ORGULLO DISFRAZADO DE HUMILDAD

ORGULLO DISFRAZADO DE HUMILDAD

Pablo Martini
Programa No. 2016-03-23

a1Hay aparentes actitudes de humildad que no son más que la manifestación de un orgullo disfrazado. La humildad es más difícil de practicar de lo que parece. Necesitamos conocer la verdadera pequeñez de nuestras grandezas. Nunca somos tan grandes como cuando nos humillamos, nunca somos tan insignificantes como cuando vanamente nos enorgullecemos. Disfrazamos esa tendencia natural y crónica que data desde tiempos edénicos a creernos más de lo que somos. Lo hacemos con una aparente fachada de humildad cuando en realidad anhelamos prestigio, reconocimiento y aplausos. Cierto día un predicador bajó del escenario y una hermana se le acercó y le dijo. “Lo felicito, pastor, nadie predica como usted”, a lo que el hombre le respondió: “Gracias, Satanás acaba de decirme lo mismo.” Si no estamos alertas contra este sutil flagelo seremos consumidos paulatinamente por sentimientos de envidia y celos hacia aquellos que creemos superiores o más bendecidos que nosotros. Pedro, confundido, quiso pasar por el más humilde cuando en realidad quería aparentar humildad que no es otra cosa sino orgullo. “No tendrás parte con migo”, fue la tajante respuesta del Maestro, porque en Su Reino no hay lugar para este tipo de predisposiciones. El orgullo es sumamente peligroso por la capacidad que tiene de pasar inadvertido, se disfraza. Es como algunos virus mortales para la humanidad que cuando son detectados ya es demasiado tarde. Ni exámenes, radiografías, o tratamientos lograron detectarlo, pero estaba allí, tan mortal y nocivo como siempre. Hasta que aflora en algún acto de ira o arranque de celos y nos espanta hasta a nosotros mismos.

Es entonces cuando debes, con la asistencia inequívoca de la Palabra de Dios y su Espíritu, tomar las medidas necesarias para sanearlo y erradicarlo. Cuando somos poseídos por Espíritu de Aquel que fue manso y humilde de corazón, entonces hallaremos el verdadero descanso, porque una vida de comedia agota luego de cada función.

PENSAMIENTO DEL DÍA:

Tengo razones para ser humilde sin embargo no conozco ni la mitad de ellas, y también sé que soy orgulloso sin embargo no conozco ni la mitad de mi orgullo.

EL FUEGO DE LOS QUICHÉS

23 mar 2016

EL FUEGO DE LOS QUICHÉS

por Carlos Rey

a1Estaban muertos de frío, así que se presentaron ante los dioses para suplicarles que les dieran fuego. Los dioses les dieron el fuego anhelado después de exigir que les rindieran culto, pero luego les hicieron una mala jugada: hicieron caso omiso de sus danzas de alegría y sus cánticos de gratitud, y al rato cayó un aguacero con granizo, de modo que se volvieron a extinguir las hogueras de los pobres indios.

Cuando ya de tanto temblar y de tiritar no podían soportar más el frío ni la helada, volvieron a rogarles a los dioses que se apiadaran de ellos y les dieran siquiera un poco de fuego. Pero esta vez los dioses les exigieron sacrificios humanos, es decir, que a las víctimas les abrieran el pecho con un puñal y les ofrendaran el corazón. Sólo así llegarían a merecer el ansiado fuego.

Dicen que los quichés accedieron y sacrificaron a sus prisioneros y, mediante la sangre de éstos, se salvaron del frío espantoso. En cambio, los cakchiqueles no sucumbieron ante la exigencia de los dioses. A estos primos de los quichés, que eran también herederos de los mayas, les pareció un precio demasiado alto que pagar. Los valerosos cakchiqueles se acercaron en completo silencio a la hoguera de los quichés, pasaron imperceptiblemente por el humo y se robaron el fuego, y luego fueron y lo escondieron en las cuevas de sus montañas.1

Esas impresionantes escenas del Popol Vuh, es decir, de las antiguas historias del Quiché, forman parte de lo que se ha considerado el mayor testimonio ancestral de los guatemaltecos. En ellas sentimos no sólo el frío que a aquellos indígenas les calaba hasta los huesos, sino también el que les invadía el corazón, órgano vital que sus dioses les exigían a cambio de un poco de fuego. ¿Sería que sus dioses carecían de corazón ellos mismos, y que procuraban saciarse de corazones humanos para suplir esa falta?

Lo cierto es que lo que más les hacía falta a los quichés no era fuego sino conocer al único Dios verdadero. De haberlo conocido, hubieran sabido que Él ya había procedido de un modo diametralmente opuesto a esos dioses falsos. A diferencia de éstos, el Dios de la Biblia nos amó tanto que, en lugar de exigir sacrificios humanos de parte nuestra, Él mismo se sacrificó en nuestro lugar.2 Cuando nos estábamos muriendo de frío espiritual por falta del calor de su presencia, Dios estableció un requisito para que pudiéramos recibir el perdón de pecados que nos separaban de Él. Pero no exigió el derramamiento de sangre nuestra mediante la entrega de nuestro corazón físico a Él, sino el derramamiento de la sangre de su Hijo,3 que se hizo hombre y nos entregó su corazón al morir por nosotros.4

Así que Dios no espera que hagamos nada para merecer el fuego de su presencia en nuestra vida. No es posible, porque Él ya lo hizo todo.5 Pero sí espera que nos apropiemos de ese fuego entregándole nuestro corazón, no de modo físico sino espiritual, y no por obligación sino de buena voluntad, pues es allí donde Él quiere que arda su presencia.6


1 Popol Vuh: las antiguas historias del Quiché, versión de Adrián Recinos (Guatemala: Editorial Piedra Santa, 1990), pp. 95‑100; y Eduardo Galeano, Memoria del fuego I: Los nacimientos, 18a ed. (Madrid: Siglo XXI Editores, 1991), p. 13.
2 Ro 3:25; 8:3; Ef 5:1; Heb 7:27; 9:26‑28; 1Jn 2:1; 4:10
3 Heb 9:11‑22
4 Jn 1:14
5 Ef 2:8‑9
6 Pr 23:26

http://www.conciencia.net/

2-¡DE REGRESO A LA ESCUELA POR EL RESTO DE MI VIDA!

EL MARIDO INTEGRAL

Guía Práctica Para Ser un Esposo Bíblico

Por Lou Priolo

Capítulo Dos

¡DE REGRESO A LA ESCUELA POR EL RESTO DE MI VIDA!

a1“¿Qué es exactamente lo que debo aprender de mi esposa que aún no sé?”

La respuesta a esta pregunta es doble: Primero, tienes que aprender algunas cosas de las mujeres en general. Segundo, tienes que aprender algunas cosas de tu mujer en particular.

Tienes que aprender sobre las necesidades, gustos, intereses, metas, sueños, alegrías, penas, temores, problemas, manera de pensar, motivaciones, sentimientos, dones espirituales y tentaciones de tu esposa.

Vivir con tu esposa de una manera comprensiva, (“sabiamente” RV60) significa que tienes que ser estudioso de tu esposa de por vida. Tendrás que estudiarla y analizarla como un comerciante estudia a sus clientes en potencia – sólo que en una dimensión mucho más grande e íntima. Tendrás que aprender a hacerle preguntas específicas para obtener la información precisa que buscas. Tendrás que aprender a atenderla (incluso cuando esté sentada junto a ti mientras conduces y podrías estar resolviendo algún problema “más importante”). Deberás aprender a percibir lo que le agrada aunque no te lo mencione específicamente – un servicio que por naturaleza seguramente ella te brinda con habilidad. Deberás también estudiar los distintos tonos de voz que usa, al igual que sus peculiares formas no-verbales de comunicación para saber cuando es el momento apropiado para hacer preguntas “sabias” y “adecuadas.”

“Pero quizá te preguntes, ¿por qué tengo que hacer esto el resto de mi vida? ¿De cualquier forma, qué tanto es posible aprender sobre mi esposa? Una vez que aprenda lo que necesito, ¿no puedo dejar de estudiarla para aprender otro tipo de cosas (como golf, caza y pesca)?”

Sí y no. Probablemente llegará un punto en el que no tengas que invertir tanto tiempo, esfuerzo y meditación para estudiarla. Digo esto porque con el paso del tiempo el proceso se volverá fácil y te familiarizarás más con tu materia. Sin embargo, a causa de un pequeño detalle comúnmente conocido como “la prerrogativa de la mujer” nunca podrás deshacerte por completo de tus libros.

La Prerrogativa de la Mujer

Hombres y mujeres cambian constantemente de parecer en todo tipo de cosas- desde la ropa que se ponen diariamente hasta su posición teológica. Cuando mi esposa Kim y yo estábamos en un viaje en nuestro primer año de casados, me paré a llenar el tanque de gasolina en una tienda local. Ella me pidió que le comprara algo de beber. Entonces recordé que me había dicho varias veces antes que su bebida favorita era la Pepsi de Dieta®. Mientras abría la puerta del refrigerador, alcancé a ver una Tab® y recordé que me había dicho que ella odiaba esa bebida. “Tengo que encontrar una Pepsi de Dieta®”, pensé. “ella odia la Tab®”. Después de haberla encontrado pagué la gasolina y la bebida. Confiadamente me acerqué hacia ella con su “bebida favorita” en mi mano, esperando verla complacida por haberme recordado.

“Pepsi de Dieta®,” dijo, con un tono de decepción en su voz. “Yo quería una Tab®

“¡Pero tú me dijiste que odiabas absolutamente la Tab®!”, le dije con profunda incredulidad.

“Lo sé, pero hoy quiero una Tab®” y pienso que me está comenzando a gustar más la Tab® que la Pepsi de Dieta®.”

Como ves, puesto que tu esposa tiene la prerrogativa (si no la tendencia) de cambiar de parecer, tú debes hasta cierto punto continuar estudiándola. Es como la actualización de un software. Estoy haciendo el manuscrito de este libro en mi computadora portátil usando el procesador de textos más común. Hasta la fecha ha habido dos actualizaciones para este programa. En unos años los programadores actualizarán el programa de nuevo. Si para ese tiempo, alguien secretamente instalara la última versión en mi computadora, provocaría todo tipo de dificultades y confusión hasta que pudiese leer el manual de la nueva actualización.

Entendiendo a las Mujeres en General

Lo primero que debes comprender es que, hablando de manera general, existen diferencias significativas entre hombres y las mujeres. Biológicamente, por ejemplo, cada célula en tu cuerpo difiere ligeramente de las células en tu contraparte femenina. Tus células contienen un conjunto de cromosomas ‘xy’, mientras que las células de tu esposa poseen un par de cromosomas ‘xx’. Es la combinación de estos cromosomas lo que genéticamente determina las otras diferencias fisiológicas “femeninas” y “masculinas” entre ambos sexos. Aquí hay más ejemplos de las diferencias biológicas entre los hombres y las mujeres.

Las mujeres tienen una capa subcutánea (debajo de la piel) de grasa que nosotros no tenemos. Mientras la mujer pasa por la pubertad, esta capa se hace espesa, la cual hace que su cuerpo tenga curvas, como también hace que su piel sea más suave al tocar que la de un hombre. Sin duda alguna Dios diseñó esta facción femenina de tu esposa para trabajar ajustada a tu vista que es como tu respuesta al sexo está orientada (diferente a tu esposa cuya respuesta al sexo está orientada hacia el tacto).

La parte posterior del cuerpo calloso, una parte alargada fibrosa del cerebro que conecta sus dos hemisferios (y que se piensa que sirve como nexo de comunicación entre ellos), es notablemente más pequeña en los hombres que en las mujeres.

Las mujeres tienen un pulmón más pequeño que el nuestro. El estómago, riñones, hígado y apéndice de ellas, sin embargo, es proporcionalmente más grande que el de los hombres. Ellas tienen un ritmo cardíaco más rápido, un porcentaje más pequeño de agua en sus cuerpos, menos glóbulos rojos en su sangre, y menos presión arterial que nosotros. De la cabeza a la punta del pie, los músculos y la estructura ósea de las mujeres difieren notablemente de los nuestros en una variedad de formas.

Las mujeres por lo general son más pequeñas que los hombres … los hombres usualmente son 40 por ciento músculo 15 por ciento grasa; las mujeres tienden a tener 23 por ciento de músculo y 25 por ciento de grasa. Los brazos de los hombres son más largos y sus hombros más amplios … La parte de arriba de la cintura es dos o tres veces más fuerte que la de las mujeres kilo por kilo, lo cual da al hombre una enorme ventaja en cualquier actividad o deporte que requiera fuerza, energía muscular (y … coordinación visualespacial).1

Estas diferencias fisiológicas inherentes entre hombres y mujeres demues tran cómo el Creador y el Sustentador del Universo diseño al hombre y a la mujer para que se complementaran el uno al otro (en lugar de competir). Pero la diferencia de géneros entre tu esposa y tú va más allá de la estructura anatómica.

Otra, quizá aún más importante, área de entendimiento con la cual debes familiarizarte, es la de las distintas funciones y responsabilidades bíblicas que Dios ha dado a la mujer. Al paso que estudias estas funciones específicas de la mujer cristiana, habrás ganado una mejor percepción y entendimiento de la naturaleza femenina de tu mujer. Entender el grado hasta el cual Dios le ha dado distintas responsabilidades a tu esposa que a ti te ayudará a apreciar los matices de la diferencia entra la masculinidad y la feminidad.

Rol de la Mujer/Responsabilidad

Referencia Bíblica

Ser una ayuda idónea

Gen. 2:18 Y el SEÑOR Dios dijo: No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea.

Ser sumisa a su esposo

Ef. 5:22 Las mujeres [estén sometidas] a sus propios maridos como al Señor.

Glorificar a su esposo

1 Cor. 11:7–9 Pues el hombre no debe cubrirse la cabeza, ya que él es la imagen y gloria de Dios; pero la mujer es la gloria del hombre. Porque el hombre no procede de la mujer, sino la mujer del hombre; pues en verdad el hombre no fue creado a causa de la mujer, sino la mujer a causa del hombre.

Reverenciar a su esposo

Ef. 5:33 En todo caso, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo, y que la mujer respete a su marido.

Adornarse a sí misma con espíritu de humildad y serenidad

1 Pedro 3:3, 4 Y que vuestro adorno no sea [únicamente] externo: peinados ostentosos, joyas de oro o vestidos lujosos, sino que sea el yo interno, con el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno, lo cual es precioso delante de Dios.

Ser pura y respetuosa en su conducta

1 Pedro 3:2 al observar vuestra conducta casta y respetuosa.

Ser sabia y bondadosa en palabra (y de corazón)

Prov. 31:26 Abre su boca con sabiduría, y hay enseñanza de bondad en su lengua. (Lucas 6:45 “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo que es bueno; y el hombre malo, del mal tesoro saca lo que es malo; porque de la abundancia del corazón habla su boca.”)

Una mujer anciana debe ser:

Reverente en su conducta

No esclava del vino

No calumniadora

Enseñar lo que es bueno

Enseñar a las jóvenes

Tit. 2:3–4 Asimismo, las ancianas deben ser reverentes en su conducta: no calumniadoras ni esclavas de mucho vino, que enseñen lo bueno, que enseñen a las jóvenes a que …

Una mujer joven debe ser:

Amorosa con su esposo

Amorosa con sus hijos

Prudente

Pura

Hacendosa en el hogar

Amable

Sujeta a su esposo

Tito 2:5 [las mujeres ancianas deben animar a las mujeres jóvenes] a ser prudentes, puras, hacendosas en el hogar, amables, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada.

Estructura Característica

Referencia Bíblica

Fue hecha del hombre

1 Cor. 11:8 Porque el hombre no procede de la mujer, sino la mujer del hombre;

Fue hecha para el hombre

1 Cor. 11:9 pues en verdad el hombre no fue creado a causa de la mujer, sino la mujer a causa del hombre.

Fue hecha después del hombre

1 Tim. 2:13 Porque Adán fue creado primero, [y] después Eva.

Su inclinación es controlar a su esposo4

Gen. 3:16 A la mujer dijo: “… tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti.”

Es más fácil de engañar

1 Tim. 2:14 Y Adán no fue el engañado, sino que la mujer, siendo engañada completamente, cayó en trasgresión.

Debe verse a si misma como el cuerpo y a su esposo como su cabeza5

Ef. 5:23 Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia, siendo Él mismo el Salvador del cuerpo.

Entendiendo a tu mujer particularmente

No todas las mujeres son iguales. Mientras que tu esposa, sin duda, tiene ciertas características femeninas consistentes con otras de su mismo sexo, ella también tiene otras características distintivas que la hacen única. Como ya he explicado, tienes que aprender acerca de sus necesidades, sus deseos, sus intereses, sus metas, sus sueños, sus gozos, sus pesares, sus miedos, sus problemas, su manera de pensar, sus motivaciones, sus sentimientos, sus dones espirituales y sus tentaciones. Tu trabajo es entender las particularidades e idiosincrasias que forman su personalidad y vivir con ella de acuerdo a eso. Esos “defectos de personalidad” que son inconsistentes con el carácter de Cristo, necesitarás, paciente y amorosamente, limpiarlos purificándola “por el lavamiento del agua con la Palabra” (Ef. 5:26). Esas características que te irritan pero que no son inconsistentes con la Escritura, tendrás que aprender a soportarlas (mostrándole paciencia en amor de acuerdo a Ef. 4:2). Aquellas características que muestran el carácter de Cristo que ella tiene tendrás que elogiarlas (Prov. 31:28–29).

“Está bien. Me haz convencido. No he estado viviendo con mi esposa con entendimiento. Tengo que comenzar a hacerlo, pero es una tarea ardua, y no sé cómo empezar.”

¿Por Dónde Comienzo?

Quizá el mejor punto de partida sea que aprendas a hacer las preguntas precisas. Se ha dicho que “las preguntas son para la comunicación como la comida es para la alimentación.” Necesitas una para lograr eficientemente la otra. La habilidad de hacer las preguntas apropiadas es una destreza en la que debes convertirte en un experto si quieres “sacar” de tu esposa la información necesaria para vivir con ella con entendimiento y experimentar la intimidad de “una sola carne” que Dios desea para tu matrimonio. Recuerda: la revelación es un pre-requisito para cualquier relación. Entre más te revelas a ti mismo frente a tu esposa y entre más logres animarla a ella a que se revele a ti (haciendo las preguntas precisas), mayor será la intimidad que lograrás. A continuación presentaré algunas preguntas básicas con las cuales puedes empezar a entrevistar a tu esposa.

Preguntas Sugeridas para Edificar la Intimidad

1. Si pudieras cambiar tres cosas de mí que me hicieran más como Cristo, ¿cuáles serían?

Esta primera pregunta probablemente te llevará horas de conversación. Al enfocarte primero en tus propias debilidades y sacar la viga de tu propio ojo (cf. Mt. 7:1–5) no sólo demostrarás humildad, sino harás que le sea más fácil a tu esposa revelarse a ti posteriormente. Tu esposa probablemente esté bien consciente de los defectos de tu carácter tienen que ser cambiados. Puede ser incluso que ella esté más consciente de ellos que tú. Tu pecado necesita ser discutido al responder esta pregunta. Tus rasgos personales (defectos de carácter) que son inconsistentes con el carácter de Cristo, deben de ser corregidos con la gracia de Dios. Esto no es negociable ni opcional. Si ella presenta evidencia que te convence de tu pecado (cf. 2 Tim. 3:17), debes reconocer ante ella tu trasgresión y con la ayuda de Dios (y la de ella) empezar a sustituir esos patrones pecaminosos con sus alternativas bíblicas.6

2. ¿Tengo algunos hábitos molestos o peculiaridades irritantes que te gustaría que cambiara?

Además de señalarte las deficiencias de carácter que la Biblia dice que de bes cambiar, tu esposa podría tener otras sugerencias que debes consid erar concerniente a otros asuntos. Probablemente existan cosas personales molestas y hábitos que has desarrollado, que aunque no necesariamente pecaminosos, tienden a irritarla. Eso incluye cosas como cierta ropa con la que te vistes, tus hábitos de aseo personal y/o la carencia de ciertas cualidades sociales. Aunque tu esposa debe ser paciente contigo, por el deseo de agradarla (1 Cor. 7:33) deberías considerar esforzarte en corregir esos estos hábitos. Tu disposición a discutir estos asuntos con ella le demostrarán tu amor y posiblemente le darán esperanza.

3. ¿Qué sientes cuando yo … (menciona algo que tú sabes que le molesta)? Una vez que descubres exactamente lo que ella quiere que cambies, puedes empezar a animarla a que ella se revele a ti. Te sugiero que empieces preguntándole acerca de sus sentimientos. Nosotros los hombres tendemos a no enfatizar tanto las emociones que Dios nos ha dado como lo hacen nuestras esposas. Claro que como cristianos, no debemos tomar decisiones basados en nuestros sentimientos; más bien debemos de aplicar principios bíblicos en cada situación. Hacerlo de otra manera es peligroso porque nos conduce a una vida guiada por los sentimientos, no por la obediencia. Nuestros sentimientos nos pueden desviar y nos tientan a no responder bíblicamente a los problemas y presiones de la vida.

“Bueno, podría habértelo dicho ya. Las mujeres son más emocionales que los hombres y son engañadas por sus emociones, así que ¿para qué molestarse en hablarle de sus emociones? Si le pregunto cómo se siente ¿acaso no estimulo más sus emociones en lugar de ayudarla a pensar lógicamente?”

En efecto lo harás si simplemente escuchas sus sentimientos sin ayudarla a relacionar esos sentimientos con sus pensamientos, sus acciones y la Biblia. No debes ignorar el lugar de los sentimientos de tu esposa, entendiendo que le han sido dados por Dios.

¿Te has detenido a considerar que el dolor7 causado emocionalmente puede ser una cosa buena? Así como el dolor físico puede ser bueno porque te permite saber que algo en tu cuerpo está mal, el dolor causado emocionalmente puede ser bueno porque te permite saber que algo está mal con tu manera de pensar. Ansiedad, miedo, enojo, soledad, depresión, desesperación, todos estos sentimientos quizá indican que existe un problema profundo en la vida que necesita ser tratado. Este tipo de dolor es frecuentemente síntoma de un problema más profundo. Esta es la razón por la que la terapia con drogas es en gran medida inefectiva para el tratamiento prolongado de los llamados “desórdenes emocionales”- sólo trata los síntomas y no la causa del problema: acciones y pensamientos pecaminosos.

Son las 3:30 de la mañana y estás profundamente dormido. El detector de humo de tu cuarto altera tu profundo sueño e interrumpe tu tranquilidad con 103 decibeles del sonido desagradable de la alarma de humo. Tu corazón palpita; respiras rápidamente mientras la adrenalina en tu cuerpo activa casi todos los nervios de tu ser. “¿Qué hago?” piensas, mientras tratas de acallar la alarma. “Lo sé, ¡pondré la almohada sobre mi cabeza, mis dedos en mis orejas, y trataré de recuperar el sueño!” Unos segundos pasan. Te das cuenta que tu solución no va a funcionar. Vuelves a reconsiderar mientras que el ruido del detector de humo hace que te enojes más. Finalmente, en tu desesperación buscas bajo la cama el zapato más grande que encuentras, apuntas hacia el detector de humo y le das con el zapato haciéndola añicos. “Finalmente, podré ir a dormir,” piensas, mientras dejas en su lugar el zapato y vuelves la cabeza a la cama olvidándote totalmente del fuego que activó el detector de humo …

Tratar los llamados “dolores emocionales” con medicamentos psicotrópicos (o terapia de electroshock, o compulsión por comer, o ir de compras) sin tratar de descubrir la causa del dolor, es tan necio como quebrar el detector de humo sin tratar de apagar el fuego. Usualmente, cuando localizas y extingues el fuego en tu vida (pensamientos y comportamientos incorrectos), el ruido insoportable de las emociones perturbadoras eventualmente cesará. Mientras animas a tu esposa a discutir sus sentimientos de esta manera (con el propósito de ayudarla a identificar y extinguir cualquier fuego en potencia en su vida) no sólo estarás “viviendo con ella de una manera comprensiva” sino estarás preparando el camino para “lavarla con el agua de la Palabra” (ver capítulo 9). Quizá, a estas alturas será útil repetir con tus propias palabras los sentimientos que ella te está expresando. Quizá tengas que intentarlos más de una vez antes de que lo expreses de una manera que la convenza que verdaderamente la estás entendiendo.

“Ahora déjame ver si esto está claro, cuando no te pongo atención en público tú te sientes ABCDWXYZ”

“No,” dice ella, “cuando no me pones atención en público me siento ABCDEFG”

“¡OH! ¡ABCDEFG! ¿Eso sientes cuando no te pongo atención en público?”

“¡Exactamente!”

Otra razón por la cual es tan importante para ti entender sus sentimientos es porque su dolor, quizá en parte, es resultado de tu pecado. Si entiendes hasta dónde la hiere tu rudeza quizá eso te motive a dejar de ser rudo con ella en el futuro. Desde luego, (y más importante), para que tu arrepentimiento sea genuino, debes tambien entender que tu pecado ha ofendido a Dios y no sólo a tu esposa (Sal. 51:4).

4. ¿Qué es lo que pasa por tu mente cuando yo … (menciona alguna cosa que sabes que le molesta)?

Habiendo pedido a tu esposa que te revele sus emociones, estás listo para inquirir acerca de sus pensamientos. Anímala a que sea totalmente sin cera y franca contigo. Pídele que te dé cuenta palabra por palabra de sus pensamientos. Deberías de nuevo buscar ver el impacto que tu comportamiento ha tenido sobre tu esposa. Como su líder espiritual, debes estar consciente de cualquier patrón pecaminoso de pensamiento que ella te revele en este proceso. En primer lugar, sin embargo, debes estar dispuesto a sacar la viga de tu propio ojo – confesando y abandonando el pecado en tu vida que ella te ha mostrado.

¿Sabías que tienes la habilidad de hablarte a ti mismo en un promedio de 1,300 palabras por minuto? Piensa en esto. En 10 segundos puedes decirte a ti mismo una docena de mentiras. El problema con la mayoría de nosotros es que nos escuchamos a nosotros mismos más de lo que nos hablamos. Así es – más que “hablar verdad en nuestros corazones” (Sal. 15:2), y ser “transformados mediante la renovación de nuestra mente” (Rom. 12:2), “poniendo todo pensamiento en cautiverio a la obediencia de Cristo” (2 Cor. 10:5), nos predicamos a nosotros mismos, a un promedio de 1,300 palabras por minuto, las mentiras, falsedades y fabricaciones de nuestro engañoso corazón. En lugar de escuchar pasivamente cuando nos decimos a nosotros mismos cosas como, “No puedo hacer nada bueno,” deberíamos activamente exhortarnos a nosotros mismos de esta manera: “¡No, no debo decir ‘no puedo’ cuando Dios dice que debo hacerlo! ¡Todo lo puedo en aquel que me fortalece! A continuación otros pocos ejemplos comunes de las cosas anti-bíblicas que nos decimos.

• “Probablemente me veré como un tonto”

• “Si la gente no me ama, seré una persona miserable”

• “Cometer errores es terrible”

• “No puedo controlar mis emociones”

• “Debo luchar para ser mejor que otros”

• “Es incorrecto mostrar debilidad”

• “Nunca debería dañar a nadie”

• “No puedo hacer algo a menos que lo sienta”

• “Jamás cambiaré”

• “Jamás podré vencer este hábito”

• “Soy un fracaso”

• “Jamás lo perdonaré”

• “Mi matrimonio jamás funcionará”

• “Podría decir algo que me ponga en vergüenza”

Cuando tu esposa te revela este tipo de patrón pecaminoso de pensamiento, debes ayudarla a que aprenda a pensar bíblicamente: Por lo demás hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en eso meditad. (Fil. 4:8). Sin embargo, al mismo tiempo no minimices las evaluaciones negativas que ella tenga de si misma. Explóralas y trata con ellas.8

5. ¿Qué quieres de mÍ que no te doy?

Esta pregunta va más allá de los sentimientos y pensamientos y te ayuda a obtener información acerca de sus motivos. La Biblia tiene mucho que decir acerca de nuestros motivos. Considera este verso en Hebreos 4:12 “Porque la Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón” (vs. 12). La Biblia es necesaria para diagnosticar con precisión no solamente nuestros pensamientos, sino también nuestras intenciones.

“Vivir con tu esposa de una manera comprensiva” implica entender los deseos que generan sus pensamientos, palabras y acciones. Sus deseos quizá sean justos o injustos. Ella quizá, por ejemplo, tiene un deseo justo para tener más intimidad contigo y por lo tanto se decepciona cuando no te comunicas lo suficiente con ella. (Por supuesto, si su decepción se vuelve un enojo o ansiedad no justo, quizá se deba a que ella desea una buena cosa desmesuradamente). Por otra parte, si ella te está presionando para tener un trabajo mejor pagado porque ella “quiere que le compres un nuevo Jaguar deportivo con dos plazas” quizá sus deseos son injustos.

Un esposo comprensivo es aquel que hará cualquier esfuerzo razonable para proveerle a su esposa no sólo lo que necesita, sino también lo que legalmente desea, siempre que pueda hacerlo sin pecar (lee Rom. 8:32 a la luz de Ef. 5:25).

6. ¿Qué quieres ver que cambie específicamente en mí en esta área … (menciona algo que sabes que le molesta)?

Alerta: No hagas esta pregunta a menos que estés comprometido a realizar cualquier esfuerzo razonable para cambiar (ya sea implementando sus sugerencias o siguiendo las tuyas propias basadas en la Biblia). En la mayoría de los casos tu esposa ya ha empezado a pensar en las cosas específicas que ella desearía ver que implementaras. De hecho, probablemente ella ya te ha hecho esas sugerencias en distintas maneras en el pasado (aunque quizá no le has puesto atención en el tiempo debido). Si la respuesta a esta pregunta es general y abstracta (“Necesitas ser más considerado conmigo”) lejos de que sea específico y concreto (“No tires tu calcetines en el piso y esperes que los recoja por ti”) pídele que sea más específica. Ser “inconsiderado” es abstracto. “Calcetines en el piso en vez del cesto” es concreto. Una respuesta requiere que adivines lo que le molesta. La otra te da la información exacta que estás buscando. Una no da en el blanco. La otra da exactamente en el centro del objetivo.

7. En una escala del uno al diez ¿Cómo calificarías nuestro matrimonio?

Esta pregunta está diseñada para darte alguna idea sobre cómo estás llevando a cabo tus responsabilidades como esposo. También indicará qué tan feliz es tu esposa contigo. No te sorprendas si tu esposa califica tu relación con ella significativamente menos que tú. La razón para eso tiene que ver con el hecho de que ella está haciendo un mejor trabajo en satisfacer tus necesidades de lo que tú para satisfacerla las de ella. Dios hizo a tu esposa para ser una ayuda idónea. Por ser mujer, ella probablemente es más conciente de cómo ayudarte (Gen. 2:18) y agradarte (1 Cor. 7:34) de lo que tu eres para hacerlo con ella. Después de su relación con Dios, tú eres su primera prioridad en la vida (o al menos deberías serlo). Ella debe ser la tuya. Muchos hombres, después de cumplir exitosamente el reto de asegurase una esposa, con frecuencia buscan otros retos como el de tener éxito en sus vocaciones u ocupaciones. Como esposo cristiano no debes hacerlo. No debes permitir que nada, excepto tu relación con Cristo, se convierta en una prioridad mayor que la de ministrar a tu esposa.9

8. ¿Qué se necesitaría para que nuestro matrimonio estuviera en diez?

Una vez más debes animar a tu esposa a que sea lo más específica posible. Y no hagas esta pregunta si no eres serio en tu deseo de implementar sus ideas. Asegúrate de preguntarle cómo cree que cada sugerencia beneficiaría el matrimonio si no es totalmente claro para ti. Ella quizá tenga algunos puntos de vista que tú ya hayas examinado. También sería de gran ayuda para ella poner las sugerencias en orden de prioridad desde la más importante a la menos importante. Recuerda, como tu ayuda, ella tiene información vital que tú necesitas para hacer del matrimonio un diez.

9. ¿Cuál es tu opinión acerca de ?

Es una pregunta pequeña pero está cargada. Déjame explicarte cómo tu esposa estará tentada a pensar si no haces esta pregunta regularmente.

“Mi corazón está lleno de todo tipo de cosas interesantes. Tengo bastantes ideas buenas, creencias, convicciones, planes, esperanzas y sueños. Lo que soy como persona es proporcional a lo que pienso en mi corazón. Lo que hay en mi corazón es lo que soy como persona ante Dios. Parece ser que mi esposo no le interesa lo que hay en mi corazón. Pienso que eso significa que no se preocupa por mí. Puede ser que la causa sea que no le gusta lo que me ha oído decirle con corazón. Si a él no le interesa lo que está en mi corazón, entonces no le gusto. Si él rechaza lo que hay en mi corazón, entonces me rechaza. Me siento tan rechazada y herida porque me doy cuenta de que mi esposo no me ama.”

Antes de que te burles de esta “lógica femenina”, recuerda que es posible que pensando de manera lógica puedas llegar a una conclusión errónea si tus presuposiciones no son bíblicas. Más aún, si no estás interesado en las opiniones de tu esposa, de acuerdo a la Biblia, su conclusión es parcialmente correcta: realmente tú no la amas. Verás, como 1 Corintios 13 explica, el amor bíblico no es orgulloso (no piensa que puede hacer cada una de sus decisiones sin afectar a otros), no es envidioso (no le importa sólo el impacto que la decisión tendrá para sí mismo), y se regocija en la verdad (constantemente busca la verdad y es feliz cuando descubre la verdad, aun cuando la encuentra en el corazón de otro y no en el suyo).

Además de obtener su opinión en referencia a tus decisiones, debes aprender a obtener su criterio sobre cosas como juicios que tú haces, sus percepciones, puntos de vista e intuiciones acerca de gente que ambos conocen (especialmente tus hijos), tus áreas fuertes y tus debilidades como cristiano, esposo, padre, hombre de negocios, etc., y sobre cómo aplicas porciones específicas de la Escritura a tu vida y la de tu familia.

10. ¿Qué metas personales tienes para tu vida? ¿Qué tanto puedo ayudarte a conseguirlas?

“Y los dos serán una sólo carne y Yo soy el único, ¡y no lo olvides!” Esa es la actitud con la cual muchos hombres entran al matrimonio. Tu esposa tiene metas propias, muchas de las cuales te benefician a ti y a sus hijos directamente, algunas otras te benefician indirectamente, sino es que todas. Ser un esposo compresivo (un amoroso siervo-líder) involucra seguir Fil. 2:3, 4 (dos de los versículos más difíciles en toda la Biblia para muchos).

Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás.

Tu esposa tiene intereses a los que debes estar atento. Ella tiene objetivos que le gustaría alcanzar que deben permitirle ser una mujer cristiana más piadosa y satisfecha (cf. Prov. 12:14; 14:14). Tales metas quizá incluyan perder peso, memorizar las Escrituras, cambiar un mal hábito, ser una mejor pareja, aprender a pintar o a jugar golf, tomar unos cursos universitarios, comenzar algunos negocios en casa o leer un libro en particular. Cuando tú inviertes tiempo en hablar con ella acerca de cómo alcanzar esos objetivos (y estás dispuesto a sacrificar algunos de tus recursos para llevarlo a cabo), estás considerando a tu esposa más importante que tú mismo.

Los esposos algunas veces cometen el error egoista de esperar que sus esposas no hagan nada excepto lo relacionado a ser esposas y madre de sus hijos. Sí, estas son responsabilidades primarias que Dios les ha dado; sin embargo, si ella lo hace satisfactoriamente, ¿qué bases bíblicas tienes para evitar que se involucre en otras actividades legalmente-escriturales? Si sus deseos están de acuerdo con las Escrituras y si puede perseguirlos sin violar principios bíblicos, uno de las cosas más amorosas y desinteresadas que puedes hacer es ayudarla a alcanzar esas metas personales que tienen poco o nada que ver con que esté casada contigo.

11. ¿Tienes algunas necesidades o deseos que crees que debería llenar o satisfacer mejor de lo que hago? ¿Cuáles son?

¿Conoces la diferencia entre deseo y necesidad? Deberías. Hoy en día la literatura cristiana está llena en referencias a la “necesidad” de los hombres (y de las mujeres). ¡Ten mucho cuidado! No existen tantas necesidades verdaderamente bíblicas como muchos autores suponen. De hecho, con pocas excepciones, tú podrías (y deberías) sustituir la palabra “deseo” por la palabra “necesidad” en tu lectura,; si lo haces serás más preciso teológicamente.

“¿Entonces cuál es la diferencia?” La diferencia entre necesidades y deseos es si la Biblia lo identifica o no como una necesidad. Como Jesús lo señaló a Marta “Sólo algunas cosas son necesarias, en realidad sólo una.” Lo que más necesitamos nosotros es sentarnos a los pies de Cristo y escuchar Su Palabra- “no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:4). Cualquier cosa que las Escrituras no identifican como una necesidad (i.e. 1 Tim. 6:8 “Y si tenemos con qué comer y con qué cubrirnos, con eso estaremos contentos.”) debe de ser llamado propiamente deseo. Si tu esposa está confundida con la diferencia entre estos dos términos, debes ayudarla a distinguir entre ellos.

Como proveedor de tu esposa (Ef. 5:23), debes considerarte responsable de velar que sus verdaderas necesidades estén siendo atendidas. De hecho, es Dios quien te está usando como proveedor para esas necesidades. Por supuesto, ultimadamente, ella debe depender de Dios para su satisfacción puesto que tú no puedes satisfacer todo lo que ella necesita. Es posible que tengas que ayudarla a depender de Dios en las cosas que tú no puedes proveerle. En cualquier caso, como su líder amoroso, debes esforzarte plenamente para satisfacer todas sus necesidades y deseos legítimos que sea posible sin pecar en el proceso.

Estas once preguntas deberían ayudarte a empezar. Recuerda que ésta es sólo una lista de sugerencias. Algunas de estas preguntas pueden serte útiles para comenzar a crear un catálogo personalizado de preguntas a tu esposa. Deberás añadir preguntas a esta lista hasta que te vuelvas diestro en preguntar cosas que produzcan una íntima comunicación constructiva. Después de leer cada capítulo, ¿por qué no te tomas unos momentos para desarrollar tu propia lista de preguntas que quisieras añadir? (basándote en el contenido de cada unidad).

Preguntas Que Me Gustaría Hacerle

1. Si pudieras cambiar tres cosas de mí que me hicieran más como Cristo, ¿cuáles serían?

2. ¿Tengo algunos hábitos molestos o peculiaridades irritantes que te gustaría que cambiara?

3. ¿Qué sientes cuando yo …? (menciona algo que tú sabes que le molesta)

4. ¿Qué es lo que pasa por tu mente cuando yo …? (menciona alguna cosa que sabes que le molesta)

5. ¿Qué quieres de mí que no te doy?

6. ¿Qué quieres ver que cambie específicamente en mí en esta área …? (menciona algo que sabes que le molesta)

7. En una escala del uno al diez ¿Cómo calificarías nuestro matrimonio?

8. ¿Qué se necesitaría para que nuestro matrimonio estuviera en diez?

9. ¿Cuál es tu opinión acerca de ?

10. ¿Qué metas personales tienes para tu vida? ¿Qué tanto puedo ayudarte a conseguirlas?

11. ¿Tienes algunas necesidades o deseos que crees que debería llenar o satisfacer mejor de lo que hago? ¿Cuáles son?

Agrega tus propias preguntas …

1 Dianne Desimone and Jo Durden Smith, Sex and the Brain, (New York: Arbor House 1983), p 93

4 Compare Gen. 3:16 con Gen. 4:7 (RV60) que dice: “Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? Y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo [esto es “su deseo es controlarte”] y tú te enseñorearas de él.” La construcción gramatical en hebreo es idéntica en ambos versos. Ver capítulo 13 para una amplia discusión.

5 Ella debe ver a su esposo así como un brazo, una pierna o un pie ven a la cabeza. Debe de seguir el liderazgo, la dirección y el consejo de su esposo, quien es la cabeza espiritual

6 Los cristianos no rompen con los malos hábitos- los reemplazan con hábitos bíblicamente apropiados. Esto es, ellos “se despojan del viejo hombre” y “se visten del nuevo hombre” (cf. Ef. 4:22–24). Mucho más que comprometerse a no mentir jamás, un cristiano hace su meta convertirse en un experto en decir la verdad. “Por tanto, dejando a un lado la falsedad, hablad verdad cada cual con su prójimo, porque somos miembros los unos de los otros.” (Ef. 4:25).

7 Puesto que todo dolor es físico, es probablemente mejor decir “dolor causado emocionalmente” que la frase común “dolor emocional.”

8 Para información de cómo hacer esto, escucha mi mensaje How to Help Those Who are Convinced They Have a Poor Self Image (Cómo Ayudar a los que Están convencidos que Tienen una Baja Auto-estima) el cual esta disponible a través de Calvary Press Tel. (800) 789-8175.

9 El bosquejo de Ef. 5:18–6:9 provee prioridades bíblicas para el cumplimiento de nuestras responsabilidades. 1. Tu relación con Dios (ser controlado por el Espíritu) 2. Tu relación con tu cónyuge. 3. Tu relación con tus hijos y 4. Tu relación con tus jefes y empleados (tu trabajo).

Priolo, L. (2012). El marido integral: Guía práctica para ser un esposo bíblico (pp. 27–48). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

EL PERRO DE LOS ALPES

22 mar 2016

EL PERRO DE LOS ALPES

por Carlos Rey

a1Ocurrió en las nevadas cumbres de los Alpes. Un esquiador, tras una aparatosa caída, había quedado inconsciente en una hondonada llena de nieve. Su muerte era inminente, ya que estaba congelándose poco a poco. En ese estado lo encontró un gran perro San Bernardo, uno de esos animales adiestrados para rescatar a personas perdidas.

El perro vio el cuerpo inerte y, a fin de que le diera el sol, escarbó la nieve hasta descubrir por completo al hombre. Luego se echó a su lado, haciendo que el calor de su cuerpo fuera descongelando a la víctima. Así pasaron un par de horas. Cuando volvió en sí, el hombre abrió los ojos y procuró formarse un juicio sobre la gravedad de su condición. Creyendo que el perro que tenía a su lado era un lobo, sacó el cuchillo y lo hundió en el costado del noble animal.

Con gran esfuerzo, el perro se levantó y echó a andar hacia su refugio. Cuando llegó al albergue donde estaban sus dueños, a duras penas rasguñó la puerta con las patas antes de morir tendido en la nieve. Al hombre, que lo había matado por ignorancia, lo rescataron de una muerte segura. El fiel perro murió en el intento de devolverle la salud y la vida a aquel ingrato que no tenía conciencia de lo que pasaba.

Una noche, hace unos dos mil años, se oyó el llanto de un niño recién nacido. Ocurrió en el pueblo de Belén, que se encontraba en la Palestina gobernada por el Imperio Romano de aquella época. Ese niño, Dios hecho hombre, murió en una cruz treinta y tres años más tarde con una mortal herida en el costado. Dio su vida por la de aquellos que —ya fuera por descuidos, por errores, por faltas, por ingratitud o por necedad— estuvieran en peligro de muerte eterna.

Jesucristo, el Hijo de Dios, murió para que nosotros tengamos vida. Esa es la gran verdad del evangelio, la buena noticia de Jesucristo, el gran mensaje divino. Tal parece que toda vida nueva ha de nacer en medio del dolor y de la sangre. Así como aquel hombre que quedó inconsciente en la nieve de los Alpes mató, sin saberlo, al ser que le salvaba la vida, también nosotros, prácticamente muertos en nuestras transgresiones y pecados, somos los responsables de la muerte de Cristo. Él dio su vida para que nosotros recobráramos la salud espiritual y tuviéramos vida abundante y eterna.

¿Cómo podemos pagarle ese gran amor? Simplemente reconociendo, con suma gratitud, el supremo sacrificio que hizo por nosotros, y apropiándonos de la salvación que compró con su sangre, esa sangre que manó de su costado a causa de la herida mortal que nosotros le hicimos.

http://www.conciencia.net/

EXPRESAR EL DOLOR CONTROLADAMENTE

EXPRESAR EL DOLOR CONTROLADAMENTE

a1Reciba un cálido saludo, amiga, amigo oyente. Bienvenida, bienvenido al estudio bíblico de hoy. Estamos estudiando el tema del valle de la muerte. Ya hemos visto que el dolor es quizá el elemento más común dentro del valle de la muerte. Salir victoriosos del valle de la muerte, con todo el dolor involucrado, no es tarea fácil, aun para los que tenemos la esperanza viva de la cual nos habla la Palabra de Dios. Por eso es necesario dar los pasos adecuados para no sucumbir ante el dolor. El primer paso es aceptar la pérdida o separación, como algo real. Negar la realidad no conduce a nada bueno, amable oyente. Dicen que avestruz esconde su cabeza en la arena cuando detecta peligro inminente. Negar la realidad de una pérdida o separación sería como esconder la cabeza en la arena. Nada sacamos con eso. Por el hecho de no querer ver el problema, el problema no va a desaparecer. En el proceso de aceptar la pérdida o separación como algo real ayuda mucho saber que el Señor Jesucristo es el único que sabe exactamente como nos sentimos. Es bueno tener a la mano alguien que sepa comprendernos. También ayuda mucho saber que el amor de Dios es inalterable. Aunque nuestras emociones agitadas por el dolor nos induzcan a pensar que Dios ha dejado de amarnos, debemos aceptar por fe el testimonio de la palabra de Dios cuando dice que nada ni nadie, inclusive la muerte, pueden separarnos del amor de Dios. También ayuda mucho saber que Dios está listo para llevar nuestro dolor sobre sus hombros. En esta ocasión, hablaremos de otra etapa dentro del sendero del dolor.

En nuestro estudio bíblico último, vimos que es importante aceptar la pérdida o separación como algo real. No ayuda en nada negar que se ha sufrido una pérdida o separación de cualquier índole. Ahora bien, el mero hecho de aceptar la realidad de una pérdida no va a eliminar automáticamente el dolor. Todo lo contrario, más bien va a hacernos más sensibles al dolor y ciertamente vamos a experimentar dolor en mayor magnitud. Aquí es justamente donde entra la segunda etapa de la senda por el valle del dolor. Simplemente dice así: Exprese controladamente el dolor que siente. No son pocos los creyentes que piensan que expresar dolor de cualquier forma es sinónimo de inmadurez o falta de fe. Una vez fui invitado al funeral de una hermana en la fe. En la sala de velación estaban los hijos de esta hermana en la fe. Todos ellos eran creyentes gracias a Dios. Algunos de ellos expresaban su dolor con llanto callado. Pero había uno en particular que daba la impresión como que estuviera desconectado de lo que estaba pasando. No es que se estaba riendo o burlándose de los demás, o algo por el estilo, sino simplemente estaba con un semblante estoico, como si fuera de piedra. Tratando de ser de algo de ayuda, le pregunté: ¿Cómo te sientes? Me sorprendió tanto su respuesta. Me dijo: David, por dentro estoy destrozado por la partida de mamá, pero veo aquí tanta gente que no conoce al Señor, que no puedo expresar mi dolor, porque si lo hago, la gente que no conoce al Señor va a pensar que el cristianismo no sirve para nada en la hora de la muerte. Esta fue la ocasión propicia para mostrar a este hermano que expresar el dolor con llanto, no está fuera de lugar de ninguna manera en la vida cristiana. Cuando Pablo habla a los Tesalonicenses sobre el arrebatamiento de la iglesia, dice en una parte lo siguiente: Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Pablo no está diciendo que los creyentes de Tesalónica no debían entristecerse ante la muerte de un ser querido. Tampoco Pablo está diciendo que los creyentes de Tesalónica deberían transformar en un circo las ceremonias fúnebres por sus seres queridos. Pablo dice que está bien para los creyentes entristecerse por los que han muerto, pero la tristeza no debe desbordarse. No debe ser como la tristeza que experimentan los incrédulos quienes no tienen esperanza para el más allá, para la vida después de la muerte. Pero los creyentes tenemos esperanza y esta esperanza nos ayuda a no expresar el dolor descontroladamente, pero no elimina el dolor como para reír en medio de un funeral. Así que, amable oyente, expresar el dolor con lágrimas, en una manera controlada, es legítimo para el creyente. No es en ninguna manera sinónimo de inmadurez espiritual o falta de fe. El llanto es beneficioso para el corazón adolorido, amable oyente. El llanto actúa como una válvula de escape para desfogar la angustia interior que resulta del dolor. No crea el dicho popular que los machos nunca lloran. No es verdad. Pero además del dolor, pueden haber también otras emociones en la persona que ha sufrido alguna pérdida o separación significativa. Puede ser que haya tristeza, ira, culpa, ansiedad, soledad, fatiga, desánimo, duda. Procure identificar estas emociones en su ser y expréselas de una manera adecuada. Quizá podría hablar de eso con Dios en oración. Dígale a Dios que se siente triste por la ausencia de su ser querido. Dígale a Dios que está enojado por lo que ha pasado, inclusive admita que siente ira contra la persona que murió porque le ha dejado con un vacío tan grande que no sabe como llenarlo. Así es, no esconda nada. Dígale a Dios que se siente culpable por alguna situación particular. Dígale a Dios que se siente solo, cansado, desanimado, con duda. Enfrente estas emociones. No las esconda. Si las esconde, estas emociones van a fermentar dentro de usted y algún momento van a explotar dejando muertos y heridos en el camino. Mucho bien haría a las personas que piensan que los creyentes no deben llorar cuando muere un ser querido, el pensar que la Biblia registra que el Señor Jesús como varón de dolores y experimentado en quebranto, expresó con llanto sus emociones. Cuando murió Lázaro, María vino en llanto y se postró a los pies de Jesús diciendo: Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano. ¿Será que Jesús reprendió a María por llorar? Será que Jesús dijo a María: Mujer de poca fe, ¿Por qué lloras? Nada de esto. Ponga atención a lo que dice el texto en Juan 11:33-36 Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió,

Joh 11:34 y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve.

Joh 11:35 Jesús lloró.

Joh 11:36 Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba.

Esta fue la reacción de Jesús, amable oyente. Jesús expresó con llanto el dolor que sentía dentro, aún sabiendo que en cuestión de instantes, iba a resucitar a su amigo Lázaro. Si Jesús lloró por un amigo que murió, cuánto más nosotros por un ser querido que muere. Jesús también se entristeció en gran manera muchas veces, no sabemos si al punto de derramar lágrimas, pero ciertamente expresó su dolor de una manera controlada. Todo esto, amable oyente, para reforzar la idea que expresar las emociones mediante el llanto o alguna otra forma controlada de expresión, es algo legitimo para el creyente y de ninguna manera afrenta a Dios o es sinónimo de inmadurez espiritual o de falta de fe o de esperanza. Pero es apropiado también señalar que el desborde descontrolado de las emociones no es una conducta apropiada para un creyente. Está bien derramar lágrimas por el dolor que causa la separación temporal de un ser querido, pero de allí a rasgarse las vestiduras y poner ceniza sobre la cabeza, al puro estilo de los israelitas del Antiguo Testamento hay mucha diferencia. La diferencia radica esencialmente en la esperanza que tenemos los creyentes y la desesperanza que tienen los incrédulos. Para el creyente, la muerte, aunque causa dolor, sin embargo no es el fin de todo, porque está la esperanza de volver a ver al ser querido en la gloria, pero para el incrédulo, la muerte es el fin de su oportunidad para arreglar el problema de pecado con Dios y esto significa la entrada a la condenación eterna. Aunque el incrédulo no sepa de esto en detalle, instintivamente sabe que la muerte es el comienzo de separación eterna y esto le arrastra a expresar su dolor en una forma descontrolada. En conclusión, amable oyente, el transitar por el sendero del dolor, implica una capacidad para expresar el dolor controladamente. No es malo llorar, malo es no llorar, porque las emociones están contenidas y pueden causar mucho daño.

 

1-Guía Práctica Para Ser un Esposo Bíblico

EL MARIDO INTEGRAL

Guía Práctica Para Ser un Esposo Bíblico

Por Lou Priolo

Capítulo Uno

DESEARÍA QUE ELLA VINIERA CON UN INSTRUCTIVO

a1Tu carro viene con uno. También tu televisión, tu estéreo, tu cámara y tu computadora. Qué lástima que tu esposa no venga también con un instructivo.1 Imagina lo fácil que sería vivir con ella, si viniera con un libro de instrucciones en el cual pudieras encontrar lo que necesitas saber para mantenerla saludable, feliz ¡y al máximo de su capacidad!

Si tuvieras un manual de esta índole, te proveería información esencial sobre las mujeres en general. Pero te daría otros datos valiosos como la información específica de tu producto (tu mujer en particular), instrucciones para el mantenimiento, direcciones para leer sus parámetros e indicadores emocionales, instrucciones de limpieza, advertencias sobre los riesgos e incluso una sección completa sobre “Cómo Resolver Problemas.” Pero tu esposa es una mujer, y las mujeres no vienen con un instructivo – ¿O sí?

Permíteme decirte un pequeño secreto poco conocido: tu esposa viene con un manual. Tú nunca lo has visto porque está metido en su corazón. Muy dentro de su corazón está la información necesaria para entenderla y cuidarla de acuerdo a la Biblia2. Sólo hay algo que debes entender. Tú eres el que debe sacarla. Así es, tu trabajo es sacar esa valiosa información de su corazón, y si fuera necesario, ponerla por escrito. “Como aguas profundas es el consejo en el corazón del hombre, y el hombre de entendimiento lo sacará.” (Prov. 20:5). La responsabilidad de ser entendido te la da Dios en 1 Pedro capítulo tres.

“1 Pedro, capítulo tres – ¡Amo ese pasaje! ¿No es allí donde dice que la mujer debe mantenerse callada?”

Bueno, sí, pero yo no me refiero a esos versos (1 & 2). Yo quiero hablarte del verso siete. “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 Pedro 3:7, RV60). La Biblia pone sobre ti la carga de vivir sabiamente como esposo. Tú eres quien debe tomar la iniciativa para obtener de tu esposa la información necesaria para desarrollar y mantener la intimidad como una sola carne que Dios ha determinado que tengas con ella. Elisabeth Elliot en su libro The Mark of a Man (La Marca de Un Hombre), explica el concepto del hombre como iniciador:

“Lo importante que como hombre debes recordar … es que una mujer no puede responder apropiadamente a menos que el hombre sea apropiadamente el iniciador. Él debe tomar la iniciativa para que ella lo siga, como en un baile. La voluntad de cada uno para ejecutar los ‘pasos’ que han sido ensayados es lo que da libertad a la otra persona.”3

“¡Está bien! ¡Me convenciste! Así que mi trabajo es entenderla. Pero ¿Cómo saco esa información, ese instructivo fuera de su corazón?”

Bueno, para empezar, tienes que entender la perspectiva bíblica del matrimonio y la importancia de la comunicación para la relación marital.

Un Pacto de Compañerismo

Muchos creen que el propósito del matrimonio es la propagación de la raza humana. Pero el matrimonio fue diseñado por Dios para lidiar con el asunto de la soledad (Gen. 2:18–24). El SEÑOR Dios dijo:” No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea.”

En su libro, Marriage, Divorce and Remarriage in the Bible (Matrimonio, Divorcio y Recasamiento), Jay Adams desarrolla este concepto:

Dios hizo a la mayoría de nosotros para que estuvieramos solos sin una relación íntima con quien vivir. Dios proveyó a Eva no sólo (o primariamente) como ayuda para Adán (aunque la ayuda es una dimensión de esa compañía), sino como su compañera. Él también, como todos los demás esposos desde entonces (como veremos), debía proveerle compañerismo a ella. En la Biblia, el matrimonio es descrito en términos de una compañía. En Proverbios 2:17, por ejemplo, se nos dice que “… la mujer extraña … deja el compañero de su juventud, y olvida el pacto de su Dios.” La palabra traducida “compañero” en este verso tiene la idea de “uno que es domesticado” (es usado hablando de domesticar animales), o “uno que tiene una cercana e íntima relación con alguien.” Obviamente es difícil establecer una relación cercana con un animal salvaje, pero uno puede estar cerca de un animal domesticado. La idea central tiene que ver con una relación cercana e íntima. Y eso es exactamente lo que la compañía marital es: la relación cercana e íntima del esposo y la esposa.

El concepto del matrimonio como compañía aparece también en Malaquías 2:14 con un término diferente pero complementario: “El SEÑOR ha sido testigo entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has obrado deslealmente, aunque ella es tu compañera y la mujer de tu pacto.” Ahora, la palabra aquí traducida compañera tiene como idea central unión o asociación. Una compañera, entonces, es alguien con quien entras en una unión o relación cercana. Al unir estos dos términos obtenemos un entendimiento completo de la idea de compañía. Una compañera es alguien con quien tú estás íntimamente unido en pensamiento, metas, planes, esfuerzos, y en el caso del matrimonio, cuerpos.4

Estos dos pasajes juntos, hacen claro que para ambos, esposo y esposa, el compañerismo es el estado ideal. En proverbios, el esposo es llamado el compañero (mostrándonos que también provee compañía para su esposa); en Malaquías, es la esposa quien es designada como tal. Para ambos entonces, entrar en el matrimonio debería significar el deseo de satisfacer el uno al otro la necesidad de compañía. El amor en el matrimonio se enfoca en darle al cónyuge la compañía que él/ella necesita para eliminar la soledad.

Para que este compañerismo sea establecido, mantenido y alcance madurez, hay algo de suma importancia que es requerido.

La Revelación es un Prerrequisito para la Relación

¿Alguna vez te has detenido a considerar que de no ser por la Biblia, nunca hubieses podido tener una relación personal con Dios a través de Jesucristo? Piensa en eso. De no ser por la revelación escrita que Dios da de sí mismo al hombre, no sabrías lo suficiente para convertirte en cristiano. En la medida en que Él se revela a sí mismo a través de la Biblia (y que tú entiendas esa revelación), puedes tener una relación íntima con Él. En la medida en la que Él no se revele a sí mismo a través de la Biblia (o que no entiendas esa revelación), no puedes tener una relación personal con Él. La revelación, por lo tanto, es un prerrequisito para tener una relación. Esto es verdad no sólo en tu relación personal con Dios, sino también con la gente.

En la medida en que dos personas se revelen a sí mismas la una a la otra, ellas podrán tener una relación íntima. En la medida en que no se revelen a sí mismas, no podrán tener una relación íntima. Ahora, puesto que el matrimonio es la más íntima de las relaciones interpersonales, es razonable que un esposo y su esposa, si han de experimentar la intimidad (compañía) de “una sola carne” diseñada por Dios, deben revelarse el uno al otro más que a nadie. En todo nivel (físico, intelectual, emocionalmente, etc.) ellos deben estar “desnudos y sin vergüenza” (Gen. 2:25). Tristemente, con demasiada frecuencia éste no es el caso. De hecho, a causa del pecado, los esposos y las esposas se avergüenzan y tienen miedo de revelarse el uno al otro. Esta falta de apertura y honestidad (falta de revelación) evita que muchas (me atrevo a decir, bastantes) parejas (aun cristianas) experimenten la seguridad, frescura y felicidad que Dios ha planeado para ellos en el oasis del matrimonio.

¿Qué con respecto a ti? ¿En qué medida te revelas como eres a tu esposa? ¿Te sientes avergonzado y temeroso? ¿Acaso la envidia, el orgullo, la indolencia o la ignorancia evitan que le reveles esa información a tu esposa?

¿En qué medida se revela a ti tu esposa? ¿Se siente ella avergonzada y temerosa también? ¿Acaso el miedo, la envidia, el orgullo, la pereza o la ignorancia le evitan revelarte esa información a ti?

Estorbos a la Revelación

1. Miedo

Quizá el estorbo más grande para revelarnos abiertamente sea el miedo.

Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales. Y oyeron al SEÑOR Dios que se paseaba en el huerto al fresco del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia del SEÑOR Dios entre los árboles del huerto. Y el SEÑOR Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás? Y él respondió: “Te oí en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí.” (Gen. 3:7–10)

Adán y Eva fueron azotados por el miedo y se escondieron de Dios al darse cuenta que estaban desnudos. Así también los esposos y las esposas son frecuentemente asolados por el miedo y esconden lo que verdaderamente son cuando se dan cuenta de la pecaminosidad de sus corazones. Las parejas cristianas que son una sola carne y están comprometidos a la santificación mutua no deben temer a la vergüenza y el rechazo. De hecho, deberían darse cuenta que en el matrimonio de dos pecadores ambas partes pecarán. Lejos de ser sorprendidos cuando el pecado ocurra deben presuponer que es inevitable (1 Juan 2:1). Lejos de ocultar el pecado el uno del otro deben sentirse libres de revelar sus luchas internas con la esperanza de encontrar ayuda para vencerlas. El esposo, como la persona que debe lavar (santificar) a su esposa con el agua de la Palabra de Dios (Ef. 5:26), y la esposa, como la ayuda de su esposo, son llamados a participar activamente en el proceso de santificación progresiva de sus respectivos cónyuges.

2. Egoísmo

Existe un verdadero corolario en la Biblia entre el miedo pecaminoso y el orgullo. Las personas que son egoístas tienden a ser miedosas. Las personas que son miedosas son necesariamente egoístas. Quizás la mejor manera para demostrar esto es estudiando la antítesis de ambos pecados. De acuerdo a las Escrituras, lo contrario (y un antídoto en contra) del miedo pecaminoso es el amor. 1 Juan 4:18 explica “En el amor no hay temor; sino que el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor involucra castigo, y el que teme no es hecho perfecto en el amor.” Pero el amor es lo opuesto (un antídoto en contra) del pecado del egoísmo. De acuerdo a 1 Cor. 13:5 el amor “… no busca lo suyo [no es egoísta] …” Puedes tratar de ver esto como una ecuación.

Ahora mira lo que pasa cuando sacas el amor de ambos lados de la ecuación.

Otra manera de demostrar la misma relación bíblica entre miedo y egoísmo es por definición. Considera esto:

Amor

es estar más interesado con lo que puedo dar que con lo que pueda obtener.

Egoísmo

es estar más interesado con lo que puedo obtener que con lo que pueda dar.

Miedo

es estar más interesado con lo que pudiera perder, que con lo que puedo dar.

Cuando permites que el miedo al rechazo de tu esposa te impida amarla de modo que no le muestras lo que es bíblicamente necesario que ella sepa de ti, estás siendo egoísta. En es momento, estás más interesado en cómo lo que le reveles pueda herirte que en cómo ayudar a tu esposa. Cuando fallas al amar a tu esposa (tu prójimo más cercano) de esta manera, simultáneamente fallas en amar a Dios, y por lo tanto quebrantas el primer y el segundo mandamiento (al amar a Dios y tu prójimo cf. Mt. 22:35–40).

3. Orgullo

El pecado del orgullo trae el más severo e inmediato juicio de parte de Dios. Te ciega ante otros pecados en tu vida y evita que te arrepientas de ellos. El orgullo es el Síndrome de Inmunodeficiencia adquirida (SIDA) del alma. Cuando una persona muere a causa de haber adquirido SIDA, realmente no muera a causa del SIDA. Más bien muere de enfermedades complicadas a causa del SIDA (neumonía, tuberculosis, meningitis, etc.). A diferencia de una catarata, el virus del SIDA de alguna manera ciega los ojos del sistema inmunológico de sus víctimas. Esto evita que su sistema inmunológico vea y consecuentemente destruya los virus y bacterias que al final de cuentas lo matará.

Como el SIDA, el orgullo te ciega no sólo de ti mismo, pero también de otros pecados escondidos en lo más profundo de tu corazón y de tu vida. Te hace odiar la corrección y la reprensión. Te esconde de tu pecado, justifica tu pecado, excusa tu pecado, y evita que te arrepientas de tu pecado. Te engaña haciéndote pensar que estás espiritualmente bien, cuando de hecho tienes un cáncer fatal y estás en la necesidad desesperada del Bálsamo del Gran Médico.

Escucha a Richard Baxter, el gran escritor puritano, describir (en mi versión contemporánea) la patología de esta terrible plaga del alma.

El orgullo es una raíz profunda y un pecado que se auto preserva; por lo tanto es más difícil de eliminar y desarraigar que otros pecados. Se esconde para no ser descubierto … No permite que el pecador vea su orgullo cuando es reprobado; tampoco deja que lo confiese cuando lo ve; ni … que lo aborrezca o lo abandone … Aunque reconozca las evidencias del orgullo en otros, no lo ve en sí mismo. Cuando siente desprecio por la reprensión sabiendo que es una señal de orgullo en otros, no lo ve en sí mismo. Si tú tratas de curar a una persona orgullosa de cualquier falta, sentirás como si estás lidiando con una avispa o una culebra; pero aun mientras escupe el veneno de su orgullo contra el que lo reprende, la persona orgullosa no se da cuenta de su orgullo. Este veneno es una parte de su naturaleza y por lo tanto no siente que es dañino o tóxico … 5

Antes de la caída, Adán y Eva estaban desnudos y no tenían vergüenza (Gen. 2:25). Esto no se refiere sólo al hecho de que no usaban ropa. Primordialmente habla de la total apertura, honestidad y franqueza que gozaban antes de que su orgullo les hiciera esconder sus pecados. En definitiva, lo que impide a un esposo y esposa gozar la intimidad de “una sola carne” que Adán y Eva conocieron en el jardín del Edén es el orgullo. Es tu orgullo el que se resiste a revelar a tu esposa las cosas que te avergüenzan. Ella por ser tu esposa tiene la necesidad bíblica de saber ciertas cosas de tu vida que afectan tu relación con ella. Por ser ella tu ayuda tiene la necesidad bíblica de saber ciertas cosas de tu vida que afectan tu relación con Dios (recuerda: Si Dios quiere que tu esposa creyente te ayude con algo ¡es que seas un mejor cristiano!) Cuando tú orgullosamente te resistes a revelarle estas cosas pecas contra Dios, contra tu esposa y contra tu matrimonio.

4. Pereza

Si vas a tomar seriamente los mandamientos que Dios te da como esposo, necesitarás invertir una cantidad considerable de tiempo, esfuerzo y reflexión para estudiar e implementar los pasajes específicos de la Escritura que he tratado de trazar en este libro. Es probable que tengas que cambiar tu manera de pensar, actuar, hablar y priorizar tus otras responsabilidades. Quizás tendrás que cambiar para dejar de ser una persona guiada por los sentimientos6—que hace lo que sus sentimientos le dictan y deja de hacer lo que no le dictan – para ser una persona obediente – que hace lo que la Biblia requiere, tenga deseos o no. Estos cambios serán difíciles al principio, pero recuerda, existe algo más difícil que cambiar – no cambiar: Proverbios 13:15 dice “… el camino de los transgresores es duro.” (RV60). Así que tienes una opción: trabajar duro ahora con la esperanza de la bendición de Dios en el futuro, o seguir el camino “fácil” ahora sabiendo que te espera un camino difícil por recorrer bajo la disciplina de Dios en el futuro.

5. Ignorancia

¿Alguna vez te has detenido a considerar que el hombre era dependiente del consejo de Dios aun antes de caer en pecado? Si Adán necesitaba de la sabiduría de Dios en el huerto del Edén sin haber caído, ¿Cuánto más necesitas tú de Su sabiduría mientras intentas amar a tu esposa y vivir con ella con sabiduría?

Ahora, si aún piensas que vivir sabiamente con tu esposa es imposible puede ser porque ignoras, no sólo las Escrituras, sino también el poder de Dios. Jesús una vez dijo acerca de otro asunto:

¿No erráis por esto, porque ignoráis las Escrituras, y el poder de Dios? (Marcos 12:24)

En primer lugar, puede ser que no te des cuenta que las Escrituras te ordenan entender a tu esposa. 1 Pedro 3:7 no es un consejo, una recomendación o una sugerencia. Es un mandamiento. En otras palabras, ¡tienes que aprender cómo entender a tu esposa!

En segundo lugar, puedes ser que no entiendas el poder de Dios. Siempre que veas en la Biblia un mandamiento que parece imposible de obedecer, debes recordar que Dios nunca pide a un cristiano obedecerle sin la provisión de tres fuentes poderosas.

• Dios promete darte sabiduría para obedecerle.

Pero si alguno de vosotros se ve falto de sabiduría, que la pida a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. (St. 1:5)

Si no sabes cómo obedecer debes pedirle a Dios que te enseñe. Esta promesa es primero porque usualmente es necesario saber cómo obedecer a Dios antes de poder hacerlo.

• Dios promete darte la capacidad para cambiar.

Porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para su beneplácito (Fil. 2:13).

Conforme caminas en fe para obedecer lo que Dios ha mandado en Su Palabra, Él provee el poder necesario para hacer lo que antes te parecía imposible. Santiago dice que el hacedor de la Palabra será “bienaventurado en lo que hace” (Stgo. 1:25).

• Dios promete darte el deseo de cambiar.

Porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para su beneplácito (Fil. 2:13).

Es después de que has obedecido lo que has aprendido que probablemente experimentarás el deseo de caminar en obediencia a las Escrituras.

Estas tres promesas son hechas sólo a los cristianos quienes en dependencia del Espíritu de Dios y en conjunción con Su palabra, las reciben e implementan. Mientras lees este libro, aprenderás cómo entender mejor a tu esposa y cómo cumplir mejor tus responsabilidades bíblicas hacia ella.

¿Puedo Guardar una Copia Impresa del Manual?

Sí, pero únicamente con la aprobación de tu esposa.7

Al final de los capítulos dos al trece podrás apuntar en una página separada lo que estés aprendiendo de tu esposa. Estas páginas te ayudarán a aplicar los principios bíblicos discutidos en el capítulo correspondiente. Por supuesto, necesitarás la ayuda de tu esposa para completar la mayoría de ellos. Las páginas quizás deberían ser fotocopiadas antes de completarlas. Después podrías convertirlas en un cuaderno para futura revisión y examen. Este cuaderno “basado en 1 Pedro 3:7” se convertirá en la copia impresa del manual de operación de tu esposa.

Ya sea que elijas hacer una copia impresa del manual o no, te beneficiarás en gran medida llenando mentalmente las páginas adicionales al final de cada capítulo.

1 El concepto de “propiedad” corporal es mutuo en las Escrituras. “La mujer ya no tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposo. Tampoco el hombre tiene derecho sobre su propio cuerpo, sino su esposa.” (1 Cor. 7:4 NVI). Si tu esposa no se siente cómoda con esta terminología, quizá quieras pensar en términos de manual de mantenimiento o manual del operador.

2 En última instancia el instructivo es la Biblia, toda la información esencial que tú y tú esposa necesitan para entender e interpretar la vida está en sus páginas (Salmo 19:7; 2 Pedro 1:3; 2 Tim. 3:16–17).

3 Elliot, Elisabeth; The Mark of a Man, Grand Rapids: Fleming H. Revell, ©1991. Elisabeth Elliot, p. 55, Usado con permiso.

4 Adams, Jay E., Marriage Divorce and Remarriage in the Bible, Grand Rapids: Zondervan, ©1980 by Jay E. Adams, pp. 11–12.

5 The Christian Directory, por Richard Baxter, 1990 (reprint) Ligonier, PA: Soli Deo Gloria, pg. 207

6 Quizás el gran enemigo de una persona indisciplinada (o perezosa) sea “lo que siente.”

7 Tu esposa quizás no se sienta cómoda con tu idea de mantener un diario de lo que estás aprendiendo acerca de ella-especialmente si en el pasado le has dado razones para que no confíe en ti. Si éste es el caso, simplemente haz lo mejor que puedas para aplicar y recordar lo que has aprendido acerca de ella mientras continúas leyendo este libro.

Priolo, L. (2012). El marido integral: Guía práctica para ser un esposo bíblico (pp. 13–24). Graham, NC: Publicaciones Faro de Gracia.

EL PREJUICIO RACIAL Y LA SED DE VENGANZA

21 mar 2016

EL PREJUICIO RACIAL Y LA SED DE VENGANZA

por Carlos Rey

a1(Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial)

—[Obispo Larra,] mi querido prelado… De mí depende la paz de esta plaza… pero debe usted comprender que mi caída del poder significaría la más sangrienta revuelta que jamás haya visto esta colonia….

—Baltasar, Baltasar… No vuele tan alto; ni quiera ser dueño de tantas vidas….

—No intente disimular su derrota. Soy el hombre más poderoso de toda la estancia, y usted, [obispo Larra,] hombre avezado a estas artes, lo sabe muy bien. ¿Por qué soy el más poderoso? Pues le diré: Conozco el miedo que ustedes sienten cada vez que miran a un negro, y puedo lograr, con un gesto, o con mi martirio, una gran cacería de blancos…. El total de negros en la ciudad excede a la población blanca en proporción de siete a uno. Vea usted, mi queridísimo prelado, que soy el dueño de vidas y haciendas….

—Baltasar…, si las autoridades se tornan en su contra, el desenlace, tanto para su pueblo como para el mío, será la más terrible destrucción.

—Esas consideraciones no me interesan. Me interesa humillar a los blancos, a los verdugos de mi padre…. La humillación del blanco es la única libertad que desea el negro.

—Pertenece usted[, Baltasar,] a los más temibles humanos. Su lógica es implacable, y no se compadece de las muy humanas debilidades.

—Tiene usted razón, mi querido prelado. Me limito a jugar con las pasiones ajenas. La vida de los hombres no es para mí un reclamo de compasión, sino la oportunidad de ejercitar mis habilidades.1

En esta novela dramatizada que lleva por título La renuncia del héroe Baltasar, el escritor puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá recrea un ficticio levantamiento de esclavos en la isla de Puerto Rico, protagonizado por una figura situada entre el mito y la historia, el indomable personaje Baltasar Montañez. Es una historia que no fue, pero pudo haber sido, una historia que teje la trama de un falso siglo dieciocho en el que se vislumbra el fin próximo del régimen colonial y de la esclavitud. Mediante el atrevido diálogo con que la relata, Rodríguez Juliá penetra en el mundo sombrío del prejuicio racial a fin de que comprendamos el extremo al que es capaz de rebajarse el ser humano con relación al prójimo.

Por una parte, vemos el extremo de la discriminación racial de un grupo hacia otro grupo al que menosprecia; por otra parte, vemos el extremo de la sed de venganza que consume a un poderoso miembro del grupo esclavizado que ha sido víctima de semejante injusticia. Y todo esto a pesar de la clara enseñanza de la Palabra de Dios siglos atrás, en la que hemos tenido la solución a todos los conflictos en las relaciones humanas: que amemos al prójimo como a nosotros mismos,2 aun en el caso extremo de que sea nuestro enemigo;3 y que dejemos que sea Dios quien nos vindique y defienda nuestra causa. Porque así como no hay nadie que ame a todos por igual más que Dios mismo,4 que nos creó a todos iguales,5 tampoco hay nadie que juzgue a todos por igual con más justicia que ese mismo Dios que dijo: «Mía es la venganza; yo pagaré.»6


1 Edgardo Rodríguez Juliá, La renuncia del héroe Baltasar, Editorial Cultural (Harrisonburg, Virginia, EE.UU.: Banta Company, 1986), pp. 31‑33.
2 Lv 19:18; Mt 19:19; 22:39; Mr 12:31; Lc 10:27; Ro 13:9; Gá 5:14; Stg 2:8
3 Mt 5:43; Lc 6:27,35; Ro 12:20
4 Jer 31:3; 33:11; Jn 3:16; 15:13; 1Jn 3:1,16
5 Gn 1:27; 5:1-2; Nm 15:15; Job 33:6; Gá 3:28
6 Dt 32:35; Ro 12:19; Heb 10:30-31 (véanse Sal 94:1-2; Is 63:4; Jer 15:15; 20:12; Nah 1:2-3; Stg 4:12)

http://www.conciencia.net/

NO TE QUEDES AHÍ

NO TE QUEDES AHÍ

Pablo Martini
Programa No. 2016-03-20

a1Al  espacio de tiempo anterior a que Cristo viniera a nuestro mundo se le llamó la dispensación de La Ley, por estar caracterizada por aquel evento cuando Dios entregó a Moisés los diez mandamientos escritos por su propio dedo  en tablas de piedra. Eran las altas normas de ética y moral de parte de Dios, era el código divino que marcaba el estándar o estilo de vida aceptado por Dios. Estándar que ni el propio Moisés fue capaz de cumplir, mucho menos los demás mortales. Pero entonces, ¿para qué Dios da una ley a sus criaturas si Él mismo que las creó sabe que están imposibilitados de cumplirla?… Dios no nos dio su ley para que la cumplamos sino para que reconozcamos que no podernos cumplirla y busquemos su asistencia. La ley es como el rayo X que revela que tienes cáncer pero no puede curarte o como la balanza en tu baño que te dice que has aumentado otro kilo pero no puede ayudarte en nada a que bajes de peso. En el caso del rayo X deberás ir al médico y en el de la balanza a la dietista. Pero lo peor que puedes hacer es quedarte ahí, impotente diciendo: “No puedo, no puedo, no puedo”. Si en verdad intentas cumplir a cabalidad la ley de Dios tendrás que reconocer que no puedes.

Cristo vino y aumentó aún más el peso de esa ley cuando dijo: “Moisés os ha dicho no matarás, pero yo os digo: cualquiera que odie en su corazón a su prójimo es un homicida. Moisés dijo No adulterarás, pero Yo os digo: cualquiera que mira a una mujer para codiciarla en su corazón es un adúltero.” ¿Lo ves? La ley de Cristo es aún mucho más exigente que la ley de Moisés, entonces decimos todos: “Y ahora ¿quién podrá defendernos?… Es cuando aparece en escena, majestuoso, Jesús, el Único que fue capaz de cumplir la ley y hoy nos ofrece su vida para que la vivamos y la disfrutemos en gloria para Dios. No te quedes ahí parado, Sí, se puede.

PENSAMIENTO DEL DÍA:

La ley es como un espejo, te revela que estás sucio pero no puede limpiarte.

 

11-La historia de una joven atrapada por una secta

La historia de una joven atrapada por una secta

por L.M.

a1(En este capítulo presentamos la triste pero verídica historia de una muchacha de dieciséis años, escrita por ella misma, una muchacha que se unió a una semisecta. Sugerimos que el lector intente ponerse en el lugar de ella y preguntar: ¿Qué hubiera podido hacer para no quedar atrapada en ese grupo? ¿En qué fallaron sus padres y los líderes de la iglesia a que fielmente asistía antes de comenzar en La Capilla? ¿Qué hizo el grupo semisectario para atraer a tantos jóvenes? ¿Hay lecciones para nosotros?)

La siguiente es una crónica de mi experiencia con una iglesia que denominaré La Capilla, de donde fui miembro durante un año. Creo que se ha incrementado el número de personas con experiencias similares a la mía, y por eso comparto este testimonio.

Crecí en un hogar cristiano. Mi padre era anciano en nuestra iglesia y mamá tenía parte activa en la congregación. Yo regularmente asistía a la iglesia con ellos. Leía la Biblia, oraba, creía en Dios y en Jesús como Hijo de Dios y Señor de mi vida, y pienso que mi vida reflejaba ese hecho.

Mis experiencias en La Capilla comenzaron cuando yo tenía sólo dieciséis años. Mi grupo de Muchachas Exploradoras contaba con una nueva líder un poco mayor que yo. Durante una reunión nos invitó a asistir a la iglesia con ella. La mayoría ya asistía a su propia iglesia, por lo que nadie prestó atención a su invitación, pero ella con persistencia comentaba cuán hermosa era esa iglesia donde se reunía y con insistencia nos animaba a ir. Algunas veces nos acosaba individualmente. En parte para apaciguarla pero más que nada para que dejara de invitarnos, acepté la invitación. Fue una gran experiencia. Me sentí muy «enganchada» con los cultos. Las personas siempre sonreían y parecían felices. La reunión era de un estilo espontáneo y realmente me atraía. La congregación, que en un 90% constaba de jóvenes universitarios, cantaba con un entusiasmo como nunca había visto antes, y todos tomaban notas durante el sermón. Después del servicio todos se abrazaban y conversaban; no disparaban a sus casas como en otras iglesias a las que había concurrido. Daba la impresión de que todos en un momento u otro se presentaban, conversaban, e invitaban a seguir concurriendo. Me preguntaron si había oído sobre algo llamado «charla espiritual» que estaba a cargo del copastor de la iglesia. Todos deseaban saber si yo había convenido en asistir a esa charla el martes siguiente.

Ese día en la iglesia había varias estudiantes de la secundaria con quienes había tenido trato superficial; sólo sabía sus nombres. Al día siguiente en la escuela cada una de ellas se me acercó en algún momento del día y preguntó si yo pensaba ir a la «charla espiritual» el martes y a una fiesta el miércoles por la noche. Yo estaba muy impresionada porque esta gente, a quien casi no conocía, me pedía que asistiera a las actividades de la iglesia. Lo pedían de tal manera que casi me sentía obligada a decir que sí.

Pronto empecé a asistir regularmente. Aún era muy feliz con mis propias creencias; simplemente quería asistir a esa iglesia pero sin involucrarme demasiado. Sin embargo, mi líder del grupo de Muchachas Exploradoras constantemente me pedía que me uniera a ellos. Había asistido sólo dos domingos cuando durante la invitación al concluir el culto, me presionó a que pasara adelante. Cuando le dije que no sentía la necesidad de hacerlo se sintió herida, y esa tarde conversamos nuevamente. Siguió insistiendo en yo debía hablar con el pastor de la iglesia. Por mi parte, no veía la necesidad de hacerlo ya que me sentía cómoda con lo que yo creía. Pero ella continuaba insistiendo, y al concluir el servicio el pastor mismo vino a pedirme que fuera a conversar con él. Yo sólo sonreí, preguntándome por qué me presionaban tanto.

Ante otra invitación del pastor, un domingo dije: —Bueno, sí.

—¡Qué bien! —respondió él—. ¿Qué te parece el miércoles a las cuatro?

Tenía una cita con el pastor.

Comenzó con una charla amena haciéndome preguntas sobre mi vida, mis pasatiempos, la escuela y luego sobre mi relación personal con Dios. Eran preguntas enfáticas: cuánto oraba, cuánto leía la Biblia, si creía que lo que decía la Biblia era verdad. Un estigma sentí en mi. Cuando me preguntó si me había bautizado, respondí que a los nueve años. Entonces me explicó que según Gálatas 3:26, Hechos 2:38 y 1 Pedro 3:21 uno no puede ser cristiano hasta que se bautiza correctamente. Dedujo que mi bautismo no era correcto y que por lo tanto yo no era cristiana. Agregó que el solo hecho de creerme cristiana no significaba que lo fuera. Cuando le hablé de los años en que yo había hecho todo lo posible para seguir el ejemplo de Cristo, «tapó» todo eso con el versículo de Gálatas 2:11, donde dice que el hombre no es salvado por sus obras sino por fe. Cuando le respondí que tenía fe en Cristo, me dijo que si así fuera hubiera sido bautizada en Cristo como Él deseaba. Me señaló Marcos 16:16: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado». Para cada pregunta mía él tenía una respuesta con muchos versículos de la Escritura que parecían apoyarla. Su forma de actuar y de hablarme era tal que casi empecé a creer en lo que decía. Al finalizar nuestra conversación me preguntó si deseaba ser bautizada para así llegar a ser cristiana. Yo precisaba tiempo para pensarlo, de modo que concertó una cita para el lunes siguiente y me dio una lista de Escrituras para estudiar. Me animó a tener antes del lunes estudio bíblico y oración con mi líder de las Muchachas Exploradoras.

Me retiré de su oficina confundida, no creyendo en todo lo que había dicho pero sí dudando de mi salvación. Necesitaba tiempo para estar sola y pensar. En el colegio mis nuevas amigas de la iglesia se acercaron; eran muy amables, caminaban juntas conmigo hasta la clase, comían conmigo y volvíamos juntas a mi casa todos los días. A menudo me encontraba con mi líder de Muchachas Exploradoras para conversar, estudiar la Biblia y orar. Casi todas las noches asistía a un culto en la iglesia.

En la próxima cita pastoral y sin mis «amigas guías» me sentí muy confundida. Ricardo, el pastor, afirmó que mi bautismo era el primer y más importante paso para ser cristiana. Yo no estaba del todo de acuerdo, pero reconocí que para ser miembro de ese grupo debía bautizarme en esa iglesia. Ellos aseguraban no tener membresía y que cualquier cristiano era bienvenido en su confraternidad; sin embargo, eran ellos los que decidían quién es cristiano y quién no. Yo realmente deseaba ser parte de ese grupo; me hacían sentir amada y todos siempre parecían felices y amorosos. Nunca había tenido tantos amigos que me hubieran aceptado aceptaron incondicionalmente. Descubrí que cuanto más hablaba el pastor, más le creía. Dos días más tarde me bauticé. Todos hicieron una fila para abrazarme, besarme y decirme cuán contentos estaban de que finalmente me hubiera convertido en su hermana y qué bueno había sido que Cristo me hubiera mostrado «el camino». Su entusiasmo era contagioso. Una de mis nuevas amigas en el colegio me preguntó si deseaba ser su «compañera de oración». Dijo que todos en la iglesia tenían dos o tres compañeros de oración con quienes se reunían una o dos veces por semana para conversar, estudiar y orar juntos. Ella llegó a ser mi tutora y me empezó a enseñarme más acerca de cómo llegar a ser y seguir siendo cristiana. Conversábamos sobre cómo crecíamos y a quién le testificábamos.

Aprendí que no debía asociarme con «gente que no fuera de nuestra iglesia», a no ser con la intención de invitarlos a asistir a nuestras reuniones. Como mi novio no quiso dejar la iglesia bautista, el pastor me leyó y explicó 2 Corintios 6:14, «No se unan en matrimonio con los que no aman al Señor» (VP). Luego, Biblia en mano, me señaló los puntos doctrinales incorrectos de la iglesia bautista. Como mi novio rehusaba unirse a nuestra iglesia el pastor me aseguró que no era creyente, y que yo debía decidir entre mi novio y la obediencia a Dios.

También tenía dos amigas íntimas, y se me permitía estar con ellas siempre y cuando existiera la posibilidad de que se unieran a la iglesia. De manera que aunque estaba perdiendo a todos mis amigos anteriores, estaba tan entusiasmada con esta nueva y gran iglesia que por el momento no los extrañaba pues estaba haciendo muchas amistades nuevas.

La Capilla virtualmente insumía todo mi tiempo. Los domingos había reuniones mañana y tarde; los lunes por la noche estudio bíblico; martes a la noche «charla espiritual»; miércoles, culto en la iglesia; viernes a la noche, devocional; jueves y sábado eran noches para sociabilidad con otras personas de la iglesia. Además pasaba mucho tiempo con mi compañera de oración y muchas veces salíamos de compras con un grupo de hermanas.

Debido a que estaba tanto tiempo en la iglesia, no sólo me desentendí de mis amigos anteriores sino que no tenía tiempo para otras actividades. Me habían explicado que el estudio bíblico y la comunión con mis hermanos eran más importantes que cualquier otra actividad. No era fácil faltar a un culto de la iglesia; si lo hacía, de alguna manera todos lo sabrían (como explicaré más adelante), lo mencionarían y averiguarían el motivo por el cual yo había faltado. Las personas se ofrecían para llevarme a la iglesia para asegurarse de que fuera. Cualquier actividad que estuviera en pugna con la iglesia no estaba permitida. Yo tocaba en una banda que practicaba miércoles y viernes, y me encantaba; me pidieron que la deje. Recibí permiso del director de la banda para salir más temprano los viernes a fin de no perder los devocionales, pero eso significaba que lo mismo iba a perder los cultos de los miércoles, por lo tanto debí recibir un permiso especial del pastor para poder participar en la banda los miércoles por la noche. De esta manera La Capilla comenzó a absorber mi vida.

Pocas semanas después de haberme convertido en miembro, repentinamente caí muy enferma y debí ser hospitalizada por varias semanas, a lo que siguieron largos meses de recuperación en casa. Las personas de la iglesia eran muy persistentes en sus visitas. Tal es así que mis padres se quejaron y los médicos declararon que era malo para mi salud. Nunca me dejaban sola. Durante dichas visitas querían averiguar qué hacía yo: si continuaba leyendo la Biblia, si invitaba a la gente del hospital a que fuera a la iglesia. Incluso me traían notas de los mensajes del pastor —ya que todos debían tomar notas—, listas de versículos bíblicos que debía memorizar y libros y tratados que pensaban yo debía leer. Durante la visita siguiente me preguntaban qué ayuda espiritual había recibido de esos libros; si no leía cierto libro o no copiaba las notas ni memorizaba los versículos bíblicos, a pesar de mi enfermedad me reprochaban el no usar mi tiempo en forma sabia.

Mi enfermedad se prolongaba, eventualmente hasta las personas más persistentes comenzaron a mostrar menos interés. Como sus visitas eran menos frecuentes, encontré tiempo para reflexionar; comencé a mirar la iglesia desde una perspectiva más objetiva. Un día vino a visitarme un joven y me preguntó si les había testificado a mis padres. Le contesté que los había estado invitando a la iglesia, pero él quiso saber si yo les explicaba cómo salvar sus almas. Mi padre era anciano en su iglesia y mi madre secretaria de la Comunidad de Universitarios, un grupo cristiano evangélico que ministra a los estudiantes universitarios de nuestra ciudad. Yo estaba segura ambos eran verdaderos cristianos y le expliqué esto al joven. Para mi sorpresa, comenzó a refutar punto por punto la doctrina de la iglesia a la que asistían mis padres. Él parecía conocer la doctrina mejor que yo; todo lo «respaldaba» con las Escrituras. Continuó diciendo que La Capilla no tenía tales defectos. Luego comenzó con las mismas críticas a la Comunidad de Universitarios. Su conclusión era que cualquiera que asistiera a esa iglesia o grupo paraeclesiástico no podía ser un cristiano verdadero. Sin haber conocido a mis padres, los consideró paganos.

Dejé que se fuera, asegurándole que les testificaría a mis paganos padres. El hecho de que mi madre fuera secretaria de la Comunidad Universitaria era de mucho interés para La Capilla ya que uno de sus mayores desafíos era convertir a un miembro de la Comunidad Universitaria a quien veían como organización rival. Siendo la hija de la secretaria, se esperaba que yo la «convirtiera».

Sólo le había confiado a este joven la cuestión de mi madre, pero en pocos días los demás miembros de la iglesia lo comentaban conmigo. Lo que me desconcertó fue que tantos lo supieran en tan poco tiempo; por lo tanto quise averiguarlo. Había ocurrido por medio del sistema de «compañeros de oración». Cada miembro tenía al menos un compañero de oración (pero por lo general otros dos) a quien le contaba absolutamente todo sobre sí mismo y sobre todos los demás. Ese compañero de oración luego lo revelaría a otro compañero de oración, quien a su vez lo comunicaba a sus propios compañeros de oración. Cualquier detalle que uno le confiara a un compañero de oración un día lunes, el día viernes se sabría en toda la iglesia. De esa manera los líderes podían controlar a todos.

Fue entonces que comprendí por qué, cuando recién comencé, seis u ocho personas a quienes casi no conocía me habían pedido que me uniera a la charla espiritual. Esto no solamente me había impresionado sino que además había sido un motivo de halago para mí, aunque también había sentido presionada a aceptar sus invitaciones. El sistema también cumple su función entre aquellos que comienzan a «flaquear». En pocos días toda la iglesia lo sabe y comienza a aplicar presión para que el alejamiento no se concrete.

Esperar que yo tratara de decirles a mis padres que no eran creyentes, fue lo que me hizo reconocer que La Capilla creía ser la única iglesia con la doctrina correcta. Todos en La Capilla creían que cualquiera que estuviera involucrado con otro grupo caminaba rumbo al infierno.

El requisito impuesto a los miembros era estudiar la doctrina a fin de que si nos encontrábamos con otro grupo, éstos supieran qué creíamos y nosotros pudiéramos demostrar que la doctrina de La Capilla era la única correcta. Siempre teníamos un argumento preparado sobre cualquier tema, y usábamos los mismos versículos vez tras vez. Cada uno de nosotros aprendía los mismos versículos; no había variación. Si alguno de afuera le hacía una pregunta a algún miembro, obtenía la misma respuesta que podía dar yo o cualquier otro miembro.

A esa altura me di cuenta de que quería dejar esa iglesia. Sin embargo, Julia, mi amiga íntima, se estaba por bautizar. Conociendo las reglas sobre las amistades entre los miembros y los que no lo fueran, reconocí que o bien debía quedarme y mantenerla como amiga, o dejar la iglesia y perder su amistad. Ninguna de las perspectivas me agradaba, por lo tanto decidí hablar con ella y hacerle ver ciertas cosas que yo comenzaba a descubrir en la iglesia. Quería que supiera que yo deseaba seguir siendo su amiga pero estaba planeando retirarme del grupo. Nunca pude llegar a ese punto de la conversación pues ni bien le hice saber mi sentir de que La Capilla no era la única iglesia verdadera, se inquietó tanto que llamó a su compañera de oración, quien a su vez llamó a otros cinco que vinieron al instante. Allí estaba yo, enfrentando a Julia, a sus compañeras de oración y a cinco hombres, todos sentados en círculo alrededor de mí con sus Biblias abiertas. Me aleccionaron sobre cómo y por qué La Capilla era la única iglesia verdadera, y para ello utilizaron todos los versículos que yo había aprendido. Sus argumentos estaban afablemente preparados, y mientras uno se dirigía a mí los otros preparaban el próximo versículo bíblico. No me daban tiempo de mirar los versículos ni de hablar. Alguien me hablaba constantemente; me sentí abrumada y desesperada sin preparación para debatir con ellos. Me interrumpían en la mitad de las frases; cuando a veces me daban la oportunidad de terminar una aseveración, continuaban como si yo no hubiese dicho nada, buscaban un versículo y alegaban: «La Biblia dice que…» y luego me preguntaban si tampoco estaba de acuerdo con la Biblia. Además, durante toda la tarde me clavaron la vista de manera amenazadora.1 Me pusieron tan nerviosa que no lo soporté, y a las 11 de la noche me rendí arrepentida y volví a la iglesia.

Para entonces estaba recobrando la salud y se me requería asistencia regular a los cultos. En los meses siguientes por vez primera hice un estudio de lo que era esa iglesia.

Sólo a los miembros bautizados se les permitía asistir a ciertas actividades. Mi hermano asistía regularmente pero había sido bautizado en otra iglesia y rehusó ser bautizado otra vez, por lo tanto había ciertas actividades a las que a él no lo invitaban. La primera vez que sucedió le pregunté a mi compañera de oración si habría habido una equivocación. Me contestó que como mi hermano no era miembro, no se lo invitaba a reuniones para «miembros solamente». Sorprendida, mencioné que la iglesia alegaba no tener membresía y decía estar «abierta a todos los cristianos». Con sencillez me respondió que mi hermano no era cristiano porque había sido bautizado en una iglesia errada. Después de esto mi hermano dejó de asistir.

Las reuniones para «miembros solamente» se anunciaban por invitación personal, y los que no pertenecían a la iglesia no podían asistir. En éstas se discutían asuntos que tanto ellos como los no miembros no comprenderían, tales como técnicas que se utilizarían al hacer visitación casa por casa. La idea era entrar a una casa con la intención de pedirle al residente que asista a la iglesia. Hay muchos manejos y trampas para manipular a la gente. Una vez que se abre la puerta y si la televisión está encendida, luego de presentarse, inmediatamente hay que demostrar interés en el programa que el otro está mirando.

—Oh, yo justamente estaba mirando este programa —había que decir aunque no fuera cierto—. ¿Le molestaría si me quedo a mirar con usted?

De esa manera una persona completamente extraña se siente obligada a dejar entrar al visitante. Una vez adentro, las instrucciones son ser lo más amable posible, tener conversaciones inteligentes, y tratar de averiguar todo sobre la persona antes de intentar convencerla de asistir a la iglesia. Se nos enseñaba a ir de a dos, ya que si surgía algún argumento religioso, uno de los dos podría hablar mientras el otro buscaba los versículos correspondientes. Si uno no podía pensar en una respuesta adecuada, seguramente el otro podría hacerlo.

Recibíamos instrucciones sobre cómo presionar para conseguir que la gente asista. Nunca había que darles la oportunidad de que se negaran. Debíamos insistir diciendo, por ejemplo: —Pasaré a buscarlos mañana a las 6:45.

Después de salir de ese hogar, debíamos tomar notas cuidadosamente para que la próxima vez la persona se impresione al creer que recordamos todo sobre ella. Era común dejar un efecto personal «olvidado» a fin de que hubiera una excusa para volver y así tener otra oportunidad de hablar con la persona.

Las reuniones exclusivamente para miembros eran también ocasiones para efectuar promesas sobre cuántas personas teníamos intención de invitar cada semana. Frecuentemente recibíamos instrucciones sobre el tema y nos presionaban para que apareciéramos con muchas visitas. Yo me preguntaba si mi presencia habría sido simplemente un número para mi líder de las Muchachas Exploradoras.

Más aún, se nos ordenaba aparentar que siempre estábamos felices. Era extremadamente importante sonreír siempre, y fui criticada por no hacerlo lo suficiente. Se nos decía cuán importante era aparentar interés durante un sermón para impresionar a los visitantes. Se nos indicaba cómo entablar amistad con extraños; cómo hacer para que las personas se sintieran amadas antes de que las invitáramos a la iglesia, cómo cantar con ganas y emoción, también para impresionar favorablemente a las visitas.

Permanecí en La Capilla durante seis meses más, fingiendo; pero no era feliz y quería retirarme. Hace falta una valentía fenomenal para hacerlo. Yo tenía miedo de lo que pudiera suceder. No quería otra escena como la anterior. No quería perder a mis amigos y ya no tenía otros fuera de la iglesia. Parecía no encontrar escapatoria ni a nadie que me ayudara. Necesitaba desesperadamente que alguien hablara conmigo, pero la iglesia había cortado mis vínculos con la gente que no pertenecía a ese grupo exclusivo.

Era difícil para mí confesarle a mis padres que me había equivocado. Sin embargo, cuando lo hice ellos me apoyaron y me animaron a hacer lo que debía. Lo correcto era seguir a Cristo. Había estado viviendo un engaño. También me di cuenta de que mi vida estaba siendo controlada por un grupo de personas en lugar de ser controlada por el Señor. En lugar de seguir las enseñanzas de la Biblia, yo estaba siguiendo las interpretaciones dadas por el pastor y el copastor.

La razón por la cual me quedé tanto tiempo en La Capilla fue mi amistad con Julia; pero cuanto más se involucraba ella en la iglesia, menos tiempo tenía para mí. Finalmente llegué al punto de estar lista para tomar una decisión. Querían manejar mi vida: ellos me decían qué Biblia debía leer, qué amigos podía tener, a qué colegio debía asistir. Por lo tanto casi al año de haber sido bautizada, le comuniqué a mi compañera de oración que me retiraba de la iglesia. Estaba preparada para cuando me preguntara por qué. Cuando lo hizo le di tres razones: (1) Dudaba seriamente de que esa doctrina de salvación fuera bíblica; (2) no creía que el pastor y el copastor fueran las únicas personas que conocieran la verdadera interpretación de la Biblia; (3) creía que hay cristianos verdaderos en otras iglesias.

Ella sacó su Biblia, pero le dije que no se molestara ya que sabía perfectamente bien lo que estaba por decir. Yo había tomado una decisión terminante ante Dios.

Sin embargo, en lugar de sentir el alivio que esperaba, me sentí tensa e insegura. Es difícil describir por qué precisé tanta valentía para retirarme. En parte, porque sabía que por medio del sistema de compañeros de oración muy pronto todos lo sabrían. El sólo pensar que toda la iglesia comentaría y oraría porque yo «renegaba», me acobardaba. Aunque había participado cuando otros habían «renegado», no estaba segura de cuánto podría soportar la presión que ellos pondrían sobre mí para tratar de que yo volviera. Hacía falta valor para no estar de acuerdo con personas a quienes había dedicado un año de mi vida… las mismas que me habían abrazado y asegurado cuánto me amaban. Cuando me retiré de la iglesia, dejé tras de mí el sentido de seguridad. Esa gente había sido una parte tan grande de mi vida, que aunque parezca extraño sentí un gran vacío. Repentinamente no tenía nada que hacer, estaba sola y sin amigos. Decidí tratar de ver si aún podía seguir mi amistad con chicas de la iglesia, especialmente con Julia.

Me integré a la iglesia bautista local y comencé a trabajar allí, caminando con el Señor de la mejor manera posible. Con esto deseaba demostrarle a los miembros de La Capilla que realmente era posible ser un cristiano verdadero sin estar unido a ellos.

Las chicas que asistían a La Capilla continuaban hablándome en la escuela y comiendo conmigo a la hora del almuerzo. Sin embargo, después de seis semanas fue como si mi período de gracia se hubiera extinguido. Un día mi anterior compañera de oración me llamó aparte y abrió su Biblia en 1 Corintios 5:11: «Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis». Prosiguió alegando que yo había rechazado a Cristo como mi Salvador, y con la aprobación del pastor ellas no se asociarían más con personas como yo. Luego me pidió que no me uniera más a la mesa donde almorzaban. Me sentí tan insultada y enfurecida que no pude pensar en nada que decir o hacer. Simplemente me fui. Después me di cuenta de la estupidez de la situación; yo no había rechazado a Cristo, sólo a su iglesia; no había fallado a las expectativas que Dios tenía con respecto a mí, solamente a las que tenían ellos. Dudo que alguna vez le hayan pedido a Dios su opinión sobre la situación. El versículo que utilizaron contra mí fue tomado de contexto en forma grosera. Mi ex amiga nunca me detalló exactamente a qué categoría de 1 Corintios 5:11 pertenecía yo. Yo sabía que no andaba en pecado sexual, no era avara, idólatra, borracha ni ladrona.

Las últimas palabras que me dirigió fueron: «Recuerda que aún te amamos». Palabras interesantes para alguien que me estaba rechazando. Me hicieron reconocer cuán vacío y superficial había sido todo. Cada vez que me habían abrazado, había sido para retenerme en la iglesia. Nunca me habían amado de verdad. Cuando los quise confrontar por sus creencias me esquivaron, incluso Julia que había sido mi buena amiga durante seis años. Por cierto que me sentí profundamente herida, confundida, asustada y enojada. Me habían despojado de un año de vida, de mi novio y de mi amiga íntima. Habían jugado con mis emociones y virtualmente habían controlado mi vida. Deseaba pagarles con la misma moneda, pero cualquier cosa que hiciera o dijera sería tomada como una venganza de mi parte y demostraría que yo era lo que ellos señalaban, una pagana.

Mis padres estaban muy molestos con la situación. Papá llamó por teléfono a los pastores para asegurarse de que estas adolescentes no estuvieran obrando por cuenta propia. Sin embargo, se enteró de que habían recibido instrucciones para hacerlo. Fue doloroso para mí comprender que el pastor que había compartido comidas conmigo, que me daba abrazos después de los cultos y me decía cuánto me amaba en Cristo, hubiera aleccionado a las que fueron mis amigas para que me dieran la espalda. Uno no puede describir con palabras el dolor de experiencias como ésta; sería difícil comprenderlo para una persona que no lo ha vivido. Yo había sido una cristiana fiel y confiada antes de ingresar a La Capilla, y después de esto mi confianza en Dios se vio severamente debilitada. Perdí confianza en la gente por temor a que llegaran a ser tan falsos como la gente de ese grupo.

En conclusión, creo que este tipo de iglesia está perjudicando a muchos. Reconozco que mis experiencias no son tan extrañas ni tan severas como las de otros. Las comparto para advertir a los jóvenes inseguros y solitarios que buscan un lugar donde sentirse cómodos. Los grupos como éste ofrecen lo que aparenta ser amor y aceptación, y a primera vista la iglesia puede parecer hermosa; pero luego los miembros confunden y presionan para que uno se involucre, y recién cuando es demasiado tarde uno reconoce que está siendo parte de una secta. Por otro lado, aquellos que no han tenido una experiencia previa con Dios, pueden desviarse totalmente por este mal ejemplo, creyendo que todas las iglesias son iguales.

Este grupo y otros similares están creciendo rápidamente. Es fundamental preguntarse cómo y por qué están creciendo. Funcionan de esa manera porque para ellos el fin justifica los medios, y lamentablemente están perjudicando a muchas personas vulnerables.

El gnosticismo: trasfondo doctrinal de 1 Juan

El alarmante crecimiento de las sectas en América Latina no es also nuevo. Mucho del Nuevo Testamento está escrito precisamente para contender con herejías. Es así a través de la historia de la iglesia cristiana. Los credos que antes citaban en los cultos de nuestras iglesias fueron elaborados para resolver controversias doctrinales. El gnosticismo es la herejía más perjudicial de los primeros tres siglos de la era cristiana, y en América Latina actualmente está resucitando con otros nombres. Es importante recordar que los gnósticos pretendían ser cristianos; esta secta comenzó dentro de la iglesia.

El fundamento de esta doctrina errónea es el siguiente: La materia física es algo maligno mientras el espíritu es eternamente puro y bueno. El cuerpo humano, siendo materia, es malo. El espíritu humano según ellos es eternamente bueno y no puede ser afectado por lo que uno hace en el cuerpo. La resultante doctrina de la salvación es saber cómo librar al espíritu del cuerpo. La manera gnóstica de lograr salvación es por medio de un conocimiento especial (griego: gnostik,«conocimiento»). Según ellos uno alcanza la salvación por medio de un autoconocimiento («una nueva luz») y no por conocer a Cristo Jesús como Salvador. A su vez la excelencia espiritual no consiste en vivir una vida santa sino en poseer un conocimiento superior. Este conocimiento, argumentan los gnósticos, se les revela el Cristo, mensajero del Dios verdadero, en forma directa. Cristo, según ellos, no es tanto un Salvador sino un revelador que vino para propagar la gnosis secreta a los privilegiados. Esta «nueva» enseñanza de los gnósticos está por encima de la Escritura. Es imprescindible adquirir la nueva luz aunque uno viole los mandamientos de la Escritura o entre en pecado y tinieblas para lograrlo. Para ellos el fin justifica los medios. Como en toda doctrina errónea, ésta ofrece una vía corta o mística para la vida cristiana que no incluye la sencilla obediencia a la Palabra de Dios. Por su puesto, socava la doctrina bíblica de la redención.

La clara enseñanza de Juan que Dios es luz, que no hay ningunas tinieblas en Él (1:5) y que quienes andan en tinieblas no practican la verdad (1:6), contradecía la doctrina de los gnósticos y resultaba ser un bálsamo para el alma de los fieles.

Las dos influencias principales que dieron forma a esta doctrina fueron:

1) Los docetistas1, que negaron la humanidad de Cristo. Una vez más vemos que el error principal de los sectarios tiene que ver con la persona de Cristo y la doctrina de la salvación. Los docetistas alegaban que Cristo sólo parecía tener un cuerpo humano, pero que la realidad era otra. Dicho de otra manera, los docetistas afirmaban que Dios durante su encarnación se había disfrazado como humano temporariamente. Llegaron al extremo de decir que cuando Cristo caminaba no dejaba huellas. El apóstol Juan refuta a sus oponentes con las palabras de 1 Juan 1:1, «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos [énfasis agregado] tocante al Verbo de vida.»

2) Los cerintios,2 que negaron la unidad de las dos naturalezas de Cristo, la divina y la humana. Ésta es la más conocida rama del gnosticismo, y mantenía que el Cristo divino se juntó con el Jesús humano durante el bautismo y lo dejó antes de su muerte. Para resolver un problema creado por su propia doctrina (alegaban que el cuerpo de Jesús también estaba lleno de maldad), decían que el Cristo divino purificó el cuerpo de Cristo mientras vivía en él.

Consecuencias en la vida de la iglesia

Consideremos ahora estas doctrinas malignas y apliquémoslas a la vida cristiana para ver sus consecuencias. Un error doctrinal no solamente deja su impacto inmediato sino además lo que llamo una «herencia» para las generaciones venideras. Tal es el caso del gnosticismo. En primer lugar, debido a que pocos realmente pudieron entender (o adquirir) el conocimiento especial para librar el espíritu del cuerpo, aparecieron dos niveles de personas en la iglesia: los «espirituales» (que pudieron librar el espíritu del cuerpo malo) y los «no espirituales» (que nunca encontraron la luz mística y especial requerida para librar su espíritu del cuerpo). El primer grupo llegó a la conclusión de que estaba bien no amar, menospreciar y hasta odiar al segundo grupo porque de todas maneras no eran «espirituales». A través del tiempo esta herejía ha adquirido otros nombres, y toma nueva vida cuando en una congregación alguien afirma haber recibido una nueva luz o unción, un conocimiento especial, una nueva enseñanza que los demás no tienen. Juan combate este error con las siguientes palabras: «Pero la unción que vosotros recibisteis de él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; así como la unción misma os enseña todas las cosas, y es verdadera, y no es mentira, según ella os ha enseñado, permaneced en él» (1 Juan 2:27). «Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (1 Juan 4:20).

La segunda consecuencia, igualmente devastadora, es culpar al cuerpo físico de sus propios pecados desenfrenados, como la inmoralidad. Los gnósticos razonaban diciendo que el espíritu —siendo eternamente bueno— no podría ser manchado por lo que el cuerpo —siendo eternamente malo— hiciera. ¿Qué se podía esperar de algo tan malo? Estaban resignados a aceptar que no existía manera de renovar la carne y que de todas maneras sus pecados no podían afectar al espíritu. Esta doctrina les permitió vivir como querían.

El correcto entendimiento de 1 Juan 1:9–10 contradice esta doctrina y destruye cualquier otro argumento que disculpe el pecado. «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.»

Basándose en la misma doctrina junto con nuevas «revelaciones y luz», tiempo después varios grupos empezaron a interesarse en el tema de Satanás. Su razonamiento era que para derrotar a Satanás y experimentar la gracia de Dios era necesario conocer los «secretos» de Satanás y experimentar la maldad. «Pero a vosotros y a los demás que están en Tiapira, a cuantos no tienen esa doctrina [la doctrina de la profetisa Jezabel del versículo 20], y no han conocido lo que ellos llaman las profundidades de Satanás, yo os digo: No os impondré otra carga» (Apocalipsis 2:24).

Paradójicamente, otra consecuencia del gnosticismo fue el ascetismo. Que es vivir una vida dedicada a una rigurosa autodisciplina —por ejemplo el celibato, el ayuno y el duro trato del cuerpo— pensando que de esa manera uno puede agradar a Dios y librarse del pecado. Los gnósticos acetas más bien se hallan refutados en las enseñanzas del libro de Colosenses:

«Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne»

(Colosenses 2:20–23)

Como en el caso de todas las sectas, la manera de discernir y refutar es un correcto y cuidadoso estudio de la Palabra de Dios.

VP «Dios Habla Hoy», 1994© por Sociedades Bíblicas Unidas.

1 Esto hace recordar el encuentro entre Pedro, Juan y el sanedrín en Hch. 4:5–11. El sanedrín, que consistía de 70 miembros, se reunía en semicírculo y ponían al demandante en medio. Seguramente todos estaban mirando a los apóstoles a fin de asustarlos.

1 De la palabra griega dokéo que significa “suponer” o “parecer”.

2 De fundador de la doctrina Cerinto quien estuvo presente en Efeso durante las mismas fechas que cuando Juan escribió esta carta.

Mirón, J. (1997). ¿Iglesia o secta? (pp. 93–115). Miami, Florida, EE. UU. de A.: Editorial Unilit.

LA PRINCESA DESPOJADA DE SUS RIQUEZAS

LA PRINCESA DESPOJADA DE SUS RIQUEZAS

Mónica López de Silva
Programa No. 2016-03-19
a1Hola mi amiga! Has sentido últimamente que todo aquello que has querido durante toda tu vida aun no ha llegado? Dejame contarte una historia especial sobre una extraordinaria princesa

El relato más extraordinario que escuche en mi infancia, y que aun atesoro en mi corazón, es aquel que habla de una princesita que, a pesar de ser amada por el rey desde pequeña, fue despojada de todos su derechos por los enemigos de su padre.

Aquel rey murió en defensa de su reino y de su amada hija, y la pequeña princesa fue llevada como esclava pasando al servicio de los enemigos de su padre. Despojada de sus ropajes reales, debía realizar los quehaceres más pesados y suplicar a sus opresores para que le dieran siquiera un miserable mendrugo de pan. Pero el final feliz llego. Un príncipe azul puso su vida como garantía y apareció para darle libertad y devolverle el título de “hija del rey” que siempre había sido suyo.

No es más que un cuento, pero hoy quiero recordarte que la mejor historia es aquella en la que tú y Dios son los protagonistas. Tu eres la hija del Rey con todos los derechos que este título te confiere. Pero un día, el enemigo de Dios llego para despojarte de todos tus privilegios.

De princesa pasaste a ser esclava. Es posible que la esclavitud te tenga atada con cadenas de oro y grilletes de plata, y esto te haga creer que estas bien. Pero aun así continuas siendo esclava. Hábitos perjudiciales, la tendencia al mal, la búsqueda insaciable del placer, la mundanalidad; todo ello podría transformarse en cadenas tan férreas que imposibilitaran todo intento de escapatoria.

APLICACIÓN.

Dijo el apóstol Pablo en una oportunidad: Ustedes ya son hijos. Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba! ¡Padre!” Así que ya no eres esclavo sino hijo; y como eres hijo. Dios te ha hecho también heredero. Gálatas 4:6-7

Quiero recordarte que tu condición de princesa te fue devuelta cuando Cristo Jesús, el Príncipe de Paz, el Hijo del Rey, vino en tu rescate para morir en la cruz. Lo hizo para devolverte la libertad arrebatada por el pecado. Su magnífica promesa es: “El Señor hace justicia a los oprimidos, da de comer a los hambrientos y pone en libertad a los cautivos” (Sal. 146:7).

Amiga, eleva tu vista al cielo, ofrece una plegaria pidiéndole al gran Libertador que rompa tus cadenas y entonces podras experimentar a Dios en lo profundo de tu corazon.