Una decisión aplazada

Miércoles 6 Octubre

Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos. Eclesiastés 12:1

Una decisión aplazada

En la vida de Alberto, un joven lleno de vida, todo iba bien. Sus amigos apreciaban su energía y su seriedad. Aparentemente tenía un futuro prometedor. Cuando era niño había asistido al club bíblico y había oído, memorizado e incluso cantado muchos pasajes de la Biblia. Sabía que Jesucristo había muerto en la cruz para salvar del juicio eterno a pecadores como él. Confesar su estado personalmente a Dios lo hubiese comprometido. Por ello prefería buscar excusas: todavía tengo tiempo, soy joven, la religión es para las personas mayores.

Un día uno de sus amigos le preguntó:

 – Si mueres, ¿a dónde irás?

 – Iré al infierno… no he confesado mis pecados a Dios.

 – Pero tú sabes que basta arrepentirse para ser perdonado. ¿No te asusta tu situación?

 – Claro que sí, pero tengo mucho tiempo por delante. Ahora estoy muy ocupado…

 – ¡Debes reflexionar seriamente!

Un año después, durante las vacaciones, mientras paseaba en la montaña, resbaló: su caída fue mortal.

El “mucho tiempo” se redujo a escasos segundos. Segundos de pánico… ¿Tuvo tiempo para clamar a Dios y decirle: Jesús, pequé, sálvame? ¿Dónde estará Alberto en la eternidad? ¿En el paraíso o en el infierno? ¡Solo Dios lo sabe!

Usted, querido lector, que siempre aplaza la decisión más importante de la vida, preste atención: ¡aún hoy puede entregar su vida a Jesús! Él murió por usted y le tiende la mano una vez más; ahora lo hace mediante este mensaje. ¡Arrepiéntase y crea en él para ser salvo eternamente!

Esdras 2 – Juan 1:29-51 – Salmo 111:6-10 – Proverbios 24:23-26

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

El monje solitario

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo VII

El monje solitario

Nicholas Needham

El siglo VII es una época olvidada para la mayoría de los protestantes. Sin embargo, vale la pena conocerla. El corazón creativo de su teología estaba en el Este: el Imperio bizantino, con su centro en Constantinopla. Aquí las controversias cristológicas del siglo V todavía estaban presentes. Como resultado de los concilios de Calcedonia (451) y el Segundo de Constantinopla (553), la iglesia del Este y el Imperio se dividieron amargamente entre dos grandes partidos. En un lado de la controversia estaban los calcedonios, leales al credo ortodoxo de Calcedonia, de que Cristo es una persona con dos naturalezas; y al otro lado estaban los monofisitas, numerosos en Egipto y Siria, que sostenían que el Cristo encarnado tiene una sola naturaleza (una especie de naturaleza divina-humana sintetizada).

El Imperio bizantino haría un último intento para eliminar la brecha entre los calcedonios y los monofisitas. La iniciativa vino del emperador Heraclio (610–641). Él tomó su postura teológica del patriarca Sergio I de Constantinopla, quien sugirió que los calcedonios y los monofisitas podrían unirse en torno a la fórmula de una «energía única» en Cristo. Cuando los teólogos hablaban de «energía» (en griego, energeia), se referían a la acción, actividad, trabajo u operación que revela la naturaleza distintiva de una cosa. 

¿Qué tenía esto que ver con la disputa entre calcedonios y monofisitas? La controversia se desarrolló en torno a cómo Cristo puede ser una persona si tiene dos naturalezas. Los calcedonios hacían distinción entre la naturaleza y la persona, argumentando que las dos naturalezas de Cristo habitan una en la otra sin confundirse entre ellas, unidas por la única persona divina de Cristo. Los monofisitas respondieron que si Cristo es una sola persona, esto requiere que Sus dos naturalezas se conviertan en una. Pero la energía fue un tercer factor en la ecuación, algo diferente a las ideas de naturaleza y persona. Si los calcedonios y los monofisitas pudieran estar de acuerdo en que Cristo tiene una sola energía, tal vez ambas partes podrían aceptar esto como la explicación de Su unidad.

Sergio I de Constantinopla argumentó que la energía pertenece a la persona y no a la naturaleza. Ya que los calcedonios y los monofisitas estaban de acuerdo en que Cristo era una persona, ellos (sugirió Sergio) podrían ver que Sus dos naturalezas estaban unidas en la única energía de Su persona. El emperador Heraclio defendió la fórmula de «energía única» de Sergio y tuvo cierto éxito. Sin embargo, la reunión se encontró con serios problemas en Palestina. Los monjes calcedonios, dirigidos por el brillante patriarca Sofronio I de Jerusalén, se opusieron fuertemente a la fórmula de energía única. Sofronio argumentó que la energía no pertenece a la persona (como dijo Sergio), sino a la naturaleza (como en el entendimiento tradicional). Por lo tanto, en Cristo hay dos energías distintas, humana y divina, que revelan las dos naturalezas distintas del Salvador.

La oposición de Sofronio a la fórmula de energía única incitó a Heraclio a buscar el apoyo del papa Honorio I. Esto fue lo peor que pudo haber hecho. Honorio llevó el conflicto a aguas aún más tormentosas. Profesando estar descontento con toda la charla sobre energías, propuso la sugerencia explosiva de que Cristo tiene una sola voluntad en lugar de una sola energía. Honorio pensó que los calcedonios y los monofisitas podían encontrar puntos en común al confesar que las dos naturalezas del Salvador están unidas por su única voluntad divina, lo cual, por supuesto, significaba negar que Cristo tiene una voluntad humana. El emperador Heraclio aprovechó esta idea y, en el 638, emitió una declaración teológica oficial, la Ekthesis. Esta declaración prohibió toda mención adicional de energías, y decretó que Cristo tenía una sola voluntad divina. Esta iba a ser la nueva ortodoxia. Aquellos que apoyaron la Ekthesis fueron conocidos como mono theletes, término griego que significa «voluntad única».

La posición monotelista levantó poderosos enemigos entre los calcedonios ortodoxos. El más poderoso fue el monje griego Máximo el Confesor (580–662), quien sostuvo vehementemente que Cristo tiene dos voluntades, una humana junto a una divina. ¿Por qué le dio tanta importancia a este asunto? La respuesta reside en su preocupación por la doctrina de la salvación. La voluntad humana, señaló Máximo, es la fuente del pecado, la sede misma de nuestra corrupción que necesita ser rescatada y santificada. Por lo tanto, si ha de haber salvación para nuestras voluntades caídas, el Hijo de Dios debe tomar una voluntad humana para Él mismo en la encarnación. La única forma en que nuestras voluntades pueden llegar a ser santas es siendo conformadas a la voluntad humana perfectamente santa de Cristo, el Dios-hombre. Pero los monotelitas estaban diciendo que Cristo no tiene voluntad humana. ¿De dónde entonces, preguntó Máximo, proviene la santificación de nuestras voluntades pecaminosas? Es esencial para nuestra salvación que Dios el Hijo haya tomado una voluntad humana.

No era una buena señal para los monotelitas el haberse hecho un enemigo como Máximo. Él era un teólogo de gran eminencia, al nivel de Atanasio, los padres de Capadocia, Cirilo de Alejandría y Juan de Damasco como una de las mentes más destacadas de la Iglesia oriental.

Cuando murió Heraclio, su sucesor fue su nieto Constante II (641–68), un dictador cruel. El emperador Constante intentó apagar la controversia silenciando a todas las partes; su edicto de 648, Typos, prohibió a todos los ciudadanos bizantinos volver a mencionar voluntades y energías en Cristo, bajo pena de severo castigo. Para los ortodoxos, esta orden imperial significaba tolerar la herejía en la Iglesia, y algunos de ellos no estaban dispuestos a obedecerla.

Uno de ellos fue el nuevo papa, Martín I, quien ascendió al trono papal en julio del 649. Martín era un aliado cercano de Máximo e impresionó a todos con su radiante santidad y su profundo conocimiento. En octubre de ese año, Martín convocó un concilio romano que condenó el monotelismo y afirmó que Cristo tiene dos voluntades, una humana y una divina. Máximo estuvo presente y jugó un papel principal en este concilio. Luego, Martín envió copias de las decisiones del concilio a lo largo de Oriente y Occidente, junto con una carta circular advirtiendo a todos los cristianos fieles contra la peligrosa herejía de los monotelitas.

Ese desafío tan osado al emperador Constante selló el destino de Máximo y Martín. Las tropas bizantinas los capturaron en el 653, los llevaron a Constantinopla y los encarcelaron durante un largo período en condiciones horrendas que destrozaron la ya mala salud de Martín. Finalmente fueron juzgados por traición en el 655. Martín fue declarado culpable y condenado a muerte; sus ropas papales les fueron arrancadas; fue azotado y arrastrado a los calabozos. En un inesperado toque de misericordia, Constante suavizó la sentencia de Martín condenándolo al destierro. Agotado por su terrible encarcelamiento, el papa murió seis meses después: un mártir por su fe en la humanidad plena de Cristo.

Entonces se llevó a cabo un juicio contra Máximo. Él había encabezado la oposición al monotelismo. Constante estaba decidido a hacer un espectáculo público de él. Día tras día, los jueces lanzaron acusaciones de traición y herejía contra el anciano monje, que ahora tenía 74 años. Sin embargo, Máximo no se inmutaba, rechazando todos los cargos de traición y negando firmemente que un emperador tuviera derecho a interferir en asuntos teológicos. Tal conducta era el Estado imponiendo sus manos impías en la independencia de la Iglesia. Constante no estaba impresionado; Máximo fue golpeado y desterrado a la pequeña ciudad de Bizia en Tracia.

Desde Bizia, Máximo continuó hablando y escribiendo contra el monotelismo; así que en el 662, un enfurecido Constante lo sometió a un nuevo juicio. Los jueces presionaron a Máximo con el argumento de que todos los demás miembros de la Iglesia oriental se habían sometido al Typos. ¿Cómo se atrevía él, un monje solitario, a desafiar la voz de la Iglesia? ¿Solo Máximo tenía la razón y todos los demás estaban equivocados? ¿Creía que solo él era salvo? La respuesta de Máximo resuena a través de los siglos: «Dios conceda que yo no condene a nadie, ni diga que solo yo soy salvo. Pero prefiero morir antes que violar mi conciencia abandonando lo que creo acerca de Dios».

Esta vez, el castigo de Máximo fue más severo: le arrancaron la lengua y le cortaron la mano derecha para que no pudiera hablar ni escribir. Luego fue desterrado a la costa sureste del Mar Negro, donde murió unos meses después. Fue por su firme confesión de fe en medio de estas crueldades que la Iglesia más tarde llamó a Máximo «el Confesor».

Constante fue asesinado en el 668. Su hijo Constantino IV (668–85) resultó ser un tipo de emperador muy diferente a su padre. Actuando en armonía con el papa de su tiempo, Agatón, quien fue un fiel discípulo de Martín y Máximo, Constantino convocó al sexto de los concilios ecuménicos en noviembre del 680, el Tercer Concilio de Constantinopla. El concilio fue un triunfo total para los enemigos del monotelismo, vindicando la creencia en la humanidad plena de Cristo por la cual Máximo y Martín habían sufrido. El concilio también nombró y condenó a quienes habían enseñado la doctrina de la energía única y la voluntad única, especialmente al patriarca Sergio de Constantinopla y al papa Honorio, llamándolos instrumentos de Satanás, herejes y blasfemos. Esta condena de un papa herético por parte de un concilio ecuménico fue más adelante una de las armas favoritas de los protestantes en su conflicto con el papado y sus afirmaciones de infalibilidad.

El Tercer Concilio de Constantinopla puso fin a los siglos de controversia sobre la relación entre la humanidad y la divinidad en Cristo. También fue el último de los concilios ecuménicos en recibir el reconocimiento de las tres ramas de la Iglesia profesante: católica romana, ortodoxa oriental y protestante.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas R. Needham
Nicholas R. Needham

El Dr. Nicholas Needham es pastor de la Iglesia Inverness Reformed Baptist Church de Inverness, Escocia, y profesor de historia eclesiástica en el Highland Theological College de Dingwall, Escocia. Es autor de la obra 2,000 Years of Christ’s Power [2000 años del poder de Cristo], compuesta de varios tomos.

 Nuestro bien es su gloria

Septiembre 21/2021

Solid Joys en Español

Nuestro bien es su gloria

John Piper

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10 – La voluntad de Dios y la Iglesia

Iglesia Evangélica Unida

Serie: Mi experiencia con Dios

10 – La voluntad de Dios y la Iglesia

David Conde

DAVID CONDE PALOMINO

Evangelización y juventud

Desde su conversión en 1995 David Conde no ha dejado de estar vinculado al mundo de la evangelización y de los jóvenes. Participa regularmente en campañas como evangelista y en retiros y campamentos de jóvenes como conferenciante invitado. Su perfil juvenil y dinámico le mantiene siempre activo buscando e innovando con el fin de alcanzar a otros para el Señor. David transmite un mensaje motivador y desafiante, que confronta a la vez que conmueve, un mensaje apasionado que llega al corazón.

http://www.unidavigo.es

Motivando la Pasión por el Evangelismo y las Misiones

9Marcas

Serie: Discipulado

Clase 9

Hoy vamos a cubrir los temas de evangelismo y misiones. Debido a nuestro tiempo limitado, vamos a describir brevemente la superficie de ambos temas. Pero te motivo a leer más y considerar asistir a los seminarios de fundamento sobre misiones y evangelismo que detallan más estos temas. En algún sentido, estos temas no son separados sino que están muy relacionados. El evangelismo consiste en comunicar el evangelio a los no creyentes y las misiones en hacer evangelismo pero atravesando las barreras culturales.

Parte 1. Motivando el evangelismo

Comenzamos pensando acerca de algunas razones por las cuales evangelizamos.

  1. El evangelismo es obligatorio y mandatorio para los cristianos

Entendemos que el evangelismo es normal para los cristianos.

En 2 Corintios 5:1114, el apóstol Pablo escribe, «Por tanto, como sabemos lo que es temer al Señor, tratamos de persuadir a todos, aunque para Dios es evidente lo que somos, y espero que también lo sea para la conciencia de ustedes… El amor de Cristo nos obliga, porque estamos convencidos de que uno murió por todos, y por consiguiente todos murieron.» (NVI) Él no dice, «debido a que somos apóstoles tratamos de persuadir a los hombres» o «debido a que tenemos un don especial de evangelismo tratamos de persuadir a los hombres.» En cambio, él escribe que debido a su temor por el Señor es obligado a compartir el evangelio y el amor de Cristo. Lo mismo debería también ser verdad para cada cristiano-porque tememos a Dios somos obligados a evangelizar.

El evangelismo es ordenado a todos los cristianos. Compartimos nuestra fe con un mundo que no es salvo porque es lo que Dios nos ordena hacer. No tiene sentido acaparar el evangelio para nosotros mismos. Tenemos las mejores noticias que nadie pudiera querer conocer. Por tanto, ¿por qué queremos dichas buenas noticias?

  1. El evangelismo es una fuente de gozo para los cristianos

No sólo evangelizamos porque se espera que lo hagamos como cristianos sino también porque el evangelismo es una fuente crítica de gozo para los cristianos.

Siempre doy gracias a mi Dios al recordarte en mis oraciones, porque tengo noticias de tu amor y tu fidelidad hacia el Señor Jesús y hacia todos los creyentes. Pido a Dios que el compañerismo que brota de tu fe sea eficaz para la causa de Cristo mediante el reconocimiento de todo lo bueno que compartimos. Hermano, tu amor me ha alegrado y animado mucho porque has reconfortado el corazón de los santos. (Filemón 1:4-7 NIV)

Pablo expresa gozo por el fruto de la obra de Dios en la vida de su amigo Filemón, pero él también motiva a Filemón (y a nosotros por añadidura) a compartir el evangelio regularmente para nuestro gozo. Cuando compartimos nuestra fe, ganamos un mayor entendimiento de cada buena cosa que tenemos en Cristo. Nunca debemos hacer sentir culpables a los cristianos por el evangelismo. Queremos que los cristianos compartan el evangelio porque eso profundiza su relación con Cristo. Debemos compartir nuestra fe para comprender completamente (y posiblemente disfrutar) las buenas nuevas que tenemos en Cristo. El evangelismo no es solo para las demás personas sino que también nos ayuda a crecer espiritualmente.

  1. El evangelismo es para la gloria de Dios

La tercera razón por la que motivamos el evangelismo está en su propósito principal: glorificar a Dios.

Romanos 3:25-26 a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. (RVR60)

El propósito de la obra sustitutiva de Cristo fue primero y ante todo vindicar el nombre de Dios, porque su tolerancia anterior por el pecado había hecho que su justicia pareciera estar llamada al cuestionamiento. Sabemos de otros lugares de la Escritura que Dios mostró amor por nosotros a través del sacrificio de su Hijo, pero la gloria de Dios fue lo primero que tuvo en mente. Recordar que la gloria de Dios y el bien de sus hijos son inseparables. Lo que glorifica a Dios es «bueno» para nosotros.

Motivando el evangelismo en el discipulado

En tus relaciones de discipulado ganas más motivación por el evangelismo cuando entiendes porque lo haces. Como mencionamos anteriormente, el discipulado no es un cambio de comportamiento sino la formación del corazón, la mente, los deseos y la motivación del cristiano. No queremos promover una obediencia legalista sino que sea fruto de un corazón transformado, una de las razones de evangelismo que glorifica a Dios.

Una preocupación activa por los perdidos le enseña mucho a los demás. Si eres un discipulador esto ayuda cuando tus amigos ven el evangelismo como una parte natural de tu estructura de vida. Esto no es realizado a través de un programa especial o como una actividad ocasional sino que es una parte normal de tu vida diaria.

Toma tiempo para pensar en cómo puedes alcanzar a otros estratégicamente. El evangelismo no tiene que ser espontáneo, puede ser muy deliberado y planificado. Algunas veces solo se necesita una simple conversación con un amigo—pensar en quien es en su esfera de influencia, quien refleja apertura a las cosas espirituales y por quien está orando. Simplemente una o dos conversaciones sencillas pueden darle a tu amigo la motivación necesaria para ser valiente.

Lean juntos un libro sobre evangelismo. Algunas sugerencias: Evangelism and the Soveignty of God [El Evangelismo y la Soberanía de Dios], J. I. Packer; Words to Winners of Souls [Palabras para ganadores de almas], Bonar; The Gospel and Personal Evangelism [El evangelio y el evangelismo personal], Mark Dever; Tell the Truth [Di la verdad], Will Metzger; Christianity Explained & Two Ways of Life [El cristianismo explicado y dos formas de vida], Matthias Media.

Recuerda la importancia de una iglesia en el evangelismo. Una cultura sana de discipulado debe hacer mucho para recomendar el evangelio a un mundo incrédulo. Cuando observan la manera como vivimos juntos, los no creyentes verán el evangelio como algo falso o como algo verdadero. De la misma manera, una cultura sana de iglesia hará que sus miembros se interesen en el evangelismo. Por ejemplo, en nuestro servicio del domingo oramos regularmente para que el evangelio avance. Especialmente durante el servicio de la noche, tratamos de presentar ejemplos de la vida real de los miembros para que lo compartan con los demás. Queremos motivar regularmente el evangelismo a través de nuestro testimonio y oraciones corporativas.[PAUSA PARA PREGUNTAS]

Parte 2. Motivando las misiones

Si existen muchas cosas en las que podemos enfocarnos en el discipulado —el noviazgo, el matrimonio, la carrera, la crianza, la administración del dinero— ¿por qué queremos darle una posición más importante al tema de las misiones? A continuación algunas razones por las cuales queremos motivar las misiones en el discipulado.

Las misiones no son opcionales

Hay muchas cosas en la vida cristiana que uno puede escoger hacer o no hacer sin afectar tu discipulado cristiano. Puedo cantar en la reunión de CHBC o ayudar con el ministerio de sonido. Estas cosas son significativas pero opcionales. No se espera que todos los cristianos se involucren en ellas, pero involucrarse en la causa del evangelismo global no es una esas cosas opcionales. Todos los cristianos son llamados a servir a la causa del evangelismo global en una de dos maneras básicas.

Los que van. Hay algunos que son llamados por Dios (lo que sea que eso signifique) a dejar el lugar donde están e ir a algún otro lugar con la intención deliberada de compartir el mensaje del evangelio en un lugar diferente o con personas diferentes. Ver Mateo 28:19 y Romanos 10:14-15.

Los que envían. La ilustración bíblica es que si no vamos eso no hace que nuestra responsabilidad sea eliminada. En cambio, podemos ordenar nuestra vida para ayudar en el apoyo, motivación y a enviar.

En el libro de 3 Juan vemos el imperativo universal para TODOS los cristianos de involucrarse en las misiones.

Juan escribe:

3 Juan 1:5-8 Amado, fielmente te conduces cuando prestas algún servicio a los hermanos, especialmente a los desconocidos, los cuales han dado ante la iglesia testimonio de tu amor; y harás bien en encaminarlos como es digno de su servicio a Dios, para que continúen su viaje. Porque ellos salieron por amor del nombre de El, sin aceptar nada de los gentiles. Nosotros, pues, debemos acoger a tales personas, para que cooperemos con la verdad. (RVR60)

En el pasaje, vemos a algunos que fueron enviados por una iglesia por el bien del nombre de Cristo, y hay algunos que deben mostrar hospitalidad y enviar a esos que irán al extranjero a proclamar el evangelio. Los que van y los que envían son parte de la obra misionera. Para aquellos que envían misioneros, la pasión por las misiones globales debe ser una parte normal de su vida.

La gran comisión fue dada a la iglesia. Las misiones es una obra de todos los miembros de una iglesia y no solo de algunos. Por tanto, queremos inculcar una pasión por las misiones en cada discípulo. No podemos tener una iglesia que es bíblicamente fiel sin una pasión por las misiones.

Un compromiso con las misiones facilita el crecimiento espiritual

Nosotros hablamos de misiones deliberadamente en nuestras relaciones de discipulado porque queremos que nuestros amigos prosperen espiritualmente. Una vez más Juan escribe:

3 Juan 1:1-4 El anciano a Gayo, el amado, a quien amo en la verdad. Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma. Pues mucho me regocijé cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de tu verdad, de cómo andas en la verdad. No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad. (RVR60)

(¿Cómo dice Juan que Gayo estaba mostrando su fidelidad a la verdad que destacaba de manera especial su salud espiritual? Lee)

3 Juan 1:5-8 Amado, fielmente te conduces cuando prestas algún servicio a los hermanos, especialmente a los desconocidos, los cuales han dado ante la iglesia testimonio de tu amor; y harás bien en encaminarlos como es digno de su servicio a Dios, para que continúen su viaje. Porque ellos salieron por amor del nombre de El, sin aceptar nada de los gentiles. Nosotros, pues, debemos acoger a tales personas, para que cooperemos con la verdad. (RVR60)

Juan parecía basar mucha de su confianza en la salud espiritual de Gayo y en su disposición a cuidar y recibir a los evangelistas itinerantes o misioneros enviados supuestamente por la iglesia de Juan. Este acto en particular demuestra el amor de Juan y Gayo por los perdidos y otros creyentes.

Nosotros cultivamos de forma deliberada este tipo amor en la vida de nuestros amigos porque queremos que ellos estén bien espiritualmente. Cultivar una pasión por las misiones promueve la salud espiritual porque es una de las cosas más desinteresadas que podemos hacer como cristianos.

Un compromiso espiritual con las misiones trae gloria a Dios (Ver Romanos 15:8-915-16)

Si somos cristianos genuinos entonces el deseo por ver a Dios glorificado debe ser una parte real y significativa de la vida. En tus relaciones de discipulado le haces a tu amigo un gran servicio cuando cultivas un gusto por las misiones.

Las misiones rara vez son discutidas como parte del discipulado básico

Cuando las personas piensan en términos de 1 a 1 en el discipulado, raras veces las misiones son discutidas. Los cristianos hablan acerca de su vida devocional personal, sus tiempos de oración, su lucha con el pecado y hasta su necesidad de hacer evangelismo local, pero el asunto de las misiones globales parece ser abordado raras veces. Si queremos que las personas entiendan este aspecto básico del discipulado cristiano, necesitamos hablar de manera deliberada acerca de ello.

Motivando a las misiones en el discipulado

Por tanto, ¿qué podemos hacer en las relaciones de discipulado para motivar esta pasión por las misiones?

Haz que el tema de las misiones sea una parte habitual de tu relación. Así como la oración y el estudio bíblico, puedes hacer que esta preocupación por las misiones sea una parte común de discipulado hacia otra persona.

Cuando se reúnen pueden hacer que la oración por las misiones y los misioneros sea un punto importante. Si te estás reuniendo con alguien de manera regular, simplemente haz que uno de los puntos de oración sea uno de los obreros que apoyamos que se encuentra en la parte trasera del directorio de CHBC.

Lean juntos un buen libro sobre misiones. Algunas sugerencias: Let the Nations be Glad [Que las naciones se alegren], John Piper; Operación Mundo, Patrick Johnstone; A Vision for Missions [Una visión por las misiones], Tom Wells; From Jerusalem to Irian Jaya [De Jerusalén a Irian Jaya], Ruth Tucker; Mack and Leeann´s Guide to Short-term Missions [Guía para misiones a corto plazo de Mack y Leeann], Mack Stiles.

También puedes considerar la biografía de varios misioneros: To the Golden Shore: The Life of Adoniram Judson [Hacia la costa dorada: la vida de Adoniram Judson], Courtney Anderson; Faithful Witness: The Life and Mission of William Carey [Testigo fiel: la vida y misión de William Carey], Timothy George.

Da ejemplo de una preocupación por las misiones. Permite que tu amigo conozca cómo estas organizando tu vida personal y deliberadamente, con el fin de ser fiel a la pasión de Dios por las misiones globales. Permite que conozcan las decisiones que has hecho acerca de tu tiempo, tu dinero y tus vacaciones a la luz de tu deseo por que la obra de Cristo avance alrededor del mundo.

Habla específicamente acerca de su papel en las misiones globales. No todo cristiano se convertirá en pastor o misionero. Eso no es solo algo bíblico sino que cada cristiano sano y maduro debe en algún punto cual es su papel en el plan de Dios para alcanza a las naciones. Algunos serán los que van y otros serán los que envían, pero todos deben estar involucrados.

Discipulando a aquellos que están considerando convertirse en misioneros

Finalmente, algunos pensamientos sobre cuales cosas considerar si la persona que estás discipulando parece querer convertirse en misionero.

Primero, consigue que comience a hablar con otros. Queremos hacer esto porque queremos que las personas oren por ellos. También queremos hacer esto porque francamente algunas personas pueden necesitar ir más despacio antes de salir al extranjero. Pocas veces decimos que «no» a los deseos de una persona ir al extranjero, y más frecuentemente decimos «espera… quédate y crece por un tiempo en una iglesia sana… y danos algún tiempo para conocerte.»

Segundo, motívales a hablar con un líder de la iglesia lo antes posible. Muchas personas creen falsamente que un llamado a las misiones es una decisión personal intensa. Una decisión de buscar las misiones debe involucrar a tu iglesia local. En lugar de toma una decisión determinada y luego informar a los líderes de tu iglesia, preferimos que involucres a los ancianos en el inicio del proceso. La única manera en que podemos pastorearte y cuidarte en este proceso es si nos lo das a conocer temprano. Por favor, nunca pienses que estás perdiendo el tiempo del anciano si aun no saben nada todavía.

Tercero, ayúdales a entender que la iglesia envía misioneros, pero no ellos mismos. La carga nunca debe estar sobre los hombros de una persona para discernir un llamado a las misiones o para prepararse para la obra misionera. Nuestros ancianos y nuestra iglesia como cuerpo quieren ayudar; camina con ellos de la manera que consideran que están llamados a encajar en el plan de Dios para las naciones.

Cuarto, considera que lo que la iglesia estaría buscando es un potencial misionero: confiabilidad; fidelidad en la asistencia y servicio en la iglesia; estable en sus creencias cristianas; un historial de buen juicio; una vida de oración y tiempos de quietud consistentes y un sano entendimiento teológico de Dios, Cristo, el hombre y la Escritura.

Conclusión:

  • La preocupación por el evangelismo y las misiones es una parte básica de lo que significa ser un discípulo cristiano fiel.
  • Ayudar a tus amigos a entender esta verdad le dará un mayor gozo y a Dios su verdadera gloria.
Mark Deve

La soberanía divina y el evangelismo

Alimentemos El Alma

Serie: El Evangelismo Y La Soberanía De Dios

J.I. Packer

Capítulo IV

La soberanía divina y el evangelismo

Comenzamos este capítulo con un resumen de lo que hemos aprendido acerca del evangelismo.

El evangelismo es una tarea encomendada a todo el pueblo de Dios en todas partes del mundo. Es la obra de comunicar el mensaje del Creador a la humanidad rebelde. El mensaje comienza con información y termina con una invitación. La información se trata de cómo Dios dio a Su Hijo unigénito a los pecadores como Salvador perfecto. La invitación es el llamamiento de Dios a la humanidad para venir al Salvador y hallar vida eterna. Dios exige el arrepentimiento de todos los hombres en todas partes del mundo, y en cambio les promete perdón y restauración. El cristiano es mandado al mundo como el pregonero de Dios y el embajador de Cristo para anunciar este mensaje. Esto es tanto su deber (porque Dios lo ordena y el amor al prójimo lo requiere) como su privilegio (porque es una gran maravilla hablar para Dios y llevar a nuestro prójimo la única solución a su problema espiritual). Nuestra tarea es, por lo tanto, ir a toda la humanidad y proclamarles el evangelio de Cristo; debemos explicarlo de la manera más clara y concisa posible; debemos remover toda inconsistencia y dificultad que ellos encuentran en él; debemos exponerlo con seriedad; debemos advertirles que es una cuestión de urgencia y sugerirles que respondan a ella. Ésta es nuestra responsabilidad; es un componente básico de nuestro llamamiento cristiano.

Ahora llegamos a la pregunta que nos ha amenazado desde el comienzo de este libro. ¿Cuáles son las implicaciones de esto en cuanto a la soberanía de Dios?

Vimos anteriormente que la soberanía divina es una de las verdades antinómicas en el pensamiento bíblico. El Dios de la Biblia es el Señor y Legislador de Su mundo, es el Rey y el Juez del hombre. Por consiguiente, si hemos de ser bíblicos en nuestro pensamiento, tenemos que afirmar la soberanía divina y la responsabilidad humana juntos e inequívocamente. El hombre es, sin duda, responsable ante Dios, pues Dios le da Su Ley y lo juzga por sus acciones de acuerdo a la misma. A Dios también le pertenece la soberanía sobre el hombre, pues Él controla y ordena todos los acontecimientos humanos de la misma manera que controla y ordena todo lo que sucede en Su universo. Entonces, la responsabilidad humana y la soberanía de Dios son reales e incontrovertibles.

El apóstol Pablo, en una epístola breve, nos obliga a ver esta antinomia cuando habla de la voluntad, thelema, de Dios ligado a la contradicción aparente en estas dos maneras que el Creador se relaciona con Su criatura. En los capítulos cinco y seis de Efesios, él desea que sus lectores sean “entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” y “como siervos de Cristo haciendo de ánimo la voluntad de Dios.” La voluntad de Dios como Legislador es que el hombre conozca la Ley y que la obedezca. Pablo escribe a los tesalonicenses: “Porque la voluntad de Dios es vuestra santificación: que os apartéis de fornicación.” Sin embargo, en el primer capítulo de Efesios, Pablo habla de cómo Dios había escogido a él y a todos los cristianos desde antes de la fundación del mundo “según el puro afecto de Su voluntad.” Luego dice que la intención de reunir todas las cosas en Cristo es “el misterio de Su voluntad.” También dice, “En Él digo, en quien asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el consejo de Su voluntad.” Es obvio que aquí la “voluntad” de Dios es Su propósito eterno para con los hombres; Su voluntad como el Señor soberano del mundo. Ésta es la voluntad que se cumple con todo lo que se lleva a cabo —incluyendo el pecado del hombre. Anteriormente se distinguía entre la voluntad de Dios como precepto y Su voluntad como propósito. La anterior es la declaración pública de Dios en cuanto a lo que Él espera del hombre, y la última es lo que Él mismo hará (esta voluntad es oculta). La distinción es entre la Ley de Dios y Su plan. La anterior le dice al hombre lo que debe ser, y la última le dice lo que será. Ambos aspectos de la voluntad de Dios son hechos incontrovertibles, pero la manera en que se relacionan dentro de la mente de Dios no está al alcance del entendimiento de nuestras mentes finitas. Ésta es una de las razones por la cual decimos que Dios es incomprensible.

Todo ocurre bajo el dominio de Dios, Él ha fijado el porvenir con Su decreto y ya ha decidido quién será salvo y quién perecerá. Ahora la pregunta es: ¿qué relación tiene esto con nuestra responsabilidad de evangelizar?

Muchos cristianos en nuestros días están perplejos frente a la pregunta. Hay algunos que han aceptado la soberanía de Dios de la manera incalificable e incontrovertible en que la Biblia la enseña. Estos se enfrentan ahora con unos métodos evangelísticos, heredados de sus antepasados, que necesitan modificación para hallar armonía plena con la soberanía de Dios. Dicen que estos métodos fueron inventados por los que no creían en la soberanía absoluta de Dios. ¿No es eso razón suficiente para rechazarlos? Los que no están tan convencidos de la verdad doctrinal, los que no la toman en serio, creen que esta nueva preocupación pondrá fin al evangelismo. Creen que quitará el sentido de urgencia necesario para un evangelismo eficaz. Satanás, claro está, hará todo lo posible para impedir el evangelismo y para dividir a los cristianos; por lo tanto, tienta al primer grupo para que sean desconfiados y cínicos en la cara de cualquier empeño evangelístico, y al segundo grupo los tienta para que pierdan la cabeza en un pánico y una alarma extrema. A ambos los tienta para que sean presumidos, jactanciosos y amargados, mientras se critican el uno al otro. Ambos grupos necesitan cuidarse de las trampas del diablo.

La pregunta exige una respuesta y lo exige ahora mismo. De la misma Biblia surgió el problema (pues enseña la relación antinómica de Dios con el hombre), así que la solución la buscaremos en la Biblia también.

La respuesta bíblica se puede expresar en dos proposiciones, una negativa y otra positiva.

1. La soberanía de la gracia de Dios no afecta en nada lo que hemos dicho sobre la naturaleza y la responsabilidad del evangelismo

El principio empleado en este caso es que la regla de nuestro deber y la medida de nuestra responsabilidad son reveladas en la voluntad de precepto de Dios, y no ocultadas en la voluntad de propósito. Tenemos que ordenar nuestras vidas a la luz de Su Ley y no a nuestras adivinanzas acerca de Su plan. Moisés aclaró este principio cuando terminó enseñando la Ley, el desafío y las promesas de Dios a Israel. “Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios: mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos por siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley.” Las cosas que Dios no ha revelado (como el número y la identidad de los elegidos, y cuándo los piensa convertir) no tienen nada que ver con el deber del hombre. No tienen lugar en la interpretación de cualquier parte de la Ley de Dios. Ahora bien, el mandato de evangelizar es parte de la Ley de Dios; pertenece a la voluntad revelada de Dios para Su pueblo. Por lo tanto, nuestras especulaciones acerca de Su voluntad oculta en cuanto a la elección y el llamamiento no pueden cambiar o invalidar la Ley de Dios. Podemos contar con que (en las palabras del Artículo XVII de la Iglesia de Inglaterra) Dios “ha constantemente (decisivamente y con firmeza) decretado por Su consejo que nos es oculto rescatar de la muerte y la maldición todos aquellos que Él ha escogido en Cristo de la humanidad, y por Cristo les dará la salvación eterna como vasijas hechas para honrar.” Pero esto no nos ayuda en determinar la tarea evangelística, y tampoco tiene importancia en cuanto a nuestro deber de evangelizar universalmente e indiscriminadamente. La doctrina de la soberanía de la gracia de Dios no tiene implicaciones en estos asuntos.

Por lo tanto, podemos decir:

(a) La creencia que Dios es soberano en Su gracia no afecta la necesidad del evangelismo. No importa lo que creamos acerca de la elección, el evangelismo siempre es y siempre ha sido necesario, pues nadie será salvo sin el evangelio. Pablo dice, “Porque no hay diferencia de judío y de griego; porque el mismo que es Señor de todos, rico es para todos los que le invocan: Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Sí, pero el que no invoca al Señor no será salvo, y tiene que haber un cierto conocimiento de Él antes de poder invocarlo. Así que Pablo continúa diciendo, “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán a aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” Hay que decirles de Cristo antes de que puedan confiar en Él, y tienen que confiar en Él antes de que puedan ser salvos por Él. La salvación depende de la fe y la fe de conocer el evangelio. Dios salva a los pecadores llevándoles a la fe por medio de su contacto con el evangelio. De la manera que Dios organizó las cosas, el evangelismo es necesario si alguno ha de ser salvo.

Debemos darnos cuenta de que cuando Dios nos manda a evangelizar, nos está usando para cumplir Su propósito eterno de salvar a los elegidos. El hecho de que tiene un propósito inalterable no quiere decir que nuestros esfuerzos evangelísticos no se necesiten para cumplirlo. La parábola de nuestro Señor dice, “un hombre rey, que hizo bodas a su hijo; y envió sus siervos para que llamasen a los llamados a la boda” “y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos: y las bodas fueron llenas de convidados.”112 Es de la misma manera y por medio de semejante acción de los siervos de Dios que los elegidos vienen a la salvación que el Redentor les ha ganado.

(b) La creencia que Dios es soberano tampoco afecta la urgencia del evangelismo. Los hombres sin Cristo están perdidos e irán al infierno, sea la que sea nuestra opinión sobre la predestinación. “Os digo; antes si no os arrepintiereis, todos pereceréis igualmente… Os digo; antes si no os arrepintiereis, todos pereceréis asimismo.” Y los que somos de Cristo tenemos que ir y decirles de Él —del único que los puede salvar de la perdición. La necesidad de aquellos es urgente, y por lo tanto nuestra tarea evangelística es una de urgencia. Si usted conociera a un hombre dormido dentro de un edificio en llamas, usted pensaría que es urgente advertirle del peligro en que está; usted intentaría rescatarlo. El mundo está lleno de personas que no saben que están mal con Dios y condenados por Su ira. ¿No es esta situación de tanta urgencia como la anterior? ¿No lo trataríamos de rescatar?

Nunca debemos de usar la excusa de que si no son elegidos, no nos escucharán como quiera y todos nuestros esfuerzos serán en vano. Esto es cierto, pero no nos interesa y no debe afectar nuestro ministerio. En primer lugar, no es correcto rehusar hacer el bien sólo porque creemos que no nos será agradecido. En segundo lugar, los elegidos y no-elegidos de este mundo son anónimos en nuestras mentes. Sabemos que existen pero no sabemos, ni podemos saber, quiénes son y tratando de adivinar es fútil e impío. La identidad de los no-elegidos es una de las “cosas ocultas” de Dios y no nos es dado la capacidad mental ni el privilegio moral de saberlo. En tercer lugar, como cristianos estamos llamados a amar no sólo a los elegidos, sino a nuestro prójimo, ya sean elegidos o no. Ahora, la naturaleza del amor es hacer bien y saciar necesidad. Si nuestro prójimo es un inconverso, debemos mostrarle nuestro amor compartiendo con él las buenas nuevas que necesita para salvarse de la perdición. Es por eso que encontramos a Pablo, “amonestando a todo hombre, y enseñando en toda sabiduría, para que presentemos a todo hombre perfecto en Cristo Jesús.” No lo hizo sólo porque era apóstol, sino porque todo hombre era su prójimo. La medida de la urgencia del evangelismo es, por lo tanto, la necesidad de nuestro prójimo y el peligro en que está.

(c) La creencia que Dios es soberano en su gracia no afecta lo genuino de la invitación ni la verdad de las promesas del evangelio. En el evangelio Dios promete justificación y vida a todo aquel que cree. “Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Dios ordena que todo hombre se arrepienta, de la misma manera los invita a todos a que vengan a Cristo y encuentren allí la misericordia y la vida eterna. La invitación es para todos los pecadores; no sólo para los pecadores reformados o para aquellos cuyos corazones sienten una tristeza mínima por sus transgresiones, pero para todos. El himno lo expresa de una manera muy clara:

No dejes que la conciencia te demore

Ni soñar de la aptitud

Pues la aptitud que Él requiere

Es sentir tu necesidad de Él.

Que la invitación es libre e ilimitada —Pecadores Jesús recibirá (el título de un libro fantástico por Juan Bunyan)— es la gloria del evangelio como revelación de la gracia divina.

En la comunión de la Iglesia de Inglaterra, primero la congregación confiesa sus pecados a Dios con unas palabras agudas (“nuestros numerosos pecados y desdichas…provocando justificablemente su ira…la carga de ellos es intolerable. Ten misericordia de nosotros, ten misericordia de nosotros”). Luego, el ministro alza sus manos y proclama las promesas de Dios.

“Oigan las palabras de consuelo que nuestro Salvador Jesucristo dice a todos que verdaderamente vienen a Él.”

“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar.”

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en El cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

“Oigan también lo que ha dicho San Pablo.”

“Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.”

“Oigan también lo que ha dicho San Juan.”

“Hijitos míos, estas cosas os escribo, para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.”

¿Por qué son estas palabras de tanto consuelo? Porque son las palabras de Dios y son la verdad. Estas palabras son la esencia del evangelio. Son promesas y garantías en que los cristianos que vienen a la cena del Señor deben confiar. Son las palabras que confirman el sacramento. Examínelas cuidadosamente; examine primero la sustancia. El objeto de la fe que representan no es sólo ortodoxia, ni es sólo la verdad de la muerte expiatoria de Cristo, es mucho más. Es el Cristo viviente en Sí, el Salvador perfecto de los pecadores, aquel que carga consigo toda la virtud de Su obra completada en la cruz. “Venid a ,” Él ha pagado todos nuestros pecados. Estas promesas guían nuestra confianza, no al crucifijo sino a Cristo crucificado; no a la obra abstracta sino a aquel que la realizó. Fíjense que las promesas son universales. Se ofrecen a todos los necesitados, a todos los que “verdaderamente” lo necesitan, a todo hombre que alguna vez haya pecado. A ninguno le es negada la misericordia, pero muchos la rechazan con impenitencia e incredulidad.

Algunos piensan que las doctrinas de la elección y de la condenación eterna implican la posibilidad de que algunos que desean a Cristo serán negados por no estar entre los elegidos. Sin embargo, las palabras de consuelo en el evangelio excluyen esta posibilidad. Pues nuestro Señor afirmó en términos enfáticos y categóricos, “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera.”

Es verdad que Dios ha elegido desde la eternidad a los que salvará. Es verdad que Cristo vino exclusivamente a salvar aquellos que el Padre le había dado. Pero también es verdad que Cristo se ofrece gratuitamente a todos los hombres como su Salvador, y garantiza llevar a la gloria todos los que confíen en Él. Fíjense en cómo Él yuxtapone los dos conceptos en el siguiente pasaje.

“Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, mas la voluntad del que me envió. Y ésta es la voluntad del que me envió, del Padre: Que todo lo que me diere, no pierda de ello, sino que lo resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en Él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en día postrero.” “Todo lo que me ha dado” en este contexto es la tarea salvadora de Cristo en términos de todos los elegidos, a quienes vino específicamente a salvar. “Todo aquel que ve al Hijo, y cree en Él” se refiere a la tarea salvadora de Cristo en términos de toda la humanidad, a quien se ofrece sin distinción y salvará a los que creen en Él. En estos versículos las dos verdades se afirman al mismo tiempo y en el mismo respecto, y así debe ser. Las dos van juntas. Caminan de mano en mano. Una no hace dudosa la otra. Una no excluye la otra. Cristo quiere decir lo que ha dicho, ya sea cuando salva a todos que creen en Él o cuando salva a los que el Padre le ha dado.

John Owen, un puritano que escribió a favor de la elección incondicional y la expiación limitada, se dirige al incrédulo de la siguiente manera.

“Consideren la condescendencia y el amor infinito de Cristo. Él les invita y les llama para que vayan a Él y encuentran vida, liberación, misericordia, gracia, paz y salvación eterna… En la declaración y la predicación de ellos, Jesucristo se enfrenta a los pecadores llamándolos, invitándolos y urgiéndolos que vengan a Él.”

“La palabra que Él les dirige es ésta: ¿Por qué morirás? ¿Por qué perecerás? ¿Por qué no tendrás compasión por tu alma? ¿Será duro tu corazón y fuerte tus manos en el día de la ira que vendrá?… Mira hacia mí y serás salvo; ven a mí y te quitaré la carga de los pecados, las tristezas, los temores, las cargas y haré descansar a tu alma. Ven, te suplico; pon a un lado la desidia; no me rechaces más; la eternidad llama a tu puerta… odiándome perecerás, mas aceptándome serás liberado.”

“Estas y cosas semejantes declara, proclama, suplica y urge al Señor Jesucristo a las almas de los pecadores… Lo hace con la predicación de la Palabra, como si estuviese presente con ustedes y hablara personalmente a cada uno de ustedes… Él ha encomendado a los ministros para que se paren delante de ustedes y tratarles como si Él estuviera tratando con ustedes. Ellos les invitarán de la misma manera que Él les invitó, 2 Corintios 5:19–20.”

La invitación de Cristo es la Palabra de Dios. Es verdad. Es una invitación genuina. Y se ha de presentar al incrédulo de tal manera. Nada de lo que creemos de la soberanía de Dios en su gracia afecta esto.

(d) La creencia de que Dios es soberano en su gracia no afecta la responsabilidad del pecador por su respuesta. Alguien que rechaza a Cristo se muere a causa de su propia condenación. No creer en la Biblia lleva consigo la culpabilidad y nadie podrá excusarse simplemente porque no fueron elegidos. La vida eterna se le ofreció al incrédulo y la podría haber tenido si no la hubiera rechazado. El incrédulo, y nadie más, es responsable por su rechazo de la salvación y ahora él tendrá que sufrir las consecuencias. El Obispo J. C. Ryle escribe, “Es un principio fundamental en toda la Escritura que el hombre puede perder su propia alma, y que si él está perdido es por su propia culpa, y su sangre manchará sólo su propia cabeza. La misma Biblia inspirada que revela la doctrina de la elección es la Biblia que contiene la palabras, ‘¿Por qué moriréis, casa de Israel?’ —’Y no queréis venir a mí, para que tengáis vida.’122— ‘Y esta es la condenación: porque la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz; porque sus obras eran malas.’ La Biblia nunca dice que los pecadores no irán al cielo porque no son elegidos, sino dice que no irán porque han rechazado la gran salvación, y porque rehúsan arrepentir y creer. En el juicio final, no es la elección de Dios que aniquila las almas de los hombres, sino es su propia pereza, su amor al pecado, su incredulidad y su rechazo de Cristo.”124 Dios le da al hombre lo que el hombre ha escogido y no lo opuesto a lo que escogen. Aquellos que escogen la muerte morirán. La doctrina de la soberanía divina no afecta la responsabilidad humana.

Veamos ahora la segunda proposición positiva.

2. La soberanía de Dios en su gracia nos da la única esperanza de tener éxito en el evangelismo

Algunos temen que la creencia en la soberanía de Dios tiene como consecuencia lógica la inutilidad del evangelismo, pues Dios salvará a sus elegidos aunque oigan o no el evangelio. Ya hemos visto que esto es una conclusión falsa basada en una premisa inválida. La verdad es totalmente opuesta a esta conclusión. En vez de hacerlo inútil, la soberanía de Dios es la única cosa que lo hace útil. Con ella hay la posibilidad, es más, la certeza de que el evangelismo será fructuoso. Si no fuera por la gracia soberana de Dios, el evangelismo sería uno de los empeños más inútiles en el mundo, y proclamar el evangelio cristiano sería sólo una gran pérdida de tiempo.

¿Por qué es esto? Por la incapacidad espiritual del hombre pecaminoso. Dejemos que Pablo, el evangelista de evangelistas, nos explique esto.

Pablo dice que el hombre caído tiene una mente ciega y por eso no puede comprender las verdades espirituales. “Mas el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura; y no las puede entender porque se han de examinar espiritualmente.” El hombre caído también tiene una naturaleza perversa y depravada. “Por cuanto la intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la Ley de Dios, ni tampoco puede. Así que, los que están en la carne no pueden agradar a Dios.” En ambos pasajes Pablo afirma dos cosas distintas en cuanto al hombre caído y su relación a la verdad de Dios, y hay un paralelismo del progreso del pensamiento en ambos casos. Primero, Pablo señala el fracaso del hombre carnal. Pues él “no recibe las cosas de Dios” y “no está sujeto a la Ley de Dios.” A continuación, Pablo interpreta una afirmación a base de la otra. Es decir, el fracaso es una necesidad natural, es cierto e inevitable, y es universal e inalterable, pues es inherente en la misma naturaleza del hombre. “No las puede entender.” Ni tampoco puede.” El hombre, desde Adán, no puede entender las realidades espirituales ni tampoco puede obedecer la Ley de Dios. Enemistad contra Dios es la ley de su naturaleza. Su instinto le dice que debe evadir, negar e ignorar la verdad de Dios; le dice que debe jactarse de él y desobedecer Su Ley — sí, y cuando oye el evangelio su instinto le dice que lo debe rechazar y que debe rebelarse contra Él. Este es el tipo de persona que él es. Pablo dice que él esta “muerto en sus delitos y pecados.” Está totalmente incapacitado para reaccionar al evangelio de una manera positiva. Es sordo a la voz de Dios. Es ciego a su revelación. Es impermeable a su aliciente. Si usted le habla a un cadáver, nunca le va a responder; el hombre está muerto. Cuando la Palabra de Dios se proclama a los pecadores tampoco hay respuesta, pues ellos también están muertos en sus delitos y pecados.

Esto no es todo. Pablo nos dice que Satanás siempre está tratando de inmovilizar al hombre en su estado natural. “En que en otro tiempo anduvisteis conforme a la condición de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de desobediencia.” Así, Satanás se asegura que el hombre no obedezca la Ley de Dios. “En los cuales el dios de esto siglo cegó los entendimientos de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.”129 Ya vemos que hay dos barreras al evangelismo eficaz: la primera es el impulso natural e irresistible del hombre de oponerse a Dios, y la segunda es la el pastoreo asiduo de Satanás a los hombres en sus pecados y en su desobediencia.

¿Cuáles son las implicaciones de esto para el evangelismo? La implicación es que el evangelismo, como lo hemos descrito, no puede tener éxito. No importa el grado de claridad y eficacia que empleemos en proclamarlo, no hay ninguna esperanza de convencer, y mucho menos convertir, al hombre. ¿Podremos con nuestro propio poder sacar al hombre de las garras de Satanás? No. ¿Acaso podemos dar vida a los muertos? Tampoco. ¿Tenemos alguna esperanza de convencer a los pecadores de la verdad del evangelio con nuestra propia razón? Claro que no. ¿Podemos esperar que el hombre obedezca el evangelio por las palabras que decimos? No. Si no nos hemos enfrentado con este hecho, nuestro evangelismo no es irealista. Cuando un maestro quiere enseñar matemática o gramática a los niños y ellos simplemente no entienden, él se anima con la realidad de que eventualmente entenderán, y por lo tanto sigue tratando. Podemos acudir a nuestra paciencia si la posibilidad de alcanzar el éxito es real. Pero en el caso del evangelismo no existe tal posibilidad. Como una obra humana el evangelismo es imposible. Por definición no puede producir el efecto deseado. Podemos predicar con claridad, con fluidez y con gracia; podemos desafiar a nuestros amigos; podemos organizar grandes campañas y avivamientos, repartir folletos, colgar letreros y anunciar por todos lados, pero nunca habrá la más mínima posibilidad de ganar una sola alma para Cristo. Si no hay otro ingrediente, algo mucho más poderoso que nuestro propio afán, toda obra evangelística fracasará. Nos tenemos que enfrentar con esta realidad.

Es aquí donde veo una tremenda falla en el evangelismo de hoy. Parece que todos están de acuerdo en que nuestro evangelismo no está de lo más saludable, pero hay mucho desacuerdo en cuanto a la naturaleza del malestar y cómo curarlo. Algunos creen que el problema es el avivamiento de la doctrina de la soberanía de Dios —una doctrina que tiene implicaciones enfáticas para la elección incondicional y la expiación limitada. Ellos sugieren que la solución del problema se encuentra en el abandono de estas doctrinas. Sin embargo, algunos de los evangelistas más grandes del pasado han abrazado estas doctrinas. Por lo tanto, el diagnóstico no puede ser muy astuto ni la solución muy eficaz. Es más, parece que el evangelismo había sufrido su gran caída entre las dos guerras mundiales, es decir, mucho antes del avivamiento de esta doctrina. Otros, como ya hemos mencionado, creen que el problema está en las reuniones inter-denominacionales e impersonales que han surgido a la escena en los últimos años. Pero esto tampoco es obvio. Yo creo que la raíz del problema es mucho más profunda que estos diagnósticos suelen indicar. Sospecho que la razón por este malestar evangelístico es una neurosis de la desilusión, un fallo desconocido del ánimo, que surgió del rechazo de considerar el evangelismo antropocéntrico imposible. Permíteme explicar.

Por más de un siglo, los cristianos evangélicos han considerado el evangelismo una actividad especial que debe ocurrir en intervalos rápidos y agudos (como “misiones” y “campañas”) y, para tener éxito, necesitaban una técnica distintiva, tanto en la predicación como en el evangelismo personal. Muy temprano en la evolución de este concepto, los evangélicos comenzaron a pensar que si el evangelismo iba a tener éxito había que orar por él y administrarlo correctamente (ej. si se usaba la técnica distintiva). Esto se debe al éxito que tuvieron evangelistas como Moody, Torrey, Haslam y Aitken con sus campañas. Pero debemos entender que el éxito que tuvieron estos grandes evangelistas no fue debido a su organización moderna, sino a la gran obra que Dios había realizado en Inglaterra en aquella época. Aun en ese período, las primeras misiones usualmente tenían más éxito que las segundas, y las segundas que las terceras. Pero durante los últimos cincuenta años, cuando el mundo se está secularizando más y más, hemos visto una declinación drástica en los frutos del evangelismo. Esta declinación nos ha enervado.

¿Por qué nos ha enervado? Porque no estábamos preparados. Habíamos formulado el evangelismo de tal manera que la buena organización más la técnica distintiva equivalían a resultados inmensos. Habíamos creído que la poción mágica se hacía con una reunión especial, un coro, un solista y un predicador especial, de renombre quizá. Estábamos seguros de que la fórmula y la poción mágica darían vida a cualquier iglesia, pueblo o misión que estaba muerta. Muchos de nosotros todavía creemos esto. Nos aseguramos el uno al otro que así es, y seguimos haciendo nuestros planes a base de ello. Pero en nuestros corazones estamos desilusionados, desanimados y aprensivos. Había un tiempo cuando pensábamos que el evangelismo bien-organizado aseguraba éxito, pero ahora tememos que cada vez que intentemos fracasará, pues ha fracasado tantas veces en el pasado. Ahora no nos resta nada, pues sólo supimos evangelizar de una manera. No queremos admitir esto a nosotros mismos y, por lo tanto, echamos nuestro temor por la ventana, pero vuelve por la puerta con una venganza en la forma de la desilusión y la neurosis paralizante. Nuestro evangelismo, entonces, se convierte en una rutina meticulosa y aburrida. En fin, nuestro problema es que dudamos de la utilidad de nuestros esfuerzos.

¿Por qué tenemos estas dudas? Porque hemos sido desilusionados. ¿Cómo hemos sido desilusionados? Por el fracaso continuo de las técnicas evangelísticas en los cuales confiábamos. ¿Cuál es el remedio de nuestra desilusión? Primero, debemos admitir que estábamos equivocados en pensar que cualquier técnica en sí pudiera garantizar resultados; segundo, debemos reconocer que la naturaleza depravada del hombre es razón suficiente para que nuestros esfuerzos evangelísticos sean estériles; tercero, debemos recordar que estamos llamados a ser fieles y no a tener éxito; y cuarto, debemos aprender a dejar los resultados de nuestro esfuerzo a la gracia omnipotente de Dios.

Dios hace lo que el hombre no puede hacer. Dios, por medio de su Espíritu, obra en el corazón del hombre pecaminoso para llevarlos a la fe y al arrepentimiento. La fe es un regalo de Dios. Pablo escribe a los filipenses, “Porque a vosotros es concedido por Cristo, no sólo que creáis en Él, sino también que padezcáis por Él.” Y a los efesios dice, “Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios.” Así también, el arrepentimiento nos es dado por Dios. Pedro le dijo al Sanedrín, “A Éste ha Dios ensalzado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados.” Cuando la Iglesia de Jerusalén oyó que Pedro había sido mandado a evangelizar a Cornelio, y que Cornelio había sido llevado a la fe, dijeron: “Entonces, oídas estas cosas, callaron, y glorificaron a Dios, diciendo: De manera que también a los Gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida.” Nosotros no podemos hacer que los pecadores se arrepientan y crean en Jesús, sino es Dios quien obra fe y arrepentimiento en el corazón del hombre por medio de Su Espíritu.

Pablo dice que éste es el “llamado” de Dios. Los teólogos antiguos lo nombraron “llamado eficaz,” en contraste con la “convocación ineficaz” —es decir, cuando uno escucha la Palabra de Dios, pero el Espíritu no obra en él. El anterior es el proceso en que Dios hace que el pecador entienda y responda al evangelio. Es la obra del poder creativo; por ella, Dios regala al hombre un corazón nuevo, lo libera del pecado, le da luz donde antes había sólo tinieblas y lo guía a Él por medio de Cristo el Salvador. Por ella también, Dios los saca de las garras de Satanás, lo libera del reino de las tinieblas y lo traslada al “reino de Su amado Hijo.” El llamado produce la respuesta y confirma las bendiciones. También se le ha denominado la obra de “gracia previa,” pues la inclinación hacia Dios precede la voluntad del mismo. Se ha nombrado “gracia irresistible,” porque aniquila la posibilidad de resistirlo. La Confesión de Fe de Westminster lo analiza como la actividad de Dios en el hombre caído. “A todos aquellos a quienes Dios ha predestinado para vida, y a ésos solamente es a quienes le place en el tiempo señalado y aceptado, llamar eficazmente por Su Palabra y Espíritu, sacándolos del estado de pecado y muerte en que se hallaban por naturaleza para darles vida y salvación por Jesucristo. Esto lo hace iluminando espiritualmente su entendimiento, a fin de que comprendan las cosas de Dios; quitándoles el corazón de piedra y dándoles uno de carne, renovando sus voluntades y por Su poder soberano determinándoles a hacer aquello que es bueno, y llevándoles eficazmente a Jesucristo. Sin embargo, ellos van con absoluta libertad, habiendo recibido la voluntad de hacerlo por la gracia de Dios.”

Cristo también enseñó la necesidad universal de este llamamiento por la Palabra y el Espíritu. “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y Yo le resucitaré en el día postrero.” Igualmente, enseñó su eficacia, “Escrito está en los profetas: y serán todos enseñados de Dios. Así que, todo aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí.” A su enseñanza añadió la certeza universal del llamado para todo aquel que el Padre ha escogido. “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí.” Me escucharán y confiarán en mí, esto es el propósito del Padre y la promesa del Hijo.

Pablo habla del “llamado eficaz” como la realización del propósito seleccionador de Dios. Pues le dice a los romanos: “Porque a los que antes conoció, también predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.” Y a los tesalonicenses escribe, “Mas nosotros debemos dar siempre gracias a Dios por vosotros, hermanos amados del Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salud, por la santificación del Espíritu y fe de la verdad: A lo cual os llamó por nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.” El autor del llamado, nos dice Pablo, es Dios; y el asunto del llamado es el camino a la gloria.

Entendiendo esto, podemos ver de una vez porqué Pablo nunca se desilusionó con el hombre caído y esclavizado por Satanás; en contraste con los evangelistas de nuestros días, Pablo nunca pensó que el evangelismo era un esfuerzo inútil. La razón por su actitud es que él nunca olvidó que Dios es soberano en Su gracia. El sabía que aún antes de que él hubiera comenzado, Dios todopoderoso había dicho, “Así será mi palabra que de mi boca: no volverá a mí vacía, antes hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que le envié.” Él sabía que esto era verdad tanto para el evangelio como para cualquier declaración divina. Sabía que su predicación del evangelio nunca sería inútil, pues Dios se lo garantizó. Sabía que dondequiera que él llevara el evangelio, Dios resucitaría a los muertos. Sabía que algunos de sus oyentes serían salvos. Este conocimiento le dio seguridad y expectación en su evangelismo. Y cuando hubo mucha oposición y pocos resultados, él nunca se desilusionó, pues él sabía que si Cristo le había abierto la puerta a ese lugar, era porque el propósito de Él era convertir pecadores allí. La Palabra no volvería vacía. Su afán era proclamar el evangelio con paciencia y fidelidad hasta el tiempo de la cosecha.

Hubo un tiempo en Corinto cuando su ministerio se puso muy difícil; los convertidos eran muy pocos y la oposición muy grande. Pablo pensaba que quizá su esfuerzo allí era en balde. “Entonces el Señor dijo de noche en visión a Pablo: No temas, sino habla, y no calles; porque Yo estoy contigo, y ninguno te podrá hacer mal; porque Yo tengo mucho pueblo en esta ciudad.” El Señor le estaba diciendo a Pablo que continuara predicando y enseñando allí, porque Él tenía un propósito; el Señor le estaba animando y confirmando su responsabilidad a la misma vez. Rackham destaca, “Esto confirma el énfasis que San Lucas puso en la elección previa de Dios.”143 Y el énfasis de Lucas refleja la actitud de Pablo basada en la garantía que le había dado Cristo. Por lo tanto, la soberanía de Dios en Su gracia dio esperanza a Pablo mientras predicaba a oídos sordos, mostraba a Cristo a ojos ciegos e intentaba conmover corazones de piedra. Su garantía era que donde Cristo manda el evangelio, Cristo tiene pueblo. Puede ser que al momento estén encadenados por el pecado, pero Cristo los liberará y los renovará cuando la luz del evangelio brille en sus seres oscuros.

En un gran himno, Charles Wesley describió su conversión de esta manera:

¡Qué tinieblas encerráronme!

Esclava mi alma fue a pasiones mil;

Mas el fulgor de su convicción,

Me despertó de tal condición.

De mis cadenas por don de gracia me libró;

Me levanté y caminé para seguirle en pos.

Esto no es sólo una descripción vívida de su experiencia, también es una buena afirmación teológica. Esto es exactamente lo que le sucede al incrédulo cuando se predica el evangelio. Pablo sabía eso, y lo usó como su garantía en el evangelismo.

La garantía de Pablo debe ser la nuestra también. No podemos confiar en nosotros mismos —en nuestros métodos, en nuestras técnicas o en nuestra organización. No hay magia en la técnica, aun cuando la técnica compagina con la teología de la Biblia. Cuando evangelizamos, nuestra confianza debe estar en Dios quien resucita a los muertos. Él es el único soberano y omnipotente que puede endulzar los corazones amargos de los hombres, y Él dará conversiones cuando le agrade darlas. Mientras tanto, nosotros debemos ser fieles en proclamar el evangelio y debemos estar seguros que nuestros esfuerzos nunca serán en balde. Es de esta manera que la soberanía de Dios afecta el evangelismo. ¿Cuáles son los efectos de esta confianza y certeza sobre nuestra actitud del evangelismo? Son por lo menos tres.

(a) Nos debe hacer audaces. Nos debe dar confianza que aunque la gente no acepte el evangelio la primera vez, seguiremos tratando y Dios hará fructuoso nuestro ministerio. Tal respuesta al evangelio no nos debe sorprender, pues ¿qué más podemos esperar de los esclavos de Satanás? Tampoco nos debe desanimar, pues no hay corazón tan duro que pueda resistir la gracia de Dios. Pablo era amargo enemigo del evangelio, pero Cristo puso Su mano sobre él y Pablo nació de nuevo. Usted mismo ha estado aprendiendo qué tan corrompido y perverso su corazón es. Y antes de que usted se convirtiera en cristiano, su corazón era aun peor. Pero Cristo le salvó, y eso debe ser lo suficiente para convencerle que Cristo puede salvar a cualquiera. Así que continúe presentando a Cristo a los incrédulos cada vez que tenga oportunidad. Ésta no es una tarea de bufones. Usted no está perdiendo su tiempo ni el de ellos. Usted nunca se debe avergonzarse del evangelio o disculparse en su presentación de ello. Usted debe ser audaz, libre, natural, espontáneo y exitoso. Pues Dios da una eficacia a Su Palabra que nosotros no podemos dar. Dios lleva Su Palabra a la victoria en los corazones más endurecidos y amargados. Nunca pensaríamos que nuestros esfuerzos son inútiles si creemos en la gracia soberana de Dios.

(b) Esta confianza nos debe dar paciencia. Dios salva a Su tiempo, y no debemos suponer que Él tiene la prisa que tenemos nosotros. Tenemos que recordar que somos hijos de nuestra época, y el espíritu de nuestros días es uno de prisa. Es un espíritu pragmático; un espíritu que exige resultados prontos. El ideal moderno es realizar más y más haciendo menos y menos. Es la época de los ahorros obreros, los cálculos de eficiencia y la automatización. La actitud que surge de este nuevo modo de pensar es una impaciencia tremenda frente a todo lo que exige tiempo y esfuerzo continuo. Nos enfadamos cuando tenemos que realizar una obra completamente. Este espíritu tiene consecuencias drásticas para nuestro evangelismo. Queremos ganar almas lo más pronto posible, y cuando no vemos resultados de inmediato, nos desanimamos y perdemos el interés en ellas, hasta que por fin abandonamos nuestros esfuerzos y ellas se quedan peores que antes. Pero esto es de lo más equivocado. Cuando hacemos esto fracasamos, tanto en nuestro amor al prójimo, como en nuestra fe en Dios.

La verdad es que el evangelismo exige más paciencia, afecto, amor y perseverancia que la mayoría de los cristianos de hoy en día tienen. Nunca se nos ha prometido resultados rápidos. El evangelismo es una tarea en la cual no se espera resultados rápidos. No podemos esperar resultados si no perseveramos con la gente. La idea de que un sólo sermón evangelístico o una serie de conversaciones basta en convertir a alguien es absurdo. Si alguien se convierte con un solo sermón, usualmente usted encontrará que alguien había obrado con él antes. En este caso lo que vemos es el dicho, “uno siembra y el otro cosecha.” Pero si usted se encuentra con alguien que no ha escuchado el evangelio, que no sabe la diferencia entre lo verdadero y lo falso, es inútil tratar de exigirle una decisión de inmediato. Quizá le podría llevar a una crisis psicológica, pero nunca se salvará. Lo que tenemos que hacer es tomar tiempo con él, formar una amistad, caminar junto con él y encontrar el nivel de su entendimiento espiritual. Entonces y sólo entonces podremos presentarle la verdad de Dios en amor. Hay que explicar el evangelio y asegurarse que él lo entienda y que está convencido de su verdad; luego podemos exigirle una respuesta. Hay que ayudarle a arrepentirse y creer hasta que él esté seguro que haya recibido a Cristo y que Cristo haya recibido a él. Debemos acompañarle en cada paso confiando que Dios está obrando en él. Y aunque el proceso sea muy lento, debemos recordar que Dios está obrando a su tiempo. La paciencia verifica el amor al prójimo y la fe en Dios. Si no queremos tener paciencia, no podemos esperar que Dios bendiga nuestros esfuerzos de ganar almas.

¿De dónde viene esta paciencia tan necesaria para la tarea evangelística? Proviene del conocimiento que Dios es soberano en Su gracia y que Su palabra nunca vuelve vacía. Él nos da las oportunidades que tenemos para compartir el evangelio y Él es capaz de iluminar y salvar a todos los oyentes de nuestros testimonios. Dios a veces nos prueba de esta manera. Dejó que Abraham esperara veinticinco años por el nacimiento de su hijo, así también nos deja a nosotros esperando las cosas que añoramos, como la conversión de amigos y familiares. Necesitamos paciencia si hemos de ayudar a otros llegar a la fe salvadora. Esta paciencia la podemos desarrollar si aprendemos a vivir en términos de la soberanía libre y misericordiosa de Dios.

(c) Finalmente, esta confianza nos debe conducir a la oración.

La oración, como habíamos dicho anteriormente, es una confesión de la impotencia y la necesidad, un reconocimiento del desamparo y la dependencia, una convocación al Dios todopoderoso para que Él haga lo que nosotros somos incapaces de hacer. En cuanto al evangelismo somos impotentes; dependemos totalmente de Dios, pues es sólo con un corazón nuevo que el hombre puede entender nuestras predicaciones y nacer de nuevo. Estos hechos nos deben conducir a la oración. Que nos conduzcan es el propósito de Dios. Dios quiere que, en este asunto como en otros, confesemos nuestra propia impotencia, que le digamos que es Él en quien confiamos y que le pedimos que glorifique a Sí mismo. Es muy común que Dios no bendiga a los siervos que no oran. “Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y guerreáis, y no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.”; “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se abrirá.”147 Pero si no pedimos, no recibiremos. Ésta es la regla universal tanto en el evangelismo como en la vida. Dios nos obliga a orar antes de bendecir nuestra obra para que no olvidemos que es Él el que hace todo. Y cuando al fin veamos almas convertidas no seremos tentados a glorificar nuestros propios dones, talentos, conocimientos o persuasión, sino glorificaremos a Él y sólo a Él.

El conocimiento de la gracia soberana de Dios y la impotencia humana para ganar almas nos debe conducir a una oración incesante. ¿Qué debe ser el contenido de nuestras oraciones? Debemos orar por aquellos quienes pensamos ganar; debemos orar que el Espíritu Santo les abra el corazón; debemos orar por nuestro propio ministerio, y por todos los que predican el evangelio; debemos orar que el poder y la autoridad del Espíritu Santo sean con nosotros cuando predicamos. Pablo dice a los tesalonicenses, “Resta, hermanos, que oréis por nosotros, que la palabra de Dios corra y sea glorificada así como entre vosotros.” Pablo era un evangelista muy fructuoso, pero él sabía que cada partícula de su fruto venía directamente de Dios. También sabía que si Dios dejaba de obrar en él o en sus oyentes, no podría ganar ni siquiera un alma más. Por lo tanto, ruega por las oraciones de sus hermanos para que su ministerio siga siendo fructuoso. Oren, dice él, para que la Palabra del evangelio sea glorificada por medio de mis predicaciones y del efecto que tiene en las vidas del hombre. Oren para que sea usada para convertir a los pecadores. Pablo sabía que esta petición era una de urgencia, porque sabía que la predicación sin la misericordia soberana de Dios no puede salvar a nadie. Fíjense que Pablo no dice que como Dios es soberano la oración es inútil; al contrario, como la salvación de pecadores depende totalmente de Dios, la oración por la fecundidad del ministerio evangelístico es un elemento necesario. Y los cristianos en nuestros días que creen, como Pablo, en la soberanía total de Dios y que sólo esa soberanía puede salvar a los pecadores, deben atestiguar lo antedicho por medio de oraciones constantes, fieles y serias por la bendición de Dios en la predicación de Su Palabra, y que por medio de ella los pecadores podrán ser salvos. Ésta es la última implicación de la gracia soberana de Dios en el evangelismo.

Anteriormente, dijimos que la doctrina de la soberanía no disminuye los términos de nuestra comisión evangelística. Ahora podemos ver que, en vez de disminuirlos, los aumenta. Pues nos muestra las dos caras de la comisión evangelística. Es una comisión no sólo a predicar, sino también a orar; no sólo de hablar de Dios al hombre, sino también de hablar del hombre a Dios. La predicación y la oración van juntas; nuestro evangelismo no será correcto ni bendecido si estas dos no van juntas. Hemos de predicar porque sin conocimiento del evangelio ningún hombre será salvo. Hemos de orar porque sólo la soberanía del Espíritu Santo en nosotros y en los corazones del hombre puede dar eficacia a nuestra predicación, y Dios no manda a Su Espíritu donde no hay oración. Los evangélicos de hoy en día están reformando sus métodos de la predicación evangelística y no hay nada de malo en eso. Pero eso nunca dará fruto en nuestra obra evangelística si Dios no está reformando nuestras oraciones y derramando sobre nosotros un nuevo sentido de plegaria por el evangelismo. Sólo podemos salir adelante en el evangelismo cuando hemos aprendido de nuevo a proclamar a nuestro Señor y Su evangelio en público y en privado, en la predicación y en la conversación, con audacia, paciencia, poder, autoridad y amor. También tenemos que aprender de nuevo la necesidad de la oración humilde e importuna por la bendición de nuestra obra. Cuando se haya dicho todo lo que se puede decir acerca de los métodos evangelísticos, la única manera de avanzar sigue siendo ésta. Si no hallamos este camino, seguiremos perdidos. Es tan fácil —y difícil— como eso.

Ya la rueda de nuestro argumento ha dado la vuelta entera. Comenzamos sugiriendo que la práctica de la oración es una prueba positiva de la soberanía de Dios. Y terminamos sugiriendo que la fe en la soberanía de Dios es el motivo de nuestras oraciones.

Ahora cuando alguien nos sugiere que la fe en la soberanía de Dios contradice el evangelismo, podemos decirle que él no ha entendido el significado de la soberanía divina. La soberanía de Dios no es sólo la base del evangelismo, sino es también el sostén del evangelista, pues da la esperanza del éxito que de otra manera sería imposible; nos enseña que la oración y la predicación son inseparables; nos da audacia y confianza frente al hombre, y humildad y súplica frente a Dios. ¿No debe ser así? No diríamos que el hombre no puede evangelizar sin esta doctrina, pero sí sugerimos que creyéndola podrá evangelizar mejor.

 Packer, J. I. (2008). El Evangelismo y la Soberanía de Dios. (G. A. Martínez, Trad.) (pp. 91–123). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

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9 Rasgos de la Consejería Bíblica

Iglesia Evangélica de la Gracia

9 Rasgos de la Consejería Bíblica

David Barceló

David Barceló

Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin)

David es licenciado en Psicología y graduado de los seminarios Westminster en California (MA) y Westminster en Filadelfia (DMin). Es miembro de la NANC y graduado en Consejería Bíblica por IBCD. David ha estado sirviendo en la Iglesia Evangélica de la Gracia, desde sus inicios en mayo de 2005, siendo ordenado al ministerio pastoral en la IEG en junio de 2008

7 –  EL CANON DE LA ESCRITURA

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

7. El canon de la Escritura

R.C.SPROUL

Comúnmente pensamos en la Biblia como un solo gran libro. En realidad, es una pequeña biblioteca de sesenta y seis libros individuales. La reunión de estos libros constituye lo que llamamos el canon de la sagrada Escritura. El término canon proviene de la palabra griega que significa “vara de medir”  “metro”, “estándar”, o “norma”. Históricamente, la Biblia ha sido siempre el precepto autorizado para la fe y la práctica en la iglesia.

Con respecto a los libros incluidos en el Nuevo Testamento, los católicos y los protestantes están de acuerdo. Sin embargo, los dos grupos están en franco desacuerdo con lo que respecta a los libros que deberían ser incluidos en el Antiguo Testamento. Los católicos creen que los libros apócrifos deberían ser considerados canónicos, mientras que el protestantismo piensa lo contrario. (Estos libros apócrifos fueron escritos después que se completó el Antiguo Testamento y antes que se comenzara a escribir el Nuevo Testamento.) El debate con respecto a los libros apócrifos se centra en el tema más amplio sobre qué fue considerado canónico por la comunidad judía. Existe una contundente evidencia que los libros apócrifos no estaban incluidos en el canon palestino de los judíos. Por otro lado, parece ser que los judíos que vivían en Egipto habrían incluido a los libros apócrifos (traducidos al griego) en el canon alejandrino. Hay pruebas más recientes, sin embargo, que arrojan ciertas dudas a este respecto.

Algunos críticos de la Biblia aducen que la iglesia no contó con una Biblia como tal hasta casi principios del siglo quinto. Pero esto es una distorsión de todo el proceso de desarrollo canónico. La iglesia se reunió en concilios en varias ocasiones durante los primeros siglos para decidir sobre cuales libros pertenecían propiamente al canon. El primer canon formal del Nuevo Testamento fue creado por el hereje Marcia, quien produjo su propia versión expurgada de la Biblia. Para combatir a este hereje, la iglesia se vio obligada a declarar cuál era el contenido exacto del Nuevo Testamento.

Aunque la gran mayoría de los libros que hoy en día están incluidos en el Nuevo Testamento en su día claramente funcionaron con autoridad canónica desde que fueron escritos, hubo algunos pocos libros cuya inclusión en el canon del Nuevo Testamento fue motivo de discusión. Estos fueron Hebreos, Santiago, la segunda epístola de Pedro, la segunda y tercera epístola de Juan, Judas, y Apocalipsis.

Existieron además varios libros que rivalizaron para obtener esta posición canónica pero que no fueron incluidos. La gran mayoría de estos eran obras espurias escritas por herejes gnósticos del segundo siglo. Estos libros nunca recibieron una consideración seria. (Este es un punto clave que los críticos suelen pasar por alto cuando alegan que entre más de dos mil contendientes al canon se eligieron solo veintisiete. Y luego preguntan: “¿No es poco probable que se haya seleccionado a los veintisiete correctos?”) En realidad, son solo dos o tres libros los que no fueron incluidos luego de haber sido seriamente considerados. Estos fueron 1 Clemente, El Pastor de Hermas, y La Didaqué. Estos libros no fueron incluidos en el canon de la Escritura porque no habían sido escritos por los apóstoles, y sus propios autores reconocieron que su autoridad estaba subordinada a la de los apóstoles.

Algunos cristianos están preocupados por el hecho de que haya habido un proceso histórico selectivo. Les molesta la pregunta: ¿cómo es posible saber que el canon del Nuevo Testamento incluye los libros que debería contener? La teología católica tradicional contesta esta pregunta apelando a la infalibilidad de la iglesia. La iglesia es vista entonces como “creando” el canon, y tiene así la misma autoridad que la propia Escritura. El protestantismo clásico niega el hecho de que la iglesia sea infalible y que la iglesia “haya creado” el canon. La diferencia entre el catolicismo y el protestantismo puede resumirse de la siguiente manera:

El punto de vista católico: El canon es una colección infalible de libros infalibles.

El punto de vista protestante clásico: El canon es una colección falible de libros infalibles.

El punto de vista crítico liberal: El canon es una colección falible de libros falibles.

Si bien los protestantes creen que Dios en su providencia ejerció su cuidado especial para asegurar que solo los libros apropiados fueran incluidos, no convirtió a la iglesia en sí misma en infalible. Los protestantes, además, le recuerdan a los católicos que la iglesia no “creó” al canon. La iglesia reconoció, aceptó, recibió y se sujetó al canon de la Escritura. El término que la iglesia utilizó en los concilios fue recipimus, Recibimos”.

¿Cuál fue el criterio utilizado para evaluar los libros?

Las así llamadas evidencias canónicas incluían las siguientes:

l. Los libros deberían contar con la autoría o el respaldo apostólico.

2. Su autoridad debería haber sido recibida por la iglesia primitiva.

3. Deberían estar en armonía con los libros de los cuales nadie dudaba de su canonicidad.

Si bien en una etapa de su vida Martín Lutero cuestionó el carácter canónico de Santiago, más adelante cambió de parecer. No hay ninguna razón valedera para dudar de que los libros que actualmente están incluidos en el canon del Nuevo Testamento no son los que deberían estar allí.

Resumen

1. El término canon proviene del griego, y significa “norma” o “estándar”. Se utiliza la palabra canon para describir la lista autorizada de libros que la iglesia reconoce como la sagrada Escritura y, por ende, el “precepto” para su fe y su práctica.

2. Además de los sesenta y seis libros de la Biblia aceptados por los protestantes, los católicos también aceptan a los libros apócrifos como Escritura autorizada.

3. Para combatir la herejía, la iglesia reconoció la necesidad de declarar a cuáles libros se les había reconocido su autoridad.

4. Hubo algunos libros cuya inclusión en el canon fue motivo de disputa (Hebreos, Santiago, 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas, y Apocalipsis), y otros libros cuya inclusión fue considerada pero que no fueron admitidos en el canon, entre los que se encuentran 1 Clemente, El Pastor de Hermas, y La Didaqué.

5. La iglesia no creó al canon, simplemente reconoció a los libros que tenían las evidencias canónicas y que por lo tanto gozaban de autoridad dentro de la iglesia.

6. Las evidencias canónicas incluyen: (1) la autoría o el respaldo apostólico, (2) que la autoridad de dichos libros haya sido reconocida por la iglesia primitiva, y (3) el estar en armonía con los libros que sin ningún tipo de duda formaban parte del canon.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Lk. 24:44-45

1 Cor. 15:3-8

2 Tim. 3:16-17

2 Pet. 1:19-21

2 Pet. 3:14-16

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

ARTÍCULO TOMADO DE: http://www.hombrereformado.org/grandes-doctrinas-de-la-biblia—r-c-sproul

109 – Discípulos que hacen Discípulos

Entendiendo los Tiempos

1 Temporada | Entendiendo Los Tiempos

109 – Discípulos que hacen Discípulos

Surge en el 2013 como programa de radio bajo la cobertura de la emisora cristiana Radio Eternidad en la estación 990am. Las temáticas de nuestro programa son diversas y contemporáneas con las necesidades que se presentan hoy en día en la sociedad. Todo tema es llevado a la luz de la Palabra de Dios que es la única mediadora entre los hombres y la única verdad que puede hacerle libre. Tratamos diferentes temas con el propósito de entender el presente bajo una cosmovisión bíblica y actuar en base a esta. Con nuestro productor Andrés Figueroa y el equipo de Gracia TV, quienes semanalmente transmiten este programa en un formato para Radio y TV.

1 Temporada | Entendiendo Los Tiempos

45 – La tiranía del hermano débil | Romanos 14:1-12

Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo

Serie: Romanos

45 – La tiranía del hermano débil | Romanos 14:1-12

Ps. Sugel Michelén

El pastor Michelén ha formado parte del Consejo de Ancianos de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo en Santo Domingo, República Dominicana, durante más de 30 años.Tiene la responsabilidad de predicar la Palabra regularmente en el día del Señor.Tiene una Maestría en Estudios Teológicos y es autor de varios libros: Historia de las Iglesias Bautistas Reformadas de Colombia, Coautor junto al Pastor Julio Benítez; La Más Extraordinaria Historia Jamás Contada, Palabras al Cansado – Sermones de aliento y consuelo; Hacía una Educación Auténticamente Cristiana, El que Perseverare Hasta el Fin; y publica regularmente artículos en su blog “Todo Pensamiento Cautivo”https://www.todopensamientocautivo.com/

Él es instructor asociado en Universidad Wesleyana en Indiana (IWU), extensión en español; enseña Filosofía en el Colegio Cristiano Logos; y durante 10 años, ha sido profesor regular de la Asociación Internacional de Escuelas Cristianas (ACSI) para América Latina. El pastor Michelén, junto a su esposa Gloria tiene tres hijos y cuatro nietos.

http://www.ibsj.org