¿Qué es el ministerio de la llenura del Espíritu Santo? | Lucas Alemán

90 Segundos de Teología Sistemática

Lucas Alemán es director de educación en español y profesor de Antiguo Testamento en The Master’s Seminary, y director ejecutivo de la Sociedad Teológica Cristiana. Además, es pastor en la Iglesia Bíblica Berea en North Hollywood, California. En 2016, Lucas comenzó a enseñar en The Master’s Seminary como miembro adjunto de la facultad. Si bien sus cursos de especialización son panorama del Antiguo Testamento, gramática de hebreo y exégesis de hebreo, él también da clases de exégesis de griego y teología. En 2018, se unió a la facultad de tiempo completo. Lucas y su esposa, Clara, tienen dos hijos, Elías Agustín y Enoc Emanuel.

¿Qué es la Cristología? | Josias Grauman

90 Segundos de teología Sistemática
Josias Grauman
Es decano de educación en español y profesor de exposición bíblica en The Master’s Seminary. El Dr. Grauman comenzó su ministerio a tiempo completo como capellán de hospital, sirviendo durante 5 años en el Hospital del Condado de Los Ángeles. Más tarde, él y su esposa sirvieron en la Ciudad de México como misioneros, donde Josías ayudó al Seminario Palabra de Gracia a lanzar su programa de idiomas bíblicos. Josías fue ordenado en Grace Community Church, donde actualmente sirve como anciano en el ministerio en español, junto con su esposa y tres hijos. Josías estudió un B.A. en idiomas bíblicos en The Master’s University, un M.Div. y un D.Min. en The Master’s Seminary. Entre sus obras se encuentran las siguientes: Griego para pastores y Hebreo para pastores.

La gravedad del pecado | Martyn Lloyd Jones

Martyn Lloyd Jones (1899 – 1981). Nació el 20 de diciembre de 1899 en Cardiff (Gales, Reino Unido). La mayor parte de su vida la pasó en Inglaterra. En Londres estudió la carrera de medicina, consiguiendo un brillante doctorado (1921).

Jugó un papel importante en la creación de la Fraternidad Internacional de Estudiantes Evangélicos (IFES). Contribuyó también en la creación de la Biblioteca Evangélica de Londres, donde se reúne la mejor colección de literatura puritana del mundo; el Seminario Teológico de Londres, y el Estandarte de la Verdad, editorial dedicada por completo a rescatar la literatura puritana y reformada.

Aunque nunca tuvo una formación teológica de academia o seminario, ha sido uno de los grandes pensadores y teólogos del siglo XX. Fue un gran lector de literatura reformada, puritana y moderna, con especial interés por la historia y la biografía. Agudo y penetrante como un bisturí contribuyó al renacimiento del calvinismo evangélico en todo el mundo. “No sólo conocía a los puritanos mejor que nadie, así como los clásicos del avivamiento del siglo XVIII, sino que además estaba muy documentado en la historia secular, la poesía, la política y la filosofía”
(C. Catherwood).

Enseñó a los estudiantes cristianos a pensar y hacer uso riguroso de la mente. Les enseño a valorar y amar la doctrina, haciéndola materia poderosa y viva. Profundizó en las interioridades del alma como un maestro de la espiritualidad, su obra sobre la depresión espiritual ha pasado a la lista de los clásicos.

En 1968 dejó su ministerio de predicación, debido a una grave enfermedad. Desde entonces comenzó un ministerio literario consistente en la edición de sus sermones expositivos. Siempre buscó restaurar la verdadera naturaleza de la predicación cristiana, consistente en exposición de la Escritura, y dependiente de la iluminación del Espíritu. Defensor del calvinismo ortodoxo respecto a la salvación o doctrinas de la gracia, fue a la vez un gran evangelista y entusiasta de los avivamientos, que por todos los medios trató de esclarecer y promocionar.

AUDIO LIBRO REALIZADO POR LA EMISORA CRISTIANA RADIO LUZ A LAS NACIONES http://www.fmradioluz.com

Este librito contiene un capítulo de la obra El Sermón del Monte, del mismo autor. En él se toman en consideración las distintas ideas populares en cuanto al pecado y la moralidad al tiempo que se prueba de forma clara y directa cuál es el concepto bíblico de estas cuestiones.

Tomando como base de su estudio Mateo 5:27-30, el autor demuestra que el pecado no consiste meramente en una serie de actos externos ni tiene nada que ver con procesos evolutivos de la raza humana. Nos advierte del peligro de confundir los pecados con el pecado (los efectos con la causa) y nos hace ver que una mera moralidad externa no es la respuesta.

En definitiva, un mensaje vital para todo aquel que tome en serio su estado espiritual.

La justificación por la Fe, una doctrina esencial contra la depresión | Sugel Michelén

Serie: El cristiano y la depresión.
Sugel Michelén (MTS) es miembro del concilio de Coalición por el Evangelio. Ha sido por más 35 años uno de los pastores de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, en República Dominicana, donde tiene la responsabilidad de predicar regularmente la Palabra de Dios.

Amable | Tim Challies

El carácter del cristiano: amable
Por: Tim Challies

Estamos explorando los diferentes rasgos de carácter de los ancianos, que son en realidad un llamado de Dios para todos los cristianos. Si bien se supone que los ancianos deben ejemplificar estos rasgos, todos los cristianos deberían exhibirlos.

Quisiera que consideremos juntos si estamos mostrando estos rasgos, y de esta manera aprender cómo podemos orar para tenerlos en una mayor medida. Hoy vamos a ver lo que significa para un anciano —y para cada cristiano— ser amable.

Pablo escribe a Timoteo que el anciano debe ser “no pendenciero, sino amable” (1 Timoteo 3:2-3). De manera similar, le dice a Tito que el anciano no debe ser “pendenciero” (Tito 1:7). La característica positiva aquí es la amabilidad y se opone a dos características negativas como el ser pendenciero o violento. El anciano (y, por lo tanto, cada cristiano maduro) busca la amabilidad y huye de la violencia y de la argumentación trivial.

Ser amable es ser tierno, humilde y sensible; conocer qué postura y respuesta se adecua para cada ocasión. Indica amabilidad y el deseo de extender misericordia a otros, y un deseo de someterse tanto a la voluntad de Dios como a las preferencias de otras personas. Tal amabilidad será expresada primero en el hogar y sólo después de esto subsecuentemente en la iglesia. Es un rasgo poco común, pero uno que conocemos y amamos cuando lo vemos y lo experimentamos.

Alexander Strauch resalta que perseguir la amabilidad es imitar a Jesús. El escribe, “Jesús nos dice quién es como persona: es manso y humilde. Sin embargo, demasiados líderes religiosos no son mansos ni humildes. Ellos son controladores y orgullosos. Utilizan a la gente para satisfacer sus crecientes egos. Pero Jesús es refrescantemente diferente. Él realmente ama a la gente, sirviendo desinteresadamente y dando Su vida por ellos. Él espera que sus seguidores -especialmente los ancianos que dirigen a Su pueblo- sean humildes y mansos como Él”. De manera similar, John Piper escribe: “Esta [amabilidad] es lo opuesto de ser belicoso o beligerante. No debe ser áspero o mezquino. Debe estar inclinado a la ternura y recurrir a la dureza sólo cuando las circunstancias recomiendan esta forma de amor. Sus palabras no deben ser ácidas o divisivas, sino útiles y alentadoras “.

El anciano, entonces, debe ser amable, capaz de controlar su temperamento y su respuesta a los demás cuando es atacado, calumniado y cuando se encuentra en situaciones tensas o difíciles. Está marcado en todo momento por la paciencia, la ternura y un espíritu dulce. Negativamente, no debe perder el control ni física ni verbalmente. No debe responder a otros con fuerza física o amenazas de violencia. Cuando se trata de sus palabras, no debe pelear ni altercar ni ser uno que ama discutir. Incluso cuando es empujado y exasperado no arremete con sus palabras, no aplastará una caña magullada ni apagará un pábilo humeante.

Estoy seguro de que ustedes se dan cuenta de que Dios llama a todos los cristianos -no sólo a los ancianos- a ser amables. Los ancianos deben servir como ejemplos de mansedumbre, pero cada uno de nosotros debe mostrar este rasgo si queremos imitar a nuestro Salvador. Hay muchos textos a los que podemos recurrir, entre ellos este que nos dice que la mansedumbre es un fruto necesario del Espíritu: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio” (Gálatas 5: 22-23). Poco después Pablo dice: “Hermanos, aun si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre” (Gálatas 6: 1).

El exhorta a los cristianos de Éfeso a caminar de una manera digna de la vocación a la que han sido llamados y dice que esto implica vivir “con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos con otros en amor, deseosos de mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz “(Efesios 4: 1-3). Al hablar de la congregación bajo el cuidado de Tito dice: “Recuérdales que estén sujetos a los gobernantes, a las autoridades; que sean obedientes, que estén preparados para toda buena obra; que no injurien a nadie, que no sean contenciosos, sino amables, mostrando toda consideración para con todos los hombres.”(Tito 3: 1-2). La evidencia es clara: debemos ser amables para que podamos servir como una muestra de quien se ocupa tan amablemente con nosotros.

Auto-evaluación
Así que, ¿qué de ti? ¿Tu vida refleja la mansedumbre y humildad de la amabilidad? Te animo a hacerte en oración preguntas como estas:

Cuando alguien te hace daño, ¿eres propenso a atacar con ira? Si es así, ¿se expresa ese enojo físicamente, verbalmente o ambos?
¿Están las personas temerosas de enfrentar el pecado en tu vida porque temen tu ira o tus palabras cortantes? ¿Te temen tu esposa y tus hijos?
¿Tus amigos y familiares dirían que eres amable? ¿Dirían que los tratas con ternura?
¿Te gusta jugar al abogado del diablo? ¿Te gusta un buen argumento? ¿Qué indicaría tu presencia en los medios sociales?
Puntos de oración
El Dios de paz está ansioso por darte la paz de Dios (Filipenses 4: 7, 9). Por lo tanto, te animo a orar de esta manera:

Ruego que me hagas más parecido a Cristo para que yo sea manso como él es manso. Ruego que yo pueda considerar regularmente todas las formas en que Tú has sido tan paciente y amable conmigo.
Ruego que me ayudes a tragar mi orgullo, confesar mis pecados a los demás, y restaurar las relaciones tensas que tengo.
Ruego que me des la gracia de ser paciente y tranquilo cuando otros me atacan y me malinterpretan. Ayúdame a responder con mansedumbre incluso en las circunstancias más difíciles.
Oro que yo sea lento para comenzar una discusión o para entrar en la de algún otro.


Este artículo pertenece a una serie titulada El Carácter. Publicado originalmente en Challies.com. Traducido con permiso para Soldados de Jesucristo por Ricardo Daglio.

Hospitalario | Tim Challies

El carácter del cristiano: Hospitalario
Por: Tim Challies

Este artículo pertenece a una serie titulada El Carácter Cristiano, publicada originalmente en Timchallies.com

Hoy continuamos con nuestra serie sobre el carácter del cristiano. Estamos explorando los diferentes rasgos de carácter de los ancianos que son en realidad un llamado de Dios para todos los creyentes. Si bien se supone que los ancianos deben ejemplificar estos rasgos, todos los cristianos deberían exhibirlos. Quisiera que consideremos juntos si es que estamos mostrando estos rasgos y de esta manera aprender cómo podemos orar para tenerlos en una mayor medida. Hoy vamos a mirar lo que implica para un anciano —y para cada cristiano— ser hospitalario. Veremos por qué razón Dios eleva este rasgo a un lugar de tanta importancia.

Pablo le dice a Timoteo, “Un obispo debe ser… hospitalario” (1 Timoteo 3:2) y hace eco de esto en su carta a Tito (Tito 1:8). La palabra griega “hospitalario” (philoxenon) indica un amor por los extraños. En días cuando no existían hoteles de buena calidad y accesibles como en la actualidad, se esperaba que los cristianos extendieran hospitalidad a otros viajeros creyentes o predicadores itinerantes. Ellos los alimentarían y les proveerían un lugar limpio para dormir, a fin de que no fueran a pensiones sucias, peligrosas y desagradables. Por supuesto la palabra tiene más extensiones que incluyen otras formas de hospitalidad. Pero primordialmente, indica una disposición a invitar a otros dentro de tu hogar para una estadía ya sea breve o extensa.

¿Por qué hacer énfasis en este rasgo particular? Alexander Strauch lo explica de esta manera: “La hospitalidad es una expresión concreta de amor cristiano y vida familiar. Es una virtud bíblica importante… Darse uno mismo al cuidado del pueblo de Dios significa compartir la vida del hogar con otros. Un hogar abierto es señal de un corazón abierto y de un espíritu amoroso, sacrificial y servicial. La falta de hospitalidad es una señal segura de un cristianismo egoísta, sin vida y sin amor”. La hospitalidad es una manifestación abierta y tangible del carácter piadoso.

Un hogar abierto muestra el amor cristiano, pero también lo hace posible. La hospitalidad crea oportunidades para relaciones, discipulado y evangelismo. Crea un contexto natural para ver un modelo de matrimonio, paternidad y una amplia serie de virtudes cristianas. Si bien debemos enseñar a otros lo que la Biblia dice, también debemos demostrar lo que dice, y esto lo hacemos al invitar personas a nuestros hogares y a nuestras vidas.

¿Solamente los ancianos son llamados a compartir sus vidas y sus recursos abriendo sus hogares? No, es un llamado para todos los cristianos. Si bien la ley en el Antiguo Testamento coloca un gran énfasis en el cuidado y la protección del peregrino, este cuidado por los extranjeros es aún más explícito en el Nuevo Testamento. Pedro le escribe a todos los cristianos cuando dice “Sean hospitalarios los unos para con los otros, sin murmuraciones” (1 Pedro 4:9) y Pablo le dice a toda la congregación en Roma que ellos deben estar “practicando la hospitalidad” (Romanos 12:13). El autor de Hebreos dice, “No se olviden de mostrar hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles” (Hebreos 13:2). Pablo instruyó a Timoteo para que la iglesia extendiera su benevolencia a una viuda “si ha mostrado hospitalidad” (1 Timoteo 5:9-10). Jesús enseñó que seremos juzgados sobre la base de nuestra hospitalidad, puesto que cuando amamos y recibimos a otros, en realidad lo estamos amando y recibiendo a Él (Mateo 25:35-40).

Strauch concluye diciendo que “difícilmente exista algo más característico del amor cristiano que la hospitalidad. Por medio del ministerio de la hospitalidad compartimos las cosas que más valoramos: familia, hogar, recursos financieros, comida, privacidad y tiempo. En otras palabras, compartimos nuestras vidas”.

Auto-evaluación
¿Qué acerca de ti? ¿Dirían otros que tu eres hospitalario? Reflexiona en las siguientes preguntas y al responderlas sé honesto contigo mismo y con Dios:

¿Cuántas personas de tu iglesia has invitado a tu hogar para una comida? ¿Cuándo fue la última vez que alguien se quedó un noche en tu hogar?
¿Se acercan otros a ti cuando necesitan ayuda o das la impresión de que no quieres que te molesten?
¿Tiene tu familia la intención de recibir a otros en tu hogar, incluso si son diferentes a ti o si te hacen sentir incómodo o perturbado?
¿Por qué temes recibir a otros en tu vida y en tu hogar? ¿Qué promesas te ha dado Dios a las cuales te puedes aferrar para tener esperanza, paz y seguridad?
Puntos de oración
Toma aliento en la verdad de que el Dios del débil y marginado te recibe a ti y ora a Él de esta manera para obtener su ayuda:

Oro para que me llenes con tu Espíritu de manera que mi vida pueda llevar fruto en obras de amor para otros.
Oro para no aferrarme a todas las cosas que me das y para recordar que mi hogar, mi comida, mi tiempo y todo lo demás te pertenecen a ti. Ayúdame a ser un administrador fiel de todas estas cosas.
Oro para que me des el denuedo para recibir a otros como tu me has recibido a mí.
Oro para que la motivación de mi corazón sea que, a través de amar a otros, yo mismo pueda expresar mi amor por Cristo. Por favor, dame gran gozo y libertad en ser hospitalario.
En el próximo artículo consideraremos lo que implica para los ancianos y para todos los cristianos no ser pendenciero, sino amable.

Publicado originalmente en Challies.com | Traducido con permiso para Soldados de Jesucristo por Ricardo Daglio

Los tribunales seculares y el conflicto en la iglesia

Los tribunales seculares y el conflicto en la iglesia
Por John Currie

 Este es el noveno capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

«¿Por qué no sufren mejor la injusticia?». La pregunta de Pablo en 1 Corintios 6:7 difícilmente pudo ser más contracultural y contraintuitiva para un corintio. Corinto estaba contagiada con la pasión por el estatus, el éxito y el honor personal. La capacidad de alcanzar estas aspiraciones mediante la ambición, el posicionamiento y la imagen se consideraba sabiduría. Los cristianos de Corinto seguían profundamente influenciados —podríamos decir que infectados— por esta sabiduría cultural, y su seducción por ella había dado lugar a divisiones en el liderazgo, la tolerancia de hechos escandalosos de inmoralidad y, ahora, al litigio de conflictos ante los tribunales de los incrédulos. Su padre espiritual estaba tan escandalizado por esta conducta (y la condición subyacente del corazón que revelaba) que, aunque antes no había querido avergonzarlos por su mal comportamiento (1 Co 4:14), ahora los avergüenza (6:5) con ocho preguntas inquisitivas en solo siete versículos (vv. 1-7). Al apóstol le resultaba chocante y vergonzosa la realidad de los cristianos que llevaban a otros cristianos ante los tribunales civiles para resolver sus diferencias personales.

Él estaba escandalizado por dos razones. Primero, la conducta de los corintios traicionaba su testimonio de lo que Cristo, al inaugurar Su reino en Su iglesia, ha hecho (vv. 2-3); y segundo, contradecía la sabiduría que Cristo da y ha dado a Su iglesia (v. 5). Su inmadurez e incompetencia, evidenciadas en el hecho de litigios civiles entre creyentes, deshonraban a Aquel a quien decían conocer como sabiduría, justicia, santificación y redención de Dios (1:30).

El remedio de Pablo para este escándalo fue aplicar la sabiduría del evangelio de la cruz de Cristo a sus conflictos. El apóstol modeló esto al venir a ellos no a la manera de los grandes hombres de la cultura, sino en debilidad cruciforme (1:17). Su aceptación de la locura de la cruz le había hecho estar dispuesto a ser despreciado y a sufrir las calumnias con espíritu de reconciliación y humildad (4:9-13), y como les dirá posteriormente, incluso renunció a sus derechos entre ellos por el evangelio (9:3-18). En toda esta «necedad», el apóstol no hacía más que imitar el patrón del Cristo que les predicaba (1:18-25). Así que su pregunta inquisitiva a los que decían creer en su mensaje de la cruz y ser salvos por ello y, sin embargo, estaban litigando por la vindicación y la victoria personal de unos con otros, era: «¿Por qué no tomar la cruz?», «¿Por qué no sufrir más bien el mal?» (6:7).

No es que Pablo tratara de impedir que los cristianos buscaran la resolución de los conflictos presentes (y muy reales) que pudieran tener unos con otros. Sin embargo, debían poder usar la sabiduría que Dios ha dado en y a la iglesia para hacerlo (v. 5). Cristo mismo dio a los creyentes un proceso de apelación unos a otros con la esperanza de «ganar» al otro cuando se ha producido una ofensa. Ese proceso implica la ayuda de otros creyentes e incluso, en casos de dureza de corazón, puede implicar la acción judicial de los tribunales de la iglesia (Mt 18:15-20). Pablo tampoco prohíbe apelar a la autoridad civil ordenada por Dios (Ro 13:1-7) en casos de actividad delictiva (de hecho, ignorar y ser negligente en tales casos causa mucho daño a las víctimas del delito y al nombre de Cristo). Pero cuando los cristianos han llegado al punto de buscar el castigo por conflictos personales ante los incrédulos, algo está profunda y terriblemente mal en nuestros corazones y en nuestra iglesia.

Los cristianos de Corinto necesitaban una corrección cruciforme de la inclinación de sus corazones en sus conflictos unos con otros en su época. Tal vez nosotros también la necesitemos. Las preguntas de Pablo en 1 Corintios 6 nos impulsan a imitar a nuestro Salvador, una imitación que no manifiesta la sabiduría autopreservadora de esta época, sino la sabiduría abnegada de Aquel que se entregó por nuestros pecados y que, por Su Espíritu, vive ahora en nosotros para formarnos a Su semejanza (Gá 2:20).

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

John Currie
El Dr. John Currie es coordinador del departamento y profesor de teología pastoral en Westminster Theological Seminary en Filadelfia y ministro de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa.

Conflictos públicos en la iglesia

Por Eric Landry 

Nota del editor: Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: Conflicto en la iglesia

¿Imaginas el malestar que sintió la gente en Antioquía cuando Pablo confrontó a Pedro, según se describe en Gálatas 2? Probablemente recuerdas la historia: hombres de Jerusalén habían venido a la iglesia en Antioquía. Su visita creó una división. En lugar de que judíos y gentiles adoraran juntos y tuvieran comunión libremente, algunos de los judíos (incluso Pedro y Bernabé) se apartaron de los gentiles. Pablo dijo a los gálatas que había confrontado a Pedro «delante de todos» (v. 14). ¿Fue durante una comida o inmediatamente después de una oración? ¿Atrapó Pablo a Pedro en el patio o lo denunció en medio de un sermón?

Aunque no sabemos las respuestas a estas preguntas, puedes preguntarte si fue un error que Pablo confrontara a Pedro de esta manera. ¿No debió haber seguido los pasos indicados en Mateo 18? No, Gálatas 2 y pasajes como Hechos 5 y Filipenses 4 demuestran que hay momentos en los que una confrontación pública del pecado y el error es necesaria para la salud y el bienestar de la iglesia.

Pablo confrontó a Pedro pública e inmediatamente cuando fue testigo de pecado público. Al apartarse de los gentiles, Pedro había actuado de una manera que negaba el evangelio. Pablo no dudó en condenar a Pedro públicamente porque el pecado fue público. Este mismo principio se demuestra en Hechos 5, donde Pedro confronta a Ananías y Safira por mentir al Espíritu Santo al no declarar que se habían quedado con una parte de las ganancias del terreno que habían vendido para dar a la iglesia. Su pecado fue público, y por lo tanto, la condena del pecado fue pública. El mismo principio se ve en Filipenses 4:2, donde Pablo «ruega» a Evodia y Síntique «que vivan en armonía en el Señor». Aunque no sabemos qué fracturó la relación de estas dos hermanas, su desacuerdo fue público y, por tanto, la confrontación de Pablo del pecado —aunque menos enérgica que la que aparece en Gálatas 2 o Hechos 5— también es pública. El principio que se expone en cada uno de estos pasajes es que la confrontación pública del pecado y el error es necesaria para corregir el pecado y el error público.

Otro principio que podemos derivar de estos textos es que la confrontación pública del pecado y el error se hace en el contexto de la iglesia local. Por desgracia, vivimos en una época de «Pablos» autoproclamados que vagan por la Internet en busca de «Pedros» a quienes denunciar. Podemos sentirnos tentados a recurrir a Gálatas 2 para justificar que tomemos los tridentes electrónicos a fin de perseguir a los villanos teológicos. Sin embargo, el principio de Gálatas 2, Hechos 5 y Filipenses 4 es que tal confrontación pertenece al contexto de la iglesia local, donde se experimenta el pecado y el error y donde al pecador puede perdírsele que rinda cuentas.

Un tercer principio está implícito en estos pasajes. No hay muchos ejemplos de este tipo de confrontación pública del pecado y el error públicos, pero los que tenemos abordan graves amenazas para la iglesia. La conducta de Pedro no era conforme al evangelio. El pecado de Ananías y Safira amenazaba la existencia misma de la iglesia, como el pecado de Acán después de que Israel cruzara a la tierra prometida (Jos 7). La fractura entre Evodia y Síntique amenazaba la unidad de esa iglesia. El hecho de que haya pocos ejemplos de este tipo de reprensión pública nos indica que no todos los errores —ni siquiera todos los errores públicos— deben ser confrontados públicamente. Pero cuando un pecado o error público amenaza la existencia misma de la iglesia, o incluso el evangelio mismo, puede ser necesaria una reprensión pública.

En 1553, estalló una disputa en Ginebra sobre quién tenía la autoridad para excomulgar. El gobierno de la ciudad quería que Philibert Berthelier fuera readmitido para tomar la Cena del Señor. Berthelier, opositor a Juan Calvino y abogado del hereje Miguel Serveto, había sido excomulgado por rebelión. El día en que debía celebrarse la Cena del Señor, Berthelier y sus amigos abarrotaron la iglesia de St. Pierre y se sentaron en primera fila. Sin embargo, Calvino se negó a servir la comunión a los «aborrecedores de los misterios sagrados». Dijo: «Pueden aplastar estas manos; pueden cortar estos brazos; pueden quitarme la vida; mi sangre es de ustedes, pueden derramarla; pero nunca me obligarán a dar cosas sagradas a los profanos, ni a deshonrar la mesa de mi Dios». Tal audacia es necesaria ante el pecado y el error público. Que Dios dé a Sus ministros el valor de tomar tales medidas para proteger la pureza y la paz de la iglesia.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Eric Landry
El reverendo Eric Landry es pastor de la Redeemer Presbyterian Church (Austin, Texas) y editor ejecutivo del Modern Reformation.

Pecado, arrepentimiento y caminar en la luz

Pecado, arrepentimiento y caminar en la luz
Por Trillia Newbell

Nota del editor:Este es el octavo capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: La ética sexual cristiana

Nuestra ofensa más pequeña merece toda la ira de Dios. Eso es difícil de escuchar si olvidamos que Dios no solo ha cubierto nuestro pecado en Cristo, sino que también nos permite acercarnos a Él continuamente para recibir esa gracia una vez más. También sabemos que Dios es santo, separado en Su perfección, gloria y majestad. Somos pecadores que pecamos todos los días. Nuestro pecado debería afligirnos, pero no condenarnos, porque servimos a un Dios que es bueno y bondadoso, pero que también es santo y justo. Entonces, ¿qué debemos hacer con este enigma de nuestra pecaminosidad y la santidad de Dios que está tan cerca de nosotros? Arrepentirnos y recibir la asombrosa gracia de Dios.

¿Es Dios una especie de cuco?
Ahí está de nuevo. Esa tenebrosa sombra acechando en el armario. Parece tan impredecible. ¿Qué va a hacer ahora? ¿Qué podría pasar? ¿Saltará y me atrapará?

Esos eran mis aterradores pensamientos de niña. Me acurrucaba con miedo en mi cama, esperando que el cuco saltara del armario y me atrapara. Cuando me convertí en cristiana, me di cuenta de que gran parte de la forma en que me relacionaba con Dios era con ese miedo infantil al cuco. Sentía que no tenía mucho control sobre mi vida, pero en lugar de darme cuenta de que estaba en manos de un Padre bueno y amoroso, lo veía como un tirano. Pensaba que Él tenía todo el control, pero que el único amor que mostró fue en la cruz (que por supuesto hubiera sido suficiente). Realmente creía que Dios era como el cuco que rondaba por mi armario, esperando el momento adecuado para castigarme o causarme algún daño.

Qué triste. Si solo conocemos a Dios como el gobernante soberano del mundo podríamos cometer el mismo error que yo cometí cuando era una joven cristiana. No fue hasta que comprendí el gran amor de Dios que comencé a ver Sus caminos como buenos y amables. Sí, incluso las cosas difíciles de nuestra vida provienen de la mano amorosa de Dios (1 P 1:3-9; He 12:3-17). Podemos descansar en el conocimiento de que los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, y que Sus caminos no son nuestros caminos, y que sin embargo Él tiene cuidado de los hombres (Sal 8:4; Is 55:8).

Lo vemos en Isaías 55, que comienza con un llamado urgente a que vengamos a beber: «Todos los sedientos, vengan a las aguas; y los que no tengan dinero, vengan, compren y coman. Vengan, compren vino y leche sin dinero y sin costo alguno» (v. 1). Dios se complace en satisfacer nuestras necesidades (espirituales y de otro tipo). Tenemos un Padre que nos invita al trono de la gracia para recibir ayuda en nuestros momentos de necesidad (He 4:16). Y aunque de joven no comprendía del todo el significado de la cruz, ahora entiendo que Dios mostró Su máximo amor por nosotros mediante el sacrificio de Su Hijo a nuestro favor. ¿Existe un amor más grande que ese?

Dios no es el cuco. Es el Dios soberano, amoroso y asombroso que vino a redimir a un pueblo para Sí mismo. Él es bueno y nos ama todo el tiempo. Así que, como respuesta a nuestro conocimiento de Su carácter amoroso, nos disciplinamos para arrepentirnos diariamente del pecado por el que Cristo ya ha muerto.

Camina en la luz
Uno de los muchos efectos secundarios que he experimentado al envejecer es la incapacidad de ver la carretera al conducir de noche. Todo brilla. Si llueve, es como si alguien me iluminara los ojos con una luz brillante. Como adulta responsable que soy, todavía no he ido al oftalmólogo. Así que conduzco en la oscuridad, ciega como un murciélago.

Afortunadamente, no tenemos que hacer esto como cristianos. Hemos visto la luz. El evangelio ha iluminado las tinieblas. Y esta luz no desorienta; es un don de la gracia que nos purifica y nos guía.

Pero tal vez has estado caminando como si estuvieras todavía en la oscuridad. Dios te llama a caminar en la luz. Caminar en la luz significa caminar en la bondad y la gracia de Dios, viviendo una vida que refleje al Salvador y caminando de una manera digna del evangelio. El arrepentimiento es una de las formas más claras de caminar en esta luz. El apóstol Juan nos dice: «Si decimos que tenemos comunión con Él, pero andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad» (1 Jn 1:6). Caminar en las tinieblas es caminar con el conocimiento del pecado e ignorarlo, o caminar como si estuviéramos completamente sin pecado, sin arrepentirnos nunca (1 Jn 1:8). La gracia de Dios nos permite no solo reconocer que seguimos luchando con el pecado, sino también volvernos de nuestro pecado.

Vemos claramente que nuestro caminar en la luz no es perfecto, ni siquiera está cerca de serlo. Nunca alcanzaremos la perfección en esta tierra. Por eso el arrepentimiento es un regalo tan hermoso de nuestro Dios. «Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad» (1 Jn 1:9). Oh, qué gracia. Confesamos nuestros pecados a Dios —reconociendo nuestra gran necesidad de que Él nos convierta de nuestro pecado— y ¿qué hace Él? Hace lo que ya ha hecho: derrama la gracia que necesitamos para cambiar. Su ira estuvo reservada para Jesús. No recibimos castigo o ira por nuestros pecados; recibimos gracia. Hay, por supuesto, consecuencias por el pecado, pero aún así, nuestra posición ante Dios no cambia.

Dios es soberano y lo gobierna todo. Es santo, pero gracias a Jesús podemos acercarnos a Él. Corre, no camines, al trono de la gracia. No camines como un ciego mientras puedes caminar en la luz que está disponible para ti. Camina en la luz. Confiesa tu pecado y recibe la gracia. No hay condenación para ti.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

Trillia Newbell
Trillia J. Newbell es conferencista y autora de Fear and Faith [Temor y Fe], United [Unidos], Enjoy [Disfruta] y su libro infantil más reciente God’s Very Good Idea [La gran idea de Dios].