Viviendo como una iglesia – Clase 9: La disciplina en la iglesia

Viviendo como una iglesia

Por Capitol Hill Baptist Church (CHBC)

Clase 9: La disciplina en la iglesia

  1. Introducción
    El tema central que recorre esta clase es la tensión que existe entre el gran propósito de Dios para la iglesia —que nosotros seamos la manifestación de su gloria en la tierra— y nuestro pecado. Gran parte de lo que hemos discutido ha sido cómo pueden los cristianos propensos al pecado glorificar a Dios por medio de su amor y unidad juntos. Pero hay veces en las que el pecado ataca a nuestra iglesia y quienes caen en él no se arrepienten. Esos son tiempos difíciles para la unidad de la iglesia.

Podríamos escoger ignorar el pecado, y amenazar el llamado distintivo de la iglesia de Cristo. Por otro lado, podríamos actuar con dureza como fariseos, destruyendo nuestra unidad. Afortunadamente, la Biblia ha arrojado la sabiduría que a nosotros nos falta en relación con este tema. Nos referimos al enfoque de la Biblia como la disciplina en la iglesia, una respuesta bíblica al pecado impenitente. Y, lejos de las percepciones de los juicios de brujas y de las cartas rojas, la disciplina es algo inherentemente positivo: se ordena en la Escritura por nuestro bien. Significa que cuidamos los unos de los otros al hablar la verdad en amor acerca de nuestro pecado. Significa que protegemos a la iglesia del pecado impenitente grave que no honra a Cristo. Trágicamente, el mundo a menudo puede burlarse del comportamiento de la iglesia. «¡Él es un líder en la iglesia, pero es peor que nosotros!». La disciplina es la herramienta normal de Dios para preservar la reputación de Cristo en su iglesia al aclarar que Cristo no aprueba tal pecado.

El modelo para la disciplina en la iglesia es la disciplina que nuestro amoroso Padre celestial ejerce al lidiar con nosotros. El libro de Hebreo nos dice: «Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo» (Hebreos 12:6). La meta de la disciplina es la justicia. «Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados» (Hebreos 12:11).

El día de hoy, consideraremos cómo la Biblia nos enseña a practicar la disciplina en la iglesia, y hacer esto bien fortalece la unidad en la congregación y protege la reputación de Cristo. También hablaremos acerca de cómo nosotros, como miembros, tenemos la responsabilidad de estar involucrados en el proceso de disciplina.

No obstante, antes de seguir avanzando, necesitamos algo de claridad en cuanto a ciertos conceptos.

  1. Dos clases de disciplina
    En realidad existen dos tipos de disciplina: la disciplina formativa y la disciplina correctiva. Por lo general, cuando hablamos de «la disciplina en la iglesia» nos referimos a la segunda. Pero la primera es mucho más común.

Por tanto, veamos primero la «disciplina formativa». Consiste en guiar a las personas hacia la madurez en Cristo a través de la instrucción y la enseñanza positiva. Por ejemplo, cuando se predica la Palabra y somos confrontados, o cuando nos alentamos unos a otros, esa es la disciplina formativa (cf. Efesios 4:11-12; Hebreos 10:24-25; Colosenses 3:16). La disciplina formativa es importante porque Dios la usa para prevenir el pecado que necesitaría de la disciplina correctiva.

Por otro lado, la «disciplina correctiva» consiste en corregir el pecado en la vida de un creyente. Desde confrontarnos mutuamente hasta la excomulgación formal. Es donde tenemos que decir: «Hey, Tom, creo que estabas equivocado al decir eso». O incluso, finalmente, según la enseñanza de Jesús: «María, sé que dices ser cristiana, pero debemos tratarte como a un no cristiano, porque no dejas de mentir». Esa es la disciplina correctiva.

  1. El propósito de la disciplina correctiva
    Hoy nos centraremos en la segunda de estas clases de disciplina, la disciplina correctiva. ¿Por qué la ejercemos? Principalmente porque la Biblia nos dice que lo hagamos. Pero también nos da algunas metas específicas al hacerlo.

Primero, el bien de la persona disciplinada. La disciplina es amorosa porque nos advierte y corrige nuestro pecado, y nos beneficiamos de eso. Y para la persona que vive en pecado impenitente, deja en claro que sus acciones no respaldan una profesión de fe en Cristo.

Segundo, el bien de los demás cristianos que ven la grave naturaleza del pecado y sus consecuencias.

Tercero, la salud de la iglesia como un todo. Da un alto al pecado que podría causar discordia y conflicto, o confusión para cristianos menos maduros acerca de lo que significa seguir a Jesús.

Cuarto, el testimonio corporativo de la iglesia. La disciplina en la iglesia protege nuestro testimonio corporativo ante un mundo que nos observa. Las personas se dan cuenta de que existe una comunidad de creyentes cuyas vidas son diferentes a las del mundo. Ellos pueden fácilmente desacreditar nuestro mensaje cuando nuestro comportamiento es igual al de la gente que nos rodea.

Todo en contribución a la meta principal de la disciplina en la iglesia: dar a conocer la excelencia de nuestro Redentor.

  1. ¿Cómo ejercemos la disciplina correctiva en la iglesia?
    Pasaremos el resto de nuestro tiempo hablando acerca de cómo podemos ejercer la disciplina correctiva en la iglesia por nuestro bien y para la gloria de Dios. Para ello, abordaremos las preguntas que verás en tu folleto.

A. ¿Qué pasa si alguien peca contra ti?
Entonces, ¿qué haces si un creyente peca contra ti? ¿Cómo deberías reaccionar? ¿Le dices por qué estás enojado, y luego le das el trato de la indiferencia? Veamos qué dice Jesús.

Mateo 18:15-17:

«Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia.; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano».

Paso #1: Ve con el ofensor
Primero deberíamos ir y hablar con quien que pecó contra nosotros (llamaré esa persona el ofensor). Si se niega a escuchar, debemos llevar con nosotros a una o dos personas más. Si continúa rehusándose, debemos comunicarlo a la iglesia, la cual debe expulsarlo si se niega a arrepentirse.

Considerando esto más detalladamente, hablemos acerca del primer paso. En la mayoría de los casos, esa primera conversación resolverá el problema. La persona se arrepentirá o te darás cuenta de que estabas equivocado. ¿Cómo podemos prepararnos para una conversación como esa?

Primero, ora por esa persona. Ora para que Dios le ayude a crecer espiritualmente; para que desee conocer más a Dios. Esto suavizará tu corazón hacia él o ella en preparación para su plática.

Segundo, asegúrate de tener una buena razón para ir al ofensor. Algunos pecados son objetivos. «¡Él me golpeó!». Otros no tanto. «¡Se ha comportado soberbiamente!». Podemos hablar con otro creyente acerca de cualquiera de estas categorías. Pero mientras menos objetivo sea un pecado, más necesitaremos estar listos para explicar nuestra preocupación, pero luego soltar el problema si la persona no está de acuerdo. No te apresures en decir: «¡Eres soberbio! Arrepiéntete o lo diré a la iglesia». En cambio, podrías intentar decir: «Hermano, considerando las palabras que estás escogiendo, realmente temo que estés hablando con soberbia. ¿Crees que eso podría ser cierto?».

Tercero, examina tu corazón para asegurarte de que tus motivos sean los correctos; asegúrate de no ir al ofensor enojado, con deseo de venganza, con aires de superioridad o alguna otra actitud pecaminosa (cf. Romanos 12:19). Asegúrate de que tu deseo sea la reconciliación de la relación por el bien del ofensor, por tu bien y para la gloria de Dios. Como dice Jesús, confiesa tu pecado. Y entonces podrás ver más claramente el pecado de tu hermano (Mateo 7:5).

Cuarto, ten mucho cuidado al hablar con otras personas acerca del pecado del ofensor. Aquí vemos que Jesús va a hablar con él. No con su mejor amigo, o con su esposa. Habla con él. Está bien pedir a otros que te aconsejen acerca de cómo tener esa conversación si tienes que hacerlo. Pero ten mucho cuidado y no permitas que la conversación se convierta en un chisme. Y recuerda que, incluso cuando necesites el consejo de otra persona, casi siempre puedes obtener su consejo sin mencionar el nombre del ofensor.

Finalmente, cuando hables con el ofensor, recuerda actuar y hablar con un espíritu de gentileza, humildad y amor. La respuesta amable calma el enojo, pero la agresiva echa leña al fuego.

Todas estas cosas harán que el paso de acercarse al ofensor sea más efectivo, y preserva y protege la unidad de la iglesia al evitar obstáculos tales como el orgullo y las habladurías.

Ahora, antes de pasar al siguiente paso en Mateo 18, permíteme establecer dos puntos extra acerca de este primer paso en Mateo.

Primero, podrías preguntarte: ¿Debo acudir a mi hermano por cada pequeña ofensa? Ciertamente no. El amor cubre multitud de pecados. Proverbios nos dice que pasar por alto una ofensa es algo glorioso y demuestra paciencia y tolerancia (cf. Proverbios 19:11). Así que, ¿cuándo deberías ir? Aquí tienes dos preguntas que debes hacerte.

a. ¿La ofensa ha causado la ruptura de su relación? ¿Piensas frecuentemente en ello? ¿Te hace sentir diferente hacia esa persona por más que un momento de pasada? ¿Es difícil para ti perdonar? Si la respuesta es sí a cualquiera de estas preguntas, entonces es probable que debas ir y hablar con el ofensor.

b. ¿Cuál es el peligro de este pecado para el ofensor? Recuerda lo que Santiago escribe: «sepa que el que haga volver al pecador del error de su camino, salvará de muerte un alma, y cubrirá multitud de pecados» (5:20). ¿El pecado del que estamos hablando pone en peligro la capacidad del ofensor de reflejar a Cristo al mundo que lo rodea? ¿Es una señal de problemas más graves, o podría causarlos?

El segundo punto que quiero señalar en respuesta a la pregunta: «¿Cuándo debería ir?», es que Jesús nos dice que comencemos una conversación, sea que nosotros seamos los ofensores o los ofendidos. Mateo 18 le dice a la persona perjudicada que debe procurar la reconciliación. Pero Mateo 5:23-24 dice que si crees que alguien resiente algo contra ti, es decir, si eres el ofensor, entonces también es tu obligación hablar. Mateo 5 incluso dice que si mientras intentas adorar a Dios, recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, debes detenerte, y buscar reconciliarte. ¡Jesús se preocupa mucho por tus relaciones en la iglesia! Esa es la razón por la que es fundamental que examinemos nuestras relaciones con los demás antes de llegar a la mesa del Señor. Cuando hay conflicto, tanto el ofensor como la persona que ha sido agraviada deben iniciar la reconciliación. Es casi como si nos tropezáramos unos con otros apresurándonos para reconciliarnos. ¡Qué gran ilustración!

Paso #2: Toma contigo a uno o dos hermanos
De vuelta a Mateo 18. Si la persona ofensora no escucha, y es evidente que ha pecado, debemos llevar con nosotros a una o dos personas más. Esto con dos propósitos: En primer lugar, es más probable que el ofensor escuche a una tercera parte neutral que a la persona a quien ha ofendido. Esta otra persona también sirve para dar testimonio de lo que ocurrió en la reunión en caso de que la disciplina avance al próximo paso.

Permíteme ofrecer algunas sugerencias acerca de este proceso si alguna vez te encuentras en este escenario. Primero, antes de tomar este paso, considera cuán objetivo es el pecado. ¿Confrontas a la persona porque piensas que invierte mucho dinero o porque crees que actúa con altivez? Solo Dios conoce su corazón. Si se trata de un caso subjetivo como ese, es mejor que entregues el problema y ores al Espíritu Santo para que la confronte. Segundo, si avanzas, asegúrate de que la persona o personas que lleves contigo sean confiables y discretas, imparciales y de buen juicio. Y tercero, comunícale al ofensor lo que estás a punto de hacer. No inicies una conversación sin antes advertirle. Cuarto, ten cuidado de no intentar poner a los testigos de tu lado; los hechos hablan por sí solos.

Paso 3: Dilo a la iglesia
Avanzando al paso #3, si el ofensor sigue negándose a escuchar, la iglesia debe intervenir. Y puede excomulgarlo si se rehúsa a arrepentirse. En Mateo 18, Jesús no específica si se debe hablar con los líderes de la iglesia antes de llevar el asunto a la iglesia. Pero ciertamente el paso inmediato parece apropiado y consistente con estas instrucciones. Al ver estos pasos en Mateo 18, podemos ver a Jesús tratando de involucrar el menor número de personas posible. Pero está dispuesto a hacer que las cosas se hagan públicas si eso es lo que hará que el ofensor despierte. En el estado final, incluso usa a quienes están fuera de la iglesia y al propio Satanás para propiciar providencialmente el arrepentimiento.

B. ¿Qué pasa si ves a un miembro pecar contra otro miembro?
Mateo 18 nos brinda una guía acerca de qué hacer cuando alguien peca contra ti. ¿Pero qué pasa si observas que alguien peca contra otro miembro de la iglesia? ¿Qué deberías hacer?

La respuesta es: «depende». Gálatas 6:1 nos dice: «Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre». Y Lucas 17:3 dice: «Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale». Por otro lado, la Biblia también nos advierte que no debemos ser chismosos en busca de oportunidades para señalar las faltas de los demás1 . Todos nosotros somos pecadores, por lo que sería imposible y, honestamente, poco productivo enfocar la atención en cada uno de los pecados que observamos. Por tanto, ¿cómo sabemos cuando es un buen tiempo para abordar a un hermano o hermana por su pecado?

Permíteme ofrecer algunas directrices para tu juicio:

Primero: ¿El pecado deshonra a Dios? ¿Es lo suficientemente visible para que ultraje el nombre de Dios ante los no cristianos?

Segundo: ¿Representa una tentación para otros o establece un mal ejemplo para cristianos más jóvenes?

Tercero: ¿Podría causar discordia y desunión en la iglesia?

Cuarto: ¿Está lastimando gravemente al ofendido al dañar su relación con Dios o en otras formas?

Si una o más de estas respuestas son sí, entonces probablemente sería apropiado hablar con el ofensor acerca del pecado. Mientras menos cercano seas a la persona, más alta será la barrera para hablar con ella. Mientras mejor la conoces, y mientras más confías en su relación, más baja será la barrera.

C. ¿Qué pasa si alguien peca de forma escandalosa?
Con los años, se han establecido muchas diferencias entre el caso de disciplina de 1 Corintios 5, en el que Pablo dice a la iglesia que excomulgue a un hombre por acostarse con la mujer de su padre, y Mateo 18, que acabamos de considerar. En 1 Corintios 5, Pablo no pregunta por el arrepentimiento del hombre; simplemente ordena a la iglesia que lo expulse de la comunión. Entonces, ¿qué ocurre aquí? ¿Existe algún tipo de disciplina «acelerada» que Jesús no describió?

Bueno, algo así. Lo que parece estar sucediendo en 1 Corintios 5, es que el pecado era tan atroz, por encima de lo que era aceptable en esa sociedad, que realmente no había nada que el hombre pudiera decir para convencer a la iglesia de su arrepentimiento. En general, seguimos el principio de «inocente hasta que se demuestre lo contrario». Permaneces en la iglesia hasta que, a través de los pasos de Mateo 18, se haga evidente que no estás arrepentido. Pero en ocasiones, la credibilidad de cualquier declaración de arrepentimiento es tan arriesgada que la iglesia debe moverse rápidamente para expulsarte fuera de su comunión. Por tu bien y por la reputación de Cristo, como vemos en 1 Corintios 5. Entonces, si por la gracia de Dios tu declaración de arrepentimiento se vuelve creíble otra vez, ese interdicto de excomulgación es removido.

D. ¿Cómo me relaciono con alguien que ha sido excomulgado?
Muchas veces esto no será un problema porque la persona que ha sido excomulgada se muda fuera del área, o ya no se asocia con la iglesia o sus miembros. Pero ha habido varios ejemplos en los que nuestra iglesia votó para cancelar la membresía de una persona, y el individuo continúa asistiendo a los servicios de la iglesia luego de haber sido expulsado, lo que es maravilloso. Queremos que eso pase. Queremos que la persona escuche constantemente la Palabra de Dios y se convenza de su pecado. ¿Pero qué pasa si esa persona también empieza a aparecer en eventos sociales de la iglesia, como la cena después del servicio por la noche? ¿Qué debemos hacer?

En 1 Corintios 5:11, leemos que no debemos «juntarnos» con dicha persona. En Mateo 18:17, Jesús dice que debes tratar a la persona como lo harías con un gentil o publicano. ¿Cómo se ve esto en la práctica? Significa que deberías tratar a la persona como si fuera un no creyente. Pero no solo cualquier inconverso; un inconverso que trágicamente cree estar bien. Así que, deberíamos animarle a que asista a la iglesia como acabo de mencionar. Y debemos tratarle con amor y amabilidad cuando le veamos. Pero cuando lo hagamos, deberíamos preocuparnos por instarle a que se arrepienta. Nunca deberíamos actuar como si todo estuviera bien, como lo haríamos con otro cristiano o incluso con un no creyente que sabe que no es cristiano. Esa es la lógica de 1 Corintios 5:11: «con el tal ni aun comáis». Por supuesto, cuando la persona excomulgada es un familiar o un compañero de trabajo, otras obligaciones bíblicas que tenemos con la relación a menudo pueden tener prioridad.

E. ¿Qué pasa si un líder de la iglesia peca?
Finalmente, el último tema que quiero abordar hoy es lo que la Escritura dice acerca del pecado entre los líderes de la iglesia. El pasaje guía para estas situaciones se encuentra en 1 Timoteo 5:19-20: «Contra un anciano no admitas acusación, sino con dos o tres testigos. A los que persisten en pecar, repréndelos delante de todos, para que los demás también teman».

Pablo da una caución especial para proteger a los ancianos de falsos ataques: antes de que una acción disciplinaria sea admitida en contra de un anciano, debe haber dos o tres «testigos». La sabiduría de esto es clara: los líderes de la iglesia a menudo participan en situaciones que podrían dar origen a acusaciones especulativas en su contra.

Con este pasaje en mente, permíteme abordar dos situaciones que podrían surgir en la iglesia: Primero, ¿qué pasa si escuchas rumores de una acusación en contra de un anciano? Segundo, ¿qué ocurre si descubres que un anciano está en pecado?

Rumores de acusación
¿Qué sucede si alguien te dice que ha visto a un anciano pecar o piensa que lo ha hecho? ¿Cuál es tu responsabilidad? Primero y principal, asegurarte de no ser parte de un chisme o de una difamación. Dile que hable con el anciano al respecto. No contigo. Como lo harías en cualquier otra situación. Desanímale activamente a dejar de infamar a ese anciano en una conversación como esa.

Hay dos excepciones a esta regla: Si también has visto ese pecado en especifico y esta persona se te acerca en calidad de testigo conforme a lo establecido en 1 Timoteo 5:19, o si te pide que sirvas como testigo incluso cuando no has sido un testigo presencial. Hablaremos un poco más acerca de eso en breve.

Si ves a un anciano en pecado
Segundo, ¿qué pasa si un anciano peca contra ti, o eres testigo de que un anciano peca? ¿Qué debes hacer? Sencillo, habla con él al respecto. Ten presente que la situación puede no ser lo que aparenta ser. Así que actúa con humildad, recuerda que la persona sirve como anciano porque, al menos en el pasado, la iglesia lo consideró irreprochable. Por lo que es sabio darle el beneficio de la duda. ¿Qué ocurre si no te sientes cómodo acercándote? Tal vez (aunque oro para que esto nunca suceda), ¿ha pecado contra ti de una manera intimidante o abusiva? Está bien acercarse a otro anciano o a otra persona en la iglesia con tu preocupación. Cuando tu intención es mantener el problema en silencio y discreción, e involucrar el menor número de personas posible, no estás violando 1 Timoteo 5:19.

Bien, digamos que discutiste el asunto con el anciano, quizá abriste la Biblia para mostrarle su pecado, pero no se arrepiente. ¿Ahora qué? Recuerda lo que dije anteriormente acerca de cuán objetivo es un pecado. Si se trata de un problema de orgullo, algo de lo que no puedes estar seguro, entonces desiste y ora. Sin embargo, si se trata de algo objetivamente verificable, como un asunto de malversación de fondos o una conducta sexual, por ejemplo, entonces debes proceder con 1 Timoteo 5:19. Digo «debes» porque la disciplina, incluso la disciplina de un anciano, no es opcional en la iglesia. Esta es tu responsabilidad ante Dios. ¿Cuál es el siguiente paso? Hablar con aquellos que sabes que han visto el pecado, y pedirles que confronten al anciano contigo y, si es necesario, informar el problema a otros ancianos. Ellos actuarán como los testigos que se necesitan en 1 Timoteo 5:19.

¿Qué pasa si no hay más testigos? ¿Qué se debe hacer? Toma por ejemplo, una situación hipotética en la que un anciano se acerca inapropiadamente a una mujer en la iglesia, y la mujer es la única testigo. En esas circunstancias, la mujer puede hablar con otro miembro maduro (más convenientemente un anciano) acerca de la situación. Y esto no contradeciría 1 Timoteo 5:19 porque su acusación no sería suficiente por sí sola para iniciar el proceso de disciplina formal que se presenta en ese pasaje. En este asunto, el lenguaje específico aquí es instructivo. Dice: «Contra un anciano no admitas acusación, sino con dos o tres testigos». En este caso, esta mujer no está acusando formalmente a un anciano ante la iglesia, o pidiendo que otros que acepten una acusación como cierta. Simplemente está pidiendo que alguien más le ayude a establecer si su afirmación es verdadera o no. La confesión de la mujer a otra persona llevaría a una mayor investigación por parte de esta última, y quizá de los ancianos. Pero eso en sí no desencadenaría la disciplina formal de la iglesia.

Para que comience la disciplina formal de la iglesia, la persona que ha sido agraviada debe traer a uno o dos individuos que estén dispuestos a actuar como co-acusadores junto con ella. Las personas que pueden cumplir con el rol de testigos en 1 Timoteo 5:19 incluso si no han sido testigos presenciales, debido a su meticulosa investigación, a su conocimiento del acusado, a su conocimiento del acusador, etc. Puedes imaginar que en un caso como este, por lo general, es mejor acercarse a otros ancianos primero porque es más probable que tengan información acerca de acusaciones previas contra este anciano. Por lo que están en una mejor posición para cumplir ese rol de testigo y co-acusador. Recuerda lo que Pablo dijo a los líderes de la iglesia inmediatamente seguido de estos versículos: «Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, y de sus ángeles escogidos, que guardes estas cosas sin prejuicios, no haciendo nada con parcialidad». Palabras muy fuertes. Tus ancianos tienen la responsabilidad única ante Dios de no dejar pasar por alto el pecado en la congregación. Lo segundo que Pablo dijo en 1 Timoteo 5:19-20, es que el pecado cometido por el líder de una iglesia es algo muy grave. El mandato de Pablo de reprender públicamente a un anciano pecador significa que debe hacerse alguna declaración de la naturaleza de la ofensa a la iglesia. ¡Incluso si se arrepiente! Para resumir lo que sucede aquí: los ancianos son más vulnerables a las acusaciones. Por tanto, Pablo nos dice que debemos tener cuidado al determinar su culpabilidad. Pero el pecado por parte de un anciano puede ocasionar gran daño a la iglesia, así que incluso cuando hay arrepentimiento, se trata más públicamente.

Conclusión
Entonces, ¿por qué es importante la disciplina en la iglesia? Porque la iglesia es importante. Y la iglesia solo importa cuando es diferente al mundo. Piensa en las palabras de Jesús en Mateo 5:13 «Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo podría volver a ser salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres». La disciplina en la iglesia es la herramienta que Jesús nos dio en Mateo 18 cuando inauguró a la iglesia para mantenernos diferentes del mundo. Nos estimulamos unos a otros hacia el amor y las buenas obras. Protegemos el mensaje del evangelio para la siguiente generación. Pero cuando somos iguales al resto del mundo, todo esto se desvanece en la nada.

Por tanto, trabajemos juntos como iglesia para perseverar en la fe, usando esta herramienta de la disciplina cuando debamos para la gloria de Dios y la salvación de nuestro mundo.

[1] 2 Tesalonicenses 3:11, 1 Pedro 4:15

La mano de nuestro Dios estaba sobre nosotros, y nos libró de mano del enemigo

Lunes 21 Agosto
La mano de nuestro Dios estaba sobre nosotros, y nos libró de mano del enemigo y del acechador en el camino. Y llegamos a Jerusalén… fue luego pesada la plata, el oro y los utensilios, en la casa de nuestro Dios… Los hijos de la cautividad… ofrecieron holocaustos al Dios de Israel, 12 becerros por todo Israel, 96 carneros, 77 corderos, y 12 machos cabríos por expiación, todo en holocausto a Jehová. Y entregaron los despachos del rey a sus sátrapas.
Esdras 8:31-33, 35-36
Después de la cautividad en Babilonia (24) A la llegada
El viaje de los hijos de Israel desde Babilonia hasta Jerusalén duró 4 meses. Dios, a quien habían acudido para que los protegiera, los guardó. Esdras no lo da por algo normal, sino que reconoce con gratitud que la mano de Dios estaba sobre ellos. ¿Nos damos cuenta de que Dios actúa con bondad hacia nosotros, o lo damos por sentado?

El Dios de Israel había confiado cosas preciosas a los que habían hecho el viaje a Jerusalén: tesoros de plata y oro, monedas y utensilios preciosos ofrecidos al Señor por el rey y sus súbditos, así como por sus hermanos israelitas. Todas estas cosas se habían pesado cuidadosamente antes de salir y al llegar. Todo había sido anotado. Nuestro Señor enseñó que durante su ausencia ha confiado talentos y minas a sus siervos (Mt. 25:14-30; Lc. 19:11-27). Y también mantiene un seguimiento de estas cosas. Pronto llegará el día en que tendremos que dar cuenta de todo lo que se nos ha confiado.

Los que habían regresado de Babilonia, ahora ofrecían sacrificios por todo Israel, no solo por ellos mismos, sino por todo el pueblo de Dios. Estos sacrificios representan los diversos aspectos de la obra de Cristo. Perdemos fácilmente de vista el hecho de que nuestra reunión o participación común con los creyentes es solo una parte muy pequeña de la Iglesia por la que murió nuestro Señor. Cada miembro es precioso a sus ojos. ¿Oramos también por ellos?

El rey también le había dado órdenes a Esdras para que las transmitiera a quienes lo representaban allí. Esdras cumplió esta tarea. Puesto que vivimos en una época en la que Cristo aún no gobierna, sometámonos también a las autoridades existentes.

Eugene P. Vedder, Jr.
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Resurrección y victoria

Domingo 20 Agosto
Envió desde lo alto; me tomó, me sacó de las muchas aguas. Me libró de mi poderoso enemigo, y de los que me aborrecían; pues eran más fuertes que yo. Me asaltaron en el día de mi quebranto, mas Jehová fue mi apoyo.
Salmo 18:16-18
Resurrección y victoria
Este salmo presenta al Señor Jesús bajo las profundas aguas del sufrimiento y la muerte en el Calvario, rodeado de enemigos que no conocían la razón de su sumisión que lo llevó a tal muerte. Por lo tanto, mientras se unían para burlarse de él y despreciarlo, ellos no tuvieron en cuenta el maravilloso sacrificio que él estaba realizando en ese mismo momento.

Ese día, Satanás y los hombres unieron cruelmente todas sus fuerzas en oposición a él. Y más que eso, Dios, en su absoluta justicia, lo desamparó para que sufriera en solitaria agonía, cargando sobre él el pecado y la culpa de los pecados de muchos. Pero, al mismo tiempo, el corazón del Padre se deleitó en este sacrificio perfecto, amándolo por poner su vida.

Cuando todo se cumplió, el enemigo se regocijó en su victoria, y los hombres sellaron la tumba para que su victoria fuera lo más segura posible. Pero se habían olvidado de Dios. Cristo fue crucificado en debilidad (2 Co. 13:4), y sus enemigos, en su orgullo carnal, pensaron que habían triunfado. Pero Dios intervino desde arriba: lo “sacó de las muchas aguas” y lo “libró” de su “poderoso enemigo”. Entonces el poder del hombre se convirtió en una evidente debilidad. Los soldados de la tumba estaban aterrorizados y sin fuerzas. Al conocer esta noticia, los gobernantes se escandalizaron y se asustaron; recurrieron a burdas mentiras para protegerse. Dios resucitó a su Hijo de entre los muertos. ¡El Varón de dolores ahora era el Vencedor! No queda duda: toda rodilla se doblará y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. Si los enemigos tiemblan, los creyentes se alegran y rinden sincera adoración al Padre y al Hijo.

L. M. Grant
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Libertad cristiana (3)

Sábado 19 Agosto
Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad.
Santiago 2:12
Libertad cristiana (3)
La verdadera libertad cristiana no es una licencia para hacer lo que se me antoje. Hemos visto que está ligada al deseo de vivir para Cristo y para los demás. ¡La hallo y la poseo cuando estoy ocupado con Cristo!

En el versículo de hoy, Santiago habla de “la ley de la libertad”. Al utilizar la palabra ley busca indicar que se trata de “la fuerza que controla” o “el principio de acción”. La ley (dada por Moisés) exigía a los judíos que amaran al prójimo, pero no les daba la fuerza, y los condenaba si no lo hacían. Pero bajo la gracia se nos da la fuerza para amar al prójimo. Los verbos “hablad” y “haced” se refieren a nuestras palabras y acciones, a lo que decimos y a cómo caminamos: ¡ambas cosas deben ir a la par! Cuando no es así, estamos infringiendo la ley de la libertad y se dará cuenta de esta falta en el tribunal de Cristo (1 Co. 3:14-15; 2 Co. 5:9, 10). En Romanos 14:10-13, Pablo establece un paralelismo entre el tribunal de Cristo y la ley de la libertad, ¡con ello busca motivarnos y recordarnos que la ley de la libertad debe regir nuestras vidas!

Pero, ¿qué impide que esta libertad se vea en nuestras propias vidas y en nuestras asambleas locales? Santiago asocia la ley de la libertad con la Palabra de Dios (Stg. 1:21-27). Para poner en práctica la Palabra, debemos atesorarla en nuestro corazón para que nos sirva de guía en todos los aspectos o detalles de nuestra vida. Debe ser nuestra estándar; es un instrumento eficaz para evitar que nos dejemos influir por el mundo que nos rodea. Al descuidar la Palabra de Dios, permitimos que el mundo dicte nuestros pensamientos y nuestra conducta. ¡Seremos verdaderamente libres si miramos a la perfecta ley de la libertad y perseveramos en ella, no siendo “oidores olvidadizos” sino “hacedores” de la palabra!

Tim Hadley, Sr.
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Examinando el orgullo en nuestros corazones | Alex Díaz

Examinando el orgullo en nuestros corazones

Alex Díaz

Cuando nos preguntan cómo nos va con el orgullo muchos tenemos una reacción inmediata: “¿Orgulloso, yo? No creo”. Así nos convencemos de que no somos orgullosos. Pero, ¿qué es el orgullo, cómo nos afecta, y cómo el evangelio nos libra de él?

Cuando somos orgullosos tenemos un concepto de nosotros mismos más alto del que debemos tener. Dejamos de escuchar las necesidades de otros y minimizamos sus aportaciones. Desarrollamos autoaprobación para aferrarnos a una postura, incluso a una equivocada. También solemos ser hirientes, amenazadores, o hacemos que los errores de otros se vean exagerados y sin solución. Somos orgullosos cuando cerramos nuestros oídos a las correcciones e incluso vemos como amenazas las sugerencias más simples y honestas.

El evangelio hace que los muertos vivan y que los orgullosos nos rindamos en humildad

El orgullo produce una vida pendiente de las apariencias. Nos susurra que debemos controlar lo que otros piensan de nosotros y crear una imagen sin debilidad o necesidad. Ser una persona orgullosa es tener una actitud ególatra.

El orgullo debilita y rompe nuestras relaciones personales. Esto se debe a que el orgullo nos induce a buscar satisfacción en nosotros mismos, pues creemos que tenemos mayor conocimiento y habilidades.

Examinando el orgullo en nosotros
“Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno”, Romanos 12:3 (RV60, cursiva añadida).

La frase alto concepto de sí, implica un pensamiento arrogante que sobreestima el “yo”. El orgullo nos convence de creer la mentira: “yo soy mejor”. Para examinar el orgullo que hay en ti, pregúntate lo siguiente:

1) ¿Busco siempre tener la razón por encima de otros?

2) ¿Cuido y me preocupo por mantener una reputación ante otros?

3) ¿Mis conversaciones se concentran o terminan por señalar los errores de otros?

4) Cuando soy cuestionado, ¿argumento como si fuera criticado?

5) ¿Produzco escenarios para ser reconocido porque siento que merezco aprobación?

6) ¿Me siento vulnerable frente a otros y prefiero alejarme de ellos?

7) ¿Culpo a otros para evitar responsabilidades?

8) ¿Señalo a otros para evitar reconocer que estoy equivocado?

9) ¿Busco ser competitivo incluso en los momentos sencillos y de diversión?

10) ¿Descalifico a todo el que me rodea?

11) En una conversación, ¿quiero tener la última palabra?

12) ¿Para cada indicación tengo una respuesta o un desafío?

Nuestra lucha contra el orgullo comienza a dar fruto cuando reconocemos que necesitamos la gracia de Dios en Cristo

No importa cuántas de tus respuestas sean afirmativas, el orgullo está presente en nuestra vida por nuestra naturaleza. Eso indica nuestra necesidad de Cristo y de un cambio radical por medio del evangelio. El evangelio hace que los muertos vivan y que los orgullosos nos rindamos. Nuestra lucha contra el orgullo comienza a dar fruto cuando reconocemos que necesitamos toda la gracia de Dios en Cristo.

Un contraste con la humildad
Antes de hablar de cómo el evangelio nos ayuda en nuestra lucha contra el orgullo, veamos una comparación entre el orgulloso y el humilde:

1) El orgulloso impone sus razonamientos mientras el humilde renuncia a la imposición, busca reconciliación, y cede su lugar a otros por medio de la paz y el amor de Cristo.

2) El orgulloso no considera a otros, los ve con menosprecio. En cambio, el humilde siempre considera primero a los otros, los estima siempre como superiores a sí mismo, y les sirve sin importar si son personas difíciles.

3) El orgulloso está cegado por sus propios intereses y siempre se da la razón. El humilde encuentra en la misericordia de Dios el impulso para ayudar, escuchar, y amar a otros. El humilde se considera un servidor, no un héroe.

4) El orgulloso es ambicioso y egoísta, esto produce pleitos y divisiones debido a su aspiración de reconocimiento y admiración. Cuando no logra tener lo que quiere, busca culpables y se aísla. El humilde sabe quién es a la luz de la persona de Cristo y está satisfecho con eso, entiende sus limitaciones y pide ayuda.

5) El orgulloso no aprecia la gracia porque esta desafía sus supuestos méritos, y él piensa que lo hace ver como inútil. El humilde vive agradecido por la gracia y sabe que necesita más para vivir diariamente.

El humilde sabe quién es a la luz de la persona de Cristo y está satisfecho con eso, entiende sus limitaciones y pide ayuda

En Filipenses 2:1-4, vemos a Cristo como el mayor ejemplo de humildad. Este pasaje demuestra que el orgullo sencillamente no existe en Él. Cristo se describe como “manso y humilde de corazón” (Mt. 11:29). Él no toma ejemplo de otro para ser humilde. Él es el autor y consumador de la humildad. Para quienes luchamos contra el orgullo, esto es esperanzador.

Luchemos a la luz del evangelio
El evangelio nos muestra la realidad de que necesitamos depender de Cristo. Vivir a la luz de esta verdad destruye el orgullo y edifica la humildad en nosotros. La Biblia revela que Cristo nos libró de la necesidad de tener la razón y pelear por ella; ahora podemos tener deleite en que Él es la verdad y siempre tiene la razón. El evangelio nos libra de “ser fuertes” según nuestro criterio para reconocer nuestra debilidad e identificar nuestra fuerza en Cristo (2 Co. 12:10).

Nuestra batalla contra el orgullo no terminará cuando dejes de leer estas líneas, pero algo sí sabemos: Cristo, siendo en forma de Dios, se humilló para ser como nosotros y así nos libró del pecado para formar en nosotros su carácter (Ro. 8:29). Él sigue salvando orgullosos. ¡Humillémonos ante su gloria y demos testimonio de su humillación que trajo salvación!

Alex Díaz es el pastor Titular de Iglesia Central, la cual está plantando en Cuernavaca, México. Es consejero y maestro de Biblia, y está cursando una Maestría en Divinidad con énfasis en misiones y evangelismo en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado desde hace 19 años con Ana Laura Sánchez, y tiene dos hijos adolescentes, Fernando y Elías. Síguelo en Twitter.

Confiar en Jesús

Jueves 17 Agosto
Enviaron, pues, las hermanas para decir a Jesús: Señor, he aquí el que amas está enfermo. Oyéndolo Jesús, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Y amaba Jesús a Marta, a su hermana y a Lázaro.
Juan 11:3-5
Confiar en Jesús
¡Qué confianza en el Señor mostraron María y su hermana Marta cuando enviaron un mensaje para informarle que su hermano Lázaro estaba enfermo! Apelaron a su tierno corazón. Sabían que Jesús los amaba, y mencionaron a Lázaro por una necesidad particular. Tenían plena confianza en que Jesús podía ayudarles. Muchas veces en el pasado habían sido testigos del poder milagroso del Señor, quien nunca había rechazado a nadie. Todos los que acudían a él recibían ayuda, a menudo más allá de las esperadas. Esto es lo que leemos Marcos 7:37: “En gran manera se maravillaban, diciendo: bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar”. ¿Se negaría ahora el Señor a responder a su clamor?

Todos podemos identificarnos con María y Marta. No hay hogar, ni familia, donde la enfermedad y el miedo a la muerte no hayan aparecido inoportunamente. A veces nos sentimos totalmente desesperados. Las enfermedades prolongadas de las esposas, los padres o los hijos, agotan nuestras fuerzas, nos privan del sueño y nos dejan completamente exhaustos. A veces nuestra paciencia llega a su límite, y sentimos que nadie nos entiende ni se preocupa por nosotros, o eso parece.

Jesús conocía la ansiedad de las dos hermanas y simpatiza con ellas. También sabía que esta enfermedad era “para la gloria de Dios”, y por eso esperó a que llegara el momento perfecto en los planes de Dios. ¡Qué confianza y paz sentimos al ver cómo se desarrolla esta escena! También nosotros podemos confiar plenamente en Aquel que “hace todo bien”. Él atrae nuestros corazones al suyo para que cada uno de nosotros esté convencido de que nos ama tanto como amó a Marta, María y Lázaro.

Jacob Redekop
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Contacto personal con Jesús

Miércoles 16 Agosto
[Jesús fue con Jairo] y le seguía una gran multitud… cuando [una mujer] oyó hablar de Jesús, vino por detrás… y tocó su manto.
Marcos 5:24-27
Contacto personal con Jesús
Cuando vemos a la multitud que rodea al Señor, podemos suponer que todos creían en él. Lo mismo ocurre hoy cuando vemos los edificios religiosos llenos de cristianos que profesan ser adoradores de Cristo. Podemos tener la impresión de que hay una multitud de creyentes en Cristo, ya que oímos que se pronuncian himnos y oraciones en su nombre, y también vemos diversas obras que se realizan en el nombre de Cristo. Ciertamente, así es como juzgan los hombres, ya que se llaman a sí mismos cristianos y dicen que su país está “cristianizado”. Pero, ¿implica esto que todos ellos creen realmente en el Señor Jesús? ¡Ay, no! En la multitud de personas que dicen conocerlo, y que poseen una profesión externa, el Señor sabe distinguir a los que tienen una fe personal en él: “Conoce el Señor a los que son suyos” (2 Ti. 2:19).

La multitud de los que rodeaban a Jesús podía ser sincera, ya que veían sus milagros y recibían beneficios de él, pero no sentían realmente la necesidad de pertenecer a Cristo; no tenían, por tanto, una fe personal en él. Del mismo modo, hoy en día, la gente puede ser bastante sincera cuando se adhiere, como dicen, a la religión cristiana. Pero este compromiso exterior con el cristianismo (unirse a la multitud que sigue a Jesús) no dará la salvación al alma; no resolverá la cuestión del pecado, la muerte y el juicio; no romperá el poder del pecado, ni nos librará de la corrupción, la carne y el mundo.

Para que haya una bendición real, debe haber una fe personal en el Señor Jesús. No tenemos que hacer grandes cosas para asegurar esta bendición, eso solo halagaría nuestro orgullo; pero al creer en el Salvador estamos dispuestos a no ser nada, y a darle a él toda la gloria. El poder está en Cristo, no en la fe; la fe, aunque sea débil, asegura la bendición al ponernos en contacto con Aquel que posee todo el mérito.

Hamilton Smith
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.

Conocer y hacer la voluntad de Dios

Martes 15 Agosto
Por Jehová son ordenados los pasos del hombre.
Salmo 37:23
Conocer y hacer la voluntad de Dios
Quizá se diga que no podemos atenernos a hallar un texto de la Biblia para guiarnos en cuanto a nuestras acciones o en los miles de pequeños detalles de la vida diaria. Tal vez no; pero en la Escritura hay ciertos grandes principios que, si son debidamente aplicados, nos proporcionarán guía divina, aun cuando no podamos encontrar un texto aplicable a cada caso particular. Además, tenemos la más completa seguridad de que nuestro Dios puede guiar y guía a sus hijos en todas las cosas. “Encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera” (Sal. 25:9). “Sobre ti fijaré mis ojos” (Sal. 32:8). Él puede darnos a conocer sus pensamientos sobre tal o cual acto particular o sobre nuestra conducta. Si no fuera así, ¿dónde estaríamos?

Gracias a Dios no es así. En cualquier caso, él puede darnos, de manera perfecta, la certeza de que hacemos su voluntad; y sin esa certidumbre jamás deberíamos dar un paso. Si estamos indecisos, permanezcamos quietos y esperemos. Muchas veces nos sucede que nos atormentamos y nos impacientamos con empresas que Dios en ningún modo nos ha encomendado. En cierta ocasión dijo uno a su amigo: “Estoy completamente desorientado en cuanto al camino que he de tomar”. “Pues no tomes ninguno” fue la sabia respuesta.

Pero aquí se nos presenta un punto moral de absoluta importancia: el estado de nuestra alma, el cual, estemos seguros, tiene muchísimo que ver con respecto a nuestra guía. El Señor encaminará a los “humildes” y enseñará su camino a los “mansos”. Nunca debemos olvidar esto. Si somos humildes y desconfiamos de nosotros mismos, si confiamos en nuestro Dios con sencillez de corazón, rectitud de pensamientos y honradez de propósitos, él nos guiará, sin duda alguna. Pero de nada servirá pedir consejo a Dios en un asunto acerca del cual tengamos ya tomada nuestra decisión.

C. H. Mackintosh
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Las características de los inconversos | Diego Louis

Las características de los inconversos

Diego Louis

Hace unas semanas terminé de leer un libro titulado Una guía segura al cielo escrito por el joven puritano Joseph Alleine (1634 – 1668). Una de las costumbres más bellas que tenemos en nuestra iglesia local es la de preguntarnos unos a otros qué libros espirituales estamos leyendo y cuáles son las enseñanzas aprendidas en el mismo. Hace unos días me escribió un hermano muy amado diciendo: “Diego ¿Qué has estado leyendo últimamente? Cuéntame lo que estás meditando.” En un contexto así es más fácil crear una cultura de lectura espiritual.

Por eso, amado lector, quiero extender esa práctica contigo, y compartirte sobre un capítulo específico de este precioso escrito: las características de los inconversos. Debes saber que el libro del escritor ingles es un ruego continuo a las almas para que se vuelvan a Cristo, a su vez es como una argumentación minuciosamente estructurada para convencer al lector sobre su necesidad de arrepentimiento. Si un incrédulo lee estas páginas quedará sin excusas para creer. Si un cristiano lo hace, quedará sin excusas para hablar.

¿Por qué escribir un artículo sobre esto?

Dejo que Alliene responda:
“Poco fruto habrá mientras nos mantengamos en las alturas de las afirmaciones generales; la eficacia está en el cuerpo a cuerpo. A David no le despierta las insinuaciones alegóricas del profeta en la distancia. Natán se ve obligado a acercarse a él y decirle con franqueza: «Tú eres aquel hombre». […] Y debido a que se saben libres de esa hipocresía manifiesta que adopta la religión como una máscara para engañar a los demás, confían en su propia sinceridad y no sospechan de otra hipocresía mas cercana, en la que reside el mayor peligro y en virtud de la cual el hombre engaña su propia alma.”

El escritor quiere enseñarnos a ser específicos al denunciar el pecado y la hipocresía en nuestra evangelización. Y al cristiano profesante lo impele a realizar un minucioso examen de conciencia y corazón. ¡Ah, querido lector, no sea que mientras lees estas páginas estás engañado y la única prueba que tienes de tu conversión es tu convicción! Porque de ser así aún no has visto el reino de Dios.

Las señales externas del inconverso
El puritano inglés elige dos textos para desenmascarar la hipocresía de aquellos que dicen ir al cielo mientras caminan por las calles del infierno. Según Alliene los apóstoles pasan sentencia de muerte sobre los siguientes hombres. Te ruego que prestes atención lector, no sea que tú te encuentres en la lista:

“¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios.” (1 Cor. 6:9-10). “Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda.” (Ap. 21:8)

Hay personas que, sin duda alguna, son inconversas. No importan cuánto lean, oren, alaben y diezmen a Dios. No importa que manejen la jerga cristiana o se vistan modestamente. No importa la posición que ocupan en la congregación, si dirigen, predican o participan del coro. Tiene las señales apostólicas de un inconverso impresa en sus frentes.

Los inmorales. Personas que desatan sus pasiones sexuales unas con otras fuera del matrimonio. La impureza sexual es la mancha más grande de nuestra generación. Si solo estuviese este punto en la lista ¿Cuántas personas del mundo evangélico de América Latina estarían calificadas como almas hipócritas que se engañan así mismas sobre la conversión?
Los idólatras. Somos adoradores por esencia. Podemos adorar el sexo, el dinero, el poder, incluso la tecnología. Idolatría es pensar, disfrutar, amar, escoger y servir cualquier otra cosa que no sea Dios. El puritano dice: “para ellos las puertas del Reino le están cerradas.”
Los borrachos. “No solo los que beben hasta perder el juicio, sino los que son fuertes para mezclar bebidas. El Señor llena Su boca de ayes contra estos, declarando que no heredarán el Reino”.
Los mentirosos. Práctica común del hombre en todas las edades. Por cosas grandes y pequeñas. Pero Dios es veraz. Y por tanto declara que ellos tendrán su parte en el lago de fuego junto a su padre el diablo, el padre de las mentiras.
Los blasfemos. Individuos que usan su lengua como espadas y desprenden veneno de su boca. Quienes hacen de las palabras golpes. Joseph dice: “el fin de estos, de no mediar un arrepentimiento profundo e inmediato, es la destrucción próxima, y una condenación segura e inevitable”.
Los difamadores. ¡Ay del chismoso! ¡Ay del suelto de lenguas! ¡Ay del que se enreda en telarañas interminables tejidas por las redes sociales! Alliene dice: “los murmuradores gustan de calumnias a su vecino y ensuciar su reputación todo lo posible o apuñalarlo secretamente por la espalda”.
Los ladrones, avaros y estafadores. Esto se puede aplicar a los ricos cuando oprimen a los pobres. O al hombre que engaña a su hermano en cuanto tiene la oportunidad de sacarle ventaja económica. El joven inglés suena muy descontento en este punto: “¡Escucha despilfarrador; escucha comerciante fraudulento, escucha tu sentencia! Dios te cerrará la puerta con toda certeza, y convertirá tus tesoros de injusticia en los tesoros de ira, y hará que tu plata y tu oro ilícitos te atormenten como metal candente sobre tu carne”.
Los homosexuales. Este punto no es original del libro, pero debemos incluirlo. ¿A dónde hemos llegado qué hay personas que dicen ser cristianas mientras practican la relación sexual con individuos del mismo sexo? ¡Y hay supuestos ministros y consejeros que las reciben en las bancas de sus iglesias sin llamarlas al arrepentimiento! Sodoma y Gomorra fueron destruidas con fuego, y lo mismo le espera a esta generación de hombres y mujeres corrompidas por la revolución sexual a menos que se arrepientan y crean en Jesucristo para ser limpiados y sanados. Utilizar algo tan sagrado como el amor, la gracia y el perdón de pecados como excusa para dar rienda suelta a la práctica pasiva o activa del homosexualismo, ha sido uno de los engaños más perversos del hombre moderno.
Los que frecuentan y aman malas compañías. Bajo este punto podemos interpretar que Alliene se refiere a los que consultan con hechiceros, o forman parte de un grupo de estafadores, o se asocian con asesinos. La mayoría de estos pecados necesitan un grupo de gente para llevarse a cabo a nivel mundial. Por ejemplo, si pensamos en el asesinato masivo causado por el aborto, sabemos que en ciertos casos participan un cuerpo médico, los padres de la mujer y la madre del feto. “Dios ha declarado que será el Destructor de todos ellos”.
Los que viven descuidando a diario la adoración a Dios. Aquí puede que el puritano se refiera a los cobardes e incrédulos que abandonaron la fe por temor o vergüenza, quienes no perseveraron hasta el fin. “Quienes no escuchan la Palabra, ni oran a Dios, ni se preocupan por las almas de sus familiares”.
Las señales internas del inconverso
¿Como vas amado lector? ¿Estás cómodo en nuestro viaje? Bien, déjame decirte que el puritano está empecinado con nosotros, y no tiene intenciones de dejar nuestras almas en paz. Luego de semejante descripción, el autor pasa a puntualizar una serie de señales internas del inconverso. Sé que es duro, pero necesitamos examinarnos de manera profunda para disipar todo tipo de engaño en lo tocante a la salvación. Sigue atento, porque quizás te escurriste de la primer lista ¿pero podrás hacerlo de la segunda con limpia conciencia?

La ignorancia. “Mi pueblo es destruido por falta de conocimiento. Por cuanto tú has rechazado el conocimiento, yo también te rechazaré para que no seas mi sacerdote; como has olvidado la ley de tu Dios, yo también me olvidaré de tus hijos.” (Os. 4:6). “Cuántas pobres almas mata este pecado en la sombra mientras creen fervientemente en su buen corazón y en que se hallan rumbo al cielo.”
La renuencia de seguir a Cristo. “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre y madre, a su mujer e hijos, a sus hermanos y hermanas, y aun hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo.” (Lc. 14:26). “Habrá quienes hagan muchas cosas, pero nunca llegan a entregarse por entero a Cristo, ni a someterse completamente a Él. Necesitan disfrutar de ese dulce pecado; no quieren sufrir prejuicio alguno; mantienen ciertas excepciones para su vida, su libertad o sus posesiones.
El formalismo religioso. “El fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: «Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos. Yo ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que gano».” (Lc 18:11-12). “¡Qué temible situación cuando la religión de una persona solo sirve para endurecerla y engañar a su propia alma!”
La prevalencia de motivos erróneos en el desempeño de los deberes santos. “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque recorréis el mar y la tierra para hacer un prosélito, y cuando llega a serlo, lo hacéis hijo del infierno dos veces más que vosotros.” (Mt. 23:15). “Cuando la principal motivación de un hombre en sus deberes religiosos es de orden carnal —como contentar su conciencia, alcanzar una gran reputación religiosa, hacer acto de ostentación ante los demás, demostrar sus propios dones y talentos, evitar el reproche de que es una persona profana, etc— es algo indicativo de un corazón en un estado erróneo.
Confiar en su propia justicia. “Dicen: «Quédate donde estás, no te acerques a mí, porque soy más santo que tú».” (Is. 65:5). “Este es un mal que destruye las almas. Cuando se confía en la justicia propia lo que se hace es rechazar la de Cristo.”
La predominancia del amor al mundo. “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él.” (1 Jn. 2:15). “Este es un síntoma inequívoco de un corazón sin santificar. Sí, este pecado tiene tal potencial de engaño que muchas veces, cuando todo el mundo percibe la mundanalidad y la codicia de una persona, ella misma es incapaz de verlas, sino que tiene tantas excusas y pretextos para sus inclinaciones mundanales que se ciega a sí misma en el autoengaño.”
Persistencia en la malicia y la envidia contra quienes los agravian o injurian. “Todo el que aborrece a su hermano es homicida, y vosotros sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él.” (1 Jn. 3:15). ¡Ah, la falta de perdón! “Cuántos hay en apariencia religiosos, pero mantienen vivo el recuerdo de los agravios acumulando resentimientos, devolviendo mal por mal y deseando la desgracia a quienes los agravian.”
Orgullo sin mortificar. “Ojos soberbios” (Pr. 6:17). Cuando se prioriza la aprobación del hombre, se busca la gloria personal, se espera el aplauso humano y queremos ser estimados sobre los demás, según Alliene, es seguro que la persona sigue en su pecado.
La prevalencia del amor al placer. “Cuyo fin es perdición, cuyo dios es su apetito y cuya gloria está en su vergüenza, los cuales piensan solo en las cosas terrenales.” (Fil. 3:19). Aquí el puritano describe a las personas que conceden todo tipo de libertad a sus apetitos carnales. Alguien que no le niega placeres a su estómago, sus ojos, sus sentidos.
La seguridad carnal. “Y curan a la ligera el quebranto de mi pueblo, diciendo: «Paz, paz», pero no hay paz.” (Jer. 6:14). ¡Cómo han sufrido las pobres almas en Latinoamérica cuando se instaló la práctica de la oración del pecador! “Solo recibe a Jesús en tu corazón, Él te ama, déjalo entrar y serás salvo.” Luego el pecador se vuelve sobre sus pecados como el chancho al barro, gira sobre sus maldades como la puerta sobre sus quiciales. Por eso dice el joven escritor: “son muchos los que dicen «paz y seguridad» cuando la destrucción repentina está a punto de sobrevenirles”.
Es bueno, de tanto en tanto, hacer tronar el corazón del hombre religioso. Hace bien, en ocasiones, que el Señor de un azote de cuerdas en Su templo. Estoy seguro que pudiste captar la seriedad de la cuestión. Por lo tanto, concluyamos este artículo con una nota sobria para nuestras almas. Joseph Alliene nos advierte:

“Pecador, considera diligentemente si no te cuentas entre ninguno de estos, porque si ese es el caso, estás en hiel de amargura y presión de maldad; porque todos estos llevan las señales externas e internas de los inconversos, y son indudablemente hijos de la muerte. Y si es así, el Señor se apiade de nuestras pobres congregaciones. Qué pequeño remanente habrá una vez que estos pecadores hayan sido depurados.”

Diego Louis
Diego Louis, está casado con Sofia y tiene dos hijos. Luisiana y Simon. Vive en Buenos. Aires, Argentina y se congrega en la Unión de Centros Bíblicos en la localidad de Ezeiza.

Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador

Lunes 14 Agosto
Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.
Lucas 5:8
Simón Pedro (2) – Su consagración
El Señor Jesús había llamado a sus discípulos a dejar las redes y seguirlo (Mr. 1:16-20). Pero ahora había llegado el momento de dejar definitiva e irrevocablemente su oficio de pescadores para seguir a Cristo. Sin embargo, antes de eso, debía haber una obra de consagración más profunda en sus corazones -especialmente en Simón Pedro, quien era su líder natural.

El Señor Jesús había utilizado la barca de Pedro como púlpito, y luego le dijo que llevara la barca a aguas más profundas y que echaran las redes (v. 4). La queja de Simón ante esta orden es comprensible. Habían trabajado toda la noche, cuando los peces están más cerca de la superficie, y no habían pescado nada. ¿Por qué, entonces, iban a esperar capturar algo en el calor del día, cuando los peces estaban en el fondo? Además, Simón y sus compañeros estaban cansados y hambrientos; solo querían ir a casa y dormir. ¿Qué puede saber el Maestro acerca de este oficio? Sin embargo, él obedeció la petición del Señor. Sus redes se llenaron instantáneamente, ¡e incluso se rompían!

Esta enorme pesca fue una revelación para Simón Pedro. Se dio cuenta que Cristo tenía poder sobre la creación. Quizás le vino a la mente las palabras del Salmo 8: “Todo lo pusiste debajo de sus pies… los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar” (vv. 6-8). Jesús, que podía ver en el fondo del lago, también podía sondear las profundidades del corazón contaminado de Pedro. Consciente de que estaba en presencia de una Persona divina, Pedro se dio cuenta de su indignidad, al igual que el profeta Isaías que, teniendo una experiencia similar, exclamó: “Soy hombre de labios inmundos” (Is. 6:5 NBLA); o como Job que, ante la revelación del poder del Señor en la creación, solo pudo balbucear: “He aquí yo soy vil” (Job 42:6). Lo que estos tres hombres tienen en común es que vieron la gloria de Cristo. Así como Isaías estaba dispuesto a dar testimonio, y Job a orar por sus amigos, ¡Simón Pedro estaba ahora dispuesto a dejar sus redes y seguir a Jesús!

Brian Reynolds
© Believer’s Bookshelf Canada Inc.