No estoy seguro de si usted ha notado, como yo, lo difícil que es para los creyentes en televisión o ante el público decir el nombre Jesús. Incluso líderes evangélicos bien conocidos evitan ese nombre al hablarle a un público numeroso, y evitan mencionar “cruz”, “pecado”, “infierno” y otros términos fundamentales de la fe. Hablan mucho de la fe de una manera general y poco comprometedora, pero esquivan cualquier afirmación que les exija adoptar una posición.
En los días que siguieron al ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001, muchos estadounidenses instintivamente buscaron valor y solaz en Cristo. Pero incluso en ese entonces, en un servicio en la Catedral Nacional de Washington, D.C, que se transmitió en vivo a todo el mundo, un ministro cristiano elevó una oración en el nombre de Jesús, pero “respetando a todas las religiones”. ¿A todas las religiones? ¿A los druidas? ¿A los que adoran a los gatos? ¿A las brujas? Un ministro cristiano de una iglesia cristiana no debe sentirse obligado a condicionar ni a pedir disculpas por orar al único Salvador verdadero.
Pablo dio una afirmación impresionante en Romanos 1:16-17:
“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío, primeramente, y también al griego. Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá”.
¿Por qué dijo Pablo: “No me avergüenzo del evangelio?” ¿Quién se va a avergonzar de noticias buenas como estas? Si alguien encuentra la cura para el SIDA, ¿lo abrumaría la vergüenza como para no proclamarla? Si alguien descubriera una cura para el cáncer, ¿sentiría tan terrible vergüenza como para no poder abrir la boca? ¿Por qué es tan difícil mencionar la cruz?
Aunque el mensaje de salvación que Pablo proclamaba era el mensaje más maravilloso e importante de la historia, el público y las autoridades lo habían tratado de manera humillante por predicarlo vez tras vez. Ya por aquel entonces en su ministerio, lo habían apresado en Filipos (Hechos 16:23-24), lo habían obligado a salir corriendo de Tesalónica (Hechos 17:10), lo habían hecho escabullirse de Berea (Hechos 17:14), se habían reído de él en Atenas (Hechos 17:32), lo habían tildado de loco en Corinto (1 Corintios 1:18, 23) y lo habían apedreado en Galacia (Hechos 14:19). Tenía muchas razones para avergonzarse, pero su entusiasmo por el evangelio no disminuía. Jamás, ni por un momento, consideró diluirlo para hacerlo más atractivo al público.
En algún momento u otro de nuestra vida como creyentes, todos hemos sentido vergüenza y hemos mantenido nuestra boca cerrada cuando debimos haberla abierto. O, llegada la oportunidad, nos hemos escondido detrás de algún mensaje inocuo tipo “Jesús te ama y quiere que seas feliz”. Si usted nunca se ha sentido avergonzado por proclamar el evangelio, probablemente nunca lo ha proclamado claramente, en su totalidad, tal como Jesús lo proclamó.
¿Por qué no puede el creyente ejecutivo de negocios testificar ante su junta administrativa? ¿Por qué el catedrático universitario creyente no puede pararse ante la facultad entera y proclamar el evangelio? Todos queremos que nos acepten, y sabemos, como Pablo lo descubrió tantas veces, que tenemos un mensaje que el mundo rechazará; y que mientras más nos aferremos a ese mensaje, más hostil se volverá el mundo. Así es como empezamos a sentir vergüenza. Pablo superó eso por la gracia de Dios y el poder del Espíritu, y dijo: “No me avergüenzo”. Es un ejemplo contundente para nosotros, porque sabemos el precio de la fidelidad a la verdad: el rechazo del público, la cárcel y, al final, la ejecución.
La naturaleza humana en realidad no ha cambiado gran cosa en toda la historia; la vergüenza y el honor eran asuntos muy serios en el mundo antiguo, tal como lo son hoy. Allá por el siglo IX antes de Cristo, el poeta épico Homero escribió: “El bien principal era que hablaran bien de uno, y el mal mayor, que hablaran mal de uno en la sociedad”. En el siglo I de nuestra era, el apóstol Pablo ministraba en una cultura sensible a la vergüenza, que buscaba el honor, y sin sentir vergüenza alguna, predicaba un mensaje ofensivo respecto de una persona a quien habían avergonzado en público. Era un mensaje muy hiriente. Era escandaloso. Era necio. Era insensato. Era anacrónico.
Sin embargo, como dice 1 Corintios 1:21, “agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación”. Era este escandaloso, hiriente, necio, ridículo, extraño, absurdo mensaje de la cruz el que Dios usaba para salvar a los que creen. Las autoridades romanas ejecutaron a su Hijo, el Señor del mundo, por un método reservado solo para las heces de la sociedad; sus seguidores tendrían que ser lo suficientemente fieles como para arriesgarse a sufrir el mismo fin vergonzoso.
El hombre que no puede salvarse a sí mismo salva a los demás (Mt. 27:41–42)
La burla continúa en los versículos 41 y 42: “De la misma manera se burlaban de Él los jefes de los sacerdotes, junto con los maestros de la ley y los ancianos. ‘Salvó a otros —decían—, ¡pero no puede salvarse a sí mismo! ¡Y es el Rey de Israel! Que baje ahora de la cruz, y así creeremos en Él’ ”. ¿Cómo definimos hoy día el verbo “salvar”? Si le preguntáramos al azar a una persona en las calles de la ciudad lo que significa “salvar”, ¿cuál sería la respuesta? Un notario podría decir que es firmar o poner las iniciales de uno al final de un documento para que valga lo enmendado o añadido. El portero del equipo de fútbol salva el partido al evitar que se anote un gol. Un corredor podría pensar en recorrer la distancia entre dos puntos o saltar (“salvar”) una valla en su carrera. Si le preguntáramos a un historiador, podría pensar en hacer la salva a la comida o bebida de los reyes. Las personas que se mencionan en los versículos 41 y 42, desde luego, no se refieren a ninguna de esas cosas. Lo que dicen es que Jesús aparentemente “salvó” a muchas otras personas —sanó a los enfermos, echó fuera demonios, alimentó a los hambrientos, incluso resucitó algunos muertos— pero ahora no era capaz de “salvarse” a sí mismo de la ejecución. No debía ser muy buen Salvador, entonces. Por lo tanto, aun su aseveración formal de que Jesús “salvó” a otros, la pronuncian con ironía en un contexto que le hace aparecer como incapaz. Este supuesto Salvador resultó ser una desilusión y un fracaso y, una vez más, los allí presentes disfrutaron de sus burlas ingeniosas. Nuevamente, los que se burlan dicen más de lo que saben. Mateo sabía, los lectores sabemos y Dios sabe que, en un sentido profundo, si Jesús ha de salvar a los demás, realmente no puede salvarse a sí mismo. Debemos empezar por ver la manera en que el propio Mateo introduce el verbo “salvar”. La primera vez que aparece es en el primer capítulo del libro. Dios le dice a José que el bebé en el vientre de su prometida ha sido engendrado por el Espíritu Santo. Además, le da instrucciones adicionales: “Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (1:21). “Jesús” es la versión griega de “Josué”, que significa algo así como “YHVH salva”. Al anunciar este significado de manera tan clara al principio de su Evangelio, Mateo les informa a sus lectores sobre la misión de Jesús el Mesías, ya que reporta la razón por la cual Dios mismo le puso nombre: Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados. Debemos leer todo el Evangelio de Mateo con este anuncio inicial en mente. Si en Mateo 2, el niño Jesús de cierta manera recapitula el descenso de Israel a Egipto, es su manera de identificarse con ellos porque vino a salvar a su pueblo de sus pecados. Si experimenta tentaciones por parte de Satanás y vence sobre ellas, es porque debe mostrarse apartado del pecado—por más tentado que esté— para poder salvar a su pueblo de sus pecados. Si en Mateo 5 al 7 —conocido como el Sermón del Monte— Jesús ofrece incomparables y articulados preceptos del reino de los cielos y de cómo éste llena las expectativas del Antiguo Testamento es, en cierta manera, porque la transformación de las vidas de los seres humanos pecaminosos es parte de la misión de Jesús: Él vino a salvar a su pueblo de sus pecados, tanto de la práctica pecaminosa como de la culpa. Si en los capítulos 8 y 9 Mateo presenta una serie de milagros de sanidad y poder repletos de símbolos, es porque revocar la enfermedad y destruir demonios son componentes inevitables de salvar a su pueblo de sus pecados. Es por eso que Mateo 8:17 cita a Isaías 53:4: “Él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores”, porque su nombre es Jesús —“YHVH Salva” y vino a salvar a su pueblo de sus pecados—. Si Mateo 10 habla acerca de una misión de entrenamiento, es porque ésta forma parte de la preparación para la extensión del ministerio terrenal de Jesús hacia el futuro, cuando se prediquen las buenas nuevas del evangelio del reino a todo el mundo, porque Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados. De esta manera podemos analizar todos los capítulos del Evangelio de Mateo y aprender la misma lección una y otra vez: Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados. Mateo sabía esto, los lectores lo sabemos y Dios lo sabe. Sabemos que Jesús estuvo colgado en esa cruz maldita porque vino a salvar a su pueblo de sus pecados. Incluso las palabras de institución de la última cena nos preparan para entender la importancia de la sangre de Jesús vertida en la cruz: “Esto es mi sangre del pacto, que es derramada por muchos para el perdón de pecados” (26:28). Para usar el lenguaje de Pedro, Jesús murió —el justo por los injustos— para acercarnos a Dios; para usar las palabras del propio Jesús, vino a dar su vida en rescate por muchos. Cuando yo era niño tenía una imaginación muy retorcida, aún más retorcida, sospecho, que ahora. A veces me gustaba leer una historia, detenerme en un punto crucial de la narración y preguntarme cómo se desarrollaría si cambiaran ciertos puntos determinantes. Mi historia bíblica favorita para hacer este ejercicio, un tanto dudoso, era la crucifixión de Jesús. Los que se burlaban gritaban con ironía y sarcasmo: “Salvó a otros ¡pero no puede salvarse a sí mismo! ¡Y es el Rey de Israel! Que baje ahora de la cruz, y así creeremos en Él”. En mi mente me imaginaba a Jesús recobrando sus fuerzas y saltando de la cruz, sano y exigiendo su ropa. ¿Qué pasaría? ¿Cómo se desarrollaría la trama en ese caso? ¿Creerían en Él? En un nivel, por supuesto que sí; ésta sería una demostración de poder extraordinaria y convincente. Seguramente los que antes se burlaban habrían huido rápidamente de la escena. Pero, en el sentido cristiano completo, ¿creerían en Él? ¡Por supuesto que no! Creer en Jesús, en el sentido cristiano, significa confiar plenamente en Él como Aquél que cargó nuestro pecado en su propio cuerpo en ese madero, como Aquél cuya vida, muerte y resurrección —ofrecida en nuestro lugar— nos ha reconciliado con Dios. Si Jesús hubiera saltado de la cruz, los que estaban allí observando no hubieran podido creer en Él en ese sentido, porque Él no se habría sacrificado por nosotros, de manera que no habría nada en lo cual confiar, aparte de nuestra inútil y vacía auto-justificación. De repente, las palabras de burla adquieren un nuevo peso y significado. “Salvó a otros —decían— pero no puede salvarse a sí mismo”. La ironía más profunda es que, en un sentido que ellos no comprendían, estaban diciendo la verdad. Si Él se hubiera salvado a sí mismo, no hubiera podido salvar a los demás; la única manera de salvar a otros era precisamente renunciando a salvarse a sí mismo. En la ironía detrás de la ironía intencional de los que se burlaban, expresaron una verdad que ellos mismos no vieron. El hombre que no puede salvarse a sí mismo salva a otros. Una de las razones por las cuales estaban tan ciegos es que ellos pensaban en términos de restricciones meramente físicas. Cuando decían que “no puede salvarse a sí mismo”, querían decir que los clavos lo sujetaban, los soldados evitaban un rescate y su debilidad e incapacidad garantizaban su muerte. Para ellos, las palabras “no puede salvarse a sí mismo” expresaban una imposibilidad física. Pero aquellos que conocen a Jesús son plenamente conscientes de que ni los clavos ni los soldados podían detener el camino de Emmanuel. La verdad es que Jesús no podía salvarse a sí mismo, no por algún impedimento físico, sino por un imperativo moral. Vino a cumplir la voluntad de su Padre y no iba a permitir que le desviaran de esta misión. Aquél que clamó con angustia en el huerto de Getsemaní: “Hágase tu voluntad y no la mía” estaba comprometido con un mandato moral de parte de su Padre celestial, tanto así que, al final, era impensable desobedecer. No fueron los clavos lo que sujetaron a Jesús a esa horrible cruz; fue su decisión incondicional, por amor a su Padre, de cumplir Su voluntad y, dentro de ese marco, fue su amor por los pecadores como yo. Realmente, no podía salvarse a sí mismo. Quizás parte de nuestra dificultad en comprender esta verdad se debe a que la noción del imperativo moral se ha disipado mucho en el pensamiento occidental. ¿Habéis visto la película Titanic que dirigió James Cameron? Este gran barco estaba lleno de las personas más adineradas del mundo y, según la película, mientras se hundía el barco, los hombres ricos comenzaron a pelear por los pocos e inadecuados botes salvavidas, dando empujones a las mujeres y los niños en su deseo desesperado de sobrevivir. Los marineros británicos sacaron sus pistolas y dispararon al aire gritando: “¡Fuera! ¡Fuera! ¡Las mujeres y los niños primero!”. En realidad, esto no sucedió así. El testimonio unánime de los sobrevivientes afirma que los hombres se quedaron atrás, animando a las mujeres y a los niños a subir a los botes salvavidas. John Jacob Astor —el hombre más rico del mundo en su época, algo así como Bill Gates en nuestros tiempos— estuvo allí. Arrastró a su esposa hasta uno de los botes, la montó y se retiró del lugar. Alguien le instó a que se metiera en el bote con ella. Él rehusó hacerlo, pues había pocos botes y debían hacer subir primero a las mujeres y a los niños. Se quedó en el barco y se ahogó. El filántropo Benjamin Guggenheim estuvo presente. Viajaba con su amante pero, al percibir que probablemente no sobreviviría, le dijo a uno de sus sirvientes: “Dile a mi esposa que Benjamin Guggenheim conoce su deber” y se quedó en el barco y se ahogó. No hay un solo relato de algún hombre rico que desplazara a las mujeres y los niños en su afán por sobrevivir. Cuando se reseñó la película en el periódico New York Times, el crítico se preguntó por qué el productor y el director de la película habían tergiversado tan descaradamente la historia en este aspecto. Dijo que la escena, tal y como se había planteado, no hubiera sido posible. ¿Marineros británicos sacando pistolas? La mayoría de los policías británicos no llevan pistolas y los marineros británicos definitivamente que tampoco. ¿Por qué, entonces, distorsionaron intencionadamente la historia? Y luego el crítico respondió a su propia pregunta: si el productor y el director hubieran mostrado la realidad, nadie les hubiera creído. Rara vez he leído una acusación más condenatoria hacia el desarrollo de la cultura occidental —particularmente la anglosajona— en el último siglo. Hace cien años, nuestra cultura preservaba bastantes residuos de la virtud cristiana de sacrificarse a uno mismo por el bien de los demás, del imperativo moral que busca el bien ajeno por encima del propio. De manera que tanto cristianos como no creyentes entendían que era honroso —aunque común y corriente— elegir la muerte por el bien de otros. Tan sólo un siglo más tarde dicha acción se ha vuelto tan inverosímil que ha sido necesario tergiversar la historia. Hemos llegado a una etapa en la que no se entiende fácilmente lo que es un imperativo moral, interno y poderoso. No debe sorprendernos, entonces, que haya que explicar y justificar la obligación moral bajo la cual operó Jesús. Más aún, los cristianos de hoy día entenderán que el cristianismo bíblico y auténtico no se trata nunca de normas ni reglas, de una liturgia pública ni de la moralidad privada. El cristianismo bíblico conlleva la transformación de hombres y mujeres, personas que disfrutan de naturalezas regeneradas por el poder del Espíritu de Dios. Queremos agradar a Dios, queremos ser santos, queremos confesar que Jesús es el Señor. En fin, por la gracia asegurada en la cruz de Cristo, nosotros mismos experimentamos algo de ese imperativo moral transformador: aprendemos a odiar y a temerle a los pecados que antes amábamos, ansiamos la obediencia y la santidad que antes detestábamos. Tristemente, somos terriblemente inconsistentes en todo esto, pero hemos probado un poco de los poderes de la era venidera, por lo cual sabemos cómo se siente tener un imperativo moral transformador en nuestras vidas y anhelamos su perfección en el triunfo final de Cristo. Es por esto que los cristianos nos regocijamos en esta doble ironía: el hombre que no puede salvarse a sí mismo salva a los demás.
Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos… Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él.
Así es como Emanuel vino a esta tierra. Nació sin intervención humana, pero también privado de las comodidades de los hogares humanos: fue “acostado en un pesebre” (Lc. 2:12). Había que constatar solemnemente dos hechos: (1) los hombres no podían traer a la existencia a este gran Redentor, que es el único que puede traer descanso a los hombres y dar gloria a Dios; y (2) no lo iban a recibir cuando viniera.
Sí, pero el Hijo de la virgen, acostado en un pesebre, era “Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros” (Mt. 1:23). Aquel Niño era “Dios… manifestado en carne… visto de los ángeles” (1 Ti. 3:16). Y de los labios de Dios surgió el mandato: “Adórenle todos los ángeles de Dios” (He. 1:6).
Sí, los ángeles lo adoraron, pero los hombres permanecieron indiferentes. Solo unos pocos, como aquellos sabios del lejano Oriente y los humildes pastores de las colinas circundantes, fueron tocados por este gran acontecimiento. Cegada por la incredulidad, la multitud no pudo reconocer la “señal” que Dios había dado (véase Is. 7:14); para ellos, Emanuel no era más que el “hijo del carpintero” (Mt. 13:55), y se creían tan buenos o incluso mejores que él. “En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Jn. 1:10-11).
Dios vio con qué desprecio era tratado su Hijo unigénito, y por eso, desde su trono eterno, pronunció estas palabras: “Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones” (Sal. 2:7-8). Pero cuando estuvo en este mundo, Jesús no pidió el trono universal, ni el poder para doblegar a los rebeldes con una vara de hierro (Sal. 2:9). En lugar de eso, él anduvo entre los hombres, lleno de gracia y de verdad. Emanuel había venido a reconciliar al mundo con Dios.
Samuel Pérez Millos Nació en Vigo (Pontevedra) España en 27 de Enero de 1943. Fui guiado en el estudio de la Palabra de la mano del insigne teólogo español Dr. Francisco Lacueva. Master en Teología por el IBE (Instituto Bíblico Evangélico) actualmente es miembro de la Junta Rectora del IBSTE (Instituto Bíblico y Seminario Teológico de España) y profesor activo en las áreas de Prologómena, Bibligrafía y Antropología. Une a su preparación académica la valiosa experiencia vital y pastoral de su anterior labor por más de 25 años como pastor de la Primera Iglesia Evangélica de Vigo (España).
Autor de más de treinta obras de teología y estudios bíblicos, conferenciante en el ámbito internacional y consultor adjunto de la Editorial CLIE en el área de lenguas bíblicas.
SALMO 147 «Excelso es nuestro Señor, y grande su poder; su entendimiento en infinito» (Sal. 147:5).
Este salmo es un hermoso cántico de alabanza al Señor por Su gran poder y Su perfecta protección hacia los suyos. En esta ocasión el salmista empieza exhortando al pueblo de Israel a que alabe al Señor: «… ¡Cuán bueno es cantar salmos a nuestro Dios, cuán agra- dable y justo es alabarlo!» (v. 1), para luego presentar las múltiples razones por las cuales es digno de ser alabado. Alabamos al Señor por Su salvación, presente y futura. El SEÑOR es quien edifica Jerusalén (v. 2), quien vuelve a reunir a Su pueblo (v. 2), quien sana las heridas del corazón (v. 3); el poder del Señor es tan grande que Él puede contar todas las estrellas y llamarlas a cada una por su nombre: ¿Cómo no habría de cuidar un Dios tan poderoso a cada uno de nosotros, los que formamos Su pueblo?
Tal y como adelantaba el versículo 4, el mismo Dios que cuenta las estrellas es quien cuida de Su pueblo escogido. El poder de Dios es mucho más alto de lo que podamos jamás entender. Dios extien- de las nubes y prepara la lluvia (v. 8), da de comer a los animales (v. 9), y aunque la Creación es obra de sus manos y Él la sustenta perfectamente, Dios no encuentra Su máximo deleite en ella, sino en Su nueva creación: «Sino que se complace en los que le temen, en los que conf ían en su gran amor» (v. 11).
De ahí proviene el imperativo del salmista que podemos apro- piarnos cada uno de nosotros: ¡Alaba al SEÑOR! Dios se goza en nuestras alabanzas y en un corazón humilde y sumiso delante de Él. La salvación de Dios es muy generosa y muy grande. Él usa a toda Su creación para proteger a Su Israel ante todos sus enemigos, y delante de Su poder, «¿quién puede resistir?» (v. 17). Ahora bien, esperando llegar al clímax de su salmo, el autor se guarda para el final la más grande las bendiciones de Dios para con los suyos: «A Jacob le ha revelado su palabra; sus leyes y decretos a Israel. Esto no lo ha hecho con ninguna otra nación; jamás han conocido ellas sus decretos. ¡Aleluya! ¡Alabado sea el SEÑOR!» (v. 19-20). Israel se goza, ante todo, por el hecho de conocer la voluntad del Señor y ser poseedor de Su revelación. Ese es también para nosotros, Su Israel, nuestro mayor gozo, deleite, y beneficio.
Además de las muchas bendiciones materiales del Señor para contigo, ¿cuentas como tu mayor bendición el poder tener Su pre- ciosa Palabra y el privilegio de poder meditar en ella? ¿Das gracias a Dios por haber revelado a Su Hijo en ti (Gál. 1:16)? Que en medio de las bendiciones que te rodean, o aún en los momentos de escasez y aflicción, esta sea tu más grande bendición y tu primer motivo de alabanza a Dios. Él podría habernos privado de conocerle, pero por Su bondad infinita, Dios nos ha hablado y ha hecho de nosotros una nación santa. Nosotros le hemos conocido y hemos sido comprados para alabarle. ¡Aleluya!
La humanidad de Jesús es igualmente importante como su deidad. Jesús nació como un ser humano mientras aún seguía siendo totalmente divino. El concepto de la humanidad de Jesús coexistiendo con su deidad es difícil de comprender para la mente limitada del hombre. No obstante, la naturaleza de Jesús, completamente hombre y completamente Dios, es un hecho bíblico. Hay quienes rechazan estas verdades bíblicas y declaran que Jesús era un hombre, pero no de Dios (Ebionismo). El docetismo opina que Jesús era Dios, pero no hombre. Ambos puntos de vista son falsos y antibíblicos.
Jesús tuvo que nacer como un ser humano por varias razones. Uno se detalla en Gálatas 4:4-5: «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos». Sólo un hombre podría ser «nacido bajo la ley». Ningún animal o ser angelical está «bajo la ley». Sólo los seres humanos han nacido bajo la ley, y sólo un ser humano podría redimir a otros seres humanos nacidos bajo la misma ley. Nacido bajo la ley de Dios, todos los seres humanos son culpables de transgredir esa ley. Sólo un hombre perfecto — Jesucristo — perfectamente podría guardar la ley y cumplirla, y por lo tanto rescatarnos de esa culpa. Jesús obtuvo nuestra redención en la cruz, intercambiando nuestro pecado por su perfecta justicia (2 Corintios 5:21).
Otra razón por la que Jesús tuvo que ser plenamente humano, es porque Dios estableció la necesidad del derramamiento de sangre para la remisión de los pecados (Levítico 17:11; Hebreos 9:22). La sangre de los animales, aunque fueron aceptables de manera temporal, como un anuncio de la sangre del perfecto Dios-Hombre, era insuficiente para la remisión definitiva del pecado «porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados» (Hebreos 10:4). Jesucristo, el Cordero de Dios perfecto, sacrificó su vida humana y derramó su sangre humana para cubrir los pecados de todos los que llegarían a creer en Él. Si Él no hubiera sido hombre, esto hubiera sido imposible.
Además, la humanidad de Jesús le permite relacionarse con nosotros, de una manera que los ángeles o los animales no pueden. “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15). Sólo un ser humano podría compadecerse de nuestras debilidades y tentaciones. En su humanidad, Jesús fue sometido a toda clase de pruebas que nosotros tenemos, y por lo tanto, Él es capaz de comprendernos y de ayudarnos. Él fue tentado, perseguido, pobre, despreciado, sufrió dolor físico y soportó los dolores de la muerte más cruel y prolongada. Sólo un ser humano podría experimentar estas cosas, y sólo un ser humano las podía entender completamente a través de la experiencia.
Por último, fue necesario para Jesús el venir en carne, porque creer esa verdad es un requisito para la salvación. Declarar que Jesucristo ha venido en carne es la marca de un espíritu que viene de Dios, mientras que el anticristo y todos los que lo siguen, niegan esta verdad (1 Juan 4:2-3). Jesús ha venido en carne; Él es capaz de compadecerse de nuestras humanas debilidades; su sangre humana fue derramada por nuestros pecados; y Él era ciento por ciento Dios y ciento por ciento hombre. Estas son las verdades bíblicas que no se puede negar.