El remedio del evangelio para la homosexualidad

Por John Freeman 

Nota del editor:Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

La Biblia revela que el sexo fue creado por Dios y que es bueno. Fue Su idea. Las primeras palabras registradas que Dios dirigió a la humanidad encapsulan las enseñanzas de la Biblia sobre el sexo: «Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra» (Gn 1:28). Este mandato tan positivo demuestra que el sexo estaba destinado a glorificar a Dios, a cimentar el vínculo entre marido y mujer, a ser experimentado exclusivamente entre un hombre y una mujer en la relación matrimonial y a propagar la raza humana.

De este lado de la caída, el sexo y la sexualidad están distorsionados en mayor o menor grado. Sin embargo, hoy en día hay una controversia sobre la homosexualidad que hace estragos en los círculos evangélicos y, cada vez más, también en las iglesias reformadas. La homosexualidad no solo se presenta como algo bueno, sino que también como algo que se debe procurar con la bendición de Dios. Es alarmante que la aceptación del comportamiento homosexual entre los evangélicos profesantes esté aumentando. Escuchamos de algunas personas que el tipo de relaciones homosexuales que vemos hoy en día (amorosas y monógamas) no se abordan en las Escrituras. Aunque parece que esta tendencia va a continuar, estos puntos de vista revisionistas deben ser rechazados por los seguidores de Jesucristo.

La Palabra de Dios es firme en su visión negativa de la homosexualidad y el deseo sexual por el mismo sexo. La Biblia es la norma infalible por la que debemos ver la homosexualidad y entender el remedio del evangelio para ella. Desgraciadamente, la fiabilidad de la Biblia en este ámbito ha sido cuestionada por muchos de los que hoy afirman tener la fe cristiana. Los cristianos que ven las Escrituras como autoritativas e inspiradas no deben aceptar esta visión diluida de la Palabra de Dios. La Biblia revela la posición de Dios respecto a los problemas del corazón humano, siendo la homosexualidad uno de muchos.

¿Cómo deben pensar los cristianos acerca de la homosexualidad? Tenemos que entenderla de tres maneras. En primer lugar, las Escrituras siempre hablan de la homosexualidad en términos de una acción, algo hecho físicamente con otra persona, o de un patrón de pensamiento interno y activo de la mente y el corazón. La palabra griega más utilizada para describir la homosexualidad en el Nuevo Testamento es arsenokoitēs, que se refiere a un varón acostado con otro varón. Por lo tanto, siempre que se menciona, se define en términos de una actividad, un comportamiento o una persona que se involucra en ese comportamiento de corazón y cuerpo.

Segundo, la homosexualidad es considerada como pecado en todo lugar donde se menciona. Está prohibida y se ve expresamente como contraria a la voluntad de Dios. La Escritura lo afirma claramente en Génesis 19:4-9; Levítico 18:22; 20:13; 1 Timoteo 1:9-10; y Judas 7. Romanos 1:24-27 también describe la actividad de la pasión y la lujuria centrada en el corazón, así como el comportamiento. Se refiere tanto a hombres como a mujeres. El comportamiento se menciona en 1 Corintios 6:9-11, donde también aprendemos que fue el pasado de algunos cristianos de la Iglesia primitiva. Entre los que habían experimentado la salvación había antiguos practicantes de la homosexualidad.

Por lo tanto, el comportamiento homosexual del cuerpo y del corazón no solo se define como pecado, sino que también se describe como una consecuencia y efecto de la caída. Al referirse a la realidad del sexo que se ha desviado, Levítico 18:6-19 enumera más de una docena de formas de pecado sexual, incluyendo la homosexualidad y el sexo con animales. Una vez más, la gravedad del pecado sexual, en particular la homosexualidad, se declara con fuerza en Romanos 1:24-28 utilizando frases vívidas y sorprendentes como «la impureza en la lujuria de sus corazones», «pasiones degradantes» y tener una «mente depravada». Eso es además de los versos en Judas que hablan de quienes «convierten la gracia de Dios en libertinaje» y de la gente que «se corrompieron y siguieron carne extraña». Esta última designación está específicamente ligada a lo que sucedió en Sodoma y Gomorra.

Pero ¿realmente Dios tenía que transmitir que el mal uso del sexo en las formas mencionadas (y, por inferencia, los deseos que llevan a ese mal uso) está prohibido y se considera pecado? Sí, por supuesto. Nuestros deseos, especialmente los sexuales, nunca son neutrales. Ver el deseo del mismo sexo como neutral, especialmente cuando ese deseo cosifica a la otra persona sexualmente o la ve meramente como un objeto de pasión sexual, es malinterpretar la profundidad y complejidad del pecado. En la Escritura, el corazón se ve a menudo como el asiento de nuestros deseos. En Marcos 7:21, Jesús describe el corazón como el asiento de toda inmoralidad sexual y sensualidad. Estas propensiones se describen como cosas malas que provienen del interior. Él se refiere al deseo, ya sea que el objeto de ese deseo sea alguien del sexo opuesto o del mismo sexo. Santiago 1:14-15 nos dice que somos llevados y seducidos por nuestros deseos y que el deseo da a luz al pecado. El deseo no es una parte imparcial de nuestro ser, sino una parte muy activa.

Hay que reconocer que estos puntos de vista de la Escritura son ampliamente rechazados. Hay un factor predominante en el intento de legitimar bíblicamente la homosexualidad. En pocas palabras, en la cultura actual, nuestra sociología está interpretando, definiendo y determinando cada vez más nuestra teología. ¿Qué quiero decir con esto? Hubo un tiempo en el que los creyentes acudían habitualmente a la Biblia tanto para saber cómo pensar en las cuestiones de la vida como para encontrar soluciones a los dilemas a los que se enfrentaban, incluidas las cuestiones relacionadas con el sexo y la sexualidad. Ya no es así. Hoy en día, el impacto y la influencia de la red social de uno y la experiencia con los amigos y la familia han desplazado lo que la Biblia podría decir sobre este tema. Otro término para entender esta transferencia de autoridad y credibilidad de la Palabra de Dios a la experiencia personal es la acomodación cultural. Hoy en día, parece que mucha gente cree que las Escrituras deben someterse a nuestras experiencias o a las de otros.

También debemos señalar que la homosexualidad nunca se describe en la Escritura como una condición o estado del ser. Al contrario de la idea moderna de una «orientación» homosexual innata —un término que solo se ha utilizado con frecuencia en los últimos veinticinco años aproximadamente— este concepto no se encuentra en la Escritura. En la Biblia se asume que podemos inclinarnos u «orientarnos» hacia cualquier cosa a la que entreguemos continuamente nuestra mente y nuestro corazón. Si hacemos algo con el pensamiento o la acción suficientes veces y durante un período suficientemente largo, se arraigará en nosotros.

Sin embargo, hay que tener cuidado con el pensamiento simplista, especialmente cuando pensamos en nuestra responsabilidad, algo que muchos no creen tener cuando se trata de sus deseos o comportamientos sexuales. Somos el producto de complejas interacciones de muchos factores a lo largo de muchos años. ¿Por qué algunos son propensos a cualquier número de persuasiones psicosociales, como la ira, la depresión o la dependencia química? Aquí está la respuesta: no siempre elegimos nuestras luchas o tentaciones, pero somos responsables de lo que hacemos con ellas. Se desarrollan en nosotros a través de una complicada interacción de temperamento, influencias internas y externas, y nuestro propio ser hambriento, roto y pecador.

Cooperamos fácilmente y por naturaleza con estas influencias, de modo que los hábitos del corazón y del comportamiento se fortalecen y nos dominan. En cierto sentido, somos la suma de miles de pequeñas decisiones que hemos tomado. Hemos cooperado con el cultivo de nuestros deseos. Así que, a pesar de los factores externos que pueden haber estado en juego en el desarrollo de esas tentaciones que encontramos particularmente tentadoras, seguimos siendo responsables de llevar una vida piadosa, incluso en el área de la sexualidad.

Finalmente, necesitamos entender que Dios ofrece el perdón, un registro limpio y la restauración a través de Jesucristo para todos los pecadores arrepentidos, incluyendo aquellos que tienen una historia de comportamiento homosexual y otros pecados. Él no solo nos perdona como somos, propensos a hacer mal uso de Su don del sexo y de la sexualidad, sino que Su gracia en realidad nos enseña «que negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente» (Tit 2:11-12). Esto no significa necesariamente que podamos fingir que no hemos abusado del sexo como parte de nuestra historia o que los deseos sexuales ilícitos no seguirán molestándonos o siendo una fuente de tentación, pero sí significa que la gracia de Dios nos da poder para vivir transformados como seguidores de Jesucristo. Él nos capacita para resistir la tentación y vivir para Su gloria.

Cristo es el mediador de esta gracia y capacita a los creyentes, pero la iglesia, el cuerpo de Cristo, también desempeña un papel crucial. Una vez escuché a un pastor decir: «El arrepentimiento es matar lo que me está matando sin matarme a mí mismo». No conozco a nadie que pueda hacer eso por sí solo. Aprender a caminar en obediencia y dar muerte a nuestro pecado y a nuestra naturaleza pecaminosa nunca es algo que se pueda intentar solo o aislado. El cambio bíblico es una actividad comunitaria. El llamado de la iglesia es ofrecer apoyo y ánimo a quienes experimentan atracción hacia el mismo sexo y otras tentaciones sexuales. Caminar con quienes son tentados de esta manera significa que los ayudamos a llevar las cargas de sus luchas y tentaciones, ofreciendo amistad y compañerismo, y ayudándoles a creer por primera vez o a volver a creer en el evangelio cada día. Eso es lo que Cristo hace por nosotros y lo que nosotros debemos hacer por los demás al enfrentarnos al pecado sexual. Al hacerlo, también se nos recordará que nosotros también somos perdonados por nuestras transgresiones.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
John Freeman
John Freeman es presidente de Harvest USA en Filadelfia, Pensilvania.

Testimonio anónimo de un médico

Martes 6 Diciembre

¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?

Eclesiastés 1:3

Haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos.

Lucas 12:33

Encontré

Testimonio anónimo de un médico

“Generación tras generación, los jóvenes comienzan su actividad llenos de fuerza, de entusiasmo y determinación… luego, unos tras otros, caen en la misma indiferencia y en los mismos defectos de los que los precedieron.

Después de algunos años de vida he notado que todo lo que constituye nuestra vida en la tierra a menudo no es más que apariencia, ilusorio, pasajero… Cuando era joven imaginaba que el objetivo principal de la vida era alcanzar un buen nivel social; luego vi cómo ciertas personas, después de haber alcanzado su ideal, se sintieron decepcionadas de la vida.

Tras descubrir cuán vanas eran las ofertas de este mundo, algo infinitamente más precioso, algo eterno, se impuso a mis pensamientos. Por la fe en Jesucristo encontré algo muy superior a todo lo que mi corazón podía desear. Lo más importante en el mundo, lo que realmente vale la pena, es conocer a Dios y su amor por medio de Jesucristo su Hijo. Conocer a Jesús el Salvador no es una teoría o una filosofía: es la vida, la vida eterna (Juan 17:3). He experimentado que Cristo es una roca sobre la cual puedo construir mi fe. He descubierto que el Espíritu Santo no es solo una influencia, sino una Persona real, viva, activa. Antes me interesaba en las cosas efímeras, ahora mis afectos profundos están anclados en Aquel que creó todas las cosas y que me ama”.

“No me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Timoteo 1:12).

Josué 24 – Santiago 5 – Salmo 138:6-8 – Proverbios 29:9-10

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El hilo de la araña

Lunes 5 Diciembre

Si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis.

Romanos 6:16

Si el Hijo (de Dios) os libertare, seréis verdaderamente libres.

Juan 8:36

El hilo de la araña

Mi profesión me obligaba a viajar frecuentemente. Estas ausencias no agradaban mucho a mi familia. Un día mi pequeña hija tuvo la idea de atarme, para que no pudiera irme. Tomó una bobina de hilo y empezó a desenrollar el hilo mientras me envolvía con él. Después de algunas vueltas se detuvo triunfante y me dijo: “¡Papá, trata de liberarte!”. Yo hubiera podido romper los pocos hilos con la mayor facilidad, pero no quería estropear el júbilo de la niña. Ella dio vueltas nuevamente a mi alrededor con el hilo en la mano. “¿Puedes escapar?”, me preguntó de nuevo. Fingí intentarlo en vano, lo cual la entusiasmó más. Ella continuó atándome, feliz. Al final quise romper mis ataduras, pero ya era demasiado tarde. Lo que al principio era un juego de niños, se convirtió en algo imposible; el número de hilos que me ataban era demasiado grande: “¡Estás atrapado!”, celebraba la niña mientras aplaudía. De buena o mala gana tuve que llamar a mi esposa para que me liberara.

Esta anécdota me recuerda la estrategia de la araña: para neutralizar a su presa, la envuelve en un hilo muy fino pero resistente y bastante largo. Así, finalmente, la inmoviliza completamente.

El diablo también utiliza esta estrategia: poco a poco lleva su presa a tomar hábitos de los cuales no puede liberarse. Al final, cae en adicciones fatales. Pero nunca es demasiado tarde para clamar a Dios y obtener la liberación. “Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás” (Salmo 50:15).

Josué 23 – Santiago 4 – Salmo 138:1-5 – Proverbios 29:7-8

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Vivir la vejez con Dios

Domingo 4 Diciembre

Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento.

Eclesiastés 12:1

Hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo.

Isaías 46:4

Vivir la vejez con Dios

Muchas personas ancianas tienen la impresión de ser inútiles, cosa que les causa gran sufrimiento: “¡Me gustaría tanto ayudar en algo! ¡Pero ya no soy bueno para nada! Soy una carga para mis hijos. No sé por qué el Señor me deja todavía en la tierra…”, dicen algunos.

La vejez a menudo trae su parte de problemas, sus días malos, de los cuales habla la Biblia… Nuestras actividades se ven restringidas, debemos reconocer nuestros límites, cada vez más estrechos; se pierde la independencia; a menudo, a las dificultades físicas se añade una disminución de las facultades mentales como la memoria o la capacidad de reflexionar.

Un creyente del siglo 4, Agustín, escribió: “Para vivir la vejez con tranquilidad es necesario poseer el gozo que da la fe cristiana”. Muchos cristianos han experimentado esto. Es el resultado de una verdadera relación con Dios, la fuente viva de toda consolación. “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Isaías 40:29). Dirige nuestra mirada al que nos salvó, de manera que “aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día” (2 Corintios 4:16).

Nuestra vida está en las manos del Dios Creador y Salvador, el único que tiene el poder y la sabiduría para dejarnos en la tierra o llevarnos con él, ¡cualquiera que sea nuestra edad! Si él desea conservarnos aún con vida, nos asegura su fidelidad: “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9).

Josué 22:21-34 – Santiago 3 – Salmo 137 – Proverbios 29:5-6

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La naturaleza aborrece el vacío

Sábado 3 Diciembre

(Dios dijo:) Me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua.

Jeremías 2:13

La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros.

Colosenses 3:16

La naturaleza aborrece el vacío

Esta frase ha atravesado los siglos sin perder su valor. Es atribuida al filósofo griego Aristóteles, e ilustra una ley de la naturaleza, que todo el espacio tiene que estar lleno de algo. El mismo principio se aplica a nuestra vida espiritual.

En Mateo 12:43-45 Jesús habla de una casa que había sido ocupada por un demonio, pero luego este se fue. Barrida y adornada, la casa no permaneció vacía mucho tiempo: demonios más malos que el primero entraron allí.

Cristianos, esta imagen nos muestra que si nuestro corazón no está ocupado del bien, de las cosas del Señor, estará ocupado de otras cosas. Las futilidades que el mundo ofrece, sus goces pasajeros, o peor, todas las impurezas que se propagan a plena luz del día llenarán nuestro corazón.

Si queremos ser preservados del mal y de la corrupción generalizada, debemos pensar en Cristo, en las “cosas de arriba” (Colosenses 3:2), en todo lo que es verdadero, todo lo honesto, justo, puro, amable (Filipenses 4:8). El apóstol Pablo oraba para que Cristo habitara por la fe en el corazón de los creyentes, para que estos fueran “arraigados y cimentados en amor”, y “llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:1719). Su corazón estaba lleno de esto porque él había sido “asido por Cristo” (Filipenses 3:12).

Demos más lugar en nuestra vida al Señor Jesús, quien dijo: “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:23).

Josué 22:1-20 – Santiago 2 – Salmo 136:23-26 – Proverbios 29:3-4

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Excelso es nuestro Señor

SALMO 147
«Excelso es nuestro Señor, y grande su poder; su entendimiento en infinito»
(Sal. 147:5).


Este salmo es un hermoso cántico de alabanza al Señor por Su gran poder y Su perfecta protección hacia los suyos. En esta ocasión el salmista empieza exhortando al pueblo de Israel a que alabe al Señor: «… ¡Cuán bueno es cantar salmos a nuestro Dios, cuán agra- dable y justo es alabarlo!» (v. 1), para luego presentar las múltiples razones por las cuales es digno de ser alabado. Alabamos al Señor por Su salvación, presente y futura. El SEÑOR es quien edifica Jerusalén (v. 2), quien vuelve a reunir a Su pueblo (v. 2), quien sana las heridas del corazón (v. 3); el poder del Señor es tan grande que Él puede contar todas las estrellas y llamarlas a cada una por su nombre: ¿Cómo no habría de cuidar un Dios tan poderoso a cada uno de nosotros, los que formamos Su pueblo?

Tal y como adelantaba el versículo 4, el mismo Dios que cuenta las estrellas es quien cuida de Su pueblo escogido. El poder de Dios es mucho más alto de lo que podamos jamás entender. Dios extien- de las nubes y prepara la lluvia (v. 8), da de comer a los animales (v. 9), y aunque la Creación es obra de sus manos y Él la sustenta perfectamente, Dios no encuentra Su máximo deleite en ella, sino en Su nueva creación: «Sino que se complace en los que le temen, en los que conf ían en su gran amor» (v. 11).

De ahí proviene el imperativo del salmista que podemos apro- piarnos cada uno de nosotros: ¡Alaba al SEÑOR! Dios se goza en nuestras alabanzas y en un corazón humilde y sumiso delante de Él. La salvación de Dios es muy generosa y muy grande. Él usa a toda Su creación para proteger a Su Israel ante todos sus enemigos, y delante de Su poder, «¿quién puede resistir?» (v. 17). Ahora bien, esperando llegar al clímax de su salmo, el autor se guarda para el final la más grande las bendiciones de Dios para con los suyos: «A Jacob le ha revelado su palabra; sus leyes y decretos a Israel. Esto no lo ha hecho con ninguna otra nación; jamás han conocido ellas sus decretos. ¡Aleluya! ¡Alabado sea el SEÑOR!» (v. 19-20). Israel se goza, ante todo, por el hecho de conocer la voluntad del Señor y ser poseedor de Su revelación. Ese es también para nosotros, Su Israel, nuestro mayor gozo, deleite, y beneficio.

Además de las muchas bendiciones materiales del Señor para contigo, ¿cuentas como tu mayor bendición el poder tener Su pre- ciosa Palabra y el privilegio de poder meditar en ella? ¿Das gracias a Dios por haber revelado a Su Hijo en ti (Gál. 1:16)? Que en medio de las bendiciones que te rodean, o aún en los momentos de escasez y aflicción, esta sea tu más grande bendición y tu primer motivo de alabanza a Dios. Él podría habernos privado de conocerle, pero por Su bondad infinita, Dios nos ha hablado y ha hecho de nosotros una nación santa. Nosotros le hemos conocido y hemos sido comprados para alabarle. ¡Aleluya!

Cartas a las iglesias: Tiatira (4)

Jueves 1 Diciembre

(Jesús dijo:) Os daré a cada uno según vuestras obras. Pero a vosotros y a los demás que están en Tiatira, a cuantos no tienen esa doctrina, y no han conocido lo que ellos llaman las profundidades de Satanás, yo os digo: No os impondré otra carga; pero lo que tenéis, retenedlo hasta que yo venga.

Apocalipsis 2:23-25

Cartas a las iglesias: Tiatira (4)

Leer Apocalipsis 2:18-29

Tiatira era una pequeña ciudad famosa por sus tintorerías (el color púrpura en particular) y sus empresas artesanales, sus fiestas, sus sacrificios a los dioses y sus orgías. En esta carta a Tiatira, la más larga de las siete, se habla de una mujer llamada Jezabel. Este nombre nos traslada a un periodo sombrío del Antiguo Testamento: Jezabel, esposa del rey Acab, había introducido en Israel la adoración a los falsos dioses fenicios, Baal y Astarté. De manera similar, en Tiatira, el mundo idólatra y corrompido había entrado en la iglesia y pretendía hablar de parte de Dios.

En la iglesia de Pérgamo algunas personas trataban de desviar a los fieles mediante su enseñanza. Aquí, en Tiatira, una parte de la iglesia había sido seducida y formaba adeptos. De ahí que el apóstol habla de “los demás que están en Tiatira”, que no tienen esta doctrina.

El cristianismo de hoy está fuertemente influenciado por la evolución rápida de un mundo sin Cristo. No nos desanimemos y continuemos trabajando para Dios; examinemos si la enseñanza impartida entre los cristianos que conocemos halla su fuerza en Jesucristo y se basa en su Palabra.

En Tiatira Jesús se presenta como el Hijo de Dios. No es un maestro entre otros. Él nos invita a rechazar todo lo que no es conforme a la Palabra de Dios, y a tener firme lo que hemos recibido de él, hasta que él venga.

(continuará el próximo jueves)

Josué 20 – Colosenses 4 – Salmo 136:1-9 – Proverbios 28:27-28

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Sé un padre digno de honra

Por:Tim Challies

Durante varias semanas, he estado examinando el quinto mandamiento y, en particular, cómo deben obedecerlo los hijos adultos. «Honra a tu padre y a tu madre, como te ha mandado el Señor tu Dios, para que tus días se alarguen y te vaya bien en la tierra que el Señor tu Dios te da». Mientras que cumplir este mandamiento es relativamente sencillo para el niño pequeño que está bajo la autoridad de sus padres, es mucho más difícil saber lo que implica para los hijos adultos. A lo largo de esta serie, hemos empezado a conocer algunas formas en las que esa honra puede presentarse. Hemos visto que todos los hijos tienen una deuda de honra con sus padres que se prolonga más allá de la infancia. Todos los hijos de todas las edades deben honrar a sus padres. Hemos explorado esto desde muchos ángulos y ahora, al concluir, quiero explorarlo desde uno más.

Los hijos no tienen toda la responsabilidad en el cumplimiento del quinto mandamiento. Si los hijos deben extender la honra a sus padres, los padres deben facilitárselos viviendo vidas honorables. Debemos repetir lo que hemos dicho antes: Los hijos no deben esperar a que sus padres demuestren ser honorables antes de extender la honra, ya que la honra de los padres se deriva de su posición, no de su comportamiento. Sin embargo, sigue siendo responsabilidad de los padres llevar una vida digna y respetable. Y esto es lo que quiero considerar hoy: ¿Cómo podemos nosotros, que somos padres, vivir una vida digna de honra? ¿Cómo podemos facilitar que nuestros hijos nos honren ahora y en el futuro?

La gloria de los hijos

Comenzaremos con un proverbio apropiado. Proverbios 17:6 nos dice: «Corona de los ancianos son los hijos de los hijos, y la gloria de los hijos son sus padres». Es la segunda parte de este proverbio la que me interesa de forma particular. ¿Qué significa que «la gloria de los hijos son sus padres»? Aunque debemos reconocer un contexto singular en el Antiguo Testamento, podemos estar de acuerdo con Eric Lane, cuando dice: «Para los hijos su mayor bendición era tener unos padres de los que pudieran sentirse orgullosos: respetados en la comunidad, prósperos en los negocios y minuciosos en su educación». Es una bendición para los hijos tener padres honorables y es correcto que se sientan orgullosos de sus padres y, por supuesto, también de sus madres.

En la explicación e interpretación que John Kitchen hace del proverbio, destaca la importancia de que los padres vivan con honor: «Los hijos se sienten orgullosos de tener un padre honorable. Es cierto que el mandamiento exige que los hijos honren a su padre y a su madre (Éx. 20:12), pero también corresponde al padre dar a sus hijos motivos para hacerlo. ¿Qué mayor incentivo terrenal podría haber para vivir honorablemente como hombre, que el hecho de que tus hijos se sientan orgullosos de ti y anhelen modelar tu carácter?». Los padres son el orgullo de los hijos cuando viven honorablemente.

Viviendo honorablemente

¿Cómo viven los padres honorablemente? ¿Cómo aconsejarías a un amigo que te dice: «Quiero vivir una vida digna de honor. ¿Qué hago?». Hay cientos de posibilidades, cientos de maneras de responder a estas preguntas. Podríamos crear una lista de cualidades que deberían caracterizar al padre cristiano: El amor, la bondad, la paciencia y la mansedumbre. Podríamos generar una lista de deberes que los padres deben cumplir: Pasar tiempo de calidad con nuestros hijos, orar por ellos, leerles la Palabra de Dios. Podríamos elaborar una lista de características y comportamientos que debemos evitar: No exasperar a nuestros hijos, no tratarlos injustamente, no dejar de criarlos en la disciplina e instrucción del Señor. Las posibilidades son infinitas.

Yo pretendo mantenerlo simple y proponer tres áreas de énfasis.

En primer lugar, haz de tu propia piedad tu principal preocupación. Como padres, tenemos la tendencia a esperar más de nuestros hijos de lo que esperamos de nosotros mismos. Tenemos grandes expectativas para ellos, pero sólo expectativas modestas para nosotros mismos. Una vida honorable ante los demás comienza con una vida honorable ante Dios. Cuando buscamos a Dios, anhelamos ser lo que Él quiere que seamos, vestirnos con todas las características nobles asociadas con la piedad y desechar todas las características desagradables asociadas con la impiedad. Vamos a querer comportarnos como Dios quiere que nos comportemos, dejar de lado todas las acciones que no son propias de un cristiano y resaltar todas aquellas acciones que son dignas de un cristiano. De este modo, modelaremos un carácter y un comportamiento maduros, desplegando y mostrando amor a nuestros hijos, incluso cuando nos exasperen o nos lleven al borde de la desesperación. Viviremos con la conciencia tranquila ante Dios, los hombres y nuestros propios hijos.

En segundo lugar, identifica e imita modelos dignos. Especialmente dentro de la iglesia local, busca personas que hayan sido modelos de crianza exitosa. Dios nos ha puesto en las comunidades de la iglesia local para que podamos tener ayuda a través de todos los desafíos y dificultades de la vida. Dios nos rodea de otros creyentes para que podamos tener modelos que imitar. Identifica deliberadamente a las personas cuyos hijos los aman y honran, cuyos hijos se deleitan en estar con ellos. Aprende a imitar a esas personas. Pregunta a los padres: «¿Qué hiciste para que tus hijos te respeten ahora? ¿Cómo los criaron? ¿Qué les han enseñado?». Pregunta a los hijos: «¿Qué hicieron tus padres para que los honres? ¿Qué amas de ellos? ¿Por qué te gusta pasar tiempo con ellos?». Es mucho lo que podemos aprender mediante la curiosidad y la imitación.

En tercer lugar, encomienda a tus hijos a la gracia de Dios. Aprendan a ser piadosos y a imitar modelos dignos y luego encomienden a sus hijos a la gracia de Dios. Es tu responsabilidad vivir una vida digna de honra y es tu responsabilidad enseñar a tus hijos la importancia del honor. Pero en última instancia, la honra debe ser extendida por los hijos, no exigida por los padres. La responsabilidad recae en tus hijos. Puede que se muestren duros de corazón, que no estén dispuestos a identificar el amor y la gracia que les has mostrado, que no estén dispuestos a perdonar tus defectos, que no estén dispuestos a hacer caso al mandato de Dios. Pero tú, al menos, habrás vivido una vida de honor. Tú, al menos, habrás cumplido con el deber que Dios te ha dado.

Pueden haber momentos para apelar a tus hijos cuando actúan de forma deshonrosa o, si son cristianos, incluso para apelar a tu iglesia. Los líderes de la iglesia deben tomar en serio la responsabilidad de cada miembro de obedecer el quinto mandamiento. Sin embargo, al final tus hijos harán su propio camino en la vida. Ellos elegirán honrar a Dios al honrarte a ti o elegirán deshonrar a Dios al deshonrarte a ti. Incluso si eligen mal, tú puedes consolarte sabiendo que aunque tus hijos te abandonen, Dios no lo hará. Padres, hagan que sea fácil para sus hijos honrarlos. Hagan que sea un placer para ellos sentirse orgullosos de ustedes. Vivan de tal manera que sus hijos puedan decir: «la gloria de los hijos son sus padres».

Tim Challies

Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.

¡Impídaselo!

Miércoles 30 Noviembre

Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia… Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos. Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar.

1 Timoteo 2:1-68

¡Impídaselo!

En un pueblo de Bangladesh, una mujer fue a ver a un misionero para pedirle que le prohibiera a su vecino cristiano continuar orando por ella.

 – ¿Cómo sabe que él ora por usted?

 – Pues bien, hasta el presente, adorando las divinidades hinduistas, yo estaba absolutamente tranquila, pero desde algún tiempo no lo estoy. Además, una vez me dijo que él oraba por mi familia, y mis dos hijas y mi hijo se volvieron cristianos. Si él continúa orando, podría hacer que yo también me vuelva cristiana. Es absolutamente necesario que alguien lo detenga…

La Biblia nos dice: “Orad unos por otros… La oración eficaz del justo puede mucho. Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto” (Santiago 5:16-18).

“El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:5-7).

Josué 19 – Colosenses 3 – Salmo 135:15-21 – Proverbios 28:25-26

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Ética y conciencia

La función de la conciencia en la toma de decisiones éticas tiende a complicarnos las cosas. Los mandamientos de Dios son eternos, pero para obedecerlos primero debemos apropiarnos de ellos en el interior. El “órgano” de esa internalización clásicamente ha sido llamado conciencia. Algunos describen esta nebulosa voz interior como la voz de Dios dentro de nosotros. La conciencia es una parte misteriosa del ser interior del ser humano. Dentro de la conciencia, en un secreto rincón escondido, reside la personalidad, tan oculta que a veces funciona sin que estemos inmediatamente al tanto de ello. Cuando Sigmund Freud llevó la hipnosis a una posición de investigación científica respetable, el ser humano comenzó a explorar el subconsciente y a examinar aquellas grutas íntimas de la personalidad. Encontrarse con la conciencia puede ser una experiencia asombrosa. El descubrimiento de la voz interior, tal como lo observa un siquiatra, puede ser como “mirar al mismísimo infierno”.

No obstante, tendemos a concebir la conciencia como algo celestial, un punto de contacto con Dios más que como un órgano infernal. Lo imaginamos como el personaje de caricatura enfrentando a una decisión ética mientras un ángel se posa sobre un hombro y un demonio en el otro, jugando un tira y afloja con la cabeza del pobre hombre. La conciencia puede ser una voz del cielo o del infierno; puede mentir como también presionarnos a la verdad. Puede decir cosas contradictorias, teniendo la capacidad de acusar o de excusar.

En la película Pinocho, Walt Disney nos entregó la canción “Dame un silbidito”, que nos urgía a que “siempre deja que tu conciencia sea tu guía”. Esto es lo más alto de la “teología de Pepe Grillo”. Para el cristiano, la conciencia no es la corte suprema de apelaciones para el comportamiento correcto. La conciencia es importante, pero no es normativa. Tiene la capacidad de distorsionarse y de desorientar. En el Nuevo Testamento se menciona unas treinta y una veces en donde indica, de forma abundante, su capacidad de cambiar. La conciencia puede cauterizarse y deteriorarse, y volverse insensible a causa del pecado reiterado. Jeremías describió a Israel como alguien que tiene “frente de ramera” (Jeremías 3:3). A causa de sus reiteradas transgresiones, Israel, al igual que una prostituta, había perdido su capacidad de avergonzarse. Su tozudez y dureza de corazón produjeron una conciencia insensible. El sociópata puede asesinar sin remordimiento y es inmune a las punzadas normales de la conciencia.

Aunque la conciencia no es el tribunal supremo de la ética, es peligroso actuar contra ella. Martín Lutero temblaba agónico en la Dieta de Worms a causa de la enorme presión moral que enfrentaba. Cuando le pidieron que se retractara de sus escritos, él incluyó estas palabras en su réplica: “Mi conciencia está cautiva por la Palabra de Dios. Actuar contra la conciencia no es adecuado ni seguro”. El uso gráfico de la palabra cautiva por Lutero ilustra el poder visceral de la compulsión que puede ejercer la conciencia en una persona. Una vez que la persona es capturada por la voz de la conciencia, un poder es aprovechado y con el cual se pueden acometer actos de heroica valentía. Una conciencia capturada por la Palabra de Dios es a la vez noble y poderosa.

¿Tenía razón Lutero al decir: “Actuar contra la conciencia no es adecuado ni seguro”? Aquí debemos caminar con sumo cuidado, no sea que nos rebanemos los dedos sobre el filo de la navaja ética. Si la conciencia puede estar mal informada o distorsionada, ¿por qué no deberíamos actuar contra ella? ¿Deberíamos seguir nuestra conciencia hacia el pecado? Aquí tenemos un dilema de tipo doble peligro. Si seguimos nuestra conciencia hacia el pecado, somos culpables de pecado en la medida que se nos exige que nuestra conciencia esté debidamente informada por la Palabra de Dios. Sin embargo, si actuamos contra nuestra conciencia, también somos culpables de pecado. Puede que el pecado no radique en lo que hacemos, sino en el hecho de cometer un acto que creemos que es malo. Aquí entra en consideración el principio bíblico de Romanos 14:23: “Todo lo que no procede de fe, es pecado”. Por ejemplo, si a una persona se le enseña y llega a creer que usar lápiz labial es pecado, y luego usa lápiz labial, esa persona está pecando. El pecado no radica en el lápiz labial, sino en la intención de actuar contra lo que uno cree que es el mandato de Dios.

El dilema del doble peligro exige que nos esforcemos por poner nuestra conciencia en armonía con la mente de Cristo, no sea que una conciencia carnal nos conduzca a la desobediencia. Necesitamos una conciencia redimida, una conciencia del espíritu más bien que de la carne.

La manipulación de la conciencia puede ser una fuerza destructiva dentro de la comunidad cristiana. Los legalistas suelen ser maestros de la manipulación de la conciencia, mientras que los antinominianos dominan el arte de la negación silenciosa. La conciencia es un instrumento delicado que debe respetarse. Alguien que intente influenciar la conciencia de los demás tiene la gran responsabilidad de mantener la integridad de la personalidad misma del otro tal como fue modelada por Dios. Cuando les imponemos una falsa culpa a los demás, paralizamos a nuestro prójimo, atándolo con cadenas allí donde Dios lo ha dejado libre. Cuando incitamos una falsa inocencia, contribuimos a la desobediencia del otro, exponiéndolo al juicio de Dios.

 Sproul, R. C. (2016). ¿Cómo debo vivir en este mundo?. (E. Castro, Trad.) (Vol. 5, pp. 91–94). Poiema Lectura Redimida; Reformation Trust.