Horacio, poeta latino del primer siglo, introdujo uno de sus poemas con estos pomposos versos:
Un monumento me alcé, más duradero
que el bronce,
Más alto que las pirámides regias;
Nada podrá destruirlo.
Hoy, aparte de los que deben estudiar lenguas antiguas, ¿quién lee las obras de Horacio? Este poeta perdió lo esencial de su gloria, como las pirámides reales fueron despojadas de los tesoros que guardaban.
Todo es vanidad en la tierra. Todo desaparecerá. Sin embargo, una obra subsiste; los hombres no pudieron hacerla olvidar: el sacrificio de Jesucristo.
El Evangelio no ha perdido su fuerza. Hoy, como hace veinte siglos, cada día millares de personas son arrancadas del poder de Satanás. ¿Por qué este mensaje tiene tal poder? Porque viene de Dios.
Escuchémoslo una vez más: “Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1 Timoteo 1:15).
¿Forma usted parte de los que pueden decir: El Hijo de Dios “me amó y se entregó a sí mismo por mí”? (Gálatas 2:20).
Desde hace algunas décadas, muchos cristianos profesantes han comenzado a poner en duda la suficiencia de Cristo y de su Palabra para la guía y dirección de la vida cristiana y para enfrentar los problemas del alma, y consecuentemente han comenzado a buscar soluciones en la psicología secular. Como bien señala el Dr. MacArthur: “Los ‘psicólogos cristianos’ han venido a ser los nuevos campeones de la consejería en la iglesia. Ellos son ahora proclamados como los verdaderos sanadores del corazón humano. Pastores y laicos han sido llevados a sentir que están mal equipados para aconsejar a menos que tengan un entrenamiento formal en técnicas psicológicas”.8 Esto ha venido a ser tan generalmente aceptado que muchos ni siquiera se han detenido a cuestionar si es lícito este maridaje entre la psicología y la religión o si se trata de un yugo desigual con los infieles.
Lo cierto es que tenemos muy buenas razones para pensar que este matrimonio ha venido a ser uno de los más grandes desastres que ha sufrido la iglesia de nuestra generación, y una de las causas principales de la decadencia espiritual de estos días. A medida que la psicología ha ido avanzando en la iglesia, en esa misma medida ha ido disminuyendo la predicación y la consejería bíblica; y a medida que la Biblia es relegada a un segundo plano, y a veces en la práctica eliminada por completo, en esa misma medida se ha ido debilitando la piedad de la iglesia.
El Dr. Ed Payne, luego de haber analizado el contenido de cierta obra “cristiana” de psicología dice: “Tal psicología, presentada por cristianos, es una plaga en la iglesia moderna, porque tergiversa la relación del cristiano con Dios, retarda su santificación y debilita seriamente la iglesia. Ninguna otra área del conocimiento parece tener un dominio tan absoluto sobre la iglesia [como la psicología]”.9 El Dr. Vernon McGee, muy conocido por su programa “A través de la Biblia”, escribió hace unos años un artículo titulado “Psico-Religión – el nuevo flautista de Hamelín”, en el que dice lo siguiente: “Si la tendencia presente continúa, la enseñanza bíblica será eliminada totalmente de las estaciones de radio cristianas, así como de la televisión y del púlpito. Esta no es una manifestación infundada hecha en un momento de preocupación emocional.
La enseñanza bíblica está recibiendo baja prioridad en las emisiones radiales, en tanto que la llamada psicología cristiana es puesta al frente como solución bíblica a los problemas de la vida”.10
Haciendo las preguntas y aclaraciones correctas Es hora de que nos detengamos a pensar seriamente en este asunto. ¿Es la Palabra de Dios suficiente para tratar con los problemas del alma, o necesitamos también la ayuda de la psicología secular? Ese es el tema que quisiera tratar en esta ocasión. Ahora, estoy consciente de que este es un tema polémico que puede levantar una serie de interrogantes, por lo que me adelanto a hacer una aclaración. Mi punto aquí no es que la psicología no tenga ninguna clase de utilidad, sino que su utilidad es limitada. La palabra “psicología” significa estudio del alma.
Pero lo que la psicología estudia realmente es la conducta humana, no el alma. Y sus observaciones limitadas a ese campo pueden ser útiles: en el área vocacional, para detectar problemas de aprendizaje y ayudar a las personas a superarlos, en el área industrial, en la educación. Pero nuestro foco de atención aquí es el uso de la psicología para tratar con problemas tales como la ansiedad, el temor, la ira, la depresión, la amargura, el descontento, los problemas matrimoniales, los hábitos pecaminosos; para lidiar con estas dificultades la psicología no tiene ninguna solución que ofrecer que no podamos encontrarla en la Palabra de Dios. Presuponer que necesitamos la psicología para tratar con los problemas del alma es falso, y esto por dos razones: en primer lugar, porque se fundamenta en algunos conceptos erróneos acerca de la psicología; y en segundo lugar, porque limita el alcance y eficacia de la Palabra de Dios.
Presuposiciones erróneas ¿Cuáles presuposiciones erróneas asumen aquellos que se han volcado hacia la psicología para tratar con los problemas del alma humana?
En primer lugar, presuponen que la psicoterapia (el aconsejamiento psicológico con sus teorías y técnicas) es una ciencia objetiva, cuando es en realidad una especie de religión que posee sus credos y sus dogmas, y en los cuales sus adherentes ejercen fe. Cada día más y más personas, aun en el campo secular, están poniendo en duda, no sólo la capacidad de la psicología para ayudar a las personas, sino también su supuesto ropaje científico. Por ejemplo, el premio Nobel Richard Eynman, dice lo siguiente acerca del status científico de la psicoterapia: “El psicoanálisis no es una ciencia… tal vez se parezca más al curanderismo”.11 El psiquiatra Thomas Szasz, profesor de psiquiatría en la Universidad Estatal de Nueva York, afirma: “No es sólo una religión que pretende ser ciencia, sino en realidad una religión falsa que busca destruir a la verdadera religión”.12
La psicología y el cristianismo son dos religiones en pugna. Los problemas con los que lucha la psicología son esencialmente religiosos. Carl Jung, uno de los padres de la psicología moderna, veía la “neurosis” como una crisis de orden espiritual, no como un problema médico. Lean con cuidado este trozo de una de sus obras, y presten atención a ciertas palabras claves que aparecen allí: ¿Qué deben hacer los terapeutas, pregunta Jung, cuando los problemas del paciente surgen de “no tener amor sino sólo sexualidad; ninguna fe, porque teme andar en oscuridad; sin esperanza porque está desilusionado del mundo y la vida, y sin entendimiento porque ha fracasado en la lectura del significado de su propia existencia?” El problema que encaran los terapeutas, desde este punto de vista, es el de dar a los pacientes amor, fe, esperanza y entendimiento. ¿No son estos problemas netamente religiosos? ¿Cómo podrá un hombre sin Dios proveer tales cosas a un individuo? Como ven, estamos ante una religión rival que intenta desacreditar el cristianismo. Esto viene a ser más evidente cuando rastreamos las raíces de las teorías y métodos psicológicos. Al tratar de desentrañar el origen de la psicología nos topamos con tres nombres principales: Sigmund Freud, Carl Jung y Carl Rogers.
El primero decía que las creencias religiosas son una mera ilusión, y que la religión misma no es otra cosa que “la neurosis de obsesión de la humanidad”. De hecho, Freud atribuía a la religión el origen de los problemas mentales del hombre. Siempre fue un crítico acérrimo de las creencias religiosas. Carl Jung, en cambio, afirmaba que todas las religiones son positivas, pero imaginarias. En otras palabras, son mitos que hacen bien; todas contienen algo de verdad sobre la psiquis humana y pueden ayudar hasta cierto punto. Jung veía la psicoterapia como una religión alterna. “Las religiones – decía él – son sistemas de sanidad para las enfermedades psíquicas… Es por eso que los pacientes imponen al psicoterapeuta el rol de sacerdotes, y esperan y demandan de él que los libere de sus aflicciones. En consecuencia, los psicoterapeutas nos ocupamos de problemas que, estrictamente hablando, pertenecen al teólogo”.13
Jung admite que los psicoterapeutas están invadiendo un terreno que antes era manejado por otros. Ahora bien, no debemos pensar que Jung veía el cristianismo con buenos ojos. No. Jung no sólo repudió el cristianismo, sino que exploró otras experiencias religiosas, incluyendo prácticas ocultistas y la nigromancia, es decir, la comunicación con los muertos a través de un médium. Lo mismo le ocurrió a Carl Rogers. Estudió en un seminario teológico, pero renunció al cristianismo y se volcó hacia la psicología secular, terminando también en la práctica del ocultismo y la nigromancia.
Y ahora nos preguntamos, estos hombres que repudiaron de ese modo el cristianismo bíblico, ¿realmente tendrán algo que decir a la Iglesia de Cristo acerca de cómo deben vivir los cristianos y cómo deben los hombres tratar con los problemas del alma que Dios creó? Alguien puede decir: “Bueno, eso depende. Si sus postulados son científicos, entonces no habría ningún problema en servirse de ellos. Un científico impío puede llegar a conclusiones científicas objetivas y verdaderas”.
Eso es verdad, pero no en este caso. Recuerden que aquí estamos hablando de los problemas del alma, y de las soluciones que debemos dar a estos problemas. Los psicólogos no pueden estudiar el alma en una forma científica; ellos se limitan al estudio del comportamiento humano, y en base a esos estudios tratan de determinar por qué la gente se comporta como lo hace, y cuáles soluciones pueden dar a sus conflictos. Pero muchos de ellos ni siquiera creen en la existencia del alma, y una gran mayoría niega la existencia del Dios que la creó. ¿Cómo pueden llegar a conclusiones acertadas en ese terreno? Una cosa es establecer un patrón estadístico de comportamiento, y otra muy distinta pretender explicar el porqué de esos comportamientos, y muchos menos cambiarlos. Cuando la psicología penetra en ese terreno lo que afirma es pura opinión, pura teoría, pero nada más. Puede ser que en algunos casos, sus opiniones sean de cierta utilidad, pero solo en aquellos casos en que, por la gracia común de Dios, estas opiniones coinciden con las de Dios reveladas en su Palabra. Pero tales aciertos no deben confundirnos: la presuposición de que las teorías y métodos psicológicos son científicos no es más que un mito. La psicología es una especie de religión, y los que aceptan sus postulados los aceptan por fe.
El famoso historiador Paul Johnson, en su obra Tiempos Modernos, dice lo siguiente: “Después de 80 años de experiencia, se ha demostrado que en general sus métodos terapéuticos (refiriéndose a Freud) son costosos fracasos, más apropiados para mimar a los desgraciados que para curar a los enfermos. Ahora sabemos que muchas ideas fundamentales del psicoanálisis carecen de base en la biología”.14 Y Karl Popper, considerado como el filósofo de la ciencia más grande del siglo XX, dice lo siguiente sobre las teorías psicológicas: “Aunque se hacen pasar como ciencias, tienen de hecho más en común con los mitos primitivos que con la ciencia”.15
La segunda presuposición errónea que están asumiendo muchos consejeros cristianos hoy día es que la mejor clase de consejería es aquella que utiliza tanto la psicología como la Biblia. Los llamados “psicólogos cristianos” piensan estar en una mejor posición para aconsejar que los consejeros cristianos, que no son psicólogos, y que los psicólogos que no son cristianos. Ellos creen tener lo mejor de los dos mundos. El problema con esa simbiosis es que los postulados sobre los cuales se basa la psicología secular se oponen tajantemente a los postulados esenciales del evangelio. Si aprobamos uno de ellos automáticamente desaprobamos el otro.
Es por eso que a medida que la psicología ha tomado cuerpo en la iglesia, muchas enseñanzas falsas han comenzado a infiltrarse también, como por ejemplo: Que la naturaleza humana es básicamente buena, que las personas pueden encontrar respuesta para sus problemas dentro de ellos mismos, que la clave para comprender y corregir las actitudes y acciones de un individuo se encuentran en algún lugar de su pasado, que otros son culpables de nuestros problemas, y así podríamos citar muchas otras cosas más.
En muchos círculos cristianos aún el vocabulario ha sufrido cambios trascendentales. Al pecado se le llama “enfermedad”; el arrepentimiento ha sido sustituido por las terapias; los pecados habituales son llamados adicciones o conductas compulsivas, de las cuales el individuo no parece ser responsable. Quizás el ejemplo más palpable de esta distorsión es el énfasis que vemos hoy día sobre la importancia de la autoestima y el amor propio para la realización y felicidad del individuo.
Aunque este es un tema muy popular hoy día, en realidad tiene un origen reciente. Hace apenas unos 50 años que surgió fuera de la Iglesia, y desde hace unos 30 años se ha introducido con fuerza dentro de ella, adaptándola de tal modo que parece una doctrina bíblica, basada en textos bíblicos. Uno de los promotores de esta enseñanza dice lo siguiente: “Nuestra habilidad de amar a Dios y de amar a nuestro prójimo es limitada por nuestra habilidad de amarnos a nosotros mismos.
No podemos amar a Dios más de lo que amamos a nuestro prójimo y no podemos amar a nuestro prójimo más de lo que nos amamos a nosotros mismos”. Y otro psicólogo cristiano escribió: “Sin amor por nosotros mismos no puede haber amor por otros… Tú no podrás amar a tu prójimo ni podrás amar a Dios, a menos que te ames primero a ti mismo”. Esto parece ser un eco de las palabras del Señor Jesucristo al intérprete de la ley, cuando éste le preguntó: “¿Cuál es el gran mandamiento en la ley?” Jesús le respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. 38 Este es el grande y el primer mandamiento. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas” (Mt. 22:37-40). ¿Está ordenando Cristo a los suyos en este pasaje que se amen a sí mismos, como sugieren algunos psicólogos cristianos? De ser así, no serían dos los mandamientos de los que dependen toda la ley y los profetas, sino tres: Ámate a ti mismo, ama a Dios y ama al prójimo. Y de estos tres, ¿cuál sería el más importante? Obviamente, el amarte a ti mismo, porque de ese dependen supuestamente los otros dos. ¿Pero es esa la enseñanza de ese texto? ¡Por supuesto que no! El mandamiento más importante de la ley no es que nos amemos a nosotros mismos, sino que amemos a Dios y a nuestro prójimo.
El Señor está presuponiendo más bien que nos amamos a nosotros mismos (aún el que se suicida lo hace porque piensa que estará mejor muerto que vivo), y ahora nos dice: “Con esa misma dedicación, con ese mismo fervor, ama a tu prójimo”. En la Escritura se habla del amor propio como una obra de la carne, no como una virtud. En 2 Timoteo 3:1-2 Pablo advierte a Timoteo “que en los últimos días vendrán tiempos difíciles. Porque los hombres serán amadores de sí mismos”. Por eso el llamado de Cristo a los hombres es a negarse a sí mismos y a tomar su cruz. Cualquier mensaje que enseñe lo contrario no puede ser verdadero, ni mucho menos provechoso.
La desgracia de los seres humanos radica precisamente en el hecho de estimarse demasiado a sí mismos y de mirar continuamente dentro de sí mismos El hombre sin Cristo ha puesto el “yo” en un lugar inapropiado, y por eso su vida es un caos. Cuando el evangelio llega a nosotros y nos mueve eficazmente a confiar en Cristo, entonces las cosas caen en el lugar que les corresponde. Nuestro interés primordial no debería ser agradar al “yo” y satisfacer sus demandas, sino más bien vivir para la gloria de Dios. Como podemos ver, la psicología estudia los problemas del hombre desde una perspectiva completamente distinta a la perspectiva bíblica, y por lo tanto no puede haber una relación satisfactoria entre ambas; una de las dos tendrá que ceder ante la otra. Y tenemos mucha razón para pensar que es la iglesia la que está claudicando ante el humanismo secular. Concluyo este punto citando al Dr. MacArthur otra vez: “La ‘psicología cristiana’ es un intento de armonizar dos sistemas de pensamiento intrínsecamente contradictorios.La psicología moderna y la Biblia no pueden mezclarse sin un serio compromiso o un completo abandono del principio de la suficiencia de las Escrituras”.16
La tercera presuposición errónea que ha volcado a muchos a buscar ayuda en la psicología es que existen problemas en el hombre que no son físicos, y por lo tanto, no pueden ser tratados por un médico, ni tampoco son espirituales, y por lo tanto, no puede tratarlos un pastor. Son problemas netamente psicológicos o mentales. Pero esto no es más que un mito. O nuestros problemas son orgánicos, y en ese caso debemos buscar la ayuda de un médico, o tenemos un problema espiritual, y entonces debemos ir a un pastor que trate con nosotros con la Palabra de Dios (por la estrecha interacción del alma y el cuerpo en algunos casos necesitará del trabajo conjunto del médico y el pastor).
Una persona puede tener un problema en el cerebro que le esté ocasionando una conducta extraña o anormal, como la arteriosclerosis o el Alzheimer; pero tales personas no están mentalmente enfermas. Su problema es biológico y, por lo tanto, debe tratarlos un neurólogo no un psicólogo. Las enfermedades mentales, si usamos ese término literalmente y no en un sentido metafórico, en realidad no existen. El psiquiatra investigador E. Fuller Torrey dice con respecto a esta terminología: “El término en sí es disparatado, un error semántico. Las dos palabras no pueden ir juntas”.17 Y el psiquiatra Thomas Szasz, a quien citamos anteriormente, dice: “Es costumbre definir la psiquiatría como una especialidad médica que tiene que ver con el estudio, diagnóstico y tratamiento de las enfermedades mentales. Esta es una definición sin valor y engañosa. La enfermedad mental es un mito”.18
Esto no es un asunto de semántica meramente, sino un serio error que está causando no pocos inconvenientes en la iglesia de nuestra generación. La psicología ha invadido un terreno que no le corresponde y muchos pastores mansamente han claudicado ante ella. Cito aquí a Martin y Deidre Bobgan en su obra Psico-Herejía: la seducción sicológica de la cristiandad: “La mayor tragedia que produce el nombre erróneo de la enfermedad mental, es que las personas que están experimentando problemas de la vida buscan ayuda fuera de la iglesia. Y cuando piden esa ayuda a un líder de la iglesia, por lo general son [remitidas] a profesionales que se especializan en ‘enfermedad mental’ y ‘salud mental’.
Se ha hecho tan fácil enviar a una persona con problemas matrimoniales o de familia a un profesional de la salud mental, como enviar a una persona con una pierna quebrada a un médico”. Y luego continúan diciendo: “Los problemas de la vida son problemas espirituales, que requieren soluciones espirituales, no problemas psicológicos que requieren soluciones psicológicas. A la iglesia se le ha embaucado para que crea que los problemas de la vida son problemas del cerebro, que requieren soluciones científicas, más que problemas de la mente que requieren soluciones bíblicas… Mientras llamemos ‘enfermedad mental’ a los problemas de la vida, seguiremos sustituyendo la responsabilidad por la terapia”.19
Nosotros tenemos en la Biblia un manual completo de todo lo que nuestras almas necesitan para una vida bienaventurada que glorifique a Dios. Los médicos deben tratar con los problemas del cuerpo, los cristianos debemos tratar con Cristo y su Palabra los problemas del alma humana. Decir lo contrario es resucitar la vieja herejía que Pablo combatió en Colosas, que aunque ahora use terminología científica, sigue siendo igualmente errónea y dañina; los falsos maestros de Colosas querían convencer a estos hermanos de que era bueno tener a Cristo y su Palabra, pero no suficiente; de ahí la advertencia de Pablo en el capítulo 2 de la carta con la que ahora concluyo: “Mirad que nadie os haga cautivos por medio de su filosofía y vanas sutilezas, según la tradición de los hombres, conforme a los principios elementales del mundo y no según Cristo. Porque toda la plenitud de la Deidad reside corporalmente en él, y habéis sido hechos completos en él, que es la cabeza sobre todo poder y autoridad” (Col. 2:8-10).
8 John MacArthur, Our Sufficiency in Christ [Nuestra suficiencia en Cristo], p.31 9 Martin y Deidre Bobgan, Psico-Herejía, p.79- 80. 10 Op. cit., p.80. 11 Op. cit., p.34. 12 Ibíd., p.35. 13 Ibíd., p.26. 14 P. Johnson, Tiempos Modernos, p.18. 15 Ibíd., p.55-56. 16 John MacArthur, Una breve mirada a la consejería bíblica, p.30. 17 Citado por Martin y Deidre Bobgan, p.179. 18 Ibíd., p.181-182. 19 p.185-186.
Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie de artículos de Tabletalk Magazine: El orgullo y la humildad.
La Palabra de Dios nos dice que el Señor formó al hombre del «polvo de la tierra» y «sopló en su nariz aliento de vida» (Gn 2:7). Después de la caída del hombre en pecado, el Señor le dijo a Adán: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres y al polvo volverás» (3:19). Nos humilla recordar que somos polvo y que al polvo volveremos. Pero comprender también que el Señor nos formó y nos hizo a Su imagen debería hacernos regocijar con sincero agradecimiento.
A causa de nuestro pecado, no somos tan humildes ni tan agradecidos como debiéramos. La humildad y el agradecimiento no pueden separarse, son los compañeros más cercanos. El agradecimiento nace de la humildad, pero el sentido de derecho propio nace del orgullo. En el corazón del pecado de Eva y Adán estaba su sentimiento de derecho propio enraizado en su orgullo, porque creían que podían ser como Dios. No se conformaban con ser lo que Dios quería que fueran; creían que sabían más que Dios. Este mismo pecado está en el corazón de nuestro propio pecado y en mucho del pecado que vemos en el mundo de hoy. Cuando no vivimos tal y como Dios nos ha diseñado y llamado a vivir, es porque creemos que sabemos más que Él. Cuando los del mundo viven como quieren, cometen el mismo pecado. La diferencia es que mientras el mundo exhibe su orgullo, nosotros como cristianos debemos despreciar el orgullo que acecha en nuestros corazones y arrepentirnos de él.
Hay una guerra dentro de nosotros entre la carne y el espíritu, entre la humildad producida por el Espíritu contra el orgullo. Como cristianos, debemos humillarnos ante Dios y orar diariamente para que nos haga humildes. Esta es una de las oraciones más aterradoras que podemos hacer, porque Dios a menudo responde con una prueba que nos humilla y nos hace totalmente dependientes de Él.
Oramos por una humildad genuina para que Dios reciba la gloria, no para que nosotros recibamos la gloria por ser vistos como humildes. La humildad genuina no es hacernos parecer humildes, sino olvidarnos de nosotros mismos por el bien de los demás. El hombre verdaderamente humilde es aquel a quien los demás ven como humilde, pero que no siempre se ve a sí mismo de esa manera porque sus ojos están muy fijos en nuestro humilde Salvador.
Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Burk Parsons El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.
Jueves 28 Julio ¡Oh Señor! he aquí que tú hiciste el cielo y la tierra con tu gran poder, y con tu brazo extendido, ni hay nada que sea difícil para ti. Jeremías 32:17 Detente, y considera las maravillas de Dios. Job 37:14 Abramos los ojos La Vía Láctea dibuja un gran arco blanco por encima de nuestras cabezas. Incluso a simple vista, en un día despejado, podemos ver un encadenamiento de estrellas y nebulosas de intensidad diferente: esa es la galaxia a la cual pertenecemos. Los billones de estrellas que la componen se unen en forma de un enorme disco y giran, se nos dice, alrededor de un punto central, como la tierra alrededor del sol. Ese inmenso universo da testimonio del Dios creador, de su poder y de su sabiduría.
¿Ha comprendido usted que el autor de ese prodigioso universo se ocupa también de una criatura tan pequeña como el ser humano? Sin embargo, ¡los hombres han dado a Dios todas las razones para no interesarse en ellos! No obstante, él continúa mostrándoles su amor; no quiere condenarlos, sino más bien salvarlos.
Confíe en el Creador, el será su Salvador.
Contemplando el espacio inmenso, El universo tan maravilloso, Descubro tu poder En la tierra y en los cielos. Comprendo mi pequeñez, Mi nada y tu grandeza. Siento toda mi debilidad, ¡Oh Dios, potente Creador! Pero, en tu amor supremo, Me diste por Salvador Oh, mi Dios, a tu mismo Hijo; Él murió por mí, pecador. Jeremías 1 – Lucas 11:1-28 – Salmo 89:7-14 – Proverbios 20:10-11
El discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro (Lc 6:40).
En la Biblia, podemos encontrar tres términos diferentes para nombrar a los pastores: obispo (gr. epískopos), anciano (gr. presbúteros: «blanco en cana») y pastor (gr. poimen). En la primera carta de Pedro, observamos que estos tres términos hacen referencia a un solo oficio:
Ruego a los ancianos [presbúteros] que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada: Apacentad [poimano] la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando [episkopeo] de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto (5:1-2).
Los ancianos (presbuteros) debían apacentar (poimano) y cuidar (episkopeo) de la grey. Tres términos diferentes para una misma persona.
En este artículo abordaré la importancia que la iglesia local tiene al formar pastores. Este tema es de suma importancia, especialmente en nuestro contexto latinoamericano, debido, en primer lugar, a la impureza doctrinal en nuestras iglesias. Hay una gran cantidad de pastores que han llegado a su puesto de autoridad sin una enseñanza; solo repiten cosas que en alguna ocasión escucharon. Esto no debe continuar si deseamos que nuestros países sean transformados.
En segundo lugar, la iglesia local debe formar pastores debido a la ausencia de integridad pastoral. Quizás un pastor pueda tener buena teología, pero si no es un hombre íntegro tenemos un problema grave. Dios desea utilizar instrumentos limpios para hacer fluir Su gracia.
La iglesia local debe formar pastores debido a la disminución del estándar para ser pastor que impera en nuestras iglesias. No me puedo imaginar que alguien desee subirse a un avión que es dirigido por un piloto con pocas horas de vuelo o, peor aún, sin ninguna experiencia.
A nadie le gustaría exponerse a una cirugía de corazón abierto con un cirujano con poco entrenamiento. En la Biblia tenemos al menos tres listados de requisitos para los pastores que con frecuencia pasamos por alto. Esto ha provocado una falta de respeto por la función pastoral. En muchas regiones de Latinoamérica he observado un lamentable temor hacia los pastores y una falta de respeto y admiración por ellos debido al estilo de vida que llevan.
Ya que hemos establecido la importancia de que la iglesia local forme pastores, quisiera también establecer unas premisas:
1) Los seminarios no forman pastores Esta no es solo mi opinión, sino también la de Albert Mohler, presidente de uno de los seminarios más influyentes de nuestra época, el Seminario Teológico Bautista del Sur.
Los seminarios forman una mente con conocimiento bíblico, te brindan disciplina y estructura, desarrollan tu habilidad para exponer, pero los pastores se forman cuidando ovejas.
2) Los seminarios no ordenan pastores Esta es labor de la iglesia local. La iglesia local es el mejor lugar para formar pastores. Esto no significa que sea el mejor lugar para entrenar teológicamente a las personas, sino que es el mejor lugar para desarrollar el corazón pastoral que se forma al estar en contacto con ovejas que son difíciles y tercas, con las que deben trabajar y a quienes deben amar.
3) El conocimiento bíblico no es lo mismo que la madurez Conozco personas con doctorados académicos que son emocionalmente inmaduros. Necesitamos aplicar el conocimiento bíblico en la vida práctica para que el carácter sea transformado y obtener madurez. La madurez va ligada a la manera en que vives tu vida, a cómo te relacionas con tu esposa y tus hijos, a la forma en que te relacionas con otros pastores, estén de acuerdo contigo o no. Todo esto habla de nuestro nivel de madurez.
4) Es posible ser teológicamente astuto, pero inmaduro Nuestro pecado no es un problema intelectual o de conocimiento, de manera que poseer una licenciatura, una maestría o un doctorado, no es un indicativo de haber sido santificado. Este conocimiento puede envanecernos y cegarnos a nuestra condición moral. Así que, la madurez se relaciona con la transformación de nuestro carácter, en donde hemos adquirido conocimiento, pero también lo hemos llevado a la práctica.
Un cirujano no se forma solo al leer libros de cirugía. Un piloto no se forma solo leyendo manuales de vuelo. De la misma manera, debemos llevar a la práctica nuestro conocimiento.
5) Un pastor necesita más que solo entendimiento de la verdad; necesita sabiduría La sabiduría es vivir en relación con otros piadosamente, complaciendo a Dios conforme al conocimiento que ha adquirido, ya sea en el seminario o en la iglesia local.
6) La mente de un pastor debe ser regenerada, pero su corazón debe ser reclamado diariamente Antes de ser salvos, nuestros corazones pertenecían a otro reino y estaban dominados por el pecado. Cristo reclamó nuestros corazones en la regeneración. Sin embargo, el mundo está lleno de seducciones, atracciones y distracciones que reconquistan ciertas áreas de nuestros corazones. Por tanto, nuestros corazones deben ser reclamados continuamente si queremos ser verdaderos discípulos de Cristo y, en especial, si deseas ser un pastor que forme discípulos.
7) El propósito de la Palabra no es la información teológica, sino la transformación del corazón El propósito de un sermón no es llenarnos de más conocimiento, sino ayudarnos a ser transformados cada vez más a la imagen de Cristo. Si la Palabra no está haciendo esto, tenemos un problema grave. Somos solo oidores y no hacedores; académicos, pero no pastores con un profundo interés por la salud de las ovejas.
Puedes tener el conocimiento correcto, las habilidades necesarias, la filosofía ministerial apropiada e incluso la experiencia suficiente en el ministerio y no ser conocido por ti mismo o por otros. En otras palabras, podemos ser individuos tan cerrados que ni nosotros mismos nos conocemos; no percibimos nuestras debilidades ni nuestros pecados, o la gravedad de estos y la forma en que están afectando a otros. La forma en que podemos describir esto es haciéndonos preguntas. Debemos reflexionar y examinarnos. Aun Sócrates dijo: «No vale la pena vivir una vida no examinada». ¡Y él no era cristiano! Debemos cuestionarnos: ¿Qué amo? ¿A qué aspiro? ¿Con qué sueño? ¿Qué me causa ansiedad? ¿Por qué estaría dispuesto a pecar? Estas preguntas revelan con cuáles ídolos luchamos.
Ser discípulo de Cristo es algo serio. Ser pastor de los discípulos es todavía más serio porque nuestro llamado es a reflejar la imagen que perdimos en el jardín del Edén. Si fallamos en reflejar de forma apropiada esa imagen, menos luciremos como discípulos y menos productivos y eficientes seremos al llevar a cabo la obra del Señor.
Que el Señor nos ayude a estar a la altura de Su llamado.
Miguel Núñez es vicepresidente de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puedes encontrarlo en Twitter.
«¿Por qué?». Esta simple pregunta que hacemos varias veces al día, está cargada de supuestos de lo que los filósofos llaman teleología. La teleología es el estudio del diseño y el propósito. Proviene de la palabra griega telos, que aparece repetidas veces en el Nuevo Testamento.
Buscamos descubrir la razón por la que las cosas suceden como lo hacen. «¿Por qué llueve?»; «¿Por qué la tierra gira sobre su eje?»; «¿Por qué dijiste lo que dijiste?». Cuando planteamos la pregunta del propósito, es porque nos preocupa el fin, el objetivo y la meta. Todos estos términos sugieren intención. Suponen un significado y no un sinsentido.
El cínico puede responder a la pregunta «¿Por qué?» replicando de forma simplista: «¿Por qué no?». Sin embargo, incluso en esta respuesta se observa un compromiso ligeramente encubierto con el propósito. Si damos una razón para no hacer algo, entonces estamos diciendo que lo opuesto tiene un propósito o cumple un fin. Los seres humanos son criaturas comprometidas con el propósito. Las intenciones informan nuestras acciones.
Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios ¿Cómo afecta el propósito a tu vida diaria, a tus prioridades, planes y actividades?
Para estudiar más a fondo Efesios 3:8-11
Publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries. Cómo entender el propósito de Dios
R.C. Sproul El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
Miércoles 27 Julio (Jesús dijo:) El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. Lucas 21:33 Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos. Hebreos 13:8 Lo que permanece eternamente A veces nos sentimos inquietos ante la inestabilidad de este mundo donde todo cambia tan rápido, pero Dios quiere tranquilizarnos llamando nuestra atención sobre lo que permanece eternamente.
– “Cristo permanece para siempre” (Juan 12:34). Qué felicidad poder poner nuestra confianza en aquel que, “por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable; por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:24-25).
– “La palabra del Señor permanece para siempre” (1 Pedro 1:25). Las palabras de los hombres son numerosas, efímeras, contradictorias, y a menudo mentirosas. Pero frente a esto, la Palabra de Dios permanece en todo tiempo como una brújula fiable, siempre dirige la mirada hacia Cristo.
– “El que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:17). El que hace la voluntad de Dios es, en primer lugar, el que se arrepiente, confiesa sus pecados a Dios y acepta su perdón. Entonces recibe una vida nueva y tiene la certeza de pasar la eternidad con Jesús en el cielo. Además, “su justicia permanece para siempre” (2 Corintios 9:9). En el contexto, la palabra “justicia” designa la caridad practicada por el creyente. Dios está atento a todo lo que hacemos para él y lo pone a nuestro favor por la eternidad. ¡Qué gracia!
Creyentes, no temamos nada, ¡nuestras bendiciones son eternas!
Pastor: ¿Estás Preparado para Pastorear a tu Rebaño a Través de la Demencia? Por John Dunlop, MD
Un Desafío Común La tragedia de la demencia es común y se hará más en el futuro. Se estima que más del 30% de la congregación de la iglesia promedio morirá con alguna forma de demencia. Eso representa un enorme desafío en el ministerio pastoral. Yo sugeriría que una de las métricas por las cuales el ministerio de un pastor puede ser evaluado es qué tan bien los santos están preparados para enfrentar esta prueba de una manera que glorifica a Dios.
Enfrentar este desafío es necesario que un pastor primero aprenda lo más posible acerca de la demencia. También es esencial reconocer que la demencia no es una tragedia fuera del control de Dios. Dios no pierde su tiempo y tiene propósitos en la demencia que necesitamos reconocer. Su propósito puede estar en la vida de la víctima. Recuerdo a un amigo llamado Bob, que era demasiado ferozmente independiente para reconocer su necesidad de un salvador, se volvió hacia Cristo al ver que sus propias habilidades comenzaban a declinar. El propósito de Dios puede ser en la vida del cuidador cuya capacidad de confianza aumenta cuando se enfrenta a la casi imposible tarea de ser responsable de alguien con demencia. Finalmente, el propósito de Dios puede estar en la vida de la comunidad de la iglesia, luchando con lo que la persona significa en el contexto de la demencia y cómo amar a alguien incapaz de corresponder.
Se estima que más del 30% de la congregación de la iglesia promedio morirá con alguna forma de demencia.
Equipamiento Proactivo Un pastor debe preparar proactivamente a su rebaño con una comprensión bíblica de la soberanía de Dios sobre las dificultades de la vida. Los cristianos deben tener una visión suficientemente grande de Dios para que puedan confiar en él, aun cuando la vida no los recompense como pudieran elegir.
Cuando se enfrentan a la demencia, ¿responderán con confianza y, a través de la dependencia, se acercarán a Dios? ¿O responderán a Dios diciendo, «si así es como me tratáis, ya no creeré que eres bueno y poderoso?»
Además, los santos deben entender lo que significa ser hechos a imagen de Dios. No es una descripción de nuestra inteligencia o capacidades. Es verdad de todos los seres humanos y es a la vez el diseño por el cual fuimos creados y el destino eventual de todo el pueblo de Dios. La imagen de Dios no se perdió en la caída y se imparte a todos los seres humanos, incluyendo aquellos con demencia, una dignidad que merece nuestro pleno respeto.
Cuidado Reactivo Un pastor fiel también tendrá que ser reactivo cuando la demencia golpea en la congregación. A principios del curso de la enfermedad, el alojamiento puede ser necesario para que las personas con demencia atiendan los servicios y las oportunidades de servir tendrán que ser creativamente proporcionadas. La congregación debe movilizarse para proporcionar apoyo práctico al paciente y a los cuidadores.
Más tarde, en el transcurso de la enfermedad, cuando la víctima y posiblemente el cuidador no puedan asistir a los servicios, el pastor debe asegurarse de que se proporciona ayuda en el hogar. Será cada vez más importante para el cuidador salir de la adoración y la comunión. Los voluntarios entrenados necesitarán proporcionar el cuidado necesario para que el paciente lo permita. La atención pastoral también será requerida en el hogar, permitiendo el estímulo espiritual tanto para el cuidador como para el que tiene demencia. También permitirá al líder de la iglesia observar cómo las cosas van prácticamente y proporcionar la asistencia y el asesoramiento adecuados.
La naturaleza de una visita pastoral a una persona con demencia no será una visita típica “enfermo y encerrarse.” En lugar de leer un capítulo de la Escritura, puede ser más sabio dejarlos con un solo versículo o simplemente con una frase. Cantar o leer un himno familiar puede ser aún más beneficioso. Es útil recordar que cuando se trata de personas con demencia, los recuerdos emocionales a menudo duran más que los recuerdos intelectuales. La víctima puede no recordar lo que usted dijo, pero puede que recuerden el abrazo y que la visita les hizo sentir bien.
Liderar a los santos a experimentar cómo Dios puede ser glorificado frente a la demencia puede desafiarlos como pastor, pero puede ser una maravillosa oportunidad de servir “a uno de los más pequeños.”
Serie: Cómo aprender las leyes de Dios Por R.C. Sproul ¿Tiene el hombre libre albedrío? Esta es una de las preguntas teológicas más comunes. A veces no se presenta como una pregunta sino como una objeción a la idea de un Dios soberano.
En el centro del problema está la definición de libre albedrío. ¿Qué queremos decir cuando afirmamos que el hombre tiene libre albedrío? En pocas palabras, el libre albedrío significa simplemente que el hombre tiene la habilidad de elegir lo que quiere. Esta habilidad requiere la presencia de una mente, de una voluntad y de un deseo. Si estas facultades están presentes y funcionando, ese hombre tiene libre albedrío.
Libre albedrío no significa que el hombre puede elegir hacer lo que quiera y necesariamente tener éxito. Nosotros podemos elegir volar sin la ayuda de dispositivos mecánicos. Podemos caer por el aire, pero no podemos volar. Nos hace falta el equipamiento natural necesario (en este caso, alas) para poder volar. Sin embargo, esto no significa que no seamos libres. Sí significa que nuestra «libertad» está limitada por nuestras limitaciones físicas. Mi voluntad puede ser derrotada por la voluntad de una mayoría o de algún poder superior. Ese poder conflictivo no elimina mi libertad, pero podría imponer límites sobre ella.
Uno de los límites más importantes para mi libertad soy yo mismo. Si examinamos cuidadosamente cómo funciona la voluntad, encontraremos un punto de ironía que a menudo es pasado por alto en las discusiones sobre el libre albedrío. El punto es este: no solo puedo elegir lo que quiero sino que debo escoger lo que quiero si mi elección ha de ser realmente libre. La elección se hace basada en un deseo. Sin el deseo no puede haber una elección libre (sobre todo cuando hablamos de una elección moral).
Coram Deo: vivir delante del rostro de Dios Dios te dio libre albedrío para elegir. Eliges de acuerdo a tus deseos. ¿Te guiarán tus deseos presentes a tomar decisiones sabias para el futuro?
Para estudiar más a fondo Deuteronomio 30:19 – Josué 24:15 – Salmo 25:12
Publicado originalmente en el Blog de Ligonier Ministries. Cómo aprender las leyes de Dios
R.C. Sproul El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida y primer presidente de Reformation Bible College. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.
Martes 26 Julio La gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres. Tito 2:11 ¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento? Romanos 2:4 Gracia y paciencia de Dios “En los postreros días vendrán tiempos peligrosos” (2 Timoteo 3:1). Estas palabras de la Biblia, escritas hace alrededor de 2000 años, son de una terrible actualidad. La desigualdad entre ricos y pobres es cada vez más grande, los conflictos abiertos o latentes entre países son cada vez más numerosos. La economía mundial titubea, desastres ecológicos y epidemias de gran dimensión se suceden. Y lo que es más grave todavía: el corazón de los hombres no mejora. Egoísmo, avaricia, ingratitud, crueldad, calumnia, traición… los caracteres descritos por el apóstol Pablo (2 Timoteo 3:2-5) siguen presentes.
La Palabra de Dios también agrega: “En los postreros días vendrán burladores… diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento?” (2 Pedro 3:3-4). La actitud de muchos en los últimos tiempos está caracterizada por el escepticismo y la burla respecto a las enseñanzas bíblicas; con una inmensa pretensión quieren excluir de su mente toda idea de Dios.
Pero Dios es paciente y continúa anunciando su mensaje de gracia incansablemente. Este aún es ofrecido a todos. Basta con aceptarlo volviéndose al único “mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5). Es el único medio para escapar a la ira de Dios que caerá sobre el mundo (Colosenses 3:6). El Dios de amor “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4). ¿Desea usted ser salvo? Jesús dijo: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). ¿Quiere ir a él?