– “La heredad de un hombre rico había producido mucho”.
Quizá disfrutemos de la prosperidad material. Podemos, por supuesto, atribuirla a nuestras capacidades y a nuestros esfuerzos, pero no olvidemos que también está ligada a la bondad de Dios.
– “Él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos?… derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes”.
En lugar de dar gracias a Dios por su bondad, hizo proyectos para desarrollar sus negocios. ¡Su materialismo le hizo olvidar lo principal!
– “Diré a mi alma… muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate”.
El único objetivo de su vida era disfrutar de todo lo que sus riquezas podían ofrecerle. Pensaba vivir aún mucho tiempo, pero olvidaba que el futuro no le pertenecía.
– “Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?”. ¡Necio! Esta es la apreciación de Dios. Su vida, exitosa materialmente, era un fracaso. Su locura materialista le impidió crear una relación vital con Dios.
Jesús concluyó: “Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios”. Vayamos a él para conocer “la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Corintios 8:9).
Mira nuestro video Lee la Biblia sobre el libro de Filemón, que desglosa el diseño literario del libro y su línea de pensamiento. En esta carta, Pablo ayuda a su amigo Filemón a reconciliarse con su escapado y antiguo esclavo Onésimo, mostrándole que ambos son iguales gracias a Jesús.
La nieve había caído por montones, aislando la casa del mundo exterior. La madre había enviado a sus dos hijos al pueblo, ubicado a varios kilómetros, a comprar lo necesario para comer. En la vía principal, limpiada por la máquina quitanieves, un camión se detuvo y el conductor ofreció a los niños llevarlos hasta el pueblo. Al dejarlos, les dijo:
– Si dentro de veinte minutos están en este cruce, los llevaré de regreso, pues tengo que volver a pasar por aquí.
Después de hacer las compras los niños se dirigieron al lugar señalado, pero al pasar cerca de una sala de reuniones cristianas, escucharon cantar himnos.
– Es una reunión, entremos, dijo el mayor.
– Sí, pero vamos a perder el camión.
– Pues oremos para que otra persona nos lleve de regreso.
Y allí, en la nieve, los niños oraron en voz alta; luego fueron a la reunión. Al salir pasaron por el cruce señalado y, de repente, un camión, el mismo camión, se detuvo.
– Disculpen, niños, tuve un contratiempo de una hora, dijo el chófer; y los llevó cerca a su casa.
No dudemos en orar al Señor Jesús cuando tenemos una dificultad. Él sabe qué necesitamos, en los mínimos detalles, y sus recursos son inmensos. Confiemos en él, pues nos ama, y a menudo responde más allá de lo que nos atrevemos a pedirle.
“Ciertamente ninguno de cuantos esperan en ti será confundido” (Salmo 25:3).
“Gustad, y ved que es bueno el Señor; dichoso el hombre que confía en él” (Salmo 34:8).
La generación… demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre (Jesús) en el corazón de la tierra tres días y tres noches.
Durante su vida en la tierra, Jesús, el Hijo de Dios, fue visto con desconfianza y desprecio por los hombres religiosos de la época que querían ponerlo a prueba. Le pedían una señal evidente, un milagro que probase que él era realmente el enviado de Dios. Pero en el fondo, ellos no estaban dispuestos a creer, ni siquiera lo que veían.
La prueba es que no creyeron al mayor milagro que existió: la señal de Jonás, es decir, la resurrección de Jesús el tercer día después de su muerte. Sin embargo, él la había anunciado. Ellos tomaron precauciones para tratar de impedirla (Mateo 27:63-66). Pero ni la piedra colocada y sellada en la entrada de la tumba, ni la guardia situada alrededor, pudieron impedir que Cristo resucitase. Puestos ante semejante evidencia, los jefes religiosos rehusaron admitirlo y sobornaron a los soldados para que dijesen que los discípulos habían venido durante la noche y habían robado el cuerpo de Jesús (Mateo 28:11-15).
Estos hechos demuestran que los milagros no tienen el poder para convencer a un hombre; solo la Palabra de Dios puede hacerlo. ¡La fe no descansa en las cosas visibles, por extraordinarias que sean! Además Jesús, quien “sabía lo que había en el hombre”, no se fiaba de los que lo seguían solo porque habían visto sus milagros (Juan 2:23-25).
“La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). “Bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29).
¡Señor Jesús yo peco! Hazme que nunca deje de entristecerme por causa de eso, a nunca estar satisfecho conmigo mismo, a nunca imaginar que pueda llegar a un punto de perfección. Mata mi envidia, gobierna mi lengua, esculpe mi yo. Dame la Gracia de ser santo, bondadoso, gentil, puro, pacífico, a vivir para Ti y no para mí mismo, a imitar Tus palabras, actos, espíritu, a ser transformado a Tu semejanza, a ser consagrado totalmente a Ti, a vivir enteramente para Tu gloria. Líbrame del apego a las cosas impuras, de asociaciones erradas, del predominio de pasiones malas, de la adulación del pecado tan pronto como el surja; Que con auto-aborrecimiento, profunda contrición, y sincero corazón yo me acerque a Ti, me lance en Ti, confíe en Ti, clame a Ti, para ser libertado por Ti. Oh Dios, todo Eterno, ayúdame a comprender que todas las cosas son sombras, mas Tú eres la sustancia, que todas las cosas son arenas movedizas, mas Tú eres la roca, que todas las cosas están cambiando, mas Tú eres el ancla, que todas las cosas son ignorancia, más Tú eres sabiduría. Si mi vida debe ser un crisol en medio de fuego ardiente, que así sea, mas siéntate a la boca del horno para ver el metal de modo que nada se pierda. Si yo peco voluntariamente, gravemente, y angustiadamente, en gracia quita mi tristeza y concédeme canción; quítame mi suciedad y vísteme con belleza; silencia mis suspiros y llena mi boca de cántico, entonces concédeme tiempo de verano como un Cristiano.
Estaba con unos amigos estudiantes en una reunión cristiana en Francia. El predicador se levantó y leyó el versículo arriba citado. Luego nos miró y preguntó: “¿Cuáles son los dos males de los que habla este texto?”.
Sorprendido, volví a leer el texto, porque realmente nunca había tratado de comprenderlo. El primer “mal” es abandonar al Señor, y el segundo es buscar fervientemente otros medios para llenar nuestra vida.
En este texto del profeta Jeremías, Dios se dirige a Israel, su pueblo terrenal. Sin embargo, este llamado también nos concierne a nosotros, que pertenecemos al conjunto de los cristianos, su pueblo actual en la tierra. No solo corremos el riesgo de abandonar la enseñanza bíblica y ser influenciados por las corrientes cada vez más inmorales de la sociedad que nos rodea, sino que también podemos buscar otras fuentes de refrigerio en las distracciones del mundo. Dios nos advierte: son “cisternas rotas”, depósitos perforados que no pueden retener el agua.
Jóvenes, casados o solteros, no abandonen la “fuente de agua viva”, no se aparten del Señor. Ustedes hacen esfuerzos para tener un trabajo, y es necesario. ¡Pero no olviden lo principal! Solo con Jesús podrán construir una felicidad duradera.
Aquella noche, al regresar a mi habitación, anoté en mi cuaderno personal: beberé de la fuente de agua viva.
“Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva” (Juan 4:10).
La Biblia dice que la oración de fe sanará al enfermo, y que todo lo que pidamos al Padre en el nombre de Jesús, nos será dado. Pero, ¿cómo debemos orar por los enfermos? ¿Cómo debemos entender estos pasajes y cómo se aplican a la vida cristiana hoy? De eso es lo que hablaremos en este episodio, con nuestro invitado especial, el pastor Miguel Núñez.
José«Pepe» Mendoza es el Director Editorial en Coalición por el Evangelio. Sirvió como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú. Es profesor en el Instituto Integridad & Sabiduría, colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary, y también trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y tienen una hija, Adriana. Puedes seguirlo en twitter.
Fabio Rossi sirve como Director Ejecutivo en Coalición por el Evangelio, estando a cargo de la administración general del equipo de trabajo, liderando todas nuestras iniciativas y supervisando el funcionamiento de nuestras diferentes plataformas. También sirve como Anciano Pastor en la Iglesia Centro Bíblico El Camino, en la Ciudad de Guatemala, donde vive junto a su esposa Carol, y sus dos hijos.