¿Es pecado ingerir bebidas alcohólicas?

Un creyente debe abstenerse de ingerir cualquier bebida alcohólica.

Como siempre ha sido nuestra práctica, dejemos que la palabra de Dios nos instruya sobre este tan debatido y polémico asunto de conducta cristiana.

Comenzaremos diciendo que la Biblia no contiene ningún mandato en contra de ingerir bebidas alcohólicas. Lo que sí contiene es mandatos en contra de la embriaguez. Note uno de ellos, se encuentra en 1ª Corintios 6:9-10 donde leemos: «¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis, ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios»

De aquí podemos concluir que la palabra de Dios condena la borrachera al ponerla en el mismo plano que la fornicación, el adulterio, la homosexualidad, la idolatría, etc.

¿Será entonces que el creyente puede ingerir cualquier bebida alcohólica siempre y cuando no llegue a emborracharse? Hay muchos que opinan que sí, y se convierten en bebedores sociales, lo cual, según ellos, significa que ingieren bebidas alcohólicas con moderación para cumplir con sus compromisos sociales. Dicen ellos que como la Biblia no contiene un versículo que diga: No seáis un bebedor social, entonces no hay ningún problema con ingerir bebidas alcohólicas siempre y cuando no lleguen a emborracharse.

Pero aquí debemos detenernos y meditar, porque estamos entrando en un campo que debe ser considerado con sumo cuidado antes de decidir que podemos ingerir bebidas alcohólicas con moderación como dicen algunos.

Es necesario considerar la ley del amor gobernando nuestra libertad en Cristo para hacer o dejar de hacer ciertas cosas no legisladas en la Biblia. En esencia lo que esta ley dice es que la libertad que tenemos en Cristo para hacer o dejar de hacer las cosas que no están reguladas en la Biblia está limitada por una ley superior que es el amor a los demás.

Esta ley aparece en textos como Gálatas 5:13 donde dice: «Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servios por amor los unos a los otros»

Según lo que dice este texto, diríamos que efectivamente, el creyente tiene plena libertad para ingerir bebidas alcohólicas con moderación, sin llegar a emborracharse, pero existe el peligro de usar esta libertad como ocasión para la carne.

¿Qué significa esto? Pues que la libertad que tiene el creyente para hacer cierta cosa, se ha tornado en un justificativo para agradarnos a nosotros mismos en detrimento de los demás. Por eso el versículo que leímos termina diciendo: sino servios por amor los unos a los otros.

Esto significa entonces que la libertad del creyente para hacer las cosas no legisladas en la Biblia queda subyugada al servicio a los demás en amor. ¿Cómo serviríamos a otros por amor, en el caso que nos atañe? Pues simple y llanamente cediendo voluntariamente el derecho que tenemos para ingerir bebidas alcohólicas.

Es por esto que Pablo nos deja con un excelente enfoque de su libertad en Cristo en 1ª Corintios 10:23-24 donde dice: «Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica. Ninguno busque su propio bien, sino el del otro.»

Aplicando este texto al caso específico de ingerir o no bebidas alcohólicas con moderación, sin llegar a emborracharse, Pablo diría: Es lícito ingerir bebidas alcohólicas sin llegar a emborracharse, pero no es necesariamente conveniente. Es lícito ingerir bebidas alcohólicas sin emborracharse, pero puede ser que no sea edificante. ¿Cómo saber si es o no conveniente? ¿Cómo saber si es o no edificante? Pues por el efecto que esta conducta va a tener en los otros.

La libertad cristiana está entonces limitada por como va a afectar nuestras acciones sobre otros hermanos. Es en relación a esto que Pablo pronunció las palabras que tenemos en 1ª Corintios 8:13 donde dice: «Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano.»

Aplicando esto a nuestro caso de ingerir bebidas alcohólicas con moderación, Pablo diría: Si ingerir bebidas alcohólicas con moderación afecta negativamente a algún hermano, gustosamente cederé mi derecho de ingerir bebidas alcohólicas con moderación para por amor no hacer tropezar a ese hermano. Esto es la libertad limitada por el amor; y es característica de una verdadera madurez espiritual.

Terminando ya, leamos lo que dice Romanos 15:1-2 «Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación.»

Resumiendo entonces, la Biblia no ordena abstinencia total de bebidas alcohólicas por parte del creyente. El creyente tiene libertad de hacerlo, pero esta libertad está limitada por el amor a otros hermanos y esto resulta en un ceder el derecho de ingerir bebidas alcohólicas para no herir a otros hermanos. Esta es una conducta propia de la madurez espiritual.

Verdaderos valores

Sábado 10 Septiembre
Buscad lo bueno, y no lo malo, para que viváis.
Amós 5:14
Jesús… anduvo haciendo bienes.
Hechos 10:38
Verdaderos valores
Con motivo de una ceremonia de graduación, el alcalde de la ciudad, después de las felicitaciones acostumbradas, invitó a los estudiantes a preguntarse sobre los verdaderos valores, pero no precisó cuáles. Nuestra sociedad ha perdido todas sus referencias, ya no tiene la capacidad de responder sobre dicho tema. Y los mensajes difundidos por los medios de comunicación, ¿presentan verdaderamente valores recomendables? A menudo promueven el espíritu de competencia, la vanidad, la superficialidad, el juicio sobre las apariencias… Ahora bien, “lo que los hombres tienen por sublime, delante de Dios es abominación” (Lucas 16:15).

Entonces, ¿cuáles son los verdaderos valores? ¿Dónde debemos buscarlos? En la Biblia, porque ella es la Palabra de Dios. La enseñanza de Jesucristo en los evangelios nos los muestra: amor, bondad, compasión, humildad… Y toda su vida los ilustra.

¿Es necesario, pues, imitar a Cristo como lo hacía el apóstol Pablo? (1 Corintios 11:1). Sí, pero nadie puede hacerlo sin haber recibido primero la vida nueva, la vida eterna. Jesús dijo: “El que cree en mí, tiene vida eterna” (Juan 6:47).

Si lo hemos aceptado como nuestro Salvador, él nos dará la fuerza moral que necesitamos cada día: pidámosela. También necesitaremos leer la Biblia diariamente, para conocer mejor al Señor Jesús. Entonces podremos ser testigos, no solo de los verdaderos valores, sino sobre todo de Aquel que dio su vida por nosotros, y que nos los mostró a través de su ejemplo.

Jeremías 42 – 1 Corintios 15:29-58 – Salmo 104:27-35 – Proverbios 23:1-3

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«A ti clamo, SEÑOR; ven pronto a mí. ¡Atiende a mi voz cuando a ti clamo!»(Sal. 141:1).

En las Escrituras podemos leer muchos salmos en los que el salmista suplica la protección de Dios, unas veces de los ejércitos enemigos, otras de las calamidades de la vida, de las tempestades, sequías, accidentes o engañadores. Pero este salmo expresa la necesidad de ser protegidos del principal enemigo retratado en los salmos. El enemigo más cercano, el propio pecado.
El primer enemigo es descrito (v. 1-4) al nivel de las palabras, las obras, y el corazón. Una vez más el salmista clama en oración, y ruega en primer lugar por sus labios: «SEÑOR, ponme en la boca un centinela» (v. 3). Este es el principal temor del rey David, que sus palabras no vayan a inclinarse hacia cosas malas como eviden- cia sintomática de que su corazón se ha dejado seducir por el mal. David reconoce que necesita de la intervención divina para ale- jarse de lo malo y sabe que Dios suele obrar mediante instrumentos humanos (v. 5-7): «Que la justicia me golpee, que el amor me re- prenda…» (v. 5). Los creyentes somos, o debiéramos ser, al fin y al cabo, meros instrumentos en las manos del Redentor para el bien de nuestros hermanos. David lo pudo comprobar en primera persona cuando el profeta Natán se acercó a él con una clara exhortación respecto a su pecado y la reprensión del justo fue medicina para él. La reprensión puede ser primero amarga, pero luego trae frutos de justicia. Quienes no tienen reprensión, sin embargo, siguen su camino de destrucción sin tener quien le exhorte o sin escuchar la exhortación (v. 6-7).
La conclusión del salmista es simple, pero no simplista. «En ti, SEÑOR Soberano, tengo puestos los ojos» (v. 8). Quiera el Señor hacernos más y más conscientes de ese primer enemigo que lle- vamos dentro, de nuestro propio pecado, y de la batalla diaria que hemos de librar con él. Quiera el Señor darnos que nuestros ojos no miren hacia dentro, ni hacia los demás, sino hacia Él, pues de Él solamente vendrá nuestra ayuda y nuestras fuerzas para vivir la vida cristiana.
¿Cuán consciente eres de la gravedad de tu propio pecado? ¿Oras como David, pidiéndole que Dios no deje que tu corazón se inclin al mal? ¿Tienes tus ojos puestos en el cielo o en el suelo? Ora al Señor rogándole que te de las fuerzas que necesitas para combatir contra tu enemigo más íntimo. La vida del creyente supone una lucha encarnizada contra el pecado a fin de que Dios siga forman- do en nosotros a Su Hijo amado. «En la lucha que ustedes libran contra el pecado, todavía no han tenido que resistir hasta derramar su sangre» (Heb. 12:4). En esa lucha, tenemos una bendita espe- ranza y una victoria segura en Cristo Jesús. Pon sobre Él tus ojos. Conf ía solamente en Él. Mira al crucificado, cuya sangre te lava de tus pecados. Que hoy pueda ser, descansando en el poder de Dios, un poco más parecido a lo que serás eternamente por Su gracia.

Llevar cautivas todas las cosas

Serie: Un mundo nuevo y desafiante

Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Un mundo nuevo y desafiante

No hace mucho, mi familia y yo estábamos comiendo en un restaurante local conocido por su cocina sureña de estilo casero y su pintoresco ambiente familiar. Cuando nos íbamos, no pude evitar fijarme en una familia que estaba sentada junta, y cada uno de ellos —papá, mamá, hermano mayor y hermana pequeña— estaba envuelto en una conversación con otra persona, en otro lugar en una galaxia muy, muy lejana. Con los hombros encorvados y los ojos mirando inertes a sus teléfonos móviles, sus dedos frenéticos tecleaban mientras colocaban cuidadosamente sus emoticones (imágenes emocionales electrónicas, como caritas sonrientes, caras tristes, etc.) que hacían la función que les correspondía como sustitutos emocionales de sus caras desapasionadas y electrónicamente brillantes.

Como observador constante de mi entorno sociocultural, tenía que captar de algún modo este triste fenómeno familiar del siglo XXI. Inmediatamente saqué mi útil iPhone y tomé una foto digital. Sí, es cierto que vivimos en un mundo nuevo y desafiante: mira hasta dónde hemos llegado.

Para bien o para mal, soy un poco anticuado y tengo tendencia a resistirme a lo nuevo, a lo mejorado, a lo que está de moda y a todo lo que se considera producto del supuesto progreso. Sin embargo, desde que me convertí en cristiano he tenido la convicción abrumadora de que debo aprovechar al máximo mi tiempo y aprovechar cada minuto de cada día para realizar lo que sea digno para la gloria de Dios, utilizando cualquier medio o nueva tecnología que sean apropiados con sabiduría y cuidado, tal como nos instruye el apóstol Pablo: Aprovecha bien el tiempo porque los días son malos (Ef 5:16). Del mismo modo, Jonathan Edwards resolvió «no perder nunca un momento de mi tiempo, sino mejorarlo de la manera más provechosa que pueda» (quinta resolución). Por esta razón, no debemos rehuir de lo que nos llegue en este nuevo mundo, por muy rápido que llegue. Por el contrario, debemos vivir cada día a la luz de la eternidad, delante del rostro de Dios, que no solo aprueba, sino que ordena el uso correcto de todas las cosas correctas, siempre que se utilicen para la edificación de Su pueblo, para la misión mundial de la iglesia de Cristo y para la proclamación de la inmutable Palabra de Dios, que fue supervisada por el Espíritu Santo y escrita con pluma y pergamino, y que ahora está a disposición del mundo entero, por el plan soberano de Dios, todo para Su gloria.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Él está sentado, ¡qué descanso para nosotros!

Viernes 9 Septiembre
El Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios.
Marcos 16:19
Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios.
Hebreos 10:12
Él está sentado, ¡qué descanso para nosotros!
El evangelio de Marcos presenta a Jesús bajo el carácter de un siervo consagrado a Dios. Y termina mostrándonoslo recibido en el cielo, sentado a la diestra de Dios. Había terminado la obra que Dios le había confiado (Juan 17:4-5). Se sentó, pues, como un siervo que puede descansar porque ha terminado su trabajo. No es una situación provisional, se sentó “para siempre”, es decir, perpetuamente.

Si Dios hizo sentar a Jesús a su diestra, fue porque su sacrificio en la cruz lo satisfizo. Haciéndolo sentar en este lugar de honor, Dios declaró que la obra de la cruz era suficiente, perfecta. Ahora, Dios puede perdonar y salvar a todo aquel que cree en Jesús. El hecho de que Jesús esté sentado tiene un alcance inmenso para el cristiano, constituye el fundamento de su paz. Jesús “es nuestra paz” (Efesios 2:14).

Si queda en mí la mínima duda concerniente a mi salvación, al hecho de ser liberado de toda condenación, esa duda desaparece cuando por la fe veo a Jesús sentado a la diestra de Dios. El problema de mis pecados está solucionado. Jesús los llevó sobre sí mismo cuando murió en la cruz. Si no los hubiera expiado completamente delante de Dios, mi Salvador no estuviera sentado. Pero, porque él está sentado, yo puedo estar en paz. Si Dios se declara satisfecho, yo puedo estar perfectamente tranquilo.

Señor, te vemos allá arriba en la luz

A la diestra de Dios. Tu glorioso reposo es la perfecta paz de tus amadas ovejas.

Jeremías 41 – 1 Corintios 15:1-28 – Salmo 104:19-26 – Proverbios 22:29

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
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Ovejas y Cabritos en La Iglesia: La Verdadera Diferencia

Por Hayden Hefner

Amo la música de Keith Green. Me encanta el piano intenso y fuerte, así como las muchas palabras que emplea en las letras de sus canciones. Me encanta que representa el estilo de los ochentas y del movimiento de Jesus People. Amo su pasión.

Mi papá fue el que me presentó a Green en un inicio. Lo escuchábamos con frecuencia durante nuestro trayecto a casa desde la escuela. En mi opinión, no hay mejor ejemplo de una canción de Green que «The Sheep and the Goats» (Las ovejas y las cabras).

Sheep Farm Indonesia – Peternakan Domba Banjarnegara
Green canta la parábola de Jesús en Mateo 25:31-46 en esta canción. En el pasaje, Jesús describe el juicio final del mundo como un pastor que separa a las ovejas justas de los cabritos injustos. La forma en que el pastor distingue entre los dos grupos es examinando el amor sacrificial que han mostrado hacia «uno de estos hermanos Míos, aun a los más pequeños» (Mt 25:40, 45).

Green se apega al texto de manera notable. Sin embargo, él agrega este comentario final sobre el pasaje en la última línea de la canción: «Amigos míos, la única diferencia entre las ovejas y las cabras, según esta Escritura, es lo que hicieron y lo que no hicieron».

Estas palabras sacudieron el mundo de mi infancia porque resaltaron mi hipocresía. Yo era un cristiano profesante en ese momento de mi corta vida, pero en realidad estaba lejos de Jesús. Afirmaba amar a Jesús, pero no amaba como Él. Como resultado, esta canción me hizo sentir el desconcertante peso de la hipocresía de mi falta de amor.

No hay nada más horrible que la hipocresía, ¿verdad? En especial, la hipocresía cristiana. No hay nada tan descorazonador, deshonesto y desorientador como una persona que profesa ser cristiana, pero no ama a los demás.

La suprema idoneidad del amor
¿Por qué nos molesta tanto la hipocresía cristiana? ¿Por qué los pecados que reflejan una falta de amor entre los que profesan ser cristianos causan tal sensación de desorientación, disonancia y (si no tenemos cuidado) desilusión?

Más importante aún: ¿por qué el Pastor odia la hipocresía de la falta de amor?

Cuando leemos el texto de Mateo 25, parece evidente que el amor sacrificial es supremamente apropiado para el cristiano. Es la base sobre la que el Buen Pastor separa a sus ovejas de los cabritos.

Sin embargo, no inferimos que es apropiado solo de pasajes como Mateo. Lo vemos articulado a lo largo del Nuevo Testamento. Jesús declara: «En esto conocerán todos que son Mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros» (Jn 13:35).

Jesús no podría ser más claro. La forma en que amamos a los demás (especialmente a «uno de estos hermanos Míos, aun a los más pequeños») es importante. Importa porque nos hace diferentes. Importa porque este tipo de amor es la forma en que el pastor distingue a sus ovejas de los cabritos. Importa porque está en juego la entrada al reino del Padre (Mt 25:34).

Todo esto plantea otra pregunta: ¿En qué sentido es que la entrada al reino está en juego? Si no podemos hacer algo para ganar nuestra salvación, ¿por qué Jesús dice todo esto en Mateo 25? En otras palabras, ¿Cuál es la verdadera diferencia entre las ovejas y los cabritos?

Oveja verdadera, lana verdadera
Aunque me encanta la música de Green en general y me encanta «The Sheep and the Goats» en particular, creo que la última línea de la canción es engañosa.

La única diferencia entre las ovejas justas y los cabritos injustos no es lo que hicieron o dejaron de hacer. La diferencia no está simplemente en las características externas. Las ovejas y los cabritos tienen un ADN diferente. Tienen células diferentes y son especies diferentes.

Sí, existen diferencias externas entre las ovejas y los cabritos. Sí, podemos distinguir entre los dos basándonos en esas diferencias externas («en esto conocerán todos que son Mis discípulos»). Pero debemos tener cuidado de no confundir los síntomas con las causas. Debemos tener cuidado de no confundir la fruta con la raíz, ni la lana con el ADN.

El Nuevo Testamento es claro de forma consistente. La manera en que amamos a los demás tiene un significado eterno. No te equivoques, los justos serán separados de los injustos en base a la presencia de un amor genuino por los demás. Sin embargo, este amor sacrificial no es la causa de una nueva naturaleza justa, es el fruto inevitable de recibir esta nueva naturaleza.

El amor sacrificial es la verdadera lana que distingue a las ovejas de los cabritos. Tener lana verdadera no te convierte en una oveja, pero ser oveja hace que tengas lana verdadera.

Por lo tanto, cuando Cristo separa a las ovejas y los cabritos, los está separando basándose en la presencia de resultados inevitables. Sí, podemos reconocer la verdadera conversión por la presencia del amor sacrificial. Pero nunca debemos creer que nuestro amor sacrificial es la causa de una verdadera conversión. El amor sacrificial es al nuevo nacimiento, lo que la lana verdadera es a una oveja.

El fruto inevitable de una semilla incorruptible
Pedro expresa esta realidad cuando manda a los creyentes: «ámense unos a otros entrañablemente, de corazón puro. Pues han nacido de nuevo, no de una simiente corruptible, sino de una que es incorruptible» (1 P 1:22-23).

El mandamiento de amar a los demás es real, pero nunca debe ser obedecido por nuestras propias fuerzas. Pedro nos aclara que el amor sacrificial es el fruto inevitable de una simiente incorruptible.

En lugar del hedor de la muerte del pecado, el amor sacrificial es el aroma de la nueva creación resucitada. En lugar de los harapos manchados de suciedad del hijo rebelde, el amor sacrificial es la hermosa túnica que se ajusta perfectamente al hijo pródigo que ha regresado. En lugar de las sutilezas superficiales de los cabritos injustos, el amor sacrificial es la lana verdadera y duradera de las ovejas verdaderas.

En lugar de las flores marchitas que crecen de las raíces podridas de Babilonia, el amor sacrificial es el fruto hermoso, eterno e inevitable de una simiente incorruptible.

Por Hayden Hefner
Hayden Hefner sirve como pastor de los ministerios estudiantiles en la iglesia Bridgeway en la ciudad de Oklahoma. Él obtuvo una maestría en estudios teológicos del Seminario Teológico Bautista de Southwestern.

La definición de legalismo

Serie: El legalismo

La definición de legalismo
Por Nicholas T. Batzig

Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El legalismo

Si quieres degradar a alguien en la iglesia, simplemente tienes que utilizar «la palabra que comienza con L» cuando hables con esa persona o sobre ella. El número de veces que un creyente ha llamado legalista a otro es incalculable. Los insultos suelen producirse cuando alguien de la iglesia cree que otro ha dicho o hecho algo que atenta contra la libertad cristiana. Al igual que su término hermano «fundamen…», la etiqueta de legalista se ha convertido en una especie de insulto religioso habitual en las iglesias orientadas a la gracia y centradas en el evangelio. Debemos ser extremadamente lentos a la hora de utilizar esta palabra cuando hablemos con o sobre otros en una comunidad eclesiástica. Puede ser que un creyente simplemente tenga una conciencia más débil o más blanda que otro (Ro 14-15). Además, los que aman la ley de Dios y procuran caminar cuidadosamente de acuerdo con ella siempre serán susceptibles de ser llamados legalistas.

Debemos cuidarnos de no lanzar descuidadamente la acusación de legalismo. Sin embargo, también debemos reconocer que el legalismo, en sus diversas formas, está muy vivo en las iglesias evangélicas y reformadas. También hay que evitarlo con la máxima determinación. Para evitar lanzar una falsa acusación contra un creyente, para evitar abrazar personalmente el legalismo y para ayudar a restaurar a un creyente que ha caído en el legalismo, debemos saber identificar este mal perenne tanto en sus formas doctrinales como prácticas.

LEGALISMO DOCTRINAL
El legalismo es, por definición, un intento de añadir algo a la obra terminada de Cristo. Es confiar en cualquier otra cosa que no sea Cristo y Su obra terminada para la posición de uno ante Dios. La refutación del legalismo en el Nuevo Testamento es principalmente una respuesta a las perversiones de la doctrina de la justificación por la fe sola. La mayoría de los oponentes del Salvador eran los que creían que eran justos por sí mismos, basándose en su celo y compromiso con la ley de Dios. Los fariseos, los saduceos y los escribas ejemplificaban, con sus palabras y sus actos, el legalismo doctrinal en los días de Cristo y los apóstoles. Aunque hacían ocasionales apelaciones a la gracia, con su autojusticia truncaron y tergiversaron el significado bíblico de la gracia. El apóstol Pablo resumió la naturaleza del legalismo judío cuando escribió: «Pues desconociendo la justicia de Dios y procurando establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque Cristo es el fin de la ley para justicia a todo aquel que cree» (Ro 10:3-4).

Comprender la relación entre la ley y el evangelio en nuestra justificación es primordial para aprender a evitar el legalismo doctrinal. Las Escrituras enseñan que somos justificados por las obras del Salvador, no por las nuestras. El último Adán vino a hacer todo lo que el primer Adán no pudo hacer (Ro 5:12-21; 1 Co 15:47-49). Nació «bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley» (Gá 4:4-5). Vino a ser nuestro representante para cumplir las exigencias legales del pacto de Dios, es decir, para rendir a Dios una obediencia perfecta, personal y continua en nombre de Su pueblo. Jesús hizo merecedores de justicia perfecta a todos aquellos que el Padre le había dado. Nosotros, mediante la unión de fe con Él, recibimos un estatus de justicia en virtud de la justicia de Cristo que se nos imputa. En Cristo, Dios proporciona lo que Él exige. Las buenas obras por las que Dios ha redimido a los creyentes, para que andemos en ellas, no intervienen en absoluto en nuestra justificación. Son simplemente la evidencia necesaria de que Dios nos ha perdonado y aceptado en Cristo.

Sin embargo, el legalismo doctrinal también puede introducirse en nuestra mente por la puerta trasera de la santificación. El apóstol Pablo lo dio a entender en Gálatas 3:1-4. Los miembros de la iglesia de Galacia se habían dejado engañar creyendo que su posición ante Dios dependía en última instancia de lo que consiguieran en la carne en su andar cristiano. Es posible que comencemos la vida cristiana creyendo únicamente en Cristo y en Su obra salvadora y que luego caigamos en la trampa de imaginar tontamente que depende de nosotros terminar lo que Él ha comenzado. En la santificación, al igual que en la justificación, son ciertas las palabras de Jesús: «separados de Mí nada pueden hacer» (Jn 15:5).

El legalismo doctrinal en la santificación a veces es alimentado por predicadores apasionados que hacen hincapié en las enseñanzas de Jesús sobre las exigencias del discipulado cristiano, al tiempo que las separan de la enseñanza apostólica sobre la naturaleza de la obra salvadora de Cristo para los pecadores, o minimizan tal enseñanza. El renombrado teólogo reformado Geerhardus Vos explicó la naturaleza de esta forma sutil de legalismo cuando escribió:

Todavía prevalece una forma sutil de legalismo que quiere robar al Salvador Su corona de gloria, ganada por la cruz, y hacer de Él un segundo Moisés, ofreciéndonos las piedras de la ley en lugar del pan de vida del evangelio… [el legalismo] no tiene poder para salvar.

En Colosenses 2:20-23, el apóstol Pablo aborda otra forma de legalismo doctrinal que se cuela por la puerta trasera de la santificación. Él escribe:

Si ustedes han muerto con Cristo a los principios elementales del mundo, ¿por qué, como si aún vivieran en el mundo, se someten a preceptos tales como: «no manipules, no gustes, no toques», (todos los cuales se refieren a cosas destinadas a perecer con el uso), según los preceptos y enseñanzas de los hombres? Tales cosas tienen a la verdad, la apariencia de sabiduría en una religión humana, en la humillación de sí mismo y en el trato severo del cuerpo, pero carecen de valor alguno contra los apetitos de la carne.

Los que han abrazado esta forma de legalismo doctrinal prohíben lo que Dios no ha prohibido y ordenan lo que Él no ha mandado. Se obligan a sí mismos y a los demás a una norma de santidad externa a la que Dios no nos ha obligado en Su Palabra. Esta es una de las formas más prevalentes y perniciosas de legalismo en la iglesia actual. A menudo se presenta en forma de prohibiciones de comer ciertos alimentos y beber alcohol. A veces se cuela a través de convicciones personales sobre la crianza y la educación.

LEGALISMO PRÁCTICO
Hay otro tipo de legalismo ante el que debemos estar en guardia: el legalismo práctico, que puede tomar imperceptiblemente el control de nuestros corazones. Por naturaleza, nuestras conciencias están conectadas al pacto de obras. Aunque los creyentes se han convertido en nuevas criaturas en Cristo, todavía llevan consigo un viejo hombre, una vieja naturaleza pecaminosa adámica. El modo por defecto de la vieja naturaleza es volver a deslizarse mentalmente bajo el pacto de obras. Siempre corremos el peligro de convertirnos en legalistas prácticos al alimentar o pasar por alto un espíritu legalista.

Es totalmente posible que un hombre o una mujer tenga la cabeza llena de doctrina ortodoxa y al mismo tiempo el corazón lleno de autosuficiencia y orgullo. Podemos estar comprometidos intelectualmente con las doctrinas de la gracia y hablar con nuestros labios de la libertad que Cristo ha comprado para los creyentes, y al mismo tiempo negarlas con nuestras palabras y acciones.

El espíritu legalista es fomentado por el orgullo espiritual. Cuando un creyente experimenta un crecimiento en el conocimiento o algún poder espiritual, corre el peligro de empezar a confiar en sus logros espirituales. Cuando esto ocurre, los legalistas prácticos empiezan a mirar a los demás por encima del hombro y a juzgar pecaminosamente a quienes no han experimentado lo mismo que ellos. En su sermón «Llevar el arca a Sión por segunda vez», Jonathan Edwards explicó que había observado la realidad del orgullo espiritual y el legalismo práctico entre quienes habían experimentado el avivamiento durante el Gran Despertar:

Mientras viven, en los hombres hay una disposición excesiva para hacer una justicia de lo que hay en ellos mismos, y también una disposición excesiva para hacer una justicia de sus experiencias espirituales, así como de otras cosas… un converso es propenso a ser exaltado con pensamientos elevados de su propia eminencia en la gracia.

Quizá lo más perjudicial sea la forma en que el espíritu legalista puede manifestarse en el púlpito. Un ministro puede predicar la gracia de Dios en el evangelio sin experimentar esa gracia en su propia vida. Esto, a su vez, tiende a alimentar un espíritu legalista entre ciertos miembros de una iglesia.

LA CURA PARA EL LEGALISMO
La gracia de Dios en el evangelio es la única cura para el legalismo doctrinal y práctico. Cuando reconozcamos el legalismo doctrinal o práctico en nuestras vidas, debemos huir hacia el Cristo crucificado. Al hacerlo, empezaremos a crecer de nuevo en nuestro amor por Aquel que murió para sanarnos de nuestra propensión a confiar en nuestras propias obras o logros. A diario, necesitamos que se nos recuerde la gracia que ha cubierto todos nuestros pecados, que nos ha proporcionado la justicia desde fuera de nosotros mismos y que nos ha liberado del poder del pecado. Solo entonces perseguiremos con gozo la santidad. Solo entonces amaremos la ley de Dios sin intentar cumplirla para nuestra justificación ante Él. El grito de un corazón liberado del legalismo es este:Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No hago nula la gracia de Dios, porque si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo murió en vano (Gá 2:20-21).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Nicholas T. Batzig
El Rev. Nicholas T. Batzig es editor asociado de Ligonier Ministries. Escribe en su blog Feeding on Christ.

¿Qué significa creer “en el evangelio”?

Jueves 8 Septiembre
(Jesús dijo:) Arrepentíos, y creed en el evangelio.
Marcos 1:15
Palabras del evangelio: Creed en el evangelio (2)
Al comienzo de su servicio público Jesús invitó a sus oyentes (y a nosotros también) a arrepentirse y a creer en el evangelio. El arrepentimiento, ese cambio interior, está íntimamente unido a la fe en el evangelio.

¿Qué significa creer “en el evangelio”? Simplemente aceptar la buena noticia que Jesús nos trajo. Tener fe en esta buena nueva manifiesta la confianza en él, igual que, cuando aceptamos la propuesta de una persona, expresamos la confianza que depositamos en ella.

En este camino de la fe hay obstáculos. Pueden ser exteriores, como el atractivo de las riquezas, la búsqueda del poder, o la persecución, en algunas regiones del mundo. También pueden ser interiores, como el miedo al rechazo, las dudas. Todos esos obstáculos requieren que “nos soltemos”, que nos abandonemos a Dios para avanzar. La fe confía totalmente en Dios, el único que puede salvarnos del miedo, del pecado y de la muerte.

Creer en el evangelio es también vivirlo, vivir las palabras de Jesús, porque en la vida cotidiana la confianza en Dios se concreta y descubrimos cuán verdaderas y poderosas son las palabras de Jesús para darnos la esperanza, el gozo y la fuerza en la prueba. En fin, vivir el evangelio nos lleva a crecer: amar como Dios, servir humildemente gozando la presencia de Cristo, vivir este compromiso en la paz de su gracia y la fuerza de su luz.

“No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree… Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:16-17).

(continuará el próximo jueves)
Jeremías 40 – 1 Corintios 14:20-40 – Salmo 104:14-18 – Proverbios 22:28

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¿Debe un cristiano consultar a los horóscopos?

El propósito de un horóscopo es comprender mejor el carácter de una persona y predecir el futuro. La creencia básica de la astrología es que los planetas y las estrellas ejercen una influencia sobre nuestras vidas. Aquellos con conocimiento especial — los astrólogos — pueden predecir los acontecimientos en la vida de una persona. Es penoso que los periódicos más importantes tienen una columna del horóscopo, y aún más angustiante que muchos cristianos leen sus horóscopos.

La Biblia prohíbe expresamente la adivinación, la brujería y las artes ocultas (Deuteronomio 18:10-14). El pueblo de Dios debe prestar atención solo a Dios (Deuteronomio 18:15). Cualquier otra fuente de orientación, información o revelación debe ser rechazada rotundamente. (Véase también Hechos 16:16-18). La Biblia señala a Jesucristo como el único enfoque correcto de la fe (Hechos 4:12; Hebreos 12:2). Nuestra confianza está solo en Dios, y sabemos que Él dirigirá nuestras veredas (Proverbios 3:5-6). La fe en cualquier cosa que no sea Dios está fuera de lugar.

La astrología, entonces, se opone a la enseñanza bíblica en al menos dos formas: defiende la fe en algo distinto de Dios, y es una forma de adivinación. No podemos determinar la voluntad de Dios para nuestras vidas a través de los horóscopos. Como cristianos, debemos leer la Biblia y orar a Dios para obtener sabiduría y guía. Consultar un horóscopo es una violación de los medios de comunicación de Dios para con Sus hijos. Creemos firmemente que los horóscopos deben ser rechazados por los cristianos.

¿Qué pasó con el pudor y la modestia?

¿Qué pasó con el pudor y la modestia?
SUGEL MICHELÉN

Como vimos en la entrada anterior, Dios no nos ha dejado en oscuridad con respecto al tema de la vestimenta. Él ha hablado y, como siempre, lo que Él dice sobre este asunto es completamente contrario a lo que el mundo dice. Pero si eres creyente, los criterios de Dios revelados en la Palabra de Dios son los que deben amarrar tu conciencia y guiar tus pasos; no la revista Vogue, ni Harper’s Bazar, ni Cosmopolitan, ni GQ para los hombres, sino la infalible, inerrante y todo suficiente Palabra de Dios. “Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso” (Rom. 3:4). ¿Qué nos dice Dios en Su Palabra sobre la vestimenta, qué nos ordena?

Veamos lo que Pablo dice al respecto en 1Tim. 2:9: “Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia”. Las dos palabras que Pablo usa en el texto, y que RV traduce como “atavío” y “decoro”, proceden de la misma raíz: kosmos y kosmeo, de dónde proviene nuestra palabra “cosmético”. La palabra kosmos significa “orden, arreglo o sistema”. Lo contrario de kosmos es caos. De manera que lejos de reprimir ese deseo natural de las mujeres a arreglarse, Pablo lo pone más bien en perspectiva. “Arréglense, pero como mujeres piadosas, mujeres que le temen a Dios y que desean agradarle a Él y reflejar Su carácter por encima de todas las cosas”. Ahora bien, ese arreglo personal debe poseer dos características fundamentales.

La mujer debe vestirse con pudor

La palabra griega que Pablo usa aquí conlleva tanto la idea de modestia como de humildad. Significa literalmente “sentido de vergüenza”. Una mujer piadosa debería sentirse avergonzada y culpable si por causa de su vestimenta alguien es distraído en su adoración a Dios o llevado a tener pensamientos impuros.

La modestia es todo lo opuesto a la arrogancia y al deseo de llamar la atención. Cuando esta mujer se viste ella está delante de Dios, no delante de los hombres. Por eso la modestia evita el exceso y la sensualidad.

La ropa de una mujer cristiana debe estar en perfecta consonancia con su profesión de fe. Una mujer que ama a Jesucristo no trata de causar furor con su vestido. Su principal interés es mostrar el carácter de nuestro Dios y Padre en todo cuanto hace y en todo cuanto usa.

Si te vistes para la gloria de Dios, tu vestimenta revelará pureza y castidad. En vez de mostrar las formas de tu cuerpo para provocar a otros, vas a cubrirlo adecuadamente porque no quieres ni pensar que por causa de un capricho tuyo un hombre sea llevado a pecar contra el Dios al que tú dices amar, adorar y servir.

De más está decir que ese no es el pensamiento del mundo en cuanto a este asunto. La industria de la moda no cree que el principal propósito de la ropa sea cubrir el cuerpo, sino más bien atraer las miradas de los hombres sobre ti; la mayoría de la moda hoy día es diseñada para provocar una atracción sexual. Se usan telas que se pegan al cuerpo para revelar sus formas, y son cuidadosamente diseñados para resaltar ciertas partes que son cubiertas de tal manera que provoquen el deseo de ver más.

En un libro secular sobre la moda titulado “Hombres y mujeres” escrito por Claudia Kidwell y Valerie Steele, dice que “la ropa es especialmente sexy cuando llama la atención al cuerpo desnudo que está debajo”. Por eso mientras más corto y ajustado mejor. Lamentablemente debemos reconocer que los impíos son más honestos que muchos cristianos. Ellos nos dicen francamente lo que muchos creyentes no se atreven a decir: “Nos vestimos así para provocar, para llamar la atención sobre nuestra figura, para que puedas tener una idea clara de mis formas”.

Como decía en un anuncio sobre trajes de baño: “Es glamoroso… es exótico… definitivamente esto no tiene que ver con nadar”. ¡Por supuesto que no tiene que ver con nadar! Esto tiene que ver con la sensualidad y la provocación.

Las formas del cuerpo del hombre y de la mujer no son pecaminosas; el cuerpo fue diseñado por un Dios bueno y santo, que luego de hacerlo lo declaró bueno y santo. Pero el hombre pecó y se corrompió, y por esa causa el cuerpo descubierto de una mujer es como un barril de pólvora que pasa en medio de candelabros encendidos. Es por eso que nuestro Señor y Salvador nos advierte con tanta fuerza que tengamos cuidado con lo que ven nuestros ojos: “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno” (Mt. 5:27-29).

Para el hombre es un problema ver a una mujer vestida en una forma reveladora e insinuante. Si la codicia, dice Cristo, ya adulteró con ella en su corazón; y la mujer que provocó tal pensamiento por llevar una falda demasiado corta, o un pantalón ajustado, o una blusa ceñida al pecho que revela claramente sus formas, esa mujer tendrá que darle cuenta a Dios en el día del juicio.

Escucha lo que dice nuestro Señor acerca de aquellos que ponen tropiezo a otros: “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los tropiezos! porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo! (Mt. 18:6-7).

Un vestido ajustado que revela claramente las formas del cuerpo, o demasiado corto como para cubrir lo que debe ser cubierto, no es algo neutral. Eso es pecaminoso porque violenta la santidad de Dios y la modestia que estamos llamados a exhibir como hijos de Dios. Y que nadie nos acuse de legalistas por decir esto. Urgir a los creyentes a cubrir su cuerpo no es legalismo, porque la modestia es un mandamiento escritural, un mandamiento que muchos parecen estar olvidando. Cada vez se nota menos la diferencia entre nosotros y los paganos que no conocen a Dios.

¿Es tu vestimenta un reflejo de la humildad y castidad que debe caracterizar a un creyente? Cristo nuestro Salvador, derramó Su preciosa sangre en la cruz para comprar tu alma y tu cuerpo, y el Espíritu de Dios ha venido a hacer morada en ti. A la luz de esa realidad debes dedicarte en cuerpo y alma a perseguir la gloria de Dios en todas las áreas de tu vida.

Dice Pablo en 1Cor. 6:19-20: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”. ¿Te vistes como es apropiado vestir al templo del Espíritu Santo? ¿Es tu vestido un reflejo claro del carácter santo y puro de Dios?

Pero la mujer no solo debe vestirse con pudor, sino también, en segundo lugar…

La mujer debe vestirse con buen juicio

Ese es el significado de la palabra que RV traduce como “modestia” en 1Tim. 2:9. También podemos traducirla como “auto control”, “sentido común” o “pureza mental”. Se trata de una mujer juiciosa que no se deja llevar por sus impulsos. Cuando se viste lo hace en una forma discreta y apropiada: apropiada para su edad, para su situación económica y para su época.

En cuanto a esto último dice Richard Baxter: “Es siempre legítimo seguir la moda sobria de la gente sobria; pero no es legítimo seguir la moda vana, inmodesta y enfermiza de los rebeldes, desenfrenados, orgullosos y disolutos” (Christian Directory; pg. 393).

Así que debemos vestirnos con pudor y buen juicio. Y digo “debemos” porque aunque Pablo se está refiriendo en este texto a las mujeres de manera particular, el espíritu general de la Escritura nos permite aplicar estos principios a los hombres también.

Que Dios nos ayude a glorificarle en todo cuanto hacemos, incluyendo la forma como nos vestimos. Nuestra vestimenta dice mucho de la realidad de nuestro corazón.

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