Mata el orgullo antes de que te destruya

Mata el orgullo antes de que te destruya
Por Lucas Aleman

Desde el principio, el orgullo presenta batalla contra Dios constantemente y se propaga entre nosotros con mucha facilidad. Se nutre de casi cualquier cosa con tal de no sucumbir ante la búsqueda de la humildad que Dios demanda de todos nosotros. Este pecado es único. La mayoría de los pecados nos alejan de Dios, pero el orgullo es un ataque directo aDios porque busca destronarlo con el fin de entronizarse a sí mismo cueste lo que cueste.
Por esta razón Dios «reprende a los soberbios» (Sal. 119:21) y no tolera nunca a los que son «altivos de corazón» (Pr. 16:5). Siempre los «resiste» (Stg. 4:6; 1 P. 5:5) y, de hecho, se burla de ellos (Pr. 3:34) como lo hizo con Faraón en el libro de Éxodo. Dios ya había mandado siete plagas cuando le hizo a Faraón una de las preguntas más particulares de todo el Antiguo Testamento por medio de Moisés y Aarón: «¿Hasta cuándo no querrás humillarte delante de mí?» (Éx. 10:3). Las siete «señales» anteriores deberían haber sido suficientes para dejar ir al pueblo de Dios (Éx. 10:2). Sin embargo, Faraón «se obstinó en pecar» (Éx. 9:34) y «se endureció» aún más (Éx. 9:35; cp. Éx. 8:15, 32).

El orgullo de Faraón
Esta no era la primera vez que un Faraón se enaltecía en su corazón. Anteriormente ya se había levantado «sobre Egipto» un «nuevo rey» que se caracterizaba por su orgullo porque «no conocía a José» (Éx. 1:8; cp. Gn. 47:11–27). Había no solo rechazado cualquier acuerdo previo con José sino que también había concebido con astucia un plan que tenía como primer objetivo debilitar a «los hijos de Israel» para así engrandecer su reino (Éx. 1:9–11). «Pero cuanto más los oprimían, tanto más se multiplicaban y crecían» (Éx. 1:12). En otras palabras, Dios hizo fracasar la política opresora de Faraón de manera poderosa. No había otra forma de explicar esto más que Dios estaba con su pueblo (cp. Éx. 33:15–17).

Varios años antes, Dios le había prometido a Abraham «una nación grande» (Gn. 12:2). A pesar de que al principio solo«setenta» entraron a Egipto (Éx. 1:5), providencialmente «los hijos de Israel fructificaron y se multiplicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo, y se llenó de ellos la tierra» (Éx. 1:7; cp. Gn. 1:28). Pero Faraón se aferró a su orgullo e hizo «servir a los hijos de Israel con [mayor] dureza» (Éx. 1:13). Enseguida manifestó dicha actitud al imitar a su padre el diablo —quien «ha sido homicida desde el principio» (Jn. 8:44)— e intentó limitar el crecimiento del pueblo de Dios. Mandó a matar a todos los descendientes varones por medio de «las parteras de las hebreas» a quien les ordenó: «Cuando asistáis a las hebreas en sus partos, y veáis el sexo, si es hijo, matadlo; y si es hija, entonces viva» (Éx. 1:16). Sin embargo, las parteras «temieron a Dios» y «preservaron la vida a los niños» (Éx. 1:17). Irónicamente, el resultado fue que «el pueblo se multiplicó y se fortaleció en gran manera» (Éx. 1:20).

Faraón no podía con Dios ni con su pueblo, pero esto no significaba que iba a rendirse. Hizo pasar un decreto en todo Egipto que decía: «Echad al río a todo hijo que nazca, y a toda hija preservad la vida» (Éx. 1:22). «Por la altivez de su rostro», Faraón no buscó a Dios «en ninguno de sus pensamientos» (Sal. 10:4) pero aún así —en otra demostración de ironía— uno los hijos de Israel terminó en su propia casa (Éx. 2:1–10). Todos sus esfuerzos fueron superados por Dios quien desde «los cielos» se estaba burlando al compás de su soberanía absoluta que lo determina todo (Sal. 2:4), incluso el lugar de donde vendría el libertador de su pueblo. Pasaron los años y ese «rey de Egipto» murió (Éx. 2:23).

Con todo, la situación de «los hijos de Israel» no cambió y todavía «gemían a causa de la servidumbre» (Éx. 2:23). De hecho, se levantó otro Faraón mucho más orgulloso que el anterior, pero Dios no se olvidó del «pacto con Abraham, Isaac y Jacob» (Éx. 2:24) y «reconoció» la condición de su pueblo (Éx. 2:25).

Dios odia el orgullo
Es por eso que cuando Dios se le apareció a Moisés «en una llama de fuego en medio de una zarza» (Éx. 3:2) se identificóa sí mismo como el «Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob» (Éx. 3:6). No solo era el mismo Dios de sus antepasados, sino que aún se acordaba de todas sus promesas (Gn. 12:2–3; 17:3–8; 26:2–5; 23–24; 28:12–15). Moisés inmediatamente se humilló ante su presencia (Éx. 3:5; cp. Nm. 12:3) y «cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios» (Éx. 3:6) cuyo nombre es «YO SOY EL QUE SOY» (Éx. 3:14). Su nombre le dio a entender a Moisés que Dios no tiene principio ni fin. Vive en un permanente presente por la eternidad y su naturaleza, en efecto, no cambia (Éx. 3:15). No puede ser manipulado ni forzado a nada porque Dios es hoy quien ha sido ayer y quien será mañana. Lo que aborreció en el paraíso (Gn. 3:1–24), lo sigue abominando porque su carácter es inmutable (Mal. 3:6; Stg. 1:17).

En este caso, más específicamente, su actitud hacia el orgullo ha permanecido intacta, aún desde antes que Adán y Eva pecaran (Gn. 1:31). El diablo fue quien primeramente «se enalteció» en su corazón (Ez. 18:17) y dijo: «Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo» (Is. 14:13–14). Muchos ángeles le siguieron y, como resultado, Dios «los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día» (Jud. 6). No hay duda alguna, entonces, de que Dios odia el orgullo en base a su naturaleza.

La oportunidad desperdiciada de Faraón
Irónicamente, el orgullo de Faraón también seguía intacto (Éx. 7:14–9:35). Siete plagas no le fueron suficiente para reconocer «que no hay otro como [Dios] en toda la tierra» (Éx. 9:14). Pero ciertamente esto no podía permanecer así para siempre. No hay lugar para el altivo delante de Dios (Sal. 5:5). Eventualmente «todo soberbio» será «abatido» por Dios (Is. 2:12) que por sí mismo juró: «[A] mí se doblará toda rodilla» (Is. 45:23; cp. Fil. 2:10–11). De igual modo, Faraón «no quedar[ía] impune» (Pr. 16:5). Su «quebrantamiento» estaba por caer en cualquier momento (Pr. 18:12) y es, precisamente por eso, que Dios le pregunta: «¿Hasta cuándo?» (Éx. 10:3).

¡Esta era la mejor oportunidad que Faraón tenía de arrepentirse! Hasta sus propios «siervos» se dieron cuenta de la destrucción que había sobrevenido sobre Egipto a causa de su orgullo obstinado (Éx. 10:7). Pero Faraón no dejó ir a todos los hijos de Israel (Éx. 10:11). Por lo tanto, Dios envió tres plagas más sobre el pueblo de Egipto (Éx. 10:12–12:30) hasta que fueron humillados (Éx. 12:31–36).

¿Qué hay de tu orgullo?
El orgullo es tan desagradable para Dios que ocupa el primer lugar de lo que parece ser una versión veterotestamentariade los siete pecados capitales (Pr. 6:16–19). En su esencia, es incompatible con lo que Dios es, fue y siempre será (Lev. 19:2; 20:26; 21:8). Aunque todavía no hemos visto a Dios «tal como él es» (1 Jn. 3:2), sí se ha revelado lo suficiente en Éxodo como para que seamos más humildes de lo que verdaderamente somos. Reconozcamos, pues, nuestra soberbia. Este es el primer paso para adquirir la humildad que Dios demanda de todos nosotros.

No podemos suponer que «la soberbia y la arrogancia» buscarán «el temor de Jehová» (Pr. 8:13) en nuestra vida. El orgullo nunca confiesa ni tampoco se arrepiente de pecado. Ahora bien, si ni siquiera estamos dispuestos a hacer esto es porque todavía tenemos un «más alto concepto de [nosotros] que el que [debemos] tener» (Ro. 12:3). No podemos hacer nada antes de este paso.

Al mismo tiempo, procuremos la humildad con todas nuestras fuerzas porque solamente allí abunda la gracia de Dios (Stg. 4:6; 1 P. 5:5). Dios no tolera los «ojos altaneros» ni el «corazón vanidoso» (Sal. 101:5). Nunca lo ha hecho y, ciertamente, tampoco lo hará «cuando él se manifieste» (1 Jn. 3:2). Se burló de Faraón y «no perdonó a los ángeles» (2 P. 2:4) que buscaron destronarlo (Jud. 6), ¿qué nos hace pensar que tratará con nuestro orgullo de manera diferente? Ante sus ojos, hay «más esperanza [para el] necio» que para el soberbio (Pr. 26:12). «Revist[ámonos] de humildad» «bajo la poderosa mano de Dios» antes de que sea demasiado tarde (1 P. 5:5–6).

Lucas Aleman
Lucas Alemán (M.Div., Th.M., Ph.D. Candidate) es director de educación en español y profesor de Antiguo Testamento en The Master’s Seminary, y director ejecutivo de la Sociedad Teológica Cristiana. Además, es pastor en la Iglesia Bíblica Berea en North Hollywood, California, y el editor general y uno de los autores de «La hermenéutica de Cristo» así como uno de los contribuidores de «En ti confiaré». Lucas es oriundo de Argentina. En 2016, comenzó a enseñar en The Master’s Seminary como miembro adjunto de la facultad. Si bien sus cursos de especialización son panorama del Antiguo Testamento, gramática de hebreo y exégesis de hebreo, él también da clases de exégesis de griego y teología. En 2018, se unió a la facultad de tiempo completo. Lucas y su esposa, Clara, tienen dos hijos, Elías Agustín y Enoc Emanuel.

Hizo flotar el hierro – 2 Reyes 6:6

Hizo flotar el hierro – 2 Reyes 6:6

El hacha parecía estar irremediablemente perdida y, como era prestada, el prestigio de los hijos de los profetas se hallaba probablemente en peligro. Como consecuencia, el nombre de su Dios iba a quedar comprometido. Contra lo que se esperaba, el hierro subió de las profundidades del río y flotó, pues lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Conozco a un hombre en Cristo que hace solo unos años fue llamado a emprender una obra que estaba muy por encima de sus fuerzas. Parecía tan difícil que aun la simple idea de intentarla resultaba absurda. Sin embargo, se le llamó a ejecutarla y, al presentarse la ocasión, su fe se afirmo.

Dios premió la fe de ese hombre, le envió una ayuda inesperada y el hierro flotó. Otro, de la familia del Señor, estaba pasando por una grave apretura económica. Si hubiese podido vender cierta parte de sus bienes habría tenido con qué satisfacer todos sus compromisos, pero de la noche a la mañana se vio en un callejón sin salida y en vano fue en busca de sus amigos. No obstante, su fe lo guió hacia el inefable Ayudador y, ¡he aquí que la dificultad desapareció y el hierro flotó! Otro estaba preocupado por un triste caso de corrupción. Ya había apelado a la enseñanza, a la reprensión, a la exhortación, a la invitación y a la intercesión, pero… todo en vano. El viejo Adán era demasiado fuerte para el joven Melanchthon; el terco espíritu no quería ceder. Entonces luchó en oración y, al poco tiempo, le fue enviada del Cielo una bendita respuesta. El corazón duro se quebrantó y flotó el hierro. Querido lector, ¿qué es lo que te desespera? ¿Qué asunto grave tienes que resolver hoy? Tráelo aquí: el Dios de los profetas vive, y vive para ayudar a sus santos.

Él no permitirá que carezcas de bien alguno. ¡Pon tu fe en el Señor de los Ejércitos! Acércate a él invocando el nombre de Jesús y el hierro flotará. Dentro de poco verás el dedo de Dios obrando maravillas por su pueblo: «Conforme a tu fe te sea hecho». Y el hierro flotará una vez más.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 21). Editorial Peregrino.

¿Quién puede conocer a Dios?

Viernes 13 Enero

¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es el Señor, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio, y su entendimiento no hay quien lo alcance.

Isaías 40:28

¿Quién puede conocer a Dios?

Si reflexiono sobre Dios, sobre su existencia eterna, su presencia en todas partes, y al mismo tiempo sobre su grandeza, su sabiduría, su poder, esta pregunta resuena en mí: “¿Descubrirás tú los secretos de Dios? ¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso?” (Job 11:7). Al contemplar el cielo y la tierra debo admitir que lo que veo es una ínfima parte de las obras del Creador: “Estas cosas son solo los bordes de sus caminos; ¡y cuán leve es el susurro que hemos oído de él! Pero el trueno de su poder, ¿quién lo puede comprender?” (Job 26:14).

¿Y qué decir de su amor incondicional? Al pensar en sus constantes cuidados, exclamo: “Has aumentado, oh Señor Dios mío, tus maravillas; y tus pensamientos para con nosotros, no es posible contarlos ante ti. Si yo anunciare y hablare de ellos, no pueden ser enumerados” (Salmo 40:5).

Cuando pienso en la omnisciencia de Dios, en su perfecto conocimiento de mi vida, debo reconocer que Su grandeza va más allá de mi comprensión: “Aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Señor, tú la sabes toda… Sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender” (Salmo 139:4-6).

Nuestras limitaciones humanas nos enseñan la humildad, pero la fe recibe la revelación de Dios en Jesucristo y nos lleva a adorarle. Dios creó todo para transmitir la vida y la felicidad a sus criaturas, y admitirlas en su gloriosa presencia.

1 Samuel 10 – Mateo 9:18-38 – Salmo 9:1-10 – Proverbios 3:11-12

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Valentía centrada en el evangelio

Valentía centrada en el evangelio

 Josué Barrios

El grafito de Alexamenos es un graffiti antiguo en Roma, que se considera la primera representación pictórica de la crucifixión de Cristo. El dibujo es el de un hombre crucificado, con cara de burro. Así las personas se burlaban de la cruz de Cristo en la antigüedad, y lo mismo ocurre hoy.

Hoy vemos a personas burlándose de la cruz de Cristo en la televisión, en películas taquilleras, en salones de clases, en redes sociales, en programas de radio, en canciones de moda y prácticamente en toda la cultura que nos rodea.

Es evidente que cuando el mundo no está persiguiendo a los cristianos violentamente, los persigue ridiculizando injustamente nuestra fe. Ciertamente el evangelio “es necedad para los que se pierden” (1 Cor. 1:18).

¿Cómo podemos mantener una valentía al predicar el evangelio con seriedad, compasión y convicción ante un mundo que en su rebeldía e ignorancia ve al cristianismo como algo patético?

En la segunda carta a su discípulo Timoteo, el apóstol Pablo nos muestra que la fuente de la valentía para proclamar a Cristo frente las adversidades culturales no es nuestra autodeterminación humana, sino una mayor comprensión del evangelio en el poder del Espíritu Santo. Mira lo que escribió a Timoteo:

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Por tanto, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni de mí, prisionero suyo, sino participa conmigo en las aflicciones por el evangelio, según el poder de Dios, quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad, y que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por medio del evangelio…” (2 Tim. 1:7-10).

Aquí vemos que cuando Pablo quería alentar a Timoteo a que no se avergüence del evangelio frente a la adversidad, no sólo le da este mandato afirmándole que Dios le ha dado el Espíritu Santo, sino que también le recuerda lo que ese evangelio significa.

Pablo le habla a Timoteo del evangelio de nuestro Señor Jesucristo, para que viva centrado en él, y esto le impulse a predicar la verdad con valentía. Le recuerda que Dios lo ha salvado y llamado, no porque Timoteo haya hecho buenas obras (porque todos somos pecadores y merecemos condenación), sino porque así le plació hacerlo (cp. Efesios 1:3-5).

Dios planeó antes de la fundación del mundo esta salvación por medio de Cristo, quien vino a quitar la muerte de nuestro destino y darnos vida eterna. ¿Qué puede ser más emocionante que esto? ¿Qué puede ser más alentador, consolador y energizante que esta realidad?

El antídoto contra el sentir vergüenza por el evangelio es conocer realmente el evangelio. ¿Por qué Pablo no se avergonzaba del evangelio? “Porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Rom. 1:16). “… No me avergüenzo, porque yo sé en quién he creído y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel día” (2 Tim. 1:12).

De hecho, Pablo en su carta a Timoteo continúa insistiendo en que procure no olvidar el evangelio que ha recibido. “Acuérdate de Jesucristo, del linaje de David, resucitado de los muertos conforme a mi evangelio” (2 Tim. 2:8).

Esto implica que si queremos que nuestras iglesias sean más fervientes en el evangelismo, predicando la verdad de Dios sin sentir temor de lo que las personas inconversas puedan decir contra nuestra fe y puedan hacernos, necesitamos recordarnos el evangelio y profundizar en sus riquezas.

Muéstrame a una iglesia que se avergüence del evangelio y te mostraré a una iglesia que no lo está comprendiendo correctamente.

Somos llamados a ser valientes al predicar la verdad, y la valentía correcta para hacerlo es una valentía que está centrada en el evangelio: una valentía que crece de conocer más y más lo que Cristo hizo por nosotros para que hoy tengamos salvación y vivamos deleitándonos en el amor de Dios.

La historia nos cuenta que Timoteo, por la gracia soberana de Dios, persistió en la predicación de la Palabra. Es mi oración que lo mismo se diga de nosotros en aquel día en que estaremos con Dios cara a cara.

Josué Barrios 

Sirve como Coordinador Editorial en Coalición por el Evangelio. Ha contribuido en varios libros y es el autor de Espiritual y conectado: Cómo usar y entender las redes sociales con sabiduría bíblicaEs licenciado en comunicación y cursa una maestría de estudios teológicos en el Southern Baptist Theological Seminary. Vive con su esposa Arianny y su hijo Josías en Córdoba, Argentina, y sirve en la Iglesia Bíblica Bautista Crecer, donde realiza una pasantía ministerial y es líder de jóvenes. Puedes leerlo en josuebarrios.com y seguirlo en InstagramTwitter y Facebook.

Aún tengo razones en defensa de Dios – Job 36:2

Aún tengo razones en defensa de Dios». Job 36:2

No debemos buscar publicidad para nuestras virtudes ni para nuestro fervor; pero, al mismo tiempo, es un pecado estar siempre procurando esconder lo que Dios nos ha concedido para bien de otros. Un cristiano no tiene que ser una aldea colocada en un valle, sino «una ciudad asentada sobre un monte».

No tiene que ser una lámpara colocada debajo de un almud, sino sobre el candelero, que alumbra a todos. El retraimiento puede resultar agradable en su tiempo, y el ocultarse a sí mismo es, sin duda, signo de modestia; pero el ocultar a Cristo en nosotros nunca puede estar justificado, y el retraerse de la verdad que nos es preciosa es un pecado contra nuestros semejantes y una ofensa contra Dios. Si tienes un temperamento nervioso y una disposición a ser retraído, ten cuidado de no tolerar demasiado esta propensión a temblar, para que no seas inútil a la Iglesia.

En el nombre del que no se avergonzó de ti, procura hacer alguna leve violencia a tus sentimientos y cuenta a otros lo que Cristo te ha dicho a ti. Si no puedes hablar con voz de trueno, hazlo con voz apacible. Si el púlpito no tiene que ser tu tribuna, si la prensa no puede llevar sobre sus alas tus palabras, di con Pedro y Juan: «No tengo oro ni plata, mas lo que tengo te doy». Si no puedes predicar un sermón desde un monte, háblale a la mujer samaritana junto al pozo de Sicar; si no puedes hacerlo en el Templo, alaba a Jesús en las casas; hazlo en el campo, si no te es posible hacerlo en el negocio; en medio de tu propia familia, si no lo puedes hacer entre la multitud. Desde los ocultos manantiales, deja que fluyan apaciblemente los vivos arroyos del testimonio, dando así de beber a cuantos pasen.

No ocultes tu talento; negocia con él y producirás un buen interés para tu Maestro y Señor. El hablar por Dios será para nosotros motivo de refrigerio, para los santos motivo de alegría, para los pecadores motivo de provecho y para el Salvador motivo de honor.

Los hijos mudos son una aflicción para los padres. Señor, desata la lengua de todos tus hijos.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, pp. 20-21). Editorial Peregrino.

Una buena noticia para un mundo perdido

Jueves 12 Enero
(Cristo Jesús) vino y anunció las buenas nuevas de paz.
Efesios 2:17
No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.
Lucas 5:32

Una buena noticia para un mundo perdido

Cuando abrimos un periódico, quisiéramos encontrar más noticias buenas que malas, pero no es así. Sin embargo, desde hace veinte siglos, una buena noticia fue anunciada: ¡El Evangelio, que significa buena noticia!

Jesús vino al mundo y anunció la buena nueva de la paz. Este es un resumen de los planes de Dios para el hombre perdido y sin esperanza. Desde la muerte y la resurrección de Cristo, el Evangelio proclama a todos que el Hijo de Dios se hizo hombre, que murió en una cruz sufriendo el castigo por nuestros pecados, y que así abrió el camino hacia Dios a todo el que se arrepiente. Esta es la maravillosa revelación del amor divino presentada en el Nuevo Testamento.

Muchas personas conocen esta noticia, pero tristemente no quieren beneficiarse de ella. Jesús, el portador de este mensaje de paz, no fue recibido. Se presentó como la luz del mundo (Juan 8:12), pero “los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Juan 3:19). Lo mismo sucede en nuestros días: en su conjunto, el mundo rechaza el evangelio y se aleja cada vez más del amor de Cristo. Pero Dios es paciente, él no quiere “que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). El Evangelio todavía es predicado en todo el mundo, como Jesús lo anunció (Marcos 13:10). ¡Benefíciese hoy de esta buena noticia!

“He aquí sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas, del que anuncia la paz” (Nahum 1:15).

“Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca” (Efesios 2:17).

1 Samuel 9 – Mateo 9:1-17 – Salmo 8 – Proverbios 3:9-10

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¿Por qué hay pastores que no pastorean?

¿Por qué hay pastores que no pastorean?
Por Oscar Morales

Hace aproximadamente unos 15 años solía escuchar a través de la radio casi todos los días a un pastor de una congregación grande de mi país. Sus enseñanzas las consideraba de bastante bendición y mucho conocimiento, por lo que decidí un día ir a su iglesia para poder aprender un poco más. Al llegar a la congregación tomé mi lugar y el servicio empezó, sin embargo no lograba localizar visualmente al pastor. Al terminar el momento de alabanza una señora subió a dar algunos anuncios y luego hizo la presentación del pastor. El pastor salió de una de las puertas de al lado del escenario junto con tres personas más. Estas personas estaban vestidas de la misma forma y tenían walkie-talkies en las manos, uno de ellos llevaba una Biblia, la cual después de dejar al pastor en el púlpito entregó a él. Estos eran lo que hoy conocemos como “escuderos del pastor”, algo que yo en aquel tiempo no tenía ni la menor idea de qué significaba. Después de que el pastor subió, la señora le entregó un vaso de agua y junto con estas personas se sentaron en unas sillas en el escenario, justo detrás del pastor.

Años después, a través de varios amigos, me enteré que este pastor le decía clara y constantemente a la gente que por favor no le buscaran, que su labor era predicar y nada más, el no tenía tiempo ni le gustaba saludar gente. Que la razón de tener a este equipo de personas era para que le ayudaran a que nadie se le acercara después de haber predicado.

¿Un pastor que no pastorea?
¿Puede alguien ser un pastor que no pastorea? Tristemente, esto se mira demasiado. Pero, ¿debería ser así? El llamado pastoral descrito en la Palabra de Dios es un llamado serio del cual todos daremos cuentas de lo que hicimos (Heb. 13:17). Es un llamado en la mayoría de casos a sufrir juntamente con Cristo (1 Co. 16:8-9; 2 Co. 1:8-11; 4:8-11; 6:3-5; 11:16-33). También es un llamado el cual Dios nos advierte que no deberíamos buscarlo con ligereza (Stg. 3:1). Y sumado a todo esto, la Biblia también nos da las características de quienes buscan el llamado, la descripción y las responsabilidades de este llamado (1 Tim. 3, Tito 1, 1 Pd. 5). El que Dios en Su infinita sabiduría y soberanía haya usado la figura del “pastor de un rebaño” para describir la labor del liderazgo de ancianos en la iglesia no es para nada casualidad, y no solo eso, Jesús mismo se describe como “el buen Pastor” (Jn. 10). Esta es una de las más grandes responsabilidades y privilegios que Dios nos ha dado (1 P. 5:3; Jn. 21:15-19). Entonces, surge otra pregunta.

¿Por qué hay pastores que no pastorean?
Las razones pueden ser varias. Desde problemas emocionales, miedo al hombre y a los conflictos hasta la inmadurez, inexperiencia o la peor y más peligrosa razón: simple y sencilla indiferencia. Al final, ellos fueron llamados a enseñar, ocupar el púlpito, ser admirados excesivamente, recibir toda clase de elogios y aplausos, pero ¡Dios guarde que tengan que ensuciarse las manos con las personas que Dios ha permitido que estén bajo su cuidado!

Pueden ser varias las razones, pero al final la raíz creo que es la misma: no han entendido lo que significa ser pastor. El pastorear no es una labor fácil y mucho menos con caducidad de tiempo. El pastorear involucra tiempo, esfuerzo, paciencia, y por sobre todo amor para con el rebaño. Es curioso que Jesús en su conversación con Pedro haya usado dos palabras para enfatizar la labor que por amor a Él debía de hacer, apacentar y pastorear las ovejas.

Cuando Cristo no está sentado en el trono de nuestro corazón por completo, amamos más otras cosas, personas y experiencias que a Él. Probablemente estamos amando más la admiración, la posición, el liderazgo, el reconocimiento, etcétera; cosas que desde el inicio del mundo el mismo diablo ofreció a nuestros primeros padres: “… serán como Dios” (Gn. 3:5), y al mismo Jesús “…todo esto te daré” (Mt. 4:9), a cambio de adorarle a él y desobedecer a Dios.

Pongamos atención a la conversación de Jesús con Pedro, la condición para poder pastorear y apacentar al rebaño era su amor por su Señor. ¿Cómo puede alguien que se dice pastor decir que no tiene tiempo ni ganas ni llamado para atender, escuchar o estar con la gente? ¡Que Dios nos perdone y tenga misericordia!

Pastor, ¿estamos obedeciendo a Dios en nuestras responsabilidades como pastores de Su rebaño? ¿Estamos siendo buenos mayordomos de ese llamado? No tenemos empleados, son ovejas. No tenemos jefes, son ovejas. No tenemos sirvientes, son ovejas. No tenemos sub-ordinados, son ovejas. Ovejas por las cuales nuestro Señor Jesucristo dio su vida por amor y nos encomendó enseñarles, modelarles y amarlos a través de ese mismo mensaje. Recuerdo una vez haber leído una frase de Ed Stetzer que decía:

“El evangelio vino a los griegos y los griegos lo volvieron filosofía. El evangelio vino a los romanos y los romanos lo volvieron un sistema. El evangelio vino a los europeos y los europeos lo volvieron a la cultura. El evangelio vino a América y nosotros lo hemos vuelto un sistema de empresa/negocio.”

Amado pastor, oremos al Señor, arrepintámonos día a día, regresemos a la cruz y el evangelio a cada minuto y preguntémonos si estamos levantando día a día el reino de Jesús en la vida de quienes nos rodean. ¿O es solo nuestro propio reino? Estamos desarrollando más lideres para des-centralizar el liderazgo de la iglesia y poder pastorear adecuadamente al pueblo de Dios ¿o queremos ser “el único”? Te ves como el presidente ejecutivo de una compañía multinacional ¿o te ves como el siervo más humilde que lava los pies de quien incluso lo iba a traicionar? (Jn. 13:1-15) ¿Permites que un Zaqueo pueda compartir su vida contigo? (Lc. 19:1-10). ¿Dejas que los niños se acerquen contigo o sientes que interrumpen y aturden al “siervo de Dios”? (Mt. 19:14). O incluso ¿permites que una mujer con flujo de sangre (considerada sucia) te toque sin decirle a tus “escuderos” que estás muy ocupado? (Lc. 8:43-48).

Recuerda, amado pastor, que de todo lo que hagamos con el rebaño, daremos cuenta un día delante de Dios.

Oscar Morales

Es pastor en Iglesia Reforma, ha trabajado por más de 20 años en el ministerio. Está casado con Regina, es papá de Alex y Sofía. Disfruta de la música, de los deportes y la tecnología. Lo puedes encontrar en Twitter o en su blog personal.

Yo he rogado por ti – Lucas 22:32

¡Cuán alentador es pensar en la incesante intercesión del Redentor en favor nuestro! Cuando oramos, él aboga por nosotros; y cuando no oramos, el defiende nuestra causa y, por sus súplicas, nos protege de los daños invisibles. Observa la palabra de aliento dirigida a Pedro: «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo, pero…» ¿qué? ¿Ve y ora por ti? Este hubiera sido un buen consejo, pero no es lo que hallamos escrito. Ni le dijo: «Pero yo te mantendré alerta y así serás preservado»: esto hubiera sido una gran bendición; pero no, lo que le dijo fue: «Yo he rogado por ti, que tu fe no falte». Poco conocemos lo que debemos a las oraciones de nuestro Señor.

Cuando lleguemos a la cumbre del Cielo y miremos todo el camino por el cual el Señor nuestro Dios nos ha guiado, ¡cómo alabaremos al que, ante el Trono eterno, desbarató el daño que Satanás estaba haciendo en la tierra! ¡Cuántas gracias le daremos porque él nunca estuvo en silencio, sino que día y noche mostró las heridas de sus manos y llevó nuestros nombres en su pectoral! Aun antes que Satanás empezara a tentarnos, Jesús lo anticipó e introdujo una petición en el Cielo. La misericordia le gana la carrera a la malicia. Observa: él no dice: «Satanás os ha zarandeado y, por tanto, yo rogaré», sino: «Satanás os ha pedido». Él ataja a Satanás aun en sus mismos deseos. Jesús no dice: «Pero yo he deseado rogar por ti».

No, sino que expresa: «Yo he rogado por ti, ya lo he hecho; he ido al tribunal e iniciado una réplica antes de que se presentase la acusación». ¡Oh Jesús, cuánto nos alienta saber que tú has defendido nuestra causa contra nuestros enemigos invisibles, que has desactivado sus minas, y que has desenmascarado sus emboscadas. En esto tenemos motivo para el gozo, la gratitud, la esperanza, y la confianza.

Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 19). Editorial Peregrino.

El camino de la felicidad

Miércoles 11 Enero
Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.
Juan 14:5-6

El camino de la felicidad
Jean d’Ormesson, decano de la Academia Francesa, filósofo y autor de muchas obras, murió el 5 de diciembre de 2017. En una de sus últimas obras escribió: «Muy pronto llegará el tiempo en que me encontraré ante Dios… Busqué la felicidad… Nunca dejé, desde el fondo de mi abismo, de buscar el camino, la verdad y la vida».

Sin duda muchos lectores se sienten identificados con estas declaraciones. ¿Qué ser humano no se preocupa por la muerte… y por lo que hay más allá? Pero, ¿de qué sirve buscar, si no vamos al único que tiene la respuesta?

Dios no nos dejó sin respuesta. Jesús, su Hijo, fue su mensajero. Dejó la gloria del cielo para tomar nuestra condición humana y morir en una cruz, sufriendo el suplicio destinado a los peores malhechores. Su sacrificio abre un camino hacia Dios a todo el que lo acepta como su Salvador, y Dios lo adopta como su hijo.

Jesús también mostró qué es la verdad, no una verdad como la de los hombres, que cambia en función de las épocas y lugares. ¡La verdad divina es invariable, constante, la misma para todos! Muestra todo lo que hay en el corazón humano, sus contradicciones, sus bajezas, sus miedos, pero también revela el corazón de Dios: su amor, su compasión, su gracia. Podemos aferrarnos a esta verdad con toda confianza. Jesús también es la fuente de la vida, la vida eterna.

Si usted cree en él, la muerte ya no será un salto a lo desconocido, sino la puerta abierta hacia el paraíso celestial. ¡Confíe en Jesús, quien es el camino, la verdad y la vida!

1 Samuel 7-8 – Mateo 8:23-34 – Salmo 7:9-17 – Proverbios 3:7-8

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Los tribunales seculares y el conflicto en la iglesia

Los tribunales seculares y el conflicto en la iglesia
Por John Currie

 Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

«¿Por qué no sufren mejor la injusticia?». La pregunta de Pablo en 1 Corintios 6:7 difícilmente pudo ser más contracultural y contraintuitiva para un corintio. Corinto estaba contagiada con la pasión por el estatus, el éxito y el honor personal. La capacidad de alcanzar estas aspiraciones mediante la ambición, el posicionamiento y la imagen se consideraba sabiduría. Los cristianos de Corinto seguían profundamente influenciados —podríamos decir que infectados— por esta sabiduría cultural, y su seducción por ella había dado lugar a divisiones en el liderazgo, la tolerancia de hechos escandalosos de inmoralidad y, ahora, al litigio de conflictos ante los tribunales de los incrédulos. Su padre espiritual estaba tan escandalizado por esta conducta (y la condición subyacente del corazón que revelaba) que, aunque antes no había querido avergonzarlos por su mal comportamiento (1 Co 4:14), ahora los avergüenza (6:5) con ocho preguntas inquisitivas en solo siete versículos (vv. 1-7). Al apóstol le resultaba chocante y vergonzosa la realidad de los cristianos que llevaban a otros cristianos ante los tribunales civiles para resolver sus diferencias personales.

Él estaba escandalizado por dos razones. Primero, la conducta de los corintios traicionaba su testimonio de lo que Cristo, al inaugurar Su reino en Su iglesia, ha hecho (vv. 2-3); y segundo, contradecía la sabiduría que Cristo da y ha dado a Su iglesia (v. 5). Su inmadurez e incompetencia, evidenciadas en el hecho de litigios civiles entre creyentes, deshonraban a Aquel a quien decían conocer como sabiduría, justicia, santificación y redención de Dios (1:30).

El remedio de Pablo para este escándalo fue aplicar la sabiduría del evangelio de la cruz de Cristo a sus conflictos. El apóstol modeló esto al venir a ellos no a la manera de los grandes hombres de la cultura, sino en debilidad cruciforme (1:17). Su aceptación de la locura de la cruz le había hecho estar dispuesto a ser despreciado y a sufrir las calumnias con espíritu de reconciliación y humildad (4:9-13), y como les dirá posteriormente, incluso renunció a sus derechos entre ellos por el evangelio (9:3-18). En toda esta «necedad», el apóstol no hacía más que imitar el patrón del Cristo que les predicaba (1:18-25). Así que su pregunta inquisitiva a los que decían creer en su mensaje de la cruz y ser salvos por ello y, sin embargo, estaban litigando por la vindicación y la victoria personal de unos con otros, era: «¿Por qué no tomar la cruz?», «¿Por qué no sufrir más bien el mal?» (6:7).

No es que Pablo tratara de impedir que los cristianos buscaran la resolución de los conflictos presentes (y muy reales) que pudieran tener unos con otros. Sin embargo, debían poder usar la sabiduría que Dios ha dado en y a la iglesia para hacerlo (v. 5). Cristo mismo dio a los creyentes un proceso de apelación unos a otros con la esperanza de «ganar» al otro cuando se ha producido una ofensa. Ese proceso implica la ayuda de otros creyentes e incluso, en casos de dureza de corazón, puede implicar la acción judicial de los tribunales de la iglesia (Mt 18:15-20). Pablo tampoco prohíbe apelar a la autoridad civil ordenada por Dios (Ro 13:1-7) en casos de actividad delictiva (de hecho, ignorar y ser negligente en tales casos causa mucho daño a las víctimas del delito y al nombre de Cristo). Pero cuando los cristianos han llegado al punto de buscar el castigo por conflictos personales ante los incrédulos, algo está profunda y terriblemente mal en nuestros corazones y en nuestra iglesia.

Los cristianos de Corinto necesitaban una corrección cruciforme de la inclinación de sus corazones en sus conflictos unos con otros en su época. Tal vez nosotros también la necesitemos. Las preguntas de Pablo en 1 Corintios 6 nos impulsan a imitar a nuestro Salvador, una imitación que no manifiesta la sabiduría autopreservadora de esta época, sino la sabiduría abnegada de Aquel que se entregó por nuestros pecados y que, por Su Espíritu, vive ahora en nosotros para formarnos a Su semejanza (Gá 2:20).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

John Currie
El Dr. John Currie es coordinador del departamento y profesor de teología pastoral en Westminster Theological Seminary en Filadelfia y ministro de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa.