La Unidad en Cristo

El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano


La Unidad en Cristo

NO. 668
Un sermón predicado la mañana del Domingo 7 de Enero, 1866

por Charles Haddon Spurgeon

En el Tabernáculo Metropolitano, Newington, Londres.

«Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste.» Juan 17: 20, 21.

Hace ya varios años que, con agradecimiento, he recibido de un venerable clérigo de una parroquia ubicada en los suburbios de nuestra ciudad, el texto para mi sermón del primer domingo del año. Suministrados por una misericordiosa Providencia, mi buen hermano me ha enviado con sus salutaciones cristianas, estos dos versículos para que nos sirvan de tema. Puesto que hemos gozado juntos durante varios años de una verdadera comunión de espíritu en las cosas de Dios, yo sólo espero que hasta que uno de los dos sea llamado para morar arriba, ambos podamos caminar juntos en el santo servicio, amándonos el uno al otro, fervientemente, con un corazón puro.

La oración más tierna y conmovedora del Maestro, contenida en este capítulo, nos descubre lo más íntimo de Su corazón. Él se encontraba en Getsemaní, y Su pasión apenas estaba comenzando; estaba como una víctima en el altar, donde la madera ya había sido colocada en orden, y el fuego había sido encendido para que consumiera el sacrificio: alzando Sus ojos al cielo, mirando al trono de Su Padre con un verdadero amor filial, y descansando en humilde confianza en la fortaleza del Cielo, por un momento apartó la mirada del combate y de la resistencia hasta la sangre que estaba ocurriendo abajo. Pedía aquello en lo que Su corazón estaba puesto de lleno. Abrió ampliamente Su boca para que Dios la llenara.

Esta oración, entiendo, no fue sólo la expresión casual del deseo del Salvador en el momento final, sino que es una suerte de modelo de la oración que presenta incesantemente ante el eterno trono. Hay una diferencia en el modo de su ofrecimiento; aquí abajo, Él ofreció Su súplica con suspiros y lágrimas; pero ahora, entronizado en la gloria, intercede con autoridad. Pero la súplica es la misma. Lo que deseaba cuando todavía estaba aquí, es lo que Su alma anhela con ansia ahora que ha ascendido y ha sido glorificado en lo alto.

Amados, es significativo que en Sus últimos momentos, el Salvador no solamente desee la salvación de todo Su pueblo, sino que interceda por la unidad de los que son salvos, para que siendo salvos, puedan estar unidos. No basta con que cada oveja sea arrebatada de las fauces del lobo; Él quiere que todas las ovejas estén reunidas en un rebaño bajo Su propio cuidado. No está satisfecho con que cada uno de los miembros de Su cuerpo sean salvados como el resultado de Su muerte; Él necesita que esos miembros sean conformados en un cuerpo glorioso.

Puesto que la unidad permanecía tan cercana al corazón del Salvador incluso en momentos de tan abrumadora tribulación, debía ser considerada por Él como algo inestimable e inapreciable. Es de esta unidad que hablaremos esta mañana, en este sentido: primeramente, tendremos algo que decir sobre la unidad deseada; luego, sobre la obra requerida, es decir, que los elegidos sean reunidos; en tercer lugar, sobre la oración ofrecida; en cuarto lugar, sobre el resultado anticipado; y, en quinto lugar, sobre la pregunta sugerida.

I. Primero, entonces, SOBRE LA UNIDAD DESEADA.

Estas palabras del Salvador han sido pervertidas al punto de llegar a generar un mundo de perjuicio. Los eclesiásticos se han quedado dormidos, lo que, por lo demás, es su condición ordinaria; y mientras duermen, han soñado un sueño, un sueño fundamentado en la letra de las palabras del Salvador, sin llegar a discernir su sentido espiritual. Ellos han demostrado en su propio caso, -y ha sido demostrado en miles de otros casos- que la letra mata, y que únicamente el espíritu vivifica. Digo que habiéndose quedado dormidos, estos eclesiásticos han soñado acerca de una gran confederación que es presidida por un número de ministros, quienes a su vez son gobernados por oficiales superiores, y estos, a su vez, por otros que finalmente son regidos por una suprema cabeza visible que tiene que ser ya sea una persona o un sínodo: esta gran confederación abarca reinos y naciones, y se ha vuelto tan poderosa como para imponer su voluntad a los estados, influenciar en la política, guiar concilios, e incluso reunir y movilizar ejércitos.

Ciertamente la sombra de la enseñanza del Salvador: «Mi reino no es de este mundo», debe haber provocado alguna ocasional pesadilla en mitad de su sueño, pero continuaron soñando; y lo que es peor, convirtieron el sueño en realidad, y hubo un tiempo cuando los declarados seguidores de Cristo eran todos uno, cuando mirando al norte, al sur, al este y al oeste, desde el Vaticano que era el centro, un cuerpo unido cubría a toda Europa.

¿Y cuál fue el resultado? ¿Creyó el mundo que Dios había enviado a Cristo? No, el mundo creyó precisamente lo contrario. El mundo estaba persuadido de que Dios no tenía nada que ver con ese gran ente estrujante, tiránico, supersticioso e ignorante que se designaba a sí mismo: cristianismo; y los hombres pensantes se volvieron infieles, y fue algo extremadamente difícil encontrar a un genuino creyente inteligente al norte, al sur, al este o al oeste. Todos los que profesaban eran uno, pero el mundo no creía; sin embargo, Jesús no pensó nunca en este tipo de unidad: nunca fue Su intención establecer un gran cuerpo unido llamado Iglesia, que dominara y se enseñoreara sobre las almas de los hombres, y que incluyera en sus rangos a reyes, príncipes y estadistas que podían ser mundanos, impíos, malignos, sensuales y diabólicos.

El designio de Cristo nunca fue montar una máquina de uniformidad que estrujara la conciencia; y así, esa gran máquina diseñada por el hombre, habiendo sido perfeccionada y puesta en marcha con el mayor vigor posible, en vez de dedicarse a que el mundo creyera que el Padre envió a Cristo, obró justamente esto: que el mundo no creyera absolutamente nada, sino que se volviera infiel, licencioso y podrido en su esencia, y el sistema tenía que ser abolido como un estorbo público, y algo mejor debía ser introducido en el mundo para restaurar la moralidad. Sin embargo, la gente sueña todavía ese sueño: incluso algunas buenas gentes lo hacen.

Los Puritanos, después que fueron perseguidos y arrastrados a prisión en este país, huyeron a Nueva Inglaterra, y tan pronto desembarcaron en la costa, comenzaron a decir: «todos hemos de ser uno; no ha de haber ningún cisma»; y el gran látigo fue blandido en la espalda del cuáquero, y esposaron las muñecas sangrantes del bautista, porque estos hombres, de algún modo u otro, no serían del tipo que se sometería, sino que pensarían por ellos mismos y obedecerían a Dios antes que al hombre.

En nuestros días, el doctor Pusey sueña con que los anglicanos y la Iglesia Rusa puedan ser unidas, y luego, tal vez, los católicos romanos podrían meter su cuchara; y así, una vez más, todos serían uno. ¡Un mero sueño! ¡Una mera quimera de un cerebro amable pero extravagante! Si alguna vez llegara a ser una realidad, resultaría ser un árbol de upas, (1) a cuya raíz todo hombre honesto debe poner de inmediato el hacha.

Pero ¿qué quiso decir el Salvador con: «Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí»? Hemos de comenzar por el principio. ¿Cuáles eran los elementos de esta unidad que Cristo deseaba tan ansiosamente? Este capítulo nos proporciona una respuesta muy clara. La unidad había de ser compuesta por los individuos que aquí son llamados «ellos»; «para que todos (ellos) sean uno.» ¿Podrían echar una mirada al capítulo entero para comprobar quiénes son ‘ellos’? Miren en el segundo versículo: «Para que dé vida eterna a todos los que le diste». Entonces vemos que la unidad propuesta es de personas dadas especialmente a Jesús por el Padre. Entonces no se trata de todos los hombres que por casualidad vivan en alguna provincia en particular, o distrito, o ciudad, sino de una unidad de personas que han recibido, no la vida común que tienen todos, sino la vida eterna. Entonces, las personas especiales que han sido vivificadas por Dios el Espíritu Santo, y que han sido llevadas a una unión vital con la persona del Señor Jesús, son las que han de constituir una unidad.

Además, son descritas en el versículo sexto como personas a quienes el nombre de Dios ha sido manifestado; personas que han visto lo que otros nunca vieron, y que han contemplado lo que otros no pueden saber. Son hombres que le fueron dados del mundo, según nos informa ese versículo: hombres elegidos, tomados de la masa ordinaria; entonces, no se refiere a toda la masa; no se trata de reinos, ni de estados, ni de imperios, sino de personas selectas. Son personas que han sido enseñadas, y que han aprendido lecciones inusuales: «Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado, proceden de ti»: y han aprendido bien su lección, pues encontramos que está escrito: «Han guardado tu palabra; y han creído que tú me enviaste.»

El versículo noveno describe que Cristo ora por ellos, en un sentido con el que nunca jamás ora por el mundo. Son personas, de conformidad al versículo décimo, en quienes Dios es glorificado; en quienes el nombre de Jesús brilla con resplendente lustre. Lean todo el capítulo, y descubrirán que la unidad que el Señor tenía en mente era la de personas elegidas que siendo vivificadas por el Espíritu Santo, son conducidas a creer en Jesucristo; personas orientadas a lo espiritual, que viven en el reino del espíritu, que valoran las cosas espirituales, y que forman una confederación y un reino que es espiritual y no de este mundo. Allí está el secreto.

Las mentes carnales oyen que Jesús llevará una corona de perlas; entonces encuentran perlas en las conchas y tratan de unir las conchas de las ostras, y, ¡qué cosa tan extraña confeccionan! Pero Jesús no aceptará ninguna unión de las conchas; las conchas deben ser quebradas como cosas despreciables; deben ser unidas las joyas y únicamente las joyas. Se rumora que el Rey ha de llevar una corona, y que esa diadema ha de ser construida de oro fino; al instante los hombres traen sus enormes pepitas, y quieren diseñar la diadema con grandes cantidades de roca, tierra, cuarzo, y no sé qué otras cosas más. Pero no puede ser así; el rey no se pondrá una corona como esa: Él refinará el oro, le quitará la tierra, y la corona será fabricada de oro fino, no del material con el que ese oro esté unido por casualidad.

Entonces, ¿de qué está compuesta la única Iglesia de Dios? ¿Acaso está conformada por la Iglesia de Inglaterra, y por la Unión Congregacional, y por la Conferencia Wesleyana, y por el Cuerpo Bautista? No, no lo está. ¿Entonces la Iglesia de Inglaterra no es una parte de la Iglesia de Cristo, y la denominación Bautista no es otra parte? No; yo niego que estos cuerpos, como tales, sin refinar y en bruto, sean una parte de la grandiosa unidad por la que Jesús oró; pero hay creyentes unidos a la Iglesia de Inglaterra, que son una parte del cuerpo de Cristo, y hay creyentes en todas las denominaciones de cristianos, ¡ay!, y muchos en ninguna Iglesia visible en absoluto, que están en Cristo Jesús, y consecuentemente, están en la gran unidad. La Iglesia de Inglaterra no es una parte del verdadero cuerpo de Cristo, ni ninguna otra denominación como tal lo es; la unidad espiritual está conformada por hombres espirituales, separados, escogidos, tomados de toda la masa con la que se encuentran unidos.

Tal vez he hablado con mucha audacia y corro el riesgo de ser malinterpretado; pero esto es lo que quiero decir: que no pueden seleccionar alguna iglesia visible, sin importar cuán pura sea, y decir que tal como está, pertenece a la unidad espiritual por la que Jesús oró. Hay en las iglesias visibles un cierto número de los elegidos de Dios, y estos son miembros del cuerpo de Jesucristo; pero sus compañeros profesantes, si no son convertidos, no están en la unidad mística. El cuerpo de Cristo no está conformado por denominaciones, ni por presbiterios, ni por sociedades cristianas. Está conformado por santos escogidos por Dios desde antes de la fundación del mundo, redimidos por sangre, llamados por Su Espíritu, y hechos uno con Jesús.

Pero ahora, prosiguiendo, ¿cuál es el vínculo que mantiene juntos a los que están unidos? Entre otros, está el vínculo del mismo origen. Cada persona que sea partícipe de la vida de Dios, ha provenido del mismo Padre divino. El Espíritu de Dios ha vivificado de igual manera a todos los fieles. No importa que Lutero sea muy disímil de Calvino; Lutero es hecho y es creado en una nueva criatura en Cristo Jesús por el mismo fiat (hágase) que creó a Calvino. No importa que Juan de Valdés, en la misma época, se oculte en la Corte de España, y difícilmente sea reconocido como un creyente; sin embargo, cuando hojeamos hoy su volumen, encontramos en sus «Cien Consideraciones», precisamente el mismo espíritu de gracia que palpita en las «Instituciones de la Religión Cristiana» de Calvino, o en «La Esclavitud de la Voluntad» de Lutero; y descubrimos la misma vida en cada uno; han sido vivificados por el mismo Espíritu, son revividos por la misma energía; y aunque no lo supieran, aun así eran uno.

Es más, todos los verdaderos creyentes son sostenidos por la misma fuerza. La vida que hace vital la oración de un creyente hoy, es la misma vida que vivificó el clamor del creyente hace dos mil años; y si este mundo durara otros mil años, el mismo Espíritu que hará que las lágrimas rueden del ojo de un penitente en aquel entonces, es el que en este día nos conduce a inclinarnos delante del Dios Altísimo.

Además, todos los creyentes tienen el mismo propósito y objetivo. Todo santo verdadero es disparado por el mismo arco, y está apresurándose hacia el mismo blanco. Podría haber y habrá mucho que no es de Dios en cuanto al hombre, mucho de debilidad humana, de contaminación y de corrupción; pero todavía el espíritu interior que Dios ha puesto allí, fuerza su camino hacia la misma perfección de santidad, y en el entretanto procura glorificar a Dios.

El Espíritu Santo, que mora en cada creyente, es por sobre todo la verdadera fuente de unidad. Hace doscientos años, algunos de los cristianos de esta tierra nuestra eran cuerpos singulares, raros, extraños, extrañamente diferentes en su comportamiento externo, de sus hermanos de 1866; pero cuando hablamos con ellos a través de sus viejos libros de diferentes tamaños, si pertenecemos al pueblo del Señor, descubrimos que nos sentimos como en casa con ellos. Aunque la manifestación pudiera variar, el mismo Espíritu de Dios obra las mismas gracias, las mismas virtudes, las mismas excelencias, y así ayuda a todos los santos a comprobar que son de una tribu.

Si yo encontrara a algún ciudadano inglés, en cualquier parte del ancho mundo, reconocería en él alguna semejanza conmigo; habría alguna característica en él por la cual su nacionalidad se vería delatada; y de igual manera puedo encontrar a un cristiano de hace quinientos años, en medio del catolicismo romano y del oscurantismo, pero su expresión lo delata; si mi alma avanzara cien años en el futuro, aunque el cristianismo habría podido asumir otro aspecto y otra apariencia exterior, podría todavía reconocer al cristiano, detectaría todavía el acento galileo, habría algo que me mostrara que si soy un heredero del cielo, soy uno con el pasado y uno con el futuro, sí, uno con todos los santos del Dios viviente.

Este es un vínculo muy diferente del que los hombres procuran imponer a los demás para crear una unión. Colocan correas alrededor de toda la parte externa, nos amarran juntos con muchas ataduras, y nos sentimos incómodos; pero Dios pone una vida divina dentro de nosotros, y entonces llevamos los sagrados lazos del amor con tranquilidad.

Si ustedes tomaran los miembros de un cadáver, podrían atarlos, y luego, si transportaran el cuerpo a otra parte y el carruaje se sacudiera fuertemente, una pierna podría salirse de su lugar, y un brazo podría dislocarse; pero tomen a un hombre vivo, y pueden enviarlo donde quieran, y las ligaduras de la vida impedirán que se desarme.

En todos los verdaderos hijos elegidos de Dios que son llamados, y escogidos, y que son fieles, hay un vínculo del misterioso amor divino que se hace presente a través de todo el conjunto, y son uno y deben ser uno, siendo el Espíritu Santo la vida que los une.

Hay señales que evidencian esta unión, y que demuestran que el pueblo de Dios es uno. Sabemos que muchos deploran nuestras divisiones. Hay algunas divisiones que deben ser deploradas entre las confederaciones eclesiásticas, pero en la Iglesia espiritual del Dios vivo, yo realmente no puedo descubrir las divisiones que son proclamadas tan ruidosamente. Tengo la impresión de que las señales de unión son mucho más prominentes que las señales de división.

Pero, ¿cuáles son? Primero, hay una unión en el discernimiento de todos los asuntos vitales. Cuando converso con un hombre espiritual, -prescindiendo de cómo se defina- cuando hablamos del pecado, del perdón, de Jesús, del Espíritu Santo, y de temas similares, coincidimos. Hablamos de nuestro bendito Señor. Mi amigo afirma que Jesús es hermoso y codiciable: lo mismo digo yo. Él dice que no tiene nada en qué confiar excepto en la sangre preciosa; yo tampoco cuento con ninguna otra cosa. Yo le digo que me considero una criatura pobre y débil: el lamenta esa misma condición. Si me quedo en su casa por un breve tiempo, entonces oramos juntos en el altar familiar, y no se podría decir quién fue el que oró: si un calvinista o un arminiano, pues oramos exactamente de la misma manera; y cuando abrimos el himnario, si se tratase de un wesleyano, muy probablemente elegiría el himno «Roca de la eternidad, fuiste abierta por mí.» Si el espíritu de Dios está en nosotros, todos estamos de acuerdo sobre los puntos relevantes. Permítanme decir que entre los verdaderos santos, los puntos de unión incluso en materias de criterio, son noventa y nueve, y los puntos de diferencia son sólo como uno.

En puntos prácticos, como el rostro corresponde al rostro, así el corazón del hombre al corazón del hombre. Basta que se toquen tópicos prácticos concernientes a los tratos del alma con Dios, dejando la letra y adentrándose en el espíritu, rompiendo la cáscara y comiendo la fruta de la verdad espiritual, y descubrirán que los puntos de acuerdo entre cristianos genuinos, son una cosa maravillosa.

Pero esta unión ha de ser vista más claramente en la unión del corazón. Me dicen que los cristianos no se aman los unos a los otros. Lo sentiría mucho si eso fuera cierto, pero yo más bien lo dudo, pues sospecho que aquellos que no se aman entre sí, no son cristianos. Donde está el Espíritu de Dios debe haber amor, y si yo he conocido y reconocido a alguien como mi hermano en Cristo Jesús, el amor de Cristo me constriñe a no considerarlo más como un extraño o como un extranjero, sino como un conciudadano de los santos. Ahora, yo aborrezco la fuerte adherencia a las prácticas de la ‘Iglesia Alta’ (2), de la manera que mi alma odia a Satanás; pero me encanta leer a George Herbert (3), aunque George Herbert era un denodado miembro de la ‘Iglesia Alta’. Yo aborrezco su fuerte adherencia a las prácticas de esa iglesia, pero amo a George Herbert muy profundamente, y guardo un cálido rincón en mi corazón para cada ser que sea como él. Si me encontrara a algún hombre que ame a mi Señor Jesucristo como George Herbert lo amó, entonces no me preguntaría si he de amarlo o no; las preguntas no cabrían, pues no podría evitarlo; a menos que pudiera dejar de amar a Jesucristo, no podría dejar de amar a aquellos que lo aman.

Allí está George Fox, el cuáquero, un extraño tipo de cuerpo, es verdad, que anda por todo el mundo haciendo mucho ruido y alboroto; pero yo amo a ese hombre con toda mi alma, porque tenía un tremendo respeto por la presencia de Dios y un intenso amor por todo lo espiritual. ¿Cómo es que no puedo evitar amar a George Herbert y a George Fox, que son en algunas cosas completamente opuestos? Es porque ambos amaron al Señor. Los reto, -si sienten algún amor por el Señor- a que elijan o escojan entre los miembros de Su pueblo; podría ser que aborrezcan todo lo que quieran las conchas en las que las perlas están ocultas, y la escoria con la que está mezclada el oro, pero tienen que estimar al oro verdadero, el precioso oro comprado con sangre, a la perla verdadera con tintes de cielo.

Tienes que amar a un hombre espiritual doquiera que lo encuentres. Tal amor efectivamente existe entre los miembros del pueblo de Dios, y si alguien dijera que no existe, me temo que el que habla así es incapaz de juzgar. Si me encuentro con alguien en quien está el Espíritu de Dios, debo amarlo, y si no lo hiciera, demostraría que no estoy en la unidad en lo absoluto.

Unidad en el discernimiento, en la experiencia y en el corazón, son algunas de las evidencias de esta unión, pero si quisieran una unión más clara y palpable, que inclusive los ojos carnales puedan ver, noten la unidad de la oración cristiana. ¡Oh, cuán mínima es la diferencia allí! Los creyentes bien enseñados se dirigen al trono de la gracia en el mismo estilo, independientemente de la forma particular que su organización eclesial haya asumido. Lo mismo ocurre con la alabanza. En la alabanza, en verdad, somos como uno, y nuestra música asciende con dulce concierto al trono de la gracia celestial.

Amados, somos uno en la acción; los verdaderos cristianos, en cualquier parte en que se encuentren, están todos haciendo el mismo trabajo. Allá está un hermano predicando; no me importa esa cosa blanca que lleva puesta, pero si es un verdadero cristiano, está predicando a Cristo crucificado; y aquí estoy yo, y tal vez no le simpatice porque no tengo puesto ese trapo blanco, pero, a pesar de eso, me deleita predicar a Cristo crucificado. Cuando se trata del trabajo vital real del cristiano, es lo mismo en cada caso, pues es levantar en alto la cruz de Cristo.

«Oh», -dirás- «pero hay muchos cristianos en el mundo que predican esto y eso y lo otro.» Yo no estoy diciendo nada de ellos o acerca de ellos; no estoy diciendo nada acerca de sus pertenencias eclesiásticas; yo no estoy diciendo nada de los que simplemente se unen a la Iglesia; hablo de los elegidos, de los preciosos, de los hombres y mujeres de mente sencilla enseñados por Cristo, y cuyo móvil de acción es el mismo; hay entre ellos una verdadera unión, que es la respuesta a la oración de nuestro Señor. Él no intercedió en vano; Él obtuvo lo que buscó; y los hombres verdaderamente vivificados son uno en este día, y permanecerán perpetuamente siendo uno.

Me parece oír que alguien dice: «pero yo no puedo ver esta unidad.» Mi respuesta es: una razón podría ser tu falta de información. El otro día vi que estaban construyendo un gran edificio; sabía que no era un asunto de mi incumbencia, pero me quedé perplejo tratando de imaginarme cómo saldría de allí una estructura completa; me parecía que los techos quedarían colocados muy torpemente. Pero me atrevo a decir que si hubiese visto un plano, podría haber habido alguna torre central o alguna otra combinación por medio de la cual las alas, una de las cuales parecía ser más bien más larga que la otra, podrían ser rematadas en armonía, porque el arquitecto sin duda tenía en su mente una unidad que yo no tenía en la mía.

Así que, ni ustedes ni yo poseemos la información necesaria en cuanto a lo que ha de ser la Iglesia. La unidad de la Iglesia no ha de ser vista por ustedes hoy; no lo piensen; el plan no ha sido ejecutado todavía. Dios está construyendo por allá, y ustedes sólo ven el cimiento; en otra parte está casi listo el coronamiento, pero ustedes no pueden comprenderlo. ¿Habrá de enseñarles el Maestro Su plano? ¿Acaso está obligado el Divino Arquitecto a llevarlos a Su estudio, para mostrarles todos Sus motivos y designios secretos? No es así; esperen un poco y se darán cuenta de que todas estas diversidades y diferencias entre los hombres orientados espiritualmente, cuando el plan maestro llegue a ser implementado, son partes diferentes del gran todo, y ustedes, conjuntamente con el asombrado mundo, sabrán entonces que Dios ha enviado al Señor Jesús.

Visito una gran fábrica: veo una rueda grande girando en una determinada dirección, indiferente y desatenta a todas las demás ruedas; veo otra rueda girando en dirección contraria; todo tipo de movimientos concéntricos y excéntricos; y yo me digo: «¡todo esto parece un extraordinario embrollo!» ¡Precisamente se trata de eso! Yo no entiendo esa maquinaria.

Así, cuando analizo a la gran Iglesia del Dios visible, si miro con los ojos de mi espíritu, puedo ver la armonía interna; pero si con estos ojos miro a la gran Iglesia externa, no puedo ver la armonía, ni será vista jamás hasta que la Iglesia oculta sea hecha manifiesta cuando el Señor venga.

La razón por la cual ustedes no ven la unidad de la Iglesia, podría ser por la aspereza actual del material. Vean por allá un número de piedras, y por aquí, un número de árboles; yo no puedo ver la unidad. Por supuesto que no. Cuando todos estos árboles sean cortados en tablones, cuando estas piedras reciban su forma, entonces podrán comenzar a verlos como un todo. Las diversas piedras del edificio divino de la Iglesia están todas informes al presente; no están pulidas. Nunca seremos uno hasta que seamos santificados.

La unidad de Cristo es una unidad de seres santos, no de seres impíos; y conforme cada uno de nosotros se torne más y más preparado para ocupar su propio lugar, como consecuencia de la obra de Cristo, más y más descubriremos la unidad de la Iglesia.

También, permítanme observar que tal vez no podamos ver la unidad de la Iglesia porque nosotros mismos no podemos ver nada. ¿Es esa una dura expresión? ¿Quién puede soportarla? Hay miles de profesantes que no pueden ver nada. No han de suponer, queridos amigos, que la unidad de la iglesia sea algo que ha de ser visto por estos ojos nuestros. ¡Jamás! Todo lo espiritual es discernido espiritualmente. Han de tener ojos espirituales antes de que puedan verla.

Mucha gente dice que no hay unidad. Me sorprendería que hubiese una unidad que pudiesen ver o sentir. Ellos mismos no están en Cristo; sus corazones no han sentido nunca lo que significa la vida espiritual; ¿cómo podrían ser capaces de entender aquello a lo que nunca han entrado?

Vean lo que la mente carnal hace con la enseñanza de Cristo. Cristo enseña a Su pueblo que deben comer Su carne y beber Su sangre. Mente carnal dice: «yo sé lo que significa eso»; y de inmediato corre a la alacena y trae un trozo de pan y una copa de vino. Los hombres espirituales lloran ante tal ignorancia. Jesús dice: «Que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí.» «Yo sé lo que eso significa», dice Mente carnal: «todos han de adorar de la misma manera, y deben usar el mismo ritual». Esto es todo lo que Mente carnal sabe acerca de eso; confunde lo externo con lo interno, y no entiende lo que el Señor quiere decir.

Pero, amados, ustedes saben que esto no es así. Ustedes efectivamente saben, -así confío- y sienten en su alma en este preciso día, que los verdaderos santos del Dios viviente son en este preciso momento uno con los demás, y que reconocen y descubren esta unidad en la proporción en que se vuelven como su Señor y Maestro, y son conformados a Su imagen, y hechos idóneos para el lugar que habrán de ocupar.

Justo como el profesor Owen puede tomar un hueso, y a partir de ese hueso puede descubrir la estructura completa de todo el animal, no dudo de que haya una dependencia y consistencia mutuas entre cada cristiano y sus compañeros cristianos, de tal forma que si entendiésemos la ciencia de la anatomía comparada espiritual, como podremos hacerlo en el cielo, seríamos capaces de imaginar, partiendo de cualquier cristiano, la forma de toda la Iglesia de Dios, a partir de la mutua dependencia de unos de otros; pero no es de acuerdo a la forma de la bestia que fue, y ahora es, y que todavía vendrá, que se llama a sí misma la Iglesia de Cristo, y que no es nada mejor que el Anticristo; tomará la forma del Señor del Cielo, de cuyo cuerpo somos miembros.

II. He hablado demasiado tiempo sobre este asunto de la unidad, y ya no disponemos de mucho tiempo para los demás puntos, y, por tanto, sólo haré una breve alusión a ellos. El segundo encabezamiento debía ser: LA OBRA QUE HA DE HACERSE ANTES DE QUE ESTA UNIDAD PUEDA SER COMPLETADA.

Hay muchos elegidos que no han creído todavía en Jesucristo, y la Iglesia no puede ser una, hasta que esos elegidos sean salvos. Aquí hay trabajo por hacer: trabajo que ha de hacerse por medio de instrumentos. Estos elegidos han de creer: esa es una obra de gracia, pero ellos han de creer por medio de nuestra palabra.

Hermanos, si quieren promover la unidad de la Iglesia de Cristo, cuiden a sus ovejas perdidas, busquen a las almas descarriadas. Si preguntaran cuál ha de ser su palabra, la respuesta está en el texto: tiene que ser concerniente a Cristo. Esas almas deben creer en Él. Cada alma que crea en Cristo es incorporada a la grandiosa unidad evangélica a su medida, y no verán nunca a la iglesia como un todo mientras haya un alma que permanezca sin ser salva, pero para quien el Salvador derramó Su preciosa sangre. ¡Salgan y enseñen Su Palabra! ¡Proclamen las doctrinas de la gracia conforme la habilidad que hubieren recibido de Él! Sostengan en alto a Cristo ante los ojos de los hombres, y serán el instrumento en la mano de Dios para llevarlos a creer en Él, y así la Iglesia será edificada y será convertida en una.

Aquí hay una labor para el principio del año. No han de sentarse para idear y maquinar y planear cómo puede esta denominación fundirse con otra; no se metan con eso. Su labor es ir ahora y

«Decir a los pecadores por todas partes
Cuán único Salvador has encontrado.»

Esa es la manera en que Dios los utiliza a ustedes para completar la unidad de Su Iglesia. A menos que estos sean salvos, la Iglesia no es perfecta. Es maravilloso el texto que dice: «Proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros.» Es decir, los santos en el cielo no pueden ser perfectos a menos que nosotros lleguemos allí. ¡Cómo!, ¿los santos benditos en el cielo no son perfectos a menos que el resto de los creyentes llegue allí? Eso nos dice la Escritura, pues entonces serían una parte del cuerpo, y no el cuerpo entero; no pueden ser perfectos como un rebaño a menos que el resto de las ovejas llegue allí. Nos hacen señas desde las murallas almenadas del cielo, y nos dicen: «suban aquí, pues sin ustedes no podemos ser uno como Jesucristo es uno con Su Padre. Somos un cuerpo imperfecto mientras no vengan ustedes.»

Y nosotros, desde nuestra posición de gracia, nos volvemos a ver al mundo pecador y les decimos a los elegidos de Dios que están en medio de ese mundo pecador: «¡Vengan a Jesús! ¡Confíen en Jesús! ¡Crean en Él!, pues sin ustedes, nosotros no podemos ser perfectos, ni tampoco pueden serlo los propios seres celestiales, pues ¡ha de haber una Iglesia completa! Toda la ciudad debe ser amurallada alrededor; y si hubiere una brecha en el muro, la ciudad no será una. Vengan, entonces, pongan su confianza en Jesús, para que Su Iglesia sea una.»

III. El tercer punto iba a ser: AQUÍ HAY ORACIÓN OFRECIDA.

Amados, Cristo ora por la unidad de Su Iglesia, para que todos los santos que han ido al cielo en los días pasados, y todos los santos que viven ahora, y que todos los que habrán de vivir, sean llevados a la unidad de una vida en Él. Me temo que no le atribuimos la suficiente importancia al poder de la oración de Cristo.

Pensamos en Josué combatiendo en el valle, pero nos olvidamos de nuestro Moisés con Sus manos extendidas sobre el monte. Estamos viendo las ruedas de la máquina -regresando a nuestra imagen anterior- y pensamos que esta rueda, y esa rueda, y aquella otra necesitan más aceite, o que no están trabajando en su punto de eficiencia. Ah, pero no hemos de olvidar nunca el motor, esa misteriosa fuerza motriz que está escondida y oculta, de la cual depende la acción de toda la máquina.

La oración de Cristo por Su pueblo es la gran fuerza motriz por la cual el Espíritu de Dios es enviado a nosotros, y la Iglesia entera es mantenida llena de vida; y el total de esa fuerza está aplicada a este objetivo único: la unidad; está quitando todo lo que nos impida ser uno, y está trabajando con toda su divina omnipotencia para llevarnos a una unidad visible cuando Cristo venga en los últimos días en la tierra.

Amados, hemos de tener esperanza por los pecadores que todavía no son convertidos; Cristo está orando por ellos. Tengamos esperanza por el cuerpo entero de los fieles; Cristo está orando por su unidad, y todo lo que Él pida, ha de realizarse, pues Él nunca suplica en vano; Él ora para que la Iglesia sea una, y es una; Él ora para que sean perfectos y completos, y eso sucederá en medio de aleluyas eternos.

IV. Luego hubiera seguido EL RESULTADO ANTICIPADO GENERADO POR EL TODO; «Para que el mundo crea que tú me enviaste.» El efecto del espectáculo de la Iglesia completa en las mentes de los hombres será sobrecogedor. Ángeles y principados mirarán con asombro a la Iglesia perfecta de Cristo. Todos ellos exclamarán: «¡qué portento! ¡Qué portento! ¡Qué obra maestra del poder y sabiduría divinos!» Cuando vieron el cimiento puesto en la preciosa sangre de Cristo, contemplaron larga y ávidamente; pero cuando vean la Iglesia completa y entera, cada aguja y cada pináculo, y el grandioso coronamiento expuesto en medio de clamores, construido enteramente de joyas y perlas preciosas, diseñado para que semeje un palacio, vamos, entonces harán que el cielo resuene una y otra vez.

Cuando el mundo fue hecho, cantaron de gozo, pero ¡cómo harán eco las bóvedas del cielo cuando la Iglesia esté toda completa, y la nueva creación hubiere sido perfeccionada! ¿Cuál será el efecto sobre los hombres? Asombro será el efecto en los ángeles, pero ¿cuál será el efecto en los hombres? Vamos, el mundo, ese mundo malvado que rechazó a Cristo, ese perverso mundo crucifixor que no quiere saber nada de Él, y que ahora no quiere saber nada de Su gente, ese mundo malvado que odia a Sus santos y que se ha esforzado con todo su poder para derribar los muros de Su Iglesia, creerá, se verá forzado a creer que Dios envió a Su Hijo. Se morderán la lengua de furia, crujirán sus dientes de terror, pero no habrá ninguna duda al respecto.

No deben suponer que el mundo será convencido jamás de creer en Cristo, y de ser salvado por la unidad de la Iglesia. No es anticipado en este capítulo que el mundo sea salvado jamás. En todo el capítulo no hay ningún propósito al respecto: se habla del mundo como de algo por lo que Cristo no ora, cuya iluminación no es anticipada; pero ese mundo, aunque llore y se lamente, y maldiga, y aborrezca, será claramente conducido a reconocer la divinidad de la misión de Cristo, cuando vea la unidad total de la Iglesia.

Vamos, delante de mi asombrada mirada esta mañana, me parece que se levanta como desde un gran mar de confusión, un sorprendente edificio. Veo la primera piedra hundida en las profundidades de ese mar teñido con sangre, y veo su remate emergiendo por encima de elevadas olas de refriega y confusión; y ahora veo otras piedras puestas sobre eso, todas ellas teñidas con sangre: los primeros apóstoles, todos ellos mártires. Veo una piedra que se levanta sobre otra conforme una época sucede a la otra. Al principio, casi todos los cimientos están colocados en el hermoso bermellón del martirio, pero la estructura se eleva: las piedras son muy diferentes; proceden de Asia, África, América y Europa; son tomadas de entre los príncipes y de entre los campesinos. Estas piedras son muy diversas. Tan vez mientras estuvieron aquí, escasamente reconocían que pertenecían al mismo edificio, pero allí están, y por mil ochocientos sesenta años, la construcción ha proseguido, y proseguido, cada piedra siendo alistada; desconocemos cuántos años más tomará la construcción de ese edificio magistral, pero al final, a pesar de todos los enfados del infierno y todo el poder de los demonios, ese edificio será completado, y ni una sola piedra se perderá, y ni un solo hijo elegido de Dios estará ausente, y ni una sola de esas piedras habrá sufrido algún daño, ni será colocada fuera de lugar; y el todo será tan hermoso, tan incomparable, habrá tal despliegue de poder y de sabiduría y de amor, que incluso los seres llenos de odio, cuyos corazones son duros como el diamante contra el Altísimo, se verán forzados a decir que Dios debió enviar a Cristo; no podrán reprimir esa confesión cuando toda la Iglesia sea una como el Padre es uno con Cristo. ¡Oh, feliz día, alborea ante nuestro ojos y haz que seamos bendecidos!

V. La sugerencia concluyente debía ser esta: ¿SOMOS PARTE DE ESA GRANDIOSA UNIDAD?

Allí está la pregunta. La pregunta de esta mañana no es: ¿son ustedes miembros de alguna iglesia cristiana? «Yo sé cómo llegar allí», -dices- «bien, un cierto número de iglesias son evangélicas y ortodoxas; constituyen el protestantismo ortodoxo. Ahora, yo soy bautista. Muy bien. Yo soy bautista, y las iglesias bautistas son ortodoxas, por lo tanto, yo soy cristiano; o soy episcopaliano, y la iglesia episcopal es una rama del protestantismo. Muy bien, soy protestante, soy cristiano.»

Ah, esa es su forma carnal de hablar. Podrías estar gravemente equivocado si ese fuera tu argumento. Pero si pudieras verlo de otra manera y decir: «he recibido la vida eterna pues he creído en el Señor Jesucristo, y he sido dado a Él por el Padre.» Entonces, amado, llegas directamente.

Siendo uno con Cristo, eres uno con Su pueblo; pero cuando estás buscando esta unidad, no busques algo externo sino algo interno. No busques un lazo que ha de escribirse sobre hojas de papel, en pergaminos y libros, sino busca un vínculo escrito en los corazones, y en las conciencias, y en las almas. No debes buscar a todos los santos en un aposento, sino en Cristo; todos ellos viven del pan celestial, y beben vinos purificados que provienen de Cristo Jesús. Busquen una unión espiritual y la encontrarán; si buscan la otra cosa no la encontrarán, y si la encontraran, sería una cosa grande y terrible, de la cual deberían pedirle a Dios que libere a Su Iglesia.

Como hombres espirituales, busquen la unidad espiritual, pero primero comiencen por preguntarse si ustedes mismos son espirituales. ¿Has nacido en el seno de la familia? ¿Has pasado de muerte a vida? Pues si no has pasado, aunque pudieras estar en el cuerpo, serías como una sustancia muerta en el cuerpo causando una úlcera, una gangrena, que provocaría dolor y sufrimiento; serías una cosa maldita, que habría que eliminar.

Pero, ¿estás vivo por la vida de Cristo? ¿Mora Dios en ti, y moras tú en Él? Entonces, mi amado hermano, dame tu mano. No te preocupes acerca de mil diferencias, pues si tú estás en Cristo y yo estoy en Cristo, no podemos ser dos, hemos de ser uno. Amémonos los unos a los otros, fervientemente, con un corazón puro. Vivamos en la tierra como aquellos que habrán de vivir juntos una larga eternidad en el cielo. Cada uno de nosotros ha de ayudar al crecimiento de los demás. Ayudémonos los unos a los otros en cada empresa espiritual y santa, en la medida de lo posible, lo cual redunda en la promoción del reino del Señor; y echemos fuera de nuestros corazones todo lo que pudiera romper la unidad que Dios ha establecido. Desechemos toda falsa doctrina, todo falso pensamiento de orgullo, de enemistad, de amargura, para que nosotros a quienes Dios ha hecho uno, seamos uno delante de los hombres, así también como delante de la mirada del Dios que escudriña los corazones.

Que el Señor nos bendiga, queridos amigos, como una Iglesia, que nos haga uno, y que nos mantenga unidos; pues será el componente muerto entre nosotros lo que provocará divisiones. Los hijos vivos de Dios conforman la unidad; son los seres vivos los que están vinculados conjuntamente. No habrá temor al respecto: la oración de Cristo cuida de nosotros, para que seamos uno. En cuanto a ustedes, que están unidos con nosotros en una comunión visible, y no son uno con Cristo, que el Señor los salve con Su grandiosa salvación, y a Él sea la alabanza. Amén y Amén.

Porción de la Escritura leída antes del sermón: Juan 17.

Nota del traductor:

(1) Upas tree: árbol de upas: es un árbol nativo del sudeste asiático que produce un látex extremadamente venenoso.
(2) High Church: Iglesia Alta. Se refiere a aquellas parroquias o congregaciones anglicanas que emplean muchas prácticas litúrgicas asociadas con la misa católica.
(3) George Herbert: (1593-1633). Conocido poeta inglés de la Escuela Metafísica. Se convirtió en un clérigo anglicano. Su poesía es eminentemente religiosa y es excelente.

 

El viejo evangelio para el nuevo siglo

El Púlpito del Tabernáculo Metropolitano


El viejo evangelio para el nuevo siglo

NO. 2708
Sermón predicado el Domingo 5 de Diciembre, 1880

por Charles Haddon Spurgeon

En el Tabernáculo Metropolitano, Newington

«Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.» — Mateo 11:28

Sin duda, ustedes han escuchado ya muchos sermones que han tenido como base este texto. Yo mismo lo he utilizado no sé cuántas veces; sin embargo, no las veces suficientes como quisiera hacerlo si Dios me presta vida. Este versículo es una de aquellas grandes e inagotables fuentes de salvación de las que podemos extraer un contenido de manera permanente, sin que lleguen a extinguirse. Un proverbio nuestro dice: «las fuentes probadas son las más dulces», y entre más hurguemos en un texto como éste, se tornará más dulce y lleno de significado.

En esta ocasión, voy a utilizar este versículo de una manera especial para extraer un solo punto de su enseñanza. Podría hablar, si así lo quisiera, del reposo que Jesucristo da al corazón, a la mente y a la conciencia de aquellos que creen en Él. Éste es el reposo, éste es el refrigerio que encuentran aquellos que vienen a Él, ya que podemos leer en el texto: «yo los refrescaré» o «yo los aliviaré». Tendría un tema muy dulce si hablara acerca del maravilloso alivio, del divino refrigerio, del bendito reposo que llega al corazón cuando hay fe en Jesucristo. ¡Que todos ustedes experimenten esa bendición, queridos amigos! ¡Que su reposo y su paz sean muy profundos! ¡Que no sea un descanso fingido, sino un descanso que resista las pruebas y los escrutinios! ¡Que su reposo sea duradero! ¡Que su paz sea como un río que nunca deja de correr! ¡Que su paz sea siempre una paz segura, no una paz falsa, cuyo fin es la destrucción! ¡Que sea una paz verdadera, sólida, justificable, que resista durante toda su vida y que al fin se diluya en el reposo de Dios, a Su diestra, por toda la eternidad! ¡Bienaventurados los que descansan así en Cristo! Esperamos contarnos entre ellos; y si es así, que podamos penetrar de manera más profunda en su glorioso reposo.

También podría hablar, queridos amigos, acerca de las diversas maneras en las que el Señor da descanso a los creyentes; podría dirigirme especialmente a algunos de ustedes que, siendo creyentes, no consiguen obtener el descanso prometido. Algunos de nosotros nos afanamos con las cosas de este mundo o somos atribulados por nuestros propios sentimientos; nos encontramos perplejos y sacudidos de acá para allá por dudas y temores. Deberíamos estar descansando, ya que «los que hemos creído, sí entramos en el reposo». El reposo nos corresponde por derecho: «Siendo justificados por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo»; pero, por alguna razón u otra, algunos de los que son así justificados no parecen alcanzar esta paz, ni gozar del reposo como deberían. Tal vez, mientras hablo, puedan encontrar la causa por la que no obtienen la paz y el reposo que deberían tener. Ciertamente, nuestro Señor Jesucristo, cuando pronunció las palabras de nuestro texto, no le habló a un grupo en particular. A todos los que están fatigados y cargados, ya sean cristianos maduros o gente inconversa, Él dice: «Venid a mí, y yo os haré descansar.» Ciertamente me gozaré si, como resultado de mi sermón, algunos que están tensos y quejumbrosos tal vez, con un espíritu decaído y un corazón oprimido, vienen nuevamente a Cristo, acercándose a Él una vez más, entrando en contacto nuevamente con Él, y así encuentran descanso para sus almas. Entonces será doblemente dulce estar sentado a la mesa de la comunión, descansando en todo momento, reposando y festejando, no de pie, con los lomos ceñidos y con el báculo en la mano, como lo hicieron quienes participaron de la Pascua en Egipto, sino más bien reposando, como lo hicieron quienes participaron de la última cena, cuando el Maestro estaba reclinado en medio de sus apóstoles. Por tanto, que sus cabezas reposen espiritualmente sobre Su pecho y que sus corazones encuentren refugio en sus heridas, mientras le oyen decir: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.»

Sin embargo, no es acerca de esa verdad en particular sobre la que les hablaré hoy. Quiero tomar solamente este pensamiento: la gloria de Cristo, de manera que Él nos pueda decir algo así; el esplendor de Cristo, para que sea posible que Él diga: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.» Estas palabras, salidas de la boca de cualquier otro ser humano, serían ridículas, llegando hasta la blasfemia. Pensemos en el poeta más inspirado, en el más grande filósofo, el rey más poderoso, pero ¿quién, aun con el alma más grande, se atrevería a decir a todos los que están fatigados y cargados en toda la raza humana: «Venid a mí, y yo os haré descansar»? ¿Dónde hay alas tan anchas que puedan cubrir a toda alma entristecida, excepto las alas de Cristo? ¿Dónde hay una bahía con la capacidad suficiente para albergar a todos los navíos del mundo, para refugiar a cada barco sacudido por la tempestad que alguna vez haya surcado el mar? ¡Dónde sino en el refugio del alma de Cristo, en quien habita toda la plenitud de la Deidad y, por lo tanto, en quien hay espacio y misericordia suficientes para todos los atribulados hijos de los hombres!

¡Ése será, entonces, el sentido de mi mensaje¡ ¡Que el Espíritu de Dios por su gracia me ayude a presentarlo!

I. Primeramente, fijemos nuestra atención en LAS PERSONALIDADES DE ESTE LLAMADO: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.» Si escudriñamos el texto cuidadosamente, notarán que hay una doble personalidad involucrada en el llamado. Es: «Venid todos lo que… -venid todos los que…- a mí; y yo daré descanso a ustedes.» Se trata de dos personas que se aproximan entre sí, una otorgando y la otra recibiendo el descanso; pero no es, de ninguna manera, una ficción, un producto de la imaginación, un fantasma, un mito. Son ustedes, ustedes, USTEDES, que están realmente fatigados y cargados, y que, por lo tanto, son seres reales, dolorosamente conscientes de su existencia; son ustedes quienes deben de ir a otro Ser, que es tan real como ustedes mismos, Uno que es un ser tan viviente como ustedes son seres vivientes. Es Él quien les dice a ustedes: «Venid a mí, y yo os haré descansar.»

Queridos amigos, quiero que tengan una convicción muy clara de su propia personalidad; porque, a veces, da la impresión de que a la gente se le olvida que son individuos distintos de todo el mundo. Si se regalara una moneda de oro, y su sonido se escuchara a la distancia, la mayoría de los hombres estarían conscientes de su propia personalidad, y cada quien miraría por sí mismo, y trataría de obtener el premio; pero a menudo encuentro, en relación con las cosas eternas, que los hombres parecen perderse en la multitud y piensan en las bendiciones de la gracia como una suerte de lluvia general que puede caer en los campos de todos de manera igual, pero no necesariamente esperan la lluvia en su propia parcela, ni desean obtener una bendición específica para sí. Entonces, pues, ustedes, ustedes, USTEDES, que están fatigados y cargados, despiértense. ¿Dónde están? El llamado del texto no es para su hermana, su madre, su esposo, su hermano o su amigo, sino para ustedes: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.»

Bueno, ahora que se han despertado y sienten que son una personalidad distinta de todos los demás en el mundo, sigue el punto de mayor importancia de todos: ustedes tienen que ir a otra Personalidad. «Venid a mí» -dice Cristo- «y yo os haré descansar.» Aquí les pido que admiren la maravillosa gracia y la misericordia de este arreglo. De acuerdo con las palabras de Cristo, ustedes obtendrán la paz del corazón, no al venir a una ceremonia o a una ordenanza, sino a Cristo mismo: «Venid a mí.» Ni siquiera dice: «Venid a mi enseñanza, a mi ejemplo, a mi sacrificio», sino «Venid a mí.» Es a una Persona a quien deben ir, a esa misma Persona que, siendo Dios e igual que el Padre, se despojó de sus glorias y asumió cuerpo humano,

«primeramente para, en nuestra carne mortal, servir;
y después, en esa misma carne, morir.»

Y ustedes deben ir a esa Persona; debe haber una cierta acción de parte de ustedes, el movimiento de ustedes hacia Aquel que les llama: «Venid a mí», un movimiento que se aleja de toda otra base de confianza o puerta de esperanza, hacia el que llama como la Persona que Dios ha designado y ungido para que sea el único Salvador, el gran depósito de gracia eterna, en quien el Padre ha querido que habite toda la plenitud. ¡Oh hombre glorioso, oh glorioso Dios, que puede hablar así con autoridad, y decir: «Venid a mí, y yo os haré descansar»! Les suplico que hagan a un lado cualquier otro pensamiento, excepto el de Cristo viviendo, muriendo, resucitando y subiendo a la gloria, ya que Él les señala, no la casa de oración, ni el trono de gloria, ni el baptisterio, ni la mesa de la comunión; ni siquiera las cosas más santas y sagradas que Él ha ordenado para otros propósitos; ni siquiera al Padre mismo, ni al Espíritu Santo, sino que dice: «Venid a mí.» Aquí debe empezar su vida espiritual, a Sus pies; y aquí debe ser perfeccionada su vida espiritual, en Su pecho, ya que Él es a la vez el Autor y el Consumador de la fe. Adoremos a Cristo, en cuya boca estas palabras son tan adecuadas y llenas de significado; no puede ser menos que divino quien así se expresa: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.»

II. Ahora, en segundo lugar, quiero que se den cuenta de LA MAGNANIMIDAD DEL CORAZÓN DE CRISTO, manifiesta en el texto: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.»

Dense cuenta, primero, de la magnanimidad de su corazón al destacar a aquellos verdaderamente necesitados para hacerlos objeto de su llamado amoroso. ¿Alguna vez se han dado cuenta del cuadro que el Señor ha dibujado mediante estas palabras? «Todos los que están fatigados.» Ésa es la descripción de una bestia que tiene un yugo sobre su cuello. Los hombres pretenden encontrar placer al servicio de Satán, y le permiten que unza su yugo sobre sus cuellos. Seguidamente tienen que trabajar y batallar y sudar en lo que ellos denominan placer, sin encontrar descanso ni contentamiento en ello; y entre más trabajan al servicio de Satanás, más se incrementa su trabajo, ya que él utiliza aguijada y látigo, y siempre los está impulsando a esfuerzos renovados. Ahora, Cristo dice a esas personas que son como animales de carga: «Venid a mí, y yo os haré descansar.»

Pero ellos se encuentran en una peor condición de la descrita, pues no solamente trabajan, como el buey en el arado, sino que también llevan una carga muy pesada. Muy pocas veces sucede que los hombres convierten a un caballo o a un buey simultáneamente en una bestia de tiro y de carga, pero así es como el diablo trata al hombre que se convierte en su siervo. Satanás lo engancha a su carroza y lo obliga a arrastrarla, y luego salta sobre sus espaldas y cabalga como un jinete. Así que el hombre trabaja y está severamente cargado, ya que tiene que arrastrar el carro y llevar al jinete. Tal hombre se fatiga en pos de lo que él llama placer, y, al hacerlo, el pecado salta sobre su espalda, y luego le sigue otro pecado, y luego otro, hasta que pecados sobre pecados lo aplastan contra el suelo, pero aun así tiene que continuar arrastrando y jalando con toda su fuerza. Esta doble carga es suficiente para matarle; pero Jesús lo mira con piedad, viéndolo fatigado bajo la carga del pecado y trabajando para obtener placer en el pecado, y le dice: «Ven a mí, y yo te haré descansar.»

¿Cristo quiere a las bestias de tiro del diablo, aun cuando ya se han desgastado al servicio de Satanás? ¿Quiere persuadirlas de abandonar a su viejo amo para que vengan a Él? ¿A estos pecadores que sólo están cansados del pecado porque ya no pueden encontrar fuerzas para seguir pecando, o que no se sienten cómodos, puesto que ya no disfrutan del placer que antes encontraban en la maldad, Cristo los llama a venir a Él? Sí, y una muestra de la magnanimidad de Su corazón es Su deseo de dar descanso a aquellos grandemente fatigados y cansados.

Pero la magnanimidad de Su corazón se comprueba en el hecho de que invita a todos esos pecadores a venir a Él; a todos esos pecadores, repito. ¡Cuánto significado contiene esa pequeña palabra: «todos»! Creo que, generalmente, cuando un hombre usa grandes palabras dice pequeñas cosas; y cuando usa palabras pequeñas, dice grandes cosas; y, ciertamente, las pequeñas palabras de nuestro idioma son usualmente las que tienen mayor significado. ¿Cuál es el significado de esta pequeña palabra, «todos», o, más bien, qué es lo que excluye? Y Jesús, sin limitar su significado, dice: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados.» ¡Oh magnificencia del amor y de la gracia de Cristo, que invita a todos a venir a Él! Y más aún, invita a todos a venir de inmediato. «Vengan todos conmigo» -dice Él- «todos los que están fatigados y cargados; vengan en una multitud, vengan en grandes masas; vuelen a mí como una nube, como palomas a sus ventanas.» Nunca serán demasiados los que vengan a Él y le hagan sentir satisfecho; Él dice: «Entre más, más contento.» El corazón de Cristo se regocija por todas las multitudes que vienen a Él, porque ha hecho una gran fiesta, y ha invitado a muchos, y sigue enviando a Sus siervos a decir: «Aún hay espacio; por tanto, venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados.»

Recordemos, también, que la promesa de Cristo está dirigida personalmente a cada uno de estos pecadores. Cada uno de ellos vendrá a Él y Él dará el descanso a cada uno. A cada uno que está fatigado y cargado, Jesús le dice: «Si tú vienes a mí, Yo, Yo mismo te daré descanso; no te enviaré al cuidado de mi siervo, el ministro, para que te cuide, sino que yo mismo haré todo el trabajo y te haré descansar.» Cristo no dice: «Te llevaré a mi palabra, y allí encontrarás alivio.» No; más bien dice: «Yo, una Persona, te daré descanso a ti, una persona, por medio de un claro acto mío, si tú deseas venir a Mí.»

Ese trato directo de Cristo con las personas es ciertamente bendito. Tennyson es autor de un poema que es, para mí, el más dulce de todos los que escribió. Tiene que ver con una niña que fue hospitalizada y que sabía que debía ser operada, con gran riesgo de su vida. Así que ella le preguntó a su compañera de la cama contigua qué debía hacer. Su compañera le dijo que le contara todo a Jesús y le pidiera que la cuidara. Entonces la niña preguntó: «Pero, ¿cómo me podrá conocer Jesús?» Las dos niñas estaban confundidas porque había muchísimas hileras de camas en el hospital infantil, y además pensaban que Jesús estaba tan ocupado, que no sabría cuál niña le había pedido que la cuidara. Entonces acordaron que la niña pusiera sus manos fuera de la cama, para que cuando Jesús las viera, supiera que ella era la niña que lo necesitaba. La escena, tal como el poeta la describe, es conmovedora. Al relatarla le quito algo de su encanto, pues, por la mañana, cuando los doctores y las enfermeras se paseaban por el pabellón, se dieron cuenta de que Jesús había estado allí y que la niña había ido a Él sin necesidad de la operación. Él la había cuidado de la mejor manera posible; y allí estaban sus manitas, extendidas fuera de la cama.

Bien, nosotros ni siquiera tenemos que hacer eso, puesto que el Señor Jesús nos conoce a cada uno, y Él vendrá personalmente a cada uno de nosotros, y nos hará descansar. Aunque es muy cierto que tiene mucho que hacer, aún puede decir: «Mi Padre hasta ahora trabaja; también yo trabajo», ya que el universo entero se mantiene en funcionamiento por su fuerza omnipotente, y Él no olvidará a ninguno que venga a Él. De igual manera que una persona con abundantes alimentos puede decir a una gran multitud de hambrientos: «Vengan conmigo, y yo les daré alimento a todos», de la misma manera Cristo sabe que en Sí mismo tiene el poder para dar descanso a cada alma fatigada que venga a Él. Tiene absoluta certeza de ello, por lo que no dice: «Ven a mí, y haré todo lo que esté de mi parte contigo» o «si me esfuerzo, tal vez pueda hacerte descansar». ¡Oh, no; sino que Él dice: «Ven a mí, y yo te haré descansar»! Es algo que se da por sentado en Él, ya que, déjenme decirles, ha ejercitado Su mano en millones de personas, y no ha fallado ni una sola vez, por lo que habla con un aire de sólida confianza. Estoy seguro, tal como mi Señor lo estaba, que si hay alguien aquí entre ustedes que quiera venir a Él, Él puede dar y dará descanso a su alma. Él habla con la conciencia de poseer todo el poder requerido, y con la absoluta certeza de que puede realizar el acto requerido.

Porque, fíjense, Jesús promete sabiendo todo de antemano acerca de los casos que describe. Él sabe que los hombres están fatigados y cargados. No hay dolor en el corazón de alguien aquí presente, que Jesús no conozca, porque Él lo sabe todo. Los pensamientos de ustedes pueden estar retorcidos de muchas maneras, y todos sus métodos de juicio pueden parecer un laberinto, un rompecabezas que, según creen ustedes, nadie puede descifrar. Pueden estar sentados aquí diciéndose: «Nadie me entiende, ni siquiera yo mismo. Me encuentro atrapado en las redes del pecado, y no veo ninguna forma de escapar. Estoy perplejo más allá de toda posibilidad de liberación.» Te digo, amigo mío, que Cristo no habla sin sentido cuando dice: «Ven a mí, y yo te haré descansar.» Él puede seguir el hilo a través de la madeja enmarañada y puede extraerlo en línea recta. Él puede seguir todas las torceduras del laberinto hasta llegar a su propio centro. El puede quitar la causa de tu problema, aunque tú mismo no sepas de qué se trata; y lo que para ti se encuentra envuelto en misterio, un dolor impalpable que no puedes manejar, mi Señor y Salvador sí puede eliminarlo. Él habla acerca de lo que puede hacer cuando da esta promesa, ya que Su sabiduría es tal, que puede percibir las necesidades de cada alma individual, y su poder es lo suficientemente grande para aliviar todas las necesidades; así que Él dice a cada espíritu fatigado y cargado el día de hoy: «Ven a mí, y yo te haré descansar.»

Recordemos también que, cuando Cristo dio esta promesa, Él sabía el número de los que habían de ser incluidos en la palabra «todos». A pesar de que para nosotros ese «todos» incluye una multitud que ningún hombre puede contar, «el Señor conoce a los que son suyos» y cuando dijo: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar», no hablaba desconociendo que hay miles y millones y cientos de millones que están fatigados y cargados, y Él se dirigía concretamente a ese vasto conglomerado cuando dijo: «Venid a mí, y yo os haré descansar.»

Queridos amigos, ¿he logrado hacerlos pensar acerca de la grandeza del poder y la gracia del Señor? ¿Los he motivado para que lo adoren? Espero que así sea. Mi propia alma desea postrarse a Sus pies, absorta en la dulce consideración de la grandeza de esa gracia que de tal manera se expresa y que habla con la verdad cuando dice a toda la raza humana en la ruina: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo» -con una certeza absoluta- «os haré descansar.»

No debemos olvidar tampoco que lo que Cristo ha prometido tiene vigencia para todos los tiempos. Aquí tenemos a un hombre hablando que fue «despreciado y desechado por los hombres». Veámoslo claramente ante nuestros ojos, el hijo del carpintero, el hijo de María, «varón de dolores y experimentado en el sufrimiento». Sin embargo, Él dijo a los que se congregaban a su alrededor: «Venid a mí, y yo os haré descansar»; pero Él miraba a través de todos los siglos que habrían de venir, y nos habló a nosotros congregados aquí ahora, y luego miró a todas las multitudes de esta gran ciudad, y de este país, y de todas las naciones de la tierra, y dijo: «Venid a mí, y yo os haré descansar.» En efecto, Él dijo: «Hasta que yo venga de nuevo a la tierra, sentado sobre el trono del juicio, prometo que toda alma cargada que venga a Mí encontrará descanso.» Por su multitud, los sufrimientos de los hombres son semejantes a las estrellas del cielo, y los hombres mismos son innumerables. Cuenten, si pueden, las gotas del rocío de la mañana, o las arenas del mar y seguidamente traten de contar a los hijos de Adán desde el principio del tiempo; pero, nuestro Señor Jesucristo, hablando a la vasta multitud de hijos de los hombres que están fatigados y cargados, les dice: «Venid a mí; venid a mí; porque el que a mí viene jamás lo echaré fuera; y al que viene a mí, yo le daré descanso para su alma.»

Muestra, también, la grandeza del poder y la gracia de Cristo cuando recordamos a los muchos que han comprobado que esta promesa es verdadera. Ustedes saben que a través de todos estos siglos hasta ahora, ninguna alma fatigada y cargada ha venido a Cristo en vano. Aun en los últimos confines de la tierra, no se ha encontrado un criminal tan vil, o un alma totalmente encerrada en el calabozo de la Gigante Desesperación, que al venir a Cristo no haya recibido el descanso prometido y, por lo tanto, Cristo ha sido engrandecido.

III. Ahora consideremos juntos, por unos minutos, la SIMPLICIDAD DE ESTE EVANGELIO.

Jesucristo dice a todos los que están fatigados y cansados: «Venid a mí, y yo os haré descansar.» Esta invitación implica un movimiento, un movimiento de algo a algo. Ustedes son invitados a alejarse de todo aquello en lo que han venido poniendo su confianza, y a caminar hacia Cristo y confiar en Él; y en cuanto lo hagan, Él les dará el descanso. ¡Cuán diferente es esta simplicidad, de los sistemas complejos que los hombres han establecido! Pues, de conformidad con las enseñanzas de ciertos hombres, para ser cristianos y para seguir todas las regulaciones del culto, necesitan tener una pequeña biblioteca de consulta para saber a qué hora hay que encender las veladoras, y cómo mezclar el incienso, o la manera adecuada de usar el velo, y adónde deben voltear al decir cierta oración, y a qué otro lugar deben de voltear al decir otra, y si su entonación o su canto o su murmullo será aceptable a Dios.¡Oh queridos, queridos, queridos! Toda esta compleja maquinaria inventada por el hombre (el así llamado «bautismo» en la infancia, la confirmación en la juventud, «tomar el sacramento», como algunos lo llaman) es un maravilloso abracadabra, lleno de misterio y falsedad y engaño; pero, de acuerdo con la enseñanza de Cristo, el camino a la salvación es solamente éste: «Venid a mí, y yo os haré descansar.» Y si tú, querido amigo, vienes a Cristo y confías en Él, encontrarás ese descanso y esa paz que Él se complace en otorgar; encontrarás el corazón de la nuez, alcanzarás la esencia y la raíz de todo el asunto. Si tu corazón abandona cualquier otra confianza y sólo está dependiendo en Jesucristo, encontrarás la vida eterna, y esa vida eterna nunca será arrebatada de ti. Por tanto, no esperes para gozarte en ello.

Y prosiguiendo, esta invitación está en el tiempo presente: «Ven ahora.» No esperes a llegar a casa, sino deja que tu alma se mueva hacia Cristo. Nunca vas a estar en mejor condición para ir a Él de lo que estás ahora; ni estarás en nada peor al venir a Él, a menos que, al posponer el llamado, estés más endurecido y menos inclinado a venir. En este mismo momento necesitas a Cristo; por lo tanto, ve a Él. Si estás hambriento, ésa es ciertamente la mejor razón para comer. Si estás sediento, ésa es la mejor razón para beber. O puede ser que estés tan enfermo que no tengas hambre. Entonces ve a Cristo, y come de las provisiones del Evangelio hasta que se abra tu apetito de esas provisiones. Al pecador que afirma: «no tengo sed de Cristo», me gusta decirle: «ve y bebe hasta que se abra tu sed», porque de la misma manera que una bomba de agua no funciona si no le echas líquido primero, así sucede con ciertos hombres. Cuando reciben algo de la verdad en sus almas, aunque pareciera al principio una recepción muy imperfecta del Evangelio, eso les ayudará posteriormente a ansiar más profundamente a Cristo y a sentir un gozo más intenso de las bendiciones de la salvación.

De todas maneras, Cristo dice: «Ven ahora», y Él dice de manera implícita: «Ven, tal como eres». Tal como son, vengan a mí, todos los que están fatigados y cansados, y yo les haré descansar. Si ustedes trabajan, entonces, antes de lavar sus manos mugrosas, vengan a mí, y yo les haré descansar. Si ustedes están débiles y cansados, y al borde de la muerte, mueran en mi pecho; porque para eso han venido a mí. No venimos a Cristo cuando ejercitamos nuestro propio poder de venir, sino cuando nos olvidamos de nuestro deseo de permanecer alejados de Él. Cuando el corazón se rinde, suelta todo aquello que está sosteniendo, y se arroja a las manos de Cristo; es en ese momento que se realiza el acto de fe, y es a ese acto que Cristo los invita cuando dice: «Venid a mí, y yo os haré descansar.»

«Bien» -dice alguno- «yo nunca he entendido el Evangelio; siempre me ha intrigado y me ha dejado perplejo.» En ese caso, voy a tratar de presentártelo de manera muy sencilla: Jesucristo, el Hijo de Dios, vivió y murió por los pecadores, y tú estás invitado a venir y confiar en Él. Confía en Él; depende de Él; echa todo el peso sobre Él; ve a Él y Él te dará descanso. ¡Oh, que por su infinita misericordia Él revele esta sencilla verdad a tu corazón, y que tú estés presto a aceptarla ahora mismo! Yo quiero glorificar a mi bendito Señor, que trajo al mundo un plan de salvación tan sencillo como éste. Hay algunos hombres que parecen rompecabezas, ya que les gusta perderse en dificultades y misterios, y desplegar ante sus oyentes los frutos de su gran cultura y su maravilloso saber. Si su Evangelio es verdadero, es un mensaje exclusivamente para la élite; y muchos tendrían que ir al infierno si ésos fueran los únicos predicadores. Pero nuestro Señor Jesucristo se gloriaba en predicar el Evangelio a los pobres, y es para honra Suya que puede decirse, hasta este día, «no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia». Es una bendición que haya un Evangelio que se adecua al hombre que no sabe leer, y que también se adapta al hombre que no puede hilvanar dos pensamientos consecutivos, y que se rebaja al hombre cuyo cerebro ha fallado casi completamente a la hora de la muerte; un Evangelio que se adecua al ladrón muriendo en la cruz; un Evangelio tan sencillo que, si sólo hubiera gracia para recibirlo, no requiere de grandes poderes mentales para ser entendido. Bendito sea mi Señor por darnos un Evangelio tan sencillo y simple como éste.

Quiero que presten atención a un punto más, y luego concluyo mi mensaje. Y es éste: LA GENEROSIDAD DEL PROPÓSITO DE CRISTO.

Vengan, amados que aman al Señor, escuchen mientras les repito estas dulces palabras Suyas: «Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cansados, y yo os haré descansar.» «Yo os haré…» Él no dice: «Vengan a mí y tráiganme algo», sino «Venid a mí, y yo os haré descansar». Tampoco expresa: «Venid y haced algo para Mí», sino «Yo haré algo por ustedes». Posiblemente éste haya sido su problema, queridos hermanos, que han deseado traer hoy un sacrificio aceptable; y en la escuela dominical, o en alguna otra forma de servicio, han estado tratando de honrarle. Me da gusto, y espero que sigan intentándolo, pero cuídense de no caer en el error de Marta, y «afanarse con mucho servicio». Por un instante olvídense de la idea de venir a Cristo para traerle algo; vengan ahora, ustedes que están fatigados y cargados, y reciban una bendición de Él, pues ha dicho «yo os haré descansar». Cristo puede ser honrado cuando ustedes le dan, pero debe ser honrado por lo que Él les da. No hay duda de la bondad de lo que recibirán si vienen a Él; entonces, ahora mismo, no piensen en traerle nada a Él, sino vengan a Él para que puedan recibir de Él.

«Quiero amar a Cristo», dice uno. Bien, olvídate de eso ahora; más bien trata de sentir cuánto te ama Él. «¡Oh, pero yo quiero consagrarme a Él!» Muy bien, mi querido amigo; pero, mejor ahora piensa cómo se consagró por ti. «¡Oh, pero yo deseo no pecar más!» Muy bien, querido amigo; pero, mejor ahora piensa cómo cargó con tus pecados en su propio cuerpo en el madero. «¡Oh -dice uno-, quisiera tener un frasco de alabastro con un ungüento muy precioso, para ungirle Su cabeza y Sus pies, y que toda la casa se llene de un dulce perfume!» Sí, todo eso está muy bien, pero escucha: Su nombre es un ungüento derramado; si no tienes nada de ungüento, Él tiene; si no tienes nada que traerle a Él, Él tiene abundancia que darte.

Cuando mi querido Señor llama a alguien para que venga a Él, no es para Su propio beneficio que lo llama. Cuando les otorga favores, cuando viene con grandes promesas de descanso, no es un soborno para comprar sus servicios. Es demasiado rico para tener necesidad de los mejores y los más fuertes de nosotros; solamente nos pide, en nuestra gran caridad, que seamos tan amables de recibir todo de Él. Esto es lo más grande que podemos hacer por Dios, estar totalmente vacíos para que su todo pueda verterse en nosotros. Eso es lo que quiero hacer cuando me siente a la mesa de la comunión. Quiero estar sentado allí, sin pensar en nada que pueda ofrecer a mi Señor, sino abrir mi alma, y tomar todo lo que Él quiera darme. Hay momentos en que los tenderos están vendiendo su mercancía, pero también hay momentos en que reciben mercancía, como ustedes saben. Por tanto, ahora, abran la puerta de la gran bodega y dejen entrar todos los bienes. Dejen que Cristo entero entre en su alma.

«No siento» -dice uno- «como si yo pudiera gozar la presencia de mi Señor.» ¿Por qué no? «Porque he estado dedicado intensamente todo el día a su servicio; y ahora estoy tan fatigado y cargado.» Tú eres alguien a quien especialmente llama el Señor a venir a Él. No trates de hacer nada, excepto simplemente abrir tu boca, y Él la llenará. Ven ahora y simplemente recibe de Él, y dale gloria recibiendo. ¡Oh sol, tú alumbras; pero no hasta que Dios te hace brillar! ¡Oh luna, tú alegras la noche; pero no con tu propio brillo, sino sólo con luz prestada! ¡Oh campos, ustedes producen cosechas; pero el gran Agricultor crea el grano! ¡Oh tierra, tú estás llena; pero solamente llena de la bondad del Señor! Todo recibe de Dios, y le alaba cuando recibe. Permítanme que mi cansado corazón se incline quieto bajo la lluvia de amor; permítanme que mi alma cargada descanse en Cristo, y lo pueda alegrar al estar alegre en Él.

¡Dios los bendiga a todos, y que Cristo sea glorificado en su salvación y en su santificación, por causa de Su nombre! Amén.

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Confianza en la adversidad

DÍA 5

Salmo 4

Confianza en la adversidad
Dosis: Obediencia

“Sepan que el SEÑOR honra al que le es fiel; el SEÑOR me escucha cuando lo llamo. Si se enojan, no pequen; en la quietud del descanso nocturno examínense el corazón. Ofrezcan sacrificios de justicia y confíen en el SEÑOR.” (Salmo 4:4–5) (NVI)

Este salmo es también una oración intensa de confianza en medio de las dificultades. Es un lamento al experimentar la infamia, la vanidad y la mentira de quienes lo rodean. David se dirige a los hombres que obran sin temer a Dios y los confronta con su pecado.
Nuevamente en medio de la crisis, el salmista busca afirmar su confianza en Dios apelando a su justicia y su misericordia. Recordando que siempre que estuvo en aprietos Dios lo puso en “un lugar espacioso” le dio la libertad “lo hizo ensanchar”. ¿Has experimentado esta hermosa realidad? Sí es así debes conocer esa alegría que tal vez los demás no comprenden, que surge de esa seguridad interior porque podemos confiar en un Dios que defiende a los que han decidido por una vida justa y piadosa. Por una vida de obediencia.
El salmista nos invita a meditar en la soledad, es decir: pensar, reflexionar, analizar, considerando inclusive las consecuencias de nuestras acciones. Nos alerta a evitar el pecado, al punto de “temblar” frente a la posibilidad de desobedecer. ¿Has sentido este tipo de temor? Dios conoce nuestro corazón y nuestros pensamientos y nos fortalece cuando decidimos sinceramente obedecerle y vivir en su voluntad.
El salmista posiblemente examinaba su conciencia cada noche al acostarse para estar seguro que no tenía nada de qué arrepentirse. ¿Cómo sueles terminar tus días? ¿Piensas en Dios al concluir tu jornada? ¿Oras? Esta, es también otro tipo de lucha. Cuando nuestra conciencia nos acusa y tenemos la tentación de pasar por alto la confrontación de su voz.
No sé si tú, pero yo, sí he tenido serias luchas con mi conciencia, y me alienta saber que Dios siempre piensa en nosotras. Me encanta la ternura de sus palabras citadas al inicio: “Sepan que el SEÑOR honra al que le es fiel; el SEÑOR me escucha cuando lo llamo.” Sé que puedo llamarlo y me oirá, pedirle perdón y me restaurará. Él nos ha escogido para sí, anhela protegernos y rodearnos de su amor, Él anhela que experimentemos su paz, para terminar el día con una oración como esta:“En paz me acuesto y me duermo, porque sólo tú, SEÑOR, me haces vivir confiado.”

Oración: Señor enséñame a vivir en tu temor obedeciéndote cada día con todo mi corazón y a examinar mi conciencia a la luz de tus principios. Amén.

De Vergara, P. A., de Vera, A. D., & Harris, K. O. (2012). Isha-Salmos: Una dosis diaria de fe para ti. (P. A. de Vergara, Ed.) (Primera Edición, p. 20). Lima, Perú: Ediciones Verbo Vivo.

¿LADRILLOS O TELARAÑAS?

19 jul 2017

¿LADRILLOS O TELARAÑAS?

por Carlos Rey

Hace algunos años llegó a Los Ángeles, California, un acróbata que se dio a conocer en sus anuncios como «La mosca humana». El hombre le anunció al público que en determinada fecha escalaría uno de los edificios en la zona céntrica de Los Ángeles, ante todos los presentes.

Cuando llegó el momento esperado, las calles estaban llenas de personas que iban a ver si era verdad lo que se había anunciado. En efecto, con gran agilidad el acróbata comenzó a escalar la pared del edificio. Al subir ponía lentamente las manos y los pies en cada rendija o pedazo de piedra que sobresaliera aun lo más mínimo, como si fuera una mosca humana.

Poco antes de la cima llegó a un punto donde su mano, por más que la estiraba, no alcanzaba la siguiente rendija debido a que en la pared había un pedazo viejo de ladrillo. Le faltaban sólo unos centímetros para llegar a la meta, así que decidió dar un pequeño salto para agarrar con una mano ese pedazo que sobresalía. En efecto, dio el salto, se agarró del ladrillo, y cuando empezó a afianzarse en él con fuerza, resultó que lo que a él le parecía un ladrillo no era más que una telaraña cubierta con el polvo de la ciudad. Como era de esperarse, la telaraña cedió de inmediato, y el acróbata se desprendió desde lo alto, cayó en la calle y murió al instante.

Si bien a todos nos preocupa la seguridad física a tal grado que juzgamos como espectáculo el que alguien juegue con ella, debiera preocuparnos igualmente la seguridad espiritual. No hay nada más serio ni más importante en esta vida que la seguridad del alma, y sin embargo el hombre no sólo juega con el cuerpo sino también con el alma como si fuera una bola de billar. La impulsa de un lado a otro de la mesa de este mundo, de esta idea a aquella filosofía, de esta ideología a aquella religión, rebotando de una banda a otra, siempre con hambre, nunca satisfecho. De ese modo deja al azar lo que más debiera importarle: el destino eterno de su alma.

Una de las ideas más engañosas en la actualidad, que es como una telaraña que se proyecta como ladrillo, es aquella que dice que todos los caminos conducen al cielo. ¡Qué fácil sería escalar esa pared hasta llegar al cielo si así fuera! Si no importa lo que creemos, entonces Dios envió en vano a su Hijo Jesucristo al mundo para mostrarnos el camino al cielo, y Cristo murió en vano para salvarnos de nuestros pecados. Desengañémonos antes que sea demasiado tarde. En vez de aventurarnos, agarrándonos de telarañas, reconozcamos que el único camino que nos lleva al cielo es el que construyó Cristo con ladrillos seguros al morir en la cruz por nosotros.

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Cómo aconsejar a prometidos

Cómo aconsejar a prometidos

Jesse Johnson

“Chocar contra el muro” es un fenómeno que ocurre entre maratonistas alrededor del kilómetro 35. A siete kilómetros de la línea de meta todo comienza a fallar, se pierde el foco, entra la fatiga y la falta de agua es evidente. En estos últimos 7 kilómetros muchos corredores inclusive abandonan la carrera pues ya no pueden seguir corriendo.

Lo mismo puede llegar a suceder entre parejas jóvenes que buscan el matrimonio. Después de meses o años de estar saliendo juntos como novios, ahora se enfrentan a las dificultades que el compromiso trae, justo antes de la luna de miel. Los siguientes puntos son mi consejo pastoral a novios comprometidos:

1. Oración

El tiempo de compromiso antes del matrimonio debe ser un tiempo marcado por la piedad. Dios diseñó el matrimonio para ser un pacto entre un hombre y una mujer que trabajan juntos en buscar cumplir los propósitos de Dios en su vida. En lo que probablemente fue el compromiso más corto en la historia, Dios creó a Eva como la cónyuge de Adán para que juntos fuesen capaces de dominar la tierra y cuidar de ella. De modo que honrarán a Dios tanto en el trabajo como la familia. Cuando dos cristianos hacen un compromiso de convertirse en marido y mujer, ellos se están comprometiendo a ayudarse mutuamente a cumplir con los propósitos de Dios en sus vidas, viviendo una vida piadosa y santa.

El compromiso es una oportunidad única para exhortarse mutuamente al crecimiento espiritual. Por lo tanto, busquen orar juntos, lean la Biblia juntos, pero sobre todas las cosas, utilicen su tiempo de compromiso para acercarse más a Cristo y no para alejarse de Él.

2. Pureza

Se me hace necesario enfatizar lo suficiente en la necesidad de la pureza durante su compromiso. Muchas parejas cristianas han caído víctimas de una variedad de ideas erróneas que las lleva a sacrificar la pureza en el altar por el libertinaje. Tal vez la idea más común es la siguiente: “Bueno, ya que de todos modos nos casaremos dentro de tan poco tiempo… ¿qué importa si tenemos relaciones sexuales ahora?”. Por supuesto, tal lógica también funciona a la inversa: “Ya que estarás casado para toda la vida, ¿qué importa si comienzan a tener sexo ahora o dentro de unos meses?”.

Por supuesto que la pereza sexual antes del matrimonio sí importa. Aun entre parejas que piensan casarse pronto. La pureza sexual es una cuestión de liderazgo espiritual. El hombre que está dispuesto a racionalizar el tener relaciones sexuales pecaminosas probablemente no cambiará una vez que esté casado. Si le gusta pecar sexualmente ahora, lo mismo será una vez que esté casado. Por lo tanto, las parejas cristianas comprometidas deben comprometerse a honrar al Señor con sus vidas, incluyendo su vida sexual. Este es un tema de liderazgo espiritual, y como futuro líder espiritual de la casa, es la responsabilidad del hombre el poner el ejemplo de piedad y santidad en su relación.
Para aquellas parejas cristianas que han experimentado fracaso con respecto a la pureza, este es mi consejo práctico:

  • Primeramente, dejen de pecar. El hecho de que ya han pecado no les da la libertad para seguir haciéndolo.
  • En segundo lugar, demuestren madurez espiritual haciendo los cambios que sean necesarios para que mantengan la pureza: Busquen a alguien que los mantenga a cuentas y aprendan de sus errores. Si saben que les hace falta dominio propio no se coloquen en situaciones donde les sea fácil caer en tentación. No más noches largas viendo una película sentados en el mismo sofá. Viajes como pareja pueden esperar hasta que estén casados.
  • En tercer lugar, si el pecado sexual continua estando presente durante el compromiso, tomen tiempo para evaluar lo que están haciendo. Señoritas, si su novio no está dispuesto a conducirlas de una manera que honre al Señor durante su compromiso, debe reconsiderar seriamente el tipo de liderazgo que él practica, pues será el mismo tipo de liderazgo después de la boda.

3. La boda no es lo más importante

Debo recordar a las parejas comprometidas que su boda no es lo más importante en el mundo. Sé que entre los preparativos de la boda, las tiendas vestido y la selección del local, la boda puede llegar a ser un trabajo de tiempo completo durante el compromiso. Esta es una razón más por la que animo a las parejas comprometidas a mantener una relación independiente a la planificación de la boda. En el gran esquema de la vida, los seis meses que pasan preparando su boda son sólo una fracción del tiempo que van a pasar juntos. Por lo tanto, les recomiendo que corran la carrera con paciencia. Por ejemplo: si alguien le pregunta cómo está, y su respuesta gira en torno a la boda y responde algo como: “¡Terrible! ¿Puedes creer que el coordinador acordó sillas blancas y ahora de repente ella quiere sillas color marfil? ¡Imposible!”… podría ser el momento para dar un paso atrás y recordar que la boda no es lo más importante en el matrimonio.

4. Disfruten el momento

Junto con el consejo de recordar que lo más importante no es la boda en sí, debo exhortarles a divertirse. Su compromiso es sólo una temporada de su vida, ¡pero debe ser un tiempo de celebración! Disfrute de las diferentes pruebas de su pastel de boda, busque reírse de los errores inesperados que surgen en la planeación y diviértanse juntos. Estar comprometidos es como estar en un avión listos para empezar unas vacaciones increíbles. Usted puede pensar en las hermosas vacaciones que está a punto de disfrutar, o bien puede dedicarse a pensar en lo que sucederá si se pierde su equipaje. Su preocupación no hará que el avión vaya más rápido, así que lo mejor en esos casos es disfrutar del vuelo sin preocupaciones.

5. Busquen consejería pre-matrimonial

Todo cristiano debería estar en una relación de discipulado. Esto es particularmente cierto durante la etapa de compromiso. Algo vital que normalmente les recomiendo, es que encuentren una pareja mayor que tenga un matrimonio que deseen imitar, y pídanles que los prepare para el suyo. Otro método que sugiero es utilizar algún libro que les ayude en su comunicación, pues les asegura tocar los principales temas en un matrimonio.

El punto principal de la consejería pre-matrimonial es forjar una relación con una pareja cristiana mayor que probablemente podrá ser la fuente de consejo y aliento tanto antes como después de la boda. Esta es la razón por la cual la pareja que les ayude durante el proceso de consejería pre-matrimonial debería ser una pareja que deseen imitar.

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Jesse Johnson es pastor de Immanuel Bible Church en Springfield, Virginia. Durante sus estudios en The Master’s Seminary, Jesse sirvió como pastor de evangelismo en Grace Community Church y coordinó la edición del libro de estudio Fundamentos de la Fe.

La Cautividad Pelagiana De La Iglesia 

La Cautividad Pelagiana De La Iglesia 

Robert Charles Sproul

Inmediatamente después que inició la Reforma, en los primeros años después  de que Martín Lutero clavara sus Noventa y Cinco Tesis sobre la puerta de la iglesia en Wittenberg, publicó algunos cortos panfletos sobre una variedad de temas.  Uno de los más provocativos fue el titulado La Cautividad Babilónica de la Iglesia.  En este libro Lutero miró en retrospectiva al período de la historia del Antiguo Testamento cuando Jerusalén fue destruida por los ejércitos invasores de Babilonia y la elite del pueblo fue llevada a la cautividad. Lutero en el siglo dieciséis tomó la imagen de la histórica cautividad babilónica y la reaplicó a esa era y habló acerca de la nueva cautividad babilónica de la iglesia. Habló de Roma como la nueva Babilonia que aprisionó el Evangelio cautivándolo con su rechazo del entendimiento bíblico de la justificación. Puede entender  cuan fiera era la controversia, cuan polémico sería este título en este período, al decir que la Iglesia no simplemente había errado o extraviado, sino que había caído —que ésta es en realidad ahora Babilonia— en un cautiverio pagano.

A menudo he pensado que si Lutero viviera hoy y viniera a nuestra cultura y echara una mirada, no en la comunidad de la iglesia liberal, sino en las iglesias evangélicas, ¿qué podría  decir?  ¡Oh claro!, no puedo responder esta pregunta con ningún tipo de autoridad definitiva, pero pienso que  sería esto: Si Martín Lutero viviera hoy y tomara su pluma para escribir, el libro que podría escribir en nuestro tiempo sería titulado La Cautividad Pelagiana de la Iglesia Evangélica.

Lutero vio la doctrina de la justificación como el combustible de un profundo problema teológico. Él escribió extensamente acerca de esto en La Esclavitud de la Voluntad. Cuando miramos a la Reforma y vemos las solas de la Reforma —Sola Scriptura, Sola Fide, Solus Christus, Soli Deo gloria y Sola gratia— Lutero estaba convencido de que el verdadero punto de la Reforma era el tema de la gracia; y que el subrayar la doctrina de sola fide, justificación sólo por fe, estaba precedida por un compromiso con sola gratia, el concepto de la justificación sólo por gracia.

En la edición de Fleming Revell de La Esclavitud de la Voluntad,  los traductores J. I. Packer y O. R. Johnston,  incluyeron una introducción teológica e histórica extensa y confrontante para este libro.  El siguiente párrafo es parte del fin de esta introducción:

“Estas cosas necesitan ser consideradas por los protestantes de hoy.  ¿Con qué derecho podemos llamarnos a nosotros mismos hijos de la Reforma? Mucho del Protestantismo moderno ni podría llamarse Reformado o aún ser reconocido por los Reformadores pioneros.  La Esclavitud de la voluntad coloca ante nosotros lo que ellos creían acerca de la salvación de la humanidad perdida. A la luz de esto, estamos obligados a preguntar si la cristiandad protestante no ha vendido su legado entre los días de Lutero y los nuestros. ¿No tiene el Protestantismo de hoy más de Erasmianismo  que de Luterano? ¿A menudo no hemos tratado de minimizar y opacar las diferencias doctrinales en nombre de la paz entre grupos?  ¿Somos inocentes de la indiferencia doctrinal, la cual Lutero atribuyó a Erasmo?”

¿Permanecemos creyendo que la doctrina importa?

Históricamente, apegándose a los hechos es claro que Lutero, Calvino, Zwinglio y  todos los principales teólogos protestantes de la primera época de la Reforma sostuvieron en esto exactamente el mismo punto de vista. Sobre otros puntos tuvieron diferencias. Pero en la afirmación de la incapacidad del hombre en el pecado y la soberanía de Dios en la gracia, fueron enteramente uno. Para todos ellos éstas doctrinas fueron la pura esencia de la fe cristiana. Un editor moderno de las obras de Lutero dice esto:

“Quienquiera que cierre este libro sin haber reconocido que la teología evangélica se sostiene o cae con la doctrina de la esclavitud de la voluntad lo ha leído en vano.  La doctrina de la justificación gratuita por la fe sola, la cual llegó a estar en el centro de la tormenta de mucha de la controversia durante el período de la Reforma, es a menudo considerada como el corazón de la teología de los Reformadores, pero esto no es preciso.  La verdad es que su pensamiento estaba realmente centrado sobre el argumento de Pablo, que fue hecho eco por Agustín y otros, que la salvación  de los pecadores es totalmente sólo por la gracia libre y soberana, y que la doctrina de la justificación por fe  fue importante para ellos porque salvaguardaba el principio de la gracia soberana. La soberanía de la gracia encontraba expresión en un nivel más profundo de su pensamiento al descansar en la doctrina de la regeneración monergista”.

Esto quiere decir, que la fe que recibe a Cristo para justificación es en sí misma el libre don del Dios soberano. El principio de sola fide no es correctamente entendido hasta que es visto como afianzado al principio más amplio de sola gratia.  ¿Cuál es el origen de la fe?  ¿Es la fe el don de Dios, indicando  por  tanto que la justificación es recibida por la dádiva de Dios, o es ésta una condición de la justificación la cual es dejada para que el hombre la cumpla?  ¿Puede percibir la diferencia?  Déjeme ponerla en términos simples. Escuché recientemente a un evangelista decir, “Aunque Dios  llevó a cabo miles de pasos para alcanzarte y redimirte,  sin embargo el punto culminante  es que debes llevar a cabo el paso decisivo para ser salvo”.  Considera la declaración que ha sido hecha por el más amado líder evangélico de América del siglo veinte, Billy Graham, quien dice con gran pasión, “Dios hace el noventa y nueve por ciento de ello, pero todavía debes hacer el último uno por ciento.”

¿Qué es pelagianismo?

Ahora, regresemos brevemente a mi título, “La cautividad pelagiana de la iglesia”.

¿De qué estamos hablando?

Pelagio fue un monje quien vivió en Bretaña en el siglo quinto.  Él fue contemporáneo del más grande teólogo del primer milenio de la historia de la iglesia si es que no de todo el tiempo, Aurelio Agustín, obispo de Hipona en el Norte de África. Nosotros hemos escuchado de San Agustín, de sus grandes obras de teología, de su Ciudad de Dios, de sus Confesiones, las cuales permanecen como clásicos del Cristianismo.

Agustín, además de ser un teólogo titánico y tener un intelecto prodigioso, fue también un hombre de profunda espiritualidad y oración.  En una de sus oraciones famosas, Agustín hizo a Dios un aparente daño en una declaración inocente en la cual dice: “Oh Dios, ordena lo que quieras, y concédeme hacer lo que ordenas”.  Ahora,  ¿Quería Agustín que te diera una apoplejía al escuchar una oración como esta? Como ciertamente le dio a Pelagio, el monje inglés que se atravesó en su trayectoria. Cuando escuchó esto, protestó vociferadamente, aun apelando a Roma para conseguir que esta oración de la pluma de Agustín fuera censurada. Porque he aquí, él dijo: “¿Estás diciendo Agustín, que Dios tiene el derecho inherente de ordenar cualquier cosa que desee de sus criaturas?” Nadie va a disputar eso. Dios inherentemente, como creador del cielo y la tierra, tiene el derecho de imponer obligaciones sobre sus criaturas y decir, debes hacer esto y no debes hacer eso. La expresión‘ordena cualquier cosa que quieras’ es una oración perfectamente legítima.

Es la segunda parte de la oración la que Pelagio aborrecía, cuando Agustín dijo, “y concédeme hacer lo que ordenas.”  Él dijo, “¿De qué estás hablando?  Si Dios es justo, si Dios es recto y Dios es santo, y Dios ordena de la criatura hacer algo, ciertamente que la criatura debe tener el poder en sí misma, la habilidad moral en sí misma, para llevarla a cabo o Dios nunca demandaría esto en primer lugar.”  Ahora esto tiene sentido, ¿no es así?  Lo que Pelagio estaba diciendo es que la responsabilidad moral siempre y en todo lugar implica capacidad moral o sencillamente habilidad moral. Entonces, ¿Por qué deberíamos orar, “Dios concédeme, dame el don de ser capaz de hacer  lo que me ordenas  que haga?” Pelagio vio en esta declaración una sombra  que estaba siendo puesta  sobre la integridad de Dios mismo, quién requería responsabilidad de la gente para hacer algo que no podían hacer.

Por ello, en el debate consecuente, Agustín dejó claro que en la creación, Dios no mandó a Adán y Eva nada que fueran incapaces de hacer. Pero una vez que la transgresión entró y la humanidad llegó a estar caída, la ley de Dios no fue cancelada ni Dios la ajustó rebajando sus requerimientos santos para acomodarlos a la débil condición caída de su creación. Dios castigó a su creación al descargar sobre ellos el juicio del pecado original, por lo que cada uno que nace en este mundo después de Adán y Eva, nace ya muerto en pecado. El pecado original no es el primer pecado. Este es el resultado del primer pecado; se refiere a nuestra corrupción inherente, por la cual nacemos en pecado, y en pecado nos concibió nuestra madre. No nacemos en un estado neutral de inocencia, sino que nacemos en una condición pecaminosa y caída. Prácticamente cada iglesia dentro del histórico Concilio Mundial de Iglesias en algún punto de su historia y en el desarrollo de su credo articula algún tipo de doctrina del pecado original. Así que, es claro para  la revelación bíblica, que se tendría que repudiar el punto de vista bíblico de la humanidad para negar el pecado original como un todo.

Este es precisamente el punto que estuvo en la batalla entre Agustín y Pelagio en el siglo quinto. Pelagio dijo que no hay tal cosa como pecado original. El pecado de Adán afectó a Adán y solamente a Adán. No hay trasmisión o trasferencia de culpa o caída o corrupción a la progenie de Adán y Eva. Cada uno es nacido en el mismo estado de inocencia en el cual Adán y Eva fueron creados. Además él dijo, es posible para una persona vivir una vida de obediencia a Dios, una vida de perfección moral, sin ninguna ayuda de Jesús ni de la gracia de Dios. Pelagio dijo que la gracia -y he aquí la distinción clave- facilita  la justicia.  ¿Qué significado tiene “facilita?” Esta ayuda, ésta hace más fácil, hace más sencilla, pero usted no tiene que tenerla. Usted puede estar perfectamente sin ella. Pelagio declaró aún más, que no es solamente posible de manera teórica para algunos individuos vivir una vida perfecta sin la asistencia de la gracia divina, sino que de hecho hay personas que lo hacen. Agustín dijo,  “No, no, no, no… nosotros estamos por naturaleza infectados por el pecado, hasta las profundidades y raíz de nuestro ser” – a tal punto que no hay ser humano que tenga el poder moral para inclinarse a sí mismo y cooperar con la gracia de Dios. La voluntad humana, como resultado del pecado original, permanece sin tener el poder de escoger, sino que es esclava de sus malos deseos e inclinaciones. La condición de la humanidad caída es tal que Agustín podía describirla como incapacidad para no pecar. En términos sencillos, lo que Agustín estaba diciendo es que en la Caída, el hombre perdió la capacidad para hacer las cosas de Dios y quedó cautivo a sus propias inclinaciones malvadas.

En el siglo quinto la iglesia condenó a Pelagio como herético. El pelagianismo fue condenado en el Concilio de Orange, y fue condenado de nuevo en el Concilio de Florencia, el Concilio de Cartago, y también irónicamente, en el Concilio de Trento en el siglo dieciséis en los primeros tres anatemas de los Cánones de la Sexta Sesión. Por lo tanto, consistentemente a través de la historia de la Iglesia se ha condenado firme y completamente  el Pelagianismo -porque el pelagianismo niega la caída de nuestra naturaleza; éste niega la doctrina del pecado original.

Ahora, que es el llamado semi-pelagianismo, como el prefijo “semi” sugiere, era algo posicionado en medio del pleno Agustinianismo y el pleno Pelagianismo. El semi-pelagianismo dice esto: Sí, hubo una caída; sí hay tal cosa como pecado original; sí, la constitución de la naturaleza humana ha sido cambiada por este estado de corrupción y todas las partes de nuestra humanidad han sido significativamente debilitadas por la caída, a tal punto que sin la asistencia de la gracia divina ninguno puede tener la  posibilidad de ser redimido, por consiguiente la gracia no es únicamente útil sino necesaria para la salvación. Pero, aun cuando estamos tan caídos que no podemos ser salvos sin la gracia, no estamos tan caídos que no podamos tener la capacidad para aceptar o rechazar la gracia cuando nos es ofrecida. La voluntad está debilitada pero no es esclava. Hay remanentes en el centro de nuestro ser, una isla de justicia que permanece intocable por la caída. Es la respuesta de esta pequeña isla de justicia, ésta pequeña pieza de bondad que está intacta en el alma o en la voluntad lo que hace la diferencia determinante entre el cielo o el infierno. Es esta pequeña isla la que debe ser ejercida cuando Dios lleva a cabo sus miles de pasos para alcanzarnos, pero en el análisis final es un paso que debemos tomar el que determina ya sea el cielo o bien el infierno, es el ejercitar ésta pequeña isla de justicia que está en el centro de nuestro ser para hacerlo o no hacerlo. Agustín no  reconoció  esta pequeña isla ni aún como un arrecife de coral en el Pacífico sur. Él dijo que ésta era una isla mitológica, que la voluntad estaba esclava, y que el hombre estaba muerto en sus delitos y pecados.

Irónicamente, la Iglesia condenó el semi-pelagianismo tan vehementemente como lo hizo cuando condenó el Pelagianismo original. Pasado el tiempo usted llega al siglo dieciséis y  lee el entendimiento Católico de lo que sucede en la salvación,  y  la iglesia ha repudiado básicamente lo que Agustín enseñó y también lo que Aquino enseñó. La Iglesia concluyó que hay remanentes de esta libertad que están intactos en la voluntad humana y que el hombre debe cooperar con -y asentir con- la gracia precedente que es ofrecida a ellos por Dios. Si ejercemos esta voluntad, si ejercemos una cooperación con cualquiera de los poderes que en nosotros han sido dejados, seremos salvos. Y por lo tanto en el siglo dieciséis la Iglesia volvió a abrazar el semi-Pelagianismo.

En el tiempo de la Reforma, todos los reformadores estaban de acuerdo en un punto: la incapacidad moral de los seres humanos caídos para inclinarse a sí mismos a las cosas de Dios; que toda la gente, en el orden para ser salvas, estaban totalmente dependientes, no noventa y nueve por ciento, sino un cien por ciento dependientes de la obra de regeneración monergista como primer paso para venir a la fe,  y que la fe es en sí misma un don de Dios. La fe no es lo que estamos ofreciendo para la salvación y que naceremos de nuevo si escogemos creer. Sino que no podemos ni aún creer hasta que Dios en su gracia y en su misericordia primero cambia la disposición de nuestras almas a través de su obra soberana de regeneración. En otras palabras, en lo que todos los reformadores estuvieron de acuerdo fue con, que a menos que un hombre nazca de nuevo, no puede ni ver el reino de Dios, ni puede entrar en él.  Tal como Jesús dijo en Juan capítulo seis, “Ninguno puede venir a mí, a menos que le sea dado por mi Padre” -la condición necesaria para la fe  y la salvación de cualquier persona es la regeneración.

Los Evangélicos y la Fe

El Evangelicalismo moderno casi uniformemente y universalmente enseña que en el orden para que una persona sea nacida de nuevo, debe primero ejercer fe. Tienes que escoger nacer de nuevo. ¿No es esto lo que escuchas?  En una encuesta de George Barna, más del setenta y cinco por ciento de “cristianos evangélicos profesantes” en América expresaron la creencia que el hombre es básicamente bueno. Y más del ochenta por ciento articularon el punto de vista que Dios ayuda a aquellos que se ayudan a sí mismos. Estas posiciones -déjeme decirlo de manera negativa- ninguna de estas posiciones son semi-Pelagianas. Ambas son Pelagianas. El decir que somos básicamente buenos es un punto de vista Pelagiano. Yo estaría dispuesto a asumir que en casi un treinta por ciento de la gente quien está leyendo este tema, y probablemente más, si realmente examinamos su pensamiento con detenimiento, encontraremos que en sus corazones está latiendo el Pelagianismo. Estamos plagados con él. Estamos rodeados por él. Estamos inmersos en él. Lo escuchamos cada día en la cultura secular, lo escuchamos cada día en la televisión y la radio Cristiana.

En el siglo diecinueve, hubo un predicador quien llegó a ser muy popular en América, escribió un libro de teología, que surgió de su propia formación en leyes, en el cual no abrevió su Pelagianismo. Él rechazó no sólo el Agustinianismo, sino también rechazó el semi-Pelagianismo y sostuvo claramente la posición pelagiana sin encubrirla, diciendo en términos no inciertos, sin ambigüedad, que no había Caída y que no había tal cosa como pecado original. Este hombre vino a atacar cruelmente la doctrina de la expiación sustitutiva de Cristo, y además de eso, repudió tan clara y tan  fuertemente como pudo la doctrina de la justificación por la sola fe por medio de la imputación de la justicia de Cristo. La tesis básica de este hombre fue, “no necesitamos la imputación de la justicia de Cristo porque tenemos la capacidad en y de nosotros mismos para llegar a ser justos”.  Su nombre: Charles Finney, uno de los más respetados evangelistas de América. Ahora, si Lutero estaba correcto en decir que la sola fide es el artículo sobre el cual la iglesia se sostiene o cae, si lo que los reformadores dijeron que la justificación por la fe sola es una verdad esencial del Cristianismo, quienes además argüían que la expiación sustitutiva es una verdad esencial del Cristianismo; si ellos estaban en lo correcto en su evaluación de que estas doctrinas son verdades esenciales del Cristianismo, la única conclusión a la que podemos llegar es que Charles Finney no era Cristiano. Yo leo sus escritos y digo, “no veo cómo alguna persona cristiana pudiera escribir esto.”  Y aun, él está en el Salón de la Fama del Cristianismo Evangélico de América. Él es el santo patrón del Evangelicalismo del siglo veinte. Y él no es semi-pelagiano; él es descarado en su pelagianismo.

La Isla de Justicia

Una cosa es clara: puedes ser Pelagiano puro y ser  bienvenido por completo en el movimiento evangélico de hoy. Esto no es simplemente que el camello metió su nariz en la tienda; no solamente es que está dentro de la tienda, sino que ha sacado al propietario de la tienda. El Evangelicalismo moderno mira hoy con suspicacia a la teología Reformada, la cual ha llegado a ser colocada como ciudadano de tercera clase del Evangelicalismo.  Ahora,  usted dice, “espera un minuto R. C., no encierres a todos en el argumento del pelagianismo extremo, después de todo, Billy Graham y el resto de las personas están diciendo que hubo una Caída; que debes tener la gracia; que hay tal cosa como pecado original; y los semi-Pelagianos no están de acuerdo con el simplista y optimista punto de vista acerca de la no caída naturaleza humana de Pelagio.” Y esto es verdad.  No cuestionaré acerca de ello. Pero es esta pequeña isla de justicia donde el hombre todavía tiene la habilidad, en y de sí mismo, para retornar, cambiar, inclinar, disponer, y abrazar la oferta de la gracia, que revela porque históricamente el semi-Pelagianismo no es llamado semi-Agustinianismo, sino semi-Pelagianismo, éste realmente nunca escapa a la idea central de la esclavitud del alma, la cautividad del corazón humano en pecado, que no está simplemente infectado por una enfermedad que puede ser mortífera si es dejada sin tratamiento, sino que es mortal.

Escuché a un evangelista usar dos analogías para describir lo que sucede en nuestra redención. Él dijo,  el pecado tiene tal fortaleza sobre nosotros, un estrangulamiento, que es semejante a  una persona quien no puede nadar, quien cae por la borda en un mar furioso, y es la tercera vez que se sumerge y únicamente las puntas de sus dedos permanecen fuera del agua; y a menos que alguien intervenga a rescatarle, no tiene esperanza de sobrevivir, su muerte es cierta. Y a menos que Dios le tire un salvavidas,  no puede ser rescatado. Y Dios no solamente le debe tirar  un salvavidas en cualquiera área donde él se encuentra, sino que el salvavidas tiene que caerle en el lugar correcto donde sus dedos permanecen extendidos fuera del agua, y  acertarle de tal manera que pueda sostenerlo. El salvavidas tiene que haber sido tirado perfectamente. Pero todavía este hombre se ahogará a menos que  lo tome con sus dedos y los sostenga alrededor del salvavidas, entonces Dios le rescatará.  Si esta pequeña acción no es hecha, él ciertamente perecerá.

La otra analogía es esta: Un hombre esta terriblemente débil, enfermo de muerte, yaciendo en su cama de hospital con un padecimiento que es terminal.  No hay manera que pueda curarse a menos que alguien externo venga con una cura, una medicina que curará su enfermedad fatal. Y Dios tiene la cura y camina hacia el cuarto con la medicina. Pero el hombre está tan débil que no puede tomarse la medicina por sí mismo; Dios tiene que ponerla en la cuchara. El hombre está tan enfermo que se halla casi en un estado comatoso. Él no puede ni siquiera abrir su boca, y Dios tiene que inclinarse y abrirle la boca. Dios coloca la cuchara en los labios del hombre, sin embargo el hombre todavía tiene que tomarla.

Ahora, si vamos a usar analogías, usemos las adecuadas. El hombre no se está sumergiendo por tercera vez; él está tan frío como una piedra en el fondo del mar.  Éste es el lugar donde usted estuvo  cuando una vez estaba muerto en sus delitos y pecados y andaba conforme a la corriente de este mundo, de acuerdo con el príncipe de la potestad del aire. Y cuando  estaba muerto Dios le dio vida juntamente con Cristo. Dios  se sumergió al fondo del mar y tomando este cadáver sopló el aliento de su vida en él y resucitó de la muerte. Y no es que usted estaba en la cama del hospital con cierta enfermedad, más bien, cuando usted nació, llegó muerto. Esto es lo que la  Biblia dice: que estamos muertos moralmente.

¿Tenemos nosotros una voluntad?  Sí, oh claro que la tenemos. Calvino dijo, si quieres decir por libre albedrío una facultad de escoger aquello que tienes el poder en ti mismo, de escoger lo que deseas, entonces tenemos libre albedrío. Si quieres  decir por libre albedrío la capacidad de los seres humanos caídos para inclinarse a sí mismos y ejercer la voluntad para escoger las cosas de Dios sin la previa obra monergista de regeneración, entonces, Calvino dijo, libre albedrío  es un término exorbitantemente grandioso para aplicarlo al ser humano.

La doctrina semi-pelagiana del libre albedrío que prevalece en el mundo evangélico de hoy es un punto de vista pagano que niega la cautividad del corazón humano en el pecado. Esta visión desestima el dominio que el pecado tiene sobre nosotros.

Ninguno de nosotros quiere ver las cosas tan mal como son realmente.  La doctrina bíblica de la corrupción humana es dura.  No escuchamos al Apóstol Pablo decir, “Usted sabe, es triste que tengamos tal cosa como pecado en el mundo; ninguno es perfecto.  Pero estemos de buen ánimo, somos básicamente buenos.” ¿Puede ver que aún una lectura superficial de la Escritura niega esto?

Ahora, regresemos a Lutero ¿Cuál es el origen y  la posición  de la fe? ¿Es la fe el don de Dios significando con ello que la justificación es recibida por la dádiva de Dios? O ¿Es una condición de la justificación, la cual tenemos que  cumplir? ¿Es su fe una obra? ¿Es ésta la única obra que Dios le deja hacer? Recientemente tuve una discusión con algunas personas en Gran Rapids, Michigan.  Estaba hablando sobre sola gratia, y una de las personas estaba en desacuerdo.  Él dijo, “¿Estás  tratando de decirme que en conclusión es Dios quien soberanamente regenera o no el corazón?”

Y le dije, “Sí”; y él estuvo aún más en desacuerdo por esto. Le dije, “Déjame preguntarte esto: ¿Eres cristiano?

Él dijo, “Sí.”

Le dije, “¿Tienes amigos que no son cristianos?”

Él dijo, “¡Oh!, claro que sí.”

Le dije, “¿Por qué eres  cristiano y tus amigos no lo son?  ¿Es por qué eres más justo que ellos? Él no era estúpido. Él no iba a decir, “¡Oh! claro es porque soy más justo.  Yo hice la cosa correcta y mis amigos no”.  Él sabía  a donde quería llegar con esta pregunta.

Y él dijo, “Oh, no, no, no.”

Le dije, “Dime porqué ¿Es por qué eres más inteligente que tus amigos?

Y él dijo, “No.”

Sin embargo él no estaba de acuerdo que al final, el punto decisivo era la gracia de Dios. Él no quería venir a esto. Y después de discutir por quince minutos, él dijo, “ESTA BIEN, te lo diré. Soy un cristiano porque hice la cosa correcta, tuve la respuesta correcta y mis amigos no lo hicieron.”

¿En qué estaba confiando esta persona para su salvación? No en sus obras en general, sino en una obra que  había hecho. Y él era un protestante, un evangélico. Pero su punto de vista de la salvación no era diferente del punto de vista romano.

La Soberanía de Dios en la Salvación

Este es el punto: ¿Es la fe una parte del don de Dios en la salvación? O ¿Es ésta tu propia contribución a la salvación? ¿Es nuestra salvación totalmente de Dios o depende finalmente de algo que hagamos por nosotros mismos? Aquellos quienes dicen esto último, que finalmente depende de algo que hagamos por nosotros mismos, por consiguiente niegan la absoluta incapacidad de la humanidad en el pecado y afirman con ello una forma de semi-Pelagianismo que es cierta después de todo. No es  de maravillarse que más tarde la teología Reformada condenara el Arminianismo en su esencia, porque en principio, ambos regresan a Roma, en efecto, éste torna la fe en una obra meritoria, y es un rechazo de la Reforma porque niega la soberanía de Dios en la salvación de los pecadores, la cual fue el principio teológico y religioso más arraigado del pensamiento de los reformadores. El Arminianismo era sin lugar a dudas, a los ojos de los Reformados, una renunciación del Cristianismo del Nuevo Testamento a favor del Judaísmo del Nuevo Testamento. En esencia confiar en la fe de uno mismo no es diferente que confiar en las obras de uno mismo, y el uno es tan sub-cristiano y anti-cristiano  como el otro. A la luz de lo que Lutero le dice a Erasmo no hay duda que tenemos que ratificar este juicio.

Y aunque este punto de vista  es el que predomina en las encuestas de hoy en la  mayoría de los círculos evangélicos profesantes.  Y así como el semi-Pelagianismo es en esencia simplemente una versión ligeramente velada del Pelagianismo verdadero, de igual manera éste es el mismo que prevalece en la iglesia, y no sé qué pasará. Sin embargo, si sé que no sucederá: No tendremos una nueva Reforma.  Hasta que nos humillemos y entendamos que ningún hombre es una isla y que ningún hombre tiene una isla de justicia, que somos completamente dependientes de la pura gracia  de Dios para nuestra salvación, no empezaremos a descansar sobre la gracia y a regocijarnos en la grandeza de la soberanía de Dios, hasta que no desechemos la influencia pagana del humanismo que exalta y coloca al hombre en el centro de la religión. Hasta que esto suceda no tendremos una nueva Reforma, porque en el corazón de la enseñanza Reformada está el lugar central de la adoración y gratitud dadas a Dios y sólo a Dios.

Soli Deo Gloria.

 

R.C. Sproul (Robert Charles Sproul, nacido el 13 de febrero 1939) es un teólogo norteamericano, autor y pastor. Él es el fundador y presidente de Ministerios Ligonier (llamado así por el Valle Ligonier a las afueras de Pittsburgh, donde el ministerio comenzó como un centro de estudios de la universidad y del seminario los estudiantes) y puede ser escuchado a diario en su programa radial “Renovando Tu Mente” en los Estados Unidos e internacionalmente. “Renovando Tu Mente con el Dr. RC Sproul” también se emite en Sirius y XM Satellite Radio . A finales de julio de 2012, una nueva estación de radio por Internet cristiana llamada RefNet (Reforma Red) [4] fue también anunciada por Ligonier Ministries en un esfuerzo por llegar “a tantas personas como sea posible”, donde el acceso a Internet está disponible.

Ministerios Ligonier  acoge varias conferencias teológicas cada año, incluyendo la conferencia principal se celebra cada año en Orlando, FL , en la que Sproul es uno de los oradores principales.

 

 

http://www.evangelioverdadero.com/

El amor del mundo vs. el amor bíblico

The Master’s Seminary

El amor del mundo vs. el amor bíblico

John MacArthur

En la década de los sesentas el grupo musical los Beatles compuso una de sus canciones más memorables: “All you need is love” (traducida: todo lo que necesitas es amor). Si hubiesen estado cantando sobre el amor de Dios, sus palabras tendrían algo de verdad. Pero lo que generalmente se conoce como amor no es el amor auténtico, sino más bien es un fraude. La visión distorsionada que tiene el mundo del amor es algo que los cristianos necesitan desesperadamente evitar.

El apóstol Pablo hace este mismo punto en Efesios 5:1-3: “Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante. Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos.”

Este simple mandamiento en el versículo dos, “andad en amor, como también Cristo nos amó“, resume la obligación moral del cristiano. Después de todo, el amor de Dios es el principio único y central que define el deber del cristiano.

Éste es el tipo de amor que realmente necesitamos.

Romanos 13:8-10 nos dice: “porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley. Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor. ” Gálatas 5:14 hace eco a la misma verdad: “Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Jesús enseñó lo mismo, que toda la ley y los  profetas dependen de dos mandamientos que hablan acerca del amor (Mateo 22:38-40).

En otras palabras, como lo resume Pablo: “el amor. . . es el vínculo perfecto” (Colosenses 3:14). En Efesios, cuando Pablo le ordena a los creyentes a caminar en amor, el contexto revela que se refiere a ser amables, misericordiosos y perdonadores (Efesios 4:32). El modelo para tal amor desinteresado es Cristo, que dio su vida para salvar a su pueblo de sus pecados. “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.” (Juan 15:13). Y “si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros.” (1 Juan 4:11).

El verdadero amor siempre es sacrificial, misericordioso, compasivo, comprensivo, amable, generoso y paciente. Estas y muchas más son part de las cualidades benevolentes del verdadero amor (cp. 1 Corintios 13:4-8).

Pero note el lado negativo el cual también se observa en el contexto de Efesios 5. La persona que realmente ama a los demás como Cristo, debe rechazar todo tipo de amor falso. El tipo de amor falso que Pablo discute incluye la inmoralidad, inmundicia y avaricia:

Los nombres de Pablo apóstol algunas de estas falsificaciones mundanos. Incluyen la inmoralidad, impureza, y la codicia:

Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos; ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías, que no convienen, sino antes bien acciones de gracias. Porque sabéis esto, que ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. Nadie os engañe con palabras vanas, porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia. No seáis, pues, partícipes con ellos (Efesios 5:3-7).

La inmoralidad es quizás el sustituto favorito de nuestra generación para el verdadero amor. Pablo usa la palabra griega porneia, la cual incluye todo tipo de pecado sexual. La cultura popular trata desesperadamente de borrar la división entre el amor genuino y la pasión inmoral. Pero toda esta inmoralidad es una perversión total del amor genuino, pues viola tanto el Gran Mandamiento (Marcos 12:29-30) al desobedecer la Palabra de Dios, como el Segundo Gran Mandamiento (Marcos 12:31; Romanos 13:9-10) al buscar la auto-gratificación más que el bien espiritual y la santificación de los demás.

La impureza es otra perversión diabólica del amor. En Efesios 5 Pablo utiliza la palabra akatharsia, que se refiere a todo tipo de suciedad e impureza. Pablo se refriere a la “inmundicia” y “estupideces”, las cuales caracterizan el mal compañerismo. Ese tipo de camaradería no tiene nada que ver con el verdadero amor, y, como lo menciona el apóstol, esto no tiene lugar en el andar del cristiano.

La codicia, que nace de un deseo narcisista de auto-gratificación, es otra corrupción del amor. Es exactamente lo contrario al ejemplo que Cristo estableció cuando “se entregó a sí mismo por nosotros.” En Efesios 5:5 Pablo establece que la codicia es igual a la idolatría. Reitero, esto no tiene lugar en la vida cristiana, y de acuerdo con el versículo 5, la persona que practique esto no “tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios.”

Tales pecados “ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos” (Efesios 5:3). Y acerca de aquellos que practican tales cosas: “no seáis, pues, partícipes con ellos” (versículo 7), sino más bien “reprendedlas” como obras de las tinieblas (versículo 11).

Una de las maneras en las que un cristiano muestra el amor auténtico es al hablar con valentía acerca de las perversiones populares del amor hoy en día. La mayor parte de las conversaciones acerca del amor pasan por alto lo que la Biblia dice al respecto. “El amor” se ha redefinido como una amplia tolerancia que da el pecado y la abraza bien y el mal por igual. Pero eso no es amor; es la apatía mezclado con compromiso.

El amor de Dios es completamente diferente

Recuerde, la manifestación suprema del amor de Dios es la cruz donde Cristo “nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y sacrificio fragante para Dios” (Efesios 5:2). La Escritura explica que el amor de Dios es un amor sacrificial, el cual se demuestra en la expiación por el pecado y la propiciación, como Juan escribe: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).

Cristo se hizo a sí mismo sacrificio por nosotros, y alejó la ira de Dios que nos pertenecía por nuestros pecados. Dios dio a su hijo como ofrenda por el pecado para satisfacer su propia ira y la justicia en la salvación de los pecadores. Éste es el corazón del evangelio: Dios manifestó en Cristo su amor de tal manera que desplegó su santidad y justicia sin compromiso. El verdadero amor “no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad” (1 Corintios 13:6). El tipo de amor que debemos practicar es un amor puro y pacífico (Santiago 3:17).

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John MacArthur es el presidente de The Master’s Seminary y pastor de la iglesia Grace Community Church. Sus predicaciones en el programa de radio Gracia A Vosotrosson escuchados alrededor del mundo. Él y su esposa Patricia tienen cuatro hijos y quince nietos.

Maternidad bajo fuego

Maternidad bajo fuego

 Sugel Michelén

MaternidadHace unos años leí un artículo, con un título bastante sugestivo: “¿Qué hace una mujer tan inteligente como tú metida en la casa?” En dicho artículo la autora narra todas las peripecias que tuvo que hacer para buscar una persona idónea que cuidara a su hijo recién nacido y ella pudiera regresar al trabajo. Luego de algunos intentos fallidos, salió embaraza otra vez. La búsqueda de la niñera ideal se hizo más intensa, y en ella descubrió algunas cosas interesantes: Algunas eran tan preparadas que su salario representaba una buena parte del que ella ganaría; muchas otras no estaban capacitadas para una labor tan delicada. Quiso recurrir entonces a las que cuidan niños en sus casas, pero allí también descubrió que la mayoría hacía ese trabajo porque tenían que cuidar a sus propios hijos, y nunca cuidarían los ajenos con el mismo esmero; otras tomaban más niños de los que podían cuidar movidas por sus necesidades económicas; en fin, que ninguna se relacionaría con sus hijos de la forma que ella lo haría.

La autora concluye diciendo: “Con el tiempo aprendí una lección muy importante, gracias a la búsqueda de atención para mis hijos: por mas licencias que otorguemos, pautas que establezcamos y dinero que paguemos, es imposible ejercer un control de calidad en la capacidad de un ser humano para amar a otro u ocuparse de él. Yo había deseado los servicios de una persona cariñosa, que tuviera sentido del humor y una actitud vivaz… Alguien que fomentara la creatividad de mis hijos, que los llevara a lugares interesantes, contestara a todas sus preguntas y los arrullara hasta que se quedaran dormidos. Lenta, dolorosamente, llegué a una pasmosa conclusión: la persona que andaba buscando, la que había tratado con desesperación de contratar, era yo misma”.

Hoy más que nunca la maternidad debe ser revalorada, porque por décadas nos han estado transmitiendo el mensaje subliminal de que la mujer inteligente y capaz es la que trabaja fuera de la casa, en contraposición a la pobre mediocre que no tiene más alternativa que dedicarse a criar a sus hijos. Sabemos que muchas madres trabajan por necesidad y que la responsabilidad de la crianza de los hijos es también del padre. Pero afirmar que el potencial de la mujer sólo puede ser desarrollado echando a un lado su papel como madres es desvalorizar una de las labores más demandantes y de más trascendencia que un ser humano pueda hacer.

© Por Sugel Michelén. Todopensamientocautivo.blogspot.com. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.

Un verdadero Hombre

HeartCry Missionary Society

Paul Washer

Un verdadero Hombre

 

 

Paul David Washer Nacido en Estados Unidos en 1961 es un misionero, pastor, evangelista, escritor, abogado, fundador y director de la Sociedad Misionera Heartcry que apoya el trabajo misionero con los nativos sudamericanos, también es predicador itinerante de la Convención Bautista del Sur.1 Aparte de sus viajes y predicas, Paul es profesor invitado en varios seminarios, en particular en el Seminario de Master (The Master’s Seminary)

 

¿QUÉ DICEN LOS ADOPTADOS SOBRE LA ADOPCIÓN HOMOSEXUAL?

¿QUÉ DICEN LOS ADOPTADOS SOBRE LA ADOPCIÓN HOMOSEXUAL?

El 13 de enero de 2013, Benoit Talleu de 17 años de edad, fue orador en la Marcha por la Familia que organizó La Manif Pour Tous en París, Francia. Habló en nombre de la Asociación para los Niños Adoptados.

He aquí su discurso completo:

“Hola a todos. Soy Benoit Talleu y tengo 17 años de edad. Nací en Vietnam, pero me adoptaron desde bebé. Mis padres adoptaron 7 niños y yo soy el mayor.

Estoy en la lucha contra el “matrimonio para todos”, junto con la Asociación para Niños Adoptados, porque estoy harto de escuchar que muchos hablan de la adopción, como si lo más importante no fuéramos los adoptados.

Si preguntas a los adoptados qué quieren, ellos solo tienen una respuesta: ¡un papá y una mamá! “Papi y mami” son palabras que un huérfano conoce y cuando es adoptado, sueña con usar esas palabras. Los niños en adopción sueñan con sus futuros padres. Los imaginan. Desde lo más profundo de su ser, ellos esperan a papá y mamá. ¡Y son esos niños los que deben ser escuchados!

Debemos decirlo claro, un huérfano NECESITA un papá y una mamá. En cambio, la pareja QUIERE un niño, y entre “necesitar” y “querer”, hay mucha diferencia.

La adopción no es para “hacer” papás y mamás. No es un remedio para las parejas estériles. La esterilidad no hace NECESARIA la adopción. La adopción no es para que los adultos se sientan bien. ¡No somos un remedio para la esterilidad! ¡No somos medicinas! ¡No estamos aquí para consolarte por no tener hijos! ¡No somos un premio! ¡No somos un derecho! No hables como si tuvieras derecho a nosotros. ¡Eso es violentar nuestra identidad!

Nuestra madre biológica tuvo la valentía de confiarnos a un orfanatorio. Eso no quiere decir que seamos objetos. Ella pudo estar en una situación dramática, probablemente estaba sola, tal vez no había papá. Ella no pudo hacerlo. Pero eso no es un insulto para nosotros.

Dar a parejas del mismo sexo “el derecho a nosotros” ¡Traiciona la confianza de nuestra madre biológica! El huérfano necesita un papá y una mamá. Eso no es discriminar a las parejas gay. ¡No tiene nada que ver! Es más simple que eso: ¡Todos nacemos de un hombre y una mujer!.. ¡Y los adoptantes deben ser un hombre y una mujer!

Escuchamos a personas que dicen: “Vivir con una pareja gay es mejor que ser huérfano” Escuchen lo que tengo que decir al respecto: Esa afirmación rebosa de deshonestidad. ¡Hay decenas de miles de parejas hombre/mujer que esperan poder adoptar!

Otros dicen, “una pareja gay es mejor que nada”. ¡Eso es estremecedor y homofóbico! ¡Lo mejor para un niño es un papá y una mamá! No me cansaré de repetirlo.

Decir que un huérfano no merece tener mamá, es cruel e injusto. Decir que un huérfano no merece tener papá, es cruel e injusto. ¡Es una crueldad y una injusticia! ¡Es atentar contra la igualdad de la niñez!

La inseminación y la renta de úteros se contempla en la ley del matrimonio gay.

Cada vez será más común ver niños de la inseminación y la renta de vientres. Nosotros decimos ¡No a la inseminación artificial ni al alquiler de vientres! ¡No a la adopción por parejas del mismo sexo! Los gays pueden estar enamorados, no lo dudo, ¡pero eso no cambia las necesidades de un niño!

Muchos dicen “oh, las cosas han evolucionado”, “tantos países han aceptado el matrimonio gay”, pero nosotros somos un gran nación y una gran democracia. La ley del matrimonio gay es puro egoísmo. La ley debe velar por los más débiles, ¡No por el capricho de los fuertes! Los padres son para el niño, no al revés.

Francia es la nación de los derechos humanos, es la nación de los derechos del niño. ¡Somos la nación donde los niños tienen derechos! ¡No donde los niños son un derecho!

Señor presidente, le recuerdo a usted, escúchenos, los huérfanos somos los que importamos en todo esto. Los niños, los huérfanos y los adoptados.

¡Gracias y movilicémonos!

¡Por nosotros!

¡Por nuestros papás y mamás!

¡Por la familia!