Episodio 56 – La lectura es una agonía para mí ¿Cómo puedo estudiar la Biblia en pedacitos pequeños?
John Piper
Es el fundador y escritor principal de DesiringGod.com y es presidente de Bethlehem College & Seminary. Durante 33 años Piper ha servido como pastor de Bethlehem Baptis Church. Ha escrito más de 50 libros, entre ellos Cinco puntos y Viviendo en la luz: dinero, sexo & poder.
Es uno de los escritores cristianos más reconocidos de las últimas décadas. Su escritura es caracterizada por un corazón pastoral y un estilo confrontador, pero también alentador. Sus más de 30 años de ministerio están recopilados gratuitamente en artículos y vídeos. Los puedes encontrar en: DesiringGod.org.
El pastor John Piper vive en la ciudad de Minneapolis, Estados Unidos con su esposa Noel. Tiene cinco hijos y catorce nietos.
– El profeta Isaías tuvo una visión: vio al Señor sentado en un trono en el templo de Dios. Los ángeles, con gran respeto, proclamaban su santidad y su majestad: “Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6:3). Entonces Isaías reconoció que era pecador y exclamó: “¡Ay de mí! que soy muerto” (v. 1-7).
– Simón Pedro, el discípulo, había pescado toda la noche sin éxito, pero Jesús lo invitó a echar otra vez sus redes en pleno día. “Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red. Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía” (Lucas 5:4-6). Simón obedeció, y los peces vinieron. Entonces se echó a los pies de Jesús y exclamó: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (v. 8). Estas dos escenas presentan grandes similitudes.
La santidad y la majestad de Dios llevaron a Isaías a tomar conciencia de que estaba perdido. El poder de Jesús condujo a Simón a declarar que era pecador.
Esto confirma lo que atestigua toda la Biblia: Jehová, el Señor, quien llena el templo de su gloria, y Jesús, el compañero de modestos pescadores de Galilea, son la misma persona. ¡Jesús y el Jehová del Antiguo Testamento son uno! El evangelista Juan declara que Isaías vio la gloria de Jesús (Juan 12:41).
En presencia de Jesús, Simón exclamó: “Apártate de mí…”, ¡sin embargo se acercó a él y se echó a sus pies! Entonces Jesús le dijo: “No temas”. Jesús no vino para asustarnos con su divina grandeza, ni para condenarnos. Él trajo “la gracia y la verdad” (Juan 1:17).
La proyección astral es una fantasía. Hay personas que dicen que pueden abandonar sus cuerpos y viajar a California o a la India y regresar sin utilizar trenes, aviones o barcos; pero cuando hacen estas afirmaciones, se han engañado a sí mismos o están engañando a otros. Incluso si el alma o el espíritu de una persona pudiera «proyectarse» de esta manera para peregrinar por el mundo, dichos viajes solo podrían incluir una parada por vez. Nuestros espíritus humanos son espíritus finitos y no pueden, ni nunca podrán, ser capaces de estar en más de un lugar al mismo tiempo. Solo un Espíritu infinito tiene la capacidad de la omnipresencia.
Cuando hablamos de la omnipresencia de Dios queremos decir que su presencia está en todo lugar. No hay ningún lugar donde Dios no esté. Sin embargo, como espíritu, Dios no ocupa ningún lugar, en el sentido que los objetos físicos ocupan el espacio. No tiene cualidades físicas que puedan ocupar el espacio. La clave para entender esta paradoja es pensar en términos de otra dimensión. La barrera que existe entre Dios y nosotros no es una barrera de espacio o tiempo. Encontrarse con Dios no implica un «lugar» adonde ir o un «momento» donde transcurrir. Estar en la presencia inmediata de Dios es traspasar el umbral de otra dimensión.
Hay otro segundo aspecto relacionado con la omnipresencia de Dios que solemos soslayar. La partícula «ornni» se refiere no solo a los lugares donde Dios está, sino a cuánto de Dios está en un determinado lugar. Dios no solo está presente en todo lugar sino que Dios está plenamente presente en todo lugar. A esta característica se la llama su Inmensidad. Los creyentes en Nueva York disfrutan de la plenitud de la presencia de Dios mientras que los creyentes en Moscú también disfrutan de la misma presencia. Su Inmensidad no se refiere, entonces, a su tamaño, sino a su capacidad para estar plenamente presente en todo lugar.
La doctrina sobre la omnipresencia de Dios nos llena de asombro. Esta doctrina engendra reverencia en nosotros, pero además nos sirve de consuelo. Siempre podemos estar seguros de la atención exclusiva de Dios. No tenemos necesidad de hacer una fila o solicitar una entrevista para estar con Dios. Cuando estamos en la presencia de Dios, Dios no está preocupado por los acontecimientos que están sucediendo del otro lado del planeta; Esta doctrina, sin embargo, no es ningún consuelo para los no creyentes. No hay ningún lugar donde puedan esconderse de Dios. No hay ningún rincón en el universo donde Dios no esté. Los malvados en el infierno no están separados de Dios, están separados de su benevolencia. La ira de Dios los acompaña constantemente.
David, que muchas veces alabó la gloria de la omnipresencia de Dios en los salmos, nos da un resumen poético de esta doctrina:
¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Ya dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra. (Ps. 139:7-10)
Resumen
l. Solo un Espíritu infinito puede ser omnipresente.
2. Dios no está limitado por el tiempo ni por el espacio. Su Ser trasciende el tiempo y el espacio.
3. La omnipresencia de Dios incluye su Inmensidad, que le permite estar presente en su plenitud en todos los tiempos y en todos los lugares.
4. La omnipresencia de Dios es un consuelo para el creyente y un motivo de terror para el no creyente.
El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
Los medios de gracia enfatizan lo necesaria que es la Iglesia en la vida cristiana. El Señor no nos diseñó para que viviéramos la vida cristiana solos. Se ha dicho que los creyentes son como brasas ardientes. Cuando están solos, se apagan, pero juntos avivan la llama. La adoración pública es el lugar donde entramos a la presencia especial del Dios omnipresente (Sal 113:4; 139:7). Cuando el Padre reúne a Su familia, Cristo les habla a través de la predicación de la Palabra (Rom 10:11-17; Ef 2:17) y nosotros ofrecemos oraciones por el Espíritu y gozamos de la presencia de Dios en los sacramentos. No dejar de congregarnos (Heb 10:25) significa más que simplemente estar con otros cristianos. La asamblea pública de la Iglesia bajo la dirección de sus oficiales es donde recibimos medios que nos sostienen en la salvación. Debemos apropiarnos de los medios de gracia y usarlos por fe, preparándonos para recibirlos y estudiando su naturaleza y uso a partir de la Escritura.
Los medios de gracia son inútiles sin la fe. Es imposible agradar a Dios sin fe (Heb 11:6). La fe conlleva confiar en las promesas de Dios en Cristo y esperar Sus bendiciones por el Espíritu. Los medios de gracia no operan de forma automática; son instrumentos mediante los que recibimos gracia, no máquinas que producen gracia. Utilizar los medios de gracia para perseverar en la salvación nos hace depender del Dios triuno. Confiamos en el Padre que nos escogió para salvación, en el Hijo que compró nuestra salvación y en el Espíritu que aplica la salvación y nos lleva a la gloria. Hemos sido salvados (Ef 2:8), somos salvos (1 Co 1:18) y seremos salvos (1 Pe 1:5). El Espíritu preserva invenciblemente la vida eterna que tenemos en Cristo (Jn 14:16; Flp 1:6). Sin embargo, «el que persevere hasta el fin, ese será salvo» (Mt 24:13; ver también Ap 3:21). La victoria por la que vencemos al mundo es la fe (1 Jn 5:4), pues por la fe recibimos a Cristo (Col 2:6), quien es nuestra sabiduría de Dios, justificación, santificación y redención (1 Co 1:30). Todo aquel que cree en Cristo será salvo (Jl 2:32; Hch 2:21), pero si no creemos, no permaneceremos (Is 7:9). Los medios de gracia son valiosos porque a través de ellos tenemos comunión con Dios. Si vamos a la iglesia para sentirnos religiosos o reverentes, pero no nos hemos reunido con el Dios triuno, deberíamos considerar que todo fue en vano. La fe es el medio por el que acudimos al Dios que desciende hacia nosotros en los medios de gracia. ¿Queremos conocer mejor al Padre mientras disfrutamos de la comunión con Él por medio de Cristo en el poder del Espíritu? Dios ha ordenado los medios de gracia para que haya un tráfico bidireccional entre el cielo y la tierra. Dios se acerca a nosotros a través de los medios y nosotros nos acercamos a Él mediante la fe.
Sin embargo, el ejercicio de la fe requiere preparación y meditación. La fe involucra todo nuestro ser: nuestra mente, corazón y voluntad. Es necesario que sepamos qué debemos creer y qué debemos hacer. Necesitamos tener corazones que amen al Padre, que nos amó y nos dio a Su Hijo (1 Jn 3:16-18). Necesitamos que el Espíritu produzca en nosotros amor por Dios, y también debemos someter nuestra voluntad a la Suya. A fin de sacar el máximo provecho de los medios de gracia, debemos preparar nuestro corazón para que encuentre a Dios en ellos durante la adoración pública. La Biblia asume que los cristianos meditan (Sal 1:2; 119). Esto significa pensar de forma bíblica, clara, cuidadosa y devocional en la gloria de Dios que Él revela en Su Palabra y Sus obras. La meditación marca la diferencia en la vida cristiana. ¿Venimos a adorar conociendo las promesas de Dios de encontrarnos allí? ¿Sabemos qué le agrada y pensamos en lo que Él está haciendo y en lo que nosotros estamos haciendo cuando vamos a adorar? ¿Esperamos escuchar la voz de Cristo en la predicación de la Palabra? ¿Nos deleitamos en el amor del Padre, quien levantó a Su Hijo de entre los muertos y nos guía a celebrar esa realidad cada primer día de la semana? Aunque el Espíritu es soberano y opera con distinta intensidad en diferentes tiempos, ¿esperamos que sea fiel para llevarnos a Jesús a través de los medios de gracia? En resumen, cuando nos preparamos y meditamos, quitamos el enfoque de nosotros mismos al utilizar los medios de gracia y lo redirigimos al Dios triuno. ¿Qué puede ser más provechoso para nuestras almas? Prepararnos para recibir los medios de gracia nos enseña a vivir como Dios quiere que vivamos: para Su gloria, con otras personas y para la salvación de nuestras almas.
La fe y la preparación requieren estudio. Es común que los creyentes deseen estudiar cómo entender mejor la Biblia. Eso es bueno, siempre y cuando estudiemos la Biblia por causa de Dios, y no solo para satisfacer nuestra curiosidad y sed de conocimiento. Es fácil que el cristianismo se desvirtúe y termine enfocándose en mi justificación, mi adopción, mi santificación y mis pruebas y gozos. El cristianismo no consiste en la mera comprensión de una lista de beneficios, sino que se trata de conocer al Dios correcto de la manera correcta (Jn 17:3). Los medios de gracia nos recuerdan que todo lo que importa en la vida se resume en ver la gloria de Dios en la faz de Cristo (2 Co 4:6). Cuando pensamos en la predicación y los sacramentos, es fácil creer que son «los trabajos» del predicador y no nos afectan personalmente. Si la predicación, los sacramentos y la oración pública son medios que el Dios triuno nos ha dado, entonces ¿no deberíamos estudiar los medios de gracia y su rol en la vida cristiana, y animar a los pastores a promoverlos en su ministerio público? Hay instituciones que nos ofrecen beneficios externos en esta vida, pero solo la Iglesia nos ofrece a Dios, y Dios se nos revela a Sí mismo a través de los medios de gracia. El mundo ofrece salud, dinero y prosperidad; Dios se ofrece a Sí mismo en y a través del ministerio de la Iglesia. Los medios de gracia son las maneras en que debemos buscarlo y hallarlo. ¿Cuándo fue la última vez que leíste un libro sobre la predicación de la Palabra? ¿Estudias los sacramentos? ¿Cultivas la oración en privado, en familia y en la adoración pública?
Los medios de gracia promueven la fe y la vida cristiana, y además fomentan la esperanza cristiana. El resultado final es que amemos a Dios y a nuestro prójimo. Así como morimos sin comida y agua, también morimos si no recibimos a Cristo como nuestra comida y bebida espiritual (Jn 6:53). Aunque los medios de gracia son sencillos y a veces pueden parecer poco especiales, Dios hace grandes cosas a través de ellos. En nuestra santificación, debemos esperar que haya un progreso lento y constante (la mayoría del tiempo). Rara vez hay soluciones rápidas para el pecado, y los saltos gigantes en la santificación son inusuales. Dios libera a algunas personas instantáneamente de los pecados que están profundamente arraigados en sus vidas, pero la mayoría de las veces debemos luchar para hacer morir las obras de la carne por el Espíritu (Rom 8:13). El Dios triuno usa los medios de gracia para matar el pecado en nosotros y guiarnos por senderos de justicia por amor de Su nombre (Sal 23:3). Faltar a la iglesia es como saltarse las comidas. Puede que no todas las comidas sean espectaculares, pero todas ellas en conjunto nos mantienen vivos. A menudo desconocemos cuánto crecemos a través de los medios de gracia hasta que los descuidamos o perdemos.
El Señor utiliza los medios de gracia para nutrir la vida espiritual en Cristo. Debemos esperar que el Espíritu bendiga los medios elegidos por el Padre a través de la fe. Debemos prepararnos para recibir los medios de gracia con estudio y meditación. Debemos confiar en que Dios use los medios para llevarnos al Salvador en vez de confiar en los medios en lugar del Salvador. Busquemos al Señor en los medios de gracia, para que Él fomente la obra de fe, el trabajo de amor y la firmeza de la esperanza (1 Tes 1:3) mientras soportamos con confianza hasta el final de nuestra carrera (Heb 12:1). Jesús es el precursor y el fin de nuestra fe, y Él pondrá nuestro pie en lugar espacioso (Sal 31:8) si usamos los medios que ha ordenado para que caminemos con Él.
El Dr. Ryan M. McGraw es profesor de teología sistemática Morton H. Smith y decano académico del Greenville Presbyterian Theological Seminary. Es autor de varios libros, entre ellos The Day of Worship [El día de adoración].
La muerte, que no perdona a nadie y puede llegar en cualquier momento, naturalmente es considerada como la peor cosa que puede ocurrir. A menudo es un tema tabú y da miedo, pero también suscita muchas preguntas. ¿Qué sucede después? Algunos creen que es más razonable, o más tranquilizador, decirse que no hay nada después de la muerte. Para otros, que prefieren imaginar que sus seres queridos continúan existiendo después de la muerte, hay otra vida… pero ¿cuál?
Los cristianos confían en lo que la Biblia dice sobre la muerte y el más allá, porque este Libro contiene el testimonio de alguien que resucitó: Jesucristo. Él había anunciado que volvería a la vida después de su muerte (Mateo 16:21). Pocas personas lo creyeron.
Sin embargo, sus allegados pudieron constatarlo: Jesús, muerto en una cruz y colocado en una tumba, resucitó de entre los muertos al tercer día, antes de ser llevado al cielo (Lucas 24:51).
La confianza en la Palabra de Dios, que no puede mentir, quita toda incertidumbre sobre el más allá, y da seguridad al creyente. Saber que Jesús triunfó sobre la muerte le da la certeza de que su existencia no se acaba en la tumba, y menos en el infierno. Todos los que aceptan a Jesús como su Salvador pasarán la eternidad con él. Lo prometió: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá”.
“Los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Juan 5:29).
Oh Señor, Cuyo poder es infinito y sabiduría infalible, ordena las cosas de manera que ellas no puedan ni detenerme ni desanimarme, ni ofrecer obstáculos para el progreso de tu causa. Permanece entre mí y toda contienda, que ningún mal acontezca, ni el pecado corrompa mis dones, celo, logros. Que yo pueda seguir el deber y no cualquier disposición tonta de mí mismo. No me dejes trabajar en la obra que Tú no bendecirás, para que yo pueda servirte sin deshonra o atraso. Concédeme habitar en Tu lugar secretísimo, bajo tu sombra, donde la protección es impenetrable, a salvo de la flecha que vuela de día, la pestilencia que anda en oscuridad, la contienda de lenguas, la malicia, la mala voluntad, el dolor de la conversación cruel, los lazos de la [mala] compañía, de los peligros de la juventud, de las tentaciones de la vida madura, de las aflicciones de la vejez, del miedo a la muerte. Soy completamente dependiente de Tu apoyo, consejo, consuelo. Ampárame por Tu espíritu libre, y que yo no me imagine ser lo suficiente, para ser preservado de caer, más que siempre pueda proseguir, abundando siempre en la obra que Tú me das que haga. Fortaléceme por Tu Espíritu en mi interior para todo propósito de mi vida Cristiana. Todos mis tesoros, los entrego a la sombra de la seguridad que está en Ti, mi nombre nuevo en Cristo, mi cuerpo, alma, talento, carácter, mi éxito, esposa, hijos, amigos, trabajo, mi presente, mi futuro, mi fin. Tómalos, porque son Tuyos, y yo soy tuyo, ahora y para siempre.
Crecí en una iglesia bautista grande en la que los bautismos eran frecuentes y la Cena del Señor inusual. El bautismo era siempre un evento de celebración; incluso, a veces la gente aplaudía. Por otro lado, la Cena del Señor era algo solemne, callado, y, para un niño, podía ser aburrida. Nunca entendí el propósito de tener que sentarme quieto por unos quince o veinte minutos más. ¿No podía el pastor simplemente decir «Jesús murió en la cruz por tus pecados» y terminar con eso? Tampoco entendía realmente el propósito del bautismo, excepto por el hecho de que Jesús lo había ordenado. Cuando fui bautizado a los doce años, fue simplemente como un rito de iniciación para mí.
La Confesión de Fe de Westminster resume la enseñanza bíblica sobre el significado del bautismo y la Cena del Señor de esta manera: «Los sacramentos son signos y sellos santos del pacto de gracia, directamente instituidos por Dios, con el propósito de representar a Cristo y sus beneficios, y para confirmar nuestra participación en él» (27.1). El lenguaje de «signos y sellos» viene directamente de Romanos 4:11: «[Abraham] recibió la señal de la circuncisión como sello de la justicia de la fe que tenía mientras aún era incircunciso». ¿De qué manera funcionan los sacramentos como señales y sellos? La Biblia contiene muchas «señales». Moisés hizo «señales» en Egipto (Ex 4:8, etc.). Los milagros de Jesús son llamados «señales» (Jn 2:11). De hecho, la encarnación y el nacimiento virginal de Jesús constituyeron en sí mismos una «señal» (Is 7:14). Las señales son marcas visibles que, aunque quizás significativos en sí mismos, apuntan a algo más. Las señales de Moisés apuntaban al poder de Dios y Su intención de redimir a Su pueblo. Las señales de Jesús apuntaban a Su identidad como el eterno Hijo de Dios (Jn 20:30-31).
Cabe destacar que cuatro de las primeras seis apariciones de la palabra «señal» en la Biblia se producen en la frase «señal del pacto» (Gn 9:12, 13, 17; 17:11). Después del diluvio, Dios hizo un pacto, es decir, un acuerdo vinculante, con Noé, prometiendo que nunca más inundaría la tierra. Como señal para confirmar Su promesa del pacto, Dios hizo un arcoíris. Crecí en la Florida, donde son muy comunes las tormentas eléctricas vespertinas acompañadas de un arcoíris. Podemos sorprendernos con la belleza del arcoíris, pero su propósito principal es recordarnos la promesa del pacto de Dios y Su fidelidad.
Dios también hizo un pacto con Abraham (Gn 15:18; 17:2, etc.; ver Ex 2:24). En este pacto, Dios prometió ser Dios para Abraham y su descendencia, para darle una tierra por herencia, para bendecir las naciones por medio de él y para hacer su descendencia tan numerosa como la arena del mar y las estrellas de los cielos. Para confirmar estas promesas, Dios le dio a Abraham la circuncisión como «señal del pacto» (Gn 17:11).
Estas señales son recordatorios visibles y tangibles que confirman las promesas de Dios para Su pueblo. También son adecuadas para cada pacto. El arcoíris aparece en el cielo después de la lluvia cuando el sol atraviesa las gotas de agua. Dios puede enviar lluvias fuertes que provoquen inundaciones locales con resultados desastrosos para algunos. Sin embargo, Él no volverá a inundar toda la tierra ni a exterminar toda la humanidad. En el pacto de Dios con Abraham, Dios le prometió descendientes, una «simiente» (cumplida finalmente en Cristo; Gal 3:15-18). De manera apropiada, la señal que acompaña este pacto se aplica al órgano reproductor masculino. Como veremos, la naturaleza apropiada de las señales de Dios se repite también en los otros pactos, incluido el nuevo pacto en la sangre de Cristo.
Agustín, el padre de la Iglesia, se refirió a los sacramentos como «palabras visibles». Cuando los niños están aprendiendo, a menudo necesitan imágenes u objetos tangibles para ayudarles a entender una lección. Esto es lo que Dios nos provee en estas señales visibles y tangibles. Él se acerca a nosotros como a niños para que podamos realmente captar, recordar y tener confirmación de Sus promesas de pacto.
En la época de Pablo, los sellos solían estar hechos de cera y tenían una impresión estampada que confirmaban la identidad del dueño. Los documentos y cartas oficiales normalmente tenían sellos. Si el remitente era un rey o un oficial del gobierno, no te atrevías a romper el sello y mirar el contenido hasta que llegara a su destino. En este sentido, los sellos tenían dos propósitos: confirmar la identidad del remitente y asegurar el contenido.
Del mismo modo, las señales de pacto de Dios confirman nuestra identidad como aquellos que le pertenecen a Dios y aseguran nuestra membresía en ese pacto. Dicho de otra manera, las señales de pacto —o los sacramentos— nos aseguran y fortalecen en nuestra relación con Dios. Agustín lo dijo de esta manera: los sacramentos son «señales visibles de la gracia invisible». Son una forma en la que Dios imparte Su gracia para fortalecernos en la fe.
Volviendo a Romanos 4, antes de la declaración de Pablo de que la circuncisión era una señal y un sello de la justicia de Abraham por fe (v. 11), el apóstol dice que Abraham «CREYÓ… A DIOS, Y LE FUE CONTADO POR JUSTICIA» (v. 3). De ahí que la circuncisión era una señal y un sello del hecho de que Dios lo declaró justo por su fe y por la fe sola. Sin embargo, Pablo luego dice que Abraham «se fortaleció en fe» (v. 20), aun luego de años de intentar tener un hijo sin éxito. Una de las razones por la que su fe se fortalecía era la señal del pacto que Dios le había dado. Su propio cuerpo continuamente testificaba y confirmaba la promesa que Dios le hizo.
Las señales de pacto también funcionan en otro sentido. Los pactos en el mundo antiguo eran acuerdos vinculantes que incluían promesas y responsabilidades de ambas partes. En los pactos bíblicos, Dios promete ser nuestro Dios. Nosotros, por nuestra parte, nos comprometemos a entregarnos totalmente a Él y obedecer Sus mandamientos. La palabra latina sacramentum a menudo se refería al juramento de lealtad que los soldados hacían a sus oficiales superiores. De la misma manera, los sacramentos nos identifican como personas que pertenecemos totalmente a Cristo. En los sacramentos, prometemos que le pertenecemos a Él totalmente y sin reservas.
Cuando oficio bodas, la novia y el novio intercambian anillos, y se dicen mutuamente: «te doy este anillo, como señal y promesa de nuestra fe constante y amor permanente». El matrimonio bíblico es un pacto (Mal 2:14). El anillo matrimonial es una señal y un sello de ese pacto. Confirma y declara el amor y el compromiso entre el novio y la novia. El anillo que uso me identifica como que pertenezco a mi esposa y confirma mi promesa de serle fiel mientras ambos vivamos.
Sin embargo, los sacramentos de Dios son más profundos y ricos que los anillos de boda. Nos fortalecen espiritualmente para ser fieles a nuestro compromiso con Dios. Nos ayudan a crecer en semejanza a Cristo y nos dirigen a una comunión más cercana con Cristo. No funcionan por sí solos, como si fuera por acto de magia. Deben ser acompañados por la Palabra y el Espíritu, y son eficaces solo cuando se combinan con la fe. No obstante, cuando se administran y se reciben de manera apropiada, son un medio importante de vitalidad y crecimiento espiritual.
El resto de este artículo se enfocará en los únicos dos sacramentos que Dios da a Su pueblo del nuevo pacto: la Cena del Señor y el bautismo. Exploraremos el significado específico de cada uno por separado y discutiremos cómo sirven como medios de gracia y fortalecimiento espiritual en nuestras vidas.
LA CENA DEL SEÑOR
Jesús instituyó la Cena del Señor en la celebración de la Pascua con Sus discípulos. La Pascua era una señal del antiguo pacto para recordar al pueblo de Dios de Su gran acto de redención al sacarlos de la esclavitud en Egipto (Ex 13:9). La cena de la Pascua incluía cordero y pan sin levadura, ambas señales apropiadas debido a su centralidad al éxodo mismo. Los Israelitas comieron pan sin levadura porque tenían que salir rápidamente. La sangre del cordero aplicada sobre los postes de las puertas de las casas alejaría el juicio que Dios iba a derramar sobre Egipto.
Asimismo, la Cena del Señor celebra el gran evento redentor de Dios en el nuevo pacto. Jesús dijo en la cena de la Pascua con Sus discípulos, «Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado» (Lc 22:19) y «esto es mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados» (Mt 26:28). La Cena del Señor es una señal que apunta a la muerte de Cristo. Comemos y bebemos «en memoria de» Cristo (Lc 22:19).
La Cena del Señor también apunta hacia el futuro. En la Última Cena, Jesús, mirando hacia la consumación dijo: «Porque os digo que de ahora en adelante no beberé del fruto de la vid, hasta que venga el reino de Dios» (Lc 22:18). Del mismo modo, Pablo escribe con respecto a la Cena del Señor: «Porque todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor proclamáis hasta que Él venga» (1 Co 11:26). Nota aquí que la Cena del Señor «proclama». Es una palabra visible.
Sin embargo, la Cena del Señor hace algo más que hacer visible la Palabra. Involucra todos nuestros sentidos. Vemos, pero también olemos, tocamos y gustamos tanto el pan como el vino. La Cena del Señor, observada correctamente, también incluye el escuchar, cuando se realiza después de la predicación de la Palabra y la instrucción apropiada sobre el significado de los elementos. La Cena del Señor nos ayuda a comprender mejor la maravilla de la muerte de Cristo al involucrar los cinco sentidos. La Cena del Señor hace que la muerte de Cristo en la cruz sea personal. Cristo no solo murió por pecadores. Cristo murió por mí.
La Cena del Señor, en otras palabras, sella esta verdad en nuestros corazones. Es una confirmación física, externa, de que yo pertenezco a Cristo y de que Cristo se ha dado a Sí mismo por mí. En las bellas palabras de la primera pregunta del Catecismo de Heidelberg:
¿Cuál es tu único consuelo en la vida y en la muerte? Que yo en cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, no me pertenezco a mí mismo, sino a mi fiel Salvador Jesucristo, quien con Su preciosa sangre ha hecho una satisfacción completa por todos mis pecados y me ha librado de todo el poder del diablo. Además, Él me preserva de tal forma que, sin la voluntad de mi Padre celestial, no puede caer ni un cabello de mi cabeza: sí, todas las cosas deben servir para mi salvación.
Además, en la Cena del Señor tenemos comunión espiritual con Cristo. Pablo escribe: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la participación en la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la participación en el cuerpo de Cristo?» (1 Co 10:16). La palabra griega que se traduce como «participación» es koinonia, una palabra que se refiere a la comunión íntima con otra persona. En contraste, Pablo amonesta a los corintios a que no tengan koinonia con los demonios al participar de la adoración pagana (v. 20). Cristo está espiritualmente presente en la Cena del Señor. Cuando participamos del pan y de la copa, tenemos comunión íntima con Él.
En el mundo antiguo, comer con otras personas era una expresión de intimidad. Las comidas eran también una parte importante de las ceremonias de pacto. Las partes que entraban en un pacto sellaban este acuerdo comiendo juntos. Vemos esto en Éxodo 19-24. Después de que Dios hiciera el pacto con Israel en el Sinaí, Moisés y los líderes de Israel comieron en el monte en la presencia de Dios. De hecho, el propósito de los pactos de Dios con Su pueblo es establecer una relación íntima entre Dios y ellos.
Esto es especialmente claro en el nuevo pacto. En el nuevo pacto, Dios escribe Su ley en nuestros corazones, Dios perdona nuestros pecados y Dios se da a conocer a Sí mismo de forma íntima y personal: «Porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande» (Jer 31:34). Las tres personas de la Trinidad están involucradas en esta relación íntima. Dios se acerca a nosotros en el pacto. Cristo se hizo uno con nosotros para cumplir las promesas del nuevo pacto. El Espíritu Santo mora en nosotros, haciéndonos una nueva creación y capacitándonos para cumplir las obligaciones del pacto. Dios no solo está cerca de nosotros, Él está en nosotros.
La Cena del Señor hace que nuestra relación íntima con Dios sea una realidad experiencial más grande para nosotros. Habla del corazón de nuestra relación con Dios, es decir, el amor de Dios para con nosotros y nuestro amor por Dios. En la cena, Cristo está presente, diciéndonos: «Tú eres Mi hijo amado. Yo di Mi vida por ti. Ahora te doy fortaleza para que tomes tu cruz y Me sigas».
La Cena del Señor también nos recuerda nuestra nueva identidad en el nuevo pacto. En el antiguo pacto, la Pascua se celebraba en familia. Sin embargo, Jesús comió la Pascua con Sus discípulos, indicando que ellos eran la nueva y verdadera familia de Dios. Todos los que siguen a Jesús son Sus hermanos y hermanas. La Cena del Señor es lo que algunos han llamado una «ordenanza de separación», que nos identifica como aquellos que verdadera y totalmente pertenecemos a Cristo.
De este modo, la Cena del Señor también une a todos los que pertenecen a Cristo. Pablo dijo a los corintios que, como no estaban comiendo juntos de una forma unificada, ellos no estaban celebrando realmente la Cena del Señor (1 Co 11:20). En la cena, tenemos comunión con Cristo y los unos con los otros. Por el Espíritu, la cena fortalece nuestro vínculo con Cristo y con nuestros hermanos y hermanas en Cristo.
La Cena del Señor es rica en simbolismo. Lo más importante es que nos recuerda la muerte de Cristo por nosotros al recibir sobre Sí mismo el juicio que nos correspondía. También confirma y fortalece nuestra unión con Cristo, ya que no solo recordamos sino que estamos en comunión espiritual con Cristo. En la cena, también fortalecemos nuestros vínculos con los demás. La Cena del Señor apunta hacia la «cena de las bodas del Cordero», que comeremos en presencia de Cristo con hermanos y hermanas en Cristo de toda nación, tribu y lengua. Mientras tanto, la Cena del Señor nos fortalece para vivir por Cristo como el cuerpo de Cristo, apartándonos del mundo, para el mundo.
EL BAUTISMO
De la misma manera, el bautismo es rico en simbolismo. A diferencia de la Cena del Señor, que es un evento recurrente en la iglesia, el bautismo es un evento que sucede una vez en la vida de cada persona. En este sentido, es similar a la señal de la circuncisión. Como la circuncisión, el bautismo marca nuestra entrada a la comunidad del pacto.
El simbolismo principal del bautismo es el lavamiento o la purificación. Es una señal de que en Cristo estamos limpios. Esta conexión del bautismo con la limpieza es natural porque al bañarnos usamos agua. No obstante, el bautismo apunta no a un lavamiento físico sino espiritual.
El Nuevo Testamento relaciona varias veces el bautismo con el lavamiento de los pecados. Después de la conversión de Pablo, Ananías le dice a Pablo: «Levántate y bautízate, y lava tus pecados invocando su nombre» (Hch 22:16). Luego Pedro escribe: «Y correspondiendo a esto, el bautismo ahora os salva (no quitando la suciedad de la carne, sino como una petición a Dios de una buena conciencia) mediante la resurrección de Jesucristo» (1 Pe 3:21). A simple vista, ambos pasajes parecerían decir que el bautismo lava nuestros pecados y nos salva. Pero un análisis más preciso del texto revelaría que tal interpretación es errónea. Pedro dice en la segunda mitad del versículo que la cuestión no es el agua en el cuerpo, sino la apelación a Dios porque Él ha lavado la culpa de nuestro pecado. Pablo también escribe que Cristo ha «purificado [a Su Iglesia] por el lavamiento del agua con la palabra» (Ef 5:26). Como Juan dice: «La sangre de Jesús… nos limpia de todo pecado» (1 Jn 1:7). La sangre de Jesús limpia, no el agua del bautismo. El agua del bautismo apunta hacia el lavamiento en la sangre de Cristo.
El bautismo también difiere de la Cena del Señor en que en el bautismo el receptor del mismo es pasivo. En la Cena del Señor, los participantes son activos. De manera activa, ellos comen y beben. Todos los que participan son llamados a examinarse a sí mismos para «discernir correctamente el cuerpo» (1 Co 11:28-29). Somos participantes activos en la Cena del Señor.
Por otro lado, en el caso del bautizado, él es quien recibe la acción del bautismo. El bautismo apunta a la gracia de Dios y al hecho de que la salvación es completamente de Dios. Dios nos escogió y Su Espíritu nos transforma. Incluso la fe es un regalo de Dios (Ef 2:8; Flp 1:29). El bautismo dice que aquellos que pertenecen a Cristo han sido salvos por la gracia de Dios. La salvación, de principio a fin, es la obra de Dios.
En este sentido, el bautismo simboliza la entrega del Espíritu por parte de Dios a Su pueblo. Jesús se refirió a la venida del Espíritu sobre Su pueblo en Pentecostés como un bautismo. La venida del Espíritu en Hechos 2 es el cumplimiento de la profecía de Joel de que Dios «derramaría» Su Espíritu sobre toda carne: varón y hembra, judío y gentil. Asimismo, Juan el Bautista declaró que él bautizó con agua, pero que Cristo bautizaría con el Espíritu Santo y fuego.
Sin embargo, el vínculo entre el Espíritu y el bautismo es más que una conexión literaria. El Espíritu mismo es el medio del lavamiento espiritual. Pablo escribe que Dios «nos salvó, por medio del lavamiento de la regeneración y renovación por el Espíritu Santo» (Tit 3:5). Del mismo modo, en la versión de Ezequiel sobre la profecía del nuevo pacto de Jeremías, el profeta vincula el lavamiento y la habilidad para obedecer a Dios con la morada del Espíritu Santo:
Entonces os rociaré con agua limpia y quedaréis limpios; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Además, os daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Pondré dentro de vosotros mi espíritu y haré que andéis en mis estatutos, y que cumpláis cuidadosamente mis ordenanzas (Ez 36:25-27).
EL ESPÍRITU LAVA Y FORTALECE
Adicionalmente, el bautismo nos aparta para Cristo y nos identifica con Cristo. Esto es porque Cristo se identificó con nosotros en Su propio bautismo. El bautismo de Juan el Bautista era un «bautismo de arrepentimiento para el perdón de pecados» (Mr 1:4). Jesús, el Hijo de Dios sin pecado, no había cometido pecado. Juan, de hecho, intentó evitar que Jesús fuera bautizado, diciéndole: «Yo necesito ser bautizado por ti» (Mt 3:14). Sin embargo, la misión de Jesús era identificarse con Su pueblo para tomar la culpa de su pecado sobre Sí mismo. Pablo escribe que Dios «al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él» (2 Co 5:21). Jesús fue bautizado por Juan, no porque necesitara ser lavado de pecado sino porque nosotros necesitábamos ser lavados del pecado.
En Su bautismo, Jesús fue apartado, fue designado para iniciar el ministerio al que Dios le había llamado. Jesús tenía aproximadamente treinta años cuando fue bautizado e inició Su ministerio (Lc 3:23). En el antiguo pacto los sacerdotes iniciaban su ministerio a la edad de treinta años (Nm 4:3). Eran apartados para el ministerio por medio de un rito de purificación que incluía agua (Ex 29:4; Lv 8:6). Asimismo, el bautismo de Jesús lo apartó para Su ministerio sumo sacerdotal de enseñar, interceder por Sus discípulos y ofrecerse a Sí mismo como el último y único sacrificio suficiente para quitar los pecados de Su pueblo.
De manera similar, el bautismo nos distingue como aquellos que pertenecemos a Dios. Indica que tenemos una nueva identidad en Cristo. Bajo el antiguo pacto, la circuncisión separa a los Israelitas de los gentiles «incircuncisos». El bautismo nos separa del mundo y declara que pertenecemos a Cristo. Nuestro bautismo simboliza nuestra unión con Cristo, quien se hizo uno con nosotros y se identificó con nosotros en Su bautismo. El bautismo además nos aparta para servir a Cristo. Como Cristo (aunque no exactamente en la misma manera), nosotros somos «sacerdotes» (Ap 1:6), llamados a presentar cada día nuestros cuerpos como un sacrificio, vivo, santo y aceptable a Dios (Rom 12:1).
Lavamiento, consagración, identidad, iniciación: estas son características centrales al significado del bautismo. El Catecismo Mayor de Westminster nos enseña que cuando presenciamos el bautismo de otros debemos aprovechar nuestro bautismo, trayendo a la memoria el hecho de que somos uno con Cristo, lavados, separados y llamados a servirle por el poder del Espíritu Santo. El bautismo es un medio de gracia porque nos recuerda quienes somos y qué ha hecho Dios por nosotros. El bautismo no salva, pero nos apunta a la gracia de Dios y a las riquezas de Dios en Cristo.
Si bien los sacramentos son «palabras visibles», la Palabra escrita y la Palabra hablada de Dios son primordiales para la vida y la adoración cristiana. La fe viene del oír, y el oír, por la Palabra de Dios (Rom 10:17), que es el principal medio de gracia. Pablo exhorta a Timoteo a ocuparse como pastor en Éfeso a la lectura pública de la Palabra, a la enseñanza y la predicación (1 Tim 4:13). Los sacramentos, aunque son importantes, no otorgan a Cristo en sí mismos de alguna forma mística. Son complementos de la predicación de la Palabra, y nunca deben reemplazar la lectura y enseñanza de la Escritura. Los sacramentos nunca deben realizarse sin la predicación y sin una explicación apropiada de su significado. Sin embargo, cuando se utilizan de manera apropiada, los sacramentos son medios de gracia vitales para fortalecernos en nuestro caminar con el Señor.
El Dr. William B. Barcley es el ministro principal de la Iglesia Presbiteriana Gracia Soberana en Charlotte, Carolina del Norte, profesor adjunto de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico Reformado y autor del libro “El secreto del contentamiento”
Un día de mercado, como todos los sábados por la mañana, un hombre estaba en su puesto de literatura cristiana, entre un apicultor y un vendedor de frutas y verduras. Su puesto era muy pequeño: una mesa con algunas Biblias y varios ejemplares del Nuevo Testamento. La gente pasaba… Unos saludaban discretamente y sonreían, otros caminaban rápidamente frente al puesto, o incluso miraban hacia otro lado.
Alguien se acercó y le dijo: -Señor, usted viene a este lugar con sus libros desde hace ocho años, sin importarle el tiempo que haga, pero no veo que venda mucho. ¿Funciona lo que hace?
– Amigo, ¿usted le preguntaría a un cartel si funciona bien? ¿Cuál es la función de un cartel indicador? Es indicarnos una dirección, ¿no? ¡Pues esa es mi labor aquí! Muestro una dirección al mundo que va cada vez más rápido, que va camino a la perdición. Este libro es un Nuevo Testamento, la segunda parte de la Biblia. Las cuatro primeras partes de este Nuevo Testamento son los cuatro evangelios. Cada uno presenta la vida de Cristo. ¿Sabe cómo murió Cristo?
– ¡Sí, fue crucificado!
– Pues mi misión es presentarle a Cristo. Su cruz divide a la humanidad en dos grupos: los que creen que Jesús expió sus pecados en la cruz, y los que no creen y están perdidos porque no quieren aceptar el perdón de Dios. Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Tome este Nuevo Testamento y lea el relato de la crucifixión. Allí verá que el único justo murió por nosotros, los injustos.