Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. 2 Corintios 4:6
Muéstrame tu gloria (2) – Mirar el rostro de Dios Los acontecimientos relatados en Éxodo 33-34 deben entenderse a la luz de 2 Corintios 3. Después de que Israel pecara en el asunto del becerro de oro, Moisés intercedió por el pueblo. Entonces recibió la Ley por segunda vez, pero ahora mezclada con misericordia. Podemos darnos cuenta de esto último por la forma en que Jehová describió su nueva disposición hacia el pueblo: “Misericordioso y piadoso; tardo para la ira… que perdona la iniquidad” (Éx. 34:6-7). Algunos enseñan que esta mezcla de Ley y misericordia es lo que constituye en realidad al Evangelio, pero no es así. De hecho, fue esta misma combinación de Ley y misericordia la que el apóstol Pablo denomina como el “ministerio de muerte” o “ministerio de condenación” (2 Co. 3:7, 9).
Este ministerio tenía cierta gloria, “la cual se desvanecía” (2 Co. 3:7 NBLA), e iba a ser reemplazado por el “ministerio del Espíritu”, que es mucho más glorioso que todo lo que Moisés vio en el monte. “Lo que tenía gloria, en este caso no tiene gloria por razón de la gloria que lo sobrepasa” (3:10).
El creyente ahora puede contemplar la gloria del Señor y ser transformado por ella (2 Co. 3:18), pues vemos “la gloria de Dios en la faz de Jesucristo” (2 Co. 4:6). La gloria que vio Moisés fueron las “espaldas” de Dios, mientras que como cristianos podemos mirar directamente al rostro de Jesucristo.
¿Quiere ver la gloria de Dios? Entonces mire a Jesús (Jn. 1:18). Muy pronto veremos su rostro sin que la carne nos lo impida (Ap. 22:4). Pero no tenemos que esperar hasta entonces, ¡porque podemos empezar a contemplarlo desde ahora!
Y esperar de los cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la ira venidera. 1 Tesalonicenses 1:10 Algunas de las glorias del Señor Jesús ¡Qué maravillosas glorias de nuestro Señor encontramos en este versículo! Consideremos brevemente algunas de ellas.
Él es el Hijo. Este nombre de nuestro Señor nos presenta pensamientos maravillosos acerca de la relación eterna entre el Padre y su único Hijo en la Deidad. Esa relación se manifestó luego en la tierra cuando el Hijo se hizo Hombre. Él es quien pudo decir en su oración al Padre: “Me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn. 17:24).
Él es el que vendrá de los cielos. Hoy esperamos, como los tesalonicenses, que el Hijo regrese de los cielos. Sabemos que él ya vino una vez (1 Jn. 5:20). En su primera venida, vino para “quitar de en medio el pecado” y nuestros pecados mediante el sacrificio de sí mismo (He. 9:26, 28).
Él resucitó de entre los muertos. El Hijo de Dios murió como nuestro sustituto. Pero la muerte no lo pudo retener, y al tercer día resucitó “por la gloria del Padre” (Ro. 6:4).
Él es Jesús. Aquel que desde la eternidad es Dios y se hizo Hombre. Jesús es el nombre que tomó cuando vino a este mundo, el cual significa “Jehová Salvador”. Vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mt. 1:21).
Él es nuestro Libertador. A menudo pensamos en la ira eterna, el lago de fuego, de la que hemos sido salvados por la obra del Señor Jesús. Pero la ira también caerá pronto sobre este mundo que ha rechazado al Hijo de Dios (1 Ts. 5:1-4, 9; Mt. 24:21). A esto comúnmente se le denomina como “la tribulación”. Durante ese periodo, ¿estará aún la iglesia en la tierra? ¡No! El Señor Jesús es aquel que nos librará de esta “ira venidera”. “Yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra” (Ap. 3:10).
Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras… Y se dijeron unos a otros: Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre. Génesis 11:1, 3-4 Babel: confusión Esto sucedió después del diluvio. Noé, sus hijos y sus esposas se salvaron, mientras que el resto de la humanidad pereció. Pero este juicio, por severo que fuera, no logró cambiar el corazón perverso del hombre. Romanos 1:21-32 nos muestra el camino descendente del hombre. Las personas conocían a Dios, pero no lo glorificaron como Dios y no fueron agradecidas; sus pensamientos eran vanos y sus corazones se oscurecieron, como muestran los versículos de hoy.
Dios había dicho a Noé y a sus hijos que fuesen fructíferos, se multiplicasen y poblaran la tierra. Ellos y sus descendientes tenían una misma lengua y, por tanto, se entendían. Se habían trasladado juntos a una llanura en la tierra de Sinar y se habían establecido allí. En sus corazones perversos, ellos pensaron que podían desafiar a Dios y tener éxito. Seguirían desobedeciendo, construirían una torre inmensa que alcanzaría los cielos y se harían un nombre para sí mismos.
Ahora bien, ¿cuál es la actitud del ser humano en la actualidad? ¿Obedece a Dios y glorifica su nombre? ¡No! Muchas veces ni siquiera piensa en Dios. El ser humano continúa emprendiendo proyectos enormes de su propia imaginación e inventa toda clase de religiones en sus vanos intentos de alcanzar el cielo.
Dios vio todo lo que estaba sucediendo en la llanura de Sinar, así que detuvo el proyecto de construcción de la torre de Babel. Lo hizo confundiendo su lenguaje de manera que se les hizo imposible trabajar juntos. Hasta el día de hoy, el ser humano se esfuerza por superar este problema de comunicación. Sin embargo, a medida que avanza en su superación humana, también lo hace en su depravación pecaminosa. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que el juicio de Dios vuelva a caer sobre este mundo?
Al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies. Mateo 9:36-38
Obreros para la mies Con frecuencia los medios de comunicación nos informan de grandes aglomeraciones de personas, ya sea para celebraciones varias, funerales de celebridades, eventos deportivos, fiestas religiosas, etc. Cuando vemos esas multitudes, ¿se conmueve nuestro corazón al pensar en esas preciosas almas, deseando que se den cuenta de su profunda y gran necesidad de conocer al Señor Jesucristo como Salvador?
Ciertamente, la mies es mucha. Sin embargo, ¿cuántos de nosotros somos lo suficientemente conscientes de que tenemos que asumir nuestra responsabilidad de ser verdaderos obreros en la cosecha de tan preciosas almas? Con total razón sentimos nuestra debilidad e impotencia ante la indiferencia de muchas personas, el odio genuino de muchas otras, e incluso la persecución, ya sea física o verbal.
Sin embargo, ¿existe una buena razón en todo esto como para vernos derrotados incluso antes de comenzar a dar un verdadero testimonio de nuestro Señor? ¿Nos sentimos como Jeremías?, que dijo: “Porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre”. ¿Podía hacerlo? No, el Señor no lo iba a permitir. Al contrario, Jeremías tuvo que añadir: “Había en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; traté de sufrirlo, y no pude” (Jer. 20:8-9).
Ciertamente deberíamos desear que este tipo de obreros sean enviados a la mies del Señor: un creyente tan conmovido por la pura verdad de la Palabra de Dios que anhele fervientemente que esta verdad sea recibida en los corazones de todos aquellos con quienes entra en contacto. ¡Oh, que todos conozcan la gracia salvadora del Señor Jesús! Seamos fieles en anunciar fielmente las buenas nuevas de salvación.
La iglesia de hoy, la iglesia «de Jesucristo», se esfuerza mucho por parecerse lo más posible a la cultura, en lugar de huir de esas cosas.
Durante décadas, ha sido popular para los líderes de la iglesia hacer que la gente venga a la iglesia y se sienta como si estuviera en algún evento mundano. La iglesia se ha vuelto amigable con el pecador en lugar de asustar al pecador. Se ha convertido en afirmadora en lugar de condenatoria, sentimental en lugar de teológica, informal en lugar de solemne, entretenida en lugar de edificante, engañosa en lugar de honesta, frívola en lugar de cultual… ya nos hacemos una idea.
A las iglesias no les gusta la idea de que son una ofensa para la cultura, y piensan que si pueden acercarse a todo lo que la gente disfruta en la cultura, de alguna manera podrán ganársela.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Hay corrientes filosóficas que nos han empujado en esta dirección, como el pragmatismo. El pragmatismo es una filosofía que dice que el valor de cualquier cosa viene determinado por sus consecuencias prácticas. Eso es un poco diferente de otra corriente filosófica, el utilitarismo. El utilitarismo dice que la utilidad es la norma de lo que es bueno. Si funciona, si produce el efecto deseado, entonces lo hacemos. Esta es la filosofía.
La iglesia, por extraño que parezca, ha comprado en la filosofía del pragmatismo y el utilitarismo y decidió que si atrae a una multitud, es bueno; y si funciona, vamos a usarlo, incluso si no logra ser una separación del mundo.
Así que la iglesia se ha adaptado al mundo pagano. Los líderes de la iglesia hablan menos de teología y más de metodología. Hablan menos de doctrina y más de estrategia.
A medida que el mundo pagano se vuelve más hostil a la verdad de Dios, a medida que se vuelve más hostil al pueblo de Dios, las iglesias transigirán. Ya han demostrado que lo harán. Transigirán para ser más atractivas. No quieren ser perseguidas, no quieren ser rechazadas, no quieren ser ignoradas, no quieren ser perseguidas, y entonces se alinearan con las expectativas del mundo. Cortejarán al mundo siendo como el mundo.
Jesús le dice esto a la iglesia de Pérgamo:
12 Y escribe al ángel de la iglesia en Pérgamo: El que tiene la espada aguda de dos filos dice esto:
13 Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás. 14 Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación. 15 Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco. (Apocalipsis 2:12-15)
Tienes algunas personas allí que están jugando con la idolatría y la inmoralidad. Es algo así como Balaam, y es lo que los nicolaítas defienden. Hay gente que es arrastrada de nuevo a los pecados muy familiares de los cuales han sido liberados.
Balaam, según Deuteronomio 23, es un personaje del Antiguo Testamento. Era un famoso hechicero de un lugar llamado Pethor en Mesopotamia. Conocía al Dios de Israel – todo el mundo conocía al Dios de Israel por lo que el Dios de Israel había hecho al liberar a Su pueblo de Egipto. Pero Balaam era un hechicero que estaba en esto, como todos los hechiceros, por el dinero. Así que puso sus servicios esotéricos a disposición de cualquiera que le pagara.
Recuerdas la historia. Tres veces Balaam intenta maldecir a Israel, pero no puede hacerlo. Así que desarrolla otra estrategia. Si no puede maldecirlos, decide que los corromperá. Así que consiguió que un grupo de mujeres de Moab sedujeran a hombres judíos para que se casaran entre ellos; y así arrastró a esos hombres a una vida idólatra e inmoral en Moab. Volvieron a comer cosas sacrificadas a los ídolos, y volvieron a cometer idolatría – las mismas cosas que habían visto en Egipto.
La maldición no funcionó, pero la corrupción sí. La unión blasfema con el mundo destruyó el poder de Israel y le quitó su protección. El plan tuvo éxito. Pero Dios, en Números 24, intervino, castigando severamente a Israel y a los líderes y detuvo su caída.
Así que el punto que nuestro Señor está haciendo a la iglesia en Pérgamo es, “Ustedes tienen algunas personas allí que están actuando como Balaam, y los están seduciendo para que regresen a la misma cultura de la que han sido liberados, para que participen en su idolatría y su inmoralidad.” Algunos en Pérgamo estaban cayendo ante las seductoras sirenas de la cultura del diablo.
Hablando en términos prácticos, ¿cómo se veía esto? Algunos en la iglesia de Pérgamo estaban asistiendo a fiestas paganas con libertinaje e inmoralidad, y luego venían a la iglesia. Y aparentemente la iglesia no había tomado acción para confrontarlo y corregirlo.
¿Y que de los Nicolaítas? ¿Cuál era su problema? Era esencialmente lo mismo que los que seguían el error de Balaam. Estaba llevando a la gente de vuelta al mundo del que habían sido rescatados.
Dos de los primeros padres de la iglesia, Ireneo y Clemente de Alejandría, escribieron esto sobre los nicolaítas: “Viven vidas de indulgencia desenfrenada, abandonándose al placer como cabras, llevando una vida de autoindulgencia.”
La iglesia en Pérgamo tenía gente viviendo como paganos, y la iglesia había tolerado esta enseñanza y este compromiso, corrompiendo la casa del Señor. No estaban separados.
Así que Jesús ordena: “Arrepentíos.” Vuélvete y vete por el otro camino. Deja de tolerar el compromiso mundano.
Si usted tiene personas en su asamblea que vienen a adorar a Cristo y luego regresan y caen en los pecados de la cultura, usted debe confrontarlos. La iglesia de hoy no debe dejar de excluir a los incrédulos de la comunión del cuerpo de Cristo. Siempre nos alegramos cuando los no creyentes vienen y escuchan el mensaje, pero no pueden participar con el pueblo de Dios hasta que sean hijos de Dios.
La iglesia debe confrontar a los creyentes que profesan vivir vidas pecaminosas, que afirman haber sido liberados y redimidos del mundo, pero que literalmente viven como vive el mundo. Tienen que ser confrontados.
Si no hacemos eso, mira el “pues si no”: “pues si no, vendré a ti pronto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca.” Esta es una iglesia al borde del juicio.
Ahora, por supuesto, queremos alcanzar. Queremos dar la bienvenida a los no creyentes para que escuchen el evangelio y sean redimidos. Queremos que los creyentes pecadores reciban gracia y abundante perdón. Pero no toleramos el pecado como si fuera aceptable, y no vivimos lo más cerca posible de la corrupción del mundo.
Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio. Juan 8:3 El corazón humano y la gracia Hay en todas las personas un cierto conocimiento del bien y del mal. Sin embargo, probablemente no existan dos personas que posean el mismo y exacto criterio acerca del bien o el mal. Por ejemplo, el borracho piensa que emborracharse no es tan malo, pero robar sí. Cada uno se felicita a sí mismo por no haber hecho ciertas cosas malas, y se compara con otra persona que ha cometido el pecado que cree haber logrado evitar.
Todo esto demuestra que los hombres no se juzgan a sí mismos utilizando un estándar fijo de lo correcto y lo incorrecto, sino que simplemente toman lo que les conviene y condenan a los demás. Sin embargo, hay un estándar con el que todos serán comparados: la perfecta justicia de Dios.
Los escribas y fariseos mencionados en Juan 8 eran personas muy morales y religiosas, y se escandalizaron grandemente cuando descubrieron a una mujer en flagrante pecado. El corazón corrupto del hombre se consuela a sí mismo y se tranquiliza cuando puede hallar, piensa él, a una persona peor que él.
Pero eso no es todo, porque los hombres no solo se glorían al compararse con otros, al punto de llegar a alegrarse por la caída y ruina de alguien más, sino que no pueden soportar que Dios exhiba su gracia. La gracia es el perdón pleno y gratuito de todo pecado y mal, sin que Dios exija o espere nada del perdonado. Es un principio que se opone diametralmente a todos los pensamientos y caminos del hombre, a quien le desagrada esta idea; a menudo la llama, en lo secreto de su corazón, injusticia. Es muy humillante admitir que dependemos enteramente de la gracia para la salvación; y que nada de lo que hemos hecho, y nada de lo que podamos hacer en el futuro, nos ha hecho, o nos hará, personas dignas incluso de la gracia; sino que nuestra miseria, nuestro pecado y nuestra ruina son el único derecho que poseemos para disfrutar de la gracia.
Tengo compasión de la gente… y si los enviare en ayunas a sus casas, se desmayarán en el camino, pues algunos de ellos han venido de lejos. Marcos 8:2-3 Su compasión no fallará jamás Cuando Cristo alimentó milagrosamente a 4. 000 personas (v. 9), él satisfizo su necesidad de alimento material. Sin embargo, muchos comentaristas bíblicos pasan por alto la compasión del Señor en este relato. Su compasión se ve en el hecho de que entró en las circunstancias desfavorables de las personas: “Pues algunos de ellos han venido de lejos”. Era consciente de que algunos habían salido temprano de sus casas y habían caminado muchos kilómetros para estar con él; pero ahora tenían que regresar y corrían el peligro de desmayarse en el camino. Cristo había seguido de cerca su viaje y conocía la situación de cada uno de ellos. No solo ve nuestras necesidades, sino que también conoce las dificultades que enfrentamos en nuestro camino.
¡Así es como nuestro Dios simpatiza con nuestros problemas! Vemos lo mismo en Éxodo, el Señor se le apareció a Moisés. Le reveló su corazón compasivo, pues los llamó “mi pueblo”. Le dijo a Moisés: “He visto la aflicción de mi pueblo”, y por eso descendió (Éx. 3:7-8). No se limitó a liberar a su pueblo de una manera distante y mecánica, sino que dijo: “He descendido”. Entró en las calamidades que estaban experimentando. El profeta lo describió así: “En toda angustia de ellos él fue angustiado” (Is. 63:9).
En la época de Jeremías, cuando el pueblo de Dios pasaba por profundas pruebas, el profeta declaró: “Nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana” (Lm. 3:22-23). Cristo, que era Dios manifestado en carne, y que descendió del cielo (cf. Jn. 6:33, 50) satisfizo nuestra necesidad como pecadores, pero también se compadece de nosotros como creyentes. Provee para las dificultades que enfrentamos en nuestra vida, no mecánicamente, sino con compasión y simpatía. Que podamos aprender de su compasión por la multitud hambrienta e imitemos su ejemplo.
Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Eclesiastés 3:1 El Eclesiastés y el cristiano (3) En los primeros ocho versículos del capítulo 3, Salomón contrasta catorce pares de cosas opuestas y se pregunta al final: “¿Qué provecho tiene el que trabaja, de aquello en que se afana?” (v. 9). Desde su punto de vista, esto también es vanidad. Si lo positivo se anula con lo negativo, ¿qué sentido tiene? Catorce menos catorce es cero. Pero si miramos un poco más profundamente, podemos aprender muchas cosas en este pasaje.
“Todo tiene su tiempo” es un principio bíblico. Incluso cuando consideramos los propósitos de Dios, la Biblia habla de tiempos diferentes.
En el cumplimiento del tiempo: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo” (Gá. 4:4).
A su tiempo: “Porque mientras aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos” (Ro. 5:6 NBLA); “Humíllense… para que él los exalte a su debido tiempo” (1 P. 5:6 NBLA). Pero esta expresión también se utiliza en relación con la responsabilidad del creyente: “El Señor dijo: ¿Quién es, pues, el mayordomo fiel y prudente a quien su señor pondrá sobre sus siervos para que a su tiempo les dé sus raciones?” (Lc. 12:42 NBLA).
Redimir o aprovechar el tiempo: “Aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Ef. 5:16); “Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo” (Col. 4:5).
Estos pocos versículos bastan para demostrar que, tanto para Dios como en la vida del creyente, hay diferentes tiempos que el creyente tiene la responsabilidad de discernir. De manera que, puede ser provechoso que el cristiano medite más de cerca Eclesiastés 3:1-8.
El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría. 1 Corintios 1:21 La verdadera sabiduría ¿Qué alcanzó a hacer la filosofía de Grecia por sus discípulos? Les hizo los ignorantes adoradores de un “Dios no conocido” (Hch. 17:23). Esa inscripción en sus altares publicaba ante el mundo su ignorancia y su vergüenza. ¿Y no debemos preguntarnos si la filosofía ha hecho por la cristiandad más de lo que hizo por Grecia? ¿Nos ha comunicado el conocimiento del verdadero Dios? ¿Quién se atreverá a decir que sí? Existen millones de profesos bautizados en todos los ámbitos de la cristiandad que no conocen del verdadero Dios más de lo que conocían aquellos filósofos a los que Pablo encontró en la ciudad de Atenas.
El hecho es este: todo aquel que realmente conoce a Dios, es el privilegiado poseedor de la vida eterna. Así lo declara nuestro Señor Jesucristo de la manera más explícita en el capítulo 17 de Juan: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (v. 3). Conocer a Dios es tener vida, y vida eterna.
Pero ¿cómo puedo conocer a Dios? ¿Dónde le encontraré? ¿Me lo dirán la ciencia y la filosofía? ¿Lo han dicho alguna vez a alguien? ¿Han guiado alguna vez a algún pobre vagabundo al camino de la vida y de la paz? No; jamás. “El mundo por su sabiduría no conoció a Dios”. Las antiguas escuelas de filosofía, opuestas unas a otras, solo lograron sumergir la inteligencia humana en profunda oscuridad y en una desorientación sin esperanza; y las modernas escuelas filosóficas, igualmente opuestas unas a otras, no son mejores. Vacías especulaciones, dudas penosas, teorías sin base, es todo cuanto la filosofía humana en todo tiempo y en toda nación puede ofrecer al que sinceramente busca la verdad.
¿Cómo, pues, conoceremos a Dios? Si tan excelente resultado depende de su conocimiento; si conocer a Dios es vida eterna -y Jesús lo dice- entonces, ¿cómo le conoceremos? “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.” (Jn. 1:18).
Como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. Isaías 53:7 Pacientes en la tribulación. Romanos 12:12 La paciencia del Señor Jesús, un ejemplo para nosotros ¡Qué grande fue la paciencia de nuestro Señor Jesús! Mire cuánta paciencia tuvo en las escenas finales de ignominia y aflicción que precedieron a su muerte. En aquellas horrendas horas, azotado por el peso de lo que tenía ante él, bien podría haber convocado, con justificada indignación, a “más de doce legiones de ángeles” (Mt. 26:53) y dar a cada uno lo que merecía. Sin embargo, en lugar de eso, se sometió a un silencio suave y majestuoso.
Piense en lo paciente que ha sido con su Iglesia y su pueblo, en cómo año tras año ha soportado nuestra ingratitud, nuestra dureza de corazón y nuestra falta de respuesta a su santa Palabra. Sin embargo, la mano de nuestro Dios amoroso y paciente sigue extendida (Is. 5:25; 9:12, 17, 21; 10:4).
Querido hijo de Dios, ¿está usted pasando por alguna amarga prueba? ¡Tenga paciencia! Bueno es Jehová a los que en él esperan (Lm. 3:25). ¿Lleva mucho tiempo postrado en un lecho de enfermedad, experimentado días de dolor y noches de desánimo? Le animo a que tenga paciencia. Por medio de su dolor, Dios está alimentando en usted la gracia que brilló tan notablemente en el carácter de nuestro Señor. En él, la paciencia era un hermoso hábito del alma.
¿Sufre usted injusticias inmerecidas o acciones mezquinas, quedando expuesto a acusaciones duras e hirientes que son difíciles de soportar? Sea paciente. Cuídese de las palabras duras o la irritación, y recuerde cuánto mal hizo Moisés cuando “habló precipitadamente con sus labios” (Sal. 106:33). Piense en Jesús de pie ante un tribunal humano con completa y silenciosa sumisión, plenamente consciente de su inocencia y justicia, y deje su problema en manos de Dios. Que la paciencia sea un estado de ánimo habitual, que se manifieste a diario, en medio de los pequeños problemas y molestias de su vida cotidiana. Que su propósito de corazón sea esperar firmemente en Dios, habiendo echado todas sus cargas sobre él.