«A ti clamo, SEÑOR; ven pronto a mí. ¡Atiende a mi voz cuando a ti clamo!»(Sal. 141:1).

En las Escrituras podemos leer muchos salmos en los que el salmista suplica la protección de Dios, unas veces de los ejércitos enemigos, otras de las calamidades de la vida, de las tempestades, sequías, accidentes o engañadores. Pero este salmo expresa la necesidad de ser protegidos del principal enemigo retratado en los salmos. El enemigo más cercano, el propio pecado.
El primer enemigo es descrito (v. 1-4) al nivel de las palabras, las obras, y el corazón. Una vez más el salmista clama en oración, y ruega en primer lugar por sus labios: «SEÑOR, ponme en la boca un centinela» (v. 3). Este es el principal temor del rey David, que sus palabras no vayan a inclinarse hacia cosas malas como eviden- cia sintomática de que su corazón se ha dejado seducir por el mal. David reconoce que necesita de la intervención divina para ale- jarse de lo malo y sabe que Dios suele obrar mediante instrumentos humanos (v. 5-7): «Que la justicia me golpee, que el amor me re- prenda…» (v. 5). Los creyentes somos, o debiéramos ser, al fin y al cabo, meros instrumentos en las manos del Redentor para el bien de nuestros hermanos. David lo pudo comprobar en primera persona cuando el profeta Natán se acercó a él con una clara exhortación respecto a su pecado y la reprensión del justo fue medicina para él. La reprensión puede ser primero amarga, pero luego trae frutos de justicia. Quienes no tienen reprensión, sin embargo, siguen su camino de destrucción sin tener quien le exhorte o sin escuchar la exhortación (v. 6-7).
La conclusión del salmista es simple, pero no simplista. «En ti, SEÑOR Soberano, tengo puestos los ojos» (v. 8). Quiera el Señor hacernos más y más conscientes de ese primer enemigo que lle- vamos dentro, de nuestro propio pecado, y de la batalla diaria que hemos de librar con él. Quiera el Señor darnos que nuestros ojos no miren hacia dentro, ni hacia los demás, sino hacia Él, pues de Él solamente vendrá nuestra ayuda y nuestras fuerzas para vivir la vida cristiana.
¿Cuán consciente eres de la gravedad de tu propio pecado? ¿Oras como David, pidiéndole que Dios no deje que tu corazón se inclin al mal? ¿Tienes tus ojos puestos en el cielo o en el suelo? Ora al Señor rogándole que te de las fuerzas que necesitas para combatir contra tu enemigo más íntimo. La vida del creyente supone una lucha encarnizada contra el pecado a fin de que Dios siga forman- do en nosotros a Su Hijo amado. «En la lucha que ustedes libran contra el pecado, todavía no han tenido que resistir hasta derramar su sangre» (Heb. 12:4). En esa lucha, tenemos una bendita espe- ranza y una victoria segura en Cristo Jesús. Pon sobre Él tus ojos. Conf ía solamente en Él. Mira al crucificado, cuya sangre te lava de tus pecados. Que hoy pueda ser, descansando en el poder de Dios, un poco más parecido a lo que serás eternamente por Su gracia.


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