¿Sabemos cómo GLORIFICAR a DIOS? | Charles Spurgeon

CATECISMO DE SPURGEON

EPISODIO 2 — ¿QUÉ REGLA HA DADO DIOS?

Pregunta: ¿Qué regla ha dado Dios para hacernos saber cómo podemos glorificarle y disfrutar de él?

Respuesta: La Palabra de Dios que se encuentra en las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento es la única regla para hacernos saber cómo podemos glorificar a Dios y disfrutar de él.

Si fuimos creados para glorificar a Dios y disfrutar de Él, inmediatamente aparece una pregunta necesaria: ¿cómo sabemos de qué manera debemos hacerlo?

No podemos decidirlo simplemente por lo que sentimos, por nuestras preferencias personales o por aquello que nuestra cultura considera correcto. Si Dios es nuestro Creador, entonces Él mismo debe decirnos quién es, cómo debemos acercarnos a Él y cómo quiere que vivamos delante de su presencia.

Y precisamente por eso Dios nos ha dado su Palabra.

Pablo afirma en 2 Timoteo 3:16 que toda la Escritura es inspirada por Dios. Esto significa que la Biblia no es solamente una colección de pensamientos religiosos producidos por hombres piadosos. Dios utilizó autores humanos, con sus propias personalidades y circunstancias, pero por medio de ellos comunicó aquello que quiso revelar a su pueblo.

Por tanto, nuestra fe no descansa finalmente en opiniones humanas, experiencias personales o sentimientos cambiantes. Descansa en lo que Dios ha dicho.

Y esa revelación se encuentra en las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento. No son dos mensajes separados. Toda la Biblia desarrolla una sola historia de redención. El Antiguo Testamento nos muestra la creación, la caída, las promesas y la preparación para la venida del Mesías; y el Nuevo Testamento nos muestra el cumplimiento de esas promesas en Jesucristo.

Por eso Efesios 2:20 presenta a la iglesia edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Jesucristo la principal piedra del ángulo. Toda la revelación bíblica encuentra su centro y cumplimiento en Cristo.

Ahora bien, el catecismo añade algo fundamental: la Palabra de Dios es la única regla para saber cómo glorificarle y disfrutar de Él.

Esto no significa que no podamos aprender de pastores, maestros, confesiones de fe, catecismos o buenos libros cristianos. Podemos beneficiarnos profundamente de ellos. Pero todos permanecen bajo la autoridad de la Escritura.

Todo predicador debe ser examinado por la Palabra.

Toda tradición debe ser examinada por la Palabra.

Toda experiencia debe ser examinada por la Palabra.

Incluso este mismo catecismo debe ser examinado a la luz de la Biblia.

Desde una perspectiva bautista reformada valoramos la historia de la iglesia y las confesiones que han expresado fielmente la doctrina cristiana, pero ninguna de ellas puede sustituir la autoridad de Dios en su Palabra.

Y aquí encontramos algo hermoso: Dios no nos dio las Escrituras solamente para llenar nuestra mente de información. Nos las dio para que le conozcamos.

La Biblia nos muestra su santidad, su justicia, su misericordia, su fidelidad y su gracia. Nos muestra también nuestra condición pecaminosa y nuestra necesidad de salvación. Y, sobre todo, nos conduce a Jesucristo.

En 1 Juan 1:3, Juan relaciona la verdad proclamada con la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. La verdadera doctrina, entonces, no debe alejarnos de Dios; debe llevarnos a conocerle mejor.

Y cuanto más conocemos al Dios verdadero revelado en las Escrituras, más razones tenemos para confiar en Él, obedecerle, adorarle, glorificarle y disfrutar de Él.

Por eso esta segunda pregunta también nos confronta personalmente:

¿Qué está gobernando realmente lo que creo y la manera en que vivo?

¿La Palabra de Dios, mis emociones, las opiniones de otros o las ideas cambiantes de nuestra época?

Dios no nos dejó solos tratando de descubrir cómo vivir para su gloria.

Nos dio su Palabra.

Y en ella encontramos la verdad que necesitamos para conocer a Dios, conocer a Cristo y aprender a vivir para su gloria.

Catecismo de Spurgeon: doctrina para conocer, verdad para creer y una vida para la gloria de Dios.

Crédito de la obra que inspiró este artículo:

Este contenido está basado en el Catecismo de Spurgeon, obra original de Charles H. Spurgeon. La revisión, edición, adaptación, desarrollo y presentación de este episodio han sido realizadas por Alimentemos el Alma, con apoyo de inteligencia artificial como herramienta de asistencia en la redacción, organización y revisión del contenido.
La supervisión doctrinal y la responsabilidad final de lo expuesto corresponden a Alimentemos el Alma.

¿PARA QUÉ EXISTE EL HOMBRE? | Charles Spurgeon

CATECISMO DE SPURGEON

Episodio 1 — ¿PARA QUÉ EXISTE EL HOMBRE?

PREGUNTA 1

¿Cuál es el fin principal del hombre?

RESPUESTA

El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.

“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.” 1 Corintios 10:31

¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?; Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. Salmos 73:25-26


COMENTARIO DOCTRINAL

¿Para qué estamos aquí?

Es una de las preguntas más profundas que puede hacerse un ser humano.

Muchos responderían que estamos aquí para ser felices, formar una familia, alcanzar nuestras metas, trabajar, prosperar, dejar un legado o simplemente disfrutar de la vida.

Todas esas cosas pueden ocupar un lugar legítimo en nuestra existencia. Pero ninguna de ellas constituye nuestro propósito supremo.

El Catecismo de Spurgeon comienza llevándonos inmediatamente a Dios:

«El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre».

Esta respuesta coloca toda nuestra existencia en la perspectiva correcta.

1. FUIMOS CREADOS PARA DIOS

El hombre no es el centro del universo.

Dios lo es.

La Escritura enseña que todas las cosas existen por Dios, mediante Dios y para Dios. Por eso Pablo concluye en Romanos 11:36 que de Él, por Él y para Él son todas las cosas.

Esto incluye nuestra propia vida.

No existimos principalmente para realizarnos a nosotros mismos. Existimos porque Dios quiso darnos existencia y porque nuestra vida encuentra su verdadero propósito cuando está orientada hacia Él.

Por eso 1 Corintios 10:31 nos enseña que incluso las actividades más ordinarias —comer, beber y todo lo que hacemos— deben realizarse para la gloria de Dios.

Glorificar a Dios no significa añadirle una gloria que Él no posea.

Dios es infinitamente glorioso en sí mismo.

Nosotros glorificamos a Dios cuando reconocemos quién es Él, creemos su Palabra, obedecemos sus mandamientos, confiamos en su bondad y vivimos de una manera que manifiesta su excelencia.

La vida cristiana, entonces, no se divide entre momentos “espirituales” y momentos “normales”.

Toda nuestra vida pertenece a Dios.

Nuestro matrimonio.

Nuestro trabajo.

Nuestro dinero.

Nuestros pensamientos.

Nuestro descanso.

Nuestras decisiones.

Nuestra adoración.

Todo debe estar bajo el señorío de Dios.


2. EL PECADO CAMBIÓ EL CENTRO DE NUESTRA VIDA

Aquí necesitamos hacer una aclaración importante.

Aunque el hombre fue creado para glorificar a Dios, por naturaleza no vive buscando la gloria de Dios.

El pecado produjo precisamente lo contrario.

Romanos 1 enseña que el hombre conoció a Dios, pero no le glorificó como a Dios. En lugar de vivir para su Creador, comenzó a vivir para sí mismo y para las cosas creadas.

Ese es uno de los efectos más profundos de la caída.

El pecado no consiste solamente en cometer determinadas acciones malas.

En su raíz, el pecado consiste en quitar a Dios del centro y colocar allí al hombre.

Por eso podemos ser moralmente respetables y, sin embargo, vivir completamente alejados del propósito para el cual fuimos creados.

Una persona puede trabajar, estudiar, casarse, criar hijos, ayudar a otros e incluso practicar una religión, y todavía vivir fundamentalmente para sí misma.

El problema esencial del hombre no es simplemente que necesita mejorar su comportamiento.

Necesita ser reconciliado con Dios.


3. CRISTO NOS DEVUELVE AL PROPÓSITO PARA EL CUAL FUIMOS CREADOS

Aquí el catecismo nos conduce naturalmente hacia Cristo.

El hombre pecador no puede restaurarse a sí mismo.

Necesitamos un Salvador.

Jesucristo vivió perfectamente para la gloria del Padre. Obedeció donde nosotros desobedecimos y cumplió perfectamente la voluntad de Dios.

Después murió en la cruz por pecadores y resucitó.

Por medio de Cristo, Dios perdona y reconcilia consigo a todo aquel que se arrepiente y cree.

La salvación, por tanto, no consiste solamente en escapar del juicio.

Dios nos salva para restaurarnos a una vida centrada nuevamente en Él.

El creyente comienza a aprender aquello para lo cual fue creado:

vivir para la gloria de Dios.

No lo hace perfectamente.

Seguimos luchando contra el pecado.

Seguimos teniendo deseos egoístas.

Seguimos necesitando gracia cada día.

Pero ahora existe una nueva dirección en nuestra vida.

Ya no queremos vivir únicamente para nosotros mismos.

Queremos que Cristo sea honrado en nosotros.


4. GLORIFICAR A DIOS Y GOZARSE EN ÉL

La segunda parte de la respuesta es igualmente hermosa:

«…y gozar de Él para siempre».

El cristianismo bíblico no presenta a Dios como si Él recibiera gloria mientras nosotros vivimos eternamente frustrados.

Al contrario.

Nuestra mayor satisfacción se encuentra precisamente en conocer a Dios.

El Salmo 73 expresa esta realidad cuando el salmista reconoce que, aun cuando su cuerpo y su corazón desfallezcan, Dios sigue siendo la fortaleza de su corazón y su porción para siempre.

El mayor regalo de la salvación no es simplemente recibir bendiciones de Dios.

El mayor regalo es Dios mismo.

Esto necesita decirse con claridad, especialmente en una época donde muchas veces se presenta el cristianismo como un medio para obtener salud, prosperidad, éxito, estabilidad económica o cumplimiento de nuestros sueños.

Dios ciertamente puede concedernos muchas bendiciones temporales.

Pero ninguna de ellas es el propósito final de la vida cristiana.

Nuestra porción es Dios.

Podemos perder posesiones y tener a Dios.

Podemos atravesar enfermedad y tener a Dios.

Podemos conocer aflicción y tener a Dios.

Podemos pasar temporadas donde nuestros planes no se cumplen y todavía tener en Cristo aquello que ninguna circunstancia puede quitarnos.

Por eso glorificar a Dios y disfrutar de Dios están profundamente unidos.

Cuanto más conocemos verdaderamente a Dios, más comprendemos que Él es digno de nuestra adoración.

Y cuanto más vivimos para su gloria, más descubrimos que ninguna criatura puede ocupar el lugar que pertenece solamente al Creador.


APLICACIÓN

Esta primera pregunta del catecismo nos obliga a examinar nuestra vida.

¿Para qué estoy viviendo?

¿Qué ocupa realmente el centro de mis decisiones?

¿Qué determina mis prioridades?

¿Qué considero indispensable para ser feliz?

Tal vez profesamos creer que Dios es lo más importante mientras nuestras preocupaciones revelan que estamos viviendo principalmente para el dinero, la aprobación de los demás, nuestros hijos, nuestro trabajo, nuestros proyectos o nuestra propia tranquilidad.

Ninguna de esas cosas puede soportar el peso de convertirse en nuestro dios.

Fuimos creados para algo infinitamente mayor.

Fuimos creados para conocer a Dios, amarle, obedecerle, adorarle y vivir para su gloria.

Y solamente en Cristo podemos regresar al propósito para el cual fuimos creados.


CONCLUSIÓN

Así que la primera pregunta del Catecismo de Spurgeon no es una cuestión filosófica distante.

Es profundamente personal.

¿Cuál es el fin principal del hombre?

Glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.

Ese es nuestro propósito.

Ese es el verdadero orden de la vida.

Y esa es también nuestra esperanza:

que aquello que comenzamos imperfectamente ahora por la gracia de Dios, un día lo viviremos plenamente en su presencia.

Glorificaremos a Dios y gozaremos de Él para siempre.

CATECISMO DE SPURGEON

Doctrina para conocer.
Verdad para creer.
Una vida para la gloria de Dios.

Crédito de la obra que inspiró este artículo:

Este contenido está basado en el Catecismo de Spurgeon, obra original de Charles H. Spurgeon. La revisión, edición, adaptación, desarrollo y presentación de este episodio han sido realizadas por Alimentemos el Alma, con apoyo de inteligencia artificial como herramienta de asistencia en la redacción, organización y revisión del contenido.
La supervisión doctrinal y la responsabilidad final de lo expuesto corresponden a Alimentemos el Alma.

EL ORDO SALUTIS | R.C.Sproul


Cuando miramos más detenidamente la relación entre elección y salvación, necesitamos ocuparnos de lo que los teólogos llaman el ordo salutis u “orden de la salvación”. El ordo salutis tiene que ver con el orden en que ocurren varios sucesos que conducen a nuestra redención, específicamente el orden lógico más bien que cronológico.
Con esta distinción me refiero a lo siguiente. Creemos que somos justificados por la sola fe. Pero, ¿cuánto tiempo después de poseer la verdadera fe salvadora somos justificados? ¿Cinco segundos, cinco minutos, cinco meses, cinco años? No, decimos que la justificación y la fe son coincidentes en cuanto al tiempo. En el preciso instante en que tenemos verdadera fe, en ese mismo momento Dios nos recibe como personas justificadas. Pero aun así decimos que la fe viene antes que la justificación, aun cuando ocurren al mismo tiempo. La fe precede lógicamente a la justificación. En otras palabras, dado que nuestra justificación depende y se apoya en la fe, la fe es el prerrequisito, la condición necesaria que debe estar presente para que ocurra la justificación. Así que la fe es lógicamente necesaria para la justificación. La fe precede a la justificación, no en el tiempo, sino en cuanto a necesidad lógica. Así que cuando hablamos del orden de la salvación, ten en cuenta que lo que se toma en consideración son las distinciones relativas a los prerrequisitos, sobre la base de la necesidad lógica.
En Romanos 8, tenemos uno de los versos más famosos y apreciados de todo el Nuevo Testamento: “Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, es decir, de los que él ha llamado de acuerdo a su propósito” (v. 28). Nótese que esta promesa de que todas las cosas están dispuestas para bien es para las personas que aman a Dios, para aquellos que son descritos como los que son llamados según su propósito.
Ese es un tipo especial de llamado. La Biblia habla sobre el llamado del evangelio que sale para todos, lo que llamamos el llamado externo o exterior. No todos los que oyen el evangelio son salvos. También se habla del llamado interior, el llamado de Dios en la persona, en el corazón, que es una obra de Dios el Espíritu Santo, un llamado que es efectivo. En este llamado, el Espíritu Santo abre el corazón de los creyentes, obrando en el interior para llevar a cabo el propósito de Dios. Es este llamado el que Pablo tiene en mente en Romanos 8:28. Todos los elegidos reciben este llamado interior, como queda claro en los versos que siguen.
Veamos la primera mitad del verso 29: “Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que sean hechos conforme a la imagen de su Hijo”. Pablo está hablando aquí de los propósitos de Dios respecto a la salvación, y comienza mencionando la presciencia de Dios. Él nos dice que a aquellos que Dios antes conoció, él los predestinó. ¿Cuál fue el objetivo de esta predestinación? Fue que aquellos a los que Dios conoció de antemano fueran hechos conforme a la imagen de Cristo.
En el verso 30, encontramos lo que llamamos “la cadena de oro”: “Y a los que predestinó, también los llamó; y a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó”. Esta es una versión abreviada del orden de la salvación. Hay otros aspectos de la salvación aparte de los que aquí se mencionan; Romanos 8:30 toca los puntos básicos, por así decirlo. Por ejemplo, la santificación no está en esta lista. Esta lista más bien incluye (partiendo desde el verso 29), primero, el conocimiento previo; segundo, la predestinación; tercero, el llamado; cuarto, la justificación; y quinto, la glorificación.
Es muy importante para nuestra comprensión de la seguridad asimilar lo que está sucediendo en este orden de la salvación. Como señalé antes, Pablo se refiere a un orden lógico, y comienza por el conocimiento previo. La perspectiva de la elección según la presciencia que mencioné anteriormente es popular porque las personas llegan a este texto y dicen: “¡Ajá! El primer paso es el conocimiento previo. Eso significa que la elección o la predestinación se basan en algo que Dios sabe de antemano sobre las personas”. Pero el texto no dice eso. De hecho, en el desarrollo que hace Pablo de este tema en el capítulo 9, esa posibilidad queda descartada. Según la comprensión reformada de la elección, las personas elegidas según los decretos de Dios no son códigos sin nombre. Para que Dios elija a alguien, él debe tener alguna idea de la persona que está eligiendo. Así que el conocimiento previo debe preceder a la predestinación, porque Dios predestina a individuos específicos a los que ama y escoge.
El siguiente suceso lógico es la predestinación. Pablo nos dice que aquellos a los que Dios antes conoció también los predestinó. No se dice pero se entiende claramente aquí que todos los que están en la categoría del conocimiento previo están predestinados. Desde luego, la presciencia de Dios, en general, incluye a todas las personas, no solo a los elegidos. Pero aquí Pablo está hablando del conocimiento previo de Dios de sus elegidos. ¿Cómo lo sabemos? Porque Pablo declara que todos aquellos a quienes Dios conoció de antemano, en el sentido en el que aquí los conoce, son predestinados, y todos los que son predestinados son llamados, y todos los que son llamados son justificados. Este es el punto crucial. Si todos los que son llamados son justificados, Pablo no puede estar refiriéndose al llamado externo. Debe estar hablando del llamado interno, porque todos los que reciben este particular llamado reciben la justificación, así como todos los que son justificados son glorificados.
Así que si quiero saber si voy a ser glorificado —es decir, si en última instancia voy a ser salvo— necesito determinar si estoy justificado. Si estoy justificado, sé que voy a ser glorificado. En otras palabras, si ahora estoy justificado, no tengo nada de qué preocuparme: Aquel que ha comenzado una buena obra en mí va a completarla hasta el final (Filipenses 1:6).

Sproul, R. C. (2010). ¿Puedo estar seguro de que soy salvo? (E. Castro, Trad.; Vol. 7). Reformation Trust: A Division of Ligonier Ministries.

UN TÍTULO EXAMINADO | Mateo 7:22, 23

22 Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? 23 Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad. Mateo 7:22-23Reina-Valera 1960


Grande será la desilusión de aquellos que van al juicio esperando una bienvenida entre los amados de Dios, pero quienes recibirán la sentencia del Juez: «Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de iniquidad».

La razón para el examen:
A menudo es difícil distinguir entre el movimiento de los sentimientos animales, y los verdaderos afectos e impulsos religiosos. Las emociones vienen y van, como las olas del mar.

Estamos en peligro de ser satisfechos con el nivel existente de religión en la comunidad donde vivimos. El nivel de piedad en la mayoría de los lugares es muy bajo.

Un alma engañada es un constante peso muerto para la iglesia.

El examen que Dios nos haga será muy profundo y concienzudo.

Preguntas del examen:
¿Se ha rendido totalmente a Dios, y ha aceptado a Cristo como Salvador y Señor?

¿Ha experimentado el perdón de sus pecados?

¿Ama a su prójimo como a usted mismo?

¿Lee y obedece usted la Palabra de Dios?

¿Ora regularmente, no sólo por usted, sino también por los demás, y por la Iglesia y la venida del Reino de Dios?

¿Lucha contra el pecado?

¿Desea y hace esfuerzos por la salvación de otras personas?

¿Está usted listo y deseoso de obedecer la Palabra de Dios?

¿Tiene un deseo creciente de ser conformado a la imagen de Cristo?

¿Mira al Cielo como su hogar y desea estar allí, o considera que este mundo presente es su hogar?

Vila, S. (2001). 1000 bosquejos para predicadores (pp. 622-623). Editorial CLIE.

Un Mensaje Que Confronta | John MacArthur

Un Mensaje Que Confronta
John MacArthur

Como si no fuera suficiente que la crucifixión llevara un estigma tan vergonzoso, también estaba la humillante sencillez de la cruz, un repudio a la sabiduría del mundo.

Primera de Corintios 1:19-21 dice:

Pues está escrito:

Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé el entendimiento de los entendidos.

¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? Pues ya que en la sabiduría de Dios el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación.

Tanto los judíos como los gentiles disfrutaban de lo complejo, especialmente los griegos en sus sistemas filosóficos. Les encantaba la gimnasia mental y los laberintos intelectuales. Creían que la verdad era conocible, pero solo por las mentes elevadas. Este sistema más tarde se llegó a conocer como gnosticismo, que es la creencia de que ciertas personas, en virtud de sus elevados poderes de razonamiento, podían avanzar más allá del hoi polloi y ascender al nivel de iluminación.

En tiempos de Pablo, podemos encontrar por lo menos unas cincuenta filosofías diferentes que resonaban en el mundo griego y romano. Entonces, llegó el evangelio y dijo: “Nada de eso importa. Lo destruiremos por completo. Tomen toda la sabiduría del sabio, busquen lo mejor, busquen lo mejor de lo mejor, a los más educados, a los más capaces, a los más listos, a los más astutos, a los mejores en retórica, oratoria y lógica; busquen a todos los sabios, a todos los escribas, a todos los expertos legistas, a los grandes disputadores, y a todos ellos se los llamará necios”. El evangelio dice que todos son necios.

La cita de Pablo de Isaías 29:14, en el versículo 19, “destruiré la sabiduría de los sabios”, tenía que ser una afirmación hiriente para su audiencia. Estaba diciendo, básicamente: “Echaré por el suelo a todos sus filósofos y su filosofía”. Nada era sutil en Pablo, nada vago ni ambiguo. Pero el mensaje no era de Pablo. Como nos recalca cuando afirma: “Está escrito” –literalmente, “sigue escrito”– se posiciona como verdad divinamente revelada según la cual, el evangelio de la cruz no hace ninguna concesión a la sabiduría humana. Pablo no era sino el portavoz de Dios. El intelecto humano no juega papel alguno en la redención. Y en el versículo 20, es como si Pablo estuviera diciendo: “¿Qué piensan ustedes que pueden ofrecer? ¿Dónde está el escriba? ¿Qué contribución puede hacer el experto legista? ¿Dónde está el disputador? ¿Qué puede ofrecer? Todos son necios”.

Primera de Corintios 2:14 dice: “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente”. Este es el problema. La persona inconversa puede tener grandes poderes de razonamiento e intelecto, pero cuando se trata de la realidad espiritual y la vida de Dios y la eternidad, no tiene nada para contribuir. Ya sea en Atenas o Roma, en Cambridge, Oxford, Harvard, Standford, Yale o Princeton, o en cualquier otra parte, toda la sabiduría compilada que está fuera de las Escrituras no es más que necedad.

Dios sabiamente estableció que nadie puede jamás llegar a conocerle por la sabiduría humana. La única manera en que alguien llega a conocer a Dios es por revelación divina y por el Espíritu Santo. La palabra final en cuanto a la sabiduría humana es que no tiene sentido. El hombre, por su sabiduría, no puede conocer a Dios.

Pues bien, ¿cómo puede, entonces, el hombre conocer a Dios si no es por medio de la sabiduría? “Mediante la locura de la predicación”. ¿Quiere usted que la gente conozca a Dios? Entonces, simplemente predique el mensaje. Jeremías 8:9 dice: “Los sabios se avergonzaron, se espantaron y fueron consternados; he aquí que aborrecieron la palabra de Jehová; ¿y qué sabiduría tienen?” Si se rechazan las Escrituras, no se tiene nada de sabiduría. Si se cambia el mensaje bíblico, no se puede predicar sabiduría.

No tenemos licencia artística para predicar el evangelio. Mire de nuevo 1 Corintios 1:18: “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan –esto es, a nosotros– es poder de Dios”. Y luego, en el versículo 21: “Agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación”. Y los versículos 23-24: “Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero y para los gentiles locura; más para los llamados así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios”.

Pablo estaba dando un solo mensaje: el poder de Dios por la palabra de la cruz es lo que salva a las personas. Los hombres son instrumentos para entregar ese mensaje, pero el mensaje no surge de ellos, viene de Dios. Este es absolutamente el único mensaje que tenemos.

Cualquier otro mensaje es falso y absolutamente inaceptable, como Gálatas 1:8-9 declara sin disculpa ni componendas: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema”. Pero el cristianismo ligero, que es tan popular hoy, ha sustituido otro mensaje que trata de eliminar la ofensa de la cruz.

Casi nadie en estos días tolera la exclusividad y supremacía de Cristo, incluso algunos que profesan ser cristianos. El mensaje de la cruz no es políticamente correcto; es la singularidad del evangelio, aparte de todo lo demás, lo que fastidia a la gente. ¿Puede usted imaginarse por un momento lo que sucedería si algún personaje célebre o dirigente político sencillamente dijera: “Soy creyente, y si usted no lo es, va a ir al infierno”? ¡Uy!

Luego, imagínese que alguien dijera: “Todos los musulmanes, hindúes, budistas y los que creen que pueden ganarse la salvación, ya sean protestantes de teología liberal o católicos romanos, y también todos los mormones y los testigos de Jehová van al infierno eterno. Pero yo me intereso en usted tanto que quiero darle el evangelio de Jesucristo, porque eso es mucho más importante que las guerras en Medio Oriente, el terrorismo y cualquier política doméstica”.

No se puede ser fiel y popular; de modo que escoja.

Lo que Pablo estaba diciendo en 1 Corintios es que el evangelio choca con nuestras emociones, choca con nuestra mentalidad, choca con nuestras relaciones personales.

Hace añicos nuestras sensibilidades, nuestro pensamiento racional, nuestra tolerancia. Es difícil de creer. Desdichadamente, por esto la gente hace componendas, y cuando las hacen, se vuelven inútiles porque Dios salva a través de esta verdad.

La cruz en sí misma proclama el veredicto sobre el hombre caído. La cruz dice que Dios exige la pena de muerte por el pecado, mientras que nos proclama la gloria de la sustitución. Rescata al que perece. Los que perecen son los condenados, los arruinados, sentenciados, destruidos; son los perdidos, los que están bajo juicio divino por violaciones interminables de su santa Ley. Si usted y yo no abrazamos al Sustituto, sufrimos nosotros mismos esa muerte, y es una muerte que dura para siempre.

El mensaje de la cruz no tiene que ver con las necesidades que se sienten. No se trata de que Jesús le ama a usted tanto que quiere contentarle. Se trata de rescatarlo a usted de la condenación eterna, porque esa es la sentencia que pesa sobre la cabeza de todo ser humano. Así que el evangelio es una ofensa por cualquier lado que se vea. No hay nada en cuanto a la cruz que encaje cómodamente con la forma en que el hombre se ve a sí mismo.

El evangelio confronta al hombre y lo expone tal cual es. No se fija en el desencanto que siente. No le ofrece ningún alivio de sus luchas como ser humano. Más bien, va al asunto profundo y eterno del hecho de que él está condenado y desesperadamente necesita que le rescaten. Solo la muerte puede lograr el rescate, pero Dios, en su misericordia, ha provisto un Sustituto.

(Adaptado de Difícil de Creer)

Fuente: https://www.gracia.org/library/blog/GAV-B230708

Avergonzados de Jesús | John MacArthur

Avergonzados de Jesús
by John MacArthur

No estoy seguro de si usted ha notado, como yo, lo difícil que es para los creyentes en televisión o ante el público decir el nombre Jesús. Incluso líderes evangélicos bien conocidos evitan ese nombre al hablarle a un público numeroso, y evitan mencionar “cruz”, “pecado”, “infierno” y otros términos fundamentales de la fe. Hablan mucho de la fe de una manera general y poco comprometedora, pero esquivan cualquier afirmación que les exija adoptar una posición.

En los días que siguieron al ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001, muchos estadounidenses instintivamente buscaron valor y solaz en Cristo. Pero incluso en ese entonces, en un servicio en la Catedral Nacional de Washington, D.C, que se transmitió en vivo a todo el mundo, un ministro cristiano elevó una oración en el nombre de Jesús, pero “respetando a todas las religiones”. ¿A todas las religiones? ¿A los druidas? ¿A los que adoran a los gatos? ¿A las brujas? Un ministro cristiano de una iglesia cristiana no debe sentirse obligado a condicionar ni a pedir disculpas por orar al único Salvador verdadero.

Pablo dio una afirmación impresionante en Romanos 1:16-17:

“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío, primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá”.

¿Por qué dijo Pablo: “No me avergüenzo del evangelio?” ¿Quién se va a avergonzar de noticias buenas como estas? Si alguien encuentra la cura para el SIDA, ¿lo abrumaría la vergüenza como para no proclamarla? Si alguien descubriera una cura para el cáncer, ¿sentiría tan terrible vergüenza como para no poder abrir la boca? ¿Por qué es tan difícil mencionar la cruz?

Aunque el mensaje de salvación que Pablo proclamaba era el mensaje más maravilloso e importante de la historia, el público y las autoridades lo habían tratado de manera humillante por predicarlo vez tras vez. Ya por aquel entonces en su ministerio, lo habían apresado en Filipos (Hechos 16:23-24), lo habían obligado a salir corriendo de Tesalónica (Hechos 17:10), lo habían hecho escabullirse de Berea (Hechos 17:14), se habían reído de él en Atenas (Hechos 17:32), lo habían tildado de loco en Corinto (1 Corintios 1:18, 23) y lo habían apedreado en Galacia (Hechos 14:19). Tenía muchas razones para avergonzarse, pero su entusiasmo por el evangelio no disminuía. Jamás, ni por un momento, consideró diluirlo para hacerlo más atractivo al público.

En algún momento u otro de nuestra vida como creyentes, todos hemos sentido vergüenza y hemos mantenido nuestra boca cerrada cuando debimos haberla abierto. O, llegada la oportunidad, nos hemos escondido detrás de algún mensaje inocuo tipo “Jesús te ama y quiere que seas feliz”. Si usted nunca se ha sentido avergonzado por proclamar el evangelio, probablemente nunca lo ha proclamado claramente, en su totalidad, tal como Jesús lo proclamó.

¿Por qué no puede el creyente ejecutivo de negocios testificar ante su junta administrativa? ¿Por qué el catedrático universitario creyente no puede pararse ante la facultad entera y proclamar el evangelio? Todos queremos que nos acepten, y sabemos, como Pablo lo descubrió tantas veces, que tenemos un mensaje que el mundo rechazará; y que mientras más nos aferremos a ese mensaje, más hostil se volverá el mundo. Así es como empezamos a sentir vergüenza. Pablo superó eso por la gracia de Dios y el poder del Espíritu, y dijo: “No me avergüenzo”. Es un ejemplo contundente para nosotros, porque sabemos el precio de la fidelidad a la verdad: el rechazo del público, la cárcel y, al final, la ejecución.

La naturaleza humana en realidad no ha cambiado gran cosa en toda la historia; la vergüenza y el honor eran asuntos muy serios en el mundo antiguo, tal como lo son hoy. Allá por el siglo IX antes de Cristo, el poeta épico Homero escribió: “El bien principal era que hablaran bien de uno, y el mal mayor, que hablaran mal de uno en la sociedad”. En el siglo I de nuestra era, el apóstol Pablo ministraba en una cultura sensible a la vergüenza, que buscaba el honor, y sin sentir vergüenza alguna, predicaba un mensaje ofensivo respecto de una persona a quien habían avergonzado en público. Era un mensaje muy hiriente. Era escandaloso. Era necio. Era insensato. Era anacrónico.

Sin embargo, como dice 1 Corintios 1:21, “agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación”. Era este escandaloso, hiriente, necio, ridículo, extraño, absurdo mensaje de la cruz el que Dios usaba para salvar a los que creen. Las autoridades romanas ejecutaron a su Hijo, el Señor del mundo, por un método reservado solo para las heces de la sociedad; sus seguidores tendrían que ser lo suficientemente fieles como para arriesgarse a sufrir el mismo fin vergonzoso.

(Adaptado de Difícil de Creer)

Fuente: https://www.gracia.org/library/blog/GAV-B232407

La Dura Verdad | John MacArthur

La Dura Verdad
by John MacArthur


Tal vez el mito dominante en la iglesia evangélica actual es que el éxito del cristianismo depende de lo popular que sea, y que el Reino de Dios y la gloria de Cristo de alguna manera avanzarán sobre la base del favor del público. Esta es una fantasía antigua. Recuerdo haber leído una cita del apologista Edward John Carnell en la biografía del predicador galés David Martyn Lloyd-Jones escrita por lan Murray. En sus años formativos en el Seminario Teológico Fuller, Carnell decía respecto del evangelicalismo: “Necesitamos prestigio desesperadamente”.

Los creyentes se han esforzado mucho por colocarse en posiciones de poder dentro de la cultura. Buscan influencia académica, política, económica, atlética, social, teatral y religiosa, y en toda otra forma posible, con la esperanza de lograr que los medios de comunicación masiva los tomen en cuenta. Pero cuando logran esa exposición, a veces mediante los medios de comunicación masiva, a veces en el ambiente de iglesias de mente bien abierta, presentan un evangelio reinventado y diseñado a la moda que sutilmente elimina la ofensa del evangelio, e invita a la gente al Reino por un sendero fácil. Descartan todas las cosas difíciles de creer en cuanto al sacrificio de uno mismo, a aborrecer a la familia y cosas por el estilo.

La ilusión es que podemos predicar nuestro mensaje más eficazmente desde las encumbradas perchas del poder e influencia culturales, y que una vez que hayamos captado la atención de todos, podemos conducir a más personas a Cristo si le quitamos al evangelio su aguijón y predicamos un mensaje que agrade al usuario. Pero para llegar a esas perchas encumbradas, algunas figuras públicas “cristianas” diluyen la verdad y la acomodan; luego, para mantenerse allí, ceden a la presión de perpetuar la enseñanza falsa para que su público siga siéndoles leal. Decir la verdad se convierte en una decisión profesional errónea.

Los pastores de las iglesias locales están entre los primeros en dejarse seducir para usar este evangelio de moda, diseñado para que encaje en el deseo del pecador y tergiversado astutamente para superar la resistencia del consumidor. Planifican las reuniones de la iglesia para que se vean, suenen, se sientan y huelan como el mundo, a fin de eliminar la resistencia del pecador y seducirle al Reino por un sendero fácil y familiar.

La idea es hacer que el cristianismo sea fácil de creer, pero la verdad simple, inmutable e inexorable es que el Evangelio es difícil de creer. Es más, si se deja sin ayuda al pecador, le es absolutamente imposible.

Esta es la filosofía de moda: “Si les gustamos, les gustará Jesús”. Esta estrategia funciona superficialmente, pero solo si comprometemos la verdad. No podemos simplemente criticar a los predicadores locales por reinventar el evangelio, porque no están actuando en forma distinta a los tele-evangelistas de renombre y otros evangélicos más ampliamente conocidos.

Para mantener sus cargos de poder e influencia tan pronto los han alcanzado, mantienen esta tenue alianza con el mundo en nombre del amor, el atractivo y la tolerancia, y para conservar contentos a los inconversos en la iglesia deben reemplazar la verdad con algo que aliente y que no ofenda. Como dijo cierto calvinista una vez: “A veces, no presentamos el evangelio lo suficientemente bien para que los que no son elegidos lo rechacen”.

Ahora bien, no quiero que se me malentienda. Estoy comprometido a proclamar el evangelio hasta donde me sea posible aquí y en todo el mundo. Prefiero que la justicia prevalezca sobre el pecado. Prefiero elevar a los justos y exponer el pecado tal y como es, en toda su capacidad destructora. Anhelo ver que la gloria de Dios se extienda hasta los confines de la tierra. Anhelo ver la luz divina inundando el reino de las tinieblas. Ningún hijo de Dios se contenta jamás con el pecado, la inmoralidad, la injusticia, el error y la incredulidad. El oprobio que cae sobre el Señor cae sobre mí, y el celo de su casa me consume, tal como a David y a Jesús.

Sin embargo, detesto las iglesias del mundo que se han convertido en refugio de herejes. Me disgusta una iglesia de la televisión que, en muchos casos, se ha convertido en cueva de ladrones. Me encantaría ver al Señor divino empuñando un látigo y azotando a la religión de nuestro tiempo. A veces, oro salmos que condenan a ciertas personas. Pero casi siempre, oro para que el Reino venga. La mayoría de las veces, oro que el evangelio penetre en el corazón de los perdidos. Comprendo por qué John Knox dijo: “Dame Escocia o me muero. ¿Para qué más podría yo vivir?” Comprendo por qué el misionero pionero Henry Martyn salió corriendo de un templo hindú exclamando: “No soporto vivir si deshonran a Jesús de esta manera”.

Fui a una entrevista radial en una emisora importante, en cierta ciudad grande, donde la animadora era una reconocida “consejera cristiana”. Ella tenía un programa diario de tres horas, aconsejando a los oyentes que llamaban para contarle toda clase de problemas, algunos muy serios. Pero por las preguntas que me hizo en el programa, me pareció que ella no había leído mucho en cuanto a la doctrina cristiana. Fuera del aire, durante los comerciales, me dijo:

“Usted usa la palabra ‘santificación’. ¿Qué quiere decir eso?”

Eso fue un indicio. Si ella no sabía lo que significaba la santificación, tenía tarea por hacer. Todavía estábamos fuera del aire, por lo que le pregunté:

“¿Cómo llegó usted a ser creyente? Nunca olvidaré su respuesta. Me dijo: “Fue fantástico. Un día, encontré el número de teléfono de Jesús, y desde entonces, hemos estado en contacto”.

“¿Qué?”, le pregunté, tratando de no parecer demasiado incrédulo. “¿Qué quiere decir?”

“¿Qué quiere decir con eso de ‘¿qué quiero decir?’”, me respondió bruscamente.

Ella no entendía que hasta su “testimonio” necesitaba una explicación. Luego, me preguntó:

“¿Cómo llegó usted a ser creyente?”

Entonces, empecé a hablarle brevemente del evangelio, pero me cortó y me dijo: “Eh, ¿qué pasó? No hay que andar entrando en todo eso, ¿verdad que no?”

Sí, claro que sí.

No le doy tregua a la forma como marcha el mundo. Me disgusta todo lo que deshonra al Señor. Estoy en contra de todo lo que Él está en contra y a favor de todo lo que Él respalda. Anhelo ver que se conduzca a las personas a la fe salvadora en Jesucristo. Detesto que los pecadores mueran sin esperanza. Me he consagrado a la proclamación del evangelio. No soy limitado en esto. Quiero ser parte del cumplimiento de la Gran Comisión. Quiero predicar el evangelio a toda criatura.

No es que no me interesen los perdidos del mundo, ni que haya hecho una tregua fácil con un mundo pecador que deshonra a mi Dios y a Cristo. Para mí la única pregunta es: ¿cómo hago mi parte? ¿Cuál es mi responsabilidad? Y desde luego, la respuesta no puede ser comprometer el mensaje. El mensaje no es mío; viene de Dios, y es por ese mensaje que Él salva.

No solo no puedo comprometer el mensaje, sino que tampoco puedo comprometer su costo. No puedo cambiar las condiciones. Sabemos que Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo” (véase Lucas 9:23). Jesús dijo que tenemos que llevar nuestra cruz hasta la misma muerte, si Él nos lo pidiera. No puedo evitar que ese evangelio ofenda a una sociedad llena de amor propio.

Y esto sé: la predicación de la verdad influye verdaderamente en el mundo y cambia realmente un alma a la vez. Eso sucede solo mediante el poder del Espíritu Santo que da vida, que envía luz y que transforma el alma, en perfecto cumplimiento del plan eterno de Dios. Su opinión o la mía no son parte de la ecuación.

El Reino no avanza mediante el ingenio humano. No avanza porque hayamos escalado a posiciones de poder e influencia en la cultura. No avanza de acuerdo a la popularidad en los medios de comunicación masivos o en las encuestas de opinión. No avanza como resultado de la preferencia del público.

El Reino de Dios avanza solo por el poder de Dios, a pesar de la hostilidad pública. Cuando proclamamos verdaderamente el mensaje salvador de Jesucristo en su totalidad, es franca y escandalosamente hiriente. Proclamamos un mensaje escandaloso. Desde la perspectiva del mundo, el mensaje de la cruz es vergonzoso. De hecho, es tan vergonzoso, tan antagónico y tan hiriente que incluso a los creyentes les cuesta proclamarlo, porque saben que producirá hostilidad y escarnio.

(Adaptado de Difícil de Creer)

Fuente: https://www.gracia.org/library/blog/GAV-B231707

El pecado imperdonable | R.C. Sproul

EL PECADO IMPERDONABLE

R.C.Sproul

Muchas personas temen y se preocupan porque en la Biblia hay un pecado que se describe como “imperdonable”. Aunque el evangelio ofrece gratuitamente el perdón a todos los que se arrepienten de sus pecados, hay un límite colocado en el umbral de este crimen. El pecado imperdonable sobre el que advirtió Jesús se identifica con la blasfemia contra el Espíritu Santo. Jesús declaró que este pecado no puede ser perdonado ni en el presente ni en el futuro:
Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero (Mateo 12:31–32).
Ha habido varios intentos por identificar este crimen específico que es imperdonable. Se lo ha asignado a crímenes tan horrendos como el homicidio o el adulterio. Sin embargo, si bien estos dos crímenes son pecados horribles contra Dios, la Escritura deja muy en claro que pueden ser perdonados si la persona que los cometió se arrepiente. David, por ejemplo, era culpable de ambos, pero fue restaurado a la gracia.
El pecado imperdonable con frecuencia suele ser identificado con la resistencia total y persistente a creer en Cristo. Como la muerte trae consigo el final de la oportunidad que una persona tiene para arrepentirse de su pecado y confiar en Cristo, la consecuencia de rehusarse a creer trae consigo el fin de la esperanza del perdón.
Si bien la resistencia total y persistente a creer tiene estas consecuencias no explica de manera adecuada la advertencia de Jesús relacionada con la blasfemia contra el Espíritu Santo. La blasfemia es algo que se hace con los labios o con la pluma. Involucra palabras.

Aunque cualquier forma de blasfemia es un ataque grave al carácter de Dios, se la suele considerar perdonable. Cuando Jesús hace esta advertencia sobre el pecado imperdonable debemos considerarla en el contexto de sus acusadores que estaban afirmando que Él estaba en liga con Satanás. Su advertencia es seria y aterradora. No obstante, sobre la cruz, Jesús oró para que los que habían blasfemado contra Él fuesen perdonados por causa de su ignorancia. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).
Pero, sin embargo, si las personas han sido iluminadas por el Espíritu Santo hasta el grado de saber que Jesús es verdaderamente el Cristo, y luego lo acusan de ser satánico, han cometido un pecado que no tiene perdón. Los cristianos librados a sus propios recursos son capaces de cometer el pecado imperdonable, pero confiamos en que Dios en su gracia protectora guardará a sus escogidos de cometer dicho pecado. Cuando los cristianos fieles temen haber cometido dicho pecado, esta señal posiblemente ya nos esté indicando que no lo cometieron. Quienes cometan dicho pecado tendrán su corazón tan endurecido y se habrán abandonado tanto a su pecado que no sentirán ningún remordimiento.

Incluso en una cultura pagana y secular como la nuestra, las personas son reacias a blasfemar abiertamente contra Dios y contra Cristo. Aunque el nombre de Cristo es arrastrado por el barro cuando se echan temos y el evangelio es ridiculizado con chanzas y comentarios irreverentes, la gente evita relacionar a Jesús con Satanás.
Si bien el ocultismo y el satanismo proveen un contexto de peligro inminente para cometer el pecado imperdonable, aunque la blasfemia radical ocurriera ahí, todavía podría ser perdonad porque habría sido cometida en ignorancia por aquellos que todavía no fueron iluminados por el Espíritu Santo.
Resumen

  1. La blasfemia contra el Espíritu Santo no debe ser equiparada al homicidio o el adulterio.
  2. La blasfemia es un pecado contra Dios que involucra palabras.
  3. La advertencia original de Cristo era en contra de atribuirle las obras de Dios el Espíritu Santo a Satanás.
  4. Jesús oró pidiendo el perdón de los blasfemos que ignoraban su verdadera identidad.
  5. Los cristianos nunca cometerán este pecado por la gracia protectora de Dios.
    Pasajes bíblicos para la reflexión
    Mateo 12:22–32
    Lucas 23:34
    1 Juan 5:16

Sproul, R. C. (1996). Las grandes doctrinas de la Biblia (pp. 173-175). Editorial Unilit.

EL ARREPENTIMIENTO | R.C.Sproul

EL ARREPENTIMIENTO

R.C. Sproul

El mensaje principal de Juan el Bautista, que fue el heraldo de Jesús, era “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. Este llamado al arrepentimiento era una apelación urgente a los pecadores. Nadie que se niegue a arrepentirse puede entrar en el reino de Dios. El arrepentimiento es un requisito previo, una condición necesaria para la salvación.
En la Escritura, el arrepentimiento significa “sufrir un cambio de mentalidad”. Este cambio de mentalidad no es un simple cambio de opiniones menores, sino un cambio completo en la dirección de nuestras vidas. Implica un giro radical del pecado a Cristo.
El arrepentimiento no es la causa de un nuevo nacimiento o regeneración; es el resultado del fruto de la regeneración. Aunque el arrepentimiento comienza con la regeneración, constituye una actitud y una acción que debe ser repetida a lo largo de la vida cristiana. Como continuaremos pecando, se nos llama a arrepentimos al ser convencidos de pecado por el Espíritu Santo.
Los teólogos distinguen dos tipos de arrepentimiento. El primero es llamado atrición. La atrición es un arrepentimiento falso o espurio. Comprende el remordimiento causado por un temor al castigo o la pérdida de una bendición. Cualquier padre ha comprobado la atrición en un hijo cuando lo descubre con las manos en la masa. El niño, temiendo la paliza, grita: “Lo siento, ¡por favor no me pegues!” Estas plegarias junto con algunas lágrimas de cocodrilo no suelen ser signos de un remordimiento genuino por haber actuado mal. Fue el tipo de arrepentimiento que exhibió Esaú (Génesis 27:30–46). Se lamentaba no por haber pecado sino por haber perdido su primogenitura. La atrición, entonces, es el arrepentimiento motivado por un intento de obtener un boleto que nos saque del infierno o de evitar el castigo.
La contrición, en cambio, es el arrepentimiento verdadero y piadoso. Es genuino. Comprende un remordimiento profundo por haber ofendido a Dios. La persona contrita confiesa su pecado de manera abierta y completa, sin intentar buscar excusas o justificarlo. Este reconocimiento del pecado viene acompañado de una voluntad por hacer una restitución siempre que sea posible y una resolución de abandonar el pecado. Este es el espíritu que exhibió David en el Salmo 51. “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí … Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmo 51:10, 17).
Cuando le ofrecemos a Dios nuestro arrepentimiento en un espíritu de verdadera contrición, Él nos promete perdonarnos y restaurarnos a la comunión con Él. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).
Resumen

  1. El arrepentimiento es una condición necesaria para la salvación.
  2. El arrepentimiento es el fruto de la regeneración.
  3. La atrición es un arrepentimiento falso motivado por el temor.
  4. La contrición es un arrepentimiento verdadero motivado por el remordimiento piadoso.
  5. El arrepentimiento verdadero conlleva la plena confesión, la restitución, y la resolución de abandonar el pecado.
  6. Dios promete el perdón y la restauración a todos los que se arrepienten en verdad.
    Pasajes bíblicos para la reflexión
    Ezequiel 18:30–32
    Lucas 24:46–47
    Hechos 20:17–21
    Romanos 2:4
    2 Corintios 7:8–12

Sproul, R. C. (1996). Las grandes doctrinas de la Biblia (pp. 221-222). Editorial Unilit.

¿Qué es el cesasionismo? | Got Questions

¿Qué es el cesasionismo?

El cesasionismo es la creencia de que los “dones milagrosos” de las lenguas y la sanidad ya han cesado – que el fin de la era apostólica marcó el fin de los milagros asociados con esa era. La mayoría de los cesasionistas creen que, mientras que Dios puede y aún realiza milagros hoy en día, el Espíritu Santo ya no utiliza a individuos para llevar a cabo señales milagrosas.

Los registros bíblicos muestran que los milagros se produjeron durante determinados períodos específicos con el propósito de autentificar un nuevo mensaje de Dios. A Moisés se le concedió realizar milagros para autentificar su ministerio ante el faraón (Éxodo 4:1-8). Elías realizó milagros para autentificar su ministerio ante Acáb (1 Reyes 17:1;18:24). Los apóstoles realizaron milagros para autentificar su ministerio ante Israel (Hechos 4:10, 16).

El ministerio de Jesús también fue marcado por milagros, a los que el apóstol Juan llama “señales” (Juan 2:11). Lo que Juan quería decir es que los milagros eran la prueba de la autenticidad del mensaje de Jesús.

Después de la resurrección de Jesús, mientras la Iglesia se establecía y el Nuevo Testamento estaba siendo escrito, los apóstoles lo demostraban con “señales” tales como las lenguas y el poder para sanar. “Así que las lenguas son una señal, no para los que creen, sino para los incrédulos.” (1 Corintios 14:22, un verso que dice claramente que el don nunca fue para edificar a la iglesia).

El apóstol Pablo predijo que el don de lenguas acabaría (1 Corintios 13:8). Aquí exponemos seis pruebas de que ya han cesado:

1) Los apóstoles, a través de quienes vinieron las lenguas, fueron únicos en la historia de la iglesia. Una vez que su ministerio fue concluido, la necesidad de señales que lo autentificaran dejó de existir.

2) Los dones de milagros (o señales) solo son mencionados en las primeras epístolas, tales como 1 Corintios. Los libros posteriores, tales como Efesios y Romanos, contienen pasajes detallados sobre los dones del Espíritu, pero los dones de milagros ya no son mencionados, aunque Romanos menciona el don de la profecía. La palabra griega traducida como “profecía” significa “declarar” y no necesariamente incluye la predicción del futuro.

3) El don de lenguas era una señal para el Israel incrédulo de que la salvación de Dios ahora estaba disponible para otras naciones. Ver 1 Corintios 14:21-22 e Isaías 28:11-12.

4) El don de lenguas era inferior al de la profecía (predicar). Predicar la Palabra de Dios edifica a los creyentes, mientras que las lenguas no lo hacen. Se les dice a los creyentes que procuren profetizar más que hablar en lenguas (1 Corintios 14:1-3).

5) La historia indica que las lenguas cesaron. Las lenguas ya no son mencionadas en absoluto por los Padres Post-apostólicos. Otros escritores tales como Justino Mártir, Orígenes, Crisóstomo y Agustín, consideraron que las lenguas fueron algo que sucedió solo en los primeros días de la Iglesia.

6) Observaciones actuales confirman que el milagro de las lenguas ha cesado. Si el don estuviera aún vigente, no habría necesidad de que los misioneros asistieran a escuelas de idiomas. Los misioneros podrían viajar a cualquier país y hablar cualquier lenguaje fluidamente, así como los apóstoles fueron capaces de hacerlo en Hechos 2. Respecto al don de sanidad, vemos en las Escrituras que la sanidad estaba asociada con el ministerio de Jesús y los apóstoles (Lucas 9:1-2). Y vemos que al finalizar de la era apostólica, la sanidad, al igual que las lenguas se volvieron menos frecuentes. El apóstol Pablo, quien resucitó a Eútico (Hechos 20:9-12), no sanó a Epafrodito (Filipenses 2:25-27), ni a Trófimo (2 Timoteo 4:20), ni a Timoteo (1 Timoteo 5:23), ni aún a sí mismo (2 Corintios 12:7-9). Las causas del “fracaso en sanar” de Pablo son: 1) el don nunca tuvo como propósito sanar a todo cristiano, sino el autentificar el apostolado (2 Corintios 2:12; Hebreos 2:4); y 2) la autoridad de los apóstoles ya había sido probada suficientemente, no habiendo ya más necesidad de milagros posteriores.

Las razones arriba expuestas son la evidencia para el cesasionismo. De acuerdo a 1 Corintios 13:13-14, haríamos bien en “seguir el amor,” el mejor de todos los dones. Si debiéramos desear dones, hemos de desear declarar la Palabra de Dios, para que todos sean edificados.

Artículo Fuente: https://www.gotquestions.org/Espanol/Cesasionismo.html