Conflicto y paz

Conflicto y paz
Por Burk Parsons

Nota del editor:Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

Lidiar con el conflicto es el trabajo diario del pastor. Como subpastores de Su rebaño, Dios nos ha llamado a cuidar de Sus ovejas, y eso a menudo significa cuidarlas en medio del conflicto, incluso cuando nosotros, los pastores, podemos ser la causa. El conflicto en la iglesia a veces es la razón por la que la gente deja la congregación, y la carga que produce el conflicto suele ser la razón por la que los pastores dejan el ministerio. Los pastores que no sirven junto a un grupo de ancianos fieles suelen sucumbir a la presión abrumadora del conflicto.

Todo cristiano enfrenta conflictos, y hacemos todo lo posible por evitarlos. El conflicto es miserable. Puede ser desgarrador. Nos agobia y a veces puede abrumarnos. Por eso, cuando nos encontramos en un conflicto, debemos echarnos a nosotros mismos y todas nuestras cargas sobre el Señor, porque Él tiene cuidado de nosotros. Una de las maneras en que nos cuida es a través de la iglesia, incluso si el conflicto que enfrentamos está en la propia iglesia. Dios nos hizo para vivir en comunidad, y la única manera de lograr una resolución y reconciliación auténtica es a través de la comunidad de la familia de Dios, siguiendo los principios que Él ha establecido en Su Palabra para buscar la paz auténtica. Esa paz no viene a través de la transigencia, sino a través de la verdad, la gracia, la humildad, el arrepentimiento y el perdón. La paz verdadera llega mediante la reivindicación del justo y el arrepentimiento y la restauración del ofensor. Sin embargo, cuando buscamos la reconciliación, siempre debemos tratar de sacar la viga de nuestro propio ojo mucho antes de lidiar con la mota en el ojo de nuestro hermano.

Aunque, en última instancia, el conflicto es consecuencia de la caída, a veces surge por malentendidos, suposiciones o una mala comunicación. También debemos reconocer que, a veces, Dios usa providencialmente el conflicto como una forma de producir paz duradera, pureza y unidad en la iglesia, nuestras familias y nuestras relaciones. Incluso en Su ministerio terrenal, Jesús trajo conflictos para purificar a Su iglesia y lograr la salvación y la paz de Su pueblo elegido (Mt 10:34; Jn 2:13-22). A lo largo de la historia de la iglesia, han habido múltiples conflictos que Dios ha utilizado soberanamente para hacer que volvamos a descubrir Su verdad en Su Palabra, para que Su evangelio sea proclamado y para que Sus elegidos sean librados del conflicto supremo que nosotros, los pecadores, tenemos con Él, nuestro Dios justo y recto. Gracias a Dios, Él obra a través del conflicto para reconciliarnos con Él, de modo que podamos estar justificados ante Su trono de juicio por la fe sola.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Burk Parsons
El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Cómo la vocación transformó la sociedad

Cómo la vocación transformó la sociedad
Por Gene Edward Veith

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo XVI

Los cristianos de hoy hablan con frecuencia de transformar la sociedad. Un ejemplo dramático de cómo una enseñanza teológica tuvo un impacto social revolucionario es la doctrina de la Reforma sobre la vocación. La sociedad de la Edad Media era muy estructurada, jerárquica y estática. Pero esto cambió, a partir del siglo XVI, como consecuencia, quizás involuntaria, de la doctrina de la vocación enseñada por Lutero.

LA DOCTRINA DE LA VOCACIÓN
Para Lutero, la vocación, palabra latina que significa «llamado», significaba mucho más que un trabajo o una profesión. La vocación es la doctrina de Lutero sobre la vida cristiana. Más aún, la vocación es la forma en la que Dios actúa a través de los seres humanos para gobernar Su creación y otorgar Sus dones.

Dios nos da el pan de cada día por medio de agricultores, molineros y panaderos. Crea y cuida la nueva vida por medio de los padres y las madres. Nos protege por medio de las autoridades legítimas. Anuncia Su Palabra y administra Sus sacramentos por medio de los pastores. La vocación, decía Lutero, es la «máscara de Dios», la manera en la que Él se esconde en las relaciones y tareas ordinarias de la vida humana.

Un texto clave para la vocación es 1 Corintios 7:17: «Fuera de esto, según el Señor ha asignado a cada uno, según Dios llamó a cada cual, así ande». El contexto inmediato de ese pasaje tiene que ver con el matrimonio. Nuestras familias, nuestra ciudadanía en una comunidad o sociedad particular, nuestras congregaciones y, sí, nuestros lugares de trabajo, son todas facetas de la vida a las que Dios nos ha asignado y llamado.

El propósito de todos nuestros llamados es amar y servir al prójimo que cada vocación trae a nuestras vidas (en el matrimonio, nuestro cónyuge; en la paternidad, nuestros hijos; en el trabajo, nuestros clientes; y así sucesivamente).

Somos salvos por la gracia sola por medio de la fe en la obra de Jesucristo. Pero entonces somos enviados a nuestros llamados para vivir esa fe. Dios no necesita nuestras buenas obras, decía Lutero, pensando en los esfuerzos elaborados para merecer la salvación aparte del don gratuito de Cristo, pero nuestro prójimo sí necesita nuestras buenas obras. Nuestra fe da fruto en el amor (Gá 5:6; 1 Ti 1:5), y esto ocurre en nuestras familias, nuestro trabajo, nuestras comunidades y nuestras congregaciones. En estas tareas, también llevamos nuestras cruces, pecamos y encontramos perdón, y crecemos en la fe y la santidad.

LOS ESTAMENTOS
La sociedad medieval se dividía en tres estamentos: el clero («los que oran»); la nobleza («los que luchan» o, en la práctica, «los que mandan»); y los plebeyos («los que trabajan»).

Se pensaba que el clero tenía una «vocación», un llamado distinto de Dios para seguir «la vida espiritual» al margen del mundo. Dedicarse por completo a la oración y a los ejercicios espirituales se consideraba de mucho mayor mérito que lo que se podía encontrar en los estados seculares. Entrar en una orden religiosa exigía los votos de celibato, pobreza y obediencia. Para Lutero, esta búsqueda de méritos no solo era un rechazo del evangelio, sino que tales votos repudiaban las mismas esferas de la vida —la familia, el trabajo y el gobierno— que Dios había establecido. Estas esferas, insistía, eran también vocaciones cristianas.

Lutero redefinió los estamentos como instituciones diseñadas por Dios para la vida terrenal. Estos son la iglesia, el estado y el hogar (la familia y su trabajo económico). Son paralelos a los estamentos medievales del clero, la nobleza y los plebeyos. Pero mientras que en la Edad Media se trataba de tres categorías sociales separadas, las que Lutero definió son esferas de la vida en las que todo cristiano habita y en las que todo cristiano tiene vocaciones.

Las distinciones sociales rígidas entre los tres estamentos —los que oraban, los que gobernaban y los que trabajaban— se desmoronaron. La vida de oración no es solo para una clase sacerdotal, sino para todos los creyentes. El Estado no es solo cosa de una élite gobernante, sino de todos sus ciudadanos. El hogar no es solo para los plebeyos. Todos, incluido el clero, pueden ser llamados al matrimonio y a la paternidad. Todos, incluida la nobleza, están llamados al trabajo productivo. Todos oran. Todos (eventualmente) gobiernan. Todos trabajan.

EL IMPACTO SOCIAL DE LA REFORMA
Otro nombre para la doctrina de la vocación es el sacerdocio de todos los creyentes. Dios llama a algunos cristianos a ser pastores, pero llama a otros cristianos a ejercer su real sacerdocio arando los campos, forjando el acero y creando negocios. Pero todos los sacerdotes —incluidos los campesinos y las sirvientas— necesitan tener acceso a la Palabra de Dios. Por eso, durante la Reforma, se abrieron escuelas y floreció la alfabetización.

Los plebeyos educados ascendieron en la escala social y acabaron gobernándose a sí mismos. Los trabajadores que amaban y servían a sus clientes con su trabajo encontraron el éxito económico. Mientras que Lutero se dirigía a una sociedad medieval tardía y estática, Calvino y más tarde los puritanos adaptaron la vocación al mundo moderno emergente. Hicieron énfasis en los llamados del lugar de trabajo y alentaron a los cristianos a abrazar las nuevas oportunidades a las que Dios los llamaba. Así, la Reforma trajo consigo una movilidad social sin precedentes.

Extrañamente, la doctrina de la vocación está hoy olvidada. ¿Qué aportaría a la sociedad actual un redescubrimiento de la vocación?

Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine

Gene Edward Veith
El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.

Membresía de la Iglesia

Serie: La Teología de La Iglesia

Introducción

Si estuvo con nosotros la semana pasada, recordará hablamos de la definición de Iglesia. Eso tiene que ser el punto de partida, ya que necesitamos saber lo que vamos a construir antes de empezar la construcción. Una de las cosas que notamos de la narrativa bíblica es que la intención de Dios ha sido el crear un pueblo para sí que mostraría su gloria, y como señalamos la semana pasada de Efesios 3:10, la iglesia no es una opción, sino la parte central del plan de Dios para mostrar su gloria. ¿Pero qué sucede cuando los que dicen representar a su nombre fallan en hacerlo?

Vaya conmigo a 1 Corintios 5:

1 Corintios 5.1-7: “De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles; tanto que alguno tiene la mujer de su padre. 2 Y vosotros estáis envanecidos. ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción?

3 Ciertamente yo, como ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, ya como presente he juzgado al que tal cosa ha hecho. 4 En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo, 5 el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús. 6 No es buena vuestra jactancia. ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa? 7 Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, sin levadura como sois; porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.”

¿Que está pasando aquí?

Un hombre se acuesta con la mujer de su padre y la congregación lo tolera.

Pablo llama a la iglesia a removerlo, para entregarlo a Satanás – no con el fin de su destrucción final, sino para la restauración (v5).

La pregunta que viene a nuestro estudio de hoy es, ¿de que hay que removerlo?

Bueno, eso es lo que necesitamos aclarar. La respuesta que creo que vamos a encontrar es de ser miembro de la iglesia, pero una vez más, tenemos que escuchar lo que la Escritura enseña en lugar de las ideas del hombre.

La Iglesia representa el cielo

Vamos a Mateo 16. En la primera parte del capítulo, nos encontramos con la advertencia de Jesús a los apóstoles de no confiar en las enseñanzas de los líderes de Israel (Mat. 16: 1-12). Eran justos ante sus propios ojos, y así se perdieron de conocer a Jesús – su orgullosa autosuficiencia los cegó de ver a Jesús realmente como es. Entonces, Jesús le habla a Pedro y dice en Mateo 16:15: “¿Quién decís que soy yo?” Simón Pedro responde “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, y Jesús afirma respuesta de Pedro:

18 Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.

19 Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.

(Mateo 16.18-19).

Esta es la primera de las dos veces que Jesús habla de la iglesia en los Evangelios. Y observe cómo Él conecta la iglesia (v18) con las llaves del reino de los cielos (v19). La semana pasada observamos que el reino de Dios o el reino de los cielos es el pueblo de Dios en el lugar de Dios bajo el gobierno de Dios. Entonces, ¿cuál es la conexión entre este reino de los cielos que Jesús habla en v19 y la iglesia en v18? Bueno, la iglesia tiene el objetivo de mostrar en la tierra quien está y quien no está en el reino de los cielos.

En concreto, cuando Jesús habla con Pedro, está interesado en un qué y un quién. ¿Qué es una confesión correcta, y quien es un confesor correcto?

Jesús ejerce esa autoridad hacia Pedro, pero luego va un paso más allá. Jesús da a Pedro y a los apóstoles esta misma autoridad: la autoridad delante de un confesor, para escuchar su confesión, y para anunciar un juicio oficial en nombre del cielo.

Es o no es una confesión correcta.
Y eso es o no es un verdadero confesor.
Quiero asegurar que entendamos esto: El que está usando estas llaves del reino tiene la autoridad del cielo, no para hacer un cristiano, sino para declarar que es un cristiano, lo que hacemos a través del bautismo y la Cena del Señor.

En Mateo 16, se dice que los apóstoles tienen las llaves. Luego, en Mateo 18, Jesús pone las llaves en las manos de la iglesia local. Observemos:

Mateo 18.15-18

15 Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano.

16 Más si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.

17 Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.

18 De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo.

Un hombre ha sido confrontado un par de veces debido a su pecado. Él no escucha. Así que en el verso 17 Jesús dice: “dilo a (Quien? …) La iglesia.” No a un pastor, no a un comité, no a una sesión o presbiterio, sino a la iglesia. La última instancia de apelación es la iglesia.

La iglesia local tiene la autoridad del cielo para proteger el “qué” y el “quién” del Evangelio… quién y qué en la tierra representa al cielo. Se tienen las llaves – y ¿qué hacemos con las llaves? Ellas abren o cierran puertas o – en otras palabras atar y desatar (como en v18).

Jesús ha autorizado a la iglesia local para pararse frente a un confesor, para considerar la confesión del confesor, a considerar su vida, y para anunciar un juicio oficial en nombre del cielo. ¿Es esta confesión correcta? ¿Es este un verdadero confesor? Al igual que hizo Jesús con Pedro.

Las Llaves se ejercen a través del Bautismo y la Cena del Señor

Al atar y desatar… ejercemos las llaves… a través del bautismo y la Cena del Señor. Observe Mateo 18:20. Jesús explica esta actividad de usar las llaves en los versículos 17 y 18 con una explicación del “para” en el versículo 20: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.”

¿Qué significa eso de que se reúnen en su nombre? Jesús está hablando de ese lugar donde se ejerce el bautismo. A su vez a Mateo 28:18: “Toda autoridad en el cielo y la tierra me ha sido dada. Por lo tanto, vayan y hagan discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.” La iglesia, ya que tiene la autoridad de las llaves, tiene la autoridad para bautizar.

El bautismo es un símbolo de una realidad espiritual – una imagen de nuestra unión con Cristo, tanto en su muerte y resurrección. Pero el bautismo no sólo simboliza nuestra unión con Cristo, sino que además es la forma en que el creyente se asocia con el pueblo de Dios.

El bautismo es la puerta por así decirlo y se hace una vez. La Cena del Señor se hace regularmente1. En estas imágenes del Evangelio, estamos dibujando líneas de demarcación del que está dentro y fuera. ¿Recuerda Mateo 18 o 1 Corintios 5? Cuando alguien dice creer en el nombre de Cristo, pero se niega a abandonar su pecado, su afirmación pierde credibilidad y la iglesia está llamada a remover su afirmación de ser cristiano y de excomulgarle; impedirle el acceso a la Cena del Señor. Ahora bien, esto puede ser difícil, pero es importante que la iglesia siga la Escritura en esto porque la iglesia está llamada a representar, a reflejar la imagen de Dios – la gloria de Dios es supremamente importante; y es importante para el individuo, ya que estamos declarándonos unos a otros la verdad sobre nuestro estado ante Dios en lugar de engañar o halagarnos.

El bautismo y la Cena del Señor son signos de juramento por los cuales damos juramentos o votos unos a otros. Profesamos a Cristo, y afirmamos unos a otros como cristianos y miembros unos de otros en la iglesia2.

Es a través del bautismo y la Cena del Señor que nosotros como cristianos individuales trabajando juntos constituimos una iglesia local y sus miembros. Y Jesús autoriza a los cristianos a hacer esto por que nos da las llaves.

¿Recuerdan la definición de la Iglesia local que mencionamos la clase anterior?

“La iglesia local es un grupo de cristianos que se reúne regularmente en el nombre de Jesús para confirmar y supervisar oficialmente la membresía mutua en Jesucristo y en su Reino a través de la predicación del Evangelio y la práctica de las ordenanzas del Evangelio.”

Ahora, un par de cosas están llegando a un mayor enfoque. Es oficial, ya que sólo a la iglesia se le ha concedido la autoridad de las llaves – no a un individuo o a un subcomité. Es una reunión, pero esta reunión se define adicionalmente con el propósito de afirmar y supervisar la membresía de cada uno en Cristo y Su reino. Es a través del Evangelio porque así es como Dios trae a la vida a los cristianos y las ordenanzas porque ese es el instrumento de la iglesia para ejercer las llaves.

¿Para quién es la Membresía de la Iglesia?

Ahora toda esta charla sobre las llaves y atar y desatar plantea una pregunta importante: ¿Cuál es el criterio bíblico para entrar? Y eso es una pregunta importante porque de lo que estamos hablando es de algo más que acomodar – es una cuestión de eternidad. ¿Es igual como un club de campo donde se necesita saber si las personas son adecuadas o conducen un determinado tipo de auto? ¿Es como los militares donde tiene que ser capaz de hacer un cierto número de flexiones y levantamientos de peso? Para responder a esto, vamos a centrar nuestra atención de nuevo al Evangelio de Mateo.

¿A quién, en Mateo, hace Jesús un ciudadano del cielo, es decir, un miembro de la iglesia?

5.3 Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

7.21 No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.

10.32 A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos.

18.4 Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos.

Estas son las personas a las que la Iglesia debe recibir: los pobres en espíritu, los que siguen la voluntad de Dios, aquellos que reconocen a Cristo, el que se humilla como un niño pequeño.

¿Ves el patrón? El cristianismo, y por lo tanto, ser miembro de la iglesia, no es para los fuertes. No es para aquellos que tienen sus asuntos ordenados. Y que están decididos a seguir su propia voluntad… hacerlo a su manera. Es para aquellos que han intentado… y han fracasado.

Es para los adolescentes que tenían ciertos ideales morales, pero luego fueron a la universidad y cayeron en pecado.
Es para las madres que han tratado con todas sus fuerzas ser las madres perfectas, y se han decepcionado a si mismas.
Es para los jubilados que están llegando al final de su carrera y al mirar atrás, se dieron cuenta, “Todo giraba en torno a mi mismo, y mis ambiciones egoístas. Y ahora, ¿que tengo?”
El cristianismo, y por lo tanto ser miembro de la iglesia, es para las personas que han llegado al final de sí mismos. Es por eso que en Mateo 9:12 Jesús dijo: “Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos. … Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”.

El Padre celestial ha elegido, increíblemente, representarse a sí mismo en la tierra no con los moralmente perfectos, sino con los moralmente en bancarrota. Es decir, usa a la persona que sabe que él o ella es un pecador, que odia este hecho, y luego se aparta de ese pecado y pone su confianza en la justicia de Cristo.

Amigos, este es el corazón del cristianismo. Hemos sido creados para el bien. Hicimos el mal. Cristo vivió la vida humilde, mansa, y perfecta que deberíamos haber vivido y, a continuación, murió en la cruz como un sacrificio para pagar el castigo que merecíamos por hacer el mal. Y ahora, llama a cada uno que sea pobre en espíritu, que tenga hambre y sed de su justicia, a abandonar ese pecado, y seguirle como Salvador y Rey.

Triángulo de la Membresía

Muy bien, así que, ¿Qué pasa si después de todo esto de las llaves del reino y atar y desatar todavía tiene preguntas sobre la membresía de la iglesia? Es decir, ¿donde está la membresía de la iglesia de verdad en la Biblia? Una forma útil para responder a esta pregunta es leer a través del NT con esta pregunta en mente: ¿Qué enseña la Biblia acerca de cómo debe relacionarse el cristiano con la iglesia local?

Amarse unos a otros

Romanos 15.1 “Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos.”

Romanos 12.13, 15-16 “compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad.” “Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran. Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. No seáis sabios en vuestra propia opinión.”

Alentarse unos a otros

Hebreos 10.24-25 “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.”

Cuidarse unos a otros

1 Corintios 5 y Mateo 18.

Obedecer a los líderes

Hebreos 13.17 “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso.”

Entonces, ¿ve usted cómo el NT nos llama a relacionarnos entre nosotros dentro de la iglesia?

Pero esto plantea una pregunta secundaria: ¿a qué iglesia? En otras palabras, Hebreos 13 nos llama a obedecer a nuestros pastores – pero, ¿a que pastores? ¿Cada pastor de cada iglesia? Los ancianos son responsables ante Dios por las almas que velan, pero ¿cuales cristianos? La congregación tiene la responsabilidad de afirmar una profesión de fe y de remover o disciplinar a alguien cuando hay pecado sin arrepentimiento – pero, ¿a que personas se aplica? Lo que todo esto supone es una iglesia local – una membresía donde hay un “dentro” y un “afuera”. La membresía es simplemente un compromiso consciente respecto a los demás cristianos (al amor, cuidado, aliento), una sumisión a su autoridad como congregación y para los ancianos que dan supervisión.

¿Alguna pregunta?

Preguntas de discusión

1) ¿No es todo esto de “dentro” y “afuera” algo sin amor? ¿Cómo debemos pensar en el amor en el contexto de la membresía de la iglesia?

2) ¿Cuáles son las cosas que una iglesia puede hacer para mantener la línea que diferencia la iglesia y el mundo clara?

3) ¿Cómo podemos fomentar una cultura de discipulado?


[1] 1 Cor. 11:26
2 Ver 1 Cor. 10:16-17

Por CHBC
Capitol Hill Baptist Church (CHBC) es una iglesia bautista en Washington, D.C., Estados Unidos

Sacramentos divinamente instituidos

Sacramentos divinamente instituidos
Por R. Scott Clark

Nota del editor: Este es el sexto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo XVI

Aveces, los defensores del catolicismo romano, los noticieros e incluso los guías turísticos de las catedrales británicas y europeas nos dan la impresión de que la Reforma se coló en la iglesia y se robó cinco sacramentos antiguos cuando nadie estaba mirando. Eso es totalmente falso. Solo a finales del siglo XIII hubo un reconocimiento oficial de algo parecido a lo que hoy conocemos como el sistema sacramental católico romano. Los laicos fueron privados caprichosa y tiránicamente del cáliz el año 1281 en el Concilio de Lambeth y de nuevo en el Concilio de Constanza (1415). Aunque retuvo la copa, Roma reconoció que nuestro Señor nos dio pan y vino en la Cena del Señor. Cuando las iglesias protestantes confesionales y magisteriales rechazaron los cinco sacramentos romanos inventados por la iglesia (la confirmación, la penitencia, el matrimonio, la ordenación y la extremaunción) y devolvieron la copa a los laicos, lo que hicieron fue rechazar innovaciones de doscientos cincuenta años de antigüedad desarrolladas gradualmente durante el periodo medieval y que habían sido impuestas sobre los cristianos de la Baja Edad Media sin justificación bíblica. Los protestantes le estaban devolviendo a la iglesia los dos sacramentos instituidos por Cristo. También estaban devolviéndole la práctica universal de la antigua iglesia cristiana.

Las dos grandes ramas de la Reforma protestante, los luteranos y los reformados, estuvieron de acuerdo en que solo hay dos sacramentos divinamente instituidos: el bautismo y la Cena del Señor. Concordaron en que ambos son sacramentos del evangelio, representaciones visibles de la buena nueva que se predicaba en los púlpitos protestantes. Concordaron en que, en el evangelio, Dios declara justos a los pecadores solo por Su libre favor (sola gratia) y que la salvación se recibe por la fe sola (sola fide). Concordaron en que los sacramentos son medios de gracia (media gratiae) por los que Dios fortalece y anima a los creyentes. Concordaron en que el bautismo es la señal y el sello de Cristo del lavamiento de los pecados por la gracia sola, que debe administrarse a los creyentes y a sus hijos (aunque discrepaban en cuanto a su eficacia), y que la Cena es Su institución para nutrir la fe de los creyentes profesantes. También concordaron en que la doctrina católica romana del sacrificio conmemorativo y propiciatorio de Cristo en la Cena es un ataque idólatra contra la obra consumada de Cristo. Sin embargo, a pesar de estar de acuerdo en algunos de los aspectos más esenciales de los sacramentos, las dos grandes tradiciones de la Reforma discreparon en varios puntos.

A diferencia de la tradición luterana, los reformados desarrollaron una visión exhaustiva de los pactos bíblicos que sirvió como marco para entender los sacramentos. A principios de la década de 1520, Ulrico Zuinglio y otros teólogos concluyeron que existe un solo pacto de gracia en la historia redentora, administrado de diversas formas, en el que Dios ha prometido ser el Dios de Abraham y el Dios de sus hijos.

Los reformados también llegaron a distintas conclusiones sobre la Cena del Señor. Concordaron en que, en la Cena, los creyentes son alimentados por Cristo, pero no podían aceptar la confesión luterana de que el cuerpo de Cristo está «verdaderamente presente» en, con y bajo los elementos. Para los reformados, esa noción no refleja la enseñanza bíblica sobre la ascensión de Cristo, la promesa del Espíritu Santo y la consustancialidad (de la misma esencia) entre la humanidad de Cristo y la nuestra.

A mediados del siglo XVI, los habitantes de Ginebra y Heidelberg y las iglesias reformadas francesas, belgas y neerlandesas continuaron desarrollando la postura de Zurich en lo que respecta a la Cena. Desde principios de la década de 1540 y hasta su muerte, Juan Calvino enseñó que, en la Cena, Cristo alimenta al creyente con Su verdadero cuerpo y Su verdadera sangre mediante la fe, por la operación misteriosa del Espíritu Santo. La Confesión Francesa (1559), la Confesión Belga (1561) y el Catecismo de Heidelberg (1563) confiesan esta doctrina sublime.

El redescubrimiento de la antigua doctrina y práctica cristiana de los sacramentos fue tan esencial para la Reforma que las iglesias reformadas de Europa y las Islas Británicas hablaron del uso correcto de los sacramentos como «marcas» de la iglesia verdadera. En el artículo veintinueve de la Confesión Belga, las iglesias de habla francesa y neerlandesa confesaron que hay tres marcas de una iglesia verdadera: la predicación pura del evangelio, la «administración pura de los sacramentos» y el ejercicio de la disciplina de la iglesia. La frase «administración pura» de los sacramentos era una forma rápida de rechazar tanto a los anabaptistas como a Roma.

Durante la celebración en 2017 de la Reforma, es posible que hayas escuchado a los guías turísticos decir que los reformadores eliminaron sacramentos de la iglesia. Nada puede ser más falso. La Reforma no fue vandalismo, sino la restauración de una perla de gran valor: los dos sacramentos instituidos por nuestro Salvador con las buenas noticias de las que son sellos y señales.

Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine

R. Scott Clark
El Dr. R. Scott Clark es profesor de historia de la Iglesia y de teología histórica en el Westminster Seminary California y ministro asociado de Escondido United Reformed Church. Es autor de Recovering the Reformed Confession [Recuperar la confesión reformada].

La centralidad de la adoración

La centralidad de la adoración
Por Jeffrey Jue

Nota del editor: Este es el quinto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo XVI

l hecho de que Martín Lutero redescubriera la doctrina de la justificación por la fe sola sirvió como el fundamento teológico de la Reforma protestante. Lutero llegó a esa posición ortodoxa tras un cuidadoso estudio de la Biblia con la convicción de que la Escritura sola es la autoridad suprema, y no la Iglesia católica romana. La ortodoxia (la doctrina correcta) condujo a la ortopraxis (la práctica correcta), que incluye una correcta comprensión bíblica de la adoración. La Reforma protestante del siglo XVI puede describirse acertadamente como una reforma del culto en la iglesia. Los reformadores, entre ellos Lutero, Ulrico Zuinglio y luego Juan Calvino, recalcaron que el culto en la iglesia es vital para el cristiano, pero estaban preocupados por una serie de prácticas de la Iglesia católica romana. Eso los motivó a escudriñar la Escritura, la autoridad suprema, para instruir a la iglesia respecto a cómo practicar la adoración bíblica.

Muchos protestantes usan el término principio regulador de la adoración para describir el principio bíblico que define cómo la iglesia debe adorar a Dios. En pocas palabras, el principio establece que, en la adoración colectiva, la iglesia debe seguir únicamente las instrucciones de la Escritura. En cierto sentido, toda la vida cristiana está sujeta a un «principio regulador», porque siempre debemos vivir de acuerdo con la Escritura. Pero, desde luego, hay muchas áreas de la vida que no se abordan directamente en la Escritura, por ejemplo, ¿a qué escuela debo asistir?, ¿con quién debo casarme?, ¿qué carrera debo elegir? En esos casos, debemos deducir buenas y necesarias consecuencias de la Escritura para que nos ayuden a tomar decisiones sabias, como nos enseña la Confesión de Fe de Westminster 1:6. Sin embargo, el principio regulador de la adoración va más allá y explica que solo las cosas prescritas específicamente en la Escritura están permitidas en la adoración colectiva. En otras palabras, muchos reformadores insistieron en que el culto debe celebrarse exclusivamente según las instrucciones directas y específicas de la Escritura.

¿Cuáles son las prescripciones específicas para el culto que se encuentran en la Escritura? Hay cinco elementos clave. En primer lugar, hay que leer la Biblia (1 Ti 4:13). En segundo lugar (y esto era muy significativo para los reformadores), el culto debe incluir la predicación de la Palabra (2 Ti 4:2; Ro 10:14-15). En la Iglesia católica romana medieval, la predicación perdió prestigio porque se elevó la prioridad de la misa en el culto. Los reformadores recalcaron que la predicación es central y que es un medio de gracia para fortalecer a los creyentes en su santificación. En tercer lugar, en el culto deben ofrecerse oraciones (Mt 21:13; Hch 4:24-30). En cuarto lugar, los sacramentos deben ser administrados correctamente (Mt 28:19; 1 Co 11:23-26). Recuerda que los reformadores determinaron que la Biblia solo enseña dos sacramentos: el bautismo y la Cena del Señor. Por último, también se incluye el canto como elemento de la adoración (Ef 5:19).

El elemento del canto en el culto es un ejemplo de algunas de las diferencias que tuvieron los reformadores en su comprensión de la adoración bíblica. Lutero amaba la música y compuso varios himnos, entre ellos el célebre «Castillo fuerte es nuestro Dios». Creía que cantar los salmos bíblicos y también himnos nuevos era una parte importante del culto. Además, Lutero creía que la era del Nuevo Testamento daba más libertad en la adoración que el Antiguo Testamento. Por otro lado, Juan Calvino tenía una comprensión mucho más estricta del principio regulador en lo que respecta al canto en la adoración pública. Calvino sostenía que solo debían cantarse las palabras de la Escritura en el culto. Así, el libro de los Salmos se metrificó y cantó en muchas iglesias reformadas influenciadas por Calvino. El legado del planteamiento de Calvino también se aprecia en los puritanos del siglo XVII, como vemos en el Directorio para el culto público elaborado por la Asamblea de Westminster.

Podríamos reprochar a Calvino por ser tan estricto al apropiarse del principio regulador, pero debemos recordar el contexto en que trabajaron Calvino y los otros reformadores. Los reformadores consideraron idólatras muchas de las prácticas de la Iglesia católica romana. El uso de iconos y reliquias, la prioridad de la misa y las oraciones a los santos y a María eran prácticas que hacían que la gente dejara de adorar al Dios vivo y verdadero para adorar a otra persona u objeto físico. Para los reformadores, estas prácticas violaban claramente la enseñanza de la Escritura. En consecuencia, para restaurar el culto verdadero y combatir la idolatría, Calvino y otros teólogos siguieron y a veces aplicaron una visión más estricta del principio regulador.

La restauración de la adoración bíblica es un fruto directo de la Reforma. En muchos sentidos, los cultos de la mayoría de las iglesias evangélicas protestantes de la actualidad, especialmente por su centralidad en la predicación, tienen sus raíces en la Reforma. Al igual que en la Reforma, hoy en día sigue habiendo desacuerdo sobre la aplicación del principio regulador. Sin embargo, el desacuerdo sobre esta cuestión debe motivarnos a volver a la Escritura, nuestra autoridad suprema, para que nos instruya en cuanto a cómo debemos adorar a nuestro Dios.

Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine

Jeffrey Jue
El Dr. Jeffrey K. Jue es director, vicepresidente ejecutivo y titular de la cátedra Stephen Tong de teología reformada en el Westminster Theological Seminary de Filadelfia. Es anciano docente de la Iglesia presbiteriana en América (PCA).

¿QUÉ ES EL MATRIMONIO CRISTIANO? – Lección 1

Renovando Tu Mente
R.C.Sproul
Serie: El matrimonio íntimo

En El matrimonio íntimo, el Dr. R.C. Sproul muestra que si seguimos los principios de Dios, el matrimonio puede ser una celebración de gozosa intimidad y uno de los mayores placeres de la vida. En esta serie, el Dr. Sproul examina no solo la teología del matrimonio, sino también su sociología y psicología, cubriendo temas como la comunicación, los roles de género y el sexo.

¿Qué es el matrimonio cristiano?
Muchas personas hoy en día se preguntan si el matrimonio es una tradición anticuada que debe ser desechada de una vez por todas. En este episodio de Renovando Tu Mente, R.C. Sproul nos lleva al origen del matrimonio con el fin de descubrir el propósito de Dios para la relación entre marido y mujer.

La doctrina de la Escritura

La doctrina de la Escritura
Por Stephen Nichols

Nota del editor: Este es el cuarto capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo XVI

Martín Lutero confesó: «Las Escrituras son la viña en la que todos debemos trabajar». Y sí que trabajó en esa viña. En un principio, la educación formal de Lutero lo dirigió a los campos de las artes y las ciencias. Fue educado en los temas propuestos y desarrollados por Aristóteles. Su mente perspicaz lo preparó muy bien para sus estudios de maestría en el campo del derecho. Durante todo ese tiempo, tuvo conflictos profundos en su alma.

La infame tormenta eléctrica que sorprendió a Lutero camino a Erfurt terminó llevándolo al monasterio. Sin embargo, los deberes como monje no lograron calmar sus batallas internas. Sus superiores, que ahora estaban muy interesados en él, prescribieron más estudio, así que Lutero emprendió un viaje de investigación teológica.

Estudiar teología y Biblia en la década de 1510 significaba poco más que estudiar lo que los maestros tenían que decir sobre la teología y la Biblia. Los textos de estudio de Lutero eran fuentes sobre más fuentes —escritos de teólogos anteriores, papas y otros hombres— y se esperaba que él no hiciera mucho más que dominar las fuentes para que, a su vez, también apuntara a los estudiantes del futuro hacia los maestros.

Cuando Lutero pasó de ser alumno a ser profesor, estaba emergiendo una nueva estrella en la educación, una estrella que alumbraría al Renacimiento y a la Reforma. Los historiadores se refieren a esta nueva forma de aprender con la frase latina ad fontes, «a las fuentes». Hay que quitar las capas de la tradición y las fuentes secundarias; hay que ir directamente al documento original. Lutero acudió a la fuente. Leyó a Pablo, leyó los Salmos, leyó a los profetas. En la viña de la Escritura, halló la solución para sus luchas y mucho más que eso.

Erasmo publicó su Nuevo Testamento griego-latín en Basilea el año 1516. Lutero clavó sus noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia un año después. La primera de esas tesis cuestiona la traducción latina de la palabra griega usada para referirse al «arrepentimiento». Con la Biblia en la mano, Lutero y la Reforma despegaron de verdad.

Pocos años después de publicar las noventa y cinco tesis, Lutero hizo un trabajo de amor para su propio pueblo: la traducción del Nuevo Testamento al alemán. Más adelante, dejó ambos testamentos a disposición de los lectores alemanes. En 1525, Tyndale tradujo el Nuevo Testamento desde el griego para el mundo de habla inglesa.

La Reforma se basó en la Biblia, así que no debe sorprendernos encontrar en los reformadores una doctrina robusta de la Escritura. Un modelo útil para esclarecer la doctrina de la Escritura es el que está compuesto por cuatro términos claves: autoridad, necesidad, claridad y suficiencia.

El reformador italiano Pedro Mártir Vermigli definió con claridad la autoridad de la Escritura al centrar su atención en una frase latina compuesta por dos palabras: Dominus dixit, que significa «Así dice el Señor». La Biblia es la Palabra de Dios, así que es verdadera, así que es concluyente, así que es inerrante, así que es infalible, así que es nuestra única guía segura.

Juan Calvino es famoso por comparar la Escritura con un par de lentes. Sin la Escritura, malinterpretamos el mundo natural, la naturaleza humana y al Creador. La Escritura sola nos entrega una imagen clara de quién es Dios, quiénes somos nosotros y cuál es el plan que Dios en verdad tiene para el mundo. Sin la Escritura, tropezamos en la oscuridad. La Escritura es necesaria para que veamos correctamente el mundo.

Uno de los escritos más importantes de Ulrico Zuinglio se titula Sobre la claridad y la certeza de la Palabra de Dios. La idea de que la Escritura es clara no significa que todo lo que hay en ella es igual y abundantemente claro. Sin embargo, sí significa que el mensaje y el sentido principal de la Escritura es claro. Zuinglio también nos dice que Dios nos ha dado el Espíritu Santo, «el Maestro de la verdad», y que Dios ha dotado a Su iglesia de maestros e individuos con dones para que conozcamos Su Palabra con certeza.

Justo antes de su martirio, Lady Juana Grey anotó un par de palabras en la copia del Nuevo Testamento que iba a dejarle a su hermana. Escribió que ese volumen no estaba adornado exteriormente con oro, como los libros más elegantes de su biblioteca, pero «internamente vale más que las piedras preciosas». Pedro dice que Dios nos ha concedido «todo cuanto concierne a la vida y a la piedad» en las «preciosas y maravillosas promesas» de Su Palabra (2 P 1:3-4). La Palabra de Dios es suficiente para decirnos qué debemos creer para ser salvos y cómo agradar a Dios.

En realidad, el cimiento reformado de la sola Scriptura —«la Escritura sola»— está formado por las cuatro palabras claves que describen a la Biblia. Puesto que es autoritativa, necesaria, clara y suficiente, la Escritura es nuestro estándar supremo en asuntos de fe y práctica. En consecuencia, debemos predicar, leer, estudiar y publicar la Escritura. La Reforma se basó en el cimiento firme de la Palabra de Dios.

Al celebrar lo que la Reforma logró quinientos años atrás, también debemos mirar al futuro, a la próxima Reforma. ¿Podemos imaginarnos todo lo que la Palabra de Dios podrá lograr en manos del pueblo de Dios en los años venideros?

Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine
Stephen Nichols
El Dr. Stephen J. Nichols es presidente de Reformation Bible College, director académico de Ligonier Ministries y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Es el anfitrión de los podcasts 5 Minutes in Church History y Open Book. Es autor de numerosos libros, entre ellos For Us and for Our Salvation, Jonathan Edwards: A Guided Tour of His Life and Thought, Peace y A Time for Confidence, y es coeditor de The Legacy of Luther y de la serie de Crossway: Theologians on the Christian Life. Él está en Twitter @DrSteveNichols.

La necesidad de la Reforma

Nota del editor: Este es el segundo capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo XVI

La necesidad de la Reforma
Por W. Robert Godfrey

La iglesia siempre necesita reforma. Incluso en el Nuevo Testamento, vemos a Jesús reprendiendo a Pedro, y a Pablo corrigiendo a los corintios. Como los cristianos siempre somos pecadores, la iglesia siempre necesitará la reforma. Sin embargo, la pregunta que debemos hacernos es cuándo esa necesidad se vuelve totalmente imperiosa.

Los grandes reformadores del siglo XVI concluyeron que la reforma era urgente y necesaria en sus días. Mientras buscaban reformar la iglesia, rechazaron dos extremos. Por un lado, rechazaron a los que insistían en que la iglesia estaba básicamente sana y no necesitaba cambios fundamentales. Por otro lado, también rechazaron a los que creían que podían crear una iglesia perfecta en cada detalle. La iglesia necesitaba una reforma fundamental, pero también iba a necesitar seguir reformándose siempre. Los reformadores llegaron a estas conclusiones gracias a su estudio de la Biblia.

En 1543, el reformador de Estrasburgo, Martín Bucero, le pidió a Juan Calvino que escribiera una defensa de la Reforma para presentarla ante el emperador Carlos V en la dieta imperial que se reuniría en Espira el año 1544. Bucero sabía que el emperador, que era católico romano, estaba rodeado por consejeros que difamaban los esfuerzos por reformar la iglesia, y creía que Calvino era el ministro más capaz para defender la causa protestante.

Calvino aceptó el desafío y escribió una de sus mejores obras, La necesidad de reformar la iglesia. Aquel tratado sustancial no convenció al emperador, pero ha llegado a ser considerado por muchos como la mejor presentación de la causa reformada que se ha escrito.

Calvino parte observando que todos concordaban en que la iglesia tenía «enfermedades numerosas y severas». También afirma que los problemas eran tan serios que los cristianos no podían permitirse «mayores demoras» para la reforma ni tampoco esperar por «remedios lentos». Rechaza la acusación de que los reformadores eran culpables de «innovación precipitada e impía». Más bien, recalca que «Dios levantó a Lutero y a otros» para preservar «la verdad de nuestra religión». Calvino veía que los fundamentos del cristianismo estaban bajo amenaza y que solo la verdad bíblica renovaría a la iglesia.

Calvino observa cuatro grandes áreas de la vida de la iglesia que necesitaban una reforma. Estas áreas forman lo que él llama el alma y el cuerpo de la iglesia. El alma de la iglesia está compuesta por la «adoración pura y legítima de Dios» y por «la salvación de los hombres». El cuerpo de la iglesia está compuesto por el «uso de los sacramentos» y «el gobierno de la iglesia». Para Calvino, estos asuntos estaban en el núcleo de los debates de la Reforma. Son esenciales para la vida de la iglesia y solo podemos entenderlos correctamente a la luz de la enseñanza de las Escrituras.

Tal vez nos sorprenda que Calvino haya catalogado la adoración de Dios como uno de los asuntos más importantes de la Reforma, pero este era un tema consistente en él. Antes, le había escrito al cardenal Sadoleto: «No hay nada más peligroso para nuestra salvación que una adoración absurda y perversa de Dios». La adoración es el lugar donde nos encontramos con Dios y ese encuentro debe realizarse según los estándares de Dios. Nuestra adoración muestra si de verdad aceptamos la Palabra de Dios como nuestra autoridad y nos sometemos a ella. La adoración creada por nosotros mismos es una forma de justicia por las obras y una expresión de idolatría.

Luego, Calvino se refirió a lo que solemos ver como el tema más grandioso de la Reforma, es decir, la doctrina de la justificación:

Sostenemos que, más allá de cómo sean las obras de un hombre, él es considerado justo delante de Dios sobre la sola base de la misericordia gratuita, pues Dios, sin ninguna consideración por las obras, lo adopta gratuitamente en Cristo, imputándole la justicia de Cristo como si fuera suya. Esto lo conocemos como la justicia de la fe, es decir, cuando un hombre, desnudo y vacío de toda confianza en las obras, se siente convencido de que la única base de su aceptación ante Dios es una justicia que él no tiene en sí mismo, pero le es prestada por Cristo. El punto en que el mundo siempre se desvía (pues este error ha prevalecido casi en todas las épocas) es el de imaginar que el hombre, por muy parcialmente deficiente que sea, sigue mereciendo, hasta un cierto punto, el favor de Dios por las obras.

Estas cuestiones fundamentales que conforman el alma de la iglesia son respaldadas por el cuerpo de la iglesia: sus sacramentos y gobierno. Debemos devolverles a los sacramentos el sentido y uso puro y simple que reciben en la Biblia. El gobierno de la iglesia debe rechazar toda tiranía que ate la conciencia de los cristianos de manera contraria a la Palabra de Dios.

Cuando observamos la iglesia de nuestros días, bien podemos concluir que la reforma es necesaria —de hecho, es imprescindible— en muchas de las áreas por las que Calvino tanto se preocupó. A fin de cuentas, solo la Palabra y el Espíritu de Dios reformarán la iglesia. Sin embargo, debemos orar y trabajar fielmente para que esa reforma llegue en nuestros días.

Publicado originalmente en: Tabletalk Magazine
W. Robert Godfrey
El Dr. W. Robert Godfrey es presidente de la junta directiva de Ligonier Ministries, maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries, y presidente emérito y profesor emérito de historia de la iglesia en el Westminster Seminary California. Es el maestro destacado de la serie de seis partes de Ligonier: A Survey of Church History y autor de varios libros, entre ellos An Unexpected Journey y Learning to Love the Psalms.

¿Qué es el matrimonio cristiano?

Renovando Tu Mente

R.C.Sproul

Serie: El matrimonio íntimo

En El matrimonio íntimo, el Dr. R.C. Sproul muestra que si seguimos los principios de Dios, el matrimonio puede ser una celebración de gozosa intimidad y uno de los mayores placeres de la vida. En esta serie, el Dr. Sproul examina no solo la teología del matrimonio, sino también su sociología y psicología, cubriendo temas como la comunicación, los roles de género y el sexo.

¿Qué es el matrimonio cristiano?

Muchas personas hoy en día se preguntan si el matrimonio es una tradición anticuada que debe ser desechada de una vez por todas.

En este episodio de Renovando Tu Mente, R.C. Sproul nos lleva al origen del matrimonio con el fin de descubrir el propósito de Dios para la relación entre marido y mujer.

R.C.Sproul Alimentemos El Alma