PELEA LA BUENA BATALLA Para nadie es un secreto que estamos viviendo días muy complejos y turbulentos… días que nos recuerdan la realidad de que siempre hemos estado bajo una guerra espiritual que frecuentemente se intensifica sobre la Iglesia y en especial sobre sus líderes. Siempre ha habido una brecha entre el mundo y el pueblo de Dios, pero con el paso de los años esa brecha se ha ido acrecentando al punto que, se dice que en Occidente estamos viviendo una era pos-cristiana, una época donde los valores cristianos ejercen cada vez menos influencia sobre nuestra sociedad. El mundo se vuelve cada día más hostil hacia nosotros y por eso es necesario recordar el consejo del apóstol Pablo a su discípulo más joven, Timoteo —“pelea la buena batalla de la fe”—, para que al final de nuestros días podamos decir como él: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe” (2 Tim. 4:7).
Miércoles 22 Junio El Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros. Romanos 16:20 El diablo fue vencido (2)
Satanás no podía hacer nada contra Jesús. Este salió vencedor de la terrible tentación en el desierto (Mateo 4:1-11). En Jesús no había ni un pequeño error por el cual el diablo pudiese acusarlo. Poco antes de la crucifixión, Jesús declaró a sus discípulos: “viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí” (Juan 14:30). La muerte de Cristo no fue el triunfo de Satanás; al contrario, por medio de ella Cristo destruyó “al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebreos 2:14). La muerte de Jesús y su resurrección fueron un triunfo sobre Satanás y sus ángeles (lea Colosenses 2:15).
Aunque la derrota de Satanás es un hecho, Dios todavía le permite actuar, pero no para siempre. Durante el milenio, reinado futuro de Cristo en la tierra, Satanás será encerrado, para que no engañe “más a las naciones” (Apocalipsis 20:3, 7). Su destino definitivo será el “fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:41; Apocalipsis 20:10).
Cristianos, Satanás puede atacarnos, pero nosotros debemos resistirle, “pues no ignoramos sus maquinaciones” (2 Corintios 2:11; Santiago 4:7), y poseemos las armas espirituales que Dios nos da por medio de su Palabra (Efesios 6:11). Y, sobre todo, podemos contar con las oraciones de nuestro Salvador, quien en cierta ocasión dijo a Pedro: “Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte” (Lucas 22:31-32).
“Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4).
Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El liderazgo
¿Quién lo dice?». Probablemente has escuchado estas palabras en una discusión. Probablemente has dicho estas palabras en una discusión. La importancia de estas tres palabras radica en el hecho de que llegan a la pregunta fundamental de quién tiene «derecho» a ser escuchado y quién tiene el derecho a ser seguido. ¿Quién es el líder? Por supuesto, el problema en nuestra cultura es que nadie quiere reconocer a alguien en tal posición, es decir, a alguien que tenga autoridad. Pero como puedes ver en este asunto, Dios ha ejercido Su prerrogativa como Creador del universo de identificar a aquellos que son llamados a liderar en la iglesia (los ancianos). Él también ha establecido la autoridad del gobierno civil (Rom 13). Las Escrituras también brindan una clara orientación sobre la autoridad dentro de la familia.
MARIDOS Y MUJERES Probablemente haya más malentendidos sobre la relación entre marido y mujer que sobre cualquier otro tema en nuestra sociedad. Las Escrituras, sin embargo, son muy claras. Un pasaje clave que trae claridad al tema se encuentra en Efesios 5. En este capítulo, Pablo detalla varias implicaciones prácticas de la nueva vida en Jesús, incluida la forma en que los maridos y sus mujeres deben relacionarse entre sí. Comenzamos, como lo hace Pablo, con una mirada al rol de la mujer:
Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, siendo Él mismo el Salvador del cuerpo. Pero así como la iglesia está sujeta a Cristo, también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo (Ef 5:22-24).
Al mirar este texto, debemos tener cuidado con las caricaturas y los malentendidos que abundan. Hace muchos años, cuando empezaba mis estudios de teología, hablaba con un amigo y él dijo: «Oye, Tim, encontré mi versículo favorito en la Biblia». Yo respondí: «¿En serio? ¿Cuál es?». Él dijo: «Las mujeres estén sometidas a sus propios maridos». Él continuó con una fuerte risa. Le pregunté: «¿Leíste el resto del pasaje?». Pareciendo algo desconcertado, respondió «no» y se alejó. Era obvio que no había seguido leyendo sobre los roles complementarios que hombres y mujeres son llamados a cumplir en el contexto del matrimonio.
En primer lugar, debemos observar que tanto el hombre como la mujer son creados a la «imagen de Dios» (Gn 1:26). Ambos también están encargados de ejercer dominio sobre la creación. Las Escrituras son excepcionales en la dignidad que se le otorga al género femenino. Pero es importante comprender que los maridos y las mujeres están llamados a diferentes roles en el matrimonio.
MUJERES: SUMISIÓN RESPETUOSA La mujer es llamada a respetar el liderazgo amoroso de su marido. La palabra «someter», usada por Pablo en este contexto, tiene en su raíz la idea de «orden». Para que alguna organización funcione correctamente, debe haber un lugar donde «uno asume la responsabilidad». El propósito de esta disposición no es para que el marido pueda dar órdenes, sino para que haya orden en el hogar. Primus inter pares es una gran locución en latín que captura esta dinámica. Significa «el primero entre iguales». A continuación, veremos la naturaleza del liderazgo que el marido está llamado a proporcionar.
Pero antes analicemos algunas de las caricaturas sobre el rol de la mujer. En primer lugar, la sumisión de una mujer a su marido no es una expresión de inferioridad. Hay quienes piensan que cuando uno está llamado a someterse a otro, esto automáticamente implica que el que se somete es inferior. Este no es el caso. El ejemplo más profundo de esto es el mismo Señor Jesús. Él ha existido eternamente con el Padre y el Espíritu Santo en la gloria del cielo. Pero del misterio de la encarnación, Pablo escribe:
El cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Flp 2:6-8).
Jesús vino al mundo en sumisión y obediencia al Padre, pero en ningún momento fue inferior al Padre. Su sumisión fue con el propósito de lograr nuestra redención. Como Dios-hombre, Él cumplió perfectamente la ley en nuestro lugar. Como Dios-hombre, Él expió perfectamente nuestros pecados en la cruz. La sumisión voluntaria del Salvador al Padre en la encarnación fue diseñada con un propósito específico, pero en ningún momento estuvo en una posición de inferioridad.
De manera similar, el respeto de la mujer por el liderazgo de su marido no es una expresión de inferioridad sino un reconocimiento de sumisión al plan de Dios para el orden en la familia. Es un grave error que un marido malinterprete su lugar de liderazgo como una posición de superioridad. Recuerda que Pedro describió a la mujer como «coheredera de la gracia de la vida» (1 Pe 3:7). Pablo escribió: «No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3:28). Con respecto a nuestra posición en Cristo, no hay diferencia. El marido y la mujer participan por igual en los beneficios y la posición garantizada por la obra de Cristo, pero el matrimonio es una relación en la que somos llamados a diferentes roles.
En segundo lugar, la sumisión de la mujer a su marido es voluntaria. La responsabilidad de someterse no significa la sumisión de todas las mujeres a todos los hombres. Es una dinámica única establecida para el funcionamiento ordenado de la familia en el matrimonio. Por lo tanto, es muy importante que una mujer tenga esto en cuenta cuando esté considerando casarse. ¿El hombre con el que pretendes casarte es alguien cuyo liderazgo respetas y a quien puedes someterte? Si no, él no es el hombre adecuado. Con demasiada frecuencia, las mujeres piensan que pueden cambiar a un hombre después de casarse con él. No cuentes con eso.
En tercer lugar, la sumisión de una mujer a su marido es una expresión de su sumisión a Cristo. Para una mujer, seguir el liderazgo de su esposo es un aspecto importante de seguir a Cristo. Pablo escribe: «las mujeres estén sometidas a sus propios maridos como al Señor» (Ef 5:22). Esto no significa «como si tu marido fuera el Señor», sino más bien «como parte de tu obligación para con el Señor». Una forma de hacer a un marido muy obstinado y desanimarlo es fallando en respetar su liderazgo. Si bien esta es la obligación de la mujer en el Señor, como maridos, siempre debemos preguntarnos si somos respetables y si estamos liderando como el Señor quiere. Esto nos lleva a examinar el rol del marido.
MARIDOS: LÍDERES AMOROSOS La mujer es llamada a un rol difícil, pero es un rol que será mucho más fácil de asumir si su marido cumple con su responsabilidad de proporcionar un liderazgo amoroso. Es interesante observar que Pablo dirige unas cuarenta palabras a las mujeres, pero unas ciento quince a los maridos. En Efesios 5:25-33, él describe el rol de los maridos en el matrimonio. La clave es el versículo 25: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella».
¿Cuál es el estándar de amor que se establece ante los maridos? Es el amor sacrificial del Señor Jesucristo. Es Su liderazgo de servicio amoroso el que proporciona el entorno para que las mujeres lo sigan. Veamos cómo el amor de Cristo da ejemplo del amor de los maridos por sus mujeres.
En primer lugar, el amor de Cristo es incondicional. No había nada en ti o en mí que mereciera o exigiera el amor de Cristo. Muy por el contrario, «Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5:8). No solo no le amamos, sino que en nuestro pecado íbamos en la dirección opuesta. Es el clásico caso de amor no correspondido. Es por eso que nuestra relación con Él es únicamente por Su gracia.
Nuestro amor por nuestras esposas también debe ser incondicional. Tenemos que admitir desde el inicio que la analogía se viene abajo porque somos seres humanos pecadores. Debemos admitir que hubo «condiciones» que nos atrajeron hacia nuestras esposas, incluidas la personalidad, los intereses e incluso la buena apariencia. Sin embargo, nuestro amor por nuestras mujeres se basa en el compromiso que hicimos en nuestros votos matrimoniales en la presencia de Dios y los testigos. Tu amor por tu mujer debe ser incondicional en el sentido de que no cambia según las circunstancias. Los maridos deben tener cuidado de no comunicarles a sus mujeres que su amor se basa en cómo se ven hoy o en cómo les responden hoy. Nuestro amor se basa en el compromiso, no en las condiciones.
En segundo lugar, el amor de Cristo es sacrificial. Pablo escribe que los maridos deben amar a sus mujeres «como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella» (Ef 5:25). ¿Hasta qué punto amó Cristo a la Iglesia? Él se dio completamente por ella. Su venida fue para entregarse en servicio desinteresado. A nosotros, como maridos, se nos dice que este es nuestro modelo para servir a nuestras esposas. Esto es muy opuesto a nuestra inclinación natural. A todos nos gusta que nos sirvan, especialmente en el hogar. Los maridos deben ser los principales siervos en el hogar, preparados para hacer lo que sea necesario en el hogar y con los hijos.
Finalmente, Pablo nos recuerda que Jesús estaba preocupado por la santidad de la Iglesia. Su amor y sacrificio fueron para «santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada» (Ef 5:26-27). El amor de Jesús al darse a Sí mismo no fue simplemente para que fuéramos perdonados, sino para que fuéramos santos. La principal preocupación de un marido debe ser que su esposa e hijos sean estimulados en su crecimiento en Jesús. Al igual que con el rol de la mujer, ser un líder amoroso es parte de la obediencia del marido a Cristo.
Podemos regocijarnos de que Dios nos ha hablado y enseñado cómo debe ser el liderazgo en el hogar. Es cierto, estos respectivos roles no surgen de manera natural o fácil debido a nuestro egoísmo pecaminoso. Esta es la razón por la que nuestros hogares deben ser lugares de arrepentimiento y perdón, donde la dependencia diaria de la gracia del evangelio y del poder del Espíritu sean moldeados y practicados. Solo entonces nuestros hijos verán en sus padres la realidad del evangelio. Solo entonces, de acuerdo con el plan que Dios quiere, nuestros matrimonios reflejarán el misterio de la relación entre Cristo y Su Iglesia.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Timothy Z. Witmer El Dr. Timothy Z. Witmer es pastor de St. Stephen Reformed Church en New Holland, Pa., y profesor de teología práctica emérito en el Westminster Theological Seminary en Filadelfia. Es autor de Mindscape y The Shepherd Leader.
PELEA LA BUENA BATALLA Para nadie es un secreto que estamos viviendo días muy complejos y turbulentos… días que nos recuerdan la realidad de que siempre hemos estado bajo una guerra espiritual que frecuentemente se intensifica sobre la Iglesia y en especial sobre sus líderes. Siempre ha habido una brecha entre el mundo y el pueblo de Dios, pero con el paso de los años esa brecha se ha ido acrecentando al punto que, se dice que en Occidente estamos viviendo una era pos-cristiana, una época donde los valores cristianos ejercen cada vez menos influencia sobre nuestra sociedad. El mundo se vuelve cada día más hostil hacia nosotros y por eso es necesario recordar el consejo del apóstol Pablo a su discípulo más joven, Timoteo —“pelea la buena batalla de la fe”—, para que al final de nuestros días podamos decir como él: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe” (2 Tim. 4:7).
Nota del editor: Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El liderazgo
¿Pero qué tipo de Iglesia? ¿Y con qué estructura y organización? Se trata de preguntas que tardaron en responderse. En la incipiente Iglesia, inmediatamente después de Pentecostés, parece que había muy poca estructura, solo una comunidad supervisada por los apóstoles y comprometida con cuatro rasgos distintivos: la enseñanza apostólica, la comunión, el partimiento del pan y «la oración» (Hch 2:42).
El liderazgo en esta Iglesia primitiva evolucionó desde reuniones en casas con poca estructura hasta congregaciones más organizadas con cargos distintivos: diáconos y ancianos. El examen del «oficio» en la Iglesia del Nuevo Testamento está curiosamente cargado de dificultades. El principal punto de discusión es el identificar los oficios que se supone que son permanentes y los que son meramente temporales.
Asociado a la cuestión de los oficios, está el asunto igualmente controversial de los dones extraordinarios (p. ej. las lenguas y la profecía). ¿Son estos dones permanentes o temporales? Los cesacionistas (como yo) creen que la Escritura identifica ciertos dones en el Nuevo Testamento como «señales de un verdadero apóstol» (2 Co 12:12), que fueron dados para propósitos redentores específicos en un período en el que la Iglesia poseía una relativa escasez de Escritura del Nuevo Testamento. Estos dones extraordinarios fueron esenciales para guiar y dirigir a la Iglesia en su infancia. Sin embargo, una vez que el canon del Nuevo Testamento se completó y los apóstoles (definidos de forma amplia o restringida) fallecieron, surgió una situación más normativa que presenta relativamente pocos oficios: diáconos, ancianos y (para algunos intérpretes) pastores.
El progreso en la estructura eclesiástica es claramente visible en la forma en que las últimas epístolas a Timoteo y Tito no mencionan los dones y oficios extraordinarios, sino que se centran en los diáconos y ancianos y en el papel de Timoteo como predicador del evangelio. Es como si hubiera una expectativa de que algunas cosas están destinadas a la edad de la infancia y no a la edad de la madurez.
DIÁCONOS Los diáconos parecen haber sido producto de una crisis. El crecimiento de la Iglesia, particularmente en su variedad racial y étnica, causó problemas. Las viudas, por ejemplo, eran especialmente vulnerables en la cultura del primer siglo. El sentido de comunidad exigía la distribución de alimentos a los que no podían valerse por sí mismos, una cuestión que parece haber provocado un sentimiento de desigualdad y frustración (Hch 6:1-7). Las viudas helenistas (de habla griega) se sentían excluidas de la distribución en favor de las viudas de habla aramea. Se trataba del clásico problema de «nosotros versus ellos» con el que la Iglesia de nuestro tiempo está demasiado familiarizada. A modo de solución, los apóstoles seleccionaron a siete hombres para supervisar el asunto. ¿Y la razón de esta solución? Para que los apóstoles pudieran dedicarse «a la oración y al ministerio de la palabra» (v. 4).
Aunque no se alegó ninguna acusación específica de parcialidad o mala gestión contra los apóstoles, quedó claro que estos no podían predicar la Palabra y con igual empeño «servir mesas» (v. 2). Necesitaban ayuda para cumplir el papel que se les había encomendado en el crecimiento y la alimentación de la Iglesia.
Es interesante la forma en que estos siete hombres fueron reconocidos y apartados. Debían demostrar ciertas cualidades: debían ser «de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría» (v. 3). Y, aunque fueron elegidos por la asamblea cristiana local, en última instancia fueron «nombrados» por los apóstoles, quienes «después de orar, pusieron sus manos sobre ellos» (vv. 3, 6). Por lo tanto, parece que hubo un acto de ordenación y de instalación, lo que indica algo del carácter distintivo de la tarea encomendada a estos siete hombres.
Pero ¿eran diáconos estos siete hombres? Las Escrituras no los identifican específicamente como tales, pero el término griego «servir» (diakone) tiene una estrecha relación con la palabra «diácono». Aunque no fueron llamados diáconos explícitamente, estos siete hombres debían dedicarse a un ministerio diaconal (de servicio) que requería un acto de ordenación específico para llevarse a cabo. Es justo sugerir que eran protodiáconos, un ejemplo de cómo la Iglesia hace una distinción entre el ministerio de la Palabra y los aspectos más prácticos y materiales de la vida de la Iglesia. Por tanto, la comunión de los santos y el oficio del diácono abordan cuestiones de importancia práctica que implican dinero, comida y cuidados básicos.
LIDERAZGO DE SERVICIO Debemos observar que se consideraron necesarios ciertos requisitos morales y espirituales para cumplir con la función de servir a las mesas. Los oficios en el Nuevo Testamento siempre están en función del liderazgo de servicio. Los diáconos y los ancianos deben ser como Cristo, sirviendo a los demás antes que a sí mismos. Curiosamente, no se requiere ninguna cualidad especial de piedad para un cargo más que para el otro. Al enumerar la lista de cualidades espirituales necesarias en un diácono, Pablo replica las mismas calificaciones requeridas para los ancianos. Aparte del don de enseñanza, los diáconos deben reflejar los aspectos morales y espirituales más elevados de la piedad (1 Tim 3:8-12).
La distribución de la ayuda a las viudas en Hechos 6 sirve de modelo para el trabajo asignado a los diáconos en general: los diáconos deben demostrar su liderazgo en asuntos relacionados con la propiedad y el dinero, así como con la ayuda. Unas décadas más tarde, Pablo haría algunas matizaciones importantes en el ámbito del ministerio diaconal, especialmente entre las viudas (1 Tim 5:3-16). En 1 Timoteo 5, se habla de las viudas de la iglesia y no de las viudas en general. La principal cuestión en la que se insiste es la responsabilidad de la familia en el cuidado de las viudas. El diaconado no debe crear una cultura de derecho que abuse de los recursos de la iglesia. La familia es la principal fuente de esa ayuda. Los diáconos, por lo tanto, deben poseer dones espirituales de discernimiento y compasión, así como firmeza y resolución para tomar estas difíciles decisiones.
¿DIACONISAS? ¿Deben todos los diáconos ser hombres? Mientras que en el Nuevo Testamento no hay pruebas de que hubo mujeres ancianas, los datos relativos a los diáconos son un poco más ambivalentes. Pablo encomienda a su «hermana Febe» a la iglesia de Roma y la describe como «diaconisa de la iglesia en Cencrea» (Rom 16:1). La palabra «diaconisa» en griego es diakonos, un término que no puede significar más que el compromiso con el ministerio diaconal sin el requisito adicional de la ordenación al cargo. Además, al abordar las calificaciones para los diáconos en 1 Timoteo 3, Pablo añade calificaciones para las esposas de los diáconos (3:8-13, especialmente el v. 11), pero no hace ninguna calificación de este tipo cuando previamente se dirige a los ancianos en el mismo capítulo (3:1-7).
Algunos argumentan que el término para «mujeres» (griego gunaikas) puede tener el significado de «diaconisas» y que tal lectura tiene más sentido en el flujo del capítulo. Las denominaciones reformadas, como la mía (la Iglesia Reformada Presbiteriana Asociada), reconocen y ordenan a las diaconisas, y lo hacen por convicción exegética sin la menor sugerencia de que se siga necesariamente un argumento de «pendiente resbaladiza» en relación con tener a mujeres en el rol de ancianas.
ANCIANOS Dejando a un lado la cuestión de si un «ministro» (o un «anciano docente» en el uso presbiteriano actual) es un oficio separado del de «anciano» (o «anciano gobernante») —un tema que requeriría varias páginas para tratarlo adecuadamente—, el Nuevo Testamento deja muy claro que uno de los oficios normativos en la Iglesia es el de anciano.
Los tres títulos del Nuevo Testamento para este cargo, que se utilizan indistintamente, son episkopos (supervisor u obispo), presbuteros (anciano) y poimén (pastor). Por ejemplo, los tres términos se utilizan para las mismas personas en Hechos 20:17 y 20:28. Esto por sí solo debería ser suficiente para disipar cientos de años de división y decenas de miles de páginas escritas en apoyo de la opinión de que estos términos se refieren a cargos distintos.
Pablo proporciona una lista de calificaciones morales y espirituales para los ancianos en 1 Timoteo 3:1-7 y Tito 1:5-9. Con los ancianos, al igual que con los diáconos, el liderazgo sin virtud es catastrófico. Ninguna cantidad de dones puede compensar la falta de integridad.
La única característica distintiva de un anciano (a diferencia de un diácono) es que debe ser «apto para enseñar» (1 Tim 3:2). ¿Pero qué significa esto?
No todos los ancianos «trabajan en la predicación y en la enseñanza» (1 Tim 5:17), un punto que sugiere que los que lo hacen puedan ocupar un oficio diferente al de anciano. Tal vez no debamos darle demasiada importancia a esto. Después de todo, los diáconos deben guardar el misterio de la fe con limpia conciencia (1 Tim 3:9), las mujeres mayores deben enseñar a las mujeres más jóvenes (Tit 2:4), y las congregaciones enteras deben enseñarse unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales (Col 3:16). De hecho, todo cristiano debe estar preparado para dar razón de la esperanza que tiene (1 Pe 3:15). La capacidad de enseñar no es suficiente para calificar a alguien para el cargo de anciano. Pero los ancianos deben tener claramente esta habilidad.
Mientras que la autoridad de los diáconos parece limitarse al cuerpo de la iglesia local al que pertenecen, hay ocasiones en las que la autoridad de los ancianos trasciende la congregación local. Por ejemplo, los ancianos que se reunieron en el concilio de Jerusalén (Hch 15:6-21) tomaron decisiones que afectaron a toda la Iglesia del Nuevo Testamento.
Por lo tanto, el liderazgo en la Iglesia del Nuevo Testamento descansa en los dos oficios: el de diácono y el de anciano. Asegurar que nuestras propias iglesias tengan ambos es un compromiso con nuestra sumisión a la enseñanza de la Escritura. Tener dirigentes piadosos y bien instruidos en la iglesia es un requisito básico. Todas las cosas deben hacerse decentemente y en orden (1 Co 14:40), y esto se aplica especialmente a la novia de Cristo.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Derek Thomas El Dr. Derek W.H. Thomas es ministro principal de First Presbyterian Church in Columbia, en Carolina del Sur, y es profesor rector de teología sistemática y pastoral en el Reformed Theological Seminary. Es profesor de Ligonier Ministries y autor de muchos libros, entre ellos How the Gospel Brings Us All the Way Home [Cómo el evangelio nos lleva a casa].
PELEA LA BUENA BATALLA Para nadie es un secreto que estamos viviendo días muy complejos y turbulentos… días que nos recuerdan la realidad de que siempre hemos estado bajo una guerra espiritual que frecuentemente se intensifica sobre la Iglesia y en especial sobre sus líderes. Siempre ha habido una brecha entre el mundo y el pueblo de Dios, pero con el paso de los años esa brecha se ha ido acrecentando al punto que, se dice que en Occidente estamos viviendo una era pos-cristiana, una época donde los valores cristianos ejercen cada vez menos influencia sobre nuestra sociedad. El mundo se vuelve cada día más hostil hacia nosotros y por eso es necesario recordar el consejo del apóstol Pablo a su discípulo más joven, Timoteo —“pelea la buena batalla de la fe”—, para que al final de nuestros días podamos decir como él: “He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe” (2 Tim. 4:7).
En algunos versículos de la Biblia utilizamos diferentes versiones, ya que tratamos que el lenguaje a usar sea entendible para los niños. Guión y Adaptación por ICEF.
Josías Grauman es decano de educación en español y profesor de exposición bíblica en The Master’s Seminary. El Dr. Grauman comenzó su ministerio a tiempo completo como capellán de hospital, sirviendo durante 5 años en el Hospital del Condado de Los Ángeles. Más tarde, él y su esposa sirvieron en la Ciudad de México como misioneros, donde Josías ayudó al Seminario Palabra de Gracia a lanzar su programa de idiomas bíblicos. Josías fue ordenado en Grace Community Church, donde actualmente sirve como anciano en el ministerio en español, junto con su esposa y tres hijos. Josías estudió un B.A. en idiomas bíblicos en The Master’s University, un M.Div. y un D.Min. en The Master’s Seminary. Entre sus obras se encuentran las siguientes: Griego para pastores y Hebreo para pastores.
Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El liderazgo
Cuando un líder entra en una habitación, más vale que entre con él la pasión por la verdad. El liderazgo auténtico no surge del vacío. El liderazgo que más importa es el que tiene convicciones, profundas convicciones. Esta cualidad del liderazgo surge de las creencias más profundas que dan forma a lo que somos y establecen nuestras creencias sobre todo lo demás. Las convicciones no son solo creencias; es decir, no son aquellas creencias que simplemente sostenemos. Por el contrario, las convicciones nos sostienen a nosotros. No sabríamos quiénes somos si no fuera por estas creencias fundamentales, estas convicciones, y sin ellas no sabríamos cómo liderar.
Los líderes cristianos reconocen que la convicción es esencial para nuestra fe y nuestro discipulado. Nuestra experiencia cristiana comienza con la creencia. El versículo más conocido del Nuevo Testamento, Juan 3:16, nos dice que Dios envió a Jesucristo, su único Hijo, «para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna». Cuando Pablo y Silas le dijeron a su aterrorizado carcelero cómo podía ser salvo, lo expresaron con una poderosa e inconfundible sencillez: «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo, tú y toda tu casa» (Hch 16:31).
El mandato a creer es fundamental en la Biblia. El cristianismo se basa en ciertas verdades no negociables, y esas verdades, una vez conocidas, se traducen en creencias. Las creencias que anclan nuestra fe son aquellas con las que estamos más apasionada y personalmente comprometidos, y estas son nuestras convicciones. No creemos en la creencia, como tampoco tenemos fe en la fe. Creemos en el evangelio y tenemos fe en Cristo. Nuestras creencias tienen sustancia y nuestra fe tiene un objeto.
En pocas palabras, una convicción es una creencia de la que estamos plenamente convencidos. No me refiero a que simplemente creamos que un determinado conjunto de afirmaciones sea cierto, sino que estamos convencidos de que estas verdades son esenciales y cambian la vida. Vivimos de estas verdades y estamos dispuestos a morir por ellas.
Pensemos en Pedro y Juan, los dos apóstoles que, pocos días después de la muerte y resurrección de Cristo, tuvieron el valor de enfrentarse al Sanedrín y desafiar su orden de no predicar acerca de Jesús en público. Dijeron a las autoridades que los arrestaban que simplemente no podían dejar de contar lo que habían «visto y oído» (Hch 4:20). Esas mismas convicciones son las que no permiten a los líderes cristianos callar hoy, incluso ante las amenazas y la oposición.
Justino Mártir, uno de los líderes de la Iglesia primitiva, también sirve como retrato del liderazgo conviccional. Mientras conducía a los miembros de su propia congregación a la ejecución a manos de las autoridades romanas, Justino animó a su gente con estas palabras: «Recordad que pueden matarnos, pero no pueden hacernos daño».
Ese es el auténtico liderazgo en su forma más clara: el liderazgo que lleva a la gente a la muerte, sabiendo que Cristo los vindicará y les dará el regalo de la vida eterna. Afortunadamente, la mayoría de nosotros nunca tendrá que experimentar ese tipo de desafío en el liderazgo.
Sin embargo, las convicciones siguen siendo las mismas y también la función de esos compromisos en la vida y el pensamiento del líder. Sabemos que estas cosas son tan ciertas que estamos dispuestos a arriesgarnos por ellas, a vivir por ellas, a liderar por ellas y, si es necesario, a morir por ellas.
El liderazgo que realmente importa se trata de convicción. El líder se ocupa, con razón, de todo, desde la estrategia y la visión hasta la creación de equipos, la motivación y la delegación. Pero en el centro del corazón y la mente del verdadero líder se encuentran las convicciones que impulsan y determinan todo lo demás.
Muchos de mis modelos de liderazgo por convicción más alentadores e instructivos los encuentro en la historia. A lo largo de mi vida, me he inspirado en el ejemplo de Martín Lutero, el gran reformador del siglo XVI, que estaba tan convencido de la autoridad de la Biblia que estuvo dispuesto a presentarse ante el intimidante tribunal de autoridades religiosas que lo juzgó, e incluso a enfrentarse al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, declarando: «Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa, que Dios me ayude».
Aquí estoy. Esas palabras son un manifiesto del liderazgo por convicción. Pero Lutero no solo estuvo dispuesto a ponerse en pie; estuvo dispuesto a liderar a la Iglesia en un proceso de reforma valiente.
Cuando era adolescente, vi la película El hombre de los dos reinos, basada en la obra de Robert Bolt. La historia trata de los últimos años de Sir Thomas More y su juicio por traición. El ex canciller de Inglaterra se ganó la furia del rey Enrique VIII por negarse a prestar el juramento de supremacía, que declaraba al rey como gobernador supremo de la Iglesia. Más tarde supe que el propio More había perseguido a los luteranos y a William Tyndale, el gran traductor de la Biblia al inglés. La versión de Bolt sobre Thomas More no contaba toda la verdad, pero desde la primera vez que vi esa película hasta ahora, me sigue inspirando el ejemplo que dio More al ir al cadalso por ser fiel a sus convicciones. Frente a la multitud reunida para presenciar su ejecución, declaró: «El rey me ha ordenado ser breve, y como soy obediente servidor del rey, breve seré. Muero como buen siervo de su majestad, pero primero está Dios».
Ese es el tipo de convicción que hace la diferencia. Lamentablemente, demasiados líderes de hoy parecen tener poca idea de lo que creen, o parecen estar impulsados por una convicción poco clara y discernible. ¿Cuántos de los líderes actuales son conocidos por las convicciones por las que están dispuestos a morir, o incluso a vivir?
A los líderes se les puede dividir entre aquellos que simplemente ocupan un cargo o posición y aquellos que tienen grandes convicciones. La vida es demasiado corta para prestar atención a los líderes que defienden poco o nada, a los que buscan el siguiente programa, que siguen la última moda de liderazgo, que prueban una idea tras otra, pero que no están impulsados por convicciones profundas.
Quiero ser un líder que importe, liderar de forma que marque la diferencia precisamente porque esas convicciones importan. Si lo piensas, casi todos los líderes que hoy son recordados como hitos en la historia fueron líderes cuyas convicciones sobre la vida, la libertad, la verdad y la dignidad humana cambiaron la historia.
Ese es el único liderazgo que importa. Los líderes con convicciones impulsan a la acción precisamente porque están impulsados por convicciones profundas, y su pasión por estas convicciones se transfieren a sus seguidores, que se unen en una acción concertada para hacer lo que saben que es correcto. Y saben que es lo correcto porque saben lo que es verdadero.
¿Cómo podría un líder cristiano estar satisfecho con algo menos que esto? Los cargos, los oficios y los títulos se desvanecen más rápido que la neblina.
Una vez llevé a mi hijo, Christopher, de viaje a Nueva York. En varios lugares, nos encontramos con estatuas y monumentos de hombres que fueron, en algún momento, famosos o poderosos. La mayoría ha desaparecido de la memoria de todos, y sus imágenes se mezclan ahora con el paisaje neoyorquino, por el que pasan millones de personas sin siquiera notarlas.
La mayoría de los estadounidenses consideran que el presidente de los Estados Unidos ocupa el más alto cargo de liderazgo secular que existe. Pero ¿cuántos estadounidenses pueden nombrar siquiera veinte o treinta de los cuarenta y cinco hombres que han ocupado ese cargo? ¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a alguien mencionar a Chester A. Arthur o a William Henry Harrison?
Sí recordamos a aquellos que fueron conocidos por sus convicciones y por el valor que esas convicciones produjeron. Este mismo principio puede extenderse a todos los cargos y posiciones de liderazgo imaginables. Sin convicción, nada importa realmente, y nada de importancia se transmite.
Creo que el liderazgo consiste en poner en práctica las creencias correctas y saber, sobre la base de las convicciones, cuáles son esas creencias y acciones correctas. Demasiado de lo que pasa por liderazgo hoy en día es mera gestión. Se puede gestionar sin convicciones, pero no se puede liderar de verdad.
Para los líderes cristianos, este enfoque en la convicción es aún más importante. No podemos liderar de una manera que sea fiel a Cristo y eficaz para el pueblo de Dios si no estamos profundamente comprometidos con la verdad cristiana. No podemos liderar fielmente si primero no creemos fielmente y si no estamos profundamente comprometidos con la verdad cristiana.
Al mismo tiempo, hay muchos cristianos que se sienten llamados a liderar y están apasionadamente comprometidos con las verdades correctas, pero simplemente no están seguros de hacia dónde ir. El punto de partida del liderazgo cristiano no es el líder, sino las verdades eternas que Dios nos ha revelado: las verdades que permiten que el mundo tenga sentido para nosotros, enmarcan nuestra comprensión y nos impulsan a la acción.
El apóstol Pablo animó a los tesalonicenses a saber que el evangelio había llegado a ellos, «no [solo] en palabras, sino también en poder y en el Espíritu Santo y con plena convicción » (1 Tes 1:5). Como líder cristiano, eso es lo que espero y ruego que sea cierto en mi caso, y en el tuyo también. Quiero liderar «con plena convicción».
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Albert Mohler El Dr. R. Albert Mohler Jr. es presidente y profesor Joseph Emerson Brown de teología cristiana en The Southern Baptist Theological Seminary [El Seminario Teológico Bautista del Sur] en Louisville, Ky. Es el anfitrión de The Briefing y autor de muchos libros, incluyendo We Cannot Be Silent.
Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El liderazgo
Hemos entrado en una nueva era de la historia moderna. Esta era está marcada por un enorme vacío de liderazgo, pero también por una aversión hacia la noción misma de liderazgo. Es más, existe una tendencia que va en aumento, de celebrar a los líderes autoproclamados y que han demostrado falta de integridad, y que han ignorado y faltado el respeto a los líderes fieles y veteranos cuya integridad se ha demostrado a lo largo de décadas. Se desprecia a los líderes de valor y convicción y se idolatra a los líderes que ceden y hacen concesiones. Ahora vivimos en un mundo que aplaude a los Chamberlain y se burla de los Churchill. Si esto fuera cierto solo en el mundo, quizás sería soportable, pero tristemente también es cierto en la iglesia y en el hogar.
Algunos cristianos han llegado a insinuar que el liderazgo no es una categoría bíblica, sugiriendo que el servicio debería desplazar la noción de liderazgo. Sin embargo, tal proposición no solo crea un falso dilema, sino que socava la Escritura, que nos enseña que el papel de líder es designado por Dios. Los líderes deben dirigir con diligencia, y los que están bajo los líderes deben obedecerles y someterse a ellos e imitarles (Rom 12:8; 1 Co 12:28; Heb 13:7-24). Aunque todos hemos visto un mal liderazgo y a veces hemos experimentado el abuso de poder de un líder, debemos reconocer que Dios ha designado líderes en el mundo, el gobierno, el lugar de trabajo, la escuela, la iglesia y el hogar. Como cristianos, no podemos permitirnos caer en la trampa del cinismo que cuestiona toda autoridad y nos deja revolcándonos en el fango de nuestra autoproclamada autoridad. Todos estamos bajo autoridad y todos tenemos líderes a los que debemos rendir cuentas. Del mismo modo, todos los líderes están bajo la autoridad de Dios y en última instancia son responsables ante Él.
El liderazgo y el servicio no se excluyen el uno al otro. Los líderes son, ante todo, siervos de Dios que sirven liderando. La cualidad más esencial del liderazgo es la humildad, y la auténtica humildad se manifiesta con valor, compasión y convicción. Un líder fiel es un líder humilde que dirige con amor, no inspirando temor. Un líder fiel no se preocupa por caer bien a todo el mundo. Un líder fiel sabe delegar, confía en quienes ha delegado y no le preocupa quién se lleve el mérito. Un líder fiel conoce sus defectos y pecados y lleva una vida de arrepentimiento y perdón. En definitiva, un líder fiel es un seguidor fiel de Jesucristo, quien nos ha guiado sirviéndonos con humildad, sacrificio y alegría.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Burk Parsons El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.