Lo bueno, lo malo y lo feo

Ministerios Ligonier

El Blog de Ligonier

Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Lo bueno, lo malo y lo feo

Por Gene Edward Veith

Nota del editor: Este es el sexto artículo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

El Edicto de Milán del año 313 d. C. legalizó el cristianismo. La tolerancia de esta nueva fe en Roma no fue un proceso gradual. Ocurrió de repente, justo después de algunas de las persecuciones más brutales contra los cristianos. Pronto, las autoridades romanas estaban besando las manos heridas de los creyentes cristianos a los que ellos habían torturado. El paganismo rápidamente se desvaneció como la religión oficial del Imperio romano, solo para ser reemplazado por la Iglesia cristiana. El cristianismo, que una vez fue despreciado y perseguido, emergió triunfante de las catacumbas; con lo cual comenzaron realmente sus problemas.

Constantino

El emperador Diocleciano, quien inició las persecuciones más violentas y sistemáticas de cristianos, gobernó como parte de una tetrarquía en la cual compartía el poder con otros tres emperadores: Galerio en Europa central, Maximiano en Italia y África, y Constancio Cloro en Galia y Britania. Constancio Cloro rehusó atacar a los cristianos en su jurisdicción, pero los demás llegaron al fanatismo en su resolución de erradicar la nueva religión con una crueldad nunca antes vista: destruyeron iglesias y biblias, encarcelaron al clero y condenaron a muerte a todos los que se negaban a ofrecer sacrificios a los dioses romanos.

Antes de la batalla contra su último enemigo, Constantino, hijo de Constancio Cloro, tuvo un sueño. Él vio una cruz con las palabras: «Con esta señal, vencerás». Constantino reemplazó el águila romana por cruces, que eran llevadas como estandartes y estaban pintadas en los escudos de sus soldados. El 27 de octubre del año 312, en la Batalla del puente Milvio, justo a las afueras de Roma, Constantino conquistó bajo la señal de la cruz y el nuevo emperador le dio el crédito al Dios cristiano. En enero del nuevo año, proclamó el Edicto de Milán, que establecía que los súbditos de Roma podían seguir la religión que escogieran. El decreto también reconoció oficialmente al cristianismo y dispuso que las iglesias y los cristianos que habían perdido sus propiedades durante las persecuciones fueran indemnizados con fondos procedentes del tesoro imperial. Aunque el decreto garantizó la libertad religiosa también para los paganos, Constantino favoreció a la Iglesia, que pronto reemplazó a la antigua religión en influencia y poder. Adicionalmente, el emperador ejerció liderazgo en la Iglesia: nombró obispos, convocó el Concilio de Nicea, y, en efecto, se instauró a sí mismo como cabeza de la Iglesia. Pero, ¿era Constantino cristiano? Parece que no hasta que se halló en su lecho de muerte, cuando finalmente fue bautizado. En esa ocasión, dijo: «Ahora dejemos de lado toda duplicidad». Constantino fue uno de los emperadores romanos más talentosos y fue tan despiadado como los otros emperadores, llegando a condenar a su propio hijo a la muerte. Él continuó honrando a los dioses romanos, aun mientras llegó a apreciar el poder mayor de Jesucristo. Su madre Helena fue una creyente devota, aunque no está claro si llegó a la fe antes o después de que su hijo ascendiera al trono. Sin embargo, Constantino mismo siempre estuvo confundido teológicamente. A pesar de que convocó el Concilio de Nicea, fue influenciado por los arrianos. De hecho, fue bautizado por un obispo arriano. Luego de su muerte, el Senado romano le rindió homenajes de la misma forma que a los otros emperadores exitosos: votando para deificarlo. Sin embargo, gracias a Constantino la Iglesia emergió de la clandestinidad, influyendo positivamente en la cultura, floreciendo intelectualmente y estableciendo lo que se convertiría en los cimientos de la cristiandad, pero todo esto tuvo su precio.

Cristianismo constantino

Con la legalización de la Iglesia, el cristianismo, bajo Constantino, comenzó a ejercer su influencia moral positiva sobre una Roma que estaba en decadencia. Aunque las feministas de hoy día afirman que el cristianismo es opresivo, con muchas de ellas glorificando un pasado pagano imaginario en el que se adoraban diosas, la verdad es que las mujeres eran terriblemente oprimidas y abusadas bajo el paganismo; fue el cristianismo el que las liberó. Constantino, influenciado por la Iglesia, aprobó leyes que permitían a las mujeres administrar propiedades y las protegían de violaciones. A las madres les fueron dados derechos sobre sus hijos que antiguamente solo tenían los padres. Se protegió el matrimonio mediante nuevas leyes que restringían el divorcio y castigaban el adulterio. El infanticidio, la clásica práctica de «abandonar» bebés no deseados, fue prohibido como uno de los peores delitos. Se detuvo el sangriento espectáculo deportivo de observar cómo los gladiadores se mataban entre sí. Se adoptaron disposiciones para cuidar de las viudas y los huérfanos, los enfermos y los pobres.

Pero no solo la Iglesia comenzó a influenciar a la cultura; la cultura comenzó a influenciar a la Iglesia. Bajo Diocleciano, no había creyentes nominales. Nadie se unía a la Iglesia sin ser movido por la más profunda de las convicciones, ya que confesar a Cristo era un delito capital. No obstante, una vez el cristianismo se volvió políticamente correcto y popular en la cultura —de hecho, una forma de ser más estimado por el emperador— unirse a la Iglesia dejó de ser lo mismo. La gente abrazó el cristianismo sin necesariamente entender sus enseñanzas ni tener verdadera fe en Cristo, trayendo con ellos sus cosmovisiones paganas a la Iglesia.

Bajo Constantino y sus sucesores, la Iglesia cristiana como institución llenó rápidamente el vacío de los templos paganos. Durante el antiguo régimen, los sacerdotes estaban libres de impuestos, privilegio que se extendió al clero cristiano, por lo cual muchos romanos entraron al ministerio por motivos distintos a los religiosos. El Estado daba sus riquezas a los templos paganos, así que ahora los fondos estatales fluían en la Iglesia, con todas las tentaciones, la complacencia y el materialismo que las grandes riquezas pueden traer. Los sacerdotes cristianos reemplazaron a los sacerdotes paganos como consejeros y pronosticadores oficiales y le daban su aprobación a la corte imperial con oraciones y ceremonias, tal como lo hacían los sacerdotes paganos con sus sacrificios. La Iglesia también se politizó, con el emperador imponiendo su voluntad en asuntos del gobierno eclesiástico. La alianza entre la Iglesia y el Estado llegó a ser tal que los herejes no solo podían ser excomulgados, sino que también castigados por el poder civil. A medida que la distinción entre la Iglesia y el mundo se desvanecía, la Iglesia se volvió mundana.

No fue que, necesariamente y en todos los casos, la Iglesia siguió ciegamente al emperador en todos los casos, o que sucumbió totalmente a la cultura. A pesar de que Constantino convocó el Concilio de Nicea en un esfuerzo por unificar a la Iglesia luego de las múltiples herejías que salieron a la superficie después de la legalización del cristianismo, y a pesar de que, en un principio, ayudó a hacer respetar las enseñanzas de la Iglesia con respecto a la Trinidad, al poco tiempo él mismo se vio influenciado por los arrianos, quienes negaban la completa deidad de Cristo. Fue Constantino quien exilió a Atanasio, el teólogo que, se dice, enfrentó a todo el mundo para declarar la divinidad de Cristo.

Cuando Roma finalmente cayó, la Iglesia fue la única institución que se mantuvo en pie. Cuando los bárbaros, muchos de los cuales eran cristianos arrianos, terminaron con sus saqueos y el polvo de los años oscuros se asentó, surgió la nueva civilización de la Edad Media. Hubo corrupción cuando el Estado gobernó la Iglesia, pero esta incluso empeoró cuando la Iglesia gobernó al Estado. La Iglesia medieval adoptó la ornamentación, las jerarquías y el autoritarismo de la Roma imperial. Por la autoridad de un documento falso llamado la «Donación de Constantino» —que pretendía ser una concesión en que el emperador le entregaba al papa el dominio temporal— el papado medieval reclamó autoridad terrenal además de la espiritual. Esto creó una tiranía total y absoluta, al punto de que los reformadores abogaron por la autoridad de los gobernantes «seculares» por encima de y contra la jerarquía eclesiástica.

La paradoja

Ciertamente fue bueno que el cristianismo fuera legalizado, que los creyentes ya no tuvieran que temer por sus vidas, que la Iglesia pudiera jugar su rol moldeando la civilización. El problema con el Edicto de Milán y sus implicaciones fue que las esferas del gobierno terrenal y la nutrición espiritual se confundieron entre sí. La Iglesia llegó a ser como el gobierno en su ejercicio del poder y el gobierno llegó a ser como a la Iglesia al atribuirse un estatus divino. Esto impidió que tanto la Iglesia como el Estado funcionaran de la forma para la cual Dios los diseñó.

La Biblia, en Romanos 13 y otros pasajes, enseña claramente que los emperadores y otras autoridades terrenales en verdad son aprobados y usados por Dios para mantener orden en un mundo pecaminoso. El Estado y la cultura están sujetos a la ley moral de Dios, que restringe la maldad y promueve la justicia incluso en los incrédulos. Los logros de la civilización son buenos, y deben considerarse como bendiciones de Dios.

Sin embargo, la Iglesia es un reino que no es de este mundo. No actúa mediante poder coercitivo, sino por la Palabra de Dios. El Espíritu Santo llama a las personas a la fe, las libra del reino de la ley y las trae a la gracia y al perdón del evangelio. Esta fe no puede ser coaccionada. La Iglesia está enfocada en la eternidad por encima de todo, y su misión es traer salvación. No debe preocuparse por su propia gloria, sino que vive bajo la cruz de su Señor crucificado y resucitado.

Los cristianos deben estar en el mundo, pero no deben ser del mundo; viviendo positivamente la fe en sus diversas vocaciones en el plano «secular» e influenciándolo para bien, mientras recuerdan que, en última instancia, su ciudadanía está en los cielos.

Una de las grandes paradojas de la historia cristiana es que la Iglesia es más pura en tiempos de hostilidad cultural. Es cuando las cosas son fáciles y los tiempos son buenos que la Iglesia con mucha frecuencia se descarría. Cuando el cristianismo parece ser idéntico a la cultura e incluso cuando la Iglesia parece estar disfrutando su mayor éxito terrenal, entonces es más débil. 

En cambio, cuando la Iglesia enfrenta dificultades, persecución y sufrimiento —piensa en los cristianos de la Reforma durante la Inquisición, la Iglesia clandestina bajo el nazismo y el comunismo, y las iglesias secretas que en la actualidad se reúnen en casas en los países islámicos— entonces está más cerca de su Señor crucificado, entonces hay menos hipócritas y creyentes nominales en su membresía, y es entonces cuando la fe de los cristianos arde con más intensidad. 

Hoy en día, a pesar de que continúa habiendo iglesias que se conforman a la cultura, la era del cristianismo constantino casi ha llegado a su fin. Estamos entrando a una nueva era de hostilidad cultural al cristianismo verdadero y, paradójicamente, esa es una buena noticia para la Iglesia. Uno pensaría que sería un obstáculo para el crecimiento de la Iglesia si unirse a ella significara la pena de muerte. Sin embargo, el tiempo de persecución fue el mayor período de crecimiento eclesiástico en toda la historia.

Sin duda alguna, esta nueva hostilidad cultural va a ser mucho menos intensa que la que soportaron los antiguos cristianos romanos, al menos en el corto plazo. Sin embargo, parece que un nuevo paganismo se está gestando, un nuevo panteón politeísta de todas las religiones mundiales ante el cual se esperará que todos doblen las rodillas. No obstante, tal vez este panorama vaya acompañado de una Iglesia purificada y energizada una vez más, que infunda en sus creyentes la fe de las catacumbas.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Gene Edward Veith
Gene Edward Veith

El Dr. Gene Edward Veith es director del Instituto Cranach en el Concordia Theological Seminary en Fort Wayne, Indiana. Es autor de varios libros, entre ellos God at Work y Reading between the Lines.

Ten piedad de mí, oh Dios

Soldados de Jesucristo

Agosto 03/2021

Solid Joys en Español

 Ten piedad de mí, oh Dios

John Piper

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Apolo 15

Martes 10 Agosto

Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permaneces… Pero tú eres el mismo, y tus años no acabarán.Hebreos 1:10-12

Apolo 15

Cuando el astronauta J. Irwin contaba su aterrizaje en la luna, en la misión Apolo 15 (1971), solía añadir: “El hecho de que Jesucristo haya caminado en la tierra es más importante que el hecho de que un hombre haya caminado sobre la luna”. El evento que muchos saludaron en aquella época como el apogeo de la tecnología tenía, pues, menos valor a los ojos de uno de sus actores principales que la venida del Hijo de Dios a la tierra. En efecto, es preciso reflexionar tanto en los orígenes como en las consecuencias de estos dos acontecimientos: ¡en eso se oponen totalmente!

Por un lado, el hombre tiene una gran sed natural de conocer el mundo que le rodea, una ambición insaciable que lo lleva a elevarse por encima de todo.

Por otro lado, Jesucristo, el Hijo de Dios, se humilló hasta el punto de tener un pesebre como cuna, acontecimiento que pasó desapercibido para los hombres, salvo para algunos pastores. Tomó un cuerpo semejante al nuestro para servir a los intereses de Dios, en una obediencia perfecta, cuya máxima expresión fue la muerte en la cruz (Filipenses 2:6-8).

¿Cuáles fueron los resultados de esos dos acontecimientos? Que el hombre haya caminado sobre la luna no cambió gran cosa para usted ni para mí. Pero que Cristo haya venido a la tierra, que haya muerto en una cruz y resucitado al tercer día, esto cambió el destino eterno de una multitud de gente, de todos los que creen en él. Y pronto, mediante el despliegue de un poder sin igual, el Señor llevará al cielo a todos los que lo aceptaron como su Salvador.

1 Crónicas 23 – Lucas 19:1-27 – Salmo 92:5-9 – Proverbios 21:5-6© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

La Maldición De Conseguir Lo Que Quieres

Evangelio Blog

La Maldición De Conseguir Lo Que Quieres

POR DAVE DUNHAM

La libertad puede sentirse como una esclavitud. Si suena un poco hiperbólico hacer tal afirmación, es sólo porque no hemos considerado cuidadosamente lo que amamos y la naturaleza de la libertad. A menudo pensamos en la libertad en términos de hacer lo que queremos, conseguir lo que queremos e ir a donde queremos. Es el potencial de la posibilidad ilimitada, la eliminación de los límites. Pero tal noción de libertad nos traiciona. A veces obtener lo que quieres es una maldición.

Los valores culturales americanos nos han enseñado a conceptuar la libertad como lo opuesto a la obligación, la responsabilidad y el límite. Cualquier cosa que inhiba la autonomía personal, la independencia, y la auto-actualización es la esclavitud. Está representada en toda la literatura (véase Walden; Into the Wild; The Awakening), la psicología y la filosofía (The Ego and the Id; Being and Time; The Fountainhead), el cine (American Beauty; Fight Club; y Wild) y en la música (“Shake It Off”; “The Middle”; y “Like it, or Not”). Está arraigado en la cultura popular por todo tipo de eslóganes ubicuos: “Sé fiel a ti mismo”; “Sólo hazlo”; “sigue a tu corazón”; “autenticidad sobre todo”. El concepto describe la libertad puramente como “libertad de”. La libertad significa estar sin responsabilidad. Como dijo Ayn Rand:

Libertad (n. f.): No pedir nada. No esperar nada. No depender de nada. (The Fountainhead)

La autonomía completa y total es la conceptualización normal de la libertad.

Pero esta conceptualización de la libertad resulta ser una maldición. Conseguir exactamente lo que quieres, sin restricciones, sin límites, usualmente nos deja angustiados, asqueados y en un estado autodestructivo. James K.A. Smith lo compara con un joven que sube a un buffet sin la supervisión de sus padres. Ve ante él una gran cantidad de alimentos para comer y darse el gusto, y no hay nadie que le diga “no”. Es capaz de atiborrarse hasta que la libertad se convierte en náuseas y asco. Al principio tal “libertad” realmente se siente excitante y nos da la ilusión de satisfacción y alegría. A la larga nos llevará a la destrucción y al asco.

En parte esto se debe a que las cosas que perseguimos son todas incapaces de satisfacer realmente, no importa la cantidad de nuestra indulgencia en ellas. Están limitadas en su capacidad de traerme realmente alegría y satisfacción. Así que, Smith escribe:

Cuando la libertad es mera voluntariedad, sin más orientación ni objetivos, entonces mi elección es sólo otro medio por el que intento buscar satisfacción. En la medida en que sigo eligiendo tratar de encontrar esa satisfacción en cosas finitas, creadas – ya sea sexo o adoración o belleza o poder – voy a estar atrapado en un ciclo donde estoy más y más decepcionado de esas cosas y más y más dependiente de esas cosas. Sigo eligiendo cosas con rendimientos decrecientes, y cuando eso se vuelve habitual, y eventualmente necesario, entonces pierdo mi capacidad de elegir. Lo nuevo me tiene ahora. (En El Camino con San Agustín, 66)

Perseguir mi esperanza y satisfacción en cosas finitas suele significar que me convierta en esclavo de ellas. Lo que comenzó como libertad se convierte finalmente en una esclavitud de otro tipo. Vemos que esto ocurre muy obviamente en las drogas y el alcohol. La libertad de elegir mi propio estilo de vida, la libertad de buscar el placer o escapar del dolor en mis propios términos resulta en adicción. Lo mismo sucede con la pornografía, la intimidad, la televisión, los videojuegos, y cualquier otra cosa que busquemos para satisfacernos. ¡Conseguir lo que quieres se convierte en una maldición!

Un ejemplo interesante de esta libertad convertida en esclavitud se ve en la vida del actor Russell Brand. Brand no es un modelo a seguir, pero experimentó un cambio masivo en sus pensamientos sobre la promiscuidad. Smith cita a Brand en una entrevista que le hizo a Joe Rogan, diciendo:

Este es el punto – cuando obtienes las cosas que tu cultura te dice que debes hacer y las experimentas ahora sabes que puedes dejar de perseguir la zanahoria porque le has dado un mordisco y es como, “Espera un minuto: esto es una mierda…” Es difícil de aprender porque todo lo que tiene un orgasmo al final del mismo, ya sabes, hay un grado de placer que se tiene. Pero toma un tiempo reconocer el costo emocional en mí, el costo espiritual en otras personas, el hecho de que me impide convertirme en padre, en esposo, de asentarse, de arraigarse, de volverme realmente entero, de convertirme en hombre, de conectarme. Lleva un tiempo darse cuenta de eso. Creo que mucha gente no tiene la oportunidad de salir de ese patrón. (97)

Brand dice que toda su promiscuidad lo dejó vacío y hueco. A veces conseguir lo que quieres no es más que una forma diferente de esclavitud.

La libertad “de” tiene un costo. Nos cuesta mucho. La mujer que dejó a su marido para huir con un antiguo novio de la escuela secundaria finalmente despertó y se dio cuenta de que había cometido un terrible error. El hijo pródigo, que se gastó toda su herencia, se despertó en un corral de cerdos. El músico que dejó a su familia para perseguir sus sueños, se despertó un día al darse cuenta de que había pasado casi 40 años persiguiendo un sueño que nunca se materializó y perdiendo lo único que realmente amaba, y todo por nada.

La verdad es que la libertad no equivale a “autonomía”. Todos somos esclavos de algo y alguien. Las Escrituras nos dicen expresamente que somos esclavos del pecado o esclavos de la justicia (Romanos 6:16-19); somos esclavos de Dios o esclavos de Satanás. El tipo de autonomía que queremos no existe para las criaturas. Pero en la economía de Dios el mundo no funciona como creemos que debería. Porque la búsqueda de “la libertad como autonomía” resulta en la esclavitud; pero la esclavitud a Cristo resulta en la verdadera libertad. Jesús tiene un “yugo” pero es fácil, nos dice (Mat. 11:28-30), y es Él quien nos hace verdaderamente libres (Gal. 5:1). Romanos 6:22 señala un intercambio de amos esclavos: el pecado contra Dios. Este intercambio produce un resultado diferente: la muerte contra la vida. Es una paradoja, por supuesto (la esclavitud a Cristo produce libertad), pero es la realidad. También es una invitación a buscar la verdadera libertad en Cristo, y una advertencia de que conseguir lo que quieres es una maldición.

De hecho, Dios dice esto en múltiples lugares de las Escrituras. Cuando Israel insiste en un Rey “como las otras naciones” (1 Samuel 8:5), Él se lo da porque han rechazado a Dios como su Rey (v. 7). El Rey Saúl es una forma de castigo para Israel. Vemos lo mismo desempacado en Romanos 1, donde Dios “los entregó” a sus propias concupiscencias (v. 24). Consiguieron lo que querían, pero era un tipo de condena. ¡Conseguir lo que quieres es una maldición!

La libertad “de” siempre llevará a la destrucción. La libertad “a” y la libertad “para”, cuando están atadas a Cristo, conducen a la verdadera satisfacción. ¿Qué es lo que deseas? ¿Qué es lo que persigues? Aparte de Cristo, todo terminará en adicción, decepción, vacío y destrucción. Escoge la esclavitud a Jesús y encuentra lo que realmente quieres. Conseguir lo que quieres es una maldición, ¡a menos que lo que quieras sea Cristo!

Tomado de: https://evangelio.blog/

Bástate mi gracia

Esclavos de Cristo

Bástate mi gracia

Johanna Ramírez Suavita

Una declaración tan simple como poderosa: “Bástate mi gracia”. Así de directo nos llama el Señor a depender de Él. Aunque nuestro corazón se sienta inclinado a buscar las respuestas a todas las preguntas o a vivir días exitosos basados en nuestras propias fuerzas, Dios mismo, a través del apóstol Pablo, nos recuerda que no es posible porque su poder se perfecciona justamente cuando nosotros reconocemos nuestra debilidad y necesidad (2 Corintios 12:9) y caminamos hacia Él.

Tal vez, muchas personas -incluso cristianas- piensen que sería más sencillo si Dios nos dijera cada día que todo va a estar bien porque tendremos una vida sin aflicción, o que por ser hijos suyos tendremos abundancia y prosperidad. Parece más llamativo pensar que la cristiandad es la fórmula para una vida sin adversidad. Sin embargo, esto no es lo que nos dice la Escritura, porque si bien el Señor nos dice que tendremos vida en abundancia también nos advierte a lo largo de la Biblia que tendremos aflicción y dificultades, que posiblemente seremos perseguidos y acusados, pero seguido a esto, siempre se nos recuerda que aunque vivamos esto no seremos derrotados porque alguien ya venció por nosotros: Jesucristo. (Juan 16:33)

Lo anterior no significa que no tendremos una vida de gozo y de disfrute, porque si vivimos con el contentamiento que Dios demanda, estaremos plenos y llenos en Él, reconociendo su bondad y su inmerecida gracia. Y esto es exactamente lo que nos recuerda Pablo, que de buena gana nos gocemos en la afrenta, en la angustia, en la aflicción, porque es allí donde el poder de Dios será manifiesto y nos fortalecerá. (2 Corintios 12:10).

¿Ha vivido momentos difíciles? ¿Ha tenido situaciones de dolor? ¿Ha perdido un ser querido? ¿Ha tenido que vivir con una enfermedad que le aflige? Probablemente la respuesta a (casi) todas las preguntas sea sí, y seguramente aún no entienda por qué ha tenido que sobrellevar todo esto, pero lo realmente importante de estas situaciones es que no necesitamos las respuestas si tenemos al Señor, porque Él es nuestra roca fuerte (Salmos 31:2).

Y sí, puede que esté pensando que esto suena más sencillo de lo que realmente es y tiene razón. No es fácil, y un buen ejemplo de esto es la vida de Job, pues la Escritura nos cuenta todas las situaciones que tuvo que enfrentar; pero así mismo, este relato nos recuerda que incluso después de darlo todo por perdido, tener a Dios es suficiente, porque esta vida es pasajera, pero llegará un momento en el que reinaremos con Él en la eternidad y entonces no habrá llanto, ni dolor (Apocalipsis 21:4). ¡Qué maravillosa promesa! ¡Qué consoladora palabra! 

No gastemos nuestros días intentando comprender completamente a Dios, esto es imposible porque sus planes son más altos que los nuestros (Isaías 55:9) y hay cosas que escapan a nuestro entendimiento, en cambio, dediquemos nuestros esfuerzos a amarle y conocerle. Que sea motivo de gran gozo escudriñar su Palabra y conocer su verdad a través de ella, para que la aflicción no nos distraiga de lo verdaderamente importante y que la desesperanza no nos debilite, sino que la promesa salvadora nos reconforte y nos aliente a avanzar en esta carrera y así, como anima el apóstol, repose sobre nuestras vidas el poder de Cristo.

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104 – «Maltrato Infantil»

Entendiendo los Tiempos

1 Temporada | Entendiendo Los Tiempos

104 – «Maltrato Infantil»

Surge en el 2013 como programa de radio bajo la cobertura de la emisora cristiana Radio Eternidad en la estación 990am. Las temáticas de nuestro programa son diversas y contemporáneas con las necesidades que se presentan hoy en día en la sociedad. Todo tema es llevado a la luz de la Palabra de Dios que es la única mediadora entre los hombres y la única verdad que puede hacerle libre. Tratamos diferentes temas con el propósito de entender el presente bajo una cosmovisión bíblica y actuar en base a esta. Con nuestro productor Andrés Figueroa y el equipo de Gracia TV, quienes semanalmente transmiten este programa en un formato para Radio y TV.

1 Temporada | Entendiendo Los Tiempos

Ni una iota

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Serie: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Ni una iota

Por Rick Gamble

Nota del editor: Este es el quinto artículo en la serie especial de artículos de Tabletalk Magazine: La historia de la Iglesia | Siglo IV

Mientras estuvo en la tierra, nuestro Señor aseveró que Él y el Padre son uno (Jn 10:30). Por otro lado, Él preguntó: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo uno, Dios» (Mr 10:18). Poner esas dos declaraciones juntas no es muy fácil. Sin embargo, la Biblia no deja solo esa pregunta por resolver. Jesús podía decirle al «desconocido» y curioso pecador escondido en un árbol que almorzaría con él y al mismo tiempo afirmar que «de aquel día o de aquella hora nadie sabe, sino solo el Padre» (Mr 13:32).

Hay una tensión inherente en estos y otros pasajes bíblicos. Para expresar la tensión de manera precisa, el gran problema relacionado con el ministerio terrenal de Jesús es este: el Divino que convirtió el agua en vino, que levantó a Su amigo Lázaro de la tumba, que caminó sobre el agua y ordenó a Su amigo Pedro que hiciera lo mismo, también podía morir una muerte sangrienta y vergonzosa en la cruz.

Verdaderamente Jesús es el Dios-hombre, pero la relación entre ambos no es tan fácil de entender. La resurrección no hizo la situación más simple. Después de conquistar la muerte, María pudo adorarlo y aferrarse a Sus pies. Su cuerpo nuevo todavía tenía las marcas de los clavos que Tomás pudo ver y tocar. Jesús pudo cocinar pescado de desayuno para Sus deprimidos discípulos pescadores. Pero también pudo caminar a través de puertas cerradas y, tras hablar con algunos discípulos, pudo desaparecer repentinamente. Al final de Su tiempo en la tierra, después de ser visto por muchos (Él no fue una aparición), ascendió corporalmente al cielo y ahora está sentado a la diestra del Padre.

Estos y otros pasajes de las Escrituras le enseñaron a la Iglesia primitiva, y nos enseñan hoy, a exclamar: «¡Jesús es Dios!». Nuestras voces se unen con los cristianos de hace dos mil años y se alegran de que tengamos un gran Sumo Sacerdote que «conoce» nuestras debilidades porque es verdaderamente hombre. Confesamos con ellos que Jesús de Nazaret, un hombre nacido de María, también es «Señor».

Aunque cantamos la misma canción de alabanza, nuestro mundo es diferente al de los seguidores de Cristo de los primeros cuatro siglos. No tenemos que adorar en las catacumbas y, al menos aquí en los Estados Unidos de América, los funcionarios del gobierno no nos quieren matar por nuestra profesión de fe. Afortunadamente, el mundo de la persecución cristiana del siglo IV dio un frenazo cuando el emperador Constantino rescindió los decretos anticristianos anteriores y elevó el cristianismo a ser la fe oficial del Imperio. De repente, la Iglesia tuvo tiempo libre para reflexionar sobre estas verdades bíblicas difíciles y aparentemente contradictorias.

Viendo nuestra tarea desde otra dirección, preguntamos: ¿Cómo ha entendido la Iglesia la enseñanza de Pablo que nos dice que Jesús tomó «la forma de siervo» (Flp 2:7) y la enseñanza del discípulo amado que nos recuerda que «vimos Su gloria»? (Jn 1:14). Reconociendo que Jesucristo es el Dios-hombre, la Iglesia tuvo que determinar cómo era posible que lo divino y lo humano se unieran. Esas preguntas fueron resueltas en el siglo IV, desde la época del Concilio de Nicea (325) hasta el Concilio de Constantinopla (381).

El llamado a una reunión en Nicea

Como suele ser el caso en la Iglesia, surgió una controversia por estos temas difíciles. Figuras particulares se asociaron con diferentes posiciones teológicas. Por un lado estaba el teólogo llamado Arrio. Para él, ciertos temas de la Escritura eran muy importantes. Por ejemplo, en las sinagogas judías se memorizaba y se repetía una frase hebrea particular, llamada el «Shemá»: «Escucha, oh Israel, el SEÑOR es nuestro Dios, el SEÑOR uno es» (Dt 6:4). ¡Esta es una enseñanza buena y verdadera! Sin embargo, si el Señor es «Uno», ¿cómo encaja Jesús en la ecuación? La respuesta para Arrio era simple. En la encarnación, Jesús de Nazaret «se convirtió» en el Dios-hombre. Una vez más, a primera vista, esta frase también es correcta. Jesús se convirtió en el Dios-hombre hace dos mil años cuando nació de la virgen.

Sin embargo, oculto detrás de esta frase correcta, había un bote de basura desbordante de ideas equivocadas. Cualquier cristiano ortodoxo de hoy puede afirmar que Jesús «se convirtió» en el Dios-hombre en aquel pequeño pueblo de Belén, pero también afirmamos que la segunda persona de la Trinidad existió en completa deidad antes de ese tiempo. Esta preexistencia de Cristo era el problema para Arrio. No la creía y dijo: «hubo un tiempo en que Él no era [el eterno Hijo de Dios]».

En este punto del debate, el héroe de la ortodoxia, Atanasio, legítimamente lanzó un grito de alarma. Para exponer el asunto de manera clara y concisa: los seguidores de Arrio habían negado la plena deidad eterna del Hijo y del Espíritu Santo con el Padre. Esto es herejía.

No obstante, la posición de Arrio era fácil de entender. Supuestamente ayudaba a «aclarar» los problemas bíblicos. Era una posición atractiva, ¡pero era incorrecta! El debate entre Atanasio y los seguidores de Arrio retumbó como un trueno por todo el Imperio. Para resolver la controversia, el emperador Constantino convocó una reunión gigante de la Iglesia.

En medio de mucho debate, los teólogos que se reunieron en el año 325 en el Concilio de Nicea establecieron la eterna divinidad preexistente de Cristo. Sus formulaciones excluyeron al arrianismo de la Iglesia. Se declaró que Jesús era «de una sustancia» con el Padre. La palabra griega para «de una, o la misma, sustancia» es homoousios. Consiste en dos palabras unidas. La mayoría sabe que la palabra «homo» significa «mismo», mientras que «ousia» significa «sustancia».

Después del 325

Con este primer gran concilio, se habían establecido las bases para la paz en la Iglesia. Se había tomado una buena postura teológica y la controversia sobre la naturaleza de Cristo debió haber llegado a su fin. ¡Pero aquí estamos hablando de teólogos! Mientras que el arrianismo fue condenado oficialmente y Atanasio había ganado teológica y políticamente, no todos estaban convencidos de la posición ortodoxa.

La lucha después del 325 no fue sobre hombres, sino sobre palabras. La controversia fue entre aquellos que se aferraron a homoousios y los que proclamaron una nueva palabra: homoiousios. Si estás leyendo esto por primera vez, es posible que ni siquiera hayas notado la diferencia. Hay una «i» insertada en la segunda palabra.

¿Es tan importante una pequeña «i»? Si evalúo el trabajo sobresaliente de un estudiante y pretendo darle una calificación de «A», pero olvido una pequeña línea, habrá una gran diferencia en el significado. Esa «A» se convertiría en una «F» en los registros de la clase. ¡Los estudiantes de teología deben preocuparse mucho por una pequeña línea! También deben preocuparse por una pequeña «i». Mientras homoousios significa de la «misma sustancia», homoiousios significa que Jesús es de una «sustancia similar».

Sin embargo, cuando estamos hablando de la misma «sustancia» o «esencia» de algo, o es completamente de esa sustancia o no lo es. Por ejemplo, una «manzana» puede ser «similar» a otra «manzana». Podrían haber diferencias de color o sabor, pero ambas serían «manzanas». Hay espacio para algunas diferencias en los detalles: más dulce o menos dulce, roja o verde. ¡Pero una «manzana» no puede saber como un sándwich de jamón ni parecerse a un elefante y seguir siendo una «manzana»! Debe tener todas las cualidades que hacen que una manzana sea una manzana. Tiene que ser «manzana» en su sustancia, o es otra cosa.

Después de un debate considerable, los teólogos se pusieron de acuerdo. Cuando se trata de la sustancia de la divinidad o la humanidad, no hay un «casi» divino ni un «parcialmente» humano. Dios tiene que ser completamente Dios y un hombre tiene que ser un hombre. Homoiousios (con la «i», sustancia «similar») fue rechazada por todos y la mayoría renunció a su posición de que Jesús podría ser «similar» a Dios en sustancia, confirmando así la ortodoxia.

Pero aún había algunos alborotadores que no estaban convencidos. Ellos no doblarían sus rodillas ante la noción de una encarnación completa del Hijo de Dios eternamente divino. Fueron más allá y dijeron que Jesús era «diferente» al Padre en Su sustancia.

Esta era una posición extrema y ​​por tanto todos entendieron que tenía que ser rechazada. Incluso los instigadores homoiousios se pusieron al lado de sus antiguos oponentes (homoousios) para luchar contra el nuevo enemigo: «diferente». Para terminar la controversia, otro concilio fue convocado, esta vez para reunirse en la ciudad de Constantinopla en el año 381. Allí fue reafirmado el credo completo, el que llamamos el «Credo de Nicea», que también es apropiadamente llamado «Credo Niceno-Constantinopolitano».

Sabiamente, el Credo de Calcedonia (451) no intenta explicar exhaustivamente el misterio de cómo Cristo puede ser completamente Dios y hombre. Sí establece que podemos reflexionar teológicamente entre dos límites, que Su naturaleza divina debe ser total y que Su naturaleza humana debe ser completa. También advierte contra una relación falsa entre las dos naturalezas.

Hay dos naturalezas en la sola y única persona de Cristo. Aun así, Él tenía una autoconciencia indivisa. El Credo de Calcedonia afirmó que incluso después de la encarnación, y durante toda la eternidad, la distinción entre las dos naturalezas continúa. Si bien son distintas, sin confusión ni conversión, no obstante, tampoco tienen separación ni división. En cuanto a la voluntad de Cristo, la voluntad divina sigue siendo divina y la voluntad humana sigue siendo humana. En Cristo, el Dios-hombre, los dos tienen una vida común y se interpenetran entre sí. Esto también es similar a la relación entre las tres personas de la Trinidad.

Una nota final en relación con la gloriosa doctrina de la persona de Jesucristo: estaríamos empobrecidos si no fuera por las arduas labores de los teólogos del siglo IV.


Publicado originalmente en Tabletalk Magazine.
Rick Gamble
Rick Gamble

El Dr. Rick Gamble es profesor de teología sistemática en el Reformed Presbyterian Theological Seminary y es pastor principal de la College Hill Reformed Presbyterian Church en Beaver Falls, Penn. También es autor de numerosos artículos sobre la vida y el pensamiento de Juan Calvino.

La finalidad del Evangelio

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Atrévase con la Biblia! (6)

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La ley del Señor es perfecta… los juicios del Señor son verdad, todos justos.Salmo 19:79

Él envía su palabra a la tierra; velozmente corre su palabra.Salmo 147:15

¡Atrévase con la Biblia! (6)

¡Cuántos creyentes estuvieron, y están aún, dispuestos a morir por este libro tan importante!

¿Cómo resumir la Biblia en pocas palabras?

– De Génesis a Deuteronomio: Dios creó el hombre perfecto, libre, feliz y responsable. Pero este, usando su libertad, escogió desobedecerle.

– De Josué a Ester: muchas de las escenas prefiguran las luchas morales del creyente y las intervenciones de Dios en su favor.

– De Job al Cantar de los Cantares se reúnen reflexiones existenciales, las respuestas de Dios, preceptos para la vida cotidiana, sentimientos experimentados en diversas circunstancias de la vida (gozo, tristeza, amor, depresión, esperanza reencontrada, liberación interior…).

– Los profetas ilustran la responsabilidad del hombre, su miseria lejos de Dios, y anuncian la gracia que quiere salvar al hombre.

– Los evangelios cuentan la vida de Jesucristo, su crucifixión y su resurrección.

– Los Hechos de los Apóstoles describen la formación de la Iglesia, compuesta por todos aquellos que creen en Jesucristo.

– Las epístolas dan enseñanzas doctrinales y prácticas sobre la vida de los creyentes y de la Iglesia.

– El Apocalipsis hace un cuadro de los juicios que vendrán, juicios terroríficos para los no creyentes (una eternidad en el infierno, Apocalipsis 21:8), pero reconfortantes para los que hayan puesto su confianza en Jesús (una eternidad de felicidad, cap. 21:1-5).(continuará el próximo lunes)

1 Crónicas 22 – Lucas 18:18-43 – Salmo 92:1-4 – Proverbios 21:3-4

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)
ediciones-biblicas.ch – labuena@semilla.ch

Soberano sobre toda la naturaleza

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