Lunes 17 Abril El ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera. 1 Timoteo 4:8 Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma. 3 Juan 2
La vida espiritual y el deporte Marcos y Julián son dos jóvenes cristianos con caracteres muy diferentes. Uno es deportista y pasa las tardes entrenando; el otro prefiere quedarse tranquilo en casa, sin hacer ninguna actividad física. Cada uno analiza de forma muy diferente el versículo arriba citado:
– Marcos se centra en la palabra “provechoso” y no le da importancia a la expresión “para poco”.
– Julián insiste en la expresión “para poco”, a fin de excusar su pereza.
¡Cada uno insiste en la parte del versículo que más le conviene!
Marcos debería reflexionar en la continuación del versículo: “La piedad para todo aprovecha”. La piedad es un ferviente apego a Dios. Cuando uno hace deporte todas las tardes, le queda poco tiempo y energía para leer la Biblia y orar… Dar al deporte el primer lugar para el bien de nuestro cuerpo, puede ser perjudicial para nuestra vida espiritual y nuestra relación con Dios.
Julián haría bien en tener en cuenta que el ejercicio físico es útil, incluso si “para poco es provechoso”, pues él es responsable de cuidar su cuerpo.
Cristianos, es fácil retener de la Palabra lo que nos conviene. Sometamos nuestros pensamientos a ella, ¡en vez de someter la Palabra a nuestros pensamientos! Leámosla cuidadosa y completamente. Dejemos que ella regule nuestras vidas y nuestro tiempo. ¡Esta es la manera de tener una buena salud en todos los ámbitos!
Sixto Dormi obtuvo una maestría en Divinidad en The Master´s Seminary en el 2015 y desde entonces se desempeña como pastor de la iglesia Comunidad de Berea en la ciudad de Guayaquil. En el 2016 inició La Academia de Predicación Expositiva (LAPEX) en donde se prepara predicadores para interpretar y exponer correctamente las Escrituras.
Domingo 16 Abril Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría. Salmo 90:12 Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor. Mateo 25:21 ¡Contemos nuestros días! «Hoy es mi cumpleaños… Nuestros días se suman unos a otros, cada vez más rápido, y esta suma solo terminará cuando Jesucristo nos llame a su presencia. ¡Y en ese transcurso continuo, corremos el riesgo de olvidar el valor único del día de hoy!
Tenemos la impresión de que el tiempo se nos escapa, que siempre nos falta… Quizá porque desperdiciamos muchas horas en cosas que no son necesarias, en cosas que no valen la pena, y nosotros los cristianos no nos centramos en lo que debe ser nuestro mayor deseo, es decir, en vivir para al Señor.
A menudo estamos estancados en una rutina llena de cosas inútiles. Pidamos al Señor que nos muestre cuáles son las cosas que nos hacen perder nuestro tiempo, y que nos ayude a dejarlas a un lado. Leyendo los evangelios vemos cómo un encuentro con Jesús transforma la vida. Nuestra vida cambió cuando creímos en el Señor Jesús, pero cada día podemos experimentar este cambio.
Volvamos a leer la parábola de los talentos en Mateo 25:14-30. Dios confió talentos, dones y cualidades a cada uno de nosotros. Es un regalo lleno de promesas, pero también implica una responsabilidad: emplearlos para su servicio y su honor.
Señor, enséñame a contar mis días para que mi prioridad sea conocerte mejor y hablar de ti a mi alrededor, hasta el día en que me llames a tu presencia: en el gozo de mi Señor».
Malou Ezequiel 39 – 1 Pedro 2:1-10 – Salmo 44:17-26 – Proverbios 13:20-21
Cuando empecé a predicar el libro de Filipenses hace un par de años, me di cuenta que Pablo y Timoteo son identificados de inmediato como esclavos de Jesucristo (Filipenses 1:1). Aun cuando la mayoría de las versiones escriben «siervos», la palabra griega es doulos, la cual es mejor traducida como «esclavo.»
Pablo sabía que los Filipenses habían estado luchando con problemas de firmeza en medio de conflictos (Filipenses 1:27-30; 4: 1), la unidad entre creyentes (Filipenses 2:1-2; 4:2-3), la humildad (Filipenses 2:3-9) y la alegría en medio de persecución (Filipenses 2:17-18; 3:1, 4:4 al identificarse como un esclavos de Cristo al comienzo de la carta. Por esa razón Pablo les quiso recordar que el mismo también era esclavo de Cristo.
Es interesante notar que el ser «esclavo» es una auto-designación favorita de los apóstoles y otros escritores de la Biblia. Santiago afirma este título en el versículo de apertura de su epístola (Santiago 1:1), lo mismo es cierto de Pedro (2 Pedro 1:1), Judas (Judas 1) y Juan (Apocalipsis 1:1). Además, Pablo repite que él es doulos de Cristo en otras cartas: Romanos, 1 Corintios, Gálatas, Efesios, Colosenses, 2 Timoteo y Tito. El término se utiliza por lo menos cuarenta veces en el Nuevo Testamento para referirse al creyente, y el equivalente hebreo se usa más de 250 veces para referirse a los creyentes en el Antiguo Testamento. Podemos concluir con seguridad que el Señor quiere que su pueblo se vean a sí mismos de esta manera.
Cinco paralelos
¿Qué significa ser un esclavo en el sentido bíblico? John MacArthur, en su excelente libro titulado Esclavo, nos da cinco paralelos entre el cristianismo bíblico y la esclavitud del primero siglo. El primero es: propiedad exclusiva. Los esclavos eran propiedad de sus amos. Como Pablo les dice a los creyentes en 1 Corintios 6:19-20: «Ustedes no son sus propios dueños; fueron comprados por un precio.» Como puede notar, los cristianos no existen en un mundo autónomo y sin reglas; nosotros no somos los dueños de nuestro destino, ni los capitanes de nuestras almas. Fuimos comprados con un precio, por lo que pertenecemos a aquel que ha pagado ese precio.
«Por lo tanto,» dice Pablo en 1 Corintios 6:20, ya que habéis sido comprados por precio, «honren con su cuerpo a Dios.» Propiedad exclusiva implica sumisión completa. Si pertenecemos a Cristo, si él es dueño de nosotros, entonces lo que debe gobernar nuestra vida no es nuestra voluntad, sino la voluntad de nuestro Amo.
En tercer lugar, uno de los paralelos entre un esclavo y el cristiano es: singular devoción. Ningún esclavo obedece a otros amos, pues su principal preocupación es llevar a cabo la voluntad de la persona a quien pertenece. Nuestro Amo, el Señor Jesús mismo, nos recuerda en Mateo 6:24: «Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro.» El esclavo de Cristo está dedicado a su Amo.
En cuarto lugar, un esclavo demuestra una total dependencia a su amo para la provisión de sus necesidades básicas de la vida. De la misma manera, el cristiano debe depender humildemente por completo de nuestro Maestro (Mateo 5:3; 1 Pedro 4:11). Y por último, el esclavo era personalmente responsable ante su amo. Y de la misma manera, nosotros somos responsables delante de Cristo, y un día le daremos cuentas (2 Corintios 5:9-10).
Una unión increíble
Al contemplar estas cinco características, espero que no penséis en la esclavitud a Cristo como un trabajo pesado. Esta no es una relación tiránica, despótica alimentada por el miedo y la sumisión forzada. La imagen no es de alguien cuya voluntad es constantemente frustrada por los caprichos de su amo, sino de alguien cuya voluntad es, con el tiempo y la exposición repetida a su Amo, conformada amorosamente y felizmente a la voluntad de su Amo. Alexander Maclaren llamó a esto: «la fusión y absorción de mi propia voluntad a su voluntad… yo hago lo que él quiere, no lo que yo quiero… Conforme él me enseña y me muestra más de sí mismo, más quiero conformarme a lo que él quiere.»
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Mike Riccardi, graduado de The Master’s Seminary con una Maestría en Divinidad y en Teología, es el pastor de evangelismo local de la iglesia Grace Community Church en Los Ángeles, California.
Viernes 14 Abril Y pesaron por mi salario treinta piezas de plata. Y me dijo el Señor: Échalo al tesoro; ¡hermoso precio con que me han apreciado! (profecía concerniente a Jesús, vendido por Judas) Zacarías 11:12-13 Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo. 1 Corintios 6:20
¿Qué precio tiene el ser humano? Desde el punto de vista humano, el valor de una persona es muy variable. Los grandes clubes de fútbol están dispuestos a gastar cantidades exorbitantes de dinero para comprar un jugador. Por otro lado, algunos tiranos masacran sin escrúpulos a hombres, mujeres y niños, como si su vida no valiese nada.
Jesús mismo fue estimado en treinta piezas de plata, es decir, el precio de un esclavo. Fue el dinero que Judas recibió por haberlo entregado a los jefes religiosos. Un profeta resumió este vil acto con estas palabras: “No lo estimamos” (Isaías 53:3). Este profundo desprecio y odio dieron como resultado la crucifixión de Jesús.
Los hombres son responsables de su muerte. Pero en la cruz, Jesús pagó con su vida el inmenso precio para salvar al hombre. ¡Él sufrió el abandono, la ira de Dios contra el pecado, la muerte! Jesucristo “se dio a sí mismo en rescate por todos” (1 Timoteo 2:6). Los creyentes fuimos comprados a gran precio: la vida de Cristo, su sangre derramada en la cruz. “Fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir… no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo” (1 Pedro 1:18-19). Dios aceptó este sacrificio, que responde perfectamente a su santidad y a su justicia. ¡No rechacemos su gracia! El precio que pagó para salvarnos está a la medida de su amor: es infinito.
Seamos conscientes del valor que tenemos ante sus ojos, y tratemos de agradarle.
Este pasaje de la Biblia habla sobre la memorable noche en la cual el ejército persa se preparó para tomar por sorpresa la ciudad de Babilonia. En el palacio, el rey Belsasar hizo una gran fiesta con toda su corte. De repente se produjo algo espantoso: unos dedos de hombre aparecieron y escribieron cuatro palabras en la pared… Estas palabras significaban: ¡Contado, contado, pesado, dividido! Cuatro palabras que, interpretadas por Daniel, mostraban que el rey moriría y que Babilonia sería tomada por sus enemigos. La vida del rey terminaría pronto. Pesado en la balanza de Dios, ese poderoso monarca fue hallado demasiado liviano. Su imperio sería dividido y dado a los medos y a los persas. ¡La sentencia divina se cumplió esa misma noche!
¡Pesado y “hallado falto”! ¿No es impresionante descubrir que Dios tiene una balanza infalible para evaluar nuestras acciones, palabras y pensamientos? ¡No pensemos que podremos dar el peso adecuado mediante nuestras capacidades naturales, nuestra buena voluntad, nuestras buenas relaciones sociales y nuestras buenas obras! ¿Qué hay, pues, tan importante en el otro platillo de la balanza de Dios, que le impide inclinarse a nuestro favor? Es Jesucristo, su persona y sus obras. Todo lo que viene de un hombre carece de valor con respecto a las perfecciones de Jesucristo. Entonces, ¿cómo hallar el favor de Dios? Presentándonos ante él, conscientes de nuestra insuficiencia, pero con la certeza de que Jesús reviste con sus perfecciones morales a todo el que cree en él. ¡Estas perfecciones morales son las únicas que pueden satisfacer las exigencias divinas!
Miércoles 12 Abril A causa de la multitud de las violencias claman, y se lamentan por el poderío de los grandes. Y ninguno dice: ¿Dónde está Dios mi Hacedor, que da cánticos en la noche? Job 35:9-10
Un problema puede esconder otro Sin duda, para provocar indignación en Jesús, algunos le contaron que Pilato había hecho masacrar a unos galileos y había mezclado su sangre con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús respondió citando otra tragedia que sucedió sin que fuese por culpa de la maldad del hombre: “Aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No” (Lucas 13:1-5). Con este ejemplo Jesús demostró que no debemos asociar automáticamente una catástrofe a un castigo divino.
En todos los tiempos se ha tratado de dar un sentido a los acontecimientos negativos, y se ha escrito mucho sobre este tema, pues las catástrofes naturales o los accidentes producen angustia y aflicción.
Jesús no respondió directamente la pregunta, sino que fue a lo esencial: “Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:5). Hoy muchos quisieran preguntarle a Dios sobre la existencia del mal y del sufrimiento en la tierra. Él no tiene que rendirnos cuentas de nada, pero invita a cada uno a huir del terrible juicio reservado a todos, pues todos le desobedecieron. Y nos muestra cómo ser salvos: por medio del arrepentimiento y la fe en el sacrificio de Jesucristo.
¿Qué responderemos a la gracia de Dios que ofrece la salvación a todo el que se arrepiente? ¡Escuchemos las advertencias de Dios y no confundamos el problema: ¡ante todo, es necesario ser salvos, y esto es posible!
Como ya comenté en algún momento, en esta época del año se celebra la Pascua en toda la cristiandad, ocasión que solo pierde en popularidad ante la Navidad. A pesar de esto, hay muchas concepciones erróneas y equivocadas sobre la fecha.
La Pascua es una fiesta judía. Su nombre, “pascua”, viene de la palabra hebrea “פסח” Pessach que significa “pasar por encima”, una referencia al episodio de la Décima Plaga narrado en el Antiguo Testamento, cuando el ángel de la muerte “pasó por encima” de las casas de los judíos en Egipto y no entró en ninguna de ellas para matar a los primogénitos. La razón fue que los israelitas habían sacrificado un cordero por orden de Moisés, y esparció su sangre en los umbrales de las puertas. Al ver la sangre, el ángel de la muerte pasaba de largo por aquella casa.
Para la gran mayoría de los jóvenes en Latinoamérica, la Pascua es solo una semana con feriado, excelente para ir a la playa o cualquier otro sitio. Mucho ha pasado en el mundo para que esta fecha se convierta en lo que es hoy.
Todo comenzó con el arresto y la muerte de un judío llamado Jesús de la ciudad de Nazaret durante una fiesta judía llamada Pascua hace dos mil años en Jerusalén. Antes de morir, instruyó a Sus discípulos a comer pan y beber vino en sus reuniones como símbolo de Su cuerpo y de la sangre que sería derramada.
De hecho, murió crucificado en un Viernes de Pascua y fue sepultado. Sin embargo, el domingo siguiente por la mañana, su tumba fue encontrada vacía y Sus discípulos salieron a anunciar al mundo que Él había resucitado y que se les había aparecido varias veces a muchos de ellos, incluso a un judío que anteriormente había sido enemigo de los cristianos llamado Saulo de Tarso.
El mensaje de Saulo y de otros cristianos es que Jesús murió por nuestros pecados, resucitó para nuestra salvación y resurrección.
Este mensaje dio vuelta al mundo y el cristianismo se convirtió en la religión más grande del planeta, con millones de adeptos en todos los países, profesando y declarando haber recibido a Jesús en sus corazones como su salvador personal y Señor de sus vidas.
Yo soy uno de ellos. Tenía 23 años cuando creí en este mensaje. En ese entonces era estudiante de Diseño Industrial en la Universidad Federal de Pernambuco. Mi vida consistía en estudiar, trabajar y frecuentar a los bares dentro y fuera del campus de la universidad.
Aquella noche de septiembre en Recife, cuando comprendí y creí en el mensaje de la resurrección de Jesús, mi vida tomó un rumbo diferente y mucho mejor.
Seguí en la universidad y disfrutando de los feriados de la Semana Santa, pero ahora sabía su verdadero significado. A diferencia de antes, cuando disfrutaba del feriado, pero sin saber que su origen es la muerte violenta de un hombre tan importante que dividió la historia del mundo en un antes y después de Él.
Augustus Nicodemus Lopes Es un ministro presbiteriano, teólogo, profesor, conferenciante internacional y autor de éxito. Augustus tiene una licenciatura en teología en el Seminario Presbiteriano del Norte en Recife, Brasil, una Maestría en Teología en Nuevo Testamento de la Universidad Reformada de Potchefstroom, Sudáfrica, y un doctorado en interpretación bíblica en el Seminario Teológico de Westminster en Filadelfia. Él es también un pastor de la Primera Iglesia Presbiteriana de Recife.
A causa de la multitud de las violencias claman, y se lamentan por el poderío de los grandes. Y ninguno dice: ¿Dónde está Dios mi Hacedor, que da cánticos en la noche?
Sin duda, para provocar indignación en Jesús, algunos le contaron que Pilato había hecho masacrar a unos galileos y había mezclado su sangre con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús respondió citando otra tragedia que sucedió sin que fuese por culpa de la maldad del hombre: “Aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No” (Lucas 13:1-5). Con este ejemplo Jesús demostró que no debemos asociar automáticamente una catástrofe a un castigo divino.
En todos los tiempos se ha tratado de dar un sentido a los acontecimientos negativos, y se ha escrito mucho sobre este tema, pues las catástrofes naturales o los accidentes producen angustia y aflicción.
Jesús no respondió directamente la pregunta, sino que fue a lo esencial: “Si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lucas 13:5). Hoy muchos quisieran preguntarle a Dios sobre la existencia del mal y del sufrimiento en la tierra. Él no tiene que rendirnos cuentas de nada, pero invita a cada uno a huir del terrible juicio reservado a todos, pues todos le desobedecieron. Y nos muestra cómo ser salvos: por medio del arrepentimiento y la fe en el sacrificio de Jesucristo.
¿Qué responderemos a la gracia de Dios que ofrece la salvación a todo el que se arrepiente? ¡Escuchemos las advertencias de Dios y no confundamos el problema: ¡ante todo, es necesario ser salvos, y esto es posible!
Oímos decir a menudo: «Creo a mi manera», o: «Tengo mi religión». Es una respuesta fácil para eliminar las preguntas de fondo. Cada uno se inventa una religión personal que no le molesta mucho, sino que más bien le complace. Así, un criminal de guerra decía que creía en un dios «que no juzgaba el pecado y que no condenaba a nadie».
Es peligroso basarse en sus propias opiniones sin tratar de saber qué piensa Dios.
Caín y Abel eran dos hermanos que creían en Dios. Ambos quisieron ofrecerle una ofrenda: Abel ofreció unos corderos de su rebaño; Caín se acercó a Dios «a su manera», con frutas y verduras de su huerto, sin duda los mejores que él mismo había cultivado. Sin embargo, Dios no aceptó su ofrenda, pues Caín no tuvo en cuenta lo que Dios había dicho: “Maldita será la tierra” (Génesis 3:17). El único sacrificio aceptable era un cordero que anunciaba “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29), es decir, el sacrificio de Jesús para salvar a los hombres.
¿Qué pensaría usted de una persona que pidiese una entrevista con un jefe de Estado y no respetase el protocolo? ¿Sería recibida? En la Biblia Dios nos muestra cómo acercarnos a él de forma sencilla: por medio de su Hijo Jesucristo, no mediante nuestras obras, por muy buenas que sean. “Nadie viene al Padre, sino por mí”, declaró Jesús (Juan 14:6).
“Jesucristo es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 2:2).