Antes de que abandones a tu esposa

Coalición por el Evangelio

Antes de que abandones a tu esposa

5 exhortaciones para hombres que luchan en su matrimonio

MARSHALL SEGAL

Solía ​​preguntarme por qué tantos matrimonios terminaban en divorcio; por qué tantos de mis amigos de la escuela primaria, secundaria y de la universidad eran hijos de padres divorciados. En los años posteriores a la universidad, me preguntaba por qué tantos de mis compañeros ya se habían divorciado.

Después, me casé. Como cualquier otra persona casada, de repente sentí lo dolorosamente difícil que puede ser la comunicación entre un hombre y una mujer. Gemía por lo agotador que a veces se volvía el proceso de toma de decisiones. Veía cómo el matrimonio sacaba más pecado de mí que cualquier otra relación. Fui confrontado con lo orgulloso, defensivo y sensible que puedo ser cuando pecan contra mí. Tropecé con todas las típicas (y explosivas) minas maritales: el presupuesto, los horarios, la limpieza, los conflictos, los suegros. Comencé a notar lo mucho que nuestros antecedentes familiares estaban moldeando (y a menudo ejerciendo presión) a nuestra nueva familia.

El noviazgo había acentuado gratamente nuestras similitudes; el matrimonio acentuaba profundamente nuestras diferencias. Lo que se había sentido tan compatible, tan seguro, tan bueno, tan fácil en el altar, de repente se sentía a veces imposible. En otras palabras, descubrimos por qué muchas personas se divorcian.

Aunque el número de divorcios ha aumentado en los últimos años (al menos en Estados Unidos), la tentación de rendirnos y abandonar nuestros votos es casi tan antigua como el matrimonio mismo. Desde que el primer esposo y la primera esposa probaron el terrible fruto del pecado, Satanás ha sembrado la idea de que el divorcio podría ser realmente mejor que el matrimonio; que, independientemente de lo que Dios haya dicho sobre el matrimonio, Él seguramente entenderá por qué nuestro caso es diferente.

Dios confronta las tentaciones del divorcio directamente con una palabra dura, pero llena de esperanza a través del profeta Malaquías: un lugar en el que tal vez no se nos ocurriría buscar consejo y claridad matrimonial. No pretendo dirigirme aquí a esposos que han sufrido adulterio o abandono. Los hombres de la época de Malaquías, y los hombres que tengo en mente, eran esposos cuyo amor se había enfriado. Se fueron porque pensaron que otra mujer, otro matrimonio, otra vida, podría finalmente satisfacerlos.

Cinco llamados de atención de parte de Dios

El profeta Malaquías nos da una visión sorprendentemente clara y profunda (y a menudo pasada por alto) del matrimonio.

La pecaminosidad en el matrimonio comienza con la pecaminosidad en nuestra relación con Dios 

En los días de Malaquías, los esposos en Israel se estaban divorciando de sus esposas porque sus corazones se habían enfriado (Mal 2:16) y porque muchos de ellos querían casarse con mujeres extranjeras (Mal 2:11). ¿Por qué mujeres extranjeras? “Después del regreso del exilio en Babilonia, Judá era una región pequeña y desfavorecida del Imperio ersa, rodeada de vecinos mucho más poderosos. En tal situación, las conexiones matrimoniales eran un medio útil para obtener ventajas políticas y económicas” (Zephaniah, Haggai, Malachi, pág. 133). Básicamente, muchos de los hombres habían abandonado a sus esposas en busca de una mejor vida. Decidieron buscar provisión para sí mismos, aun si eso significaba sacrificar a su esposa e hijos.

Era un tiempo desolador cuando el pueblo regresaba del exilio. La carta comienza: “‘Yo los he amado’, dice el Señor. Pero ustedes dicen: ‘¿En qué nos has amado?’” (Mal 1:2). El pueblo se sentía abandonado por Dios. El sufrimiento los llevaba a la desesperación, algunos de ellos tan desesperados como para abandonar sus pactos y desertar a sus familias. Detrás de la infidelidad conyugal había un miedo y una lucha más profunda, no con un cónyuge, sino con Dios. La pecaminosidad en el matrimonio comienza con la pecaminosidad en nuestra relación con Dios.

Entonces, sabiendo algo de lo que estos hombres estaban enfrentando y cuán terriblemente respondieron, ¿cómo los confronta Dios y los llama al arrepentimiento y a la fidelidad en el matrimonio? Él los reprende recordándoles qué es el matrimonio y por qué vale la pena protegerlo y mantenerlo con todas nuestras fuerzas. Al hacerlo, nos da cinco grandes exhortaciones para los esposos cristianos que se sienten tentados a tirar la toalla.

1. Hiciste una promesa

“El Señor ha sido testigo entre tú y la mujer de tu juventud, contra la cual has obrado deslealmente, aunque ella es tu compañera y la mujer de tu pacto” (Malaquías 2:14).

Aunque ella es la mujer de tu pacto. Cuando Dios confronta a estos hombres que se han ido tras otras mujeres más deseables, ¿qué es lo primero que les recuerda? Hiciste una promesa. Desde el principio, Dios dijo: “el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Gn 2:24). Unirse no significa acercarse en un cálido y afectuoso abrazo, sino una devoción exclusiva y firme: un pacto (Dt 10:20Pr 2:16-17).

Cuando dijiste tus votos ante Dios y ante los testigos: “Te recibo a ti, para tenerte y protegerte de hoy en adelante, para bien y para mal, en la riqueza y en la pobreza, en salud y enfermedad, para amarte y cuidarte hasta que la muerte nos separe”, ¿qué quisiste decir? ¿Fue tu voto una simple ambición (“Bueno, lo intentamos…”) o fue una promesa?

Una boda no es una celebración debido a que una pareja ha encontrado el amor, sino porque se han manifestado una declaración de amor, se han prometido amor. Hacemos promesas precisamente porque, a pesar de lo comprometidos que nos sentimos con nuestro vestido blanco y nuestro esmoquin alquilado, es posible que queramos abandonarlo algún día. Porque el matrimonio es realmente difícil. Si abandonamos nuestra promesa cuando ya no nos sirve, demostramos que el voto no era realmente una promesa, sino solo una manera formal de obtener lo que queríamos.

2. El divorcio destruye lo que Dios hizo

“ ¿Acaso no hizo el Señor un solo ser, que es cuerpo y espíritu?” (Malaquías 2:15, NVI)

Mientras un hombre considera la idea del divorcio, debe recordar que el matrimonio es mucho más que “la unión legal o formalmente reconocida de dos personas como compañeros en una relación personal”. Un matrimonio es la unión de un hombre y una mujer por Dios. No solo por Dios, sino que en su unión tienen algo que le pertenece a Él, el espíritu. Esta no es meramente una unión social o física, sino espiritual. Como muchos oficiantes de bodas han señalado, “un cordel de tres hilos no se rompe fácilmente” (Ec 4:12): esposo, esposa y el Señor.

Una boda no es una celebración debido a que una pareja ha encontrado el amor, sino porque se han manifestado una declaración de amor, se han prometido amor 

La imagen que pinta el profeta se asemeja a una que Jesús mismo describe mientras cita a Génesis 2:24: “¿No han leído… ‘Por esta razón el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne’? Así que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, ningún hombre lo separe” (Mt 19:4-6). El divorcio destruye una obra maestra divina. Independientemente de cómo se conocieron, cómo fue su noviazgo y de cómo decidieron casarse, Dios los casó. Dios los hizo uno. ¿Destruirías lo que Él ha hecho?

3. El divorcio miente a los hijos acerca de Dios

“Y ¿por qué es uno solo? Porque busca descendencia dada por Dios” (Malaquías 2:15, NVI).

Dios hizo que el matrimonio fuera un pacto abundante, multiplicador y fructífero. “Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Dios los bendijo y les dijo: ‘Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra…’”(Gn 1: 27-28). Cuando los hizo marido y mujer, estaba buscando una descendencia.

No cualquier descendencia, sino una descendencia que lo amara, honrara y obedezca: “El Señor tu Dios circuncidará tu corazón y el corazón de tus descendientes, para que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas” (Dt 30:6). Dios quiere hijos que vivan para Él de nuestros matrimonios.

Estos descendientes no siempre son biológicos: “No tengo mayor gozo que este: oír que mis hijos andan en la verdad” (3 Jn 1:4). De modo que no tenemos que tener hijos o hijas para cumplir el mandato de Dios de ser fructíferos y multiplicarnos. De hecho, las dimensiones más importantes y duraderas son espirituales (hacer discípulos), no biológicas (tener bebés).

Entonces, ¿cómo podría tu divorcio afectar espiritualmente a tus hijos? ¿Qué daño, por décadas, podría hacerle? Si los matrimonios fieles despliegan la historia del evangelio (Ef 5:25), invitando a nuestros hijos al indescriptible amor de Dios en Cristo, ¿qué les muestra el divorcio? Imagina las barreras que podrías poner entre ellos y Dios. Imagina cómo el dolor y la traición podrían hacerlos cuestionar el amor y la fidelidad de Dios. Imagina cómo tu divorcio podría confundir y perturbar su fe (y la fe de otros jóvenes que te ven con admiración).

4. El divorcio hunde el alma en iniquidad

“‘Porque Yo detesto el divorcio’, dice el Señor, Dios de Israel, ‘y al que cubre de iniquidad su vestidura’, dice el Señor de los ejércitos. ‘Presten atención, pues, a su espíritu y no sean desleales’” (Malaquías 2:16).

La palabra más fuerte para estos maridos llega al final: si un hombre se divorcia de su esposa por falta de amor, “cubre de iniquidad su vestidura”. Suena bastante terrible, aun para los oídos modernos, pero ¿qué significa?

La vestidura es una metáfora común en las Escrituras que revela la calidad del carácter de una persona. El salmista dice de los impíos: “Por tanto, el orgullo es su collar; el manto de la violencia los cubre” (Sal 73:6). De manera similar, en el Nuevo Testamento, Jesús le dice a una de las siete iglesias: “Pero tienes unos pocos en Sardis que no han manchado sus vestiduras, y andarán conmigo vestidos de blanco, porque son dignos (Ap 3:4). Dios quiere decir que habían mantenido sus almas sin las manchas del pecado no arrepentido.

La iniquidad es una imagen no solo de la crueldad del divorcio. Es un acto malvado, especialmente en esa época, cuando una mujer dependía mucho más de su marido para provisión y protección. Aún hoy, abandonar a tu esposa es un acto de maldad en su contra (por muy civilizado que haya sido el proceso). Un hombre que se divorcia de su esposa daña a la persona que Dios le dio para proteger.

Sin embargo, la iniquidad es más que brutalidad relacional, porque este hombre usa la iniquidad como una vestidura. La iniquidad no es solo lo que este hombre hace, sino quién él es. Él no solo ha terminado su matrimonio con iniquidad, sino que ha hundido su alma en ella. Este tipo de corrupción es lo que Dios vio cuando miró hacia su mundo caído: “Pero la tierra se había corrompido delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia” (Gn 6:11). ¿Y cómo respondió Dios? Con un justo y devastador juicio contra ellos (Gn 6:13).

Entonces esta violencia, esta pecaminosidad impregnada de alma, no es solo iniquidad contra una esposa, sino contra Dios, contra su voluntad y sus mandamientos. La iniquidad no es simplemente dureza conyugal, sino agresión hacia Dios. Es el tipo de rebelión que dio una invitación a la inundación del mundo entero.

5. Dios escucha a los hombres que permanecen

La forma en que manejamos las luchas matrimoniales es tan crucial, en parte, porque Dios ha atado nuestra fidelidad en el matrimonio a nuestra experiencia de Dios. Ningún hombre puede abandonar a su esposa y seguir prosperando espiritualmente. “Ustedes, maridos, igualmente, convivan de manera comprensiva con sus mujeres, como con un vaso más frágil, puesto que es mujer, dándole honor por ser heredera como ustedes de la gracia de la vida, para que sus oraciones no sean estorbadas” (1 P 3:7). Aun si un hombre piensa que puede prosperar espiritualmente mientras descuida o abandona a su esposa (o si engaña a quienes lo rodean para que piensen así), es solo un espejismo que terminará en destrucción. Esa destrucción dañará mucho más que a él mismo.

Malaquías da la misma advertencia cuando confronta a los hombres: “Y esta otra cosa hacen: cubren el altar del Señor de lágrimas, llantos y gemidos, porque Él ya no mira la ofrenda ni la acepta con agrado de su mano”; en otras palabras, lloras porque tus oraciones están siendo estorbadas. “Y ustedes dicen: ‘¿Por qué?’. Porque el Señor ha sido testigo entre tú y la mujer de tu juventud, contra la cual has obrado deslealmente” (Mal 2:13-14). Dios se negó a recibir sus ofrendas o a responder sus oraciones porque se habían negado a amar a sus esposas.

Un hombre que se divorcia de su esposa daña a la persona que Dios le dio para proteger 

La forma en que trates a tu esposa afectará la forma en que Dios te trate a ti. No porque los maridos nos ganemos el amor de Dios por nuestras obras, sino porque nuestras obras revelan nuestra fe. Si somos fieles en el matrimonio solo cuando es agradable o conveniente, delatamos cuán pequeño son a nuestros ojos Dios y sus mandamientos. Mostramos si somos verdaderamente hombres de fe o hombres infieles. Aquellos que son infieles no son escuchados en el cielo.

Presten atención a su espíritu

Cuando Dios confronta a estos hombres y los llama a permanecer fieles a sus esposas, les manda, más de una vez: “Presten atención, pues, a su espíritu” (Mal 2:1516). A su espíritu. ¿Cómo luce eso para los hombres cristianos que luchan en sus matrimonios?

Más que nada, significa una comunión profunda, significativa y regular con el Novio fiel de nuestras almas. El Novio que se entregó a sí mismo por su esposa sucia e infiel, la iglesia, para santificarla y limpiarla (Ef 5:25-26). El Esposo que, a pesar de lo lejos que había corrido su esposa, del número de amantes que había conocido, de las veces que había mentido y se había ido, todavía le dice, nos dice:

“‘Sucederá en aquel día’, declara el Señor, ‘Que me llamarás Ishí (esposo mio)’… Te desposaré conmigo para siempre; sí, te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en misericordia y en compasión; te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás al Señor” (Oseas 2:16,19-20). 

Los hombres que quieren abandonar sus matrimonios harían bien en dedicar más tiempo a preguntarse por qué Dios aún no los abandona. Dedicar más tiempo considerando el fundamento que compró su perdón y su vida y más tiempo meditando en el día venidero de las bodas, cuando cantaremos:

“Regocijémonos y alegrémonos, y démosle a Él la gloria, porque las bodas del Cordero han llegado y Su esposa se ha preparado. Y a ella le fue concedido vestirse de lino fino, resplandeciente y limpio” (Apocalipsis 19:7-8).

Si nos faltan la fuerza, la paciencia y los recursos para permanecer en nuestro matrimonio y amar, no es porque Dios no los haya provisto. Es solo porque no hemos amado a la novia de nuestra juventud con la infinita ayuda divina.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición.

Marshall Segal es el asistente ejecutivo de John Piper y editor asociado de Desiring God. Él es graduado de Bethlehem College & Seminary y vive con su esposa Faye en Minneapolis. Lo puedes seguir en Twitter.

De muerte a vida

The Master’s Seminary

De muerte a vida

Henry Tolopilo

Cuando hablamos de salvación con base en lo que la Biblia enseña, debemos comenzar adecuadamente: La salvación comienza con Dios. La salvación no comienza por, ni depende del hombre. Quiero ser enfático en esto. La salvación no es de nosotros, es un don de Dios. Es un regalo preciosísimo porque la recibimos por gracia por medio de la fe. Esto no lo digo yo. Lo dijo el Espíritu Santo por medio de Pablo: “Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef 2:8–9). Por esa sencilla razón, nadie puede gloriarse en ser salvo. La gloria es sólo de Dios ya que Él es el autor de la fe de inicio a final. (Heb 12:2)

La Escritura presenta la salvación como obra soberana de Dios sin ninguna participación humana. Si somos salvos es porque Dios nos salvó. Él nos escogió, nos llamó, nos regeneró y nos justificó por Su gracia y poder. Si dependiese de nosotros mismos, no hubiésemos sido salvados porque no somos capaces de salvarnos por nuestros medios. Estábamos, en nuestro estado natural, muertos en delitos y pecados. Es por eso que el hombre está perdido sin esperanza, necesitado de un Salvador.

Un muerto no puede volver a la vida por sí mismo

La desesperanza del hombre sin Cristo es tal que la Biblia lo compara con un hombre que está muerto. Sabemos que es imposible que un muerto vuelva a la vida por sí mismo. Solo Dios da la vida y la quita. Nadie puede perder su vida y volverla a tomar. Juan 11 provee una excelente analogía que nos ayudará a entender este tema un poco más. Este pasaje relata la resurrección de Lázaro, uno de los amigos de Jesús. Lázaro estaba enfermo y sus hermanas mandan a llamar al Señor. (11:3) Jesús, les mandó el mensaje siguiente: “Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella” (11:4). Jesús intencionalmente retrasó Su llegada y Lázaro murió. Habían pasado ya cuatro días cuando se hizo presente. Sus hermanas le reclamaron, pensando que era imposible que Jesús le levantara de entre los muertos. ¡Era algo imposible a ojos humanos! Incluso cuando Jesús le dijo que resucitaría, Marta solo piensa en la resurrección futura. Tan imposible era a ojos del hombre lo que estaba por suceder. El relato sigue, casi llegando a su clímax:

Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima. Dijo Jesús: Quitad
la piedra. Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: Señor, hiede ya, porque es de cuatro días. Jesús le dijo: ¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? (11:38–40).

Finalmente, llegó el momento tan esperado: “Habiendo dicho esto, gritó con fuerte voz: ¡Lázaro, ven fuera!” (11:43) Esto seguramente es algo que no se ve todos los días. ¡El Señor le dijo a Lázaro que se levantara de entre los muertos! He dirigido
varios servicios fúnebres, he visto muchos cadáveres, pero ¡nunca le pedí a un muerto que se levantara! Nunca dije: “señor Fulano, ¡levántate y anda!” Sería una pérdida de tiempo, además de ser una tontería. Un muerto no oye, no piensa y definitivamente no responde a ningún estímulo. Carece de voluntad y no tiene poder alguno. ¡Un muerto no hace nada! Pero, ¿qué pasó con Lázaro? Juan nos dice lo siguiente: “Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.
Jesús les dijo: Desatadle, y dejadle ir” (11:44). Lázaro hizo exactamente lo que el Señor le mandó hacer. ¿Están leyendo lo mismo que yo? Un muerto no puede responder a un mandamiento. Es totalmente incapaz de hacerlo. Carece de la capacidad de responder porque no tiene vida. No está enfermo. Está muerto. Lázaro no podía responder por sí mismo. El punto acá es que Lázaro obedeció: Se levantó de entre los muertos. Él hizo algo que no se puede hacer. ¡Es simplemente imposible de hacer! Tal es la condición del hombre, sin Cristo, en su estado natural.

Haciendo posible lo imposible

¿Cómo, pues, sucedió algo que Lázaro no tenía la capacidad de hacer? ¿Cómo es posible que este hombre muerto respondiera al mandamiento de Jesús? Jesús le dio la habilidad y capacidad para responder. En el versículo 25, Jesús había dicho lo siguiente: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (11:25). Esto no era un dicho popular. No era un
fuerte deseo. Era verdad, y estaría por demostrarse no solo en el caso de Lázaro, sino mucho más allá. Jesús hizo posible lo imposible.

El milagro increíble que Jesús hizo con Lázaro es análogo al milagro de la salvación. Dios hace que un hombre espiritualmente muerto, incapaz e insensible a las cosas del Espíritu responda en fe al evangelio y experimente el nuevo nacimiento. El evangelio manda a hombres muertos a creer, entender, arrepentirse y abrazar por fe a Cristo. Francamente, el evangelio manda a muertos a hacer algo que ellos no pueden hacer por sí solos. Es por eso que la salvación no es de los hombres, sino que es de Dios. Es un don, un regalo inmerecido. (Ef 2:8–9) El milagro más grande es que haya transformado nuestras vidas, haciéndonos pasar de vida a muerte. ¡A Dios sea la gloria!

Henry se desempeña como pastor asociado en Grace Church, supervisando el Ministerio español. Anteriormente sirvió como misionero en Costa Rica y México, y también trabajó como director de desarrollo curricular para LOGOI International en Miami, Florida. Henry tiene títulos de Biola University (BA), Talbot Theological Seminary (M.Div.) Y Dallas Theological Seminary (STM). Él y su esposa Barbara tienen dos hijos.

Nuestra autoridad está viva

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo V

Nuestra autoridad está viva

Por Burk Parsons

Nota del editor: Este es el primer capítulo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo V

En el pasillo principal del seminario donde estudié tienen una copia de la obra maestra de Albrecht Dürer, The Four Apostles [Los cuatro apóstoles]. Ciertamente es una interpretación magnífica de la obra clásica que fue pintada por uno de los profesores de Nuevo Testamento del seminario, cuya fidelidad bíblica se puede ver en un pequeño detalle de la pintura. Si uno estudia la pintura de cerca, uno puede observar una diferencia mínima entre la pintura de Dürer y su réplica. La pintura de Dürer tiene al apóstol Pedro sosteniendo la llave dorada de la puerta del cielo, mientras que la réplica muestra a Pedro sin una llave. Tal omisión deliberada es apropiada para un profesor protestante de Nuevo Testamento que, al reproducir dicha obra, entendió que las palabras de Cristo hacia Pedro no tenían la intención de colocar a Pedro como el único guardián de las llaves del Reino.

El período patrístico (la era de los padres de la Iglesia) terminó en el siglo V, y luego inició la Edad Media. El papado comenzó a establecer su autoridad suprema sobre la Iglesia de Cristo, y el papa León Magno decidió ocupar el lugar de San Pedro, cuya silla tenía sus patas en los cuatro extremos de la tierra.

Sin embargo, a principios del siglo, hubo un siervo fiel de África del Norte que defendió a la Iglesia de Cristo contra las herejías de los maniqueos, los donatistas y los pelagianos. Agustín de Hipona montó cuidadosamente sus defensas doctrinales y demostró que la Iglesia de Cristo no puede ser conquistada por sus enemigos. En el centro de la vida y la doctrina de Agustín había un corazón arrepentido que descansaba completamente en Dios, cuya gracia había sido manifestada en la perspicacia bíblica e integridad doctrinal de Su siervo. De hecho, fue en gran parte debido al ministerio de Agustín que la Iglesia fue sostenida durante las tormentas de la controversia a principios del siglo V, probando la veracidad de las palabras de Cristo al constituir Su Iglesia: «… edificaré Mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mt 16:18). Agustín entendió que, aunque la Iglesia tenía gran autoridad, dicha autoridad había sido establecida por la verdad de que la Iglesia pertenece únicamente a Jesucristo.

Agustín vivió coram Deo, ante el rostro de Dios, defendiendo el evangelio de Jesucristo. Falleció en el 430, y todos los demás papas, desde el papa León I en el 461 hasta el papa Juan Pablo II en el 2005, también han fallecido. Pero Aquel que es la única autoridad suprema sobre Su Iglesia, vive y reina para siempre.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.

El Dr. Burk Parsons es pastor principal de Saint Andrew’s Chapel [Capilla de San Andrés] en Sanford, Florida, director de publicaciones de Ligonier Ministries, editor de Tabletalk magazine, y maestro de la Confraternidad de Enseñanza de Ligonier Ministries. Él es un ministro ordenado en la Iglesia Presbiteriana en América y director de Church Planting Fellowship. Es autor de Why Do We Have Creeds?, editor de Assured by God y John Calvin: A Heart for Devotion, Doctrine, and Doxology, y co-traductor y co-editor de ¿Cómo debe vivir el cristiano? de Juan Calvino.

Tres ejemplos de una fe que lucha

Soldados de Jesucristo

Agosto 13/2021

Solid Joys en Español

Tres ejemplos de una fe que lucha

John Piper

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Más precioso que una medalla de oro

Viernes 13 Agosto

Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad.Salmo 84:10Una cosa he demandado al Señor, esta buscaré; que esté yo en la casa del Señor todos los días de mi vida.Salmo 27:4

Más precioso que una medalla de oro

En relación con los versículos de hoy, el predicador británico Spurgeon dijo: “Incluso en las circunstancias más favorables, los placeres de la tierra no son comparables a la milésima parte de las delicias del servicio de Dios”.

El atleta escocés Eric Liddell (1902-1945) ilustró esta afirmación. Era un gran deportista, pero también un ferviente cristiano. En 1924, cuando se celebraron los Juegos Olímpicos en París, aunque era el favorito para la prueba de los 100 metros, rehusó correr porque se realizaba un domingo: su prioridad era reunirse con otros cristianos para alabar a Dios. Poco después ganó la medalla de oro de la prueba de los 400 metros.

En la cumbre de la gloria deportiva renunció a los honores y a las ventajas que el deporte le ofrecía. Se fue a China como misionero. Su obra fue de corta duración, pero para la gloria de Dios. Empezó la guerra y los japoneses lo capturaron. Su misión estuvo limitada a un campo de concentración en donde continuó enseñando la Palabra de Dios, animando a los detenidos, organizando estudios y deportes para los más jóvenes. Un compañero de prisión dijo: “Eric me enseñó a amar a mis enemigos y a orar por ellos”. Gravemente enfermo y todavía prisionero, su Salvador lo llevó a su presencia en el año 1945.

No todos los creyentes tienen una vocación así, pero todos pueden vivir cerca de Dios, cultivar una relación estrecha con él y servirle. Entonces también estarán listos para serle útiles en el lugar a donde él los envíe, para misiones concretas.

1 Crónicas 26 – Lucas 20:27-47 – Salmo 94:1-7 – Proverbios 21:11-12

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

El secreto de una vida gozosa

Iglesia Evangélica de la Gracia

El secreto de una vida gozosa

Jairo Chaur

Jairo Chaur

Jairo nació en Bogotá (Colombia). A finales del año 2000 vino a Barcelona con su esposa Ruth y sus tres hijos Daniel, Juan y Laura, con el propósito de adelantar estudios de doctorado en ingeniería.
Luego de concluir sus estudios, continuó en Barcelona y a finales de 2005 conoció el punto de misión en Sant Andreu, que para entonces comenzaba sus reuniones en la casa de David y Elisabet Barceló.
Convencido que tanto la doctrina como la visión de la IEG son fieles a la Palabra de Dios, Jairo y su familia se unen en diciembre de 2005 al que para entonces era un punto de misión. Fue en febrero de 2010 cuando es ordenado en el ministerio pastoral. Los primeros años combinó su ministerio con su trabajo secular como ingeniero y como profesor, y a partir del 2017 a plena dedicación, como misionero de HeartCry Missionary Society.

2 – Paradojas, misterios y contradicciones

Hombre Reformado

Serie: Grandes Doctrinas De La Biblia

1. LA REVELACIÓN

2. Paradojas, misterios y contradicciones

R.C. Sproul

Diversos movimientos dentro de nuestra cultura contemporánea, tales como la «New Age», las religiones orientales, y la filosofía irracional, han ejercido su influencia y conducido a una crisis de entendimiento. Ha surgido una nueva forma de misticismo que le otorga al absurdo el sello de la verdad religiosa. A nuestro entender, la máxima del budismo zen, «Dios es una mano aplaudiendo», constituye una clara ilustración de este concepto.

Decir que Dios es una mano aplaudiendo suena como algo profundo. La mente conciente se confunde porque va a contramano de los patrones normales de pensamiento. Suena «profundo» e intrigante hasta que la analizamos cuidadosamente y descubrimos que en el fondo solo se trata de una afirmación carente de sentido.

La irracionalidad es un tipo de caos mental. Descansa sobre una confusión contrapuesta con el Autor de toda verdad que no es un autor de confusión.

El cristianismo bíblico es vulnerable a dichas cadenas de irracionalidad exaltada debido a su cándido reconocimiento de que existen muchas paradojas y misterios en la Biblia. Como las diferencias que marcan los límites entre las paradojas, los misterios y las contradicciones son débiles pero cruciales, es importante  que aprendamos a distinguir cuáles son estas diferencias.

Cuando buscamos sondear las profundidades de Dios nos confundimos con mucha rapidez. Ningún mortal puede comprender a Dios exhaustivamente. La Biblia nos revela cosas sobre Dios, cosas que aunque somos incapaces de comprenderlas completamente sabemos que son verdades. No tenemos ningún punto de referencia humano, por ejemplo, para entender a un ser que es tres en persona y uno en esencia (la Trinidad), o a un ser que es una persona con dos naturalezas distintas, la humana y la divina (la persona de Cristo). Estas verdades, tan ciertas como puedan serlo, son demasiado «elevadas» para ser alcanzadas por nosotros.

Nos enfrentamos con problemas similares en el mundo natural. Sabemos que la gravedad existe, pero aunque no la entendemos, no por ello intentamos definirla en términos irracionales o contradictorios. Casi todos estamos de acuerdo que el movimiento forma parte integral de la realidad, sin embargo, la esencia del movimiento en sí mismo ha dejado perplejos a los filósofos y a los científicos por milenios. La realidad tiene mucho de misteriosa y mucho que no podemos entender. Pero esto no se convierte en nuestra garantía para dar un salto al absurdo. Tanto en la religión como en la ciencia, la irracionalidad es fatal. En realidad, es mortal para cualquier verdad.

El filósofo cristiano Gordon H. Clark en cierta ocasión definió una paradoja como «un calambre entre las orejas». El propósito de su definición era señalar que lo que muchas veces se denomina una paradoja no es nada más que un razonamiento descuidado. Clark, sin embargo, reconoció con claridad la función y el papel legítimo de las paradojas. La palabra paradoja proviene de la raíz griega que significa «parecer o aparecer». Las paradojas nos resultan difíciles porque a primera vista «parecen» ser contradictorias, pero si las examinamos con mayor detalle podemos encontrarles la solución. Por ejemplo, Jesús dijo que «El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará» (Mat. 10:39). Superficialmente, esto parece ser una afirmación del mismo tenor que la que dice que «Dios es una mano aplaudiendo».  Parece contener en sí una contradicción. Lo que Jesús intentó decir, sin embargo, fue que si alguien pierde su vida en un sentido, la encontrará en otro sentido. Como la pérdida y el hallazgo están en dos sentidos distintos, no hay ninguna contradicción. Yo sayal mismo tiempo un padre y un hijo pero, obviamente, no en la misma relación.

Debido a que la palabra paradoja ha sido muy frecuentemente entendida como sinónimo de contradicción, en algunos diccionarios ingleses ha sido ingresada como una segunda acepción al término contradicción. Una contradicción es una afirmación que viola la clásica ley de no contradicción. La ley de no contradicción afirma que no es posible que A sea A y no-A al mismo tiempo y en el mismo sentido. En otras palabras, algo no puede ser lo que es y no ser lo que es, al mismo tiempo y en el mismo sentido. Se trata de la ley más importante de todas las leyes de lógica.

Nadie es capaz de entender una contradicción porque una contradicción es inherentemente no inteligible. Ni siquiera Dios puede comprender las contradicciones. Pero sin duda que las  puede reconocer por lo que en realidad son – meras falsedades. La palabra contradicción proviene del latín «hablar en contra». También se las conoce como una antinomia, que significa «contra la ley».  Si Dios hablara por medio de contradicciones carecería intelectualmente de leyes, tendría un doble discurso. Es un tremendo insulto y una blasfemia incluso el sugerir que el Autor de la verdad pudiera hablar con contradicciones. La contradicción es la herramienta de aquel que miente, “el padre de las mentiras” que desprecia la verdad.

Existe una relación entre los misterios y las contradicciones que fácilmente nos conduce a confundirlas entre sí. No podemos entender los misterios. No podemos entender las contradicciones. El punto de contacto entre los dos conceptos es su carácter de no inteligible. Los misterios no nos resultan claros ahora porque carecemos de información o de la perspectiva para comprenderlos. La Biblia nos promete que, una vez en el cielo estos misterios que ahora no podemos comprender serán explicados. Las explicaciones solucionarán los misterios del presente. Sin embargo, no hay ninguna explicación posible, ni en el cielo ni en la tierra, que pueda solucionar una contradicción.

Resumen

1.         Una paradoja es una contradicción aparente que puede ser entendida si  se la examina en detalle.

2.         Un misterio es algo que ahora nos resulta desconocido, pero que puede ser resuelto.

3.         Una contradicción es una violación de la ley de no contradicción. Una contradicción no puede ser resuelta, ni por los mortales ni por Dios, ni en este mundo ni en el porvenir.

Pasajes bíblicos para la reflexión

Mat. 13:11

Mat. 16:25

Rom. 16:25-27

1 Cor. 2:7

1 Cor. 14:33

R.C. Sproul

El Dr. R.C. Sproul fue fundador de los Ministerios Ligonier, pastor fundador de Saint Andrew’s Chapel en Sanford, Florida, primer presidente de Reformation Bible College y editor ejecutivo de la revista Tabletalk. Fue reconocido en todo el mundo por su articulada defensa de la inerrancia de las Escrituras y la necesidad de que el pueblo de Dios se mantenga con convicción en Su Palabra. Su programa de radio, Renewing Your Mind (Renovando Tu Mente), se sigue emitiendo diariamente en cientos de emisoras de radio de todo el mundo y también se puede escuchar en línea. Escribió más de cien libros, incluyendo La santidad de Dios, Escogidos por Dios, Todos somos teólogos, Moisés y la zarza ardiente, Sorprendido por el sufrimiento, entre otros.

ARTÍCULO TOMADO DE: http://www.hombrereformado.org/grandes-doctrinas-de-la-biblia—r-c-sproul

¿Qué significa alabar a Dios?

Got Questions

¿Qué significa alabar a Dios?

Los cristianos a menudo hablan de «alabar a Dios», y la Biblia ordena a todas las criaturas que alaben al Señor (Salmo 150:6). Una palabra hebrea que significa «alabanza» es yadah, que quiere decir «alabar, dar gracias, o confesar». Una segunda palabra que menudo se traduce como «alabanza» en el Antiguo Testamento es zamar, «cantar alabanza». Una tercera palabra traducida como «alabanza» es halal (la raíz del aleluya), que significa «alabar, honrar o elogiar». Estas tres palabras encierran la idea de dar gracias y honor a aquel que es digno de alabanza.

El libro de los Salmos es una colección de canticos llenos de alabanzas a Dios. Entre ellos se encuentra el Salmo 9:2, que dice «Me alegraré y me regocijaré en ti; Cantaré a tu nombre, oh Altísimo». Salmo 18:3 dice que Dios es «digno de ser alabado». Salmo 21:13 alaba a Dios por lo que Él es y por su gran poder: «Engrandécete, oh Jehová, en tu poder; Cantaremos y alabaremos tu poderío».

El Salmo 150 utiliza el término alabanza trece veces en seis versículos. El primer versículo proporciona el «dónde» de la alabanza ¬— ¡en todo lugar! «Alabad a Dios en su santuario; Alabadle en la magnificencia de su firmamento”.

– El siguiente versículo enseña el «por qué» alabar al Señor: «Alabadle por sus proezas; Alabadle conforme a la muchedumbre de su grandeza».

– los versículos 3-6 mencionan «cómo» alabar al Señor — con una variedad de instrumentos, danza y todo lo que respire. ¡Todos los medios que tengamos que produzcan sonido, se usan para alabar al Señor!

En el Nuevo Testamento, hay ejemplos de alabanza dada a Jesús. Mateo 21:16 se refiere a aquellos que alababan a Jesús mientras Él venía montado en un burro hacia Jerusalén. Mateo 8:2 menciona un leproso que se postró ante Jesús. En Mateo 28:17, se dice de los discípulos de Jesús que lo adoraron después de su resurrección. Jesús aceptó la alabanza como a Dios mismo.

La iglesia primitiva compartía a menudo tiempos de alabanza. Por ejemplo, la primera iglesia en Jerusalén se enfocó en la adoración (Hechos 2:42-43). Los líderes de la iglesia de Antioquía oraron, adoraron y ayunaron durante el tiempo en que Pablo y Bernabé fueron llamados a la obra misionera (Hechos 13:1-5). Muchas de las cartas de Pablo incluyen secciones extensas de alabanza al Señor (1 Timoteo 3:14-16; Filipenses 1:3-11).

Al final de los tiempos, todo el pueblo de Dios se unirá en una alabanza a Dios. «Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán» (Apocalipsis 22:3). Quitando la maldición del pecado, aquellos que están con el Señor, alabarán por siempre al Rey de reyes en la perfección. Se ha dicho que nuestra adoración a Dios en la tierra es simplemente la preparación para la celebración de la alabanza, que tendrá lugar en la eternidad con el Señor.

Permisos de publicación autorizados por el Ministerio Got Questions para Alimentemos El Alma

Tomado de GotQuestions.org. Todos los Derechos Reservados

Disponible sobre el Internet en:  https://www.gotquestions.org/Espanol/

Nuestros padres del siglo IV

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Nuestros padres del siglo IV

Por George Grant

Nota del editor: Este es el octavo artículo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Al igual que con los padres fundadores de los Estados Unidos, muchos mencionan a los padres de la Iglesia, pero son pocos los que realmente han llegado a leer sus escritos. Es común que se haga referencia a ellos, pero rara vez los vemos citados. Aunque son una parte fundamental de los eslóganes tradicionalistas, la realidad es que han contribuido muy poco a las tradiciones que se supone han inspirado. Hoy en día, estos padres de la Iglesia son desconocidos para la mayoría. Hay muy poco conocimiento sobre aquellos que le siguieron a los apóstoles, incluso en aquellas comunidades que ponen mucho énfasis en la sucesión apostólica (los católicos, los ortodoxos, los anglicanos y los coptos). Sus palabras y obras no suelen usarse más que para ser veneradas anecdóticamente.

La ironía de esto va más allá de lo obvio, pues la realidad es que los escritos de los padres de la Iglesia son completamente legibles y están ampliamente disponibles. Los primeros cristianos eran tanto alfabetizados como literarios. Eran gente del Libro y de los libros. Como resultado, sus cartas, sermones, tratados, comentarios, manifiestos, credos, diálogos, proverbios, epigramas y sagas fueron cuidadosamente preservados y antologizados a lo largo de los siglos. Los creyentes que fueron acosados y perseguidos durante la época imperial fueron consolados por su sabiduría pastoral. Los medievalistas basaron su cosmovisión en los fundamentos patrísticos a lo largo de la era de la cristiandad. Los reformadores protestantes consideraron sus preceptos con cuidado durante los tumultuosos días de la Reforma. De hecho, casi todas las generaciones de cristianos hasta finales del siglo XIX hicieron del estudio de sus ideas un aspecto elemental de la educación clásica.

Lamentablemente, la lectura de sus obras exige una cierta cantidad de diligencia, reflexión y discernimiento —como es necesariamente el caso de todo escrito sustancioso— lo cual probablemente es la causa por la cual leer y estudiar la literatura patrística pasó de moda a finales de siglo XX.

Teóricamente, la patrística continúa siendo atractiva para nosotros. Repetimos la piadosa letanía de los reformadores: volvamos al patrón de la Iglesia primitiva; restauremos la integridad de la adoración como algo primordial; eliminemos las capas acumuladas de prácticas, rituales y ceremonias tradicionales. De alguna manera, nos imaginamos que la patrística nos apoya en esto. Suponemos que es simplista, primitiva y básica. Por lo que con frecuencia nos sorprendemos al descubrir que en realidad es complicada, refinada y madura. Y si hay algo a lo cual la Iglesia moderna se opone es a la profundidad, a la sofisticación y a la perspicacia. El resultado es que continuamos con una ingenuidad despreocupada, diciendo: «No me confundan con los hechos».

En términos generales, la época de los padres, en la Iglesia Occidental, fue durante los primeros cinco siglos después de Cristo. En la Iglesia Oriental, la era patrística se extiende hasta abarcar a Juan Damasceno a mediados del siglo VIII. Los eruditos han seguido la tradición de organizar a los escritores en cuatro grupos. En el primer grupo están los padres apostólicos y los apologistas, o aquellos escritores que eran más o menos contemporáneos con la formación del canon del Nuevo Testamento. Todos estos escribieron en griego. En el segundo grupo están aquellos escritores del tercer siglo, aproximadamente desde los tiempos de Ireneo hasta el Concilio de Nicea. Estos escribieron en griego y en latín. En el tercer grupo están los padres latinos posnicenos, aquellos escritores de la época de los grandes concilios ecuménicos. En el cuarto grupo están los padres griegos posnicenos, aquellos escritores de la Edad de Oro bizantina.

La mayoría de las colecciones modernas de la patrística solamente incluyen escritos del primer grupo, lo cual es una gran pena. En realidad, la cúspide del período patrístico fue el siglo IV. Estos cien años fueron asombrosos, comenzando con Atanasio (296-373), quien se mantuvo contra mundum (contra el mundo) y concluyendo con Agustín (354-430), quien estableció los fundamentos de la civilización occidental. En el ínterin, hombres como Alejandro de Alejandría (267-328), Julio de Roma (337-352), Hilario de Poitiers (315-368), Basilio de Cesarea (330-379), Gregorio Nacianceno (330-390), Martín de Tours (335-397) y Gregorio de Nisa (335-394) pelearon y ganaron la gran lucha por la ortodoxia bíblica contra los arrianos, y comenzaron las primeras protestas contra las herejías de los apolinaristas y los monofisitas. Fue en el siglo IV que Juan Crisóstomo (344-407) revitalizó tanto la predicación como la liturgia de la Iglesia. Fue en el siglo IV que San Jerónimo de Belén (347-420) realizó el trabajo textual esencial sobre el cual la Iglesia se apoyaría por más de un milenio. Fue en el siglo IV que se revelaron los errores del pelagianismo, el donatismo y el celestianismo.

En tiempos como estos, en los cuales el evangelio está siendo atacado como en ningún otro momento desde el siglo IV, vale la pena tomarnos el tiempo para considerar los patrones de fidelidad que tuvieron los héroes de esa época. Nos convendría aprender de sus vidas y ministerios. Sin duda, sería beneficioso que siguiéramos los pasos de sus grandes batallas, de modo que podamos estar en condiciones para luchar las nuestras.

Por consiguiente, leer sobre estos padres, aprender de estos padres e imitar a estos padres no sería meramente un ejercicio de curiosidad por lo antiguo ni de idealismo nostálgico. Más bien, podría llegar a ser, aparte del estudio de las Escrituras mismas, lo que más nos ayude en nuestros discipulados.

Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
George Grant
George Grant es el pastor de Parish Presbyterian Church (PCA), el fundador de Franklin Classical School, Chalmers Fund, y King’s Meadow Study Center, y el autor de más de 70 libros.

Mi alma tiene sed de Dios

Soldados de Jesucristo

Agosto 12/2021

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