Nota del editor:Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana
¿Por qué podría un cristiano negarse a asistir, atender o participar en una ceremonia de matrimonio entre personas del mismo sexo? Para hacer las cosas más simples, asumamos que este es un debate entre cristianos tradicionales que creen —como siempre ha creído la iglesia y como sigue creyendo la mayor parte de la iglesia mundial— que el comportamiento sexual entre personas del mismo sexo es pecaminoso y que el matrimonio es una unión conyugal y de pacto entre un hombre y una mujer.
Con este comentario aclaratorio, podemos abordar la cuestión directamente: ¿Por qué un cristiano se sentiría obligado por su conciencia a no asistir o participar en una boda gay? Lo que nos lleva a esta conclusión no es el fanatismo, ni el miedo, ni porque no sepamos que Jesús pasó tiempo con los pecadores. Es por nuestro deseo de ser obedientes a Cristo y por la naturaleza del evento de la boda en sí.
Una ceremonia de boda, en la tradición cristiana, es ante todo un servicio de adoración. Así que si la unión que se celebra en el servicio no puede ser aprobada bíblicamente como un acto de adoración, creemos que el servicio da crédito a una mentira. No podemos, con buena conciencia, participar en un servicio de adoración falsa. Entiendo que no suena muy bien, pero la conclusión se desprende de la premisa, es decir, que el «matrimonio» que se celebra no es en realidad un matrimonio y que no debe celebrarse.
Además, desde hace tiempo se entiende que los presentes en una ceremonia matrimonial no son simples observadores casuales, sino que son testigos que otorgan su aprobación y apoyo a los votos que se van a realizar. Por eso el lenguaje tradicional habla de reunirse «ante Dios y ante esta congregación». Por eso, en uno de los servicios matrimoniales modelo de la Iglesia presbiteriana de América, todavía el ministro dice:
Si alguien puede mostrar una causa justa por la que no puedan casarse legalmente, que lo declare ahora o que calle para siempre.
De forma muy explícita, la boda no es una fiesta para los amigos y la familia. No es una mera formalidad ceremonial. Es un acontecimiento divino en el que los reunidos celebran y honran la «solemnidad del matrimonio».
Por eso —por mucho que quiera tender puentes con una amiga lesbiana o asegurar a un familiar gay que me importa y que quiero relacionarme con él— no asistiría a una ceremonia de boda del mismo sexo. No puedo ayudar con mi pastel, con mis flores o con mi presencia a solemnizar lo que no es sagrado.
Al adoptar esta postura, a menudo he escuchado en respuesta cosas como estas:
Pero Jesús se juntó con los pecadores. No le preocupaba ser contaminado por el mundo. No quería alejar a la gente del amor de Dios. Siempre abría las compuertas de la misericordia de Dios. Él nos diría: «Si alguien te obliga a hornear un pastel, hornea para él dos».
Bien, pensemos en estas objeciones. Me refiero a pensar con unas cuantas frases y no solo con eslóganes y vagos sentimentalismos.
Jesús se juntó con los pecadores. Es cierto, más o menos (depende de lo que se entienda por «juntarse»). Pero Jesús creía que el matrimonio era entre un hombre y una mujer (Mt 19:3-9). El ejemplo de Cristo en los evangelios nos enseña que no debemos tener miedo de pasar tiempo con los pecadores. Si una pareja gay de la casa de al lado te invita a cenar, no la rechaces.
No le preocupaba ser contaminado por el mundo. Esa no es la preocupación aquí. No se trata de piojos o gérmenes del pecado. Nosotros mismos tenemos muchos de ellos.
No quería alejar a la gente del amor de Dios. Pero Jesús lo hizo todo el tiempo. Actuó de maneras antagónicas, que pudo hacerlas involuntariamente, pero más a menudo las hizo deliberadamente (Mt 7:6, 13-27; 11:20-24; 13:10-17; 19:16-30). Jesús apartaba a la gente todo el tiempo. Esto no es excusa para que seamos irreflexivos y poco amables. Pero debería poner fin a la noción no bíblica que dice que si alguien se siente herido por tus palabras o no amado por tus acciones, ipso facto fuiste poco amoroso de manera ridícula y pecaminosa.
Siempre abría las compuertas de la misericordia de Dios. Amén. Sigamos predicando a Cristo y prediquemos como Él lo hizo, llamando a todas las personas a «arrepentirse y creer en el evangelio» (Mr 1:15).
Si alguien te obliga a hornear un pastel, hornea para él dos. Este es, por supuesto, un principio verdadero y hermoso sobre cómo los cristianos, cuando son injuriados, no deben injuriar a su vez. Pero difícilmente puede significar que hagamos todo lo que la gente exige sin importar nuestros derechos (Hch 4:18-20; 16:35-40; 22:22-29) y sin importar lo que es correcto a los ojos de Dios.
Una boda no es una invitación a una cena o una fiesta de graduación o de jubilación. Incluso en un entorno completamente laico, sigue existiendo la sensación —y a veces las invitaciones de boda lo dicen— de que nuestra presencia en el evento honraría a la pareja y su matrimonio. Sería difícil, si no imposible, asistir a una boda (por no hablar de hacer el catering o el centro de mesa) sin que tu presencia comunique la celebración y el apoyo a lo que está ocurriendo. Y, por muy doloroso que sea para nosotros y para los que amamos, celebrar y apoyar las uniones homosexuales no es algo que Dios o Su Palabra nos permitan hacer.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Kevin DeYoung El Rev. Kevin DeYoung es pastor de Christ Covenant Church en Matthews, N.C., y maestro asistente de Teología Sistemática en el Reformed Theological Seminary de Charlotte, N.C. Es autor de numerosos libros, incluyendo Taking God at His Word [Confía en Su Palabra] y Just Do Something [Haz algo].
Nota del editor:Este es el sexto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana
El presidente Obama tuvo razón cuando dijo que la decisión de la Corte Suprema sobre el matrimonio gay cayó como un rayo. La decisión en el caso Obergefell vs. Hodges, que legalizó el matrimonio gay en todo el país, es realmente un punto de inflexión en nuestra vida nacional. Aunque la mayoría de los estadounidenses apoya ahora el matrimonio gay, muchos de nosotros consideramos esta decisión como una tragedia moral y judicial.
Desde el punto de vista jurídico, representa que cinco jueces no elegidos imponen a la nación una nueva definición del matrimonio. La sentencia no se basa en principios jurídicos sólidos, sino en las opiniones de cinco abogados que se adjudican el derecho a promulgar una política social. La Corte Suprema no tiene derecho a redefinir el matrimonio para los cincuenta estados, pero eso es exactamente lo que hizo.
Desde un punto de vista moral, la decisión es una completa subversión de lo bueno, lo correcto y lo verdadero con respecto al matrimonio. El matrimonio es la unión de pacto entre un hombre y una mujer para toda la vida. Su conexión con la procreación y los hijos nos ha sido revelada en la naturaleza, por la razón y por el sentido común. Además, la Biblia revela que el matrimonio es un símbolo del evangelio, del amor y del pacto de Cristo por Su iglesia (Ef 5:31-32).
La decisión del tribunal intenta poner todo eso patas arriba. Como resultado, se opone a la razón y al sentido común. Lo que es más importante, va en contra de los propósitos de Aquel que, para empezar, creó el matrimonio (Gn 2:24-25).
Una nueva realidad Aunque me decepciona esta decisión, aún confío en que los cristianos seguirán dando testimonio de la verdad sobre el matrimonio, aunque la ley de nuestro país se ponga ahora en nuestra contra. Sin embargo, muchos cristianos se preguntan cómo avanzar en esta nueva realidad.
Soy pastor y esta pregunta es exactamente la que he escuchado de la gente de mi iglesia. Nuestros miembros, en general, no tienen preguntas sobre la enseñanza de la Biblia sobre la homosexualidad y el matrimonio. Eso lo entienden. Tampoco tienen dudas sobre su obligación de amar al prójimo, buscar su bien y estar en paz con todos (Mr 12:29-31; Lc 6:33; Ro 12:18). También entienden todo eso.
Su pregunta es cómo vivir lo que Jesús les ha llamado a ser cuando la gente los trate con hostilidad. Hace poco hablé con un miembro de la iglesia cuyo jefe es gay. Aproximadamente la mitad de sus compañeros de trabajo también lo son. Son sus amigos y tiene amor por ellos. Ella quiere mantener una relación con ellos y espera seguir formando parte de sus vidas. Pero le preocupa que sus creencias cristianas sobre el matrimonio y la sexualidad los alejen una vez que las conozcan. Lo último que tiene en mente es librar una guerra cultural o ganar un debate con ellos. Solo quiere un espacio para ser su amiga, aunque al final no estén de acuerdo con estas cuestiones fundamentales.
Podría contar otras historias de hermanos y hermanas en Cristo que no solo están preocupados por mantener las relaciones con sus amigos del trabajo, sino que también les preocupa enfrentarse al suicidio profesional si sus opiniones cristianas se dan a conocer entre sus colegas. Una vez más, no quieren entrar en una guerra cultural con nadie. Pero tampoco quieren enfrentarse a la pérdida de sus trabajos o a una reprimenda en su expediente de recursos humanos cuando no se presenten a la fiesta de la oficina para su compañero de trabajo que acaba de casarse con su pareja del mismo sexo. Están tratando de averiguar cómo ser fieles a Jesús, amigos fieles y empleados fieles cuando estas obligaciones parecen estar en tensión.
Ese es el reto que veo entre nuestros miembros. Lo que se preguntan es si su fe cristiana será tolerada en el espacio público. Y no me refiero a ningún deseo por su parte de hacer un proselitismo agresivo y odioso. Se preguntan si existirá un auténtico pluralismo en el país post-Obergefell, o si los puntos de vista cristianos sobre la sexualidad y el matrimonio están siendo excluidos de nuestra vida nacional.
Estoy muy agradecido por estos queridos hermanos y hermanas en mi iglesia. Ninguno de ellos ha expresado ningún pensamiento de abandonar las enseñanzas de Jesús debido a estas dificultades. Van a caminar con Cristo sin importar el costo. Alabo a Dios por eso. Pero aun así estoy preocupado por ellos y estoy orando por ellos. Son víctimas silenciosas en la primera línea de una guerra cultural en la que no quieren estar. Solo quieren seguir a Jesús en paz. A medida que las implicaciones de Obergefell llegan a sus vidas, oro para que puedan hacer precisamente eso (1 Ti 2:2).
La creciente oposición Los cristianos están empezando a darse cuenta de que su lugar en la vida estadounidense está siendo juzgado en el tribunal de la opinión pública. No está nada claro si esto acabará bien para la iglesia cristiana.
A principios de este año, vimos cómo los gobernadores de Indiana y Arkansas abandonaban en sus estados las Leyes de Restauración de la Libertad Religiosa (RFRA por sus siglas en inglés). Fue un momento clave en nuestra vida nacional que puso de manifiesto el profundo cambio de actitud de Estados Unidos respecto a la homosexualidad, el desfase de los evangélicos con la nueva ortodoxia sexual y la voluntad de muchos estadounidenses de castigar a los evangélicos por sus creencias transgresoras.
Hemos visto a dos gobernadores republicanos dar marcha atrás con respecto a las RFRA estatales sobre las cuales hace tan solo diez años no había controversia alguna. Hemos visto a los medios de comunicación nacionales desestimar con sarcasmo nuestra primera libertad en la Carta de Derechos, usando comillas al mencionar la «llamada» libertad religiosa. Vimos cómo un político tras otro no quería o no podía presentar un argumento coherente a favor de la libertad religiosa. Y vimos a innumerables comentaristas denigrar la libertad religiosa como un eufemismo para el fanatismo y la discriminación. El columnista del New York Times, Frank Bruni, escribió que a los cristianos se les debería «obligar a quitar la homosexualidad de su lista de pecados». No es de extrañar que Nicholas Kristof haya dicho que «los evangélicos constituyen uno de los pocos grupos de los que es seguro burlarse abiertamente».
La libertad religiosa ha recibido una paliza épica en la vida estadounidense y parece que apenas estamos empezando. El foco del ataque parece estar en los evangélicos. Los evangélicos están empezando a sentir un desprecio abierto por parte de burladores refinados, que encuentran que nuestra antigua fe es estrafalaria y discordante con el país posterior a la revolución sexual. Ya no existe una «mayoría silenciosa» a la que los cristianos puedan apelar en busca de ayuda. Los evangélicos somos una auténtica minoría cuando se trata de nuestro compromiso con las enseñanzas de Jesús sobre la sexualidad. No es solo que a la gente no le gusten nuestros puntos de vista. Es que no le gustamos a la gente por ellos. De hecho, una encuesta reciente ha revelado que hay más personas que ven con buenos ojos a los homosexuales que las que ven con buenos ojos a los evangélicos.
¿Retirada o compromiso? Sin duda, los cristianos evangélicos se enfrentan a una nueva realidad en la América post-Obergefell y se preguntan cómo avanzar. Oyen a algunos líderes aconsejar la retirada y la desvinculación de la cultura. Oyen a otros líderes decir que tenemos que participar en la guerra cultural con el tipo de política que marcó la antigua Mayoría Moral de la década de 1980.
Ninguna de las dos opciones muestra realmente lo que Jesús nos enseñó sobre nuestra relación continua con el mundo. Juan 17 recoge las palabras de la oración de Jesús justo antes de ser entregado para ser crucificado. Su oración se centró no solo en los once discípulos que quedaban, sino también en todos aquellos que creerían en Él por el testimonio de Sus discípulos. En resumen, Jesús oraba por nosotros.
Entre otras cosas, Jesús oró para que estuviéramos en el mundo, pero no fuéramos del mundo, por el bien del mundo.
Jesús oró: «No te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno… Como Tú me enviaste al mundo, Yo también los he enviado al mundo» (vv. 15, 18). Esto significa que la desvinculación del mundo no es una opción para los cristianos. Él nos ha enviado al mundo sabiendo muy bien que nos enfrentaremos a la oposición: «En el mundo tienen tribulación, pero confíen, Yo he vencido al mundo» (16:33). Pero estar en el mundo no significa ser del mundo. En el Evangelio de Juan, «mundo» no es una palabra genérica para el planeta tierra. Es un término técnico que denota a la humanidad en su caída y rebelión contra Dios (ver también 1 Jn 2:15-17). Así que cuando Jesús nos envía al mundo, sabe que nos envía a un reino de rebelión activa contra los propósitos de Su Padre. Pero Su expectativa es que nuestra presencia en el mundo sea una influencia «santificadora». ¿Por qué? Porque nuestra lealtad a Jesús y a Su Palabra nos «santifica» en medio de la podredumbre (Jn 17:16-17). Y ese es el punto. Estamos en el mundo, pero no somos del mundo por el bien del mundo. Jesús dice que envía a Sus discípulos santificados al mundo para que «el mundo sepa que Tú me enviaste, y que los amaste como me has amado a Mí» (v. 23). En última instancia, nuestra santificación en el mundo tiene una misión: mostrar al mundo —en su caída y rebeldía— que Dios envió a Su Hijo a morir por los pecadores. Sí, nos enfrentamos a una nueva realidad después de Obergefell. Pero sabemos cómo avanzar en esta nueva realidad porque Jesús ya nos ha dado nuestras órdenes de marcha. Él nos ha mostrado que la oposición del mundo es la norma, no la excepción, y sabemos que al final venceremos porque Jesús ha vencido (16:33).
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. Denny Burk El Dr. Denny Burk es profesor de estudios bíblicos en el Boyce College y pastor asociado de Kenwood Baptist Church en Louisville, Kentucky. Es autor de What Is the Meaning of Sex? [¿Cuál es el significado del sexo?] y coautor de Transforming Homosexuality [Transformar la homosexualidad]. Puedes seguirlo en Twitter @DennyBurk.
Nota del editor:Este es el cuarto capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana
Es un escenario de pesadilla para todos los implicados: un hombre llama a su pastor llorando y le pide una reunión urgente. Treinta minutos más tarde, está en el despacho del pastor, confesando que su mujer le ha sorprendido tocando sexualmente a su hija de trece años. Parece estar muy afligido, hasta que el pastor le insta a llamar a la línea de atención al menor y autodenunciarse. Entonces, el abusador comienza a evadir: «¿No destruirá eso a mi familia? ¿No me costará el trabajo? ¿No destruirá mi reputación?». El hombre se niega y se va de la oficina. Dos semanas después, toda su familia se muda fuera del estado a un lugar no declarado.
¿Qué debe hacer el pastor? Con demasiada frecuencia, el pastor no hace nada, a pesar de que en muchos estados existen leyes de denuncia de abusos sexuales que obligan al clero a denunciar dichos abusos, incluso cuando se alega el privilegio de pastor-penitente. Así también, los líderes de la iglesia no hacen nada, alegando que la familia ha huido a otro estado, fuera del alcance de su antigua congregación. El resultado es que un abusador sexual se sale con la suya en su pecado y crimen, y seguirá perpetrando ese pecado hasta que finalmente sea atrapado por las autoridades.
Piensa en la niña implicada: ¿qué le dice la iglesia en este caso? Piensa en la esposa y en los demás hijos; en el hombre mismo y en su alma inmortal; en la nueva comunidad a la que ha trasladado a su familia. ¿Qué dice la iglesia a estas partes? Piensa en la iglesia y en el evangelio: ¿qué está diciendo la iglesia sobre ellos?
Cada vez que la iglesia no se enfrenta al pecado, y especialmente a los pecados sexuales perturbadores, estamos diciendo algo muy claro: nos amamos a nosotros mismos, a nuestra comodidad, a nuestra reputación, más que a Dios, al evangelio y a los demás. Eso es lo que ocurre cuando no enfrentamos el mal.
Por supuesto, hay otras innumerables situaciones en las que nuestras iglesias y nuestros líderes no enfrentan el mal:
Cuando el esposo que es el apoyo económico más importante deja a su esposa por otra mujer y la iglesia no lo disciplina, dejando que «renuncie» a su membresía; Cuando el cardiólogo amenaza a su mujer con un arma, después afirma que «solo estaba bromeando» y no sufre ninguna consecuencia; Cuando la madre de mediana de edad de tres hijos decide dejar a su marido, su casa y su iglesia simplemente porque no es feliz y nadie se pone en contacto con ella. En cada una de estas maneras y en innumerables otras, cuando la iglesia no persigue a los individuos con una disciplina formativa y correctiva con gracia y con amor, hacemos daño espiritual y realmente traicionamos el evangelio.
Entonces, ¿qué hacemos al respecto? ¿Cómo pueden nuestras iglesias brillar como luminares en medio de situaciones ciertamente difíciles, complejas y desordenadas? ¿Cómo pasamos de ser personas que no enfrentan el mal y aman su propia comodidad a ser personas que aman a Cristo y a Su pueblo sin importar el costo para nosotros?
Planifica por adelantado Las iglesias a menudo fracasan a la hora de hacer lo correcto —tanto eclesiástica como civilmente— porque no han pensado de antemano cómo proceder en situaciones concretas. No podemos esperar a que se desarrolle un escenario de pesadilla. Si lo hacemos, seguro que lo trataremos de forma inadecuada. En lugar de eso, necesitamos tener por adelantado procesos claros y escritos que seguir.
Para las iglesias presbiterianas, hay un sentido en el que eso ya nos ha sido determinado. En la Iglesia Presbiteriana en América, por ejemplo, tenemos el Libro de orden de la iglesia de nuestra denominación, que establece un proceso disciplinario. Para las iglesias independientes, que no tienen reglas denominacionales de disciplina, es necesario que haya un proceso claro y escrito de disciplina eclesiástica. Independientemente del contexto denominacional, como líderes de la iglesia debemos estar decididos a seguir el proceso sin importar quién esté involucrado (Mt 18:15-20; 1 Ti 5:21).
Sin embargo, tenemos que admitir que podríamos necesitar otros protocolos para ayudar a guiar las respuestas a situaciones específicas. Por ejemplo, cuando se sospecha o se admite un abuso de menores, los líderes de la iglesia deben tener y seguir directrices específicas para informar a las autoridades civiles correspondientes. Para desarrollar tales protocolos, será necesario trabajar con un abogado local para asegurarse de que la iglesia cumple con las leyes estatales de denuncia aplicables. Disponer de un protocolo escrito de este tipo elimina las conjeturas de una denuncia. En muchos estados, el requisito es que los líderes de la iglesia informen del asunto tan pronto como se descubra, y luego permitan a las autoridades competentes investigar y determinar si se ha cometido un delito. Colaborar con el Estado en estos asuntos es apropiado y bíblico (Ro 13:1-7).
Sé firme pero manso El apóstol Pablo nos insta a restaurar a los pecadores con espíritu de mansedumbre (Gá 6:1). Esa mansedumbre no es opuesta a la firmeza y la determinación; más bien, surge del reconocimiento de que nosotros también somos pecadores. Este reconocimiento debería eliminar nuestra jactancia farisaica o nuestra ira arrogante. Sin duda, en el caso de pecados como el abuso de menores, existe una justa ira por el pecado y sus efectos a largo plazo. Aún así, es la bondad de Dios la que lleva al arrepentimiento (Ro 2:4). Incluso cuando tratamos con suavidad y firmeza a los autores, buscamos su arrepentimiento y su restauración final.
Sin embargo, a menudo no mostramos una compasión similar hacia las víctimas. Las iglesias suelen aparecer en las noticias por no tratar con compasión a las mujeres que se divorcian de sus maridos que han sido descubiertos viendo pornografía infantil o por mirar hacia otro lado cuando se descubren patrones de abuso infantil. Otras iglesias, que se niegan a defender a las mujeres que sufren abusos físicos por parte de sus maridos o a los niños que sufren abusos sexuales por parte de sus padres, pasan desapercibidas. ¿Dónde está la compasión por estas víctimas? Como iglesias debemos estar decididos a demostrar compasión a los que han sido objeto de pecado, estando decididos a hacer con ellos lo que deseamos que otros hagan con nosotros (Mt 7:12).
Lidera y aplica el evangelio Tanto el perpetrador como la víctima del pecado necesitan lo mismo: el evangelio de Jesús. Los que cometen pecados sexuales —ya sea inmoralidad sexual, adulterio o incluso abuso sexual— necesitan escuchar el evangelio. El punto de la disciplina es confrontar al pecador con los reclamos de Cristo, llamar al arrepentimiento, pero también buscar nuevos patrones de obediencia que solo pueden venir cuando el pecador corre diariamente a Cristo.
A menudo, quienes cometen pecados desordenados y atroces creen que sus pecados son demasiado grandes para ser perdonados. Necesitan que se les recuerde que «no hay pecado tan grande que pueda traer condenación sobre aquellos que se arrepienten verdaderamente» (Confesión de Fe de Westminster 15.4). Tal arrepentimiento genuino se produce «al comprender la misericordia de Dios en Cristo para con los arrepentidos» (CFW 15.2). ¿Cuán grande es la misericordia de Dios en Cristo? Tan grande que envió a Su Hijo único para morir por los pecadores, y esa muerte es suficiente para cubrir todos nuestros pecados, incluso los más atroces.
Las víctimas también necesitan el evangelio de Jesús: que Jesús es un Salvador que no quebrará la caña cascada ni apagará la mecha que humea (Mt 12:20); que se identifica con los heridos y quebrantados y pone en libertad a los oprimidos por el pecado (Lc 4:17- 21); y que también preguntó «¿Por qué?» cuando el dolor y el abandono de Dios fueron abrumadores (Mt 27:46).
Pero las víctimas del pecado también necesitan saber que Jesús hace algo más que identificarse con nosotros en nuestras heridas. Él realmente ha hecho algo al respecto. A través de Su resurrección, Él es capaz de traer nueva vida y nueva esperanza en el presente así como en el futuro. Hay poder en Él para que sigan adelante a través del dolor que conocen. Además, el evangelio nos proporciona la base para el perdón, al saber que nosotros también hemos cometido pecados atroces contra Dios (Ef 4:32).
Prepárate para un largo camino En realidad esto es lo más difícil de todo. Como líderes del ministerio, nos gusta creer que cuando intervenimos, llevamos a cabo un proceso disciplinario, y vinculamos todo esto con el evangelio, ya hemos «arreglado» la situación. Pero esto no funciona así. Especialmente en las situaciones en las que hay una traición importante —como en una relación adúltera de larga duración, un divorcio o un abuso sexual— pueden ser necesarios meses o años de aplicación del evangelio para ver la sanidad y la esperanza.
Estas situaciones a menudo implican apoyo financiero (si el perpetrador arrepentido pierde su trabajo o si hay un divorcio), consejería o terapia a largo plazo (que puede o no estar cubierta por un seguro), o reuniones regulares y prolongadas de rendición de cuentas. Estas cosas cuestan tiempo, esfuerzo y energía emocional a los pastores y líderes del ministerio.
Sin embargo, Dios, a través de Su Espíritu, no solo nos sostiene para amar de estas maneras, sino que también nos señala el objetivo final de todo ello: «A Él nosotros proclamamos, amonestando a todos los hombres, y enseñando a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de poder presentar a todo hombre perfecto en Cristo» (Col 1:28). Ver a los pecadores rescatados, a las víctimas restauradas, y a ambos camino al cielo… ¿qué más puede desear un pastor o una iglesia?
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Sean Michael Lucas El Dr. Sean Michael Lucas es pastor principal de Independent Presbyterian Church en Memphis, Tennessee, y profesor principal de Historia de la Iglesia en el Reformed Theological Seminary.
Nota del editor:Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana
La Biblia revela que el sexo fue creado por Dios y que es bueno. Fue Su idea. Las primeras palabras registradas que Dios dirigió a la humanidad encapsulan las enseñanzas de la Biblia sobre el sexo: «Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra» (Gn 1:28). Este mandato tan positivo demuestra que el sexo estaba destinado a glorificar a Dios, a cimentar el vínculo entre marido y mujer, a ser experimentado exclusivamente entre un hombre y una mujer en la relación matrimonial y a propagar la raza humana.
De este lado de la caída, el sexo y la sexualidad están distorsionados en mayor o menor grado. Sin embargo, hoy en día hay una controversia sobre la homosexualidad que hace estragos en los círculos evangélicos y, cada vez más, también en las iglesias reformadas. La homosexualidad no solo se presenta como algo bueno, sino que también como algo que se debe procurar con la bendición de Dios. Es alarmante que la aceptación del comportamiento homosexual entre los evangélicos profesantes esté aumentando. Escuchamos de algunas personas que el tipo de relaciones homosexuales que vemos hoy en día (amorosas y monógamas) no se abordan en las Escrituras. Aunque parece que esta tendencia va a continuar, estos puntos de vista revisionistas deben ser rechazados por los seguidores de Jesucristo.
La Palabra de Dios es firme en su visión negativa de la homosexualidad y el deseo sexual por el mismo sexo. La Biblia es la norma infalible por la que debemos ver la homosexualidad y entender el remedio del evangelio para ella. Desgraciadamente, la fiabilidad de la Biblia en este ámbito ha sido cuestionada por muchos de los que hoy afirman tener la fe cristiana. Los cristianos que ven las Escrituras como autoritativas e inspiradas no deben aceptar esta visión diluida de la Palabra de Dios. La Biblia revela la posición de Dios respecto a los problemas del corazón humano, siendo la homosexualidad uno de muchos.
¿Cómo deben pensar los cristianos acerca de la homosexualidad? Tenemos que entenderla de tres maneras. En primer lugar, las Escrituras siempre hablan de la homosexualidad en términos de una acción, algo hecho físicamente con otra persona, o de un patrón de pensamiento interno y activo de la mente y el corazón. La palabra griega más utilizada para describir la homosexualidad en el Nuevo Testamento es arsenokoitēs, que se refiere a un varón acostado con otro varón. Por lo tanto, siempre que se menciona, se define en términos de una actividad, un comportamiento o una persona que se involucra en ese comportamiento de corazón y cuerpo.
Segundo, la homosexualidad es considerada como pecado en todo lugar donde se menciona. Está prohibida y se ve expresamente como contraria a la voluntad de Dios. La Escritura lo afirma claramente en Génesis 19:4-9; Levítico 18:22; 20:13; 1 Timoteo 1:9-10; y Judas 7. Romanos 1:24-27 también describe la actividad de la pasión y la lujuria centrada en el corazón, así como el comportamiento. Se refiere tanto a hombres como a mujeres. El comportamiento se menciona en 1 Corintios 6:9-11, donde también aprendemos que fue el pasado de algunos cristianos de la Iglesia primitiva. Entre los que habían experimentado la salvación había antiguos practicantes de la homosexualidad.
Por lo tanto, el comportamiento homosexual del cuerpo y del corazón no solo se define como pecado, sino que también se describe como una consecuencia y efecto de la caída. Al referirse a la realidad del sexo que se ha desviado, Levítico 18:6-19 enumera más de una docena de formas de pecado sexual, incluyendo la homosexualidad y el sexo con animales. Una vez más, la gravedad del pecado sexual, en particular la homosexualidad, se declara con fuerza en Romanos 1:24-28 utilizando frases vívidas y sorprendentes como «la impureza en la lujuria de sus corazones», «pasiones degradantes» y tener una «mente depravada». Eso es además de los versos en Judas que hablan de quienes «convierten la gracia de Dios en libertinaje» y de la gente que «se corrompieron y siguieron carne extraña». Esta última designación está específicamente ligada a lo que sucedió en Sodoma y Gomorra.
Pero ¿realmente Dios tenía que transmitir que el mal uso del sexo en las formas mencionadas (y, por inferencia, los deseos que llevan a ese mal uso) está prohibido y se considera pecado? Sí, por supuesto. Nuestros deseos, especialmente los sexuales, nunca son neutrales. Ver el deseo del mismo sexo como neutral, especialmente cuando ese deseo cosifica a la otra persona sexualmente o la ve meramente como un objeto de pasión sexual, es malinterpretar la profundidad y complejidad del pecado. En la Escritura, el corazón se ve a menudo como el asiento de nuestros deseos. En Marcos 7:21, Jesús describe el corazón como el asiento de toda inmoralidad sexual y sensualidad. Estas propensiones se describen como cosas malas que provienen del interior. Él se refiere al deseo, ya sea que el objeto de ese deseo sea alguien del sexo opuesto o del mismo sexo. Santiago 1:14-15 nos dice que somos llevados y seducidos por nuestros deseos y que el deseo da a luz al pecado. El deseo no es una parte imparcial de nuestro ser, sino una parte muy activa.
Hay que reconocer que estos puntos de vista de la Escritura son ampliamente rechazados. Hay un factor predominante en el intento de legitimar bíblicamente la homosexualidad. En pocas palabras, en la cultura actual, nuestra sociología está interpretando, definiendo y determinando cada vez más nuestra teología. ¿Qué quiero decir con esto? Hubo un tiempo en el que los creyentes acudían habitualmente a la Biblia tanto para saber cómo pensar en las cuestiones de la vida como para encontrar soluciones a los dilemas a los que se enfrentaban, incluidas las cuestiones relacionadas con el sexo y la sexualidad. Ya no es así. Hoy en día, el impacto y la influencia de la red social de uno y la experiencia con los amigos y la familia han desplazado lo que la Biblia podría decir sobre este tema. Otro término para entender esta transferencia de autoridad y credibilidad de la Palabra de Dios a la experiencia personal es la acomodación cultural. Hoy en día, parece que mucha gente cree que las Escrituras deben someterse a nuestras experiencias o a las de otros.
También debemos señalar que la homosexualidad nunca se describe en la Escritura como una condición o estado del ser. Al contrario de la idea moderna de una «orientación» homosexual innata —un término que solo se ha utilizado con frecuencia en los últimos veinticinco años aproximadamente— este concepto no se encuentra en la Escritura. En la Biblia se asume que podemos inclinarnos u «orientarnos» hacia cualquier cosa a la que entreguemos continuamente nuestra mente y nuestro corazón. Si hacemos algo con el pensamiento o la acción suficientes veces y durante un período suficientemente largo, se arraigará en nosotros.
Sin embargo, hay que tener cuidado con el pensamiento simplista, especialmente cuando pensamos en nuestra responsabilidad, algo que muchos no creen tener cuando se trata de sus deseos o comportamientos sexuales. Somos el producto de complejas interacciones de muchos factores a lo largo de muchos años. ¿Por qué algunos son propensos a cualquier número de persuasiones psicosociales, como la ira, la depresión o la dependencia química? Aquí está la respuesta: no siempre elegimos nuestras luchas o tentaciones, pero somos responsables de lo que hacemos con ellas. Se desarrollan en nosotros a través de una complicada interacción de temperamento, influencias internas y externas, y nuestro propio ser hambriento, roto y pecador.
Cooperamos fácilmente y por naturaleza con estas influencias, de modo que los hábitos del corazón y del comportamiento se fortalecen y nos dominan. En cierto sentido, somos la suma de miles de pequeñas decisiones que hemos tomado. Hemos cooperado con el cultivo de nuestros deseos. Así que, a pesar de los factores externos que pueden haber estado en juego en el desarrollo de esas tentaciones que encontramos particularmente tentadoras, seguimos siendo responsables de llevar una vida piadosa, incluso en el área de la sexualidad.
Finalmente, necesitamos entender que Dios ofrece el perdón, un registro limpio y la restauración a través de Jesucristo para todos los pecadores arrepentidos, incluyendo aquellos que tienen una historia de comportamiento homosexual y otros pecados. Él no solo nos perdona como somos, propensos a hacer mal uso de Su don del sexo y de la sexualidad, sino que Su gracia en realidad nos enseña «que negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente» (Tit 2:11-12). Esto no significa necesariamente que podamos fingir que no hemos abusado del sexo como parte de nuestra historia o que los deseos sexuales ilícitos no seguirán molestándonos o siendo una fuente de tentación, pero sí significa que la gracia de Dios nos da poder para vivir transformados como seguidores de Jesucristo. Él nos capacita para resistir la tentación y vivir para Su gloria.
Cristo es el mediador de esta gracia y capacita a los creyentes, pero la iglesia, el cuerpo de Cristo, también desempeña un papel crucial. Una vez escuché a un pastor decir: «El arrepentimiento es matar lo que me está matando sin matarme a mí mismo». No conozco a nadie que pueda hacer eso por sí solo. Aprender a caminar en obediencia y dar muerte a nuestro pecado y a nuestra naturaleza pecaminosa nunca es algo que se pueda intentar solo o aislado. El cambio bíblico es una actividad comunitaria. El llamado de la iglesia es ofrecer apoyo y ánimo a quienes experimentan atracción hacia el mismo sexo y otras tentaciones sexuales. Caminar con quienes son tentados de esta manera significa que los ayudamos a llevar las cargas de sus luchas y tentaciones, ofreciendo amistad y compañerismo, y ayudándoles a creer por primera vez o a volver a creer en el evangelio cada día. Eso es lo que Cristo hace por nosotros y lo que nosotros debemos hacer por los demás al enfrentarnos al pecado sexual. Al hacerlo, también se nos recordará que nosotros también somos perdonados por nuestras transgresiones.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine. John Freeman John Freeman es presidente de Harvest USA en Filadelfia, Pensilvania.
Nota del editor:Este es el segundo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana
Eva estaba frente a Adán y él estaba frente a ella. Dios los había hecho el uno para el otro. Cuando se observaron mutuamente, se maravillaron. Ella vio que él era igual pero diferente. Él vio que ella era igual pero diferente. Sin embargo, en sus diferencias encajaban el uno con el otro. Sus diferencias en realidad realzaban su relación. Se deleitaron en el diseño del Creador para su unión corporal. A lo largo de su matrimonio descubrirían que había otras diferencias cruciales entre ellos. Había diferencias en sus procesos emocionales y mentales. Diariamente, Adán veía que Eva aportaba algo que él no. Del mismo modo, Eva veía que Adán aportaba algo que ella no. Así como las diferencias en sus cuerpos se correspondían, estas otras diferencias los hacían mejores como pareja.
Su unión física, mental, emocional y espiritual formaba una base única y sólida para su familia. Los niños florecieron al ser criados por la masculinidad y la feminidad únicas que se habían unido en sus padres. Ese era el plan de Dios. La familia sería la piedra angular de la civilización. Esa relación sagrada del matrimonio —una unión física, mental, emocional y espiritual entre un hombre y una mujer— sigue siendo la norma absoluta instituida por el Dios vivo para toda la civilización.
Cuando la humanidad pecó, toda la creación se vio profundamente afectada. Satanás y el pecado desgarraron esta relación básica entre marido y mujer que formaba el fundamento del hogar. El mal golpeó esta piedra angular de la civilización cuando Satanás trató de deformar y destruir la creación de Dios. Esto continúa hoy en día. Al tratar de liberarse de la belleza y los paradigmas que enriquecen la vida y que el Señor diseñó, nuestro mundo secular cita a su inicuo maestro: «¿Conque Dios les ha dicho…?». En su insidiosa rebelión, la cultura secular busca cambiar lo inmutable y redefinir no solo la institución del matrimonio, sino la misma masculinidad y feminidad de los individuos.
Cuando Israel trivializó esta relación de pacto facilitando la separación de un esposo o esposa, Jesús habló de la gravedad de su pecado. Los fariseos y los líderes religiosos de su tiempo habían tergiversado el Antiguo Testamento para proporcionar divorcios fáciles a cualquier hombre que quisiera salir de un matrimonio por cualquier razón. Quisiera parafrasear las palabras de Jesús en Mateo 5:27-32: «Por cierto, cuando ustedes intentan redefinir la ley y la utilizan para deshacerse de una esposa o de un marido a su conveniencia para poder casarse con alguien más atractivo para ustedes, eso no es más que adulterio puro y simple. Su esfuerzo por legalizarlo no lo convierte en algo moral». Jesús no estaba exponiendo un tratado completo sobre el matrimonio y el divorcio. Estaba hablando del adulterio: ese era Su tema. Los fariseos decían: «Nosotros nunca cometeríamos adulterio. Simplemente nos divorciamos de nuestras esposas y entonces somos libres de casarnos con mujeres más deseables». Y Jesús les decía: «Eso sigue siendo adulterio. Ustedes trataron de hacerlo parecer correcto a través de un divorcio formal, pero sigue siendo adulterio».
¿Entonces la unión conyugal nunca se puede anular? En ese mismo pasaje (v. 32) y en otras declaraciones del Nuevo Testamento, el divorcio se presenta como una opción cuando hay adulterio o abandono (1 Co 7:12-15). Podríamos discutir lo que constituye el adulterio o el abandono, pero no podemos discutir la verdad de que Dios permite el divorcio en tales circunstancias. Si Dios permite el divorcio en algunas circunstancias, tiene que significar que en esas circunstancias el divorcio no es un pecado. Dios no puede aprobar el pecado.
Dios mismo permite el divorcio a Su pueblo que vive en un mundo caído para que pueda escapar del abuso habitual de los esposos o esposas no arrepentidos que destruyen esa unión santa por medio del adulterio y el abandono de la relación. El divorcio bajo tales circunstancias también protege a los niños que están siendo seriamente dañados al asimilar el mal ejemplo de un padre o madre malvados. A veces, los cristianos y las iglesias han malinterpretado tanto esta cuestión que han puesto vidas en peligro, al aconsejar a las esposas que están siendo sistemáticamente golpeadas y abusadas que permanezcan en el matrimonio porque creen que el divorcio es inherentemente malo.
Muchas iglesias hacen que las personas que se divorcian por razones bíblicas se sientan como cristianos de segunda clase. Un hombre o una mujer me dirán después de haberse divorciado: «Sé que mi divorcio fue un pecado». Yo interrumpo y digo: «Pensé que tenías motivos bíblicos para divorciarte». La persona responde: «Lo hice, pero sigue siendo un pecado». ¿De dónde sacaron este pensamiento antibíblico? Lo obtuvieron de iglesias y ministros bien intencionados que no entienden que el divorcio puede ser una opción correcta y santa cuando las vidas están siendo arruinadas.
Al igual que el cónyuge de un esposo o esposa fallecido no está «atado» y es libre de volver a casarse, el cónyuge maltratado al que se le ha concedido un divorcio justo también es libre de volver a casarse. A veces hay un daño emocional extremo como resultado de años de abuso psicológico o físico. En esos casos, es aconsejable que el individuo agraviado se someta a un buen programa de consejería que promueva la sanidad y le permita construir y formar una relación matrimonial saludable en el futuro.
Todas estas cuestiones se han debatido a lo largo de los siglos, ya que la iglesia ha luchado con vivir en culturas decadentes. Se han hecho largas listas sobre lo que es permitido en el matrimonio, el divorcio y las segundas nupcias. En los Estados Unidos estamos viviendo en una sociedad libertina que se parece cada vez más a Corinto o a Sodoma y Gomorra. ¿Cómo debemos vivir entonces? ¿Cómo tomamos decisiones sobre el matrimonio, el divorcio y las segundas nupcias? Debemos volver a la verdad y a la belleza de la intención original de Dios cuando creó a Adán y a Eva el uno para el otro. Debemos volver a poner ante el mundo la maravilla de esa unión física, mental, emocional y espiritual que el Creador dio para que fuera una bendición inmutable e increíble para Su creación. Aunque todavía somos pecadores, como esposos y esposas viviendo en Su maravilloso paradigma para el matrimonio todavía tenemos el alto estándar de Su Palabra y el poder del Espíritu Santo transformándonos de adentro hacia afuera. Tales matrimonios serán sal y luz en esta cultura decadente y oscura. Tu hogar y matrimonio piadosos (donde el hombre como esposo y la mujer como esposa se convierten en una sola carne física, mental, emocional y espiritualmente) se convertirá en un faro que perfora la oscuridad y en una guía para las masas perdidas en el mar de orientaciones e identidades de género torcidas, encuentros sexuales sin sentido y pecaminosos, y matrimonios cuyo único objetivo es el ascenso materialista.
El Rev. John P. Sartelle Sr. es el ministro principal de Christ Presbyterian Church (PCA) en Oakland, Tennessee. Es el autor de What Christian Parents Should Know about Infant Baptism [Lo que los padres cristianos deben saber sobre el bautismo infantil].
¿Por qué son importantes las ordenanzas, es decir, el bautismo y la cena del Señor?
Esto es debido a que muestran de forma visible la comunidad de la iglesia local.
Una forma de describir los problemas de la iglesia evangélica moderna es que hemos olvidado la importancia de ver.
Por un lado, algunas iglesias se han vuelto demasiado centradas en la atracción. Ellos hacen de todo para atraer a una multitud de modo que la gente pueda escuchar el Evangelio. Pero el deseo de la gente para oír se ha traducido en una comunidad que no es digna de ver. Por otro lado, algunas iglesias creen que debido a que predican la palabra correctamente, han hecho lo más importante. Tal vez a través de impulsos legalistas o conformistas, su comunidad ha perdido la vitalidad que vemos en la Escritura. Por lo que la gloria de lo que oímos desde el púlpito no se refleja en la congregación que está reunida alrededor de esa predicación. Esta asociación entre oír y ver es fundamental mientras llegamos a la idea de las ordenanzas, porque son lo que destaca a la comunidad de la iglesia; la cual es (como el libro de Mark Dever propone) el Evangelio hecho visible. Muchos historiadores señalan que, incluso más que ser un debate acerca de la justificación con algunas implicaciones para la Cena del Señor y el bautismo, la Reforma fue un debate sobre las ordenanzas; con algunas implicaciones para la justificación. Hoy en día, estas ordenanzas parecen tan periféricas a la iglesia, que pueden parecer extrañas. Espero que para el final de la clase, tengamos una mayor comprensión de por qué la gente estaba dispuesta a morir por estas verdades.
¿Qué son las ordenanzas?
Las “ordenanzas” se refieren al Bautismo y a la Cena del Señor. Exactamente, ¿que son?
El Bautismo se define en nuestra declaración de fe: “Creemos que el bautismo cristiano es la inmersión en agua del creyente, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; para manifestar en un emblema solemne y hermoso, nuestra fe en el Salvador crucificado, sepultado y resucitado, cuyo efecto, es nuestra muerte al pecado y resurrección a una nueva vida.” Se oyen ecos de Romanos 6:3-4, “¿no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida.” El bautismo no salva; se trata de un ” emblema solemne y hermoso” de nuestra fe que salva por la gracia de Dios. Es un cuadro de nuestra muerte, sepultura y resurrección en Cristo.
Nuestra declaración de fe también describe la Cena del Señor: “los miembros de la iglesia por el uso sagrado del pan y el vino, conmemoran juntos el amor de Cristo hasta Su muerte; precedidos siempre por un solemne auto-examen.” Lo llamamos la Cena del Señor; los cristianos también la han llamado la Comunión (del latín communion, compartir en común, a causa de nuestro compartir con Cristo y unos con otros) y la Eucaristía (de la palabra griega “eucharistia” que es “acción de gracias” porque Jesús tomó el pan y “dio gracias “antes de partirlo). Algunos cristianos lo llaman simplemente ” la fracción del pan.” Tiene sus precursores en la cena de la Pascua del Antiguo Testamento, e incluso antes de eso, cuando el sacerdote Melquisedec ofreció pan y vino para Abram como “sacerdote del Dios Altísimo” (Génesis 14:18). Nuestra declaración de fe añade la frase, “siempre precedido por un solemne auto-examen” a causa de la enseñanza de Pablo en 1 Corintios 11:28, “Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa.”
Desde la Asamblea de Westminster en la década de 1640, los cristianos reformados han hablado de las ordenanzas o algunos utilizan el término sacramento; tanto como “señal” y “sello” del pacto. Como “señales” son una indicación externa de una realidad interior. La realidad interior de nuestra fe. Y la señal es muy potente. Para citar Westminster, “Hay en cada sacramento una relación espiritual o unión sacramental entre la señal y la cosa significada; de donde llega a suceder que los hombres y efectos del uno se atribuyen al otro.” Nosotros sabemos esto a partir de la lectura del libro de los Hechos. Así en Hechos 2, Pedro no le dice a la multitud en Pentecostés, “arrepiéntanse y crean” sino “arrepiéntanse y bautícense.” No es que el bautismo salve; eso lo hace la fe. Pero el bautismo está tan estrechamente ligado a la fe que a veces se usa como sinónimo de fe.
Y entonces como “sellos” las ordenanzas verifican las promesas que Dios nos da en el Evangelio. Así es como Juan Calvino lo escribió:
Los sacramentos traen consigo promesas clarísimas; y tienen dé especial, más allá de la Palabra, que nos representan al vivo las promesas como en un cuadro.1
Volviendo a Westminster, la Confesión de Westminster establece cuatro objetivos para las ordenanzas en la Escritura:
Ellos representan a Cristo y sus beneficios para nosotros. Y, como Calvino acaba de recordarnos, lo hacen de una manera única visual y física. Confirman nuestro interés en él. Nos recuerdan que Cristo ha muerto y resucitado para la remisión de nuestros pecados. Marcan de forma visible la Iglesia respecto del mundo. Es decir, cuando usted se sienta y mira la Cena del Señor por ejemplo, lo que se está viendo es una instantánea de, lo mejor que podemos saber, la verdadera iglesia. Nos dedican al servicio de Dios en Cristo, de acuerdo a su Palabra. Que es una de las razones por la que renovamos nuestra Alianza juntos antes de tomar la Cena del Señor como una iglesia. Para el resto de nuestro tiempo, vamos a trabajar a través del bautismo y la Cena del Señor, respondiendo principalmente a la cuestión de por qué son importantes.
¿Por qué importa el bautismo?
Digamos que me hago cristiano. Pero nunca me bautizo. Todavía puedo ir al cielo, ¿verdad? Entonces, ¿qué daño hace usted como resultado de esta omisión?
[Respuestas: estoy desobedeciendo a Cristo lo que le deshonra; pierdo la oportunidad de anunciarlo públicamente; pierdo la confirmación de una iglesia local de acuerdo a que mi profesión parece genuina; pierdo un recordatorio visual de mi muerte a mí mismo y de la vida nueva en Cristo; otras personas pierden la oportunidad de ver en dicho recordatorio su propia salvación; los no cristianos se pierden una representación visual del Evangelio, etc.] Ahora, presumiblemente, una comprensión de los beneficios debe informar como hacemos el bautismo como iglesia. ¿Ha visto el bautismo practicado y aplicado de un modo que subvierten estos propósitos? Por el momento, vamos a dejar de lado la cuestión del bautismo de niños y sólo pensar en el bautismo de creyentes.
[Respuestas: iglesias que no requieren el bautismo para ser miembro: ¿Qué están diciendo con esto? Que la obediencia es una parte opcional de seguir a Jesús; iglesias que hacen el bautismo en masa: hacen que sea menos visible el testimonio de lo que Dios ha hecho; no se hace en el marco con conexión a una iglesia: ¿Qué quieren decir con el acto del bautismo?; no es explicado: el signo visual no se traduce para nosotros] ¿Quién debe ser bautizado?
Ahora, se dará cuenta de que toda esa discusión que acabamos de tener asume que el Bautismo es sólo para los creyentes. Pero, por supuesto, esto es algo que ha sido objeto de debate desde hace cientos de años, y trabajamos estrechamente con iglesias que están en desacuerdo en esto con nosotros. Así que ¿por qué creemos que el bautismo es sólo para los creyentes? Bueno, podríamos hablar de esto durante semanas. Pero te voy a dar un breve resumen del argumento.
Argumento a favor del bautismo de niños
Para comenzar, tenemos que entender el argumento del otro lado de este debate. Algunos Bautistas son sorprendidos (algunos que están sin preparación), por lo bueno del argumento. Y nunca nos hace ningún bien discutir desinformados o con un mal entendido de la otra postura que en realidad nadie cree. Ahora, la mayoría de la gente de hoy en día que bautizan a sus bebés lo hacen porque creen que el bautismo quita el pecado original, debido a que son católicos romanos. Y ellos no creen en la salvación por la fe sola. No voy a tratar con ellos en este momento. En su lugar, quiero tratar con aquellos que están de acuerdo con nosotros en el evangelio, como los presbiterianos y anglicanos, y sin embargo todavía bautizan a los niños. Para usar un término técnico, es un “paidobautista.”
En resumen, el argumento es que el bautismo es la continuación del nuevo pacto de la señal y el sello de la circuncisión. Un paidobautista señalará que en el Antiguo Testamento, Dios quiso que los niños fuesen parte del pacto que hizo con Israel, y el signo y el sello de ese pacto era la circuncisión. La circuncisión no era sólo para los niños, pero se aplica principalmente a los niños. Y este rito era tan importante que el Señor dice a Moisés en Éxodo 12 que ningún varón no circuncidado debe participar en la Pascua.
Así que cuando llegamos al Nuevo Testamento, la fuerte presunción es que los niños seguirán siendo incluidos en el pacto, a menos que tengamos clara enseñanza de lo contrario. Pero ahora, el signo y sello del pacto es el bautismo, no la circuncisión. Así que ahora se aplica a todos los niños, no sólo a los bebés varones. No es sorprendente, pues, en Hechos 2 cuando Pedro proclama “Arrepentíos, y bautícese” como he leído antes, él sigue con “Porque la promesa es para ustedes y para sus hijos.” Caso cerrado.
Argumento para el bautismo solo de Creyentes
Entonces, ¿Qué puede decir un bautista a eso? Bueno, permítanme resumir en unos pocos puntos. Y debo mencionar que la controversia no es si los creyentes deben ser bautizados. Prácticamente ninguna persona en la tierra que se hace llamar cristiano no estaría de acuerdo con eso. Se trata de si solos creyentes deben ser bautizados.
Te voy a dar algunas declaraciones sobre esta cuestión.
Cuando el Nuevo Testamento describe lo que representa el bautismo, describe la vida nueva en Cristo. Leamos esos versos de Romanos 6 que acabo de mencionar. Somos resucitados a una nueva vida, se dice. El supuesto es que la persona que está siendo bautizada ha sido cambiada. Ha sido regenerada. Cuando el Nuevo Testamento pone en paralelo el bautismo y la circuncisión, hace un paralelo del bautismo no con el viejo pacto de la circuncisión de la carne, sino con la circuncisión del corazón. A modo de contexto, es útil recordar que a través del Antiguo Testamento, Dios le recuerda periódicamente a su pueblo que en lo que él está más interesado no es en la circuncisión de la carne, sino la circuncisión del corazón. Miremos cuidadosamente Colosenses 2 para ver donde está el paralelo. 11 En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo;
12 sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos.
Cuando alguien dice “en ausencia de cualquier enseñanza en sentido contrario, debemos seguir considerando los bebés que no hayan sido salvos aún como miembros de la alianza.” Pero Colosenses 2 es bastante claro que enseña lo contrario, ¿no es así? La continuidad no es entre la circuncisión y el bautismo, sino entre la circuncisión del corazón y el bautismo. Es entre la fe salvadora y el bautismo.
No existen claros ejemplos de bautismo infantil en el Nuevo Testamento. De hecho, las referencias al bautismo hablan de conversión. Así, Pedro en Hechos 2 que ya he mencionado, habla de “arrepentimiento” y ser bautizado. Afirmamos, como él dice, que esta promesa es para sus hijos: ellos pueden arrepentirse y ser bautizados, sin ningún problema. Pero no ser bautizados, sin arrepentirse. Y, como se lee más adelante, la promesa no es sólo para nuestros hijos. Es “para sus hijos y todos los que están lejos, para todos cuanto el Señor nuestro Dios llama a sí mismo.” Tenemos que pensar en nuestros hijos en la misma categoría de todos los que están lejos, con el deseo de que el Señor nuestro Dios debe llamar a sí mismo. El único ejemplo de bautismo en el Nuevo Testamento que no describe los destinatarios del bautismo al oír la Palabra o creer es Lidia en Hechos 16. Y como mujer, que viaja siendo comerciante fuera de casa, es la menos probable de haber tenido niños pequeños con ella.
No existen referencias conocidas a bautismo infantil en la iglesia temprana, aunque hay muchas referencias al bautismo de los adultos. La primera referencia que vemos que el bautismo infantil es con Tertuliano alrededor AD200 que es en realidad un argumento en contra de esta practica. La primera defensa del bautismo de niños que tenemos no es hasta Cipriano alrededor de AD250 y que estaba discutiendo por ello si era salvífico o no. No es el argumento para el bautismo de niños que oímos hoy. Uno esperaría que si el bautismo infantil estaba muy extendido y si no era universalmente aceptado (que claramente no lo era), entonces encontráramos muchas referencias a ello en los escritos de los líderes de la iglesia primitiva, pero no es así. ¿Qué es la Cena del Señor?
Para el resto de nuestro tiempo, me gustaría cambiar nuestra atención a la Cena del Señor. Y un buen lugar para comenzar es con la pregunta “¿qué es?”
Pues bien, la Cena del Señor, como hemos visto anteriormente, es una comida de pan y vino para conmemorar la muerte de Cristo, la que nos asegura nuestro perdón por parte de Dios. Esto es lo que Pablo escribe en 1 Corintios 11:
24 y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí.
25 Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí.
26 Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.
27 De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor.
28 Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa.
Lo que vemos en 1 Corintios 11 es que la cena del Señor tiene un significado que está enraizado con el pasado, el presente y en el futuro.
El pasado
La Cena del Señor es un recuerdo de lo que Cristo hizo en la cruz. Eso es lo que nos dijo que sería: “Haced esto en memoria de mí” Y ese recordatorio es bueno para nuestras almas. Usted puede recordar que los católicos ven la cena del Señor como una “re-presentación” del sacrificio de la cruz de Cristo. El pan y el vino se convierten en el cuerpo físico y la sangre de Jesús en la boca. Eso no es lo que significa “recuerdo”. Lutero enseñó que había una “presencia real” de Cristo en la cena. En contraste con esto, la tradición reformada enseña que de lo que participamos no es más que el pan y el vino. Que Cristo está realmente presente, pero su presencia es espiritual y no física. Por lo tanto hablamos de “alimentarse de él en su corazón por la fe” cuando tomamos la Cena del Señor.
(Nota: Catecismo Católico, 1366. En 1367: el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio.
“Transubstanciación” se confirmó en el IV Concilio de Letrán en 1215. La idea básica es un concepto Aristotélico que la “sustancia” puede ser una cosa y los “accidentes” (o forma externa) puede ser otra.
“Consubstanciación” enseña que el cuerpo y la sangre de Cristo se unen con los elementos de la Eucaristía.)
¿La creencia de que la Cena del Señor es un “mero memorial” de la muerte de Cristo, como los bautistas han creído generalmente, la convierte en sin importancia? ¡Ciertamente no! En toda la Biblia, Dios llama a su pueblo a recordar. Eso es lo que era la Pascua, después de todo: un tiempo para recordar la salvación del pueblo de Dios. Y la salvación que recordamos en Cristo es mucho mayor que eso. No es la salvación de la esclavitud temporal en Egipto, sino la esclavitud eterna al pecado. Si pensamos que el recordar gran evento en la historia es importante, ¡Cuánto más memoria requiere este! No es apenas un “mero” memorial.
(Nota: Muchos historiadores establecen una distinción entre la idea de “presencia espiritual” de Calvino y Westminster y la idea de “Memorial” de Zwinglio y la mayoría de los bautistas. Los dos están muy cerca, y cualquier diferencia esta, sin duda, envuelta exactamente en cómo los dos defensores de los dos puntos de vista describen su comprensión. Por el bien del tiempo, los he unido en la categoría básica de: la tradición “reformada”.)
El presente
Pero la Cena del Señor no es simplemente mirar al pasado. Pablo lo describe como diciendo algo acerca de una realidad presente. Cuando tomamos la cena, es sólo después de examinarnos a nosotros mismos. Examinarnos a nosotros mismos para estar seguros de que estamos en una relación correcta con Dios, y una relación correcta unos con otros. Más allá de eso, en el versículo 29, dice que comer y beber sin “discernir” el cuerpo, comemos y bebemos juicio sobre nosotros mismos; juicio que al parecer había conducido a la muerte a algunos en la iglesia de Corinto. ¡Esto no es cosa de risa! “Discernir el cuerpo” es algo más que el simple reconocimiento de lo que representan los elementos. Es un reconocimiento de lo que el cuerpo de la congregación representa; que juntos representamos a Cristo mismo, y la forma en que tratamos a los demás representa al mismo Cristo.
Así que la Cena del Señor muestra que en el presente yo, como individuo estoy caminando con el Señor. Y muestra que como un cuerpo, estamos caminando en una unidad que proclama la verdad sobre quién es Cristo. Es una imagen instantánea de la congregación celestial, aunque no sea perfecta, tanto en quién está participando y en cómo nos relacionamos unos con otros.
El futuro
Usted probablemente ha notado el tiempo futuro en la enseñanza de Pablo: en la toma de la cena nosotros “proclamamos la muerte del Señor hasta que El venga.” Es una cena a la espera de su venida final, un ensayo general, por así decirlo, del banquete mesiánico que está por llegar. Es por eso que la Cena del Señor sea alegre y también sombría. Estamos capturando todas estas emociones en esta muestra de lo que Cristo ha hecho, está haciendo, y hará.
Lo que hace la Cena del Señor
Si eso es lo que es, ¿Qué logra la Cena del Señor? En otras palabras, si alguien era cristiano, pero nunca participó de la Cena del Señor, ¿qué se perdía?
He aquí una lista casi exhaustiva de todas las formas en que Dios nos da gracia a través de la Cena del Señor:
Es una oportunidad regular para el auto-examen. Pablo nos dice que nos examinemos a nosotros mismos para ver si estamos en la fe; este es un buen momento para hacerlo. Es una oportunidad regular para comprobar nuestras relaciones en la iglesia. Es maravilloso ver a los cónyuges, o amigos, acercarse afuera justo antes de la cena del Señor para conciliar algunas diferencias. Eso es exactamente lo que Pablo tiene en mente cuando nos dice que “discernir el cuerpo” mientras comemos y bebemos. Es un poderoso recordatorio de nuestro perdón. Estamos viendo algo que representa lo que Jesús hizo por nosotros hace muchos cientos de años. Es un recordatorio de la naturaleza pasajera de lo físico y la naturaleza eterna de lo espiritual. Cuando comemos el pan, recordamos que el hombre no vive sólo de pan. La cena está tendiendo un puente entre lo que es temporal hacia lo eterno. Es una imagen del cielo. Lo que un estímulo para mirar a su alrededor durante la cena y obtener una visión y una pista de lo que será el cielo. Es muy alentador Es una advertencia de juicio para aquellos que no participan. Tal vez alguien ha estado disciplinado o “excomulgado”. O tal vez por razones pastorales le han aconsejado no participar. O tal vez usted no puede participar debido a relaciones no resueltas en la iglesia. Lo que podría ser un indicio de los cielos también se convierte en una pista del infierno. Y eso es muy poderoso. Es un recordatorio de lo que está en juego en nuestra unidad como Congregación. La unidad no es importante sólo porque hace que la vida en una iglesia sea más agradable. Es importante porque es una imagen de Cristo. Y en ninguna parte vemos con más claridad al cuerpo de Cristo que cuando está alrededor del cuerpo de Cristo. Y estoy seguro de que hay un significado que simplemente no entendemos. Jesús tomó esto muy en serio; fue uno de los últimos actos de su ministerio terrenal. Y Pablo lo tomó en serio también. Cuando estemos en el cielo algún día descubriremos que es un medio de gracia en formas que nunca comprendimos aquí en la tierra. Así que tomemos nota de algunas de ellas para pensar la próxima vez que se tomemos la Cena del Señor. ¿Cuál de estos has pasado por alto? ¿Qué has infravalorado? Vamos a trabajar juntos para hacer esta cena lo que Cristo quiere para nosotros.
Discusión
Con todo esto dicho, y con las otras clases como telón de fondo, vamos a hablar de algo que puede ser un problema especialmente espinoso en las iglesias bautistas: el número de miembros de creyentes que creen en el bautismo de niños. Nuestra declaración de fe está escrita para excluir a las personas con esta creencia de la membresía. Lo que significa que estamos excluyendo un poco a gente de la familia de Dios que, sin duda, se unirán a nosotros en el cielo. ¿Es esto una cosa permisible y correcta?
Solid Joys en Español Noviembre 17 Un devocional diario de John Piper en la voz de Nathan Díaz.
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El objetivo es que usted sea capaz cada día de sumergirse por un momento y salir con algo sólido para alimentar su gozo en Dios. Es un nuevo esfuerzo para aplicar lo mejor de más de 30 años de enseñanzas de Piper a su vida cotidiana y a su satisfacción en Jesús.”
Es nuestra oración que estas cortas pero sustanciosas lecturas puedan alimentar tu gozo en Jesús todos los días del año.
Nota del editor:Este es el séptimo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia
Cómo resolver bíblicamente los conflictos Por Dan Dodds
Cuando la gente acude a mi oficina para recibir consejería, generalmente llega por uno de estos tres motivos: (1) están buscando sabiduría o aliento en su sufrimiento o en su prueba, (2) están luchando con un pecado dominante y quieren aprender a mortificarlo o (3) están involucrados en un conflicto y están buscando ayuda.
¿Las Escrituras tienen algo que decir sobre la resolución de los conflictos? Mil veces sí. La Escritura está llena de ilustraciones de conflictos y contiene múltiples principios sobre cómo debemos comportarnos cuando estamos enemistados con otro cristiano.
Uno de los pasajes más comunes sobre resolución de conflictos a los que aludimos los cristianos es Mateo 18:15-20. Ese pasaje es una guía que nos muestra paso a paso cómo avanzar en el proceso desde el principio hasta el final. Antes de analizarlo, consideremos algunos principios preliminares.
PRINCIPIOS PRELIMINARES Primero, todos los creyentes tenemos la obligación de buscar la paz con los demás. Pablo escribe en Romanos 12:18: «Si es posible, en cuanto de ustedes dependa, estén en paz con todos los hombres» (ver también He 12:14). Huir o esconderse del conflicto no es una opción válida para el cristiano. Piensa bien en esto. Si te encuentras en un conflicto con otro cristiano, Dios te ordena que trates de resolver ese conflicto de una manera piadosa. De hecho, la Escritura nos dice que debemos actuar para resolver el conflicto antes de asistir a la iglesia (ver Mt 5:23-24).
Resolver los conflictos es crítico para la paz de la iglesia porque contribuye a mantener una vida justa entre sus miembros. Si analizamos los versículos que contienen las palabras «paz» y «justicia», veremos que hay una clara relación entre ambas cosas.
Confrontar a alguien con su pecado requiere valentía y debemos hacer esto con mucho cuidado. Observa la cautela de Gálatas 6:1: «Hermanos, aun si alguien es sorprendido en alguna falta, ustedes que son espirituales, restáurenlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado».
Segundo, podemos resolver algunos conflictos si simplemente los pasamos por alto. Pedro escribe: «Sobre todo, sean fervientes en su amor los unos por los otros, pues el amor cubre multitud de pecados» (1 P 4:8). No hay que lidiar con todas las ofensas. Entonces, ¿cómo sabemos si hay que abordar una ofensa o no? Si tu comunión con la otra persona está rota y el problema sigue siendo una barrera entre ustedes, es necesario que, en amor, inicies una conversación con la otra parte involucrada y que con una actitud de oración y humildad busques la paz y la reconciliación.
Tercero, saca la viga de tu ojo. Estudia lo que quiso decir Jesús durante el Sermón del monte en Mateo 7:1-5 antes de confrontar a la otra persona. La tendencia natural (y pecaminosa) de todos nosotros es agrandar los pecados cometidos contra nosotros y restar importancia a nuestros propios pecados. Ver nuestro propio pecado requiere humildad y sabiduría, tal vez incluso la ayuda de un amigo de confianza o de un pastor que nos hable con verdad y franqueza.
Cuarto, recuerda cuál es el objetivo de confrontar a un hermano o a una hermana. Recuerda lo que no es confrontar a alguien más. El fin no es impresionar a la parte ofensora con lo mucho que te hirió su pecado; no es que el otro sienta tanto dolor como tú; no es hacer pública tu historia ni conseguir que los demás sean hostiles hacia esa hermana; no es lograr que la expulsen de la iglesia.
Entonces, ¿cuál es el propósito? Hay varios. Confrontamos al que peca contra nosotros para darle la oportunidad de arrepentirse y ser liberado de su culpa. Confrontamos con el propósito de restaurar la relación. Confrontamos para restaurar la paz y la justicia en la iglesia.
CONFRONTAR EN AMOR Cuando ya has determinado que es necesario conversar y que tu corazón es recto delante de Dios, puedes seguir los pasos dados por Jesús en Mateo 18:15-20. Veámoslos en orden.
Paso 1: Confrontación uno a uno. Jesús les enseñó a Sus discípulos que la persona que ha sido ofendida debe acercarse en privado a la persona que ha cometido la ofensa. Nota que esto es contrario a nuestra intuición; por lo general, pensamos: «Bueno, él me ofendió; él tiene que acercarse a mí». Sin embargo, eso no es lo que Jesús enseña: si estás ofendido, tú debes acercarte, especialmente porque es posible que el otro ni siquiera sepa que te ofendió. Y cuando te acerques, repasa en tu mente los muchos versículos que hablan de lo importante que es decir la verdad (noveno mandamiento), hablar la verdad en amor (Ef 4:15) y no dar lugar a la ira ni a la venganza (Ro 12:19).
Advertencia: hay situaciones en que no sería sabio que la víctima confronte al ofensor. Pienso en el caso de un niño que ha sido victimizado por un adulto y podríamos añadir más situaciones. Basta con decir que es necesario ejercer sabiduría. Si no estás seguro, habla con tu pastor.
Paso 2: Lleva a otra persona contigo. Pero ¿y qué si la persona no escucha? ¿Qué pasa si no responde o si niega su pecado? Jesús se anticipó a esa posibilidad y les dijo a los discípulos que involucraran a otro hermano o hermana para que confronte en amor al ofensor con su pecado.
¿A quién debes llevar contigo? A un hermano o hermana con madurez y sabiduría. Tal vez sea mejor que no lleves al pastor ni a un anciano. ¿Por qué? Porque los ancianos y el pastor pueden terminar involucrándose en la disciplina oficial de la iglesia más adelante. Sin embargo, si el pastor o un anciano es tu única alternativa, lo mejor es que entienda claramente que todavía no está involucrado en virtud de su oficio, sino como un hermano que contribuye a la reconciliación.
La esperanza es que el «peso» de un testigo adicional haga que el hermano o la hermana que ha pecado reconozca, confiese y se arrepienta de su mal, de modo que la parte ofendida pueda perdonarlo y se restaure la comunión cristiana. Sin embargo, las cosas no siempre funcionan así. En realidad, muchas veces la gente endurece su resistencia, su negación o las dos cosas y es entonces que el creyente recurre a la iglesia en busca de ayuda.
Paso 3: Dilo a la iglesia. En Mateo 18:17, leemos: «Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia». Aquí, la iglesia se refiere a sus ancianos, que están llamados a pastorear espiritualmente el rebaño (1 P 5:1-5). Los ancianos están llamados a gobernar en la iglesia (He 13:7) y parte de ese gobierno consiste en promover la paz entre los hermanos. Los ancianos deben considerar oficialmente los cargos contra el hermano o la hermana en falta y volver a aplicar la Escritura de forma sabia y cautelosa en un esfuerzo por llevarlo al arrepentimiento.
Según como sean las políticas de tu iglesia, es posible que los ancianos, en algunas circunstancias, también pidan que los miembros de la iglesia tomen acciones con la esperanza de un último impulso al arrepentimiento. La congregación debe orar por la persona descarriada y darle aliento a nivel personal para que sea restaurada, pues ayudar a restaurar a una oveja descarriada es una obra realmente buena (Stg 5:20).
Si tu hermano se arrepiente, vuelve a recibirlo en la comunión. Si hay problemas materiales (o financieros) que deban abordarse, los ancianos tendrán que dar consejos sabios sobre el mejor modo de llegar a una solución justa. Si hay más personas involucradas en el conflicto, la parte que pecó debe hablar con todas ellas de modo que se restauren todas las relaciones.
No pienses que es imposible que eso pase. Lo hemos visto en nuestra iglesia y en muchas otras. Con frecuencia Dios bendice a Su pueblo con una restauración sana y ese es un momento de alegría para la congregación. No obstante, si eso no ocurre…
Paso 4: Trátalo como un incrédulo. Si finalmente el miembro no se arrepiente, los ancianos tienen el deber de declarar que su falta de arrepentimiento, que es una evidencia de incredulidad, los ha forzado a declarar oficialmente que el individuo en cuestión ha dejado de ser miembro de la iglesia de Jesucristo (Mt 18:17: «Sea para ti como el gentil y el recaudador de impuestos»). Este proceso también se conoce como excomunión. Consiste en quitarle los privilegios de la Cena del Señor y del cuidado, la provisión y la protección de la iglesia.
¿Qué pasa después? Si el individuo de verdad es creyente, Dios usará su tiempo fuera de la iglesia para forzarlo a regresar. Pero si no es así, su excomunión será perpetua a menos que se arrepienta.
Finalmente, recordemos que aunque este proceso es difícil, seguirlo es amar. La confrontación cristiana es totalmente distinta al mundo, que rechaza a todos los que violan la ideología de turno y rara vez vuelve a recibirlos sin hacerlos pagar un gran precio y humillarlos públicamente. Podemos agradecer al Señor por Su plan perfecto para restaurar a los que tienen oídos para oír.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Dan Dodds El Rev. Dan Dodds es pastor asociado de atención pastoral y consejería en Woodruff Road Presbyterian Church en Simpsonville, S.C.
SALMO 22 «Porque él no desprecia ni tiene en poco el sufrimiento del pobre; no esconde de él su rostro, sino que lo escucha cuando a él clama» (Sal. 22:24).
En el momento más crítico de la historia de la humanidad, cuan- do todo parecía perdido y el Hijo de Dios agonizaba en la cruz del Calvario, este fue el salmo que estuvo en Su mente y corazón (Mat. 27:46). Se trata de uno de los pasajes de la Biblia más explíci- tos sobre el sufrimiento incomparable de Jesús por nosotros. Al igual que David, el autor humano del salmo, Jesús soportó gran aflicción antes de ser exaltado como el Rey del pueblo de Dios. Sin embargo, las cosas que en este salmo lucen como exageraciones o meras figuras literarias por parte de David para ilustrar y expresar su dolor, fueron verdaderas en Jesús. Los vestidos de Jesús fueron repartidos y otros echaron suerte sobre ellos mientras Él estaba desnudo y en vergüenza (v. 18; comp. Mat. 27:35). Sus manos y pies fueron horadadas en verdad (v. 16). La gente lo miró colgado en la cruz, y menearon la cabeza en burla hacia Él mientras le decían: «Este conf ía en el SEÑOR, ¡pues que el SEÑOR le ponga a salvo!» (v. 8; comp. Mat. 27:43). En aquella cruz, Él experimentó realmente el abandono de Dios para que nosotros no tengamos que experimentarlo jamás si creemos el evangelio (v. 11; comp. Mat. 27:46). El Salmo 22 parece escrito por el mismo Jesús mientras ago- nizó en el Calvario. Por lo tanto, es un salmo que nos llama a la esperanza en Dios. No importa cuán terrible sea la adversidad que enfrentemos, sabemos que Dios está con nosotros porque Su Hijo sufrió hasta lo sumo para que eso fuese una realidad. Cristo fue tratado como un criminal ante el Juez del universo para que tú y yo podamos ser recibidos como hijos. Además, este salmo nos recuerda que Dios conoce el dolor no solo porque conoce todas las cosas, sino también porque lo ex- perimentó por nosotros. Nuestro Salvador es varón de dolores experimentado en aflicción (Isa. 53:3). Esto no brinda todas las respuestas que quisiéramos aquí y ahora a todas nuestras preguntas en medio del sufrimiento, pero sí es la muestra más grande de que Dios no es indiferente a nuestra aflicción. El sufrimiento de Jesús en la cruz es la muestra irrefutable de Su amor por nosotros que nunca nos dejará (Rom. 5:8; 8:31-39) Al mismo tiempo, este salmo no solo nos apunta al sufrimiento de Cristo, sino también a Su exaltación (v. 22) y nuestra adoración a Dios en respuesta a Su salvación (v. 23-31). Por tanto, ora que el Señor te conceda deleitarte más en Su amor revelado en el evan- gelio, y que así tu corazón sea movido a la alabanza en medio de la prueba. Cristo no se quedó en el sepulcro. Él fue exaltado. En esto tenemos la certeza de nuestra salvación y esperanza.
Nota del editor:Este es el tercer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia
La confrontación rara vez o nunca es agradable, pero a menudo es necesaria. En 1 Corintios 11:18-19, el apóstol Pablo considera muy necesario confrontar a la iglesia de Corinto por las divisiones y facciones que están proliferando entre ellos:
Pues, en primer lugar, oigo que cuando se reúnen como iglesia hay divisiones entre ustedes, y en parte lo creo. Porque es necesario que entre ustedes haya bandos, a fin de que se manifiesten entre ustedes los que son aprobados.
Cuando el pecado es confrontado y se produce un conflicto, surge una oportunidad para el arrepentimiento y la reconciliación. Cuando el pecado no se controla porque estamos evitando el conflicto, dejamos que el pecado y la incredulidad pongan en peligro a la iglesia. El apóstol Pablo instruye a Tito que se enfrente a los falsos maestros de las iglesias de Creta en Tito 1:10-13:
Porque hay muchos rebeldes, habladores vanos y engañadores, especialmente los de la circuncisión,a quienes es preciso tapar la boca, porque están trastornando familias enteras, enseñando por ganancias deshonestas, cosas que no deben… Por eso, repréndelos severamente para que sean sanos en la fe.
La palabra griega traducida como «reprender» tiene varios significados: desenmascarar, convencer, reprobar. El vocablo también se encuentra en Efesios 5:11, donde el apóstol Pablo da instrucciones sobre cómo enfrentarnos a las tinieblas: «Y no participen en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien, desenmascárenlas». Cuando las desenmascaremos, de seguro habrá un conflicto.
El conflicto es muy necesario para que la iglesia siga siendo una iglesia verdadera, fiel al evangelio. Cuando confrontamos el error como en 1 Corintios 11, preservamos la fe cristiana genuina. Pablo afirma eso en el versículo 19: «Porque es necesario que entre ustedes haya bandos, a fin de que se manifiesten entre ustedes los que son aprobados».
Aunque la palabra «conflicto» no se encuentra en el versículo 19, Pablo está confrontando a los que promueven herejías y causan divisiones en la iglesia, y el resultado suele ser un conflicto necesario. Esto es necesario para preservar la pureza del evangelio y distinguir a los creyentes genuinos de los que no lo son. Cuando las facciones (los maestros de herejías) son confrontadas en la iglesia, las personas que creen verdaderamente y siguen de verdad a Cristo son reconocidas.
En Gálatas, Pablo enfrentó frontalmente los errores de los judaizantes, y el conflicto necesario resultante preservó a las almas de muchas de las seducciones engañosas de aquel otro «evangelio», que no era el evangelio verdadero en absoluto. Los que enseñaban que la circuncisión es necesaria para la salvación estaban destruyendo el verdadero evangelio de la gracia y no debían ser vistos como creyentes genuinos. Pablo escribe en Gálatas 1:6:«Me maravillo de que tan pronto ustedes hayan abandonado a Aquel que los llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente».
Una y otra vez, a lo largo de la historia de la iglesia, los conflictos necesarios han servido para preservar la pureza del evangelio. En el primer siglo, el conflicto necesario confrontó a los judaizantes y preservó al evangelio de la gracia redentora de Dios del error de la justicia basada en las obras. A principios del siglo IV, el conflicto necesario confrontó los errores de los arrianos, y así se preservó la doctrina de la deidad plena de Cristo. A comienzos del siglo V, el conflicto necesario preservó la naturaleza soberana de la gracia de Dios cuando Agustín confrontó a Pelagio. En la Reforma, el conflicto necesario confrontó muchos errores que se habían colado en la vida de la iglesia durante la Edad Media, entre ellos la corrupción del culto, de los sacramentos, del papel del clero y del propio evangelio.
Fue necesario confrontar estos errores, y, como resultado, estallaron grandes conflictos en la iglesia. Muchos hombres piadosos perdieron la vida. Sin embargo, esos conflictos eran totalmente necesarios para restaurar la salud y vitalidad espiritual de la iglesia. Los errores fueron confrontados y los hombres piadosos perseveraron en medio de los conflictos, y así la iglesia verdadera fue preservada, y las personas que no creían de verdad fueron desenmascaradas.
Los conflictos pueden ser desagradables, pero son necesarios si queremos ser fieles a Cristo y tratar de preservar la pureza de Su iglesia. Que Dios nos dé sabiduría para poder discernir cuándo es necesaria la confrontación y cómo manejar los conflictos resultantes de manera que Cristo sea honrado y Su iglesia sea preservada.