El inminente regreso de Cristo | 1 Juan 2:18

El inminente regreso de Cristo

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Hijitos, ya es el último tiempo… [y] han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo. 1 Juan 2:18

Los acontecimientos actuales nos muestran cuán cerca estamos de los últimos tiempos. Las personas tienen puestas máscaras de alegría, pero tras ellas hay corazones vacíos y doloridos. Todo va de mal en peor, y los intentos humanos de resolver los problemas del mundo son inútiles. La estructura moral y espiritual se está debilitando, mientras que el modernismo y las falsas religiones proliferan más que nunca. Vemos oscuridad espiritual donde antes había luz. El cristiano puede decir con total seguridad: “Conociendo el tiempo… ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos” (Ro. 13:11).

El regreso personal de Cristo será uno de los acontecimientos más grandiosos en la historia de este mundo, y está muy cerca de ocurrir. Él nos ha hecho la siguiente promesa: “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:3). No cabe duda de esto. Nuestro Señor no miente. Lo ha prometido. Hoy en día muchos se burlan de esta promesa, como lo hicieron con la profecía de Noé acerca del diluvio. Sin embargo, ellos perecieron por su incredulidad cuando el diluvio cayó sobre este mundo.

Cristo vendrá “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles” (1 Co. 15:52). “Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Ts. 4:17). Después de esto, los juicios de Dios caerán sobre toda la tierra: será un día de ira que nadie podrá resistir.

Su regreso traerá una vindicación total de su gloria, mientras que el creyente experimentará la culminación de su salvación eterna. “Esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya” (Fil. 3:20-21). Estaremos con él y lo alabaremos por la eternidad.

¿Está usted preparado para el próximo gran acontecimiento de la historia?

F. B. Tomkinson

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Cristo, la perfecta sabiduría | 1 Corintios 1:30-31

Cristo, la perfecta sabiduría.
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Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor. 1 Corintios 1:30-31

Los cristianos hemos sido trasladados por Dios a una posición que la simple sabiduría humana nunca podría entender. Estamos “en Cristo Jesús” y, por lo tanto, ya no debemos vernos “en la carne”. No se trata de una experiencia especial, sino de una posición dada por Dios que es válida para todo creyente, independientemente de nuestros sentimientos. No importa la cantidad de sabiduría humana que poseamos, pues esta es dejada de lado ante la sabiduría perfecta que poseemos en Cristo Jesús.

En primer lugar, esta sabiduría se caracteriza por la justicia. La justicia es ignorada grandemente por la filosofía humana, pero se vio en perfección en el Señor Jesús mientras estuvo en la tierra y, por medio de la justificación, forma parte de quienes están “en Cristo Jesús.” En segundo lugar, la santificación también forma parte vital de la sabiduría, ya que implica el amor a lo que es bueno y el odio al mal. La santificación aparta de la impiedad a los que están “en Cristo Jesús”. El mundo no desea esto. Finalmente, la redención saca de la esclavitud a los que antes eran esclavos del pecado. Esta es una maravillosa liberación para todos aquellos que ahora están “en Cristo Jesús”, es decir, quienes lo han recibido como Señor y Salvador.

Al ver tan grandes bendiciones que poseemos “en Cristo Jesús”, no es extraño que se nos diga: “El que se gloría, gloríese en el Señor”. Cuánto contrasta esto con el orgullo que vemos a nuestro alrededor, con la jactancia del hombre en su supuesta sabiduría, quien sigue edificando cosas nuevas y llevando a cabo muchos proyectos. El hombre quiere todo el crédito para sí mismo. Pero nosotros, los creyentes, podemos gloriarnos en Aquel que es perfecto y digno de toda nuestra alabanza. “Al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre Amén” (Ro. 16:27).

L. M. Grant
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Amigo de Dios | Juan 15:13-15

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Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer.
Juan 15:13-15

Amigo de Dios
En la Escritura, Abraham recibe un título que nadie más ha recibido. Se le llama el “amigo de Dios”. En Juan 11, Jesús se refirió a Lázaro como “nuestro amigo” (v. 11), y llama “amigos” a todos los que creen en él y lo obedecen (Jn. 15:13-15). Sin embargo, ¡Abraham es llamado “amigo de Dios” en tres ocasiones! Repasemos brevemente cada una de ellas:

En 2 Crónicas 20:7, su amistad está mencionada por Josafat, quien oró a Dios para obtener la victoria contra sus enemigos.

En Isaías 41:8, su amistad se menciona en relación con la fidelidad de Dios.

En Santiago 2:23, su amistad se menciona en relación con una vida de fe.

Sin embargo, en Génesis 18, vemos expuesta la verdad que el Señor Jesús expresó en Juan 15:13-15.

Como Abraham era amigo de Dios, él no le ocultó lo que iba a hacer. El Salmo 25:14 dice: “La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, y a ellos hará conocer su pacto”. Jehová es el nombre del pacto, y en Génesis 18 se utiliza unas siete veces. Hace referencia al Dios relacional, el Dios que guarda el pacto y que desea tener una relación estrecha con cada uno de sus hijos.

Observe también lo que Dios dijo en tres cosas acerca de Abraham en Génesis 18:18-20: su futura grandeza, su relación personal con Dios y su obediencia ejemplar. Como Abraham gozaba de una relación estrecha con Dios, como amigo de Dios, ¡él podía comunicarse como lo hace alguien con su amigo! El oído de Dios estaba atento a lo que él tenía para decirle. Y usted, como amigo de Dios, ¿por quién puede interceder hoy?

Tim Hadley, Sr.
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Él es profeta y orará por ti, y vivirás.

Audio: Él es profeta y orará por ti, y vivirás.

Génesis 20:7
Nuestra infidelidad y la fidelidad de Dios

Esta es una afirmación muy sorprendente si pensamos en su contexto. Dios es quien está hablando, y el hombre al que llama “profeta” es Abraham, que en ese momento tenía 99 años. Dentro de unos meses, él y su esposa Sara esperan recibir a Isaac, el hijo que Dios les había prometido. Sin embargo, durante su estadía en Gerar, Abraham le dijo a Abimelec, el rey de aquel lugar, que Sara era su hermana, y Abimelec la tomó como esposa. Dios entonces le habló a Abimelec acerca del mal que estaba cometiendo y le dijo que devolviera a Sara a su marido. ¡Es entonces que hallamos esta declaración tan sorprendente!

Abraham y Sara habían acordado mentir acerca de esto cuando salieron de la casa de su padre (v. 13). De hecho, ya habían sido expulsados de Egipto con anterioridad debido al mismo motivo. Sin embargo, Dios le dijo a este rey pagano que Abraham era profeta, es decir, alguien que hablaba en su nombre, y que iba a orar por él para que fuese perdonado y no muriera. Dios estaba del lado de su profeta que, por miedo, había expresado esta mentira (de hecho, una ’verdad a medias’) durante años. ¿Cómo pudo Dios utilizar a un hombre como Abraham, que había estado mintiendo durante tanto tiempo?

¿Y qué hay de nosotros? ¿Mentimos alguna vez para engañar a los demás? ¿Acaso nunca hemos sido hipócritas? Y, sin embargo, somos preciosos para Dios. Le pertenecemos, porque hemos sido comprados por la sangre del Señor Jesucristo. Incluso tenemos el privilegio de servirlo, de hablar en su nombre y de orar por los demás. Nuestro santo Dios no nos ha descartado como descalificados para su servicio. Dios se identifica con nosotros; somos suyos y él está por nosotros. Incluso quiere utilizarnos, aunque nuestro engaño haya sido expuesto y debemos, avergonzados, como Abraham, confesar lo que hemos hecho durante tanto tiempo. “Entonces Abraham oró a Dios; y Dios sanó a Abimelec y a su mujer, y a sus siervas, y tuvieron hijos”.

Tal es la fidelidad de Dios, a pesar de nuestros fracasos. Esto debería humillarnos profundamente ante Dios y ante los hombres.

Eugene P. Vedder, Jr.
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Nuestra infidelidad y la fidelidad de Dios | Génesis 20:7

Nuestra infidelidad y la fidelidad de Dios
Él es profeta y orará por ti, y vivirás. Génesis 20:7
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Esta es una afirmación muy sorprendente si pensamos en su contexto. Dios es quien está hablando, y el hombre al que llama “profeta” es Abraham, que en ese momento tenía 99 años. Dentro de unos meses, él y su esposa Sara esperan recibir a Isaac, el hijo que Dios les había prometido. Sin embargo, durante su estadía en Gerar, Abraham le dijo a Abimelec, el rey de aquel lugar, que Sara era su hermana, y Abimelec la tomó como esposa. Dios entonces le habló a Abimelec acerca del mal que estaba cometiendo y le dijo que devolviera a Sara a su marido. ¡Es entonces que hallamos esta declaración tan sorprendente!
Abraham y Sara habían acordado mentir acerca de esto cuando salieron de la casa de su padre (v. 13). De hecho, ya habían sido expulsados de Egipto con anterioridad debido al mismo motivo. Sin embargo, Dios le dijo a este rey pagano que Abraham era profeta, es decir, alguien que hablaba en su nombre, y que iba a orar por él para que fuese perdonado y no muriera. Dios estaba del lado de su profeta que, por miedo, había expresado esta mentira (de hecho, una ’verdad a medias’) durante años. ¿Cómo pudo Dios utilizar a un hombre como Abraham, que había estado mintiendo durante tanto tiempo?
¿Y qué hay de nosotros? ¿Mentimos alguna vez para engañar a los demás? ¿Acaso nunca hemos sido hipócritas? Y, sin embargo, somos preciosos para Dios. Le pertenecemos, porque hemos sido comprados por la sangre del Señor Jesucristo. Incluso tenemos el privilegio de servirlo, de hablar en su nombre y de orar por los demás. Nuestro santo Dios no nos ha descartado como descalificados para su servicio. Dios se identifica con nosotros; somos suyos y él está por nosotros. Incluso quiere utilizarnos, aunque nuestro engaño haya sido expuesto y debemos, avergonzados, como Abraham, confesar lo que hemos hecho durante tanto tiempo. “Entonces Abraham oró a Dios; y Dios sanó a Abimelec y a su mujer, y a sus siervas, y tuvieron hijos”.
Tal es la fidelidad de Dios, a pesar de nuestros fracasos. Esto debería humillarnos profundamente ante Dios y ante los hombres.
Eugene P. Vedder, Jr.
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El ejemplo del Señor para nuestras relaciones con los demás

El ejemplo del Señor para nuestras relaciones con los demás

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Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas… quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente. 1 Pedro 2:21, 23

Es común que el corazón humano se resienta y busque retribuir las ofensas recibidas. ¡Cuán extraño es responder al sentimiento natural como lo hizo Cristo! Ante las burlas cortantes y el mal inmerecido, él logró vencer el mal con el bien (Ro. 12:21). ¡Cuánto nos cuenta hacer lo mismo!

Los hermosos rasgos del carácter de nuestro Señor, descritos tan bellamente en los versículos previos por el apóstol Pedro, resplandecieron en su vida para que los imitemos. Cuando se encontró con un Natanael cargado de prejuicios (Jn. 1:46), el Salvador pasó por alto sus pensamientos preconcebidos y destacó sus cualidades, diciendo: “He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño” (Jn. 1:47). Más adelante, sus discípulos lo abandonaron (Mt. 26:56), pero después de su resurrección se les apareció y, en lugar de reprenderlos, les dijo: “Paz a vosotros” (Jn. 20:19).

Parece ser que varios de los discípulos se empaparon de esta forma de pensar, “esta actitud que hubo también en Cristo Jesús” (Fil. 2:5 NBLA). Pablo se sintió obligado a reprender a Pedro en presencia de todos y a dejar constancia de este hecho (Gá. 2:11-14). Pedro debió sentir profundamente la severidad de esta reprensión, sin embargo, ¿guardó algún rencor contra Pablo? Leamos como se refirió a él en su segunda epístola: “Nuestro amado hermano Pablo” (2 P. 3:15).

Cuando nos sintamos tentados a pronunciar alguna palabra dura, o de tomar represalias de forma precipitada y brusca, preguntémonos si nuestro Salvador habría reaccionado así. Si los demás son poco amables, desconsiderados o desagradecidos con usted, remita su causa a Dios. Háblele solo a Dios acerca de las faltas de los demás en oración. ¿Represalias? Tal pensamiento no debe habitar en un cristiano. “Vosotros no habéis aprendido así a Cristo” (Ef. 4:20).

J. R. MacDuff

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Reflexiones sobre el Salmo 22 (5)

Reflexiones sobre el Salmo 22 (5)

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Me han rodeado muchos toros… Abrieron sobre mí su boca como león rapaz y rugiente.

Salmo 22:12-13

El salmo 22 menciona varios animales para describir los ataques que recibió el Señor de parte de sus enemigos. Los animales de los versículos anteriores representan a los líderes religiosos y políticos de los judíos. La expresión “del poder del perro” (v. 20) hace referencia a los gentiles, Pilato y sus siervos, que también lo atacaron. El término “perros” está vinculado a la “cuadrilla de malignos” (v. 16), es decir, las fuerzas paganas. El Señor exclamó: “Sálvame de la boca del león” (v. 21) cuando se enfrentó al ataque final de Satanás, ya que el diablo tenía en ese momento “el imperio de la muerte” (He. 2:14). Nuestro Señor se hizo obediente “hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:8), y por medio de su obediencia obtuvo la victoria, aunque aparentemente parecía que iba a ser derrotado (Col. 2:15; 2 Co. 13:4).

El primer día de la semana se confirmó este triunfo, cuando Jesús se levantó de la tumba, muy temprano por la mañana (véase Mr. 16:2-6). “Los cuernos de los búfalos” (Sal. 22:21) probablemente hacen referencia al poder del enemigo, al igual que el león. Sin embargo, no importa cuán grande haya sido la resistencia contra el Señor Jesús, su poder era mayor y por eso obtuvo la victoria. Esta victoria la vemos, en primer lugar, al final de las tres horas de tinieblas, cuando Cristo dijo que Dios le había respondido (v. 21 RVA-2015) y, en segundo lugar, en el glorioso día de su resurrección, cuando salió de la tumba (Hch. 2:31). La victoria suprema le pertenece solo a él.

Hay muchos animales que ilustran diversos aspectos de la Persona y la obra del Señor: oveja, cabra, toro y ciertas aves. Sin embargo, (¡misterio insondable!) acá dice ser “gusano, y no hombre” (v. 6). El “gusano” (cochinilla) mencionado aquí es uno del cual, al aplastarlo, se logra extraer un tinte de color rojo o carmesí, utilizado para teñir. Cuando Jesús fue “aplastado” bajo el juicio de Dios, produjo algo de valor duradero. Además, “la cierva de la aurora” (el epígrafe “Ajelet-sahar” del salmo) representa una respuesta a nuestro Señor y a su obra. ¿Cuál es nuestra respuesta hacia él y a su maravilloso amor?

Alfred E. Bouter

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¡Todo por mi amado Salvador! | 1 Samuel 18:1, 4

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El alma de Jonatán quedó ligada con la de David, y lo amó Jonatán como a sí mismo… Y Jonatán se quitó el manto que llevaba, y se lo dio a David, y otras ropas suyas, hasta su espada, su arco y su talabarte.
1 Samuel 18:1, 4
¡Todo por mi amado Salvador!
Junto con los miles de soldados de Israel, Jonatán había visto a David salir al encuentro de Goliat, cuyo tamaño, aspecto y palabras habían sembrado el terror en el corazón del pueblo. Jonatán había visto a este orgulloso gigante ser abatido por el poder de la fe. Pero había algo más que esto. No se trató solamente de la victoria, ¡ahora el corazón de Jonatán estaba lleno de la persona misma del vencedor! No es que valorara menos la victoria, sino que valoraba más al vencedor. Por eso se despojó con gozo de sus vestiduras y su armadura para vestir a David, el objeto de su afecto.

Esto nos deja una valiosa lección. ¡Con qué facilidad nos enfocamos en la redención en lugar de hacerlo en el Redentor! ¡Nos gozamos más en la salvación que en el Salvador! ¿No deberíamos, como Jonatán, tratar de magnificar la persona de aquel que descendió al polvo de la muerte por nosotros? David no le pidió a Jonatán que le diera su túnica o su espada. Si lo hubiera hecho, la escena habría carecido de belleza. No, Jonatán se olvidó de sí mismo y solo pensó en David. Así debe ser con nosotros y nuestro verdadero Señor, el verdadero David. En tal caso, podremos decir como Pablo: “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor” (Fil. 3:7-8).

¡Que seamos más llenos de este espíritu! Que nuestros corazones sean atraídos y unidos más y más a Cristo en este día de hueca profesión y vana formalidad religiosa. ¡Que seamos tan llenos del Espíritu Santo que con propósito de corazón nos aferremos a nuestro Señor y Salvador Jesucristo!

C. H. Mackintosh
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Las abejas, un ejemplo para la unidad | Jueces 14:8

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He aquí que en el cuerpo del león había un enjambre de abejas, y un panal de miel.
Jueces 14:8
Las abejas, un ejemplo para la unidad

¡Qué interesante es un enjambre de abejas! Ellas pueden vivir en un árbol hueco, en una caja de madera o incluso en el cuerpo muerto de un león. Su ciudad no tiene alcalde ni gobernador, ni municipio, y tampoco jefe político. Si bien posee una reina, ella no dirige sus políticas ni sus destinos.

Sin embargo, difícilmente encontraremos una comunidad tan eficiente dentro de todo el reino animal. Sus habitantes son todas para una y una para todas. Entre ellas hay cooperación perfecta y unidad de acción. No existen celos ni peleas, y no batallan entre ellas. Sí pelearán contra sus enemigos, e incluso el hombre debe tener cuidado de su ira. Su sistema de repartición de tareas y trabajos es el mejor del mundo. Cada obrera conoce su trabajo exacto, y lo lleva a cabo sin alardear o mostrarse a su patrón, ¡pues no existe un patrón! En la ciudad de las abejas no hay problemas de desempleo.

Quizás Dios quiere que consideremos a estas pequeñas y fascinantes criaturas y aprendamos cómo debemos funcionar en las asambleas de los santos. Cuán brillante sería el testimonio del Señor si existiera cooperación estrecha y unidad entre los creyentes; si reconociéramos que “el enemigo es el diablo” y no nuestros hermanos; si cada miembro del Cuerpo obrara según las habilidades que Dios le dio (véase Ro. 12:6-8).

A diferencia de las abejas, que actúan por instinto, nosotros tenemos un Patrón real y precioso, a saber, el Espíritu Santo. Él está en nosotros, y entre nosotros, para glorificar a Cristo y guiarnos a toda la verdad. Cuando estamos en verdadera sumisión a nuestro Patrón divino, ¡cuánta miel nutritiva se produce entre los creyentes para gloria de Dios y para la edificación mutua en amor! “Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo” (Ro. 15:13).

Grant W. Steidl
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Características de la oración | Jeremías 29:12-13

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Entonces me invocaréis, y vendréis y oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.
Jeremías 29:12-13
Características de la oración
Qué preciosa promesa hallamos en estos versículos: “Oraréis a mí, y yo os oiré; y me buscaréis y me hallaréis”. Pero también debemos poner atención al resto del texto: “Porque me buscaréis de todo vuestro corazón”. Frecuentemente, nuestras bocas dicen muchas cosas sin que nuestro corazón esté completamente involucrado en ellas. Por medio de Isaías, el Señor le había dicho a Israel: “Este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí” (Is. 29:13). La oración debe emanar directamente del corazón. Una de las razones por las que el Señor nos permite pasar por dificultades es para que aprendamos a orar con el corazón. Al leer la Palabra de Dios, nos damos cuenta que cuando los suyos pasan por intensas pruebas, ellos claman al Señor y él los escucha. Este clamor al Señor es una oración verdadera que emana desde el corazón.

El corazón también debe ser escudriñado antes de poder orar con sinceridad. En el Salmo 66:18 leemos: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado”. Orar con el corazón y tener un corazón limpio son dos imperativos si queremos recibir respuestas a nuestras oraciones. La Epístola a los Hebreos nos presenta este importante principio: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo… acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió” (He. 10:19, 22-23).

Debemos aprender a orar con perseverancia, pero también con un corazón puro y un verdadero sentido de nuestra necesidad. Solo entonces podemos esperar respuestas a nuestras oraciones. “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Sal. 139:23-24).

A. M. Behnam
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