“En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia” Proverbios 17:17, en claro contraste con la advertencia de Proverbios 19:4: “Las riquezas traen muchos amigos; mas el pobre es apartado de su amigo”.
Este contraste expone una realidad incómoda del corazón humano: mientras la verdadera amistad permanece cuando llega la adversidad, la amistad interesada se acerca mientras existe algún beneficio y se retira cuando la relación comienza a tener un costo. Tal conducta revela hasta qué punto el pecado puede convertir al prójimo en un instrumento para la propia conveniencia.
La lealtad que solo permanece mientras todo resulta favorable no es verdadera fidelidad. Buscar el apoyo, la cercanía o los beneficios de otros para después abandonarles cuando defenderlos, acompañarlos o permanecer a su lado exige sacrificio, contradice el amor sincero al prójimo y manifiesta un corazón gobernado por la autopreservación y el interés personal.
Robert F. Horton, al comentar Proverbios 17:17, señala que la adversidad constituye una de las grandes pruebas de la amistad: precisamente allí se distingue al compañero circunstancial del amigo verdadero. La prosperidad puede reunir muchas compañías; la angustia revela cuáles permanecen.
La Escritura no presenta la amistad verdadera como una relación utilitaria, sino como una expresión de amor, fidelidad y compromiso. Por eso, cuando una persona disfruta de la confianza y del apoyo ajeno, pero desaparece cuando llega el momento de corresponder con lealtad, no está simplemente mostrando una debilidad social: está dejando al descubierto algo mucho más profundo acerca de aquello que gobierna su corazón.
Pregunta: ¿Qué regla ha dado Dios para hacernos saber cómo podemos glorificarle y disfrutar de él?
Respuesta: La Palabra de Dios que se encuentra en las Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento es la única regla para hacernos saber cómo podemos glorificar a Dios y disfrutar de él.
Si fuimos creados para glorificar a Dios y disfrutar de Él, inmediatamente aparece una pregunta necesaria: ¿cómo sabemos de qué manera debemos hacerlo?
No podemos decidirlo simplemente por lo que sentimos, por nuestras preferencias personales o por aquello que nuestra cultura considera correcto. Si Dios es nuestro Creador, entonces Él mismo debe decirnos quién es, cómo debemos acercarnos a Él y cómo quiere que vivamos delante de su presencia.
Y precisamente por eso Dios nos ha dado su Palabra.
Pablo afirma en 2 Timoteo 3:16 que toda la Escritura es inspirada por Dios. Esto significa que la Biblia no es solamente una colección de pensamientos religiosos producidos por hombres piadosos. Dios utilizó autores humanos, con sus propias personalidades y circunstancias, pero por medio de ellos comunicó aquello que quiso revelar a su pueblo.
Por tanto, nuestra fe no descansa finalmente en opiniones humanas, experiencias personales o sentimientos cambiantes. Descansa en lo que Dios ha dicho.
Y esa revelación se encuentra en las Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento. No son dos mensajes separados. Toda la Biblia desarrolla una sola historia de redención. El Antiguo Testamento nos muestra la creación, la caída, las promesas y la preparación para la venida del Mesías; y el Nuevo Testamento nos muestra el cumplimiento de esas promesas en Jesucristo.
Por eso Efesios 2:20 presenta a la iglesia edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Jesucristo la principal piedra del ángulo. Toda la revelación bíblica encuentra su centro y cumplimiento en Cristo.
Ahora bien, el catecismo añade algo fundamental: la Palabra de Dios es la única regla para saber cómo glorificarle y disfrutar de Él.
Esto no significa que no podamos aprender de pastores, maestros, confesiones de fe, catecismos o buenos libros cristianos. Podemos beneficiarnos profundamente de ellos. Pero todos permanecen bajo la autoridad de la Escritura.
Todo predicador debe ser examinado por la Palabra.
Toda tradición debe ser examinada por la Palabra.
Toda experiencia debe ser examinada por la Palabra.
Incluso este mismo catecismo debe ser examinado a la luz de la Biblia.
Desde una perspectiva bautista reformada valoramos la historia de la iglesia y las confesiones que han expresado fielmente la doctrina cristiana, pero ninguna de ellas puede sustituir la autoridad de Dios en su Palabra.
Y aquí encontramos algo hermoso: Dios no nos dio las Escrituras solamente para llenar nuestra mente de información. Nos las dio para que le conozcamos.
La Biblia nos muestra su santidad, su justicia, su misericordia, su fidelidad y su gracia. Nos muestra también nuestra condición pecaminosa y nuestra necesidad de salvación. Y, sobre todo, nos conduce a Jesucristo.
En 1 Juan 1:3, Juan relaciona la verdad proclamada con la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. La verdadera doctrina, entonces, no debe alejarnos de Dios; debe llevarnos a conocerle mejor.
Y cuanto más conocemos al Dios verdadero revelado en las Escrituras, más razones tenemos para confiar en Él, obedecerle, adorarle, glorificarle y disfrutar de Él.
Por eso esta segunda pregunta también nos confronta personalmente:
¿Qué está gobernando realmente lo que creo y la manera en que vivo?
¿La Palabra de Dios, mis emociones, las opiniones de otros o las ideas cambiantes de nuestra época?
Dios no nos dejó solos tratando de descubrir cómo vivir para su gloria.
Nos dio su Palabra.
Y en ella encontramos la verdad que necesitamos para conocer a Dios, conocer a Cristo y aprender a vivir para su gloria.
Catecismo de Spurgeon: doctrina para conocer, verdad para creer y una vida para la gloria de Dios.
Crédito de la obra que inspiró este artículo:
Este contenido está basado en el Catecismo de Spurgeon, obra original de Charles H. Spurgeon. La revisión, edición, adaptación, desarrollo y presentación de este episodio han sido realizadas por Alimentemos el Alma, con apoyo de inteligencia artificial como herramienta de asistencia en la redacción, organización y revisión del contenido. La supervisión doctrinal y la responsabilidad final de lo expuesto corresponden a Alimentemos el Alma.
El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.
“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.” 1 Corintios 10:31
¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti?; Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. Salmos 73:25-26
COMENTARIO DOCTRINAL
¿Para qué estamos aquí?
Es una de las preguntas más profundas que puede hacerse un ser humano.
Muchos responderían que estamos aquí para ser felices, formar una familia, alcanzar nuestras metas, trabajar, prosperar, dejar un legado o simplemente disfrutar de la vida.
Todas esas cosas pueden ocupar un lugar legítimo en nuestra existencia. Pero ninguna de ellas constituye nuestro propósito supremo.
El Catecismo de Spurgeon comienza llevándonos inmediatamente a Dios:
«El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre».
Esta respuesta coloca toda nuestra existencia en la perspectiva correcta.
1. FUIMOS CREADOS PARA DIOS
El hombre no es el centro del universo.
Dios lo es.
La Escritura enseña que todas las cosas existen por Dios, mediante Dios y para Dios. Por eso Pablo concluye en Romanos 11:36 que de Él, por Él y para Él son todas las cosas.
Esto incluye nuestra propia vida.
No existimos principalmente para realizarnos a nosotros mismos. Existimos porque Dios quiso darnos existencia y porque nuestra vida encuentra su verdadero propósito cuando está orientada hacia Él.
Por eso 1 Corintios 10:31 nos enseña que incluso las actividades más ordinarias —comer, beber y todo lo que hacemos— deben realizarse para la gloria de Dios.
Glorificar a Dios no significa añadirle una gloria que Él no posea.
Dios es infinitamente glorioso en sí mismo.
Nosotros glorificamos a Dios cuando reconocemos quién es Él, creemos su Palabra, obedecemos sus mandamientos, confiamos en su bondad y vivimos de una manera que manifiesta su excelencia.
La vida cristiana, entonces, no se divide entre momentos “espirituales” y momentos “normales”.
Toda nuestra vida pertenece a Dios.
Nuestro matrimonio.
Nuestro trabajo.
Nuestro dinero.
Nuestros pensamientos.
Nuestro descanso.
Nuestras decisiones.
Nuestra adoración.
Todo debe estar bajo el señorío de Dios.
2. EL PECADO CAMBIÓ EL CENTRO DE NUESTRA VIDA
Aquí necesitamos hacer una aclaración importante.
Aunque el hombre fue creado para glorificar a Dios, por naturaleza no vive buscando la gloria de Dios.
El pecado produjo precisamente lo contrario.
Romanos 1 enseña que el hombre conoció a Dios, pero no le glorificó como a Dios. En lugar de vivir para su Creador, comenzó a vivir para sí mismo y para las cosas creadas.
Ese es uno de los efectos más profundos de la caída.
El pecado no consiste solamente en cometer determinadas acciones malas.
En su raíz, el pecado consiste en quitar a Dios del centro y colocar allí al hombre.
Por eso podemos ser moralmente respetables y, sin embargo, vivir completamente alejados del propósito para el cual fuimos creados.
Una persona puede trabajar, estudiar, casarse, criar hijos, ayudar a otros e incluso practicar una religión, y todavía vivir fundamentalmente para sí misma.
El problema esencial del hombre no es simplemente que necesita mejorar su comportamiento.
Necesita ser reconciliado con Dios.
3. CRISTO NOS DEVUELVE AL PROPÓSITO PARA EL CUAL FUIMOS CREADOS
Aquí el catecismo nos conduce naturalmente hacia Cristo.
El hombre pecador no puede restaurarse a sí mismo.
Necesitamos un Salvador.
Jesucristo vivió perfectamente para la gloria del Padre. Obedeció donde nosotros desobedecimos y cumplió perfectamente la voluntad de Dios.
Después murió en la cruz por pecadores y resucitó.
Por medio de Cristo, Dios perdona y reconcilia consigo a todo aquel que se arrepiente y cree.
La salvación, por tanto, no consiste solamente en escapar del juicio.
Dios nos salva para restaurarnos a una vida centrada nuevamente en Él.
El creyente comienza a aprender aquello para lo cual fue creado:
vivir para la gloria de Dios.
No lo hace perfectamente.
Seguimos luchando contra el pecado.
Seguimos teniendo deseos egoístas.
Seguimos necesitando gracia cada día.
Pero ahora existe una nueva dirección en nuestra vida.
Ya no queremos vivir únicamente para nosotros mismos.
Queremos que Cristo sea honrado en nosotros.
4. GLORIFICAR A DIOS Y GOZARSE EN ÉL
La segunda parte de la respuesta es igualmente hermosa:
«…y gozar de Él para siempre».
El cristianismo bíblico no presenta a Dios como si Él recibiera gloria mientras nosotros vivimos eternamente frustrados.
Al contrario.
Nuestra mayor satisfacción se encuentra precisamente en conocer a Dios.
El Salmo 73 expresa esta realidad cuando el salmista reconoce que, aun cuando su cuerpo y su corazón desfallezcan, Dios sigue siendo la fortaleza de su corazón y su porción para siempre.
El mayor regalo de la salvación no es simplemente recibir bendiciones de Dios.
El mayor regalo es Dios mismo.
Esto necesita decirse con claridad, especialmente en una época donde muchas veces se presenta el cristianismo como un medio para obtener salud, prosperidad, éxito, estabilidad económica o cumplimiento de nuestros sueños.
Dios ciertamente puede concedernos muchas bendiciones temporales.
Pero ninguna de ellas es el propósito final de la vida cristiana.
Nuestra porción es Dios.
Podemos perder posesiones y tener a Dios.
Podemos atravesar enfermedad y tener a Dios.
Podemos conocer aflicción y tener a Dios.
Podemos pasar temporadas donde nuestros planes no se cumplen y todavía tener en Cristo aquello que ninguna circunstancia puede quitarnos.
Por eso glorificar a Dios y disfrutar de Dios están profundamente unidos.
Cuanto más conocemos verdaderamente a Dios, más comprendemos que Él es digno de nuestra adoración.
Y cuanto más vivimos para su gloria, más descubrimos que ninguna criatura puede ocupar el lugar que pertenece solamente al Creador.
APLICACIÓN
Esta primera pregunta del catecismo nos obliga a examinar nuestra vida.
¿Para qué estoy viviendo?
¿Qué ocupa realmente el centro de mis decisiones?
¿Qué determina mis prioridades?
¿Qué considero indispensable para ser feliz?
Tal vez profesamos creer que Dios es lo más importante mientras nuestras preocupaciones revelan que estamos viviendo principalmente para el dinero, la aprobación de los demás, nuestros hijos, nuestro trabajo, nuestros proyectos o nuestra propia tranquilidad.
Ninguna de esas cosas puede soportar el peso de convertirse en nuestro dios.
Fuimos creados para algo infinitamente mayor.
Fuimos creados para conocer a Dios, amarle, obedecerle, adorarle y vivir para su gloria.
Y solamente en Cristo podemos regresar al propósito para el cual fuimos creados.
CONCLUSIÓN
Así que la primera pregunta del Catecismo de Spurgeon no es una cuestión filosófica distante.
Es profundamente personal.
¿Cuál es el fin principal del hombre?
Glorificar a Dios y gozar de Él para siempre.
Ese es nuestro propósito.
Ese es el verdadero orden de la vida.
Y esa es también nuestra esperanza:
que aquello que comenzamos imperfectamente ahora por la gracia de Dios, un día lo viviremos plenamente en su presencia.
Glorificaremos a Dios y gozaremos de Él para siempre.
CATECISMO DE SPURGEON
Doctrina para conocer. Verdad para creer. Una vida para la gloria de Dios.
Crédito de la obra que inspiró este artículo:
Este contenido está basado en el Catecismo de Spurgeon, obra original de Charles H. Spurgeon. La revisión, edición, adaptación, desarrollo y presentación de este episodio han sido realizadas por Alimentemos el Alma, con apoyo de inteligencia artificial como herramienta de asistencia en la redacción, organización y revisión del contenido. La supervisión doctrinal y la responsabilidad final de lo expuesto corresponden a Alimentemos el Alma.
CAPÍTULO 3 Los Pensamientos del Pecador Arrepentido Entonces, volviendo en sí, dijo: “¡Cuántos de los trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, pero yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como uno de tus trabajadores.” Lucas 15:17–19
Su situación era desesperada. Tinieblas y oscuridad se cernían sobre sí. El panorama era lóbrego y sombrío. ¡Pero de repente le ilumina un rayo de luz! Como si el sol estuviera amaneciendo por primera vez en su alma, brota la esperanza de una solución: “Esto no tiene que seguir así.” Cuando el telón vuelve a elevarse, encontramos a nuestro personaje con una actitud completamente distinta. Lo que hemos conocido de la historia hasta este punto se debe en parte a la conversación que sostuvieron el padre y el hijo, y la narración que Cristo hizo de los eventos. Ahora podemos apreciar un ingrediente nuevo. Somos introducidos en la mente del individuo y somos capaces de leer sus pensamientos. Algo extraordinario ha ocurrido. Es como si por esta experiencia el hombre pasara de un estado de locura a la cordura. El texto nos lo hace saber con la expresión: “Y volviendo en sí…” Mientras el hombre vive para sí mismo, entregado a sus pasiones y pecados (sean estos groseros o no), su vida es una especie de locura. No fue sino hasta este momento que él entiende que la realidad de la vida era otra. La vida sin Dios es una especie de demencia. La vida en pecado es un trastorno del diseño original del Creador; “este su camino es locura” (Sal. 49:13). Aarón reconoció esto cuando murmuró junto a María contra Moisés; él dijo a Moisés: “locamente hemos actuado, y hemos pecado” (Núm. 12:11). Las palabras de Samuel al reprender a Saúl fueron: “locamente has hecho” (1 Sam. 13:13). Y David, por su parte, confesó a Dios: “He hecho muy locamente” (1 Cr. 21:8). El pecador no arrepentido está fuera de su juicio. Es la fe y el arrepentimiento lo que le trae a ver las cosas de nuevo conforme a la realidad. Un hombre que está fuera de sus facultades percibe su mundo alrededor de modo distinto a la verdad. Y es así todo pecador. Ve el mundo y la vida desde una óptica completamente distinta. La realidad de Dios y de sí mismo le son ocultas. Vive en su mundo pensando que todo está bien. Y parte de lo que hace el arrepentimiento bíblico es cambiar esa manera de pensar que el hombre tiene de sí mismo y de Dios. ¿Qué es lo normal? Este hijo pensaba que lo juicioso era seguir los deseos de su corazón tras la independencia y el placer. Pero ahora se nos revela que tal cosa es locura para Dios. Aunque todos lo hagan, no es lo correcto; es un trastorno del plan de Dios para el hombre. Mientras disfrutaba del pecado y procuraba la satisfacción de sus anhelos, no veía cuál era su condición ante el Juez de todos los hombres. Hasta ahora había tratado de aplacar su hambre y miseria con soluciones ineficaces. Pensó que la solución quizás estaba en sí mismo: en la capacidad de trabajar y producir dinero. Pero ‘volvió en sí’, y los pensamientos que aquí se expresan, nos muestran lo que pasa por la mente de un pecador cuando se arrepiente. ¿Cuál es el proceso de pensamiento de un alma arrepentida? Recurrimos a la comprehensiva y precisa definición de arrepentimiento que nos brinda el Catecismo Menor: “El arrepentimiento para vida es una gracia salvadora, por la cual un pecador, con un verdadero sentimiento de su pecado, y comprendiendo la misericordia de Dios en Cristo, con dolor y aborrecimiento de su pecado, se aparta del mismo para ir a Dios, con pleno propósito y esfuerzo para una nueva obediencia.” El catecismo presenta dos elementos que son la raíz de todo verdadero arrepentimiento: (1) un verdadero sentimiento de su pecado y (2) una comprensión de la misericordia de Dios en Cristo. Son éstos los elementos que encontramos en los pensamientos del pecador arrepentido, aunque en nuestro pasaje los encontramos en un orden inverso.
Comprendiendo la Misericordia de Dios en Cristo “Me levantaré e iré a mi padre.” No más huir; no más juegos. La realidad era sólo una y había que enfrentarla. Antes el pecador pensaba que la solución la podía encontrar en él mismo o por sí mismo. Ahora entiende que su necesidad sólo puede ser satisfecha por Dios. “Tengo problemas, y el único que los puede solucionar es mi padre.” Pero no sólo meditó en la capacidad que su padre tenía para ello; también reflexionó en su disposición. Dios no sólo tiene poder para salvar al pecador; sino que también es misericordioso y no quiere la muerte del que muere (Ez. 18:32). “¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre.” Este es un elemento vital en todo verdadero arrepentimiento. Una persona puede sentir la carga de la culpa del pecado tras sus espaldas, pero si no comprende que en Dios hay perdón, nunca se acercará a Él. Fue lo que ocurrió con Judas; sintió su pecado, pero no supo ir a Dios por misericordia. No tuvo confianza en la promesa de que si se arrepentía e iba a Dios sería recibido y perdonado. Observa el contraste con el salmista cuando expresa: “Si mirares a los pecados, ¿quién, oh, Señor, podrá mantenerse? Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado” (Salmo 130:3–4). Pensar en lo que somos y en lo que hemos hecho contra Dios, sin considerar su misericordia, es una consideración inaguantable. “¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse?” Nuestro personaje pensó en los jornaleros que laboraban en la casa de su padre. En aquellos días, un jornalero trabajaba por paga diaria. Era uno que estando de pasada, podía realizar alguna asignación de trabajo por un breve período de tiempo. El punto es que, en el momento en que el hijo piensa en estos jornaleros, es cuando aprecia con claridad el carácter bondadoso de su padre. “¡Cuán bueno es! Hasta sus siervos tienen lo que necesitan y más.” Así comenzó la obra de arrepentimiento en su corazón. Empezó a albergar ideas correctas acerca de Dios. Conocía muy bien que ningún mendigo que se acercaba a la casa de su padre se iba con las manos vacías. Pensó, por tanto, que si podía ir como mendigo pidiendo misericordia, ésta le sería otorgada. Comprendió que el menor en el reino de los cielos es mayor que los príncipes de este mundo. “Mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad” (Salmo 84:10). Para este joven, la ‘buena vida’ ya no estaba en el mundo, sino en la casa de su padre.
Con un Verdadero Sentimiento de su Pecado Nuestro protagonista no sólo comenzó a albergar pensamientos correctos acerca de Dios, sino que por primera vez se vio a sí mismo apropiadamente. ¿Y qué observó?… Pecado. No sólo pensó en la bondad y misericordia de su padre, sino que igualmente pudo percatarse de todo cuanto había hecho en contra suya. “Le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo.” Ese pensamiento no era otra cosa que el reflejo de la experiencia de su corazón. Este muchacho se sentía profundamente convicto de pecado. Su confesión nos habla de dolor por el hecho de haberse rebelado contra el gobierno de amor y bondad de su padre. Más aún, nos habla de su aborrecimiento al pecado. Ahora, todo aquello que anteriormente consideraba su derecho (gozar de la vida a su manera), lo pasa a ver como pecado. ‘Pecado’ no es una palabra que esté muy de moda hoy en día. La humanidad quisiera borrarla de su vocabulario. Pero es un término bíblico vital. Dios mismo la dejó plasmada en Su Santa Palabra. Y éste, tal y como fue dejado en la Biblia, no es algo relativo. El hombre quisiera hacerlo relativo a sus circunstancias y deseos, y sin embargo, Dios lo ha presentado clara y diáfanamente en términos absolutos. El pecado es toda transgresión de la ley de Dios. La vida de todo hombre comienza en pecado y permanece en éste a menos que el Salvador haga una obra de gracia en su corazón. Quizás todavía usted mire su vida con los mismos ojos que el hijo pródigo manifestó al principio; quizás aún piense que es su derecho el gozar de la vida a su manera, y si no nace y crece la convicción de que también usted ha pecado contra el cielo y ante Dios, morirá en su pecado e irá al lugar de miseria sin remedio. El hombre de nuestra parábola admitió su insensatez. “He pecado contra los criterios divinos.” No empezó a excusar sus pecados. No pensó simplemente pedir una segunda oportunidad. Vio que el pecado es horrendo e inexcusable a los ojos de Dios. Manifestó el dolor de un corazón quebrantado. El orgullo que le llevó a pecar es ahora abandonado: “Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como uno de tus jornaleros.” Ante sus ojos él no era digno de ser parte de la familia de Dios. ¡Qué bueno que despertó de su locura, sin importar que fuese a través de los azotes de la miseria del pecado! Es la misma experiencia de David: “De lo profundo a ti clamo” (Salmo 130:1). ¡Qué terrible es la condición del pecador que recibe los azotes de la miseria del pecado, y aún así endurece su corazón delante de Dios para no arrepentirse! ¡Qué difícil le es al hombre confesar delante del Altísimo y delante de los hombres: “He pecado”!… ¿Lo ha dicho usted? Muchos hombres permiten que la indecisión entre dos mundos les gobierne. Claro que no quieren ir al infierno; por supuesto que anhelan ir al cielo; pero también es cierto que quieren seguir viviendo conforme a sus deseos, disfrutando de los pecados que tanto aman, y abrazando las miserias que les entretienen. Están dispuestos a arriesgar la eternidad con tal de vivir brevemente (muy brevemente) haciendo aquello a lo que su corazón les inclina. Tal es la ambivalencia entre dos mundos. En lugar de ganar una franca entrada por las puertas de oro a la Canaán celestial, su camino desemboca en un lago de fuego inextinguible, desprovistos de aquello por lo que perdieron la vida eterna. Por esto vemos que, cuando el verdadero arrepentimiento llegó a este hijo pródigo, la ambivalencia se acabó. El mundo perdió todo su esplendor. “Si hay un hogar, pensó él, es la casa de mi padre.” No valía la pena cambiar la ciudadanía del reino de Dios por la de este mundo.
Dickson, S. G. (2010). Amigo de Pecadores: El Abrazo Perdonador de Dios en Acción (pp. 20-26). Salvador Gómez Dickson.
Muchas personas temen y se preocupan porque en la Biblia hay un pecado que se describe como “imperdonable”. Aunque el evangelio ofrece gratuitamente el perdón a todos los que se arrepienten de sus pecados, hay un límite colocado en el umbral de este crimen. El pecado imperdonable sobre el que advirtió Jesús se identifica con la blasfemia contra el Espíritu Santo. Jesús declaró que este pecado no puede ser perdonado ni en el presente ni en el futuro: Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero (Mateo 12:31–32). Ha habido varios intentos por identificar este crimen específico que es imperdonable. Se lo ha asignado a crímenes tan horrendos como el homicidio o el adulterio. Sin embargo, si bien estos dos crímenes son pecados horribles contra Dios, la Escritura deja muy en claro que pueden ser perdonados si la persona que los cometió se arrepiente. David, por ejemplo, era culpable de ambos, pero fue restaurado a la gracia. El pecado imperdonable con frecuencia suele ser identificado con la resistencia total y persistente a creer en Cristo. Como la muerte trae consigo el final de la oportunidad que una persona tiene para arrepentirse de su pecado y confiar en Cristo, la consecuencia de rehusarse a creer trae consigo el fin de la esperanza del perdón. Si bien la resistencia total y persistente a creer tiene estas consecuencias no explica de manera adecuada la advertencia de Jesús relacionada con la blasfemia contra el Espíritu Santo. La blasfemia es algo que se hace con los labios o con la pluma. Involucra palabras.
Aunque cualquier forma de blasfemia es un ataque grave al carácter de Dios, se la suele considerar perdonable. Cuando Jesús hace esta advertencia sobre el pecado imperdonable debemos considerarla en el contexto de sus acusadores que estaban afirmando que Él estaba en liga con Satanás. Su advertencia es seria y aterradora. No obstante, sobre la cruz, Jesús oró para que los que habían blasfemado contra Él fuesen perdonados por causa de su ignorancia. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Pero, sin embargo, si las personas han sido iluminadas por el Espíritu Santo hasta el grado de saber que Jesús es verdaderamente el Cristo, y luego lo acusan de ser satánico, han cometido un pecado que no tiene perdón. Los cristianos librados a sus propios recursos son capaces de cometer el pecado imperdonable, pero confiamos en que Dios en su gracia protectora guardará a sus escogidos de cometer dicho pecado. Cuando los cristianos fieles temen haber cometido dicho pecado, esta señal posiblemente ya nos esté indicando que no lo cometieron. Quienes cometan dicho pecado tendrán su corazón tan endurecido y se habrán abandonado tanto a su pecado que no sentirán ningún remordimiento.
Incluso en una cultura pagana y secular como la nuestra, las personas son reacias a blasfemar abiertamente contra Dios y contra Cristo. Aunque el nombre de Cristo es arrastrado por el barro cuando se echan temos y el evangelio es ridiculizado con chanzas y comentarios irreverentes, la gente evita relacionar a Jesús con Satanás. Si bien el ocultismo y el satanismo proveen un contexto de peligro inminente para cometer el pecado imperdonable, aunque la blasfemia radical ocurriera ahí, todavía podría ser perdonad porque habría sido cometida en ignorancia por aquellos que todavía no fueron iluminados por el Espíritu Santo. Resumen
La blasfemia contra el Espíritu Santo no debe ser equiparada al homicidio o el adulterio.
La blasfemia es un pecado contra Dios que involucra palabras.
La advertencia original de Cristo era en contra de atribuirle las obras de Dios el Espíritu Santo a Satanás.
Jesús oró pidiendo el perdón de los blasfemos que ignoraban su verdadera identidad.
Los cristianos nunca cometerán este pecado por la gracia protectora de Dios. Pasajes bíblicos para la reflexión Mateo 12:22–32 Lucas 23:34 1 Juan 5:16
Sproul, R. C. (1996). Las grandes doctrinas de la Biblia (pp. 173-175). Editorial Unilit.
LA NECESIDAD DE DISCERNIMIENTO 1 TESALONICENSES 5:21–22 Antes bien, examinadlo todo cuidadosamente, retened lo bueno; absteneos de toda forma de mal.
EXAMINADLO TODO (v. 21a)
Sin embargo, el mandato de no menospreciar las profecías no significa que no debamos examinarlas con discernimiento espiritual. Como norma, no debemos rechazar ninguna palabra antes de examinarla; pero, también por norma, debemos pasar toda palabra por la criba de las Escrituras y por lo que ya sabemos acerca del carácter y la revelación de Dios. No apagar el Espíritu no significa que tengamos que aceptar las intervenciones de cualquiera que venga diciendo que es portavoz del Espíritu. Al abandonar nuestras actitudes de desprecio, no debemos caer en el otro extremo y aceptar indiscriminadamente todo lo que nos dicen. La credulidad es tan peligrosa como la soberbia espiritual; la ingenuidad tan peligrosa como el escepticismo. Por tanto, Pablo nos advierte del peligro de descuidar nuestras facultades críticas. Nos dice: antes bien, examinadlo todo; es decir, ponedlo todo a prueba con cuidado. Hay cosas que, superficialmente, parecen buenas. Hay manifestaciones que supuestamente provienen de Dios. Tales cosas no deben ser aceptadas sólo por sus apariencias, porque la credulidad no forma parte de la sencillez cristiana. Todo debe ser puesto a prueba. Es cuestión de equilibrio. Ninguna predicación, enseñanza o exhortación debe ser tratada de antemano con desprecio. Pero toda predicación, enseñanza y exhortación, así como toda palabra profética, debe ser examinada, probada o sopesada. Dios nos ha dado una mente y una capacidad de discernimiento que debemos emplear siempre. Pero, a la vez, debemos tener cuidado, porque es fácil estar tan ocupados en nuestro análisis crítico de lo que escuchamos, que nunca lleguemos a prestarle la debida atención personal ni a aplicarlo a nuestras vidas. Así llegamos a practicar otra forma de desprecio. Debemos cultivar el hábito de escuchar todo mensaje que pretenda venir de parte de Dios con reverencia, con temor y con la buena disposición a someternos a sus directrices; pero también estando alerta, con vigilancia y con examen cuidadoso, no sea que se nos vayan infiltrando enseñanzas que no provienen de Dios. Pablo no nos dice aquí con qué herramientas debemos llevar a cabo el examen. Pero en otros lugares sí. Podemos resumirlas de la manera siguiente:
Las Escrituras El Espíritu Santo nunca inspira ninguna profecía que no concuerde con las Escrituras. El verdadero profeta no dirá nada que se oponga a lo que Dios ya ha revelado. Por lo tanto, necesitamos ser como los bereanos y escudriñar las Escrituras para ver si estas cosas son así (Hechos 17:11; cf. Isaías 8:20). Toda palabra humana debe ser cotejada con la palabra de Dios. Ésta es nuestra herramienta principal en este examen, la que decide en última instancia qué es bueno y qué no lo es.
La persona de Jesucristo Todo profeta verdadero será ortodoxo en sus enseñanzas acerca de cómo es Dios y quién es Jesucristo: Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus para ver si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido al mundo. En esto conocéis el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en la carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios (1 Juan 4:1–3; cf. 2 Juan 9–10; 1 Corintios 12:3; Deuteronomio 13:1–5).
El evangelio Pablo mismo asevera que cualquiera que no proclame el evangelio de la gracia de Cristo —es decir, las buenas nuevas de la remisión de nuestros pecados en virtud del sacrificio expiatorio de Cristo, y del don gratuito de la nueva vida por el Espíritu Santo— debe ser tratado como anatema (Gálatas 1:6–9). El tal no puede ser tenido por un profeta autorizado.
El carácter del profeta Por sus frutos los conoceréis (Mateo 7:15–20). El maestro fiel debe ser identificado por la coherencia y la santidad de su vida.
La naturaleza edificante del mensaje Todo lo que procede del Espíritu Santo edifica, purifica y contribuye a que los oyentes sean más como Cristo. Todo lo que perturba a la iglesia, causa divisiones o provoca rivalidades es del maligno.
El amor Todo auténtico ministerio cristiano se lleva a cabo en un espíritu de amor fraternal. El que no ama, practica en vano los dones espirituales (1 Corintios 13). El que profetiza o predica sin amar, pone en duda la autenticidad de su llamamiento.
El discernimiento espiritual Algunas personas han sido especialmente dotadas por el Señor para saber reconocer de qué espíritu es un profeta. El discernimiento de espíritus es uno de los dones que el Espíritu Santo reparte (1 Corintios 12:10). La iglesia hará bien en reconocer a los que tienen este don y seguir su consejo. De hecho, el discernimiento espiritual es una carencia importante en muchas congregaciones de hoy.
RETENED LO BUENO (v. 21b)
Una vez que hemos hecho el necesario examen, debemos aplicar a nuestras vidas todo lo que sea bueno. Al probar las monedas, debemos identificar las que son genuinas y emplearlas. El apóstol viene a decir: «Una vez que hayáis puesto a prueba lo que el profeta (o el predicador) diga, separad la escoria del metal y quedaos con lo bueno». Cuando el trigo y la cizaña han sido separados, quedaos con el trigo. Esto último, por cierto, es el error de otras congregaciones de hoy. Ejercen mucho discernimiento, pero luego no aplican a sus propias vidas lo bueno que han discernido. Asisten como juez y jurado a las predicaciones. Lo examinan todo con lupa. Emiten opiniones críticas más o menos perspicaces. Pero, incluso cuando el sermón merece su aprobación entusiasta, se olvidan de la necesidad de ponerlo por obra. No se aferran a lo bueno. Así, el mensaje les resbala y vuelven a casa igual que salieron. El verbo empleado —retened— es fuerte y activo. No se trata de escuchar la palabra con pasividad. Debemos «aferrarnos» a ella, «asir» sus implicaciones y abrazarlas. No satisfacemos nuestras obligaciones hacia lo bueno dándole nuestra aprobación crítica, sino agarrándolo con fuerza, determinados a no soltarlo nunca. Aquí, pues, hay dos posibles peligros. El primero consiste en aceptar todo lo que nos llega desde el pulpito sin discernimiento espiritual y así tragarnos ideas erróneas. El segundo consiste en ser tan críticos que dejamos de aplicar a nuestras propias vidas la buena enseñanza.
ABSTENEOS DE TODA FORMA DE MAL (v. 22)
La contrapartida de aferrarnos a lo bueno es repudiar lo malo. Y esto es lo que Pablo procede ahora a decirnos. Pasa del mandamiento positivo al negativo. Nos dice: absteneos de toda forma de mal. No es fácil dilucidar el énfasis que el apóstol tenía en mente en este contexto. ¿Quiere decir que, al examinar toda profecía que pretende ser palabra de Dios, debemos aferrarnos a lo bueno, a lo que es realmente de Dios, y repudiar toda enseñanza que no viene de él? ¿O quiere decir que, al adquirir elementos de juicio a través de las profecías recibidas, debemos aferrarnos a las buenas obras y abstenernos de las malas? Es decir, ¿se refiere a la mala profecía o a la mala vivencia? ¿Debemos rechazar a los falsos profetas y sus doctrinas erróneas, o las malas prácticas en nuestras propias vidas? Nuevamente, la exhortación no podría ser más generalizada. Por tanto, quizás hagamos bien en darle el significado más amplio posible y tomar en consideración todas estas posibilidades. En realidad, no es cuestión de elegir entre abstenernos de las falsas profecías y abstenernos de las malas costumbres, porque éstas y aquéllas suelen ir juntas: la falsa doctrina conduce a malas obras (ver, por ejemplo, 2 Pedro 2:1–3). Debe haber una separación total y absoluta entre el creyente y la maldad. Éste debe vivir de tal manera que su vida sea un continuo alejamiento de los valores malos del presente siglo. En todo caso, somos llamados a alejarnos radicalmente de toda forma de mal. Esta palabra puede referirse al aspecto visible de algo (pero nunca a su mera apariencia) o a las distintas variedades que puede tomar. La maldad toma muchas formas y se nos presenta de muchas maneras, pero debemos renunciar a todas ellas. Nuestra reacción debe ser evitar el mal en cualquier lugar donde aparezca. Debemos repudiarlo en nuestra manera de pensar, de hablar y de conducirnos.
RETENED LO BUENO (v. 21b)
Una vez que hemos hecho el necesario examen, debemos aplicar a nuestras vidas todo lo que sea bueno. Al probar las monedas, debemos identificar las que son genuinas y emplearlas. El apóstol viene a decir: «Una vez que hayáis puesto a prueba lo que el profeta (o el predicador) diga, separad la escoria del metal y quedaos con lo bueno». Cuando el trigo y la cizaña han sido separados, quedaos con el trigo. Esto último, por cierto, es el error de otras congregaciones de hoy. Ejercen mucho discernimiento, pero luego no aplican a sus propias vidas lo bueno que han discernido. Asisten como juez y jurado a las predicaciones. Lo examinan todo con lupa. Emiten opiniones críticas más o menos perspicaces. Pero, incluso cuando el sermón merece su aprobación entusiasta, se olvidan de la necesidad de ponerlo por obra. No se aferran a lo bueno. Así, el mensaje les resbala y vuelven a casa igual que salieron. El verbo empleado —retened— es fuerte y activo. No se trata de escuchar la palabra con pasividad. Debemos «aferrarnos» a ella, «asir» sus implicaciones y abrazarlas. No satisfacemos nuestras obligaciones hacia lo bueno dándole nuestra aprobación crítica, sino agarrándolo con fuerza, determinados a no soltarlo nunca. Aquí, pues, hay dos posibles peligros. El primero consiste en aceptar todo lo que nos llega desde el pulpito sin discernimiento espiritual y así tragarnos ideas erróneas. El segundo consiste en ser tan críticos que dejamos de aplicar a nuestras propias vidas la buena enseñanza.
ABSTENEOS DE TODA FORMA DE MAL (v. 22)
La contrapartida de aferrarnos a lo bueno es repudiar lo malo. Y esto es lo que Pablo procede ahora a decirnos. Pasa del mandamiento positivo al negativo. Nos dice: absteneos de toda forma de mal. No es fácil dilucidar el énfasis que el apóstol tenía en mente en este contexto. ¿Quiere decir que, al examinar toda profecía que pretende ser palabra de Dios, debemos aferrarnos a lo bueno, a lo que es realmente de Dios, y repudiar toda enseñanza que no viene de él? ¿O quiere decir que, al adquirir elementos de juicio a través de las profecías recibidas, debemos aferrarnos a las buenas obras y abstenernos de las malas? Es decir, ¿se refiere a la mala profecía o a la mala vivencia? ¿Debemos rechazar a los falsos profetas y sus doctrinas erróneas, o las malas prácticas en nuestras propias vidas? Nuevamente, la exhortación no podría ser más generalizada. Por tanto, quizás hagamos bien en darle el significado más amplio posible y tomar en consideración todas estas posibilidades. En realidad, no es cuestión de elegir entre abstenernos de las falsas profecías y abstenernos de las malas costumbres, porque éstas y aquéllas suelen ir juntas: la falsa doctrina conduce a malas obras (ver, por ejemplo, 2 Pedro 2:1–3). Debe haber una separación total y absoluta entre el creyente y la maldad. Éste debe vivir de tal manera que su vida sea un continuo alejamiento de los valores malos del presente siglo. En todo caso, somos llamados a alejarnos radicalmente de toda forma de mal. Esta palabra puede referirse al aspecto visible de algo (pero nunca a su mera apariencia) o a las distintas variedades que puede tomar. La maldad toma muchas formas y se nos presenta de muchas maneras, pero debemos renunciar a todas ellas. Nuestra reacción debe ser evitar el mal en cualquier lugar donde aparezca. Debemos repudiarlo en nuestra manera de pensar, de hablar y de conducirnos.
NUESTRA PARTICIPACIÓN EN LA IGLESIA LOCAL
¿Cómo, pues, debemos participar en la iglesia local? Pablo ya nos ha dado un buen surtido de respuestas:
Con respeto, aprecio y afecto hacia los líderes (vs. 12–13), reconociendo su derecho a dirigir a la congregación y a amonestar a sus miembros.
Esforzándonos por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (v. 13b; Efesios 4:3).
Atendiendo a los desordenados, desanimados y débiles según sus necesidades, para que éstas no provoquen malestar en la iglesia (v. 14).
Prescindiendo de toda forma de venganza y haciendo bien a todos (v. 15).
Con una actitud positiva caracterizada por el gozo, la oración y la gratitud (vs. 16–18). Ahora el apóstol añade tres consideraciones más:
No poniéndole trabas al Espíritu Santo en su labor de santificar a la iglesia mediante los dones que reparte entre los miembros, sino disponiéndonos a recibir su palabra, venga a través de quién venga y sea del carácter que sea (vs. 19–20).
Con discernimiento, con inteligencia espiritual y con la necesaria discriminación, no sea que el maligno infiltre en la iglesia ideas y prácticas que entorpezcan la obra (v. 21a).
Con la determinación de aferrarnos siempre a lo bueno y apartarnos del mal (vs. 21b–22).
La lista es larga y sus implicaciones inmensas. Pero ¡ojalá pudiéramos participar en congregaciones que se esfuercen por vivirlas!
Burt, D. F. (2003). 1 Tesalonicenses 5:1-28: Viviendo como Hijos del Día (pp. 153-160). Publicaciones Andamio.
NECESITAMOS LA TEOLOGÍA BÍBLICA CÓMO ENCONTRAR EL MENSAJE CENTRAL DE LA HISTORIA
Cuando yo —Nick— estaba en la escuela primaria, uno de mis compañeros presentó un resumen de una historia escrita por C. S. Lewis que hablaba de cuatro niños, un león que era rey, una bruja blanca y una tierra mágica que estaba oculta y a la cual se accedía a través de un armario. ¡La historia me cautivó! Así pues, compré el libro Las crónicas de Narnia y lo leí con placer. Pero años más tarde, después de mi conversión a Cristo, me di cuenta de que había pasado por alto la obvia intención del autor de dirigir a sus lectores hacia Cristo. Es posible leer una historia, encontrarla interesante y, aun así, perderte por completo su mensaje central. Por ejemplo, podrías poner una atención desmedida en el escenario o en los personajes secundarios. Podrías leer solamente párrafos aislados o saltar sin rumbo de un lugar a otro. Incluso podrías tratar de confeccionar la trama de la historia o su moraleja desde diversas secciones desconectadas. Pero si haces algo así, lo más probable es que malinterpretes la historia, la figura del héroe y los temas principales. La Biblia es una historia divinamente inspirada y narra dicha gran historia —también llamada metanarrativa— a través de una colección de historias, canciones, poesía, dichos sapienciales, evangelios, cartas y literatura apocalíptica. En conjunto, estos estilos diversos cuentan la historia verídica de la obra redentora de Dios en el mundo. La Biblia contiene sesenta y seis libros escritos por diferentes autores. Dichos autores fueron inspirados por el Espíritu Santo, quien usó la personalidad y el contexto propio de cada uno de ellos para entregarnos el canon de las Escrituras, el cual contiene un único mensaje y tema principal. Los creyentes reconocen la autoridad divina de las Escrituras e incluso leen y estudian diariamente la Biblia durante años. Y aun así, muchos siguen sin captar su mensaje principal. En Juan 5:39–40, Jesús se dirige a algunas personas en la misma situación y les dice: “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de Mí; y no queréis venir a Mí para que tengáis vida”. Es posible honrar las Escrituras y aun así leerlas y usarlas incorrectamente al no ver el gran panorama que Dios ha diseñado. Afortunadamente, el Autor de la Biblia nos ha dejado un buen número de pistas que señalan claramente el tema central de su historia. Aquí tienes una pista formidable ofrecida por Jesucristo mismo: Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de Mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos. Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras; y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en Su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas. He aquí, yo enviaré la promesa de Mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto (Lc 24:44–49). Jesús explica dos cosas en este pasaje. En primer lugar, hace la impactante afirmación de que todas y cada una de las partes del Antiguo Testamento —desde el Pentateuco hasta los Profetas y los Salmos— hablan de Su persona. En resumen, Jesús se identifica a Sí mismo como el Mesías prometido. En segundo lugar, dice que Sus discípulos serán testigos de estas cosas a todas las naciones; es decir, a todos los pueblos en todos los lugares. Dicho de forma sencilla, ¡no entenderás la metanarrativa bíblica hasta que comprendas que todo en ella gira alrededor de Jesús! Desde Génesis hasta Apocalipsis, Jesucristo es el Héroe y el mensaje central de dicha historia. Y aún más, ¡no entenderás quién es Jesús a menos que comprendas cómo el gran panorama bíblico se centra en Él! Jesús es la clave de la interpretación bíblica, y esto significa que aquel que lea cuidadosamente la Biblia lo encontrará al principio de dicha historia, en el medio y al final. Dios nos ha revelado en las Escrituras los propósitos del Rey, los planes del Rey y las promesas del Rey. A medida que estos temas se van desarrollando en la historia bíblica, debemos prestarles atención y leerlos tal y como Jesús dice que debemos hacerlo. La historia de Dios es una gran historia. En realidad, es la más grandiosa de todas y está centrada en Su plan de redención a través de la persona y obra de Jesucristo. Pero para interpretar la Biblia fielmente, necesitamos las herramientas adecuadas. La disciplina de la teología bíblica es una de dichas herramientas.
La teología bíblica nos ayuda a captar el propósito principal de la Biblia Algunas personas tratan la Palabra de Dios como si fuera una colección de historias independientes, una selección de dichos sabios y consejería e, incluso, un libro de cocina universal con recetas para tener “una buena vida” esparcidas a lo largo de sus sesenta y seis libros. Pero este tipo de enfoque falla en revelar el propósito central de las Escrituras. El Dios trino explica en la Biblia quién es Él, cómo es Él y de qué manera obra en toda la historia a través de Su Espíritu Santo y Su Hijo, Jesucristo el Rey, y de qué manera debemos glorificarle en este mundo. La teología bíblica nos permite captar este propósito principal al considerar cada pasaje de las Escrituras a la luz de toda la Biblia de forma que podamos entender cómo cada parte de las Escrituras se relaciona con Jesús.
La teología bíblica nos ayuda a proteger a la iglesia y a guiarla Para interpretar las Escrituras correctamente debemos saber dónde encaja cada libro en la narrativa general de la Biblia. Y conocer dicha narrativa general nos ayudará a leer y comprender con exactitud cada evento, personaje o lección que se nos ha entregado como parte de la Palabra progresivamente revelada de Dios. Al entender la historia de las Escrituras en su conjunto, podemos definir quién es Jesús y qué es Su evangelio. Dios ha prometido rescatar a un pueblo de cada nación, tribu y lengua para Su propia gloria a través de su Hijo y por Su Espíritu Santo. Estas personas redimidas son miembros del Cuerpo de Cristo, la Iglesia. ¿Qué se supone que debe ser y hacer la Iglesia de Cristo? Jesús les dijo a aquellos que se habían arrepentido de sus pecados y confiado solo en Él —Sus discípulos— que las Escrituras declaran que se tiene que predicar “en Su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lc 24:47). Por tanto, es necesario que la proclamación de Jesús sea el motor misional de la iglesia para discipular a las naciones. De esta manera, la teología bíblica protege a la iglesia del error letal de proclamar un evangelio falso y la guía a que la proclamación del verdadero evangelio sea el punto central de su misión de alcanzar al mundo, y que todo sea para alabanza de la gloria de Dios.
La teología bíblica nos ayuda en nuestros esfuerzos evangelísticos Compartir las buenas nuevas con aquellos que no están familiarizados con el cristianismo requiere mucho más que explicar “las cuatro leyes espirituales” o “la ruta de Romanos”1. Las personas necesitan entender en primer lugar que la doctrina cristiana implica la transformación total de nuestra mentalidad. Cuando evangelizamos, debemos empezar con Dios y la creación para entender qué es lo que salió mal. A partir de ahí, seremos capaces de comprender lo que Dios ha estado haciendo a lo largo de la historia, lo cual a su vez nos permitirá descubrir porqué envió a Jesús y porqué importa en la actualidad. Solo estaremos capacitados para entender lo que Dios está haciendo ahora mismo y lo que hará en el futuro cuando entendamos correctamente y en su contexto adecuado estos eventos del pasado.
La teología bíblica nos ayuda a leer, comprender y enseñar la Biblia como Jesús dijo que debemos hacerlo El propio Jesús dice en Lucas 24 que Él es la clave para interpretar las Escrituras. Así que, si no leemos las Escrituras de forma que nos guíen a Jesús, entonces no captaremos el mensaje central de la Biblia y, como resultado, enseñaremos a otros a cometer el mismo error.
CUANDO LAS IGLESIAS NO CAPTAN EL MENSAJE CENTRAL En conclusión, si no entendemos el mensaje central de la narrativa bíblica produciremos evangelios e iglesias falsas. Veamos algunos ejemplos de dicha clase de errores y cómo la teología bíblica nos ayuda a evitarlos.
La iglesia del “evangelio de la prosperidad” Permítenos presentarte a Jonathan. Este hermano lee su Biblia diariamente y ora a menudo, pero nunca ha leído un libro de las Escrituras por completo. Si miras su Biblia, notarás que Jonathan ha resaltado versículos en el Antiguo Testamento y subrayado páginas en el Nuevo. Su esposa —Rebeca— ha memorizado una impresionante selección de versículos bíblicos y se los está enseñando uno por uno a sus hijos. Jonathan, Rebeca y su joven familia son parte de una iglesia local en una ciudad africana (aunque podríamos estar hablando de cualquier ciudad en Asia, Europa o Estados Unidos). Cuando le pedí a Rebeca que me recitara uno de los versículos que había memorizado, ella recitó Marcos 11:24: “Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá”. Entonces ella dijo: “Eso es lo que hizo Abraham, y eso es lo que yo hago”. Yo —Robert— me quedé un poco preocupado y decidí contactar a uno de sus pastores. Cuando le pregunté cuál era el mensaje principal de la Biblia, él dijo: “Oh, eso es fácil. Dios envió a Jesús para dar la vida abundante de fe a todos los que creen. Dios nos da ahora esa vida llena de las riquezas y bendiciones ganadas por Jesús si tan solo tenemos fe. Nosotros podemos crear nuestras propias bendiciones cuando oramos como el padre Abraham oró”.
La iglesia del “evangelio patriótico” Mientras visitaba a algunos creyentes en otra ciudad, esta vez en Estados Unidos, yo —Robert— les pedí que me dijeran cuál es el mensaje de la Biblia. Su respuesta fue algo así: Bueno, Estados Unidos es una nación cristiana, la nación escogida de Dios al igual que lo es Israel, una ciudad asentada sobre un monte. Dios ha bendecido a esta nación, pero como dice en 2 Crónicas 7:14: “si se humillare Mi pueblo, sobre el cual Mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren Mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces Yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”. Continuaron diciendo: En nuestra iglesia todo se centra en Dios y en nuestra patria. Se supone que esta es una nación cristiana, ¡pero ahora nos dicen que no podemos tener los diez mandamientos en las paredes de nuestras escuelas públicas! Si los estadounidenses se dedicaran a ser gente buena y honesta como Abraham, Moisés o David, entonces todos tendríamos prosperidad y disfrutaríamos de la seguridad y la paz que otorga la bendición de Dios.
La iglesia de “la lata de comida” Juan se acaba de trasladar a la ciudad y es parte de una red de iglesias dedicadas a servir a los pobres. Su trabajo principal es administrar el banco de comida. La iglesia de Juan desea obedecer el mandato bíblico de hacer justicia, amar misericordia y humillarse ante su Dios (Miq 6:8). Juan admite que el enfoque que su congregación pone en la enseñanza tiene mucho más que ver en actuar en base a lo que debemos hacer por Dios, que en el mensaje de lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo. Juan reflexiona que: “Deberíamos centrarnos en aliviar a los que sufren dondequiera que nos encontremos. Nuestra iglesia es conocida por alimentar “a uno de estos mis hermanos más pequeños”. ¿Qué puede tener eso de malo?”.
La iglesia que protege la inmoralidad Básicamente, la teología bíblica ayuda a los fieles discípulos de Cristo a reconocer y refutar las interpretaciones erróneas de las Escrituras que contradicen la narrativa general de la Biblia. Cristina es una joven estudiante universitaria que proviene de un hogar creyente. Se le ha enseñado la Biblia desde pequeña y conoce bien el panorama general de su historia. Incluso ha completado un año de estudios en el griego neotestamentario. Su cosmovisión es completamente cristiana, pero recientemente se quedó desconcertada al conocer a creyentes practicantes que eran abiertamente homosexuales y también muy amables, generosos y cariñosos. Y ella se pregunta: “¿Cómo puede la Biblia estar en contra de tales personas?”. Cristina ha leído artículos de estudiosos bíblicos que ponen en entredicho la traducción de los textos clave que se usan para explicar porqué la práctica homosexual es pecaminosa. Llegado a este punto, no puede evitar preguntarse: “Dado que no hay versículos bíblicos que prohíban explícitamente el matrimonio entre personas del mismo sexo, ¿qué pasa si dos mujeres se aman genuinamente?”.
CONCLUSIÓN Estos son tan solo algunos de los problemas con los que se pueden encontrar los creyentes y las iglesias locales, y la teología bíblica les ayudará a corregirlos. Pero existen más. A lo largo de este libro, veremos cómo la teología bíblica nos ayuda a entender correctamente la gran historia de la Biblia colocando al Rey Jesús en el principio, el centro y el final de la verídica y singular historia que encontramos en las Escrituras. Pero nos estamos adelantando demasiado. Comencemos por responder esta pregunta: ¿Qué es la teología bíblica?
Roark, N., & Cline, R. (2019). La teología bíblica: Cómo la iglesia enseña fielmente el evangelio (M. Dever & J. Leeman, Eds.; A. Molero & R. Molero, Trads.; pp. 15-24). Poiema Lectura Redimida.
Diversos movimientos dentro de nuestra cultura contemporánea, tales como la “New Age”, las religiones orientales, y la filosofía irracional, han ejercido su influencia y conducido a una crisis de entendimiento. Ha surgido una nueva forma de misticismo que le otorga al absurdo el sello de la verdad religiosa. A nuestro entender, la máxima del budismo zen, “Dioses una mano aplaudiendo”, constituye una clara ilustración de este concepto. Decir que Dios es una mano aplaudiendo suena como algo profundo. La mente conciente se confunde porque va a contramano de los patrones normales de pensamiento. Suena “profundo” e intrigante hasta que la analizamos cuidadosamente y descubrimos que en el fondo solo se trata de una afirmación carente de sentido. La irracionalidad es un tipo de caos mental. Descansa sobre una confusión contrapuesta con el Autor de toda verdad que no es un autor de confusión.
El cristianismo bíblico es vulnerable a dichas cadenas de irracionalidad exaltada debido a su cándido reconocimiento de que existen muchas paradojas y misterios en la Biblia. Como las diferencias que marcan los límites entre las paradojas, los misterios y las contradicciones son débiles pero cruciales, es importante que aprendamos a distinguir cuáles son estas diferencias. Cuando buscamos sondear las profundidades de Dios nos confundimos con mucha rapidez. Ningún mortal puede comprender a Dios exhaustivamente.
La Biblia nos revela cosas sobre Dios, cosas que aunque somos incapaces de comprenderlas completamente sabemos que son verdades. No tenemos ningún punto de referencia humano, por ejemplo, para entender a un ser que es tres en persona y uno en esencia (la Trinidad), o a un ser que es una persona con dos naturalezas distintas, la humana y la divina (la persona de Cristo). Estas verdades, tan ciertas como puedan serlo, son demasiado “elevadas” para ser alcanzadas por nosotros. Nos enfrentamos con problemas similares en el mundo natural. Sabemos que la gravedad existe, pero aunque no la entendemos, no por ello intentamos definirla en términos irracionales o contradictorios.
Casi todos estamos de acuerdo que el movimiento forma parte integral de la realidad, sin embargo, la esencia del movimiento en sí mismo ha dejado perplejos a los filósofos y a los científicos por milenios. La realidad tiene mucho de misteriosa y mucho que no podemos entender. Pero esto no se convierte en nuestra garantía para dar un salto al absurdo. Tanto en la religión como en la ciencia, la irracionalidad es fatal. En realidad, es mortal para cualquier verdad. El filósofo cristiano Gordon H. Clark en cierta ocasión definió un paradoja como “un calambre entre las orejas”. El propósito de su definición era señalar que lo que muchas veces se denomina una paradoja no es nada más que un razonamiento descuidado. Clark, sin embargo, reconoció con claridad la función y el papel legítimo de las paradojas. La palabra paradoja proviene de la raíz griega que significa “parecer o aparecer”. Las paradojas nos resultan difíciles porque a primera vista “parecen” ser contradictorias, pero si las examinamos con mayor detalle podemos encontrarles la solución. Por ejemplo, Jesús dijo que “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39). Superficialmente, esto parece ser una afirmación del mismo tenor que la que dice que “Dios es una mano aplaudiendo”. Parece contener en sí una contradicción. Lo que Jesús intentó decir, sin embargo, fue que si alguien pierde su vida en un sentido, la encontrará en otro sentido. Como la pérdida y el hallazgo están en dos sentidos distintos, no hay ninguna contradicción. Yo soy al mismo tiempo un padre y un hijo pero, obviamente, no en la misma relación. Debido a que la palabra paradoja ha sido muy frecuentemente entendida como sinónimo de contradicción, en algunos diccionarios ingleses ha sido ingresada como una segunda acepción al término contradicción. Una contradicción es una afirmación que viola la clásica ley de no contradicción.
La ley de no contradicción afirma que no es posible que A sea A y no-A [al mismo tiempo y en el mismo sentido. En otras palabras, algo no puede ser lo que es y no ser lo que es, al mismo tiempo y en el mismo sentido. Se trata de la ley más importante de todas las leyes de lógica. Nadie es capaz de entender una contradicción porque una contradicción es inherentemente no inteligible. Ni siquiera Dios puede comprender las contradicciones. Pero sin duda que las puede reconocer por lo que en realidad son -meras falsedades. La palabra contradicción proviene del latín “hablar en contra”. También se las conoce como una antinomia, que significa “contra la ley”. Si Dios hablara por medio de contradicciones carecería intelectualmente de leyes, tendría un doble discurso. Es un tremendo insulto y una blasfemia incluso el sugerir que el Autor de la verdad pudiera hablar con contradicciones. La contradicción es la herramienta de aquel que miente —el padre de las mentiras que desprecia la verdad. Existe una relación entre los misterios y las contradicciones que fácilmente nos conduce a confundirlas entre sí. No podemos entender los misterios.
No podemos entender las contradicciones. El punto de contacto entre los dos conceptos es su carácter de no inteligible. Los misterios no nos resultan claros ahora porque carecemos de la información o de la perspectiva para comprenderlos. La Biblia nos promete que, una vez en el cielo, estos misterios que ahora no podemos comprender serán explicados. Las explicaciones solucionarán los misterios del presente. Sin embargo, no hay ninguna explicación posible, ni en el cielo ni en la tierra, que pueda solucionar una contradicción.
UNA IGLESIA SALUDABLE: NUEVE CARACTERÍSTICAS Conociendo el Estado de Salud de su Iglesia Mark Dever
La Predicación Expositiva
Así es como empecé mi sermón un domingo de enero por la mañana: Así que, ¿cómo les va? ¿Durmieron lo suficiente anoche? ¿Tuvieron problemas para encontrar un buen lugar para estacionarse esta mañana? ¿Les dio alguien la bienvenida al llegar a la iglesia? ¿Tiene el edificio una apariencia agradable? ¿Se ve limpio? Me pregunto si el nombre de la iglesia les hizo más difícil decidirse a venir. ¿Ó quizá fue nuestro nombre una de las razónes por las que decidieron venir hoy? Y cuando entraron, ¿fue nuestra gente educada y amigable? ¿Tuvieron problemas para llevar a los niños a sus respectivas clases? ¿Y qué piensan acerca del cristal emplomado? Se que desde aqui lo veo mejor que la mayoria de ustedes, pero es bonito, ¿no? Tal vez ustedes creen que es un poco anticuado. ¿Estan cómodas las bancas de la iglesia? ¿Pueden ver bien todo lo que pasa aqui al frente? ¿De veras? ¿Pueden oir todo bien? ¿Tienen frio o calor? ¿Estan cómodos? ¿Y qué piensan del programa? ¿Estan de acuerdo que tiene buena presentacion? ¿Es claro, simple, y directo? No esta demasiado complicado… ¿verdad? Tal vez es un poco formal. ¿Leyeron todos los anuncios que estan en el programa? ¿Y vieron todas las actividades que están anunciadas en la tarjeta de al lado? Hay muchas, ¿no? Probablemente más de las que han leído hasta ahora. Por supuesto, leer es fácil, pero creo que las letras son un poco pequeñas, ¿no es así? Y no tiene muchos dibujitos. Quiero decir que el programa está lleno casi con puras letras. Eso probablemente dice mucho acerca de nuestra iglesia, ¿no lo creen? Tal vez ustedes piensan que somos la clase de iglesia donde una imagen vale mas que mil palabras, ¿no es cierto? ¿Y qué me dicen de las personas que están a su alrededor? ¿Son la clase de gente que les gusta ver en la iglesia? Si, ya se que ahora están demasiado nerviosos para ver a su alrededor, pero ustedes saben bien quienes son. ¿Qué piensan? ¿Son de la edad adecuada? ¿Son de la misma ciudad que usted? ¿Y que les parece su clase social? En pocas palabras, ¿son como ustedes? ¿Y Qué piensan del servicio hasta ahora? Quiero decir, ¿les fue difícil cambiar entre los dos himnarios? Ustedes saben que la mayor parte de las iglesias utilizan solamente uno y aqui tenemos dos; unas veces tienen que usar el verde y otras veces el beige. ¿Les parece que la persona dirigiendo el culto esta bien preparada e informada, pero a la vez no es un sabelotodo? Me refiero a que, ¿es muy capaz, pero no es arrogante? No hubo muchos anuncios en el servicio, ¿o sí? Yo no creo que sea ese el caso en esta mañana. Y las oraciones, ¿le han tocado el corazon y la mente? En estos dias, no es muy comun leer tanto la Palabra de Dios en la iglesia, ¿estan de acuerdo? Permitanme hablerles acerca de la música. Como lo podran notar, estamos tratando de hacer que las cosas funcionen- contemporánea o tradicional, clásica o moderna, litúrgica o informal. Es probable que hay gente que solia asistir a esta iglesia, pero que esta esta mañana están visitando otras iglesias porque les gusta otro tipo de musica. Y saben, probablemente hay algunas personas aquí, que decidieron venir hoy porque les gusta el tipo de musica que se toca en esta iglesia. ¿Y les gusta ofrendar? ¿Pueden creer que en la actualidad se tomen ofrendas del público con todo y visitantes? Esa es la clase de cosas que se dice en los seminarios que nunca se debe hacer. ¿Cómo se sentieron con todo esto? ¿Les hizo sentir que la iglesia está llena de un montón de gente saca-dinero, a quienes lo único que les importa es sacarle lo mas que se pueda? ¿Qué están haciendo aquí? Ya sea que hayan venido a esta iglesia por 50 años o que este sea su primer domingo, ¿por qué vinieron hoy? Ya se imaginan lo que sigue. Quizás ya haya empezado: ¡El sermón! Algunas personas lo aguantan para obtener algo bueno, quizá cantar un poco mas, ó asistir a una junta, o tal vez hablar con alguien después del servicio. El predicador tiene un trabajo muy difícil, ¿no lo creen? El tiene que ser alguien que los entienda, alguien a quien le puedan hablar con confianza, o alguien con quien ustedes se pueden sentir comodos. Pero también necesita parecer santo; aunque no demasiado. Tambien necesita estar bien informado, pero no ser un sabelotodo. Y necesita tener confianza, sin ser confianzudo. Ademas, necesita ser compasivo, pero no sentir lastima. ¿Y sus sermónes? Bueno, su sermónes necesitan ser suficientemente buenos, practicos, entretenidos, cautivadores y de preferencia lo mas cortos posible. Hay mucho que considerar cuando se está evaluando a la iglesia, ¿no es así? ¿Alguna vez se han puesto a pensar en esto? Hay tantas cosas que pensar. En esta epoca muchos se cambian de residencia, asi que nos serviria el aprender como evaluar las iglesias. Sucede todo el tiempo. Tenemos que preguntarnos a nosotros mismos que es lo que hace realmente una buena iglesia. En mi biblioteca personal tengo montones y montones de libros relacionados con esta pregunta, ¿qué es lo que hace realmente una buena iglesia? Se sorprenderian de ver que tan ampliamente varian las respuestas, estas van desde promover el ser amistosos hasta a la planificacion financiera, desde que tan bonitos estan los baños hasta como se ve la fachada de la iglesia, sigue la música que debe ser vibrante para que llame la atencion a los visitantes, Luego le toca al estacionamiento que debe ser grande, y de ahí se siguen los programas infatiles. Estas respuestas a lo que hace una buena iglesia tambien incluyen el tener la escuela dominical bien organizada por edades e intereses, el tener el software adecuado para las computadoras, que la publicidad se entienda con claridad y que sea facil de reconocer por personas de la misma fe y orden. Ustedes encontrarán toda clase de libros que hablan de estas cosas y las consideran la clave de una buena iglesia. Entonces, ¿qué piensan? ¿Qué es lo que hace a una iglesia sana? Ustedes necesitan saberlo. Si usted es un visitante buscando alguna iglesia donde asister regularmente y con la que se pueda comprometer, necesitará considerar esta pregunta. Aún si ya es miembro aquí, tambien necesita considerarla. Podriá cambiarse de residencia algun dia, ¿cierto? Y aún si nunca se va a vivir a otra ciudad, necesita saber que constituye una iglesia saludable. Si va a quedarse en una iglesia para participar de su crecimiento y edificación, ¿necesita saber lo que quieres edificar? ¿Cómo quiere que luzca? ¿Cuál es la meta para usted? ¿Cuál debería ser su fundamento? Responda a estas preguntas muy cuidadosamente. Como dije anteriormente, encontrará expertos que le dirán toda clase de respuestas, desde un lenguaje libre de terminos religiósos, hasta lo facil que debe ser cumplir los requisitos para ser miembros de la iglesia. Entonces, ¿qué piensan? ¿Son realmente los medios del crecimiento y la salud de la iglesia: las guarderías seguras para los ninos, los baños deslumbrantes, la música emocionante y las congregaciones llenas de gente de la misma clase social, edad, y con los mismos intereses? ¿Es esto realmente lo que hace una buena iglesia? Y así empecé la serie de sermones que llego a convertirse en este libro: “Las 9 caracteristicas de una iglesia saludable.” El propósito de este libro es preguntar y contestar lo siguiente: ¿Qué es lo que realmente caracteriza a una iglesia muy buena? En esta serie de estudios sugiero nueve caracteristicas que distinguen a una iglesia saludable. Las pueden encontrar en el índice. Estas nueve caracteristicas ciertamente no son los únicos atributos de una iglesia saludable. No estoy sugiriendo eso, ni por un momento. Ni son necesariamente las cosas más importantes que podrían ser dichas acerca de la iglesia. Por ejemplo, a pesar de que la Santa Cena y el bautismo son aspectos esenciales de la iglesia bíblica, y son ordenados por Cristo mismo, me refiero a ellos muy brevemente. Les recuerdo que este libro no es una eclesiología completa. Solamente trata de enfocarse en ciertos aspectos cruciales de la vida de una iglesia saludable, que raramente se han desarrollado en las iglesias de hoy en dia. A pesar de que a menudo pueden ser malinterpretados, el bautismo y la cena del Señor no han desaparecido de la mayoría de la iglesias; pero muchos de los atributos que consideraré en estas páginas si han desaparecido de muchas iglesias. Por supuesto, no existe una iglesia perfecta y ciertamente no quiero sugerir que cualquier iglesia que yo he pastoreado o pastorearé, sea o sera una iglesia perfecta. Pero eso no significa que nuestras iglesias no puedan ser más saludables. Mi objetivo es impulsar tal salud.
PREDICACIÓN EXPOSITIVA La primera señal de una iglesia saludable es la predicación expositiva. No es solamente la primera señal, es la más importante de ellas, porque si la comprenden bien, todas las otras la seguirán. Esta es la señal crucial. Si quiere leer solamente un capítulo de este libro, ha elegido el correcto. Este es el que debería leer primero, antes que los demás. Esto le ayudará a comprender que los pastores están para entregarse a sí mismos y lo que las congregaciones van a exigir de ellos. Mi papel principal y el papel principal de cualquier pastor es la predicación expositiva. Esta caracteristica es tan importante que, si no la entiende bien y comprende bien las ocho caracteristicas siguientes, en cierta forma, las habra entendido por casualidad. Pueden estar desechadas o distorsionadas, porque no habran nacido de la Palabra y no van a ser ni controladas ni reformadas continuamente por Ésta. Pero si usted le da la prioridad a la Palabra dada por Dios, entonces tendrá establecido el aspecto más importante de la vida de la iglesia y un crecimiento saludable estára virtualmente asegurado, porque Dios ha decidido actuar, por Su Espíritu, a través de Su Palabra. Así que, ¿qué es esta cosa tan importante llamada “Predicación Expositiva”? Habitualmente, se habla de ella en contraste con la predicación temática. Un sermón temático es como este capítulo, se elige un tema y se habla acerca de este, en cambio, un sermon expositivo es tomar un texto especifico de la Biblia (ese es el tema; por ejemplo, 1 Tim. 2) y predicarlo. El sermón temático empieza con un asunto en particular acerca del cual el predicador quiere hablar. El tema podría ser la oración, ó la justicia, ó la paternidad, ó la santidad, ó aún la predicación expositiva. Habiendo establecido el tema, el predicador reúne varios textos de varias partes de la Biblia y los combina con historias ilustrativas y anécdotas. El material se combina y entreteje alrededor de este tema. El sermón temático no se forma alrededor de un texto de las Escrituras, sino alrededor de un tema o idea escogidos con anterioridad. Un sermón temático puede ser expositivo. Usted podría decidir predicar de un tema y simplemente elegir un pasaje de las escrituras que toque precisamente este tema de interés. O podría predicar con un número de textos que estén orientados hacia ese mismo tema. Pero aún así es un sermón temático, porque el predicador sabe que quiere decir y va a la Biblia para encontrar respaldo a sus ideas, que ya han sido establecidas en su mente. Por ejemplo, cuando he predicado una parte de este libro como sermón, se casi todo lo que quiero decir antes de ir a la Biblia. Cuando predico expositivamente, la mayoria de veces este no es el caso. Al preparar mi sermón expositivo, a menudo quedo un poco sorprendido por las cosas que encuentro en el pasaje mientras lo estudio. Generalmente, no elijo los temas de mis sermones expositivos teniendo en mente que la iglesia necesita escuchar esto o aquello. Más bien, asumo que la Biblia se aplica a todas las areas de nuestras vidas. Tambien confío en que Dios puede conducirme a algunos libros o capitulos en particular. Pero muy a menudo, cuando estoy trabajando en un texto, leyéndolo en mis tiempos de descanso (la semana anterior a mi predicación), estudiandolo seriamente el viernes, se que habrá cosas que encontraré que para nada esperaba encontrar. Algunas veces estaré sorprendido por el mensaje que el texto parace comunicar y por lo tanto por lo que debe ser el punto central de mi predicacion. La predicación expositiva no es simplemente producir un comentario verbal acerca de algún pasaje de las Escrituras. Más bien la predicación expositiva es aquella predicación que toma como tema de un sermón, el mensaje de un texto espefico de las Escrituras. Eso es todo. El predicador abre la Palabra de Dios y la desenvuelve para la gente de Dios. Esto no es lo que estoy haciendo en este capítulo, pero es lo que normalmente intento hacer cuando me paro en el púlpito los domingos. La predicación expositiva es predicar como un servicio hacia la Palabra. Asume una creencia en la autoridad de las Escrituras y que la Biblia es realmente la Palabra de Dios; pero es mucho más que eso. Un compromiso a la predicación expositiva es un compromiso a escuchar la Palabra de Dios; no simplemente a afirmar que es la Palabra de Dios, sino realmente someterse usted mismo a su autoridad. A los profetas del Antiguo Testamento y a los apóstoles del Nuevo Testamento les fue dada, no una comisión personal de ir y hablar, sino un mensaje especifico que tenia que ser entregado. Al igual que los profetas y apostoles, los predicadores cristianos de hoy tienen autoridad para hablar en nombre de Dios, solamente mientras ellos hablen Su mensaje y revelen Sus palabras. Tan emotivos como algunos predicadores pueden ser, ellos no tienen órdenes de simplemente ir y predicar. Han sido ordenados específicamente para ir a predicar la Palabra. Eso es lo que se les ha ordenado a los predicadores. Muchos pastores, felizmente aceptan la Palabra de Dios y profesan creer que no hay contradicciones ni errores en la Biblia; y aún así no practican regularmente la predicación expositiva. Estoy convencido de que ellos nunca predicarán más de lo que sabian cuando empezaron sus ministerios. Un predicador puede tomar una parte de las escrituras y usarla para exhortar a la congregación acerca de un tema que es importante, pero realmente no usando el pasaje con el propósito especifico por el cual fue dado. Puede tomar su Biblia en este momento, cerrar sus ojos, abrirla en cierto lugar, poner su dedo en un verso, abrir sus ojos y leer ese verso y usted obtendrá una gran bendición de este para su alma, pero no necesariamente aprenderá lo que Dios se ha propuesto decir a través de ese pasaje. Lo que dicen acerca de las bienes raíces es verdad al comprender la Biblia: los tres factores más importantes son ubicación, ubicación, y ubicación. Usted entiende un texto de las Escrituras en donde está. Lo comprende en el contexto en el cual fue inspirado. Un predicador debería tener su mente renovada más y más por las Escrituras. No debería utilizar las Escrituras como una excusa para lo que él ya sabe que quiere decir. Cuando eso sucede, cuando alguien regularmente predica en una forma que no es expositiva, los sermones tienden a ser solamente sobre temas que le interesan al predicador. El resultado es que el predicador y la congregación solamente escuchan en las escrituras lo que ellos ya pensaban cuando empezaron a estudiar el texto. No hay nada nuevo que esté siendo agregado a su comprensión. No están siendo retados por la Biblia continuamente. Al estar comprometidos para predicar un pasaje de las Escrituras en su contexto, expositivamente tomando como tema de la predicacion el mensaje espeficico del texto, deberíamos escuchar aquellas cosas que Dios nos quiere decir, cosas que no intentábamos escuchar cuando empezamos la preparacion de la predicacion. Dios algunas veces nos sorprende. Y desde su arrepentimiento y conversión, hasta las últimas cosas que el Espíritu Santo le ha estado enseñándo, ¿no es esto lo que significa ser cristiano? ¿No encuentra que a la vez que usted empieza a descubrir la verdad acerca de su corazón y la verdad acerca de las Escrituras, Dios le reta una y otra vez y le dice algunas cosas en las que nunca habría pensado hace un año? Encargar el bienestar espiritual de la iglesia a alguien que no muestra un compromiso para escuchar y enseñar la Palabra de Dios, es obstaculizar el crecimiento de la misma, en esencia esto solo permite que la iglesia crezca, a lo mucho, al nivel espiritual del pastor. La iglesia lentamente será conformada a la imagen del pastor más que a la imagen de Dios. Y lo que queremos, lo que deseamos ardientemente como cristianos, son las palabras de Dios. Queremos escuchar y conocer en nuestras almas qué es lo que Él ha dicho.
Dever, M. (2008). Una Iglesia Saludable: Nueve Características (M. González, Trad.; Primera Edición, pp. 27-35). Publicaciones Faro de Gracia.
1 ¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? 2 ¿Hasta cuándo pondré consejos en mi alma, Con tristezas en mi corazón cada día? ¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí? 3 Mira, respóndeme, oh Jehová Dios mío; Alumbra mis ojos, para que no duerma de muerte; 4 Para que no diga mi enemigo: Lo vencí. Mis enemigos se alegrarían, si yo resbalara. 5 Mas yo en tu misericordia he confiado; Mi corazón se alegrará en tu salvación. 6 Cantaré a Jehová, Porque me ha hecho bien. Salmo 13 En el verano de 1851, un equipo de búsqueda encontró el cuerpo sin vida del misionero inglés Allen Gardiner, escondido en la barca en la que se había refugiado durante sus últimos días. Él y sus compañeros habían naufragado en la Tierra del Fuego. Al final, lo que les quedaba de provisiones se les acabó; la muerte llegó, de manera lenta pero inevitable, a cada uno de ellos. Conocemos algunos de los pensamientos de Allen Gardiner durante aquellos días por medio de unas cartas que había dejado para su familia, y de cosas que había escrito en su diario personal, que se encontró junto a su cadáver. En una de las últimas fases, estaba desesperado por beber agua; la angustia nacida de aquella sed, escribió, era “casi insoportable”. Lejos de su hogar y de sus seres queridos, murió solo, aislado, debilitado, físicamente quebrantado. ¡No precisamente nuestra idea del final de una “vida cristiana victoriosa”! Debió de ser bajo circunstancias parecidas como se escribió el Salmo 13. Se trata de una conmovedora lamentación. Pertenece al mundo de los montes y la niebla y el obsesionante sonido de la gaita llevado por el aire en el melancólico silencio. Con tales cánticos, los quebrantados de corazón derraman el alma, y a veces sus quejas, ante Dios. Tinieblas y penumbra rodean a David. Su visión está nublada. Se encuentra en un túnel. Esto lo podría soportar si tan sólo pudiera ver luz. Pero no ve ninguna. Tiene los ojos entenebrecidos (v. 3). No puede ver ni hacia dónde va, ni hacia dónde le lleva la vida. Él es lo que Isaías describe como “el que anda en tinieblas y carece de luz”, que ha de aprender a confiar “en el nombre de Jehová” y apoyarse “en su Dios” (Is. 50:10).
LAMENTACIÓN En los cánticos de lamentación en el Antiguo Testamento, predominan dos preguntas. La primera es: “¿Por qué?” ¿Por qué me ha pasado esto? ¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora? La segunda es la pregunta que se repite una y otra vez en este salmo: “¿Hasta cuándo?” David hace esta pregunta cuatro veces en los dos primeros versículos del Salmo 13. Está al borde de la desesperación. No ve ningún futuro. Siente que no puede soportarlo por más tiempo. Ya está al límite. Cuatro veces, con cuatro preguntas diferentes, clama a Dios: “¿Hasta cuándo?” A primera vista, las preguntas parecen ser expresiones de amargo desafío. Y más es así por cuanto llega a escribirlas. Nosotros, los cristianos modernos, ¡tendríamos un poco más cuidado al expresarnos! Sólo el tener pensamientos así sería lo suficientemente malo; ¡expresarlos por escrito sería hasta peligroso! Pero David ya con esto nos está enseñando una lección importante. Estaba diciendo en términos muy concretos cuál era su dificultad. Y sus preguntas son al mismo tiempo el diagnóstico de su problema. Para cuando tenía escritos dos versículos, ya había dicho claramente cuál era ese problema suyo. En casos así, el diagnóstico es la mitad del remedio. El desánimo tiene algunos elementos siniestros. Es omnipresente; afecta a todo en nuestras vidas. Y sin embargo, es a la vez un sentimiento general difícil de definir que parece disuadirnos de examinar sus raíces demasiado profundamente, no sea que la experiencia nos resulte demasiado dolorosa. Se trata de una aflicción espiritual que tiene su propio sistema de inmunidad. David, al comenzar a expresarse por escrito, ya había empezado a vencer al desánimo, identificando sus causas y enfrentándose con él cara a cara: ¿Se habrá olvidado Dios de mí para siempre? ¿Estará Dios escondiéndome su rostro? ¿Por qué lucho con mis pensamientos y tengo tristeza en mi corazón todos los días? ¿Por qué sigue triunfando mi enemigo sobre mí? En un sentido, éstas no son cuatro preguntas diferentes, sino más bien cuatro facetas de una misma gran pregunta: ¿Por qué será que siento que Dios me ha abandonado? ¿Pero ves lo importante que es hacer estas preguntas, y aun expresarlas por escrito? Ahora David tiene algo con lo cual trabajar. Antes no estaba haciendo más que luchar al azar en la oscuridad. ¿Cuáles eran sus problemas? El primero era éste: ¿Por qué será que Dios parece haberse olvidado de mí? A veces hablamos de lo que es disfrutar de la sensación de la presencia de Dios en nuestras vidas. Es una de las grandes bendiciones de la experiencia cristiana. Dios está con nosotros y cada día somos conscientes de que está cerca. La experiencia de David era todo lo contrario. Ya no tenía más esa sensación de la presencia de Dios, sino una deprimente sensación de la ausencia de Dios. Le parecía como si Dios se hubiera olvidado de él. Nos olvidamos de alguien cuando nuestro verdadero interés está en otra parte. La persona de quien nos hemos olvidado ha perdido su anterior significado para nosotros. Cuando somos nosotros las personas olvidadas, tendemos a sentirnos rechazados, pasados de largo, humillados. Se nos ha hecho sentirnos pequeños e insignificantes. Y esto nubla la manera como nos miramos y afecta a todo lo que hacemos. Es deprimente. Sin embargo, sentirte olvidado por Dios es devastador, sobre todo si crees, como creía David, que has sido hecho a su imagen para disfrutar de su presencia. Esto lo expresa David en su clamor a continuación: “¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?” Olvidarse puede ser sin querer: tal vez un simple despiste. Pero esconderse es otra cosa; es un acto deliberado de evitar a alguien. El Dios a quien David miraba como Aquel de cuya vida y ser él era el mismo reflejo como de un espejo, parecía haberse apartado de él. El Señor estaba escondiéndole el rostro. David sentía que se amenazaba su misma existencia. ¿Cómo podría la vida tener significado alguno si Dios estaba apartando su rostro? Y había algo aún peor: cuando Dios esconde su rostro, no sabemos qué está mirando, ni qué está planeando. Éste era el problema de David: había perdido del todo el sentido de lo que Dios estaba haciendo. No podía ver la sonrisa en su cara ni vislumbrar siquiera su infalible propósito de gracia. No tenía pistas en su experiencia que le pudieran animar o ayudarle a pensar: “¡Ahora puedo vislumbrar lo que el plan de Dios tiene que ser!” Peor aún que esto, David no podía ver luz al final del túnel. Ni siquiera sabía si había un final del túnel. Dios se había olvidado de él y se había escondido de él: ¡a pesar de que había advertido a su pueblo que nunca le hiciera eso a Él! Hasta más tarde se iba a revelar como un Dios que no puede olvidarse de su pueblo: ¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida (Is. 49:15, 16). David subraya hasta dónde se le habían hundido los ánimos. “¿Me olvidarás para siempre?” Si la respuesta a la pregunta: “¿Hasta cuándo, Señor?” fuese “brevemente”, o “hasta que pase esto o aquello” a lo mejor podríamos soportarlo. El saber que los días de oscuridad van a llegar a su fin nos da suficiente luz como para ayudarnos a seguir adelante. Pero la oscuridad de David parecía continuar para siempre. Nuestras experiencias más dolorosas son así: tristezas, cargas, decepciones que tendremos que llevar con nosotros durante el resto de nuestras vidas. Son irreversibles. Por ejemplo, cuando muere alguien a quien amamos profundamente, entendemos lo que dio a entender David cuando dijo que tenía tristezas en su corazón “cada día” (v. 2). Al apartarse de nosotros aquel misericordioso olvido que es el sueño, tal vez a mitad de la noche, o cuando poco a poco nos vamos despertando por la mañana temprano, nos preguntamos qué es esa sensación de melancolía, difícil de definir, carcomiendo nuestro espíritu por dentro. Y entonces nos acordamos: otro día sin él. Ahora todos los días son días sin ella. Y nos sobrecoge el dolor que parece no tener horizonte. ¿Lo podremos soportar? Los dolores menos agudos también nos hacen experimentar algo de esto: ambiciones frustradas; la pérdida de un trabajo; un romance roto; una situación difícil que no puede resolverse. Cada día, la tristeza llena nuestros corazones y deja su sombra sobre todo lo que hacemos. ¿Será así para siempre? Nosotros también nos hacemos la pregunta de David; no tenemos más confianza de la que tenía él para poder seguir adelante. No es de extrañar que David se pregunte: “¿Hasta cuándo pondré consejos en mi alma…?” (v. 2). En el lenguaje del Antiguo Testamento, “los consejos” son una actividad de la mente, mientras que “el alma” es donde están asentadas las emociones. Así que, “los consejos” y “el alma” en realidad no van juntos de manera natural. No pensamos con los sentimientos, sino con la mente. Por eso, la mayoría de las traducciones modifican las palabras de David con el fin de procurar que la afirmación quede más coherente: “¿Hasta cuándo he de estar angustiado y he de sufrir cada día en mi corazón?” (NVI). No obstante, tal vez la incoherencia misma de estas palabras sea significativa. La mente y las emociones a menudo se confunden cuando nos encontramos sobrecogidos por la angustia y desorientados. Esto es parte de nuestro problema: pensamos con nuestros sentimientos o, para ser más preciso, dejamos que nuestros sentimientos piensen por nosotros. Reconocemos esto en otras experiencias de prueba, especialmente en relación con la tentación. La tentación apela a los sentidos, a las emociones, a los deseos. Algo nos atrae, e incita nuestro deseo de hacerlo, o de tenerlo. Y antes de que sepamos dónde estamos, nuestros sentimientos están diciéndoles a nuestras mentes qué pensar. Fue así con Eva en el huerto de Edén (Gn. 3:6), y con David cuando fue atraído hacia el pecado con Betsabé (2 S. 11:2). La tristeza, las pruebas, las decepciones pueden obrar todas ellas de la misma manera, confundiendo nuestra manera de pensar y sobrecogiéndonos. Esto, parece ser, era lo que David experimentaba. Era incapaz de pensar en una manera de salir de su oscuro túnel. Sus pensamientos estaban confusos por razón de sus sentimientos. David se sentía derrotado: “¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí?” (v. 2). Ya no era cuestión de resistir; se trataba de cuánto tiempo duraría la derrota. Sentía como si ya no le quedara recurso alguno. Se acercaba la desesperación total. No sabemos quién o qué era el “enemigo” de David. Los eruditos han hecho varias sugerencias. Pero aquí, al igual que en otros sitios, David no especifica. Algunos han pensado que David estaba pensando en algún individuo, o algún grupo, como es el caso después en el versículo 4; otros han pensado que el enemigo aquí probablemente es la muerte (cf. v. 3) y que el salmo fue compuesto en el transcurso de alguna enfermedad casi fatal. Agustín de Hipona pensaba que “el enemigo” era espiritual y que se refería al diablo o a “los hábitos sensuales de la vida”. Es cierto que para algunos de nosotros, son éstos, más que otros problemas, los que nos producen desesperación. Nos sentimos vencidos por el pecado, tal vez por algún pecado en particular, y sentimos demasiado poco eso de que Cristo “quebranta el poder del pecado ya borrado, y pone en libertad a los presos” (Charles Wesley). David no especificó. A lo mejor quiso que otros vieran que las lecciones que él aprendía a través de su experiencia eran de aplicación a otros cuyo “enemigo” era diferente del suyo. Luz en el túnel Éstas son palabras oscuras. Pero ya hemos notado algo que David mismo no ha notado. En el acto mismo de lamentar que Dios le haya abandonado, está al comienzo de un importante avance espiritual. Para empezar, ¡ha llegado a hablarle, cara a cara, al Dios a quien acusa de haberse olvidado de él y de esconderse de él! Además, identifica específicamente sus dificultades. Mientras que admite que está pensando con sus sentimientos, el hecho de que lo reconozca indica que ya está funcionando una mente bíblica. Hay mucho que aprender de esto. Es cierto que es más fácil reconocer este proceso en otros que en nosotros mismos. Pero es vital que reconozcamos lo que está pasando aquí. Cuando empezamos a hablarle a Dios acerca del hecho de que nos ha abandonado, ya no estamos en nuestro punto más bajo; ha empezado a subir la marea; estamos de nuevo en un camino ascendente. Existen analogías de esto en el área de la salud física. El saber que estás enfermo es, hablando en términos generales, estar más cerca de un remedio que el estar enfermo sin saberlo. Además, un paciente que nos parece a nosotros estar gravemente enfermo puede ser que, de hecho, esté camino de recuperarse. Recuerdo hablar con un cirujano que había operado a mi madre. Ella había tenido una trombosis en los Estados Unidos y poco después la llevaron en avión a su Escocia natal (también la mía). Pero dentro de pocos días la llevaron corriendo al hospital donde le tuvieron que practicar una operación quirúrgica para salvarle la vida de una enfermedad que antes no se le había diagnosticado. Tal era la condición física de mi madre después de la trombosis que los cirujanos no estaban seguros si aguantaría la operación; sin embargo, sin operarla, moriría seguro. Algún tiempo después, uno de los cirujanos habló conmigo. Comentó el estado de mi madre sin decir nada claro, pero luego dijo: “Desde luego que en su estado general no sabemos si podrá durar siete u ocho…” Yo acababa de verla; pensé que la última palabra de la frase podría ser “días”. A mí me parecía enferma sin posibilidades de recuperarse. Se me hundió el corazón. El cirujano terminó la frase: “…siete u ocho años.” Me quedé sobrecogido tanto de gozo como de asombro; ¡viviría! A mis ojos, faltos de formación y de experiencia médicas, su estado parecía fatal, pero de hecho ya estaba camino de recuperarse. Lo mismo era cierto para David. A los ojos de cualquiera que no tuviera una preparación, su estado parecía fatal; de hecho él mismo pensaba así. Pero el caso era que ya estaba en vías de recuperación. El decirle a Dios que te ha abandonado, el saber que has estado pensando con las emociones: éstas son señales de vida, no de muerte; de esperanza y no de desesperación. ¡Si hasta estás hablándole a Dios mismo acerca de ello como si supieras que a Él le importa!
PETICIÓN ¿Cuál fue la respuesta a la sensación que tenía David de que Dios le había abandonado? Hay tres frases imperativas que nos dicen que él sabía cuál era la respuesta: Mira, Respóndeme, Alumbra mis ojos (v. 3). Había sentido que Dios se había olvidado; ahora ruega que Dios le mire. Sin ser oído, pide una respuesta; en la oscuridad, aún cree que Dios le puede dar luz. La exhortación de David a Dios es más significativa de lo que pueda parecer a primera vista. Parece estar reflexionando conscientemente sobre la maravillosa bendición que Aarón y sus hijos habían de pronunciar sobre el pueblo: Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz (Núm. 6:24–26, énfasis añadido). De hecho, lo que David está haciendo es pedirle a Dios que dé las bendiciones que ha prometido; le está rogando que sea fiel a su propia palabra, que haga lo que ha dicho. Aun si nosotros no somos más que observadores de la experiencia de David, y no la compartimos, ésta es una lección importante: aprender las promesas de Dios anticipadamente. Cuando llega el tiempo de crisis o de oscuridad, es tarde para empezar entonces a aprenderlas. Almacena la Palabra de Dios, como la ardilla almacena nueces para el invierno; porque llegará sin falta el invierno de la vida, cuando necesites que las promesas de Dios te sirvan de ancla para el alma. ¿Sientes que Dios está muy lejos de ti, y echas en falta la sensación de su presencia en tu vida? Sé un poco de tu experiencia. Aquí tienes un ancla que yo a menudo he utilizado: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros” (Stgo. 4:8). Es una promesa; Él no dejará de cumplirla. No podrá resistir la insistencia de sus hijos: “Padre, lo prometiste.” ¿Ves lo que David estaba haciendo? Estaba pensando en las promesas de Dios con su mente, en vez de concentrarse en sus propios sentimientos respecto a su situación. Por fin se estaba agarrando a algo fuera de sí mismo. Antes, toda su atención había estado fijada en la angustia dentro de su corazón; estaba mirando la tormenta. La tormenta aún seguía alrededor de él, pero ahora estaba asido al ancla de la promesa de Dios y estaba seguro. Quizá nada de susituación hubiera cambiado; pero ahora estaba empezando a saber que la promesa de bendición por parte de Dios le guardaría en medio de la tormenta. Esto lo expresa también de otra manera: “Alumbra mis ojos, para que no duerma de muerte” (v. 3). Aquí está pidiendo más que simplemente la preservación de su vida. Está reconociendo que, aunque haya estado rodeado de dificultades y aunque le asedie la debilidad, su mayor necesidad no es que estas cosas sean quitadas de él. Puede ser, después de todo, que le sean un medio de bendición. No, lo que le importa más bien a David es tener una visión clara y una comprensión segura de los caminos del Señor con sus hijos. Está pidiendo en oración iluminación divina para que aprenda a ver sus circunstancias no con los ojos de la carne, sino con la visión que da la fe. Un notable ejemplo de esto se encuentra en la experiencia que tuvo el apóstol Pablo de estar en la cárcel. Desde cualquier punto de vista, aquello parecía algo desastroso para la extensión del Reino de Dios. Muchos de sus amigos se desanimaron por causa de ello: “Si esto es lo que le ocurre al gran evangelista, ¿qué esperanza hay para los demás?” Pero el Señor le dio a Pablo luz a sus ojos, hasta que brillaron de asombro y de deleite ante lo que Dios estaba haciendo: Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido, han redundado más bien para el progreso del evangelio, de tal manera que mis prisiones se han hecho patentes en Cristo en todo el Pretorio, y a todos los demás. Y la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor (Fil. 1:12–14). Sus circunstancias no habían cambiado; aún estaba en la cárcel. Pero su situación entera se había iluminado. Ahora, en vez de ver sus circunstancias como una barrera a su servicio, las veía como la esfera ordenada por Dios para ese servicio. ¡Su encarcelamiento había de servir de instrumento de evangelización! ¿Cómo, si no, se podía llevar el Evangelio a los de la guardia del Pretorio? Éstos nunca hubieran ido a oír predicar al Apóstol; ¡ahora, como guardianes suyos, no podían evitar el tener que escucharle! Es esto lo que pide en oración David también: “Señor, si no puedo disfrutar de una perspectiva divina en cuanto a mi situación, estoy como muerto: ¡Alumbra mis ojos!” Luego David añade otra preocupación suya en su oración aquí. Si el Señor no le ayuda, entonces su enemigo dirá: “Lo vencí. Mis enemigos se alegrarían, si yo resbalara” (v. 4). “Resbalar”, aquí, conlleva la idea de ser sacudido hasta los cimientos y derrumbarse. En la mayoría de los salmos de lamentación hay alguna referencia a los enemigos del escritor, aunque, como hemos visto, rara vez se les identifica específicamente. Nunca se les menciona por un mero deseo vengativo personal. Son los enemigos del rey puesto por Dios. Es el Reino que Dios va edificando el que ellos están atacando, y son los propósitos de Dios a los que se están oponiendo. Lo mismo es cierto aquí en el Salmo 13. David es consciente de que lo que está en juego en su propia vida es el honor del Reino de Dios. Vive en un mundo en el que muchos se regocijarían al ver el nombre de Dios deshonrado por la humillación de uno de su pueblo. De ahí que le ruegue a Dios que se dé a conocer.
Recuperación ¿Ves lo que ha ocurrido? Ha comenzado la recuperación de David. Vuelve a leer las referencias personales en los dos primeros versículos: me… [tú]; [tú]… mí; [yo]… mi; mi; mi… mí. David ha llegado a obsesionarse (aunque sea comprensible) consigo mismo y con sus propios pensamientos y sentimientos. Sin embargo, ahora ha habido un cambio. Está en juego el Reino: el Reino de Dios. David le habla a Dios en voz alta para que éste le libre del enemigo y defienda su propia gloria divina. Empieza a ver luz al final del túnel y a perder esa sensación de estar absorto en sí mismo. ¡Lejos de acusar a Dios de olvidarse de él, ahora está suplicándole a Dios que se acuerde de su propio Reino! No nos debería extrañar que esta transición se efectuara en el contexto de la oración. ¿Has llegado a estar tan desanimado alguna vez que hayas tenido que arrastrarte fuera de la cama para ir a tener un tiempo de oración en la iglesia, o después de un día agotador hacer un gran esfuerzo para ir a la reunión semanal de oración, o aun para tener ese tiempo devocional a solas con el Señor? Luego, al emprender el trabajo de la oración, te has encontrado, sin ninguna decisión consciente por parte tuya, absorto en las necesidades de la Iglesia, la obra del Reino, y la gloria de Dios. Viniste muy cansado, y desanimado; te fuiste sintiéndote estimulado y lleno de gozo. Dios estuvo contigo, y lo supiste. Pues algo así ocurrió en la vida de David. Cuando leemos los versículos 5 y 6, encontramos a David como otro hombre: Mas yo en tu misericordia he confiado; Mi corazón se alegrará en tu salvación. Cantaré a Jehová, Porque me ha hecho bien. David ha empezado a ver por sí mismo lo que ya ha estado claro para nosotros como observadores: que en el mismo proceso de articular su experiencia de la oscuridad, ha estado dando elocuente expresión a su fe viva. Como prueba de ello, a lo largo del salmo se ha dirigido a Dios utilizando el gran nombre del pacto de éste: Jehová. Se trata del nombre Yahveh, que Dios le reveló a Moisés en lazarza ardiente (Éx. 3:13–15). Este nombre es significativo. Es el nombre divino del pacto. Eso se lo subrayó a Moisés cuando le recordó que era el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Es también el nombre cuyo significado se manifestó con claridad en los acontecimientos del Éxodo: Dios es un Dios clemente y poderoso, un Dios que redime, provee y guía; es un Dios que vence cualquier oposición a su propósitos. Justo el Dios al que David necesitaba, ¡lo tenía! Sin embargo, tan desanimado estaba que tardó en darse cuenta de lo que siempre había sido verdad. Hasta clama a Él de la manera más íntima: “oh Jehová [el nombre del pacto] Dios mío.” Pero es sólo al ir terminando el salmo cuando empieza a apreciar plenamente lo que esto significa. Al hacerlo, sale como un hombre transformado. Palabras tales como estar angustiado (NVI) y tristezas luego dan lugar a otros verbos tales como confiar, alegrarse y cantar. ¿De qué se había acordado ahora David que antes había estado en peligro de olvidar? Menciona tres cosas:
La misericordia (o, gran amor, NVI) del Señor lleva a David a “confiar” en Él, fiarse de Él y descansar en Él. La palabra que se utiliza aquí es una de las más hermosas del Antiguo Testamento. Significa el amor del pacto, el amor al que Dios se compromete voluntariamente. Es lo que George Adam Smith, un erudito del Antiguo Testamento escocés de una generación anterior, solía llamar “amor leal”, o “amor de lealtad”. Dios es fiel. Es el que nunca falla. Descansad en Él; confiad en Él.
La salvación del Señor hace que el corazón de David “se alegre”. Por muy grandes que sean sus dificultades, posee algo aún más grande que ellas; y por mucho tiempo que puedan durar, su salvación durará aún más. Pablo expresa esto cuando escribe que, habiendo sido justificados, nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza (Ro. 5:2b–4 LBLA). Aquí, el apóstol traza dos líneas que conducen a la gloria de Dios: Por el hecho de que Dios ha prometido salvar a aquellos que confían en Él, aprendemos a regocijarnos en nuestra esperanza de compartir su gloria. Pero, de un modo paralelo, nuestros sufrimientos crean el contexto de la fe que persevera y del carácter espiritual genuino; y ese carácter asimismo produce la esperanza de la gloria de Dios. El saber que ya hemos sido perdonados nos hace regocijarnos; y la certeza de la salvación futura nos hace regocijarnos más aún. E hizo lo mismo para David.
La bondad del Señor le hace “cantar”. A esto debemos volver. Es una característica eminente de los salmos. Al pueblo de Dios le cuesta creer que Él es bueno, a la luz de lo que parece ser tanta evidencia en contra. Pero al llegar David a penetrar las nubes del pesimismo y casi de la desesperación que han estado suspendidas encima de su cabeza, respira el aire puro de la bondad del Señor. Ahora ve que “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” (Ro. 8:28). Allen Gardiner, con cuyo nombre comenzó este capítulo, hizo lo mismo. Pese a las terribles condiciones en las que murió, parece haber experimentado un sentimiento nuevo y más profundo de la bondad de Dios. Se puso a escribir pasajes de su amada Biblia. Uno de estos pasajes era el Salmo 34:10: Los leoncillos necesitan, y tienen hambre; pero los que buscan a Jehová no tendrán falta de ningún bien (énfasis añadido). En su debilidad pudo escribir una última anotación en su diario, con escritura muy débil. Fue ésta: “Estoy sobrecogido por un sentimiento de la bondad de Dios.” También lo estuvo David. Antes de dejar este breve salmo, o aun cualquier salmo, hay algo de lo cual debemos acordarnos. Jesucristo debió de aprender de memoria este salmo y cantarlo, y debió de hacerlo suyo. No es difícil ver lo aplicable que el Salmo 13 le sería a Jesús durante los días de su ministerio. Él supo lo que era que la vida diera la impresión de que Dios se había olvidado de Él; Él tuvo motivos de sobra para pedirle a su Padre que le protegiera de sus enemigos. Él confió en el amor constante de su Padre. Él experimentó la liberación y la salvación de Dios, tanto de los enemigos como de la muerte. Cuántas veces se acostaría por la noche pensando: “Padre, tú me has hecho bien.” Jesús ha estado donde nosotros estamos. Él sabe, entiende; Él también lo ha sentido, y te puede ayudar. Así que, pon en práctica lo que Isaías te anima a hacer cuando dice: El que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios (Is. 50:10).
Ferguson, S. B. (2000). ¿Abandonado por Dios? (A. J. Birch, Trad.; Primera edición, pp. 18-32). Editorial Peregrino.