Las raíces del legalismo

Las raíces del legalismo
Por Stephen Nichols

Nota del editor:Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

no de los muchos aportes de Martín Lutero consiste en la palabra latina incurvatus. Suena como algo que un dentista te diría que tienes mientras te pincha y te clava los molares. Pero no es eso. Significa «vuelto hacia dentro». Significa que somos egoístas, egocéntricos y ensimismados por naturaleza. Aunque esto por sí solo es más que condenatorio, la condición de incurvatus tiene un efecto aun más revelador. Como estamos volcados hacia adentro, pensamos que podemos alcanzar la justicia por nosotros mismos. Así que nos esforzamos, ansiosos, por alcanzar una posición correcta ante Dios.

¿Cuántas veces has oído decir a alguien que mientras nuestras buenas obras superen a las malas, Dios nos recibirá en el cielo con los brazos abiertos? ¿Cuántos sistemas religiosos se basan en las obras? ¿Cuántas personas se sienten atrapadas por sus incesantes intentos fallidos de alcanzar la perfección? Todos esos son casos de incurvatus. Es una epidemia.

Comprendiendo tan bien este concepto de incurvatus, Lutero dijo: «Es muy difícil para un hombre creer que Dios es misericordioso con él. El corazón humano no puede captarlo». Si no miramos a la gracia, nos miramos a nosotros mismos y a nuestros propios esfuerzos.

Ahí están las raíces del legalismo.

Las raíces del legalismo están en el propio corazón humano pecador y caído. El corazón manifiesta su condición pecaminosa en nuestro deseo paralizante de apoyarnos en nuestros propios méritos y en nuestras propias capacidades en el intento de salir de algún modo del pozo cenagoso del pecado y llegar hasta el cielo. La gracia nos parece una píldora demasiado amarga. Nos dice que nunca podremos ser lo suficientemente buenos.

Curiosamente, lo contrario al legalismo también tropieza con la gracia. Lo contrario al legalismo es el antinomianismo. Esta palabra incluye el prefijo griego anti, «contra, en lugar de», y la palabra griega nomos, «ley». Desde el punto de vista teológico, los antinomianos huyen de cualquier obligación a la ley o de cualquier mandato divino. Los antinomianos son como James Bond: tienen licencia para pecar. Pero esa es la triste mentira del antinomianismo. No es libertad, es una licencia.

La solución al legalismo no es el antinomianismo. La solución al antinomianismo no es el legalismo. La solución a ambos es la gracia, eso que Lutero nos dijo que era difícil de comprender. Explorar más a fondo las raíces del legalismo servirá no solo para desenmascararlo, sino también para mostrar los contornos brillantes y asombrosos de su solución: la gracia de Dios.

EL LEGALISMO EN LA ESCRITURA
La expresión más clara del legalismo en la Escritura aparece en las historias de los antagonistas en los evangelios, los fariseos. De hecho, gracias a ellos, tenemos el término farisaico, que se define como «hipócrita» y tiene que ver también con ser censurador y santurrón. Estas cosas no son buenas. En conjunto, son algo realmente malo. Otra definición nos informa que el término farisaico, significa un compromiso extremo con la observancia religiosa y el ritual, lejos de creer. Ambos aspectos de la definición son cruciales. La primera parte es el empeño por llegar, aunque sea con aprehensión, al cielo. La segunda parte nos remite a la cita de Lutero y a nuestra aversión a la gracia: simplemente no puede ser tan simple como creer.

Cristo se enfrentó a esta tendencia farisaica en casi todas las páginas de los evangelios. Una de las ocasiones fue la parábola sobre el fariseo y el publicano en Lucas 18. «Te doy gracias porque no soy como los demás hombres», oraba el fariseo. Ahí está la autojustificación. El fariseo manifestó además que ayunaba y diezmaba. Ahí está la obediencia externa.

En esta parábola, el fariseo se contrapone al recaudador de impuestos. El publicano simplemente oraba: «Ten piedad de mí, pecador». Ahí está el clamor por la gracia.

Unos versículos más adelante, un gobernante rico se le acerca a Cristo. También él cumple el rol de fariseo. También él manifiesta su santurronería. Al parecer, adonde sea que Cristo iba, se encontraba con fariseos.

Irónicamente, los fariseos, aunque entendían lo contrario, en realidad no se preocupaban por la ley de Dios. Ellos crearon todo un sistema de normas para poder eludir la ley de Dios. Eran expertos en crear vacíos legales. Tenían un sistema de leyes creado por el hombre para evitar la ley divina y llevaron a Israel por el mal camino. Por eso vemos que Jesús se opuso a ellos con tanta vehemencia y los definió como falsos pastores de Israel en la serie de «ayes» desencadenados en Mateo 23.

Antes de su conversión, Pablo era uno de esos falsos pastores. Pablo era un legalista consumado. De hecho, sería difícil encontrar a otra persona tan celosa por la ley. Él tenía conocimiento de primera mano cuando declaró: «Porque por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él» (Ro 3:20). Tenía conocimiento de primera mano cuando se lamentó: «Porque todos los que son de las obras de la ley están bajo maldición» (Gá 3:10).

Pablo también tuvo experiencia de primera mano con la gracia. Por eso declaró con gozo: «Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley» (Gá 4:4-5). Es imposible estudiar a Pablo sin entrar en contacto con la gracia. Por eso leemos en Romanos 5 que todo nuestro esfuerzo llega a su fin en Cristo. Solo podemos alcanzar la paz con Dios por medio de la fe en Cristo, el único que cumplió la ley perfectamente.

EL LEGALISMO EN LA HISTORIA
Al volver a las páginas de la historia de la iglesia, vemos cómo el enfoque de la iglesia en la gracia fue eclipsado por el legalismo. Esto ocurrió a gran escala tras la controversia entre Agustín y Pelagio. A raíz de esa controversia, se sembraron las semillas que acabarían dando lugar a un sistema de obras en toda regla como lo fue la visión de la iglesia medieval sobre la salvación. La clave aquí es el cambio de la enseñanza bíblica sobre el arrepentimiento a la enseñanza de la iglesia sobre la penitencia.

El arrepentimiento está ilustrado en el recaudador de impuestos de la parábola de Cristo. El arrepentido simplemente oraba a Dios: «Ten piedad de mí, pecador». La penitencia es la lista de cosas que hay que hacer para quedar bien con Dios. En la época de Lutero, esa lista había crecido bastante. Por eso Lutero intentó en vano llegar a Dios siendo un buen monje. Lutero incluso se metió en el monasterio en un intento, muy equivocado, de agradar a Dios.

Solo una cosa resultó del ardiente trabajo de Lutero: se encontró aun más alejado de Dios y sumido en la ansiedad. Más adelante en su vida, incluso sufrió físicamente por sus intentos anteriores de alcanzar la justicia mediante estos esfuerzos. Pero en Su gracia, Dios llegó hasta Lutero. No podemos aprehender la gracia de forma natural. Por eso la gracia nos debe aprehender a nosotros.

Una rama de la Reforma inicialmente celebró esta gloriosa verdad de la gracia y luego se apartó de ella. En Zúrich surgieron los anabaptistas. Entre otras creencias, abogaban por retirarse de la sociedad y vivir en comunidades segregadas. Pronto desarrollaron un código de vestimenta y normas sobre cómo vivir y trabajar. Se llamaban a sí mismos menonitas, ya que seguían las enseñanzas de Menno Simons (1496-1561). En 1693, Jakob Ammann se separó de los menonitas por la práctica de «la prohibición», es decir, el rechazo a los que transgreden las normas. Sus seguidores serían conocidos como los amish. Pasaron del evangelio a las normas y las tradiciones.

La misma dinámica se produjo en el siglo XX en varios grupos fundamentalistas. Recuerdo entrar en una iglesia en los años setentas y encontrarme con dos grandes diagramas que mostraban las pautas aceptables de cabello y ropa para hombres y mujeres. El cristianismo se reducía a listas, sobre todo de lo que no hay que hacer.

Así como vemos que Cristo se enfrentó al legalismo en casi todas las páginas de los evangelios, también podemos encontrar legalismo en todas las páginas de la historia de la iglesia. También podemos encontrar lo contrario. El antinomianismo prosperó durante la Reforma. Prosperó y sigue prosperando en algunos grupos de fundamentalismo. Lamentablemente, podemos contar toda la historia de la búsqueda equivocada de Dios por parte de la humanidad rastreando estos hilos siempre presentes del legalismo y el antinomianismo.

EL LEGALISMO EN LA VIDA
Lo contrario al legalismo no es la licencia. Es la libertad. Lutero llamaba a Gálatas su «Katie». «Estoy comprometido con ella», decía. Es un cumplido que va en dos direcciones. Refleja cuán profundamente amaba a su esposa, y refleja cuán profundamente amaba el mensaje de Gálatas. Es «la epístola de la libertad».

Si queremos descubrir las raíces del legalismo, debemos mirar en última instancia a nuestra propia vida. La condición incurvatus nos impide ver nuestra verdadera necesidad. Nos engaña haciéndonos creer que somos básicamente buenos y que solo necesitamos ser mejores. El legalismo es realmente condenable y bastante perjudicial. El legalismo puede incluso catapultarnos hacia lo contrario, a una vida de licencia y a una vida, en última instancia, de rebelión.

La realidad es que no somos buenos. Qué ironía que parte de la «buena noticia» del evangelio sea que no somos buenos en absoluto. Y como no somos buenos, nunca podríamos mirarnos a nosotros mismos, sino que debemos mirar a Aquel que nació de una mujer, nacido bajo la ley. Él es el único justo. Guardó la ley y soportó su castigo por aquellos que confían en Él. Dios derrama Su gracia gratuitamente sobre nosotros por lo que Cristo ha hecho por nosotros. Cristo nos ha liberado (Gá 5:1).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Stephen Nichols
El Dr. Stephen J. Nichols es presidente de Reformation Bible College, director académico de Ligonier Ministries y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Es el anfitrión de los podcasts 5 Minutes in Church History y Open Book. Es autor de numerosos libros, entre ellos For Us and for Our Salvation, Jonathan Edwards: A Guided Tour of His Life and Thought, Peace y A Time for Confidence, y es coeditor de The Legacy of Luther y de la serie de Crossway: Theologians on the Christian Life. Él está en Twitter @DrSteveNichols.

¿POR QUIÉN MURIÓ CRISTO?

John Frame

Muchos teólogos han prestado especial atención a esta pregunta: ¿por quién murió Cristo? Hay básicamente dos puntos de vista sobre el tema. Un punto de vista, llamado expiación ilimitada, afirma que Cristo murió por cada ser humano. El otro punto de vista, llamado expiación limitadaexpiación definitiva redención particular, afirma que Cristo murió solo por los elegidos, es decir, solo por aquellos que en el plan de Dios serán finalmente salvos. 

El punto de vista de la expiación ilimitada parece bastante obvio si consideramos varias Escrituras que dicen que Cristo murió por “el mundo” (Jn 1:293:166:512Co 5:191Jn 2:2), “por todos” (1Co 15:222Co 5:151Ti 2:6Heb 2:9) o aun, aparentemente, por las personas que finalmente lo rechazarán, como se encuentra en 2 Pedro 2:1, donde Pedro habla de algunos que están “negando incluso al Señor que los compró, trayendo sobre sí una destrucción repentina”. Esto suena muy parecido a decir que Jesús murió en la cruz para comprar —para redimir— a algunas personas que a pesar de todo se perderán al final. 

En Hebreos 10:29 leemos: “¿Cuánto mayor castigo piensan ustedes que merecerá el que ha pisoteado bajo sus pies al Hijo de Dios, y ha tenido por inmunda la sangre del pacto por la cual fue santificado, y ha ultrajado al Espíritu de gracia?”. De nuevo, suena como si algunas personas fueran hechas santas por la sangre de Cristo y que, sin embargo, despreciaran y profanaran esa sangre, recibiendo así castigo eterno. 

Aunque este punto de vista suena obvio por los versículos que he citado, hay algunos problemas reales con él. Si la expiación es ilimitada, es universal, parecería que trae salvación a todo el mundo; porque la expiación es un sacrificio sustitutivo. La expiación de Jesús quita nuestros pecados, trayéndonos completo perdón. Por lo tanto, si la expiación es universal, garantiza la salvación de todos. Pero sabemos por las Escrituras, de hecho por los mismos textos en 2 Pedro 2:1 y en Hebreos 10:29 que acabo de citar, que no todos en el mundo son salvos. Algunas personas desprecian la sangre de Jesús. La pisotean.Y por eso reciben una destrucción repentina. 

Si crees en una expiación ilimitada, es porque tienes una visión muy débil de lo que es la expiación. Debe ser algo menos que un sacrificio sustitutivo que traiga completo perdón. ¿Cómo se definiría, entonces, la expiación? Algunos teólogos han sugerido que la expiación no salva a nadie, sino que quita la barrera del pecado original, por lo que ahora somos libres de elegir o rechazar a Cristo. Por tanto, en realidad, la expiación no salva, sino que solo hace posible la salvación para aquellos que deciden libremente venir a la fe. 

Al final, es nuestra libre decisión la que nos salva; la expiación solo prepara el camino para que podamos tomar una decisión libre. 

Sin embargo, el problema es que la Escritura nunca insinúa tal significado de la expiación. En las Escrituras, la expiación no solo hace posible la salvación. La expiación realmente salva. No es solo un preludio de nuestra libre decisión, sino que nos trae todos los beneficios del perdón de Dios y de la vida eterna. Aquellos que dicen que la expiación tiene un alcance ilimitado creen que tiene una eficacia limitada, un poder limitado para salvar. Los que creen que la expiación se limita a los elegidos, sin embargo, creen que ella tiene una eficacia ilimitada. Así que todos creen en algún tipo de limitación. O bien la expiación está limitada en su alcance, o bien está limitada en su eficacia. Creo que la Biblia enseña que es limitada en su extensión, pero ilimitada en su eficacia. 

Así que, principalmente porque creo que las Escrituras enseñan la eficacia de la expiación, sostengo la opinión de que la expiación es limitada en su extensión. No salva a todos, pero salva completamente a todos los que salva. El punto fundamental aquí no es el alcance limitado de la expiación, aunque esa es una enseñanza bíblica. El punto fundamental es la eficacia de la expiación. 

Veamos ahora el punto de vista de la redención particular, es decir, el hecho de que Cristo murió solo por los elegidos, por Su pueblo, por aquellos a quienes Dios eligió salvar desde antes de la fundación del mundo. Según esta perspectiva, la expiación no solo hace posible la salvación, sino que realmente salva. Muchos textos bíblicos indican que la expiación se limita al pueblo de Jesús. En Juan 10:1115 Jesús dice que da Su vida por Sus ovejas, pero en el contexto de Juan 10 no toda persona es una oveja de Jesús. 

Además, como hemos visto, muchos textos acerca de la expiación indican que esta salva totalmente. Romanos 8:32-39 dice: 

El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Tal como está escrito:  “Por causa Tuya somos puestos a muerte todo el día; Somos considerados como ovejas para el matadero”. 

Pero en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro. 

Como ves, Pablo afirma que Dios dio a Su Hijo por “todos nosotros”. La consecuencia es salvación en el sentido más completo, una salvación que nunca se puede perder y que jamás podrá ser quitada. Si Cristo murió por ti, nadie puede acusarte delante de Dios, ni siquiera Satanás. Si Cristo murió por ti, nada puede separarte del amor de Cristo. 

Claro está, existen pasajes que dicen que Cristo murió por “el mundo”. Algunos de estos pasajes enfatizan la dimensión cósmica de la obra de Jesús, como Juan 3:16. En Colosenses 1:20 Pablo dice que Jesús se propuso con Su expiación “por medio de Él reconciliar todas las cosas consigo”, las que están en la tierra y las que están en los cielos, “habiendo hecho la paz por medio de la sangre de Su cruz”. Otros pasajes usan la palabra “mundo” en un sentido ético, como cuando 1 Juan 2:15 dice: “No amen al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él”. Eso puede haber estado en la mente de Juan el Bautista cuando dijo en Juan 1:29: “Ahí está el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. 

Y hay pasajes que dicen que Cristo murió por “todos”. Pero la extensión de la palabra “todo” es notablemente flexible. Marcos 1:5 dice que “toda” Judea y Jerusalén salieron a escuchar a Juan el Bautista. Claramente, no debemos tomar ese “todo” de manera literal. En algunos pasajes que usan la palabra “todos”, está claro que el escritor se refiere a “todos los cristianos” o “todos los elegidos”. 

Nota 1 Corintios 15:22: “Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados”. Tomado literalmente, esto significa que todos se salvarán. Pero aquí no quiere decir eso. Más bien, lo que significa es que todos los que mueren, mueren en Adán; y todos los que viven, viven en Cristo. 

Considera 2 Corintios 5:15: “Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos”. Aquí Pablo dice que Jesús murió por todos. Pero también dice que “todos” reciben nuevos corazones para que ya no vivan para sí mismos, sino para Cristo. Aun en este pasaje que usa la palabra “todos”, la expiación es eficaz: cuando Cristo muere por alguien, esa persona se salva totalmente. Recibe un nuevo corazón y una nueva vida. Claramente, no todas las personas en el mundo reciben esto; por lo tanto, no todas las personas en el mundo están incluidas bajo el término “todos”. 

En otros textos donde se usa la palabra “todos”, la referencia puede ser a lo que llamamos universalismo étnico, es decir, Jesús murió por personas de todas las naciones, lenguas, razas y tribus. Ese puede ser el significado en 1 Timoteo 2:6, que menciona las naciones en los dos primeros versículos del capítulo. Pero prefiero entender que ese versículo significa que la muerte de Cristo garantiza la oferta gratuita del evangelio a todo el mundo, porque Él es el único Salvador. Ahora bien, con universalismo étnico quiero decir que, cuando en 1 Juan 2:2, por ejemplo, el escritor dice que Jesús “es la propiciación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero”, está diciendo que Jesús es el único Salvador. No hay otro en todo el mundo. Si alguien, en cualquier lugar —digamos, en Tailandia o Sri Lanka— está buscando propiciación delante de Dios, no la encontrará en otra parte que no sea en la sangre de Jesús. 

¿Cómo explicamos textos como Hebreos 10:29 y 2 Pedro 2:1, los cuales describen a personas que, en cierto sentido, niegan al Señor que las compró? Tomo estos textos como descripciones de los miembros de la iglesia visible que han confesado a Cristo en su bautismo. Estos han afirmado que Jesús murió por ellos. Sobre la base de esa profesión, han entrado en una relación de pacto solemne con Dios y con la iglesia, una relación hecha solemne por la sangre de Cristo. Pero ahora blasfeman la sangre de Cristo. Ellos nunca se unieron a Cristo de manera salvífica. Pero habiendo profesado a Cristo, están sujetos a las maldiciones del pacto porque fueron infractores de ese pacto. 

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Este artículo ¿Por quién murió Cristo? fue adaptado de una porción del libro La salvación es del Señorpublicado por Poiema Publicaciones

Páginas 170 a la 175

La Gloria Eterna Del Verbo Divino

por John MacArthur 

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella” (Juan 1:1-5).

La sección de apertura del Evangelio de Juan expresa la verdad más profunda del universo en los términos más claros. Aunque un niño podría entenderla fácilmente, las palabras de Juan inspiradas por el Espíritu comunican una verdad imposible de comprender incluso para las mentes más brillantes: el Dios infinito y eterno se hizo hombre en la persona del Señor Jesucristo. La verdad incontrovertible y gloriosa de que en Jesús el Verbo divino «fue hecho carne» (1:14) es el tema del Evangelio de Juan.

La deidad del Señor Jesucristo es un principio esencial y no negociable de la fe cristiana. Varias líneas de la evidencia bíblica se unen para probar de manera concluyente que Él es Dios.

Primero, las declaraciones directas de las Escrituras afirman que Jesús es Dios. Juan registra varias de esas declaraciones para mantener el énfasis en la deidad de Cristo. El versículo inicial de su Evangelio declara “el Verbo [Jesús] era Dios”. En el Evangelio de Juan, Jesús asumió en repetidas ocasiones el nombre divino “Yo soy” (cp. 4:26; 8:24, 28, 58; 13:19; 18:5, 6, 8). En Juan 10:30, Él afirmó ser uno en naturaleza y esencia con el Padre (dada la reacción de los judíos incrédulos en el v.33 [compárese con 5:18], ellos reconocieron que esta era una afirmación de deidad). Tampoco corrigió Jesús a Tomás cuando él le dijo: “¡Señor mío, y Dios mío!” (20:28); de hecho, lo alabó por su fe (v.29). La reacción de Jesús es inexplicable de no haber sido Dios.

Pablo escribió a los filipenses que Jesús existía “en forma de Dios” y era “igual a Dios” (Fil. 2:6). En Colosenses 2:9, declaró: “Porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad”. Romanos 9:5 se refiere a Cristo como «Dios… bendito por los siglos». Tito 2:13 y 2 Pedro 1:1 lo llaman «nuestro Dios y Salvador». Dios Padre se dirige al Hijo como Dios en Hebreos 1:8: » Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; Cetro de equidad es el cetro de tu Reino». Juan se refiere a Jesucristo en su primera epístola como «el verdadero Dios» (1 Jn. 5:20).

Segundo, Jesucristo recibe títulos que se dan a Dios en otras partes de las Escrituras. Como ya se dijo anteriormente, Jesús tomó para sí el nombre divino «Yo soy». Juan 12:40 cita Isaías 6:10, un pasaje que hace referencia a Dios en la visión del profeta (cp. Is. 6:5). Aun así, Juan declaró en el versículo 41: «Isaías dijo esto cuando vio su gloria [la de Cristo; compárese con los vv. 36, 37, 42], y habló acerca de Él». Jeremías profetizó que el Mesías sería llamado «[El Señor], justicia nuestra» (Jer. 23:6).

Tanto a Dios como a Jesús se les llama Pastor (Sal. 23:1 [Dios]—Jn. 10:14 [Jesús]), Juez (Gn. 18:252 Ti. 4:18), Santo (Is. 10:20Sal. 16:10Hch. 2:273:14), el Primero y el Postrero (o último) (Is. 44:648:12Ap. 1:1722:13), Luz (Sal. 27:1Jn.8:12), Señor del día de reposo (Éx. 16:2329Lv. 19:3Mt. 12:8), Salvador (Is. 43:11Hch. 4:12Tit. 2:13), el Traspasado (Zac.12:10Jn. 19:37), Dios fuerte (Is. 10:21Is. 9:6), Señor de señores (Dt. 10:17Ap. 17:14), Señor de la gloria (Sal. 24:101 Co. 2:8) y Redentor (Is. 41:1448:1763:16Ef. 1:7He. 9:12). En el último libro de la Biblia, ambos son llamados el Alfa y la Omega (Ap. 1:8Ap. 22:13), esto es, el principio y el fin.

Tercero, Jesucristo pose los atributos incomunicables de Dios, aquellos únicos a Él. Las Escrituras revelan que Cristo es eterno (Mi. 5:2Is. 9:6), omnipresente (Mt. 18:2028:20), omnisciente (Mt. 11:27Jn. 16:3021:17), omnipotente (Fil. 3:21), inmutable (He. 13:8), soberano (Mt. 28:18) y glorioso (Jn. 17:51 Co. 2:8; cp. Is. 42:848:11, donde Dios declara que no le dará a otro su gloria).

Cuarto, Jesucristo hace obras que solo Dios puede hacer. Él creó todas las cosas (Jn. 1:3Col. 1:16), sostiene la creación (Col. 1:17He. 1:3), resucita a los muertos (Jn. 5:2111:25-44), perdona el pecado (Mr. 2:10; cp. v. 7) y sus palabras permanecen para siempre (Mt. 24:35; cp. Is. 40:8).

Quinto, Jesucristo recibió adoración (Mt. 14:3328:9Jn. 9:38Fil. 2:10He. 1:6), aun cuando enseñaba que solo Dios debe ser adorado (Mt. 4:10). Las Escrituras también nos dicen que los hombres santos (Hch. 10:25-26) y los santos ángeles (Ap. 22:8-9) rehúsan la adoración.

Finalmente, Jesucristo recibió oración, la cual solo se debe dirigir a Dios (Jn. 14:13-14Hch. 7:59-601 Jn. 5:13-15).

Los versículos 1-18, el prólogo a la presentación de Juan sobre la deidad de Cristo, son una sinopsis o descripción de todo el libro. En 20:31, Juan definió claramente su propósito al escribir su Evangelio: que sus lectores «crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, al creer en su nombre, tengan vida» (NVI). Juan reveló a Jesucristo como «el Hijo de Dios», la eterna segunda persona de la Trinidad. Se hizo hombre, el «Cristo» (Mesías), y se ofreció como sacrificio por los pecados. Quienes ponen su fe en Él tendrán vida en su nombre, pero quienes lo rechazan, serán juzgados y sentenciados al castigo eterno.

La realidad de que Jesús es Dios, presentada en el prólogo, se expone a lo largo de todo el libro con la cuidadosa selección de Juan de afirmaciones y milagros que sellan el caso. Los versículos 1-3 del prólogo enseñan que Jesús es co-igual y coeterno con el Padre; los versículos 4-5 se relacionan con la salvación que Él trajo, la cual anunció Juan el Bautista, su heraldo (vv. 6-8); los versículos 9-13 describen la reacción de la raza humana ante Él, ya sea de rechazo (vv. 10-11) o aceptación (vv. 12-13); los versículos 14-18 resumen todo el prólogo.

En estos primeros cinco versículos del prólogo del Evangelio de Juan hay tres evidencias de la deidad de Jesucristo, el Verbo encarnado: su preexistencia, su poder creativo y su existencia propia. Estas evidencias serán los temas de los próximos blogs.

(Adaptado de La Deidad de Cristo)

La ilusión del control

Por Thomas Brewer

Serie: Perfeccionismo y control

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Cometer errores no es agradable. El dolor agudo del remordimiento después de cometer un error es un sentimiento terrible. El miedo a cometer un error también es terrible. «Me temo que cometí un error». ¿Cuántas veces nos hemos dicho eso? ¿Cuántas veces no hemos cometido un solo error, sino varios? ¡Cómo nos gustaría poder evitar nuestros errores y nuestro miedo constante a cometerlos! Podemos tratar de evitarlos, pero ocurren de todos modos, y el miedo permanece. Para evitar los errores, tratamos de ser inerrantes o perfectos. Sin embargo, inevitablemente, volvemos a fallar y nos sentimos avergonzados. La raíz del perfeccionismo es este miedo, el miedo a la vergüenza. La vergüenza es la sensación dolorosa de que algo anda mal con nosotros. Y la verdad es que, en el fondo, sabemos que algo anda mal con nosotros. Por eso tratamos de ocultarlo. Somos como Adán y Eva en el huerto: sabemos que algo no está bien, así que nos cosemos hojas de higuera. Pero las hojas de higuera resultan ser un vestuario deficiente.

Tratar de ocultar nuestra vergüenza es una manera de lidiar con ella. Eso es lo que hicieron Adán y Eva. Taparon su vergüenza con hojas de higuera y luego se escondieron entre los árboles. Eran perfeccionistas. El perfeccionismo es luchar en nuestras propias fuerzas por hacer todo bien, de modo que nuestra vergüenza quede oculta. No obstante, hay otras maneras de lidiar con la vergüenza. También está la manera de Caín, quien estalló en ira y mató a su hermano Abel. Esa manera es la rebelión abierta. Muchos padres cristianos preferirían tener hijos perfeccionistas en lugar de hijos abiertamente rebeldes. Pero la vergüenza de no estar a la altura sigue ahí y, a menudo, los efectos de la actitud perfeccionista duran más que los efectos de la rebelión abierta. Solo mira la historia del hijo pródigo. Él se entregó a la rebelión abierta, solo para regresar a casa arrepentido ante su padre. Sin embargo, el hermano mayor siguió siendo perfeccionista. «¿Por qué mataste el becerro engordado para él?». El hermano mayor pensaba que había hecho todo bien. Pensaba que había escondido su vergüenza bastante bien. Su verdadera pregunta era: «¿Acaso no estoy a la altura?».

Una aclaración: el perfeccionismo no es simplemente esforzarse por hacer las cosas bien. Esforzarse por hacerlas bien es bueno, valioso y encomiable. La Biblia nos llama a ello (Col 3:23). Si eso es lo que estamos haciendo, no nos preocupa lo que piensen los demás ni nos juzgamos a nosotros mismos por nuestro bajo rendimiento. Por ejemplo, si estamos aprendiendo a tocar la guitarra, simplemente seguimos practicando para mejorar. El perfeccionismo solo surge cuando hay vergüenza de por medio. ¿Y cómo intentamos evitar la vergüenza? A través del control. Tener el control nos permite ajustar nuestro entorno para que todo esté en el lugar correcto, al menos según nosotros. Si Caín hubiera podido controlar a Dios, se habría asegurado de que aceptara su sacrificio y no el de Abel. Pero Caín no podía controlar a Dios. ¡Qué frustrante! Si las cosas están fuera de nuestro control, no podemos asegurarnos de que nuestra vergüenza permanezca oculta. Es inevitable que las cosas salgan mal y nuestros defectos queden expuestos. De nuevo nos encontramos con la vergüenza. Eso nos recuerda que no podemos arreglar las cosas. No podemos escondernos. Aunque Adán y Eva cosieron hojas de higuera y se escondieron de Dios, al final fueron descubiertos. Dios caminó por el huerto al fresco del día y preguntó: «¿Dónde estás?». Adán respondió: «Tuve miedo». Del mismo modo, a pesar de nuestros mejores esfuerzos, nuestro propio perfeccionismo nos deja asustados y avergonzados.

En la antigüedad, cuando la mayoría de los seres humanos eran agricultores, nuestro bienestar dependía en gran medida de las estaciones del año y de la tierra. Adán supo eso desde el momento en que salió del huerto. La sensación de que estábamos privados del control era fuerte. Solo el tres por ciento de la población mundial vivía en zonas urbanas en 1800. Hoy, más de la mitad de la población mundial vive en ciudades. Ese porcentaje es aún mayor en los países desarrollados. Como resultado, la mayoría de la gente ya no depende tan directamente de las fluctuaciones de las estaciones para sobrevivir. Simplemente corremos al supermercado para comprar comida. Esto se debe al avance de la tecnología. La tecnología nos ha permitido controlar cada vez más nuestro entorno. Ahora podemos conservar los alimentos durante años gracias a la congelación y el enlatado. Podemos llamar a quien queramos en cualquier momento gracias a los teléfonos celulares. Podemos curar varias enfermedades, por lo que nuestra esperanza de vida ha crecido a pasos agigantados. Y Google siempre está al alcance de la mano en caso de que no sepamos algo.

Como resultado de todos los avances de la tecnología moderna, tendemos a pensar que en verdad controlamos nuestro mundo. Después de todo, hemos desarrollado tecnología que supera con creces a las hojas de higuera. Ahora tenemos mezclas de poliéster, algodón orgánico y lana inteligente. Podemos controlar tantas cosas. A veces, esta ilusión del control puede llevarnos a caer en una falsa sensación de seguridad, pero al mismo tiempo, también nos damos cuenta de que no tenemos el control en más ocasiones que las que nos gustaría admitir. A veces, nos sorprende nuestra falta de control. Quizás nuestros hijos simplemente no se quedan quietos. Tal vez nos encontramos con congestión vehicular de camino al trabajo y llegamos tarde a una reunión importante. Nos pueden pasar cosas más impactantes: quizás descubramos que nuestro cónyuge ha cometido adulterio o recibamos un diagnóstico de cáncer. Estos momentos de descontrol desconcertante nos golpean con una fuerza increíble. Nos damos cuenta de que no somos perfectos, nuestras vidas no son perfectas y tampoco lo son las vidas de quienes nos rodean. En momentos como estos, es como si estuviéramos de regreso en el huerto y nos acabáramos de dar cuenta de cuán desnudos realmente estamos. Nos sentimos avergonzados e impotentes.

Nacemos desnudos e indefensos. Somos criaturas vulnerables. Incluso nuestros cuerpos son vulnerables: no tenemos caparazón ni pelaje grueso cubriendo nuestro cuerpo débil. Es aterrador pensar en nuestra vulnerabilidad física, psicológica, espiritual y financiera. No controlamos las estaciones del año. No controlamos nuestra estabilidad laboral. No controlamos cuándo viviremos ni cuándo moriremos. Apenas nos controlamos a nosotros mismos. Según los estudios, casi una de cada seis personas está bajo un tratamiento de drogas psiquiátricas como antidepresivos o sedantes. Nosotros, criaturas finitas y débiles, estamos asombrosa, irrevocable y completamente fuera de control.

No obstante, hay buenas noticias. Los cristianos tienen una larga historia de pensar en el control. Cuando hablamos de tener el control y controlarlo todo, estamos hablando de soberanía. Esto es lenguaje teológico. La Biblia tiene mucho que decir sobre el control. Estamos acostumbrados a escuchar: «Dios está en control». Es una declaración simple, y Job recibió una explicación más completa de ella en forma de preguntas. Dios le preguntó: «¿Dónde estabas tú cuando Yo echaba los cimientos de la tierra?». Respuesta: aún no existía; Dios tiene mucha más experiencia que yo. «¿Quién puso sus medidas?». Respuesta: no lo hice yo; Dios lo hizo, y solo Él tiene el conocimiento y la sabiduría para gobernar el universo. Dios continúa interrogando a Job, y cuando leemos Job 38 – 39, nos quedamos maravillados del control que Dios tiene sobre absolutamente todo.

Esto es lo que queríamos en el huerto. Queríamos soberanía. En cambio, obtuvimos pecado y vergüenza. Resulta que lo que sabíamos en el fondo de nuestro ser en realidad es correcto: no tenemos el control y algo anda mal con nosotros. Sin embargo, la buena noticia es que Alguien más tiene el control y Alguien más se ha llevado nuestra vergüenza. Es solo cuando reconocemos la soberanía de Dios que podemos comenzar el proceso de sanación. Solo cuando nos damos cuenta de que Dios ha asumido la vergüenza que tanto tememos podemos dar nuestros primeros pasos para ser liberados del ciclo de la vergüenza. La respuesta no es que asumamos el control y ocultemos nuestra vergüenza. La respuesta no es el perfeccionismo. La respuesta es Jesucristo.

Los cristianos todavía luchamos con el pecado y el deseo de ocultar nuestra vergüenza. Sin embargo, un día seremos perfectos, y eso será bajo los términos de Dios, no los nuestros. Debido a la obra expiatoria de nuestro Salvador en nuestro favor, estaremos ante el trono de la gracia sin vergüenza y vestidos con Su justicia. Nos regocijaremos en Su presencia para siempre. Siendo ese el caso, podemos dejar de escondernos ahora. Podemos dejar ir nuestra vergüenza en el presente. Podemos dejar de tener miedo hoy. Podemos confiar en Aquel que tiene el control para siempre.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Thomas Brewer
Thomas Brewer es editor en jefe de Tabletalk Magazine y un anciano docente en la Iglesia Presbiteriana en América.

En descontrol y bajo control

Burk Parsons

Serie: Perfeccionismo y control

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Perfeccionismo y control

Algunos días, parece que el mundo entero se ha vuelto loco y está saliéndose de control. Con todo el conflicto y la confusión, no podemos evitar sentir una preocupación sensata y sincera por nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, que se enfrentan a un mundo cada vez más caótico y hostil. Pero, como muestra la historia, este es, en gran parte, el mismo sentimiento que han experimentado nuestros padres, los padres de nuestros padres y todos nuestros antepasados desde la caída.

El mundo, por otro lado, quiere dar la impresión de que todo va a estar bien, que todo está bajo control y que la paz mundial está a la vuelta de la esquina si tan solo todos cedemos, renunciamos a todo lo que creemos y nos llevamos bien. La verdad es que todo no va a estar meramente bien, sino que todo será perfecto. Efectivamente, todo está bajo control, y la paz mundial llegará cuando regrese el Príncipe de Paz. Hasta ese día ―y oramos para que sea pronto― lucharemos contra el caos, el conflicto y la confusión de este mundo, descansando en el hecho de que Dios es soberano y tiene todo el mundo en Sus manos.

El problema no está solo en el mundo, sino también en nuestro corazón. Así como el mundo quiere dar la impresión de que tienen todo bajo control, nosotros no solo queremos dar la impresión de que todo está bajo perfecto control en nuestros corazones y hogares, sino que de hecho queremos tener el control total como si reináramos soberanamente sobre todo. Queremos que todos nos quieran, nos admiren y deseen ser precisamente lo que nosotros queremos que sean. Es más, queremos que el mundo quede impresionado con nosotros, e incluso a veces queremos que nuestros amigos se sientan un poquito celosos de nosotros al ver que parece que tenemos todo perfectamente bajo control.

La vida no siempre es buena, pero Dios es bueno y tiene el control. Una manera en que Él nos enseña que tiene el control es mostrándonos que nosotros no lo tenemos. Él hace añicos nuestras ilusiones de tener una vida perfecta a este lado del cielo y nos pone de rodillas a través de pruebas, angustias, muertes y enfermedades. Nuestro Padre amoroso a menudo nos da pruebas, no para que corramos huyendo de ellas, sino para que corramos hacia Aquel que nos dio la prueba. Es que no siempre corremos hacia Él cuando sentimos que tenemos todo bajo control. Es más, no oramos como deberíamos cuando pensamos que tenemos todo bajo control. La oración es la entrega personal del control aparente sobre nuestras vidas a Aquel que tiene control sobre ellas y se interesa por ellas aun más que nosotros mismos. Por esto, se nos dice que echemos toda nuestra ansiedad sobre el Señor, no solo las preocupaciones que pensamos que están fuera de nuestro control, mirando a Jesús, el Autor y Consumador de nuestra fe.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
Burk Parsons

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

La Biblia es Verdad Objetiva

por John MacArthur

Quizás la mayor mentira del posmodernismo es la creencia de que podemos definir la verdad y determinar la realidad desde dentro de nosotros mismos. Pero el reino subjetivo de los sentimientos y las impresiones es el peor lugar para ir en cualquier búsqueda de la verdad.

Dios escribió un Libro -sólo un Libro- y en él pudo decir todo lo que quería decir. Lo dijo sin error, sin defecto, y sin nada omitido o innecesariamente incluido. Es la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad. Y Dios dio su libro al hombre por medio de la inspiración, por medio de la cual el Espíritu de Dios se movía en los escritores humanos que registraban las mismas palabras que Dios quería que escribieran. La gente puede creer o no creer en la Biblia, pero nadie tiene el poder o la prerrogativa de establecer la verdad o cambiarla. Es fija, de una vez para siempre: la Palabra de Dios está asentada para siempre en el cielo. Esto es profundamente esencial.

Esa es una distinción importante que no debemos pasar por alto: la verdad no vino del hombre. El hombre puede descubrirla, aprenderla, comprenderla y aplicarla, pero el hombre no tiene nada que ver con su origen. El apóstol Pedro -uno de los autores bíblicos inspirados- escribió que la Escritura no fue desarrollada por la voluntad del hombre, sino por aquellos «movidos por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1:21) para registrar las palabras de Dios. Ningún ser humano ha tenido nunca en sí mismo ninguna idea, pensamiento o experiencia que determinara alguna verdad divina; todo viene de Dios solamente. Ningún ser humano o ángel ha sido, ni será nunca, una fuente para establecer la verdad divina. Sólo la Palabra de Dios logra esto.

La misma Escritura da fe de su autor divino. El Antiguo Testamento contiene más de 3,800 casos en los cuales los escritores afirman estar hablando la Palabra de Dios. En el Nuevo Testamento, hay más de trescientas afirmaciones de este tipo. Pablo afirma que no recibió el evangelio del hombre sino de Dios (Gálatas 1:11-12). En 1 Timoteo 5:18, Pablo cita el evangelio de Lucas y se refiere a él como Escritura. En 2 Pedro 3:15-16, Pedro llama a los escritos de Pablo Escrituras. Y Judas cita la epístola de Pedro (Judas 18), lo que significa credibilidad bíblica similar. En conjunto, el Antiguo y Nuevo Testamento testifican abundantemente que son la verdadera Palabra de Dios.

Y como la Palabra de Dios, la Biblia no tiene fecha de vencimiento. Pedro ensalza el carácter eterno de la Escritura en su primera epístola, declarando: «La palabra del Señor permanece para siempre» (1 Pedro 1:25). El tiempo no tiene influencia en la Palabra de Dios. Las filosofías cambiantes, las cosmovisiones y las normas culturales tampoco tienen ningún efecto en ello. Es completamente inmutable y nunca puede pasar. «El cielo y la tierra pasarán», dijo Jesús, «pero mis palabras no pasarán» (Lucas 21:33).

Tal vez la mejor manera de entender la verdad objetiva de las Escrituras es escuchar el testimonio de Aquel que es más digno de confianza: el Señor Jesús mismo. Él testificó a la verdad de la Palabra de Dios, hasta el más mínimo detalle. Dijo: » Pero más fácil es que el cielo y la tierra pasen, que un ápice de la ley deje de cumplirse» (Luc 16:17). Él consistentemente enseñó que había venido a cumplir la Palabra de Dios. En Mateo 5,17 dice: «No penséis que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolir, sino a cumplir». Afirmó: » y se cumplirán todas las cosas que están escritas por medio de los profetas acerca del Hijo del Hombre.» (Luc 18:31). Mirando hacia la cruz, Jesús dijo: «El Hijo del Hombre se va, según está escrito de Él» (Mateo 26:24). Más tarde en el mismo capítulo, reprendió a Pedro por desenvainar su espada, recordándole al impetuoso discípulo que podía llamar a legiones de ángeles para pedir ayuda si así lo deseaba. Explicando que su arresto era parte del plan de Dios, dijo: «¿Cómo, pues, se cumplirán las Escrituras?” (Mateo 26:54). Incluso llamó la atención a detalles proféticos increíblemente específicos en las Escrituras. El Salmo 22:1 predijo que el Mesías clamaría y diría: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Colgado en la cruz, Jesús exclamó esas palabras textualmente (Mateo 27:46). Su vida cumplió todo lo que se escribió sobre Él, afirmando así la veracidad de las Escrituras.

La Escritura da testimonio de su propia inspiración; es la Palabra de Dios, que se origina fuera del hombre. Esto es particularmente importante de entender en una cultura dominada por la subjetividad del posmodernismo. La verdad no puede ser subjetiva; no existe tal cosa como tu verdad o mi verdad. La verdad está establecida para siempre. El cristianismo auténtico siempre ha sostenido que la Escritura es una verdad absoluta y objetiva. La Biblia es la verdad de Dios sin importar si una persona cree, entiende o le gusta. Es una verdad permanente y universal, y por lo tanto es la misma para todos. Deuteronomio 4:2 y Apocalipsis 22:18-19 advierten en contra de añadir o quitar de las Escrituras, para que no se sufran las plagas registradas en ellas. Proverbios 30:5-6 dice: » Probada es toda palabra de Dios; Él es escudo para los que en Él se refugian. No añadas a sus palabras, no sea que Él te reprenda y seas hallado mentiroso.” La Biblia es la Palabra de Dios para el hombre: verdad inspirada, objetiva y absoluta.

John MacArthur
Es el pastor-maestro de Grace Community Church en Sun Valley, California, así como también autor, orador, rector emérito de The Master’s University and Seminary y profesor destacado del ministerio de medios de comunicación de Grace to You.

La teología de la cruz

Serie: Jesucristo, y este crucificado

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Jesucristo, y este crucificado

Uno de mis mayores miedos con respecto a la Iglesia en la actualidad es que nos aburramos de la cruz de Cristo. Me preocupa que cualquier mención de Jesucristo, y este crucificado, lleve a muchos cristianos profesantes a decirse a sí mismos: «Sí, ya sé que Jesús murió en la cruz por mis pecados; pasemos a otra cosa. Vayamos más allá de lo básico y tratemos asuntos teológicos mayores». Creo firmemente que Satanás está decidido a intentar destruirnos, pero se conformaría con solo conseguir que perdamos nuestro asombro ante Jesucristo, y este crucificado. Esa pérdida del asombro suele comenzar en el púlpito, y pronto llega a los corazones y los hogares de quienes se sientan en las bancas. Cuando los pastores dejan de predicar sobre la cruz o solo la mencionan cuando tienen que hacerlo, es fácil que el pueblo de Dios comience a ver la cruz como un asunto superficial que solo debe considerarse de vez en cuando.

Todos los cristianos profesantes saben que la cruz es importante, pero con frecuencia no comprendemos su importancia integral, es decir, que la cruz no solo es central para nuestra fe sino que también abarca toda la existencia de nuestra fe, nuestra vida y nuestra adoración. Para que tengamos una teología adecuada de la cruz, la realidad de Cristo y este crucificado debe permear todo lo que creemos y todo lo que hacemos. La cruz no solo debe estar a la cabeza de nuestra lista de prioridades teológicas sino en el centro de todas nuestras prioridades teológicas. Si nos aburrimos de la cruz de Cristo y perdemos nuestro asombro por Jesucristo, y este crucificado, pronto empezaremos a perder la totalidad de la doctrina y la práctica cristiana.

Por lo tanto, la pregunta es esta: ¿por qué hay tantos cristianos que no escuchan mucho sobre la cruz de Cristo? ¿Por qué hay predicadores que no cavan las profundidades de la teología de la cruz? Algunos predicadores no pasan mucho tiempo tratando el tema de la cruz porque si lo hicieran, tendrían que hablar sobre el pecado, la ira de Dios, la santidad de Dios y la condenación eterna que Dios infligirá en el infierno sobre todos los que no se arrepientan al pie de la cruz. Hacemos bien al enfocarnos en el amor de Dios demostrado en la cruz, pero si no entendemos que la ira de Dios no es solo contra el pecado sino también contra los pecadores, no podremos entender el amor de Dios por los pecadores. Si no entendemos de qué nos salva Dios ―de la ira, el juicio y el infierno―, nunca entenderemos Su misericordia. Si no somos confrontados con la miseria de nuestro pecado, no podremos descansar en Su gracia asombrosa. Solo podremos empezar a ver lo que Dios hizo por nosotros en la cruz cuando comprendamos que nosotros, en nuestro pecado, fuimos los responsables de que Jesús fuera a la cruz.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

La justificación: ¿qué es y qué hace?

Matthew Leighton

La doctrina más distintiva de la fe evangélica es la justificación por la fe sola. No hay ninguna otra religión en el mundo que tenga semejante enseñanza. No solo es una doctrina distintiva, sino que viene a ser la única solución al problema más importante de la humanidad: su propia injusticia y la ruptura de su relación con el Creador. La justificación por la fe sola es el camino que Dios ha puesto para establecer de nuevo la paz entre Él y sus criaturas. Es el corazón del evangelio, la buena noticia de la Biblia.

A pesar de su importancia, muchos evangélicos no son capaces de articular claramente esta doctrina. En este artículo daremos una breve y sencilla explicación de la justificación según el testimonio bíblico, con el fin de ayudarnos a entender mejor esta verdad y aplicarla a nuestra vida.

La justificación según la Biblia

Empecemos con una definición de la palabra justificar. En el lenguaje cotidiano usamos esta palabra muchas veces para hablar de cómo nosotros nos defendemos ante las acusaciones. Por ejemplo, yo me justifico presentando evidencias y argumentos acerca de mi inocencia. Cuando me justifico, me declaro justo o inocente. Así usamos esta palabra en el día a día, pero en la Biblia se usa de otra manera.

En nuestras versiones aparece la palabra justificar como traducción de una palabra griega, dikaio, que muchas veces hace referencia no a una declaración del ser humano sobre sí mismo, sino a una declaración divina. Por ejemplo, Romanos 5:1 dice lo siguiente:  

“Por tanto, habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

En este texto, y en otros más, el verbo se usa en la forma pasiva. Cuando el texto dice “justificados”, o “habiendo sido justificados”, significa que no nos justificamos a nosotros mismos, sino que es Dios quien nos justifica. Cuando Dios justifica, Él declara que una persona es justa.

Esta declaración divina es un acto forense. Es una declaración que Dios emite como juez. No se trata de un cambio o proceso dentro de la persona que recibe el veredicto. La palabra justificar se usa precisamente de esta manera legal o forense en varios pasajes bíblicos. Un ejemplo claro de este uso se encuentra en Romanos 8:33-34:

“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros”.

Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes.

Aquí se contempla a Dios como juez, y el apóstol Pablo menciona dos veredictos que puede emitir. Uno es condenar. La condena es claramente una declaración legal de culpa, sin tratarse de un proceso o cambio subjetivo en la persona condenada. Cuando Dios condena, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: culpable y merecedor del castigo correspondiente.

Paralelamente, cuando Dios justifica, emite una declaración legal sin requerir un proceso o cambio subjetivo en la persona justificada. Cuando Dios justifica, simplemente mira la evidencia y emite su veredicto: justo y merecedor de los privilegios correspondientes. De modo que la justificación es legal, puntual, y externa al ser humano. No se trata de un proceso de transformación interior.

El apuro del ser humano rebelde

¿A quién justifica Dios? De entrada, pensaríamos que Dios debe justificar a la gente buena. Puesto que Dios es un juez omnisciente, Él sabrá quién es bueno y quién no lo es y, siendo justo, suponemos que Dios debería justificar a las personas cuyo comportamiento es ejemplar e intachable, que son justas en sí mismas. No obstante, la Biblia pinta un cuadro muy oscuro de la humanidad y su injusticia. Pablo, en la misma carta a los Romanos, declara lo siguiente:

“Como está escrito: ‘No hay justo, ni aun uno No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se han desviado, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno’”, Romanos 3:10-12.

Según el apóstol (y el Antiguo Testamento, del cual cita), no hay gente buena. Todos somos injustos, todos nos desviamos. Nos ofendemos los unos a los otros y ofendemos a Dios cometiendo injusticias a menudo, no solamente con hechos externos, sino también con actitudes y disposiciones internas como el egoísmo, el orgullo, y el odio. Si es así, ¿a quién puede justificar Dios? Si no siguiéramos leyendo el pasaje, podríamos concluir que, ante un Dios perfectamente justo, nadie será justificado. Pero la Biblia nos sorprende. Romanos 4:5 dice así:

“Pero al que no trabaja, pero cree en Aquél que justifica al impío, su fe se le cuenta por justicia”.

Según la Biblia, Dios sí justifica a personas. No a personas buenas, sino a personas “impías”, personas que precisamente no merecen ser declaradas justas, sino condenadas. ¡Esto es una muy buena noticia! Pero, ¿cómo puede ser? ¿No está Dios quebrantando su propia justicia al justificar a impíos (Pr. 17:15)?

La solución: la imputación

Si Dios no hiciera nada más, sería injusto. ¿Qué es lo que Dios hace para que su veredicto no sea injusto? Tenemos una pista en un texto que hemos considerado ya. Romanos 5:1 dice que por la justificación tenemos paz con Dios por medio de Jesucristo. La clave de la justificación es Jesús. Pablo amplía esta idea en 2 Corintios 5:21:

“Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él”.

Es gracias a Jesús que Dios justifica al impío, y esto es así porque Jesús obedece y muere en el lugar del pecador. Jesús era perfectamente justo. Si ha habido alguien en la historia que no mereció morir, esa persona fue Jesús. Jesús no había pecado (“al que no conoció pecado”); no obstante, Dios le trató como pecador (“lo hizo pecado”). Lo hizo pecado “por nosotros”, es decir, en el lugar del ser humano. Lo hizo para que “fuéramos hechos justicia de Dios en Él”.

Así, Dios puede justificar y satisfacer su justicia al mismo tiempo. Podemos resumirlo de esta manera: Dios trata a Jesús como impío (cuando Cristo muere en la cruz), y trata al impío como Jesús lo merece (cuando le son otorgadas todas las bendiciones de la vida eterna).

Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.

Este intercambio entre el creyente y Cristo se conoce como imputación. Por un lado, Dios atribuye la culpa de nuestro pecado a Cristo, y Cristo sufre las consecuencias de ella en la cruz. Por otro lado, Dios confiere la justicia de Cristo a nosotros, y considera los méritos o los merecimientos de Cristo como si fuesen nuestros. Dios realiza una transferencia doble: nuestro pecado se transfiere a Cristo, y la justicia de Cristo se transfiere a nosotros.

De modo que Dios justifica a impíos no con base en la justicia inherente en ellos, sino con base en la justicia de Cristo. Les justifica no por lo que ellos hacen, sino por lo que Jesús hizo.

¿Qué merece Jesús? La justificación: una declaración de haber obedecido perfectamente y, como consecuencia, todas las bendiciones celestiales, porque es digno de ellas. Jesús comparte este estatus y estas bendiciones con muchas personas (Ro. 4:1-823-255:12-211 Co. 1:30Fil. 3:7-9).

El rol de la fe

Ahora bien, no todo el mundo goza de este privilegio. ¿Quiénes son aquellos a quienes Dios justifica? Son los que creen, los que tiene fe:

“También nosotros hemos creído en Cristo Jesús, para que seamos justificados por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley. Puesto que por las obras de la ley nadie será justificado”, Gálatas 2:16.

La fe es una actitud de receptividad, dependencia, y confianza. Dios no nos justifica por lo que hacemos, por nuestros esfuerzos, o por nuestra obediencia (“obras de la ley”), sino por lo que Jesús hizo. La fe confía en Jesús y en su obra como suficiente para recibir la justificación de Dios (Ro. 3:284:23-25Ef. 2:8-10).

¿Qué papel tiene la fe exactamente en la justificación? ¿Podría ser que la fe misma nos hace dignos de la justificación? No, porque la fe, por definición, no es una obra. Es precisamente la única actitud humana que le dice a Dios: “Yo no puedo; necesito que tú me salves” (ver Lc. 18:9-14). La fe mira fuera de sí, se concentra en su objeto y le abraza, confiando su destino a Él y aferrándose a su capacidad para salvar.

La fe, en este sentido, es como la mano vacía del mendigo que recibe una limosna. Extender la mano no le hace digno de recibir el donativo, sino que éste se da puramente por la bondad del dador. Lo único que hace la mano es recibir. Y la mano está precisamente vacía, no con un billete en la palma.    

¿Qué de Santiago capítulo 2?

Una objeción contra la descripción de la justificación dada aquí es que la Biblia dice que la justificación no es por la fe sola. Santiago 2:24 dice:

“Ustedes ven que el hombre es justificado por las obras y no solo por la fe”.

¿Será que los reformadores hace 500 años y los evangélicos desde entonces no se percataron de este verso? ¿Será que van en contra de la enseñanza explícita de la Biblia?

Hay que leer los textos en sus contextos. Santiago no está lidiando con el mismo problema que Pablo. Por un lado, Pablo argumenta con personas que piensan que tienen que aportar algo para efectuar su justificación. Por otro lado, Santiago está discutiendo con personas que piensan que se salvan por una profesión de fe meramente de palabras.

El verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace.

Santiago empieza el pasaje diciendo: “¿De qué sirve, hermanos míos, si alguien dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso puede esa fe salvarlo?” (Stg. 2:14). ¿Cuál era el problema al que se enfrentó Santiago? Había personas que decían que tenían fe en Jesús pero cuyas vidas no reflejaban esta fe de ninguna manera. Esta clase de fe, una fe que no transforma la vida, que no va secundada por hechos, es una fe que no vale nada.

En cambio, el verdadero creyente es una persona que dice que tiene fe y lo demuestra por lo que hace. La fe que salva no es solo de palabras. El corazón dispuesto a confiar en Cristo también está dispuesto a obedecerle.

Los protestantes siempre han dicho que las obras no son la base de la justificación. Es decir, Dios no nos justifica porque nuestras obras lo merecen. No obstante, las obras son la evidencia de una fe verdadera. Si la fe es real, habrá obras que lo comprobarán. En este sentido, la justificación es por la fe sola, pero no una fe que está sola. Pablo mismo también lo afirma en Gálatas 5:6.

La clave para la vida cristiana

¿Por qué la fe no se encuentra sola en la vida de una persona justificada? Una de las razones es que la justificación por la fe, bien entendida, capacita para obedecer. Es contraintuitiva, porque parece que la justificación sin obras debería dar lugar al libertinaje y a la desobediencia. Sin embargo, la justificación por la fe sola resulta ser la clave, la única fuente duradera de motivación, y el patrón a seguir para vivir la vida cristiana.

La justificación por la fe es la clave para la vida cristiana porque le da al creyente el derecho legal de participar en las bendiciones celestiales, incluyendo la obra santificadora del Espíritu (ver Gá. 3:6-14). La justificación por la fe es también el motor que impulsa la fidelidad a Dios porque garantiza ser aceptado por Él, lo cual libera al creyente para obedecerle radicalmente, incluso arriesgando su vida, confiando que Dios estará siempre con él y obrará todo para bien (Ro. 5:1-58:28-30).

Finalmente, la justificación por la fe provee el patrón para la vida cristiana porque en ella Dios muestra su misericordia y generosidad, lo cual motiva asimismo al creyente a mostrar misericordia y generosidad hacia los demás (Mt. 18:21-35). ¡Gloria a Dios por tan excelsa doctrina!

Matthew Leighton (MDiv, ThD) es profesor y decano de estudiantes en la Facultad de Teología Internacional IBSTE, cerca de Barcelona. También es anciano en la Església Evangèlica de Vilassar de Mar. Él y su esposa, Núria, tienen cinco hijos.

La humildad y la unidad de la iglesia

Serie: El orgullo y la humildad

Por Melton L. Duncan

Nota del editor: Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad

A principios de este año, mi ciudad natal comenzó a construir un parque municipal de sesenta acres. Este se encuentra en un entorno urbano, pero está enclavado a ambos lados de un pequeño valle fluvial que serpentea por el interior de Carolina del Sur y que es famoso por terminar en una cascada en Greenville. El parque unirá geográficamente los vestigios de un barrio histórico pobre casi olvidado con el nuevo y dinámico centro de la ciudad. Es un símbolo vivo de lo antiguo y lo nuevo. El alcalde ha bautizado el nuevo esfuerzo como Unity Park (parque de la unidad), y en su centro habrá un puente de cuarenta y nueve metros que conectará a personas de todas las partes de la ciudad.

Cuanto más maduro en mi convicción cristiana, más comprendo que la unidad entre los cristianos no puede darse por sentada, especialmente en la iglesia. No sucede por sí sola; el Espíritu Santo debe soplar primero a través de un cristiano, que en respuesta persigue a otras personas con una motivación semejante a la de Cristo y practica la humildad piadosa de forma constante para que la unidad florezca en la iglesia. En algunos casos, como se está haciendo en el nuevo parque de Greenville, la unidad debe construirse desde cero y prácticamente tender un puente entre personas que pueden no darse cuenta de que deben estar conectadas.

El apóstol Pablo nos dice que «viváis de una manera digna de la vocación» (Ef 4:1) y que estemos listos para «preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (4:3). Utiliza el famoso lenguaje del cuerpo humano para ilustrar el principio: «Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también vosotros fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos» (vv. 4-6). Siete veces en dos versículos, nos llama a ser uno. Pablo nos dice que debemos tener unidad, nos dice que debemos querer la unidad, y luego, de manera notable y algo paradójica, nos dice que ya tenemos esa unidad en Cristo. En otras palabras, debemos vivir nuestras vidas actuales teniendo en cuenta la obra terminada de Jesús en nuestro favor al hacernos uno.

En los días de Pablo, había un desacuerdo muy fuerte entre los cristianos judíos y gentiles en la iglesia. Algunos judíos étnicos creían y practicaban la validez permanente de la antigua ley ceremonial, por lo que insistían no solo en la circuncisión, sino en la observancia de las leyes alimentarias del Antiguo Testamento dadas a través de Moisés. Eran de Cristo, pero su libro era todavía la Torá. Para este pueblo, la inclusión de los gentiles en las promesas de Dios era un obstáculo y una fuente de división. Pablo apela a la Trinidad como base para su unidad terrenal. En Efesios 4 se describen las tres personas de la Trinidad: Dios Espíritu Santo (v. 4); Dios Hijo, Jesucristo (v. 5); y Dios Padre (v. 6). Su unidad es un modelo para nosotros de cómo, aunque seamos muchos, debemos ser uno. Pablo también nos recuerda la gran verdad cristiana de que el evangelio es algo completamente fuera de nosotros. No aportamos absolutamente nada a él; solo nos beneficiamos de él, y es el fundamento de nuestra capacidad para amarnos unos a otros. Como dice el viejo himno, la iglesia es el lugar donde, en esta vida y por causa de Cristo, el pueblo de Dios encuentra «la mística y dulce comunión con aquellos cuyo descanso está ganado».

En mi denominación, la Iglesia Presbiteriana en América, nuestro manual The Book of Church [El libro de orden en la iglesia] hace una pregunta en forma de voto a los llamados a servir y trabajar por la unidad de la iglesia: «¿Prometes esforzarte por la pureza, la paz, la unidad y la edificación de la iglesia?» Para los que responden afirmativamente, se ofrece una descripción de ejemplos prácticos de buena unidad de la iglesia:

Espiritualmente fructífero, digno, prudente, ejemplo para el rebaño, visitando al pueblo en sus casas, especialmente a los enfermos, instruyendo a los ignorantes, consolando a los dolientes, alimentando y custodiando a los hijos de la iglesia, orando con y por el pueblo, buscando el fruto de la Palabra predicada, atendiendo a los necesitados, a los enfermos, a los desamparados y a cualquiera que esté en apuros, cuidando a los enfermos, a las viudas, a los huérfanos, a los presos y a otros.

La participación de un cristiano en su iglesia local es la relación organizacional terrenal más importante que jamás tendrá. Si un creyente ama la teología, la historia o la liturgia de la iglesia, debe hacer un esfuerzo especial para buscar la unidad dentro del cuerpo. Es su familia en este mundo, y será su familia en el mundo venidero.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Melton L. Duncan
Melton L. Duncan es anciano gobernante en la Second Presbyterian Church de Greenville, Carolina del Sur, y secretario permanente del Calvary Presbytery de la Iglesia Presbiteriana en América.