Todo creyente que conoce a Dios y vive con él tiene el profundo deseo de estar con él. La Biblia nos muestra varios testimonios que nos animan y nos interpelan:
“Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios del Señor” (Salmo 84:2). “… Así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?” (Salmo 42:1-2).
Cuando Esteban era martirizado, Dios le permitió ver a Jesús en el cielo en la gloria (Hechos 7:55). Pablo deseaba estar con Cristo (versículo de hoy).
Para los cristianos, quienes han depositado su esperanza y fe en Jesús, la Palabra de Dios evoca el momento del regreso del Señor por los suyos: “Y si me fuere… vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo” (Juan 14:3). Este momento está muy cerca: “Ciertamente vengo en breve” (Apocalipsis 22:20). Será un hecho excepcional y milagroso: “He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos… los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados” (1 Corintios 15:51-52).
Esta espera paciente del alma, ¿forma parte de nuestra vida? ¡Dicha esperanza anima a los que sufren debido a una enfermedad! Si anheláramos encontrarnos con el Señor, quien dio su vida por nosotros, le consagraríamos nuestra vida. El Señor quiere decir a cada uno: “Has sido fiel… entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:21).
12 de marzo «¿De quién eres tú?». 1 Samuel 30:13 En religión no puede haber neutralidad: o militamos bajo la bandera del Príncipe Emanuel, sirviéndolo y luchando a su lado, o somos vasallos del funesto príncipe Satanás. «¿De quién eres tú?». Lector, permíteme ayudarte a responder esta pregunta. ¿Has nacido de nuevo? Si así es, perteneces a Cristo; de lo contrario, no puedes ser suyo. ¿En quién confías? Porque los que confían en Jesús son los hijos de Dios. ¿La obra de quién estás haciendo? ¿Estás seguro de servir a tu Maestro?; porque aquel a quien sirves tiene el derecho de ser tu señor. ¿Qué amistad cultivas? Si eres de Jesús, fraternizarás con los que visten la librea de la cruz. ¿Qué clase de conversación tienes? ¿Es celestial o terrenal? ¿Qué has aprendido de tu Maestro?; porque los siervos aprenden mucho de los amos de quienes dependen. Si has estado en comunión con Jesús, se dirá de ti aquello que se dijo de Pedro y de Juan: «Les reconocían que habían estado con Jesús» (Hch. 4:13). Insistimos en la pregunta: «¿De quién eres tú?». Responde honradamente antes de dormir. Si no eres de Cristo, estás en una miserable esclavitud. ¡Huye de tu cruel amo! Entra al servicio del Señor de amor, y gozarás de una vida de bendición. Si eres de Cristo, permíteme aconsejarte cuatro cosas… Eres de Cristo: obedécele; que su palabra sea tu ley, que su voluntad sea la tuya. Eres del Amado: ámalo entonces, deja que tu corazón lo abrace; que toda tu alma se llene de él. Eres del Hijo de Dios: confía en él, pues; no reposes en ningún otro sino en él. Eres del Rey de Reyes: entonces muéstrate decidido por él. Así, sin llevar ninguna marca en la frente, todos sabrán de quién eres.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 80). Editorial Peregrino.
90 Segundos de teología Sistemática Josias Grauman Es decano de educación en español y profesor de exposición bíblica en The Master’s Seminary. El Dr. Grauman comenzó su ministerio a tiempo completo como capellán de hospital, sirviendo durante 5 años en el Hospital del Condado de Los Ángeles. Más tarde, él y su esposa sirvieron en la Ciudad de México como misioneros, donde Josías ayudó al Seminario Palabra de Gracia a lanzar su programa de idiomas bíblicos. Josías fue ordenado en Grace Community Church, donde actualmente sirve como anciano en el ministerio en español, junto con su esposa y tres hijos. Josías estudió un B.A. en idiomas bíblicos en The Master’s University, un M.Div. y un D.Min. en The Master’s Seminary. Entre sus obras se encuentran las siguientes: Griego para pastores y Hebreo para pastores.
11 de marzo «Y a ti te llamarán: Buscada». Isaías 62:12 (LBLA) La excelsa gracia de Dios se ve muy claramente en el hecho de que nosotros no solo fuimos buscados, sino angustiosamente buscados. Los hombres buscan algo que han perdido en el suelo de la casa, pero ese buscar no es el buscar angustioso a que se refiere el texto. La pérdida se siente más, y la exploración se hace más persistente, cuando una cosa se busca angustiosamente. Nosotros estábamos mezclados con el barro; nos hallábamos como cuando una preciosa joya de oro ha caído en un sumidero y los hombres revuelven y, cuidadosamente, examinan el montón de abominable basura hasta encontrar el tesoro. O, para usar otra figura: Nosotros estábamos perdidos en un laberinto, vagábamos de aquí para allá y, cuando la misericordia vino tras nosotros con el evangelio, no nos halló enseguida, sino después de indagar y buscarnos angustiosamente. Porque nosotros, como ovejas, estábamos desesperadamente perdidos y habíamos vagado por un país tan extraño que parecía imposible que hasta el Buen Pastor reconociera el rastro de nuestras tortuosas andanzas. ¡Gloria a la invencible gracia, porque fuimos angustiosamente buscados! Ninguna oscuridad pudo ocultarnos, ni inmundicia cubrirnos; fuimos hallados y conducidos al hogar. ¡Gloria al infinito amor, pues Dios el Espíritu Santo nos restauró! Si las vidas de algunos creyentes pudieran escribirse, nos llenarían de admiración. Extraños y maravillosos son los medios que Dios utiliza para encontrar a los suyos. ¡Bendito sea su nombre! Él nunca deja de buscar a sus escogidos hasta hallarlos. Los suyos no son un pueblo buscado hoy y dejado de buscar mañana: la omnipotencia y la sabiduría no fallarán; su Iglesia será llamada «Buscada». Que se busque a alguien es ya una gracia incomparable; pero que se nos busque a nosotros, es gracia por encima de toda consideración. No resulta posible hallar explicación a esto, fuera del soberano amor de Dios, y solo podemos levantar nuestros corazones admirados y alabar al Señor, porque esta noche respondemos al nombre de «Buscada».
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 79). Editorial Peregrino.
Sábado 11 Marzo Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. Gálatas 2:20 El testimonio de Roberto (2) Mucho más tarde Roberto escribió: «Vine a esta sala movido por necesidades espirituales… mi alma buscaba a Dios; no lo conocía, pero sabía que existía. Nadie me había hablado del Evangelio, ignoraba todo sobre la religión, pues ni mis padres ni yo íbamos a la iglesia. No era más que un pobre chico, criado sin Dios, sin fe, que progresivamente sintió necesidades espirituales, un llamado hacia Dios. ¡Lo necesitaba mucho! Quizá lo que hizo que buscase a Dios en mi juventud fue la pérdida de mi hermana mayor. Es cierto que el sufrimiento puede llevarnos a buscar a Dios.
Y lo encontré, plenamente revelado en Cristo, en quien hallé a mi Salvador y Señor. Desde entonces, las tristezas y las decepciones no han podido alterar mi fe, porque ¡sé en quien he creído! No es una idea, ni una imaginación, ¡sino una realidad vivida! Nunca podré agradecer lo suficientemente a Dios por haberse manifestado a mí, por revelarme a su Hijo y su amor, por permitirme llevar mi mirada y mi corazón hacia lo que será el futuro, la eternidad junto a él. Es uno de los maravillosos planes de Dios».
Luego Roberto consagró su vida a hablar incansablemente del amor de Dios revelado en la persona de Jesucristo. Pudo experimentar que Dios es un Padre bueno y tierno para aquellos que confían totalmente en él.
Usted también puede clamar a Dios, creer lo que la Biblia le dice, y vivir la misma experiencia.
10 de marzo «El hombre […] corto de días y hastiado de sinsabores». Job 14:1
Puede sernos muy útil, antes de conciliar el sueño, recordar este triste hecho; pues el mismo nos enseñará a desprendernos de las cosas terrenales. No hay, en verdad, nada agradable en recordar que no estamos libres de los dardos de la adversidad; pero ese recuerdo puede humillarnos y evitar que nos jactemos como lo hizo el Salmista, cuando dijo: «No seré jamás conmovido» (Sal. 30:6). Ese recuerdo puede también impedir que echemos demasiadas raíces en este suelo del cual muy pronto tendremos que ser trasladados al Edén celestial.
Recordemos cuán breve es nuestra posesión de los favores temporales. Si tuviésemos presente que todos los árboles de la tierra están marcados por el hacha del leñador, no haríamos tan prontamente nuestros nidos sobre ellos. Debemos amar, sí, pero con el amor que aguarda la muerte y no olvida la separación. Nuestros seres queridos solo nos han sido prestados, y la hora en que tendremos que devolvérselos al prestamista puede estar cercana. Lo mismo podemos decir de nuestros bienes terrenales. ¿No toman las riquezas alas y vuelan? Nuestra salud es igualmente precaria: siendo frágiles flores del campo, no debemos pensar que floreceremos para siempre. Hay un tiempo señalado para la debilidad y la enfermedad, en el que tendremos que glorificar a Dios mediante el sufrimiento y no mediante la febril actividad. No hay siquiera un solo momento de la vida que pueda verse libre de las afiladas flechas del dolor; de los pocos días con que contamos, ni uno solo está exento de pesar. La vida del hombre es un tonel lleno de amargura: el que en ella busca gozo sería mejor que buscara miel en un océano de salmuera.
Querido lector, no pongas tu afecto en las cosas de la tierra, busca más bien las cosas de arriba; porque aquí la polilla corrompe y los ladrones minan y hurtan, pero allí todos los goces son perpetuos y eternos. La senda de la aflicción es el camino al hogar. Señor, haz de este pensamiento una almohada para muchas cabezas fatigadas.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 78). Editorial Peregrino.
Viernes 10 Marzo ¿Dónde está Dios mi Hacedor? Job 35:10 Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. Salmo 42:1-2 Tu rostro buscaré, oh Señor. Salmo 27:8 El testimonio de Roberto (1)
Roberto era un joven apesadumbrado, cuyas condiciones de vida no eran fáciles. Aunque había sido criado sin religión, se interesó en la Biblia desde que un compañero le dijo que ella hablaba sobre los orígenes de la humanidad. Un día vio en un periódico local la dirección donde podría conocer el Evangelio. «Si tienen el Evangelio, pensó, también deben tener la Biblia». Deseoso de saber más, se dirigió a ese lugar un poco indeciso, llegó tarde… y no retuvo gran cosa de lo que escuchó. Pero al menos consiguió lo que quería, es decir, pudo comprar una Biblia, y se fue sin esperar el cambio.
Algunos días después Roberto volvió a ese pequeño local, que sería el punto de partida de la luz de su vida. Allí oraron por los nuevos asistentes. Roberto nunca había tenido contacto con creyentes, y tampoco había leído nada sobre el Evangelio. «Ya no recuerdo exactamente lo que me dijeron, escribió más tarde; simplemente creí, oré con ellos y todo cambió. Desde entonces jamás he tenido la más mínima duda; al contrario, es como un ámbito en el cual entré a mis 18 años de edad, y donde cada día descubro cosas maravillosas, o más bien, una cosa maravillosa: el amor misericordioso de Dios hacia mí».
Roberto creyó, y lo que llama el «ámbito» en el cual entró es la “nueva vida” que Jesús ofrece a los que creen en él.
Es vicepresidente de Coalición por el Evangelio. Es el pastor de predicación y visión de la Iglesia Bautista Internacional, y presidente de Ministerios Integridad y Sabiduría. El Dr. Núñez y su ministerio es responsable de las conferencias Por Su Causa, que procuran atraer a los latinoamericanos a las verdades del cristianismo histórico. Puedes encontrarlo en Twitter.
¿De qué se trata en verdad el crecimiento espiritual?
La Biblia tiene mucho para hablarnos al respecto, pero te invito a que respondamos esta pregunta con la ayuda del apóstol Pablo. En 2 Corintios escribió una de las explicaciones más claras sobre cómo sucede el crecimiento espiritual de los creyentes.
Al hablar de cuán superior es el nuevo pacto de Dios con Su pueblo redimido (el pacto que tú y yo experimentamos al creer en Cristo), Pablo expone esto: mientras en el viejo pacto mediado por Moisés un solo hombre miró y reflejó la gloria del Señor (el mismo Moisés, según Éxodo 37:29-35), en el nuevo pacto todos los creyentes miran la gloria de Jesús y la reflejan en su carácter.
A diferencia de los judíos inconversos que leen o escuchan la Palabra con sus corazones velados, explica Pablo: «Todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu» (2 Co 3:18).
Podemos decir, entonces, que los cristianos somos como rollos fotográficos que resultan transformados por la impresión de la luz cuando están ante ella. Así como en estos rollos se imprime una imagen cuando son expuestos a la luz, la imagen de Cristo es impresa en nosotros cuando contemplamos su gloria. Así nos convertimos en fotografías de Jesús, por así decirlo. La gloria de Dios nos transforma.
Necesitamos ver a Cristo
Por lo tanto, la vida cristiana consiste en vivir con nuestra mirada puesta en el Señor (He 12:1-2). Cuanto más veamos a Cristo, más de Él se verá en nosotros. Así daremos fruto que le honre (Jn 15:4-5). No seremos idénticos a Cristo en este lado de la eternidad, ya que aún estamos en guerra contra nuestro pecado. Pero seremos semejantes a Cristo cuando le veamos perfectamente (1 Jn 3:2). Y si esa es nuestra esperanza, buscaremos verlo más y más ahora (1 Jn 3:3).
Mírate a ti mismo con honestidad y verás que estás lleno de contradicciones, debilidades, y fallas. También soy así, frágil y necesitado de misericordia constante. Pero miremos a Cristo, y hallaremos que en Él está todo lo que necesitamos y mucho más. Bien lo dijo Robert Murray M’Cheyne: «Por cada vez que te mires a ti mismo, mira diez veces a Cristo». Él es el sol que hace florecer el fruto en nuestras vidas. Él es la luz que nos convierte en fotografías vivas de Su gloria.
El evangelio de la gloria
Tal vez pienses lo mismo que yo cuando empecé a aprender esta realidad: «Eso de ver la gloria de Jesús es extraño». ¿Cómo entenderlo?
Primero, debemos comprender que la gloria de Cristo es una gloria que hoy no se percibe con nuestra vista humana. Es una gloria que se percibe espiritualmente. De hecho, si creemos el evangelio, ya hemos empezado a «ver» esa gloria transformadora. Fue lo que ocurrió en nuestra conversión, como afirma Pablo:
Y si todavía nuestro evangelio está velado, para los que se pierden está velado, en los cuales el dios de este mundo ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios. Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos de ustedes por amor de Jesús. Pues Dios, que dijo: «De las tinieblas resplandecerá la luz», es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo (2 Co 4:3-6).
Las personas en perdición no pueden ver el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo. Ellas están ciegas y muertas espiritualmente. Pero por la gracia de Dios los creyentes tenemos vida espiritual. Podemos ver a Cristo tan hermoso y poderoso como realmente lo es, mientras el resto del mundo piensa que el evangelio es una locura (1 Co 1:22-25; 2:14). Podemos responder a la revelación de la gloria de Dios en Cristo.
En el evangelio, Dios muestra Sus atributos, como Su amor, Su justicia, Su gracia, Su sabiduría, Su poder. Muestra una belleza indescriptible, una que nos atrapa, nos lleva a vivir para Él, y nos hace más como Jesús. Nada en el universo es más espectacular que esto. Por eso toda la Escritura se trata sobre Jesús (Lc 24:27; Jn 5:39). En la Biblia, Cristo es revelado para que veamos Su gloria al conocerlo.
Ten la mirada en Cristo
Entonces, ¿qué concluimos hasta ahora? Si el evangelio es el centro de la Palabra, y es el evangelio de la gloria de Cristo, y si Dios en Su misericordia nos ha dado ojos espirituales para ver esa gloria que nos transforma, entonces contemplamos la gloria de Cristo y crecemos en el Señor al buscar profundizar en la Palabra de Dios para mirar más a Jesús.
Esto significa que nuestra mayor necesidad antes de la conversión es ver la gloria de Cristo en Su Palabra, y nuestra mayor necesidad luego de la conversión es seguir viendo esa misma gloria, creciendo en el conocimiento de Él. Por eso predicadores como Martyn Lloyd-Jones, Charles Spurgeon, y muchos otros han hablado sobre la importancia de predicarnos a diario el evangelio a nosotros mismos.
Y es por eso que las disciplinas espirituales son tan importantes: necesitamos disciplinarnos para crecer en el conocimiento de Dios, con la mirada puesta en Jesús.
En resumen, la única forma de avanzar hacia la meta que Dios tiene para nosotros es levantando la mirada por encima de nosotros mismos, nuestras circunstancias, las distracciones, y los mensajes que constantemente nos da nuestra cultura de espalda a Dios. Crecemos cuando vemos hacia arriba, al Cristo que vivió, murió, y resucitó por nosotros, y que ahora reina en majestad.
La comunión con Cristo es un remedio seguro para los males. Ya se trate del ajenjo del dolor o del empalago de los placeres terrenales, la íntima comunión con el Señor Jesús quitará la amargura del uno y el hartazgo del otro. Vive cerca de Jesús, cristiano, y el que habites en la montaña del honor o en el valle de la humillación será un asunto de importancia secundaria. Si vives cerca de Jesús, estarás cubierto por las alas de Dios y debajo de ti tendrás los brazos eternos. Que nada te aleje de aquel sagrado roce que es el privilegio de un alma desposada con el bien Amado.
No te contentes con una entrevista de vez en cuando, sino procura siempre contar con su compañía, porque solo en su presencia tendrás solaz o seguridad. Jesús no debiera ser para nosotros un amigo que nos visita alguna que otra vez, sino uno con quien andamos siempre. Tú, que te diriges al Cielo, tienes delante de ti un camino difícil. Mira, pues, que no vayas sin tu Guía. Has de pasar por un horno ardiendo; no entres en él a menos que, como Sadrac, Mesac y Abed-nego, cuentes con la compañía del Hijo de Dios. Tienes que tomar la Jericó de tus maldades; no ordenes batalla hasta que, como Josué, veas al Príncipe del ejército del Señor con la espada desenvainada en su mano. Debes encontrarte con el Esaú de tus muchas tentaciones; no vayas a su encuentro hasta que en el vado de Jaboc te hayas asido del ángel y hayas prevalecido.
En cualquier caso y condición, necesitarás de Jesús; pero de una manera especial precisarás de él cuando las puertas de hierro de la muerte se abran para ti. Mantente cerca del Esposo de tu alma, reclina la cabeza sobre su pecho, pídele que te refresque con el sabroso vino de su granada, y así serás hallado por él, finalmente, sin mancha, ni arruga ni cosa semejante. Ya que has vivido con él y en él aquí en la tierra, estarás con él para siempre en el más allá.
Spurgeon, C. H. (2012). Lecturas vespertinas: Lecturas diarias para el culto familiar (S. D. Daglio, Trad.; 4a edición, p. 77). Editorial Peregrino.