Los sacramentos como medio de gracia

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Serie: Los medios ordinarios de gracia

Los sacramentos como medio de gracia
Por William B. Barcley

Nota del editor: Este es el quinto en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Los medios ordinarios de gracia

Crecí en una iglesia bautista grande en la que los bautismos eran frecuentes y la Cena del Señor inusual. El bautismo era siempre un evento de celebración; incluso, a veces la gente aplaudía. Por otro lado, la Cena del Señor era algo solemne, callado, y, para un niño, podía ser aburrida. Nunca entendí el propósito de tener que sentarme quieto por unos quince o veinte minutos más. ¿No podía el pastor simplemente decir «Jesús murió en la cruz por tus pecados» y terminar con eso? Tampoco entendía realmente el propósito del bautismo, excepto por el hecho de que Jesús lo había ordenado. Cuando fui bautizado a los doce años, fue simplemente como un rito de iniciación para mí.

La Confesión de Fe de Westminster resume la enseñanza bíblica sobre el significado del bautismo y la Cena del Señor de esta manera: «Los sacramentos son signos y sellos santos del pacto de gracia, directamente instituidos por Dios, con el propósito de representar a Cristo y sus beneficios, y para confirmar nuestra participación en él» (27.1). El lenguaje de «signos y sellos» viene directamente de Romanos 4:11: «[Abraham] recibió la señal de la circuncisión como sello de la justicia de la fe que tenía mientras aún era incircunciso». ¿De qué manera funcionan los sacramentos como señales y sellos?
La Biblia contiene muchas «señales». Moisés hizo «señales» en Egipto (Ex 4:8, etc.). Los milagros de Jesús son llamados «señales» (Jn 2:11). De hecho, la encarnación y el nacimiento virginal de Jesús constituyeron en sí mismos una «señal» (Is 7:14). Las señales son marcas visibles que, aunque quizás significativos en sí mismos, apuntan a algo más. Las señales de Moisés apuntaban al poder de Dios y Su intención de redimir a Su pueblo. Las señales de Jesús apuntaban a Su identidad como el eterno Hijo de Dios (Jn 20:30-31).

Cabe destacar que cuatro de las primeras seis apariciones de la palabra «señal» en la Biblia se producen en la frase «señal del pacto» (Gn 9:12131717:11). Después del diluvio, Dios hizo un pacto, es decir, un acuerdo vinculante, con Noé, prometiendo que nunca más inundaría la tierra. Como señal para confirmar Su promesa del pacto, Dios hizo un arcoíris. Crecí en la Florida, donde son muy comunes las tormentas eléctricas vespertinas acompañadas de un arcoíris. Podemos sorprendernos con la belleza del arcoíris, pero su propósito principal es recordarnos la promesa del pacto de Dios y Su fidelidad.

Dios también hizo un pacto con Abraham (Gn 15:1817:2, etc.; ver Ex 2:24). En este pacto, Dios prometió ser Dios para Abraham y su descendencia, para darle una tierra por herencia, para bendecir las naciones por medio de él y para hacer su descendencia tan numerosa como la arena del mar y las estrellas de los cielos. Para confirmar estas promesas, Dios le dio a Abraham la circuncisión como «señal del pacto» (Gn 17:11).

Estas señales son recordatorios visibles y tangibles que confirman las promesas de Dios para Su pueblo. También son adecuadas para cada pacto. El arcoíris aparece en el cielo después de la lluvia cuando el sol atraviesa las gotas de agua. Dios puede enviar lluvias fuertes que provoquen inundaciones locales con resultados desastrosos para algunos. Sin embargo, Él no volverá a inundar toda la tierra ni a exterminar toda la humanidad. En el pacto de Dios con Abraham, Dios le prometió descendientes, una «simiente» (cumplida finalmente en Cristo; Gal 3:15-18). De manera apropiada, la señal que acompaña este pacto se aplica al órgano reproductor masculino. Como veremos, la naturaleza apropiada de las señales de Dios se repite también en los otros pactos, incluido el nuevo pacto en la sangre de Cristo.

Agustín, el padre de la Iglesia, se refirió a los sacramentos como «palabras visibles». Cuando los niños están aprendiendo, a menudo necesitan imágenes u objetos tangibles para ayudarles a entender una lección. Esto es lo que Dios nos provee en estas señales visibles y tangibles. Él se acerca a nosotros como a niños para que podamos realmente captar, recordar y tener confirmación de Sus promesas de pacto.

En la época de Pablo, los sellos solían estar hechos de cera y tenían una impresión estampada que confirmaban la identidad del dueño. Los documentos y cartas oficiales normalmente tenían sellos. Si el remitente era un rey o un oficial del gobierno, no te atrevías a romper el sello y mirar el contenido hasta que llegara a su destino. En este sentido, los sellos tenían dos propósitos: confirmar la identidad del remitente y asegurar el contenido. 

Del mismo modo, las señales de pacto de Dios confirman nuestra identidad como aquellos que le pertenecen a Dios y aseguran nuestra membresía en ese pacto. Dicho de otra manera, las señales de pacto —o los sacramentos— nos aseguran y fortalecen en nuestra relación con Dios. Agustín lo dijo de esta manera: los sacramentos son «señales visibles de la gracia invisible». Son una forma en la que Dios imparte Su gracia para fortalecernos en la fe.

Volviendo a Romanos 4, antes de la declaración de Pablo de que la circuncisión era una señal y un sello de la justicia de Abraham por fe (v. 11), el apóstol dice que Abraham «CREYÓ… A DIOS, Y LE FUE CONTADO POR JUSTICIA» (v. 3). De ahí que la circuncisión era una señal y un sello del hecho de que Dios lo declaró justo por su fe y por la fe sola. Sin embargo, Pablo luego dice que Abraham «se fortaleció en fe» (v. 20), aun luego de años de intentar tener un hijo sin éxito. Una de las razones por la que su fe se fortalecía era la señal del pacto que Dios le había dado. Su propio cuerpo continuamente testificaba y confirmaba la promesa que Dios le hizo.

Las señales de pacto también funcionan en otro sentido. Los pactos en el mundo antiguo eran acuerdos vinculantes que incluían promesas y responsabilidades de ambas partes. En los pactos bíblicos, Dios promete ser nuestro Dios. Nosotros, por nuestra parte, nos comprometemos a entregarnos totalmente a Él y obedecer Sus mandamientos. La palabra latina sacramentum a menudo se refería al juramento de lealtad que los soldados hacían a sus oficiales superiores. De la misma manera, los sacramentos nos identifican como personas que pertenecemos totalmente a Cristo. En los sacramentos, prometemos que le pertenecemos a Él totalmente y sin reservas.

Cuando oficio bodas, la novia y el novio intercambian anillos, y se dicen mutuamente: «te doy este anillo, como señal y promesa de nuestra fe constante y amor permanente». El matrimonio bíblico es un pacto (Mal 2:14). El anillo matrimonial es una señal y un sello de ese pacto. Confirma y declara el amor y el compromiso entre el novio y la novia. El anillo que uso me identifica como que pertenezco a mi esposa y confirma mi promesa de serle fiel mientras ambos vivamos.

Sin embargo, los sacramentos de Dios son más profundos y ricos que los anillos de boda. Nos fortalecen espiritualmente para ser fieles a nuestro compromiso con Dios. Nos ayudan a crecer en semejanza a Cristo y nos dirigen a una comunión más cercana con Cristo. No funcionan por sí solos, como si fuera por acto de magia. Deben ser acompañados por la Palabra y el Espíritu, y son eficaces solo cuando se combinan con la fe. No obstante, cuando se administran y se reciben de manera apropiada, son un medio importante de vitalidad y crecimiento espiritual.

El resto de este artículo se enfocará en los únicos dos sacramentos que Dios da a Su pueblo del nuevo pacto: la Cena del Señor y el bautismo. Exploraremos el significado específico de cada uno por separado y discutiremos cómo sirven como medios de gracia y fortalecimiento espiritual en nuestras vidas.

LA CENA DEL SEÑOR

Jesús instituyó la Cena del Señor en la celebración de la Pascua con Sus discípulos. La Pascua era una señal del antiguo pacto para recordar al pueblo de Dios de Su gran acto de redención al sacarlos de la esclavitud en Egipto (Ex 13:9). La cena de la Pascua incluía cordero y pan sin levadura, ambas señales apropiadas debido a su centralidad al éxodo mismo. Los Israelitas comieron pan sin levadura porque tenían que salir rápidamente. La sangre del cordero aplicada sobre los postes de las puertas de las casas alejaría el juicio que Dios iba a derramar sobre Egipto.

Asimismo, la Cena del Señor celebra el gran evento redentor de Dios en el nuevo pacto. Jesús dijo en la cena de la Pascua con Sus discípulos, «Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado» (Lc 22:19) y «esto es mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26:28). La Cena del Señor es una señal que apunta a la muerte de Cristo. Comemos y bebemos «en memoria de» Cristo (Lc 22:19).

La Cena del Señor también apunta hacia el futuro. En la Última Cena, Jesús, mirando hacia la consumación dijo: «Porque os digo que de ahora en adelante no beberé del fruto de la vid, hasta que venga el reino de Dios» (Lc 22:18). Del mismo modo, Pablo escribe con respecto a la Cena del Señor: «Porque todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor proclamáis hasta que Él venga» (1 Co 11:26). Nota aquí que la Cena del Señor «proclama». Es una palabra visible.

Sin embargo, la Cena del Señor hace algo más que hacer visible la Palabra. Involucra todos nuestros sentidos. Vemos, pero también olemos, tocamos y gustamos tanto el pan como el vino. La Cena del Señor, observada correctamente, también incluye el escuchar, cuando se realiza después de la predicación de la Palabra y la instrucción apropiada sobre el significado de los elementos. La Cena del Señor nos ayuda a comprender mejor la maravilla de la muerte de Cristo al involucrar los cinco sentidos. La Cena del Señor hace que la muerte de Cristo en la cruz sea personal. Cristo no solo murió por pecadores. Cristo murió por .

La Cena del Señor, en otras palabras, sella esta verdad en nuestros corazones. Es una confirmación física, externa, de que yo pertenezco a Cristo y de que Cristo se ha dado a Sí mismo por mí. En las bellas palabras de la primera pregunta del Catecismo de Heidelberg:

¿Cuál es tu único consuelo en la vida y en la muerte? Que yo en cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, quien con Su preciosa sangre ha hecho una satisfacción completa por todos mis pecados y me ha librado de todo el poder del diablo. Además, Él me preserva de tal forma que, sin la voluntad de mi Padre celestial, no puede caer ni un cabello de mi cabeza: sí, todas las cosas deben servir para mi salvación.

Además, en la Cena del Señor tenemos comunión espiritual con Cristo. Pablo escribe: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la participación en la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la participación en el cuerpo de Cristo?» (1 Co 10:16). La palabra griega que se traduce como «participación» es koinonia, una palabra que se refiere a la comunión íntima con otra persona. En contraste, Pablo amonesta a los corintios a que no tengan koinonia con los demonios al participar de la adoración pagana (v. 20). Cristo está espiritualmente presente en la Cena del Señor. Cuando participamos del pan y de la copa, tenemos comunión íntima con Él.

En el mundo antiguo, comer con otras personas era una expresión de intimidad. Las comidas eran también una parte importante de las ceremonias de pacto. Las partes que entraban en un pacto sellaban este acuerdo comiendo juntos. Vemos esto en Éxodo 19-24. Después de que Dios hiciera el pacto con Israel en el Sinaí, Moisés y los líderes de Israel comieron en el monte en la presencia de Dios. De hecho, el propósito de los pactos de Dios con Su pueblo es establecer una relación íntima entre Dios y ellos.

Esto es especialmente claro en el nuevo pacto. En el nuevo pacto, Dios escribe Su ley en nuestros corazones, Dios perdona nuestros pecados y Dios se da a conocer a Sí mismo de forma íntima y personal: «Porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande» (Jer 31:34). Las tres personas de la Trinidad están involucradas en esta relación íntima. Dios se acerca a nosotros en el pacto. Cristo se hizo uno con nosotros para cumplir las promesas del nuevo pacto. El Espíritu Santo mora en nosotros, haciéndonos una nueva creación y capacitándonos para cumplir las obligaciones del pacto. Dios no solo está cerca de nosotros, Él está en nosotros.

La Cena del Señor hace que nuestra relación íntima con Dios sea una realidad experiencial más grande para nosotros. Habla del corazón de nuestra relación con Dios, es decir, el amor de Dios para con nosotros y nuestro amor por Dios. En la cena, Cristo está presente, diciéndonos: «Tú eres Mi hijo amado. Yo di Mi vida por ti. Ahora te doy fortaleza para que tomes tu cruz y Me sigas».

La Cena del Señor también nos recuerda nuestra nueva identidad en el nuevo pacto. En el antiguo pacto, la Pascua se celebraba en familia. Sin embargo, Jesús comió la Pascua con Sus discípulos, indicando que ellos eran la nueva y verdadera familia de Dios. Todos los que siguen a Jesús son Sus hermanos y hermanas. La Cena del Señor es lo que algunos han llamado una «ordenanza de separación», que nos identifica como aquellos que verdadera y totalmente pertenecemos a Cristo.

De este modo, la Cena del Señor también une a todos los que pertenecen a Cristo. Pablo dijo a los corintios que, como no estaban comiendo juntos de una forma unificada, ellos no estaban celebrando realmente la Cena del Señor (1 Co 11:20). En la cena, tenemos comunión con Cristo y los unos con los otros. Por el Espíritu, la cena fortalece nuestro vínculo con Cristo y con nuestros hermanos y hermanas en Cristo.

La Cena del Señor es rica en simbolismo. Lo más importante es que nos recuerda la muerte de Cristo por nosotros al recibir sobre Sí mismo el juicio que nos correspondía. También confirma y fortalece nuestra unión con Cristo, ya que no solo recordamos sino que estamos en comunión espiritual con Cristo. En la cena, también fortalecemos nuestros vínculos con los demás. La Cena del Señor apunta hacia la «cena de las bodas del Cordero», que comeremos en presencia de Cristo con hermanos y hermanas en Cristo de toda nación, tribu y lengua. Mientras tanto, la Cena del Señor nos fortalece para vivir por Cristo como el cuerpo de Cristo, apartándonos del mundo, para el mundo.

EL BAUTISMO

De la misma manera, el bautismo es rico en simbolismo. A diferencia de la Cena del Señor, que es un evento recurrente en la iglesia, el bautismo es un evento que sucede una vez en la vida de cada persona. En este sentido, es similar a la señal de la circuncisión. Como la circuncisión, el bautismo marca nuestra entrada a la comunidad del pacto.

El simbolismo principal del bautismo es el lavamiento o la purificación. Es una señal de que en Cristo estamos limpios. Esta conexión del bautismo con la limpieza es natural porque al bañarnos usamos agua. No obstante, el bautismo apunta no a un lavamiento físico sino espiritual.

El Nuevo Testamento relaciona varias veces el bautismo con el lavamiento de los pecados. Después de la conversión de Pablo, Ananías le dice a Pablo: «Levántate y bautízate, y lava tus pecados invocando su nombre» (Hch 22:16). Luego Pedro escribe: «Y correspondiendo a esto, el bautismo ahora os salva (no quitando la suciedad de la carne, sino como una petición a Dios de una buena conciencia) mediante la resurrección de Jesucristo» (1 Pe 3:21). A simple vista, ambos pasajes parecerían decir que el bautismo lava nuestros pecados y nos salva. Pero un análisis más preciso del texto revelaría que tal interpretación es errónea. Pedro dice en la segunda mitad del versículo que la cuestión no es el agua en el cuerpo, sino la apelación a Dios porque Él ha lavado la culpa de nuestro pecado. Pablo también escribe que Cristo ha «purificado [a Su Iglesia] por el lavamiento del agua con la palabra» (Ef 5:26). Como Juan dice: «La sangre de Jesús… nos limpia de todo pecado» (1 Jn 1:7). La sangre de Jesús limpia, no el agua del bautismo. El agua del bautismo apunta hacia el lavamiento en la sangre de Cristo.

El bautismo también difiere de la Cena del Señor en que en el bautismo el receptor del mismo es pasivo. En la Cena del Señor, los participantes son activos. De manera activa, ellos comen y beben. Todos los que participan son llamados a examinarse a sí mismos para «discernir correctamente el cuerpo» (1 Co 11:28-29). Somos participantes activos en la Cena del Señor.

Por otro lado, en el caso del bautizado, él es quien recibe la acción del bautismo. El bautismo apunta a la gracia de Dios y al hecho de que la salvación es completamente de Dios. Dios nos escogió y Su Espíritu nos transforma. Incluso la fe es un regalo de Dios (Ef 2:8Flp 1:29). El bautismo dice que aquellos que pertenecen a Cristo han sido salvos por la gracia de Dios. La salvación, de principio a fin, es la obra de Dios.

En este sentido, el bautismo simboliza la entrega del Espíritu por parte de Dios a Su pueblo. Jesús se refirió a la venida del Espíritu sobre Su pueblo en Pentecostés como un bautismo. La venida del Espíritu en Hechos 2 es el cumplimiento de la profecía de Joel de que Dios «derramaría» Su Espíritu sobre toda carne: varón y hembra, judío y gentil. Asimismo, Juan el Bautista declaró que él bautizó con agua, pero que Cristo bautizaría con el Espíritu Santo y fuego.

Sin embargo, el vínculo entre el Espíritu y el bautismo es más que una conexión literaria. El Espíritu mismo es el medio del lavamiento espiritual. Pablo escribe que Dios «nos salvó, por medio del lavamiento de la regeneración y renovación por el Espíritu Santo» (Tit 3:5). Del mismo modo, en la versión de Ezequiel sobre la profecía del nuevo pacto de Jeremías, el profeta vincula el lavamiento y la habilidad para obedecer a Dios con la morada del Espíritu Santo:

Entonces os rociaré con agua limpia y quedaréis limpios; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu y haré que andéis en mis estatutos, y que cumpláis cuidadosamente mis ordenanzas (Ez 36:25-27).

EL ESPÍRITU LAVA Y FORTALECE

Adicionalmente, el bautismo nos aparta para Cristo y nos identifica con Cristo. Esto es porque Cristo se identificó con nosotros en Su propio bautismo. El bautismo de Juan el Bautista era un «bautismo de arrepentimiento para el perdón de pecados» (Mr 1:4). Jesús, el Hijo de Dios sin pecado, no había cometido pecado. Juan, de hecho, intentó evitar que Jesús fuera bautizado, diciéndole: «Yo necesito ser bautizado por ti» (Mt 3:14). Sin embargo, la misión de Jesús era identificarse con Su pueblo para tomar la culpa de su pecado sobre Sí mismo. Pablo escribe que Dios «al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él» (2 Co 5:21). Jesús fue bautizado por Juan, no porque necesitara ser lavado de pecado sino porque nosotros necesitábamos ser lavados del pecado.

En Su bautismo, Jesús fue apartado, fue designado para iniciar el ministerio al que Dios le había llamado. Jesús tenía aproximadamente treinta años cuando fue bautizado e inició Su ministerio (Lc 3:23). En el antiguo pacto los sacerdotes iniciaban su ministerio a la edad de treinta años (Nm 4:3). Eran apartados para el ministerio por medio de un rito de purificación que incluía agua (Ex 29:4Lv 8:6). Asimismo, el bautismo de Jesús lo apartó para Su ministerio sumo sacerdotal de enseñar, interceder por Sus discípulos y ofrecerse a Sí mismo como el último y único sacrificio suficiente para quitar los pecados de Su pueblo.

De manera similar, el bautismo nos distingue como aquellos que pertenecemos a Dios. Indica que tenemos una nueva identidad en Cristo. Bajo el antiguo pacto, la circuncisión separa a los Israelitas de los gentiles «incircuncisos». El bautismo nos separa del mundo y declara que pertenecemos a Cristo. Nuestro bautismo simboliza nuestra unión con Cristo, quien se hizo uno con nosotros y se identificó con nosotros en Su bautismo. El bautismo además nos aparta para servir a Cristo. Como Cristo (aunque no exactamente en la misma manera), nosotros somos «sacerdotes» (Ap 1:6), llamados a presentar cada día nuestros cuerpos como un sacrificio, vivo, santo y aceptable a Dios (Rom 12:1).

Lavamiento, consagración, identidad, iniciación: estas son características centrales al significado del bautismo. El Catecismo Mayor de Westminster nos enseña que cuando presenciamos el bautismo de otros debemos aprovechar nuestro bautismo, trayendo a la memoria el hecho de que somos uno con Cristo, lavados, separados y llamados a servirle por el poder del Espíritu Santo. El bautismo es un medio de gracia porque nos recuerda quienes somos y qué ha hecho Dios por nosotros. El bautismo no salva, pero nos apunta a la gracia de Dios y a las riquezas de Dios en Cristo.

Si bien los sacramentos son «palabras visibles», la Palabra escrita y la Palabra hablada de Dios son primordiales para la vida y la adoración cristiana. La fe viene del oír, y el oír, por la Palabra de Dios (Rom 10:17), que es el principal medio de gracia. Pablo exhorta a Timoteo a ocuparse como pastor en Éfeso a la lectura pública de la Palabra, a la enseñanza y la predicación (1 Tim 4:13). Los sacramentos, aunque son importantes, no otorgan a Cristo en sí mismos de alguna forma mística. Son complementos de la predicación de la Palabra, y nunca deben reemplazar la lectura y enseñanza de la Escritura. Los sacramentos nunca deben realizarse sin la predicación y sin una explicación apropiada de su significado. Sin embargo, cuando se utilizan de manera apropiada, los sacramentos son medios de gracia vitales para fortalecernos en nuestro caminar con el Señor.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
William B. Barcley
William B. Barcley

El Dr. William B. Barcley es el ministro principal de la Iglesia Presbiteriana Gracia Soberana en Charlotte, Carolina del Norte, profesor adjunto de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Reformado y autor del libro “El secreto del contentamiento”

El cartel indicador

Jueves 17 Febrero

Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta.

2 Timoteo 4:2

Id, y haced discípulos a todas las naciones.

Mateo 28:19

El cartel indicador

Un día de mercado, como todos los sábados por la mañana, un hombre estaba en su puesto de literatura cristiana, entre un apicultor y un vendedor de frutas y verduras. Su puesto era muy pequeño: una mesa con algunas Biblias y varios ejemplares del Nuevo Testamento. La gente pasaba… Unos saludaban discretamente y sonreían, otros caminaban rápidamente frente al puesto, o incluso miraban hacia otro lado.

Alguien se acercó y le dijo: -Señor, usted viene a este lugar con sus libros desde hace ocho años, sin importarle el tiempo que haga, pero no veo que venda mucho. ¿Funciona lo que hace?

 – Amigo, ¿usted le preguntaría a un cartel si funciona bien? ¿Cuál es la función de un cartel indicador? Es indicarnos una dirección, ¿no? ¡Pues esa es mi labor aquí! Muestro una dirección al mundo que va cada vez más rápido, que va camino a la perdición. Este libro es un Nuevo Testamento, la segunda parte de la Biblia. Las cuatro primeras partes de este Nuevo Testamento son los cuatro evangelios. Cada uno presenta la vida de Cristo. ¿Sabe cómo murió Cristo?

 – ¡Sí, fue crucificado!

 – Pues mi misión es presentarle a Cristo. Su cruz divide a la humanidad en dos grupos: los que creen que Jesús expió sus pecados en la cruz, y los que no creen y están perdidos porque no quieren aceptar el perdón de Dios. Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Tome este Nuevo Testamento y lea el relato de la crucifixión. Allí verá que el único justo murió por nosotros, los injustos.

Éxodo 1 – Hechos 2 – Salmo 23 – Proverbios 10:1-2

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La oración como medio de gracia

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Serie: Los medios ordinarios de gracia

La oración como medio de gracia
Por Christopher J. Gordon

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Los medios ordinarios de gracia

Los cristianos tenemos el gran privilegio de acercarnos con confianza al trono de la gracia y hablar con Dios. Esa comunión entre nosotros y Dios se llama oración. Que los creyentes cuenten con la atención de Dios y estén invitados a echar todas sus preocupaciones sobre el Señor porque Él tiene cuidado de ellos es la bendición más notable de todas. Sin embargo, la oración es una de las disciplinas más descuidadas por los cristianos de la actualidad. Una vez, J. C. Ryle dijo: «¡Sí, son pocos los que oran! Simplemente es una de esas cosas que se asumen como obviedades, pero rara vez se practican; algo que es deber de todos, pero que, de hecho, difícilmente alguien hace». Si esa es la misma evaluación que puede hacerse de nuestra época, ¿cuáles son las consecuencias de ese cristianismo sin oración? ¿Está la misión de la Iglesia hoy sufriendo debido a la falta de oración? ¿Están los cristianos restringidos en su vida de santidad debido a que son pocos los que están pidiendo ayuda a Dios en su santificación?

Casi en todo el mundo, la gente se queja de que sus vidas son muy ocupadas. Las familias ya no se sientan a la mesa porque deben asistir a entrenamientos deportivos, clases de música y muchas otras actividades. Tenemos las mejores comodidades modernas, pero nos abrumamos con «citas» interminables. La inquietud de nuestra época es un indicio de que nuestras prioridades están erradas. Pasamos tiempo haciendo lo que más valoramos, pero la oración no está en los primeros lugares de esa lista. Sin embargo, sí tenemos tiempo para hablar abiertamente sobre los muchos problemas que enfrenta nuestra sociedad. A las redes sociales no les faltan cristianos que usen su tiempo para expresarle al mundo su desilusión con «cómo están las cosas». Sí, vivimos en tiempos angustiantes. Los problemas son infinitos, y van desde la bancarrota moral de la sociedad hasta la decadencia espiritual de la Iglesia. Todos están hablando, pero ¿quién está llevando esas cosas al Señor en oración? Si el diagnóstico de Ryle era correcto hace un siglo y medio, ¿qué se puede decir de nuestros tiempos? ¿Hay «difícilmente alguien» que esté orando al Dios de toda liberación?

Sería difícil escribir este artículo si no tuviéramos la certeza de que el Señor nos ayudará por medio de la oración. Sin embargo, la Escritura en todas partes les asegura a los creyentes que Dios oye las oraciones de Su pueblo (p. ej., Gn 16:11Ex 2:24Sal 4:3). Lo extraordinario de la oración es que Dios desea darnos Su gracia y Su Espíritu Santo cuando dependemos de Él a través de ese medio. La oración es un medio de gracia a través del cual el Espíritu opera en nuestras vidas. Y como Dios nos prometió un oído atento, la oración debería ser una de las principales prioridades de la vida cristiana. El cristiano que no ora es un cristiano sin poder. Por esta razón, cada generación necesita que la desafíen a hacer de la oración una prioridad en sus vidas.

TODOS LOS CRISTIANOS ESTÁN LLAMADOS A ORAR

Cuando hablamos de los medios de gracia, es importante distinguir entre los medios de gracia más restringidos que Dios nos da en Su Palabra y Sus sacramentos, y el medio de gracia más amplio que nos da mediante la oración. Esta distinción es importante para que tengamos en perspectiva que la oración es nuestra respuesta ante la gracia que recibimos en la Palabra de Dios. Sin embargo, esto no mitiga el llamado a que los cristianos oren, pues Dios da Su gracia a los que oran. Cuando los discípulos acudieron a Jesús para pedirle que les enseñara a orar, Jesús respondió diciendo: «Cuando oréis…». El Señor indicó que la oración sería una disciplina normal de la vida cristiana. Lo que necesitan los cristianos de hoy es recuperar la convicción y la motivación para orar.

Las Escrituras nos llaman a orar por muchas razones distintas. En 2 Corintios 12:7-10, Pablo alentó a los cristianos en Corinto a orar usando su propia vida como ejemplo de sufrimiento. A Pablo le fue dada una «espina» en la carne, que provocaba sufrimiento en su vida. No se nos dice qué era la espina, pero Pablo quería que los corintios consideraran su dependencia del Señor. Una espina puede ser cualquier cosa que nos quite la fuerza humana: un cáncer, el conflicto, el dolor, una pérdida… todo eso y más. Aunque Pablo le rogó a Jesús tres veces que lo librara, Él le respondió: «Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad» (v. 9). Sí, Pablo recibió gracia real del Señor a través de la oración. En su debilidad, la gracia de Cristo reposaba sobre él, y él recibía fuerza.

La oración también es un medio para conformarnos a la imagen de Cristo y edificar a Su pueblo como servidores de Jesús. La presencia continua del pecado en la vida del creyente combate contra este propósito. Esa es la razón por la que la oración es tan necesaria para la santificación del cristiano. De seguro habrá algún lector que en este momento está desanimado y luchando profundamente con su pecado personal. Esta puede ser una de las experiencias más confusas para el cristiano. Si el poder de la resurrección de Cristo está en nosotros, ¿por qué somos derrotados con tanta frecuencia por el pecado remanente en nuestras vidas? Esa es la lucha que Pablo describe en Romanos 7.

Sin embargo, en Romanos 8 Pablo nos recuerda que los cristianos, como hijos adoptados, tenemos el privilegio de clamar «¡Abba, Padre!». Cuando lo hacemos, se nos promete la ayuda del Espíritu Santo, que (1) hace morir el pecado en nuestras vidas (v. 13), (2) «da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios» (v. 16) y (3) nos ayuda en nuestra debilidad al interceder por nosotros en oración (vv. 26-27). Estas promesas maravillosas concluyen con una garantía del propósito predestinador de Dios, que es conformarnos a la imagen de Cristo (v. 29). Estas son ayudas extraordinarias que nos da el Padre celestial mediante la obra del Espíritu Santo cuando dependemos de Él en oración.

El hecho de que los beneficios de la gracia y el Espíritu Santo nos sean dados realmente a través de la oración es la razón por la que el Catecismo de Heidelberg, que divide sus preguntas en un plan de 52 domingos para guiar a los pastores que quieren predicar el catecismo a lo largo de un año, dedica las meditaciones de todo un domingo para animar a los cristianos a orar:

¿Por qué los cristianos necesitan la oración? Porque es la parte principal de la gratitud que Dios requiere de nosotros; también, porque Dios solo les dará Su gracia y Su Espíritu Santo a los que, con deseo sincero, se los piden continuamente, dándole gracias (Catecismo de Heidelberg, pregunta 116).

En nuestra lucha con el pecado, Dios nos invita a acudir a Él en oración y responde dándonos Su Espíritu, que activamente nos está santificando. La oración es el canal principal por el que el Señor obra esta conformidad, de modo que empecemos a parecernos cada vez más a Jesús.

RECOBRANDO LA ORACIÓN PASTORAL

Si bien la oración privada es necesaria para la santificación en la vida cristiana, hay otro modo de oración que Dios ha dado para ayudar a los cristianos. Jesús se refirió específicamente a la casa de Su Padre como una casa de oración. Una de las mayores tragedias del cristianismo estadounidense es la muerte de la oración pastoral: la oración que hace el ministro en nombre del pueblo durante el culto en el día del Señor. Por cientos de años, las iglesias protestantes hicieron de la oración colectiva un elemento esencial del culto de adoración. Hoy, esa oración ha sido reemplazada por más tiempo dedicado a la música. Poca es la atención que se le da a la oración en la adoración colectiva.

Hay un provecho espiritual que el pueblo de Dios recibe cuando se reúne a adorar colectivamente, que no recibe en ningún otro lugar. El Señor ha prometido reunirse con Su pueblo de una forma especial. Es por eso que la oración es un elemento importante de la adoración colectiva. Así como la lectura bíblica personal no reemplaza la recepción de ese medio de gracia en la Palabra de Dios predicada, la oración personal tampoco reemplaza la bendición de la oración colectiva dominical. Cuando el pastor ora, está hablando en nombre del pueblo como embajador de Cristo. Con una sola voz, los corazones del pueblo se unen mientras sus oraciones ascienden al salón real de Dios.

Yo pienso que la oración pastoral es una gran bendición. Si Ryle tiene razón al decir que son pocos los que oran diariamente, piensa en la ayuda que Dios nos da cuando nos reunimos para orar. En la adoración pública, nos apartamos de los ajetreos de la vida y unimos nuestros corazones en oración mientras nos guía el siervo designado por Dios. El pastor nos dirige elevando alabanzas apropiadas, confesando los pecados, pidiendo por el avance del Reino de Dios, dando gracias por las buenas dádivas del Señor y rogando por las necesidades específicas de la iglesia. Dios está presto a escuchar las oraciones que hace Su pueblo a través de Su siervo. La oración colectiva es una de las bendiciones más edificantes de la adoración. Si nuestras iglesias quieren tener una mayor eficacia en el ministerio del evangelio, deben darle un lugar prominente a la oración pastoral.

La oración es uno de los mayores privilegios que Dios les ha dado a los creyentes en Cristo Jesús. La oración es un medio para que goces de tu Dios, que es para lo que fuiste creado. Quizás no oramos como debiéramos porque no hemos aprendido a gozar de Dios en la oración como debiéramos. Habla con tu Dios; Él desea que goces de esa comunión: «Echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros» (1 Pe 5:7). El Señor escucha tus oraciones, y eso es más certero que lo mucho que desees obtener aquello por lo que oras (Catecismo de Heidelberg, pregunta 129). ¡Qué Dios tan misericordioso es el que se te ofrece en el evangelio de Su Hijo! Cualquiera que sea tu alabanza, cualquiera que sea tu carga, llévala al Señor en oración y espera en Él, pues Él es el Señor nuestro Dios que recibe nuestra oración (Sal 6:9).


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Christopher J. Gordon
Christopher J. Gordon

El Rev. Christopher J Gordon es pastor de predicación en Escondido United Reformed Church en Escondido, California.

Diferentes reacciones ante la disciplina

Miércoles 16 Febrero

Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él… Ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.

Hebreos 12:511

Diferentes reacciones ante la disciplina

La palabra disciplina hace referencia a la educación, a los cuidados formadores de los padres hacia sus hijos. Si Dios nos disciplina es precisamente porque somos sus hijos. Para ayudarnos a crecer en la fe, él nos hace pasar por diferentes situaciones, que a veces pueden ser difíciles. ¿Cómo reaccionamos?

Hay tres reacciones posibles ante la disciplina:

 – Despreciarla, es decir, no darle importancia y pensar que lo que sucedió fue debido al azar. Entonces no aprovechamos esta disciplina, aunque nos haga sufrir. Es como si no tomásemos posesión de algo que pagamos caro.

 – Desanimarnos: en lugar de ver que Dios desea actuar en nosotros, empezamos a dudar de su amor. Pero Dios no permite una prueba que esté por encima de nuestras fuerzas (1 Corintios 10:13). Si los padres terrenales sensatos saben cómo disciplinar a sus hijos, nuestro Padre celestial sabe hacerlo mucho mejor (Hebreos 12:9-10).

 – Aceptar la prueba es la buena reacción; así la disciplina puede sernos útil. Entonces escucharemos más al Señor. Por medio de ella, muy a menudo, Dios prueba nuestra confianza en él, para afirmarla. También quiere ayudarnos a identificar nuestras faltas, nuestros pasos en falso y su origen. Dejemos que Dios nos pruebe (Salmo 139:23) y nos purifique. Así descubriremos que la disciplina de Dios “da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados”.

Génesis 50 – Hechos 1 – Salmo 22:25-31 – Proverbios 9:13-18

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

6 – El Gato y El Ratón

Sabiduría para el Corazón

Serie: Vida de David (1 y 2 Samuel)

ESTUDIO DE LA VIDA DEL REY DAVID

6 – El Gato y El Ratón

Stephen Davey

Sabiduría para el Corazón

Sabiduría para el Corazón comenzó en 2007 como una extensión del ministerio de enseñanza de Stephen Davey a su congregación, la Iglesia Bautista Colonial, ubicada en Carolina del Norte, EEUU. Desde entonces, el ministerio ha crecido, y hoy por hoy es un ministerio internacional, transmitido a través de todo el mundo vía radio e internet en seis idiomas: Inglés, Español, Portugués, Árabe, Chino Mandarín, y Swahili.

Sabiduría para el Corazón es el ministerio internacional de enseñanza bíblica del Pastor Stephen Davey, traducido y adaptado al español por Daniel Kukin.

Por la gracia de Dios esperamos proveer contenido bíblico y confiable en más idiomas y alcanzar al mundo con el mensaje de la Palabra de Dios.

La conversión de Hudson Taylor

Martes 15 Febrero

(Ana, la madre de Samuel, dijo:) Por este niño oraba, y el Señor me dio lo que le pedí. Yo, pues, lo dedico también al Señor; todos los días que viva, será del Señor.

1 Samuel 1:27-28

La conversión de Hudson Taylor

Hudson Taylor, misionero en China, contó lo siguiente: “Un día que nunca lo olvidaré, cuando tenía quince años y mi madre estaba a 130 km del lugar donde yo me encontraba, empecé a buscar en la biblioteca… un libro para pasar el tiempo… Escogí un tratado de evangelización porque pensaba que tendría una historia interesante y una moraleja. Leeré la historia, me dije, y dejaré la moraleja… Me senté y empecé la lectura, indiferente a toda idea religiosa…

No tenía idea de lo que sucedía en ese mismo momento en el corazón de mi madre. Esa misma tarde dejó la mesa del comedor con un deseo intenso de que su hijo se convirtiera al Señor. Fue a su habitación, cerró la puerta con llave, y decidió no salir hasta que su oración fuese respondida. Hora tras hora intercedió por mí hasta que al fin… el Espíritu Santo le dio la seguridad de que la conversión de su único hijo se había producido.

Durante ese tiempo yo estaba ocupado en leer mi tratado. Pronto me sorprendió una expresión: “la obra cumplida de Cristo”… Si la obra… estaba cumplida… ¿qué me quedaba por hacer?… Al instante la luz resplandeció en mi corazón por el Espíritu Santo, y recibí la gozosa convicción de que ya no tenía que hacer nada, sino caer de rodillas y aceptar a ese Salvador y su amor, y alabar a Dios para siempre. Mientras mi madre daba gracias a Dios, yo hacía lo mismo en la biblioteca a donde me había retirado para leer mi tratado”.

Génesis 49 – Mateo 28 – Salmo 22:22-24 – Proverbios 9:10-12

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

La Biblia habla de usted y de mí (2)

Lunes 14 Febrero

Alégrate con la mujer de tu juventud… Y en su amor recréate siempre.

Proverbios 5:18-19

Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud. Porque el Señor… aborrece el repudio.

Malaquías 2:1516

La Biblia habla de usted y de mí (2)

En general, el sueño de toda persona es encontrar el gran amor y conservarlo. La Biblia, de manera ilustrada, consagra todo un libro a este tema: El Cantar de los Cantares, escrito por Salomón.

¿Es una utopía buscar un amor que no sea pasajero, sino que dure toda la vida? ¿Un amor que crezca y madure con los años en la vida de pareja?

Esta visión del amor entre un hombre y una mujer es la visión bíblica del matrimonio. ¡Y la Biblia afirma que es posible! No queremos causar pena a quienes no lo han experimentado, sino justificar a Dios quien creó ese vínculo del matrimonio para la verdadera felicidad de la pareja. El amor del que habla la Biblia nunca induce a la infidelidad, cuyo resultado es tristeza y desdicha. El amor conyugal no solo se basa en los sentimientos. Debemos contar con Dios, quien instituyó el matrimonio para el bien de sus criaturas. Si esperamos en él, Dios renovará y cultivará ese amor. Dicho de otro modo, orémosle con confianza y leamos juntos su Palabra.

Cristo nos amó hasta el punto de dar su vida por nosotros. Cada marido es invitado a hacer lo mismo con su esposa: amarla como a sí mismo (Efesios 5:25-29). Esforcémonos, sea cual fuere nuestra situación actual, en tomar la Biblia al pie de la letra y volver a sus enseñanzas, confiados en Dios para que nos ayude.

(continuará el próximo lunes)

Génesis 48 – Mateo 27:32-66 – Salmo 22:16-21 – Proverbios 9:7-9

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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¿Qué es un medio de gracia?

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: Los medios ordinarios de gracia

¿Qué es un medio de gracia?
Por Nicholas T. Batzig

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Los medios ordinarios de gracia

n pequeño análisis de los cincuenta libros cristianos más vendidos revela cuáles son los temas de mayor y menor interés para la mayoría de quienes profesan ser cristianos. Los libros que predominan en la lista tienen que ver con propósito, las finanzas, la personalidad, la autoestima, los lenguajes del amor y los límites relacionales. Lamentablemente, los libros sobre el Dios triuno, Cristo, el pecado, el evangelio, la Escritura, la predicación, los sacramentos, la oración, la disciplina eclesiástica y la iglesia local brillan por su ausencia. Ya que Jesucristo y Su obra salvadora son el fundamento de nuestra fe (1 Co 2:23:11), lo que más debería preocuparnos es saber cómo crecer en la gracia y el conocimiento de Cristo (2 Pe 3:18). Nuestro crecimiento en la gracia de Cristo será proporcional a nuestro uso de los medios ordenados por Dios. Los teólogos se refieren a ellos como los «medios de gracia» (media gratia).

Los medios de gracia son los instrumentos ordenados por Dios que el Espíritu Santo usa a fin de capacitar a los creyentes para recibir a Cristo y los beneficios de la redención. Aunque Él pudo haber decidido revelarle a Cristo de forma inmediata a Su pueblo, Dios determinó hacerlo a través de ciertos medios. Designó la Palabra, los sacramentos y la oración como los medios principales que Él usa para comunicar a Cristo y Sus beneficios a los creyentes.

Jesús enseña que las Escrituras son el medio de salvación principal e indispensable (Lc 16:3124:2744-45). La predicación de la Palabra de Dios era central en el ministerio de los apóstoles (Hch 2:22414:45:206:712:2415:7323616:1419:2020:32). Pablo explica en Romanos 10:17: «La fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo». Los apóstoles le dieron suma importancia a la Palabra de Dios como el medio de la salvación y la santificación de los creyentes (Col 3:16Heb 5:14Stg 1:1821251 Pe 2:2).

La Escritura también enseña que Dios instituyó los sacramentos como medios de gracia. Pablo vincula el bautismo con la gracia de la salvación cuando escribe: «[Dios] nos salvó… por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo» (Tit 3:5). Habla de la «copa de bendición» (1 Co 10:16) cuando se refiere a la Cena del Señor. La gracia salvadora de Cristo es comunicada espiritualmente a los creyentes cuando ellos participan de la Cena por fe. Por el contrario, los que participan «indignamente» (es decir, en incredulidad) pueden ser objetos del juicio de Dios (11:27-32).

La oración también es un medio de gracia según la Escritura. Dios ha prometido redimir a todos los que lo invocan en verdad. El día de Pentecostés, Pedro afirmó: «Y SUCEDERÁ QUE TODO AQUEL QUE INVOQUE EL NOMBRE DEL SEÑOR SERÁ SALVO» (Hch 2:21).

Encontramos una definición histórica útil de los medios de gracia en el Catecismo Menor de Westminster, donde leemos: «Los medios externos y ordinarios por los cuales Cristo nos comunica los beneficios de la redención son, Sus ordenanzas, y especialmente la Palabra, los sacramentos y la oración; todos los cuales son hechos eficaces para aquellos que han sido elegidos para la salvación» (Catecismo Menor de Westminster, pregunta 88).

¿Cómo es que los medios de gracia son hechos eficaces? ¿Cómo operan? No operan por sí mismos (ex opere operato), como insiste la Iglesia católica romana. Más bien, operan a través del Espíritu de Dios en el corazón de los elegidos por medio de la fe. Como lo explica la pregunta 91 del Catecismo Menor de Westminster:

Los sacramentos llegan a ser medios eficaces de salvación, no porque haya alguna virtud en ellos, o en el que los administra; sino solamente por la bendición de Cristo, y la obra de Su Espíritu en los que por fe los reciben.

Sin embargo, los miembros de la asamblea de Westminster no creían que todos los medios de gracia son igualmente eficaces: «El Espíritu de Dios hace que la lectura, y, más especialmente, la predicación de la Palabra, sean medios eficaces de convencer y de convertir a los pecadores, y de edificarlos en santidad y consuelo, por medio de la fe, para la salvación» (Catecismo Menor de Westminster, pregunta 89). El teólogo reformado Geerhardus Vos dio un motivo para priorizar la Palabra por sobre los sacramentos cuando escribió:

De ser necesario, podemos pensar en la Palabra como un medio de gracia sin los sacramentos, pero es imposible pensar en los sacramentos como medios de gracia sin la Palabra. Los sacramentos dependen de la Escritura, y la verdad de la Escritura habla en ellos y a través de ellos.

De igual forma, la oración se transforma en un medio de gracia solo cuando está moldeada por la verdad de la Escritura. El Espíritu Santo toma la Palabra y permite que los creyentes oren en armonía con la voluntad de Dios.

Si vamos a crecer en la gracia, debemos reconocer que Dios ha instituido ciertos medios para ese crecimiento. Debemos acercarnos a esos medios con ávida expectación y una confianza como de niño en Aquel que les añade Su bendición. Además, debemos reposar contentos en el uso correcto de esos medios, sabiendo que Dios ha prometido bendecirlos cuando los usamos con corazones de arrepentimiento y fe.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Nicholas T. Batzig
Nicholas T. Batzig

El Rev. Nicholas T. Batzig es editor asociado de Ligonier Ministries. Escribe en su blog Feeding on Christ.

El comienzo de una nueva vida (2)

Iglesia Bautista Ozama

SERIE: Evidencias de un verdadero arrepentimiento

El comienzo de una nueva vida (2)

Otto Sánchez

Rolando Otoniel (Otto) Sánchez Pérez, nació el 24 de febrero del año 1966 en la ciudad de Santo Domingo. Viene de un hogar cristiano y conoció la gracia de Jesucristo en su adolescencia.

Es pastor de la Iglesia Bautista Ozama desde el año 1992. Sus primeros estudios universitarios fueron en el área de Publicidad. Realizó estudios ministeriales en el Seminario Teológico Bautista Dominicano. Tiene una Maestría en Teología del Southern Baptist School for Theological Studies.

El pastor Otto está dirigiendo el STBD (Seminario Teológico Bautista Dominicano) desde enero del 2008. Está casado con Susana Almanzar y tienen dos niñas, Elizabeth Marie y Alicia.

http://www.ibozama.org

13 – Cristo regresará y la maldad se detendrá

Iglesia Bautista Internacional

Serie: Él es, el Cristo que predicamos

13 – Cristo regresará y la maldad se detendrá

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puede encontrarlo en Twitter.

Una producción de Ministerios Integridad & Sabiduría