al canon. La iglesia reconoció, aceptó, recibió y se sujetó al canon de la Escritura. El término que la iglesia utilizó en los concilios fue recipimus, Recibimos”.

¿Cuál fue el criterio utilizado para evaluar los libros?

Las así llamadas evidencias canónicas incluían las siguientes:

l. Los libros deberían contar con la autoría o el respaldo apostólico.

2. Su autoridad debería haber sido recibida por la iglesia primitiva.

3. Deberían estar en armonía con los libros de los cuales nadie dudaba de su canonicidad.

Si bien en una etapa de su vida Martín Lutero cuestionó el carácter canónico de Santiago, más adelante cambió de parecer. No hay ninguna razón valedera para dudar de que los libros que actualmente están incluidos en el canon del Nuevo Testamento no son los que deberían estar allí.

Resumen

1. El término canon proviene del griego, y significa “norma” o “estándar”. Se utiliza la palabra canon para describir la lista autorizada de libros que la iglesia reconoce como la sagrada Escritura y, por ende, el “precepto” para su fe y su práctica.

2. Además de los sesenta y seis libros de la Biblia aceptados por los protestantes, los católicos también aceptan a los libros apócrifos como Escritura autorizada.

3. Para combatir la herejía, la iglesia reconoció la necesidad de declarar a cuáles libros se les había reconocido su autoridad.

4. Hubo algunos libros cuya inclusión en el canon fue motivo de disputa (Hebreos, Santiago, 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas, y Apocalipsis), y otros libros cuya inclusión fue considerada pero que no fueron admitidos en el canon, entre los que se encuentran 1 Clemente, El Pastor de Hermas, y La Didaqué.

5. La iglesia no creó al canon, simplemente reconoció a los libros que tenían las evidencias canónicas y que por lo tanto gozaban de autoridad dentro de la iglesia.

6. Las evidencias canónicas incluyen: (1) la autoría o el respaldo apostólico, (2) que la autoridad de dichos libros haya sido reconocida por la iglesia primitiva, y (3) el estar en armonía con los libros que sin ningún tipo de duda formaban parte del canon.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Lk. 24:44-45

1 Cor. 15:3-8

2 Tim. 3:16-17

2 Pet. 1:19-21

2 Pet. 3:14-16

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

ARTÍCULO TOMADO DE: http://www.hombrereformado.org/grandes-doctrinas-de-la-biblia—r-c-sproul

6. Los profetas de Dios

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

6. Los profetas de Dios

Los profetas del Antiguo Testamento fueron personas llamadas exclusivamente por Dios y a quienes Dios les entregó en forma sobrenatural sus mensajes para que nos los entregaran. Dios habló su palabra por medio de los labios y los escritos de los profetas.

La profecía implicaba tanto la predicción sobre el futuro (el predecir) como la exhortación y la proclamación presente de la palabra de Dios (el proclamar). Los profetas fueron dotados por

el Espíritu Santo para que sus palabras fueran las palabras de Dios. Por eso es que los mensajes proféticos solían estar precedidos por la expresión: “Así dice el Señor”.

Los profetas fueron reformadores de la religión de Israel. Llamaron al pueblo a volverse a la adoración pura y a la obediencia a Dios. Aunque los profetas criticaron la manera como la adoración judía muchas veces se había degenerado y se había convertido en un simple ritual, no condenaron ni atacaron las

formas originales de adoración que Dios había encomendado a su pueblo. Los profetas no fueron revolucionarios ni anarquistas religiosos. Su tarea consistía en purificar, no en destruir; en reformar, no en sustituir la adoración de Israel.

Los profetas también estaban profundamente preocupados por la justicia y la equidad social. Eran la conciencia de Israel, llamando al pueblo al arrepentimiento. También actuaron como los defensores del pacto de Dios. Ellos “entregaron citaciones a comparecer” a la nación ante el juez divino por violar los términos del pacto con Dios.

Los profetas hablaron con una autoridad divina porque Dios los había llamado específicamente para ser sus voceros. El profeta no era un cargo hereditario, ni tampoco eran elegidos para ocupar dicha función. Las credenciales de los profetas la constituían el llamado directo e inmediato de Dios unido al poder del Espíritu Santo.

Los falsos profetas fueron constantemente un problema en Israel. En lugar de transmitir los oráculos de Dios, relataban sus propios sueños y opiniones  – diciéndoles a las personas únicamente lo que ellas deseaban escuchar. Los verdaderos profetas fueron muchas veces perseguidos y rechazados por sus contemporáneos por rehusarse a comprometer la proclamación del consejo de Dios.

Los libros de los profetas suelen dividirse en los libros de los “profetas mayores” y los “profetas menores”. Esta diferenciación solo se refiere a la extensión de los escritos canónicos y no constituye ninguna referencia a la mayor o menor importancia de los profetas. Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel son conocidos como los profetas mayores porque fueron los que más escribieron; mientras que Amós, Oseas, Miqueas, Jonás, etc. son los profetas menores porque sus libros son más pequeños.

Los apóstoles del Nuevo Testamento también tuvieron muchas de las características de los profetas del Antiguo Testamento. Los apóstoles junto con los profetas son llamados el fundamento de la iglesia.

Resumen

1. Los profetas del Antiguo Testamento fueron agentes de la revelación divina.

2. La profecía implicaba la predicción sobre el futuro y la proclamación.

3. Los profetas fueron reformadores de la adoración y la vida israelita.

4. Solo quienes habían sido llamados directamente por Dios tenían la autoridad para ser sus profetas.

5. Los falsos profetas expresaban sus propias opiniones y le manifestaban a la gente solo lo que esta deseaba escuchar.

6. La división en profetas mayores y menores es una diferencia establecida en base a la extensión de sus escritos y no en base a su importancia.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Deut. 18:15-22

Is. 6

Joel 12:28-32

Mat. 7:15-20

Eph. 4:11-16

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

ARTÍCULO TOMADO DE: http://www.hombrereformado.org/grandes-doctrinas-de-la-biblia—r-c-sproul

El Uso de Libros Cristianos en el Discipulado

9Marcas

Serie: Discipulado

Clase 8

El Uso de Libros Cristianos en el Discipulado

I. ¿POR QUÉ UTILIZAR LIBROS CRISTIANOS EN EL DISCIPULADO?

¿Por qué aun consideramos utilizar cualquier otro libro adicional a la Biblia cuando estamos discipulando a otro cristiano? ¿Es que la Biblia no contiene en sí misma todo lo que necesitamos saber para la vida y la piedad? Bueno, sí, pero hay varios beneficios que se obtienen de la lectura de libros de autores cristianos.

Primero, es muy beneficioso para los cristianos tener conversaciones acerca de cosas espirituales. Nadie negaría eso. Cuando le hablamos a otra persona acerca de la vida o doctrina cristiana, eso puede ayudarte a entender a Dios más claramente y puede hasta llevarte a amarlo más que si te dedicas a las cosas espirituales por ti mismo. Leer un libro cristiano es como tener una conversación con una persona que no puede estar contigo personalmente. Miles de cristianos han pensado en Dios y escrito esos pensamientos en papel. Es maravilloso poder aprender de ellos, ser enseñados por ellos, ¡aun cuando no puedan estar contigo personalmente!
Es importante para los cristianos recordar que no estamos solos en la historia. El cristianismo no comenzó con nosotros y no terminará con nosotros si el Señor tarda en venir. A pesar de que la Biblia contiene toda la verdad que es necesaria para la salvación y la piedad, Dios ha estado trabajando entre su pueblo durante los últimos 2000 años enseñándoles y entrenándoles para que lean Su Palabra y la entiendan. Existe una gran cantidad de conocimiento y sabiduría y los libros del pasado que sería bueno leer y considerar. Seríamos muy orgullosos si pensamos que podemos descubrir toda la verdad de las Escrituras que la iglesia universal ha estado enseñando a través de la historia por nosotros mismos. Por supuesto, aun el más grande autor cristiano no es inspirado ni autoritativo como la Biblia, ¡pero que beneficio hay en estar dispuesto a leer sus pensamientos acerca de la Palabra de Dios y aprender lo que el Espíritu Santo les enseñó!
Tienes el tiempo limitado. Tal vez has decidido que hay un tema que ambos desean estudiar (como la oración o el carácter de Dios), pero no tienes tiempo suficiente como discipulador para organizar un estudio comprensivo del tema. Alabado sea Dios porque hay muchos buenos autores cristianos haciendo un buen trabajo por adelantado, y es una gran ayuda para ti aprovecha su buen trabajo. / Leer un buen libro cristiano puede facilitar tus discusiones acerca de aspectos importantes de la vida cristiana, la fe y la piedad. Algunas veces y debido a tu tiempo limitado no están en la disposición de que ambos enseñen un buen material cristiano y también tener tiempo para hablar sobre el mismo y aplicarlo a sus vidas.
II. CÓMO LEER UN LIBRO

Lee un libro con un lápiz en la mano. ¡Marca el libro! ¡El libro no es importante! De hecho, la mejor manera de recordar ciertos pasajes del libro es marcándolos. ¡Discute con el autor! Ten una conversación con el autor. Eso te ayudará a entender mejor el material. Marcar un libro también facilita tu discusión personal con un amigo porque tendrás una mejor disposición a encontrar un pasaje que recuerdas. Con frecuencia las personas recuerdan un pasaje y luego pierden el tiempo por diez minutos tratando de encontrarlo en el libro. Una marca sencilla en la página de un libro podría hacer la diferencia entre un punto beneficioso para la vida del discípulo y una pérdida completa de su tiempo.
Lee un libro de dos maneras diferentes. Primero, léelo para ti mismo y observa cómo te afectan las ideas. La mayoría de las veces los lugares del libro que te afectan también afectarán al discípulo. También, lee el libro buscando puntos específicos de conversación para ti y el discípulo. Marca esos lugares y conviértelos en un punto de conversación para ser trabajado con el discípulo.
Haz buenas preguntas. Nunca, nunca, nunca hagas preguntas cuya respuesta solo sea sí o no. Nada termina una conversación más rápido que eso. «¿Es que el autor piensa que Jesús es Dios?» «Sí.» «Ummm… si él lo hace.» ¡No! Pregunta algo como, «¿Por qué es importante que el autor piense que Jesús es Dios? ¿Por qué es eso importante con relación a lo que dice?» Otras buenas preguntas son, «¿Cómo es que esta idea cambia la manera que pensamos acerca de Dios?» o «¿Cuáles presuposiciones equivocadas esta idea busca eliminar?»
También, no preguntes «¿Qué dice el autor?» Esta no es la reseña de un libro ni tampoco una prueba para evaluar su comprensión. Tu trabajo es aplicar el libro a la vida de la persona, su pensamiento, su corazón. (En este punto busca algunos párrafos favoritos de diferentes libros, léelos o repártelos, y haz que la práctica de la clase desarrolle buenas preguntas a partir de esos párrafos. Por ejemplo, este pasaje de la página 31 del libro de John Piper: The Pleasures of God [Los Deleites de Dios]:
Por tanto, cuando decimos que Dios ama a su hijo no estamos hablando acerca de un amor que es de auto-negación, sacrificio o misericordia sino de un amor de deleite y placer. Dios no está dejando de tener compasión hacia el que no lo merece cuando ama al Hijo, así es como Dios nos ama a nosotros y no como Él ama a su Hijo. Él está muy complacido con su Hijo. ¡Su alma se deleita en el Hijo! Cuando Él ve a su Hijo disfruta, admira, aprecia, valora y se entusiasma con lo que ve. El primer gran placer de Dios es su placer en el Hijo.

¿Cómo puede esta idea cambiar la manera que pensamos acerca de Dios el Padre y su relación con Jesús el Hijo? ¿Cómo cambia la manera que pensamos acerca de nuestra posición en el universo? ¿Cómo esta idea serviría para eliminar una visión del universo enfocada en el hombre?

III. ESCOGIENDO UN LIBRO

Existen principalmente dos tipos de libros que puedes escoger para leerlos con un discípulo—los doctrinales y los devocionales. Los libros doctrinales trabajarán más directamente con la enseñanza cristiana, serán didácticos y sistemáticos y tratarán de enseñar verdades de la fe cristiana. Los libros devocionales buscarán tomar la verdad que ya conocemos y la aplicarán de manera forzosa a nuestra vida. Ahora dicho esto, la mayoría de los libros caen en algún lugar del centro de esa continuidad. Muy pocos libros tendrán solo doctrina o solo devocional, la mayoría tendrá ambas cosas mezcladas.
El libro que escoges para la persona que estás discipulando dependerá mayormente de su necesidad e intereses. Los jóvenes cristianos muchas veces se benefician grandemente de un libro que busca enseñarles las verdades profundas de la fe cristiana. Los cristianos mayores pueden necesitar tener verdades que ya tienen plantadas en su consciencia diaria. Se sabio al escoger un libro para el discípulo. No satisfagas totalmente su interés sino investiga también cual es su necesidad en este momento de su vida. Tal vez la persona tiene un profundo interés en la apologética pero se beneficiaría más aprendiendo acerca de la soberanía de Dios o reflexionando acerca del significado de la muerte de Cristo en su propia vida. En general, los libros que escoges deben tener en cuenta tanto la necesidad como el interés.
Cuida de no escoger libros basados únicamente en el título. Muchos cristianos jóvenes caen en esa trampa. Ellos ven un título que parece interesante, lo leen y se dan cuenta que fue escrito por un monje liberal que niega la divinidad de Cristo. Escoge el libro por su autor y no por su título. Busca algunos autores en quienes confíes, lee sus obras y muévete fuera de allí. En CHBC hemos tratado de reunir en la librería una fuerte colección de libros que puedes utilizar en el discipulado. Todos esos libros son de buenos autores y casi todos han sido leídos por un anciano o miembro del personal. Puedes cerrar tus ojos y escoger uno, y será bueno y edificante para ti y la persona que estás discipulando.
IV. OTRAS COSAS QUE LEER ADEMÁS DE LIBROS

Algunas veces es beneficioso leer otras cosas además de libros. Por ejemplo, puedes anhelar leer una confesión de fe con un discípulo y hablar acerca de las doctrinas que son explicadas allí. Podrías también leer artículos, ya sea de fuentes cristianas o de revistas seculares. Las noticias de las revistas seculares y los editoriales de los periódicos son muy buenos para llevar al discípulo a identificar y hablar acerca de la visión del mundo que tiene la opinión de un autor. Ese tipo de ejercicio puede servir mucho para mostrar la gran diferencia que hay entre la mente de Cristo y la mente del mundo.

V. SEIS BUENOS LIBROS CRISTIANOS

(Sería bueno para ti el maestro estar por lo menos un poco familiarizado con los siguientes libros antes de presentarlos a la clase. Sería poco útil si la única información que puedes ofrecer es el título y el autor. La clase sería más edificada si estás familiarizado con lo que el autor está diciendo en el libro y lo que espera de aquellos que leen su obra. Toma tiempo para leer uno o dos capítulos de cada libro en la clase. Eso te permitirá destacar algunos buenos pasajes de esos capítulos y estarás en la disposición de dar a tu clase una mejor percepción del tema del libro.)

(Mientras enseñas en la clase, pregunta si alguien de la clase ha leído cada libro en particular. Si lo ha hecho, permite que haya una discusión acerca de los beneficios de cada libro y su utilidad para un discípulo. ¿Cuáles son los aspectos más útiles de este libro? ¿De qué necesitamos cuidarnos? ¿Qué tipo de discípulo-joven cristiano, no cristiano, cristiano maduro o cristiano herido-recibiría el mejor beneficio de este libro?

Nine Marks of a Healthy Church [Nueve marcas de una iglesia sana], Mark Dever
Este es un libro de tu propio pastor aquí en CHBC, acerca de lo que significa para nosotros vivir nuestra vida juntos como cristianos. Tiene nueve características que deben ser presentadas en cualquier iglesia que busca honrar a Cristo y el ejemplo que Él nos da en el Nuevo Testamento. Este sería un libro maravilloso para un discípulo que está comenzando a familiarizarse con el cristianismo. No es muy común que un joven cristiano sea enseñado acerca de la importancia de ser parte de una iglesia sana, pero la Biblia enseña que es importante para el crecimiento como cristiano. Este libro podría también ser útil para cristianos más maduros mientras reflexionan sobre el significado y el papel de la iglesia en sus vidas.

A Call to Spiritual Reformation [Un Llamado a la Reforma Espiritual], D. A. Carson
El libro de Carson es un llamado a los cristianos a aprender cómo orar a partir de las Escrituras. El primer capítulo es muy práctico y ofrece un buen consejo sobre cómo cultivar una vida de oración. El resto del libro examina las diferentes oraciones de Pablo que encontramos en el Nuevo Testamento y nos enseña de la oración a través de ellas. Este sería un buen libro para cualquier cristiano. Es un libro maravilloso escrito de forma devocional, que puede servir para despertar la vida de oración de un cristiano.

Ten Questions to Diagnose your Spiritual Health [Diez preguntas para diagnosticas tu salud espiritual], Don Whitney
Este es uno de los libros más útiles que he encontrado para reunirme con alguien que no conozco muy bien. Es también útil cuando nos reunimos con alguien de quien no tengo seguridad que sea cristiano. En él Don Whitney establece 10 marcas tomadas de la Escritura que deben caracterizar un cristiano sano: hambre por la Palabra, ser más amoroso, crecer en santidad, etc. Cada capítulo contiene un diagnóstico «soy más amoroso» y una prescripción «cómo puedo ser más amoroso.» Es una buena manera de darle seguimiento a un amigo cristiano a partir de la Palabra de Dios, que puede ayudar a establecer la dirección de una relación futura de discipulado.

The Pleasures of God [Los Deleites de Dios], John Piper
Este es un libro maravilloso. Hasta el subtítulo es edificante—«Meditations on God´s Delight in being God [Meditaciones sobre el deleite de Dios en ser Dios].» ¡Qué pensamiento tan maravilloso justo allí en la cubierta! Las ideas de este libro son extraordinarias y son muy útiles para explotar la falsa idea de que los humanos son el centro del universo de Dios. De hecho, ¡es Dios quien está en el centro del universo de Dios! Este es un buen libro para introducir a un joven cristiano en las doctrinas de la gracia. Piper explica los conceptos claramente y les permite ser tan fuertes como la Biblia. Aunque todos los conceptos son verdad y bíblicos, los cristianos jóvenes serán desafiados por algunas de las ideas—por ejemplo, que Dios se deleita en todo lo que hace y que todo lo que sucede es ordenado por Él. Asegúrate de que estás listo para algunas buenas pero intensas conversaciones si utilizas este libro. ¡Pero utilízalo!

Spiritual Disciplines of the Christian Life [Disciplinas Espirituales de la Vida Cristiana], Don Whitney
Este es un libro muy práctica que explora algunas de las disciplinas que los cristianos deben cultivar en su vida. Oración, lectura de la Biblia, meditación, ayuno—todas estas están incluidas. Whitney habla acerca de ellas a partir de la Escritura y ofrece maneras concretas y prácticas que pueden desarrollar estas disciplinas en nuestra vida. Sería un buen libro para cualquier joven cristiano, y te permitirá a ti y tu discípulo establecer algunos objetivos juntos.

What is the Gospel [Qué es el evangelio], Greg Gilbert
Un libro sobre el evangelio y un buen resumen de lo que muchas veces hablamos cuando describimos la respuesta Dios-hombre-Cristo.

OTROS LIBROS
Lleva contigo cualquier otro libro que hayas encontrado útil en tus propias relaciones de discipulado. Menciona que la mayoría, sino todos, de los libros que están más arriba están disponibles en el puesto de libros de CHBC o en la librería.

VI. CÓMO COMENZAR A LEER UN LIBRO CON ALGUIEN

Se valiente y busca oportunidades

Estarás en un error si piensas que discipular es solo para extrovertidos. Hemos afirmado una y otra vez que discipular es un requerimiento para cada creyente—independientemente de que te encuentres siendo discipulado, discipulando a otros o haciendo ambas cosas. En cuyo caso necesitas orar y buscar oportunidades de forma proactiva si no aun no estás en una relación de discipulado. Comienza orando por el directorio y pidiéndole al Señor que provea a alguien con quien puedas reunirte, y luego mira a tu alrededor en tu propia vida y ora acerca de las personas con quienes interactúas en la iglesia o grupo pequeño. Busca oportunidades en las reuniones de miembros que añadimos nuevos miembros. De manera deliberada presentamos una foto e información de contacto para motivar a los miembros a acercarse y comenzar a cuidar de los nuevos miembros (especialmente los creyentes jóvenes). Si ninguna de estas cosas ayuda, pídele consejo a un anciano. Si vas a ser el discipulador, entonces el próximo paso es simplemente tomar la iniciativa.

Se valiente y está disponible para hacer la sugerencia

Seamos francos, acercarse a alguien para cualquier tipo de relación deliberada puede ser intimidante. A nadie le gusta ser rechazado. Esto es verdad en la mayoría de las relaciones… y es verdad en lo que se refiere al discipulado. Invitar a alguien a leer un libro o reunirse regularmente para cualquier propósito y que tu oferta sea rechazada es decepcionante, vergonzoso y tal vez doloroso… pero vale la pena. Vale la pena por el bien que podrías hacerle y que podría hacerte a ti. Por tanto, ¡se valiente y disponte a ejercer esta posibilidad con tus amigos! Cualquier decepción que puedas recibir si no funciona es pequeña comparado con el gozo potencial de ser un catalizador para el crecimiento espiritual que bendecirá a tu amigo ahora y por la eternidad.

Pide una recomendación si deseas, pero disponte a seleccionar por tu amigo

En lo que se refiere a seleccionar un libro para leer es mejor tener uno en mente. Puedes decir «he estado pensando leer Knowing God [Conociendo a Dios] de J. I. Packer (o leerlo nuevamente) y preguntar si estaría interesado en leerlo juntos.» Muchas veces los creyentes jóvenes pueden no querer leer el tipo de libros que pueden hacer el mayor bien, y tú ciertamente no siempre estás seguro de saber cual es mejor. Pero si eres más maduro espiritualmente probablemente estás en una mejor posición que ellos de tomar una buena decisión.

Recuerda tu propia motivación y deseo para los demás

Una de las mejores maneras de motivarte a leer un libro con alguien es pensar acerca del bien que has experimentado a través de una buena enseñanza bíblica, ya sea de una persona o de un libro. No seas como un hombre que atesora buenas cosas sin compartirlas con los demás. Considera compartir con los demás la motivación que has recibido tanto de buenos libros cristianos como de la motivación de conversaciones con otros creyentes.

Mark Deve

EL IDEAL MORAL CRISTIANA

Alimentemos El Alma

LIBRO: ÉTICA CRISTIANA

Gerald Nyenhuis & James P. Eckman

Contiene las obras Ética cristiana: Un enfoque bíblico-teológico, por Gerald Nyenhuis; Ética cristiana en un mundo postmoderno, por James Eckman. Obtenga la guía de estudio de FLET en http://www.logos.com/es/flet.

Capítulo 4

EL IDEAL MORAL CRISTIANO, EL CONCEPTO DEL SUMMUM BONUM, Y EL IDEAL MORAL SEGÚN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Vivimos por los ideales. Cada vida consciente es una vida que tiene unos ideales. Una vida sin ideales, si fuera posible, sería una vida sin progreso, sin propósito y sin sentido. El vivir por los ideales es lo que distingue la vida humana de las otras formas de la vida. Aunque podemos notar que aun en la vida vegetal y animal existen ciertas direcciones y metas, no podemos afirmar que sean los ideales conscientes alrededor de los cuales estas formas de vida organizan sus actividades y orientan su existencia. Sin lugar a dudas, la vida biológica es una «interacción» en que todas las fuerzas del organismo cooperan para dirigirse hacia una meta. Pero, el organismo no se da cuenta de la meta, ni conscientemente se esfuerza para lograrla. La meta es consciente solamente en la vida humana. Lo que en la vida biológica es meramente instinto, inclinación, empuje, o tendencia, llega a ser propósito consciente en la vida humana. El hombre se esfuerza por alcanzar lo que haya puesto como su meta. Se hace propósitos, se dirige hacia sus fines, y abraza un ideal. Sus ideales pueden ser indignos de él como ser humano, pueden ser equivocados y perversos ya que muchos se esfuerzan para lograr fines ilegítimos o placeres prohibidos y dañinos, o se orientan para buscar venganza u otros tipos de metas nocivas. Sin embargo, cada ser humano orienta su vida para lograr algo, aunque sea una inactividad casi absoluta.

¿Qué cosa es un ideal?

Un ideal es la representación mental de lo bueno que anhelamos. Es lo que nos esforzamos para lograr. Queremos alcanzarlo. (El término «bueno» en esta definición no implica que lo es objetivamente sino que el que se esfuerza lo considera así). Es la meta para cuya realización nos esforzamos. Es lo deseable a tal grado que da sentido a nuestra existencia. Existen ideales grandes y los hay también pequeños. Cada vida humana contiene un verdadero complejo de ideales. Pero los fines menores, las metas y los ideales pequeños, están subordinados a la relación de un ideal, único, grande, omni-inclusivo y final. Este sublime ideal, que cada persona inteligente tiene (más o menos conscientemente), es su fin principal, el ideal de su vida, el bien más alto (concreto o teórico): es su summum bonum.

Es el gran ideal lo que da unidad a la vida humana. El hombre lo hace todo a fin de realizar ese ideal. En sus términos abandona ciertos empeños y, por otro lado, apenas se molesta en llegar a otras metas difíciles de lograr. Por ello, lo que corresponde a nuestro ideal, toca a las fuentes mismas de nuestra vida moral. La vida moral se determina por aquel ideal, y está formada por él.

De todo esto deducimos que el summum bonum de una persona es aquel bien que anhela por su propio valor, y en términos de ese bien busca todos los otros bienes. Esta exposición de la idea del summum bonum se encuentra ya en Aristóteles, el primer escritor sistemático sobre ética.

Dice Aristóteles: «Si existe un fin de nuestros actos deseados por sí mismo, y los demás por él, y es verdad también que no siempre elegimos una cosa en vista de otras, ello sería tanto como remontar al infinito, y nuestro anhelo sería vano y miserable. Es claro que ese fin último sería entonces no solo el bien sino el bien soberano» (Ética Nicomaquea, Libro I, cap. II).

Al hablar del ideal humano, el summum bonum, debemos distinguir entre el ideal actual y el ideal verdadero, que es su summum bonum. Esta también es la diferencia entre lo que es el ideal actual de la vida y lo que debe serlo. El ideal actual siempre es provisional, aunque funciona en el momento como si fuera el verdadero. Cada persona consciente tiene algún summum bonum, que es suyo propio, pero esto no es necesariamente su verdadero summum bonum. En cuanto al summum bonum actual de los hombres encontramos la más grande diversidad. Aquí se representan grandes conflictos. Para el hedonista, el placer es el summum bonum. No solamente es el placer su propio summum bonum, está convencido que lo es para otros también. Para el racionalista es la racionalidad, el vivir en armonía con «la razón», y este piensa que todos deben pensar como él. Para otro la autorrealización, el desarrollo de sus capacidades inherentes, que se aplica a sí mismo y a todos los demás. Y aun para otro el humanitarismo, etc.

Pero el verdadero summum bonum del hombre no puede ser sino uno, único y unificado. Al considerar el ideal humano, no nos interesa saber empíricamente lo que sean los ideales actuales ni describirlos. Es posible hacer una larga investigación para encontrar los ideales que, consciente o inconscientemente, están en función hoy; pero tal investigación tardaría mucho, y aunque pudiera ser de valor, no es nuestro propósito aquí. Este sería el punto de vista de la ética puramente empírica. Nosotros afirmamos una norma objetiva. Nuestra ética es objetiva y no meramente subjetiva. Nos preguntamos, entonces: ¿Qué cosa es el verdadero summum bonum? ¿Cuál debe ser el ideal de todo ser humano? ¿Cuál es el último, el único satisfactorio ideal? Este, lo afirmamos, es el ideal cristiano.

La segunda parte de este libro está dedicada a una consideración del ideal verdadero y cristiano, el summum bonum. Da por sentado el hecho de que Dios nos lo ha revelado y lo tenemos que comprender por su Palabra. Aceptamos la unidad de las Escrituras, por eso empezaremos con el Antiguo Testamento y luego estudiaremos el ideal moral del Nuevo Testamento.

I. El ideal moral según el Antiguo Testamento

Por cuanto la Biblia es la fuente última de toda verdad, también lo es en la esfera de lo moral. Por eso, debemos procurar determinar el verdadero ideal moral a la luz de sus enseñanzas. No podemos empezar con el Nuevo Testamento descartando el Antiguo, a pesar de que comúnmente se hace, aun por teólogos conservadores en nuestro tiempo. Que lo hagan se debe a una falta de entendimiento de la unidad y la continuidad de la divina revelación, sobrenatural y redentiva, a través de todas las épocas de los dos testamentos, tanto del antiguo como del nuevo. Creemos que los fundamentos de la verdad, tanto los doctrinales como los morales, se encuentran ya en el Antiguo Testamento. Nunca se logrará entender correctamente el Nuevo Testamento sin estudiar el Antiguo. A la verdad, como queremos mostrar, el ideal moral es esencialmente el mismo en los dos testamentos, por grande e importante que fuese el cambio que introdujera Jesucristo en su venida en la carne. Todos los principios morales del Nuevo Testamento se hallan ya en el antiguo. Jesús mismo dio énfasis sobre el Antiguo Testamento, basando sus enseñanzas, éticas y doctrinales, en él. Naturalmente, pues, empezamos el estudio del ideal moral con el Antiguo Testamento.

A. Jehová y la Ley

Al fondo de toda la ética antiguo-testamentaria y su ideal está una cadena de tres verdades que pueden llamarse «los supuestos teológicos del ideal moral del Antiguo Testamento». Esas tres verdades se enfocan en tres palabras: JEHOVÁ, BERITH, y TORAH.

1. La verdad básica de toda la teología y ética del Antiguo Testamento es la realidad de JEHOVÁ, el Supremo, el Transmundano, el Personal Dios-Creador, el Todopoderoso, el Omnisciente, el Soberano, el Santo, el Sabio, el Perfectamente Bueno, el Lleno de Gracia, el Misericordioso, y el Salvador. Jehová es el nombre que Dios dio a su pueblo para que este le pudiera invocar. Es el nombre del Dios que se revela, que se hace conocido, y por el cual se relaciona con su pueblo. Esta verdad, básica y revelada, determina todo lo que sigue. Implícito en esta verdad está el íntimo e inseparable nexo entre la religión y la moralidad. Es la característica más notable de toda la ética bíblica. La verdad religiosa y la verdad moral son, en el fondo, dos aspectos de la misma realidad. El ideal religioso es intrínsecamente moral, y el ideal moral es esencialmente religioso.

2. Una segunda verdad básica y fundamental de la ética antiguo-testamentaria está inseparablemente ligada con la primera. Se la puede expresar de esta manera: la relación que Jehová mantiene con su pueblo es una relación de pacto, BERITH. El pacto fue hecho con Abraham (Gn 15); fue renovado con Isaac y Jacob (Gn 26:24 y 28:13); y fue solemnemente ratificado por toda la nación israelita bajo la dirección de Moisés en el monte Sinaí (Éx 34:27–28). Dios se revela como Jehová, el Dios del pacto, y su pueblo es el pueblo del pacto. Esto involucra privilegios tanto como responsabilidades para el pueblo de Dios.

La revelación del pacto de Jehová con su pueblo se presenta repetidas veces como una relación semejante a la de marido y esposa, o, a veces, la de un padre y sus hijos. (Notamos que la primera está empleada particularmente en los libros de Isaías, Jeremías, Ezequiel, y Oseas.) En ambos casos no debemos pensar en las relaciones conyugales o paternales como las vemos representadas en los enlaces individualistas y fraccionados de la vida moderna, sino según se veían representadas en las asociaciones autoritativas de los tiempos antiguo-testamentarios. Relacionada con estas dos analogías está una tercera: la de un rey con sus súbditos, y los súbditos con el rey. En todas las ilustraciones, destaca el hecho de que el pacto es una relación de mutuas responsabilidades. El Dios que establece el pacto, lo hace soberanamente y, además de otorgar a su pueblo las solemnes promesas, le exige ciertas responsabilidades. De esto aprendemos que el pacto no es meramente un convenio entre iguales. Desde su principio y su fundamento el BERITH entre Jehová y su pueblo es unilateral. El pacto no es el resultado de una consulta que sostuviera Jehová con su pueblo sobre lo conveniente que le sería a este último entrar en tal pacto. Jehová hizo el pacto. Su origen está en la iniciativa divina. Es una muestra de su soberna gracia. Por esto la relación del pacto, en su presentación antiguo-testamentaria, se basa en la elección divina. La vida moral del pueblo de Jehová, tanto como la religiosa, está determinada (idealmente) por la relación del pacto, precisamente porque el pueblo es el Pueblo del Pacto.

3. Una tercera verdad básica y fundamental de la ética antiguo-testamentaria, y que es inseparable de las dos que precedieron, se puede formular así: la (TORAH) la Ley de Jehová. Esta expresión de las condiciones divinas para una relación de pacto incluye todos los principios y preceptos para la vida y la conducta del pueblo de Dios. La Ley de Jehová se arraiga en el pacto y depende de él. Por esto existe una relación íntima entre BERITH y TORAH (Jer 31:33; Éx 19:7). Debemos notar que en Éxodo 34:28 el decálogo se designa como «las palabras del pacto». La TORAH es la codificación de la voluntad de Jehová, quien es la Primera y la Divina parte del pacto y es quien lo redacta. El pueblo de Dios es la segunda parte y tiene que rendir obediencia para alcanzar paz y felicidad.

El concepto de «ley» tiene también connotaciones más amplias. «Ley» es una característica de toda la creación. Toda la creación está bajo la Ley. Estar bajo la Ley es una de los atributos esenciales de toda criatura. En su encarnación, Cristo «nació bajo la Ley» (Gl 4:4). La ley moral es más especifica. Tiene que ver con el pueblo de Dios, y fue promulgada a fin de que le fuera bien a su pueblo y que sus días fueran prolongados. Más que una simple exigencia moral, la Ley de Jehová es una bendición a su pueblo ya que proporciona comunión con Dios. De esto tenemos que hablar más.

Las relaciones morales del Antiguo Testamento se basan en esas tres verdades y están determinadas por ellas. Sobre esos fundamentos la estructura entera de la ética antiguo-testamentaria está edificada.

B. La Ley y la virtud en el Antiguo Testamento

En esta sección se emplea la palabra «virtud» en un sentido especial. El sentido en que la usamos no es de poder, ni de capacidad, ni de bondad (que suelen ser las acepciones más usuales en nuestros diccionarios). Para nosotros, la idea es más bien la que reúne las cualidades de integridad, rectitud, y probidad. Notamos algo de ello en el uso de algunos adjetivos relacionados con la palabra, como por ejemplo «virtuoso».

Debido a que la esencia de toda moralidad para el creyente antiguo-testamentario giraba alrededor de la Ley de Jehová, nos es fácil determinar que la naturaleza de virtud consiste en obedecer la Ley de Jehová.

1. La virtud en el Antiguo Testamento como obediencia

El hombre bueno es el hombre que obedece la Ley de Jehová. Debido a que la relación entre Jehová y su pueblo es una relación del pacto, y puesto que la Ley es la formulación de las rectas condiciones que impone Jehová al pueblo del pacto, la obediencia a la Ley es evidencia de fidelidad al pacto con Jehová. Por esto, la obediencia a la voluntad de Dios, expresada en la TORAH, era la condición fundamental de la vida moral del creyente en el tiempo del Antiguo Testamento. Esta es la verdad que se enseña a través del Pentateuco y los profetas. Otra afirmación de esta verdad se encuentra en Eclesiastés 12:13.

Otra caracterización muy típica del Antiguo Testamento para expresar la virtud de obediencia es la palabra TSEDEQ, rectitud. El hombre obediente es el hombre recto, es el que anda en el camino recto de los mandamientos de Jehová. El libro de los Salmos está repleto de este pensamiento. La importancia de la virtud de obediencia se acentúa en toda la historia de Israel y se expresa especialmente en los Salmos. Lo notamos en la historia de Adán y Eva, también en la de Abraham en Génesis 12. Asimismo en los discursos de Moisés en Deuteronomio, y de la misma manera en la exhortación de Josué antes de su muerte (Josué 24:21–24). La obediencia conduce hacia la felicidad. «Bienaventurado es aquel varón cuya delicia está en la Ley de Jehová.» «En guardar la Ley hay gran premio. » (Véanse los Salmos 1 y 119.)

2. La virtud del Antiguo Testamento como santidad

Otra perspectiva desde la cual el Antiguo Testamento ve a la virtud fundamental del creyente es la de la santidad. El hombre bueno es el hombre santo. Se puede decir que la actitud correcta en cuanto a la Ley de Jehová es la de obediencia. Pero hay que añadir de inmediato que el resumen de las demandas de la Ley, en cuanto a su contenido, se expresa en términos de santidad. La Ley entera conduce hacia la santidad. (Lv 19:2: «Santos seréis porque santo soy, yo Jehová, vuestro Dios». Véase también Lv 2:7; 21:8; 1 P 1:16.)

La etimología del adjetivo QAADOOSH (santo) se encuentra en la palabra que quiere decir separado, elevado, por encima. De la idea de separación espacial y física se deriva su significado espiritual y moral. En cuanto a Dios, la santidad tiene un significado sinónimo con trascendencia y majestad divina. El término describe a Jehová en su carácter enaltecido y en su gloria trascendente. Un nombre predilecto de Isaías para referirse a Jehová es QEDOOSH YISRAAEEL «El Santo de Israel». En otro lugar Isaías habla de Dios en esos términos: «El Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo» (57:15).

Este concepto de la santidad divina, como la exaltación y trascendencia divina, presenta implicaciones tanto metafísicas como morales. Dios está infinitamente enaltecido por encima del hombre finito, tanto en su Ser divino como en Su perfección moral. En el Antiguo Testamento, sin embargo, no es la trascendencia metafísica la que está más en la escena, sino la moral; pero a la vez debemos notar que la trascendencia moral presupone la metafísica. La santidad moral de Dios se entiende en su pleno significado solamente al notar el contraste entre la santidad de Dios, no meramente con la finitud del hombre, sino más bien con la pecaminosidad de este. Jehová no solamente «habita la eternidad», siendo de «ojos muy limpios para ver el mal» (Hab 1:13), también odia todo pecado. Un pasaje donde vemos la trascendencia divina combinada con la santidad es en la visión de Isaías (6:1–5). Por lo tanto, la santidad encuentra su antítesis en la iniquidad, la impureza, y la injusticia. A la verdad, la santidad de Dios es, en un sentido, el punto focal de todas sus perfecciones morales. Está claro que QAADOOSH no es una palabra que exprese solamente un atributo de la divinidad, sino la divinidad en sí.

Siendo ello el significado de la palabra que expresa la santidad de Dios, está claro que al aplicar la misma palabra a los creyentes del Antiguo Testamento se hace hincapié en el hecho de que ellos están separados, traídos, apartados y dedicados al servicio de Jehová (véase Éx 19:5–6a). Tiene para ellos un significado ceremonial y moral. En el sentido ceremonial indica que el pueblo está dedicado para el culto de Jehová. Esto no era solamente en los momentos especiales para realizar las ceremonias, sino el culto tenía que ver con toda su vida. En este sentido no solamente a las personas sino también a las cosas se llamaban santas. Lugares y objetos (como, por ejemplo, los lugares y utensilios apartados para el servicio en el templo) eran santos tanto como los sacerdotes. La aplicación ritualista de la santidad exigía a los israelitas una estricta limpieza y una rígida pureza en los asuntos de sacrificios de comida y bebida (véase Éx 22:31; Lv 11:44, 45).

La santidad de este tipo era simbólica; simbolizaba una santidad más alta, la santidad moral. En este último sentido, la santidad más alta y más profunda, consiste en conformarse a la enaltecida naturaleza moral de Dios. Esta semejanza con la naturaleza moral de Dios se puede lograr por solo un camino, el de la obediencia a la Ley de Dios, e implica una conformidad perfecta a la voluntad de Jehová expresada en su Ley. La santidad, en este sentido, es asemejarse a Dios en su perfección moral y en su repugnancia al pecado. Es a la vez la esencia y el fruto de la perfecta obediencia a la Ley de Jehová.

3. La virtud del Antiguo Testamento como sabiduría

El Antiguo Testamento retrata al hombre bueno como hombre sabio. Un contraste muy usual en el Antiguo Testamento es aquel entre el sabio y el necio. Esto se encuentra especialmente en los libros de los Proverbios, de Eclesiastés, y de los Salmos. La idea de sabiduría en el Antiguo Testamento no es una de mera prudencia o sagacidad; tampoco es de astucia. El sabio es el que conoce y hace la voluntad de Dios, la entiende intelectualmente, ama la Ley de Jehová, escucha al buen consejo de los ancianos, no actúa por impulso de la pasión momentánea, y ordena correctamente su vida. Tal como ganamos «sabiduría» para jugar el fútbol o para manejar un coche cumpliendo con las reglas, el cumplir con la Ley de Jehová nos dará una sabiduría para vivir en el sentido más profundo y completo.

La sabiduría del Antiguo Testamento es una sabiduría religiosamente condicionada. Solamente el que conoce verdaderamente a Dios, a Jehová el Dios verdadero, es sabio. Se puede decir que el verdadero sabio es el que vive en armonía con el gran plan y propósito de Dios para la vida humana. La sabiduría se manifiesta en la activa dirección de la inteligencia y la voluntad hacia la realización de la meta divina para la vida humana. Entonces «el temor de Jehová es el principio de la sabiduría». («Principio» en este sentido tiene el significado de fuente y fundamento, y no solamente de inicio. Véase Job 28:28; Sal 111:10; Prv 9:10.) Esa sabiduría es el summun bonum del hombre. Está elogiada por ser el bien más alto para el hombre (véase Proverbios, especialmente los capítulos 3, 8, y 9; también Job 28 y Eclesiastés 9 y 10).

El elemento religioso, básico al ideal antiguo-testamentario de la sabiduría, se ve más claro en su oposición a la necedad. El necio no se da cuenta de lo que sea bueno para él y, además, ni lo haría porque desprecia la voluntad de Dios. La sabiduría no es primariamente intelectual sino es en primer lugar un asunto del corazón, de la conciencia y del propósito moral. Por esto, el ateo es el necio típico (Sal 14:1; 53:1). En ambos textos debemos notar que el ateo necio es corrompido, hace iniquidades abominables, y no procura hacer ningún bien. El necio va corriendo hacia la destrucción, no porque no sepa mejor (según el concepto griego) sino porque no quiere estar atento a la sabiduría y al consejo sano, y también porque desprecia la Ley de Jehová. La sabiduría es saber, estudiar, y meditar sobre la Ley de Jehová, y ponerla por obra.

4. La piedad como principio radical de los tres anteriores conceptos

Los tres aspectos que hemos mencionado del ideal moral del Antiguo Testamento encuentran su unidad subjetiva en la piedad. La obediencia, la santidad, y la sabiduría se arraigan en la verdadera piedad, y constantemente toman aliento de ella. El «temor de Jehová» es la raíz de toda moralidad. El ideal de la piedad se presenta en distintas formas en el Antiguo Testamento. En los primeros capítulos de Génesis aparece como comunión con Dios; andar con Él, como vemos en los casos de Enoc y Noé (Gn 5:22–24; 6:9). En los libros de sabiduría, la piedad se manifiesta en «el temor de Jehová». Pero, a través del Antiguo Testamento, la piedad es el substrato y la raíz principal de la verdadera bondad, y se ve como obediencia, santidad, y sabiduría. La piedad es la sinceridad subjetiva en cuanto a la moralidad. En el Antiguo Testamento (de hecho, en toda la Biblia) la piedad es vivir constante y conscientemente en la presencia de Dios. El impío es el que vive como si Dios no existiera. La impiedad es vivir alejado de Dios, olvidándose y no pensando en Él por dedicarse a las cosas del mundo, como si uno nada tuviera que ver con Dios, su voluntad y su Palabra. La piedad es todo lo contrario.

De acuerdo con este principio subjetivo de la unidad de los varios aspectos de la virtud en el Antiguo Testamento, el principio objetivo de la unidad para la totalidad de la vida moral en el Antiguo Testamento es Dios mismo, el último punto de referencia y el objeto final de toda piedad y bondad. Arriba ya hemos considerado la Torah como el ideal objetivo de la vida moral antiguo-testamentaria. Pero, más básico aun, más básico que la Torah, es Dios, cuya voluntad se formula y se codifica en la Torah. Toda la vida del creyente del Antiguo Testamento gira alrededor de Dios, en todas sus expresiones y ramificaciones. La obediencia, arraigada en la piedad, es la conformidad con la voluntad revelada de Dios. La santidad, arraigada en la piedad, es la conformidad con la excelencia moral de Dios. La sabiduría, arraigada en la piedad, es la característica sobresaliente de quien tiene el recto discernimiento en cuanto a la voluntad y el propósito de Dios, y por eso sabe dirigir su vida. El ideal moral del Antiguo Testamento es por tanto un ideal teocéntrico. Dios es el verdadero summun bonum. Toda verdadera moralidad es, en el fondo, la piedad.

El Antiguo Testamento expresa el carácter teocéntrico del ideal moral en la Shema: «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón y de toda tu alma y de todas tus fuerzas» (Dt 6:4, 5). El amor a Dios y una devoción piadosa para con Dios, que constituyen el sumo bien para el creyente, resultan en paz para el alma, serenidad perfecta, y gozo supremo aun ante las circunstancias más difíciles de la vida. Asimismo, se constituyeron en la cima máxima de la vida moral y religiosa del israelita devoto. Tenemos dos formulaciones inmortales de este ideal en forma piadosa, una en el Salmo 73 y la otra en la oración de Habacuc.

«¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; mas la roca de mi corazón y porción es Dios para siempre» (Sal 73:25–26).

«Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación» (Hab 3:17–18).

C. La Ley en la historia

Hemos visto que la Ley está profundamente envuelta en la relación del pacto que existe entre Jehová y su pueblo. Hemos intentado exponer las virtudes típicas del «santo» antiguo-testamentario: la obediencia, la santidad, la sabiduría. Aquel triple ideal, cuyo principio fundamental se expresa en la idea de la piedad, también se relaciona con la Ley. Claro, toda la vida moral y religiosa del Antiguo Testamento encuentra su criterio, su norma, y su ideal en la Torah de Jehová. Debido a su importancia y prominencia dirigiremos nuestra atención al papel de la Ley en el pueblo de Dios, y también señalaremos la actitud del pueblo del pacto hacia la Ley en las distintas épocas de su historia.

La Torah es la codificación de la voluntad revelada de Jehová para la vida de Israel como el pueblo del pacto. Es instrucción. Nos enseña cómo amar a Dios sobre todo y al prójimo como a sí mismo. En este sentido, es correcto decir que la Torah, la Ley, es instrucción en el amor. Pero, nunca se debe olvidar que la Torah son las direcciones de cómo andar bien en comunión con Dios. En el sentido amplio el término la «Ley de Jehová» (o Torah) se refiere a la entera revelación de Jehová para su pueblo. Sin embargo, en un sentido más limitado designa los mandamientos revelados por Jehová para guiar la vida y la conducta de su pueblo. Podemos distinguir tres etapas en la historia de la Torah: 1. La mosaica; 2. la profética; 3. la post-exílica. La primera es la etapa de su promulgación; la segunda, la de su profunda interpretación espiritual; y la tercera, la de la desintegración de la Torah.

1. La época mosaica

Es esta la etapa de la promulgación de la Torah. La Torah se la reveló Jehová a Moisés. La Torah en la vida de Israel no se consideraba como tres unidades (civil, moral, y ceremonial, como hoy en día solemos dividir-la) sino como una unidad. Pero la Torah, la unidad, sin mencionarlos por separado tocaba los tres aspectos de la vida israelita. El aspecto civil siempre tiene que ver con condiciones especiales («si uno tiene un buey que suele cornear…»). La ley ceremonial fue básicamente pedagógica para enseñar el camino de la salvación, que se cumple en la obra de Cristo. La ley moral trata de los principios básicos que forman la base de nuestras decisiones ético-morales.

a. La vida civil

Un código extenso fue promulgado para la vida civil. Fue entretejido entre los dos otros aspectos, pero son muy claros los asuntos que tocaban la vida «civil». No cabe duda que el creyente en el Antiguo Testamento tenía que vivir su vida civil religiosamente, como un aspecto importante de su relación con Dios. Este aspecto de la Torah regulaba las relaciones sociales y políticas del pueblo. Son las reglas para vivir en sociedad y amar al prójimo. Siempre tiene que ver con un principio que se aplica a situaciones o condiciones particulares. Un principio notable de la legislación civil de la Torah es el de jus talionis o la justa retribución, «ojo por ojo; diente por diente» (Éx 21:23–25; Lv 24:17–21; Dt 19:21; Mt 5:38). Hoy en día solemos entender esta ley a revés, como si el objetivo fuera las duras penas, cuando en realidad su intención fue de un límite al castigo. La severidad del castigo nunca debe ser mayor que el crimen. Fue una disciplina al ser humano que siempre quiere «dar doble» en venganza de la ofensa.

b. Las ceremonias y el rito religioso

También la Ley incluía lo que conocemos como la ley ceremonial, y pertenecía al modo de culto, la manera de alabanza y adoración, el sistema de sacrificios, la actuación de los sacerdotes y levitas, y el servicio religioso.

El principio fundamental de esa legislación era la pureza ceremonial, la santidad, y la pureza interna. El israelita había de ser puro, separado de lo profano y dedicado a Jehová en el culto, o sea en el sentido ceremonial, pero también en toda su vida.

Las ceremonias, como hemos mencionado arriba, fueron actividades pedagógicas. Los sacrificios, los ritos, la actuación de los sacerdotes, el poner la Ley en los postes de las puertas encontró su sentido en lo que enseñaban. Toda la ley ceremonial apuntaba hacia Cristo y a la salvación en Él. Habiendo cumplido Cristo con esta ley, no tenemos que cumplirla también nosotros; más bien tenemos que entender la enseñanza de los ritos. No repetimos la pascua, pero tenemos que entender su significado.

c. La vida moral

Este aspecto no ha de considerarse como meramente coordinado con los aspectos civiles y ceremoniales de la vida israelita. Es mucho más. Por ser la formulación de la voluntad revelada de Dios en cuanto a toda la vida moral, la Torah se relaciona con la totalidad de la vida en su más profundo significado moral. El Decálogo es el resumen antiguo-testamentario de la voluntad de Dios y su aplicación a la vida moral. A pesar de la forma antiguo-testamentaria del Decálogo, que nos parece negativa, su significado y su orientación tienen una importancia más amplia que las restricciones nacionales de Israel. Los aspectos civiles y ceremoniales han sido reemplazados en la iglesia novo-testamentaria, pero la ley moral queda en pie por todas las edades.

2. La etapa profética

La etapa profética es la etapa de la interpretación más profunda y espiritual de la Ley. Los profetas alzaron sus voces en protesta contra la práctica de poner los ritos ceremoniales en lugar de la rectitud moral. El gran mal que siempre tienta al pueblo nomístico (de nomos=ley, hoy en día diríamos «legalista», pero esta palabra también tiene otras connotaciones) es el de caer en una observancia externa de la Ley, en lugar de una recta disposición interior. Los israelitas cayeron en este pecado en los días del reino. Eran estrictos y puntuales en la observación de ordenanzas rituales, pero su corazón estaba lejos de Dios.

Los profetas pregonaban contra el ritualismo y el formalismo. Esto es verdad sobre todo en cuanto a los profetas del séptimo y octavo siglo, pero no se restringe a ellos. Cierto está que la condenación de todo ello está explícita desde los días de Samuel. Samuel reprobaba a Saúl precisamente sobre esto cuando Saúl, bajo el pretexto de hacer sacrificio a Jehová, negó las instrucciones explicitas que había recibido de Dios de que tenía que destruir a los amalecitas y todas sus posesiones (1 S 15). El mismo mensaje, que obedecer es mejor que el sacrificio, es el que repetidas veces habían proclamado los profetas posteriores: Isaías, Amós, Miqueas y Joel (Is 1:10–17; Am 5:21–24; Mi 6:6–8; Jl 2:13).

No se debe malentender a los profetas. A veces se les interpreta como si fueran antagónicos a la Torah, pero hacer esto es errar seriamente en la interpretación de su actitud. Ellos no se oponían a la Torah en su carácter de ley; lo que condenaban y denunciaban era el externalismo. Lejos de contraponerse a la revelación mosaica, cimientan la estructura de su propia enseñanza sobre los fundamentos de esa revelación. Exhiben el profundo significado espiritual y la importancia moral de la Ley. La obediencia, insisten, no es asunto meramente de «dientes para afuera» sino del corazón. La religión verdadera no es meramente traer sacrificios sino consagrarse, en una sincera devoción de todo corazón, a Jehová. En el desarrollo ético (así como en el doctrinal) del Antiguo Testamento, notamos un continuo progreso desde la primera etapa, con su carácter prominente de una doctrina de leyes y deberes, hasta la ética de los profetas que acentuaban una doctrina de lo interior. El Señor requiere rectitud, sinceridad, integridad y pureza del corazón; y esto tanto en las actividades religiosas como en las relaciones civiles y sociales.

3. La etapa post-exílica

Esta etapa se caracteriza por la desintegración de la Ley. Cuando regresaron del exilio, los judíos habían aprendido a estimar en gran valor la Torah. Se daban cuenta de que habían estado esclavizados precisamente porque habían olvidado la Ley de Jehová. Por esto se aplicaron diligentemente al estudio de la Ley. Esdras es el ejemplo típico de esta espiritualidad. Las sinagogas que se levantaron llegaron a ser centros del estudio popular de la Ley. Los líderes de este movimiento fueron los escribas.

Pero antes de que pasara mucho tiempo el pueblo cayó en una forma extrema de legalismo. La Ley se hizo un fin en sí misma. Más bien adoraban la Ley en lugar de adorar a Jehová, de cuya voluntad la Ley era una proclamación. Apenas había revelación especial en esta época, y el espíritu profético dio lugar al espíritu de «escribas». Los escribas fueron los guardianes de la Ley. Los chasidim (o fariseos) se constituyeron en una aristocracia moral y llegaron al extremo de exhibir una observación tan puntual de la Ley que, con todas sus interpretaciones puestas como apéndices, la gente común y corriente no la podía cumplir. Lejos de enseñar la importancia espiritual de la Ley, guardaban escrupulosamente su letra. La ley moral fue despojada de su ideal y de su meta divina. La ética judaizante llegó a ser moralista y legalista. Así perdió su base distintivamente religiosa y, además, el principio de unidad. Todo esto resultó en la desintegración de la Ley. A pesar de que la Torah era una expresión unificada de la voluntad de Dios para la vida humana, la dividieron minuciosamente en un sinnúmero de pedazos, en reglas desconectadas, en preceptos aislados, y en reglamentos sueltos. Esto también caracteriza la ética de los libros apócrifos del Antiguo Testamento (que está en la Biblia católico-romana) y la del talmud, el comentario judío sobre la Ley. Hasta el día de hoy se nota esta característica en la ética del judaísmo.

Todo esto ocurrió junto con una actitud creciente de rígido separatismo. Bajo la dirección del chasidim, la mayoría del pueblo reaccionó contra toda liberalización y helenización de las tendencias del día (cuyo ejemplo mejor eran los saduceos), y pronto cayeron en una actitud estrecha, nacionalista, particularista y autojustificadora de una presuntuosa autosatisfacción. Lo que había de universalismo en la actitud anterior fue completamente borrado por la nueva actitud. El primer libro de los Macabeos muestra los aspectos mejores y peores del tal espíritu.

Fue contra este formalismo, el materialismo, y el estrecho particularismo de los escribas y fariseos que Jesús alzó su voz en protesta. Repetidamente acusó a los judíos de haber cambiado el énfasis y valor espiritual de los mandamientos de Dios en meros preceptos y tradiciones de hombres. La tradición llegó a ser un criterio igual a la revelación.

D. El carácter provisional de la Ley

Mucho más importante que la actitud de los israelitas hacia la Ley es la misma intención de la Ley, vista en su lugar en la historia de la revelación. De esto nos conviene hablar.

El ideal moral del Antiguo Testamento tiene a la vez un carácter provisional y proléptico. La plenitud del Sumo Bien quedaba por revelarse en el porvenir. Es una nota constante en el Antiguo Testamento entero. La ética antiguo-testamentaria es inseparable de la esperanza y la orientación mesiánica. El propósito redentivo de todo el Antiguo Testamento se cumpliría en el Nuevo Testamento, y esto tiene significado fundamental en cuanto al ideal moral del Antiguo Testamento. Desde el principio existía una orientación más definida y universal en cuanto a las promesas de Dios. Aunque Dios hizo su pacto con la nación elegida, su propósito era bendecir a la totalidad de la humanidad a través de esta nación. Esto fue revelado ya en su pacto con Abraham, «en ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gen 12:3; 22:18). El fin del pueblo escogido no es el particularismo nacionalista sino el de servir a un propósito más alto. Su meta es la de hacerse universal. El pacto tenía una meta cosmo-histórica que trascendería los limites de la época antiguo-testamentaria.

Después de la caída, el Sumo Bien se proyecta hacia el porvenir, a un venidero más allá, el de una esperanza mesiánica. Es la misma esperanza mesiánica que ilumina la visión humana, y a través de esta esperanza, el bien supremo se hace en la gran meta del mundo y del proceso histórico. El propósito final, hacia el cual todo el Antiguo Testamento se mueve, es el establecimiento del reino de justicia, el Reino del Mesías, en el cual todos participarán en las bendiciones prometidas al fiel patriarca. Todos los que son llamados hijos de Abraham, o sea, todos los que tienen la misma fe de Abraham (Gl 3:7, 8, 29; cf. Ro 4:16).

La anticipación de un orden nuevo, posterior y ulterior, de las cosas, de un universalismo que no era realizable bajo la ética antiguo-testamentaria, fue expresada repetidas veces por los profetas. Bellos cantos del universalismo venidero se encuentran en la profecía de Isaías (por ejemplo, 56:1–8). Ni el pacto ni la Ley tenían la intención de quedar para siempre en su forma antiguo-testamentaria como la final. Siempre se presuponía una etapa venidera más gloriosa del pacto y de la promulgación de la Ley (Jer 31:31–33). Jehová solemnemente declaró que vendrían los días en que haría un pacto nuevo con su pueblo, la esencia del cual sería espiritual, y lo expresó con estas palabras: «Daré mi ley en su mente [entrañas: versión de 1909) y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios y ellos me serán por pueblo». Esta profecía se cumplió en el Nuevo Testamento, como nos enseña la Epístola a los Hebreos (8:7–13; 10:16). Cristo se distingue de Moisés en que es el Mediador de un pacto mejor. En la dispensación del pacto nuevo la profecía fue cumplida, que la Ley de Dios sería escrita en el corazón.

Notamos también que el Nuevo Testamento habla de la etapa antiguo-testamentaria como una figura, o una sombra de la realidad venidera en Cristo. Tal como la sombra de alguien que nos sigue puede llegar antes y anunciar su presencia, así la sombra de Cristo cae sobre todo el Antiguo Testamento, anunciando su presencia y su venida. En Hebreos 10:1 notamos la distinción entre skia toon mellontoon agathoon (la sombra de bienes venideros) y eikoon toon pragmatoon (la imagen de las cosas). Aquí notamos que la realidad está representada como si ya se estuviera en el cielo. De esta realidad la revelación novo-testamentaria tiene la imagen eikoon, mientras que la revelación del Antiguo Testamento tiene la sombra aki. «la figura del Verdadero» (Heb 9:24). Encontramos semejante contraste en Colosenses 2:17, donde el apóstol habla de los mandamientos que tratan de la comida, la bebida, los sábados, las lunas, y las fiestas, y dice de estas cosas que son una sombra de lo venidero (skia toon mellontoon) pero que el cuerpo, es decir la realidad, se encuentra en Cristo (to de sooma tou christou).

Todo esto implica el carácter provisional y proléptico del ideal moral del Antiguo Testamento, que se cumpliría en el Nuevo Testamento. Y se concentra en la persona de Jesucristo. La realización redentiva del reino de Dios, prefigurado en el Antiguo Testamento, no se verificó hasta ser revelado en la persona y obra de Jesucristo. El ideal novotestamentario es tema del siguiente capítulo.

 Nyenhuis, G., & Eckman, J. P. (2002). Ética cristiana (pp. 79–101). Miami, FL: Editorial Unilit.

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108 – Las Escrituras

Entendiendo los Tiempos

1 Temporada | Entendiendo Los Tiempos

108 – Las Escrituras

Surge en el 2013 como programa de radio bajo la cobertura de la emisora cristiana Radio Eternidad en la estación 990am. Las temáticas de nuestro programa son diversas y contemporáneas con las necesidades que se presentan hoy en día en la sociedad. Todo tema es llevado a la luz de la Palabra de Dios que es la única mediadora entre los hombres y la única verdad que puede hacerle libre. Tratamos diferentes temas con el propósito de entender el presente bajo una cosmovisión bíblica y actuar en base a esta. Con nuestro productor Andrés Figueroa y el equipo de Gracia TV, quienes semanalmente transmiten este programa en un formato para Radio y TV.

1 Temporada | Entendiendo Los Tiempos

La lucha por encontrar la voluntad de Dios

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Cómo buscar la voluntad de Dios.

La lucha por encontrar la voluntad de Dios

Por Thomas Brewer

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Cómo buscar la voluntad de Dios.

«¿Qué quiere Dios que haga?». ¿Alguna vez te has hecho esa pregunta? Yo me la he hecho. Me he preguntado: ¿Quiere Dios que viva aquí? ¿Quiere Dios que me case con esta persona? ¿Quiere Dios que tome este trabajo? ¿Qué quiere Dios que haga? Responder estas preguntas puede ser agonizante, porque son muy significativas. Queremos la mayor certeza posible para responder a preguntas importantes. ¿Por qué? Porque cuando nos falta seguridad, a menudo sentimos miedo. Al no saber lo que debemos hacer sentimos como que vamos a fallar. Nos pone ansiosos. De hecho, aunque no lo admitamos, a veces tememos pasar por alto la voluntad de Dios.

La lucha por encontrar la voluntad de Dios es una lucha contra la certeza. Naturalmente buscamos la mayor certeza posible con respecto a las decisiones. La certeza nos ayuda a sentirnos más en control y cuando nos sentimos en control, nos sentimos seguros.

Métodos incorrectos

Al buscar lo que Dios no ha revelado —Su voluntad secreta— a menudo utilizamos varios métodos. A veces tomamos mandatos bíblicos, que son buenos y los torcemos para usarlos para nuestros propósitos. Por ejemplo, obtener consejos para tomar decisiones, es bueno (Pr 11:1415:22). Los pastores, familiares y amigos a menudo destacan y afirman el amor y la dirección de Dios por nosotros en situaciones particulares. Ellos pueden ayudar y nos ayudan a tomar decisiones. Pero a veces en vez de sencillamente buscar la sabiduría de un consejero, lo usamos como una forma de «encontrar» la voluntad secreta de Dios. Tomamos la opinión de nuestro pastor sobre un tema como si él fuera Dios mismo diciéndonos Su voluntad o confiamos en que nuestro amigo ha escuchado «una palabra del Señor». La oración también es algo encomiable hacer y estamos llamados a pedir sabiduría (1 Tes 5:17Stg 1:5). Podemos y debemos orar por dirección. Pero a veces los cristianos se van más allá. Le piden a Dios que les dé una señal divina como enviarle una llamada en un momento exacto o que en una valla aparezca un mensaje en particular para ellos en su viaje diario al trabajo. 

Este tipo de prácticas son a menudo realizadas con un deseo sincero de conocer y hacer la voluntad de Dios y son muchos los que han tomado decisiones buenas y correctas usando esas prácticas extrañas. Por ejemplo, podríamos tomar decisiones acertadas si confirmamos la voluntad secreta de Dios al ver una valla con un mensaje inusual. Sin embargo, buscar la confirmación de Dios, de Su voluntad secreta, en estas formas peculiares no es bíblico. La Escritura no dice que podemos encontrar la voluntad secreta de Dios a través de consejeros, sensación de paz, coincidencias inusuales u otras cosas. Su voluntad secreta, es por naturaleza, oculta.

¿Esto hace que Dios esté distante de nosotros? No, porque la incertidumbre no significa que Dios está distante. Considera qué tanta incertidumbre y miedo tenían los israelitas cuando llegaron al mar Rojo y se les acercaban los ejércitos de Faraón (Ex 14:10-14). El pueblo de Israel no estaba seguro, pero Dios estaba con ellos. Él los protegió de los egipcios e hizo a Su pueblo cruzar de manera segura el mar Rojo. Nosotros también podemos sentirnos inseguros sobre una decisión o situación en particular, pero aun así podemos descansar en el conocimiento de que Dios está con nosotros. Podemos confiar en Él aun cuando no ha revelado exactamente lo que debemos hacer. Él dirige nuestros pasos aun cuando ya hemos tomado nuestras decisiones.

La necesidad de la fe

He conocido muchos hombres y mujeres mayores en la fe que miran atrás en sus vidas y entienden de una forma profunda, pero casi indescriptible, cómo Dios ha estado con ellos en su caminar. Frecuentemente, estos santos mayores se sorprenden de cómo Dios los ha traído hasta donde están. A menudo me dicen que ellos han tenido muy poco que ver con esto, aunque si les pregunto, me dirían que han estado tomando decisiones todo el tiempo. A veces me pregunto si sería así que Abraham se sentía cuando miraba atrás en su vida. Lo que encuentro tan reconfortante sobre estas historias es el recordar que Dios está con nosotros donde quiera que vamos y que está dirigiendo, aunque misteriosamente, nuestros pasos (Pr 16:9).

Pensando en estas historias recuerdo cómo Dios trabaja en nuestras vidas. Él nos llama a que confiemos en Él. Abraham fue llamado a tener fe y también nosotros. La fe es confianza en Dios, verdaderamente en Dios. Eso es lo que los fariseos no tenían. Después de todo, no fue un fariseo, sino un pescador común quien caminó sobre el agua con Jesús. Por la fe Pedro se paró en el mar de Galilea como si fuera en tierra firme. Su seguridad, aunque imperfecta, estaba en Dios. Cuando dudó, se volvió al Señor y gritó: «¡Sálvame!» (Mt 14:30). Jesús extendió Su mano, lo sostuvo y le preguntó: «¿Por qué dudaste?».

Eliminar nuestra lucha con la incertidumbre es eliminar la necesidad de la fe. Nosotros no sabemos todo lo que Dios sabe. Sin embargo, estamos llamados a confiar en Dios cuando damos pasos inciertos, como Pedro. Cuando confiemos, Dios estará con nosotros. A veces vamos a tomar decisiones que lucirán ser muy exitosas. En otros momentos, vamos a tomar decisiones que lucirán ser un error. Podemos dudar. Sin embargo, Dios tiene una forma peculiar de cambiar nuestras debilidades en fortalezas y hacer que la maldad resulte en bien (Gn 50:202 Co 12:9). Y cuando clamemos como Pedro: «Sálvame», Él estará listo y dispuesto a salvar.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Thomas Brewer
Thomas Brewer

Thomas Brewer es editor en jefe de Tabletalk Magazine y un anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en América.