Excelso es nuestro Señor

SALMO 147
«Excelso es nuestro Señor, y grande su poder; su entendimiento en infinito»
(Sal. 147:5).


Este salmo es un hermoso cántico de alabanza al Señor por Su gran poder y Su perfecta protección hacia los suyos. En esta ocasión el salmista empieza exhortando al pueblo de Israel a que alabe al Señor: «… ¡Cuán bueno es cantar salmos a nuestro Dios, cuán agra- dable y justo es alabarlo!» (v. 1), para luego presentar las múltiples razones por las cuales es digno de ser alabado. Alabamos al Señor por Su salvación, presente y futura. El SEÑOR es quien edifica Jerusalén (v. 2), quien vuelve a reunir a Su pueblo (v. 2), quien sana las heridas del corazón (v. 3); el poder del Señor es tan grande que Él puede contar todas las estrellas y llamarlas a cada una por su nombre: ¿Cómo no habría de cuidar un Dios tan poderoso a cada uno de nosotros, los que formamos Su pueblo?

Tal y como adelantaba el versículo 4, el mismo Dios que cuenta las estrellas es quien cuida de Su pueblo escogido. El poder de Dios es mucho más alto de lo que podamos jamás entender. Dios extien- de las nubes y prepara la lluvia (v. 8), da de comer a los animales (v. 9), y aunque la Creación es obra de sus manos y Él la sustenta perfectamente, Dios no encuentra Su máximo deleite en ella, sino en Su nueva creación: «Sino que se complace en los que le temen, en los que conf ían en su gran amor» (v. 11).

De ahí proviene el imperativo del salmista que podemos apro- piarnos cada uno de nosotros: ¡Alaba al SEÑOR! Dios se goza en nuestras alabanzas y en un corazón humilde y sumiso delante de Él. La salvación de Dios es muy generosa y muy grande. Él usa a toda Su creación para proteger a Su Israel ante todos sus enemigos, y delante de Su poder, «¿quién puede resistir?» (v. 17). Ahora bien, esperando llegar al clímax de su salmo, el autor se guarda para el final la más grande las bendiciones de Dios para con los suyos: «A Jacob le ha revelado su palabra; sus leyes y decretos a Israel. Esto no lo ha hecho con ninguna otra nación; jamás han conocido ellas sus decretos. ¡Aleluya! ¡Alabado sea el SEÑOR!» (v. 19-20). Israel se goza, ante todo, por el hecho de conocer la voluntad del Señor y ser poseedor de Su revelación. Ese es también para nosotros, Su Israel, nuestro mayor gozo, deleite, y beneficio.

Además de las muchas bendiciones materiales del Señor para contigo, ¿cuentas como tu mayor bendición el poder tener Su pre- ciosa Palabra y el privilegio de poder meditar en ella? ¿Das gracias a Dios por haber revelado a Su Hijo en ti (Gál. 1:16)? Que en medio de las bendiciones que te rodean, o aún en los momentos de escasez y aflicción, esta sea tu más grande bendición y tu primer motivo de alabanza a Dios. Él podría habernos privado de conocerle, pero por Su bondad infinita, Dios nos ha hablado y ha hecho de nosotros una nación santa. Nosotros le hemos conocido y hemos sido comprados para alabarle. ¡Aleluya!

«Porque él no desprecia ni tiene en poco el sufrimiento del pobre; no esconde de él su rostro, sino que lo escucha cuando a él clama»(Sal. 22:24).

SALMO 22
«Porque él no desprecia ni tiene en poco el sufrimiento del pobre; no esconde de él su rostro, sino que lo escucha cuando a él clama»
(Sal. 22:24).

En el momento más crítico de la historia de la humanidad, cuan- do todo parecía perdido y el Hijo de Dios agonizaba en la cruz del Calvario, este fue el salmo que estuvo en Su mente y corazón (Mat. 27:46). Se trata de uno de los pasajes de la Biblia más explíci- tos sobre el sufrimiento incomparable de Jesús por nosotros.
Al igual que David, el autor humano del salmo, Jesús soportó gran aflicción antes de ser exaltado como el Rey del pueblo de Dios. Sin embargo, las cosas que en este salmo lucen como exageraciones o meras figuras literarias por parte de David para ilustrar y expresar su dolor, fueron verdaderas en Jesús.
Los vestidos de Jesús fueron repartidos y otros echaron suerte sobre ellos mientras Él estaba desnudo y en vergüenza (v. 18; comp. Mat. 27:35). Sus manos y pies fueron horadadas en verdad (v. 16). La gente lo miró colgado en la cruz, y menearon la cabeza en burla hacia Él mientras le decían: «Este conf ía en el SEÑOR, ¡pues que el SEÑOR le ponga a salvo!» (v. 8; comp. Mat. 27:43). En aquella cruz, Él experimentó realmente el abandono de Dios para que nosotros no tengamos que experimentarlo jamás si creemos el evangelio (v. 11; comp. Mat. 27:46).
El Salmo 22 parece escrito por el mismo Jesús mientras ago- nizó en el Calvario. Por lo tanto, es un salmo que nos llama a la esperanza en Dios. No importa cuán terrible sea la adversidad que enfrentemos, sabemos que Dios está con nosotros porque Su Hijo sufrió hasta lo sumo para que eso fuese una realidad. Cristo fue tratado como un criminal ante el Juez del universo para que tú y yo podamos ser recibidos como hijos.
Además, este salmo nos recuerda que Dios conoce el dolor no solo porque conoce todas las cosas, sino también porque lo ex- perimentó por nosotros. Nuestro Salvador es varón de dolores experimentado en aflicción (Isa. 53:3). Esto no brinda todas las respuestas que quisiéramos aquí y ahora a todas nuestras preguntas en medio del sufrimiento, pero sí es la muestra más grande de que Dios no es indiferente a nuestra aflicción. El sufrimiento de Jesús en la cruz es la muestra irrefutable de Su amor por nosotros que nunca nos dejará (Rom. 5:8; 8:31-39)
Al mismo tiempo, este salmo no solo nos apunta al sufrimiento de Cristo, sino también a Su exaltación (v. 22) y nuestra adoración a Dios en respuesta a Su salvación (v. 23-31). Por tanto, ora que el Señor te conceda deleitarte más en Su amor revelado en el evan- gelio, y que así tu corazón sea movido a la alabanza en medio de la prueba. Cristo no se quedó en el sepulcro. Él fue exaltado. En esto tenemos la certeza de nuestra salvación y esperanza.

«Pero yo confío en tu gran amor; mi corazón se alegra en tu salvación»(Sal. 13:5).

SALMO 13

«Pero yo confío en tu gran amor; mi corazón se alegra en tu salvación»
(Sal. 13:5).

«En verdad estoy tan triste que no puedo expresar mi gran dolor a ninguna persona, no puedo comer, ni beber, ni dormir». Esto fue lo que la esposa de Martin Lutero escribió después de que él muriera. Así es el dolor. Es mucho más que un sentimiento. El dolor se toca, se materializa. Y, de inmediato, nos hace cuestionar a Dios.

El salmista David comienza con cinco preguntas y en cuatro de ellas inicia diciendo: «¿Hasta cuándo…?» (vv. 1-2). Esto pone de manifiesto la agonía por su dolor. Grita con desesperación porque se siente abandonado por su Dios. La paciencia se ha agotado, la esperanza se ha esfumado y el dolor se ha transformado en un gigante invencible.
En los días alegres y cálidos de nuestra vida, el tiempo pasa volando con sus alas extendidas. Pero, en las jornadas del invierno del dolor, sus alas se cierran y se estaciona indefinidamente. Las horas se sienten como días y los días como meses. Así se siente el salmista. No ve el momento en que termine su dolor.
Pero es interesante que, en medio de este escenario, David pide a Dios algo que nos sorprende: «… Ilumina mis ojos. Así no caeré en el sueño de la muerte» (v. 3). No pide un cambio superficial. No pide que sus enemigos sean destruidos (aunque no pecaría si pidiese eso). Él pide que la mano providente de Dios venga y abra sus ojos de fe para que, en medio de su aflicción y oscuridad, vea la luz refulgente de Su gloria. Es como si dijera: «No permitas que la oscuridad de la maldad nuble mis ojos y me impida ver tu gloriosa santidad». Él desea ver a Dios porque, cuando ve esa bella gloria, su corazón pasa de la agonía a la alegría, del lamento al canto. En los versículos finales, podemos observar que Dios contestó su oración y el verano llegó con sus alas extendidas (vv. 5-6).
La belleza de la luz se disfruta después de un periodo de os- curidad y, para usar una frase del poeta escocés Robert Pollok, «el recuerdo de las tristezas pasadas endulza el gozo presente». La música que sale del corazón del salmista es gloriosa porque emana de un corazón cautivo por la gloria de su Dios en medio de la oscuridad.

Permíteme compartirte dos principios para cualquiera que sea tu doloroso invierno:
En el invierno del dolor, clama a Dios que alumbre tus ojos.
Más que cualquier otra cosa, necesitas ver la gloria de Dios. Y recuerda que esa gloria se manifestó en Cristo (2 Cor. 4:6).
En el invierno del dolor, Dios es el Alfarero y tú eres el barro. Las manos de Dios están trabajando en ti. Quizás sientes que necesitas saber qué está haciendo. Pero Él sabe lo que hace y tú necesitas recordar que todo obra para tu bien y Su gloria. Él no se equivoca. Él nunca falla. Él termina a la perfección lo que inicia (Jer. 18).

SALMO 121 «Mi ayuda proviene del SEÑOR, creador del cielo y de la tierra».

SALMO 121
«Mi ayuda proviene del SEÑOR, creador del cielo y de la tierra»
(Sal. 121:1-2).
Todo sucedió en una fracción de segundo. Conducía el automóvil rumbo al aeropuerto para ir por un amigo, cuando el auto que me pasaba a mi izquierda perdió el control, se estrelló contra el muro de contención, y antes de que yo pudiera hacer nada, giró e impactó mi auto, a unos cuantos centímetros de mi puerta.
El auto fue pérdida total. Cuando mi auto se detuvo, y me percaté de que estaba bien y no había salido herido, inmediatamente alcé mi vista por el vidrio delantero, buscando ayuda. Allí venían varias personas, acercándose hacia mí para ver si estaba bien.
La situación en la que me encontré me recuerda un poco al Salmo 121. Este salmo era uno que los peregrinos cantaban cuando subían a Jerusalén a una de las fiestas judías. El salmista alza su mirada a las montañas preguntándose si de allí encontrará socorro (v. 1). ¿Hacia dónde miras cuando te encuentras en dificultad? Muchas veces Dios nos pone en situaciones difíciles para que reconozca- mos que, si nuestra mirada no está puesta en Él, entonces está en el lugar equivocado.
El salmista responde a la pregunta inmediatamente: «Mi soco- rro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra» (v. 2). El Dios que hizo la Vía Láctea, el Sol y los anillos de Júpiter, el que hizo al águila que surca el cielo buscando comida, y el que hizo el pez más pequeño que nada solitario en la oscuridad, es el mismo Dios que te auxilia.
No solamente Dios nos socorre, sino que también nos guarda. Así como Dios guardaba al pueblo de Israel, guarda ahora a Su pueblo, la Iglesia. Dios no se duerme (v. 3). Ni siquiera le da sueño (v. 4). El verdadero Dios existe en sí mismo y es todopoderoso. No tiene necesidad de recargar fuerzas. No tiene necesidad de que le recuerden algo.
¡Ese es el Dios que nos guarda (v. 5)! Es como una sombra que nos dice que, aunque no podamos verlo físicamente, Él está allí. Dentro de la voluntad de Dios, no hay nada que pueda dañarnos (v. 6). Y cuando Dios, en Su eterna sabiduría, decide que lo mejor para nosotros es pasar por un momento de prueba (como han pa- sado incontables de creyentes durante la historia de la Iglesia), Él preserva lo más preciado que tenemos: nuestra alma (v. 7).
Aquella ocasión, mientras mi auto giraba sobre su eje, antes de salirse de la carretera y estrellarse contra un muro, de mi boca salió una oración continua: ¡Cuídame, Señor! Dios tuvo a bien conce- derme esa petición.
Cuando las cosas se salen de tu control, conf ía en Aquel que pue- de guardar «en el hogar y en el camino, desde ahora y para siempre» (v. 8). Mi deseo para mi vida y la tuya es que cuando estemos en alguna dificultad, podamos decir igual que el salmista: «Mi ayuda proviene del SEÑOR».

«El SEÑOR es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?…»(Sal. 27:).

Esperar es una virtud que muchas veces no es cultivada en el tiempo que vivimos. Vivimos en el tiempo de la comida rápida, de acceder a información en segundos, y de poder ir a otros continentes en pocas horas. En este momento que estamos enfrentado, la humani- dad ha sido llamada a esperar. Providencialmente el mundo se ha detenido y todos nuestros planes, metas y sueños se han detenido instantáneamente. En estos momentos somos llamados a poner en práctica nuestras creencias, a verdaderamente tener una absoluta confianza en Dios y aprender a esperar en Él, porque sabemos que Él es bueno.

Hay diferentes opiniones de cuándo escribió este salmo David. Lo que es claro en el mismo es que David muestra la respuesta piadosa de una persona que conf ía en Dios en momentos de dificultad. Este salmo nos debe ayudar tanto a prepararnos para el tiempo difícil, como para sostenernos en el tiempo difícil, ya que comparte ver- dades sobre quién es Dios y que su cercanía es nuestro sostén en tiempos devastadores.
David comienza alabando a Dios por su obra redentora:
El SEÑOR es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré?
El SEÑOR es el baluarte de mi vida: ¿quién podrá amedrentarme? (v. 1).
En estos momentos es importante que recordemos que Dios nos ha salvado. Nos ha salvado del pecado, de sus consecuencias y he- mos sido librados de la mayor demostración de Su ira. Básicamente sí, Dios nos ha salvado, y no tememos porque al que debemos de temer está de nuestra parte. Esta verdad debe ser suficiente para nosotros, calmar nuestras almas para dar paz y traer consuelo; Aquel que debemos temer es Aquel que nos salva.
Y eso lleva al creyente a desear la cercanía de Dios. Ya no tenemos que temer al que debemos temer, pero algo más increíble es que podemos acercarnos a Él. No es que solamente me libre de Él, sino que con un corazón lleno de fe podemos pedirle Su cercanía:
Una sola cosa le pido al Señor,
y es lo único que persigo:
habitar en la casa del Señor
todos los días de mi vida,
para contemplar la hermosura del Señor y recrearme en su templo.
Porque en el día de la aflicción
él me resguardará en su morada;
al amparo de su tabernáculo me protegerá,
y me pondrá en alto, sobre una roca (vv. 4-5).
El comienzo del versículo 4 siempre me sorprende, David pudo pedir muchas cosas y pidió una sola: estar en la casa del Señor. Él sabe que el lugar de protección es estando en la cercanía de Dios. En medio de este tiempo de espera, los animo a cultivar intimidad con Dios, sin olvidar que el templo del Señor se manifiesta en su expresión máxima en la tierra cuando todos juntos nos reunimos presencialmente como Iglesia.
En este tiempo de angustia clamamos y pedimos a Dios que nos permita prontamente estar como Iglesia juntos, porque donde está Su pueblo ahí Dios habita.
Al final, el salmista termina reconociendo que sin la cercanía de Dios no hubiera podido continuar:

Pero de una cosa estoy seguro: he de ver la bondad del SEÑOR en esta tierra de los vivientes. Pon tu esperanza en el SEÑOR; ten valor, cobra ánimo;
¡pon tu esperanza en el SEÑOR! (vv. 13-14).
Por eso esperamos, en este tiempo donde estamos aislados, donde parece que el enemigo se está adelantando, esperamos en el momento que estemos junto al pueblo de Dios con Aquel que nos salvó. Solo esperamos por medio de Jesús, porque sin Cristo en lugar de salvación y esperanza, tendríamos juicio y desanimo.

«El SEÑOR es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?…»(Sal. 27:).

SALMO 27
«El SEÑOR es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré?…»
(Sal. 27:).
Esperar es una virtud que muchas veces no es cultivada en el tiempo que vivimos. Vivimos en el tiempo de la comida rápida, de acceder a información en segundos, y de poder ir a otros continentes en pocas horas. En este momento que estamos enfrentado, la humani- dad ha sido llamada a esperar. Providencialmente el mundo se ha detenido y todos nuestros planes, metas y sueños se han detenido instantáneamente. En estos momentos somos llamados a poner en práctica nuestras creencias, a verdaderamente tener una absoluta confianza en Dios y aprender a esperar en Él, porque sabemos que Él es bueno.

Hay diferentes opiniones de cuándo escribió este salmo David. Lo que es claro en el mismo es que David muestra la respuesta piadosa de una persona que conf ía en Dios en momentos de dificultad. Este salmo nos debe ayudar tanto a prepararnos para el tiempo difícil, como para sostenernos en el tiempo difícil, ya que comparte ver- dades sobre quién es Dios y que su cercanía es nuestro sostén en tiempos devastadores.
David comienza alabando a Dios por su obra redentora:
El SEÑOR es mi luz y mi salvación: ¿a quién temeré?
El SEÑOR es el baluarte de mi vida: ¿quién podrá amedrentarme? (v. 1).
En estos momentos es importante que recordemos que Dios nos ha salvado. Nos ha salvado del pecado, de sus consecuencias y he- mos sido librados de la mayor demostración de Su ira. Básicamente sí, Dios nos ha salvado, y no tememos porque al que debemos de temer está de nuestra parte. Esta verdad debe ser suficiente para nosotros, calmar nuestras almas para dar paz y traer consuelo; Aquel que debemos temer es Aquel que nos salva.
Y eso lleva al creyente a desear la cercanía de Dios. Ya no tenemos que temer al que debemos temer, pero algo más increíble es que podemos acercarnos a Él. No es que solamente me libre de Él, sino

que con un corazón lleno de fe podemos pedirle Su cercanía:
Una sola cosa le pido al Señor,
y es lo único que persigo:
habitar en la casa del Señor
todos los días de mi vida,
para contemplar la hermosura del Señor y recrearme en su templo.
Porque en el día de la aflicción
él me resguardará en su morada;
al amparo de su tabernáculo me protegerá,
y me pondrá en alto, sobre una roca (vv. 4-5).
El comienzo del versículo 4 siempre me sorprende, David pudo pedir muchas cosas y pidió una sola: estar en la casa del Señor. Él sabe que el lugar de protección es estando en la cercanía de Dios. En medio de este tiempo de espera, los animo a cultivar intimidad con Dios, sin olvidar que el templo del Señor se manifiesta en su expresión máxima en la tierra cuando todos juntos nos reunimos presencialmente como Iglesia.
En este tiempo de angustia clamamos y pedimos a Dios que nos permita prontamente estar como Iglesia juntos, porque donde está Su pueblo ahí Dios habita.
Al final, el salmista termina reconociendo que sin la cercanía de Dios no hubiera podido continuar:

Pero de una cosa estoy seguro: he de ver la bondad del SEÑOR en esta tierra de los vivientes. Pon tu esperanza en el SEÑOR; ten valor, cobra ánimo;
¡pon tu esperanza en el SEÑOR! (vv. 13-14).
Por eso esperamos, en este tiempo donde estamos aislados, donde parece que el enemigo se está adelantando, esperamos en el momento que estemos junto al pueblo de Dios con Aquel que nos salvó. Solo esperamos por medio de Jesús, porque sin Cristo en lugar de salvación y esperanza, tendríamos juicio y desanimo.

«A ti clamo, SEÑOR; ven pronto a mí. ¡Atiende a mi voz cuando a ti clamo!»(Sal. 141:1).

En las Escrituras podemos leer muchos salmos en los que el salmista suplica la protección de Dios, unas veces de los ejércitos enemigos, otras de las calamidades de la vida, de las tempestades, sequías, accidentes o engañadores. Pero este salmo expresa la necesidad de ser protegidos del principal enemigo retratado en los salmos. El enemigo más cercano, el propio pecado.
El primer enemigo es descrito (v. 1-4) al nivel de las palabras, las obras, y el corazón. Una vez más el salmista clama en oración, y ruega en primer lugar por sus labios: «SEÑOR, ponme en la boca un centinela» (v. 3). Este es el principal temor del rey David, que sus palabras no vayan a inclinarse hacia cosas malas como eviden- cia sintomática de que su corazón se ha dejado seducir por el mal. David reconoce que necesita de la intervención divina para ale- jarse de lo malo y sabe que Dios suele obrar mediante instrumentos humanos (v. 5-7): «Que la justicia me golpee, que el amor me re- prenda…» (v. 5). Los creyentes somos, o debiéramos ser, al fin y al cabo, meros instrumentos en las manos del Redentor para el bien de nuestros hermanos. David lo pudo comprobar en primera persona cuando el profeta Natán se acercó a él con una clara exhortación respecto a su pecado y la reprensión del justo fue medicina para él. La reprensión puede ser primero amarga, pero luego trae frutos de justicia. Quienes no tienen reprensión, sin embargo, siguen su camino de destrucción sin tener quien le exhorte o sin escuchar la exhortación (v. 6-7).
La conclusión del salmista es simple, pero no simplista. «En ti, SEÑOR Soberano, tengo puestos los ojos» (v. 8). Quiera el Señor hacernos más y más conscientes de ese primer enemigo que lle- vamos dentro, de nuestro propio pecado, y de la batalla diaria que hemos de librar con él. Quiera el Señor darnos que nuestros ojos no miren hacia dentro, ni hacia los demás, sino hacia Él, pues de Él solamente vendrá nuestra ayuda y nuestras fuerzas para vivir la vida cristiana.
¿Cuán consciente eres de la gravedad de tu propio pecado? ¿Oras como David, pidiéndole que Dios no deje que tu corazón se inclin al mal? ¿Tienes tus ojos puestos en el cielo o en el suelo? Ora al Señor rogándole que te de las fuerzas que necesitas para combatir contra tu enemigo más íntimo. La vida del creyente supone una lucha encarnizada contra el pecado a fin de que Dios siga forman- do en nosotros a Su Hijo amado. «En la lucha que ustedes libran contra el pecado, todavía no han tenido que resistir hasta derramar su sangre» (Heb. 12:4). En esa lucha, tenemos una bendita espe- ranza y una victoria segura en Cristo Jesús. Pon sobre Él tus ojos. Conf ía solamente en Él. Mira al crucificado, cuya sangre te lava de tus pecados. Que hoy pueda ser, descansando en el poder de Dios, un poco más parecido a lo que serás eternamente por Su gracia.

«Dios nos tenga compasión y nos bendiga; Dios haga resplandecer su rostro sobre nosotros»(Sal. 67:1).

Este salmo comienza con uno de los anhelos mas esenciales de las personas que se saben pecadoras: el anhelo de recibir la misericordia de Dios (v. 1); la certeza de que, en el día de la calamidad, Dios nos muestre Su bondadoso rostro y no nos de la espalda (ver Jer. 18:17). Esta era la petición del salmista en favor del pueblo, y esta es también la realidad de aquellos que hemos experimentado la gracia del evangelio. El apóstol Pablo nos dice que es en el evangelio donde hemos recibido esta «misericordia»; en el evangelio, Dios, “que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo» (2 Cor. 4:1, 6). Es en el rostro de nuestro Salvador donde Dios ha hecho resplandecer Su rostro sobre nosotros y nos ha llenado de «toda bendición espiritual en Cristo» (Ef. 1:3). Por lo tanto, la petición del salmista nos ha sido ya otorgada. Por esta razón, al enfrentar como creyente cualquier tipo de aflicción o necesidad, no necesitas vivir en incertidumbre. Por el contrario, tienes la plena certeza de la bendición de Dios por causa de la obra de Jesús consumada en la cruz a tu favor. ¡Sublime gracia!

Ahora, la misericordia que Dios nos ha otorgado como Su pueblo, nos ofrece mucho más que una simple certeza personal e individual en tiempos de necesidad. En realidad, Su bondad misericordiosa nos ha dado un propósito y una responsabilidad eternos y trascen- dentes. Los versículos 2 al 7 lo expresan en términos que crean una imagen maravillosa. En primer lugar, el versículo 2 nos señala que la misericordia que hemos recibido es «para que se conozcan en la tierra sus caminos, y entre todas las naciones su salvación». Cada vez que el rostro de Dios ilumina a una persona, su propósito se revela una vez más como evangelístico, misional y salvífico. Porque que cuando la salvación de Dios llega, otras bendiciones espirituales se añaden también. Y cada una de ellas debe ser nuestro anhelo y petición a Dios a favor del mundo a nuestro alrededor. El salmista pide en el versículo 3: «Que te alaben, oh Dios, los pueblos; que todos los pueblos te alaben». Tan grande es su anhelo de que el Dios Salvador sea alabado, que lo repite en el versículo 5. La obra misericordiosa de Dios por nosotros es por lo tanto primeramente teocéntrica. Su intención primaria es que Dios reciba la adoración que solo Él merece y que en el presente está ausente en muchos confines de la tierra. Pero observa el versículo 4, en el centro del doble anhelo de alabanza a Dios, descubrimos que Dios consuma nuestra dicha: «Alégrense y canten con júbilo las naciones, porque tú las gobiernas con rectitud…». ¡La adoración a Dios es para la alegría y el gozo de toda la tierra! Finalmente, el versículo 7 nos anuncia que toda esta bendición busca aquello que es el principio de la sabiduría: el temor de Dios.
Cuando te enfrentes a pruebas y tribulaciones, recuerda siempre que, en el evangelio, tienes la certeza de la misericordia y la ben- dición de Dios. Y que esta bondad se te ha dado para que todas las naciones conozcan, alaben, y teman a Dios, y como resultado, se regocijen en Su salvación.

Nada me faltará: 30 meditaciones sobre Salmos de esperanza

2020 por B&H Español

«El Señor hace todo lo que quiere en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos sus abismos» (Sal. 135:6)

Salmo 135
«El Señor hace todo lo que quiere en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos sus abismos» (Sal. 135:6).
Si Dios no fuese soberano sobre todo en el universo, entonces no ten- dríamos razones para confiar en Él y atesorar sus promesas. Seguro sería una deidad frustrada e infeliz. ¿Qué sentido tendría adorar a un «dios» incapaz de hacer lo que quiera? ¿Cómo seríamos felices en Él?
Pero el Dios verdadero sí es soberano. «El Señor hace todo lo que quiere en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos sus abismos» (v. 6). La Biblia habla tanto sobre la soberanía de Dios, ¡que sería fácil pensar que este es Su atributo favorito!
La soberanía de Dios consiste en que Él tiene la autoridad y el poder para llevar a cabo todo aquello que Él quiere que ocurra.

Esta soberanía significa que cuando Dios obra algo, no fue porque alguien lo obligó a eso, sino porque Él quiso hacerlo. Y cuando Dios permite algo (trátese de un sufrimiento presente o cualquier otra cosa) fue porque en un sentido Él quiso que eso ocurriera conforme a sus propósitos.
En otras palabras, Dios está detrás de todo lo que pasa, ya sea obrándolo directamente para que ocurra u orquestándolo según sus buenos designios (que no comprendemos completamente desde este lado de la eternidad). Y lo hace de forma tal que Él nunca es au- tor del pecado y las cosas que están mal en el mundo (Stg. 1:13-17).
De manera específica, el Salmo 135 señala que Dios gobierna sobre la naturaleza y las naciones (v. 5-7, 10-12), y que Su soberanía está por encima de cualquier ídolo que tengamos (v. 5, 15-18). Los ídolos en este mundo no pueden hacer nada por nosotros, pero el Dios soberano sí. Al mismo tiempo, en el corazón de este salmo vemos también que Dios es soberano en sus hechos redentores a favor de sus escogidos (v. 4, 8, 12-14).
Esto debe inundarnos de esperanza cuando la duda y el temor nos golpean. Dios fue soberano a nuestro favor en la cruz, en la hora más decisiva de la historia y cuando todo parecía arruinado (Hech. 2:23; 4:27-28). Por lo tanto, aunque en nuestros momen- tos difíciles no tenemos todas las respuestas que quisiéramos, sí tenemos la certeza que más necesitamos: podemos confiar en que Dios gobierna todo en nuestras vidas para nuestro bien (Rom. 8:28, 32).

El gran predicador Carlos Spurgeon decía que la soberanía de Dios es la almohada sobre la que el cristiano puede reposar su cabeza. ¿Estás reposando en esta verdad?

«Te exaltaré, mi Dios y Rey; por siempre bendeciré tu nombre» (Sal. 145:1).

«Te exaltaré, mi Dios y Rey; por siempre bendeciré tu nombre»
(Sal. 145:1).

Hay momentos en la vida donde no tenemos palabras para expresar nuestras emociones, momentos cuando tenemos sentimientos en lo más profundo de nuestro corazón que perdemos la habilidad de comunicar cómo nos sentimos. Sean alegrías o tristezas, nuestros corazones buscan y necesitan ayuda para expresarse. Donde las palabras faltan, la música nos ayuda. Victor Hugo lo explicó de esta manera: «La música expresa aquello difícil de explicar y sobre lo que es imposible guardar silencio». La fe cristiana siempre ha tenido afinidad con la música. Jonathan Edwards explicaba que «la mejor, más hermosa y perfecta forma que tenemos para expresar nuestra relación con Dios es a través de la música». El Salmo 145, obra de arte como tal, fue compuesto y diseñado para auxiliar nuestra memoria y nuestros corazones en dichos momentos.
Este salmo ha sido descrito como una joya que se destaca sobre los demás tesoros en los Salmos, ya que sirve como punto de referencia: de ahora en adelante nuestros cánticos serán aleluyas y más aleluyas. David hace hincapié en la grandeza de Dios y en la gracia que Él nos muestra al extender su mano para cuidar de nosotros y de Su creación. Hablando por experiencia, el autor nos dice que a diferencia de Dios quien puede examinar nuestros corazones y pensamientos, Su grandeza es inescrutable. Pero, no sea que busquemos excusa para abstenernos del conocimiento de Dios, David afirma que sus obras pueden ser contadas y sus hechos recordados. Spurgeon nos ayuda: «¡Qué Dios tan glorioso tenemos! ¡Cuán fácilmente satisface las necesidades de Su pueblo! Tan solo con abrir Su mano, y ya está. No debemos tener miedo de acudir a Él, como si nuestras necesidades fueran demasiado grandes para que Él las supla». Dios nos dice que Su gracia es suficiente. Aunque esta gracia nos proporciona el contexto para descubrir nuestras insuficiencias, las experiencias de debilidad, tristeza y confusión no nos separan del amor de Dios en Cristo. Más bien, nos recuerdan que Dios alcanzó lo más profundo de nuestros corazones y transformó tal abismo de corrupción por amor y misericordia. Por lo tanto, siempre tendremos razón y motivación en deleitarnos en sus obras: Su fidelidad, cuidado, amor y señorío. Este salmo provee llamados a la acción:
• Exaltaremos y bendeciremos Su nombre
• Celebraremos sus obras
• Meditaremos en sus hechos
• Proclamaremos la memoria de Su inmensa bondad
Cuando meditamos en Su palabra, postrémonos delante de Él, y al contemplar sus obras, especialmente la muerte de nuestro Señor Jesús, levantemos nuestras voces en Su presencia. Sean gratos los dichos de nuestras bocas y le meditación de nuestros corazones delante de Él.

Nada me faltará: 30 meditaciones sobre Salmos de esperanza

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