«Añadid a vuestra fe, virtud, y a la virtud, conocimiento.» | 2 pedro 1:5 | J. Calvino

«Añadid a vuestra fe, virtud, y a la virtud, conocimiento.»

Juan Calvino

2 PEDRO 1:5–9

5 Por esta razón también, obrando con toda diligencia, añadid a vuestra fe, virtud, y a la virtud, conocimiento;
6 al conocimiento, dominio propio, al dominio propio, perseverancia, y a la perseverancia, piedad,
7 a la piedad, fraternidad y a la fraternidad, amor.
8 Pues estas virtudes, al estar en vosotros y al abundar, no os dejarán ociosos ni estériles en el verdadero conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.
9 Porque el que carece de estas virtudes es ciego o corto de vista, habiendo olvidado la purificación de sus pecados pasados.

5–7. Y además de esto. Siendo que apagar nuestra corrupción es una tarea ardua y de inmensa labor, nos pide que nos esforcemos en toda forma posible por lograrlo. Insinúa que no debe darse lugar alguno a la pereza en este asunto y que hemos de obedecer el llamado de Dios, no lenta ni descuidadamente, sino que es necesaria la presteza; como si hubiese dicho, “Esfuércense de toda manera posible, y que sus esfuerzos sean manifiestos a todos.” Pues esto es lo que significa el participio que usa.

Añadid a vuestra fe, virtud, o, proveed a vuestra fe de virtud. Muestra con qué propósito debían esforzarse los fieles, esto es, para tener una fe adornada con buenos principios morales, sabiduría, paciencia y amor. Entonces da a entender que la fe no ha de estar desnuda o vacía, sino que estos son sus compañeros inseparables. Proveer a la fe, es añadir a la fe. Sin embargo, aquí no hay matices con respecto al significado, aunque sí los hay con respecto a las palabras; pues el amor no sigue a la paciencia, ni tampoco procede de ella. Por lo tanto el pasaje ha de explicarse de manera sencilla, “Esforzaos para que esa virtud, prudencia, temperancia y todo lo que le sigue, sean añadidos a vuestra fe”.

Creo que virtud significa una vida honesta y correcta; pues no es ἐνεργεια, energía o coraje, sino ἀρετὴ, virtud, bondad moral. Conocimiento es lo que se necesita para actuar con prudencia; pues después de haber mencionado un término general, menciona algunos de los atributos principales de un cristiano. Fraternidad, φιλαδελφία, es afecto mutuo entre los hijos de Dios. Amor es más amplio, pues abraza a toda la humanidad.
Cabe preguntarse aquí, sin embargo, si Pedro, al asignarnos el trabajo de proveer o añadir virtud, ensalzó así la fuerza y el poder del libre albedrío. Aquellos que buscan establecer libre albedrío en el hombre, de hecho conceden a Dios el primer lugar, esto es, que él empieza a actuar u obrar en nosotros; pero imaginan que nosotros al mismo tiempo cooperamos, y que así queda en nuestras manos que el mover de Dios no resulte vacío e ineficaz. Pero la doctrina eterna de las Escrituras se opone a esta noción delirante: pues llanamente da testimonio de que los sentimientos correctos son formados en nosotros por Dios, y que por él son hechos efectivos. También da testimonio de que todo nuestro progreso y perseverancia son de parte de Dios. Además, expresamente declara que la sabiduría, el amor, la paciencia, son dones de Dios y del Espíritu. Por lo tanto, cuando el apóstol nos pide estas cosas, no quiere decir que estén dentro de nuestras capacidades, sino que sólo nos muestra lo que debemos tener, y lo que se debe hacer. Y con respecto a los piadosos, cuando son conscientes de su propia debilidad, se ven deficientes en su deber, y no les queda más que acudir a Dios por ayuda y socorro.

  1. Pues estas virtudes, al estar en vosotros. Entonces, dice, demostraréis por fin que realmente conocéis a Cristo, si sois dotados de virtud, temperancia y los otros atributos. Pues el conocimiento de Cristo es algo eficaz y una raíz viva que produce fruto. Pues al decir que estas cosas no los dejarán ociosos ni estériles, muestra que todo aquel que se jacta de tener conocimiento de Cristo sin amor, paciencia ni dones similares, se gloría en vano y falsamente, como dice Pablo en Ef. 4:20, “Pero vosotros no habéis aprendido a Cristo de esta manera, si en verdad lo oísteis y habéis sido enseñados en Él, conforme a la verdad que hay en Jesús, que en cuanto a vuestra anterior manera de vivir, os despojéis del viejo hombre”, etc. Pues quiere decir que a aquellos que poseen a Cristo sin una vida nueva, no se les ha enseñado su doctrina correctamente.
    Pero no quiere que a los fieles solo se les enseñe paciencia, piedad, temperancia, amor; sino que pide que se haga un progreso continuo en estos atributos, y con razón, pues todavía estamos muy lejos de la meta. Por lo tanto, hemos siempre de avanzar, para que los dones de Dios crezcan continuamente en nosotros.
  2. Porque el que carece de estas virtudes. Ahora expresa más claramente que aquellos que profesan tener una fe desnuda se hallan completamente faltos de verdadero conocimiento. Dice luego que ellos se extravían como ciegos en tinieblas, pues no ven el camino correcto que se nos muestra por la luz del evangelio. También lo confirma al añadir esta razón, que los tales han olvidado que por medio del beneficio de Cristo han sido limpios de pecado, y que este es el principio de nuestra cristiandad. Entonces, aquellos que no se esfuerzan por una vida pura y santa, no entienden ni siquiera los primeros rudimentos de la fe.
    Pero Pedro da esto por sentado, que quienes siguieran revolcándose en la suciedad de la carne habían olvidado su propia purgación. Pues la sangre de Cristo no se nos ha convertido en un baño que pueda ser contaminado por nuestra suciedad. Por lo tanto, los llama pecados pasados, con lo que quiere decir, que nuestra vida debe ser de otra forma, pues hemos sido limpios de nuestros pecados; no que alguien pueda ser purificado de todo pecado mientras viva en este mundo, ni que la limpieza que obtenemos por medio de Cristo consista solo de perdón, sino que hemos de distinguirnos de los no creyentes, ya que Dios nos ha apartado para sí mismo. Entonces, aunque pecamos a diario, y Dios nos perdona a diario, y la sangre de Cristo nos limpia de nuestros pecados, aún así el pecado no debe gobernar en nosotros, sino que la santificación del Espíritu ha de prevalecer en nosotros; pues esto nos enseña Pablo en 1 Cor. 6:11, “Y esto erais algunos de vosotros; pero fuisteis lavados,” etc.

Calvino, J. (2011). 2da Pedro: Comentario de la Segunda Epístola de Pedro (D. J. L. Vargas, Trad.; pp. 19-23). CLIR.

Lockman Foundation. (1998). Santa Biblia: la Biblia de las Américas: con referencias y notas (electronic ed., 2 P 1:5–9). Editorial Fundación, Casa Editorial para La Fundación Bíblica Lockman.

El carácter de la iglesia | Erickson, M. J.

El carácter de la iglesia

Millard J. Erickson

No debemos limitar nuestro estudio del papel de la iglesia a una investigación sobre qué hace la iglesia, o sea, sus funciones. La actitud o disposición con la que la iglesia realiza sus funciones también es un asunto de extrema importancia. Como la iglesia es, en su continua existencia, el cuerpo de Cristo y lleva su nombre, debería estar caracterizada por los atributos que Cristo manifestó durante su encarnación física sobre la tierra. Dos de estos atributos son cruciales para que la iglesia funcione en este mundo que cambia de manera tan veloz en nuestros días: deseo de servir y adaptabilidad.

Deseo de servir
Jesús estableció que su propósito al venir no era el de ser servido, sino el de servir (Mt. 20:28). Al encarnarse tomó para sí la forma de un siervo (Fil. 2:7). “Mas aún, hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (v. 8). La iglesia debe mostrar la misma disposición a servir. Ha sido puesta en el mundo para servir a su Señor y al mundo, no para ser exaltada y para que se satisfagan sus propias necesidades y deseos. Aunque la iglesia puede alcanzar un gran tamaño, riqueza y prestigio, ese no es su propósito.
Jesús no se asoció con la gente por lo que pudieran hacer por él. Si lo hubiera hecho, nunca habría ido a casa de Zaqueo, ni habría entablado conversación con la mujer samaritana, tampoco habría permitido que la mujer pecadora le lavase los pies en la casa de Simón el fariseo. Estos serían actos que un moderno director de campaña o un relaciones públicas experto desaprobaría sin duda, porque no serían útiles para que Jesús ganase prestigio o una publicidad favorable. Pero a Jesús no le interesaba explotar a la gente. De la misma manera, la iglesia de hoy no determinará su actividad basándose en lo que la hará prosperar y crecer. Más bien, tratará de seguir el ejemplo de servicio del Señor. Estará dispuesta a ir a los indeseables y a los indefensos, esos que no harán nada a cambio por la iglesia. Un auténtico representante de la iglesia estará dispuesto a dar su vida, si es necesario, por su ministerio.
La voluntad de servir significa que la iglesia no tratará de dominar a la sociedad para sus propósitos. La cuestión de la relación de la iglesia y el estado ha tenido una historia larga y compleja. Las Escrituras nos cuentan que el estado, como la iglesia, es una institución creada por Dios con un propósito específico (Ro. 13:1–7; 1 P. 2:13–17). Se han ideado y puesto en práctica muchos modelos de relaciones iglesia-estado. Algunos de estos modelos implicaban una alianza tan íntima entre ambos que el poder del estado casi obligaba a pertenecer a la iglesia y a participar en ciertas prácticas religiosas. Pero en tales casos la iglesia estaba actuando como un amo y no como un siervo. Se estaba persiguiendo el objetivo correcto, pero de la manera equivocada (como hubiera sucedido si Jesús hubiera sucumbido a la tentación de arrodillarse y adorar a Satanás a cambio de todos los reinos del mundo). Esto no quiere decir que la iglesia no deba recibir los beneficios que el estado proporciona para todos dentro de su ámbito, ni que la iglesia no deba dirigirse al estado para temas en los que haya que aprobar algún tipo de legislación. Pero no tiene que tratar de utilizar la fuerza política para forzar la consecución de fines espirituales.

Adaptabilidad
La iglesia debe también ser versátil y flexible a la hora de ajustar su metodología y procedimientos en las situaciones cambiantes que se producen en el mundo en que se encuentra. Debe ir donde se encuentran las personas necesitadas, incluso si esto implica un cambio geográfico o cultural. No debe anclarse en las antiguas formas de trabajar. Como el mundo en el que está intentando ministrar cambia, la iglesia tendrá que adaptar su ministerio de forma acorde a ello, pero sin alterar su dirección básica.
Cuando la iglesia se adapta, está emulando al Señor, que no dudó en venir a la tierra a redimir a la humanidad. Al hacerlo, adoptó las condiciones de la raza humana (Fil. 2:5–8). De la misma manera, el cuerpo de Cristo conservará el mensaje básico que le ha sido confiado, y continuará cumpliendo las funciones principales de su tarea, pero realizará todos los cambios legítimos necesarios para llevar a cabo los propósitos de su Señor. La iglesia estereotípica – una congregación rural dirigida por un ministro y compuesta por un grupo de familias nucleares que se reúnen a las once de la mañana los domingos en un pequeño edificio blanco con campanario – todavía existe en algunos lugares. Pero es la excepción. Las circunstancias ahora son muy diferentes en la mayor parte del mundo. Sin embargo, si la iglesia tiene un sentido de misión como el de su Señor, encontrarán la manera de llegar a la gente estén donde estén.

Erickson, M. J. (2008). Teología sistemática (J. Haley, Ed.; B. Fernández, Trad.; Segunda Edición, pp. 1072-1074). Editorial Clie.

PARADOJAS, MISTERIOS, Y CONTRADICCIONES | R.C. Sproul

PARADOJAS, MISTERIOS, Y CONTRADICCIONES

R.C. Sproul

Diversos movimientos dentro de nuestra cultura contemporánea, tales como la “New Age”, las religiones orientales, y la filosofía irracional, han ejercido su influencia y conducido a una crisis de entendimiento. Ha surgido una nueva forma de misticismo que le otorga al absurdo el sello de la verdad religiosa. A nuestro entender, la máxima del budismo zen, “Dioses una mano aplaudiendo”, constituye una clara ilustración de este concepto. Decir que Dios es una mano aplaudiendo suena como algo profundo. La mente conciente se confunde porque va a contramano de los patrones normales de pensamiento. Suena “profundo” e intrigante hasta que la analizamos cuidadosamente y descubrimos que en el fondo solo se trata de una afirmación carente de sentido. La irracionalidad es un tipo de caos mental. Descansa sobre una confusión contrapuesta con el Autor de toda verdad que no es un autor de confusión.

El cristianismo bíblico es vulnerable a dichas cadenas de irracionalidad exaltada debido a su cándido reconocimiento de que existen muchas paradojas y misterios en la Biblia. Como las diferencias que marcan los límites entre las paradojas, los misterios y las contradicciones son débiles pero cruciales, es importante que aprendamos a distinguir cuáles son estas diferencias. Cuando buscamos sondear las profundidades de Dios nos confundimos con mucha rapidez. Ningún mortal puede comprender a Dios exhaustivamente.

La Biblia nos revela cosas sobre Dios, cosas que aunque somos incapaces de comprenderlas completamente sabemos que son verdades. No tenemos ningún punto de referencia humano, por ejemplo, para entender a un ser que es tres en persona y uno en esencia (la Trinidad), o a un ser que es una persona con dos naturalezas distintas, la humana y la divina (la persona de Cristo). Estas verdades, tan ciertas como puedan serlo, son demasiado “elevadas” para ser alcanzadas por nosotros. Nos enfrentamos con problemas similares en el mundo natural. Sabemos que la gravedad existe, pero aunque no la entendemos, no por ello intentamos definirla en términos irracionales o contradictorios.

Casi todos estamos de acuerdo que el movimiento forma parte integral de la realidad, sin embargo, la esencia del movimiento en sí mismo ha dejado perplejos a los filósofos y a los científicos por milenios. La realidad tiene mucho de misteriosa y mucho que no podemos entender. Pero esto no se convierte en nuestra garantía para dar un salto al absurdo. Tanto en la religión como en la ciencia, la irracionalidad es fatal. En realidad, es mortal para cualquier verdad. El filósofo cristiano Gordon H. Clark en cierta ocasión definió un paradoja como “un calambre entre las orejas”. El propósito de su definición era señalar que lo que muchas veces se denomina una paradoja no es nada más que un razonamiento descuidado. Clark, sin embargo, reconoció con claridad la función y el papel legítimo de las paradojas. La palabra paradoja proviene de la raíz griega que significa “parecer o aparecer”. Las paradojas nos resultan difíciles porque a primera vista “parecen” ser contradictorias, pero si las examinamos con mayor detalle podemos encontrarles la solución. Por ejemplo, Jesús dijo que “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39). Superficialmente, esto parece ser una afirmación del mismo tenor que la que dice que “Dios es una mano aplaudiendo”. Parece contener en sí una contradicción. Lo que Jesús intentó decir, sin embargo, fue que si alguien pierde su vida en un sentido, la encontrará en otro sentido. Como la pérdida y el hallazgo están en dos sentidos distintos, no hay ninguna contradicción. Yo soy al mismo tiempo un padre y un hijo pero, obviamente, no en la misma relación. Debido a que la palabra paradoja ha sido muy frecuentemente entendida como sinónimo de contradicción, en algunos diccionarios ingleses ha sido ingresada como una segunda acepción al término contradicción. Una contradicción es una afirmación que viola la clásica ley de no contradicción.

La ley de no contradicción afirma que no es posible que A sea A y no-A [al mismo tiempo y en el mismo sentido. En otras palabras, algo no puede ser lo que es y no ser lo que es, al mismo tiempo y en el mismo sentido. Se trata de la ley más importante de todas las leyes de lógica. Nadie es capaz de entender una contradicción porque una contradicción es inherentemente no inteligible. Ni siquiera Dios puede comprender las contradicciones. Pero sin duda que las puede reconocer por lo que en realidad son -meras falsedades. La palabra contradicción proviene del latín “hablar en contra”. También se las conoce como una antinomia, que significa “contra la ley”. Si Dios hablara por medio de contradicciones carecería intelectualmente de leyes, tendría un doble discurso. Es un tremendo insulto y una blasfemia incluso el sugerir que el Autor de la verdad pudiera hablar con contradicciones. La contradicción es la herramienta de aquel que miente —el padre de las mentiras que desprecia la verdad. Existe una relación entre los misterios y las contradicciones que fácilmente nos conduce a confundirlas entre sí. No podemos entender los misterios.

No podemos entender las contradicciones. El punto de contacto entre los dos conceptos es su carácter de no inteligible. Los misterios no nos resultan claros ahora porque carecemos de la información o de la perspectiva para comprenderlos. La Biblia nos promete que, una vez en el cielo, estos misterios que ahora no podemos comprender serán explicados. Las explicaciones solucionarán los misterios del presente. Sin embargo, no hay ninguna explicación posible, ni en el cielo ni en la tierra, que pueda solucionar una contradicción.

Sproul, R. C. (1996). Las grandes doctrinas de la Biblia (pp. 7-9). Editorial Unilit.

UNA SALVACION TAN GRANDE | C. Ryrie

UNA SALVACION TAN GRANDE

Ryrie, Charles Caldwell

I. EL ALCANCE DEL TEMA

La soteriología, la doctrina de la salvación, tiene que ser el tema mayor en las Escrituras. Abarca todas las edades como también la eternidad pasada y futura. Se relaciona en una forma u otra con toda la humanidad, sin excepción. Aun tiene repercusiones en la esfera de los ángeles. Es el tema tanto del Antiguo como del Nuevo Testamentos. Es personal, nacional y cósmica. Y se centra en la persona más importante, nuestro Señor Jesucristo.

Desde la perspectiva de Dios, la salvación incluye la obra completa de Dios en traer a las personas de la condenación a la justificación, de la muerte a la vida eterna; y de alienación a la filiación. Desde la perspectiva humana, incorpora todas las bendiciones que estar en Cristo trae tanto en esta vida como en la vida venidera. El alcance inclusivo de la salvación se subraya por observar los tres tiempos de la salvación. (1) Al momento de creer uno fue salvo de la condenación del pecado (Efesios 2:8; Tito 3:5). (2) Ese creyente también está siendo salvado del dominio del pecado y santificado y preservado (Hebreos 7:25). (3) Y será salvado de la misma presencia del pecado para siempre en el cielo (Romanos 5:9–10).

II. LOS MOTIVOS PARA LA SALVACION

¿Por qué Dios había de desear salvar a los pecadores? ¿Por qué debía soportar el dolor de entregar a Su único Hijo a morir por personas que se rebelaron contra Su benevolencia? ¿Qué le reportaría a Dios el tener una familia de seres humanos?

La Biblia indica por lo menos tres razones por las que Dios quiso salvar a los pecadores. (1) Fue la demostración más grande y concreta del amor de Dios. Sus buenos dones en la naturaleza y por Su cuidado providencial (con todo lo grandes que son) no pueden compararse con la dádiva de Su Hijo para ser nuestro Salvador. Juan 3:16 nos recuerda que Su amor se mostró en Su dádiva, y Romanos 5:8 dice que Dios definitivamente demostró que El nos amaba por la muerte de Cristo. (2) La salvación también hace posible que Dios manifieste Su gracia por toda la eternidad (Efesios 2:7). Cada persona salva será para siempre un trofeo especial de la gracia de Dios. Sólo los seres humanos redimidos pueden proveer esta demostración, (3) Dios quería un pueblo que hiciera buenas obras en esta vida y que de este modo proporcionara al mundo un vistazo, aunque imperfecto, del Dios que es bueno (v. 10). Sin la salvación que Cristo proveyó estas cosas no serían posibles.

III. LA IMPORTANCIA DE LA SALVACION

El Nuevo Testamento solamente en dos ocasiones pronuncia maldición sobre los cristianos por dejar de hacer algo. Una es por no amar al Señor (1 Corintios 16:22), y la otra por no predicar el Evangelio de la gracia (Gálatas 1:6–9). No comprender claramente la doctrina de la salvación puede resultar en la proclamación de un evangelio falso o pervertido, y hoy en día muchas de las declaraciones del Evangelio que se oyen, bien pudieran caer bajo esta maldición. Gracias a Dios, Su gracia supera nuestras presentaciones imprecisas y las personas se salvan a pesar de, no por razón de, un evangelio impreciso o incorrectamente proclamado. Decididamente, esta doctrina es esencial, simplemente porque es responsabilidad de todo creyente testificar del Evangelio. Es aun más importante para el predicador, porque él es la conexión entre Dios y la persona no regenerada, y su mensaje tiene que ser claro (Romanos 10:14–15). Chafer, cuyo ministerio comenzó con la evangelización, todavía casi al final de su vida pensaba que “en un ministerio bien balanceado la predicación del Evangelio debe ocupar no menos de setenta y cinco por ciento del testimonio del púlpito. El resto puede ser para la edificación de aquellos que son salvos”. (Lewis Sperry Chafer, Teología sistemática [Publicaciones Españolas, 1986], 3:9). Esto ciertamente subraya la importancia de estudiar y comprender este gran tema de la soteriología.

Ryrie, C. C. (2003). Teologı́a básica (pp. 313-316). Editorial Unilit.

UNA IGLESIA TOLERANTE | Apocalipsis 2:12-15

UNA IGLESIA TOLERANTE

La iglesia de hoy, la iglesia «de Jesucristo», se esfuerza mucho por parecerse lo más posible a la cultura, en lugar de huir de esas cosas.

Durante décadas, ha sido popular para los líderes de la iglesia hacer que la gente venga a la iglesia y se sienta como si estuviera en algún evento mundano. La iglesia se ha vuelto amigable con el pecador en lugar de asustar al pecador. Se ha convertido en afirmadora en lugar de condenatoria, sentimental en lugar de teológica, informal en lugar de solemne, entretenida en lugar de edificante, engañosa en lugar de honesta, frívola en lugar de cultual… ya nos hacemos una idea.

A las iglesias no les gusta la idea de que son una ofensa para la cultura, y piensan que si pueden acercarse a todo lo que la gente disfruta en la cultura, de alguna manera podrán ganársela.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Hay corrientes filosóficas que nos han empujado en esta dirección, como el pragmatismo. El pragmatismo es una filosofía que dice que el valor de cualquier cosa viene determinado por sus consecuencias prácticas. Eso es un poco diferente de otra corriente filosófica, el utilitarismo. El utilitarismo dice que la utilidad es la norma de lo que es bueno. Si funciona, si produce el efecto deseado, entonces lo hacemos. Esta es la filosofía.

La iglesia, por extraño que parezca, ha comprado en la filosofía del pragmatismo y el utilitarismo y decidió que si atrae a una multitud, es bueno; y si funciona, vamos a usarlo, incluso si no logra ser una separación del mundo.

Así que la iglesia se ha adaptado al mundo pagano. Los líderes de la iglesia hablan menos de teología y más de metodología. Hablan menos de doctrina y más de estrategia.

A medida que el mundo pagano se vuelve más hostil a la verdad de Dios, a medida que se vuelve más hostil al pueblo de Dios, las iglesias transigirán. Ya han demostrado que lo harán. Transigirán para ser más atractivas. No quieren ser perseguidas, no quieren ser rechazadas, no quieren ser ignoradas, no quieren ser perseguidas, y entonces se alinearan con las expectativas del mundo. Cortejarán al mundo siendo como el mundo.

Jesús le dice esto a la iglesia de Pérgamo:

12 Y escribe al ángel de la iglesia en Pérgamo: El que tiene la espada aguda de dos filos dice esto:

13 Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás. 14 Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación. 15 Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco. (Apocalipsis 2:12-15)

Tienes algunas personas allí que están jugando con la idolatría y la inmoralidad. Es algo así como Balaam, y es lo que los nicolaítas defienden. Hay gente que es arrastrada de nuevo a los pecados muy familiares de los cuales han sido liberados.

Balaam, según Deuteronomio 23, es un personaje del Antiguo Testamento. Era un famoso hechicero de un lugar llamado Pethor en Mesopotamia. Conocía al Dios de Israel – todo el mundo conocía al Dios de Israel por lo que el Dios de Israel había hecho al liberar a Su pueblo de Egipto. Pero Balaam era un hechicero que estaba en esto, como todos los hechiceros, por el dinero. Así que puso sus servicios esotéricos a disposición de cualquiera que le pagara.

Recuerdas la historia. Tres veces Balaam intenta maldecir a Israel, pero no puede hacerlo. Así que desarrolla otra estrategia. Si no puede maldecirlos, decide que los corromperá. Así que consiguió que un grupo de mujeres de Moab sedujeran a hombres judíos para que se casaran entre ellos; y así arrastró a esos hombres a una vida idólatra e inmoral en Moab. Volvieron a comer cosas sacrificadas a los ídolos, y volvieron a cometer idolatría – las mismas cosas que habían visto en Egipto.

La maldición no funcionó, pero la corrupción sí. La unión blasfema con el mundo destruyó el poder de Israel y le quitó su protección. El plan tuvo éxito. Pero Dios, en Números 24, intervino, castigando severamente a Israel y a los líderes y detuvo su caída.

Así que el punto que nuestro Señor está haciendo a la iglesia en Pérgamo es, “Ustedes tienen algunas personas allí que están actuando como Balaam, y los están seduciendo para que regresen a la misma cultura de la que han sido liberados, para que participen en su idolatría y su inmoralidad.” Algunos en Pérgamo estaban cayendo ante las seductoras sirenas de la cultura del diablo.

Hablando en términos prácticos, ¿cómo se veía esto? Algunos en la iglesia de Pérgamo estaban asistiendo a fiestas paganas con libertinaje e inmoralidad, y luego venían a la iglesia. Y aparentemente la iglesia no había tomado acción para confrontarlo y corregirlo.

¿Y que de los Nicolaítas? ¿Cuál era su problema? Era esencialmente lo mismo que los que seguían el error de Balaam. Estaba llevando a la gente de vuelta al mundo del que habían sido rescatados.

Dos de los primeros padres de la iglesia, Ireneo y Clemente de Alejandría, escribieron esto sobre los nicolaítas: “Viven vidas de indulgencia desenfrenada, abandonándose al placer como cabras, llevando una vida de autoindulgencia.”

La iglesia en Pérgamo tenía gente viviendo como paganos, y la iglesia había tolerado esta enseñanza y este compromiso, corrompiendo la casa del Señor. No estaban separados.

Así que Jesús ordena: “Arrepentíos.” Vuélvete y vete por el otro camino. Deja de tolerar el compromiso mundano.

Si usted tiene personas en su asamblea que vienen a adorar a Cristo y luego regresan y caen en los pecados de la cultura, usted debe confrontarlos. La iglesia de hoy no debe dejar de excluir a los incrédulos de la comunión del cuerpo de Cristo. Siempre nos alegramos cuando los no creyentes vienen y escuchan el mensaje, pero no pueden participar con el pueblo de Dios hasta que sean hijos de Dios.

La iglesia debe confrontar a los creyentes que profesan vivir vidas pecaminosas, que afirman haber sido liberados y redimidos del mundo, pero que literalmente viven como vive el mundo. Tienen que ser confrontados.

Si no hacemos eso, mira el “pues si no”: “pues si no, vendré a ti pronto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca.” Esta es una iglesia al borde del juicio.

Ahora, por supuesto, queremos alcanzar. Queremos dar la bienvenida a los no creyentes para que escuchen el evangelio y sean redimidos. Queremos que los creyentes pecadores reciban gracia y abundante perdón. Pero no toleramos el pecado como si fuera aceptable, y no vivimos lo más cerca posible de la corrupción del mundo.

Sin falsificar la Palabra | J.C. Ryle

Sin falsificar la Palabra
“Pues no somos como muchos, que medran falsificando la palabra de Dios, sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo”
(2 Corintios 2:17).

No es cosa banal hablar a una congregación de almas inmortales acerca de las cosas de Dios. Pero la responsabilidad más importante de todas es hablar a un grupo de ministros como el que veo ante mí en estos momentos. Atraviesa mi mente la terrible sensación de que una sola palabra equivocada que arraigue en algún corazón y fructifique en el futuro desde algún púlpito puede ocasionar daños cuyo alcance desconocemos.
Pero hay ocasiones en que la verdadera humildad se ve no tanto en las confesiones de nuestra debilidad en alta voz como al olvidarnos de nosotros por completo. Deseo olvidar mi ego en esta ocasión al dirigir mi atención a esta porción de la Escritura. Si no digo mucho acerca de mi sentimiento personal de insuficiencia, hazme el favor de creer que no es porque no lo tenga.

La expresión griega que se traduce como “falsificando” deriva de una palabra cuya etimología no halla consenso entre los lexicógrafos. Se refiere o bien a un comerciante que no lleva su negocio con honradez o a un vinatero que adultera el vino que pone a la venta. Tyndale la traduce como: “No somos de aquellos que mutilan y modifican la Palabra de Dios”. En la versión Rhemish leemos: “No somos como muchos, que adulteran la Palabra de Dios”. En la Versión Autorizada inglesa, al margen, leemos: “No somos como muchos, que utilizan con engaño la Palabra de Dios”.

En la construcción de la frase, el Espíritu Santo inspiró a S. Pablo para que declarara la verdad de forma negativa y positiva. Este tipo de construcción añade claridad al sentido de las palabras y las hace inequívocas, además de intensificar y fortalecer la aseveración que contienen. Se dan casos de construcciones similares en otros tres pasajes extraordinarios de la Escritura, dos en referencia a la cuestión del bautismo y uno con respecto a la cuestión del nuevo nacimiento (cf. Juan 1:13; 1 Pedro 1:23; 1 Pedro 3:21). Se hallará, pues, que el texto contiene lecciones tanto positivas como negativas para la instrucción de los ministros de Cristo. Unas cosas debemos evitarlas. Otras cosas debemos seguirlas.

La primera de las lecciones negativas es una clara advertencia contra la falsificación o la utilización engañosa de la Palabra de Dios. El Apóstol dice que “muchos” lo hacen, señalando que aun en su época había algunos que no trataban la verdad de Dios con honradez y fidelidad. Aquí tenemos una respuesta contundente para aquellos que afirman que la Iglesia primitiva era de una pureza sin adulterar. El misterio de la iniquidad había comenzado ya a obrar. La lección que se nos enseña es que debemos cuidarnos de cualquier aseveración falsa de esa Palabra de Dios que se nos ha encargado predicar. No debemos añadirle nada. Tampoco debemos quitar nada.
Ahora bien, ¿cuándo se puede decir de nosotros que falsificamos la Palabra de Dios en la actualidad? ¿Cuáles son las rocas y bancos de arena que debemos esquivar si no queremos formar parte de los “muchos” que manipulan engañosamente la verdad de Dios? Pueden ser de utilidad unas cuantas indicaciones en cuanto a esto.

Falsificamos la Palabra de Dios de la forma más peligrosa cuando arrojamos cualquier sombra de duda sobre la inspiración plenaria de una parte de la Santa Escritura. Eso no es corromper meramente el vaso, sino toda la fuente. Eso no es meramente corromper el cubo del agua viva que declaramos presentar a nuestro pueblo, sino envenenar todo el pozo. Una vez equivocados en este punto, está en peligro toda la esencia de nuestra religión. Es una fisura en el fundamento. Es un gusano en la raíz de nuestra teología. Una vez que permitimos que ese gusano ataque la raíz, no debe sorprendernos que las ramas, las hojas y el fruto empiecen a decaer poco a poco. Soy muy consciente de que toda la cuestión de la inspiración está rodeada de dificultades. Lo único que quiero decir es que, en mi humilde opinión, a pesar de ciertas dificultades que no podemos resolver por ahora, la única postura segura y sostenible que podemos adoptar es esta: que cada capítulo, cada versículo y cada palabra de la Biblia han sido “[inspirados] por Dios”. Jamás debiéramos abandonar ningún principio teológico, como tampoco lo hacemos con los principios científicos, a causa de las aparentes dificultades que no podemos eliminar en la actualidad.

Permítaseme mencionar una analogía de este importante axioma. Aquellos que están familiarizados con la astronomía saben que antes del descubrimiento de Neptuno había dificultades que preocupaban mucho a la mayoría de los astrónomos científicos con respecto a ciertas aberraciones del planeta Urano. Esas aberraciones confundían las mentes de los astrónomos y algunos de ellos indicaron que quizá podrían demostrar que el sistema newtoniano no era cierto. Pero, por aquella época, un conocido astrónomo francés llamado Leverrier leyó ante la Academia de la Ciencia un artículo en el que establecía el gran axioma de que no convenía a un científico renunciar a un principio a causa de las dificultades que no podían explicarse. Decía en concreto: “No podemos explicar las aberraciones de Urano por ahora; pero estamos seguros de que tarde o temprano se demostrará que el sistema newtoniano es correcto. Quizá se descubra algo un día que demuestre que estas aberraciones son explicables a la vez que el sistema newtoniano sigue siendo cierto y permanece inalterado”. Unos años después, los angustiados ojos de los astrónomos descubrieron el último gran planeta: Neptuno. Se demostró que este planeta era la verdadera causa de todas las aberraciones de Urano, y lo que el astrónomo francés había establecido como un principio científico se verificó como algo sabio y cierto. La aplicación de la anécdota es obvia. Tengamos cuidado de no renunciar a ningún principio teológico básico. No renunciemos al gran principio de la inspiración plenaria debido a las dificultades que se planteen. Quizá llegue el día en que estas se resuelvan. Mientras tanto, podemos estar seguros de que las dificultades a las que se enfrenta cualquier otra teoría son diez veces mayores que aquellas a la que se enfrenta la nuestra.

En segundo lugar, falsificamos la Palabra de Dios cuando planteamos afirmaciones doctrinales equivocadas. Esto lo hacemos al añadir a la Biblia las opiniones de la Iglesia o de los Padres como si tuvieran la misma autoridad. Lo hacemos cuando sustraemos cosas de la Biblia a fin de complacer a los hombres o cuando, por un sentimiento de falsa liberalidad, evitamos cualquier afirmación que suene radical, dura o estrecha. Lo hacemos al intentar suavizar cualquier cosa que se enseñe con respecto al castigo eterno o a la realidad del Infierno. Lo hacemos cuando proponemos doctrinas de forma desproporcionada. Todos tenemos doctrinas favoritas y nuestras mentes están constituidas de tal forma que es difícil ver una verdad claramente sin olvidar que existen otras verdades igualmente importantes. No debemos olvidar la exhortación de Pablo a ministrar “conforme a la medida de la fe”. Lo hacemos cuando exhibimos un deseo excesivo de encubrir, defender y matizar doctrinas como la justificación por la fe sin las obras de la Ley por miedo a las acusaciones de antinomianismo; o cuando huimos de afirmaciones acerca de la santidad por miedo a que se nos considere legalistas. No lo hacemos menos cuando eludimos utilizar el lenguaje bíblico al mencionar las doctrinas. Tendemos a relegar expresiones como “nuevo nacimiento”, “elección”, “adopción”, “conversión”, “seguridad” y a utilizar circunloquios, como si nos avergonzáramos del lenguaje claro de la Biblia. No puedo extenderme en estas afirmaciones por falta de tiempo. Me doy por satisfecho con mencionarlas y dejarlas para tu reflexión personal.

En tercer lugar, falsificamos la Palabra de Dios cuando la aplicamos de forma equivocada. Lo hacemos al no discriminar entre clases en nuestras congregaciones, cuando nos dirigimos a todos como poseedores de la gracia en razón de su bautismo o su pertenencia a la iglesia y no trazamos una línea entre los que tienen el Espíritu y los que no. ¿No somos propensos a relegar los llamamientos claros a los inconversos? Cuando tenemos a 800 ó 2000 personas ante nuestro púlpito y sabemos que una gran proporción de ellas son inconversas, ¿no tendemos a decir “si hay alguno que no conozca las cosas necesarias para su paz eterna…”, cuando más bien debiéramos decir “si hay alguno que no tenga la gracia de Dios en él…”? ¿Y no corremos el peligro de manejar defectuosamente la Palabra en nuestras exhortaciones prácticas al no dejar claro lo que dice la Biblia a las diversas clases que forman parte de nuestra congregación? Hablamos claramente a los pobres; ¿pero hablamos también claramente a los ricos? ¿Hablamos claramente al dirigirnos a las clases altas? Este es un punto respecto al cual me temo que necesitamos examinar nuestras conciencias.

Pasemos ahora a las lecciones positivas que contiene el texto: “Sino que con sinceridad, como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo”. Bastará con unas cuantas palabras respecto a cada apartado.
Deberíamos tener el propósito de hablar “con sinceridad” —sinceridad de propósito, de corazón y de motivaciones—; de hablar como quienes están profundamente convencidos de la verdad de lo que dicen, como quienes tienen fuertes sentimientos y un amor tierno hacia aquellos a quienes nos dirigimos.
Deberíamos tener el propósito de hablar “como de parte de Dios”. Deberíamos intentar sentirnos como hombres a los que se ha encargado hablar en nombre de Dios y en su lugar. En nuestro pavor a caer en el romanismo, con demasiada frecuencia olvidamos el lenguaje del Apóstol: “Honro mi ministerio”. Olvidamos cuán grande es la responsabilidad del ministro del Nuevo Pacto y lo terrible que es el pecado de aquellos que, cuando un verdadero ministro de Cristo se dirige a ellos, se niegan a recibir su mensaje y endurecen sus corazones contra Él..

Deberíamos tener el propósito de hablar “delante de Dios”. No debemos preguntarnos a nosotros mismos qué habrá pensado la gente de mí, sino cómo me habrá visto Dios. Latimer recibió en cierta ocasión el llamamiento a predicar ante Enrique VIII y comenzó su sermón de la siguiente forma. (Lo cito de memoria, no pretendo tener una precisión literal): “¡Latimer! ¡Latimer! ¿Recuerdas que estás hablando ante el excelso y poderoso rey Enrique VIII; ante aquel que tiene poder para enviarte a prisión, ante aquel que puede ordenar que te decapiten si así le place? ¿Tendrás cuidado de no decir nada que ofenda a sus regios oídos?”. Entonces, tras una pausa, prosiguió: “¡Latimer! ¡Latimer! ¿No recuerdas que estás hablando ante el Rey de reyes y Señor de señores, ante Aquel al que deberá presentarse Enrique VIII; ante Aquel al que tú mismo tendrás que rendir cuentas un día? ¡Latimer! ¡Latimer! Sé fiel al Señor y declara toda la Palabra de Dios”. ¡Oh!, que este sea el espíritu con que nos retiremos siempre de nuestros púlpitos: no preocupándonos de si los hombres quedan satisfechos o descontentos, no preocupándonos de si los hombres dicen que hemos sido elocuentes o débiles; sino con el testimonio de nuestra conciencia de que hemos hablado como delante de Dios.

Por último, deberíamos tener el propósito de hablar “en Cristo”. El significado de esta frase no está claro. Grotius dice lo siguiente: “Debemos hablar en su nombre, como embajadores”. Pero Grotius tiene poca autoridad. Beza dice: “Debemos hablar acerca de Cristo, con respecto a Cristo”. Esto es buena doctrina, pero difícilmente el significado de las palabras. Otros dicen: debemos hablar como unidos a Cristo, como aquellos que han recibido la misericordia de Cristo y cuyo único derecho a dirigirse a los demás procede de Cristo. Otros dicen: debemos hablar como a través de Cristo, con la fortaleza de Cristo. Quizá este sea el mejor sentido. La expresión en el griego corresponde exactamente a la de Filipenses 4:13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. No importa el significado que atribuyamos a estas palabras, hay una cosa clara: debemos hablar en Cristo, como quienes han recibido misericordia, como quienes no desean exaltarse a sí mismos sino al Salvador y como quienes no se preocupan por lo que puedan decir los hombres con tal que Cristo sea magnificado en sus ministerios.
En resumen, todos deberíamos preguntarnos: ¿Manejamos alguna vez engañosamente la Palabra de Dios? ¿Comprendemos lo que es hablar como de parte de Dios, delante de Dios y en Cristo? Permítaseme plantear ante todos una pregunta escrutadora. ¿Hay algún texto en la Palabra de Dios que rehuimos exponer? ¿Hay alguna afirmación en la Biblia de la que evitamos hablar a nuestra congregación no porque no la entendamos, sino porque contradice alguna idea que nos gusta con respecto a lo que es la Verdad? Si es así, preguntemos a nuestras conciencias si estamos manejando la Palabra de Dios engañosamente.

¿Hay algo en la Biblia que releguemos por temor a sonar duros y a ofender a parte de nuestra audiencia? ¿Hay alguna afirmación, ya sea doctrinal o práctica, que mutilemos o desmembremos? Si es así, ¿estamos tratando con honradez la Palabra de Dios?
Oremos para ser guardados de falsificar la Palabra de Dios. Que ni el temor al hombre ni su favor nos induzcan a relegar, evitar, cambiar, mutilar o matizar texto alguno de la Biblia. Sin duda, cuando hablamos como embajadores de Dios, debemos hacerlo con santo denuedo. No tenemos motivo alguno para avergonzarnos de cualquier afirmación que hagamos desde nuestros púlpitos siempre que sea conforme a la Escritura. A menudo he pensado que uno de los grandes secretos del maravilloso honor que Dios ha puesto sobre un hombre que no se encuentra en nuestra denominación (me refiero al Sr. Spurgeon) es la extraordinaria valentía y confianza con que habla desde el púlpito a las personas de sus pecados y de sus almas. No se puede decir que lo haga por miedo a alguien o por complacer a alguien. Parece dar lo que le corresponde a cada clase de oyente: al rico y al pobre, al de clase elevada y al de clase baja, al noble y al campesino, al erudito y al analfabeto. Trata a cada uno con claridad, según la Palabra de Dios. Creo que esa misma valentía tiene mucho que ver con el éxito que a Dios le ha complacido dar a su ministerio. No nos avergoncemos de aprender una lección de él en este aspecto. Vayamos y hagamos lo mismo.

Ryle, J. C. (2003). Advertencias a las iglesias (D. C. Williams, Trad.; Primera edición, pp. 28-35). Editorial Peregrino.

La teología de Arminio en lo tocante al libre albedrío y la predestinación | Sugel Michelén

Arminio rechazó enfáticamente el pelagianismo en lo tocante a las consecuencias del pecado de Adán en su descendencia. Hablando acerca del hombre en su estado caído, Arminio declara que su libre albedrío en lo que respecta al verdadero Dios, no sólo se encuentra “herido, mutilado, enfermizo, debilitado; sino que también ha sido hecho cautivo, destruido y perdido”; de tal manera que el libre albedrío humano es totalmente inútil “a menos que sea asistido por la gracia”.

Según Arminio, debido al oscurecimiento del entendimiento y la perversidad del corazón, el hombre ha quedado en un estado de impotencia moral. “La voluntad del hombre no es libre de hacer ningún bien a menos que sea… libertada por el Hijo de Dios a través del Espíritu de Dios.”

Más aún, para manifestar su completo acuerdo con Agustín, Arminio comenta lo siguiente acerca del texto de Juan 15:5: “Separados de mí nada podéis hacer”: “Después de haber meditado diligentemente en cada una de las palabras de este pasaje, Agustín comenta de esta forma: ‘Cristo no dice, Sin mi sólo pueden hacer poco; tampoco dice, Sin mí no podréis hacer ningún trabajo arduo, ni tampoco Sin mí haríais las cosas con dificultad: Sino que dice, Sin mí nada podéis hacer’”.

En cuanto a esto, Arminio parece estar de acuerdo con Agustín, Lutero y Calvino. De hecho, Arminio tenía en muy alta estima los comentarios de Calvino y su Institución de la Religión Cristiana (él recomendaba a sus estudiantes hacer un amplio uso de los comentarios de Calvino).

El punto controversial radica en el hecho de que Arminio enseñaba que, aunque la gracia de Dios es necesaria para la salvación, no asegura la salvación de nadie; en otras palabras, la gracia es una condición necesaria, pero no suficiente.

Arminio declara: “Toda persona no regenerada posee una voluntad libre, y la capacidad de resistir al Espíritu Santo, de rechazar la gracia de Dios que le es ofrecida, de menospreciar el consejo de Dios contra sí mismos, de rehusar aceptar el Evangelio de la gracia, y de no abrirle a aquel que toca la puerta de su corazón”.

De modo que si el pecador no responde al llamado, la culpa es enteramente suya (en eso todos estamos de acuerdo); pero ¿qué si acepta? En otras palabras ¿quién es, a final de cuentas, el que tiene la decisión de la salvación en sus manos? Por implicación, según Arminio la salvación depende, en última instancia, de la decisión humana y no de la soberanía de Dios. La gracia de Dios es una condición necesaria para la salvación, pero no es una condición suficiente.

Arminio intenta aclarar su posición teológica a aquellos que le adversan con esta ilustración: Imaginemos a un hombre rico que ayuda con sus bienes a un pordiosero para que éste pueda mantener a su familia. ¿Dejaría de ser un regalo de pura gracia por el hecho de que el mendigo tenga que extender su mano para recibir lo que se le ofrece? ¿Pudiéramos decir con propiedad que la limosna depende parcialmente de la liberalidad del donante, y parcialmente de la libertad del receptor, por el hecho de que este último tiene que extender su mano para recibir el beneficio? Si no es así, cuanto menos podemos decirlo del don de la fe.

El problema de este símil es que presupone una necesidad que el mendigo tiene conscientemente y la cual él desea suplir; mientras que en el caso del pecador, éste no desea, sino que rechaza con todas sus fuerzas, el don que se le ofrece gratuitamente en Cristo. Al igual que en el caso del mendigo, el pecador tiene que extender sus manos hacia Dios para recibir el don; pero, según el Calvinismo, éste sólo podrá hacerlo si Dios cambia la disposición de su corazón.

En cuanto a la predestinación, tanto uno como los otros afirmaban que la predestinación para salvación era una enseñanza bíblica; pero, mientras el calvinismo afirma que los elegidos ejercen fe porque fueron predestinados por Dios desde antes de la fundación por el puro afecto de Su voluntad (como enseña claramente Pablo en Ef. 1:3-6), Arminio enseñaba más bien que Dios predestinó a todos aquellos que Él sabía de antemano que iban a creer. Así que el foco del debate no era si había predestinación o no, sino más bien en cuál era la base de dicha predestinación.

A pesar de eso, en 1603 Arminio fue llamado a asumir la cátedra de teología en la Universidad de Leyden, donde sus doctrinas opuestas al calvinismo fueron más conocidas aún. Esto trajo como consecuencia un enfrentamiento con los calvinistas, de manera particular con otro profesor de la facultad, Francisco Gomaro. Este debate fue subiendo de tono, a tal punto que tuvo ramificaciones políticas.

Luego de la muerte de Arminio, en 1609, sus puntos de vista fueron sistematizados por su pupilo y sucesor en Leyden, Simón Episcopio. Al ser acusados de herejía, en 1610 los seguidores de Arminio presentaron a los Estados de Holanda un Memorial de Protesta (Remonstrance en inglés, por lo que fueron llamados “remonstrantes”), en el que planteaban su posición, incluyendo en la segunda parte los cinco puntos de su propia doctrina.

Estos artículos fueron firmados por 46 ministros remonstrantes. Los calvinistas, por su parte, emitieron una contra protesta. Pero, como no llegaban a un acuerdo, finalmente se decidió resolver la disputa mediante un Sínodo al que fueron invitados casi todas las iglesias nacionales reformadas.

Éste fue celebrado en Dordrecht desde el 13 de Noviembre de 1618 hasta el 9 de mayo de 1619. Estuvieron presentes 84 miembros y 18 comisionados seculares del Palatinado, Hesse, Nassau, Frieslandia Oriental, Bremen, Emden, Inglaterra, Escocia, Ginebra y Suiza alemana.

Los Cánones del Sínodo de Dort condenaron la posición arminiana, a la vez que presentaron cinco puntos contrarios, que han sido conocidos como los cinco puntos del Calvinismo.

Por un lado declaran que el hecho de que “sólo algunos de entre los miembros de la raza humana pecadora alcancen la fe, debe atribuirse al Consejo eterno de Dios. Dios eligió en Cristo un número definido de seres humanos para la salvación, en tanto que, en su justicia, dejó a los demás entregados a la perdición.”

En cuanto a la eficacia de la muerte de Cristo, afirman que ésta “es suficiente para expiar los pecados de todo el mundo.” Sin embargo, su obra de expiación está limitada en el hecho de que Dios tenía la intención de que fuese eficaz solamente para quienes “fueron elegidos desde la eternidad para salvación.”

También afirman la total depravación de la raza humana, así como la gracia irresistible de Dios. “Finalmente, los Cánones enseñan que Dios preserva a los elegidos de tal modo que no caen de su gracia. En esto también se atribuye la gloria Dios; permanecemos en la gracia, no por el poder de nuestra voluntad, sino porque, por su gracia, Dios ‘inicia, preserva, continúa y perfecciona su obra en nosotros’.”

Repetidas veces los calvinistas del Sínodo acusaron a los remonstrantes de enseñar las doctrinas de Pelagio, a pesar de que tanto Arminio como sus seguidores se empeñaron en condenar el pelagianismo. Estrictamente hablando los arminianos podían ser catalogados de ser semipelagianos; pero es probable que los teólogos del Sínodo hayan tenido en mente la conexión que existe entre ambas posturas.

No obstante, el arminianismo no murió allí. Sus doctrinas fueron asimiladas por los bautistas generales en Inglaterra, los menonitas holandeses y, un poco más tarde, por el metodismo wesleyano (aunque este último se aleja aún más de la doctrina reformada de la salvación). Hoy día es la doctrina de la mayoría de las iglesias en América.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

Calvinismo

El calvinismo es una rama del protestantismo que se originó en el siglo XVI como resultado de las enseñanzas y reformas propuestas por el teólogo francés Juan Calvino. Esta corriente religiosa tuvo un impacto significativo en Europa durante la Reforma Protestante y dejó una huella duradera en la teología, la política y la sociedad de la época.

El calvinismo se caracteriza por su énfasis en la soberanía de Dios y la predestinación. Según esta doctrina, Dios predestina a algunas personas a la salvación y a otras a la condenación, sin que su voluntad o acciones influyan en esta elección. Además, los calvinistas creen en la autoridad suprema de la Biblia, la depravación total del ser humano debido al pecado original y la necesidad de la gracia divina para la salvación. Esta corriente también promueve una ética de trabajo y frugalidad, conocida como «ética protestante del trabajo«, que ha sido ampliamente estudiada e influyente en el desarrollo del capitalismo.

Definición del calvinismo: doctrina teológica

El calvinismo es una doctrina teológica que se originó en el siglo XVI con la figura de Juan Calvino. Esta corriente religiosa forma parte de la tradición protestante y se basa en las enseñanzas de la Biblia, especialmente en la interpretación de la predestinación y la soberanía de Dios.

Historia del calvinismo: origen y desarrollo

El calvinismo es una corriente del protestantismo que se originó en el siglo XVI, durante la Reforma Protestante liderada por el teólogo francés Juan Calvino. Esta corriente religiosa se basa en los principios de la predestinación y la soberanía absoluta de Dios.

A lo largo de la historia, el calvinismo ha tenido un impacto significativo en distintas regiones del mundo. Durante el siglo XVI, se expandió rápidamente por Suiza, Francia, Escocia, Países Bajos y partes de Alemania. En el ámbito político, el calvinismo influyó en la formación de estados protestantes y en el fortalecimiento de movimientos independentistas.

El desarrollo del calvinismo también estuvo marcado por la creación de iglesias reformadas y la influencia de sus líderes. Juan Calvino, con su obra «Institución de la religión cristiana», sentó las bases teológicas de esta corriente y estableció una disciplina eclesiástica rigurosa.

A lo largo de los años, el calvinismo se expandió por diferentes regiones de Europa y tuvo un impacto significativo en la política, la sociedad y la cultura de esos lugares. Países como Escocia, Holanda, Francia e Inglaterra adoptaron el calvinismo como su doctrina oficial.

Características del calvinismo: predestinación y soberanía de Dios

El calvinismo es una doctrina teológica que se basa en la predestinación y la soberanía de Dios. Esta corriente ha dejado un legado duradero en la historia del cristianismo y ha influido en la forma en que muchas comunidades religiosas entienden la fe y la salvación.

El calvinismo se originó en el siglo XVI y se basa en la predestinación y la soberanía absoluta de Dios. Ha tenido un impacto significativo en la historia y ha influido en la formación de estados protestantes y en el desarrollo de movimientos independentistas. Además, el calvinismo destaca por su énfasis en la gracia divina, su ética del trabajo y su creencia en la prosperidad como señal de bendición divina.

El calvinismo se distingue por varias características centrales. Una de ellas es la doctrina de la predestinación, que enseña que Dios ha elegido de antemano a ciertas personas para la salvación eterna. Esta creencia se basa en la idea de la soberanía absoluta de Dios sobre el destino humano.

Otra característica clave del calvinismo es la creencia en la soberanía de Dios en todas las áreas de la vida. Según esta perspectiva, Dios tiene control absoluto sobre todo lo que sucede en el mundo y todo lo que ocurre está de acuerdo con su voluntad.

El calvinismo también enfatiza la importancia de la ética y la disciplina en la vida de los creyentes. Los seguidores del calvinismo suelen poner énfasis en la responsabilidad personal y la moralidad en todas las áreas de la vida, incluyendo el trabajo, las finanzas y la sociedad en general.

El calvinismo es una corriente teológica que destaca la predestinación y la soberanía de Dios. Su influencia ha sido significativa en la historia del protestantismo y ha dejado una marca duradera en las creencias y prácticas religiosas de muchas personas en todo el mundo.

Características principales del calvinismo podrían resumirse en:

  • Predestinación: El calvinismo sostiene que Dios ha predestinado a algunas personas para la salvación y a otras para la condenación, sin que la voluntad humana tenga influencia en esta elección divina.
  • Soberanía absoluta de Dios: Los calvinistas creen que Dios tiene control absoluto sobre todas las cosas, incluyendo la salvación y el destino de cada persona.
  • Teología de la gracia: El calvinismo enfatiza la necesidad de la gracia divina para la salvación, argumentando que los seres humanos son incapaces de alcanzar la salvación por sus propios méritos.
  • Ética del trabajo: Los seguidores del calvinismo valoran el trabajo y la prosperidad económica como señales de bendición divina. Esta idea se conoce como «ética del trabajo calvinista» o «espíritu del capitalismo».

Influencia del calvinismo en la Reforma Protestante

El calvinismo es una corriente teológica y religiosa que se originó en el siglo XVI como parte de la Reforma Protestante. Fue fundada por Juan Calvino, teólogo y reformador suizo, quien desarrolló una doctrina que tuvo una gran influencia en el protestantismo.

El calvinismo es una corriente teológica que tuvo un impacto significativo en la Reforma Protestante. Su doctrina de la soberanía de Dios en la salvación, así como sus características distintivas, han dejado una huella duradera en la historia y el pensamiento religioso.

Importancia de la ética calvinista en el desarrollo del capitalismo

El calvinismo, también conocido como la doctrina de la predestinación, es una corriente del protestantismo que fue fundada por el teólogo francés Juan Calvino en el siglo XVI. Esta corriente religiosa tuvo un gran impacto en el desarrollo del capitalismo y la ética de trabajo que lo caracteriza.

El calvinismo promueve una ética de trabajo rigurosa y disciplinada, basada en la creencia de que el éxito material y la prosperidad son señales de la elección divina. Los seguidores del calvinismo consideran que el trabajo duro, el ahorro y la acumulación de riqueza son expresiones de la voluntad de Dios.

Además, el calvinismo enfatiza la importancia de la educación y la formación académica, ya que los creyentes deben estudiar la Biblia y desarrollar una comprensión sólida de la doctrina calvinista.

El calvinismo ha tenido un impacto duradero en el desarrollo del capitalismo a través de su ética de trabajo, su énfasis en la responsabilidad individual y su creencia en la predestinación divina. Esta corriente religiosa ha influenciado en la forma en que las sociedades occidentales han entendido el éxito material y la acumulación de riqueza.

Diversas ramas del calvinismo: puritanismo, presbiterianismo, etc

El Calvinismo es una corriente teológica cristiana que se originó en el siglo XVI con la obra del teólogo francés Juan Calvino. Esta corriente tuvo una gran influencia en la Reforma Protestante y se caracteriza por su énfasis en la soberanía de Dios, la predestinación y la autoridad de las Escrituras.

El Calvinismo ha tenido una influencia significativa en la teología cristiana y ha dado origen a diversas ramas, como el puritanismo, el presbiterianismo y otras corrientes reformadas.

Legado del calvinismo en la sociedad moderna

El calvinismo es una rama del protestantismo que se basa en las enseñanzas del teólogo francés Juan Calvino. Esta corriente religiosa tuvo un gran impacto en la sociedad moderna y dejó un legado duradero en diferentes aspectos de la vida cotidiana.

El calvinismo se extendió rápidamente por Europa, especialmente en países como Suiza, Escocia, Países Bajos y Francia. También tuvo un impacto significativo en las colonias europeas de América del Norte, donde influyó en el desarrollo de la sociedad y las instituciones.

El calvinismo ha dejado un legado profundo en la sociedad moderna, tanto en términos de su influencia religiosa como en aspectos como la ética del trabajo y las formas de gobierno en algunas regiones. Su énfasis en la soberanía de Dios y la predestinación ha generado debates teológicos y ha influido en el pensamiento religioso y filosófico de muchas personas a lo largo de los siglos.

Bibliografía consultada:

1. Enciclopedia Britannica – Calvinismo

2. History.com – Calvinismo

3. Theopedia – Calvinismo

Preguntas frecuentes

1. ¿Qué es el calvinismo?

El calvinismo es una rama del protestantismo que sigue las enseñanzas del teólogo reformista Juan Calvino.

2. ¿Cuál es la historia del calvinismo?

El calvinismo surgió en el siglo XVI durante la Reforma Protestante y tuvo una influencia significativa en Europa.

3. ¿Cuáles son las características principales del calvinismo?

Las principales características del calvinismo incluyen la predestinación, la autoridad de la Biblia y la soberanía de Dios.

4. ¿En qué países se encuentra principalmente el calvinismo?

El calvinismo ha tenido una influencia particularmente fuerte en países como Suiza, Escocia, Países Bajos y Estados Unidos.

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HistoriaUniversal.org. (2023). Calvinismo. HistoriaUniversal.org. Recuperado de https://historiauniversal.org/calvinismo/Copiar cita al portapapeles

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¿Hasta qué punto debe dividirnos la doctrina? | Scott Hubbard

¿Hasta qué punto debe dividirnos la doctrina?

Scott Hubbard

La noche antes de morir, mientras Jesús miraba a Sus doce discípulos, y más allá de ellos a los miles de millones que un día le seguirían, oró por una unidad que llamaría la atención del mundo: «para que todos sean uno. Como Tú, oh Padre, estás en Mí y Yo en Ti» (Jn 17:21). Padre, toma a judíos y gentiles, hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, y haz que sean uno. La unidad enviada del cielo fue Su gran oración por nosotros.

Y, sin embargo, solo unos momentos antes, expresó otra petición que le da a la unidad cristiana una tensión y característica fuerte: «Santifícalos en la verdad; Tu palabra es verdad» (Jn 17:17). Padre, toma a estos discípulos y átalos por tu palabra. La verdad dada por el Espíritu también fue Su gran oración por nosotros.

Jesús quiere que Su iglesia sea una, y que sea sabia. Quiere que amemos a todo Su pueblo, y que atesoremos toda Su palabra. Quiere que ofrezcamos una ilustración terrenal de la unidad trinitaria, y un testimonio terrenal de la verdad trinitaria.

Pocos cristianos e iglesias mantienen de forma natural una comprensión equilibrada de ambas oraciones: tendemos a desviarnos hacia una «unidad» que erosiona la verdad, o hacia una «verdad» que destruye la unidad. Por eso, a menudo necesitamos recalibrarnos: nuestro ecumenista interior necesita más firmeza; nuestro despiadado vigilante interior necesita menos dureza.

Jesús quiere que Su iglesia sea una, y que sea sabia. Quiere que amemos a todo Su pueblo, y que atesoremos toda Su palabra

Para ello, puede ayudar una herramienta antigua, rearticulada y clarificada en las últimas décadas: el triaje teológico.

¿Qué es el triaje teológico?
El triaje teológico —término acuñado por Albert Mohler en 2005— trata de organizar la verdad cristiana en distintos niveles, desde las doctrinas esenciales hasta las enseñanzas más periféricas. En un reciente y útil libro, por ejemplo, Gavin Ortlund ofrece el siguiente modelo cuádruple:

Las doctrinas de primer rango son esenciales al evangelio mismo.
Las doctrinas de segundo rango son urgentes para la salud y práctica de la iglesia de tal manera que frecuentemente causan que los cristianos se separen a nivel de iglesia local, denominacional y/o ministerial.
Las doctrinas de tercer rango son importantes para la teología cristiana, pero no lo suficiente como para justificar la separación o la división entre cristianos.
Las doctrinas de cuarto rango son poco importantes para nuestro testimonio evangélico y nuestra colaboración en el ministerio (Escoge tus batallas, p. 19).
El triaje teológico aplicado correctamente no justifica la indiferencia hacia las doctrinas que están por debajo del primer nivel. Toda la Escritura posee el aliento de Dios (2 Ti 3:16) de modo que, cuando Jesús oró para que fuéramos santificados «en la verdad», se refería a toda ella, hasta la tilde y letra más pequeña (Mt 5:18).

Sin embargo, la Escritura misma trata algunas doctrinas como más fundamentales que otras, y el triaje teológico trata de seguir ese ejemplo. Así como Jesús habló de los «preceptos más importantes de la ley» (Mt 23:23), y como Pablo habló del evangelio «en primer lugar» (1 Co 15:3), el triaje teológico trata de diferenciar las doctrinas más importantes de las que tienen menos urgencia. (De ahí que Mohler utilice la ilustración del triaje: Los médicos de urgencias tratan las heridas de bala de forma diferente a los esguinces de tobillo).

El beneficio principal, como veremos, es el equilibrio y la sabiduría en nuestra búsqueda de la unidad. No minimizamos montañas ni magnificamos granos de arena.

Ciencia y arte
Del mismo modo que en un contexto médico, el proceso de triaje suele ser complejo. No siempre discerniremos inmediatamente si una doctrina encaja en el primer nivel (dividir a los cristianos de los no cristianos), en el segundo nivel (dividir a las iglesias locales, denominaciones o ministerios) o en el tercer nivel (no dividir nada). El triaje es tanto ciencia como arte; requiere tanto percepción intelectual como sabiduría espiritual; se basa tanto en un juicio cuidadoso como en un instinto piadoso.

Por ejemplo, una misma doctrina puede encajar en una categoría diferente dependiendo de la situación. Como observa Ortlund, el tema de los dones espirituales a veces encaja en el segundo nivel, pero no siempre. Actualmente, un cesacionista convencido asiste alegremente a la iglesia continuista en la que sirvo.

El triaje teológico trata de organizar la verdad cristiana en distintos niveles, desde las doctrinas esenciales hasta las enseñanzas más periféricas

Los contextos culturales o misiológicos también influyen en la práctica del triaje. Las iglesias nuevas en fronteras no alcanzadas, junto con algunos equipos misioneros, pueden rebajar algunas doctrinas típicas de segundo nivel al tercer nivel. En Estados Unidos, los ancianos de una iglesia podrían limitar la membresía a aquellos que han sido bautizados como creyentes; en Afganistán, podrían no hacerlo, o podrían no hacerlo todavía (sabiamente).

En ocasiones, incluso evaluar desacuerdos de primer orden exige sabiduría. Una persona puede rechazar la justificación por la fe porque no la entiende; otra puede rechazar la doctrina porque la entiende y la odia. La primera situación requiere una enseñanza cuidadosa y una evaluación posterior, mientras que la segunda no.

Podrían mencionarse más complejidades (puedes ver el artículo de Joe Rigney en inglés, How to Weigh Doctrines for Christian Unity), pero estas bastan para mostrar la necesidad de humildad, paciencia y sabiduría colectiva en lugar de reflejos individuales. En el Nuevo Testamento se habla de una pluralidad de ancianos en las iglesias locales, y con razón. El triaje teológico se realiza mejor en un grupo de pastores con discernimiento espiritual, hombres que tienen los ojos puestos en el rebaño y son sabios en cuanto a las necesidades, peligros y oportunidades de su contexto local.

Al igual que los médicos de urgencias necesitan algo más que conocimientos médicos para practicar bien el triaje, los ancianos de una iglesia necesitan algo más que conocimientos bíblicos para hacer lo mismo. Necesitan conocer no solo el canon de las Escrituras, sino también el caso que tienen delante y el contexto que les rodea. Necesitan preguntarse: «Considerando todas las cosas, ¿vale la pena dividirse por esta doctrina en este momento?».

Tres pruebas de triaje
En su libro When Doctrine Divides the People of God [Cuando la doctrina divide al pueblo de Dios], Rhyne Putman ofrece tres pruebas para ayudar al proceso de discernimiento (pp. 220-39):

La prueba hermenéutica: cuanto más claramente enseña la Biblia una doctrina, más probable es que pertenezca a un nivel superior.
La prueba del evangelio: cuanto más central es una doctrina para el evangelio, más probable es que pertenezca a un nivel superior.
La prueba de la praxis: cuanto más afecta una doctrina a la práctica de una iglesia, más probable es que pertenezca a un nivel superior.
Estas tres pruebas no responderán a todas las preguntas, pero ofrecen un punto de partida. Considera dónde encajan algunas doctrinas comunes después de pasarlas por la hermenéutica, el evangelio y la praxis:

Doctrinas como la deidad de Cristo y la Trinidad (claras hermenéuticamente y centrales para el evangelio) pertenecen al primer nivel.
Doctrinas relacionadas con el bautismo, la cena del Señor y el llamado de hombres y mujeres (menos claras hermenéuticamente, pero aún cerca del evangelio y dando forma a la praxis de una iglesia) usualmente pertenecen al segundo nivel.
Doctrinas como la edad de la tierra o la naturaleza y el momento del reinado milenario de Cristo (menos claras hermenéuticamente, menos conectadas al evangelio y menos importantes para la praxis de una iglesia) suelen pertenecer al tercer nivel.
Sin embargo, una vez más, cada categoría admite complejidad, lo que exige que las iglesias practiquen el triaje a la luz de los casos individuales y de su contexto más amplio.

¿Por qué practicar el triaje teológico?
Si el triaje teológico conlleva tal complejidad, ¿por qué practicarlo? Porque, con toda probabilidad, solo un hábito como este mantendrá nuestros latidos al ritmo de la petición que Jesús hizo en Juan 17. Solo a medida que distingamos doctrinas aprenderemos a evitar los peligros del maximalismo teológico, el minimalismo teológico y lo que podríamos llamar triaje inconsciente.

Maximalismo teológico
Los maximalistas teológicos, o sectarios teológicos, pueden distinguir entre doctrinas hasta cierto punto: por ejemplo, puede que no equiparen la deidad de Cristo con la forma de gobierno de una iglesia. Pero tienden a elevar doctrinas de tercer nivel al segundo nivel, y doctrinas de segundo nivel al primer nivel. Al hacerlo, a menudo separan cuando deberían tolerar, dividen cuando deberían soportar. Temerosos de los lobos, atacan a otras ovejas.

Al no distinguir lo que pesa más de lo que pesa menos, algunos pueden acabar cortando los miembros del cuerpo de Cristo

Los maximalistas sienten correctamente que la protección de la sana doctrina exige a veces palabras fuertes; como Judas, «exhortándolos a luchar ardientemente por la fe que… fue entregada a los santos». Pero, tal como señala Ortlund, no comparten necesariamente el afán de Judas por celebrar «nuestra común salvación» (Jud v. 3). Así, al no distinguir lo que pesa más de lo que pesa menos, pueden acabar cortando los miembros del cuerpo de Cristo.

Minimalismo teológico
A los minimalistas teológicos también les cuesta hablar de «asuntos de mayor peso», pero no porque eleven tantas doctrinas a los niveles superiores, sino porque elevan muy pocas. Si se les presiona, pueden estar de acuerdo en que un antitrinitario no puede ser cristiano, pero solo si se les presiona. Por sí solos, los minimalistas tienden a rebajar las doctrinas de primer nivel al segundo nivel, y las doctrinas de segundo nivel al tercer nivel. Al hacerlo, a menudo dicen: «¡Unidad! ¡Unidad!», cuando no hay unidad (Jer 6:14; 8:11).

Los minimalistas tratan de representar la séptima bienaventuranza —«Bienaventurados los pacificadores»—, pero rara vez o nunca adoptan posturas lo suficientemente firmes como para representar la octava: «Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan, y digan todo género de mal contra ustedes falsamente, por causa de Mí» (Mt 5:10-11). Les cuesta ver que la paz verdadera, la unidad verdadera, requiere un centro de convicción inamovible (y a veces ofensivo); de lo contrario, ¿en torno a qué nos unimos?

Triaje inconsciente
Pero tal vez la mejor razón para practicar el triaje teológico sea que funcionalmente ya lo hacemos. No podemos evitar tratar algunas doctrinas como más importantes que otras. A menos que hayamos considerado cuidadosamente cuáles doctrinas son realmente más importantes, es probable que nuestro acercamiento al triaje esté menos determinado por las Escrituras y más por una mezcla de personalidad, trasfondo y capricho.

Jesús reprendió a los fariseos porque «cuelan el mosquito y se tragan el camello» (Mt 23:24), y muchos de nosotros, aunque menos hipócritas, necesitamos oír la misma advertencia. Naturalmente, estamos especialmente atentos a algunos mosquitos y extrañamente insensibles a algunos camellos: algunos defienden con vehemencia una tierra joven o vieja, pero no sé preocupan por la justificación; algunos atacan a los complementaristas o egalitarios como Atanasio atacó a Arrio, pero rechazan las controversias trinitarias como si nada. No podemos soportar al mosquito en nuestro guiso, pero sí al camello en nuestro plato de carne.

Así pues, el triaje teológico nos ayuda a sopesar no solo las doctrinas, sino también a sopesarnos nosotros mismos. Pone al descubierto nuestras propias tendencias persistentes y nos invita a recalibrar nuestros modelos inconscientes según el ejemplo de las Escrituras.

Amar la unidad, atesorar la verdad
¿Cómo podemos saber si estamos creciendo a la hora de sopesar las doctrinas como Dios mismo lo hace?

Quienes tienden al maximalismo teológico se encontrarán soportando desacuerdos cuando antes habrían roto la comunión; los que tienden al minimalismo teológico se verán a sí mismos ofendiendo a algunos cuando antes no ofendían a nadie. Los maximalistas no tratarán las doctrinas de segundo y tercer nivel como sin importancia, pero aprenderán a bajar la voz cuando hablen de ellas; los minimalistas, mientras tanto, no se sentirán incómodos cuando vean a un hermano o hermana contendiendo por verdades preciosas. Los minimalistas aprenderán a luchar más; los maximalistas aprenderán a luchar más contra sí mismos.

Todos nosotros, cualquiera que sea nuestra tendencia natural, oraremos más a menudo: «Padre, haz que seamos uno» y, con el mismo aliento, «átanos con tu verdad».

Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición.
Scott Hubbard es editor en Desiring God, pastor en la iglesia All Peoples [Todos los pueblos] y graduado del Bethlehem College & Seminary. Él y su esposa, Bethany, viven con sus dos hijos en Minneapolis.

5 errores a evitar cuando enseñes las doctrinas de la gracia | Josué Barrios

5 errores a evitar cuando enseñes las doctrinas de la gracia

Josué Barrios

Para mí, conocer las doctrinas de la gracia fue como experimentar una especie de nueva conversión a la fe. Estas verdades son bíblicas, y por tanto ciertas, y por tanto para la gloria de Dios y nuestro gozo en Él.

Por eso comprendo a mis hermanos calvinistas cuando quieren que todas las personas conozcan y abracen estas doctrinas. Además, en la Biblia leemos que estas doctrinas son importantes para caminar en santidad y estar aptos para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17).

Sin embargo, he notado que a veces podemos cometer ciertos errores al enseñarlas y quisiera advertirte sobre ellos, como alguien que ha cometido varios en el pasado. Estos errores se relacionan entre sí:

  1. El error de enseñarlas sin gracia.
    Algunos calvinistas lucen más interesados en demostrar sus conocimientos y ganar debates, que en ayudar y servir al prójimo. Ni hablar de los que son apasionados por crear memes burlones para compartir en Facebook.

Esa actitud orgullosa fomenta una barrera al enseñar las doctrinas de la gracia.

Si creemos en la sublime gracia de Dios, entonces busquemos reflejarla al enseñar a otros. Si Dios es paciente con nosotros, ¿quiénes somos para no ser paciente con nuestro prójimo? Si Dios nos salvó por pura gracia, ¿quiénes somos para vivir con orgullo? Si Dios nos dio entendimiento para comprender más Su Palabra, ¿por qué a veces nos envanecemos como si hubiésemos conocido las doctrinas de la gracia por nosotros mismos?

John Newton escribió hace siglos: “De todas las personas que se involucran en controversias, nosotros los que nos llamamos calvinistas, estamos ligados expresamente a nuestros propios principios de gentileza y moderación”[1].

¡Cuán vigente siguen siendo esas palabras!

  1. El error de enseñarlas sin mostrarlas en la Biblia.
    Muchas personas suelen pensar que las doctrinas de la gracia no son bíblicas, o que los calvinistas exaltamos más a los hombres que a Dios.

Por eso, si quieres predicar estas verdades, por favor no lo hagas principalmente citando a Piper, MacArthur, Sproul o a Calvino: Hazlo exponiendo la Biblia.

Así harás entender claramente que lo que crees no es invento de hombres, sino algo revelado por Dios, siendo más convincente al hablar de estas verdades.

  1. El error de no conocerlas bien antes de enseñarlas.
    He visto a muchas personas promover las doctrinas de la gracia, pero cuando alguien les pregunta por qué las creen y qué significan esas verdades, ¡no saben qué decir!

Aunque creo que ocurre un verdadero despertar a la teología reformada en la iglesia en Latinoamérica, también es cierto que existen quienes parecen proclamar estas verdades por moda o sin saber por qué lo hacen.

Hermano, si queremos enseñar a otros, necesitamos conocer bien lo que estamos llamados a transmitir. Solo así nos guardaremos de llevar las doctrinas de la gracia a conclusiones que no son bíblicas. Solo así enseñaremos con mayor convicción, persuasión y guiando a las personas a la verdad.

  1. El error de no confiar en la soberanía de Dios.
    Un área en la que Dios me ha confrontado, es la forma de defender las doctrinas de la gracia y la soberanía absoluta de Dios cuando estoy envuelto en conversaciones sobre el tema con personas que no creen estas doctrinas.

Irónicamente, yo no confiaba en la soberanía de Dios al hablar de la soberanía de Dios. Cuando ya había hablado mucho en amor y de forma irrefutable, respondiendo a preguntas y contra-argumentos, y las personas insistían en rechazar estas enseñanzas bíblicas y continuar el debate, yo seguía participando en el mismo, en vez de soltar la conversación y creer que Dios tiene todo bajo control.

Había un agujero enorme entre mi teología y la forma en que vivía. Y cuanto más miro a muchos calvinistas jóvenes como yo enseñar las doctrinas de la gracia, más comprendo que este es un error común.

Es contradictorio decir que creemos en un Dios absolutamente soberano, mientras actuamos como si creyéramos que depende últimamente de nosotros o de las personas que nos escuchan, si ellas creerán estas verdades o no.

No confiar en la soberanía de Dios también se evidencia en la falta de oración, lo cual es una muestra de confiar demasiado en nosotros mismos. Si el apóstol Pablo necesitaba oraciones para enseñar la Palabra de Dios, porque reconocía que todo depende últimamente del Señor, sin duda nosotros también necesitamos orar (Colosenses 4:3-4). ¿Cuándo fue la última vez que oraste pidiendo a Dios paciencia y sabiduría al hablar a otros sobre Él?

El impacto de nuestra enseñanza sobre la soberanía de Dios sería muy diferente si viviésemos confiando más en Él, orando por nosotros y la iglesia.

  1. El error de confundirlas con el evangelio.
    Latinoamérica necesita iglesias que afirmen las doctrinas de la gracia por la sencilla razón de que necesita iglesias que se acerquen más y más a afirmar todo el consejo de Dios. Abrazando toda la Escritura, las personas comprenderán mejor el grandioso evangelio y nos guardaremos mejor del error. Los efectos de las doctrinas de la gracia son grandiosos y agradezco a Dios por eso[2]. ¡Estas doctrinas importan mucho[3]!

Sin embargo, muchos calvinistas cometen el error opuesto de creer que estas doctrinas no importan: el extremo de creer que estas doctrinas lo son todo (un error relacionado a comprender mal estas enseñanzas bíblicas).

Así, muchas personas terminan confundiendo las doctrinas de la gracia con el mismo evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Es cierto que el evangelio y las doctrinas de la gracia están íntimamente relacionadas, pero necesitamos comprender que no son exactamente lo mismo[4].

Las doctrinas de la gracia llevan a comprender mejor el evangelio. Pero confundir las doctrinas de la gracia con el evangelio nos llevará a un entendimiento errado de las buenas noticias que nos conduce inevitablemente al sectarismo que dice: “si no eres calvinista, ¡no eres cristiano!”

Esa actitud nos separa de tener comunión los unos con los otros luchando juntos por el evangelio, y trae incontables problemas para la iglesia. Sencillamente, es algo terrible pretender mutilar el cuerpo de Cristo.

Necesitamos comprender que a pesar de ciertos errores doctrinales que alguien pueda tener en relación a temas como la elección o la gracia irresistible, si esa persona no está errada en su comprensión del evangelio y lo cree confesando a Cristo como Señor y Salvador, esa persona es tan salva como el calvinista más erudito de todos[5]. ¡Así de inmensa es la gracia de Dios!

Como dije antes, muchos calvinistas hemos cometido algunos de estos errores en más de una ocasión. Por eso oro que el Señor nos conceda proclamar toda Su Palabra de manera apropiada, en humildad y amando a los demás. Y si hemos fallado en hacer eso, reconozcamos nuestra falta y acudamos a Cristo. En Él hay más gracia que pecado en nosotros, la cruz nos recuerda eso.

[1] https://www.monergism.com/controversy-john-newton

[2] He escrito brevemente al respecto en mi artículo “Cómo las doctrinas de la gracia impactan mi vida”: //josuebarrios.com/doctrinas-gracia-impactan-vida/

[3] Tal vez nadie ha trabajado en las últimas décadas más arduamente que el pastor John Piper en hacer ver esta realidad. A quien quiera conocer más su enseñanza, recomiendo principalmente sus libros: “Cinco Puntos” y “Los Deleites de Dios”

[4] Recomiendo esta “mesa redonda” de Coalición Por el Evangelio, en donde Jairo Namnún y los pastores Miguel Núñez y José Mercado conversan al respecto: https://www.youtube.com/watch?v=yAuH5WawYjU. También recomiendo este artículo del pastor John Piper en donde él explica que los cristianos que no creen las doctrinas de la gracia sí pueden predicar un evangelio suficiente: https://www.thegospelcoalition.org/coalicion/article/predican-los-arminianos-un-evangelio-suficiente.

[5] Para más información sobre prioridades teológicas, recomiendo el artículo: “A Call for Theological Triage and Christian Maturity” (Un llamado al triaje teológico y la madurez cristiana) del Dr. Albert Mohler.

//www.albertmohler.com/2004/05/20/a-call-for-theological-triage-and-christian-maturity-2/